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-Limbo y Purgatorio
-Teoría de la reencarnación

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El tema de “Muerte-Resurrección de la carne”,  comprende
a)  Episodios y dictados extraídos de la Obra magna.
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b) Dictados extraídos de los «Cuadernos de 1943/1950»   

 

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a)  Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
«El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)
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1-42-229  (1-70-243).- Muerte de José, esposo de la Virgen.
* Jesús, en un día de trabajo en la carpintería de Nazaret, está como preocupado.-  Veo el interior de un taller de carpintero. Dos de sus paredes parecen estar formadas de roca, como si se hubiesen aprovechado grutas naturales para hacer habitaciones. En este caso, para mayor detalle, son de roca los lados norte y oeste; las otras dos paredes, sin embargo, la sur y la este, están enlucidas como las nuestras. En la parte norte, un entrante de la roca ha sido adaptado para formar un pequeño horno rudimentario; en él hay un botecito con barniz o cola, no lo distingo bien. La leña quemada desde hace años en ese lugar ha ennegrecido las paredes de negro. Y ¿como chimenea para aspirar el humo?… Un agujero en la pared con una especie de gruesa teja curva en su parte alta. Pero esta chimenea ha debido cumplir mal su función, porque no solo esta pared sino también las otras están ennegrecidas a causa del humo; en estos momentos, incluso, por toda la habitación hay una niebla de humo. ■ Jesús está trabajando en un banco de carpintero. Con la garlopa está alisando unas tablas, y las va apoyando en la pared que está a sus espaldas. Luego toma una especie de taburete, apretado por dos lados en una mordaza;  lo saca, mira si está bien hecho el trabajo, lo examina atentamente con la escuadra, luego se acerca al horno, toma el botecito y remueve dentro con un palito, o quizás un pincel, no lo sé; tan sólo veo la parte que sobresale y que parece un palo. El vestido de Jesús es de color castaño oscuro. Es una túnica bastante corta. Las mangas arremangadas hasta el codo, y, delante lleva puesto una especie de delantal, en el que se limpia los dedos después de haber tocado el botecito. Está sólo. Trabaja con fuerza, pero sin impaciencia. Nada de desorden, nada de precipitación. No pierde la paciencia por nada: ni por un nudo en una tabla, que no se deja alisar; ni por un destornillador (por lo que me parece), que se cae dos veces del banco; ni por el humo del ambiente, que le debe entrar en los ojos. De vez en cuando levanta su cabeza y mira hacia la pared sur, donde hay una puerta que está cerrada, como queriendo escuchar. Después hay un momento en que abre una puerta que está en la pared este y que da a la calle y se asoma. Veo un trecho de una callejuela polvorienta. Parece como si Jesús esperase a alguien. Luego cierra la puerta y vuelve a su trabajo. No está triste, pero sí como preocupado.
* Jesús y María asisten a José en la hora de la muerte.- Jesús, inclinado sobre el agonizante, recita salmos para darle fuerzas en la última prueba.- ■ Y, mientras está trabajando en algo que me parece que sean unos componentes del aro de una rueda, entra la Virgen. Entra por una puerta de la parte situada al sur. Entra con prisa y corre hacia Jesús. Su vestido es de azul oscuro y no lleva nada en la cabeza. Es una sencilla túnica ceñida a la cintura con una faja de igual color. Acongojada, apoyada con ambas manos en un brazo de su Hijo, le llama con un gesto de súplica y de dolor. Jesús la acaricia, y, poniéndole su brazo por encima de los hombros, la consuela, luego se va con Ella, dejando el trabajo y quitándose antes el delantal. Me imagino que Ud. (1) quiere saber lo que le dijo. Fueron pocas palabras: “¡Oh Jesús! ¡Ven, ven! ¡Está muy mal!”. Las dice con sus labios que tiemblan y con lágrimas en sus ojos enrojecidos y cansados. Jesús no dice sino: “¡Mamá!”. Pero hay todo en esa palabra. Entran en la habitación de al lado; el sol, que entra por una puerta abierta que da a un  huertecillo lleno de luz y de verdor, por el que revolotean palomas entre un ondear de ropa puesta a secar, hace encantadora esta habitación, que es pobre pero está ordenada. Hay en ella un lecho bajo, cubierto con una especie de colchones (digo colchones porque son unas cosas gruesas y mullidas, pero no es una cama como las nuestras). ■ Sobre él, recostado sobre almohadones, está José. Está agonizando. Su cara pálida, su mirar apagado, su pecho que jadea anhelante, y el completo decaimiento de su cuerpo,  son la señal de que agoniza. María se pone a su izquierda. Le coge la mano rugosa y lívida en las suyas, y la frota, la acaricia, la besa. Luego, con un paño de lino, le seca el sudor que corre por sus hundidas sienes; y la lágrima, que en el ángulo del ojo se vuelve vítrea. Y le humedece los labios con un paño mojado en un líquido que parece vino blanco.  Jesús se pone a su derecha. Alza cuidadosamente este cuerpo que se está hundiendo, le incorpora volviéndole a poner sobre los almohadones, y, junto con María, pone en orden éstos. Acaricia la frente del agonizante y trata de reanimarle. María llora quedo; sin hacer ruido, pero llora. Sus lágrimas corren por sus pálidas mejillas y le bañan su vestido. Parecen relucientes zafiros. José vuelve en sí por unos cuantos minutos, mira a Jesús, le da la mano como para decirle algo o para recibir, al contacto divino, fuerzas en la última prueba. Jesús inclina su cabeza sobre esta mano y la besa. José sonríe. Luego vuelve sus ojos para buscar con la mirada a María y también Ella sonríe. María se arrodilla junto al lecho tratando de seguir sonriendo, pero no logra e inclina su cabeza. José le pone la mano sobre la cabeza con una casta caricia que parece una bendición. Solo se oye el revoloteo y el arrullo de las palomas, el crujir de las hojas, el caer del agua, y, en la habitación, el respiro del agonizante. Jesús mira alrededor del lecho, toma un banquito, y hace que se siente María, diciéndole solamente: “Mamá”.  Regresa a su lugar y vuelve a tomar entre sus manos la mano de José. Es tan real la escena, que lloro por la aflicción de María. ■ Después Jesús se inclina sobre el agonizante, y dice en voz baja un salmo. Sé que es un salmo, pero ahora no puedo decirle cuál sea (2). Empieza de este modo: “«Guárdame, Dios mío, pues en Ti he puesto mi esperanza… A favor de los santos que hay en la tierra, ha dado cumplimiento admirablemente a todos mis deseos… Bendeciré al Señor que me da consejosPongo siempre al Señor en mi presencia. Él está a mi derecha para que no vacile. Por esto se alegra mi corazón y me lengua se regocija y mi cuerpo reposará en la esperanza. Porque Tú no abandonarás mi alma en su estancia entre los muertos, ni permitirás que tu santo experimente la corrupción.  Me darás a conocer las sendas de la vida, me colmarás de alegría mostrándome tu rostro»”.  José  se reanima y con una sonrisa mayor mira a Jesús y le aprieta los dedos. Jesús  responde a la sonrisa con otra sonrisa, le estrecha la mano, y suavemente inclinado hacia su padre putativo continúa (3): “«Cuán hermosas son tus moradas ¡oh Señor!  Felices quienes moran en tu casa… Feliz el hombre que encuentra en Ti sus fuerzas. Él se ha propuesto subir del valle de lágrimas, al lugar amado. ¡Oh Señor! Escucha mi plegaria…  ¡Oh Dios! vuelve tus ojos y mira el rostro de tu Ungido…»”. ■ José, visiblemente conmovido,  mira a Jesús y hace ademán de querer hablar, como para bendecirle, pero no puede; se ve que entiende, pero no puede hablar. Sin embargo está feliz y mira con animación y confianza a Jesús. Continúa diciendo Jesús (4): “«¡Oh Señor! Tú eres propicio a tu tierra, has librado de la esclavitud a Jacob… Muéstranos, Señor, tu misericordia y concédenos a quien nos salve. Quiero oír lo que dentro de mí dice el Señor Dios. Sin duda hablará de paz a su pueblo debido a sus santos y a los que de corazón vuelven a Él. Sí. Tu salvación no está lejana… la gloria habitará sobre la tierra… La bondad y la verdad se han encontrado; la justicia y la paz se han abrazado. La verdad ha brotado de la tierra y la justicia ha asomado desde los cielos. Sí. El Señor se mostrará benigno y nuestra tierra producirá sus frutos. La justicia caminará delante de Él y dejará en los caminos sus huellas». La has visto ahora, padre, y por ella trabajaste fatigosamente. Has ayudado para que llegase esta hora, y el Señor te dará su premio. Yo te lo digo” añade Jesús, secando una lágrima de alegría que lentamente baja por las mejillas de José. Luego prosigue (5): «Acuérdate de David, ¡Oh Señor!, en el campo de su adversidad. Acuérdate de que juró al Señor: no entraré a mi casa, ni me acostaré, ni concederé sueño a mis ojos, lo mismo que a mis párpados, ni descanso a mis sienes, hasta que no haya encontrado un lugar para el Señor, una mansión para el Dios de Jacob…’. Levántate, Señor, y ven al lugar de tu descanso, Tú y tu santa Arca (María comprende y solloza). Revístanse de justicia tus sacerdotes y celebren fiesta tus santos. Por amor de David tu siervo, no dejes de mostrar el rostro de tu Ungido. El Señor hizo una promesa a David y la mantendrá: ‘Pondrá sobre tu trono al fruto de tu seno’. El Señor tiene elegida su moradaYo haré florecer el poder de David, preparando una antorcha encendida para mi Ungido». ■ Gracias, padre mío, en nombre mío y en el de mi Madre. Fuiste un padre bueno. El Eterno te puso para que tuvieses cuidado de su Mesías y de su Arca. Fuiste la antorcha encendida para Él, y tuviste entrañas de caridad para con el Fruto del seno santo. Ve en paz, padre. A mi Madre no le faltará ayuda. El Señor ha dispuesto que no esté sola. Ve tranquilo a tu descanso. Yo te lo digo”. María llora con su rostro apoyado sobre las cobijas (parecen colchas) extendidas sobre el cuerpo de José que se está enfriando. Jesús se prodiga aún más en confortarle,  porque el respiro se hace cada vez más fatigoso y la mirada se va nublando.«Feliz el hombre (6) que teme al Señor y pone todo su gusto en sus mandamientos… Su rectitud permanece por los siglos de los siglos. Entre los hombres rectos surge, como entre las tinieblas la luz, el misericordioso, el benigno, el justo… El justo será siempre recordado… Su justicia es eterna, su poder llegará hasta la gloria…». ■ Y tú tendrás esta gloria, padre. Pronto iré a traerte con los Patriarcas que te han precedido, a la gloria que te espera. Alégrese tu alma con mis palabras (7). «Quien confía en la ayuda del Altísimo vive bajo la protección del Dios del Cielo». Ésa es tu morada, padre mío. «Él me soltó del lazo de los cazadores y de las palabras duras. Con su plumaje te cubrirá y bajo sus alas hallarás refugio. Su verdad te protegerá como un escudo; no temerás miedos de la noche… No se acercará a ti ningún mal… porque sus ángeles han recibido la orden de cuidar en todos tus caminos. Te llevarán sobre sus palmas para que tu pie no tropiece en las piedras. Caminarás sobre el áspid y el basilisco y hollarás al león y al dragón. Porque has esperado en el Señor, Él te dice, padre, que te librará y te protegerá. Puesto que has elevado a Él tu voz, te escuchará; estará contigo en la última tribulación, te glorificará después de esta vida, haciéndote ver ya desde esta vida su Salvación», y en la otra haciéndote entrar, por la Salvación que ahora te consuela y que pronto, ¡oh…, muy pronto irá, te lo repito, a darte el abrazo divino y llevarte consigo, a la cabeza de todos los Patriarcas, a donde está preparado el lugar para el Justo que fue mi padre bendito! Adelántate a decir a los Patriarcas que la Salvación está en el mundo, y que el Reino de los Cielos pronto les estará abierto. Ve, padre. Mi bendición te acompañe”. ■ Jesús ha alzado su voz para que José en la niebla de la agonía pueda oírla. El fin es inminente. Respira ansiosamente. María le acaricia. Jesús se sienta sobre el lado del lecho, abraza y atrae hacia Sí al agonizante que se extingue sin ningún movimiento. Es una escena maravillosamente serena. Jesús vuelve a colocar al Patriarca y abraza a María que, al final, angustiada de dolor,  se había acercado a él”. (Escrito el 5 de Febrero de 1944).
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1  Nota  : Se dirige  al Padre Migliorini,  su director espiritual.   2  Nota  : Cfr.  Sal.  15.   3  Nota  : Cfr. Sal.  83.   4  Nota  : Cfr. Sal.  84.   5  Nota  : Cfr. Sal.  131.   6  Nota  : Cfr. Sal.  111.   7  Nota  : Cfr.  Sal. 90.
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1-42-234  (1-71-249 ).- “La muerte pierde su dureza en mis manos”.
* “Casadas que sufrís la muerte del esposo, imitad a María en su viudez: uníos a Jesús… María siempre se abrazó a Dios en los momentos más graves de su vida”.-  ■ Dice Jesús: “A todas las mujeres a quienes el dolor tortura, les digo que imiten a María en su viudez: uniéndose a Jesús. Los que piensan que María no haya sufrido en su corazón, están equivocados. Mi Madre sufrió. Sabedlo. Santamente, porque todo en Ella era santo, pero agudamente. Igualmente se equivocan los que piensan que María amó a José con un sencillo amor, fundándose en que José era su esposo en el espíritu y no para el cuerpo. María amó intensamente a José, a quien dedicó seis lustros de su vida fiel. José fue para Ella padre, esposo, hermano, amigo, protector. Ahora Ella se sentía sola como sarmiento arrancado de la vid. Su casa parecía como si sobre ella hubiera caído un rayo; se dividía. Primero era una unidad en la que los miembros se sostenían mutuamente; ahora faltaba el muro principal. Éste fue el primer golpe asestado a esa Familia, y fue señal del otro abandono, que ya estaba próximo: el de su amado Jesús. ■ La voluntad del Padre había querido que fuera esposa y Madre; ahora, por esta misma voluntad le imponía el peso de la viudez y le ordenaba le entregase a su Hijo. Y María vuelve a pronunciar entre lágrimas esos «síes» sublimes suyos: «Sí, Señor, gase en mí lo que tu palabra quiera». ¿Y qué hace, en esa hora, para tener fuerza?: se abrazó a Mí. María, siempre, se abrazó a Dios en las horas más graves de su vida. Así lo hizo en el Templo cuando recibió la llamada al matrimonio; como en Nazaret cuando fue llamada a la Maternidad o entre lágrimas al verse viuda, o, en Nazaret también, cuando tuvo que pasar por el suplicio de separarse de su Hijo; como en el Calvario, bajo la tortura que le supuso el verme morir”.
* “Tratad de haceros dignos de las palabras que dije a José. Serán vuestra paz en vuestra agonía.- Lo que dije en mi agonía «Señor, te confío mi espíritu», lo dije para que las agonías de los que mueren pensando en Mí se dulcificaran. Llamadme…”.- Jesús: “Aprended de Ella, vosotros que lloráis. Aprended vosotros que vais a morir. Aprended, vosotros que vivís para morir. Tratad de haceros dignos de las mismas palabras que dije a José. Serán vuestra paz en vuestra agonía. Aprended, vosotros que debéis morir, a haceros dignos de que Jesús esté cerca de vosotros, que sea vuestro consuelo. Pero, aunque no seáis dignos de ello, tened la osadía, de todas formas, de llamarme para que vaya a vuestro lado. Yo vendré con las manos llenas de gracias y de consuelo, con el Corazón lleno de perdón y amor, con los labios llenos de palabras de absolución y de valor. ■ La muerte pierde toda su dureza si morís en mis brazos. Creedlo. No puedo abolir la muerte, pero hago que sea dulce para que se muera confiando en Mí. Lo dije por todos vosotros en la Cruz: «Señor, te confío mi espíritu». Lo dije en mi agonía, pensando en la de cada uno de vosotros, pensando en vuestros sentimientos de terror, en vuestros errores, en vuestros deseos de perdón. Lo dije con el corazón desgarrado por el dolor, antes que por la lanza. Un dolor espiritual más duro que el físico, para que las agonías de los que mueren pensando en Mí se dulcificasen, y su espíritu se pasase de la muerte a la Vida, del dolor al Gozo eterno”. (Escrito el 5 de Febrero de 1944).
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1-69-366 (1-32-401).- Jesús instruye a Iscariote: “Quien mata o se mata muestra soberbia… ¿qué es la desesperación sino soberbia?”.
* “Maestro, matar la carne, ¿no está en contradicción con el mandamiento de Dios?”.- “Todo es vanidad”.-Jesús y Judas salen del Templo de Jerusalén después de haber estado orando en el lugar más cercano al Santo, concedido a los israelitas varones. Judas quisiera quedarse con Jesús, pero este deseo encuentra oposición en el Maestro. “Judas, deseo estar solo en las horas de la noche. Es cuando mi espíritu obtiene su alimento del Padre. Tengo más necesidad de la oración, meditación y soledad, que del alimento corporal. El que quiere vivir del espíritu y quiere llevar a otros a que vivan la misma vida, debe posponer la carne, diría casi, matarla, para cuidar sólo del espíritu. Todos, sábelo Judas, también tú, si quieres ser verdaderamente de Dios, o sea, de lo sobrenatural”. Iscariote: “Pero nosotros pertenecemos, Maestro, todavía a la tierra. ¿Cómo podemos dejar de pensar en la carne y tan solo en el espíritu? ¿No está en contradicción lo que dices con el Mandamiento de Dios: «No matarás»? ¿No se incluye también en él no suicidarse?… ■ Si la vida es un don de Dios, ¿debemos amarla o no?…”. Jesús: “Te voy a responder como no respondería a una persona sencilla, a la cual es suficiente elevarle la mirada del alma, o de la mente, a esferas sobrenaturales, para poder llevársela en vuelo a los reinos del espíritu. Tú no eres una persona sencilla. Te has formado en ambientes que te han pulido… pero también te han manchado con sus sutilezas y doctrinas. Judas, ¿te acuerdas de Salomón? Era sabio, el más sabio de aquellos tiempos. Recuerdas qué dijo después de haber conocido todo el saber humano: «No hay más que vanidad. Todo es vanidad. Temer a Dios y observar sus mandamientos, para el hombre, esto lo es todo» (1). Ahora Yo te digo que hay que saber tomar de los alimentos sustento, pero no veneno. Y si se ve que un alimento nos es nocivo (porque se producen reacciones en nuestro organismo por las cuales ese alimento es nefasto, siendo más fuerte que nuestros humores buenos, los cuales lo podrían neutralizar), es necesario dejar de tomar ese alimento, aún cuando sea agradable al paladar. Es mejor pan, sin más, y agua de la fuente, que no los platos rebuscados de la mesa del rey que tienen especias que alteran y envenenan”. Iscariote: “¿Qué debo dejar, Maestro?”. Jesús: “Todo lo que sabes que te hace mal. Dios es paz y si quieres ponerte en el sendero de Dios, debes librar tu mente, tu corazón y tu carne de todo lo que no es paz y te turba. Sé que es difícil reformarse a sí mismo, pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a que se haga hijo de Dios, a volver a crearse, por medio de una segunda creación, una autogénesis querida por él mismo. ■ Pero deja que te responda a cuanto preguntabas, para que no digas que quedaste en error por culpa mía. Es verdad que el suicidarse es lo mismo que matar.  Sea la vida propia o la de otro, la vida es un don de Dios y solo Dios que la dio, tiene el poder de quitarla. Quien se mata, muestra su soberbia, y Dios odia la soberbia”. Iscariote: “¿Muestra la soberbia? Diría yo la desesperación”. Jesús: “Y ¿qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas. ¿Por qué uno se desespera? O porque las desgracias se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable, y juzga de sí mismo que Dios no le puede perdonar. Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿no es reina la soberbia? El hombre que quiere resolver por sí mismo las cosas, carece de la humildad de tender la mano al Padre y decirle: «No puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti». El otro hombre, el que dice: «Dios no me puede perdonar», lo dice, porque, midiendo a Dios con el patrón de sí mismo, piensa que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no le podría perdonarle. O sea, también aquí hay soberbia. El humilde siente compasión y perdona aun cuando sufra por la ofensa recibida. El soberbio no perdona. Es soberbio además porque no sabe bajar la cabeza y decir: «Padre, he pecado, perdona a tu hijo culpable». ¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?”.
* Dios perdona… pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y dado fuerzas a las almas con su Espíritu, no le será concedido el perdón a quien muera desesperado”.-Iscariote: “Pero ciertos pecados no son perdonados. No lo pueden ser”. Jesús: “Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero en verdad, en verdad te digo que aun después del crimen más grande que puedas imaginarte, si el culpable corre a los pies del Padre, infinitamente perfecto, y llorando le pidiese perdón, le ofreciese expiación, pero sin desesperarse, el Padre le daría la manera de expiar para merecer el perdón y salvar su alma”. ■  Iscariote: “Siendo así, ¿Tú dices que los hombres que cita la Escritura, y que se mataron (2), hicieron mal?”. Jesús: “No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Según su conocimiento relativo del bien, habrán conseguido de Dios, en ciertos casos, misericordia. Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerzas a las almas con su Espíritu, a partir de ese momento, no le será concedido el perdón a quien muera desesperado. Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios esto? ¡No!: ¡Es justicia! Dirá Dios: «Tú, criatura dotada de razón y de ciencia sobrenatural, a quien crié libre, decidiste seguir el sendero escogido por ti y dijiste: ‘Dios no me perdona. Estoy separado de Él para siempre. Juzgo que debo aplicarme, por mí mismo, justicia por mi delito. Dejo la vida para escapar de los remordimientos’, sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieses venido a mi pecho paterno. Recibe eso mismo que has juzgado.  Vete.  No violento la libertad que te he dado».  Esto dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas”.
* La vida ¿es fin o medio?.-Jesús: “La vida es un don y hay que amarla. Y ¿qué clase de don es? Un don santo y por esto debe amarse santamente. La vida dura tanto cuanto la carne resiste. Después empieza la Vida grande, la Vida eterna, que será de felicidad para los justos y de maldición para los injustos. La vida, ¿es fin o medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la eternidad. Y si es así, demos, pues, a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista: continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos; continencia de la mente, en todos sus deseos, en todos; continencia del corazón en todas sus pasiones que saben a humano. Mientras que por el contrario, sea ilimitada el ansia hacia las pasiones que llevan al Cielo: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud. Te he respondido, Judas. ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y pregunta; y si no sabes lo suficiente, estoy aquí para enseñarte”. (Escrito el 3 de Enero de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Ecli.  1,2;  12,8  y 13.   2  Nota  : “Quienes cita  la Escritura que  se mataron”.- Cfr. 2 Sam. 17,23 (único caso de verdadero y propio suicidio mencionado en el A. T.);  Jue. 9,50-57; 1 Sam. 31; 1 Rey. 16,15-22; 2 Mac. 14,37-46.
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(<Jesús, con los apóstoles y con tres pastores, se dirige a Yutta, en busca de otro pastor también testigo directo de la noche del Nacimiento del Niño, de nombre Isaac, que vive aquejado de una enfermedad grave en Yutta>)
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1-76-409 (2-40-449).- Los huesos (prueba del poder de Dios que creó al hombre del polvo) y su resurrección.- Sufragios por los muertos.
* Los huesos se reconstruirán con las mismas facciones que tuvieron en la Tierra”.- ■ Jesús viene bajando con los suyos y con los tres pastores Elías, Leví y José (1)  en dirección del río. Jesús, pacientemente se detiene cuando hay que esperar a una oveja que queda rezagada o a uno de los pastores que debe ir tras de una oveja que se le extravía. Es exactamente el Buen Pastor. También se ha procurado Él una rama larga para apartar los ramajes de las moreras y de los majoletos y de las algalias, que salen al paso por todas partes y se pegan a los vestidos. Así es completa su figura de pastor. Elías, uno de los pastores, le dice a Jesús: “¿Ves?… Allá está Yutta. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin tener que ir hasta el puente. Habría sido más corto venir por Hebrón, pero no has querido”. Jesús: “No. A Hebrón iremos después. Primero y siempre al que sufre. Los muertos ya no sufren, cuando son justos. Y Samuel era justo. Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario que uno esté cerca de sus huesos para ofrecerlas. ■ Los huesos… ¿qué son?… Prueba del poder de Dios que creó al hombre del polvo, y no de otra cosa. También los animales tienen  huesos. El esqueleto de los animales es menos perfecto que el del hombre. Tan sólo el hombre, rey de la creación, tiene su cuerpo erecto, como rey que está por encima de sus súbditos, y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello; hacia arriba donde está la morada del Padre. Pero siempre son huesos, polvo que vuelve a ser polvo. La Eterna Bondad quiere reconstruir los huesos en el día eterno para dar un gozo más vivo a los bienaventurados. ■ Pensad: no sólo serán reunidos los espíritus sino que se amarán como —y mucho más que— en la Tierra y gozarán de volverse a ver con las mismas facciones que en la Tierra tuvieron: los hijos de hermosos cabellos rizados, y bonitos como los tuyos, Elías; los padres y las madres, de un corazón y de un rostro todo amor, como los vuestros, Leví y José. Es más, para ti, José, será el momento en que reconocerás esos rostros que siempre añoras conocer. No habrá más huérfanos ni más viudos entre los justos, allá arriba…”.
* En los sufragios, vosotros, con vuestro espíritu vais a vuestros seres queridos y ellos vienen, con su espíritu, a vosotros”.- Jesús: “En cualquier parte se puede ofrecer sufragio por los muertos. Es oración de un espíritu, por el espíritu de quien estaba con nosotros, al Espíritu Perfecto, que es Dios y que está en todas partes. ¡Oh, santa libertad de todo lo que es espiritual! No más distancias, no más destierros, no más prisiones, no más sepulcros… Nada que pueda dividir o encadenar reduciendo a penosa impotencia lo que esté afuera o por encima de las cadenas de la carne. ■ Vosotros vais, con la parte mejor de vosotros, a vuestros seres queridos; ellos, con su parte mejor, vienen a vosotros. Y todo gira, con esta efusión de espíritus que se aman, en torno al Eterno Dios, Espíritu Perfectísimo, Creador de todo cuanto ha existido, existe y existirá. Amor que os ama y os enseña a amar”. (Escrito el 12 Enero de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Pastores de Belén.
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(<Jesús está en el campo, donde se ven magníficos árboles frutales y espléndidos viñedos. Está sentado entre frutales comiendo algo de fruta que le ha ofrecido un campesino. En la conversación, surge el tema del dolor al que el campesino no encuentra sentido>)
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2-83-29 (2-47-508).- “¿No es mejor sufrir aquí? En el Purgatorio el tiempo se multiplica por mil”.
Por eso, el dolor (como sacrificio de expiación) desde el punto de vista sobrehumano es un bien”.- ■ El campesino pregunta: “¿El dolor, no es siempre mal?”. Jesús: “No, amigo. Desde el punto de vista humano es un mal, pero del sobrehumano, es un bien. Aumenta los méritos de los justos que lo sufren sin desesperarse, sin rebelarse y lo presentan ofreciéndole como sacrificio de expiación por sus propias flaquezas y por las culpas del mundo y como redención de los que no son justos”.  ■ El campesino, al que se le han reunido sus familiares, que son como diez entre adultos y niños, dice:  “¡Es tan difícil el sufrimiento!…”. Jesús:  “Sé que el hombre lo considera difícil. Y el Padre sabiendo que el hombre como tal lo consideraría, no dio el dolor a sus hijos. Entró: por la Culpa. Pero… ¿cuánto tiempo dura el dolor sobre la Tierra, en la vida del hombre?… ¡Poco! Siempre es poco, aunque durase toda la vida. Ahora bien,  te digo: ¿No es mejor sufrir durante poco tiempo, que siempre? ¿No es mejor sufrir aquí que en el Purgatorio? Pensad que allá el tiempo se multiplica en la proporción de uno a mil. ¡Oh!, en verdad os digo que no se debería maldecir sino bendecir el dolor, y llamarlo «gracia» y llamarlo «piedad»”. Campesino: “¡Oh, Maestro! Nosotros bebemos tus palabras, como en verano lo hace el sediento al beber agua miel de una jarra fresca. ¿De veras partes mañana, Maestro?”. Jesús: “Sí, mañana, pero regresaré otra vez para agradecerte lo que has hecho por Mí y por los míos, y para pedirte una vez más pan y descanso”. Campesino: “Eso siempre lo encontrarás aquí, Maestro”. (Escrito el 20 de Enero de 1945).
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(<El pastor Jonás es otro de aquellos pastores de de Belén, testigo del anuncio del ángel y del Niño al que vieron en la Gruta. Jesús y los suyos se dirigen a los campos del escriba Doras, avaro y cruel, en cuyos campos y viñedos trabaja Jonás ahora>)
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2-109-176 (2-76-667).- El pastor Jonás se está muriendo.
* Los muertos aman a los vivos con doble amor”.- ■ Jesús se dirige derecho al manzanar. Lo atraviesan, llegan a los campos de Doras. Hay otros campesinos al arado o agachados para arrancar de los surcos las hierbas. Jonás no está. Jesús es reconocido y sin dejar los hombres el trabajo, le saludan. Jesús les pregunta: “¿Dónde está Jonás?”. Campesinos: “Después de dos horas de trabajo se cayó en el surco y le han llevado a casa. Pobre Jonás. Poco le queda por sufrir. Está ya a su término. Jamás volveremos a tener un amigo tan bueno”. Jesús: “Me tenéis en la Tierra y a él en el seno de Abraham. Los muertos aman a los vivos con doble amor: con el suyo y con el que reciben al estar con Dios, y por lo tanto con amor perfecto”. (Escrito el 15 de Febrero de 1945).
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2-126-282  (2-93-781).- En «Aguas Claras», discurso sobre: “No matarás” (1). La sacralidad de la vida humana desde su concepción.
* “¿Matar es solo pecado de homicidio?” “¿Qué es el hombre?”.- Jesús empieza a hablar: “Está escrito: «No matarás». ¿A cuál de los dos grupos de los Mandamientos pertenece éste?  ¿«Al segundo», decís? ¿Estáis seguros?  Otra pregunta: ¿Es un pecado que ofende a Dios o a la víctima? ¿Decís: «A la víctima»? ¿Estáis seguros de esto también? Os hago una tercera pregunta: ¿Es solo un pecado de homicidio? Al matar ¿no cometéis más que este único pecado? ¿«Éste solo», decís? ¿Ninguno tiene duda de ello? Responded en alta voz. Que hable uno por todos. Espero”. Y Jesús se inclina a acariciar a una niña que se ha acercado a Él y que le mira extática, olvidándose incluso de seguir comiendo la manzana que la mamá le había dado para tenerla quieta. Se levanta un anciano de aspecto grave y dice: “Escucha, Maestro. Soy un viejo sinagogo y me dijeron que hablase por todos. Hablo. Me parece, y nos parece, haber respondido según justicia y según cuanto nos han ensañado. Baso mi certidumbre en el capítulo de la Ley que habla sobre el homicidio y de las agresiones físicas. Pero tú sabes para qué hemos venido: para que se nos enseñe, pues reconocemos en Ti sabiduría y verdad. Si pues me equivocase, ilumina mis tinieblas, para que el viejo siervo vaya a su Rey vestido de luz. Y así como lo haces conmigo, hazlo con estos que son mi grey que han venido con su pastor a beber en la fuente de la Vida” y se inclina, antes de sentarse, con el más profundo respeto. Jesús: “¿Quién eres, padre?”. Sinagogo: “Cleofás de Emmaús, tu siervo”. Jesús: “No mío, sino de Aquel  que me ha enviado, porque al Padre debe dársele toda prioridad y todo amor en el Cielo, en la Tierra y en los corazones. Y el primero que le tributa este honor es su Verbo, el cual toma y ofrece en la mesa sin defecto, los corazones de los buenos como hace el sacerdote con los panes de la proposición. Pero escucha, Cleofás, para que vayas a Dios enteramente iluminando como es tu santo deseo. ■ Para medir una culpa conviene pensar en las circunstancias que la preceden, la preparan, la justifican o la explican. ¿A quién he matado? ¿Qué he matado? ¿Dónde? ¿Con qué medios lo he hecho? ¿Por qué he matado? ¿Cómo he matado? ¿Cuándo he matado?: estas son las preguntas que debe hacerse quien ha matado, antes de presentarse a Dios, para pedirle perdón.
.   ● «¿A quién he matado?». A un hombre. Yo digo: a un hombre.  No pienso ni me pongo a pensar si es rico o pobre, libre o esclavo. Para mí no existen esclavos o poderosos. Existen solo hombres creados por un Único; por tanto, todos iguales. En efecto, frente a la Majestad de Dios es polvo hasta el más poderoso monarca de la tierra y ante sus ojos y ante los míos no existe sino una sola esclavitud: la del pecado, por consiguiente, la de estar bajo Satanás. La Ley antigua (2) distingue entre libres y esclavos, y sutiliza acerca del hecho de matar de un golpe o matar dejando sobrevivir uno o dos días, o también acerca de si la mujer en cinta muere por el golpe recibido o si pierde la vida solo su fruto. Pero esto se dijo cuando estaba aún lejana la luz de la perfección. Ahora está entre vosotros y os dice: “Cualquiera que mate a un semejante suyo peca”;  y no peca solo contra el hombre sino también contra Dios. ■ ¿Qué es el hombre? El hombre es la criatura soberana que Dios ha creado para ser rey de la creación,  creado a su imagen y semejanza, dándole la semejanza según el espíritu y la imagen extrayendo de su pensamiento perfecto esta perfecta imagen. Contemplad el aire, contemplad la tierra, las aguas. ¿Encontraréis algún animal o planta, que por bellas que sean, igualen al hombre? El animal corre, come, bebe, duerme, engendra, trabaja, canta, vuela, trepa. Pero no habla. El hombre también corre, brinca y en el brinco es tan ágil que emula al pájaro; nada y en el hacerlo es tan veloz como el pez; sabe arrastrarse y parece reptil; puede trepar y parece un mono; canta y parece un pájaro. Engendra y se reproduce. Pero además de esto puede hablar. No digáis como objeción: «Cada animal tiene su lenguaje». Sí, el uno muge, el otro bala; éste rebuzna, aquel trina, el de más allá gorjea, pero desde el primer buey hasta el último, no habrá más que una sola clase de mugido, y así igualmente la oveja balará hasta el fin del mundo, y el borriquillo rebuznará como rebuznó el primero; y el pardal siempre repetirá su breve canto, mientras que la alondra y el ruiseñor cantarán el mismo himno, en el día, la primera; en la noche estrellada, el segundo,  y así lo harán hasta el último día de la Tierra, de la misma forma que saludaron al primer sol y a la primera noche terrestre. El hombre, por el contrario, debido a que no tiene solo la campanilla y la lengua, sino también tiene un conjunto de nervios centrados en el cerebro, sede del intelecto, sabe —debido a ello— captar las sensaciones nuevas y pensar sobre ellas y darles un nombre. Adán puso por nombre (3) «perro» a su amigo, y llamó «león» a aquél que, por su melena tupida que le cae sobre la cara que ligeramente tiene barba, se le parecía más;  llamó «oveja» al animal que mansamente le saludaba, y llamó «pájaro» a ese manojo de plumas que volaba como la mariposa y que además emitía, dulce, un canto que no emite la mariposa. Y luego, a lo largo de  los siglos, los hijos de Adán siguieron creando nuevos nombres, a medida que iban «conociendo» las obras de Dios en las criaturas o cuando, —por la chispa divina que hay en el hombre— engendraron, además de otros hijos, cosas útiles, o nocivas, para esos mismos hijos, según que estaban con Dios o contra Dios. Están con Dios los que crean y obran cosas buenas; están contra Dios los que crean cosas malvadas para dañar al prójimo. Dios venga a los hijos suyos que han sido torturados por el mal ingenio humano. ■ La razón es que el hombre es la criatura predilecta de Dios. Aunque en la presente situación sea culpable, continúa siendo el más querido por Él: lo testifica el hecho de que haya enviado a su mismo Verbo —no a su ángel, ni arcángel, querubín o serafín, sino a su Verbo—, revistiéndole de carne humana, para salvar al hombre; y no consideró indigno este vestido para hacer capaz de sufrir y expiar a Aquel que, por ser como Él Purísimo Espíritu, no habría podido sufrir y expiar la culpa del hombre. El Padre me dijo: «Serás hombre: el Hombre. Yo había hecho ya un hombre, perfecto como todo lo que hago. Le había destinado a un dulce vivir con un dulcísimo despedirse de este mundo y un feliz despertar con una felicísima y eterna permanencia en mi Paraíso celestial. Pero, como Tú sabes, en este Paraíso no puede entrar nada que esté manchado, porque en él Yo-Nosotros, Uno y Trino Dios, tenemos trono, y ante este trono no puede haber sino santidad. Yo soy el que soy. Tan sólo los que no tienen mancha pueden conocer mi naturaleza divina, nuestra misteriosa esencia. Al presente, el hombre, en Adán y por Adán, está manchado. Ve, límpialo. Es mi deseo. De hoy en adelante serás: el Hombre, el Primogénito. Porque serás el primero en entrar aquí con carne mortal que no tiene pecado, con el alma sin Culpa original. Quienes te precedieron sobre la tierra y quienes te seguirán, tendrán vida por tu muerte redentora». ■ Solo podía morir quien previamente hubiera nacido; Yo he nacido, y moriré. El hombre es la criatura predilecta de Dios. Decidme ahora: si un padre tiene muchos hijos, pero uno es su predilecto  —la pupila de sus ojos— y  le matan, ¿no sufrirá más que si la víctima hubiera sido otro de sus hijos? No debería ser así porque el padre debería ser justo con todos sus hijos. Pero de hecho así sucede, y es porque el hombre es imperfecto. Sin embargo, Dios lo puede hacer con justicia, porque el hombre es la única de las criaturas, entre lo creado, que tiene en común con el Padre Creador el alma espiritual, signo innegable de la paternidad divina. ¿Si se le mata un hijo a un padre, se ofende solo al hijo? No; también al padre. En la carne, al hijo; en el corazón, al padre: ambos son víctimas. ¿Matando a un hombre, se ofende solo al hombre? No; también a Dios. En la carne, al hombre; en su derecho, a Dios: porque solo a Dios le corresponde el dar o quitar la vida y la muerte. Matar es usar violencia contra Dios y contra el hombre. Matar es penetrar en el dominio de Dios. Matar es faltar contra el precepto del amor. Quien mata no ama a Dios, porque destruye una obra de sus manos: un hombre. Quien mata no ama al prójimo, porque quita al prójimo aquello que el asesino quiere para sí: la vida. He respondido, pues, a las dos primeras preguntas.
.   ● «¿En dónde he agredido a mi víctima?».  Se  puede hacer en el camino, en la casa de la víctima o trayéndola a la propia casa. La agresión puede recaer en uno u otro órgano, causando mayor sufrimiento. Puedo cometer incluso dos homicidios en uno, si la víctima es una mujer que tiene el fruto en el vientre. Se puede matar en la calle sin tener intención de hacerlo. Un animal que se escape a nuestro control, puede matar al que pasa; pero en este caso en nosotros no hay premeditación. Si, por el contrario, uno va, armado con un puñal oculto bajo hipócritas vestidos de lino, a la casa de un enemigo  —y sucede con frecuencia que sea el enemigo quien tenga la razón—  o bien invita a la víctima a su casa, aparentemente por deferencia hacia él, y luego le degüella y le arroja al pozo, entonces hay premeditación y la culpa es completa en malicia, en crueldad, en violencia. Si, matando a la madre, mato también a su fruto, entonces Dios me pedirá cuentas de dos seres, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre, según el mandamiento de Dios es sagrado, como es sagrada la pequeña vida que en aquél va madurando, a la que Dios ha dado un alma (4).
.  ● «¿Qué medios he utilizado?». En vano uno dirá: «No quería matar», cuando en realidad iba armado hasta los dientes. En un momento de ira incluso las manos se convierten en arma, y la piedra cogida en el suelo, o la rama arrancada de un árbol. Mas aquél que fríamente mira al puñal o el hacha y, si le parece que cortan poco, los afila, y luego se los ciñe al cuerpo de modo que no se vean pero pueda empuñarlos con facilidad y, preparado de tal suerte va donde su rival, ciertamente no podrá decir «No tenía voluntad de agredir». Y aquél que prepara un veneno cogiendo hierbas y frutos tóxicos para hacer polvos o bebida, y luego lo ofrece a la víctima como si no fuesen dañosos o como una bebida buena, no puede decir: «No quería yo matarle». Y ahora escuchadme vosotras, mujeres, que calladas y sin castigo alguno asesináis tantas vidas. Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga de culpable simiente, o porque sea un vástago no deseado, una carga a vuestro lado, o una carga para vuestra economía, también es matar (5). Hay un solo modo para no tener esa carga: permanecer castas. No unáis homicidio con la lujuria, violencia con la desobediencia, y no creáis que Dios no ve, porque el hombre no le vea. Dios todo ve, todo recuerda. Recordadlo también vosotras.
. ● «¿Por qué he matado?». ¡Oh, por cuántos porqués! Desde el desequilibrio desencadenado en vosotros inesperadamente por una emoción violenta, como es la de veros profanado el tálamo, o encontraros con un ladrón en la casa, o un intento criminal de violar a vuestra hija en la flor de la adolescencia, hasta el frío y meditado cálculo para librarse de un testigo peligroso, de alguien que obstaculice el propio camino, de alguien a cuyo puesto se aspira o cuya riqueza se ambiciona: éstas, y otras muchas parecidas, son las razones. Pues bien, Dios puede perdonar a quien, en la fiebre del dolor se convierte en asesino, mas no le perdona a quien lo hace por ambición de poder o para ganarse la estima entre los hombres. Obrad siempre bien para no temer a que alguien os vea o hable de vosotros.  Contentaos con lo vuestro y no aspiréis a lo ajeno hasta el punto de convertiros en asesinos por conseguir lo que es del prójimo.
. ● «¿Cómo he matado?». ¿Infiriendo otros golpes después del primero que fue impulsivo? Algunas veces el hombre no se puede frenar, porque Satanás le impele al mal del mismo modo que el hondero lanza la piedra. Pero ¿qué diríais de una piedra que, después de haber dado en el blanco, regresase por sí misma a la honda para que de nuevo se le lanzase y diese en el blanco? Diríais: «Está poseída de una fuerza mágica e infernal». Así es el hombre que después del primer golpe, da el segundo, el tercero, el décimo con la misma saña; porque la ira desaparece para dar paso a la razón inmediatamente después del primer impulso, si éste obedece a un motivo en cierto modo justificable, mientras que, por el contrario, la saña aumenta cuantos más golpes recibe la víctima en el verdadero asesino, esto es, en el Satanás que no tiene ni puede tener piedad del hermano porque, siendo un Satanás, es odio.
. ● «¿Cuándo he matado?». ¿Durante el primer impulso? ¿Después de que éste desapareció? ¿Fingiendo perdón, mientras el rencor ha ido fermentado cada vez más? ¿O he esperado tal vez años para matar, produciendo así doble dolor al matar al padre a través de los hijos?
* En resumen: matando se viola el primero y el segundo grupo de los mandamientos.- ■ Veis que matando se viola el primero y segundo grupo de los mandamientos. En efecto, al hacerlo os arrogáis el derecho de Dios, y pisoteáis al prójimo. Por lo tanto, es pecado contra Dios y contra el prójimo. Cometéis no solo un pecado de homicidio, sino también de ira, de violencia, de soberbia, de desobediencia, de sacrilegio y, en ocasiones  —si matáis para robar un puesto o dinero—, de codicia. Y, hoy apenas os lo insinúo, algún día los explicaré mejor, se comete pecado de homicidio no solo con las armas y el veneno; también  con  la calumnia. Meditad en ello”. (Escrito el 10 de Marzo de 1945).
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1  Nota  :  Cfr. Ex.  20,13;   Dt. 5,17.   2  Nota  :  Cfr.  Éx.  21,20-25.   3  Nota  :  Cfr.  Gén.  2,19-20.   4  Nota  : “El vientre que engendra  a un nuevo ser:  es sagrado”.- Cfr. Gén. 1,28 «Dios los bendijo, diciéndoles: “Sed fecundos y multiplicaos”»; 9,1 «Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles: “Creced y multiplicaos”» ; 17,6, a Abraham:  «Yo te haré crecer hasta lo sumo. Reyes y pueblos saldrán de ti»; Ex. 23,26 «No habrá en tu tierra mujer que aborte o sea estéril»; Dt. 7,13 «Yavé bendecirá el fruto de tu vientre»; 28, 4 «Bendito será el fruto de tus entrañas».- ■ Esta sacralidad de la vida humana, desde su concepción se afirma precisamente en estas dos frases de Jesús: 1ª) “Si, matando a la madre, mato también a su fruto, entonces Dios me pedirá cuentas de dos seres, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre, según el mandamiento de Dios es sagrado, como es sagrada la pequeña vida que en aquél va madurando, a la que Dios ha dado un alma”. 2ª) “Y ahora escuchadme vosotras, mujeres, que calladas y sin castigo alguno asesináis tantas vidas. Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga de culpable simiente, o porque sea un vástago no deseado, una carga a vuestro lado, o una carga para vuestra economía, también es matar”.   5   Nota   : Cfr. nota  anterior N. 4.
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(<Jesús ha llegado a los jardines de Juana de Cusa en Tiberíades, donde le esperan las matronas romanas Plautina, Valeria y Lidia [1]. Hacía poco que Jesús había curado milagrosamente a Fausta, hija de Valeria>)
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3-167-41 (3-27-127).- “El hombre, cuando duerme su último sueño,  con su parte mejor obtiene la vida eterna”.
* Valeria, aunque tu hijita hubiese muerto, no habrías perdido sus caricias”.- Jesús les dice: “La planta es más sagaz que nosotros. Sabe que a cada herida de su tallo cortado nace un nuevo retoño que será una nueva rosa. Y ved que entonces nuestra inteligencia debe acoger esta enseñanza y hacer del amor un poco sensual por las flores, un estímulo para un pensamiento más alto”. Plautina, que atenta escucha y que está seducida con el pensamiento elegante del Maestro israelita, pregunta: “¿Cuál, Maestro?”. Jesús: “Éste: que de la misma forma que la planta, mientras sus raíces se nutran del suelo, no muere porque se le mueran algunos tallos, así el género humano tampoco muere porque un ser se cierre al vivir terreno, sino que siempre brotan nuevas flores; además, mientras que la flor —y éste es un pensamiento más alto aún, que nos mueve a bendecir al Creador— una vez muerta no vuelve a vivir, —lo cual es motivo de tristeza— el hombre cuando duerme su último sueño no está muerto, sino que posee una vida aún más radiante, pues recibe, en lo que constituye su parte mejor, de su Creador que lo formó,  vida eterna y  esplendor. ■  Por eso, Valeria, aunque tu niña hubiese muerto, no habrías perdido sus caricias: tu criatura —separada, pero no olvidada de tu amor—  siempre habría besado tu alma. ¿Ves qué dulce es tener una fe en la vida eterna?”. (Escrito el 19 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Romanas/os.
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(<Jesús y los suyos vienen de la llanura de Esdrelón. En los dominios del fariseo Doras, Jesús ha tomado en adopción al niño Yabés, huérfano de padre y madre, por deseo expreso del abuelo del niño. Ahora, con el niño en la comitiva, se dirigen hacia Jerusalén por un camino que parte desde Siquem>)
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3-194-224 (3-55-321).- Jesús habla con el niño Yabés (1) sobre la relación de los padres muertos con sus hijos,  en el camino de Siquem a Berot hacia Jerusalén.
* Comunicación de los padres difuntos con sus hijos. La escalera de Jacob.- ■ Como un río con nuevos afluentes,  se va haciendo cada vez más espesa de gente, en la medida en que los distintos pueblos van aportando, por los caminos secundarios,  los fieles que se dirigen a la Ciudad santa; ello ayuda no poco a Pedro para tener distraído al niño que extraña sus colinas nativas, bajo cuyos terrones quedaron sepultados sus padres. En Silo, ciudad levantada en un monte, y que ahora se la deja a la izquierda, se interrumpió la marcha para descansar y comer en un verde valle con aguas musicales, puras, cristalinas. Los viajeros nuevamente emprenden el camino, pasan un montecillo calcáreo, casi árido, sobre el que el sol quema sin misericordia. Se empieza a bajar atravesando una serie de viñedos preciosos que echan sus ramas sobre las escarpadas de estos montes calcáreos soleados en sus cimas. Pedro sonríe con perspicacia y hace una seña a Jesús que también sonríe. El niño no cae en la cuenta de nada, centrado como está en escuchar a Juan de Endor que le habla de otras tierras que él visitó y en las que se dan uvas dulcísimas, pero que no sirven para hacer vino, sino para hacer caramelos más sabrosos que las empanadas de miel. Una nueva subida y muy empinada: Jesús y los apóstoles han dejado el camino principal, lleno de polvo y de gente, y ha preferido tomar este atajo cubierto de árboles. ■ Llegados a la cima, allá en la lejanía resplandece un mar luminoso suspendido sobre una conglomeración blanca, quizás casas blanqueadas de cal. Dice Jesús: “Yabés, ven aquí. ¿Ves aquel punto dorado? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obedecer la Ley. ¿La sabes bien?”. Yabés: “Mi mamá me hablaba de ella, y mi padre me enseñaba los mandamientos. Sé leer y… creo que sé lo que «ellos» me dijeron antes de morir…”. El niño que había acudido a una llamada de Jesús con una sonrisa, ahora llora,  con la cabecita inclinada y la manita que tiembla en la de Jesús. Le dice Jesús: “No llores. ¿Sabes dónde estamos? Aquí en Betel. Aquí el santo Jacob tuvo su sueño de ángeles (2). ¿Lo sabes? ¿Te acuerdas de él?”. Yabés: “Sí, Señor, vio una escalera que llevaba de la tierra al Cielo, y por ella bajaban y subían ángeles; mi mamá me decía que en la hora de la muerte, si uno había sido bueno, vería la misma escalera, y que subiría por ella a la Casa de Dios. Me decía muchas cosas mamá… Pero ahora ya no me las dice… todas las tengo aquí, y es todo lo que tengo de ella…”. Las lágrimas bajan por la carita muy triste. Jesús: “Pero ¡no llores así! Mira, Yabés, Yo tengo también una Madre y se llama María. Es santa y buena y sabe decir muchas cosas. Es más sabia y más buena y más bella que un ángel. Ahora vamos a donde está. Te querrá mucho. Te contará muchas cosas. Además está la mamá de Juan, que también es muy buena y se llama María. También está la madre de mi hermano Judas, que es muy dulce como un pan con miel, y que también se llama María. Te van a querer mucho porque eres un buen niño y porque Yo te quiero mucho. Tú crecerás bajo su protección y cuando llegues a ser grande serás un santo de Dios, predicarás como un doctor a ese Jesús que te dio de nuevo una madre aquí y  ■ que habrá abierto las puertas de los Cielos a tu madre muerta, y a tu padre, y que te las abrirá también a ti, cuando llegue tu hora. Tú no tendrás ni siquiera necesidad de subir por la larga escalera de los Cielos a la hora de la muerte, porque ya la habrás subido durante la vida, siendo un buen discípulo, y te encontrarás allí a la puerta del Paraíso y Yo estaré allí y te diré: «Ven amigo mío e hijo de María» y estaremos juntos”. La sonrisa sin igual de Jesús, que va caminando un poco curvado para estar más cerca de la carita levantada del niño —que camina a su lado con su manita en la de Jesús—, y estas palabras maravillosas, le secan las lágrimas y le hacen brotar una sonrisa. ■ El niño, que de tonto no debe tener un pelo, aunque, eso sí, está aturdido por tanto dolor y privaciones como ha sufrido, inteligentemente pregunta: “Tú dices que abrirás las puertas de los Cielos, ¿no están cerradas por el gran Pecado? Mi mamá me decía que nadie podría entrar hasta que no hubiese venido el perdón y que los justos lo esperaban en el Limbo”. Jesús: “Así es. Pero luego iré al Padre después de haber predicado la palabra de Dios y… haber obtenido el perdón y diré: «Padre mío, he cumplido toda tu voluntad. Ahora quiero mi premio por mi sacrificio. Que vengan los justos que esperan tu Reino». Y el Padre me dirá: «Hágase como Tú quieres». Y entonces bajaré a llamar a todos los justos, y el Limbo abrirá sus puertas al oír mi voz y saldrán gozosos los santos Patriarcas, los luminosos Profetas, las mujeres benditas de Israel y luego ¿sabes cuántos niños? Como un vergel, así habrá niños de toda edad. Detrás de Mí vendrán subiendo al Paraíso”. ■ Yabés: “¿Y estará mi mamá con ellos?”. Jesús: “Claro”. Yabés: “No me has dicho que estará contigo en la puerta del Cielo cuando muera”. Jesús: “Ni ella ni tu padre tendrán necesidad de estar en esa puerta; cual ángeles brillantes con sus vuelos siempre estarán uniendo estrechamente el Cielo y la tierra, a Jesús con su pequeño Yabés, y cuando estés cercano a la muerte harán como aquellos dos pajaritos, allá, en aquél seto. ¿Los ves?”. Jesús toma en brazos al niño para que vea mejor. “¿Ves cómo están sobre los huevecillos? Esperan a que los pajaritos piquen el cascarón y se abra; después extenderán sus alas para protegerlos de cualquier mal, y cuando hayan crecido y puedan volar, les ayudarán con sus alas robustas, y los llevarán arriba, arriba, arriba… hacia el sol. Así harán tus papás contigo”. Yabés: “¿De veras?”. Jesús: “De veras”. Yabés: “¿Les dirás que se acuerden de venir?”. Jesús: “No habrá necesidad, porque ellos te aman. De todas formas, se lo diré a ellos”. Yabés: “¡Oh, cuánto te quiero!”. El niño, que está todavía en los brazos de Jesús, le abraza y le besa con una expansión tan cariñosa que conmueve. Jesús por su parte le besa y le vuelve a poner en el suelo. (Escrito el 19 de Junio de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Personajes de la  Obra magna: Marziam o Yabés.   2  Nota  : Cfr.  Gén.  28,10-22.
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(<Jesús y apóstoles, con el niño Yabés –Marziam–, y acompañados de la Madre y de las mujeres se dirigen a la ciudad de Betsur, donde vive Elisa, una antigua compañera de la Virgen en el Templo>)
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3-208-331 (4-70-434).- Elisa de Betsur (1) pierde a toda su familia. Palabras de esperanza del Profeta Ezequiel y  de Judas Macabeo para los muertos en el  Señor.
*  La Virgen, y Elisa, compañeras del Templo.-  ■ Ya, cerca de Betsur, situada en lo alto de una colina y, por el camino secundario que los peregrinos han tomado para ir a la ciudad, se encuentran con los pastores Elías, Leví y José, que pastorean sus rebaños. Y cuando Elías ve que en el grupo también se encuentra María, levanta los brazos con gesto de asombro, y así se queda, no dando crédito a sus propios ojos. La Virgen le dice con dulzura: “La paz sea contigo Elías. Soy yo. Había una promesa de que en Jerusalén nos veríamos, pero no fue posible… Pero… no te preocupes, el caso es que ahora nos vemos”. Elías exclama: “¡Oh, Madre, Madre…!” y no sabe decir otra cosa. Al final encuentra las palabras: “Pues bien, ahora celebro mi Pascua. Es lo mismo,  incluso mejor”.  Sus compañeros confirman: “Claro que sí, Elías”. José y Leví suplican: “Vendimos bien y podemos comer un corderito. ¡Oh! Os ruego que seáis comensales de nuestra pobre mesa…”. Virgen: “Esta noche estamos cansados. Mañana. ■ Escuchad. ¿Conocéis a una cierta Elisa, esposa de Abraham de Samuel?”. Elías: “Sí, está en su casa de Betsur. Pero Abraham murió y el año pasado murieron sus hijos. El mayor por una enfermedad que duró unas cuantas horas, y nunca se supo de qué murió; el otro fue lentamente, pero nadie fue capaz de detener el mal. Le dábamos leche de cabra primeriza, porque los médicos decían que le iba bien al enfermo. Bebía mucha, recogida de todos los pastores, porque la pobre madre había pedido que localizaran a quienes tuviesen una cabra lechal. Pero no sirvió de nada. Cuando nos volvimos a la llanura, el joven ya no bebía leche, y, cuando regresamos en Adar (2), hacía dos lunas que había muerto”. La Virgen dice: “¡Pobre amiga mía!, me quería mucho en el Templo… incluso somos algo parientes. Era buena. Salió para casarse con Abraham, a quien le estaba prometida desde su niñez, dos años antes que yo, y recuerdo que fue al Templo para ofrecer su primogénito al Señor. ¡Oh! es necesario que me dé prisa para ir a consolarla. Quedaos aquí. Voy con Elías y entraré sola. El dolor exige un ambiente respetuoso…”. Jesús: “¿Ni siquiera Yo, Madre?”. Virgen: “Tú siempre. Pero los otros… no, sería un dolor. Ven, Jesús, ¡ven!”. Ordena Jesús a todos: “Esperadnos en la plaza de este pueblo. Buscad un lugar para pasar la noche. Hasta pronto”. ■ Elías, Jesús y su Madre se dirigen a una casa espaciosa toda cerrada y llena de silencio. A su puerta llama el pastor Elías con su bastón. Una criada saca la cabeza por la ventana preguntando que quién es. María se adelanta y dice: “María de Joaquín y su Hijo de Nazaret. Dilo a tu dueña”. Criada: “Es inútil.  No quiere ver a nadie. No hace más que llorar. Habla solo con el recuerdo de sus hijos”. Virgen: “Inténtalo”. Criada: “No. Ya sé por experiencia cómo me va a rechazar si trato de distraerla. No quiere a nadie, a nadie quiere ver, no habla con nadie. Habla solo con el recuerdo de sus hijos”. Virgen: “Ve, mujer. Te ordeno. Dile: «Ha llegado la pequeña María de Nazaret, la que en el Templo era para ti una hija…». Y verás que me querrá ver”. La mujer se va meneando la cabeza. ■ María explica a su Hijo y al pastor: “Elisa era bastante mayor que yo. Estuvo esperando en el Templo hasta el regreso de su prometido, que había ido a Egipto por asuntos de una herencia; por eso estuvo en el Templo hasta una edad que no se acostumbra. Es como diez años mayor que yo. Las maestras acostumbraban a asignar a las menores alumnas adultas para que las guiasen… Ella fue mi compañera-maestra. Era buena y… ¡Ah, ahí viene la mujer!”. De hecho la criada llega presurosa y sorprendida. Abre el gran portón y dice: “Entra, entra”. Y luego en voz baja: “Bendita tú que la haces salir de su habitación”. Elías se despide y entra María con su Hijo. La criada protesta: “Pero este hombre, verdaderamente… ¡sería inhumano! Tiene la misma edad de Leví…”. Virgen: “Déjale entrar. Es mi Hijo y la consolará mejor que yo”. La mujer se encoge de hombros y los guía por el largo vestíbulo de una casa hermosa pero triste. Todo está limpio, pero todo parece muerto… ■ Una mujer de talla alta, aunque camina encorvada, vestida de oscuro, viene a su encuentro en la penumbra del vestíbulo. La Virgen dice: “¡Elisa, querida! ¡Soy María!”, y corre a su encuentro y la abraza. Elisa: “¿María? Tú… Creía que también tú habías muerto. Me habían contado… ¿Cuándo?… No sé más… Tengo un vacío en la cabeza. Me habían dicho que habías muerto junto a otras muchas madres después de la visita de los Magos. Pero ¿quién me dijo que eras la Madre del Salvador?”. Virgen: “Tal vez los pastores…”. Elisa: “Oh, ¡los pastores!”. La mujer estalla en llanto amargo. “No me repitas esa palabra. Me trae a la memoria la última esperanza para la vida de Leví… De todas formas… sí… un pastor me habló del Salvador. Yo maté a mi hijo llevándole al lugar donde dijeron que estaba el Mesías, cerca del Jordán. Pero no había nadie… y mi hijo volvió justo para morir… La fatiga, el frío… yo le maté. Me decían que el Mesías curaba las enfermedades… Por eso le llevé… Ahora mi hijo me acusa de haberle matado…”. ■ Virgen: “No. Elisa, es tu pensamiento. Escucha. Yo creo, por el contrario, que tu hijo me ha tomado realmente de la mano y me ha dicho: «Ven a la casa de mi querida mamá, llévale al Salvador. Estoy mejor que en la tierra, pero ella no oye más que su llanto, no puede oír las palabras que le susurro entre besos. Pobre mamá, está como poseída por un demonio que la lleva a la desesperación porque quiere separarnos. Sin embargo,  si ella se resigna y cree que Dios todo lo hace con un fin bueno, estaremos siempre unidos, con mi padre y mi hermano. Jesús lo puede hacer». Y yo he venido… con Él… ¿no lo quieres ver?”. María le dijo estas palabras sin dejarla de estrechar. Le ha besado repetidas veces en sus cabellos  grises, y con una dulzura que solo ella tiene. Elisa: “¡Oh, si fuese verdad! Pero, si es así, ¿por qué Daniel no fue a decirte que vinieses antes?… ¿Quién me dijo hace tiempo que habías muerto? No recuerdo… no recuerdo… Esto fue también motivo de que yo esperase quizás demasiado a ir donde el Mesías. Es que me habían contado que Él había muerto, tú, todos en Belén…”.
* Palabras de la esperanza para los difuntos, pronunciadas por el profeta Ezequiel.-Virgen: “No te preocupes de recordar quién te lo dijo. Ven, mira, aquí está mi Hijo. Ven a verle. Contenta a tus hijos y a tu María. ¿No comprendes que sufrimos al verte así?”. Y María la lleva a Jesús, que se ha puesto en un rincón oscuro, y que sale de él, a la luz de una lámpara que la criada había colgado sobre una alta arca. La pobre madre levanta la cabeza… Jesús tiende hacia ella sus manos con una actitud de acogida que es todo amor. La desventurada lucha consigo misma un poco, luego extiende las suyas y, finalmente, de golpe, se abandona sobre el pecho de Jesús, y dice llorando: “Dime, dime que yo no tengo la culpa de su muerte, de la muerte de Leví. Dime que no se ha perdido para siempre. Dime que pronto estaré con ellos…”. Jesús: “Sí, sí. Escucha. Ellos se regocijan inmensamente al ver que estás recargada sobre mi pecho. Pronto iré a donde están. Y… ¿qué les diré? ¿Que no te resignas al Señor? ¿Debo decir esto? Las mujeres de Israel, las mujeres de David, tan fuertes, tan sabias, ¿deben desilusionarse de ti? No. Tú sufres porque has estado sola con tu dolor. Tu dolor y tú, tú y tu dolor. Así no se puede sobrellevar. ■ ¿No tienes presente las palabras de esperanza para aquellos que la muerte nos ha arrebatado?: «Yo os sacaré de vuestros sepulcros, y os conduciré a la tierra de Israel. Y sabréis que soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os saque de vuestros sepulcros. Cuando infunda en vosotros mi espíritu viviréis» (3). La tierra de Israel para los justos que se han dormido en el Señor es el reino de Dios. Yo lo abriré y se lo daré a los que esperan”. Elisa: “¿También a mi Daniel? ¿Y a mi Leví, también?… Tenía mucho miedo a la muerte… No podía resignarse a estar separado de su mamá. Por esto quería yo morirme para estar a su lado en el sepulcro…”. Jesús: “Pero no están en el sepulcro con su parte que vive, sino con las cosas muertas que no pueden escucharte. Ellos están en el lugar de espera…”.
* Palabras para los muertos en el Señor, pronunciadas por Judas Macabeo.- ■ Elisa pregunta: “¿Pero existe ese lugar? ¡Oh! No te escandalices de mí. ¡Se me ha ido la memoria con tanto llorar! Tengo la cabeza llena de los gemidos y del estertor de mis hijos. ¡Aquel estertor!… me ha destruido el cerebro. No tengo más que este estertor aquí dentro…”. Jesús: “Yo pondré en ti las palabras de la vida. Sembraré la vida, porque Yo soy la Vida, donde hay fragor de muerte. Recuerda al gran Judas Macabeo que ofreció un sacrificio por los muertos (4), pensando rectamente que ellos estaban destinados a resucitar, y que es necesario apresurar su tranquilidad con sacrificios oportunos. Si Judas Macabeo no hubiese estado seguro de la resurrección, ¿habría orado por los muertos? ¿habría hecho que se orara por los muertos? Él, como está escrito, pensó que, a los que mueren piadosamente, les está reservada una gran recompensa; y, sin duda, así murieron tus hijos. ¿Ves que tu misma fe te lo dice que sí?… Así, pues no te desesperes, sino que ruega con confianza por tus muertos para que sus pecados sean anulados antes de mi llegada. Y entonces, sin esperar ni un momento, vendrán conmigo al Cielo, porque Yo soy la Vía, la Verdad, y la Vida, y conduzco y digo la Verdad, y doy Vida a quien cree en mi Verdad y me sigue. ■ Dime, ¿creían tus hijos en la venida del Mesías?”. Elisa: “Sí. Creían. De mí aprendieron a creer en ello”. Jesús: “Y ¿creía Leví que podía curarse  por un acto de mi voluntad?”. Elisa: “Sí, Señor. Esperábamos en Ti, pero no sirvió… él murió sin consuelo después de haber esperado tanto…”. El llanto de la mujer es más sosegado, pero más desgarrador ahora que en la vehemencia de antes. Jesús: “No digas que de nada sirvió. Quien cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá para siempre… ■ Ya la noche ha llegado, mujer. Me voy a reunir con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre…”. Elisa: “Oh, quédate Tú también… Tengo miedo a que, si te marchas, me invada de nuevo ese tormento… Ahora, con el sonido de tus palabras, está  poco a poco empezando a calmarse la tempestad…”. Jesús: “¡No tengas miedo! Tienes a María contigo. Mañana vuelvo. Tengo algo que decir a los pastores. ¿Puedo decirles que vengan aquí a tu casa?…”. Elisa: “¡Oh, sí! Venían también el año pasado, por mi hijo… Detrás de la casa hay un huerto, y más allá un patio rústico. Pueden estar allá, como cuando venían para que los rebaños estuvieran recogidos…”. Jesús: “Está bien, volveré. Consuélate. Acuérdate que María en el Templo se te confió a ti. Yo también te la confío esta noche”. Elisa: “Sí, pierde cuidado. Tendré cuidado de ella… de que cene… de que duerma… ¡Cuánto tiempo hace que no pienso en estas cosas!  María ¿quieres dormir en mi habitación como lo hacía Leví cuando estuvo enfermo? Yo dormiré en el lecho de mi hijo, tú en el mío. Y me parecerá escuchar la respiración ligera… Tenía siempre cogida mi mano…”. Virgen: “Sí, Elisa. Primero hablaremos de muchas cosas”. Elisa: “No. Estás cansada y debes dormir”. Virgen: “Tú también…”. Elisa: “Yo desde hace meses que no duermo… Lloro… lloro… No sé hacer otra cosa…”. Virgen: “Esta noche no será así, esta noche vamos a orar, y luego nos iremos a dormir y tú dormirás… Dormiremos cogidas de la mano también nosotras dos. Vete, Hijo, y ruega por nosotras…”. Jesús: “Os bendigo ¡La paz sea con vosotras y permanezca en esta casa!”. ■ Jesús sale con la criada que está sin saber qué hacer y que no sabe más que repetir: “¡Qué milagro, Señor! ¡Qué milagro! Ha hablado después de tantos meses… ha logrado pensar… ¡Qué cosa!… Decían que moriría loca… y me dolía porque es buena”. Jesús: “Sí, es buena, y por eso Dios la ayudará. Adiós, mujer. La paz también sea contigo”. Jesús sale a la calle semioscura y todo termina. (Escrito el 4 de Julio de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Personajes de la  Obra magna:  Elisa de Betsur.   2  Nota  : Cfr.  Anotaciones  n. 5: Calendario Hebreo. Adar.   3  Nota  : Cfr.  Ez.  37,12-14.   4  Nota  : Cfr.  2 Mac.  12,38-46.
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3-209-336 (4-71-439).- El conocimiento de Dios, el amor, alivia el dolor.- La fecundidad del dolor: el dolor es cruz pero también ala.-  La acción buena de Ruth con Noemí dio al Mesías.
* “La depresión, esas tinieblas, son peor que la muerte”.- ■ La noticia de que Elisa de Betsur había salido de su trágica melancolía debió haberse desparramado por el pueblo, pues cuando Jesús, seguido por sus apóstoles y discípulos, va a la casa de ella, atravesando el pueblo, mucha gente se le queda mirando curiosamente y hasta piden a este o a aquel pastor informes de Él… de por qué ha venido… de quiénes son los que están con Él… y quién es el niño, quiénes las mujeres, y qué medicina dio a Elisa para sacarla de las tinieblas de la locura, tan pronto, nada más llegar a su casa… y qué hará y qué dirá… Y todas las otras preguntas que se quieran añadir.  La última que se hace es: “¿No podríamos ir también nosotros?” a la que responden los pastores: “Eso no lo sabemos. Es menester preguntárselo al Maestro. Vamos a Él. No le temáis. Jamás trata mal a nadie, ni siquiera a los pecadores. Id, Id, se alegrará mucho”.  ■ Un grupo de mujeres y hombres, casi todos adultos, de la edad de Elisa, deliberan y después se dirigen a Jesús que está hablando con Pedro y Bartolomé. Dicen con un poco de inseguridad: “Maestro…”. Bartolomé pregunta: “¿Qué queréis?”. Contestan: “Hablar con el Maestro para preguntarle…”. Jesús interviene: “La paz sea con vosotros ¿Qué me queréis preguntar?”. Toman confianza ante la sonrisa de Jesús y dicen: “Todos somos amigos de Elisa, de su casa. Hemos sabido que está curada. Querríamos verla, y oírte a Ti. ¿Podemos ir?”. Jesús: “¿A escucharme? ¡Claro! A verla a ella, no, amigos. Mortificad la amistad y también vuestra curiosidad, porque hay también de esto. Respetad su dolor y no la turbéis”. Preguntan: “Pero ¿no está curada?”. Jesús: “Se vuelve hacia la Luz. Cuando la noche se acaba… ¿llega inmediatamente el mediodía?, o, cuando se vuelve a prender una hoguera apagada… ¿sube enseguida la llama? Lo mismo sucede a Elisa. ¿Si una ráfaga de viento cae sobre una llamita, que está naciendo, no la apagará?… Tened, pues, prudencia. La mujer es una llaga. Hasta la amistad podría exasperarla, porque tiene necesidad de sosiego, silencio, soledad, aunque no una soledad  trágica como la que vivía hasta ayer, sino resignada, para volver a encontrarse a sí misma”. Insisten: “¿Entonces, cuándo la volveremos a ver?”. Jesús: “Más pronto de lo que pensáis, porque ya está en los umbrales de la salud. ¡Si supieseis qué significa salir de esas tinieblas! Son peor que la muerte. Y quien sale de ellas, tiene vergüenza de haber estado allí y de que el mundo lo sepa”. Preguntan: “¿Eres médico?”. Jesús: “Soy el Maestro”. ■ Han llegado a la casa. Jesús se vuelve a los pastores: “Id al patio. Que vaya con vosotros quien quiera, pero nadie haga ruido ni siga más allá del patio”. Y a sus apóstoles: “Cuidad vosotros también de que esto se cumpla. Y vosotras (se dirige a Salomé y a María de Alfeo) tened cuidado de que el niño no haga ruido. Hasta luego”. Y llama a la puerta mientras los demás se van por una callejuela para ir donde deben. Abre la criada. Jesús entra en medio de inclinaciones repetidas de la sirvienta, a quien pregunta: “¿Dónde está tu dueña?”. Criada: “Con tu Madre…” y piensa, “¡ha salido al jardín! ¡Una cosa! ¡Una cosa! Ayer en la anoche vino al comedor… lloraba, pero volvió. Hubiera querido que tomase algo de alimento en lugar de la poquita leche acostumbrada que bebe, pero ¡no lo logré!”. Jesús: “Comerá. No insistas. Ten paciencia por el amor que tienes a tu patrona”.  Criada: “Sí, Salvador. Haré lo que dices”. En efecto, yo creo que la mujer está tan convencida de quién es Jesús y de que todo lo que Él hace está bien hecho, que haría las cosas más extrañas si Jesús se lo dijera. ■ Le acompaña entre tanto a un vasto jardín huerto, lleno de árboles frutales y de flores. Pero, si bien los árboles frutales se han encargado por sí mismos de vestirse de hojas y de florecer, de formar los pequeños frutos y hacerlos crecer, las pobres flores, abandonadas desde hace más de un año, se han transformado casi en un bosque pequeño y enmarañado en que las plantas más fuertes aplastan a las más pequeñas bajo su peso. Los bordes y senderos, todo ha desaparecido en medio de un caos. Solo en el fondo, donde la sirvienta ha sembrado lechugas y legumbres, hay un poco de orden. ■ María está con Elisa, debajo de una parra caprichosísima que deja caer, hasta tocar el suelo, sus sarmientos y zarcillos. Jesús se detiene y mira a su joven Madre que con arte finísimo despierta y dirige la mente de Elisa a cosas muy diferentes de las que hasta ayer habían sido los pensamientos de esta desconsolada mujer. La sirvienta se acerca a la patrona y le dice: “Ha venido el Salvador”. Las mujeres se vuelven hacia donde viene Él. La una con su dulce sonrisa y la otra con su mirada cansada y extraviada.  Jesús les dice: “La paz sea con vosotras. Bello jardín este…”. Elisa dice: “Era bello…”. Jesús: “Y fértil el suelo. ¡Mira cuántas frutas se están madurando!”. Elisa: “Sí. Están alrededor de un estanque donde jugaban mis pequeños. Entonces estaba muy bien arreglada… ahora todo es desorden aquí. No parece ser el jardín de mis hijos”. La Virgen dice: “Dentro de pocos días será como antes. Te ayudaré, Elisa ¿Verdad, Jesús? ¿Me dejas aquí con Elisa por algunos días? Tenemos muchas cosas que hacer…”. Jesús: “Todo lo que Tú quieras, Yo lo quiero”. Elisa le mira y murmura: “Gracias”. Jesús le acaricia la cabeza cana, y luego se despide para ir a donde están los pastores.
* Elisa, como arrebatada por una fuerza irresistible, se acerca para escuchar a Jesús que primero, dirigiéndose a los pastores, les dice que les quiere libres para unirlos a los discípulos.- ■ Las mujeres se quedan en el jardín, pero, poco después, cuando se oye la voz de Jesús  esparcirse por el aire sereno al saludar a los presentes, Elisa, como arrastrada por una fuerza irresistible, se acerca lentamente a un seto bastante alto tras el cual está el patio. Jesús habla primero a los pastores. Está muy cerca del seto. Delante de sí tiene a los apóstoles y a los ciudadanos de Betsur que le han seguido. Las Marías con el niño están sentadas en un rincón. Jesús pregunta a los pastores: “¿Estáis obligados por contrato o podéis decir que no en cualquier momento?”. Pastores: “Hablando claro, somos siervos libres. Pero dejarlo de pronto, ahora que los rebaños exigen mucho cuidado y que es difícil encontrar pastores, no nos parece bien”. Jesús: “Bien, no lo es. Pero no es necesario que sea pronto. Os lo digo a tiempo para que toméis las providencias justas. Os quiero libres, para uniros a los discípulos y para que me ayudéis”. Los tres pastores están en éxtasis de alegría: “¡Oh, Maestro!..”. Y preguntan: “Pero ¿seremos capaces?”. Jesús: “No hay duda alguna. Entonces nos hemos entendido. Tan pronto podáis uníos a Isaac”. Pastores: “Sí, Maestro”. Jesús: “Id con los demás. Les diré unas dos palabras”.
.  ● Solo el conocimiento exacto de Dios puede aliviar vuestro dolor de huérfanos o viudas… Venid a Mí todos los que tenéis dolores… compartiré vuestro dolor, os daré paz y ya no diréis: «¡Todo ha terminado para mí!», sino: «Ahora todo para mí tiene principio en un mundo sobrenatural que borra las distancias y anula las separaciones»”.- ■ Y dejados los pastores se vuelve a la gente. “La paz sea con vosotros. Ayer oí a dos que se encontraban en grande amargura. Al uno en la aurora de la vida (1), a la otra en el crepúsculo (2); dos almas que lloraban su soledad. He llorado en mi corazón con ellos al ver cuánto dolor hay en la tierra, y cómo sólo Dios puede aliviarlo. ¡Dios! El conocimiento exacto de Dios, de su grandeza e infinita bondad, de su constante presencia, de sus promesas. He visto cómo el hombre puede ser torturado por sus semejantes  y cómo la muerte le puede arrastrar a estados de desolación en los que Satanás trabaja para aumentar su dolor y crear su ruina. Entonces me dije: «No deben los hijos de los hombres sufrir esta tortura añadida a las otras torturas. Demos el conocimiento de Dios a quien no lo tiene, devolvámoselo a quien lo ha olvidado en medio de las borrascas del dolor». Pero también he visto cómo Yo sólo no doy abasto a cubrir las innumerables necesidades de mis hermanos; y he decidido llamar a muchos, en número cada vez mayor, para que todos los que tienen necesidad del consuelo del conocimiento de Dios lo puedan recibir. Estos doce son los primeros; son segundos Cristos, y, como tales, capaces de conducir a Mí, y, por tanto, al consuelo, a todos lo que se sienten oprimidos bajo pesos muy grandes de dolor. En verdad os lo digo: Venid a Mí todos los que tenéis dolores, disgustos, el corazón herido, cansados y compartiré vuestro dolor y os daré paz. Venid a través de mis apóstoles, a través de mis discípulos y discípulas que cada día aumentan. Encontraréis el alivio de vuestros dolores, la compañía en vuestra soledad, el amor de los hermanos para que olvidéis el odio del mundo; encontraréis, por encima de todos, consolador por encima de todos, compañero perfecto, el amor de Dios. ■ No dudaréis más de nada ni diréis: «¡Todo ha terminado para mí!», sino: «Ahora todo para mí tiene principio en un mundo sobrenatural que borra las distancias y anula las separaciones», por lo cual los hijos huérfanos se reunirán con sus padres que están en el seno de Abraham, y los padres y las madres, las esposas y los viudos encontrarán a sus hijos y al consorte perdidos”.
.   ● Ruth comprendió que hay dolores siempre mayores que los propios”.- Llamamiento al apostolado femenino para con los abandonados.-Jesús: “En esta tierra de Judea, cercana a Belén de Noemí, os recuerdo que el amor alivia el dolor y devuelve la alegría. Pensad, vosotros que lloráis, en la desolación de Noemí después de que su casa se quedó sin varones (3). Oíd sus palabras de amarga despedida a Orfa y a Ruth: «Regresad a la casa de vuestra madre. El Señor use de misericordia con vosotras, como la habéis usado con los que murieron y conmigo…». Oíd cómo no se cansaba de insistir. La que había sido la Noemí, la bella, y que ahora no era sino la desdichada Noemí, quebrantada por el dolor, ya no esperaba más de la vida; solamente quería volver, para morir, a los lugares en que había sido feliz, cuando era joven, rodeada del amor de su marido y de los besos de sus hijos. Decía: «Idos, idos. Es inútil que vengáis conmigo… soy como una muerta… Mi vida no está ya más aquí, sino allá, en la otra, donde ellos están. No sacrifiquéis vuestra juventud al lado de alguien que muere, porque realmente ahora yo soy ‘una cosa’. Todo me es indiferente. Dios me ha quitado todo… Me encuentro en gran angustia, y solo angustia os acarrearía… y ello me pesaría en el corazón, y el Señor me pediría cuentas  —Él, que tanto me ha castigado—; porque teneros a vosotras, que vivís, junto a mí, que estoy muerta, sería egoísmo. Id a donde vuestras madres…». ■ Con todo,  Ruth se quedó para sostener a la pobre mujer. Ruth había comprendido que hay dolores siempre más grandes que los propios, y que el suyo de viuda joven era más llevadero que el de aquella mujer que había perdido a sus dos hijos además de su marido. De la misma forma, el dolor del niño huérfano que se ve obligado a vivir mendigando, privado ya de caricias, privado ya de consejos buenos, es mucho mayor que el de la madre que ha quedado para siempre sin hijos. De la misma forma, el dolor de quien, por diversos motivos, llega a odiar al género humano y ve en cada hombre a un enemigo del que debe defenderse y a quien debe temer, es aún mayor que los otros dolores, porque envuelve no sólo carne, sangre e inteligencia, sino también a su corazón con sus deberes y derechos sobrenaturales y le lleva a la perdición. ■ ¡Cuántas madres sin hijos para los hijos sin madres hay en el mundo! ¡Cuántas viudas sin descendencia, para que ejerzan su piedad para con los ancianos solitarios! ¡Cuántos hay que se privan de amor para entregarse enteramente a los infelices, que tienen necesidad de amor y que combaten de este modo al odio, dando, dando amor al linaje humano infeliz, que sufre cada vez más porque cada vez odia más!  El dolor es cruz pero también es ala. El luto despoja, pero para vestir de nuevo. ¡Levantaos vosotros que lloráis! ¡Abrid los ojos, salid de las pesadillas, de las tinieblas, de los egoísmos! Mirad… el mundo es el erial donde se llora y se muere. Grita pidiendo «ayuda» por boca de los huérfanos, de los enfermos, de los solos, de los que se encuentran en duda, por boca de los que viven prisioneros del rencor por causa de una traición o de un acto de crueldad. Id a estos que gritan. ¡Olvidaos entre los olvidados! ¡Sanad entre los enfermos! ¡Esperad entre los desesperados! El mundo está abierto a las buenas voluntades que desean servir a Dios en el prójimo y conquistar el Cielo: que es la unión con Dios y la reunión con aquellos cuya ausencia lloramos. Aquí nos ejercitamos, allí será el triunfo. Venid. Imitad a Ruth en sus dolores. Decid también: «Estaré con vosotros hasta la muerte». Y si estos desventurados que creen no tener remedio os respondiesen con estas palabras: «No me llaméis más Noemí, sino llamadme Mara porque Dios me ha llenado de amargura», persistid. Y en verdad os digo que un día, por vuestra insistencia, estos desventurados exclamarán: «Sea bendito el Señor que me ha quitado la amargura, la desolación, la soledad, por obra de una criatura que supo hacer fructificar su dolor en bien. Dios la bendiga en la eternidad, porque ha sido mi salvadora»”.
.  ● “Pensad que cada acción buena es origen de grandes cosas: la acción buena de Ruth con Noemí dio al mundo al Mesías”.-Jesús: “Pensad que la acción buena de Ruth para con Noemí dio al mundo al Mesías, porque de David, hijo de Jesé y éste de Obed, viene el Mesías, como Obed de Booz, éste de Salmón y Salmón de Nahasson, Nahasson de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de Esron, Esron de Fares; fueron ellos los que poblaron los campos de Belén. Cada acción buena es origen de grandes cosas, como vosotros no tenéis idea; el esfuerzo de uno contra su propio egoísmo puede provocar una ola de amor tal, que es capaz de subir, llevando entre su pureza a aquél que la provocó, hasta conducirle a los pies del altar, al corazón de Dios. Dios os dé la paz”. ■ Y Jesús, sin volver al jardín por la puertecita que hay en el seto, vigila que nadie se acerque a éste… del otro lado proviene un largo llanto… Y, sólo cuando todos los de Betsur se han marchado, se aleja con los suyos, sin turbar aquel llanto saludable. (Escrito el 5 de Julio de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Marziam.   2  Nota  : Cfr.  Elisa de Betsur.   3  Nota  : Libro de Ruth.
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(<Jesús y su primo Santiago de Alfeo han subido al Mote Carmelo. Allí Jesús le revela algunos pormenores de la Iglesia futura y de los sacramentos. Al bajar del monte Jesús sigue instruyéndole y aclarando dudas. Ahora le va a hablar del valor de la oración para los enfermos que han recibido la Extremaunción>)
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4-259-197 (5-122-759).- La Extremaunción, ayudada por la oración de los hermanos puede salvar física y espiritualmente al enfermo.
* “La oración ya de por sí es una forma de milagro”.- ■ Jesús le dice: “Muchas veces, contribuyen a que el cuerpo no reaccione contra la enfermedad los remordimientos que turban la paz, y la acción de Satanás, que, con esa muerte, espera ganar un alma para su reino y hacer que desesperen los que todavía viven. El enfermo pasa de la opresión satánica y turbación interior a la paz mediante la certeza del perdón de Dios, que le confiere al mismo tiempo el que Satanás se aleje. Pues bien, si tenemos en cuenta que, en Adán y Eva, el don de la inmunidad de enfermedades y de cualquier forma de dolor acompañaba al don de la Gracia, pues entonces el enfermo, devuelto a la Gracia, grande como la de un recién nacido que haya recibido mi bautismo, puede obtener también la victoria sobre la enfermedad. A esto también ayuda la oración de los hermanos en la fe, quienes tienen la obligación de tener piedad para con el enfermo (piedad no solo corporal sino, sobre todo, espiritual) orientada a obtener que el hermano enfermo se salve física y espiritualmente. La oración, de por sí, es ya una forma de milagro, Santiago; como has visto en el caso de Elías, la oración del justo puede hacer mucho” (1). (Escrito el 21 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Para entender  todo este parágrafo  y en particular el concepto encerrado en él, se aconseja que se lea la Epístola católica de Santiago, sobre todo 5,13-18.
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(<Jesús y su comitiva de apóstoles, discípulos, el niño Marziam —un total de 18 personas—  han llegado a la orilla derecha del Jordán “a una buena milla, quizás más, de la pequeña península de Tariquea”>)
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4-272-288  (5-135-858).- Reencarnación y vida eterna en el diálogo con un escriba.- Purgatorio.- (1)
*  Se proponen retirarse a un lugar aislado, buscando un punto de paz.- ■ Cuando Jesús pone pie en la orilla derecha del Jordán —a una buena milla, quizás más, de la pequeña península de Tariquea, en esa zona en que todo es campo bien verde, porque el terreno, ahora seco pero húmedo en lo profundo, mantiene vivas todas las plantas, hasta las más gráciles—, encuentra a mucha gente esperándole. Vienen a su encuentro sus primos y Simón Zelote: “Maestro, las barcas nos han delatado… Quizás también Mannaén ha sido índice…”. Y Mannaén se disculpa: “Maestro, me puse en camino de noche para no ser visto, y no he hablado con nadie. Créeme. Muchos me han preguntado dónde estabas, pero a todos les he dicho solamente: «Se ha marchado». Creo que el daño lo ha hecho un pescador, diciendo que te había dejado la barca…”. Pedro exclama con vehemencia: “¡El imbécil de mi cuñado! ¡Mira que le había dicho que guardara silencio! ¡Y le había dicho que íbamos a Betsaida! ¡Y le había dicho que si hablaba le arrancaba la barba! ¡Y lo voy a hacer! ¡Vaya que si lo hago! ¡¿Y ahora?! ¡Adiós paz, aislamiento, descanso!”. Jesús le dice: “Tranquilo, tranquilo, Simón. Hemos tenido ya nuestros días de paz. Además ya he conseguido parte del objetivo que perseguía: adoctrinaros, consolaros y tranquilizaros, para impedir ofensas y choques entre vosotros y los fariseos de Cafarnaúm. Ahora vamos con estos que nos están esperando. Para premiar su fe y amor. ¿No alivia también este amor? Sufrimos por odio, aquí hay amor: por tanto, dicha”. Pedro se calma como viento que se para de golpe.
* Diálogo con un escriba.
.    “Siempre digo la mismas verdades  porque la verdad es una… Israel debe morir para resucitar… a una evolución espiritual. No hay reencarnaciones de ninguna clase”.- ■ Jesús va hacia el grupo de enfermos que le esperan con el deseo grabado en su rostro. Cura uno por uno, con amor, con mansedumbre aun con el hijo de un escriba que le presenta su hijito enfermo. El escriba le dice: “¿Ves cómo huyes? Pero es inútil, tanto el odio como el amor son sagaces para encontrar. Aquí te encontró el amor como se dice en el Cantar. Para muchos eres ya el Esposo del Cantar. Se acerca a Ti uno como desafiando las guardias de ronda, y las cuadrigas de Aminadab” (2). Jesús: “¿Por qué dices esto? ¿Por qué?”. Escriba: “Porque es verdad. Venir a Ti es un peligro, pues eres odiado. ¿No sabes que Roma te espía y que el Templo te aborrece?”. Jesús: “¿Por qué me tientas? Pones trampas en tus palabras para transmitir al Templo y a Roma mis respuestas. No te curé tu hijo con trampas…”. El escriba, al oír este suave reproche, baja la cabeza avergonzado y confiesa: “Veo que realmente lees en los corazones de los hombres. Perdóname. Veo que realmente eres santo. Perdóname. Vine trayendo dentro de mí el fermento que otros me habían metido…”. Jesús: “Y que había encontrado en ti el calor apropiado para fermentar”. Escriba: “Así es. Es la verdad. Pero ahora me marcho sin ese fermento, o sea, con fermento nuevo”. Jesús: “Lo sé, y no siento rencor. Muchos incurren en culpa por propia voluntad, otros por voluntad ajena. Con distinta medida los juzgará el justo Dios. Tú, escriba, trata de ser justo y en el futuro no corrompas como fuiste corrompido. Cuando el mundo te haga presión, mira la gracia viviente que es tu hijo, que fue salvado de la muerte, y sé agradecido con Dios”. Escriba: “Y contigo”. Jesús: “Con Dios. A Él se dé toda gloria y alabanza. Soy su Mesías y soy el primero en alabarle y glorificarle, el primero en obedecerle. Porque el hombre no se envilece honrando y sirviendo a Dios en verdad, se envilece sirviendo al pecado”. Escriba: “Dices bien. ¿Siempre así hablas? ¿Para todos?”. Jesús: “Para todos. Ya hablase Yo a Anás o a Gamaliel, ya hablase al mendigo leproso que está a la vera del camino, siempre digo las mismas palabras, porque la Verdad es una”. Escriba: “Habla entonces, pues todos estamos aquí porque somos mendigos de una palabra o de una gracia tuyas”. Jesús: “Hablaré para que no se diga que tengo prejuicios contra quien es sincero en sus convicciones”. Escriba: “Han muerto las que tenía. Pero es verdad, en ellas era sincero; creí servir a Dios yendo contra Ti”. Jesús: “Eres sincero. Y por eso mereces comprender a Dios, que nunca es mentira. Pero tus convicciones no están todavía muertas. Yo te lo digo. Son como malas hierbas quemadas. Por arriba parecen muertas. En verdad han sufrido un duro ataque que las ha arrasado, pero las raíces están vivas, el terreno las nutre, el rocío las ayuda a profundizarse más y a echar nuevos retoños. Es necesario vigilar que esto no se repita; si no, te verás de nuevo invadido por las malas hierbas. ■ ¡Israel ofrece mucha resistencia a morir!”. Escriba: “¿Debe, pues, morir Israel? ¿Es una planta mala?”. Jesús: “Debe morir para resucitar”. Escriba: “¿A una reencarnación espiritual?”. Jesús: “A una evolución  espiritual. No hay reencarnaciones de ninguna clase”. Escriba: “Hay quienes creen en esto”. Jesús: “Están en un error”. Escriba: “El helenismo nos ha traído también estas creencias. Y los doctos se alimentan de ellas y se glorían como de un alimento delicadísimo”. Jesús: “Contradicción absurda en quienes lanzan anatemas por la inobservancia de uno de los seiscientos trece preceptos menores”. Escriba: “Es verdad. Pero… es así. Agrada imitar lo que más se odia”. Jesús: “Entonces imitadme, pues me odiáis. Y será mejor para vosotros”.
.  ● El espíritu no transmigra sino del Creador a la existencia y de la existencia al Creador, ante quien se presenta después de la vida para que se le juzgue digno de vida o muerte. Esto es una verdad”.- ■ El escriba se esfuerza en sonreír ante esta salida inesperada de Jesús. La gente está escuchando con la boca abierta, y los que están más lejos se hacen repetir las palabras de los dos personajes. Escriba: “Pero Tú, en confianza, ¿qué crees que es la reencarnación?”. Jesús: “Un error. Ya te lo he dicho”. Escriba: “Hay quienes sostienen que los vivos nacen de los muertos y los muertos de los vivos, porque lo que es no se destruye”. Jesús: “Lo que es eterno no se destruye, en realidad. Pero dime. Según tú, el Creador ¿conoce límites?”. Escriba: “No. Maestro. Pensarlo sería una mengua”. Jesús: “Dijiste bien. ¿Puede entonces pensarse que va a permitir que un espíritu se reencarne porque llegado a un cierto número de espíritus ya no puede haber más?”. Escriba: “No se debería pensar, y con todo hay quien lo piensa”. Jesús: “Y, lo que es peor, hay quien lo piensa en Israel. El pensamiento de la inmortalidad del alma —que ya de por sí es grande en un pagano, aunque unido al error de una valoración inexacta acerca de cómo se produce esta inmortalidad—  debería ser perfecto en un israelita. Sin embargo, en el israelita que lo admite en los términos de la tesis pagana, se transforma en pensamiento corrompido, envilecido, culpable. No es, como en el pagano, gloria de un pensamiento que muestra ser digno de admiración por haber tocado casi, por sí mismo, la Verdad, y que, por tanto, da testimonio de la naturaleza compuesta del hombre, por esta intuición suya de la vida perenne de esa cosa misteriosa que se llama alma y que nos distingue de los animales. Mas es mengua del pensamiento que, conociendo la divina Sabiduría y al Dios verdadero, viene a ser materialista aun en una cosa tan altamente espiritual. El espíritu no transmigra sino del Creador a la existencia y de la existencia al Creador, ante quien se presenta después de la vida para que se le juzgue digno de vida o muerte. Esto es una verdad. Y eternamente permanece en el lugar a que es enviado”.
.   ● El Purgatorio es temporal. Pero es ya «vida»”.- ■ Dice el escriba: “¿Y el purgatorio? ¿No lo admites?” (3). Jesús: “Sí, ¿por qué preguntas?”. Escriba: “Porque dijiste: «A donde se le envía, allí se queda». El Purgatorio es temporal”. Jesús: “Precisamente por eso, en mi pensamiento lo asimilo a la Vida eterna. El Purgatorio es ya «vida». Mortecina, trabada, pero siempre vital. Después de la estadía temporal en el Purgatorio, el espíritu conquista la Vida perfecta, la alcanza ya sin límites ni ataduras. Dos cosas quedarán: El Cielo, el Abismo; el Paraíso, el Infierno. Dos categorías: los bienaventurados y los condenados. ■ Pero, de los tres reinos que ahora existen, ningún espíritu volverá a vestirse jamás de carne hasta que llegue la resurrección final, que clausurará para siempre la encarnación de los espíritus en los cuerpos, de lo inmortal en lo mortal”.
.    ● La eternidad consiste en no tener ni principio ni fin. Y esto es Dios. La inmortalidad consiste en seguir viviendo, desde el momento que se empezó a vivir. Y esto es así para el espíritu del hombre:  «Vida eterna». No se dice «vida de Dios» porque Dios no tuvo principio”.- ■ Escriba: “De lo eterno, ¿no?”. Jesús: “Eterno es Dios. La eternidad consiste en no tener ni principio ni fin. Y esto es Dios. La inmortalidad consiste en seguir viviendo, desde el momento que se empezó a vivir. Y esto es así para el espíritu del hombre. He aquí la diferencia”. Escriba: “Dices: «Vida eterna»”. Jesús: “Exactamente. Desde que uno es creado a la vida puede, por el espíritu, por la gracia y por la voluntad, conseguir la vida eterna. No la eternidad. Vida presupone principio. No se  dice «vida de Dios» porque Dios no tuvo principio”. Escriba: “¿Y Tú?”. Jesús: “Yo viviré porque también soy hombre y al Espíritu Divino uní el alma del Cristo en cuerpo de hombre”. Escriba: “Dios es llamado «el que vive»”. Jesús: “Y así es, no conoce la muerte. Él es la Vida, la Vida inagotable. No vida de Dios, sino Vida; solo esto. Son matices, oh escriba, pero es en los matices donde se esconde la Sabiduría y la Verdad”. ■ Escriba: “¿Hablas así a los gentiles?”. Jesús: “No, así no; no entenderían. A ellos les muestro el sol; pero se lo muestro de la misma forma como se lo mostraría a un niño que hubiera sido ciego e ignorante hasta ese momento y que milagrosamente hubiera recuperado vista e inteligencia. Así: como astro; sin adentrarme a explicar su composición. Pero vosotros, los de Israel, ni sois ciegos ni ignorantes. Hace siglos que el dedo de Dios os abrió los ojos y despejó vuestra mente…”. Escriba: “Es verdad, Maestro, y sin embargo somos ciegos y cortos de inteligencia”. Jesús: “Tales os habéis hecho. Y no queréis el milagro del que os ama”. Escriba: “Maestro…”. Jesús: “Es verdad, escriba”. El escriba baja la cabeza y calla. (Escrito 6 de Septiembre de  1945).
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1  Nota  :  (Mt. 14-13-14); (Mc. 6,32-34); (Lc. 9,11-11).    2  Nota  : Cfr. Cantar de los Cantares, por ej. :  2,8-3,5; 6,4-8,4.   3  Nota  :  En aquel tiempo,  desconocido como vocablo, el Purgatorio era conocido como concepto, ya insinuado en 2 Macabeos 12,45. Por tanto, la expresión Purgatorio, aquí y en otros lugares, puede entenderse como la traducción de ese concepto en el lenguaje de la Obra valtortiana.
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(<Jesús está en las llanuras de Corozaín, entre el lago Genesaret y el de Merón. Está hablando de las obras de Misericordia. En estos momentos de la de “Visitar a los enfermos”>)
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4-275-311 (5-139-883).- Las obras de misericordia.
.   Visitar a los enfermos.
“¡Verdaderamente, todos los hombres, de la misma forma que son peregrinos, están enfermos! Las enfermedades mayores, las invisibles y morales son las del espíritu. Y con todo no causan ningún asco. No provoca repugnancia la llaga moral. Ni náusea el hedor del vicio ni miedo la locura demoníaca. No causa vómito la gangrena de un leproso del espíritu. No hace huir el sepulcro lleno de podredumbre de un hombre muerto y corrompido en el espíritu. No es anatema acercarse a ninguna de estas impurezas vivientes. ¡Oh, cuán pobre y pequeño es el pensamiento humano! Pero decidme: ¿qué vale más, la carne y la sangre o el espíritu? ¿Puede lo material corromper, con su cercanía, a lo incorpóreo?  No. Os lo digo que no. El espíritu respecto a la carne y sangre tiene un valor infinito; esto sí. Pero, que tenga más poder la carne que el espíritu, no. Y el espíritu puede ser corrompido por cosas espirituales, no por cosas materiales. Si alguien cuida a un leproso, no se hace leproso su espíritu, antes bien, por la caridad heroicamente practicada, que lleva a estar en valles de muerte por compasión al hermano, cae de él toda mancha de pecado, porque la caridad es absolución del pecado, superior a las purificaciones. ■Partid siempre de este pensamiento «¿Qué querría que se hiciese conmigo si estuviera como éste?». Y obrad como quisierais que se obrase con vosotros. Ahora todavía Israel tiene sus antiguas leyes. Pero llegará un día, cuya aurora no está muy lejana, en que se venerará como símbolo de absoluta belleza la imagen de Uno en quien quedará reproducido materialmente el Hombre de los dolores, del que habla Isaías (1) y el Torturado del salmo davídico (2); Aquel que por haberse hecho semejante a un leproso, vendrá a ser el Redentor del linaje humano, y a sus llagas correrán como los ciervos sedientos a las fuentes, los enfermos, los agotados, los que lloran, y Él les quitará la sed, los curará, restablecerá, consolará en el espíritu y cuerpo, y para los mejores será un anhelo asemejarse a Él, verse cubiertos de heridas, desangrados, golpeados, coronados de espinas, crucificados por amor de los hombres que hay que redimir, y que continuarán la obra del Rey de reyes y del Redentor del mundo. ■ Vosotros que todavía sois de Israel, pero que ya levantáis las alas para volar hacia el Reino de los Cielos, tomad en vuestras manos este modo de pensar y este modo de valoración nueva de las enfermedades, y, bendiciendo a Dios que os conserva sanos, inclinaos sobre quien sufre y muere. Un apóstol mío dijo a un hermano suyo un día: «No temas tocar a los leprosos. No se nos pega ninguna enfermedad por voluntad de Dios». Y dijo bien. Dios cuida de sus siervos. Pero, aunque os contagiéis curando a los enfermos, seréis colocados en las filas de los mártires del amor en la otra vida.
.    Enterrar a los muertos.
 La contemplación de la muerte es escuela de la vida. Quisiera llevaros a todos ante la muerte y decir: «Sabed vivir como santos para sufrir solo esta muerte: pasajera separación del cuerpo del espíritu, para luego resucitar triunfalmente para siempre, reunidos cuerpo y espíritu, felices». Todos nacemos desnudos. Todos morimos convirtiéndonos en restos destinados a corrupción. Reyes o pordioseros, así se nace, así se muere. Y aunque el fasto del rey permita una más duradera conservación del cadáver, sigue siendo la desintegración el destino de la carne muerta. ¿Qué son las mismas momias? ¿Carne? No. Materia fosilizada por las resinas, convertida en madera. No será víctima de los gusanos, por haber sido vaciada y preparada con esencias, pero sí de la carcoma, como una vieja madera. ■ Pero el polvo se convierte de nuevo en polvo porque así Dios lo dijo. Y a pesar de todo, por el solo hecho de que este polvo haya envuelto al espíritu y por éste haya sido vivificado, hay que pensar que, cual cosa que ha tocado una gloria de Dios  —tal es el alma del hombre—  hay que  pensar que es polvo santificado de forma no distinta de los objetos que están en contacto con el Tabernáculo. Al menos hubo un momento en que el alma fue perfecta: cuando el Creador la creó. Si después la Mancha la ensució, quitándole la perfección, no obstante, por el solo hecho de su Origen ya comunica belleza a la materia, y por esa belleza que viene de Dios el cuerpo se embellece y merece respeto. Somos templos y, como tales, merecemos honor, de la misma forma que siempre reciben honor los lugares donde reposó el Tabernáculo. ■ Dad pues, a los muertos la caridad de un reposo honesto en espera de la resurrección, viendo en la admirable armonía del cuerpo humano la mente y el dedo que lo ideó y modeló con perfección, y venerando también en los restos mortales la obra del Señor.
  Orar  por los vivos y muertos.
Y dad el alivio límpido y benéfico de la oración a los vivos y a los muertos que tienen sed de gracias. No se debe negar el agua a las gargantas sedientas. ¿Y qué se deberá dar entonces a los corazones de los que viven angustiados; qué, a los espíritus de los muertos que viven en pena? Oraciones, oraciones activas, llenas de amor y espíritu de sacrificio; por tanto, fecundas. ■ La oración debe ser verdadera, no mecánica como sonido de rueda en el camino. ¿Qué hace avanzar al carro, el sonido o la rueda? Es la rueda que se gasta para hacerle avanzar. La misma diferencia existe entre la oración vocal y mecánica y la oración activa. La primera es sonido, nada más; la segunda es obra en que se desgastan las fuerzas y crece el sufrimiento: pero se obtiene lo que se quería. ■ Orad más con el sacrificio que con los labios, y daréis alivio a los vivos y a los muertos, cumpliendo con la segunda obra de misericordia espiritual. Las oraciones de los que saben orar salvarán más al mundo que las ruidosas, inútiles, mortíferas batallas.
.    Ser  misericordiosos con los que lloran.
Son los heridos de esta vida, los enfermos del corazón, de los sentimientos de su corazón. No os encerréis dentro de vuestra indiferencia como dentro de una fortaleza. Aprended a llorar con quien llora, consolar al afligido, llenar el vacío de quien se encuentra solo por la muerte de un familiar. Sed padres con los huérfanos, hijos con los padres, hermanos unos con otros. ¿Por qué amar solo a los que son felices? Tienen ya su parte de sol. Amad a los que lloran. Son los que menos ama el mundo. ■ Pero el mundo no conoce el valor de las lágrimas. Vosotros lo conocéis. Amadlos si están resignados en su llanto. Amadlos todavía más, si se rebelan en el dolor. No reproche sino dulzura para persuadirles de la verdad del dolor y acerca del dolor. Pueden, entre el velo del llanto, ver deformado el rostro de Dios, verlo reducido a una expresión de un poder que no conoce más que la venganza. No. ¡Nos os escandalicéis! No es sino alucinación que produce la fiebre del dolor. Socorredlos para que la fiebre desaparezca. Sea vuestra fe fresca como hielo que se aplica al que está delirando. Y, cuando desaparezca la fiebre aguda, para dejar paso al abatimiento y al atontamiento extrañado del que sale de un trauma, entonces, como a niños cuyo desarrollo intelectual ha sido retardado por una enfermedad, volved a hablar de Dios, como si se tratara de algo nuevo, hablando con dulzura, con paciencia… ¡Oh! Una hermosa fábula con intención de distraer a ese eterno niño que es el hombre. Y luego callad. No impongáis… El alma trabaja por sí sola. Ayudadla con las caricias y oración. Y cuando ella diga: «¿Entonces no fue Dios?», decid: «No. Él no quería hacerte mal porque te ama; incluso por aquellos que ya no te aman, o por haber muerto o por otros motivos». Y cuando el alma dice: «Pero le he echado la culpa», decid:  «Ya lo olvidó porque era la fiebre la que hablaba». Y cuando dice: «Entonces… le anhelo», decid: «¡Está ahí!,  a la puerta de tu corazón, esperando a que le abras»”.
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1  Nota  :  Is.  52,13-53,12.   2  Nota  : Cfr.  Salm. 21.
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(<Jesús, acompañado de apóstoles, discípulos y mujeres discípulas se ha unido a una grande y rica caravana de hombres que van bien armados, con quienes se encontró en la plaza de un villorrio cuando éstos abrevaban a sus animales. Son hombres casi todos de talla alta y color moreno, de aire asiático. El jefe de la caravana, llamado Alejandro Misace,  acepta que se les una. Confiesa que vio a Jesús en el Templo y le oyó hablar. Le dice: “Te protegeré y Tú, como Mesías, me protegerás”. Han pasado por Ramot y están llegando a Gerasa>)
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4-287-389 (5-151-965).- Los negocios del mercader Misace de acá y sus  negocios del más allá.
* ¿No sabes que en la otra vida el alma tiene siempre una actividad? ¿Conserva sus sentimientos?”.- ■ Dice Alejandro: Aquella ciudad amurallada es Gerasa, Señor. Ciudad de gran porvenir. Ahora se está formando pero no me equivoco en decir que pronto competirá con Jope y Ascalón, con Tiro y otras muchas ciudades, por su belleza, comercio y riquezas. Los romanos comprenden la importancia de este camino que partiendo del Mar Rojo, y por tanto desde Egipto, y que atraviesa Damasco, va hasta el mar Póntico. Así que ayudan a los gerasenos en su construcción… Tienen buen ojo y mejor olfato. Por ahora solo tiene mucho comercio, ¡pero más adelante!… ¡Oh, será una ciudad hermosa y rica! Una pequeña Roma con templos y piscinas, con circos y termas. Yo solo tenía en esta ciudad relaciones comerciales. Pero ahora he comprado ya mucho terreno en este suelo, para abrir negocios o venderlo a alto precio dentro de poco, o quizás para construirme una casa de rico y venir a pasar mi vejez cuando Baltasar, Nabor, Félix y Sidmia puedan respectivamente tener y dirigir los negocios de Sínope, Tiro, Jope y Alejandría en la desembocadura del Nilo. Mientras tanto, crecerán mis otros tres hijos varones y les daré los negocios de Gerasa, Ascalón, y tal vez Jerusalén. Y las mujeres, bellas y ricas, contraerán buenos matrimonios y me darán guapos nietos…”, el mercader va soñando con los ojos abiertos un futuro rosado, un futuro áureo. ■ Jesús le pregunta sereno: “¿Y luego?”. El mercader Alejandro se vuelve, le mira perplejo y dice: “¿Y luego? Basta. Después vendrá la muerte… Es triste. Pero es así”. Jesús: “¿Y dejarás todas las actividades, todos los negocios, todos los sentimientos de afecto?”. Alejandro: “Señor, yo no lo deseo; pues así como nací, así debo morir, y deberé dejarlo todo”. Y lanza un profundo suspiro capaz de oírse por todas partes. Jesús: “¿Pero quién te dijo que los muertos dejan todo?”. Alejandro: “¿Quién? Pues los hechos. Una vez muerto… no hay más. Ya no tenemos manos, ni ojos, ni orejas…”. Jesús: “No eres sólo manos, ojos, orejas”. Alejandro: “Soy un ser humano. Lo sé. Tengo otros elementos, pero todos terminarán con la muerte. Es como el crepúsculo del atardecer, que va acabando con todo…”. Jesús: “Pero la aurora le crea otra vez, o mejor, le hace presente de nuevo. Tú eres un ser humano, lo acabas de decir. No eres un animal como sobre el que vienes cabalgando. Cuando muera, todo habrá terminado. No así tú. ■ Tienes alma ¿No lo sabías? ¿Ni siquiera esto sabes?”. El mercader siente el amargo reproche, amargo pero dulce. Entre dientes dice al bajar la cabeza: “Eso sí lo sé…”. Jesús: “¿Y entonces? ¿No sabes que el alma sigue viviendo?”. Alejandro: “Lo sé”. Jesús: “¿Y entonces? ¿No sabes que en la otra vida tiene siempre una actividad?: santa, si es santa, desgraciada, si es mala. Conserva sus sentimientos. ¡Y de qué forma!: de amor, si es santa; de odio, si es condenada. ¿Odio, a quién? a las causas de su condenación. En tu caso las actividades, los negocios, los afectos exclusivamente humanos. ¿Amor, a quién? a las mismas cosas. ¡Y qué bendiciones para los hijos y las actividades de los hijos puede dar el alma que vive la paz del Señor!”. El hombre se queda pensativo. Luego dice: “Es tarde. Soy viejo ya”, y detiene al mulo. Jesús con una sonrisa le responde: “No te fuerzo. Te aconsejo”.
Soy el Amor que pasa mendigando amor”.- ■ Y luego, Jesús se vuelve para mirar a sus apóstoles, que, en la primera parada antes de entrar a la ciudad, ayudan a las mujeres a bajar de las cabalgaduras al tiempo que toman sus alforjas. La caravana reprende la marcha y pronto entra en la ciudad —que está muy concurrida— por la puerta que custodian las torres. El mercader se acerca otra vez a Jesús: “¿Quieres seguir conmigo todavía?”. Jesús: “Si no me rechazas ¿por qué no he de querer?”. Alejandro: “Por lo que te dije. Debo causarte náuseas a Ti, que eres santo”. Jesús: “¡Oh, no! He venido por los que son como tú. Os amo porque sois los que tenéis más necesidad. Todavía no me conoces. Soy el Amor que pasa mendigando amor”. Alejandro: “¿Entonces no me odias?”. Jesús: “Te amo”. Una lágrima brilla en el fondo de los ojos del mercader. Con una sonrisa dice: “Entonces estaremos juntos. En Gerasa me detendré por tres días. Allí tomaré camellos en lugar de mulos. ¿Y tú qué piensas hacer?”. Jesús: “Predicaré el sábado. ■ Te habría dejado, si no te hubieses detenido, porque el sábado es día consagrado al Señor”. El hombre arruga la frente, piensa, y como si algo le doliese dice: “Así es… es verdad. Está consagrado al Dios de Israel. Está consagrado…”. Mira a Jesús: “Te lo consagraré, si me lo permites”. Jesús: “A Dios. No a su Siervo”. Alejandro: “A Dios, y a Ti escuchándote. Haré los negocios entre hoy y mañana por la mañana. Luego te escucharé. ¿Vienes, al albergue ahora?”. Jesús: “¡Por fuerza! Tengo conmigo a las mujeres y aquí soy un desconocido”. Alejandro: “Ahí está. Es el mío. Es mío porque año por año se quedan en él mis animales. Hay en él grandes y amplias habitaciones para las mercancías. Si quieres…”. Jesús: “Dios te lo pague. Vamos”.  (Escrito el 26 de Septiembre de 1945).
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(<Alejandro Misace ha oído a Jesús hablar sobre la vida de las almas después de la muerte. También  ha asistido a una conversación entre Jesús y Síntica sobre el Pecado Original. Ayer le oyó hablar sobre el Reino de Dios y de su fundamento: los diez mandamientos. Y todo esto causa en él una profunda reflexión>)
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4-289-403 (5-153-979).- Alejandro Misace y Síntica (1).- Una única familia forman los justos muertos en el Señor y los justos vivos de la tierra.
* Las almas de los justos no quedan separadas después de la muerte. Ellos forman una única gran familia con los que viven todavía”.- ■ Alejandro dice a Jesús: “Esta noche me puse a pensar en tus palabras… en las de Ramot entre Tú y la mujer (Síntica) y en las de ayer. Ayer tenía la impresión de estar subiendo a un alto monte, como los de la tierra donde vivo, que tiene su cima verdaderamente en las nubes. Tú me llevabas hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba. Me parecía como si un águila me hubiera cogido, como una de esas que hay en nuestro monte más grande, el primero que se dejó ver después del diluvio. Todo lo veía nuevo, cosas en las que nunca había pensado, todas hechas de una luz…Y las entendía. Luego me he embrollado. Sigue hablando”. Jesús: “¿De qué?”. Alejandro: “No sé… Todo fue tan hermoso. Lo que  decías de volvernos a encontrar en el Cielo… He comprendido que allí se amará de un modo distinto y, no obstante, igual. Por ejemplo: no tendremos las preocupaciones de ahora, y, no obstante,  seremos todos para uno, y uno para todos, como si fuésemos una única familia. ¿Digo mal?”. ■ Jesús: “No. Es más, formaremos una única familia incluso con los que todavía viven. Las almas no quedan separadas con la muerte. Estoy hablando de los justos. Ellos constituyen una sola gran familia. Imagínate un gran templo donde haya unos que adoran y oran, y otros que trabajan; los primeros oran también por éstos, y éstos trabajan para los que oran. Lo mismo sucede con las almas. Nosotros trabajamos aquí en la tierra. Ellos nos ayudan con sus oraciones. Y nosotros debemos ofrecer nuestros sufrimientos por su paz. Es una cadena que no se rompe. Es el amor el que une a los que vivieron con los que viven. Y los que viven deben ser buenos para poder reunirse con los que vivieron y desean que estén con ellos”.
* “Los paganos se salvarán pero el culto pagano tendrá su culpa desde que la Ley del Mesías se difunda en el mundo”.- ■ Síntica hace un gesto involuntario, que refrena inmediatamente. Pero Jesús lo ve y la invita a hablar y a decir lo que piensa. Síntica dice:  “Pensaba… hace varios días que lo estoy pensando, y si he de decir la verdad, me turba,  porque me parece que si creo en tu Paraíso, es lo mismo que perder a mi madre y hermanas…” un sollozo corta la voz de Síntica que se detiene un momento para no llorar. Jesús le pregunta: “¿Qué es lo que tanto te turba?”. Síntica: “Yo ahora creo en Ti. No puedo imaginar a mi madre más que como pagana. Era buena… ¡Oh, muy buena! Lo mismo que mis hermanas. Mi hermanita Ismene era la criatura más buena que haya pisado la Tierra. Pero eran paganas… Pero cuando yo era como ellas pensaba en el Hades y decía: «Volveremos a estar juntas». Ahora sé que no existe el Hades, existe tu Paraíso, el Reino de los Cielos para los que han servido con justicia al Dios verdadero. ¿Y qué será de esas pobres almas? No tuvieron ninguna culpa de haber nacido griegas. Ningún sacerdote de Israel les fue a decir: «El Dios verdadero es el nuestro». Y entonces ¿qué? ¿Sus virtudes, nada? ¿Sus sufrimientos, nada? ¿Y para siempre nos separaremos? Te lo digo: ¡Es un tormento! Me parece como si hubiera renegado de ellas. Perdona, Señor… No tengo más que lágrimas” y se arrodilla en medio de un gran llanto.  Alejandro Misace dice: “También yo pensaba en lo mismo. Si me hago justo, ¿encontraré a mi padre, madre, hermano, amigos…?”.  ■ Jesús pone sus dedos sobre la morena cabeza de Síntica y dice: “Hay culpa cuando, conociendo la Verdad se persiste en el Error; no cuando se está convencido de estar en la verdad, y nadie vino jamás a decir: «Traigo la verdad. Dejad vuestras quimeras y abrazad esta Verdad para que obtengáis el Cielo». Dios es justo. ¿Crees tú que no va a premiar la virtud por el hecho de que se haya formado aislada en medio de la corrupción de un mundo pagano? Tranquilízate, hija”. Síntica: “¿Y el Pecado Original? ¿Y el culto nefando? Y…”. Si Jesús, con un gesto, no impusiera silencio, más cosas —para amontonarse sobre el alma afligida de Síntica— saldrían de la boca de los israelitas. Dice Jesús: “El Pecado original es común a todos: de Israel y no de Israel. No es tan sólo de los paganos. El culto pagano tendrá su culpa desde el momento en que la Ley del Mesías esté difundida en el mundo. La virtud será siempre virtud a los ojos de Dios. Y, por mi unión con el Padre, digo —y lo digo en su Nombre, traduciendo en palabras el Pensamiento Santísimo— que los caminos del poder misericordioso de Dios son tantos y tan totalmente orientados a la dicha de los virtuosos, que serán eliminadas las barreras que existen entre las almas, y los que merecieron paz tendrán paz. No sólo esto, sino que digo también que en el futuro los que,  convencidos de estar en la verdad, sigan la religión de sus padres con justicia y santidad, Dios les amará y no les castigará”.
* Lo que separará las almas de los justos, de las almas de los pecadores.-Jesús: “Es la malicia, la falta de buena voluntad, el rechazar deliberadamente la Verdad conocida, es, sobre todo, el atacar la Verdad revelada y luchar contra ella, es el vivir vicioso lo que realmente separará para siempre las almas de los justos de las de los pecadores. Levanta tu corazón abatido, Síntica. Estas tristezas son un ataque del Infierno, porque Satanás está enojado contra ti, porque comprueba que una presa se le va de entre las manos. El Hades no existe. Existe mi Paraíso. Mas no es causa de dolor, sino de alegría. Nada de la Verdad debe ser causa de abatimiento o duda; antes al contrario, fuerza para creer cada vez más y con una gozosa seguridad. Pero tú manifiéstame siempre tus razones. Quiero que tengas luz segura y fuerte como la del sol”. Síntica que todavía está de rodillas, le toma la mano y  la besa. (Escrito el 28 de Septiembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Personajes de la  Obra magna: Síntica.
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(<El mercader Alejandro Misace, después de varios días de convivencia con el Maestro  impresionado de la doctrina y de los milagros de Jesús, ha empezado a creer. Ha llegado la hora de despedirse>)
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4-293-429  (5-157-1007).- El don de la fe: regalo de despedida para Alejandro.
* “Santifica tu alma para que la Fe no sea en ti un don inerte”.- ■ Le dice Jesús: “Créeme, Alejando Misace, tú has sido un amable guía del Peregrino. Te recordaré siempre…”. La emoción se transparenta en el anciano. Está saludando con los brazos cruzados, con gran reverencia, a la manera oriental, un poco inclinado, frente a Jesús. Mas al oír estas palabras, dice: “Sobre todo acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Jesús: “¿Lo deseas, Misace?”. Alejandro: “Sí, Señor mío”. Jesús: “También Yo deseo una cosa de ti”. Alejandro: “¿Cuál, Señor? Si puedo te la daré; aunque fuera la cosa más preciosa que poseo”. Jesús: “Es la más preciosa. Quiero tu alma. Ven a Mí. Te dije cuando empezábamos a viajar juntos que esperaba hacerte un regalo al final. Es la fe. ¿Crees en Mí, Misace?”. Alejandro: “Creo, Señor”. Jesús: “Entonces santifica tu alma para que la Fe no sea en ti no sólo un don inerte, sino hasta dañoso”. Alejandro: “Mi alma es vieja. Pero me esforzaré en hacerla nueva. Señor, soy un viejo pecador. Absuélveme y bendíceme para que empiece desde ahora una nueva vida. Llevaré conmigo tu bendición como mi mejor escolta en mi camino hacia tu Reino… ■ ¿Nos volveremos a ver, Señor?”. Jesús: “En la tierra, jamás. Pero oirás hablar de Mí y tu fe aumentará, porque no te dejaré sin evangelización, sin que te hablen de Mí. Adiós, Misace. Mañana tendremos muy poco tiempo para despedirnos. Hagámoslo ahora, antes de que comamos juntos por última vez”. Le abraza y le da el beso de paz. También los apóstoles y discípulos le imitan. Las mujeres saludan todas juntas. Misace casi se arrodilla delante de María y le dice: “Tu luz de cándida estrella matinal brille en mi pensamiento hasta la muerte”. Virgen: “Hasta la Vida, Alejandro. Ama a mi Hijo y me amarás, y yo te amaré”.  (Escrito el 2 de Octubre de 1945).
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5-300-25 (5-166-1047).- En Naím, en casa de Daniel el resucitado (1), escribas y fariseos ponen bajo sospecha el poder milagroso de Jesús e interrogan a Daniel sobre sus recuerdos después de la muerte.
* “Los milagros se obtienen con la oración, sacrificio y obediencia a Dios y no con otra cosa”.- ■ La ciudad de Naím se encuentra de fiesta: hospeda a Jesús por primera vez desde que resucitó de la muerte al joven Daniel. Precedido y seguido por muchas personas, Jesús atraviesa la ciudad bendiciendo. Además de los de Naím, hay personas de otros lugares, que vienen de Cafarnaúm, a donde habían ido a buscarle y de donde los habían mandado a Caná, y de esta ciudad a Naím. Tengo la impresión de que, ahora que tiene muchos discípulos, Jesús ha establecido una especie de red de información, de modo que los peregrinos que le buscan le pueden encontrar a pesar de su continuo cambio de lugar, que, de todas formas, es de pocas millas al día, tanto cuanto permiten la estación y la brevedad de los días. Entre los que vinieron de otras partes buscándole, no faltan los escribas y fariseos, aparentemente muy amables… ■ Jesús se hospeda en la casa del joven resucitado, a la que han venido también las personas importantes de la ciudad. La madre de Daniel, al ver los escribas y fariseos, que son siete como los pecados capitales, toda humilde, los invita a pasar, disculpándose de no poder ofrecerles una casa más digna de ellos. “Está el Maestro, está el Maestro, mujer. Ello daría valor incluso a una cueva. Tu casa es mucho más que una cueva. Así que entraremos diciendo: «Paz a ti y a tu casa»”.  Realmente la mujer, aunque no es rica, hace lo indecible para dar honor a Jesús. No hay duda de que han entrado en liza todos los bienes de Naím para adornar la casa y aderezar las mesas. Las respectivas propietarias miran a hurtadillas, desde todos los puntos posibles, a la comitiva que pasa por el corredor de entrada, y que va derecho a dos habitaciones que están enfrente una a la otra en las que la dueña de la casa preparó mesas. Probablemente prestaron sus vajillas, manteles y sillas además de la mano de obra con la condición de ver de cerca al Maestro y respirar el aire que respira. Y ahora se asoman por aquí y por allí, rojas, llenas de harina, o de ceniza en los cabellos, o con las manos manchadas de comida; ojean curiosamente, roban su pedacito de mirada divina, se mueren para que hasta sus oídos llegue la voz del Señor, se beben su dulce bendición con el oído y su dulce figura con la mirada, y vuelven, todavía más rojas y felices, a sus hornos, a la amasadera o al fregadero de cocina. Felices ellas. ■ Felicísima la que, con la dueña de la casa, ofrece los lavamanos para las abluciones. Es una joven, oscura de cabellos y ojos, pero de tez tenuemente rosada; más rosada se pone, cuando la dueña de la casa explica a Jesús que es la prometida de su hijo y que pronto se celebrarán las bodas. “Hemos esperado tu llegada para celebrarlas, para que toda la casa quedara por Ti santificada. Ahora bendícela para que también sea buena mujer en este hogar”. Jesús la mira, y como la prometida baja la cabeza, le impone sus manos diciendo: “Florezcan en ti las virtudes de Sara, Rebeca y Raquel y que de ti nazcan verdaderos hijos de Dios para su gloria y para la alegría de esta casa”. ■ Jesús y las personas importantes han cumplido con las purificaciones. Entran a la sala del banquete con el joven, dueño de la casa, mientras los apóstoles con otros hombres de Naím menos influyentes, entran en la habitación de enfrente. Empieza el banquete.  Comprendo, por lo que hablan, que, antes de que empezase la visión, Jesús ya había predicado y curado en Naím. Pero a los fariseos y escribas poco les interesa esto; en cambio, llenan de preguntas a los de Naím para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel, sobre las horas que habían transcurrido entre su muerte y su resurrección, y sobre si había sido embalsamado completamente o no, etc… Jesús no hace caso de todas estas indagaciones hablando con el resucitado, que tiene buena salud y come con buen apetito. Pero un fariseo llama a Jesús para preguntarle si estaba al corriente de la enfermedad de Daniel. Jesús responde: “Venía de Endor por mera casualidad, porque había querido complacer a Judas de Keriot (2) como antes había complacido a Juan de Zebedeo. No sabía ni siquiera que pasaría por Naím cuando había empezado la caminata de la peregrinación pascual”. El escriba, sorprendido, pregunta: “¿No habías ido a propósito a Endor?”. Jesús: “No. No tenía, entonces, ni la más mínima intención de ir a Endor”. Escriba: “¿Y entonces por qué fuiste?”. Jesús: “Ya te lo dije porque Judas de Keriot quería ir”. Escriba: “¿Y por qué este capricho?”. Jesús: “Porque quería ver la gruta de la maga”. Escriba: “Tal vez les habías hablado de eso…”. Jesús: “¡Jamás! No tenía motivo para hablar de eso”. Escriba: “Lo que quiero decir es que… quizás habías explicado con ese episodio otros sortilegios, para iniciar a tus discípulos en…”. Jesús: “¿En qué? Para iniciar a la santidad no hay necesidad de peregrinaciones. Sirven lo mismo una celda o una estepa desierta, un pico montañoso o una casa solitaria. Basta, en quien enseña, autoridad y santidad, y, en quien escucha, voluntad de santificarse. Yo enseño esto y no otras cosas”. Escriba: “Pero los milagros que ahora los discípulos realizan, qué son sino prodigios y…”. Jesús: “Y la manifestación de la voluntad de Dios. No otra cosa. Y cuanto más santos vayan siendo harán más. Con la oración, con el sacrificio y con su obediencia a Dios. No con otras cosas”. ■ El escriba, que mira a Jesús de arriba abajo, con la mano en el mentón, pregunta: “¿Estás seguro?”. Su tono es directamente irónico y hasta como de compasión. Jesús: “Les di estas armas y estas enseñanzas. Si alguno de ellos, y son muchos, se corrompe con prácticas indignas, por soberbia o por otra cosa, el consejo no habrá provenido de Mí. Puedo orar para tratar de redimir al culpable. Puedo imponerme duras penitencias expiatorias para obtener que Dios le ayude especialmente con luces de su sabiduría a fin de que reconozca el error. Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle, con todo mi amor de hermano, maestro y amigo, que deje el pecado. Y no pensaría que me estaría rebajando al hacer eso, porque el precio de un alma es tal que merece que se sufra cualquier humillación para conquistarla. Pero no puedo hacer más. Y si con todo, la culpa persevera, de mis ojos y de mi corazón de maestro y amigo traicionado e incomprendido, correrán lágrimas y sangre”. ¡Qué dulzura y qué tristeza se notan en la voz y semblante de Jesús!
* La muerte es de por sí una expiación. Tú, Daniel, muriendo dos veces quedarás completamente limpio y gozarás enseguida del Cielo”. ■ Los escribas y fariseos miran entre sí; es un intercambio de miradas, pero no replican nada a lo que Jesús acaba de decir. En cambio, sí preguntan ahora al joven Daniel: ¿Se acuerda de lo que es la muerte? ¿Qué sintió al volver a la vida? ¿Y qué vio entre el espacio de la muerte y la vida? Daniel les responde: “Yo sé que estaba gravemente enfermo y padecí la agonía. ¡Oh, qué cosa más horrible! ¡No me hagáis recordarla!… Y, no obstante, llegará el día en que tendré que volverla a sufrir. ¡Oh Maestro!..”. Le mira aterrorizado. Se pone pálido al pensar que debe morir de nuevo. Jesús le consuela dulcemente diciendo: “La muerte por sí es una expiación. Tú, muriendo dos veces, quedarás completamente limpio de toda mancha y gozarás enseguida del Cielo. Que este pensamiento te haga vivir como santo, de modo que solo haya en ti pequeñas e involuntarias culpas”. Pero los fariseos vuelven al ataque: “¿Y qué experimentaste al volver a la vida?”. Daniel: “Nada. Me encontré vivo y sano como si me hubiese despertado de un sueño profundo”. Fariseos: “¿Pero te acuerdas de haber muerto?”. Daniel: “Me acordaba que había estado muy enfermo, hasta la agonía, y nada más”. Fariseos: “¿Qué recuerdos tienes del otro mundo?”. Daniel: “Ninguno. No hay nada. Un vacío negro. Un espacio vacío en mi vida… Nada…”. Fariseos: “Entonces para ti no existen ni el Limbo, ni el Purgatorio, ni el Infierno”. Daniel: “¿Quién está diciendo que no existen? Claro que existen. Pero yo no me acuerdo”. Fariseos: “¿Estás seguro de haber muerto?”. Reaccionan todos los que hay de Naím: “¿Que si estaba muerto? ¡Y qué más queréis! Cuando le pusimos en las andas estaba casi ya para apestar. ¡Y, además!… con todos esos bálsamos y vendas se hubiera muerto hasta un gigante”. Fariseos:  “¿Pero te acuerdas de haber muerto?”. Daniel:  “Os dije que no”. El joven se impacienta y añade: “¿Pero qué queréis decir con todas esas preguntas? ¿que todo un pueblo aparentaba que yo me había muerto, inclusive mi madre y mi prometida que se morían de dolor, incluido yo mismo, vendado y embalsamado, y que no era verdad? ¿Qué estáis diciendo? ¿Creéis que en Naím todos hayan sido unos niños o unos estúpidos con ganas de hacer una jugarreta? Mi madre en pocas horas encaneció. Mi prometida tuvo que medicinarse porque el dolor y la subsiguiente alegría le habían quitado casi el juicio. ¿Y todavía dudáis? ¿Y qué objeto tenía que hubiéramos hecho esta comedia?”. Algunos de Naím corean: “¿Por qué? ¡Es verdad! ¿Por qué lo hubiéramos hecho?”. ■ Jesús no habla. Juega con el mantel como si nada le interesara. Los fariseos no saben qué decir… De pronto, cuando la conversación y el argumento parece que se han acabado, dice: “La razón es la siguiente. Ellos (y señala a los fariseos y escribas) quieren concluir que tu resurrección no fue sino un plan perfecto llevado a cabo para aumentar la estima que la gente tiene por Mí. Según ellos sería Yo quien ideó el plan, y vosotros los que realizasteis para hacer mentir a Dios y mentir al prójimo. Dejo los embustes a los desvergonzados. No tengo necesidad de recurrir a brujerías ni estratagemas, ni engaños, para ser lo que soy. ¿Por qué queréis negar a Dios el poder de devolver el alma a un cuerpo?  Si Él la da cuando se forma el cuerpo, y crea una a una  las almas, ¿no podrá restablecerla cuando, volviendo al cuerpo por la oración de su Mesías, puede ser incentivo para que mucha gente se acerque a la verdad? ¿Podéis negar a Dios el poder del milagro? ¿Por qué lo queréis negar?”. Fariseos: “¿Eres Tú Dios?”. Jesús: “Yo soy quien soy.  Mis milagros y mi doctrina dicen quién soy Yo”.
* “Éste no se acuerda de nada, mientras que los espíritus evocados por los nigromantes saben decir qué hay en el más allá”.-   Fariseos: “¿Pero entonces por qué éste no recuerda nada, mientras que los espíritus invocados saben decir qué hay en el más allá?”. Jesús: “Porque esta alma santificada por la penitencia de una primera muerte habla la verdad, entre tanto que lo que dicen los nigromantes no es verdad”. Fariseos: “Pero Samuel…”. Jesús: “Pero Samuel fue por mandato de Dios, no por mandato de la adivina, a comunicar al perjuro rey Saúl la sentencia del Señor cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla”. (Escrito el 12 de Octubre de 1945).
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1  Nota  : La resurrección del hijo de la viuda  de Naím se relata en Lc. 7,11-16.  En el pasaje analógico descrito por María Valtorta se relata en el episodio 3-189-200 de «El evangelio como me ha sido revelado». Y en nuestro trabajo en el tema “Fe”.   2  Nota  :  Jesús,  antes de entrar en Naím,  había visitado la gruta de una pitonisa, atendiendo un deseo del Iscariote.  En 1 Samuel 28:  se narra cómo el rey Saúl fue a Endor a la cueva de la adivina para que ésta evocara a Samuel y éste le prestara ayuda. Para los escribas y fariseos,  el verdadero propósito de Jesús, al ir a Endor, fue esto mismo: pedir ayuda para hacer sus milagros e iniciar a sus apóstoles en este tipo de sortilegios.
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5-305-47 (5-171-1071).- Jesús instruye a Marziam: La fe en Cristo salva.- Parábola de los pajarillos: “Cuando Dios libera un alma siempre lo hace por un bien mayor para ella misma y para la familia”.- Valor de los sufragios celebrando el Sacrificio de la Víctima perfecta.
La fe en Mí da Vida, al dar sed de justicia”.- “No hay separación entre las almas de los justos muertos y justos vivos”.-  ■  Jesús sale de la casa llevando al niño de la mano. No pasan por el centro de Nazaret, sino por el mismo camino que tomó Jesús la vez primera que dejó su hogar para iniciar su vida pública. Al llegar a los primeros olivos, dejan el camino principal y toman unos senderos que serpentean entre los árboles, buscando el tibio sol que brilla después de varios días de borrasca. Jesús invita al niño que vaya a correr y a brincar, pero él responde: “Prefiero estar cerca de Ti. Ya soy grande y soy un discípulo”. Jesús sonríe ante esta… competente profesión de edad y de dignidad. En realidad es un pequeño adulto el que camina a su lado. Nadie le echará más de diez años, pero nadie puede negar que sea un discípulo, y menos Jesús, que se limita a decir: “Te cansarás de estar quieto mientras Yo oro. Te traje conmigo para que te divirtieras”. ■ Marziam le dice: “Durante estos días no lo haré… Pero estar cerca de Ti me proporciona un gran alivio… Te he añorado mucho durante este tiempo… porque… porque…”. El niño aprieta sus labios que tiemblan. Y no dice nada más. Jesús le pone la mano sobre la cabeza: “Quien cree en mi palabra no debe estar triste como los que no creen. Siempre te digo la verdad. Digo la verdad también cuando aseguro que no hay separación entre las almas de los justos que están en el seno de Abraham y las de los justos que están en la tierra. Yo soy la Resurrección y la Vida, Marziam. Y transmito la Vida incluso antes de realizar mi misión. Siempre me has dicho que tus padres anhelaban la venida del Mesías y rogaban a Dios que los dejase vivir para verle. Creían, pues, en Mí. En esta fe se han dormido, y ella los ha salvado, ella los ha hecho resucitar y por ella viven. Porque esta fe da vida al dar sed de justicia. Piensa cuántas veces habrán resistido a las tentaciones para que pudiesen ser dignos de encontrar al Salvador…”.
* Dios te amaba y tu madre velaba por ti desde el Cielo…  has visto que fui donde estabas y te acogí”.-Marziam: “Pero murieron, Señor, sin haberte visto… Y muertos de ese modo… Sabes que vi sacar de la tierra a todos los muertos del pueblo… A mi mamá, a mi padre… a mis hermanitos… ¡Qué me importa si me decían para consolarme: «A los tuyos no les ha pasado así. No han sufrido!». ¡Oh, que no han sufrido!… ¿Acaso eran plumas las piedras que les cayeron encima? ¿Era acaso aire la tierra y agua que les ahogó? ¿Y acaso al ver que morían no habrían sufrido pensando en mí?…”. El niño está muy nervioso por el dolor. Gesticula vivamente, erguido frente a Jesús, casi con aire agresivo… Jesús comprende aquel dolor, esa necesidad de decirlo y le deja hablar. No es de los que dice: “Cállate. Me molestas” a quien sufre verdaderamente. El niño continúa: “¿Y después? ¿qué pasó después? ¡Tú lo sabes lo que sucedió!  Si no hubieses sido Tú, sería yo como una fiera o habría muerto como una serpiente en el bosque, y nunca habría ido con mamá, papá y mis hermanitos porque yo odiaba a Doras y… y no amaba a Dios como antes, cuando vivía mi mamá que me quería, y que me hacía que amase al prójimo. Casi había llegado a odiar a los pájaros que se llenaban el buche, que tenían su plumaje caliente, que volvían a hacer sus nidos…  yo, que me moría de hambre, que traía mis vestidos rotos, que ya no tenía casa… Los espantaba yo, a mí que me gustan los pájaros, porque me irritaba al compararme con ellos. Y luego me echaba a llorar porque veía que era malo y que merecía el Infierno…”. Jesús: “¡Ah! ¿Te arrepentías, entonces,  de ser malo?”. Marziam: “Sí, Señor. Pero ¿cómo podía ser bueno? Mi abuelo lo fue. Me decía: «Todo pasará dentro de poco. Ya estoy viejo…». ¡Pero yo no lo estaba! ¿Todavía cuántos años debían pasar para que pudiese trabajar y comiese como un ser humano y no como un perro vagabundo? Me hubiera convertido en un ladrón si no hubieses venido”. Jesús: “No habrías acabado maleante,  porque tu mamá rogaba por ti. ¿Ves que fui a donde estabas y que te acogí? Esto es una prueba de que Dios te amaba y de que tu mamá velaba por ti”.
* Cuando Dios libera a un alma, siempre lo hace por un bien mayor. Y entonces Él une al ministerio del ángel custodio, el ministerio del alma que llamó a Sí”.- ■ El niño se calla pensativo. Mira tanto al suelo que pisa, que parece como si quisiera encontrar luz en él, mientras va caminando al lado de Jesús por la hierba un poco doblegada por los aires de los días anteriores. Luego levanta la cabeza y pregunta: “¿Pero no hubiera sido una prueba mejor si no hubiera muerto mi mamá?”. Jesús se sonríe ante la lógica humana del niño. Serio pero dulcemente añade Jesús: “Mira, voy a proponerte un ejemplo para que puedas entender lo que pasó. Me acabas de decir que te gustan los pajaritos ¿no es así? Pues bien escucha. ¿Para qué fueron hechos los pajaritos, para volar o para estar en la jaula?”. Marziam: “Para volar”. Jesús: “Así es. ¿Qué hacen las mamás pájaras con sus pequeñitos?”. Marziam: “Los alimentan”. Jesús: “Sí, ¿pero con qué?”. Marziam: “Con granitos, moscas, gusanos, migajas de pan o pedacitos de fruta que encuentran volando aquí y allí”. Jesús: “Perfectamente. Ahora bien escucha. Si en esta primavera encontrases por tierra un nido, con las crías dentro y la madre encima ¿qué harías?”. Marziam: “Lo cogería”. Jesús: “¿El nido? ¿Tal como está? ¿Te llevarías también a la mamá?”. Marziam: “Todo. Porque es muy triste que los pequeñuelos estén sin su mamá”. Jesús: “Sólo que en el Deuteronomio está escrito que se coja solo a las crías, y se deje libre a la madre, sagrada para generar” (1). Marziam: “Pero si la mamá es buena no se va. Vuela a donde están los pequeñuelos. La mía habría obrado así. Ni siquiera me hubiera dado a Ti para siempre, porque todavía soy un niño. Venir también ella conmigo no habría podido porque mis hermanos eran todavía más pequeños que yo. Así que no me habría dejado que me fuera”. Jesús: “Está bien. Pero óyeme: según tú ¿demostrarías más amor a esa madre de los pajaritos, y a los propios pajaritos, teniendo la jaula abierta para que entrara y saliera con el alimento apropiado, o teniendo prisionera también a la madre?”. Marziam: “¡Hombre!… Le demostraría más amor dejándola entrar o salir hasta que sus pequeñuelos fueran grandes… y le demostraría todo el amor si, quedándome con ellos, una vez que fueran grandes, la dejase libre a ella, porque el pájaro está hecho para volar… Verdaderamente… para ser bueno completamente… debería dejar también que se marcharan los pequeñuelos ya crecidos y devolverlos al estado libre… Sería el mejor modo de mostrar mi amor por ellos. Y lo más razonable… Creo que sí. Y lo es porque no haría otra cosa que cumplir con lo que Dios ha dispuesto acerca de los pajaritos…”. Jesús: “¡Exactamente, Marziam! Has hablado como un sabio. Serás un maestro cuando hables de tu Señor. Y quien te escuche, te creerá porque hablarás sabiamente”. Marziam: “¿De veras, Jesús?”. La carita que antes aparecía angustiada y triste, luego sombría por el razonamiento, concentrada en el esfuerzo de juzgar lo mejor, se tranquiliza y en ella brilla la alegría por la alabanza recibida. ■ Jesús: “De veras. Observa esto: tú, solo porque eres un buen muchacho, juzgas de este modo. Imagínate cómo juzgará Dios, que es Perfección en todo, respecto a las almas y su bien. Las almas son como pajaritos que la carne aprisiona dentro de sí, como en una jaula. La tierra es el lugar en donde viven con su jaula. Pero anhelan la libertad del Cielo, anhelan el Sol que es Dios, el Alimento necesario para ellas, que es la contemplación de Dios. Ningún amor humano, ni siquiera el amor de la madre por sus hijos o de éstos por ella, es tan fuerte que pueda ahogar este deseo de las almas que sienten por reunirse con su origen que es Dios. Como tampoco Dios, por su perfecto amor hacia nosotros,  encuentra razón alguna que sea tan fuerte como para superar su deseo de unirse con el alma que le busca anhelante. ¿Y qué sucede entonces? A veces la ama tanto que le dice:  «¡Ven! ¡Te libero!». Y lo dice aun cuando haya pequeños al lado de mamá. Él ve todo. Sabe todo. Todo lo que hace, hace bien. Cuando deja en libertad a un alma —podrá no parecerles así a los hombres de inteligencia mediocre, pero es así— cuando libera a un alma, siempre lo hace por un bien mayor para ella misma y para sus familiares. Y entonces Él, como ya te dicho tantas veces, une al ministerio del ángel custodio el ministerio del alma que llamó a Sí, la cual ama con un amor limpio de toda impureza humana a sus familiares, pues los ama en Dios. Cuando libera a un alma, Él mismo se encarga de sustituir a ella en los cuidados hacia los que siguen en la tierra. ¿Acaso no lo ha hecho contigo? ¿No te ha hecho a ti, pequeño israelita, mi discípulo, mi sacerdote del día de mañana?”. Marziam: “Sí, Señor”.
* Se obtienen sufragios celebrando el Sacrificio de la Víctima perfecta, en cuyo Nombre todo se perdona”.-Jesús: “Ahora reflexiona un poquitín. Yo libraré a tu madre y no tendrá necesidad de tus sufragios. Pero tú, si ella hubiese muerto después de la Redención y hubiese tenido necesidad de sufragios, habrías podido ayudarla con sufragios como sacerdote. Piensa en esto: solo habrías podido gastar en ofrendas a un sacerdote del Templo, para que ofreciese un sacrificio por ella, de víctimas como corderos o palomas u otro producto de la tierra; esto hubiera sucedido si hubieras seguido siendo el pequeño campesino Yabés en la casa de tu madre. Sin embargo, tú, Marziam, sacerdote de Cristo, podrías celebrar por ella directamente el Sacrificio verdadero de la Víctima perfecta, en cuyo nombre se obtiene todo perdón”. Marziam: “¿Y ya no le podré ofrecer?”. Jesús: “Por tu padre, madre y hermanos, no; pero lo podrás hacer por amigos y discípulos tuyos. ¿No es algo bello esto?”. Marziam: “Sí, Señor”. Jesús: “Regresemos ahora a casa ya tranquilos”. ■  Marziam: “Sí… ¡Pero no te he dejado orar!… Lo siento…”. Jesús: “¡Pero si ya hemos hecho oración! Hemos considerado las verdades, hemos contemplado a Dios en su bondad… Todo esto es oración, y tú has orado como una persona adulta. ¡Ea, ánimo! Cantemos un hermoso salmo de alabanza por la alegría que hay en nosotros”. Y empieza a cantar: “Mi corazón se agita en un hermoso discurso…” (2). Marziam une su voz de plata a la de bronce y oro de la de Jesús. (Escrito el 17 de Octubre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Deut. 22,6-7.   2  Nota  : Cfr. Sal. 44.
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(<Los apóstoles han pasado un día en el Carit en  oración y recogimiento>)
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6-380-127 (7-70-462).- Pedro pregunta a Jesús, “¿cómo podré prepararme a morir?”.
* “Basta un acto de recogimiento perfecto”.- ■ Desde una cadena montañosa que parece elevarse cada vez más —mostrando continuas colinas rocosas, de laderas escarpadas, a pico—  se entreven partes del Mar Muerto, que está situado al sureste del lugar donde están los apóstoles con el Maestro. No se ven ni el Jordán ni su fértil llanura; ni se ve Jericó ni tampoco otras ciudades. Tan sólo se ven montes y montes que se yerguen en dirección de Samaria; y el Mar Muerto por entre dos series de montes… Las caras de los trece despiden alegría sobrenatural. No se acuerdan más del mundo. Está lejos… Sus corazones han vuelto a tomar el equilibrio removido por tantos envites, y han podido entregarse de nuevo a Dios. ■ Pero el retiro ha terminado, según dice Jesús. Pedro repite su súplica que dijo en el Tabor: “Oh ¿por qué no nos quedamos aquí? ¡Nos sentimos tan felices de estar aquí contigo!”. Jesús: “Porque nos espera el trabajo, Simón de Jonás. No podemos entregarnos sólo a la oración. El mundo espera para ser adoctrinado. No pueden detenerse los obreros del Señor, mientras haya campos que sembrar”. Pedro: “Entonces… yo… que me hago bueno sólo cuando me aíslo de este modo, nunca lo conseguiré… ¡El mundo es muy grande! ¿Cómo vamos a arreglárnoslas para sembrar todo, y antes de morir, alcanzar el recogimiento en Ti?”. Jesús: “Está claro que no lo sembraréis todo. Se requerirán muchos siglos. Y, cuando haya sido sembrada una parte, Satanás entrará en ella a destruir lo realizado. Habrá, pues, necesidad de trabajar hasta el fin de los siglos”. Pedro pregunta con voz triste: “¿Y entonces cómo podré prepararme a morir?”. Jesús le abraza diciéndole: “Tendrás tiempo. No es necesario que sea largo. Basta un acto de recogimiento perfecto para prepararse a estar ante el tribunal de Dios. Tú tendrás todo el tiempo. Por otra parte, ten en cuenta que el cumplimiento de la voluntad de Dios es siempre preparación a una muerte santa. Si Dios te quiere activo, obedece. Te preparas mejor en la actividad, porque obedeces, que si te encerraras entre las más solitarias rocas a orar y contemplar. ¿Convencido?”. Pedro: “¡Sí, claro! ¡Lo dices Tú! ¿Entonces qué debemos hacer?”. Jesús: “Desparramarnos por los senderos de los valles, reunir a los que estén esperándome, predicar al Señor y su doctrina hasta que Yo vaya”. (Escrito el 9 de Febrero de 1946).
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(<Mucha gente ha estado esperando al Maestro. También se han acercado fariseos y esenios. Jesús acaba de narrarles la parábola del administrador infiel y seguidamente les ha hablado del libre albedrío. Los fariseos no pierden ocasión para tentar a Jesús con sus preguntas capciosas>)
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6-381-138 (7-71-472).-  ¿La resurrección de la carne aumentará el gozo de los santos?
* “¿No es razonable y justo que cuerpo y alma, que unidos lucharon por la posesión del Cielo, vuelvan a unirse para gozar del premio?”.- ■ Un esenio pide palabra y grita: “Te quieren tentar, Maestro, deja a esas serpientes. Escúchanos a nosotros que vivimos en continencia y meditación”. Jesús: “Sí, vivís así. Pero malamente. ¿Por qué no vivir así santamente?”. El esenio no responde pero sí agrega: “De la misma forma que me has dado una razón convincente sobre el libre albedrío, y la meditaré honradamente, esperando poder aceptarla, dime pues ¿crees realmente en una resurrección de los cuerpos y en una vida de los espíritus que encontrarán su perfección allí uniéndose a los cuerpos?”. Jesús: “¿Y crees tú que Dios va a poner fin así, sin más, a la vida del hombre?”. Esenio: “Pero el alma… Dado que el premio la hace bienaventurada, ¿para qué hacer que resucite la materia? ¿Va aumentar eso el gozo de los santos?”. Jesús: “Ninguna cosa aumentará el gozo que tendrá un santo cuando posea a Dios. O sea, solo una cosa lo aumentará el último Día: el saber que el pecado ya  no existe más.  ¿No te parece razonable y justo que de la misma forma que durante este día cuerpo y alma estuvieron unidos, luchando por la posesión del Cielo, en el Día eterno cuerpo y alma vuelvan a unirse para gozar del premio? ¿No lo crees? Entonces ¿por qué vives en continencia y oración?”. Esenio: “Para… para ser mejor, para ser superior a los animales que obedecen unos instintos sin freno alguno, y para ser superior a la mayoría de los hombres entregados a la animalidad aunque traigan filacterias, fimbrias, zizit, vestidos largos y se llamen «los separados»”. ■ ¡Anatema! Los fariseos, recibido de lleno el flechazo, que hace murmurar aprobadora a la multitud, se retuercen y gritan como obsesos: “¡Nos ha insultado, Maestro! ¡Conoces nuestra santidad! ¡Defiéndenos!”. Jesús les responde: “También él conoce vuestra hipocresía. Los vestidos no corresponden a la santidad. Haceos dignos de que se os alabe y hablaré en vuestro favor. En cuanto a ti, esenio, te digo que por demasiado poco te estás sacrificando. ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Por cuánto? Por una alabanza humana. Por un cuerpo mortal. Por un tiempo que pasa rápido como el vuelo de un halcón. Eleva tu sacrificio. Cree en el Dios verdadero, en la bienaventurada resurrección, en el libre arbitrio del hombre. Vive como asceta. Pero por estas razones sobrenaturales. Y con el cuerpo resucitado gozarás del eterno júbilo”. ■ Esenio: “¡Es tarde! ¡Soy ya viejo! Tal vez he malgastado la vida en una secta equivocada… ¡Todo ha terminado!”. Jesús: “¡No! Nada termina para el que quiere el bien. Oíd, vosotros, pecadores, vosotros que estáis en errores, vosotros, cualquiera que sea vuestro pasado. Arrepentíos. Venid a la Misericordia. Os abre los brazos. Os señala el camino. Soy fuente pura, y fuente de vida. Deshaceos de las cosas que hasta ahora os han extraviado. Venid desnudos al lavacro. Revestíos de luz. Renaced. ¿Habéis robado en los caminos, o vivido astutamente de vuestros negocios y administraciones? Venid. ¿Habéis llevado una vida de vicios y de pasiones impuras? Venid. ¿Habéis sido opresores? Venid. Arrepentíos. Venid al amor y a la paz. Dejad que el amor de Dios pueda derramarse sobre vosotros. ■ Consolad a este Amor que sufre por vuestra resistencia, miedo, titubeos. Os lo ruego en nombre del Padre  mío y vuestro. Venid a la Vida,  la Verdad, y conseguiréis la vida eterna”. (Escrito el  10 de Enero de 1946).
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6-383-152 (7-73-485).- En el vado del Jordán, discurso de Jesús sobre la muerte y sobre aquello que la Sabiduría señala como causa de la muerte de las almas.
La vida es la preparación de la muerte y la muerte es la preparación a la Vida sin fin”.- ■ Las riberas de Jordán cercanas al vado parecen un campamento de nómadas estos días en que numerosas caravanas regresan a sus lugares de residencia una vez celebradas las fiestas en Jerusalén… Los apóstoles y Jesús han pasado a la otra parte del vado. También aquí hay gente que se pone en marcha después de la noche o que se seca después de haber pasado el vado, subiéndose el vestido más arriba de la rodilla. Jesús ordena: “Diseminaos para decir que el Rabí está aquí. Yo voy a esperaros junto a aquel tronco caído”. Pronto mucha gente ha sido avisada y ya acude. Jesús va a hablar. ■ Toma como punto de su predicación un cortejo que pasa llorando detrás de una litera, sobre la que viene uno que se enfermó en Jerusalén; ahora, desahuciado por los médicos, le llevan rápidamente a su casa para que allí muera. Todos hablan de él porque es rico y joven todavía. Y muchos dicen: “¡Pues debe ser una gran tristeza morir cuando se tiene tanto dinero y tan pocos años!”. Y algunos, que tal vez son personas que ya creen en Jesús, dicen: “¡Lo tiene bien merecido! No quiere creer. Los discípulos fueron a decir a sus parientes: «El Salvador está allí. Si tuviereis fe y se lo pidiereis, se curaría. Pero ha sido él el primero en decir que no»”. ■ Crítica y compasión se mezclan. De todo esto se sirve Jesús para empezar a hablar. “¡La paz sea con todos vosotros! Ciertamente a los ricos y jóvenes que son ricos y jóvenes solo en dinero y años les duele morir, pero a los que son ricos en virtud y jóvenes por pureza de costumbre no les duele. El verdadero sabio, desde el uso de razón en adelante, se conduce de forma tal, que su muerte es plácida. La vida es la preparación de la muerte, como la muerte es la preparación a la Vida sin fin. El verdadero sabio desde que comprende la verdad de la vida y de la muerte, de la muerte para la resurrección, se industria en todos los modos posibles para despojarse de todo lo inútil y para enriquecerse con todo lo útil, o sea, las virtudes y las buenas acciones, y así disponer de un bagaje de bienes que mostrará ante Aquel que le llama a su presencia para juzgar, para premiarle o para castigarle con justicia perfecta. El verdadero sabio lleva una vida tal que le hace más maduro en la sabiduría que un anciano, y más joven que un adolescente, porque, viviendo con virtud y justicia, conserva en su corazón una frescura de sentimientos que en algunos casos ni siquiera los adolescentes tienen. ¡Entonces cuán dulce es el morir! Reclinar la cansada cabeza sobre el pecho del Padre, acogerse a sus brazos, decir entre las brumas de la vida que vuela: «¡Te amo! ¡Espero en Ti! ¡En Ti creo!», decirlo por última vez en la Tierra: «¡Te amo!», para repetirlo lleno de júbilo en el Paraíso y por toda la eternidad: «¡Te amo!»”.
En el Cielo no se mira cuántos años ha vivido uno, sino cómo ha vivido”.-Jesús: “La muerte es un pensamiento duro ¿verdad? Pero no. No es. Es un justo decreto que pesa sobre todos los mortales. Y no debe ser causa de angustia sino para los que no creen y están cargados de culpas. Inútilmente el hombre, para explicar las angustias exasperadas de uno que está muriendo y que durante su vida no fue bueno, explica: «Es porque no quisiera morir todavía, porque no ha hecho ningún bien, o ha hecho muy poco, y querría vivir algo más para reparar por ello». En vano dice: «Si hubiera vivido más, habría podido conseguir un premio mayor, porque habría hecho más». El alma sabe, al menos en confuso, cuánto tiempo se le concedió. Una nada de tiempo con respecto de la eternidad. Y el alma incita al ser de uno a obrar. ■ Pero, pobre alma, ¡cuántas veces se le amordaza, se le aplasta, se le ahoga para no oír sus palabras! Esto pasa a los que no tienen buena voluntad. Por el contrario,  los hombres justos, desde su niñez, escuchan a su alma, obedecen sus consejos, y, laboriosos, ponen en práctica lo que les manda. Y así el santo, joven tal vez en años, pero rico en méritos, da un adiós a la vida; y no podría ser más santo de cuanto lo es ya, por cien o mil años que se añadieran, porque el amor a Dios y al prójimo, practicados en todas las formas y con toda generosidad, le han hecho perfecto. En el Cielo no se mira cuántos años ha vivido uno, sino cómo ha vivido”.
El más grande milagro: resucitar el cadáver de un alma muerta”.-Jesús: “Se hace duelo ante los cadáveres. Se lloran. Pero el cadáver no llora. Uno tiembla porque sabe que tiene que morir, pero esa misma persona no se preocupa de vivir de modo que no haya de temblar en la hora de su muerte. ¿Y por qué no se llora y se hace duelo ante los cadáveres vivos, que son los cadáveres más verdaderos, aquellos que, como en un sepulcro, llevan en el cuerpo un alma muerta? ¿Y por qué los que lloran al pensar que su carne tiene que morir, no lloran por el cadáver que llevan dentro? ¡Cuántos cadáveres estoy viendo, que ríen y gastan bromas y no se lloran a sí mismos! ¡Cuántos padres, madres, esposos, hermanos, hijos, amigos, sacerdotes, maestros estoy viendo que lloran sin sentido por un hijo, un esposo, un hermano, un padre, un amigo, un fiel, un discípulo, fallecidos en evidente amistad con Dios, después de una vida que ha sido una guirnalda de perfecciones; y que no lloran ante los cadáveres de las almas de un hijo, esposo, hermano, padre, amigo, discípulo, que está muerto por el vicio, por el pecado, y además muerto eternamente, perdido para siempre, si no se arrepiente! ¿Por qué no tratar de resucitarlos? Esto es amor. ¿Lo sabíais? Es el más grande amor. ¡Oh, lágrimas sin sentido por algo que era polvo y se ha convertido en polvo! ¡Idolatría de cariños! ¡Hipocresía del afecto! ¡Llorad, sí,  pero que sea por las almas muertas de vuestros seres queridos! Tratad de llevarlos a la vida. Y os hablo sobre todo a vosotras, mujeres, que tanto podéis ante aquellos a quienes amáis”.
* Veamos aquello que la Sabiduría señala como causa de muerte de las almas”.- ■ Jesús: “Ahora, juntos, veamos aquello que la Sabiduría señala como causa de muerte y de vergüenza. ● No ofendáis a Dios: haciendo mal uso de la vida que os concedió, ensuciándolo con malas acciones que deshonran al hombre. ● No insultéis a vuestros padres con una conducta que arroja fango sobre sus cabellos blancos y espinos de fuego sobre sus últimos días. No seáis ingratos a quien os hace bien, para no ser maldecidos por el amor que pisoteáis. ● No seáis injustos con el que os gobierna, porque no es con la rebelión contra los gobernantes como se hacen grandes y libres las naciones, sino que la ayuda del Señor se obtiene con la conducta santa de los ciudadanos, y el Señor puede tocar el corazón de los gobernantes o quitarlos de su puesto o quitarles incluso la vida, como ha enseñado en repetidas ocasiones nuestra historia de Israel, cuando sobrepasan la medida, y, especialmente, cuando el pueblo, santificándose, merece el perdón por parte de Dios y Dios retira el instrumento opresor del cuello de los castigados. ● No ofendáis a vuestra esposa con amores adúlteros, ni hiráis la inocencia de vuestros hijos con el conocimiento de amores ilícitos. Sed santos ante los que en vosotros ven, por amor y por obligación, al que les deben dar ejemplo de vida. ● No podéis tener dos caridades, una para el prójimo y otra para con Dios, porque es un solo amor. El de Dios que engendra el del prójimo. Sed justos con vuestros amigos. La amistad es algo que nace del alma. Está dicho: «¡Qué bello es para los amigos caminar juntos!» (1). Y lo es cuando se toma el camino del bien. ¡Ay del que corrompe y traiciona la amistad, y se aprovecha de ella para su egoísmo, o para traicionar, o para el vicio o para la injusticia! Demasiados son los que dicen: «Te quiero» para enterarse de las cosas del amigo y aprovecharlas en propio beneficio. Demasiados, los que usurpan los derechos del amigo. ● Sed honestos ante los jueces. Toda clase de jueces. Desde el Altísimo, que es Dios, a quien no se le puede comprar ni chantajear, hasta el íntimo que tiene el hombre, que es su conciencia; hasta los amorosos y dolientes, y atentos con su amor vigilante, que son los ojos de los familiares; hasta el severo, que son los jueces del pueblo. No mentir invocando a Dios para dar fuerza a la mentira. ● Sed honrados tanto en vender como en comprar. Cuando vendáis y la ambición os susurre: «Roba para tener más ganancia» entre tanto que la conciencia: «Sé honrado, porque a ti no te gustaría que te robaran» dad oídos a ésta ultima recordando que no hay que hacer a otro, lo que no nos gustaría que nos hicieran. El dinero que se os da por la mercancía, frecuentemente está empapado de sudor y lágrimas del pobre. Cuesta trabajo. No sabéis cuánto dolor ha costado ese dinero, cuántos dolores hay detrás de esa moneda que a vosotros, vendedores, os parece siempre demasiado escasa por lo que dais. Hombres enfermos, niños sin padres, viejos con poquísimos recursos… ¡Oh, dolor santo y santa dignidad del pobre que el rico no comprende, hasta que no se lo medita! ¿Por qué se vende con honradez al fuerte, al poderoso? Por temor a sus represalias, mientras que se abusa del indefenso, del hermano desconocido. Ello es un delito más contra el amor que contra la honradez misma. Y Dios maldice, porque la lágrima extraída de los ojos del pobre, que solo posee el llanto como reacción contra el atropello, para el Señor tiene la misma voz que la sangre extraída de las venas de un hombre por un homicida, por un Caín de su propio semejante. ● Sed honestos en las miradas, en las palabras, en las acciones. Una mirada lanzada a quien no se debe es semejante a una trampa, una mirada negada a quien la merece es como una puñalada. La mirada lanzada a la meretriz desvergonzada para decirle: «¡Eres bella!» y responde a su invitación pecadora, es peor que el nudo corredizo para el ahorcado. La mirada negada al pariente pobre o al amigo caído en la miseria es semejante a un puñal clavado en el corazón de estos desdichados. Y lo mismo la mirada de odio para el enemigo, o de desprecio para el mendigo. Al enemigo hay que perdonar y amar al menos con el espíritu, si la carne se niega a amarle. El perdón es amor del espíritu. No vengarse es amor del espíritu. Hay que amar al mendigo porque nadie le consuela. No basta arrojarle una limosna y pasar con aire de desprecio. La limosna sirve para quitar el hambre, para vestir. Pero la compasión que sonríe cuando da, que se interesa de las lágrimas del infeliz, es pan del corazón. Amad, amad, amad. ● Sed honestos en los diezmos y en las costumbres. ● Sed honestos dentro de vuestras casas sin abusar del esclavo, del criado y sin tratar de abusar de la esclava, de la criada que duerme bajo vuestro techo: si bien el mundo ignora el hurto cometido en el secreto de la casa, el hurto a la esposa desconocedora de los hechos y a la sierva a la que deshonráis, Dios conoce vuestro pecado. ● Sed honestos en cuanto a la lengua. Y honestos en educar a vuestros hijos e hijas. Está dicho: «Haz esto para que tu hija no te haga el hazmerreír de la ciudad» (2). Yo digo: «Haced esto para que el alma de vuestra hija no muera». ■ Y ahora podéis iros después de haberos dado el auxilio de la Sabiduría. El Señor acompañe a aquellos que se esfuerzan por amarle”. Los bendice con el gesto y, rápido, baja del tronco derribado para tomar el senderillo que hay entre los árboles. Remonta el río y pronto desaparece entre las verdes marañas de frondas. La muchedumbre hace animados comentarios, no sin pareceres contrarios. Naturalmente los contrarios son los pocos ejemplares de escribas y fariseos presentes entre las turbas de los humildes. (Escrito el 14 de Febrero de 1946).
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1  Nota  : Cfr.  Sal. 132,1.   2  Nota  : Cfr. Ecl. 42,9-11.
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7-443-58  (8-135-60).-  Jesús asiste a la muerte del abuelo de Marziam.
* “Yo, con mi poder de Juez y Salvador, te absuelvo de todo cuanto en la vida hayas podido haber hecho mal, o del bien que hayas omitido hacer”.- ■ El abuelo de Marziam está en casa de Miqueas. Hasta un estúpido puede comprender que está agonizando. A ojos vistas, está muriendo. Su estado es de completa postración, de color cenizo, menos en sus pómulos donde se ve un color violáceo que todavía le queda. Marziam se inclina sobre el camastro y con voz alta le dice: “¡Papá! ¡Papá! ¡Soy Marziam! ¿Oyes? ¡Marziam! ¡Yabés, tu Yabés!… ¡Oh, Señor! Ya no me oye… Ven aquí, Señor… Ven aquí. Inténtalo… cúrale… Haz que me vea, que me hable… ¿Debo acaso ver que todos los míos mueran así, sin que me den el último adiós?…”. Jesús se acerca, se inclina sobre el moribundo, le pone una mano en la cabeza diciendo: “Hijo del Padre mío, óyeme”. Como alguien que se despierta de un sueño profundo, el anciano da un gran respiro, abre sus ojos ya vidriados, que mira vacilante a las dos caras que tiene ante sí. Trata de hablar, pero la lengua le está como pegada. Debe haber comprendido porque una sonrisa hay en sus labios, trata de buscar las manos de los dos para llevárselas a los labios. Marziam: “Padre… había venido… ¡Tanto que recé para venir!… Te quería decir… que pronto tendré lo suficiente… para poder rescatarte… y venir conmigo, a la casa de Simón y de Porfiria, que son muy buenos con tu Yabés… y con todos”. ■ El anciano logra soltar la lengua y a duras penas dice: “Que Dios los recompense, y… te recompense… Pero ya es tarde, voy con Abraham… donde no sufriré más…”. Se vuelve a Jesús y con ansias pregunta: “¿Verdad que es así?”. Jesús: “Así es. ¡Estate en paz!”. ■ Y Jesús se yergue, majestuoso, y dice: “Yo, con mi poder de Juez y Salvador, te absuelvo de todo cuanto en la vida hayas podido haber hecho de mal, o del bien que hayas omitido hacer, y de tus reacciones contra la caridad y hacia quien te ha odiado. De todo te perdono, hijo. ¡Ve en paz!”. Jesús tiene las manos en alto, extendidas sobre el lecho, como si estuviera en un altar, y Él, Sacerdote, las extendiese para consagrar la víctima. Marziam llora, mientras el anciano dulcemente sonríe, murmurando: “En paz, con tu ayuda me duermo… gracias, Señor…” y se reclina… Marziam grita: “¡Padre, papá! ¡Se muere! Démosle un poco de miel… tiene la lengua seca… Está frío… la miel da calor…” y trata de rebuscar con una mano en la alforja, mientras que con la otra sostiene la cabeza de su abuelo, que se hace más pesada. En el umbral de la puerta están los apóstoles… y observan mudos… Jesús dice: “Hazlo, Marziam. Yo sostengo al abuelo”… y dirigiéndose a Pedro. “Simón, ven aquí…”. Simón conmovido se acerca. Marziam trata de dar un poco de miel al anciano. Mete un dedo en el frasco, lo saca lleno de miel que pone en los labios de su abuelo, que abre sus ojos, le mira, le envía una última sonrisa, dice: “Está sabrosa”. Marziam: “La hice para ti… y también los vestidos de cáñamo fresco…”. El viejo levanta la mano vacilante y trata de ponerla sobre la morena cabeza, diciendo: “Eres bueno… más que la miel… El que seas bueno… que lo seas… me consuela… Pero tu miel… ya no me hace falta… ni tampoco los vestidos frescos… guárdalos… guárdalos con mi bendición…”. Marziam cae de rodillas y exclama: “¡Me quedo solo, siempre solo!”. Simón da la vuelta alrededor del lecho, con voz áspera, llena de emoción, dice acariciando los cabellos de Marziam: “No… Sólo no…Te quiero mucho, Porfiria te quiere mucho… Los discípulos… muchos hermanos… y además Jesús… Jesús que mucho te quiere… ¡No llores, hijo mío!”. Anciano: “Tu… hijo… sí… dichoso yo… ¡Señor! Señor…”, y lanza sus últimos estertores… siente que llega a su fin.
* En los brazos de Jesús, que recita los salmos 120 y 121, muere el anciano padre.- ■ Jesús le rodea con el brazo, le levanta algo, lentamente recita: “Levanto mis ojos a los montes de donde viene mi ayuda” y continúa todo el salmo 120. Terminado, mira al anciano que muere entre sus brazos plácidamente. Empieza a recitar el salmo 121: “Me alegré, cuando me dijeron, vamos a casa de Yave”… Pero dice poco de él, porque cuando empieza el cuarto versículo se interrumpe y dice: “¡Vete en paz, alma justa!”, le vuelve a recostar, lentamente, y le baja los párpados. Una muerte tan tranquila que nadie, excepto Jesús, ha caído en cuenta; pero lo comprenden por esta acción del Maestro. Inmediatamente se oye un murmullo.  Jesús hace un gesto para que se callen. Va donde Marziam que llora con la cabeza inclinada sobre el lecho y que no ha caído en la cuenta; se inclina, le abraza y tratando de levantarle dice: “Está ya en paz, Marziam. No sufre más. La mayor gracia que Dios le concedió es la muerte, y en los brazos del Señor. No llores, hijo querido. Mírale qué tranquilo está… qué sereno… Pocos en Israel han logrado el premio que este justo obtuvo al morir sobre el pecho del Salvador. Ven aquí, entre mis brazos… No estás sólo. Y además, está Dios, y es todo,  que te ama por todo el mundo”. ■ De veras que causa dolor el pobre Marziam, pero encuentra las fuerzas para decir: “Gracias, Señor, por haber venido… También tú, Simón, por haberme traído… A todos, a todos, gracias… por lo que me disteis para él… Ya no sirve más… pero… los vestidos sí…  Somos pobres… No podemos embalsamarle… ¡O, padre mío! Ni siquiera te puedo ofrecer un sepulcro… Pero si tenéis confianza en mí, sí podéis… haced los gastos y os daré en octubre el dinero que obtendré por la venta de los corderos y los pescados…”. Pedro: “¡No! Tienes todavía un padre. Recuerda. Yo me encargo de ello. Aunque tenga que vender una barca. Tributaremos al abuelo todos los honores. Lo que hay que saber es quién anticipa… y quién da el sepulcro…”. El mayordomo dice: “En Yezrael, entre la gente del pueblo, hay discípulos. No nos negarán nada. Voy pronto y antes de la hora tercia estoy de regreso…”. Pedro: “Bien, pero… ¿el fariseo?”. Mayordomo: “No os preocupéis. Le voy a avisar que hay un muerto y por no contaminarse no saldrá de casa. Me voy…”. Mientras Marziam, inclinado hacia su abuelo, llora y le acaricia, y Jesús en voz baja habla a los apóstoles e Isaac, Miqueas y los demás van y vienen, haciendo los preparativos de los últimos honores que rendirán a su compañero muerto.

* Y aquí voy a hacer una observación mía. Me ha sucedido a veces encontrarme ante semejantes casos, y he notado con frecuencia que los presentes, con buen fin o actitudes intransigentes no buenas, recriminan a los que se sienten desolados por haber perdido un pariente. Comparo esta actitud con la dulzura de Jesús que compadece el sufrimiento del huérfano y que no exige de él un heroísmo… ¡Cuánto hay que aprender del acto más mínimo de Jesús!  (Escrito el 25 de Mayo de 1946).
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7-444-65 (8-136-67).- “El Limbo (espera) será la purgación de los almas de los justos de otras religiones, desde su muerte hasta el fin del mundo”. Los muertos, hasta el fin del mundo, habitarán en 4 moradas.
* Razón de pertenecer a la Religión verdadera.- Dice Jesús: “Ahora voy a revelar una gran verdad. Recordadla. Transmitidla a vuestros sucesores. No esperéis siempre a que el Espíritu Santo aclarezca la verdad después de años o siglos de oscuridad. Escuchad. Tal vez diréis: «Pero entonces, ¿qué razón hay de pertenecer a la religión santa, si al fin del mundo seremos tratados de igual modo que los gentiles?». Os respondo: la misma razón que hay —y es verdadera justicia— para los que, aunque hubieran pertenecido a la religión santa, no serán bienaventurados porque no vivieron como santos. Un pagano virtuoso, que vivió virtuosamente, convencido de que su religión era buena, alcanzará el Cielo. ¿Cuándo? Al fin del mundo, cuando de las cuatro moradas en que pueden estar los muertos, queden solo dos: el Paraíso y el Infierno. Porque la Justicia, en ese momento, deberá conservar y dar estos dos reinos eternos, respectivamente, a quien del árbol del libre albedrío escogió los frutos buenos y a quien quiso los malos. Pero ¡cuánta espera antes de que un pagano virtuoso llegue a ese premio!… ¿No lo pensáis? Y esa espera, especialmente desde el momento en que la Redención, con todos los consiguientes prodigios, se realice, y el Evangelio sea predicado en el mundo, será la purgación de las almas que vivieron con justicia en otras religiones, pero que no pudieron entrar en la Fe verdadera, después de haberla conocido como existente, y efectivamente real. Ellos estarán en el Limbo durante siglos y siglos hasta el fin del mundo. ■ Los creyentes en el Dios verdadero, que no supieron ser heroicamente santos, en el largo Purgatorio, que para algunos podrá terminar en el fin del mundo. Pero después de la espera y expiación, los buenos, cualesquiera que fuera el lugar de donde vinieren, estarán a la derecha de Dios; los malvados, cualquiera que sea el lugar de donde vinieren, a la izquierda, y luego al horrible Infierno. El Salvador entrará con los buenos en el Reino eterno”. (Escrito el 30 de Mayo de 1946).
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(<Jesús y sus apóstoles están en Tiberíades en la casa del discípulo José, el barquero. Acaba de llegar también a esta casa la Virgen acompañada de María de Alfeo, en medio de una tormenta fuerte de agua. La Virgen ha asistido en Nazaret a la muerte de Ester, una madre matada por el dolor que le había infligido su hijo con su conducta.>)
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7-445-76 (8-137-78).- “La caridad de los que han muerto está alerta y cerca de cada uno”.
* La Virgen pide a Jesús  la curación del corazón de Samuel. Ella había prometido a la moribunda su intercesión ante su Hijo. ■ Embarradas en los bajos de los vestidos, pero secas en el resto del cuerpo, vese venir a la Virgen y María de Alfeo, junto con los cinco que fueron a acompañarlas. La sonrisa de la Virgen, mientras sube la pequeña escalera, es más hermosa que el arco iris que continúa en el firmamento. Tomás le avisa: “Maestro, tu Mamá”. Jesús le sale al encuentro y con Él todos los demás. Se congratulan mutuamente, porque aparte de un poco de barro en el borde de los vestidos, otra cosa no les pasó. Mateo dice: “Cuando comenzaban a caer las primeras gotas nos refugiamos en la casa de un hortelano”. Y pregunta: “¿Hace ya mucho que nos esperabais?”. Jesús: “No. Llegamos a eso del alba”. Andrés dice: “Hemos tardado por causa de una persona infeliz…”. ■ Pedro dice: “Bien. Ahora que estáis todos y que el cielo se abre, pienso que sería mejor irnos esta tarde a Cafarnaúm”. María, siempre condescendiente, dice: “No, Simón. No podemos partir si antes… Hijo mío, una mamá me pidió insistentemente para que Tú, que eres el único que puedes hacerlo, conviertas el corazón de su único hijo. Te lo ruego, escúchame, porque lo prometí… Perdónale… Tu perdón…”. Iscariote, pensando que María hablase de él (1), interrumpe: “Ya está concedido, María. Hablé ya con el Maestro…”. Virgen: “No me refiero a ti, Judas de Simón. Hablo de Ester de Leví, nazaretana, una madre a la que mató la conducta de su hijo. Jesús, ella murió en la noche que partiste. Ella te invocaba, pero no para sí, pobre mártir de un hijo infame, sino por él… pues las madres nos preocupamos no de nosotras, sino de nuestros hijos. Ella quiere que se salve su hijo Samuel… Pero ahora que ella ha muerto, su hijo víctima del remordimiento, parece un loco. No escucha ninguna de las razones… Pero Tú, Hijo, puedes sanar su inteligencia y su corazón…”. ■ Jesús: “¿Está arrepentido?”. Virgen: “¿Cómo quieres que lo esté si está desesperado?”. Jesús: “Tienes razón. Haber matado a su madre con darle continuos dolores debe hacerle a uno un desesperado. No se quebranta impunemente el primero de los mandamientos, el de amar al prójimo. Mamá ¿cómo quieres que perdone y que Dios conceda paz al matricida impenitente?”. Virgen: “Hijo mío, Ester quiere la paz de la otra vida… Era buena… sufrió mucho…”. Jesús: “Tendrá paz…”. Virgen: “No, Jesús, no puede tener paz un corazón de madre si ve que su hijo no la tiene”. Jesús: “Es justo que se vea privado de ella”. Virgen: “Tienes razón, Hijo. Así es. Pero para la pobre Ester… Sus últimas palabras fueron una súplica por su hijo… Me recomendó que te lo dijese. Jesús, Ester durante su vida jamás tuvo alegría, lo sabes muy bien. Dale ésta, ahora que ha muerto, dásela a su espíritu que sufre por su hijo”. Jesús: “Madre, Yo traté de convertir a Samuel las veces que he estado en Nazaret. Inútilmente hablé con él, porque en él el amor está apagado…”. Virgen: “Lo sé, pero Ester ofreció su perdón, sus sufrimientos, para que volviese a nacer el amor en Samuel. ¿Y quién sabe? Esto que sufre ahora ¿no podría ser señal de un amor que se despierta? Un amor envuelto en el dolor, y cualquiera podría decir: un amor inútil, ya que la mamá no puede verlo ni alegrarse de él. Pero Tú, también yo, sabemos, yo por la fe, Tú por el conocimiento, que la caridad de los que han muerto está atenta y cerca de uno. No se desinteresan y no ignoran lo que sucede, lo que pasa a los seres queridos que dejaron… Y Ester todavía puede alegrarse de este amor tardío que le profesa su hijo ingrato, que ahora se siente muerto por los remordimientos. ¡Jesús, sé que él te causa asco por el pecado que cometió! ¡Un hijo que odia a su madre! Un monstruo ante tus ojos que eres todo amor por la tuya, y por esto, porque eres todo amor por mí, escúchame. Regresemos juntos a Nazaret inmediatamente. No me cuesta nada el camino, ninguna cosa me molesta con tal de salvar un alma…”. Jesús: “Está bien. Ganaste, Mamá”. (Escrito el 3 de Junio de 1946).
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1  Nota  : Previamente, Judas Iscariote se había disculpado ante Jesús de otra de sus acostumbradas ausencias. Precisamente, en esta última correría de Judas, la Virgen que había ido a Tiberíades para solicitar a la romana Valeria la custodia de una niña, se había topado con un Judas, claramente borracho, que regresaba de algún banquete, con los vestidos sucios y  la cara desfigurada.
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(<Entre la comitiva de Jesús, se encuentra Sara, la mujer de Afeq, la viuda que pidió a Jesús en los suburbios del lago que le dejase el pequeño Alfeo –a quien Jesús había recogido–, cuya madre no lo quiere. Viene desde Ippo y se ha metido entre las discípulas, como si fuera una de ellas, y ha simpatizado tanto, que la consideran como una del grupo>)
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7-456-154 (8-148-152).- Lección para Sara, viuda de Afeq (1), llena de posesiones pero sin heredero.
“¿Qué valen las cosas de la Tierra respecto al Cielo? ¿Podría el día quejarse de que se ha apagado una vela, cuando lo ilumina el sol? ¿Qué quieres que puede ser, para uno que contempla a Dios, esta cárcel miserable que es la Tierra?”.- ■  En la falda del monte, el camino se divide en dos ramales: uno hacia el lago, el otro hacia el interior. Por este último van los cuatro borriquillos, con leve trote, levantando polvo del camino quemado por el cálido estío y meneando sus largas orejas. De vez en cuando, una de las mujeres se vuelve, a mirar si Jesús las alcanza. Quisieran detenerse para estar con Él, pero Jesús les hace con la mano una señal de que continúen, para alejarse del tramo del camino descubierto, ya invadido por el sol, y llegar pronto a los bosques que suben en dirección hacia Afeq, refrescantes bosques que tienden su sombra sobre el camino de caravanas. Alegres se introducen en ellos, con una exclamación de alivio. Afeq está más hacia el interior que Gamala. Entre los montes. Por eso, ya no puede verse el lago de Galilea; es más, ya no se ve nada, porque el camino sube entre dos prominencias de colinas que hacen de mampara. La viuda va delante de todos. Señala a Jesús el camino más corto, o sea, deja el camino de caravanas por una vereda que trepa por el monte, aún más fresca y sombría. Pero comprendo el motivo de esta desviación cuando, volviéndose sobre su silla, Sara dice: “Ved, estos bosques son míos. Tienen árboles de valor. Vienen a comprar su madera hasta de Jerusalén, para hacer las arcas de los ricos. Y éstos son los árboles viejos; pero tengo también viveros que se renuevan siempre. Venid a ver…” y espolea al borrico cuesta abajo y cuesta arriba, y otra vez abajo, siguiendo la vereda que hay entre sus bosques, donde, efectivamente, hay zonas de árboles maduros, ya en condiciones de ser talados, y zonas donde los árboles todavía están tiernos, a veces de pocos centímetros de altura, entre hierbas verdes que huelen a todos los aromas de las montañas.  Dice Jesús alabándola: “Son bellos estos lugares. Bien cuidados. Eres muy trabajadora”. Sara: “¡Oh!… para mí sola… Tendría más cuidado de ellos si tuviera un hijo”. Jesús no responde. Continúan el camino. Se ve ya Afeq en medio de huertos y de árboles frutales. Sara: “También ese huerto es mío. ¡Demasiado tengo para mí sola!… Ya era demasiado cuando todavía vivía mi esposo. Cuando llegaba la noche veíamos nuestra casa demasiado vacía, demasiado grande, y ante el dinero, demasiado, y ante los demasiados muebles, nos decíamos: «¿Y para quién?». Y ahora nuevamente lo digo…”.  La tristeza de un matrimonio en que no hay hijos se dibuja en el rostro de Sara. Jesús dice: “Hay siempre pobres…”. Sara: “¡Así es! Mi casa siempre está abierta a ellos. Pero luego…”. Jesús: “¿Quieres decir que cuando estés muerta?”. Sara: “Sí. Será doloroso no tener a quién dejar todo… las cosas que tanto se amaron…”. ■ En Jesús se dibuja una sombra de sonrisa llena de compasión. Con toda bondad responde: “Eres más sabia para las cosas de la Tierra, que para las del Cielo. Te preocupas porque tus plantas crezcan bien y no se formen calveros en tus bosques. Te afliges pensando que después ya no las cuidarán como ahora. Pero estos pensamientos son poco sabios; es más, son totalmente insipientes, necios. ¿Crees que en la otra vida tengan algún valor las pobres cosas que se llaman árboles, frutas, dinero, casas? ¿Y que se afligirá el hombre al ver que no se las atiende? Levanta tu pensamiento. Allá en ninguno de los tres lugares hay esta clase de pensamientos. En el Infierno, el odio y el castigo ciegan al condenado con toda la crueldad. En el Purgatorio, la sed de expiar hace desaparecer cualquier otro pensamiento. En el Limbo, la esperanza dichosa de los justos no es profanada por nada de carácter terreno. La Tierra queda lejos, con sus miserias; está cerca solo por sus necesidades sobrenaturales, necesidades de almas, no necesidades de cosas. Los difuntos no condenados, sólo por amor sobrenatural, vuelven su espíritu hacia la Tierra, y a Dios dirigen sus plegarias a favor de los que están en la Tierra;  no por otro motivo. Y luego, cuando los justos entren en el Reino de Dios, ¿qué quieres que puede ser, para uno que contempla a Dios, esta cárcel miserable, este destierro que se llama «Tierra»?, ¿qué quieres que valgan las cosas que se quedaron en ella? ¿Podría el día quejarse de que se ha apagado una vela que humeaba, cuando le ilumina el sol?”.  Sara: “¡Oh, no!”. Jesús:  “¿Entonces? ¿Por qué te acongojas por lo que dejarás?”.
* Se es madre sobre todo cuando se tiene cuidado de lo que no muere nunca: el espíritu”.-Sara: “Pero querría que un heredero continuase…”. Jesús: “A gozar de las riquezas terrenas y así encontrar un impedimento para llegar a ser perfecto, entre tanto que el despego de las riquezas es una escalera para poseer las eternas riquezas. ¿Comprendes, Sara? El mayor obstáculo para que logres tener a este pequeñín no es su madre, que tiene derechos sobre su hijo, sino tu corazón. Él es un inocente, un pequeñín digno de compasión, pero siempre un inocente que por sus mismos sufrimientos es amado por el Señor. Pero si tú le hicieras avaro, ambicioso, y tal vez vicioso con las riquezas que tienes ¿no le quitarías el amor que Dios le tiene? ¿Y podría Yo, que cuido de estos inocentes, ser un atolondrado maestro que, sin reflexionar, permitiera que un inocente, discípulo suyo, se extraviara? Primero piensa en ti misma, despójate de tu modo humano de pensar, aún demasiado vivo, vete libre de esa capa de humanidad que te oprime, y entonces merecerás poder ser madre. ■ Porque no es madre solo la que engendra o la que ama a un hijo adoptivo y le cuida y atiende en sus necesidades naturales. La madre de Alfeo también le engendró. Pero ella no es madre, porque no tiene cuidado ni de su cuerpo ni de su espíritu. Se es madre cuando se tiene cuidado, sobre todo, de lo que no muere nunca, o sea, del espíritu, y no tan solo de lo que muere, o sea, la materia. Y créeme, mujer,  que quien ame el espíritu, amará también el cuerpo, porque su amor será un amor justo y, por lo tanto, será justo”. Sara: “Comprendo que he perdido el hijo…”. Jesús: “Nadie ha dicho eso. Que tu deseo te empuje hacia la santidad y Dios te escuchará. Siempre habrá huérfanos en el mundo”. (Escrito el 13 de Julio de 1946).
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1  Nota  : Cfr.  Personajes de la  Obra magna: Sara de Afeq
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(<Jesús, en el Templo, en  el día más festivo de los Tabernáculos,  recuerda al Profeta Ezequiel que habla de una terrible visión: la de los huesos secos>)
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7-491-409 (8-186-392).- Jesús habla de la resurrección de los muertos vista por Ezequiel.
* “Al toque de trompeta angélica, sobre un mundo muerto, la tierra arrojará de sus entrañas los huesos y tendrá lugar la resurrección de los muertos para el Juicio Final”.- ■ Dice Jesús: “Aquel que vio la teofanía del Señor, el gran Ezequiel (1), que fue sacerdote y profeta, después que en visión vio los actos impuros que se cometían en la casa profanada del Señor (2), después de haber visto en visión que sólo los señalados con la Tau (3) vivirán en la verdadera Jerusalén, mientras que los demás conocerán más de un exterminio, más de una condena, más de un castigo —y el tiempo está cercano, oh vosotros que me escucháis, está más cercano de lo que os imagináis; por lo cual, os exhorto como Maestro y Salvador a no tardar más en signaros con el signo que salva;  a no tardar más en introducir en vosotros la Luz y la Sabiduría; a no tardar más en arrepentiros y llorar por vosotros y por los demás, para que os podáis salvar—, Ezequiel, después ver estas visiones, habla de una terrible visión: La de los huesos secos (4). ■ Llegará un día que sobre un mundo muerto, bajo un firmamento apagado, aparecerán huesos y más huesos de muertos al toque de la trompeta angélica. Como un vientre que se abre para parir, así la Tierra arrojará de sus entrañas todos los huesos de seres humanos donde los hubiere, desde los de Adán hasta los del último muerto. Y se producirá entonces la resurrección de los muertos para el grande y supremo Juicio final, después del cual, como una manzana de Sodoma, el mundo se vaciará, reduciéndose a la nada, y el firmamento se acabará con sus astros. Todo se acabará, menos dos cosas eternas, separadas en las extremidades de dos abismos de una profundidad incalculable, completamente diversos por su aspecto y forma, y por el modo con que en ellos continuará para siempre la potencia de Dios: el Paraíso: luz, alegría, paz, amor; el Infierno: tinieblas, dolor, horror, odio”. (Escrito el 13 de Septiembre de 1946).
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1  Nota  :  Cfr.  Ez.  1;10.   2  Nota  :  Cfr.  Ez.  8.   3  Nota  :  Cfr.  Ez.  9.   4  Nota  :  Cfr. Ez.  37,1-14.
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———– ( 9-190-411).-  María Stma. en la hora de la muerte.
* “Ella con sus caricias os guía mejor que Yo. Su tocar, un sello ante el que Satanás huye”.- ■ Dice Jesús a María Valtorta: “Quédate en paz, María de María, y no quieras volver a faltar más ni siquiera en las cosas más insignificantes. Bajo el manto de María no hay más que cosas puras. Recuérdalo. Un día María mi Madre te dijo: «Yo ruego con lágrimas a mi Hijo». Y en otra ocasión: «Dejo a mi Jesús el cuidado de que me amen… Cuando me amáis vengo. Y mi llegada siempre es alegría y salvación».  ■ Mi Madre te ama. Te he entregado a Ella. Más bien te llevé conmigo, porque sé que donde puedo obtener lo que quiero con mi autoridad, Ella os guía con sus caricias amorosas y os lleva mejor que Yo. Su tocar es un sello delante del que huye Satanás. Tienes ahora su hábito y si eres fiel a las oraciones de ambas Ordenes (1) medita diariamente sobre toda la vida de nuestra Madre. Sus alegrías, sus dolores son mis alegrías, mis dolores, porque desde el momento en que el Verbo se hizo Jesús en Ella, me he alegrado y llorado por los mismos motivos que Ella”.
* Quien expira en Ella no oye más que los coros de las voces angelicales, no ve tinieblas sino los rayos de la Estrella matutina, no ve lágrimas sino su sonrisa”.-Jesús: “Mira, pues, que amar a María es amar a Jesús. Es amarle más fácilmente. Porque Yo te hago que lleves la cruz y te pongo sobre ella. Por el contrario, mi Madre te lleva a la cruz o está a los pies de la cruz para recibirte sobre el corazón que no sabe otra cosa más que amar. Aun en la muerte, el seno de María es más dulce que la cuna. Quien expira en Ella no oye más que las voces de los coros angelicales que vuelan alrededor de María. No ve tinieblas sino los rayos de la Estrella matutina. No ve lágrimas, sino su sonrisa. No conoce el miedo. ¿Quién se atreverá a arrebatar de nosotros, de los brazos de María al moribundo que amamos y que es nuestro? ■  No me des «gracias» a Mí. Dáselas a Ella que no ha querido acordarse de otra cosa, fuera del poco bien que has hecho y del amor que tienes por Mí y que por eso te quiere, para poner bajo sus pies, lo que tu buena voluntad no logra hacerlo. Grita: «¡Viva María!». Y quédate a sus pies, a los pies de la Cruz. Te adornarás tu vestido con rubíes de mi Sangre y de perlas de su llanto. Tendrás un vestido de reina para entrar en mi Reino.  Quédate en paz. Te bendigo”. (Escrito el 20 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : Esto es,  de la Orden de San Francisco y de la Orden de los Siervos de María, de los cuales, con permiso de la Autoridad Eclesiástica, María Valtorta es terciaria al mismo tiempo.
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8-519-135 (9-216-564).- “Entre la última agonía y la muerte hay tiempo de obtener el perdón para un alma”.
* Dios, el Omnipotente, el Todo, espera a que una criatura, una nada, haga o no haga un sacrificio, una oración, para firmar o no firmar la condenación de un alma”.- ■ Dice Jesús: “Muchas veces Dios acepta el sacrificio de un corazón —que se supera sus náuseas y sus rencores, sus antipatías, incluso justificadas— para sacar a un alma del pantano en que está sumergida. Os lo digo. Es verdad. Muchas veces Dios, el Omnipotente, el Todo, espera a que una criatura, una nada, haga o no haga un sacrificio, una oración, para firmar o no firmar la condenación de un alma. ■ Jamás es tarde. Jamás es demasiado tarde para intentar y esperar salvar un alma.  Y os daré pruebas de ello. Incluso a las puertas de la muerte, cuando tanto el pecador como el justo que por él se preocupa, están próximos a dejar la Tierra para ir al primer juicio de Dios, siempre es posible salvar y ser salvados. Entre la copa y los labios, dice el proverbio, hay siempre lugar para la muerte. Y Yo os digo: entre la última agonía y la muerte hay siempre tiempo para obtener un perdón, para uno mismo o para aquellos que queremos que sean perdonados”. Nadie replica. (Escrito el 28 de octubre de 1946).
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(<Jesús, acompañado de sus discípulos, se encuentra en la casa de Zaqueo quien ha reunido a algunos amigos dispuestos a seguir a Jesús dejando su vida depravada. Jesús ha respondido a las preguntas sobre el alma y acaba de desvelarle a Demetes, el que formulaba las preguntas, los diferentes oficios que éste ejercía>)
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8-524-175 (9-221-602).- Jesús, con el ex-publicano Zaqueo y sus amigos ahora seguidores de Jesús, habla sobre reencarnación: doctrina pitagórica.
* No hay reencarnación… pero sí es posible volver a crearse a sí mismo. Las almas, después de su viaje por Tierra, no vuelven ya jamás a la Tierra en ningún cuerpo”.-  ■ Demetes le dice admirado: “Verdaderamente eres un vidente, Maestro. No. No he sido solamente un cambista, como has dicho… Es más, éste ha sido el último peldaño de mi bajada… Dime, Maestro, si el alma es reina ¿por qué no reina y no frena el mal pensamiento y la carne del hombre?”. Jesús: “Al frenar o domar quitaría la libertad y el mérito. Sería una opresora”. Demetes: “Pero también el pensamiento y la carne oprimen al alma —hablo de mí, de nosotros— y la hacen esclava muchas veces. Por esto, si está en nosotros como esclava, te pregunto ¿cómo puede permitir Dios que una cosa tan sublime —la definiste «hálito de Dios e imagen suya»— se humille hasta obedecer lo que es inferior?”. Jesús: “El pensamiento divino quería que el alma no conociese la esclavitud. Pero ¿olvidas al enemigo de Dios y del hombre? Los espíritus infernales a vosotros también os son conocidos”. Demetes: “Sí, y todos con crueles deseos. Puedo afirmar que, recordando al niño que era yo,  solo a estos espíritus infernales puedo atribuir el hombre que vine a ser y que he sido hasta los umbrales de la vejez. Ahora encuentro otra vez a aquel niño pequeño que perdió el camino de aquellos años. ■ ¿Podré hacerme tan niño como para volver a la pureza de entonces? ¿Se puede retroceder en el tiempo?”. Jesús: “No se puede. Imposible. Tiempo pasado, tiempo que jamás regresa. No puede uno volver a él, mas no es necesario.  Algunos de vosotros sois de lugares donde se conoce la teoría de la escuela pitagórica. Teoría de errores. Las almas, después de su viaje por la Tierra, no vuelven ya jamás a la Tierra en ningún cuerpo. Ni de animal, pues no es conveniente que una cosa tan sobrenatural, venga a vivir en el cuerpo de un animal; ni de hombre, porque ¿cómo podría premiarse al cuerpo reunido con el alma en el último Juicio, si esa alma hubiera tenido diversos cuerpos, cual vestidos? Dicen los seguidores de tal teoría que es el último cuerpo el que goza, porque, a través purificaciones, en sucesivas vidas, el alma sólo en la última reencarnación alcanza el estado perfecto digno de premio. ■ ¡Error y ofensa!  Es un error y ofensa contra Dios: porque se admite que Dios no ha podido crear sino un número limitado de almas; error y ofensa contra el hombre, al juzgarle tan corrompido que difícilmente puede ser premiado. No recibirá el premio inmediatamente; la mayor parte de las veces deberá sufrir una purificación al final de la vida (1). Pero purificación es prepararse al gozo. Por tanto, quien se purifica es uno que ya se ha salvado. Y, una vez salvado, gozará, pasado el último Día, con su cuerpo. No podrá tener más que un cuerpo para su alma, ni más de una vida aquí, y, con el cuerpo que le hicieron sus procreadores y el alma que le creó el Creador para vivificar a la carne, gozará el premio. No se hace posible la reencarnación ni la retrocesión en el tiempo. Pero sí se hace posible volver a crearse a sí mismo con actos de libre voluntad, y Dios bendice a estas voluntades y las ayuda”. (Escrito el 3 de Noviembre de 1946).
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1  Nota  : Cfr. 2  Mac. 12,38-46.  Aquí y en otros sitios de la Obra se habla del tiempo que precedió a la resurrección de Jesús y de que dejó de existir el Limbo de los Patriarcas. Las oraciones de los difuntos de las que se hace mención en el 2º de los Macabeos, supone la existencia de almas que no solo estaban en espera de que fuesen abiertas la puertas del Cielo, sino que tenían necesidad y eran capaces de purificación.
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(<Jesús ha acudido a la sinagoga de los libertos romanos atendiendo al ruego de un desconocido>)
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8-534-253 (9-231-679).- En la sinagoga de los libertos romanos, Jesús consuela a Sira que ha perdido a su esposo y hace una invitación a la Vida y a la Resurrección bienaventurada.- Ha llegado la hora en que Israel quedará dividido entre los vivos y los muertos.
* “Tu esposo no ha muerto, mujer. Quien cree en Mí, vive”.- ■ La sinagoga de los romanos (1) se encuentra justo enfrente del Templo, cerca del Hípico. Hay un grupo de gente que está en espera de Jesús, y, cuando le señalan a la entrada de la calle, unas mujeres son las primeras que corren a su encuentro. Jesús viene con Pedro y Judas Tadeo. El desconocido le saluda: “Salve, Maestro. Te doy las gracias por habernos escuchado. ¿Entras ahora en la ciudad?”. Jesús: “No. Estoy ya en ella desde la hora primera. He estado en el Templo”. Desconocido: “¿Al Templo? ¿No te han ofendido?”. Jesús: “No. Era de mañana y nadie me esperaba”. Desconocido: “Te había mandado a llamar por ese motivo… y también porque aquí hay gentiles que quisieran oírte hablar. Desde hace días van al Templo a esperarte. Pero se han burlado de ellos e incluso los han amenazado. También yo ayer estuve allí y comprendí que se te espera para ofenderte. He mandado hombres a todas las puertas. Con dinero todo se puede…”. Jesús: “Te lo agradezco. Pero Yo, Rabí de Israel, no puedo no subir al Templo. ¿Quiénes son estas mujeres?”. Desconocido: “Mi liberta Tusnilde. Dos veces bárbara, Señor. De los bosques de Teotuburgo. Botín de esas imprudentes avanzadas que tanta sangre han costado. Mi padre se la regaló a mi madre, y ella a mí, para mi boda. De sus dioses a los nuestros. De los nuestros a Ti, porque ella hace lo que yo hago. Es muy buena. Las otras que te esperan son mujeres de los gentiles. De muchas partes. Tienen muchos problemas. Vinieron con las naves de sus maridos”. Jesús: “Entremos en la Sinagoga…”. ■ El sinagogo, de pie en el umbral, se inclina y se presenta: “Matatías Sículo, Maestro. A Ti alabanzas y bendiciones”. Jesús: “La paz sea contigo”. El viejo sinagogo le dice: “Entra. Cierro la puerta para estar tranquilos. Tanto es el odio, que los ladrillos son ojos y las piedras oídos para observarte y denunciarte, Maestro. Tal vez son mejores éstos que, con tal de que no se toquen sus intereses, no se meten con nosotros”. ■ Va caminando al lado de Jesús para llevarle, pasado un pequeño patio, a una amplia estancia, que es la sinagoga. Jesús le aconseja: “Matatías, curemos primero a los enfermos. Su fe es digna de su premio”, y pasa de mujer en mujer imponiendo sus manos. ■ Jesús, que ya había pasado adelante, se vuelve sonriendo hacia una mujer y pregunta: “¿Eres Siria?”. La mujer responde: “Fenicia, Señor. Más allá de Sidón. Vivimos en las orillas del Tamiri. Tengo diez hijos y dos hijas. Una se llama Sira y la otra Tamira. Sira ha enviudado. Es muy joven. Así que, siendo ya libre, se ha establecido en casa de su hermano, aquí en la ciudad, y es  seguidora tuya.  Ella nos dijo que Tú lo puedes todo”. Jesús:  “¿No vino contigo?”. La mujer: “Sí, señor. Está ahí detrás de esas mujeres”. Jesús ordena: “Acércate”. La joven, temerosa, se acerca. Jesús le dice con voz suave: “Si me amas, no debes tener miedo de Mí”. Sira: “Te amo. Por esto dejé Alejandrocena. Pensé que podría oírte una vez más… y que aprendería a aceptar mi dolor…”. Llora. Jesús le pregunta: “¿Cuánto tiempo hace que te quedaste viuda?”. Sira: “A finales de vuestro Adar… Si hubieras estado, Zeno no hubiera muerto. Él lo decía… porque te había oído hablar y creía en Ti”. Jesús: “Entonces no ha muerto, mujer. Quien cree en Mí, vive”.
.  ●  Obreros desde la hora primera y obreros de una sola hora, su última hora, en la que habrán alcanzado la perfección heroica de la caridad.-Jesús: “La verdadera vida no es este día en que vive el cuerpo. La vida es la que se alcanza creyendo y siguiendo en pos de quien es Camino, Verdad, Vida y obrando según lo que he enseñado. Aunque este creer y seguir fuera durante poco tiempo, y obrar por poco tiempo, un tiempo pronto truncado por la muerte del cuerpo, aunque fuese un solo día, una sola hora, en verdad te digo que esa criatura ya jamás conocerá la muerte. Porque mi Padre, y Padre de todos, no tendrá en cuenta el tiempo transcurrido en mi Ley y Fe, sino la voluntad del hombre de vivir hasta la muerte en esa Ley  y Fe. Yo prometo la Vida eterna a quien cree en Mí y obra según lo que enseño, amando a su Salvador, propagando este amor, practicando, mientras puede, mis enseñanzas. Los obreros de mi viña son todos los que vienen a decir: «Señor, acéptame entre tus trabajadores», y siguen con la misma voluntad hasta que mi Padre juzga que terminó su jornada. En verdad, en verdad os digo que habrá obreros que trabajarán una sola hora, su última hora, y que tendrán más inmediato el premio que aquellos que hayan trabajado desde la primera, pero siempre con tibieza, movidos al trabajo sólo por la idea de no merecer el Infierno, o sea movidos por el miedo al castigo. No es éste el modo de trabajar que mi Padre premia con una gloria inmediata. A esta clase de tipos egoístas, que tiene prisa en hacer el bien pero sólo aquel bien que baste a librarles del castigo eterno, el Juez divino les hará expiar ampliamente. Tendrán que aprender, a sus propias expensas, después de una larga expiación, a estar prontos en el amor, y en un verdadero amor, que no busca sino la gloria de Dios. Aún más, os diré que en el futuro, muchos serán, sobre todo entre los gentiles, los obreros de una sola hora, y aún menos, que entrarán en mi Reino porque en aquella hora única de correspondencia a la gracia que les invitaba a trabajar en la viña de Dios,  habrán alcanzado la perfección heroica de la caridad”.
.   ●  “Tu marido no ha muerto. No le has perdido.  Y debes prepararte para las verdaderas bodas inmortales con aquel por el que ahora lloras”.-Jesús: “Ten, pues, ánimo mujer. Tu marido no ha muerto, sino que vive. No le has perdido; solamente está separado de ti un tiempo. Ahora tú, como esposa que no hubiera entrado todavía en casa del esposo, debes prepararte para las verdaderas bodas inmortales con aquel que lloras. ¡Oh, dichosas nupcias de dos corazones que se han santificado, que se unen de nuevo, para siempre, donde no existe ya la separación ni el temor de no amarse, ni el dolor, en donde los corazones se regocijarán en el amor de Dios y en el amor mutuo! La muerte para los justos es verdadera vida, porque ya nada podrá amenazar la vitalidad de su espíritu, o sea, la de permanecer en la Justicia. No lamentes ni llores, Sira, lo que es caduco. Levanta tu corazón y ve las cosas con justicia y verdad. Dios te ha amado salvando a tu consorte del peligro de que las obras del mundo destruyeran su fe en Mí”. Sira: “Me has consolado, Señor. Viviré como me has dicho. Sé bendito, y contigo tu Padre para siempre”.
* Cumplido el Sacrificio, se abrirán las cortinas sagradas y las puertas celestes, e inútil será poner un velo —ya no estará más presente con su gloria en el Debir— entre el Incognoscible y los mortales. Aquellos que fueron justos, —vestidos con el vestido de luz que tendrán hasta que sus cuerpos sean llamados al júbilo—, con el Primogénito a la cabeza, volverán al lugar a donde había sido destinados. ■ Jesús hace ademán de seguir adelante, y el sinagogo pregunta: “¿Puedo hacerte una objeción, sin que te parezca ofensa?”. Jesús: “Habla. Estoy aquí cual Maestro para dar sabiduría a quien me preguntare”. Sinagogo: “Has dicho que algunos serán gloriosos enseguida en el Cielo. ¿No acaso está cerrado? ¿No acaso están los justos en el Limbo en espera de entrar en el Cielo?”. Jesús: “Así es. El Cielo está cerrado y lo estará hasta que el Redentor lo abra. Pero su hora ha llegado. En verdad te digo que el día de la Redención ya clarece en el oriente, y pronto estará en su zenit. En verdad te digo que no vendrá otra fiesta después de ésta, antes de ese día. En verdad te digo que estando ya en la cima del monte de mi sacrificio fuerzo ya las puertas… Mi sacrificio ya me empuja sobre las puertas del Cielo, porque está ya en acción. Cuando esté cumplido, —¡recuérdalo, oh hombre!— se abrirán las sagradas cortinas y las celestes puertas. Porque Yeové ya no estará más presente con su gloria en el Debir (2), e inútil será poner un velo entre el Incognoscible y los mortales, y los hombres que nos han precedido y que fueron justos volverán al lugar a donde habían sido destinados, con el Primogénito a la cabeza, que ha perfeccionado todo en cuerpo y en espíritu, y sus hermanos vestidos con el vestido de luz que tendrán hasta que sus cuerpos sean llamados al júbilo”.
.   ●  Doble resurrección: la 1ª: a la Vida y en la Vida, o sea, en la Gracia que es Vida, para aquellos que acogen la palabra del Verbo que es Vida;  y la 2ª: la Universal, en la que los huesos calcinados y dispersos volverán a estar frescos y cubiertos de nervios, carne y piel.- ■ Jesús toma el tono de canto, propio de cuando un sinagogo o un rabí repite palabras bíblicas o recita salmos, y dice: “Y Él me dijo: «Profetiza a estos huesos y diles: ‘Huesos secos, escuchad la palabra del Señor… Yo infundiré en vosotros el aliento y viviréis. Pondré alrededor vuestro los nervios, haré crecer a vuestro alrededor las carnes, haré que vuestra piel aumente, la alargaré, os daré el aliento y viviréis y sabréis que soy el Señor… Ved que abriré vuestras tumbas… Os sacaré de los sepulcros… Cuando haya introducido en vosotros mi aliento, tendréis vida y os haré descansar en vuestra tierra’»(3). Toma de nuevo el tono de su voz habitual, baja sus brazos —los había extendido hacia delante—, continua: ■ “Son dos estas resurrecciones de lo seco, de lo muerto, a la vida. Dos resurrecciones que están encerradas en las palabras del profeta. La primera es la resurrección a la Vida y en la Vida, o sea, en la Gracia que es Vida, para todos aquellos que acogen a la Palabra del Señor, al Espíritu engendrado por el Padre, que es Dios como el Padre del que es Hijo, y que se llama Verbo, el Verbo que es Vida y da la Vida. Esa Vida de la que todos tienen necesidad y de la que Israel está privado tanto como los gentiles. Porque, si para Israel hasta ahora era suficiente para tener la Vida eterna tener esperanza en la Vida (la Vida que viene del Cielo) y esperarla;  de ahora en adelante, para tener Vida, Israel deberá acoger a la Vida. En verdad os digo que aquellos de mi pueblo que no me acogen a Mí-Vida no tendrán Vida, y mi venida será para ellos razón de muerte, porque habrán rechazado a la Vida que venía a ellos para comunicarse. ■ Ha llegado la hora en que Israel quedará dividido entre los vivos y los muertos. Es la hora de elegir, y de vivir o morir. La Palabra ha hablado, ha mostrado su origen, su poder, ha curado, enseñado, resucitado, y en breve habrá cumplido su misión. No hay más excusa para los que no se acercan a la Vida. El Señor pasa. Una vez pasado, no vuelve. No regresó a Egipto a devolver la vida a los hijos primogénitos de aquellos que le habían escarnecido y avasallado en sus hijos. No volverá tampoco esta vez, cuando la inmolación del Cordero haya decidido las suertes. Los que no me acogen antes de mi Paso, y me odian y odiarán, no tendrán sobre su espíritu mi Sangre para santificarlos, y no vivirán, y no tendrán a su Dios con ellos para el resto de su peregrinaje sobre la tierra. Sin el divino Maná, sin la nube protectora y luminosa, sin el Agua que viene del Cielo, privados de Dios, andarán vagando por el extenso desierto de la Tierra, por toda la Tierra, toda ella un desierto si para quien la recorre falta la unión con el Cielo, la cercanía del Padre y el Amigo: Dios. ■ Hay una segunda resurrección, la universal, en la que los huesos, calcinados y dispersos por tantos siglos, volverán a estar frescos y cubiertos de nervios, carne y piel. Y se verificará el Juicio. El cuerpo y el corazón de los justos se alegrará con el espíritu en el Reino eterno; y el cuerpo y el corazón de los condenados sufrirán con el espíritu en un castigo eterno. ■ Te amo, Israel;  te amo, Jerusalén;  te amo, ¡oh Humanidad! Y a causa de este amor os invito a la Vida y a la Resurrección bienaventurada”. ■ Los que se encuentran en la amplia estancia están como fascinados. No hay distinción entre el estupor de los hebreos y el de los otros, de otros lugares y religiones; es más, yo diría que los más reverentemente asombrados son los extranjeros. (Escrito el 26 de Noviembre de 1946).
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1  Nota  : Cfr.  Hech. 6,9; 1 Cor. 7,17-24, sobre todo el versículo 22.   2  Nota  :  Debir,  esto es,  “El Santo de los santos” que estaba en la parte más sagrada del Templo.   3  Nota  : Cfr. Ez 37.
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9-571-138 (10-32-227).- Juan Bautista comprendía la belleza y razón del morir para dar a otros la justicia.- En Siquem.
* Es necesario el sacrificio para hacer fértiles a los corazones”.- ■ Ahí está Siquem, hermosa y adornada. Hay muchos samaritanos que se dirigen a su templo. También hay peregrinos de todas partes que van al Templo de Jerusalén. El sol baña la ciudad, que se extiende sobre las laderas orientales del Garizim, que la supera por el extremo occidental. El verdor del monte contrasta con la blancura de la ciudad. A su nordeste el Ebal, lleno de bosques, parece protegerla de los vientos del norte. La región es fértil por la riqueza de aguas que bajan desde las vertientes de los montes y se dirigen en forma de ríos, alimentados por innumerables arroyuelos, hacia el Jordán. Los jardines y los huertos se ven espléndidos. Todas las casas están adornadas de verdor, de flores, ramas que arrojan sus pequeños frutos. Si uno vuelve sus ojos, por todas partes no notará más que verdor de olivos, viñedos, huertas, y el amarillear de los campos cargados de trigo, que cada vez más ostentan sus espigas maduras que, el sol y el viento, hacen que tomen su color de oro blanquecino. Verdaderamente las «mieses» en los campos amarillean, como dice Jesús, después de haber sido «blanquecinas» cuando nacían, y luego se cubrían de un color verde cual preciosa esmeralda. Ahora el sol las prepara para resistir a la muerte, después de haberlas preparado para la vida. Estas espigas, llenas de vida, son las que con su alimento darán vida al hombre, y que de su muerte surgirá el verdor de una nueva primavera. ■ Jesús, que ha hablado de esto entrando en la ciudad y señalando el lugar del encuentro con la Samaritana (1), y aludiendo a aquella conversación lejana, dice a sus apóstoles, a todos menos a Juan que siempre acompaña a la Virgen que está muy afligida: “¿Y no se cumple ahora lo que entonces dije? En aquella ocasión entramos aquí desconocidos y solos. Sembramos. Ahora: ved qué mies ha nacido de aquella semilla. Seguirán creciendo y vosotros la segaréis. Y otros, además de vosotros, cosecharán…”. Felipe pregunta: “¿Y Tú no, Señor?”. Jesús: “Yo he cosechado donde sembró mi Precursor. Y luego he sembrado para que vosotros cosechaseis y sembraseis con la semilla que os di. Pero así como Juan no cosechó lo que sembró, así tampoco Yo. Somos…”. Judas Tadeo pregunta ansioso: “¿Qué, Señor?”. Jesús: “Las víctimas, hermano mío. Es necesario el sudor para hacer que sean fértiles los campos. Es necesario el sacrificio para hacer fértiles los corazones. Nos levantamos, trabajamos, morimos. Otro, después de nosotros, tomará nuestro puesto, trabajará, morirá… Y otro cosechará, lo que nosotros habremos regado con nuestra muerte”. Santiago de Zebedeo exclama: “¡Oh, no! ¡No lo digas, Señor mío!”. Jesús: “¿Tú que fuiste discípulo de Juan, me lo dices? ¿No recuerdas las palabras de tu primer maestro? «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya». Él comprendía la belleza y la razón del morir para dar a otros la justicia. No seré inferior a él”. ■ Santiago de Zebedeo: “Pero Tú, Maestro, ¡Tú eres Dios! Él era un hombre”. Jesús: “Soy el Salvador. Como Dios debo ser más perfecto que el hombre. Si Juan, simple mortal, tuvo valor de empequeñecer para que naciera el verdadero Sol, no debo empañar la luz de mi Sol con nubes de cobardía. Debo dejaros un recuerdo limpio de Mí, para que sigáis adelante, para que el mundo crezca en la idea que he traído. El Mesías se irá, regresará al lugar de donde vino, y desde allá os amará siguiéndoos en vuestro trabajo, preparándoos el lugar que será vuestro premio. Pero mi doctrina se queda, crecerá con mi partida… y con la de todos aquellos que, sin apegarse al mundo y a la vida terrena, sepan, como Juan y como Jesús, marcharse… morir para que otros vivan…”.
* (Si el morir produce justicia) “¿Reconoces entonces que sea justo que te den muerte?”.- ■ Iscariote pregunta casi con ansias: “¿Entonces reconoces que sea justo que te den muerte?…”. Jesús: “No encuentro justo que me den muerte. Reconozco justo morir en aras de lo que mi sacrificio producirá. El homicidio será siempre homicidio para quien lo lleva acabo, aunque tenga valor y aspecto distinto en relación al que lo sufre”. Iscariote: “¿Qué quieres decir?”. Jesús: “Quiero decir que si alguien mata, porque se ve obligado a hacerlo, como el soldado en la batalla, el verdugo que obedece al magistrado, o el que se defiende de un ladrón, no mancha su alma con el homicidio pero el que sin necesidad y orden de nadie mata a un inocente o coopera a su muerte, irá delante de Dios con la cara horrible de Caín”. Pedro: “¿Pero no podríamos hablar de otra cosa? El Maestro sufre con ello; tú pones ojos de atormentado; a nosotros nos parece que estamos en la agonía. Si su Madre oyera, lloraría. Debajo de su velo está llorando ya. ¡Hay tantas cosas de qué hablar!…”. (Escrito el 1 de Marzo de 1947).
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1  Nota  : Cfr. Ju. 4,1.
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(<Jesús acaba de comunicar a Lázaro la traición de Judas y su próxima muerte, en cruz>)
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9-587-270 (10-6-349).- “Lázaro, tú que estuviste muerto y fuiste resucitado, dime ¿qué cosa es el  morir?”.
* Yo me sentiré morir. Ya estoy muriendo. Como un enfermo que no tiene remedio, he estado muriendo en estos treinta y tres años”.- La agonía es el prepurgatorio de los moribundos.- ■ Jesús le dice: “Ahora escucha, Lázaro, fiel amigo. Te voy a pedir algunos favores. Nunca me has negado ninguno. Tu amor ha sido tan grande que, sin faltar jamás al respeto, ha sido siempre activo a mi lado, con mil ayudas, con muchas prudentes y oportunas ayudas y con sabios consejos, que Yo siempre acepté porque vi en tu corazón un verdadero deseo de mi bien”. Lázaro: ¡Oh, Señor mío, mi alegría era pensar en Ti! ¿Qué otra cosa puedo hacer sino preocuparme por mi Maestro y Señor? ¡Muy poco, muy poco me has permitido que hiciera yo por Ti! Mi deuda hacia Ti, que has devuelto a María a mi amor y a mi honor, y a mí a la vida, es tal, que… Oh, ¿por qué me has mandado llamar de la muerte para hacerme vivir esta hora? Todo el horror de la muerte y toda la angustia de mi alma, tentado por Satanás al miedo, en el momento en que iba a presentarme ante el Juez eterno, ya los había superado, ¡y había oscuridad!… ¿Qué te pasa, Jesús? ¿Por qué te estremeces y te pones más pálido aún de lo que ya de por sí estás? Tu rostro está más pálido que esta blanca rosa que se marchita bajo los rayos de la luna. ¡Oh, Maestro! Parece como si la sangre y la vida se te fueran acabando…”. Jesús: “En realidad me siento como uno que está muriendo con las venas abiertas. Toda Jerusalén —y quiero decir con ello «todos mis enemigos de entre los poderosos de Israel»— está pegada a Mí con sus ávidas bocas y me extrae la vida y la sangre. Quieren silenciar la Voz que durante tres años los ha atormentado, aunque sin dejarlos de amar… porque cada una de mis palabras, aunque era una palabra de amor, era una sacudida que invitaba a su alma a despertar, y ellos no querían oír a esta alma suya, porque la han amarrado con su triple sensualidad. ¡Y no solo los grandes!… sino toda, toda Jerusalén, muy pronto, va a ensañarse con el Inocente y pedir su muerte… y con Jerusalén Judea… y con Judea Perea, Idumea, la Decápolis, Galilea, Siro-fenicia… todo, todo Israel reunido en Sión para el «Paso» del Mesías de esta vida a la muerte… ■ Lázaro, tú que estuviste muerto y fuiste resucitado, dime ¿qué cosa es el  morir? ¿Qué experimentaste? ¿De qué te acuerdas?”. Lázaro: “¿El morir?… No recuerdo exactamente lo que fue. Después de los grandes sufrimientos, me sobrevino un fuerte desfallecimiento… Me parecía que no sufría más, y que tenía un profundo sueño… La luz, los ruidos se hacían cada vez débiles, más lejanos… Dicen mis hermanas y Maximino que daba muestras de que sufría mucho… Pero yo no me acuerdo…”. Jesús: “Entiendo. La piedad del Padre amortigua en los agonizantes su capacidad intelectual, de modo que sufren únicamente en el cuerpo, que es el que debe ser purificado por este prepurgatorio que es la agonía. Pero Yo… ¿Y de la muerte qué recuerdas?”. Lázaro: “Nada, Maestro. Tengo un espacio oscuro en el espíritu. Una zona vacía. Tengo una interrupción, que no sé cómo llenar, en el curso de mi vida. No tengo recuerdos. Si mirase en el fondo de ese agujero negro que me tuvo durante cuatro días, a pesar de ser ya de noche y de estar en la sombra, sentiría —no vería, pero sí sentiría—, el frío húmedo salir desde sus entrañas y sacudir mi cara. Lo cual es ya una sensación. Pero yo, si pienso en esos cuatro días, no tengo nada. Nada. Esa es la palabra”. Jesús: “Claro. Los que regresan no pueden contar… El misterio se revela poco a poco a quien  entra en él. Pero Yo, Lázaro, sé lo que voy a sufrir. Sé que sufriré con pleno conocimiento. No habrá bebidas ni desfallecimiento que suavicen mi agonía para que sea menos atroz. Yo me sentiré morir. Ya lo estoy sintiendo… Ya estoy muriendo, Lázaro. Como un enfermo que no tiene remedio, he estado muriendo en estos treinta y tres años. Y, a medida que el tiempo me ha ido acercando a esta hora,  tanto más se ha acercado la muerte. Antes era solo el morir del saber que había nacido para ser Redentor, luego fue el morir de quien se ve atacado, acusado, escarnecido, perseguido, obstaculizado… ¡Qué cansancio!… el morir por tener a mi lado, siempre más cerca, hasta tenerlo asido a Mí, como un pulpo ase a un náufrago, a aquél que es mi traidor. ¡Qué náusea! Ahora voy a morir con la angustia de tener que decir «adiós» a los amigos más queridos, y a mi Madre…”. (Escrito el 2 de Marzo de 1945).
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9-594-332 (10-13-404).- “En la resurrección de los cuerpos, ¿cuál de los siete hermanos tendrá por esposa a la mujer, dado que en la Tierra la tuvieron los siete?”.- En cuanto a la resurrección de entre los muertos (1).
* “Después del Juicio final, la carne resucitará y se reunirá con el alma inmortal y formará un todo nuevo, no sujeto ya a las leyes, y, sobre todo, a los estímulos… y respecto a la resurrección de los muertos el Altísimo no dijo «Yo fui » sino «Yo soy»”.-  ■ Jesús vuelve de nuevo a entrar a primera tarde al Templo. Incansable. Gracia y sabiduría fluyen, de sus manos y labios, puestas sobre los enfermos o abiertos para consejos individuales dados a cada uno de los que se acercan a Él, que son muchos: parece como si quisiera consolar a todos, curar a todos, antes de que no lo pueda hacer ya más. Se acerca el ocaso. Los apóstoles, cansados, están sentados en el suelo bajo el pórtico, aturdidos por ese continuo movimiento de gente que son los patios del Templo en la inminencia de la Pascua. En esto, se acercan al Incansable varios ricos, como puede juzgarse por sus vestiduras pomposas. Mateo que está adormilado aunque solo con un ojo, se pone en pie y, con algún meneo, llama a los otros. Dice: “Van hacia el Maes­tro unos saduceos. No debemos dejarle solo, no sea que todavía le ofendan o traten de hacerle algún mal o de burlarse de Él”. Se alzan todos y van donde el Maestro. Inmediatamente forman una barrera en torno a Él. Creo intuir que ha habido desórdenes al marcharse del Templo o al volver a la hora sexta. ■ Los saduceos, que tienen para Jesús reverencias incluso exageradas, le dicen: “Maestro, has respondido tan sabiamente a los herodianos, que nos ha venido el deseo de recibir también nosotros un rayo de tu luz. Escucha: Moisés dijo: «Si uno muere sin hijos, su hermano se casará con la viuda y dará descendencia al hermano». Ahora bien, había siete hermanos. El primero tomó a una doncella por esposa, pero murió sin dejar prole; por tanto, dejó su mujer a su hermano. También el segundo murió sin dejar prole, y lo mismo el tercero, que se casó con la viuda de los dos que le habían precedido. Así sucesivamente, hasta el séptimo. Al final, después de haberse casado con los siete hermanos, se murió la mujer. Dinos: en la resurrección de los cuerpos —si es verdad que los hombres resucitan y que nuestra alma sobrevive y vuelve a unirse al cuerpo el último día y dar nueva forma a los vivientes—, ¿cuál de los siete hermanos tendrá por esposa a la mujer, dado que en la Tierra la tuvieron los siete?”. ■ Jesús: “Estáis en un error. No sabéis comprender ni las Escrituras ni el poder de Dios. La otra vida será muy distinta de ésta, y en el Reino eterno no existirán las necesidades de la carne como en éste. Porque en verdad, después del Juicio final, la carne resucitará y se reunirá con el alma inmortal y formará un todo nuevo —vivo como, y mejor, como lo están mi cuerpo y el vuestro ahora—, pero no sujeto ya a la leyes, y, sobre todo, a los estímulos y abusos ahora vigentes. En la resurrección, los hombres y las mujeres no se casarán ya, sino que serán semejantes a los ángeles de Dios, que están en el Cielo, quienes no se casan,  aun cuando  viven en el amor perfecto, que es el divino y espiritual. ■ Por lo que respecta a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído cómo habló a Moisés Dios desde la zarza? ¿Qué dijo entonces el Altísimo?: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». No dijo: «Yo fui», dando a entender que Abraham, Isaac y Jacob hubieran existido, pero que ya no existían. Dijo «Yo soy». Porque Abraham, Isaac y Jacob existen. Inmortales. Como todos los hombres en su parte inmortal, mientras duren los siglos; luego, también con la carne resucitada para la eternidad. Existen, como existe Moisés los profetas, los justos, como, desventuradamente, existe Caín, existen los del diluvio y los de Sodoma y todos los que murieron en culpa mortal. Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos”. Saduceos: “¿Tú también vas a morir y luego estar entre los vivos?” le tientan, pues están ya cansados de comportarse con mansedumbre. El abo­rrecimiento es tal, que no saben contenerse. Jesús: “Yo soy el Viviente y mi Carne no conocerá la corrupción. Se nos arrebató el arca, y la actual también se nos quitará, incluso como símbolo. Se nos arrebató el Tabernáculo, y será destruido. Pero el verdadero Templo de Dios no podrá ser ni arrebatado ni destruido. Cuando sus adversarios crean que lo han conseguido, entonces será la hora en que se establecerá en la verdadera Jerusalén en toda su gloria. Adiós”. Y, presuroso, va hacia el Patio de los Israelitas, porque las trom­petas de plata llaman al sacrificio vespertino. (Escrito el 1 de Abril  de 1947).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 22,23-33; Mc. 12,18-27; Lc. 20,27-40.
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(<El siguiente episodio tiene lugar después de la Resurrección de Jesús. Siguiendo sus órdenes los apóstoles se dirigen hacia el Getsemaní. En el trayecto, el mismo recorrido hecho por Jesús hacia el Calvario, Andrés pálido señala con el dedo la pared de una casa donde se nota, en lo blanco de la cal, una mancha rojiza. “¡Es sangre! ¿Sangre del  Maestro tal vez?” se preguntan>)
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10-630-243 (11-16-718).- “El alma que entra en el Reino de la Luz ve con Sabiduría y Justicia”.
* Reproches de la mujer de Sidón.- ■ Pasa una mujer, una rezagada que vuelve de la fuente con sus cántaros que chorrean agua fresca. Les mira atentamente. Deja los cántaros en el suelo y les pregunta: “¿Estáis viendo esa mancha sobre la pared? ¿Sois discípulos del Maestro? Me lo parecéis, aunque sean poco visibles vuestras caras y… aunque no os viera detrás del Señor cuando pasó por aquí, apresado para conducirle a la muerte. Esto me hace titubear, porque un discípulo que sigue al Maestro cuando todo va bien, y se gloría de ello, y mira con severidad a los que no están dispuestos como él a dejar todo para seguir al Maestro, debe también seguir al Maestro cuando le va mal. Al menos debería hacerlo. Yo no os vi. No. Y si no os vi, señal es de que yo, mujer de Sidón, seguí a Aquel a quien sus discípulos israelitas no siguieron… ■ Lo que veis es sangre. Sí, sangre de una mujer de la costa del gran mar. En el pasado fueron tierras filisteas, y los habitantes son despreciados todavía por los hebreos. Y, con todo, ella supo defender al Maestro, hasta que el marido la mató, arrojándola con tanta fuerza después de haberla golpeado, que se le abrió la cabeza y se le salieron los sesos, quedando estampada con su sangre sobre la pared de su casa, donde ahora lloran sus hijos huérfanos. Pero es que ella había recibido un don: el Maestro le había curado a su marido que moría de una enfermedad inmunda. Y ella quería por eso al Maestro. Y le amó hasta morir por Él. Le ha precedido en el seno de Abraham, según vosotros…”. ■ Y les mira con un desprecio cada vez mayor, según ha venido hablando. Sus ojos grandes y negros, mientras miran al grupo que no sabe, que no puede, reaccionar, tienen la dureza de los de una ave rapaz… Entre dientes le sale la última palabra: “¡Bastardos!”, y recoge sus cántaros y se va, satisfecha de haber vomitado su desprecio contra los discípulos que abandonaron al Maestro. ■ Éstos quedan aniquilados. Con la cabeza agachada, los brazos caídos, sin fuerza… La verdad les aplasta. Meditan sobre la consecuencia de su cobardía… No dicen nada… No se atreven a mirarse. Ni siquiera Juan y Simón Zelote, los dos únicos que no fueron cobardes, están como los demás, tal vez por el dolor que sienten al ver que no pueden curar la herida producida por la mujer en el corazón de sus compañeros…
* Ella ve que su marido ni se convertirá ni será perdonado”.- ■ El camino ya está en la penumbra. La luna, ya en sus últimos días, sale tarde y el crepúsculo se echa antes sobre la tierra En el silencio sólo el murmullo del Cedrón se escucha, de modo que cuando resuena la voz de Jesús, los hace sobrecogerse de temor, la voz que no es más que dulzura y que dice: “¿Qué estáis haciendo aquí?  Os esperaba entre los olivos… ¿Por qué estáis mirando cosas muertas cuando os espera la Vida? Venid conmigo”. Jesús parece venir del Getsemaní hacia ellos. Se detiene al lado de ellos. Mira la mancha que todavía sigue atrayendo las miradas de los apóstoles y dice: “Esa mujer está ya en la paz. Ha olvidado el dolor. ¿Creéis que no piensa en sus hijos? No. Lo hace mucho mejor. Los santificará porque es lo único que pide a Dios”. ■ Se encamina. Le siguen en silencio.  Jesús se vuelve y les dice: “¿Por qué decís dentro de vuestros corazones: «¿Y por qué no pide que se convierta su marido? No es santa, si le odia…». No le odia. Le perdonó cuando la mataba. Alma que entra en el reino de la luz, ve con sabiduría y justicia. Y ella ve que su marido ni se convertirá, ni será perdonado. Vuelve ahora su plegaria a favor de quien puede conseguir el bien. ■ No es mi sangre, no. Y sin embargo perdí mucha por este camino… Las pisadas la han borrado, al mezclarse con el polvo y suciedad. La lluvia la ha hecho desaparecer. Pero queda mucha, visible todavía… Porque manó tanta que ni los pasos, ni el agua la han borrado del todo. Caminaremos juntos y veréis mi Sangre derramada por vosotros…”. (Escrito el 11 de Abril de 1947).
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10-635-327/37 (11-21-788/97).- Jesús Resucitado con apóstoles y discípulos en un monte cercano a Nazaret.- Unción de los enfermos.-  Sufragios: una gran obra de misericordia.
*  Unción de los enfermos.-  ■ Dice Jesús: “Otra cosa… Santiago, ¿te acuerdas de lo que te dije en el Carmelo? De ello te hablé, pero los demás no saben. Visteis a María Magdalena que ungió mis pies en la cena del sábado en Betania y os dije: «Ella me ha preparado para la sepultura» y en realidad así lo hizo. No para la sepultura —ella creía que ese dolor estaba aún lejano—, sino para purificar mis pies de las impurezas del camino, para ungirlos y así subiera perfumado con óleo balsámico al trono. ■ La vida del hombre es un camino. La entrada del hombre en la otra vida debería ser la entrada en el Reino,  para subir al trono que el Padre le ha preparado. A todo rey se le unge y perfuma antes de subir a su trono y presentarse a su pueblo. También el cristiano es un hijo de rey, que recorre su camino en dirección al Reino a donde le llama el Padre. La muerte del cristiano no es sino la entrada al Reino para subir al trono que el Padre le ha preparado. La muerte no es temible para quien sabe que está en gracia de Dios. Ahora bien, purifíquese de todo residuo el cuerpo de aquel que deba subir al trono, para que se conserve hermoso para la resurrección; y purifíquese el espíritu, para que resplandezca en el trono que el Padre le ha preparado para que aparezca con la dignidad que corresponde al hijo de tan gran rey. Aumento de la Gracia, cancelación de los pecados de los que el hombre tenga pleno arrepentimiento, fuerza para anhelar el bien, comunicación de fuerza para el último combate: esto ha de ser la unción que se dé a los moribundos; o, dicho más propiamente, a los cristianos que estén para nacer, porque en verdad os digo que el que muere en el Señor nace a la vida eterna. ■ Repetid la acción de María Magdalena en los cuerpos de los elegidos. Y que ninguno lo tome como indigno de él. Yo acepté de manos de una mujer aquél óleo balsámico. Que todo cristiano se sienta honrado considerándolo una gracia suprema que le viene de la Iglesia de la que es hijo, y que lo acepte del sacerdote para quedar limpio de sus últimas manchas. Y que todo sacerdote gustosamente repita en el cuerpo de un hermano moribundo el acto de amor de Magdalena para con el Cristo penante. En verdad os digo que aquello que en aquella ocasión no hicisteis conmigo, dejando que una mujer os llevara la delantera, de lo que ahora os arrepentís amargamente, podéis hacerlo en el futuro, y tantas veces cuantas sean las que os inclinéis con amor hacia un moribundo para prepararle para su encuentro con Dios. Yo estoy en los mendigos y en los moribundos, en los peregrinos, en los huérfanos, en las viudas, en los prisioneros, en los que tienen sed, hambre, frío, en los que sufren o están cansados. Yo estoy en todos los miembros de mi Cuerpo místico, que es unión de mis fieles. Amadme en ellos y  ofreceréis reparación por vuestro desamor de tantas veces, y me daréis gran alegría a Mí, y a vosotros os daréis  mucha gloria”.
* Iglesia triunfante, docente-militante y purgante no son 3 cuerpos sino un solo cuerpo: el Cuerpo Místico, una comunión de amor. Por eso la Iglesia militante deberá, con amor, ayudar con sufragios a esa parte suya que, destinada a la triunfante, repara sus faltas”.-Jesús: “En mi Iglesia habrá siempre sacerdotes, doctores, profetas, exorcistas, confesores, carismáticos con poder de realizar milagros, inspirados: todo lo que necesitare para que las gentes tengan en ella de lo que les hiciera falta. El Cielo, la Iglesia triunfante, no dejará sola a la Iglesia docente, y ésta socorrerá a la Iglesia militante. No son tres cuerpos. Son un solo Cuerpo. No hay división entre ellas, sino comunión de amor y de fin: amar la Caridad; gozar de la Caridad en el Cielo, su Reino. Por eso, también la Iglesia militante deberá, con amor, ayudar con sufragios a esa parte suya que, destinada a la triunfante, todavía está excluida de ésta por razón de la satisfactoria reparación de las faltas absueltas pero no expiadas enteramente ante la perfecta divina Justicia. ■ En el Cuerpo místico todo debe hacerse por el amor y en el amor, porque el amor es la sangre que circula por él. Socorred a los hermanos que padecen el purgatorio. De la misma manera que he dicho que las obras de misericordia corporales os conquistan un premio en el Cielo, de igual forma os digo que os lo conquistan las espirituales. Y en verdad os digo que el sufragio para los difuntos, para que entren en la paz, es una gran obra de misericordia, por la que os bendecirá Dios y las almas de los difuntos os quedarán agradecidas. Os digo que, cuando en el día de la resurrección de la carne, estéis todos congregados ante Mí Juez, entre aquellos que bendeciré estarán los que tuvieron amor por los hermanos purgantes ofreciendo y rogando por su paz. Os aseguro que ninguna acción buena quedará sin fruto, y muchos resplandecerán vivamente en el Cielo sin haber predicado ni administrado sacramentos ni realizado viajes apostólicos, sin haber abrazado especiales estados, sino solamente por haber orado y sufrido por alcanzar el descanso eterno a los que están en el Purgatorio, por llevar a la conversión a los mortales. ■ También estas personas, sacerdotes desconocidos al mundo, apóstoles ignorados, víctimas que solo Dios ve, recibirán el premio de los obreros del Señor, pues habrán hecho de su vida un perpetuo sacrificio de amor por sus hermanos y por la gloria de Dios. En verdad os digo que se llega a la vida eterna por muchos caminos y uno de ellos es éste, y que tanto ama mi corazón”. (Escrito el 22 de Abril de 1947).
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(<El apóstol Juan, que vivió en la casita del Getsemaní en compañía de María Stma., fue también testigo presencial de la Asunción de Ella al Cielo>)
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10-650-427 (11-36-870).- “Yo estaba presente y vi cuando sus cuerpos subieron al Cielo”.
* “¡Gracias, oh Dios!, por concederme ver la suerte de los santos, tal como será después del Juicio y resurrección de los cuerpos”.- ■ Dice Juan: “He visto volver la vida en María, y siento que regresa a mí la paz. Todas mis angustias dejan de existir porque os he visto unidos de nuevo en la gloria. ¡Gracias, oh Dios! Gracias por haberme concedido ver, de una manera extraordinaria, la suerte de los santos, tal cual será después del último Juicio y la resurrección de los cuerpos y su nueva unión, su fusión con el espíritu que subió al Cielo en la hora de la muerte. No tenía necesidad de ver para creer, porque siempre he creído firmemente en las palabras del Maestro. Pero muchos dudarán que, después de siglos y milenios, los cuerpos, convertidos en polvo, puedan  vivir. A éstos les podré decir, jurando por las cosas más santas, que no sólo Jesús volvió a la vida, por su poder divino, sino también su Madre, tres días después de su muerte, si tal muerte puede llamarse muerte, volvió a la vida, y con el cuerpo unido de nuevo al alma, tomó posesión de su eterna morada en el Cielo, al lado de su Hijo. Podré decir: «Creed, cristianos, en la resurrección de la carne al final de los siglos, y en la vida eterna del alma y de los cuerpos, vida bienaventurada para los santos y horrible para los culpables impenitentes. Creed y vivid como santos, como santamente vivieron Jesús y María para que podáis conseguir igual suerte. Yo estaba presente y vi cuando sus cuerpos subieron al Cielo. Os lo puedo testificar. Sed justos para que podáis un día habitar en el mundo nuevo eterno, en alma y cuerpo, junto a Jesús-Sol y a María, Estrella de las estrellas». ¡Gracias otra vez, oh Dios!…”. (Escrito el  8 de Diciembre de 1951).
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.                  b)    Dictados extraídos de los «Cuadernos de 1943/1950»
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43-135.- “Renunciar a la riqueza de un afecto por seguir sin duelos humanos mi Voluntad es la perfección de la renuncia”.
* Yo no destruyo vuestra riqueza afectiva. La arranco de la tierra para trasplantarla en el Cielo. Allí se reconstruirán para siempre las santas convivencias familiares, las amistades puras, todas aquellas formas de afecto honesto y bendito que Yo, Hijo de Dios hecho hombre, quise también para Mí mismo”.- ■ Dice Jesús: “Entre las «riquezas» a las que se ha de renunciar para seguirme y que te relacioné (1), hay también una más. Es la que más identificada se encuentra con el espíritu y que pro­duce, al arrancarla, más dolor que si se arrancase la carne. Esta riqueza, tan sensiblemente viva, son los afectos. Y, con todo, es preciso, por mi amor, saber desprenderse de ellos. Yo no condeno los afectos. Por el contrario, los bendije y santifiqué mediante la Ley y los Sacramentos. Mas estáis en la tierra para conquistar el Cielo. Esa es la morada ver­dadera. Cuanto Yo creé aquí abajo habéis de mirarlo a tra­vés de la lente de allá arriba. Debéis recibir con agrade­cimiento cuanto Yo os entregué, si bien devolviéndolo con prontitud a mi requerimiento. ■ Yo no destruyo vuestra riqueza afectiva. La arranco de la tierra para trasplantarla en el Cielo. Allí se reconstruirán para siempre las santas convivencias familiares, las amista­des puras, todas aquellas formas de afecto honesto y bendito que Yo, Hijo de Dios hecho hombre, quise también para Mí mismo y que sé cuán amables sean. Y así, si son amables, tan amables, no lo son menos para Dios y para la vida eterna”.
*No demuestran una fe verdadera en su dulce Padre aquellos que, ante un afecto que se rompe, no saben pronunciar la palabra más bella de la filiación con Dios: «¡Hágase como Tú quie­res!», sino que se rebelan”.- Jesús: “Ahora bien, no demuestran una fe verdadera en su dulce Padre que está en los Cielos, aquellos que, ante un afecto que se rompe, no saben pronunciar la palabra más bella de la filiación con Dios sino que se rebelan. Y no reflexionan que si Yo doy aquel dolor es, ciertamente, en evitación de otros mayores y para proporcionar un mayor mérito. ■ Tú, ni tampoco tú supiste decir: «¡Hágase como Tú quie­res!». Han tenido que pasar años  antes de que tú me dijeses: «Gracias, Padre, por aquel dolor». ¿Crees acaso que te lo habría dado tu Jesús de no haber sido un bien el dártelo? Ahora recapacitas y lo comprendes; pero, ¡cuánto te ha cos­tado hacerlo! Yo te llamaba, intentaba hacerte comprender la razón; pero no escuchabas a tu Dios. Era la hora de las tinieblas para tu mente y para tu alma. No me preguntes: «¿Por qué lo permitiste?». Si lo permití no fue sin motivo. ■ Te hablo de ello esta tarde, cuando más sufres. Precisamente, porque sufres estoy contigo y te hago compañía. Pero recuerda que Yo no tuve a nadie conmigo en la hora de la tentación y hube de superarla solo. Tú, en cambio, siempre me tuviste a tu lado aun cuando no me veías, ya que el Espíritu del Mal te turbaba hasta el punto de impedirte ver y oír a tu Jesús”.
* La aceptación de la muerte de un padre por el hijo, el perdón de un hijo a su padre: abrevia a aquél el Purgatorio, es refrigerio para su alma.-Jesús: “Si Yo te dijese ahora que la aceptación de la muerte de un padre por parte de su hijo le abrevia a aquel el Purgato­rio, que el perdonar un hijo a su padre las faltas más o menos verdaderas de éste es refrigerio para su alma, lo cree­rías sin duda. Mas entonces no te dabas paz y estropeabas el bien que hacías (2). Renunciar a la riqueza de un afecto por seguir sin duelos humanos mi Voluntad es la perfección de la renuncia aconse­jada al joven del Evangelio. ■ Recuérdalo para todo el resto de tu vida. Un padre, cual soy Yo, jamás da a sus hijos nada que pueda dañarles. Aun cuando en apariencia dé una piedra a quien le pide un beso, esa piedra es oro puro y eterno. Toca al alma recono­cerlo y mantenerlo así, pronunciando la palabra que me atra­jo de los Cielos al seno de María y me puso sobre la Cruz para redimir al mundo: «Fiat»”. (Escrito el 30 de Junio de 1943).
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1  Nota  : Se refiere, sobre todo,  a  la riqueza intelectual.  Este dictado se relata en el tema “Riqueza-Pobreza”.   2  Nota  : Se aprecia  aquí una clara alusión a la muerte del padre de María Valtorta, acaecida en junio de 1935 y tan agudamente sentida por ésta, que la puso en trance de muerte. (N. del T.)
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43-173.- “Para los amantes la muerte no es cambio sino perfección”.
* Pasáis del reposo obstaculizado por la materia al libre reposo del espíritu en Dios”.- ■ Dice Jesús:  “La muerte de los que aman no es un cambio: es una perfección. Pasáis del reposo obstaculizado por la materia al libre reposo del espíritu en Dios. No es sino un abrazo más estrecho en una más viva luz. Esta es la muerte que Yo reservo al que me ama: Muerte de Paz tras una vida de paz. Es la Paz eterna en mi Reino”. (Escrito el 11 de Julio de 1943).
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43-244.- La muerte y el Amor.
* Por estar fijada por Dios, siempre es justa la hora de la muerte”.- ■ Dice Jesús:  “Temen a la muerte aquellos que no conocen el amor y no tienen la conciencia tranquila. ¡Y son los más! Éstos, cuando por una enfermedad, por la edad o por otra causa cualquiera se sienten amenazados de muerte, se asustan, se afligen y se rebelan. Tratan de huirla con todas las fuerzas y por todos los medios. Pero, todo inútil, porque cuando sonó la hora, no hay preocupación capaz de hacer retroceder a la muerte.  Por estar fijada por Dios, es siempre justa la hora de la muerte. Sólo Yo soy el Dueño de la vida y de la muerte y, aunque no son míos ciertos medios de muerte empleados por el hombre a instigación demoníaca, son siempre mías las sentencias de muerte dictadas para sacar a un alma del excesivo tormento terreno o para impedirle la comisión de culpas mayores”.
* ¿Por qué concedo el don de una vida dilatada?”.-  ■ Jesús: “Ahora observa: el don de la vida, de una vida dilatada, ¿por qué lo puedo conceder Yo? Por dos motivos. El primero: porque aquella criatura que disfruta del don de la vida es un espíritu resplandeciente que tiene la misión de ser faro para los demás espíritus envueltos todavía en las nieblas de la materialidad. Muchos de mis santos alcanzaron edades provectas precisamente por esto. Y sólo Yo sé cómo anhelaban, por su parte, venir a Mí. El segundo: doy vida dilatada para proporcionar a una criatura deforme el medio, todos los medios, para formarse. Estudios, amistades, encuentros santos, dolores, alegrías, lecturas, castigos de guerras o enfermedades, todo lo doy para hacer que un alma crezca en mi Edad que no es como la vuestra; pues crecer en mi Edad quiere decir crecer en mi Sabiduría. Y así se puede ser adulto en mi Edad, teniendo edad de niño en la vuestra, o viciversa, se puede ser niño en mi Edad teniendo cien años en la vuestra. Yo no miro la edad de vuestra carne que muere, miro vuestro espíritu, y querría que llegarais a ser espíritus que saben caminar, hablar, obrar con seguridad y no balbucientes, vacilantes, incapaces de hacer nada como niños”.
* El Padre, cuando ve que una criatura está adulta en su espíritu, arde en deseos de tomarla. Son dos atracciones y dos aspiraciones procedentes del único agente: amor”.-Jesús: “Esto explica por qué diga Yo «Basta» para criaturas a las que encuentro adultas en la Fe, en la Caridad, en la Vida. Un padre siempre está deseando reunirse con sus hijos y, una vez terminada la carrera o el servicio militar, ¡con qué gozo los estrecha contra su corazón! Y ¿obrará de otra suerte el Padre que tenéis en los Cielos? No. Cuando ve que una criatura está adulta en su espíritu, arde en deseos de tomarla consigo y si, por compasión hacia el pueblo, deja a veces a sus siervos sobre la tierra para que sean imán y brújula para los demás, no resiste algunas veces y se da el gusto de colocar una nueva estrella en el Cielo con el alma de un santo. ■ Son dos atracciones y dos aspiraciones procedentes de un único agente: el Amor. El alma, donde quiera que tú estés, atrae a Dios hacia sí y Dios desciende a encontrar sus delicias al lado de la criatura amante que vive en Él. El alma aspira a subir para estar eternamente y sin velos con su Dios. Dios, desde el centro de su ardor, atrae hacía Sí al alma del modo como el sol atrae la gota de rocío aspirando a tenerla junto a Sí, perla encerrada en su triple fuego que proporciona la bienaventuranza. Los brazos, María, que el alma eleva, se encuentran con los brazos extendidos de Dios y, al tocarse, se enlazan velozmente. Es el éxtasis en la tierra. Cuando se estrechan duraderamente es la Bienaventuranza sin fin del Cielo, de mi Cielo, que lo creé para vosotros, queridos míos, y que me dará una sobreabundancia de gozo cuando se colme con todos mis amados. ¡Qué jornada de gozo inconmensurable la nuestra, la de nosotros que nos amamos: Nosotros, Dios Uno y trino, y vosotros, los hijos de Dios!”.
* La muerte es temerosa para aquellos que no entendieron que solo hay una ciencia útil: la del amor”.-Jesús: “Mas aquellos —que, para su desgracia, no comprendieron mi Amor ni me dieron su amor— no entendieron que sólo hay una ciencia útil: la del Amor; para esos es temerosa la muerte. Tienen miedo y aún lo tienen mayor si sienten haber obrado no muy bien o mal del todo. La boca mendaz del hombre —porque raramente la boca del hombre dice la verdad, esa verdad tan hermosa y bendita que Yo, el Hijo de Dios y Palabra del Padre, os enseñé decir siempre— la boca mendaz del hombre para engañar y animarse a sí mismo a engañar a los demás, dice: «Yo me he portado y me porto bien». Pero la conciencia, puesto como espejo de dos caras ante vuestro yo y ante el ojo de Dios, viene a acusarle al hombre de no haberse portado ni portarse bien en nada, como proclama. Por lo que un gran temor le tiene desasosegado: el temor al juicio de Aquel a quien no se le ocultan los pensamientos, los actos, los afectos del hombre. ■ Mas si tanto me teméis, desgraciados, como Juez, ¿por qué no evitáis el tenerme como tal? ¿Por qué no hacéis de Mí vuestro Padre? Y si me teméis ¿por qué no obráis conforme a mis mandamientos? ¿No sabéis escucharme cuando os hablo con voz de Padre que os guía, hora por hora, con mano amorosa? Pues obedecedme al menos cuando hablo con voz de Rey. Será una obediencia menos premiada por ser menos espontánea y dulce para mi Corazón. Pero siempre será una obediencia. Y ¿por qué, entonces, no lo hacéis?”.
* Para los amantes, la muerte será: plácida como el tránsito de mi padre y gozosa como el sueño de mi Madre”.-Jesús: “La muerte es inevitable. Bienaventurados aquellos que vayan en aquella hora con librea de amor al encuentro de Aquel que llega. La muerte de éstos será plácida como el tránsito de mi padre de la tierra, José,  que no supo de sobresaltos porque fue un justo al que su vida nada tenía que reprocharle. El fin de los amantes será gozoso como el sueño de mi Madre que cerró los ojos en la tierra a impulsos de una visión de amor, ya que de amor fue toda su vida que no conoció pecado, para volver a abrirlos en el Cielo despertando sobre el Corazón de Dios”. (Escrito el 9 de Agosto de 1943)
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43-265.- Soy «Primogénito» de entre los muertos.
* “Mi Carne entró primera en el Cielo”.-  ■ Dice Jesús: “Soy el «Primogénito» de entre los muertos porque mi Carne entró primera en el Cielo, a donde entrarán con la Resurrección última las carnes de los santos cuyos espíritus aguardan en la Luz la glorificación de su yo completo, como es de justicia que así sea, pues se santificaron venciendo su carne y martirizándola para llevarla a la victoria. Como es de justicia que así sea, por cuanto los discípulos, por amoroso querer del Maestro, son semejantes a Él y Yo, vuestro Maestro entré en la Gloria con mi Carne martirizada para gloria de Dios”. (Escrito el 16 de Agosto de 1943).
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43-292.- Hay dos resurrecciones: la 1ª: parcial o liberación del espíritu y la 2ª: la final.
* “La 1ª más que resurrección es liberación y espera del espíritu a la 2ª resurrección”.- ■ Dice Jesús: “La primera se inicia en el momento en que el alma se separa del cuerpo y comparece ante Mí en el juicio particular. Mas ésta es tan sólo una resurrección parcial. Mejor que resurrección podría ser llamada: liberación del espíritu de la envoltura de la carne y espera del espíritu hasta volverse a unir con la carne para reconstruir el templo vivo creado por el Padre, el templo del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Una obra a la que falta una parte es incompleta y, por tanto, imperfecta. La obrahombre, perfecta en su creación, resulta incompleta e imperfecta si no se halla conjuntada en sus diversas partes. Destinados al Reino luminoso o a la morada tenebrosa, han de estar los hombres eternamente en ellos con su perfección de carne y de espíritu. Por ello se habla de primera y segunda resurrección. ■ Pero observa: aquel que dio muerte a su espíritu con una vida terrena de pecado, llega a Mí, en el juicio particular, con un espíritu muerto ya. Lo que hará la resurrección final es que su carne vuelva a tomar el peso del espíritu muerto para morir totalmente con él. Mientras que aquel que venció su carne durante la vida terrena, llega a Mí en el juicio particular con un espíritu vivo que, al entrar en el Paraíso, aumenta su vivir. También los purgantes están «vivos». Están enfermos, pero vivos. Conseguida la curación mediante la expiación, entrarán en el lugar que es Vida. En la resurrección final, su espíritu vivo con mi Vida, a la que se unirá indisolublemente, volverá a tomar la carne para hacerla gloriosa y vivir con ella de un  modo totalmente idéntico al mío.■ He aquí por qué se habla de muerte primera  y muerte segunda y, en consecuencia, de resurrección primera y resurrección segunda. Esta eterna posesión de la Luz —porque en el Paraíso poseéis a Dios y Dios es Luz— debe el hombre alcanzarla por voluntad propia, al igual que por voluntad propia quiso perder la Luz y el Paraíso. Yo os proporciono auxilios pero la voluntad debe ser vuestra. Yo soy fiel. Os crié libres y libres os dejo. Y si consideráis cuán digno de admiración es este respeto de Dios a la voluntad libre del hombre, podéis entender cómo no deberíais abusar vosotros cometiendo con ella el mal y tener para con el Señor Dios vuestro respeto, reconocimiento y amor. Les digo a aquellos que no prevaricaron: «Está ya dispuesta vuestra morada en el Cielo y Yo ardo en deseos de que estéis en mi Bienaventuranza»”. (Escrito el 22 de Agosto de 1943).
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43-307.-  Sacramentos.- Unción.
* El óleo, que te hace reina, borra hasta la sombra de tus pecados”.- ■ Dice Jesús: “María, nunca pierdas la fe en tu Jesús. Yo estoy a tu lado y lo sientes. Mas no rechaces ayuda alguna de las que puse a vuestra disposición. La vida sobrenatural por la que caminas no te exime de recorrer la que es común a todas las criaturas que viven en la Iglesia. Un óleo te libertó y de esclava del Enemigo te hizo hija de Dios. Un óleo te hizo soldado de Cristo. Que un óleo te haga partícipe del Reino. ■ El alma, al entrar en la gloria, hácese reina. Y para los reyes, lo tienes leído, era necesaria la unción. Quiero que hasta la sombra de tus pecados pasados sea borrada por ti. Cuando llegue la hora debes venir al encuentro, virgen prudente y prevenida, con todos tus aderezos dispuestos para las nupcias. El dolor es una gran absolución, cuando se sufre con santidad. Mas, lo repito, en modo alguno mi caricia debe hacerte creer que estás exenta de los deberes de todos. La perla escondida que sólo Jesús conoce, debe, a los ojos del mundo, no diferir en nada de las almas hermanas que, por un querer de tu Señor, fueron transformadas menos que tú en perlas preciosas”. (Escrito el 30 de Agosto de 1943)
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Noche del 4 al 5 de Octubre, 1ª noche de huérfana de María Valtorta
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43-387.- Poder del Sacramento a la hora de la muerte.- Parábola de la higuera estéril aplicada a la madre de María Valtorta y mística fertilización de esa alma “mediante mis sacramentos”.
* Este dictado es una prueba irrefutable de quién es el que te habla. Prueba para los infinitos Tomases que no me perciben a Mí ni mi Voz en tus páginas”.- ■ Dice Jesús: “Cuando se juntan dos para llevar una pena, ésta se hace más ligera. Yo estoy contigo. Al mundo, este no dejarte Yo tranquila, ni aún esta noche dolorosa, puede parecerle crueldad. Mas, dejemos al mundo que diga. Él ve, juzga y habla mal. La verdad es muy otra y esta verdad es así mismo una prueba irrefutable de Quién es el que te habla. Prueba para los infinitos Tomases del día de hoy que no me perciben a Mí ni tampoco mi Voz en tus páginas.  Sólo Dios justo y santo puede, en una hora de dolor como ésta, hacerte escribir palabras como las que vas a escribir. Sólo Dios. Y Ése soy Yo”.
.   ● Como a los antiguos mártires, solo Dios puede comunicar a corazones destrozados el heroísmo de la resignación”.-Jesús: “Una de las cosas que más asombraba al mundo pagano y reclutaba nuevos y cada vez más numerosos prosélitos para la Iglesia, era la calma, la serenidad, la fortaleza de los mártires a la hora de su martirio. Mas el martirio del corazón, no es menos atroz que el de la carne; y sólo Dios puede comunicar a los que están con el corazón destrozado el heroísmo de una resignación que es ciertamente la cuarta fase del «Pater» vivida en totalidad con la carne, con el alma, con el entendimiento, con el espíritu. ■ El mundo ciego podrá, incluso, tomar tu calma heroica, don del que lo es Todo para ti, por indiferencia. El mundo mancilla cuanto llega a su alcance. Pero la mancha no penetra en un bloque de oro o de diamante. Se posa en la superficie y desaparece después bajo la acción de la más leve onda de lluvia o de viento. Deja pues que los ciegos del mundo no lo vean. Los otros, esos para quienes es luz mi Espíritu, leen mi Nombre en tu coraje de mártir. Y tú, sufriendo con ese coraje, eres más misionera de tu Jesús que cien predicadores de la palabra no avalada con hecho alguno”.
.  ● La hora del juicio estaba señalada por 2 veces. Soy Misericordia y mandé a un siervo mío para que realizara la mística fertilización de esa alma mediante los Sacramentos en los que fluyen mi Sangre y Carne”.-Jesús: “En esta coyuntura te presento una de mis parábolas. Es la de la higuera estéril. No llores, María. Sabes a quién voy a referirme. No llores. He tenido con tu madre los mismos cuidados del viñador para con la planta improductiva. Agradéceme, María, el que haya usado de infinita misericordia con esa alma para ti tan querida. Su hora de juicio estaba señalada para mucho antes de ahora. Por dos veces, durante el curso de estos tus años de dolor, vine a observar esta planta espiritual a la que ni tus plegarias inducíanle a producir frutos de vida eterna. Y en esas dos ocasiones se hallaba preparada ya la segur en mi Mano para abatir aquella vida que se resistía a las invitaciones de la Gracia. Y en ambas detuve el golpe, a fin de dar ocasión a aquella alma para que no viniese a Mí desprovista de obras buenas realizadas con su alma reconciliada conmigo. ■ Soy el Jesús misericordioso y tenía compasión de ella como también de ti que por ella te consumías. Preparé los medios para una última labor y así mandé a un Siervo mío (1) que realizara la mística fertilización de aquella alma mediante el Sacramento, o mejor, los Sacramentos, en los que fluye mi Sangre y mi Carne y que se convierten en manjar para comunicaros la salvación, el perdón y la vida eterna. He llevado a cabo cuanto en un elemento como éste cabía hacer para realizar el milagro y aderezar con frutos ese espíritu próximo a presentarse ante Mí. Y tú me has ayudado a ello. ■ La he tomado ahora porque, darle más largas no me era posible, ya que, de dejarla para más adelante, la ventolera del sentimiento humano habría de agostar, con el ardor de sus resentimientos y de sus egoísmos, los frutos provocados por mi amor y por el tuyo. Ella no te ha dado las «gracias»; pero te las doy Yo por ella, que ahora, al fin, te las da porque mi Luz le ha iluminado horizontes que su humanidad le ocultaba. No llores, hija, que lo demás vendrá más tarde. Continúa pidiendo y sufriendo por ella y espera en Mí. Vete en paz, alma fiel. Yo no te abandono. Estás entre mis brazos que son más dulces que los de todas las madres”. (Escrito el 4-5 de Octubre de 1943).
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1  Nota  : El Padre Migliorini  habíale administrado la comunión en los días precedentes a la Señora Iside, fallecida al mediodía del 4 de Octubre.
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Al amanecer del 5 de Octubre

43-389.- “Para aquellos que están sufriendo un trance doloroso: «Creed en Mí»”.
* Venid a Mí todos los que lloráis. Creer es amar, esperar, vencer, poseer”.- ■ Jesús dice: “Dije: «A quien cree en Mí haré que broten en su corazón fuentes de vida eterna». Mas, ¿acaso no hago brotar, ya desde esta vida, fuentes de bálsamo que os medicinan a cuantos os encontráis intoxicados por el dolor? ¡Oh, venid a Mí todos los que lloráis! Creed en Mí todos los que sufrís. Amadme cuantos os veis abandonados. Si creéis firmemente en Mí, vuestra alma, que lucha y sufre sobre la tierra, será como pan caído a un barril de miel que lo impregna con su dulzura. ■ Creer en Mí quiere decir amar, quiere decir esperar, quiere decir vencer. Creer en Mí quiere decir poseer. Poseer aquí abajo las armas para luchar contra el Mal que avanza por todas partes y que trata de abatiros con mil añagazas y quiere decir: poseer mi Reino para toda la eternidad, aquel premio que soy Yo mismo”. (Escrito el 4 y 5 Octubre  1943).
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43-390.- Difícilmente se perderá para siempre quien se nutrió del Cuerpo y Sangre de Cristo: da fuerza con que conquistar el Cielo y es moneda para entrar en él.
“Ese mismo Pan, que sació vuestra alma, mantiene la comunión de vuestros espíritus con los transhumanados que viven en Mí”.-  ■ Dice Jesús: “¡Oh tú que lloras porque te apena la separación (1), que se te figura definitiva!, piensa en lo que te dice tu Jesús y verás que, al no ser total esa separación, disminuye el dolor. Mi apóstol dice una frase inspirada (2) a la que, de ordinario, se le da un significado referido tan sólo a los vivientes de la tierra. Mas tiene otro mucho más amplio y profundo que Yo os desvelo a todos vosotros, hijos que lloráis, a todos vosotros, dolientes que sufrís por la muerte de un ser querido. Aquel o aquellos que ya murieron, ¿acaso no se nutrieron con mi Sangre y con mi Carne hecha Pan para los hombres? Y si con ellas se nutrieron, ¿no permanece tal vez en los mismos, aún después de la muerte, la virtud de la Sangre y de la Carne de vuestro Salvador? Y ¿qué hace la muerte humana en relación con el espíritu sobrehumano? ¿Por ventura tiene poder la pequeña muerte para apartar de Mí, que vivo eternamente, partes de mis miembros, sólo porque éstos murieron en la tierra? Y ¿no vivís tal vez vosotros en Mí constituyendo la parte de mi Cuerpo Místico que vive en la tierra? ¿Acaso no son indiscutibles estas verdades? Sí que lo son.  Sabed, sabed vosotros que lloráis por el dolor de un luto reciente, que aquel por quien lloráis no ha muerto sino que vive en Mí. Sabed que ese mismo Pan que sació vuestra alma, mientras estuvisteis unidos en la tierra, mantiene la vida y la comunión de vuestros espíritus, que viven aquí abajo, con los transhumanados que viven en Mí. ■ Ningún mal puede ocasionar la pequeña muerte a los espíritus inmortales. La gran muerte es la que ha de temerse, la que de veras os quita, y para siempre, a vuestro pariente, a vuestro cónyuge, a vuestro amigo. La gran muerte, o sea, la condenación del alma, es la que separa realmente de Mí las células de mi cuerpo místico caídas, como presa, por las gangrenas de Satanás. Mas por aquellos que murieron en mi Nombre y nutrieron la vida de su espíritu con el Manjar eucarístico que es imperecedero y preserva siempre de la muerte eterna, no, no hay que llorar por ellos antes alegrarse, puesto que salieron del peligro de morir para entrar en la Vida. Conforme a su capacidad de asimilación espiritual, mi Pan, es decir, Yo mismo, hecho alimento para dar a los hombres la fuerza con la que conquistar el Cielo y la moneda para entrar en él, les dará una entrada más o menos rápida en el Reino de gloria, si bien el 99 por 100 de los casos sea siempre la salvación del alma”.
No lloréis. Os devolveré a los seres que amáis”.-Jesús: “No lloréis, pues, padres que habéis perdido a vuestros hijos, cónyuges que habéis perdido a vuestros consortes, huérfanos que os veis sin padres. No lloréis. Como a la madre de Evangelio, Yo, que nunca miento, os digo: «No lloréis». Creed en Mí. Yo os devolveré los seres que amáis y os los devolveré en un Reino al que no tiene acceso la triste muerte de la tierra y en donde no es posible la horrible muerte del espíritu.  No lloréis. Descienda sobre vosotros esta esperanza que es fe y con ella mi bendición”. (Escrito el 7 de Octubre de 1943).
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1  Nota  : Se refiere a la muerte de la madre de María Valtorta.   2  Nota  : María Valtorta  anota a lápiz  al pié de la página: “San Pablo, 1ª Carta a los Corintios, c. 10, v. 10-17”: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso la comunión de la Sangre de Cristo? Y el Pan que partimos, ¿no es la comunión de la Carne de Cristo? Uno es el Pan y por eso formamos todos un solo cuerpo, porque participamos todos del mismo Pan».
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A la 1 de la mañana
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43-393.- “Descuidad en Mí la suerte de vuestros seres queridos”.
* “Aquel que marchó al otro lado de la vida terrena no se separó de vosotros”.- Dice Jesús: “No os entristezcáis, por tanto, todos vosotros que lloráis. Confiad en Mí y descuidad en Mí la suerte de vuestros seres queridos. Es breve, hijos, el tiempo de la tierra. Pronto os llamaré adonde la vida es duradera. Sed pues santos para conseguir la vida eterna en la que ya os esperan vuestros seres queridos o donde se juntarán con vosotros tras la purgación. La separación actual es breve, como instante que pronto pasa. Viene después el volver a juntarse los espíritus en la Luz y, más adelante, la feliz resurrección, por la que, no sólo gozaréis del encuentro con vuestros seres queridos, mas también de la visión de aquellos rostros para vosotros tan amados cuya desaparición os hace llorar cual si os hubiesen robado la perla para vosotros más querida. ■ Nada, hijos, ha cambiado. La muerte no os separa si vivís en el Señor. Aquel que marchó al otro lado de la vida terrena no se separó de vosotros. Eso no puede ser porque vive en Mí al igual que vivís vosotros. Sucedió sólo, por traeros un símil humano, que, dentro del mismo cuerpo, subió de los miembros inferiores a otros más elevados y  nobles, y por eso os ama con mayor perfección al hallarse más unido todavía a Mí y participar de mi perfección. Sólo están «muertos» los condenados. Sólo ellos. Pero todos los demás «viven». Viven, María. Entiéndelo bien: viven. No llores (1), ruega. Pronto vendré”.
Soy Amo que retribuyo bien”.-Jesús: “El operario, cuando la tarde declina, apresura la labor a fin de terminar su jornada y marchar después satisfecho al descanso tras haber obtenido digna recompensa.  Así también, cuando declina para una criatura la tarde de su vida terrena, ha de acelerar la labor a fin de dar los últimos toques a la obra casi terminada. Y debe darlos con alegría pensando que está próximo el descanso después de tanta fatiga y que la recompensa será copiosa por haber trabajado mucho. Soy un Amo que retribuye bien. Soy un Padre que te espera para premiarte. Soy Aquel que te ama, que siempre te amó y siempre te amará. Ni una sola de tus lágrimas desconozco y ninguna de ellas quedará sin premio. Estate cada vez más en Mí y no temas. No temas que Yo te deje sola. Aun cuando no hablo estoy contigo. ¿Sola tú? ¡Oh, no lo digas! Tienes contigo a tu Jesús y donde Jesús está se encuentra todo el Paraíso. No estás sola. María no estaba sola en su casita de Nazaret. Los ángeles la rodeaban en su soledad humana. Tú, María, no te encuentras sola. Me tienes a Mí por Padre, a María por Madre, a mis santos por hermanos y a los ángeles por amigos. El que vive en Mí lo tiene todo, hija mía. No te digo «no llores». Yo también lloré y lloro, María. Ahora bien, te digo: No llores con ese llanto humano que es negación de fe y de la esperanza. Nunca llores así. ■ Ten fe, no sólo en los grandes dogmas de la Fe mas también en mis palabras secretas. Son mías, estate segura de ello. Y espera en mis promesas. Cuando venga a darte la Vida, verás cómo no resultó perdido cuanto lloraste. Aquel que muere sin Jesús en el corazón, ése es el que está perdido. Tú quédate en Jesús. En Él encontrarás todo aquello por lo que suspiras. Yo enjugaré para siempre todas las lágrimas de tus ojos lo mismo que consuelo ahora tu dolor que no te lo puedo evitar porque sirve para la gloria de tu Dios y para la tuya. Pronto pasa, paloma mía, el invierno de la vida y cuando llegue la primavera eterna, vendré Yo a coronarte de flores arrancándote de las espinas que llevaste clavadas por mi amor”. (Escrito el 8 de octubre de 1943).
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1  Nota  : Por la muerte de tu madre.
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43-404.- “Lo que llamáis  «muerte» son las nupcias del alma conmigo”.
* Para ella ha terminado el dolor y llega el amor libre y eterno del Cielo”.- ■ Dice Jesús: “Mira pues, alma mía, a qué divinas y excelsas potencias y semejanzas lleva el amor total. Yo, que te escogí para una misión de dolor y de luz, quiero derramar sobre ti las ondas del éxtasis de amor. Quisiera así saturarte de ellas y trasciendas a Mí mucho más celestialmente que la reina Esther al empapar su cabeza de perfumes de esta tierra para agradar a su rey. Cuando llegue la hora de ser constituida reina del Reino que te tengo preparado y esposa unida para siempre al Esposo en el Alcázar del Rey de los reyes, quiero que de tal modo te encuentres macerada por el amor, es decir, por Mí mismo, que nada quede ya de ti y sea Yo, solo Yo, el que viva en ti. ■ Ven. Sígueme cada vez más de cerca. Nada han de mirar tus ojos si no es a Mí. Y han de estar tensos tus oídos para escucharme. Tu gusto ha de encontrar insípido todo alimento que no sea el mío, y tu tacto ha de encontrar repelente todo contacto distinto del mío. Tu olfato debe deleitarse únicamente con la fragancia de tu Esposo que ya no está escondido sino que va delante de ti para enseñarte el camino que conduce a la felicidad del Cielo. Te he atraído y cada vez te atraeré más con efluvios de aromas y de luces que te abstraerán de las cosas de la tierra. Eres mía. Te quise y te quiero. Ahora te tengo y solo un querer tuyo, que no se dará, podría apartarte de Mí. Mas eso no sucederá. Antes vendrá la que llamáis «muerte», o sea, las nupcias de tu alma conmigo. Entonces, será la felicidad completa. Yo te tomaré de la mano y diré ante mi Corte: «Aquí os presento a mi pequeña reina cuyas galas se tejieron de penitencias y se adornaron con lágrimas estando su guirnalda formada por el amor. Para ella, que con tanto dolor se ha preparado a esta hora, ha terminado el dolor y llega el amor libre y eterno del Cielo. Regocijaos, celestiales habitadores, por esta nueva hermana que terminó sus combates y entra en la Paz»” (1). (Escrito el 11 de Octubre de 1943).
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1  Nota  : Esto nos recuerda  la frase que María Valtorta,  desde el año 1952, dispuso para el recordatorio de su muerte acaecida el 12 de octubre de 1961: “He terminado de sufrir pero continuaré amando”.
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43-429.- “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
* “Desde la Cruz completé mi misión de Redentor pero también de Maestro en las palabras pronunciadas por Mí”.- ■ Dice Jesús: “Todo cuanto Yo digo está relacionado con esa perla que hay en vosotros: el espíritu. Porque el espíritu es el señor de vuestro ser. Vosotros, con frecuencia, hacéis de él un esclavo, si bien ello constituye una culpa de la que habréis de responder. El hecho de que lo ultrajéis y lo matéis no cambia su condición de señor de vuestro ser. ■ Quiero llamar tu atención sobre una frase pronunciada por Mí en la Cruz… Si en las palabras de la Sabiduría no hay una siquiera que sea inútil para el espíritu, ¿qué no será en las palabras pronunciadas por Mí, Sabiduría divina? Completé sobre la cruz mi misión de Redentor, mas también de Maestro. Os enseñé el perdón perdonando a mis asesinos y a cuantos me ofendían como Dios y como agonizante. Os enseñé a tener fe en la Misericordia concedida al que se arrepiente, prometiendo el paraíso a Dimas. Os indiqué a quién debíais acudir para no sentiros solos: a María, que es Madre para vosotros. Os enseñé a pedir con humildad y a sufrir con paciencia, incluso las necesidades corporales, al demandar un sorbo para mis labios. Os enseñé a no quejaros si aquel sorbo es de vinagre y de hiel… vinagre y hiel, María, que se dan, no sólo a los labios, mas también y con frecuencia, al corazón que busca amar y no recibe sino repulsas y ofensas. Recuerda que tu Jesús tiene suturado el Corazón de esta mixtura amarguísima.  Os enseñé a quién invocar en esas horas en que el dolor se abate sobre vosotros y que os parece que todos, hasta Dios, os haya abandonado. Yo, por imperativos de la redención me encontraba realmente abandonado por el Padre al que, no obstante invoqué igualmente. Así es preciso hacer en las horas de la prueba y del dolor. Por más que os parezca que Dios se encuentre lejos, llamadle por eso en vuestro auxilio. Entregadle siempre a Él vuestro amor filial. Él os corresponde con sus dones. Podrán no ser los que pedís, pero serán otros aún más beneficiosos para vosotros. Confiad en el Señor y Padre vuestro. Dios premia siempre al que cree en su Bondad”.
* “Mi última preocupación fue mi espíritu”.-  ■ Jesús: “Mas antes de pronunciar la última palabra a la que se unía, junto al dolor angustioso de aquella muerte, el gozo de haberos conquistado la Vida, pronuncié la frase de la que te quiero hablar: «Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu». ¿Veis, hijos queridos, qué valor tiene el espíritu? A él se dirige mi último pensamiento, a encomendarlo en las manos del Padre. Valor inconmensurable de nuestro vivir de hombres es el espíritu. Y digo «nuestro» porque quien moría sobre la cruz era verdadero Hombre además de verdadero Dios, semejante, por tanto, a vosotros, en lo humano. Mi última preocupación va dirigida a este mi espíritu próximo a librarse de la carne para tornar al Origen del que vino. El espíritu de Cristo necesitaba de la piedad divina. Era el espíritu divino e inocente del Hijo del Padre y de la Inmaculada. ■ Pero Yo os quise enseñar que sólo hay una cosa preciosa en la vida: el espíritu. A él debéis dedicar todos vuestros cuidados durante la existencia y todas vuestras previsiones en la hora de la muerte. Todo cuanto poseéis en la tierra son cosas que mueren con la carne. Ninguna de ellas os sigue a la otra vida. Mas el espíritu permanece, el espíritu precede a vuestra carne. Él es el que comparece ante el Juez y recibe la primera sentencia. Él es el que de nuevo animará a la carne en la hora del último Juicio haciéndola tornar nuevamente a la vida para escuchar la sentencia que hará que sea bienaventurada o maldita con el espíritu. Siglos o instantes de muerte conocerá la carne antes de su resurrección, mas el espíritu no conoce más que una muerte de la que no resucita. ■ ¡Ay de aquellos espíritus muertos que han de comunicar la muerte a la carne que habitaron! La «segunda muerte» que no conoce resurrección es la que debéis temer, hombres necios, que trastocáis los valores de las cosas, para este cuerpo al que amáis más que al espíritu. Procurad tener compasión de vosotros mismos, no desde el punto de vista humano, sino desde el punto de vista sobrenatural. Compasión por lo que no muere como carne sino que únicamente puede morir como espíritu perdiendo la Luz de Dios aquí abajo y la visión y posesión de Dios en el Cielo.  Procuradlo así”.
*Al espíritu que invoca a Dios en agonía no le acometerán los terrores que, como última venganza, suscita Satanás”.-Jesús: “Y, puesto que sois débiles por la carne que os tienta, sujeta como se halla a las seducciones de Satanás, confiad vuestro espíritu, tanto en la vida como en muerte, al Dios Poderoso, Santo, Misericordioso. Cuando os enseñé a decir: «No nos induzcas en tentación, antes bien, sálvanos del mal», ¿acaso no os enseñé ya a confiar vuestro espíritu al Padre que os creó y no reniega de vuestra filiación? Al espíritu que se confía a Dios poco daño puede causarle Satanás en la tierra. Al espíritu que invoca a Dios en agonía no le acometerán los terrores que, como última venganza, suscita Satanás. Al espíritu que expira en Dios le abrirá Dios su Corazón y de la muerte pasará a la vida eterna, santa y bienaventurada”. (Escrito el 16 de Octubre de 1943).
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43-432.- El Purgatorio
*  ¿Qué es el Purgatorio?.-Dice Jesús: “Quiero explicarte qué es y en qué consiste el Purgatorio. Y te lo voy a explicar de forma que ha de chocar a tantos que se creen depositarios del conocimiento del más allá pero que no lo son. Las almas inmersas en aquellas llamas no sufren sino por amor. No desmerecedoras de poseer la Luz, mas tampoco dignas aún de entrar al pronto en el Reino de la Luz, al presentarse ante Dios, son revestidas por dicha Luz. Esta Luz es una breve y anticipada bienaventuranza que les certifica de su salvación, les hace ver lo que será su eternidad y lo que hicieron a su alma privándola de años de feliz posesión de Dios. Inmersas des­pués en el lugar de expiación, el Purgatorio, se ven penetradas de las llamas expiatorias. ■ Aciertan en esto los que hablan del Purgatorio; mas se equivocan al querer atribuir nombres diversos a tales llamas.
.  ● ¿Qué son las llamas?.- ■ Las llamas son incendio de amor. Purifican abrasando a las almas en el amor. Comunican el Amor porque, cuando el alma llega a alcanzar en ellas aquel grado de amor al que no llegó en la tierra, viene a quedar libre y se une al Amor en el Cielo. ¿Te parece doctrina distinta de la ya conocida, verdad? Mas, reflexiona. ¿Qué es lo que quiere el Dios Uno y Trino para las almas creadas por Él? El Bien. Aquel que quiere el Bien para una criatura, ¿qué sentimientos abriga hacia ella? Sentimientos de amor. ¿Cuáles son los mandamientos primero y segundo, los dos más importantes, aquellos de los que Yo dije no haber otros más grandes y estar en ellos la llave para franquear la vida eterna? Es el mandamiento del amor: «Ama a Dios con todas tus fuerzas, ama al prójimo como a ti mismo». ■ ¿Qué os dije infinidad de veces por mi boca, por boca de los profetas y de los santos? Que la Caridad es la más gran­de de las absoluciones. Que la Caridad cancela las culpas y las debilidades del hombre, ya que quien ama vive en Dios y, al vivir en Dios, peca poco y si peca, al punto se arrepiente y para el que se arrepiente se halla pronto el perdón del Altísimo. ¿En qué faltaron las almas? En el Amor. De haber amado mucho, hubieran cometido pocos pecados y éstos leves, debi­dos a vuestra debilidad e imperfección. Pero nunca habrían llegado, aun en materia leve, a la consciente persistencia en la culpa. Y si hubieran procurado no disgustar a su Amor, al ver su buena voluntad, les habría absuelto aun de las faltas ve­niales cometidas.
.   ● Reparación de la culpa.- ■ ¿Cómo se repara una culpa, incluso en la tierra? Expián­dola, tan pronto se pueda, con los mismos medios que se utilizaron para cometerla. Quien causó un daño, restituyendo cuanto quitó arbitrariamente. Quien calumnió, retractándose de la calumnia, y así de lo demás. Pues bien, si esto exige la pobre justicia humana, ¿cómo no lo ha de exigir la Justicia santa de Dios? Y ¿de qué medio se valdrá Dios para obtener la reparación? De Sí mismo, o sea, del Amor y exigiendo el amor. Este Dios, al que ofendisteis, que os ama paternalmente y quiere estar junto a sus criaturas, os posibilita esta unión a través de Sí mismo. ■ Todo, María, se entrama en el Amor, a excepción de los auténticos «muertos» que son los condenados. Para estos «muertos» hasta el Amor murió. Mas en los tres reinos —el más pesado: La Tierra; el otro, aquel en el que no se da el peso de la materia pero sí el del alma cargada con el pecado, que es el Purgatorio; y, por fin, aquel en el que sus morado­res comparten con el Padre su naturaleza espiritual que les libera de toda carga— el motor es el Amor. Amando en la tierra es como trabajáis para el Cielo. Amando en el Purgato­rio es como conquistáis el Cielo que en vida no supisteis me­recer. Y amando en el Paraíso es como gozáis del Cielo. Cuando un alma está en el Purgatorio no hace sino amar, recapacitar y arrepentirse a la luz del Amor que prendió en ella aquellas llamas que ya son Dios pero que le ocultan a Dios para su castigo. ■ Éste es, el tormento: El alma recuerda la visión de Dios habida en el juicio particular. Si lleva consigo aquel recuerdo es porque, aun cuando no sea más que el haber entrevisto a Dios, representa un gozo que supera toda otra cosa creada y el alma se deshace en deseos de volver a gozar de aquella dicha. Aquel recuerdo de Dios y aquel rayo de luz que la penetró al comparecer ante Él, hacen efectivamente que el alma «vea» en su exacta dimensión las faltas cometidas contra su Bien. Y este «v e r», junto con el pensamiento de que con aquellas faltas se privó voluntariamente para años o para si­glos de la posesión del Cielo y de la unión con Dios, consti­tuye su pena purgativa. El amor y la convicción de haber ofendido al Amor es el tormento de los purgantes. Cuanto más faltó un alma durante su vida, tanto más se ve como cegada con espirituales catara­tas que le hace más difícil conocer y alcanzar aquel arrepentimiento perfecto de amor que viene a ser el principal coefi­ciente de su purgación y de su entrada en el Reino de Dios. Cuanto el alma oprimió más con la culpa al amor, tanto más queda, este amor, pesado y tardo en su desarrollo. Mas, a medida que se purifica el alma por obra del Amor, se acelera su re­surrección al amor y, en consecuencia, su conquista del Amor que se completa en el momento en que, terminada la expia­ción y alcanzada la perfección del amor, es admitida en la Ciudad de Dios.
.   ● Vuestros sufragios aceleran el proceso de purgación”.- ■ Es preciso rogar, mucho para que estas almas, que sufren por alcanzar la Gloria, logren rápidamente el amor perfecto que las absuelva y una a Mí. Vuestras plegarias, vuestros su­fragios son otros tantos acrecentamientos del fuego del amor. Aumentan su ardor. Mas, —¡oh feliz tormento!— aumentan igualmente la capacidad de amar y aceleran el proceso de purgación. Elevan a grados cada vez más altos a las almas sumergidas en aquel fuego. Las llevan a los umbrales de la Luz. Abren las puertas de la Luz y, por último, las introdu­cen en el Cielo. ■ A cada una de estas operaciones llevadas a cabo por vuestra caridad en favor de quienes os precedieron en la se­gunda vida, viene a corresponder un movimiento de caridad hacia vosotros: Caridad de Dios que os agradece cuanto hicis­teis por sus hijos penantes y caridad de éstos que os dan gra­cias por haberos preocupado de introducirlos en el gozo de Dios.
.   ● “Nunca como ahora os aman tanto”.- Nunca como después de la muerte terrena os aman tanto vuestros seres queridos, porque su amor está a la sazón pene­trado de la Luz de Dios y comprenden, a esta Luz, cómo les amáis y cómo os debieran haber amado. No pueden ya dirigirse a vosotros con palabras pidiéndoos perdón y ofreciéndoos amor. Pero me las dicen a Mi para vo­sotros y Yo os transmito estas palabras de vuestros muertos que ahora es cuando saben veros y amaros como es debido. ■ Os las transmito Yo junto con sus protestas de amor y con su bendición. Bendición válida ya desde el Purgatorio por cuanto se halla penetrada de la encendida Caridad que les abrasa y purifica. Y perfectamente válida también después, a partir del momento en que, liberados ya, vendrán a vuestro encuentro a los umbrales de la Vida o se juntarán con vosotros en la misma si es que les precedisteis en el Reino del Amor. Confía en Mí, María. Yo hago por ti y por los tuyos más queridos. Levanta tu espíritu. Vengo para comunicarte la ale­gría. Fíate de Mí”. (Escrito el 17 de Octubre de 1943).
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43-441.- Cantar de los Cantares y las postreras astucias de la ciencia del amor.
* Las más sutiles astucias de la ciencia del amor. ■ Dice Jesús: “Y ahora, alma mía, ahora que estamos al final del Cantar, te voy a enseñar las más sutiles astucias de la ciencia del amor. ● Sé pura ya que más puro que el lirio y que la nieve es tu Amado y la esposa ha de vestir idénticas ropas que su Señor y estimar lo que Él estima. María, se aproxima la Luz. Borra hasta la más leve sombra de la carne a fin de que llegues a ser de verdad toda luz al tiempo de mi venida y la Luz, esto es, Jesús te estrechará contra su Corazón para llevarte a su morada en la que ya no se darán las separaciones impuestas por tener que vivir en esta tierra. Acrecienta cada vez más tu belleza pues las nupcias están cerca. Ponte los collares de los últimos sacrificios y cíñetelos con alegría puesto que te los proporcionó el que te ama con un amor eterno. Enciéndete con el fulgor del amor para comunicar viveza a tu semblante espiritual. Una esposa fría, o tibia a lo más, no parece esposa. Yo te quiero ardiente con un amor total. ● Muéstrate intrépida frente a todas las fuerzas del Enemigo que pretende conturbarte movido de infernal envidia. En vano lanzará contra ti sus cuadrigas demoníacas. Mientras permanezcas fiel, cuatro demonios, cuatro más y cuatro multiplicado por diez serán menos que una brizna de hierba hollada por tu pie que va marcando sus últimos pasos para atravesar la distancia que aún te separa de la morada de tu amor. Nada te turbe. Camina apoyada en Mí. Continúa así hasta el fin y de este modo tu tránsito será dulce y luminoso como lo es el salir de un camino semioscuro y difícil para entrar en un prado florido radiante de sol y de gorjeos de pájaros. Y, en verdad, para el que, amando, mereció la posesión del Cielo, no es otra cosa la muerte que la entrada en la eterna Belleza y en el Gozo sempiterno. Y puesto que en el pasado no te viste sin culpas, cancela hasta el recuerdo de aquellas sombras con  el medio que te he enseñado: con un amor cada vez más vivo. ● Vive únicamente para Mí y conmigo. Haz de suerte que el Padre, al mirarte te vea tan fundida conmigo que le resulte imposible separarte de su Hijo. Que mi Caridad te cubra como con un manto nupcial, bajo el que oculto los guiñapos de tus vestidos. ¡Ay si os presentaseis solos ante la Justicia! Por buenos que podáis ser, siempre se dará en vosotros alguna ruina. Mas si os presentáis al Padre conmigo, el fulgor del Hijo de tal manera nimbará vuestra alma que la hará hermosa; y nunca es tan vivo mi resplandor como cuando puedo presentar al Padre a un espíritu que me ama e hizo que no resultase inútil en él mi Sacrificio de Redentor. La justicia del Padre no tiene corazón para causar dolor a su Hijo, Salvador de un nuevo ciudadano de la Jerusalén santa, y así, con una bendición, cancela la deuda de aquel espíritu y le abre el Cielo. ● Huye de las distracciones de la tierra y aíslate conmigo. Cuando se está para ir a residir a un país extranjero, se aprende su idioma a fin de no sentirse incapaz de vivir en él, o, al menos, se procura adquirir los primeros rudimentos de aquel idioma, pues pecaría de imprudente aquel que fuese allí sin saber ni una palabra del mismo ya que se vería muy embarazado al principio. En la eterna morada, es cierto, la Sabiduría os hace desde el primer momento unos instruidos perfectos. Pero mira, alma mía, los últimos tiempos vividos en la tierra son una preparación para el Cielo. Cuando mi Bondad concede todos los indicios y todo el tiempo para disponerse a la Vida; cuando, no solo por obra de mi Misericordia sino también por humana providencia os es concedido poder atender a los últimos preparativos de vuestra arribada a la Vida, dichoso entonces aquel que se prepara con un cuidado que nunca resultará excesivo. ● Si pusieseis este cuidado cuantos por la edad, por una larga enfermedad o por la cruel contingencia de una guerra os veis en el azar casi seguro de morir, no tendríais que soportar por tanto tiempo las penas del Purgatorio. Completaríais vuestra metamorfosis en Mí mediante el amor hacia Mí con un verdadero arrepentimiento de haberme afligido, con verdadera generosidad y verdadera resignación, mediante todas las virtudes practicadas con buena voluntad, y así no tendríais que llevar a cabo esa labor de hacer del hombre, compuesto de carne y de sangre, un espíritu conocedor de la Verdad auténtica, es decir, de Dios que es la única Cosa merecedora de los movimientos de todo el ser. Tú dispones de todo el tiempo para prepararte a tu entrada en la Mansión. Recuerda que si mucho se perdona a quien mucho amó, mucho también se le ha de exigir a quien mucho se le dio. Y, ciertamente, pocos han sido los mortales que hayan tenido cuanto Dios a ti te dio con un amor de predilección. ● Nada te pese, nada te repugne, nada dejes de hacer para dar los últimos retoques a tu vestido nupcial.  Si se te hace cada vez más fatigoso el camino, piensa en tu Jesús que también encontró tan penoso el último sendero que llevaba al Gólgota. Toda víctima es un pequeño redentor; tanto de sí mismo como de sus hermanos. Y los caminos de la redención no son plácidos senderos sembrados de flores: son cuestas pedregosas llenas de zarzas que hay que recorrer con una cruz sobre los hombros, la fiebre quemando las venas, el desfallecimiento en la carne moribunda, el sabor de sangre en la boca reseca, las espinas punzando la cabeza y  la perspectiva de la tortura suprema en el corazón. La redención se completa sobre la cumbre y tiene como pompa máxima en su rito propiciatorio las joyas de tres clavos, el desgaje de las últimas dulzuras en los afectos, la soledad entre el cielo y la tierra, la oscuridad, no solo de la atmósfera mas también del corazón. Viene después el sol a besar al inmolado; pero antes están las tinieblas y el dolor. Permanece, permanece unida a Mí. A medida que se acerca la hora estate más unida a Mí. No hay otro como Jesús para ayudar ni otro como Jesús para instruir por su experiencia vivida ni otro como Él para enseñar a sufrir el martirio de amor. ● Mas como, antes de padecerlo, hube Yo de crecer en la vida tomando como primer alimento la leche de mi Madre y, más adelante, la comida preparada por sus santas manos, así también todo pequeño redentor debe vivir en María, para formarse llegando a ser un Cristo. Jesús es fortaleza de vuestra alma. María es dulzura. Antes de beber el vinagre y la hiel es preciso beber el vino aderezado.  Y éste os lo proporciona la sonrisa reconfortante de María. Bálsamo que me hizo feliz en la tierra; bálsamo que me hace feliz en el Paraíso y, junto con Dios, hace feliz a todo el Paraíso. La sonrisa maternal de mi Madre es estrella en la vida y estrella también en la muerte. Y sobre todo, es estrella en el dolor de la inmolación. ■ Yo contemplé aquella heroica sonrisa atormentada de mi Madre, único consuelo, infinito consuelo que subía a mi patíbulo. La contemplé para impedir que la desesperación se apoderase de Mí. Contémplala también tú siempre. Contempladla vosotros, hombres que sufrís. La sonrisa de María pone en fuga al demonio de la desesperación. Vivid unidos a María de la que sois hijos al igual que Yo. Vive sobre el corazón de María, alma a la que quiero llevar al Cielo. Las manos de esta Madre, que nunca defrauda a sus hijos, rebosan de caricias para ti. Sus brazos te estrechan al seno que me llevó a Mí y su boca te dice las mismas palabras que a Mí me confortaron. ●Para que no llegues a extraviarte en los últimos días de tu permanencia en la tierra, te encierro en la morada de María. Allí no tiene entrada la turbación porque Ella es la Madre de la Paz. El Enemigo no penetra allí porque Ella es la Victoriosa. Que María prenda en ti las llamas supremas de la Caridad puesto que Ella es la Hija, la Madre y la Esposa de la Caridad. Vuela todos los puentes tendidos entre ti y el mundo. Vive en Jesús y en María. ● Recuerda que, por más que el hombre llegase a dar todos sus bienes a cambio del amor, nada supondría todo ello, por cuanto el Amor es algo que, parangonado con Dios,—Amor de vuestra alma, fin verdadero de vuestra vida— todo carece de valor. Lo único que cuenta es la posesión del Amor. Y se posee Éste cuando por Él se renuncia a todo cuanto se tiene. Más tarde, María, llegará la paz. Este es tiempo de lucha. Mas para el que ama es lucha coronada con la victoria. Pronto vendré a cambiar tu corona de espinas por otra de gozo. Persevera. Marca con mi sello cada latido, cada esfuerzo tuyo. Grábalo con lágrimas en las fibras mismas de tu corazón. Yo soy Aquel que salvo y amo”. (Escrito el 19 de Octubre de 1943)
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43-448.- “Al contravenir el Decálogo contravenís al amor. El amor no recibido debéis darme en el Purgatorio”.
* “Las almas  purgantes sufren tan solo por el amor y expían con el amor”.- ■ Dice Jesús: “Reanudo el tema de las almas acogidas en el Purgatorio. No hace al caso que no penetrases tú el sentido cabal de mis palabras. Estas páginas van destinadas a todos ya que todos tienen seres queridos en el Purgatorio y casi todos, por la vida que llevan, están destinados a permanecer en aquella morada. Continúo, pues, tanto para unos como para otros. ■ Dije que las almas purgantes sufren tan sólo por el amor y que expían con el amor. He aquí las razones de esta forma de expiación. Si vosotros, hombres irreflexivos, consideráis atentamente mi Ley, así en sus consejos como en sus mandatos, veréis que toda ella gira sobre el amor. Amor para con Dios y amor para con el prójimo:
.  (1º) En el 1º mandamiento Yo, Dios, me impongo a vuestro amor reverencial con toda la solemnidad propia de mi Naturaleza contrapuesta a vuestra nada: «Yo soy el Señor tu Dios». ■ Con harta frecuencia os olvidáis de ello, hombres que os creéis dioses y que, de no tener en vosotros un espíritu vivificado por la Gracia, otra cosa no sois que polvo y podredumbre, animales que unís a la animalidad la astucia de la inteligencia poseída por la Bestia que os fuerza a realizar obras de bestias y, peor que aún de bestias, de demonios. Decíoslo mañana y tarde, al mediodía y a medianoche; decíoslo cuando coméis, cuando bebéis, cuando vais a dormir, cuando os despertáis, cuando trabajáis, cuando descansáis; decíoslo cuando amáis, cuando trabáis amistades, cuando mandáis y cuando obedecéis; decíoslo siempre: «Yo no soy Dios». La comida, la bebida, el sueño, no son Dios. El trabajo, el descanso, las ocupaciones, las obras del genio, no son Dios. La mujer, o peor, las mujeres, no son Dios. Las amistades, no son Dios. Los superiores no son Dios.  Uno sólo es Dios: el Señor que me dio esta vida para que con ella me granjee la Vida que no muere, que me proporcionó vestidos, alimentos, habitación y lo mismo trabajo para granjearme la vida, ingenio con que demostrar que soy el rey de la tierra; que me dotó de capacidad de amar y de criaturas a las que amar «con santidad» y no con lujuria; que me revistió de poder y de autoridad para que haga con ellos medios de santificación y no de condenación.  ■ Yo puedo llegar a ser como Él puesto que dijo: «Vosotros sois dioses», pero sólo si vivo su Vida, o sea su Ley; pero sólo si vivo su Vida, o sea, su Amor. Uno sólo es Dios: Él. Yo soy su hijo y su vasallo, el heredero de su Reino. Mas si deserto de Él, si formo para mí un reino propio, en el que quiero humanamente ser rey y dios del mismo, entonces pierdo el Reino verdadero y desbarato mi condición de hijo de Dios degradándola a la de hijo de Satanás, ya que resulta imposible servir al mismo tiempo al egoísmo y al amor; y así, el que sirve al primero sirve al enemigo de Dios y pierde el Amor, es decir, pierde a Dios. Desterrad de vuestra mente y de vuestro corazón cuantos falsos dioses habéis en ellos entronizado comenzando por el dios de fango que sois vosotros cuando no vivís en Mí. ■ Recordad qué es lo que me debéis en pago de cuanto os he dado, —y más os habría dado si no hubieseis atado las manos a vuestro Dios con vuestra forma de vida— qué es lo que os he dado para vuestra vida diaria y para la eterna. Para ésta os dio a su Hijo a fin de que fuese inmolado como cordero sin mancha y lavase con su Sangre vuestros débitos y así no hiciese recaer, como en los tiempos mosaicos, la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la cuarta generación de pecadores que son «aquellos que me odian», puesto que el pecado es ofensa contra Dios y quien ofende odia. No levantéis más altares a dioses falsos. Poned, no ya sobre altares de piedra, sino sobre el altar vivo de vuestro corazón al solo y único Señor vuestro. Servidle a Él y tributad culto verdadero de amor, de amor y de amor. ■ Vosotros, hijos que no sabéis amar, decís palabras de plegaria, palabras tan sólo, pero que no hacéis del amor vuestra plegaria, única que Dios agradece. Recordar que un sincero latido de amor que salga como nube de incienso de las llamas de vuestro corazón enamorado de Mí, tiene para Mí un valor infinitamente mayor que miles de rezos y de ceremonias hechos con un corazón tibio o frío. Atraed mi Misericordia con vuestro amor. ¡Si supierais cuán activa es mi Misericordia para con el que me ama! Es onda que pasa lavando cuanto de manchado hay en vosotros. Os proporciona cándida estola para entrar en la Ciudad santa del Cielo en la que resplandece como un sol la Caridad del Cordero que se hizo inmolar por vosotros.
.  (2º) No os sirváis de su Nombre santo por costumbre o para prestar fuerza a vuestra ira, desfogar vuestra impaciencia y corroborar vuestras maldiciones.  ■ Y sobre todo, no apliquéis el término «dios» a criatura alguna humana a la que améis con hambre de sentido o devoción de la mente.  A uno solo ha de aplicarse dicho Nombre:  a Mí. Y a Mí se me debe decir con amor, con fe, y con esperanza. Tal Nombre será así vuestra fortaleza y vuestra defensa. El culto de este Nombre os justificará porque quien obra poniendo mi Nombre como sello de sus actos, no puede cometer acciones depravadas. Hablo de quien obra con sinceridad, no de los mentirosos que tratan de cubrirse a sí mismos y a sus obras con el fulgor de mi Nombre tres veces santo. Y ¿a quién intentan engañar? No soy Yo sujeto de engaño como tampoco los mismos hombres, a menos que se trate de enfermos mentales, pues de la mera confrontación de las obras de los mentirosos con lo que dicen, llegan a comprender que son falaces, mostrándoles por ello su desdén y su repugnancia.
.   (3º) Vosotros que no sabéis amar si no es a vosotros mismos y a vuestros intereses y que se os figura perdido todo tiempo que no se dedique a complacer a la carne o a engrosar la bolsa, sabed, dentro de vuestro gozar o trabajar como glotones y como bestias,  intercalar un descanso que os permita pensar en Dios, en su bondad, en su paciencia y en su amor. En cualquier cosa que hagáis, lo repito, debierais tenerme presente siempre; mas, puesto que no sabéis obrar teniendo el espíritu fijo siempre en Dios, cesad en vuestro trabajo una vez a la semana para pensar únicamente en Dios. ■ Ésta que os puede parecer ley servil, es, por el contrario, una prueba de cómo os ama Dios. Sabe vuestro Padre que sois máquinas por demás frágiles para haber de ser usadas de continuo y así ha mirado por vuestra carne, ya que también ella es obra suya, mandándoos que le deis descanso un día de cada siete a fin de proporcionarle la debida reparación de sus energías. Dios no quiere vuestras enfermedades. Si hubierais permanecido siendo sus hijos, suyos de verdad, desde Adán en adelante, no hubierais conocido las enfermedades. Son éstas fruto de vuestras desobediencias a Dios, a las que han de añadirse el dolor y la muerte. Y, al modo de los hongos, nacieron y nacen sobre las raíces de la desobediencia primera: la de Adán, y van brotando unas con otras, en trágica cadena, del germen que quedó inoculado en el corazón y del veneno de la Serpiente maldita que os produce fiebres de lujuria, de avaricia, de gula, de pereza y de imprudencias culpables. Y es imprudencia culpable el tratar de forzar vuestro ser con un trabajo continuo a fin de obtener ganancias, como lo es el querer gozar en exceso de la gula o del sentido no cotentándoos con el alimento necesario para la vida ni con la compañía indispensable para la continuación de la especie, sino saciándoos sobre toda medida como animales de pantano y enervándoos y envileciéndoos —no ya como brutos, pues éstos no son semejantes sino superiores a vosotros en el connubio al que van obedeciendo a las leyes de orden— envileciéndoos más que los brutos: como demonios, que desobedecen las leyes santas del instinto recto, de la razón y de Dios. ■ Habéis depravado vuestro instinto y él os lleva ahora a preferir pastos corrompidos, formados por la lujuria, en los que profanáis vuestro cuerpo, que es obra mía, y vuestra alma, que es mi obra maestra, y matáis embriones vitales negándoles la vida puesto que los suprimís intencionadamente, antes de tiempo o valiéndoos de esas lepras que son un veneno mortal para las vidas que surgen. ¡Cuántas no son las almas que vuestro apetito sensual llama al Cielo y a las que vosotros cerráis después las puertas de la vida!  ¡Cuántas las que apenas si llegan a término, saliendo a la luz moribundas si no muertas ya, impidiéndoles el Cielo! ¡Cuántas a las que imponéis una carga de dolor, que no siempre pueden soportar, con una existencia enferma, marcada con lacras dolorosas y de vergüenza! ¡Cuántas las que no pueden resistir a esta condición de martirio no querido por ellas antes impuesto por vosotros cual marca de fuego sobre su carne que vosotros engendrasteis sin reflexionar que, cuando os encontráis corrompidos como sepulcros rebosantes de putrefacción, no os es lícito engendrar hijos para condenarlos al dolor y a la aversión de la sociedad! ■ Mas ¿creéis vosotros que Yo haya de condenarlas por este su delito contra Dios y contra sí mismas? No. Antes que ellas, que pecan contra dos, estáis vosotras que pecáis contra tres: contra Dios, contra vosotros mismos y contra esos inocentes que engendrasteis para llevarlos a la desesperación. Pensadlo bien. Dios es justo y si pesa la culpa, pesa también las causas de la culpa. Y en este caso, el peso de la culpa mitiga la condena del suicida y recarga la vuestra, verdaderos homicidas de vuestras criaturas desesperadas. ■  En ese día de reposo que Dios puso en la semana y del que os dio ejemplo con el suyo, —pensad: Él, el Agente infinito, el Generante por Sí mismo se genera de continuo, Él os enseñó la necesidad del descanso haciéndolo por vosotros a fin de ser vuestro Maestro en la vida. Y vosotros, potencias despreciables, pretendéis no hacer caso como si fueseis más poderosos que Dios— en ese día de descanso para vuestra carne que se quiebra por el exceso de fatiga, sabed ocuparos de los derechos y deberes de vuestra alma. Derechos: a la Vida verdadera. El alma muere si se la tiene apartada de Dios. Dadle a vuestra alma el domingo —ya que no sabéis hacerlo todos los días y a todas las horas— para que en ese domingo se nutra de la palabra de Dios y se sature de Dios a fin de que goce de vitalidad durante los demás días de trabajo. ¡Qué dulce le resulta el trabajo en la casa paterna a aquel hijo al que el trabajo le tuvo alejado de ella durante toda la semana! Y ¿por qué no le proporcionáis esa dulzura a vuestra alma? ¿Por qué mancháis este día en vez de hacer de él una luz para vuestra felicidad presente y futura?
.   (4º) Y, tras el amor para quien os creó, está el amor hacia el que os engendró y hacia el que es vuestro hermano. Si Dios es Caridad, ¿cómo podéis decir que estáis en Dios cuando nada hacéis por asemejaros a Él en la caridad? Y ¿podéis decir que sois semejantes por amarle a Él tan solo no amando a los demás que fueron creados por Él? Cierto que Dios sabe ser amado sobre todos; pero nadie puede decir que ama a Dios si rehusa amar a los que Dios ama. Amad pues en primer término a aquellos, que os han engendrado pues son los segundos creadores de vuestro ser sobre la tierra. El Creador supremo es el Señor Dios que forma vuestras almas y, dueño como es de la Vida y de la Muerte, permite vuestra arribada a la vida. Mas, son creadores segundos aquellos que, de dos carnes y de dos sangres, hacen una nueva carne, un nuevo hijo de Dios, un nuevo futuro habitante del Cielo, ya que para el Cielo fuisteis creados y para el Cielo vivís en a tierra. ■ ¡Oh Dignidad sublime la del padre y la de la madre! Santo Episcopado, digo con palabra osada pero verdadera, que consagra un nuevo siervo para Dios con el crisma del amor conyugal, lo lava con el llanto de la madre, lo viste con el trabajo del padre, lo hace portador de la Luz al infundir el conocimiento de Dios en las mentes infantiles y el amor de Dios en aquellos corazones inocentes. En verdad os digo que, por el solo hecho de haber creado un nuevo Adán, son los padres un poco inferiores a Dios. Mas cuando, después, los padres del nuevo Adán saben hacer un nuevo pequeño Cristo, entonces su dignidad es apenas inferior en un grado a la del Eterno. Amad pues a vuestro padre y a vuestra madre, esta doble manifestación de Dios a la que el amor conyugal transformó en «unidad», con un amor inferior tan sólo al que debéis al Señor Dios vuestro. Amadles por cuanto su dignidad y sus obras son para vosotros las más parecidas a las de Dios. Los padres son vuestros creadores terrenos y, como a tales, debéis venerarlos en todo. ■ Los formadores deben ser perfectos. Y vosotros, padres, amad a vuestra prole. Recordad  que a todo deber le corresponde un derecho y que si los hijos tienen el deber de reconocer en vosotros la más alta dignidad después de la de Dios, y tributaros por ello el amor más grande después del de Dios, vosotros tenéis el deber de ser perfectos a fin de que no mermen el buen concepto y el amor de los hijos a vosotros. Recordad que engendrar una carne es mucho; pero nada al mismo tiempo. También los animales engendran una carne y muchas veces cuidan de ella mejor que vosotros. Mas lo que vosotros engendráis es un ciudadano del Cielo. De esto es de lo que os debéis preocupar. No apaguéis la luz en las almas de vuestros hijos ni permitáis que la perla de su alma adquiera tendencias al fango, no sea que de tal tendencia les lleve a sumergirse en él. Dad amor santo a vuestros hijos y no vanos cuidados de su belleza física ni de su cultura humana. Es la belleza de su alma, la educación de su espíritu las que debéis procurarles. ■ La vida de los padres es muchas veces sacrificio, al igual que la de los sacerdotes y la de los maestros conscientes de su misión. Estas tres categorías corresponden a los «formadores» del espíritu o la psiquis si así lo preferís. Y dado que el espíritu se relaciona con la carne en la proporción de 1000 a 1, considerad qué perfección habrán de alcanzar los padres, maestros y sacerdotes si de verdad han de ser lo que deben. Digo «perfección». No basta «formación». Deben formar a otros; mas para formarlos sin deformidad han de modelarlos conforme a un modelo perfecto. Y ¿cómo han de poder llegar a ser ellos perfectos si no se modelan conforme al Perfecto por excelencia que es Dios?  Y ¿qué es lo que al hombre puede capacitarle para modelarse según Dios? El amor; siempre el amor. Sois hierro tosco e informe. El amor es el horno que os purifica y derrite haciéndoos flúidos para colaros a través de las venas sobrenaturales en el molde de Dios. Sólo cuando estéis formados vosotros conforme a la perfección de Dios, seréis los «formadores» de los demás. ■ De tal palo tal astilla. Muchas veces son los hijos una réplica de la quiebra espiritual de sus padres y así por los hijos se advierte lo que llegaron a ser sus padres. A veces de padres santos nacen hijos depravados, pero esto viene a ser excepción. Generalmente uno de los padres no suele ser santo, y, como os resulta más copiar lo malo que lo bueno, el hijo copia al menos bueno.  E igualmente es cierto que de padres malos nace  a veces un hijo santo. Pero también aquí es difícil que en los padres ambos sean malos. Y así, por ley de compensación, el más bueno de los dos es bueno por dos y, con oraciones, lágrimas y palabras realiza solo cuanto deberían hacer los dos formando al hijo para el Cielo. ■ De todas formas, hijos, sean quienes fueren vuestros padres, Yo os digo: «No los juzguéis antes, amadles, perdonadles y obedecedles en todo cuanto no sea contrario a mi Ley». Queda para vosotros el mérito de la obediencia, del amor y del perdón, de ese vuestro perdón de hijos, María, que acelera el perdón de Dios hacia vuestros padres y tanto más lo acelera cuanto el perdón es más completo. La responsabilidad de vuestros padres y el justo juicio de los mismos, tanto en lo que atañe a vosotros como a Dios, queda en manos de Éste que es Juez único.
.   (5º) Resulta ocioso explicar cómo el matar es falta al amor:  ■ al amor hacia Dios al que despojáis del derecho de vida y muerte para con una de sus criaturas y del derecho de Juez. Sólo Dios es Juez y Juez santo. Y si Él concedió al hombre el establecimiento de tribunales de justicia para poneros un freno así en el delito como en el castigo, ¡ay de vosotros si, como faltáis a la Justicia de Dios, faltáis también a la justicia del hombre erigiéndoos en jueces de vuestro semejante que os faltó o creéis que os haya faltado! ■ Considerad, pobres hijos, que la ofensa y el dolor trastornan la mente y el corazón y que la ira y el mismo dolor echan un velo ante vuestra mirada intelectual, velo que os impide la visión de la verdad real y de la caridad tal cual os la presenta Dios a fin de que sepáis regular según ella hasta vuestro justo enojo y no cometer así con excesiva y despiadada condena una injusticia. Sed santos aun cuando os está quemando la ofensa y, sobre todo entonces, acordaos de Dios. ■ Sed santos igualmente vosotros, jueces de la tierra. Tenéis entre las manos los más vivos horrores de la humanidad. Escudriñadlos con mirada y mente imbuidas de Dios. Pensad el verdadero «porqué» de ciertas «miserias» y pensad que, si bien son verdaderas «miserias» de la humanidad que se degrada, son así mismo múltiples las causas que las producen. En la mano del que mató buscad la fuerza que la movió a matar y acordaos de que también vosotros sois hombres. Preguntaos a vosotros si, de haberos visto traicionados y abandonados y provocados, seríais mejores que aquel o aquellos que están ante vosotros aguardando la sentencia. Pensad, haciéndoos un severo examen a vosotros mismos, si no podría culparos alguna mujer de ser vosotros los verdaderos asesinos de aquel hijo que ella eliminó porque, tras los momentos de placer, faltasteis a vuestro compromiso de honor. Y si lo podéis hacer, sed también vosotros severos. Mas si después de haber pecado contra aquella criatura nacida por obra de vuestra insidia y de vuestra lujuria, queréis alcanzar aún el perdón de Aquel a quien no se le engaña ni pierde la memoria por años y años que transcurran de una vida correcta tras aquella incorrección que no quisisteis reparar o aquel delito que provocasteis, trabajad al menos en prevenir el mal y, sobre todo, allí donde la ligereza femenina y la miseria ambiental predisponen a las caídas en el vicio y en infanticidio.
.   (6º) Recordad, hombres, que Yo, el Puro,  no me negué a redimir a las mujeres sin honor y, para suplir el honor de que carecían, hice brotar en ellas, la flor viva del arrepentimiento que redime. Di mi amor compasivo a aquellas pobres desgraciadas a las que un mal llamado «amor» habíalas hundido en el fango y mi amor verdadero las salvó de la lujuria que el tal amor las inoculara. Si las hubiese maldecido y rechazado, habríalas perdido para siempre. Las amé hasta por el mundo mismo, el cual, tras haber gozado de ellas, las cubre con su desprecio hipócrita y con su mentido desdén. En lugar de las caricias pecaminosas, Yo las acaricié con la pureza de mi mirada; en vez de las palabras de delirio, Yo tuve para ellas palabras de amor; y, en lugar del dinero, precio vergonzoso de sus besos, les entregué los tesoros de mi Verdad. Así es, hombres, cómo se hace para sacar del fango al que se encuentra hundido en él y no abrazarse a su cuello para perecer los dos, o lanzarle piedras tal vez para hundirlo más. Es el amor, siempre el amor, el que salva. ■ ¡Qué gran pecado contra el amor, sea el adulterio lo tengo ya dicho y no lo repito por ahora! Hay tanto que decir sobre este desahogo de la animalidad —y tanto que no lo entenderíais, puesto que hasta os jactáis de ser traidores al hogar— que me callo por piedad hacia mi pequeña discípula. No quiero agotar las fuerzas de esta criatura, ya exhausta, ni turbar su ánimo con crudezas humanas porque hallándose próxima a la meta, piensa tan solo en el Cielo.
.   (7º) Es obvio que falta al amor todo aquel que roba. Si se amase a los otros como se ama a sí mismo no se arrebataría con violencia lo que es del prójimo. Los latrocinios lo mismo pueden ser de mercancías, de dinero, como de empleos. ¡Cuántos hurtos cometéis robándole un puesto al amigo o un invento al compañero! Sois ladrones, tres veces ladrones, al hacer esto. Lo sois mucho más que si robaseis una cartera o una alhaja, porque sin éstas se puede seguir viviendo, mas sin un puesto de trabajo se muere y con el desposeído del puesto muere también de hambre su familia.
.   (8º) Os doté de la palabra en señal de superioridad sobre todos los demás animales de la tierra. Ahora bien, ¿puedo decir que me amáis por la palabra cuando hacéis de este don del Cielo arma de la que os servís para arruinar al prójimo mediante falso  juramento? No. No me amáis a Mí como tampoco al prójimo cuando juráis en falso, antes me odiáis. ¿No reflexionáis que la palabra mata no sólo la carne mas también la reputación del hombre? El que mata odia y el que odia no ama.
.  (9 y 10º) La envidia no es caridad. Es anticaridad. Aquel que desea los bienes ajenos  inmoderadamente es un envidioso y no ama. Contentaos con lo que tenéis. Pensad que, bajo apariencias de dicha, se esconden con frecuencia dolores que sólo Dios ve y que se os ahorran a vosotros, menos felices en apariencia que aquellos a quienes envidiáis. ■ Y si por ventura el objeto deseado fuese la mujer del otro o el marido ajeno, sabed entonces que al pecado de envidia añadís el de lujuria y el de adulterio. Inferís con ello una triple ofensa a la Caridad de Dios y al prójimo”.
* En resumen: “El pecado es carencia de caridad; por eso, debe expiarse con el amor. El amor que no supisteis darme en la tierra, debéis dármelo en el Purgatorio”.-Jesús:  “Como veis, contraviniendo el decálogo, contravenís al amor. E igual sucede  con los consejos que os di, que son la flor del árbol de la Caridad. Ahora bien, si faltando a la Ley faltáis al Amor, es obvio que el pecado es carencia de caridad y, por eso, debe expiarse con el amor. El amor que no supisteis darme en la tierra, debéis dármelo en el Purgatorio. Y aquí tenéis por qué digo que el Purgatorio no es sino sufrimiento de amor. Durante toda vuestra vida amasteis poco a Dios en su Ley. Os echasteis a la espalda su pensamiento. Vivisteis amando todo menos a Dios. Justo es pues que, no habiendo merecido ni el Cielo ni el Infierno os ganéis el Paraíso encendiéndoos en la Caridad y ardiendo en ella en la medida que fuisteis tibios sobre la tierra. Justo es que suspiréis de amor durante miles y miles de horas de expiación por las miles y miles de veces que dejasteis de suspirar sobre la tierra por Dios, fin supremo de las inteligencias creadas. A cada vez que volvisteis vuestras espaldas al amor corresponden años y siglos de nostalgia amorosa. Años o siglos, según la gravedad de vuestra culpa. Seguros ya de la posesión de Dios, conocedores de su suprema belleza por aquel fugaz encuentro del primer juicio cuyo recuerdo se os renueva haciéndoos más viva el ansia de amor, suspiráis por Él. Lloráis vuestro alejamiento y os hacéis cada vez más permeables a aquel fuego encendido por la Caridad para vuestro bien supremo. ■ Cuando, por obra de las plegarias de los vivientes que os aman, llegan a vosotros los méritos de Cristo lanzados como ardorosas esencias en el fuego santo del Purgatorio, os penetra mucho más fuerte y profundamente la incandescencia del amor, y, entre el rutilar de las llamas, va haciéndose cada vez más diáfano en vosotros el recuerdo de Dios al que visteis en aquel instante. Al igual que sucede en la vida de la tierra que, a medida que crece el amor, tanto más tenue se hace el velo que oculta de la Divinidad al viviente, otro tanto ocurre en el segundo reino: que, cuanto más aumenta la purificación y, por tanto, el amor, tanto más próximo y visible se muestra el rostro de Dios. Se trasluce y sonríe ya por entre el rutilar del fuego santo. Es como un sol que por momentos se va acercando y su luz y su calor van anulando progresivamente la luz y el calor del fuego purgativo hasta que, ■ pasando del merecido y bendito tormento del fuego purgativo al conquistado y feliz refrigerio de la posesión, os desplazáis de la llama a Llama, de la luz a Luz, elevándoos hasta alcanzar a ser luz y llama en Él, que es el Sol eterno, al modo de una chispa absorbida por una hoguera o una candela arrojada a un incendio. ¡Oh gozo de los gozos, cuando veáis que subís a mi Gloria, que pasáis de aquel reino de espera al Reino del triunfo! ¡Oh conocimiento perfecto del Perfecto Amor! ■ María, este conocimiento es un misterio que, solo por benevolencia de Dios puede la mente conocer pero no con palabras humanas describir. Cree que merece la pena sufrir durante toda la vida a trueque de poseerlo a la hora de la muerte. Ten por cierto que no se da más subida caridad que procurarlo con la oración a quienes amasteis sobre la tierra y dan ahora comienzo a su purgación mediante el amor, ese amor al que, en vida, tantas y tantas veces cerraron las puertas de su corazón. ¡Animo! Bendita a quien se han revelado verdades ocultas. Sigue adelante, obra y elévate. Hazlo por ti y por todos aquellos a los que amas y se encuentran en el más allá. Deja que el amor vaya consumiendo la urdimbre de tu vida. Vierte tu amor sobre el Purgatorio para abrir las puertas del Cielo a los que amas. Feliz de ti si aciertas a amar hasta lograr la consunción de todo aquello que es débil y que pecó. Al encuentro del espíritu purificado por la inmolación del amor vienen los Serafines que le enseñan el «Sanctus» eterno que ha de cantar a los pies de mi trono”. (Escrito el 21 de Octubre de 1943).
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43-486.- Dos clases de muerte: la pequeña muerte: la de la carne y la muerte grande: la del espíritu.
* “Dios no creó la muerte. Adán engendró la muerte antes que a su hijo”.-Dice Jesús: “Dos son las clases de muerte. Lo tengo ya explicado. Una es la pequeña muerte que os lleva de la tierra y libera de la carne vuestro espíritu y, la otra, la muerte grande que da muerte a lo que es inmortal, a vuestro espíritu. De la primera resucitáis para el primer juicio y después resucitáis con vuestra carne en el momento del juicio universal. Pero de la segunda muerte no volveréis más a la Vida, eternamente estaréis separados de la Vida, es decir, de Dios que es vuestra Vida.  Sobrepujando en estolidez a los animales que, al obedecer la norma del instinto, saben ser ordenados en la comida, en sus uniones, en la elección de cobijos, vosotros, con vuestras continuas desobediencias al orden natural y sobrenatural, os causáis muchas veces la muerte tanto la primera como la segunda, a vosotros mismos. Intemperancias, abusos, imprudencias, modas necias, placeres, vicios, como otras tantas armas manejadas locamente por vosotros, causan la muerte a vuestra carne. Y vicios y pecados matan así mismo vuestra alma. Por eso os digo: «No vayáis en busca de la muerte con los errores de vuestra vida ni tras la perdición con las obras  de vuestras manos». ■ Ya os lo dije: Dios, que todo lo creó, no creó la muerte. Obra suya es el sol que esplende desde millares de siglos; obra suya es el mar contenido en sus límites sobre un globo que gira por los espacios; obra suya la infinidad de estrellas que hacen que el firmamento semeje un espacio por el que se hayan desparramado las perlas de un inmenso cofre abierto; obras suya, los animales y plantas: desde los colosales elefantes y baobabs hasta los más endebles, como son la liviana hebra del musgo y el efímero mosquito del fresal;  obra suya sois vosotros los hombres, de corazón más duro que el jaspe y de lengua más afilada que el diamante, formado y sepultado por el Eterno en las entrañas del suelo, de pensamiento más negro que el carbón formado en los estratos por descomposición operada a lo largo de milenios, de inteligencia poderosa como águila en los espacios, pero de voluntad obstinada y rebelde como la de una mona. Mas no generó la muerte. Esta se generó de vuestros esponsales con Satanás. Adán, vuestro padre en el tiempo, la engendró antes que a su hijo y lo hizo aquel día que, débil ante la debilidad de la mujer, cedió a la voluntad seducida de ella y pecó donde antes nunca pecara, pecó bajo el silbido de la serpiente y el sonrojo de los ángeles. ■ Pero la pequeña muerte no supone un gran mal cuando con ella, cual hoja que completó su ciclo, cae tan sólo la carne. Es, por el contrario, un bien puesto que os lleva al punto de donde vinisteis  y en que os aguarda un Padre. Como no es obra de Dios la muerte de la carne, tampoco lo es la del espíritu; antes al contrario, cuando ya estabais muertos, envió al Resucitador eterno, a su Hijo, a daros Vida.  El milagro de Lázaro, el del joven de Naím, y el de la hija de Jairo no suponen gran cosa. Estaban dormidos y los desperté. Grande, en cambio, es el milagro cuando, de una Magdalena, de un Zaqueo, de un Dimas, de un Longinos, muertos en su espíritu, hice «vivientes» en el Señor”.
* Vivir en el Señor o vivir apartados del Señor: vivos o muertos.-  ■ Jesús: “¡Estar vivos en el Señor! No hay cosa que supere a ésta en belleza, en deleite, en duración y en esplendor. Creedlo así, hijos, y haced por estar «vivos». Vivos en Dios Uno y Trino, vivos en el Padre, vivos para toda la eternidad. Vosotros, que llamáis infierno a la tierra a la que, ciertamente, habéis hecho infernal con vuestros métodos feroces, siendo como es ella un paraíso en comparación con la morada de Satanás, no deis a vuestro espíritu el infierno por meta final sino dadle por meta a Dios que es Paraíso para vuestro espíritu y dejad el infierno para el Infierno, para los condenados, para los malditos que rechazaron la Vida, manjar repugnante para su corazón de pervertidos que acogieron la muerte de la que se habían hecho perfectamente merecedores. Si todo acabase en la tierra aún sería poco mal el aparecer malvados durante escaso tiempo pues los hombres lo olvidarían pronto ya que el recuerdo es como una nube de humo que presto se desvanece. Mas no lo es todo en la tierra. El todo se halla en otro lugar. Y en ese «todo» habréis de encontraros con lo que realizasteis en la tierra. Nada escapará al juicio, tenedlo en cuenta, y no dilapidéis locamente los bienes que Dios os entregó, antes bien hacedlos fructificar para vuestra eternidad. No mueren quienes vivieron en el Señor. Cuanto aquí abajo fue dolor, humillación y prueba, se cambiará para ellos en premio, en triunfo y gozo en el más allá. ■ Ni penséis que Dios sea injusto en la distribución de los bienes de la tierra y duración de la vida. Quienes piensan así son los que viven apartados de Dios. En cambio, para los que viven en el Señor, las privaciones, las penas, las enfermedades, la muerte precoz son motivos de satisfacción ya que en todo ven la mano del Padre que les ama y no puede darles sino cosas convenientes y buenas; las mismas que, en fin de cuentas, me dio a Mí, su Hijo. A ellos, proyectados ya fuera de este mundo, tan solo les preocupa y desean la gloria de Dios; y Dios les revestirá de gloria para toda la eternidad. Los malvados serán olvidados o recordados tal vez con horror. En cambio, a los santos, a los justos, a los hijos de Dios se les tributará culto duradero y santo porque el Señor atiende a sus bienamados y no solo se cuida de darles la felicidad en el Cielo, esto es, a Sí mismo, sino que hace también que los hombres le tributen honor verdadero haciendo que brille, como una nueva estrella, ante los ojos y la mente de los hombres, el espíritu de cada uno de los santos”. (Escrito el 31 de Octubre de 1943).
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43-513.-  “La Madre, «ahora y en la hora de la muerte»”.
* Y si Cristo puede hacer resucitar los muertos a la Gracia, María, cuando de veras le amáis, impide que la Muerte os separe de su Hijo”.- ■ Dice Jesús: “«Ahora  y en la hora de la muerte». Es la invocación contrapuesta a «Líbranos del mal». Vosotros no os dais cuenta pero es así. Además de un Padre, os di una Madre y si pedís al Padre que os libre del Mal, ¿cómo no habéis de pedir a la Madre que aleje de vosotros la muerte que es un mal? Mas pensad con la mente puesta en Dios y pedid con inteligencia de hijos de Dios. ■ No os deben preocupar tanto el mal y la muerte, en el sentido humano de la palabra, como el Mal y la Muerte en el sentido sobrenatural que es el más verdadero, porque vuestra vestimenta actual es ropa que se depone y vuestra morada actual es morada que habréis de dejar. Mas tras este día, os aguarda un futuro en el que llega­reis a poseer lo que es vuestra legítima pertenencia. Y, ¡ay de vosotros si, llevados de vuestra voluntad perver­sa, escogéis la porción maldita! No se presenta una vez tan sólo ante vuestra alma la muerte del espíritu. Ella merodea por vuestro derredor a lo largo de toda vuestra jornada terre­na porque el dador de la Muerte no deja un instante de ase­char su presa. No siempre vuestra vigilancia y vuestra forta­leza son tan cerradas que lleguen a hacer inútiles las astucias del Enemigo. Vuestra debilidad os lleva a la pereza y vues­tros apetitos carnales al deseo de satisfacerlos encontrando en ellos la muerte. ■ Pero tenéis una Madre en el Cielo, una Madre que ve sobre vosotros la Sangre de su Hijo y que, por esa Sangre, os ama como a hijos propios. Una Madre que es poderosa ante Dios por su triple condición de Hija, Esposa y Madre de Dios. «Ahora»: que ruegue María por vuestra actual situación de hombres tan erizada de peligros. «Y en la hora de la muerte»: que ruegue asimismo por vosotros el instante de­cisivo de la vida. «Y en la hora de la Muerte»: o sea, cuando vuestro espíritu, herido por el Mal, pueda perecer. ■ María es la Vencedora de Satanás. La verdadera Muerte, la del espíritu, no llegará para aquellos que saben rogar a la Madre para el tiempo de la vida, para el de su permanencia en la tierra, para la hora de la tentación y para el trance de la Muerte. Como niños bajo el manto de su madre, la plegaria de María os sirve de escudo contra el ardor de los sentidos y del demonio, os hace crecer en Cristo y entrar en su Reino. Y si Cristo puede hacer resucitar los muertos a la Gracia, María, cuando de veras le amáis, impide que la Muerte os separe de su Hijo”. (Escrito el 6  Noviembre de 1943).
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Isaías cap. 38, v. 5-7-15-16-17-18-19 (1)
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43-552.- Reflexiones sobre la enfermedad, extraídas desde un texto de Isaías.
* El fin de la vida es el inicio del día eterno.-Dice Jesús: “Vosotros los hombres, cuando recobráis la salud tras una enfermedad mortal, al recapacitar sobre ello, no pensáis sino en darme las gracias por la salud física recobrada; pero jamás se os ocurre pensar que, si os envié aquella prueba, fue para haceros reflexionar que, tras un fin, os aguarda un comienzo, lo mismo que el sol que, al ponerse por la tarde, muestra en el fondo que se inicia el ciclo que dará paso a una nueva aurora. Mas vuestra aurora del más allá no es el comienzo de un día de pocas horas sino del un día eterno. ■ Estas son las reflexiones que la enfermedad debe despertar en vosotros y al fin al que la salud recobrada os debe conducir: a procurar dar a lo que no muere un día de paz. Si supierais recapacitar sobre esto, ¡cuántas presas perdería el Infierno! Mas, de ordinario, hacéis mal uso de la salud que os concedo y de los años que a tal fin añado a vuestra existencia. Os impacientáis en la enfermedad, os desanimáis, dejáis muchas veces la oración diciendo: «Es inútil hacer nada. Si Dios ha querido mandármela, ¿a qué le voy a pedir que me la quite?». Y, una vez curados, para nada os acordáis de Aquel que os devolvió la salud. Con vuestro proceder incongruente y con vuestra ingratitud culpáis a Dios de mandaros las enfermedades, mas no le atribuís el mérito de quitároslas. Si pensáis que Él proporciona el mal, ¿por qué no pensáis que debe poder proporcionar el bien? ■ Pues bien, hijos, es todo lo contrario. El mal, cualquiera que sea, en sus noventa y nueve partes, tiene su origen en vosotros mismos. En cambio, el bien tiene su única fuente en Dios. Dios que inspira e ilumina al que os cura; Dios que alarga vuestros días para dar tiempo de obrar a los medicamentos y aumenta las resistencias para dar a vuestro cuerpo la posibilidad de reacción; Dios que, de modo instantáneo, os puede hacer resurgir sanos contra toda esperanza y sin auxilio ajeno por un inescrutable designio suyo. Pero, más bien que alegraros por el gozo de haber recobrado la salud, deberíais regocijaros por la posibilidad que Dios os concede de reparar los errores anteriores a la enfermedad y trabajar en merecer la vida que no muere”.
* Ser vivos no quiere decir ser de este mundo sino estar en el Señor”.-  ■ Jesús: “Yo hago por librar vuestra alma de la perdición y, confiando siempre en vosotros, cancelo con mi amor vuestros pecados. Y vosotros… ¿qué hacéis vosotros? Pagad con amor el amor que recibís y haceos «Vivos». Ser vivos no quiere decir ser de este mundo, quiere decir estar en el Señor. Quiere decir poseer la Gracia y tener derecho al Cielo. Vivo no es el que respira, come y duerme con su alma muerta. Este tal es ya despojo putrefacto próximo a caer, cual higo podrido en la rama, en la fosa cuyo fondo es el Infierno. Vivo es aquel que, aunque agonizante en su carne, posee la «Vida» y así, a medida que va menguando la vitalidad de aquí abajo, va aproximándose y crece en él la «Vida verdadera». Vivo es aquel que, al tiempo que expira, arpegia ya las alabanzas que cantará al Señor eternamente y, conforme bajan las tinieblas sobre sus pupilas,  va viendo cada vez más nítido con los ojos del espíritu el rostro de su Padre. Vivo es aquel que, habiendo sanado de una enfermedad humana, se considera rescatado por su Señor y dedica a Él toda su actividad. Vivo es aquel que llega al conocimiento de la Verdad y, por encima de todos los goces humanos y de todas las riquezas, hace de esta Verdad su Gozo y su Riqueza, empleando todos su días en poseerla puesto que el conocimiento de la misma despertó en él la sed santa de su conquista”. (Escrito el 21 de Noviembre de 1943).
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1  Nota  : Isaías 38,5-7: “Ezequías enfermó de muerte e Isaías vino de parte de Yavé a decirle: « …Pon en orden las cosas de tu familia porque vas a morir y no sanarás». Entonces Ezequías volvió su rostro a la pared y oró: «acuérdate de que te he servido fielmente…». Entonces Yavé mandó a Isaías al rey Ezequías:«He escuchado tu plegaria y visto tus lágrimas, te voy a curar. De aquí a tres días podrás subir al Templo de Yavé  y te daré quince años más de vida, te libraré del rey de Ashiria… y te daré la señal de que sanarás: retrocederá 10 grados la sombra que proyecta el sol sobre las escaleras del palacio de Ajaz…»”.
Isaías 38, 15-16-17-18-19: Ezequías curado, entonó esta canción: «Señor, para Ti vivirá mi corazón y respirará mi alma… has salvado mi alma de la fosa vacía porque echaste a la espalda todos mis pecados… pues los muertos no te alabarán… mas sí el que está vivo…»”.
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43-609.- Sus huesos  se revestirán de carne perfecta porque se alimentaron del Pan vivo.
* A los señalados con mi Sangre”.- Dice Jesús: “A los señalados con mi Sangre, las trompetas de la llamada universal les infundirán de nuevo la vida de entre los repliegues del suelo en el que dormían desde hacía siglos. Surgirán los huesos de los justos para revestirse con júbilo de carne perfecta puesto que se alimentaron con el Pan vivo bajado del Cielo para vosotros y con el Vino extraído de las venas del Santo que vigoriza vuestra alma haciéndola digna de entrar en la Jerusalén del Cielo”. (Escrito el 7 de diciembre de 1943).
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44-22.- La nefasta teoría de la reencarnación.
* En la Palabra perfecta de Dios, siempre la misma, el progreso no incide en ella porque es perfecta”.- ■ Dice Jesús: “Hombre que tan querido me eres a pesar de tus desvaríos, oveja perdida por la que caminé y vertí mi Sangre para marcarte el camino de la Verdad; este dictado va dirigida a ti. Es una instrucción, una luz para ti. No rechaces mi don. No cometas el sacrilegio de pensar que haya otra palabra más justa que ésta. Ésta es mía. Es mi voz que desde hace siglos es siempre la misma: no cambia, no se contradice, no se renueva con el correr de los siglos porque es perfecta y el progreso no incide en ella. En vosotros cabe el poneros al día; mas no en Mí que soy como el primer día en mi doctrina, lo mismo que desde la eternidad y hasta la eternidad soy el mismo en mi naturaleza. Soy la Palabra de Dios y la Sabiduría del Padre”.
* “¿Cómo podríais invocar a los bienaventurados o llamar a vuestros difuntos si en ese momento son ellos ya hijos de otros?”.- Jesús: “Se dice en mi verdadero y único Evangelio: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No soy Dios de muertos sino de vivos» (1). Abraham, Isaac y Jacob vivieron una sola vez. Tú vivirás una vez. Yo, que soy Dios, tomé carne humana una vez y no volveré a tomarla otra vez porque también Dios respeta el orden. Y el orden de la vida humana es el siguiente: Que cuando decline la tarde, desaparezca y se hunda la carne, como despojo y revestimiento, en la nada de la que fue extraída y torne el espíritu a su vida: bienaventurada si vivió y condenada si pereció por haber hecho de la carne su señor en lugar de haber hecho de Dios el señor de su espíritu. Que en aquel allá del que inútilmente queréis vosotros conocer los detalles sin contentaros con creer en su existencia, ese espíritu aguarda con temblor de espanto o con anhelos de gozo a ver resurgir la carne para revestirse con ella en el último día de la Tierra y con ella precipitarse en el Abismo o penetrar en el Cielo glorificado junto con la materia a la que vencisteis por ser vuestra enemiga natural y de la que hicisteis una aliada sobrenatural. ■ Mas ¿cómo habríais de poder revestiros con una carne al tiempo de mi revista excelsa y con ella ir a la condenación o a la gloria si los espíritus hubiesen tenido muchas carnes? ¿Con cuál de ellas habríais de quedaros con la primera o con la última? Si lo que hubiera de valer, según vuestras teorías, es de la primera, con ser carne merecedora, incluso más que ninguna otra, de poseer el Cielo, ya que lo que cuesta es la primera victoria, pasaría a la segunda, desapareciendo tras haber pasado. Mas si en el Cielo han de entrar únicamente los perfectos, ¿cómo ha de entrar la primera? Sería injusto excluir a la primera como también lo sería el creer que habría de ser excluida la última de esas carnes con las que, según vuestra teoría nefasta y, en serie ascendente, haya de revestirse vuestro espíritu, encarnando, desencarnando y tornando a encarnar cual si la carne fuera un vestido que se deja por la noche para volverlo a tomar a la mañana. ■ Y ¿cómo podríais invocar a los bienaventurados de haberse ellos reencarnado? Y ¿cómo llamar a vuestros difuntos si en ese momento son ellos ya hijos de otros?”.
“Me basta un mínimo de buena voluntad para salvaros”.-Jesús: “No. El espíritu vive. Una vez creado, ya no se destruye. Vive en la Vida si es que en la tierra vivió la única vida que se os concede vivir, que es la de hijos de Dios. Y vive en la Muerte si en la vida terrena vivió como hijo de Satanás. Lo que es de Dios torna a Dios para siempre. Lo que es de Satanás torna a Satanás para siempre. Y no digáis que: «Eso está mal». «Eso —te lo digo Yo que soy la Verdad—, está bien en sumo grado». Mil vidas vivieseis, otras tantas veces vendríais a ser juguetes de Satanás y, aunque heridos, no siempre sabríais escapar de él con vida. En cambio, viviendo una sola vez y sabiendo que de esa vida depende vuestro destino, de no ser unos malditos adoradores de la Bestia, ■ vendríais a obrar con ese mínimo al menos de buena voluntad que a Mí me basta para salvaros. Bienaventurados, por tanto, todos aquellos que, en lugar del mínimo, dan todo cuanto son y viven en mi Ley. El Dios de los vivos les contempla desde el Cielo con infinito amor y si algo de bueno tenéis aún sobre la tierra, se lo debéis a estos santos que vosotros tal vez menospreciáis pero a quienes los Santos llaman «hermanos», los ángeles acarician y Dios Uno y Trino bendice”. (Escrito el 7 de Enero de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 22,32.
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44-36.- “El gozo será vuestra posesión”.
* La compasión en el Cielo por los dolores de los que viven en la Tierra, no será de dolor,  sino tan solo de amor activo, que en definitiva es gozo”.- Dice el Espíritu de Dios: “¿Queréis conocer el futuro de vuestro espíritu? Pues bien, Yo os lo muestro hablándoos de una eternidad que os aguarda sumergidos en una beatitud para vosotros inconcebible en la que, tras esta hora de permanencia, única permanencia sobre la Tierra, descansaréis en Dios de todas vuestras fatigas, de todos vuestros dolores y olvidaréis el dolor porque el Gozo será vuestra posesión. Y si bien el Amor, que nunca es más intenso que en el Cielo, os hará palpitar por los dolores de los que aún viven, no será ésta una compasión que os produzca dolor sino tan sólo amor activo que en definitiva es Gozo”. (Escrito el 10 de Enero de 1944).
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44-45.- Juan apóstol habla sobre la reencarnación.
* “En mi Evangelio, vive la Palabra tal como fue dicha, sin modificación alguna, por mi identificación con el Maestro”.-Dice el Apóstol Juan: “Instruido como estaba, compenetrado e identificado con el Maestro, en mi Evangelio vive la Palabra tal como fue dicha, porque mi identificación con Él hizo que yo pudiese repetirla sin modificación alguna. Es Cristo el que habla. Juan no es sino un instrumento que escribe. Lo mismo que tú.  Fortuna grande la nuestra a la que se ha correspondido con una fidelidad llevada hasta los más nimios detalles a fin de no contaminar de nosotros, criaturas, la doctrina divina y que nos debe mover a llevar una vida intachable para que caiga la Palabra en donde ni aun la sombra de un pensamiento haya de impuro. ■ Recibir la Palabra de Dios es como recibir el Pan del Cielo. Es el Pan del Cielo hecho Palabra en nosotros para transformarse en Pan para el espíritu de los hermanos. Es la Eucaristía de la Palabra, no menos santa que la Eucaristía del altar porque, llegado a nosotros, Cristo eucarístico nos trae su alimento que nos dispone cada vez más a hacer de la Eucaristía nuestro manjar de vida. Dijo Él, el Maestro mío y tuyo: «Bienaventurados los que guardan en su corazón la Palabra de Dios». Y dijo también: «El que escucha mi Palabra tiene la vida eterna», y: «Yo soy el Pan vivo que desciende del Cielo. Quien me come no morirá y Yo le resucitaré en el último día» (1). Así pues, el Maestro da un destino único a quienes se alimentan de Él, Verbo del Padre y Pan del Cielo”.
* Jesús os dice «Yo os resucitaré» y no dice «Yo os reencarnaré»”.-Juan: “Mas no tanto te hablo a ti por ti, discípula mía que estás en la luz, cuanto que yo, luz de Cristo, hablo de Él, Luz del mundo, a los tenebrosos que, al igual de aquellos que tienen escamas en sus pupilas, marchan braceando en las tinieblas sin acertar a dar con el camino por el que atraviesa el Maestro y ponerse a gritar: «¡Sálvanos, Jesús! ¡Danos tu Luz!». Si le llamasen, Él vendría a ellos, se quedaría en ellos y les daría la suerte feliz de llegar a ser hijos de Dios, nacidos por segunda vez —única vez que se puede volver a nacer, no en la carne que, una vez extinta, ya nunca revestirá a aquel espíritu que la tuvo por vestido si no es en el último día para ir con ella a la gloria o a la condenación, sino en el espíritu, el cual, conectándose a Cristo, se regenera porque, al tenerlo Cristo en Sí  como parte de su Ser santísimo, lo une al Espíritu de Dios que es el que nos obtiene el renacer, no ya como hombres sino como hijos de Dios— y conocerían la Luz, se alejarían de las Tinieblas y de la Mentira, porque Cristo es Verdad, porque Cristo es Luz y el Paráclito, que Cristo dona a los «suyos», es Luz y Verdad y quien tiene a Cristo tiene en sí la Verdad y la Luz de la Divinidad Trina. ■ Alejaos del eterno Homicida que, por no haber perseverado en la verdad que con afortunada suerte angélica poseyó desde el primer instante de su creación, cayó y hace caer. Creed en Cristo que no puede mentir por ser Dios y poseer la Perfección de Dios. Él os dice una y otra vez: «Yo os resucitaré». ¿Cómo podría Él, perfecto como es en Ciencia e Inteligencia, decir palabras que no sean verdad? Él dice «resucitaré» y no «reencarnaré». Y especifica «en el último día», y más aún: «Como el Padre resucita a los muertos devolviéndoles la vida, así también el Hijo da la vida a los que quieren… Quien escucha mi palabra y cree en Aquel que me envió, tiene la vida eterna y no incurre en condenación sino que pasa de la muerte a la vida. Se acerca la hora en que todos oirán en los sepulcros la voz del Hijo de Dios y saldrán de ellos para ir: los que obraron bien, a la resurrección de la vida y los que mal, a la resurrección de la muerte» (2). Por eso Aquel que es Verdad y Ciencia dice, repite, insiste y jura acerca de una vida, única y sola de la carne y sobre una vida única y sola del espíritu. Esta vida se vive en nuestra única jornada de hombres y después, sólo en el último día, al mandato de Jesús-Dios, resucita para revestir al espíritu de lo que fue vestidura. Esta vida eterna se adquiere únicamente por medio de nuestra jornada única, y si durante ella hubiéramos llegado a matar una vez al espíritu, nunca ya podrá reencarnarse pasando, mediante sucesivas fases, de la muerte a la vida. ■ No. El poder de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Paráclito puede concederos en la tierra la resurrección del espíritu, bien mediante el milagro de la Gracia o por la intercesión de un «santo» ya sea éste del Cielo o de la tierra, o también mediante vuestro deseo de resurrección. Pero esto acaece aquí en la Tierra, en vuestro único día, ya que llegado que sea para vosotros el ocaso y, una vez entrados en el sueño de la noche humana, ya no hay resurrección posible a través de nuevas fases vitales. Si sois muertos del espíritu, no hay sino muerte. ■ Yo, discípulo de Cristo, yo que vi, más allá de la vida, la vida futura y la resurrección última, os juro que esto es verdad. Soltaos de estas cadenas que son las más peligrosas que Satanás os tiende. Dad el primer paso diciendo a Cristo: «Voy a Ti», y a Satanás: «¡Atrás en el Nombre de Jesús!». De estas dos verdades haced vuestra la primera.  No podéis saber cuán dulce sea el Señor, el Maestro bueno, el Pastor santo para quien se vuelve a Él. Igual que un padre, os toma sobre su corazón, os instruye, cuida de vosotros y os nutre. No digáis que le amáis pues, al no amarle de veras, es cierto que no le amáis. ■ La verdad está contenida en su Evangelio. El Evangelio es lo que Él dijo a sus discípulos y lo que confirma todavía y explica todavía con benignidad de Salvador, igual siempre después de tantos siglos. En eso no hay otro como Él. De haber una segunda o más vidas, Él lo habría dicho. No sois persas, ni sintoístas, sois «cristianos». Dejad, pues, las quimeras, los errores, los engaños que Satanás suscita para apartaros de Dios y creed cuanto Cristo ha dicho. El que ama, cree; el que ama poco, duda; y el que no ama, acepta doctrinas contrarias. Y la que vosotros seguís es contraria a la de Cristo. No amáis, por tanto, a Cristo de verdad”. (Escrito el 10 de Enero de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lucas 11,28; Ju. 6,41-58.   2  Nota  : Cfr. Ju. 5,21-29.
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44-52.- El Apóstol Pablo habla sobre la reencarnación (1).
* “¡Necios! Los muertos no retornan. Con ningún cuerpo. Solo hay una resurrección: la final”.-Dice el Apóstol Pablo: “Parece como si vivieran aquellos antiguos paganos a los que yo partía el pan de la  fe, o tal vez, según creencia vuestra, hayan vuelto a encarnarse con sus viejas teorías sobre la resurrección y la segunda vida, teoría ésta de la reencarnación que, aún ahora, y ahora más que nunca después de veinte siglos de predicación del Evangelio, se ha enraizado y hecho carne en vuestras mentes. Lo único que se reencarna es esta vuestra teoría que vuelve a brotar como los hongos en épocas alternas de oscuridad espiritual. Porque, sabedlo vosotros que os tenéis por los más evolucionados en el espíritu, éste es el indicio de un ocaso y no de un amanecer del espíritu. Cuanto más bajo está el Sol de Dios en vuestros espíritus, tanto más es la sombra, que asciende,  se forman espectros, incuban fieras, pululan agentes portadores de muerte y germinan las esporas que atacan, corroen, succionan y destruyen en vosotros la vida del espíritu, igual que sucede en los bosques hiperbóreos en donde la noche que dura seis meses, hace de florestas pletóricas de vida vegetal y animal, zonas muertas que semejan un mundo extinto. ■ ¡Necios! Los muertos no retornan. Con ningún nuevo cuerpo. Sólo hay una resurrección: la final. No sois, no, vosotros, hechos a imagen y semejanza de Dios, semillas que, en ciclos alternos, despuntan y se hacen tallo, flor, fruto. Sois hombres y no hierbas del campo. Estáis destinados al Cielo y no al establo del jumento. Estáis en posesión del espíritu de Dios, de ese espíritu que Dios os infunde en una continua generación espiritual suya que corresponde a la generación humana de cada nueva carne. Pues qué, ¿creéis que Dios, ese Dios nuestro omnipotente, ilimitado y eterno haya de tener un límite que le imponga el tener que crear un determinado número de espíritus y ninguno más, de modo que, de continuar la vida de los hombres sobre la tierra, deba, cual si fuera encargado de un centro comercial, acudir a las estanterías y buscar entre los espíritus allí acumulados el que más convenga a determinada mercancía? O mejor, aún, ¿creéis que Él sea como un escriba que haya de exhumar cierto asunto buscándolo en un rollo concreto por haber llegado la hora de tener que echar mano de él para calificar un suceso? ¡Oh necios, necios, necios! No sois mercancías, pergaminos ni semillas. Sois hombres. ■ El cuerpo, como semilla, una vez completado su ciclo cae en la corrupción del sepulcro y el espíritu torna a su Fuente para ser juzgado si está vivo, y, según la condición de su ser, va a su destino del que ya no sale sino para llamar a lo que fue suyo, a su cuerpo, a una única resurrección en la que quien fue un corrompido durante la vida, corrompido perfecto será eternamente con el espíritu y la carne corruptos que en su única, sola e irrepetible vida tuvieron. Y así, quien fue «justo» en vida surgirá glorioso e incorruptible, elevando su carne a la gloria de su espíritu glorificado, espiritualizándola y divinizándola, ya que por ella y con ella venció, siendo justicia que con ella triunfe. ■ Aquí sois animales racionales por el espíritu que poseéis y que alcanza también la vida para la carne a la que vence. En la otra vida seréis espíritus vivificadores de la carne que consiguió la victoria permaneciendo sujeta al espíritu. Viene siempre por delante la naturaleza animal. Esta es la verdadera evolución pero que es única. Después de la naturaleza animal que mediante la triple virtud supo hacerse a sí misma ligera, viene la naturaleza espiritual. Según como hayáis vivido en esta vida, así estaréis en la otra. Si predominó en vosotros lo celestial, conoceréis la naturaleza de Dios en vosotros y poseeréis dicha naturaleza puesto que Dios será vuestra posesión eterna. Mas si lo que predominó fue lo terrenal, tras la muerte conoceréis la opacidad, la muerte, el hielo, el horror, las tinieblas, todo aquello, en fin, que es propio del cuerpo encerrado en el sepulcro; pero con esta diferencia: que la duración de esta segunda y verdadera muerte será eterna. Herederos como sois de Dios por su querer, no queráis, hermanos, perder esta herencia por seguir a la carne, a la sangre y al error de la mente”.
Conocéis la Luz a lo largo de 20 siglos de prodigios ininterrumpidos y ¿permanecéis en el error?”.-  ■ Pablo: “Yo también erré y fui contrario a la Verdad y perseguidor de Cristo. Mi pecado lo tengo presente aún en la gloria de este Reino cuyas puertas me las abrieron mi arrepentimiento, mi fe, mi martirio en la confesión de Cristo. Mas cuando me aterró la Luz, dándose a conocer, yo abandoné el error para seguir a la Luz (2). A vosotros se os ha dado a conocer la Luz a lo largo de veinte siglos de ininterrumpidos prodigios, innegables aun para los más feroces y obstinados negadores. ¿Por qué, pues, vosotros que habéis tenido la suerte de contar, como testimonio de esa Luz, con veinte siglos de manifestaciones divinas, por qué os empeñáis en permanecer en el error? ■  Os lo juro yo que soy testigo de Cristo: Ni la carne ni la sangre pueden heredar el Reino de Dios; sólo el espíritu. Y, como dice en el Evangelio de nuestro Señor Jesús (3), no son los hijos de este siglo  —y fijaos bien, hermanos, que aquí la palabra «siglo» viene a indicar a aquellos que están en el mundo, es decir,  los terrestres—  los destinados a resucitar y a desposarse de nuevo teniendo una segunda vida terrena. Tan sólo resucitarán aquellos que sean dignos del segundo siglo, del eterno, esto es, aquellos que ya no podrán morir después de haber vivido, sino que, por haber conseguido la vida espiritual  y llegado a ser como los ángeles e hijos del Altísimo, ya ni apetecen nupcias humanas, deseando con su espíritu un enlace tan sólo con Dios-Amor; una sola posesión: la de Dios; una sola morada: la del Cielo; y una sola vida: la que se desarrolla en la Vida. ¡Amén, Amén, Amen! Os digo a vosotros: creed para conseguirla”.

*  María Valtorta  hace una comparación entre Juan  y  Pablo. 
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1  Nota  : Para las alusiones  contenidas en este dictado,  véanse:  Hechos 17,22-34 y Corintios 15.   2  Nota  : Cfr.  Hech.  9,1-22.   3  Nota  : Cfr. Mt.  22,23-33;  Marcos 12, 18-27; Lucas 20,27-40.   4  Nota  : El paréntesis  con los puntos suspensivos aparece  también en el cuaderno autógrafo. María Valtorta se refiere en particular a determinada persona conocida suya (Cfr. dictado 44-22); pero en general se refiere a los partidarios de la doctrina de la reencarnación o metempsícosis, a los que están dedicados casi todos los dictados precedentes empezando por del dictado 44-22.
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(<Jesús acaba de enumerar los tormentos del Infierno>)
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44-72- “Cuando Yo bajé (1), para sacar del Limbo, a aquel lugar quedé espantado de aquel horror”.
* “Y si las cosas hechas por Dios, al ser perfectas, son inmutables, habría querido hacerlo menos atroz ya que soy Amor”.- ■ Dice Jesús: “Os lo digo Yo, que soy el que creó aquel lugar: cuando para sacar del Limbo a aquéllos que aguardaban mi venida, descendí a él, Yo, Dios, quedé espantado de aquel horror. Y si las cosas hechas por Dios, al ser perfectas, son inmutables, habría querido hacerlo menos atroz ya que soy Amor y quedé dolorido por aquel horror. ¡Y aún queréis vosotros ir allá!  ■ Meditad, hijos, estas palabras: a los enfermos se les suministran medicinas amargas, a los afectados por tumores se les cauteriza y saja el mal. Estas palabras son, para vosotros, enfermos y cancerosos, medicina y cauterio de cirujano. No las rechacéis. Usad de ellas para curaros. La vida no dura sino estos pocos días de la tierra. La vida comienza cuando os parece que termina y ya no tiene fin. Haced que desemboque para vosotros en donde la luz y la gloria de Dios hermosean la eternidad y no donde Satanás es el Atormentador eterno”. (Escrito el 15 de Enero de 1944).
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1  Nota  : De esta bajada se habla también en el  Dictado 47-315.
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44-113.- Visión  de la muerte del universo y de la resurrección de los muertos.
* Descripción de un universo muerto sobre el que se yergue la Muerte, un esqueleto que con su mirada ordena la resurrección de los cuerpos.-Tengo dos cosas para contarle (1) que le interesarán sin duda, las cuales me había propuesto escribir no bien hubiera salido del sopor. Mas como hay otra más urgente, las escribiré después.
Lo que veo esta tarde:
■ Una extensión inmensa de tierra que semeja un mar por carecer de confines. Digo «tierra» porque, efectivamente, hay tierra como en los campos y en los caminos. Pero no hay ni un árbol ni un tallo ni un hilo de hierba. Sólo polvo, polvo y más polvo. Veo todo esto a una luz que no es luz; un claror apenas insinuado, cárdeno, de un tinte verde-violáceo como el que se aprecia al tiempo de un fortísimo temporal o de un eclipse total. Una luz, sobrecogedora, de astros apagados. He aquí el cielo sin astros; no hay estrellas ni luna ni sol. El cielo se encuentra vacío al igual que lo está la tierra. Uno despojado de sus florones luminosos y la otra de su vida vegetal y animal. Son dos inmensos despojos de lo que fueron. Tengo la oportunidad de contemplar con el mayor detenimiento esta visión desolada de la muerte del universo que pienso ofrezca idéntico aspecto del que tuvo en su primer instante (2), cuando había, es cierto, cielo y tierra, mas, despoblado el primero de los astros y desnuda de vida la segunda, globo ya solidificado pero deshabitado aún, transvolando por los espacios a la espera de que el dedo del Creador le hiciese el regalo de la vegetación y de los animales. ■ ¿Por qué comprendo que es la visión de la muerte del universo? Por una de esas «segundas voces» que no sé de quién vengan, pero que hacen en mí lo que el coro en las antiguas tragedias: el papel de indicar aspectos particulares que los protagonistas no aclaran por sí. Es precisamente lo que le quiero decir y le diré después. ■ Al tiempo que giro la mirada por esta escena de desolación cuya necesidad no comprendo, veo, salida no sé de donde, de pie en medio de la llanura sin confines, a la Muerte (3). Un esqueleto que ríe con los dientes al descubierto y sus órbitas vacías, reina de aquel mundo muerto, envuelta en un sudario que le sirve de manto. No tiene guadaña, pues todo lo tiene ya guadañado. Gira su mirada vacía por su mies cosechada y ríe sarcásticamente. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho. Después los distiende esqueléticos y abre las manos que no tienen sino huesos desnudos; y siendo como es una figura gigante y onmipresente —o mejor dicho: omnipróxima— apoya un dedo, el índice de su mano derecha, sobre mi frente. Siento la frialdad del hueso puntiagudo que parece perforarme la frente y penetrar como aguja de hielo en la cabeza. Pero comprendo que ello no encierra otro significado que el de atraer mi atención hacia lo que está sucediendo. ■ En efecto hace un ademán con su brazo izquierdo indicándome la desolada extensión sobre la que estamos erguidas, ella reina y yo única viviente. A su mudo mandato, dado con los dedos esqueléticos de su mano izquierda y moviendo rítmicamente la cabeza en todas direcciones, se hiende la tierra con miles y miles de grietas y en el fondo de estos surcos blanquean unas cosas desparramadas que no acierto a comprender qué sean (4). Mientras me esfuerzo en cavilar lo que son, continúa la Muerte su tarea de arar con la mirada y su mandato, como una reja, las glebas que van abriéndose más y más hasta perderse en el horizonte; y de surcar las ondas de los mares desprovistos de velas, abriéndose las aguas en vorágines líquidas. Y después, de los surcos de la tierra y del mar van surgiendo, recomponiéndose aquellas cosas blancas que yo veía esparcidas y desligadas. Son millones, millones y millones de esqueletos que salen a flote de los océanos y se levantan del suelo. Esqueletos de todos los tamaños: desde los minúsculos de los niños, de manecitas semejantes a diminutas arañas polvorosas, a los de los hombres adultos e, incluso, gigantescos, cuya mole hace pensar en seres antidiluvianos. ■ Y se muestran atónitos y temblorosos, como quien despierta sobresaltado de un profundo sueño, sin acertar a comprender dónde se encuentran. La vista de aquellos cuerpos en esqueleto, blanqueando en aquella «no luz» apocalíptica, es horrenda. Y después, en torno a aquellos esqueletos, se va condensando lentamente una nebulosidad semejante a la boira que surge de las aberturas del suelo y de los mares, que adquiere forma y opacidad haciéndose carne y cuerpo como el nuestro vivo. Los ojos, o mejor, las órbitas se llenan con los iris, los cigomas se cubren con las mejillas, sobre las mandíbulas desnudas se extienden las encías, vuelven a formarse los labios, los cabellos tornan a cubrir el cráneo, se tornean los brazos, se agilizan los dedos y todo el cuerpo revive igual que lo está el nuestro. ■ Igual, pero diferente en el aspecto. Hay cuerpos bellísimos con una perfección de formas y de colores que hace de ellos obras maestras del arte. Hay otros, en cambio, horrendos, no por derrengaduras o deformidades sino por su aspecto general más de brutos que de hombres. Ojos torvos, semblante contraído, aspecto de fieras y, lo que más me impresiona, una tenebrosidad que emana de sus cuerpos aumentando la lividez del ambiente que les rodea. Por el contrario, los bellísimos tienen ojos risueños, semblante sereno y aspecto suave, emanando una luminosidad que forma aureola en torno a su ser de la cabeza a los pies que se irradia en su entorno. Si todos fuesen como los primeros, la oscuridad llegaría a ser total hasta el punto de resultar invisibles todas las cosas. Mas, por virtud de los segundos, la luminosidad, no sólo perdura sino que aumenta, de tal manera que puedo distinguir todo perfectamente bien. Los deformes, sobre cuyo destino de maldición no abrigo dudas puesto que llevan marcada esta maldición en su frente, callan lanzando miradas espantadas y torvas a cuanto les rodea y se agrupan a un lado obedeciendo a un íntimo mandato que no entiendo pero que debe ser dictado por alguien y percibido por los resucitados. Los bellísimos, a su vez, se agrupan sonriéndose y mirando con piedad mezclada de horror a lo deformes. Y estos brillantísimos cantan entonando un himno lento y suave de bendición a Dios. Nada más veo. Comprendo haber visto la resurrección final. (Escrito el 29 de Enero de 1944).
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1  Nota  : Se refiere al Padre Migliorini,  su director espiritual.   2  Nota  :  Cfr.  Gén. 1,1-2.  3  Nota  :  Cfr. 1  Cor. 15,26:  El último enemigo destruido será la muerte.   4  Nota  :  Cfr.  Ezeq. 37,1-14.
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44-116.- Un tiempo de expiación para los muertos de la última hora, necesitados de purificación.
* Una «segunda voz» espiritualizada, igual a la voz humana, como de alguien que estuviese hablando a su lado le hace entender a María Valtorta cosas que ella, de por sí sola, no alcanzaría. Como hoy que le ha hecho comprender que lo que veía era el universo después de su muerte.- ■ Prosigue María Valtorta: Lo que al principio (1) quería decirle es esto: Hoy me preguntaba usted cómo había podido saber los nombres de Hilel, de Gamaliel y el Schiammai (2). Es la voz, que yo denomino «segunda voz», la que me dice estas cosas. Una voz menos sensible aún que la de mi Jesús y que la de los demás que dictan. Son éstas, voces —ya se lo dije y se lo repito— que mi oído espiritual percibe iguales a las voces humanas. Las siento dulces o airadas, fuertes o suaves, alegres o tristes, como si ciertamente estuviese uno hablando a mi lado. Por el contrario, esta «segunda voz» es como una luz, una intuición que habla en mi espíritu. No que habla «a mi espíritu» sino «en mi espíritu». Es una indicación. Así mientras yo me aproximaba al grupo de los que disputaban, no sabiendo quién fuese aquel ilustre personaje que con tanto ardor estaba disputando al lado de un anciano, este «algo» interior me dijo: «Gamaliel» «Hilel». Sí. Primero Gamaliel y después Hilel. No lo dudé. Mientras pensaba quiénes eran éstos, el indicador interno me apuntó el tercer antipático individuo en el preciso momento en que Gamaliel le llamaba por su nombre. Y así pude saber quiénes eran estas personas de farisaico aspecto. ■ Hoy este indicador interno me ha hecho comprender que lo que yo veía era el universo después de su muerte. Y así ha acontecido muchas veces en las visiones. Es el que me hace entender ciertos detalles que yo, por mí misma, no podría captar y cuya inteligencia es, por otra parte, necesaria. No sé si me he explicado bien. Pero lo dejo porque comienza a hablar Jesús.
* Entre el momento final y el Juicio Universal mediará un tiempo de expiación para los muertos de la última hora, que mueran siendo merecedores del Cielo aunque necesitados de purificación.- ■ Dice Jesús: “Cuando el tiempo haya terminado y no se dé ya otra vida que la Vida del Cielo, el universo mundo, antes de que se deshaga completamente, volverá a ser, tal como lo has pensado, igual que lo fue al principio. Esto ocurrirá cuando Yo haya juzgado. Creen muchos que, desde el momento final hasta el Juicio Universal tan sólo mediará un instante. Mas Dios, hija, será bueno hasta el fin. Bueno y justo. No todos los vivientes de la hora extrema serán santos ni todos condenados. Entre los primeros habrá quienes estén destinados al Cielo si bien tengan algo que expiar. Sería injusto que a éstos les anulase la expiación con la que amenacé a cuantos les precedieron hallándose, a la hora de su muerte, en idénticas condiciones a las suyas. Por tanto, mientras llegan la justicia y el fin para otros planetas y, como lámparas a las que uno sopla, van apagándose los astros del cielo y aumentando el hielo a lo largo de mis horas que son vuestros siglos —y la hora de la oscuridad ya se ha iniciado tanto en el firmamento como en los corazones— los vivientes de la última hora que mueran en ella siendo merecedores del Cielo aunque necesitados todavía de purificación, irán al fuego purificador. Aumentaré los ardores de aquel fuego para que sea más pronta su purificación y no hayan de esperar demasiado a los bienaventurados para llevar su carne santa a la glorificación haciendo gozar también a ésta viendo a su Dios y a su Jesús en su perfección y su triunfo. ■ Aquí tienes por qué has visto la tierra desprovista de hierbas y árboles, de animales, de hombres y de vida, y los océanos sin embarcaciones, extensión inmóvil con aguas inmóviles por cuanto ya no les será necesario a éstas el movimiento para dar vida a los peces, como tampoco le será ya necesario el calor a la tierra para dar vida a los cereales y a los seres. He aquí por qué has visto el firmamento vacío de sus luminarias, sin fuegos y sin luces. La luz y el calor ya no serán precisos para la tierra, a la sazón cadáver inmenso, portando en sí cadáveres de todos los vivientes: desde Adán hasta el último hijo de éste. ■ La Muerte, mi servidora última sobre la Tierra, cumplirá su postrer cometido y después dejará también de ser ella, no habiendo ya muerte en adelante sino Vida eterna: en la bienaventuranza o en el horror. Vida en Dios o vida en Satanás para vuestro yo recompuesto de alma y cuerpo. Basta por ahora. Descansa y piensa en Mí”.
* Cuerpos desnudos pero que no excitaban los sentidos.- ■ Y esta tarde que no quería escribir por encontrarme exhausta, he tenido que escribir… ¡12 caras! Sin comentario. Se me olvidaba decirle que los cuerpos aparecían todos desnudos, si bien no excitaban los sentidos, como si la malicia hubiese muerto también: en ellos y en mí. Y, por lo demás, a los cuerpos de los condenados les servía de pantalla su propia oscuridad y a los de los bienaventurados les hacía de vestido su misma luz. Por eso, lo que en nosotros es animalidad, desaparecía bajo la emanación del espíritu interior, señor por demás amable y contrario de la carne. (Escrito el 29 de Enero de 1944).
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1  Nota  : Se refiere  al dictado anterior  44-113. ; 2  Nota  : Se refiere aquí  al pasaje de la  “Disputa de Jesús en el Templo con los Doctores”, relatado en Lc. 2,41-52. En  el pasaje analógico descrito por María Valtorta para la Obra (en el episodio 1-41-270 de «El Evangelio como me ha sido revelado» y en nuestro trabajo en el tema “Jesús Niño”), aparecen, tomando parte en esa disputa, los doctores aquí mencionados: Hilel, Gamaliel y Schiammai.
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Juan cap. 21, v. 19

44-274.- Enseñanza para aquellos próximos a la meta. Dos son las más grandes indulgencias.
* “Resulta dulce comunicar a quien se ama el Pensamiento, que va encerrado en mi Palabra y, como perlas, sus luces. Para haceros más semejante a Mí. Es la esencia del amor”.- ■ Dice Jesús: “Otra breve enseñanza para aquellos que, a punto de llegar a la meta, tienen necesidad de realizar los últimos esfuerzos para alcanzar victoriosamente el final de la prueba. Dije: «Sed perfectos» (1). La perfección se inicia por las cosas más pesadas y se completa con las más ligeras. Se inicia domando la carne y se completa con la enmienda del pensamiento eliminando aquellas ideas que, si bien no son pecado, se hallan taradas con una injusticia mental que no es grata a Dios. Injusticia que Dios compadece por ser misericordioso pero que no le es grata. Ahora bien, ¿a qué pretender venir a Mí con el vestido, no digo, sucio de manchas, mas tampoco que no se encuentre terso o incontaminado como lirio que se purificó del polvo con el rocío de la mañana? Yo soy vuestro rocío y me derramo para limpiaros hasta de las más leves empañaduras de humanidad y de error y emplearlos con mi Gracia para hacer de vosotros joyeles del trono del Padre. Os di mi Amor y mi Sangre. Os di mi Palabra y mi Cuerpo. Y quiero daros aún más que mi Palabra. Quiero daros mi Pensamiento. ■ ¿Qué es el pensamiento? Es el alma de la palabra. Cuando dos se aman, no se conforman con decirse las palabras precisas sino que se comunican sus pensamientos más íntimos. ¡Oh, qué gozo poder decir a quien nos ama lo que, como un relámpago, como una música, como un latido, hierve en nuestra mente; hervor que nos distingue de los brutos cuyos movimientos mentales se reducen a las necesidades rudimentarias de la vida! El hombre piensa y con su pensamiento produce obras maestras del arte, del genio y de la belleza. El hombre piensa y en este su pensar encuentra un íntimo amigo que llena con su compañía hasta la soledad del eremita. El pensamiento del hombre, por ser espiritual, recorre los espacios del universo entero. Profundiza rememorando las edades antiguas, se inmerge en la previsión de los tiempos futuros, estudia, contempla y medita las maravillosas obras de Dios en la creación, recapacita sobre los misterios de los hombres (cada hombre es un misterio envuelto en carne mortal, luminoso u oscuro según sea su alma santa o satánica, misterio conocido únicamente de Dios) y de la contemplación de las cosas y de los hombres sube a la contemplación de Dios. Como águila que se remonta rauda con la velocidad de una saeta desde un valle a los picos que rodean y de éstos sube más arriba planeando por los espacios del cielo para ascender hacia el sol en busca de las estrellas, así también el pensamiento humano puede subir, errar por los espacios y sumergirse en la diafanidad esplendente de Dios después de haber meditado en la capacidad humana; en la inmensidad divina tras haber reflexionado acerca de la relatividad humana; en la eternidad divina tras contemplar la caducidad humana, y en la Perfección una vez que hubo contemplado, sin soberbia que ciega, la humana imperfección. ■ Pues bien: ¡qué dulce resulta comunicar a quien se ama nuestro Pensamiento,  entregar, como perlas, sus luces a los que más queremos! Es la esencia del amor: el más puro, el más escogido. Yo quiero entregaros mi Pensamiento, descubriros el Pensamiento que va encerrado en mi Palabra. Es como si os tomase y, metiéndoos en mi Mente, os diese a conocer los tesoros encerrados en ella para haceros más semejantes a Mí y, por este medio, más gratos a mi Padre y a vuestro”.
* “La muerte es una voluntad de Dios que se debe cumplir”.-Jesús: “En el Evangelio de Juan, poseedor perfecto del Pensamiento del Verbo de Dios, del Pensamiento de Jesús, Maestro y Amigo, se dice esta frase: «Ahora bien, se dijo esto para indicar con qué muerte habría de glorificar a Dios». Con qué muerte habría de glorificar a Dios. ¡Hijos! Todas las muertes son gloria que se tributa a Dios cuando se aceptan y se sufren con santidad. Lejos de vosotros hasta esa santa envidia por esta o aquella muerte. Lejos también el medir humanamente el valor de una muerte u otra.  La muerte es una voluntad de Dios que se cumple. Y por más que el ejecutor de la misma sea un hombre feroz que se constituye en árbitro de los destinos ajenos y por su identificación con Satanás se hace instrumento suyo para atormentar a sus semejantes y asesinar a los mismos, siendo maldecido por Mí, la muerte es siempre la extrema obediencia a Dios que conminó con la muerte al hombre por su pecado” (2).
* Dos son las más grandes indulgencias, ambas plenarias, otorgadas por Dios: la del amor y la de la muerte resignada.- ■ Jesús: Sabéis de muchas indulgencias. Hay almas cicateras (no pequeñas sino cicateras) que, en su religión estrecha y envuelta de prácticas como una momia entre las sombras de un hipogeo, sacan diariamente la cuenta de cuántos días de indulgencia sumarán con ésta o aquella oración. Las indulgencias, es cierto, son para que gocéis de ellas en la vida futura. Mas, dad luz, dad alas a vuestra alma y a vuestra religión. Son cosas celestiales; pero no las aherrojéis como a esclavas en una lóbrega cárcel. ¡Luz, luz, alas, alas! ¡Elevaos! ¡Amad! Orad para amar, sed buenos para amar, y vivid para amar.  Dos son las más grandes indulgencias, ambas plenarias, procedentes de Dios, de Mí, Pontífice eterno. La del amor que cubre la multitud de pecados destruyéndolos con su fuego. El que ama con todas sus fuerzas va consumiendo por momentos sus imperfecciones humanas. La segunda indulgencia otorgada por Dios es la de una muerte resignada, sea cualquiera su género, de una muerte aceptada con la voluntad de cumplir la extrema obediencia a Dios. ■ La muerte es siempre un calvario. Grande o pequeño, es siempre calvario. Y es siempre «grande» aunque en apariencia no se presente como tal porque Dios la da proporcionada a las fuerzas de cada uno (me refiero aquí a mis hijos y no a aquellos que son de Satanás), a las fuerzas que Dios va aumentando en la medida de la muerte que destina a su criatura. Y es grande también porque, si a ella se somete santamente, asume la grandeza de todo lo que es santo. Así, pues, toda muerte santa es gloria que se tributa a Dios. ¡Qué hermoso resulta ver cómo se abre la rosa sobre su tallo! Miradla: está cerrada como un rubí en su engarce de esmeralda, pero extiende las hojas del engarce y, cual boca que se abre en una sonrisa, despliega sus pétalos purpúreos respondiendo así con su sonrisa de seda a la caricia del sol. Se abre. Forma una aureola de vivo terciopelo rodeando el oro de los pistilos. Canta con su colorido y su perfume la gloria del que la crió y después, al declinar la tarde, se repliega cansada y muere exhalando su más vivo perfume, tributando así su postrer alabanza al Señor. ¡Cuán bello resulta, al atardecer, oír en los bosques el coro de pájaros, que, antes de retirarse al descanso, entonan con los trinos de su garganta la oración de alabanzas al Padre que les proporcionó alimento! Y cuando parece que el canto haya remitido, siempre hay uno, el más enamorado, que lanza un nuevo trino e incita a los demás a seguirle porque aún no cayó el sol y la luz es algo hermoso que se la debe saludar para que ella les ame y torne a la mañana; pues el buen Dios permite que aún pueda verse algún grano derramado en el suelo, algún mosquito vagando, alguna vedija que llevar a sus crías o algo con qué llenarles el pequeño buche de lo que la bondad del Señor les sacia. Y el coro aún continúa hasta que la luz declina y los agradecidos se recogen en las ramas semejando pelotitas tibias que aún tienen un leve piar bajo sus plumas para decir. «¡Gracias, Criador mío!». ■ La muerte del justo es como la de la rosa y como el canto de los pájaros. Dulce, grata y hermosa al Señor. Bien sea sobre la arena de un circo o en la lobreguez de la cárcel, entre los afectos familiares o en la soledad del que nadie tiene, bien sea breve o prolongada en sus padecimientos, la muerte es siempre, siempre, siempre gloria que se le tributa a Dios. Aceptadla con paz, deseadla con paz. Cumplidla con paz. Que permanezca mi paz en vosotros hasta en esta prueba, en este deseo y en esa consumación. Desde ahora y para ese supremo trance, tened ya mi paz eterna en vosotros. Pensad que la muerte cruenta de Agueda (3) en nada difiere para Mí de la muerte de Liduina, de Teresa Martín, de Domingo de Guzmán, de Tomás Moro o de Contardo Ferrini. El que hace la voluntad de mi Padre, ya lo dije Yo, es bienaventurado. Bienaventurado y, también dije, hermano, hermana y madre míos. Y si esto dije es porque di gloria a Dios, mi Padre, haciendo su voluntad así en la vida como en la muerte. Imitad, pues, a vuestro Maestro y Yo os llamaré: «Hermanos míos y hermanas mías»”. (Escrito el 19 de Marzo de 1944).
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1  Nota  :  Cfr.  Mat.  5,48.   2  Nota  :  Cfr.  Gén.  3,17-19.   3  Nota  : Sta. Agueda,  que vivió en el siglo 3, murió mártir. Sta. Liduina, 1380-1433, murió de enfermedad. Sta. Teresa del Niño Jesús, 1873-1897, murió consumpta en el claustro. Santo Domingo, 1175-1221, fundador de la Orden de los Predicadores, murió por el cansancio de los viajes. Sto. Tomás Moro, 1118-1170, murió asesinado y el Beato Contardo Ferrini, 1859-1902, murió de tifus.
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44-302.- “La Cruz es todopoderosa contra el poder del Demonio. Os sirva de luz que os guíe al puerto, que sea el estandarte al que dirijáis vuestra mirada feliz en el Último Día, cuando, mediante esta señal, separaré Yo las ovejas de los carneros”.
* Visión sobre Justina y Cipriano.- ■ Dice Jesús: “Escribe: «La Cruz es todopoderosa contra el poder del demonio» y describe después cuanto vas a ver. Es la semana de Pasión, la semana preparatoria del triunfo de la Cruz. La cruz aparece cubierta con velos sobre los altares;  mas el Crucificado, desde su glorioso patíbulo, es más operante que nunca, detrás de sus velos, para quien le ama y le invoca. Describe”.
.   ● Veo una joven, poco más que una muchacha. Está peleándose con un joven de unos treinta años. La joven es muy guapa, alta, morena y bien conformada. También el joven es guapo; pero mientras la joven tiene aspecto dulce dentro de su severidad, este hombre, bajo forzada sonrisa, tiene un no sé qué de nada simpático. Parece que bajo una capa de benevolencia, esconda un ánimo torvo y sombrío. Le hace a la joven grandes protestas de afecto, declarándose a hacer de ella una esposa feliz, reina de su corazón y de su casa. Mas la joven, a la que oigo llamar «Justina», rechaza con serena constancia estas ofertas de amor. El joven insiste: “¡Pero si tú, Justina, podías hacer de mí un santo de tu Dios! Porque tú eres cristiana, lo sé. Mas yo no soy enemigo de los cristianos. No soy incrédulo acerca de las verdades de ultratumba. Creo en la otra vida y en la existencia del espíritu. Creo que hay seres espirituales que velan por nosotros, se manifiestan y nos ayudan. Yo, ciertamente, disfruto de su ayuda. Como ves, yo creo lo que tú crees y nunca podré acusarte por cuanto habría de acusarme igualmente a mí del mismo pecado. No creo, como tantos otros, que los cristianos practican magia negra y estoy convencido de que juntos los dos podremos hacer grandes cosas”. Justina: “Cipriano, no insistas. Yo no discuto tus creencias. Creo así mismo que juntos haremos grandes cosas. No niego tampoco que soy cristiana y hasta admito que tú amas a los cristianos. Pediré que los ames hasta tal punto que llegues a ser un campeón entre ellos. ■ Entonces, si Dios quiere, nos unirá una misma suerte, una misma suerte del todo espiritual porque soy contraria a toda otra unión, pues quiero reservarme toda para mi Señor a fin de conseguir esa vida en la que tú dices que también crees y llegar a gozar de la amistad de aquellos espíritus de los que tú también admites que velan sobre nosotros y que realizan, en el nombre del Señor, obras de Bien”. Cipriano: “¡Bueno, Justina!, mi espíritu protector es poderoso y hará que te pliegues a mis pretensiones”. Justina: “¡Oh, no! Si él es espíritu del Cielo no podrá querer sino lo que Dios quiere. Y lo que Dios quiere para mí es la virginidad y yo espero el martirio. No podrá, por tanto, tu espíritu inducirme a nada que sea contrario al querer de Dios. Y si, por el contrario fuese un espíritu que no es del Cielo, entonces nada podrá contra mí que me hallo defendida por el signo que vence. Signo que está impreso en mi mente y corazón, en mi espíritu y en mi carne y, tanto la carne como la mente, el corazón y el espíritu cantarán victoria contra cualquier voz que no sea la de mi Señor. Vete en paz, hermano, y que Dios te ilumine para conocer la verdad. Yo pediré para que llegue la luz a tu alma”. ■ Cipriano abandona la casa barbotando amenazas que no entiendo bien y Justina le ve partir con lágrimas de compasión. Después se retira a hacer oración tras haber tranquilizado a dos viejecitos, sin duda sus padres, que han aparecido tan pronto se marchó el joven. “No temáis, Dios nos protegerá y hará que Cipriano llegue a ser nuestro. Rogad también vosotros y tened fe”.
.   ●  La visión se desarrolla ahora en dos escenarios, como si el lugar estuviese partido en dos. En uno veo la habitación de Justina y en el otro una estancia en la morada de Cipriano.  La primera ora postrada ante una cruz desnuda, esgrafiada entre dos ventanas como si fuese un adorno, teniendo por encima la figura del Cordero y a los lados, en uno el pez y en el otro una fuente que parece tomar su líquido de las gotas de sangre que brotan del cuello degollado del Cordero místico. Comprendo que son figuras del simbolismo cristiano usado en aquellos tiempos crueles. Sobre Justina, postrada en oración, aparece en el aire una luminosidad suave que, aunque incorpórea tiene trazas de ser angélica. ■ En la estancia de Cipriano, en cambio, en medio de instrumentos y signos cabalísticos y mágicos, aparece el propio Cipriano moviéndose en torno a un trípode sobre el que arroja sustancias resinosas, diría yo, que producen densas espirales de humo trazando sobre ellas signos y murmurando a la vez palabras de no sé qué oscuro rito. En el ambiente, que se satura de una niebla azulada que vela los contornos de las cosas y hace que el cuerpo de Cipriano aparezca como tras las lejanías de unas aguas trémulas, se forma un punto fosforescente que se va agrandándose poco a poco hasta alcanzar una magnitud semejante a la de un cuerpo humano. Oigo palabras pero no las entiendo. En cambio, veo que Cipriano se arrodilla y da muestras de veneración cual si suplicase a algún poderoso. La niebla que envolvía la estancia desaparece lentamente y Cipriano aparece de nuevo solo. ■ En la habitación de Justina, a su vez, sobreviene una mutación. Un punto fosforescente, que danza cual fuego fatuo, va describiendo círculos cada vez más concéntricos en torno a la joven que ora. Mi avisador interno me advierte que éste es momento de tentación para Justina  y que esa luz oculta a un maligno que, suscitando sensaciones y visiones mentales, trata de hacer caer en la sensualidad a la virgen de Dios. Yo no veo lo que ella ve sino tan sólo que ella sufre y que, cuando está a punto de ser vencida, se sobrepone al poder oculto con la señal de la cruz que traza con la mano sobre sí misma y en el aire con una pequeña cruz que extrae de su seno. Cuando, por tercera vez, arrecia violentamente la tentación, Justina se apoya de espaldas en la cruz trazada en la pared y con ambas manos levanta en alto la otra pequeña cruz. Semeja un combatiente aislado que se defiende por la espalda resguardándose en un muro inquebrantable y por delante en otro muro invencible. La luz fosforescente no resiste a aquel doble signo y se desvanece.  Justina continúa en oración. Aquí se produce una laguna porque la visión queda truncada.
.   ● Mas la vuelvo a encontrar más tarde con los mismos personajes. Son así mismo la virgen Justina y Cipriano en animado coloquio al que asisten una multitud de individuos que se unen a Cipriano en la petición que le formula a la muchacha para que se avenga a desposarse con él a fin de liberar la ciudad de pestilencia. Justina responde: “No soy yo la que debo cambiar de pensamiento sino vuestro Cipriano. Que sea él quien se libere de la esclavitud de su malvado espíritu y la ciudad quedará a salvo. Yo, ahora, más que nunca debo permanecer fiel a Dios en el que creo y a Él le sacrifico todo por el bien de todos vosotros. Y ahora se verá si el poder de mi Dios es mayor que el de vuestros dioses y que el del Malvado a quien este hombre adora”. La gente se amotina, unos contra Cipriano y otros contra la joven…
.   ● …a la que vuelvo a ver tiempos después en unión del joven, a la sazón mucho más adulto y cubierto con hábitos talares: palio, tonsura en redondo y con los cabellos no arreglados ni largos como los llevaba antes. Se encuentran en la prisión de Antioquía a la espera del suplicio y Cipriano le recuerda a la compañera una antigua plática: “Ahora se cumple, por tanto, lo que, de forma distinta profetizamos que había de cumplirse. Tu Cruz venció, Justina. Tú no fuiste mi esposa sino mi maestra. Tú me libraste del mal y me condujiste a la vida. Lo comprendí cuando el espíritu tenebroso me confesó que no podía vencerte: «Ésa vence por la Cruz, me dijo. Mi poder es nulo sobre ella. Su Dios crucificado puede más que todo el infierno junto. Él me ha vencido infinitas veces y siempre me vencerá. El que cree en Él y en su Señal queda a salvo de toda insidia. Sólo quienes no creen en Él y desprecian su Cruz caen en nuestro poder y perecen en nuestro fuego». No quise ir pues a aquel fuego sino conocer el Fuego de Dios que te hacía más hermosa y pura, tan poderosa y santa. Tú eres la madre de mi alma y, puesto que eres madre para mí, te ruego que en esta hora nutras mi debilidad con tu fortaleza para que, juntos, subamos a Dios”. Justina: “Tú ahora eres mi obispo. Absuélveme en el nombre de Cristo, Señor nuestro, de todas mis culpas para que así, más pura que los lirios, te preceda en la gloria”. Cipriano: “Yo te bendigo, que no te absuelvo, porque no hay culpa en ti. Y tú perdona a tu hermano de cuantas insidias te urdió y ruega por mí que tantos errores cometí”. Justina: “Tu sangre y tu amor actual borran todo vestigio de error. Mas recemos juntos: Pater noster…”. ■ Entran unos carceleros a interrumpir la augusta plegaria: “¿No os bastan todavía los tormentos? ¿Aún resistís? ¿No sacrificáis a los dioses?”. Ellos dos contestan: “A Dios es a quien hacemos el sacrificio de nuestras personas, al Dios verdadero, único, eterno, y santo. Dadnos la Vida, esa Vida que queremos. Por Jesucristo Señor del mundo y de Roma, por el Rey poderoso ante el cual es polvo miserable el César, por el Dios ante el que se inclinan los ángeles y tiemblan los demonios, dadnos la muerte”. ■ Los verdugos los derriban enfurecidos al suelo y los arrastran sin poderlos separar ya que los dos héroes de Cristo tienen sus manos entrelazadas. Y así van hasta el lugar del martirio que parece ser una de las acostumbradas salas de los Cuestores. Y de dos tajos profundos asestados por dos nervudos sayones saltan las dos cabezas heroicas proporcionando a sus almas alas para subir al Cielo.  Así termina la visión.
* Mi Cruz ha obrado infinitos milagros a lo largo de los siglos”.- ■ Dice ahora Jesús: “El caso de Justina de Antioquía y de Cipriano es uno de los más hermosos a favor de mi Cruz.  Mi Cruz, el patíbulo regado con mi sangre,  ha obrado infinitos milagros a través de los siglos. Y todavía los obraría si tuvieseis fe en el mismo. Ahora bien, el milagro de la conversión de Cipriano, alma en poder de Satanás, que llega a ser mártir de Jesús, es uno de los más impresionantes y bellos.  ■ Hombres, ¿qué es lo que veis? Una niña sola con una Cruz diminuta en sus manos y una ligera Cruz grabada en la pared. Una niña con un corazón convencido de verdad del poder de la cruz que se refugia en ella para vencer. Frente a ella un hombre a quien el comercio con Satanás le enriquece con todos los vicios capitales. En él la lujuria, la ira, el engaño, la ceguera espiritual y el error. En él el sacrilegio, el comercio con  las fuerzas del infierno y, ayudándole el señor del Infierno con todas sus seducciones. ■ Pues bien: la que vence es la niña y, no solo eso, sino que Satanás obligado por una fuerza invencible, ha de confesar la verdad y perder a su secuaz. No sólo vence para sí la virgen fiel sino que vence también en beneficio de su ciudad librando a Antioquía del maleficio que se cierne sobre ella en forma de pestilencia que mata a los ciudadanos. Y vence también a favor de Cipriano haciendo del siervo de Satanás que era él, un siervo de Cristo. El demonio, el contagio y el hombre vencidos por la mano de una niña que enarbola la Cruz. ■ Vosotros conocéis muy poco a esta mártir mía. Mas debéis representarla con su pequeña mano armada con la Cruz, puesta de pie sobre la losa que cierra el Infierno y bajo la cual, vencido y prisionero, gruñe Satanás. Recordadla así e imitadla porque Satanás, ahora más que nunca, recorre la tierra desencadenando sobre ella sus fuerzas maléficas para haceros perecer. Y no hay sino la Cruz que le pueda vencer. Recordad cómo él mismo confesó: «El Dios Crucificado puede más que todo el Infierno. Siempre me vencerá. El que crea en él queda a salvo de toda insidia». ■ Fe, fe, hijos míos. Es ésta cuestión vital para vosotros. Creéis y tendréis el bien o no creéis y conoceréis el mal cada vez más. Vosotros que creéis, haced uso de esta señal con veneración. Vosotros que dudáis y con la duda habéis borrado de vuestro espíritu, cual si hubieseis derramado sobre ella un líquido corrosivo,—y la duda es, en efecto, tan corrosiva como un ácido— esculpid de nuevo en vuestra mente y en vuestro corazón esta señal que os otorga la seguridad de la protección divina. Si ahora la cruz se halla cubierta con un velo como símbolo de mi muerte (1), que no lo esté en vuestro corazón. Que resplandezca en él como sobre un altar y os sirva de luz que os guíe al puerto y sea para vosotros el estandarte al que dirijáis vuestra mirada feliz en el último día, cuando, mediante esa señal, separaré Yo las ovejas de los carneros lanzando éstos a las tinieblas eternas y llevando conmigo mis benditos a la Luz”.  (Escrito el 29 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : Así era costumbre hacer  en las iglesias durante  la semana de Pasión, como se recuerda también en el breve dictado que encabeza los escritos de este día.
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44-308.- El poder de la Cruz  a la hora de la muerte.
* “En esa hora debéis abrazaros a la Cruz”.-Dice Jesús: “Tú ya tienes comprobado el poder de la Cruz. Tú no abrigas dudas acerca de la veracidad de la visión (1) por cuanto tú misma viste huir a Satanás ante tu mano alzando mi Cruz. Pero ¡qué pocos son los que creen así! Y, al no creer, tampoco recurren a esta señal bendita. También esta visión debe incluirse entre los evangelios de la Fe. No es Evangelio pero es Fe. Y es así mismo Evangelio por haberlo dictado: «A quien creyere en Mí le daré el poder de hollar serpientes y poder contra el Enemigo sin que nada le dañe» (2). Que crezca tu fe al ritmo de los latidos de tu corazón. Y si éste, cansado, detiene sus latidos, que no se detenga tu fe. ■ Cuanto más próxima está la hora del encuentro con Dios más debe aumentar la fe. Porque, en la hora de muerte, Satanás, que jamás se cansó de turbaros con sus enredos —y, astuto, feroz, con sonrisas y cantos trató de doblegaros— aumenta sus empeños por arrancaros del Cielo. Y es precisamente en esa hora cuando debéis abrazaros a la Cruz para que no os aneguen las olas de la última tempestad de Satanás. Después llega la paz eterna. ¡Animo, María! que la Cruz sea tu fuerza ahora y en la hora de la muerte. Que la cruz de la muerte, la última cruz del hombre, tenga dos brazos: uno sea mi Cruz y el otro el nombre de María. La muerte, así, sobreviene en la paz de los que se ven libres hasta de la proximidad de Satanás. Porque él, el Maldito, no soporta la Cruz ni el Nombre de mi Madre. Esto debe hacerse saber a muchos, pues todos tenéis que morir y todos necesitáis de esta enseñanza para salir victoriosos de las últimas insidias del que os odia infinitamente”. (Escrito el 29 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : Se refiere a la visión de:  “La Cruz es toda poderosa”  relatada en el dictado anterior 44-302.   2  Nota  : Cfr. Lc. 10,19.
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44-398.- Los viernes dedicados a las almas del Purgatorio.
* “Es obra de justicia y de amor hacia Mí”.- ■ Dice Jesús: “Oye a tu Maestro y, antes de decirte dos cosas que deseas saber, voy a presentarte el programa de tus sufrimientos, para los días de la semana. Ante todo veamos las grandes categorías por las que debes sufrir, esas categorías por las que también Yo lo hice en mi Pasión: sacerdotes, desesperados, pecadores, idólatras, y las almas que están esperando tornar a Dios, que para ti son las almas del Purgatorio y para Mí fueron un día los justos del Limbo. Son siete días de la semana. Ahora bien, por las necesidades de tres de las categorías deberían ser cuando menos siete veces siete; mas… tan sólo son siete y así, conforme a ese número, habrán de ser tus sufrimientos… ■ El viernes debe ser para los que viven su crucifixión espiritual en el Purgatorio buscando a Dios al que todavía no pueden tener. Tú sabes, lo mismo que Yo, lo que supone sentirse separado de Dios. Yo sé, pero tú no, el júbilo con que arrebaté en un torbellino de amor a los justos cuando, en un lejano viernes (1) me presenté a ellos y les dije: «Concluyó la espera. Venid a poseer a Dios». Para que cada viernes puedan decir mis ángeles a muchos espíritus purgantes estas palabras, sufre y ofrece todos los viernes. Bienaventurados son las perlas nacidas de la Sangre que, hasta la última gota, derramé el viernes de la Parasceve pascual. Abrir a un alma el Reino e introducirla en la bienaventuranza es devolverme lo que es mío. Es obra, por tanto, de justicia y de amor hacia Mí”. (Escrito el 29 de Mayo de 1943)
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1  Nota  : El Viernes: el de la muerte y de la bajada de Jesús a los Infiernos.
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44-526.- Imagen y semejanza: en la resurrección de los muertos.
* En la resurrección de los muertos se verá: una misma imagen física en todos pero desemejanza espiritual (aspecto divino y aspecto demoníaco).-  ■ Dice Jesús: “La ignorancia difundidísima entre los creyentes proyecta ideas equivocadas sobre la semejanza con Dios. No semejanza física, pues Dios-Espíritu carece de rostro, estatura y estructura, sino que el hombre tiene la semejanza que Dios Creador ideó para el hombre. Ciertamente, el Poderoso e Infinito, no tenía necesidad de obtener al hombre a través de una evolución secular de cuadrumanos. El cuadrumano fue cuadrumano desde el momento que fue creado e hizo sus primeras cabriolas sobre los árboles del paraíso terrenal; y el hombre es hombre desde el momento en que Dios lo creó del barro y, cosa no hecha con ser alguno, le insufló el espíritu en el rostro (1). La semejanza con Dios radica en este espíritu eterno, incorpóreo y sobrenatural que tenéis en vosotros, en este espíritu, átomo del infinito Espíritu que, recluido en angosta y precaria cárcel, espera y anhela volver a su Fuente y compartir  con Ella libertad, gozo, paz, luz, amor y eternidad. ■ La imagen persiste en donde ya no hay semejanza, puesto que el hombre continúa físicamente tal a los ojos de los hombres por más que, a los ojos de Dios, de los sobrenaturales habitantes del Cielo y de unos pocos elegidos de la tierra, aparezca con su nuevo aspecto de demonio. Con su verdadero aspecto desde que la culpa mortal privó de la semejanza con Dios, careciendo ya en él su espíritu de vida. El hombre sin  Gracia, que se la arrebató la Culpa, ya no es más que el sepulcro donde se pudre su espíritu muerto. He aquí por qué en la resurrección de la carne los humanos, por más que todos tengan una misma imagen física, serán desemejantes entre sí: de aspecto semidivino los bienaventurados y de aspecto demoníaco los condenados. Entonces se transparentará al exterior el misterio de las conciencias. ¡Terrible conocimiento!”. (Escrito el 14 de Julio de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Gén  2,7.
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45-57.- Comunión de los espíritus: lazos, palabras, caricias: entre los «vivientes» y los «vivos».
* “Aunque hayan cambiado de forma y de naturaleza,  existen y aman como en vida no habrían podido amar, porque aman en Dios”.- ■ Dice María Santísima para Paula (1): “Ni la sonrisa ni las gracias de la Madre del Cielo sino mucho más, ya que aquellas están y estarán siempre sobre ti si tú sabes ser siempre Paula de Jesús a la que Él quiso tomar desde tan lejos, de lugares nebulosos y tristes, de pastos maléficos en los que te consumías sin gozo y sin provecho, para llevarte a playas luminosas, al alimento santo con el que robusteciste tu alma conociendo la existencia de la Vida en la que nada se pierde y ninguno se separa para quienes se aman en el Señor. Ahora tú conoces cómo se encuentran las almas de los «vivientes» con las de los «vivos» y cómo del Cielo y de la Tierra los espíritus se tienden los incorpóreos lazos y se intercambian palabras y caricias para hacer menos triste vuestra existencia y más feliz nuestra Morada. ■ Tú sabes ahora qué cosa es la comunión dichosa de los espíritus, de los santos, de aquellos que, por más que hayan cambiado de forma y naturaleza, no han dejado de existir y que aman como en vida no habrían podido amar porque aman en Dios. ■ No soy sola yo, Madre de todos los hijos de mi Hijo y de cuantos tienen necesidad de amor, sino que hay también otra madre que en esta hora, hija mía, se halla volcada sobre ti. Es tu madre, a la que buscabas donde no estaba, donde no podías encontrarla porque ella fue buena y honesta y supo llevar a cabo la cosa más grande de todas: el perdón. Ella, hija mía, no está ausente. Y, al tiempo que yo te bendigo, ella te besa para que tu corazón no esté triste sino sereno en esta hora. Sea dada gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. (Escrito el 22 de Mayo de 1945).
 
Este dictado de la Madre ha venido después de recibir la carta anunciadora de la próxima boda de Paula. Apenas si había terminado de escribir mi carta de felicitación cuando eran las 21,30. La Virgen se mostró explícita y urgente al hacerme suspender la carta que había iniciado para José (Belfanti) y así escribir este dictado.
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1  Nota  : Paula.- Paula es  hija de José Belfanti, primo de la madre de María Valtorta.
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46-209.- La Extremaunción  recibida por María Valtorta y su efecto.
*  Tras recibir ella la extremaunción: cesaron la turbación y el desaliento demoníacos.- ■ Por un incidente estúpido tengo que arrancar y volver a copiar, cambiada como está, la hoja impresentable. ¡Paciencia! Corrijo el fascículo 1º de las “Direcciones”. En la primera página, fecha 5 de Octubre de 1945, veo que aparece escrito que ya no gozo de las visiones después de que en los meses anteriores disfruté de ellas hasta que cesaron. ¡Bien! Esto fue ciertamente así en los meses de septiembre y octubre. Fue una vejación demoníaca para turbarme y llegar al desaliento, una tentación de Satanás para conseguir turbarme y desalentarme, pero que cesó tras la Extremaunción, no habiendo tornado ya más. ■ Son muchas las cosas que cesaron después de la Extremaunción. Estaba ya convencida anteriormente, y así lo defendía, de que no debe privarse a los moribundos de esta gran ayuda que tanta paz proporciona. Esto lo sostenía únicamente porque tengo fe mas ahora lo digo por experiencia y se lo diré a quienes tengan enfermos graves, dejándolo así consignado: “Fortaleced, fortaleced a los espíritus en sus luchas agónicas con este Sacramento. Proporcionadles paz, liberándoles y alejándoles del Enemigo”. (Escrito el 18 de Marzo de 1946).
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A las 4,45 de la mañana
Mi Mamá
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46-232.- Visión de la madre de María Valtorta en su estado purgante.
* “Cuando sepa amar como nos estaba mandado habrá terminado la expiación”.- ■ ¡Mi mamá! Dulcemente triste, con su rostro pacificado y no más ceniciento como en las primeras apariciones, un rostro como el de sus horas mejores y también más en paz, suavizado por un reflejo de su alma nutrida de paz… pero se encuentra triste. Me mira con piedad amorosa, con una mirada cual yo habríala deseado de ella muchas veces cuando era mi mamá sobre la tierra (1), mirada que tan raramente la tuve y siempre más débil que ésta de ahora. Me mira… Parece sufrir… Mas no la tengo muy lejos, en zonas ultraterrenas como en las primeras apariciones. La tengo exactamente aquí, hacia el fondo de mi lecho y si mira en derredor no sé si es por curiosidad o por saludar a sus cosas que vuelve a verlas en torno mío. Sonríe a su retrato colocado junto a mí; sonríe más luminosamente a su dolorosa, a mí miniatura, y después mira al cuadro de Jesús que tengo a la cabecera de mi lecho. ■ Su mirada es tan indefinible que no me atrevo a describirla. Parece que ruegue y venere, como también que se humille pidiendo perdón… Pero lo que sí parece es que sufre. Pienso que estará triste porque, desde hace dos meses, no he podido conseguir que le digan ni una Santa Misa en sufragio. Antes, de diciembre a marzo, habíase calmado o, al menos, así me parecía porque ya no la veía ni la sentía como si la Santa Misa mensual le proporcionara refrigerio. Le digo: “Tienes razón, mamá; pero ¡si supieses cómo me encuentro! Hay momentos en que ya no se ocupan de mí…”. Mueve la cabeza como denegando… Continúo yo: “No sé a quién dirigirme para estar segura de que te alivian con el Santo Sacrificio…”. Responde: “Yo lo sé. Aquí nosotros lo sabemos. Mas no es por mí que sufro sino por ti, pobre María, jamás comprendida, amada ni feliz… ni siquiera ahora que te encuentras tan enferma y eres tan merecedora de ayuda. ¡Cuántas injusticias cometemos todos contigo!”. Y yo le digo: “No sufras, mamá. Ya sabes que estoy habituada a esta situación…” y nada más digo comprendiendo que mis palabras serían otros tantos reproches recordando el pasado, tanto el suyo como el mío. ■ Responde: “No puedo dejar de sufrir porque ahora es cuando comprendo. Inmersos como estamos en un baño ardiente y luminoso de amor expiatorio, vemos, conocemos y aprendemos ahora, aquí, a amar a nuestro Dios y a nuestro prójimo, a los que, en vida, amamos poco y mal. Los sufrimientos del prójimo aumentan nuestra expiación porque, desaparecido el egoísmo, sabemos amar y sufrir con él y por él. Mas, no te aflijas por esto, ya que nos sirve para ir antes al Paraíso. Llévalo con paciencia, María. Solo Dios te ama; pero ¡te ama tanto…! Y ahora te ama así mismo tanto tu mamá que aún no puede darte todo lo que querría para reparar. Terminó el período de remordimiento, el primero… y me encuentro en el del amor activo. Mas, al presente, no puedo hacer sino rogar por ti. Estate pues tranquila. Tú ya sabes amar y por eso te protege el Amor. Yo aprendo a conocer, momento por momento de eternidad y, conociendo cada vez más y más, voy aprendiendo a amar. Cuando sepa amar como nos estaba mandado, habrá terminado la expiación y entonces podré mucho más. El Paraíso y el poder, tanto en la tierra como aquí, se consiguen amando. No llores, chiquitita (calificativo cariñoso que me dirigía mamá cuando yo era niña, que quería decir: pequeñita, y que me lo decía también, siendo ya mujer, en sus rarísimos momentos de expansión). El mal es de los otros. Ellos son los que deben llorar porque obran mal. ¡Oh, si supieseis cómo se expía aquí lo que se hace sufrir al prójimo! Pues bien, todos ellos lo habrán de sufrir. Y será justo puesto que no tuvieron compasión con la criatura ni con el instrumento de Dios. ¡Cómo se debe ser buenos mientras se puede!  Sé paciente ofreciendo a Dios tu paciencia en sufragio de tu mamá. Ésta es ciertamente la mejor de las ofrendas al estar hecha por ti, solo por ti. Son tus ofrendas, tus sacrificios lo que más alivio me proporcionan porque, de entre todos los vivientes, fue contigo con quien más falté al amor… Pepito ya no está entre los vivientes… Adiós, Mario…”. (otro modo de llamarme  mamá que habría querido que fuese  varón en vez de mujer, llamándome «Mario» como para consolarse de haber traído al mundo una mujer)… Y un beso fresco me roza las mejillas al tiempo que la visión se desvanece… y desaparece lentamente. Llamo: “¡Mamá, mamá! Dime… ¿estás más purificada puesto que ahora hablas y antes no lo podías hacer? ¡Dímelo…!”. Pero se ausenta sin responderme. ■ Quería haberle preguntado también: “Cuando te encontrabas tan acongojada en diciembre y me llamabas con aquella voz llorosa, ¿era por lo que veías lo que se me venía encima?”. Y también quería decirle: “¿Por qué papá no viene nunca? ¿Acaso no está en paz o es tanto lo que tiene que hacer en el Paraíso que no viene?”. Mas no me ha dado tiempo y quedo con mi curiosidad insatisfecha, si bien con la sensación de un consuelo plácido…
■  (Nota de las 10 de la mañana). Tanto es así que, tras una noche de continuo sufrimiento que no me ha permitido dormir, me he adormecido dulcemente teniendo aún el rosario entre mis manos, porque, una vez recitados los 100 “Requiem” por mamá, había iniciado el Rosario. (Escrito el 16 de Mayo de 1946).
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1  Nota  : La madre de María Valtorta,  Iside Fioravanzi,  de carácter autoritario, fue siempre muy adusta  con María, su única hija.
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46-251.- Jesús nos enseña a morir (1).
* “Apóyate en tu Señor mientras Él te da una hora de preparación para la muerte”.-Dice Jesús: “Dicté una Hora Santa para aquellos que deseaban. Desvelé mi hora de Agonía del Getsemaní para otorgarte un gran premio; porque no hay acto de confianza más grande entre amigos que el descubrir al amigo el propio dolor. Ni la risa ni el beso son la prueba suprema del amor sino el llanto y el dolor comunicados al amigo. Tú, amiga mía, lo has conocido pues que estuviste en el Getsemaní. Ahora estás sobre la Cruz y pruebas penas de muerte. Apóyate en tu Señor mientras Él te da una hora de preparación para la muerte.
I.- «Padre mío, si es posible, pase de Mí este cáliz». No es una de las siete palabras desde la Cruz, pero es ya palabra de pasión. Es el primer acto de la Pasión que se inicia. Es la preparación necesaria para las demás fases del holocausto. Es invocación al Dador de la vida, resignación, humildad y oración en el que se entremezclan: la carne ennobleciéndola y el alma perfeccionándose, con la voluntad suprema del espíritu y la fragilidad de la criatura que repugna la muerte. ■ «¡Padre…!» ¡Oh!, es la hora en la que el mundo desaparece para los sentidos y la inteligencia, mientras se acerca a la velocidad de un meteoro el pensamiento de la otra vida, de lo desconocido, del juicio. El hombre, siempre un niño por más que llegue a centenario, es como un infante despavorido que, dejado solo, busca el seno de Dios. Marido, mujer, hermanos, padres, amigos… Lo eran todo mientras la vida se hallaba lejos de la muerte, mientras la muerte era tan solo un pensamiento oculto entre nieblas lejanas. Mas, tan pronto sale la muerte de entre los velos y avanza, he aquí que, por un trastrueque de situación, los padres, los hijos, los amigos, los hermanos, el marido y la mujer pierden sus rasgos definidos, su valor afectivo, borrándose ante el avance de la muerte. Como voces que se van atenuando con la distancia, las cosas de la tierra van perdiendo vigor al tiempo que lo adquieren las del más allá, aquello que hasta ayer parecía tan lejano… Y un movimiento de miedo se apodera de la criatura. Si no fuese penosa y temerosa, la muerte no sería el extremo castigo y el medio extremo de expiación concedido al hombre. Hasta tanto no existió la Culpa, la muerte no fue tal sino dormición. Y donde no hubo Culpa tampoco hubo muerte, como ocurrió con María Santísima. Si Yo morí fue porque sobre Mí gravitaba todo el Pecado y, por eso, probé la repugnancia de morir. ■ «¡Padre!» ¡Oh! este Dios tantas veces dejado de amar y amado en último lugar después de que el corazón amó a parientes y amigos, tuvo otros amores indignos con criaturas viciosas o amó las cosas como a dioses, este Dios tan frecuentemente olvidado, que permitió se le olvidase al respetar la libertad de poderle olvidar, que dejó hacer, que fue tal vez burlado, maldecido y hasta negado, he aquí que vuelve a surgir en la mente del hombre recobrando sus derechos. Truena: «¡Soy Yo!» y para no hacer morir de espanto con la revelación de su poder, medicina ese potente «soy Yo» con una palabra suave: «Padre». «Yo soy tu Padre». Y ya no es terror, sino abandono, el sentimiento que despierta esta palabra. Yo, Yo que debía morir y comprendía lo que es morir después de haber enseñado a los hombres a vivir llamando «Padre» al Altísimo Jeová, he aquí que os enseñé a morir sin terror llamando «Padre» al Dios que torna a surgir entre los espasmos de la agonía o se hace más presente al espíritu del moribundo. ■ «¡Padre!» No temáis. ¡Vosotros que morís, no temáis a este Dios que es Padre! No se presenta justiciero de registros y de hacha, ni cínico desposeyéndoos de la vida y de los afectos sino que viene con los brazos abiertos diciendo: «Torna a tu morada; ven al descanso; yo te compensaré con usura cuanto aquí dejas. Y, te lo juro, en mi seno harás mucho más a favor de los que aquí dejas que no permaneciendo aquí abajo en lucha afanosa y no siempre remunerada». ■ Con todo, la muerte comporta siempre dolor. Dolor por el sufrimiento físico, dolor por el sufrimiento moral y dolor por el espiritual. Debe comportar dolor, lo repito, si ha de ser el medio para la última expiación en el tiempo. Y en un fluctuar de nieblas que cubren y descubren alternativamente lo que en la vida se amó y lo que de modo temeroso nos presenta el más allá, el alma, la mente, el corazón, como nave presa de una gran tempestad, pasan —de zonas tranquilas que gozan ya de la paz del inminente puerto, a la sazón cercano, visible y tan sereno que comunica una quietud beatífica y una sensación de reposo semejante al de quien, a punto de dar por concluido un esfuerzo, pregusta el gozo del próximo descanso— pasan a zonas en las que la tempestad les sacude, les golpea y les hace sufrir, empavorecer y gemir. Es de nuevo el mundo, el afanoso mundo con todos sus tentáculos: familia, negocios; es la angustia de la agonía, es el susto del último paso… ¿Y después? ¿Y después…? Las tinieblas embisten, sofocan la luz, silban sus terrores… ¿Dónde está pues el Cielo? ¿Por qué morir? ¿Por qué tener que morir? Y el grito borbotea ya en la garganta: «¡No quiero morir!». ■ No hermanos míos que morís, pues justo y santo es el morir al ser voluntad de Dios. No, no gritéis así. Ese grito no viene de vuestra alma sino del Adversario que sugestiona vuestra debilidad haciéndooslo proferir. Cambiad el grito rebelde a otro de amor y de confianza: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz». Como el arco iris tras la borrasca, he aquí que ese grito consigue la luz, la calma, veis de nuevo el Cielo, las razones santas y el premio del morir que no es otro sino el retorno al Padre; y entonces comprendéis que también el espíritu, o mejor, que el espíritu tiene derechos superiores a los de la carne porque él es eterno y de naturaleza sobrenatural y, por eso, goza de preeminencia sobre la carne, siendo entonces cuando pronunciáis las palabras que os absuelven de todos vuestros pecados de rebelión: «Pero no se haga mi voluntad sino la tuya». Aquí está la paz, aquí está la victoria. El ángel de Dios se estrecha a vosotros y os conforta porque vencisteis en la batalla preparatoria transformando la muerte en triunfo.
II.- «¡Padre, perdónales!».  Es el momento de despojarse de todo cuanto supone peso para volar con mayor seguridad a Dios. No podéis llevar con vosotros afectos ni riquezas que no sean espirituales y buenas. Y no hay hombre que, al morir, no tenga algo que perdonar a alguno o a muchos de sus semejantes en muchas cosas y por múltiples motivos. ¿Qué hombre hay que llegue a morir sin haber sufrido el amargor de una traición, de un desamor, de un engaño, de una usura o de otro daño cualquiera de parte de parientes, consortes, o amigos? Pues bien, es la hora de perdonar para ser perdonados. Perdonar de un modo pleno, dejando a un lado, no solo rencor y el recuerdo, sino hasta la persuasión de que el motivo de nuestro rencor era justo. Es la hora de la muerte en la que el tiempo, el mundo, los negocios y los afectos terminaron quedando reducidos a «nada». Solo una verdad a la sazón existe: Dios. ¿A qué pues llevar más allá de los umbrales lo que es de la parte de acá de los mismos? ■ Perdonar. Y, dado que llegar a la perfección del amor y del perdón que consiste en no decir siquiera: «Con todo yo tenía razón», es muy difícil, o mejor dicho, demasiado difícil para el hombre, debe traspasar al Padre el encargo de perdonar por nosotros, entregarle nuestro perdón a Él que no es hombre, que es perfecto, que es bueno y que es Padre, para que Él lo depure con su Fuego y se lo dé, una vez perfeccionado, a quien merezca el perdón. Perdonar, a los vivos y a los muertos. Sí, también a los muertos que nos causaron dolor. La muerte, limó muchas aristas al enojo de las ofensas o todas tal vez. Con todo, aún perdura el recuerdo. Hicieron sufrir, se recuerda que hicieron sufrir y este recuerdo pone siempre límites a nuestro perdón. Mas ahora ya no, pues la muerte viene a retirarle todos los límites al espíritu que penetra en el infinito. Hay que eliminar por tanto, hasta este recuerdo que pone límites al perdón. ■ Perdonar, perdonar para que el alma no tenga sobre sí el peso y el tormento de los recuerdos y pueda estar en paz, con todos los hermanos vivos o penantes, previo al encuentro con el Pacífico. «¡Padre, perdónales!». Humildad santa, dulce amor del perdón otorgado que van sobreentendidos en el perdón que se pide a Dios por débitos con Él y con el prójimo y que tiene todo aquel que pide perdón para los hermanos. Este es un acto de amor; y morir en un acto de amor es ganar la indulgencia del amor. Dichosos aquellos que saben perdonar, en expiación de todas las durezas de corazón, las culpas de la ira.
III.- «He aquí a tu hijo». ¡He aquí a tu hijo! Hacer cesión de lo que nos es querido con previsor y santo pensamiento; ceder los afectos y cederse a Dios sin resistencia; no envidiar al que posee lo que dejamos. Con esa frase podéis confiar a Dios cuanto tenéis en el corazón y lo abandonáis en Él, lo mismo que cuanto os angustia y hasta vuestro propio espíritu. ■ Recordarle al Padre que es Padre y poner en sus manos el espíritu que torna a su Fuente; decirle: «Heme aquí, éstos son mis seres queridos, te los entrego; éstos son mis negocios, aquellos negocios que alguna vez fueron motivo de que fuese injusto, envidioso del prójimo, e hicieron que me olvidase de Ti porque me parecían —lo eran ciertamente, si bien yo los tenía por más de lo que eran— me parecían de capital importancia para el bienestar de los míos, para mi honor y por el aprecio que me proporcionaban. Creí también que solo yo fuese capaz de administrarlos, por lo que me tuve por indispensable para su gestión. Ahora veo… que era tan solo una pieza insignificante en el perfecto engranaje de tu Providencia y, a las veces, un mecanismo imperfecto que descompensa la labor del organismo perfecto. Ahora que las luces y las voces del mundo se apagan y todo se va alejando, veo… siento… cómo mis obras eran insuficientes, gastadas e incompletas y cómo estaban en desacuerdo con el Bien. Me jacté de ser algo y, con todo, Tú —previsor, providente y santo— aún te dignabas corregir mis labores haciendo que fuesen útiles. Me jacté y hasta llegué a decir que no me amabas porque no me acompañaba el éxito en lo que emprendía, como a aquellos a los que yo envidiaba. Ahora lo veo. ¡Ten compasión de mí!». ■ Humilde abandono, pensamiento agradecido de la Providencia como reparación de vuestras presunciones, avideces, envidias y sustituciones de Dios con pobres cosas humanas y con ansias de toda clase de riquezas.
 IV.- «Acuérdate de mí». Habéis aceptado el cáliz de la muerte, habéis perdonado y hecho cesión de lo que era vuestro, hasta incluso de vosotros mismos. Habéis mortificado grandemente el yo humano y liberado el alma de lo que desagrada a Dios: del espíritu de rebeldía, de rencor y de codicia. Habéis cedido al Señor la vida, la justicia, la propiedad, la pobre vida, la más pobre justicia y las tres veces pobres propiedades humanas. ■ Nuevos Jobs, os encontráis desfallecidos y despojados ante Dios. Podréis por tanto decir: «Acuérdate de mí». Ya no sois nada: ni salud ni arrogancia ni riqueza. No sois dueños ni de vosotros mismos. Sois oruga con posibilidad de llegar a ser mariposa o bien pudriros en la cárcel del cuerpo causando una postrer herida a vuestro espíritu. Sois fango que torna al fango o fango que cambia a estrella según que prefiráis hundiros en la cloaca del Adversario o ascender al vértice de Dios. La última hora decide la vida eterna. Recordadlo y gritad: «¡Acuérdate de mí!». Dios escucha ese grito del pobre Job para colmarle de bienes en su Reino. ■ Resulta dulce para un Padre perdonar, intervenir y consolar. Tan pronto escucha este grito, os dice: «Hijo, estoy contigo, no temas». Pronunciad estas palabras a fin de reparar las veces que os olvidasteis del Padre o fuisteis soberbios.
V.- «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Parece a veces que Dios abandona. Mas no es así sino que se esconde para que aumente la expiación y conceder así mayor perdón. ¿Puede el hombre lamentarse con ira de ello cuando él abandonó infinitas veces a Dios? Y ¿debe desesperar de Dios porque Él le pruebe? ¡Qué de cosas pusisteis en vuestro corazón que no era Dios! ¡Cuántas veces os mostrasteis indiferentes con Él! ¡Con cuántas cosas le rechazasteis y echasteis de vosotros! Llenasteis vuestro corazón de todo y después lo cerrasteis echándole el cerrojo porque temíais que Dios, si entraba, podía turbar vuestro quietismo indolente y purificar su templo echando de él a los usurpadores. ¿Qué importaba de Dios mientras fuisteis felices? Os decías: «Tengo ya de todo porque me lo he granjeado». ■ Y cuando no fuisteis felices ¿acaso no huisteis de Dios culpándole de vuestro mal? ¡Oh hijos injustos! que bebéis el veneno, os introducís en los laberintos, os lanzáis por los precipicios, penetráis en las guaridas de serpientes y otras fieras y después decís: «Dios tiene la culpa». Si Dios no fuese Padre y Padre santo, ¿qué habría de responder a vuestro lamento de las horas dolorosas cuando en las horas felices os olvidasteis de Él? ¡Oh hijos injustos que, llenos de culpas como estáis, pretendéis ser tratados como no lo fue el Hijo de Dios en la hora del holocausto! Decid ¿quién estuvo más abandonado? ¿No lo estuvo acaso Cristo quien para salvar, aceptó el abandono total de Dios tras haberle amado siempre de un modo activo? ¿No lleváis acaso vosotros el nombre de «cristianos»? Y ¿no tenéis el deber de salvaros siquiera a vosotros mismos? ■ No está la salvación en la turbia desidia que se complace en sí misma y teme la sobrevengan molestias por acoger al Activo. Imitad entonces a Cristo lanzando este grito en el momento en que la nota del grito sea nota de mansedumbre y de  humildad, no de blasfemia ni de reproche. «¿Por qué me has abandonado Tú que sabes que sin Ti nada puedo? Ven Padre, ven a salvarme, a infundirme fortaleza para que me salve a mí mismo, ya que son horrendas las apreturas de muerte y el Adversario acrecienta astutamente su poder susurrándome que Tú ya no me amas. Haz te sienta, Padre, no por mis méritos, sino porque soy una nada sin valor alguno que no sabe vencer de encontrarse solo, cayendo ahora en la cuenta de que la vida era trabajo para ir al Cielo». Está dicho: «¡Ay de los que se encuentran solos!» (2). ¡Ay de quien se encuentra solo a la hora de la muerte, solo consigo mismo contra Satanás y contra la carne! Mas no temáis porque si llamáis al Padre, Él acudirá. Y esta humilde invocación expiará vuestras culpables torpezas para con Dios, vuestra falsa piedad y los desordenados amores del yo que os hacen indolentes.
VI.- «Tengo sed». Sí, verdaderamente, cuando se ha captado el auténtico valor que tiene la vida eterna respecto del falso metal de la vida terrena, cuando se ha aceptado como una santa obediencia la purificación del dolor y de la muerte, cuando en pocas horas o en pocos minutos tal vez se ha crecido en sabiduría y en gracia ante Dios más de lo que se hubiera crecido en muchos años de vida, viene la sed profunda de aguas celestiales y de cosas del Cielo. Quedaron vencidas todas las lujurias de la sed humana, pero se despierta la sed sobrenatural de poseer a Dios, la sed del amor. El alma aspira a beber el amor y a ser por él absorbida. Como el agua de lluvia que cae al suelo y no quiere convertirse en fango sino tornar a ser nube, así el alma tiene sed ahora de subir al lugar del que bajó. A punto de quedar rotos los muros carnales, la prisionera percibe ya las auras del Lugar de origen y anhela con todo su ser retornar a él. ¿Cuál es el peregrino exhausto que, viendo ya próximo, tras largos años, el lugar nativo, no concentra sus fuerzas y prosigue veloz y tenaz, despreocupado de todo lo que no sea llegar al sitio del que un día partió dejando en él su verdadero bien, que ahora está cierto de recobrar y de gustar con más subido placer dada la experiencia que tiene del pobre bien que no sacia y que encontró en el lugar del exilio? ■ «Tengo sed». Sed de Ti, mi Dios. Sed de tenerte, de poseerte y sed de darte, porque en los límites entre la tierra y el Cielo se sabe ya entender, cual se debe, el amor al prójimo y se despierta un deseo de hacer por que llegue Dios en posesión al prójimo que dejamos. Es la santa laboriosidad de los santos que, cual granos muertos convertidos en espiga, se derraman con amor para proporcionar amor y hacer que ame a Dios aquel que aún está debatiéndose en las luchas de la tierra. «Tengo sed». Una vez llegada el alma a los umbrales de la vida, no hay más que un agua que sacie: el Agua viva, Dios mismo. El Amor verdadero es Dios mismo. Amor contrapuesto al egoísmo. ■ El egoísmo murió en los justos antes que la carne y el que reina en ellos es el amor que grita: «Tengo sed de Ti y de almas. Salvar. Amar. Morir para gozar de la libertad de amar y de salvar. Morir para nacer. Dejar de poseer. Rechazar toda dulzura, todo consuelo porque todo lo de aquí abajo es vanidad y lo que el alma tan solo quiere es anegarse en el río, en el océano de la Divinidad, beber de Ella y estar con Ella sin tener más sed al haberle acogido la Fuente del Agua de la Vida». Es precioso tener esta sed en reparación del desamor y de  la lujuria.
VII.- «Todo está cumplido».  Cumplidas están las renuncias, todos los sufrimientos, todas las pruebas, las luchas, las victorias, las ofrendas: todo. A la sazón resta solo presentarse ante Dios. Concluyó el tiempo concedido a la criatura para llegar a ser un dios, lo mismo que a Satanás para tentarla. Cesa el dolor, cesa la prueba, cesa la lucha. Quedan únicamente el juicio y la amorosa purificación o llega de inmediato la morada dichosísima del Cielo. Mas tocó a su fin cuanto es tierra y voluntad humana. ¡Todo está cumplido! Esta es la palabra de la completa resignación o del gozoso reconocimiento de haber terminado la prueba y consumado el holocausto. No me refiero aquí a los que mueren en pecado mortal, a los que no dicen: «Todo está cumplido», sino que, con un grito de victoria o un llanto de dolor, lo dicen por ellos el ángel de las tinieblas, victorioso, al ángel de la guarda, vencido. Me refiero a los pecadores arrepentidos, a los buenos cristianos o a los héroes de la virtud. Estos, cada vez más vivos en su espíritu al tiempo que la muerte se apodera de la carne, murmuran o gritan, resignados o gozosos. «Todo está consumado. Terminó el sacrificio. ¡Tómalo como expiación mía! ¡Tómalo como ofrenda mía de amor!». ■ Así se expresan los espíritus con la penúltima palabra según que sufran la muerte por ley común o, como almas víctimas, la ofrezcan en voluntario sacrificio. Mas, tanto los unos como los otros, una vez llegados a la liberación de la materia, reclinan su espíritu en el seno de Dios diciendo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Sabes, María, qué supone expirar en el beso de Dios. Hay muchas preparaciones para la muerte. Mas, créeme, ésta, basada en mis palabras, es, dentro de su sencillez, la más santa de todas”.
 
   Jesús me ha dado este dictado a las 12, cuando, terminada ya la visión tenida a primeras horas de la mañana, creía haber finalizado de escribir, habiéndome puesto a coser con gran fatiga, pero forzosamente si había de preparar la lencería necesaria para la casa. Al momento he dejado el dedal y aguja volviendo a tomar la pluma. Y, gravísima como estoy, he recibido a modo de preciosísimo regalo esta preparación para la muerte. (Escrito el 14 de Julio de 1946).
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1  Nota  : Aparece en el original la siguiente anotación escrita posteriormente con letra diminuta: “Le estaría muy agradecida al R. P. Migliorini si me mandase una copia de esta Hora de preparación para la muerte, pues, de lo contrario, me quedaría sin ella”.  2  Nota  : Cfr. Eccl. 4,10.
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47-315.- Breve dictado para el Padre Berti sobre la bajada de Jesús a los “Infiernos”.
* “Mi intención fue hablar de los diferentes lugares de ultratumba en los que se hallaban los fallecidos, dándoles el nombre de «Infierno» en contraposición al Paraíso”. Me atrevo a formular a Jesús, presente y buenísimo, una nueva pregunta que me la hizo un Padre Servita, que no sé exactamente quién sea, aunque apunto al P. Berti, no sé si por iniciativa propia o sugerida por otros,  acerca de la bajada de Jesús al Infierno que, incidentalmente, he vuelto a verla anotada con fecha 15-1-44 (1) y que, al parecer, habíale chocado a alguno. ■ Me responde… En este momento me llega carta del P. Berti pidiendo mi conformidad para presentarse al Santo Padre, y Jesús, sonriendo, todo luminoso, me dice tan pronto me entregan la carta: “Abre y léela”. Cosa que hago quedando aturdida como todas las veces en que las palabras de Jesús se corresponden con lo que está sucediendo. Jesús, siempre sonriente, dice: “Ahí tienes por qué, ahora precisamente, después de cuatro meses, te complazco, y por este Padre al cual ya te dije que le podías comunicar este punto. Respecto de los demás puntos, ya sabes a quién, cuándo y cómo notificárselos. Y ahora escucha que voy a repetir el comienzo”.
Dice Jesús: “Darás estas palabras al Padre Berti ahora que sabes que fue él quien te las pidió: cuando le dirigí a mi María el dictado del 15-1-44 —en el que le dije: «Cuando, para sacar del Limbo a aquellos que aguardaban mi venida, descendí a él, quedé espantado de aquél horror. Y si las cosas, hechas por Dios, al ser perfectas, no fuesen inmutables, habría querido hacerlo menos atroz, quedando dolorido por aquel horror, ya que soy amor»— mi intención fue hablar de los diferentes lugares de ultratumba en los que se hallaban los fallecidos, tomando dichos lugares en general y dándoles el nombre de «Infierno» en contraposición al Paraíso en donde está Dios. ■ Cuando, sobreabundando de gozo tras la consumación de mi Sacrificio, pude abrir el Limbo a los justos y sacar del Purgatorio a muchísimos justos, me estremecí de horror al contemplar en mi pensamiento que únicamente para el lugar de condenación no había redención ni mutación de horror. Pero no entré en él. No era justo ni conveniente hacerlo”.
* “¿Os sorprende que hubiera sacado del Purgatorio a muchas almas?”.-Jesús: “¿Os sorprende que hubiera sacado del Purgatorio a muchas almas? Pensad en esto: si una Santa Misa puede liberar a un penante y sirve para abreviar y dulcificar la purgación, ¿qué no habría sido el Sacrificio real del Cordero divino para los purgantes? Yo, sacerdote y Víctima, les apliqué mis méritos y mi Sangre y Ésta acabó de blanquear las estolas que aún no habían sido blanqueadas totalmente por el fuego blanco de la caridad purgativa.  Mándale esto junto con  mi bendición”. (Escrito  el 31 de Enero de 1947).
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1  Nota  : Se refiere al dictado 44-72.
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47-370.- Los Ángeles custodios después de la muerte del custodiado.
* El Ángel custodio continúa la custodia de su confiado, que ha ido al Purgatorio, orando caritativamente y presentando los sufragios aplicados para él desde la Tierra.- ■ Dice S. Azarías (1): “Cree la gente que la misión del ángel Custodio termina con la muerte del custodiado. No es siempre así. Cesa, como es lógico, y esto con sumo dolor del ángel custodio, a la muerte del pecador impenitente; y se transforma en alegría gozosa y eterna a la muerte de un Santo que de la Tierra pasa al Paraíso sin detenerse en el Purgatorio. Pero continúa cual venía haciéndolo, a modo de protección que intercede y ama .al que tenía confiado, con aquellos que de la Tierra pasan al Purgatorio para expiar y purifi­carse. Entonces nosotros, los ángeles custodios, oramos caritativa­mente por vosotros ante el trono de Dios y, junto con nuestras oraciones de amor, le presentamos los sufragios que, desde la Tierra, os aplican los parientes y amigos. ¡Oh!, no es para decir cuán vivo, activo y dulce continúa siendo el vínculo que nos une con vosotros, los purgantes. Como madres que están pendientes de la recuperación de la salud de un hijo que estuvo enfermo y, a la sazón, convalece; como esposa que va con­tando los días que faltan para reunirse con su esposo cautivo, así estamos nosotros. Ni por un instante dejamos de observar a la divina amorosa Justicia y a vuestras almas que van purificándose en los fuegos del amor. Y gozamos viendo al Amor cada vez más aplacado con vosotros y a vosotros cada vez más dignos de su Reino. Y cuando la Luz nos ordena: «Ve a sacarle fuera para traerle aquí», nos apresuramos, más raudos que saetas, a llevar un destello del Paraíso, que es fe, que es esperanza y es consuelo para aquellos que aún les queda por expiar allá, en el Purgatorio, y, estrechándonos al alma amada por la que operamos y sufrimos, tornamos a subir con ella enseñándole a cantar el hosanna paradisíaco. ■ Los dos dulces momentos en la misión de los Ángeles Custodios, los dos más dulces momentos son: cuando la Caridad nos dice: «Desciende, que ha sido engendrado un nuevo hombre y tú le debes custodiar como a perla que me pertenece», y cuando podemos subir con vosotros al Cielo, si bien el primero es menos dulce que el segundo. Los otros momentos los constituyen vuestras victorias sobre el mun­do, la carne y el demonio. Pero ¡cómo temblamos por vuestra fragili­dad desde que os tomamos bajo nuestra custodia! Y ¡cómo palpita­mos siempre tras cada una de vuestras victorias, dado que el Ene­migo del Bien está de continuo al acecho tratando de destruir lo que el espíritu construye! Por eso resulta gozoso, plenamente gozoso, el momento en que entramos con vosotros en el Cielo, ya que nada podrá destruir lo que, a la sazón, está ya cumplido”. (Escrito el 16 de Julio de 1947).
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1  Nota  : Azarías,  según María Valtorta,  es un Ángel, su Ángel de la Guarda, Autor de este dictado y de otros. Es quien se los habría dictado
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47-386.- Poder del Sacramento del Óleo Santo administrado a los moribundos: poder para curar al alma  y poder para curar los males del cuerpo.
* “El óleo aplicado por los apóstoles sobre los enfermos no fue sacramento hasta que Yo instituí el Sacramento Santo del Óleo: para curar las llagas del alma, borrar cicatrices del alma, que quedaron tras la absolución; y aceptar Dios, benigno, las plegarias de los parientes para devolver, incluso, la salud del cuerpo”.- ■ Dice Jesús: “Te han preguntado si el óleo que emplearon mis discípulos para curar a los enfermos tenía únicamente propiedades curativas.  De esto hablé ya en la Obra; mas, compadeciendo a quienes no dan con este punto en una Obra tan extensa, repito: el óleo tenía únicamente poder curativo. O mejor, tan solo tenía poder curativo de un modo especial. Tenía el acostumbrado poder curativo del óleo que, en mi tiempo, se empleaba mucho en forma de ungüento para friccionar o extender sobre las partes enfermas, bien solo o mezclado con resinas y esencias. El acostumbrado poder que, por sí mismo, era muy relativo en cierta clase de enfermedades llegadas ya a un desenlace mortal o de cronicidad. Precisamente las que se presentaban a mis discípulos por haber fracasado toda curación en ellos. No era pues el óleo en sí lo que curaba al aplicarlo mis apóstoles, sino el poder que Yo habíales conferido. El óleo era tan solo el medio empleado para hacer que mi poder, comunicado a mis apóstoles, no lo tomaran mis enemigos y enemigos de mis discípulos como algo de que pudieran acusar presentándolo como sugestión diabólica o mágica. Así, y únicamente así, curaba el óleo los cuerpos. Así, tan solo así fue el óleo hasta que Yo instituí el Sacramento del Santo Óleo. Entonces el Santo Óleo, compuesto según las normas de la liturgia mosaica, adquirió el poder de curar la llaga del alma, de borrar igualmente las marcas y cicatrices que quedaron tras la absolución de los pecados obtenida mediante una confesión sincera y por los méritos de mi sacrificio. ■ Dos poderes muy diferentes del óleo. Extendido sobre los miembros de la enfermos y hasta la institución del Sacramento de la Extremaunción, para curar los males del cuerpo. Y, aplicado a los moribundos próximos ya al juicio, para curar el alma antes de su encuentro con Dios Juez; y, de aceptar Dios, benigno las plegarias de los parientes, para devolverle incluso la salud del cuerpo concediéndole más tiempo en el mundo para adquirir méritos o simplemente méritos si es que anteriormente no los había adquirido el que, mediante el Sacramento, obtuvo la salud física. En conclusión: El óleo extendido por los discípulos sobre los enfermos no fue sacramento sino hasta que Yo instituí el Sacramento que ha de administrarse en caso de muerte del modo que la Sabiduría lo enseñó” (1). (Escrito el 25 de Septiembre de 1957).
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1  Nota  : Cfr. Éx. 22-33.
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49-496.- Nueva visión de la madre de María Valtorta en el Purgatorio, al 6º aniversario de su muerte.
* Enseñanzas: Dios castiga 1º las culpas de la mente… Es preciso rogar por los purgantes.- El juicio de Dios es bien distinto del nuestro.- ¡Los purgantes comprenden lo que en vida no comprendían al estar saturados de sí mismos!.- ■ Después de tanto tiempo veo a mi madre. Se encuentra entre las llamas del Purgatorio. Nunca la había visto en las llamas. Grito al no poder reprimirme, justificando después a Marta este grito con una excusa para no alarmarla.  Mi madre ya no está tan humosa, grisácea y con expresión tan dura y hostil contra el Todo y contra todos como la vi, tras su muerte, en los tres primeros años cuando, a pesar de suplicárselo, no quería volverse a Dios… Ni se encuentra anublada y triste, casi espantada, como la vi en los años sucesivos. Aparece hermosa, rejuvenecida y serena. Por su vestido que no es gris sino blanco y candidísimo, parece una novia y emerge de las llamas desde las ingles para arriba. ■ Le hablo y le digo: “Mamá, ¿aún estás ahí? ¡Con lo que he rogado y hecho rogar por ti para abreviarte la pena! Esta mañana, sexto aniversario, te he ofrecido la Santa comunión y ¡aún estás ahí!”. Me responde alegre y festiva: “Estoy aquí, pero para poco tiempo. Sé que has rogado y echo rogar. Esta mañana he dado un gran paso hacia la paz. Te lo agradezco a ti y a la religiosa que ha rogado por mí. Le recompensaré más adelante… pronto, dentro de poco terminaré de purgarme. Purgué ya las culpas de la mente… mi mente orgullosa… después las del corazón… mis egoísmos… eran éstas las más graves. Ahora estoy expiando las de la parte inferior que son apenas nada respecto de las primeras”. Le digo: “Pero bien, cuando te veía tan fumosa y hostil… no querías volverte hacia el Cielo…”. Me contesta: “¡Ay! Aún era soberbia… ¿Humillarme? ¡En manera alguna! Después cayó el orgullo”. Le pregunto: “¿Y cuando estabas triste?”. Responde: “Es que me encontraba apegada a los afectos terrenos y tú bien sabes que no era éste apego bueno… Mas, al menos, lo comprendía y por eso me veías triste porque conocía, ahora que ya no pecaba de soberbia, que amé mal a Dios, queriendo hacerle mi esclavo, y mal también a vosotros…”. Le ruego: “Mamá, no pienses más en eso. Todo ello ya pasó”. Y ella me dice: “Sí, ya pasó y te doy las gracias por encontrarme así. A ti te lo debo. Tu sacrificio… me obtuvo el Purgatorio y dentro de poco la paz”. Le pregunto: “¿Para 1950?”. Y me contesta: “¡Antes, antes! ¡Pronto!”. Le digo: Entonces no hará falta rogar por ti”. Me contesta: “Ruega lo mismo como si yo estuviese aquí. ¡Hay tantas almas, de toda clase, y muchas de madres, olvidadas…! Es preciso amar y acordarse de todos. Ahora lo sé. Tú sabes acordarte de todos y amar a todos. También esto lo sé ahora y comprendo cuán justo es. Ahora ya no enmiendo la plana a Dios, (son palabras textuales), sino que confieso que es justo…”. Le digo: “Entonces ruega por mí”. Y me dice: “¡Ah!, ya pensé en ti antes. Ves cómo conservé para ti la casa. Lo sabes ¿verdad? Mas ahora rogaré por tu alma y para que seas feliz o vengas tú conmigo”. ■ Le pregunto: “Y papá, ¿en dónde está papá?”. Me contesta: “En el Purgatorio”. Le digo con extrañeza: “¿Todavía? Pero ¡si era tan bueno y murió resignadamente como cristiano!”. A lo que me dice: “Más que yo. Pero está aquí. Dios juzga de distinta manera que nosotros, de un modo exclusivamente suyo…”. Yo insisto: “¿Cómo es posible que aún esté ahí papá?”. Y ella me contesta con una exclamación: “¡Ah!”. (Me pongo mala pues me lo suponía en el Cielo de una pieza). Sigo preguntando: “Y ¿la madre de Marta? Ya sabes, Marta…”. Me dice: “Sí, sí. Ahora sé lo que es Marta. Antes… mi carácter… La madre de Marta salió de aquí hace ya mucho tiempo”. Vuelvo a preguntar: “¿Y la madre de mi amiga Eroma Antonini? ya sabes…”. Me contesta: “Lo sé. Nosotros, los purgantes, lo sabemos todo y, aunque menos que los santos, lo sabemos. Cuando yo entré aquí, ella salía”. ■ Observo el ondular de las llamas y siento pena. Le pregunto: “¿Te hace sufrir mucho el fuego?”. Me contesta: “Ahora no. Ahora hay en mí otro fuego más potente que apenas si me deja sentir éste. Y, por otra parte… ese otro fuego infunde deseos de sufrir y por eso no hace mal el sufrir. Ya sabes cómo yo repugnaba el sufrimiento…”. Le manifiesto: “Mamá, ahora estás hermosa y eres cual yo te quería”. Y ella me dice: “Si estoy así, te lo debo a ti. ¡Ah, cuántas cosas se comprenden al estar aquí! Y tanto más se comprenden cuanto más una se purifica del orgullo y de egoísmo, de los que tanto yo tenía…!”. Le digo: “No pienses más en eso”. Pero me dice: “Sí, debo pensar… Adiós, María…”. Me despido: “Adiós, mamá. Ven cuanto antes a tomarme…”. Me dice: “Cuando Dios lo quiera…”. ■ He querido consignar esto, pues contiene enseñanzas. Dios castiga primero las culpas de la mente, después las del corazón, y, por último, las debilidades de la carne. Es preciso rogar, cual si fuesen parientes nuestros, por los purgantes abandonados. El juicio de Dios es bien distinto del nuestro. Los purgantes comprenden lo que en vida no comprendían al estar saturados de sí mismos. Aparte mi disgusto por papá… estoy contenta de haberla visto tan serena y hasta alegre. ¡Pobre mamá!”. (Escrito el 4 de Octubre de 1949)

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Citas de la Biblia, del Catecismo de la Iglesia Católica y  de la Obra de María Valtorta

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1.- Origen del polvo: Cfr. Gén. 2,7: «Entonces Yavé formó al hombre con el polvo de la tierra, y sopló en sus narices el aliento de vida, y lo hizo un ser viviente».
.   Retorno al polvo: Gén. 3,19: «Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado. Porque eres polvo y al polvo volverás».
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2.- Limbo. Lugar de espera.
2.-1 Limbo de los Patriarcas y justos de la Antigua Ley, esto es, predecesores del Reino de Cristo, que esperaban a su Libertador, Cristo, “en el seno de Abraham”. Es el: tiempo que precedió a la muerte de Jesús, y que dejó de existir tras de la muerte de Jesús.
a)  Citas bíblicas:  Gén. 15,15; 47,30; Deut. 31,16; Jue. 2,10; Mt. 8,11
b) En el Catecismo de la Iglesia Católica nº 632/33,Cristo descendió a los infiernos”, se dice: “Jesús conoció la muerte como todos los hombres, y se reunió con ellos en la morada de los muertos… La Escritura llama infiernos, scheol o hades a la morada de los muertos, a donde bajó Cristo después de muerto. Pero Cristo ha descendido como Salvador, proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos (1Pe. 3,18-19), a la espera del Redentor, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que la suerte fuese idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro (Lc. 16,22-26), recibido en el «seno de Abraham». Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los Infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el Infierno de la condenación, sino para liberar los justos que le habían precedido”.
.    Nota: Como se puede observar, en el Catecismo de la Iglesia Católica que acabamos de citar, publicado el año 1992, no aparece el vocablo “Limbo”. Aunque sí su concepto: para significar la sociedad o reunión de almas justas —por tanto, no merecedoras de condenación pero tampoco de una visión inmediata de Dios—, que esperaban su liberación. Un lugar de espera.
c)  Sobre este descenso a los infiernos.
En los «Cuadernos de 1944» de María Valtorta (Dictado 44-72 relatado en el  tema “Muerte-Resurrección de la carne”), Jesús se expresa así: “Os lo digo Yo, que soy el que creó aquel lugar: cuando para sacar del Limbo a aquéllos que aguardaban mi venida, descendí a él, Yo, Dios, quedé espantado de aquel horror. Y si las cosas hechas por Dios, al ser perfectas, son inmutables, habría querido hacerlo menos atroz ya que soy Amor y quedé dolorido por aquel horror. ¡Y aún queréis vosotros ir allá! ■ Meditad, hijos, estas palabras: a los enfermos se les suministran medicinas amargas, a los afectados por tumores se les cauteriza y saja el mal. Estas palabras son, para vosotros, enfermos y cancerosos, medicina y cauterio de cirujano. No las rechacéis. Usad de ellas para curaros. La vida no dura sino estos pocos días de la tierra. La vida comienza cuando os parece que termina y ya no tiene fin. Haced que desemboque para vosotros en donde la luz y la gloria de Dios hermosean la eternidad y no donde Satanás es el Atormentador eterno”.
En los «Cuadernos de 19445/1950» de María Valtorta  (Dictado 47-315, relatado en el tema “Muerte/Resurrección de la carne”), Jesús dice: “Darás estas palabras al Padre Berti ahora que sabes que fue él quien te las pidió: cuando le dirigí a mi María el dictado del 15-1-44 (Dictado 44-72) —en el que le dije: «Cuando, para sacar del Limbo a aquellos que aguardaban mi venida, descendí a él, quedé espantado de aquél horror. Y si las cosas, hechas por Dios, al ser perfectas, no fuesen inmutables, habría querido hacerlo menos atroz, quedando dolorido por aquel horror, ya que soy amor»— mi intención fue hablar de los diferentes lugares de ultratumba en los que se hallaban los fallecidos, tomando dichos lugares en general y dándoles el nombre de «Infierno» en contraposición al Paraíso en donde está Dios. ■ Cuando, sobreabundando de gozo tras la consumación de mi Sacrificio, pude abrir el Limbo a los justos y sacar del Purgatorio a muchísimos justos, me estremecí de horror al contemplar en mi pensamiento que únicamente para el lugar de condenación no había redención ni mutación de horror. Pero no entré en él. No era justo ni conveniente hacerlo”.

2.-2 Limbo de todos los justos que mueren fuera de la Iglesia Católica.
En la Obra de María Valtorta, en varias partes, hace notar que Jesús, en su primera ida, después de su muerte redentora, eliminó el Limbo de los Patriarcas y que, cuando regrese por segunda vez, eliminará el de los justos muertos fuera de la Iglesia Católica.  Permanecerán en el Limbo hasta el  final de los tiempos.  Esta Obra de María Valtorta así lo afirma:
a)  En el «El Evangelio como me ha sido revelado»  (Episodio 7-444-65, relatado en el tema “Muerte-Resurrección de la carne”), dice Jesús: “Ahora voy a revelar una gran verdad. Recordadla. Transmitidla a vuestros sucesores. No esperéis siempre a que el Espíritu Santo aclarezca la verdad después de años o siglos de oscuridad.  Escuchad.  Tal vez diréis: «Pero entonces, ¿qué razón hay de pertenecer a la Religión santa, si al fin del mundo seremos tratados de igual modo que los gentiles?». Os respondo: la misma razón que hay —y es verdadera justicia— para los que, aunque hubieran pertenecido a la Religión santa, no serán bienaventurados porque no vivieron como santos. Un pagano virtuoso, que vivió virtuosamente, convencido de que su religión era buena, alcanzará el Cielo. ¿Cuándo? Al fin del mundo, cuando de las cuatro moradas en que pueden estar los muertos, queden solo dos: el Paraíso y el Infierno. Porque la Justicia, en ese momento, deberá conservar y dar estos dos reinos eternos, respectivamente, a quien del árbol del libre albedrío escogió los frutos buenos y a quien quiso los malos.  Pero ¡cuánta espera antes de que un pagano virtuoso llegue a ese premio!… ¿No lo pensáis? Y esa espera, especialmente desde el momento en que la Redención, con todos los consiguientes prodigios, se realice, y el Evangelio sea predicado en el mundo, será la purgación de las almas que vivieron con justicia en otras religiones, pero que no pudieron entrar en la Fe verdadera, después de haberla conocido como existente, y efectivamente real. Ellos estarán en el Limbo durante siglos y siglos hasta el fin del mundo. ■ Los creyentes en el Dios verdadero, que no supieron ser heroicamente santos, en el largo Purgatorio, que para algunos podrá terminar en el fin del mundo. Pero después de la espera y expiación, los buenos, cualesquiera que fuera el lugar de donde vinieren, estarán a la derecha de Dios; los malvados, cualquiera que sea el lugar de donde vinieren, a la izquierda, y luego al horrible Infierno. El Salvador entrará con los buenos en el Reino eterno”.
b)  En el Libro de «Lecciones sobre la Epístola de San Pablo a los Romanos» (Dictado 48-19, relatado en el tema “Salvación-Condenación”), al comentar el cap. 2, 12-16 de la Epístola, dice el Autor Santísimo: “El Limbo no será ya en adelante morada de los justos, pues, como sucedió en la tarde del Viernes Santo, que el Limbo se vació de los justos que en él había porque la Sangre derramada por el Redentor habíales purificado de la Mancha Original (Gén. 3; Rom. 5,12-21), así será en la tarde de los Tiempos ­en que los méritos de Cristo, triunfador de todos sus enemigos, les absolverá del hecho de no haber sido de su Grey en atención a su fe firme de pertenecer a la Religión justa; y les premiará las virtudes que ejercitaron en vida. ■ Si así no fuese, Dios defraudaría a estos justos que se impusieron una ley de justicia y defendieron la justicia y la virtud. Y Dios no defrauda jamás, por más que, a veces, se demore su realización; pero siempre es cierto su premio”.
c)  En los «Cuadernos de 1945/1950», en el comentario al Apocalipsis de San Juan (Pág. 519), se dice: “Y todavía un número mayor de hombres venidos después de Cristo aguardan entrar cuando la Justicia perfectísima abra los Cielos a todos ellos que vivieron y obraron con caridad y justicia, según ley de su conciencia, para servir y honrar de este modo al Ente cuya existencia presentían, formando así parte del alma de la Igle­sia. ■ Es impensable que Dios, Caridad perfecta, que creó todas las almas predestinándolas a la Gracia, vaya a excluir de su Reino a aquellos que, no por propia causa, dejaron de recibir el Bautismo. ¿Qué culpa cometieron? ¿Quisieron espontáneamente nacer en lugares no católicos?… ¿Puede pensarse que el Bautismo, que predestinó a todos los hombres a la Gracia, haya de defraudar de la misma a quienes, sin espontánea elección suya, no son católicos? ■ “Muchas son en el Cielo las moradas de mi Padre” dijo Cristo. Cuando ya no exista este mundo sino que habrá un mundo nuevo, un nuevo Cielo, los nuevos tabernáculos de la Jerusalén eterna, y toda la creación natural haya recibido su glorificación con la exaltación de los Resucitados que fueron justos y la posesión del Reino eterno de Dios, aquellos que estuvieron unidos tan solo al alma  de la Iglesia, tendrán asimismo su morada en el Cielo, ya que únicamente el Cielo y el Infierno seguirán eternos y no cabe pensar que la Caridad con­dene al suplicio eterno a criaturas que no lo merecen”.
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2.-3 Niños muertos sin Bautismo.
a)  El Catecismo de la Iglesia Católica nº 1261, dice: “En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia solo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. La gran misericordia de Dios y la ternura de Jesús con los niños que le hizo decir “Dejad que los niños se acerquen, a Mí, no se lo impidáis” (Mc. 10,14), nos permite confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo. Por esto, es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo”.
b)  En la Obra de María Valtorta se habla de estos niños, incluso de los niños abortados, niños no nacidos, muertos antes de nacer. Permanecerán en el Limbo hasta el final de los tiempos. Esta Obra así lo afirma:
En los «Cuadernos de 1945/1950», en el comentario al Apocalipsis de San Juan (Pág. 520), se dice: “¿Son responsables los recién nacidos, muertos al nacer, de no haber sido bautizados? ¿Puede Dios ensañarse con todos estos que no son «Iglesia», en el sentido estricto de la palabra, sino que lo son por haber recibido el alma de Dios y haber muerto inocentes por morir al nacer? No. ■ Y es cosa que así lo prueba el juicio inexorable y severísimo que Dios dicta contra aquellos que suprimen una vida, siquiera sea embrional o recién lle­gada a la luz, impidiéndoles recibir el Sacramento que borra la Culpa Original. Y ¿por qué este rigor sino porque durante siglos y milenios las almas de esos inocentes han de estar separadas de Dios en un estado que si no es de pena tampoco es de gozo?”.
En  el «El Evangelio como me ha sido revelado» (Episodio 2-143-381, relatado en el tema “Fe”) se habla del encuentro de Jesús con la Samaritana (Ju. 4,1-42). En la conversación surge el tema de los hijos abortados por ella y del estado actual de los mismos, afirmándose: ellos viven. La samaritana dice: “Dame de esa agua si es verdad que la  posees.  Me canso viniendo hasta aquí. La tendré y no volveré a sentir sed, y no me enfermaré ja­más ni envejeceré”. Jesús le dice: “¿Sólo de eso te cansas?, ¿de nada más? ¿Sólo sientes necesidad de sacar agua para beber, para tu pobre cuerpo? Reflexiona. Hay algo que vale más que el cuerpo: el alma. Jacob no dio a los suyos y a sí mismo sólo el agua de la tierra, sino que se preocupó de darse, y de dar, la santidad, el agua de Dios”. Samaritana: “Vosotros nos llamáis paganos. Si eso es verdad, no podemos ser santos…”. ■ La mujer ha perdido su tono petulante e irónico y ahora se muestra sumisa y ligeramente confundida. Jesús: “Un pagano puede también ser virtuoso. Dios, que es justo, le premiará el bien realizado. No será un premio completo, pero sí te digo que entre un fiel en culpa grave y un pagano sin culpa Dios mi­ra con menos rigor al pagano. ¿Y por qué, si sabéis que lo sois, no vais al verdadero Dios? ¿Cómo te llamas?”. Samaritana: “Fotinái”. Jesús: “Pues, respóndeme, Fotinái: ¿Te duele el no poder aspirar a la santidad por el hecho de ser pagana —como tú dices— , por vivir —como digo Yo— en las tinieblas de un antiguo error?”. Fotinái: “Sí, me duele”. Jesús: “Y entonces, ¿por qué no vives, al menos, como una virtuosa pagana?”. Fotinái: “¡Señor!…”. Jesús: “Sí. ¿Puedes, acaso, negarlo? Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí con él”. Fotinái: “No tengo marido…”. La confusión de la mujer crece. Jesús: “Tú lo has dicho: no tienes marido. Has tenido cinco hombres y ahora tienes contigo otro que tampoco es marido tuyo. ¿Era necesa­rio esto? También tu religión desaconseja la deshonestidad. También te­néis vosotros el Decálogo. ¿Por qué vives así, Fotinái? ¿No te sientes cansada de este esfuerzo de ser la carne de tantos, en vez de la ho­nesta esposa de uno solo? ¿No tienes miedo de cuando decline tu vi­da, de cuando te encuentres sola con tus recuerdos, con la amargura de lo pasado, con tus temores? Sí, temor a Dios y a los espectros. ¿Dónde están tus hijos?”. La mujer baja del todo la cabeza y calla. Jesús: “No los tienes aquí en la Tierra. Sin embargo, sus almitas, a las que has impedido ver la luz del día, te acusan; siempre. Joyas… bonitos vestidos… casa rica… una mesa bien surtida… Sí, pero vacío y lágrimas y miseria interior. En realidad eres una desvalida, Fotinái; sólo con un arrepentimiento sincero, a través del perdón de Dios —y, como consecuencia, el de tus hijos— puedes volver a ser rica”. Fotinái: “Señor, veo que eres profeta. Me avergüenzo…”. Jesús: “¿Y ante el Padre que está en los Cielos no sentías vergüenza cuan­do hacías el mal? Pero… no llores de humillación ante el Hombre… Ven aquí, Fotinái, junto a Mí. Yo te hablaré de Dios. Quizás no le co­nocías bien y por eso… sí, por eso has cometido tantos errores; si hubieras conocido bien al verdadero Dios, no te habrías rebajado de es­te modo, Él te habría hablado y sostenido…”.
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3.- Purgatorio.
a)  2 Macabeos 12,46.  El Purgatorio, desconocido en el Antigua Ley como vocablo, era conocido como concepto, ya insinuado en este texto de los Macabeos. Pues las oraciones de los difuntos, de las que se hace mención aquí, suponen la existencia de almas que no solo estaban en espera de que fuesen abiertas las puertas del Cielo, sino que tenían necesidad y eran capaces de purificación. Esto mismo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica.
b)   El Catecismo de la Iglesia Católica.
En el nº 1030, dice: “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.
.    Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt. 12, 31-32). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro”.
Y en el nº 1032, dice:  “Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: «Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio a favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado» (2 Mac. 12,46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor los difuntos”.
c)  «El Evangelio como me ha sido revelado»  de María Valtorta (Episodio  8-550-399, relatado en el tema “Salvación-Condenación”). Como queda dicho, el vocablo Purgatorio era desconocido en la antigua Ley. Por tanto, la expresión «Purgatorio», como en el diálogo entre Jesús y Lázaro, después de la resurrección de éste —que se narra en este episodio— puede entenderse como la traducción de ese concepto en el lenguaje de la Obra valtortiana.  Jesús dice a Lázaro: “El juicio de Dios es justo e inmutable. Es de infinito valor. Si el alma juzgada es mortalmente culpable, es condenada eternamente. Si es levemente culpable se le envía al Purgatorio. Si es justa va a la paz del Limbo en espera de que Yo abra las puertas del Cielo. Así pues, Lázaro, yo he llamado a tu espíritu habiendo sido ya juzgado él por Dios. Si hubieras sido un condenado no te habría podido llamar a la vida porque al hacerlo, habría anulado el juicio de mi Padre: para los condenados no hay cambio. Son sentenciados para siempre. No estabas, pues, en el número de los condenados. Por lo tanto: o estabas en la categoría de los bienaventurados o en la de los que lo serán después de la purificación”.
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4.- Resurrección de los cuerpos.
a)  Citas en la Biblia: He aquí algunos lugares explícitos en la Biblia acerca de la resurrección de los cuerpos: Ezeq. 37,1-6 (por 1ª vez se anuncia en la Biblia la resurrección de los cuerpos); Dan.12,1-4 (por 2ª vez se anuncia en la Biblia que todos los hombres resucitarán para la vida eterna); 2 Mc. 7,1-42; Mt. 22,23-33; Hech.17,22,34; Rom. 6,1-11;1 Cor. 6,12-20; 15;1 Tes. 4,13-18; 2 Tim. 2,1-19.
b)  En «El Evangelio como me ha sido revelado» de María Valtorta (Episodio 7-491-409, relatado en el tema “Muerte-Resurrección de la carne”), comentando al profeta Ezequiel 37,1-14, dice Jesús: “El gran Ezequiel, sacerdote y profeta, aquel que vio la Teofanía del Señor, después que en visión vio los actos impuros que se cometían en la casa profanada del Señor (Ez.8), después de haber visto en visión que sólo los señalados con la Tau (Ez.9) vivirán en la verdadera Jerusalén, mientras que los demás conocerán más de un exterminio, más de una condena, más de un castigo  —y el tiempo está cercano, oh vosotros que me escucháis, está más cercano de lo que os imagináis; por lo cual, os exhorto como Maestro y Salvador a no tardar más en signaros con el signo que salva;  a no tardar más en introducir en vosotros la Luz y la Sabiduría; a no tardar más en arrepentiros y llorar por vosotros y por los demás, para que os podáis salvar—,  Ezequiel, después ver estas visiones, habla de una terrible visión: La de los huesos secos ■ Llegará un día que sobre un mundo muerto, bajo un firmamento apagado, aparecerán huesos y más huesos de muertos al toque de la trompeta angélica. Como un vientre que se abre para parir, así la tierra arrojará de sus entrañas todos los huesos de seres humanos donde los hubiere, desde los de Adán hasta los del último muerto. Y se producirá entonces la resurrección de los muertos para el grande y supremo Juicio final, después del cual, como una manzana de Sodoma, el mundo se vaciará, reduciéndose a la nada, y el firmamento se acabará con sus astros. Todo se acabará, menos dos cosas eternas, separadas en las extremidades de dos abismos de una profundidad incalculable, completamente diversos por su aspecto y forma, y por el modo con que en ellos continuará para siempre la potencia de Dios: el Paraíso: luz, alegría, paz, amor; el Infierno: tinieblas, dolor, horror, odio”.
c)  En «El Evangelio como me ha sido revelado» de María Valtorta  (Episodio 9-596-367, relatado en el tema “Fin del Mundo”) sobre los tiempos finales, dice Jesús: “¿Cuál será la ventura de aquel siervo fiel y prudente, que recibió encargo de su patrón de alimentar a los demás de su casa, cuando esté ausente? Suerte feliz le cabrá si su patrón, al regresar de improviso, le encuentra cumpliendo su deber con diligencia, justicia y amor. En verdad os digo que le dirá: «Ven siervo y fiel. Te has hecho merecedor de mi recompensa. Administra todos mis bienes». ■ Mas si parecía bueno y fiel, pero no lo era y en su interior era realmente malo, y solo aparentemente bueno, y una vez que hubo partido su patrón dijo dentro de sí: «Mi patrón va a tardar. ¡Entreguémonos a la buena vida!». Y empieza a golpear, a maltratar a sus compañeros de servicio, y a sacar ganancia en perjuicio de la comida de éstos y de todas las otras cosas para tener más dinero para gastar con los sibaritas y borrachos, ¿qué sucederá? Sucederá que el dueño regresará de improviso, y el mal siervo será descubierto, se le quitará el puesto, el dinero, se le arrojará a donde la justicia ordene, y allí se quedará. Lo mismo pasa con el pecador impenitente que no piensa en que la muerte pueda estar cercana, y cercano su juicio, y se entrega a los placeres diciendo: «Más adelante me arrepentiré». En verdad os digo que no tendrá tiempo de hacerlo y será condenado a estar eternamente en el lugar de inimaginable horror, donde sólo resuenan las blasfemias, el llanto, la tortura, y saldrá de él solo para el Juicio Final. ■ Para presentarse completo al Juicio Final se revestirá de la carne resucitada, como completo pecó en el tiempo de la vida terrena, y con cuerpo y alma se presentará ante el Juez Jesús, a quien no quiso por Salvador.  Todos allí, estarán de pie ante el Hijo del hombre. Una inmensa multitud de cuerpos restituidos por la tierra y el mar y recompuestos tras haber sido ceniza durante mucho tiempo. A cada carne, ya de nuevo en los esqueletos, le corresponderá su propio espíritu, el que en su tiempo la animó. Y estarán derechos ante el Hijo del hombre, resplandeciente en su majestad divina, sentado en el trono de su gloria, rodeado de sus ángeles. Y Él separará a los hombres poniendo en una parte a los buenos, y en la otra a los malos, como un pastor separa  ovejas y cabritos, y pondrá a su derecha a sus ovejas, y a los cabros a su izquierda”.
d)  En los «Cuadernos de 1943» de María Valtorta  (Dictado 43-609, relatado en el tema “Muerte-Resurrección de la carne”) se habla de la resurrección de la carne de aquellos que se alimentaron del Pan del Cielo. Dice Jesús: “A los señalados con mi Sangre, las trompetas de la llamada universal les infundirán de nuevo la vida de entre los repliegues del suelo en el que dormían desde hacía siglos. Surgirán los huesos de los justos para revestirse con júbilo de carne perfecta puesto que se alimentaron con el Pan vivo bajado del Cielo para vosotros y con el Vino extraído de las venas del Santo que vigoriza vuestra alma haciéndola digna de entrar en la Jerusalén del Cielo”.
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5.- Encomienda de los difuntos no condenados.
 Solo por amor sobrenatural, vuelven su espíritu a la Tierra.
En «El Evangelio como me ha sido revelado» de María Valtorta  (Episodio 7-456-154, relatado en el tema “Muerte-Resurrección de la carne”) dice Jesús: “¿Crees que en la otra vida tengan algún valor las pobres cosas que se llaman árboles, frutas, dinero, casas? Allá en ninguno de los tres lugares hay esta clase de pensamientos. En el Infierno, el odio y el castigo ciegan al condenado con toda la crueldad. En el Purgatorio, la sed de expiar hace desaparecer cualquier otro pensamiento. En el Limbo, la esperanza dichosa de los justos no es profanada por nada de carácter terreno. La Tierra queda lejos, con sus miserias; está cerca solo por sus necesidades sobrenaturales, necesidades de almas, no necesidades de cosas. ■ Los difuntos no condenados, sólo por amor sobrenatural, vuelven su espíritu hacia la Tierra, y a Dios dirigen sus plegarias a favor de los que están en la Tierra;  no por otro motivo. ■ Y luego, cuando los justos entren en el Reino de Dios, ¿qué quieres que puede ser, para uno que contempla a Dios, esta cárcel miserable, este destierro que se llama «Tierra»?, ¿qué quieres que valgan las cosas que se quedaron en ella? ¿Podría el día quejarse de que se ha apagado una vela que humeaba, cuando le ilumina el sol?”.

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