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El tema de “Amor” comprende:

a)  Episodios y dictados extraídos de la Obra magna

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b) Dictados extraídos de los «Cuadernos de 1943/1950»   

d) Dictados extraídos del «Libro de Azarías»     

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a)  Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
«El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)
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(<Tomás acaba de ser aceptado por Jesús como integrante del grupo de discípulos. Unos días antes,  Jesús le había manifestado a Tomás, que le había pedido ser admitido entre los discípulos, que pensara detenidamente su petición. Mas Tomás, no pudiendo dejar pasar más tiempo, se ha presentado hoy, en el momento en que Jesús, acompañado de seis discípulos y el dueño de la casa, estaba a la mesa>)
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1-55-303  (1-18-332).- “Es mejor pecar de bondad y confianza que de desconfianza y dureza”.
* Si haces el bien a un indigno, Dios unirá al premio de tu bondad los méritos de tu martirio”.- ■ Jesús dice a Tomás: “Siéntate, Tomás. Come”. Y luego dice a todos: “Así haréis siempre, amigos, por ley de caridad. El peregrino está protegido por la Ley de Dios (1). Pero ahora, en mi Nombre, con más razón le debéis de amar. Cuando uno en nombre de Dios os pida pan, un sorbo de agua, un refugio, en nombre de Dios debéis dárselo, y Dios os recompensará. Esto debéis hacer con todos. También con los enemigos. Esta es la Ley Nueva.  Hasta ahora se os ha dicho: «Amad a los que os aman (2), y odiad a los enemigos» (3). Yo os digo: «Amad también a los que os odian» (4). ¡Si supieseis cómo os amaría Dios si amaseis como Yo os digo! Cuando alguien dice: «Yo quiero ser compañero vuestro en servir al Señor Dios verdadero y seguir a su Cordero», entonces debéis quererle más que a un hermano carnal, porque estáis unidos con el vínculo eterno, el del Mesías”. ■ Pedro, con tono más bien enfadado, dice: “¿Pero, si te topas con uno que no es sincero? Decir: «Quiero hacer esto o aquello», es fácil. Pero no siempre las palabras están de acuerdo con la verdad”. No sé por qué Pedro está así, pues casi siempre es de carácter jovial. Jesús: “Escucha, Pedro, tú hablas con sensatez y con justicia. Pero mira: es mejor pecar de bondadoso y confiado que de desconfiado y duro. Si haces el bien a un indigno, ¿qué mal te acarreará ello? ¡Ninguno! Antes bien, el premio de Dios estará pronto para ti, mientras él tendrá el castigo de haber traicionado tu confianza”. Pedro: “¿Ningún mal, ¡eh!? Algunas veces el que es indigno no se conforma con la ingratitud sino que va más allá, y llega incluso a difamar, a dañar los bienes y la vida misma”. Jesús: “Tienes razón. Pero ¿esto disminuiría tu mérito? ¡No! Aunque todo el mundo creyese las calumnias, aunque te quedaras más pobre que Job, aunque el cruel te quitase la vida, ¿qué habría cambiado a los ojos de Dios? ¡Nada! O, más bien, sí, habría un cambio, pero en favor tuyo. Dios, a los méritos de bondad, uniría los méritos del martirio intelectual, financiero o físico”. Pedro: “¡Bien, bien! Así será”.  Y no dice nada más. (Escrito el 27 de Octubre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Éx. 23,9.  2  Nota  : Cfr. Lev. 19,18.  3  Nota  : “Odiad a vuestros enemigos”, no está precisamente en la Biblia. Sin embargo, en varios lugares del Ant. Testamento se invitaba a los judíos a que guardaran una actitud hostil con ciertos pueblos para que no se contaminaran con sus ídolos y sus falsos valores.  Cfr. Deut. 23,6.   4  Nota  : Cfr. Mt. 5,44; Lc. 6,27.
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(<Este coloquio entre Jesús y el apóstol Juan tiene lugar en los campos de Esdrelón por donde Jesús, apóstoles y dos pastores, Leví y Juan [1], pasan para ir al encuentro de Jonás, otro pastor, ahora al servicio del cruel fariseo Doras [2]. Los dos pastores han contado el trato tan inhumano dispensado por Doras a sus campesinos>)
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2-88-53 (2-53-534).- “Amarme solo por amor, sin mezcla de otras cosas, será la propiedad de pocos: de los Juanes”.
* “El Amor está sediento de amor, y el hombre da y dará siempre a su avidez imperceptibles gotas, tan insignificantes que se evaporan en el aire… Y ¿qué subirá a Jesús?…  Serán pocos los que me amen por amor. ¡Pero cuánto bien hará su sacrificio! Y por su sacrificio tendrán un gran premio”.- ■ Juan pregunta a Jesús: “Pero, Señor mío, ¿son así todos los fariseos?”, y añade: “¡Oh! ¡no querría estar a su servicio! ¡Prefiero la barca!”. Jesús pregunta semiserio: “¿Es la barca tu predilecta?”. Juan responde rápido: “No. ¡Eres Tú! La barca lo era cuando aún no sabía que el Amor había venido a la Tierra”. Jesús ríe al ver esta vehemencia. Le pregunta como en bromas: “¿No sabías que sobre la Tierra había amor? Y entonces, ¿cómo naciste, si tu padre no amó a tu madre?”. Juan: “Ese amor es hermoso pero no me seduce. Eres Tú mi amor, eres Tú el Amor sobre la Tierra para el pobre Juan”. Jesús le estrecha contra Sí y le dice: “Tenía deseos de oírtelo decir. El Amor está sediento de amor, y el hombre da y dará siempre a su avidez imperceptibles gotas, como éstas que caen del cielo, tan insignificantes que se evaporan en el aire, mientras caen, al calor del estío, como también las gotas de amor de los hombres se evaporarán en medio del aire, a mitad de camino, eliminadas por calor de tantas cosas. El corazón todavía seguirá destilándolas, pero los intereses, los amores, los negocios, la avidez… o tantas, tantas cosas humanas las harán evaporar. Y… ¿qué subirá a Jesús?… ¡Oh muy poca cosa! Los restos. De entre todos los latidos humanos, los que queden, los latidos interesados de los hombres para pedir, pedir, pedir, cuando la necesidad les apremia. Amarme solo por amor, sin mezcla de otra cosa, será propiedad de pocos: de los Juanes… ■ Observa una espiga que ha vuelto a nacer. Es, quizás, una semilla caída durante la cosecha. Ha sabido nacer, resistir al sol, la sequía, crecer, desarrollar los primeros brotes, echar espiga… Mira: ya está formada. Solo ella vive en estos campos asolados. Dentro de poco los granos maduros caerán al suelo rompiendo la tierna cascarilla que los tiene ligados a su tallo, y serán un regalo para los pajaritos, o, produciendo el ciento por uno, volverán a nacer una vez más y, antes de que el invierno vuelva a traer el arado a los terrones, estarán de nuevo maduros y saciarán el hambre de muchos pájaros, oprimidos por el hambre de las estaciones más crudas… ¿Ves, Juan mío, cuánto puede hacer una semilla valerosa? Así también serán los pocos que me amen por amor. Uno solo bastará para calmar el hambre de muchos, bastará uno solo para embellecer el lugar, en que lo único que hay —había— es la fealdad de la nada, uno solo bastará para crear vida donde antes había muerte; y a él vendrán todos los hambrientos, comerán un grano de su laborioso amor y luego, egoístas y despreocupados, se irán. Pero incluso sin que ellos lo sepan, ese grano habrá echado gérmenes vitales en su sangre, en su espíritu… y  volverán… Y hoy, y mañana, y pasado mañana, como decía Isaac (3), irá creciendo en sus corazones el conocimiento del amor. El tallo, desnudo, ya no valdrá para nada, una paja quemada, pero ¡cuánto bien hará su sacrificio! Y por su sacrificio tendrán un gran premio”. ■ Jesús —que se había detenido un momento ante una seca espiga nacida al borde del sendero, en una cuneta que en tiempos de lluvia podría ser un riachuelo— prosigue su camino. Juan, mientras,  le escucha en la forma acostumbrada: la del enamorado que bebe no solo las palabras sino también los gestos del amado. Los otros, que van hablando entre sí, no caen en la cuenta del dulce coloquio. (Escrito en 26 de Enero de 1945).
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1  Nota  :  Cfr.- Personajes de la Obra magna:  Pastores de Belén.   2  Nota  :  Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Doras.   3  Nota  :  Isaac. Cfr. Nota 1
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(<Jesús está reunido con sus discípulos en Nazaret, en el huerto, junto a la casa. Les está hablando sobre los nuevos Caínes, veladamente sobre J. Iscariote>)
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2-92-75 (2-57-558).- El Odio y el Amor en el inconcebible Crimen.
“Para comprenderle, hay que mirarle a través del sol del divino Amor y a través de la mente de Satanás; porque sólo el Amor perfecto y el Odio perfecto, sólo el Bien infinito y el Mal infinito pueden explicar semejante Ofrenda y semejante Pecado”.- ■ Dice Jesús: “Lo digo por los nuevos Caínes de los nuevos Abeles, para quienes, por no vigilar respecto a sí mismos y al Enemigo, llegarán a ser una cosa con él”. Juan: “Pero entre nosotros no los habrá, ¿no es así, Maestro?”. Jesús: “Juan, cuando el Velo del Templo se rasgue, sobre toda Sión brillará escrita una gran verdad”. Juan: “¿Cuál, Señor mío?”. Jesús: “Que los hijos de las tinieblas en vano han estado en contacto con la Luz. Acuérdate de ello, Juan”. Juan: “¿Seré yo un hijo de las tinieblas?”. Jesús: “No, tú no. Pero recuérdalo para explicar el Crimen al mundo”. Juan: “¿Qué crimen, Señor?… ¿El de Caín?”. Jesús: “No. Ese es el primer acorde del himno de Satanás. Hablo del Crimen perfecto, el inconcebible Crimen, aquel que, para comprenderle, hay que mirarle a través del sol del divino Amor y a través de la mente de Satanás; porque sólo el Amor perfecto y el Odio perfecto, sólo el Bien infinito y el Mal infinito pueden explicar semejante Ofrenda y semejante Pecado. ¿Habéis oído? Parece como si Satanás estuviera oyendo y gritase con el deseo de llevarlo a cabo. Vámonos, antes de que las nubes se abran en medio de rayos y granizo”.  Bajan corriendo por la pendiente, saltando al huerto de María, cuando la tempestad furiosa se desata.    (Escrito el 30 de Enero de 1945).
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(<Jesús dirige la palabra a sus apóstoles en el primer año de su ministerio. Les dice que deben ser luz y sal de la tierra. Pasa después a enumerar las líneas esenciales de “vuestro carácter” como apóstoles. Y termina: “Amad”>)
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2-98-115 (2-63-602).-  “¿Quién os dice que no sea una cosa dura el ser buenos?”.
* “¡Amad! ¿Qué palabras debería decir para induciros al amor? No existe ninguna. Entonces, he aquí que Yo digo: «Padre, apresura la hora de la purificación… Hay un rocío… Abre, abre esa fuente. Ábreme… »”.- ■ Jesús les dice: “Procurad ser mejores hora tras hora, con paciencia, firmeza, heroicidad. Y… ¿quién os dice que no sea una cosa dura el ser buenos? Es más, os digo: es el mayor entre los esfuerzos. Pero el premio es el Cielo. Por tanto, vale la pena consumirse en este esfuerzo.  ¡Amad! ¿Qué palabras debería decir para induciros al amor? No existe ninguna que sea adecuada para llevaros a este amor, pobres hombres a quienes Satanás azuza. Entonces, he aquí que Yo digo: «Padre, apresura la hora de la purificación. Esta tierra está seca. Este rebaño tuyo está enfermo. Mas hay un rocío, que puede aplacar la aridez y limpiar. Abre, abre esa fuente. Ábreme, ¡a Mí ábreme! Mira, Padre, ardo en deseos de hacer tu querer que es el Mío y el del Amor Eterno. ¡Padre, Padre, Padre! Mira tu Cordero y sé su Sacrificador». ■ Jesús realmente está inspirado. De pie, con los brazos abiertos en cruz, con el rostro al Cielo, con el azul del lago que tiene de fondo… con su vestido de lino parece un ángel que orara.   La visión termina.  (Escrito el 5 de Febrero de 1945)
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(<Jesús se encuentra en una casa de Galilea, donde ha comenzado el alegre trabajo de la vendimia. Está acompañado de su Madre, apóstoles, dueños  y  peones de la casa. A todos ellos dirige su palabra>)
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2-108-166 (2-75-657).- Temor-Amor en el tiempo de la ira divina (A.T.) y en el tiempo de paz (N.T.).
* Fue dicho: «Teme al Señor tu Dios», en tiempo de la ira divina. Pero cuando la paz haya sido establecida entre Dios y el hombre a través del Redentor, entonces el amor debe suceder al temor, y sólo amor debe dársele a Dios, con ale­gría, porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra.- ■ Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de las espaldas de María; parece como si es­tuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto, mientras con la derecha gesticula sosegadamente.  “Me han dicho: «Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre». Heme aquí. En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo tra­bajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto: la primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones. Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se realizan teniendo presente en el espíritu al eterno Dios. ¿Puede acaso pecar uno que diga: «Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones»? No. No puede. Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le refrena al hombre de pecar más que cualquier amenaza humana. ■ ¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad. Os fue dicho: «Teme al Señor tu Dios». Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor, se apareció a sus espíritus justos. Y ciertamente es verdad que en tiempo de la ira divina la aparición de lo sobrenatural debió hacer temblar los corazones. ¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya del Paraíso? Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de un ángel, para permitir al ojo humano poder mirarle sin que se le queme la pupila y la mente. ¿Qué será entonces ver a Dios? Pero esto es así mientras dura la ira. Cuando ésta queda substi­tuida por la paz y el Dios de Israel dice: «He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío, y soy Yo, aun no siendo Yo sino mi Pala­bra que se hace Carne para ser Redención», entonces el amor debe suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con ale­gría, porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra; la paz ha lle­gado entre Dios y el hombre. ■ Cuando los primeros vientos de la pri­mavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe te­mer aún, dado que el temporal y los insectos pueden tenderle al fruto muchos peligros, mas cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha. El Vástago de la estirpe de Jesé, habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está en­tre vosotros. Él es Racimo opimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres. Él es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él. Pero, ¡ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado, y tres veces desdichados aquellos que después  de haberse nutrido con Él lo hayan rechazado o mezclado en su interior con los alimentos de Satanás! ■ Y así vuelvo al primer concepto. La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las obras del hombre, es la honestidad de propósitos”.  (Escrito el 14 de Febrero de 1945)
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2-130-310 (2-97-813).- Discursos en «Aguas Claras» (1). “No dirás falsos testimonios” (2).  “Seis cosas odia el Señor, la séptima le causa vómito”. “Sea el sí, sí,  y el no, no”. La mentira y la calumnia.
* ¿Hay algo más nauseabundo que un mentiroso? El mentiroso reúne crueldad e impureza (mata la fama con su lengua). Aquel que induce y persuade con palabra mentirosa a otros a que se ponga contra un inocente,  lo hace por odio sin motivo, por avidez o también por miedo.- Dice Jesús: “Paz a todos vosotros. «No dirás falsos testimonios», está escrito. ¿Qué más nauseabundo que un mentiroso? ¿Sería mucho decir que el mentiroso reúne crueldad e impureza? No, ciertamente no. El mentiroso —me refiero al que lo es en cosas graves— es cruel, mata la fama con su lengua, y, por tanto, no se diferencia del asesi­no; más aún, digo que es más que un asesino. Éste mata sólo un cuerpo; aquél mata también el buen nombre, el recuerdo de un hom­bre; por tanto, es dos veces asesino, asesino impune, porque no derrama sangre… pero…, eso sí, daña la reputación de la persona calumniada y, con ella, de toda su familia. El caso de aquel que, jurando en falso, mande a otro a la muerte, ni siquiera lo considero; sobre ése están acumulados los carbones de la Gehena. Me refiero sólo a aquel que con palabra mentirosa induce a otros y los persuade a que se pongan en contra de un inocente. ■ ¿Por qué lo hace? O por odio sin motivo, o ambicionando tener lo que el otro tiene, o también por miedo.
Odio. Tiene odio sólo quien es amigo de Satanás. El bueno no odia nunca, por ninguna razón; aunque le hayan vilipendiado o perjudicado, perdona. No odia nunca. El odio es el testimonio que de sí misma da un alma perdida, y el testimonio más hermoso a favor del inocente. Porque el odio es la sublevación del mal contra el bien. No se perdona a quien es bueno.
Avidez. «Aquél tiene eso que yo no tengo. Yo quiero eso que él tiene mas sólo sembrando desestimación hacia él puedo llegar a ocu­par su lugar. Y yo lo hago. ¿Miento?, ¿qué importa?; ¿robo?, ¿qué im­porta?; ¿puedo llegar a destruir toda una familia?, ¿qué importa?». El astuto embustero, entre tantas preguntas como se hace, olvida, quiere olvidar, una pregunta, ésta: «¿Y si me desenmascarasen?». És­ta no se la hace, porque, bajo el orgullo y la avidez, es como quien tiene los ojos tapados: no ve el peligro; es como uno ebrio, ebrio por el vino satánico, y no piensa que Dios es más fuerte que Satanás y se encarga de vengar al calumniado. El mentiroso se ha entregado a la Mentira y se fía neciamente de su protección.
Miedo. Muchas veces uno calumnia para disculparse a sí mismo. Es la forma más común de mentira. Se ha hecho el mal… se teme que venga a descubrirse y lo reconozcan como obra nuestra. Enton­ces, usando y abusando de la estima en que aún nos tienen los otros, he aquí que invertimos el hecho y, lo que hemos hecho nosotros, se lo endosamos al otro, del cual sólo tememos su honestidad. Y también se hace esto porque el otro, algunas veces, ha sido, sin querer, testigo de una mala acción nuestra, y pretendemos así preservarnos de un testimonio suyo: se le acusa para desacreditarle; así, si habla, nadie le creerá”.
* “Toda mentira es falso testimonio”.- Jesús: “¡Actuad bien, actuad bien, y no tendréis necesidad de esta mentira! ¿No pensáis, cuando mentís, cómo os colocáis un yugo pesado, hecho de sujeción al demonio, de perpetuo miedo a quedar desmentidos  y de la necesidad de recordar la mentira, con los hechos y deta­lles con que fue dicha, incluso años después, sin caer en contradicción? ¡Un trabajo de galeote! ¡Si al menos sirviera para el Cielo!… Pero sirve sólo para prepararse un puesto en el infierno. Sed francos. ¡Es tan hermosa la boca del hombre que no sabe de mentira alguna!… ¿Que es pobre?, ¿que es inculto?, ¿que no le conocen?; ¿que es así? Sí. Pero es siempre un rey, porque es una persona sincera, y la sinceridad es más regia que oro o diadema, y eleva sobre las multitudes más que un trono, y proporciona una corte de personas buenas mayor que la de un monarca. La presencia del hombre sincero alivia y da seguridad, mientras que la amistad con el insincero produce intranquilidad; el simple hecho de tenerle cerca, uno se siente mal. Quien miente —dado que la mentira, por motivos, pronto se descubre— ¿no piensa que luego le tendrán siempre como sospechoso? ¿Cómo se podrá en un futuro aceptar lo que él dice? Aunque diga la verdad y quien lo oiga lo quiera creer, en el fondo quedará siempre una duda: «¿Estará mintiendo también esta vez?». ■ Diréis vosotros: «Pero, ¿dónde está el falso testimonio?». Toda mentira es falso testimonio, no sólo la legal. Sed sencillos como lo es Dios y como lo es el niño. Sed veraces en todos vuestros momentos de la vida. ¿Queréis ser considerados bue­nos? Sedlo de verdad. Aunque un calumniador quisiese hablar mal de vosotros, cien buenos dirían: «No. No es verdad. Es bueno. Sus obras hablan por él»”.
* Yo digo: «Tened siempre un solo lenguaje. El “sí” sea siempre “sí”. Y el “no” sea siempre “no”, aun frente a poderosos y tiranos; y vuestro mérito será grande en el Cielo»”.-  ■ Jesús: “En un libro sapiencial (3) está escrito: «El hombre apóstata se mueve con la perversidad en los labios… en su corazón perverso prepara el mal y en todo tiempo siembra discordias… Seis cosas odia el Señor y la séptima le causa vómito: los ojos soberbios, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que piensa en inicuos proyectos, los pies que corren apresuradamente hacia el mal, el falso testigo que profiere mentiras, y el hombre que siembra dis­cordia entre los hermanos… Por los pecados de la lengua la ruina se avecina al malvado… Quien miente es un testigo fraudulento. El la­bio veraz permanece inmutable por toda la eternidad, mas el urdidor de lenguaje fraudulento es testigo momentáneo. Las palabras del murmurador parecen sencillas, pero penetran en las entrañas. Por có­mo habla se le reconoce al enemigo, cuando en su interior está preparando una traición. Si habla en voz baja, no te fíes de él, porque lle­va en su corazón siete malicias. Él, con simulación, esconde su odio, mas su malicia quedará de manifiesto… Quien excava la fosa en ella caerá; la piedra le caerá encima a quien la rueda». ■ Viejo como el mundo es el pecado de mentira, e inmutable es el pensamiento de quien en esto es sabio, como inmutable es el juicio de Dios sobre el mentiroso. Yo digo: «Tened siempre un solo lenguaje. El “sí” sea siempre “sí”.  Y el “no” sea siempre “no”, siempre, aun frente a poderosos y tiranos; y vuestro mérito será grande en el Cielo». Os digo: «Tened la espontaneidad del niño, que por instinto se acerca a quien siente bueno, no buscando sino bondad, y que dice aquello que su propia bondad le hace pensar, sin calcular si es demasiado lo que dice y le pudiera acarrear una reprensión». Podéis ir en paz. Y que seáis amigos de la Verdad”. (Escrito el 14 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : «Aguas Claras». Cfr.  Personajes (lugares) de la Obra magna:  «Aguas Claras».   2  Nota  : Cfr.  Éx. 20,16;  Deut. 5,20.   3  Nota  : Cfr.  Prov.  6,12-19; 12,13 ,17 y 19 etc…
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2-131-313 (2-98-816).- Discursos en «Aguas Claras». “No robes y no desees lo que es de otros” (1). La envidia: desde Lucifer.
* El primero que deseó lo ajeno fue Lucifer.- La envidia en la historia de Israel. Sus consecuencias.- ■ Dice Jesús: “Dios da a cada uno lo necesario. Esto es innegable. ¿Qué cosa es necesaria al hombre?: ¿la fastuosidad?, ¿un gran número de siervos?, ¿tierras de incontables parcelas?, ¿banquetes que empiezan en el ocaso y terminan con el surgir de la aurora?… No. Al hombre basta un techo, un pan, un vestido; lo indispensable para vivir. Mirad a vuestro alrededor: ¿quiénes son los más alegres y los más santos?, ¿quiénes gozan de una sana y serena vejez?… ¿Los que se gozan la vida?  No… Quienes honradamente viven, trabajan y tienen deseos rectos. No hay en ellos veneno de lujuria y permanecen fuertes, ni veneno de gula y se conservan ágiles, ni de envidias y están alegres. Sin embargo, quien ambiciona tener cada vez más mata su paz y no goza; antes bien, envejece precozmente, consumido en la llama del odio o del abuso. ■ Podría unir el mandamiento de no robar al de no desear lo que pertenece a otros, porque, efectivamente, el excesivo deseo mueve al hurto; entre uno y otro no media sino un pequeño paso. ¿Qué todo deseo es ilícito? No quiero decir esto. El padre de familia, que, trabajando en el campo o en un taller, desea asegurar con ello el pan de los suyos, ciertamente no peca; es más, obedece a su deber de padre. Pero aquel que, por el contrario, no desea sino gozar más, y se apropia de lo ajeno para conseguir gozar más, peca.¡La envidia!… —porque ¿qué es el desear lo ajeno, sino avaricia y envidia?— la envidia separa de Dios, hijos míos y une a Satanás. ¿No pensáis que el primero que deseó lo ajeno fue Lucifer? Era el más bello de los arcángeles y gozaba de Dios. Debía de haberse sentido contento de  ello. Envidió a Dios y quiso ser él Dios y se convirtió en demonio (2). El primer demonio. Segundo ejemplo: Adán y Eva habían recibido todo, gozaban con lo que había en el paraíso terrenal, gozaban de la amistad con Dios, eran bienaventurados con los dones de gracia que Dios les había dado. Debían de haberse sentido contentos con eso; mas, envidiaron a Dios su conocimiento del bien y del mal y fueron expulsados del Edén, convirtiéndose en proscritos no gratos a Dios (3), los primeros pecadores. Tercer ejemplo: Caín tuvo envidia de Abel por su amistad con el Señor y se convirtió en el primer asesino (4). María, la hermana de Aarón y Moisés, tuvo envidia de su hermano y se convirtió en la primera leprosa de la historia de Israel (5). ■ Podría Yo paso a paso llevaros por toda la vida del Pueblo de Dios, y veríais que el deseo inmoderado hizo de quien lo tuvo un pecador y fue causa de castigo para el pueblo; porque los pecados de los particulares se van acumulando y provocan los castigos de las naciones, de la misma forma que unos granos y otros y otros, de arena, acumulados durante siglos y siglos, provocan desprendimientos de tierra que sepultan pueblos y a quienes en ellos viven”. (Escrito el 15 de Marzo de 1945).
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1  Nota  :  Cfr.  Ex. 20,17;  Dt. 5,21.   2  Nota  :  Cfr. Isaías 14,3-21.  En el tirano descrito por Isaías en los versículos 12-15,  los Santos Padres vieron representado al Príncipe de los demonios: “¿Cómo caíste desde el cielo, estrella brillante, hijo de la Aurora? ¿Cómo, tú, el vencedor de las naciones has sido derribado por tierra? En tu corazón decías: «Subiré hasta el cielo, y levantaré mi trono encima de las estrellas de Dios, me sentaré en la montaña donde se reúnen los dioses»… Mas ¡ay! Has caído en las honduras del abismo…”.   3  Nota  :  Cfr. Gén. 1,26-3,24.   4  Nota  :  Cfr. Gén  4,3-8.   5  Nota  :  Cfr. Núm  12,1-15
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(<Jesús instruye a sus apóstoles>)
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2-149-404 (3-9-38).- “Todo me será posible si sé amarte perfectamente. Jesús, aumenta tu amor en mí… Porque nosotros amaremos en la medida en que Él nos encienda cada vez más en su amor”.
* Juan, sabia palabra es pedir a Dios aumento de su amor en un corazón. Has revelado un misterio de Dios sobre la santificación de los corazones. Dios se derrama sobre los justos, y, en la medida que éstos se rinden a su amor, Él lo va aumentado, y así crece la santidad”.-  ■ Dice Jesús: “Llegará un día en que «mis» santos serán llevados ante los jueces y a la muerte. Serán santos, estarán en gracia de Dios, estarán fortalecidos con la fe, la esperanza y la caridad; sin embargo, ya oigo su grito, el grito de su corazón: «Señor, ¡ayúdanos en esta hora!». Mis santos, solo con mi ayuda, serán fuertes en las persecuciones”. Bartolomé: “Pero no seremos nosotros, ¿no es verdad? Porque yo no tengo realmente la capacidad de sufrir”. Jesús: “Es verdad. No tienes capacidad de sufrir, Bartolomeo, porque todavía no has sido bautizado”. Bartolomé le dice: “Sí que lo he sido”. Jesús: “Con el agua, pero falta todavía otro bautismo. Entonces sabrás sufrir”. Bartolomé: “Yo soy ya viejo”. Jesús: “Pasarán los años y, siendo mucho más viejo que ahora, serás más fuerte que un joven”. Bartolomé: “Pero me ayudarás siempre ¿no es verdad?”. Jesús: “Estaré siempre con vosotros”. Bartolomé concluye: “Intentaré acostumbrarme al sufrimiento”. Santiago de Alfeo dice: “Te pediré siempre, y desde ahora, esta gracia”. Zelote a su vez: “Yo soy viejo; solo pido precederte y entrar contigo en la  paz”. Judas de Alfeo: “Yo… no sé qué querría, si precederte o estar a tu lado para morir juntos”. Iscariote declara: “Me dolería mucho sobrevivir a tu muerte, pero me consolaría predicándote a los pueblos”. Y Tomás: “Pienso como tu primo”. Santiago de Zebedeo: “Yo al revés, como Simón Zelote”. Jesús: “Y tú, ¿Felipe?”. Felipe: “Yo… yo digo que no quiero pensar en ello. El Eterno me dará lo que sea mejor”. ■ Andrés exclama: “¡Oh… pero callad! ¡Parece como si el Maestro debiera morir pronto! ¡No me hagáis pensar en su muerte!”. Pedro: “Dijiste bien, hermano mío. Jesús, eres joven y estás sano; debes de enterrarnos a todos los de más edad que Tú”. Jesús: “¿Y si me matasen?”. Pedro: “¡Que no suceda jamás! ¡Te vengaría!”. Jesús: “¿En qué forma? ¿Con venganza de sangre?”. Pedro: “¡Hombre! pues… incluso con sangre si me autorizas. Si no, arrancando de entre la gente con mi profesión de fe las acusaciones que se te hayan hecho. El mundo te amará porque seré incansable en predicarte”. Jesús: “Es verdad. Así sucederá. ¿Y tú, Juan? ¿Y tú, Mateo?”. Mateo dice: “Debo sufrir y esperar haber lavado con mucho trabajo mi espíritu”. ■ Juan dice: “Y yo… yo no sé. Yo quisiera morir inmediatamente para no verte sufrir; quisiera estar a tu lado para consolarte en la agonía; quisiera vivir por mucho tiempo para servirte por largos años; quisiera morir contigo para entrar contigo en el Cielo. Cualquier cosa querría, porque te amo. Y pienso que yo, el menor entre mis hermanos, que todo esto me será posible si sé amarte perfectamente. Jesús, aumenta tu amor”. Iscariote arguye: “Querrás decir: «Aumenta mi amor». Porque nosotros somos quienes debemos amar siempre más”. Juan insiste: “No. Digo: «Aumenta tu amor». Porque nosotros amaremos en la medida en que Él nos encienda cada vez más en su amor”. ■ Jesús atrae hacia Sí al puro y apasionado Juan, le besa en la frente y le dice: “Has revelado un misterio de Dios sobre la santificación de los corazones. Dios se derrama sobre los justos, y, en la medida que éstos se rinden a su amor, Él lo va aumentado, y así crece la santidad. Es el misterioso e inefable obrar de Dios y de los corazones; se lleva a cabo en los silencios místicos, y, su potencia, indescriptible con palabras humanas, crea indescriptibles obras maestras de santidad. No es error, sino sabia palabra,  pedir que Dios aumente su amor en un corazón”. (Escrito el 28 de Abril de 1945).
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3-170-74 (3-30-162).- Discurso de la montaña. Bienaventuranzas (1):
«Bienaventurado si soy misericordioso». …«Bienaventurado si me ultrajan y calumnian».
* Introducción.- ■ Jesús sube un poco más alto que el prado, que es el fondo del valle, y empieza a hablar: “Muchos, durante este año de predicación, me han planteado esta cuestión: «Pero Tú que te dices ser el Hijo de Dios, explícanos lo que es el Cielo, lo que es el Reino y lo que es Dios, porque no tenemos ideas claras. Sabemos que hay Cielo con Dios y con los ángeles. Pero nadie ha venido a decirnos cómo es, pues está cerrado aun a los justos».  Me han preguntado también qué es el Reino y qué es Dios. Yo me he esforzado en explicároslo, no porque me resultara difícil explicarme, sino porque es difícil, por un conjunto de factores, haceros aceptar una verdad que, por lo que se refiere al Reino, choca contra todo un edificio de ideas acumuladas durante siglos, una verdad que, por lo que se refiere a Dios, se topa con la sublimidad de su Naturaleza. ■ Otros me dijeron: «De acuerdo, esto es el Reino y esto es Dios. Pero ¿cómo se conquistan?». También en este punto he tratado de explicaros sin cansarme, cuál es la verdadera alma de la Ley del Sinaí; quien hace suya esa alma hace suyo el Cielo.  Pero, para explicaros la Ley del Sinaí, es necesario hacer llegar a vuestros oídos el potente trueno del Legislador y de su Profeta, los cuales, si bien es cierto que prometen bendiciones a los que la observen, amenazan, amenazadores, duras penas y maldiciones a los que no la obedecen. La aparición del Sinaí fue terrible (2); su carácter terrible se refleja en toda la Ley, halla eco en los siglos, se refleja en todas las almas… ■ Ahora me decís: «¿Cómo se conquista a Dios y su Reino por un camino más dulce que no sea el duro del Sinaí?». No hay otro. Es éste. Pero mirémoslo no a través del color de las amenazas, sino a través el amor. No digamos: «¡Ay de mí, si no hiciere esto!» quedando temblorosos ante la posibilidad de pecar, de no ser capaces  de no pecar. Sino digamos: «¡Bienaventurado de mí si hago esto!» y con el empuje de la alegría sobrenatural, gozosos, lancémonos hacia estas bienaventuranzas que nacen al observar la Ley, como nacen las corolas de las rosas de entre un montón de espinas. Bienaventurado si…
* (5ª).- «Bienaventurado si soy misericordioso». ¿Entre los hombres quién puede decir: «No tengo necesidad de compasión?». Nadie. Si en la antigua Ley está escrito: «Ojo por ojo y diente por diente» (3) ¿por qué en la Nueva no debería decirse: «Quien haya sido misericordioso alcanzará misericordia»? Todos tienen necesidad de perdón. Pues bien, no son la fórmula ni la forma de un rito —figuras externas concedidas a causa de la opacidad del pensamiento humano—  las que obtienen el perdón; sino el rito interno del amor, o mejor dicho, una vez más, de la misericordia. ■ De hecho, la razón por la que se ordenó el sacrificio de un macho cabrío o de un cordero, así como la ofrenda de algunas monedas, se hizo porque en la base de todos los males se encuentran siempre dos raíces: avaricia y la soberbia; la avaricia queda castigada con el gasto de la compra de la víctima; la soberbia recibe castigo en la abierta confesión del rito: «Celebro este sacrificio porque he pecado». Además, el rito tenía el sentido de anticipar los tiempos y sus signos: la sangre derramada es figura de la Sangre que será derramada para borrar los pecados de los hombres. ■ Bienaventurado, pues, aquel que sabe ser misericordioso para con los hambrientos, desnudos, los que no tienen techo, los que padecen la miseria —aún mayor— de tener un mal carácter, que hace sufrir al mismo que lo tiene y a quien con él convive. Tened misericordia. Perdonad, compadeced, socorred, enseñad, levantad. No os encerréis en una torre de cristal diciendo: «Soy puro, no desciendo entre los pecadores». No digáis: «Soy rico y feliz y no quiero oír las miserias de los demás». Mirad que vuestra riqueza, salud, bienestar familiar, pueden desaparecer en menos tiempo que un fuerte viento disipa el humo. Recordad también que el cristal hace de lente, siendo así que lo que pasaría desapercibido si os mezcláis entre la gente no podéis mantenerlo escondido si os metéis en una torre de cristal y allí estáis solos, separados, recibiendo la luz de todas partes. Misericordia para realizar un sacrificio de expiación secreto, continuo, santo y obtener misericordia.
* (9ª).- «Bienaventurado si me ultrajan y calumnian». Preocupaos sólo de que vuestro nombre pueda ser recogido en los libros celestes, en los cuales no se escriben los nombres según el criterio de los embustes humanos, que alaban a quienes son menos merecedores de elogio; en aquellos libros también se reflejan, con justicia y amor, las obras de los buenos, para darles el premio que Dios tiene prometido a los justos. ■  En el pasado fueron calumniados y ultrajados los Profetas. Cuando se abran las puertas de los Cielos, cual majestuosos reyes, entrarán en la Ciudad de Dios, y recibirán el saludo reverenciador de los ángeles, cantando de alegría. Vosotros también, vosotros también, ultrajados y calumniados por haber pertenecido a Dios, recibiréis el galardón celeste, y, cumplido el tiempo, completo ya el Paraíso, ama­réis cada una de las lágrimas que vertisteis, porque por ellas habréis conquistado esa gloria eterna que en nombre del Padre os prometo.  ■ Podéis marcharos. Mañana os seguiré hablando. Que se queden sólo los enfermos, porque quiero ayudarlos en sus dolores. La paz permanezca con vosotros y que la meditación sobre la salvación, a través del amor, os introduzca en el camino que lleva al Cielo”.  (Escrito el 24 de Mayo de 1945).
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1  Nota  :  Cfr.  Mt.5,1-12; Lc. 6,20-23.   2  Nota  :  Cfr.  Éx. 19,24; Deut. 4,41-6,25.   3  Nota  :  Cfr. Éx. 21,22-25; Lev. 24,19-22; Deut. 19,21.
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3-171-77 (3-31-165).- Discurso de la montaña: los consejos evangélicos que perfeccionan la Ley: “No he venido a abolir la Ley sino a perfeccionarla (1). Se dijo: «Amarás a tu amigo y odiarás tu enemigo» (2). Se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente».- Parábola de la medida (3). Fue escrito: «No mataréis»” (4).
* “¿Podría Yo desmentir afirmaciones mías? (La Ley del Sinaí). No, no podría hacerlo. Lo que sí puedo —porque todo lo puedo— es completar la Ley, hacerla divinamente completa con los consejos evangélicos. Hacerla reina”.- ■ Sigue el discurso de la Montaña. El lugar y la hora son los mismos, pero ha aumentado el número de personas. Retirado en un ángulo, junto a un sendero, como si qui­siese oír sin suscitar repugnancias en la multitud, hay un romano. Le distingo por la túnica corta y el manto, que es distinto… Jesús se dirige lentamente hacia su puesto y reanuda su discurso. “De lo que os dije ayer no debéis concluir que haya venido a abo­lir la Ley. No. Lo único que pretendía era —puesto que soy el Hom­bre y comprendo las debilidades del hombre— animaros a seguir la Ley, para lo cual orientaba vuestra mirada espiritual hacia el Abis­mo luminoso, en vez de hacia el abismo negro; porque si el miedo a un castigo puede contener algunas veces, la certeza de un premio impulsa mucho más. Por tanto, consigue más la confianza que el miedo, y quiero que la tengáis en plenitud: una confianza segura, para que podáis hacer siempre el bien y conquistar el premio santísimo del Cielo. ■ No modifico ni siquiera una tilde de la Ley. ¿Quién la dio entre los rayos del Sinaí?: el Altísimo. ¿Quién es el Altísimo?: el Dios uno y trino. ¿De dónde la ha tomado?: de su Pensamiento. ¿Cómo la ha dado?: con su Palabra. ¿Por qué la ha dado?: por su Amor. Ved, pues, que la Trinidad estaba presente. Y el Verbo, obediente como siempre al Pensamiento y al Amor, habló por el Pensamiento y el Amor. ¿Podría Yo desmentir afirmaciones mías? No, no podría hacerlo. Lo que sí puedo —porque todo lo puedo— es completar la Ley, hacerla divinamente completa; no como los hombres, que durante siglos en vez de completa la hicieron indescifrable, imposible de cumplir, amontonando leyes y preceptos hasta la saciedad, sacados de su pensamiento, según sus conveniencias, y echando encima de la santísima Ley dada por Dios todo ese montón de escombros, ahogándola, enterrándola, haciéndola estéril. ¿Puede, acaso, un ár­bol sobrevivir sumergido continuamente por aludes, escombros o inundaciones? No; el árbol muere. La Ley ha muerto en muchos co­razones, ahogada bajo los aludes de demasiadas estructuras sobrepuestas: pues bien, he venido a quitar esas sobreestructuras. ■ Una vez desenterrada, resucitada, la Ley ya no será  una ordenanza  sino que la haré reina. Las reinas promulgan las leyes. Las leyes son obra de las reinas, pero no están por encima de las reinas. Pues bien, hago de la Ley la soberana: la completo, la corono, ciño su cabeza con la guirnalda de los consejos evangélicos”.
* La Ley para los santos.La Ley antes era orden, lo necesario; ahora más: es la perfección. Quien se desposa con ella será rey porque habrá alcanzado «lo perfecto» pues ha sido no solo obediente sino héroe,  o sea, santo. Santo es aquel a quien el amor y el deseo obstaculizan el ver cualquier otra cosa que no sea Dios”.-Jesús: “La Ley  antes era el orden ahora es más que el or­den; antes era lo necesario, ahora es más que lo necesario: es la perfección. Quien se desposa con ella —tal y como os la ofrezco—  al instante viene a ser rey, porque en ese momento habrá alcanzado lo «perfecto», porque no sólo ha sido obediente sino que ha sido un héroe, o sea, santo (siendo la santidad la suma de las virtudes lleva­das al más alto vértice que una criatura puede alcanzar, heroica­mente amadas y servidas con completo desapego de todo lo que sea apetencia o reflexión humana hacia cualesquiera cosas).  Podría decir que el santo es aquel a quien el amor y el deseo le obstaculizan el ver cualquier otra cosa que no sea Dios; sin distraer­se con la visión de cosas inferiores, tiene las pupilas del corazón fijas en el Esplendor santísimo que Dios es, y en Él ve —puesto que todo está en Dios— a sus hermanos, inquietos y con manos implorantes. Sin separar sus ojos de Dios, el santo se prodiga en favor de sus her­manos suplicantes. Contra la carne, las riquezas y las comodidades, enarbola su ideal: servir. ¿Es un ser pobre o con taras el santo? No. Ha llegado a la posesión de la sabiduría y riqueza verdaderas, por tanto, a la posesión de todo. Y no siente cansancio, porque, si bien es cierto que produce continuamente, también lo es que continuamente está siendo alimentado. En efecto, cierto es que comprende el dolor del mundo, mas cierto es también que se alimenta de las alegrías del Cielo. De Dios se nutre, en Dios se alegra. Es la criatura que ha com­prendido el sentido de la vida. ■ Como podéis ver, ni cambio ni mutilo la Ley, ni la corrompo con la superposición de fermentadoras teorías humanas; antes al contrario, la completo. La Ley es lo que es, y tal seguirá siendo hasta el último día y no cambiará ni una palabra, ni se abolirá ningún precepto; antes  al contrario, se ciñe de la corona de lo perfecto. Para obtener la salud, basta aceptarla como fue dada; pero, para obtener inmediata unidad con Dios, es necesario vivirla como Yo la aconsejo”.
* La Ley para las almas comunes, “para que no se diga que al buscar lo perfecto hago que se olvide lo necesario. Por eso digo: Quien viole uno de estos mandamientos, el más pequeño, será tenido como el más pequeño en el Reino de los Cielos. Guardaos de falsos profetas y de doctores que enseñan el error”.- Jesús: “Ahora bien, dado que los héroes son la excepción, voy a hablar para las almas comunes, para la generalidad de las almas para que no se diga que al buscar lo perfecto hago que se olvide lo necesa­rio. De cuanto digo, tened bien presente esto: quien se permita violar uno de estos mandamientos —aunque sea el más pequeño— será considerado como el más pequeño en el Reino de los Cielos; y quien induzca a otros a violarlos será considerado como el más pequeño por él y por aquel a quien indujo a la violación. Por el contrario, quien con la vida y las obras —más aún que con sus palabras— haya persuadido a otros a obedecer será grande en el Reino de los Cielos, y su grandeza aumentará en razón de cada uno de los que hayan sido conducidos por él a obedecer y a santificarse así.  ■  Sé que a muchos lo que voy a decir les sabrá agrio, pero no puedo mentir, a pesar de que esto que voy a decir me va a crear enemigos. En verdad os digo que, si vuestra justicia no se renueva, separán­dose completamente de la pobre justicia —injustamente definida justicia— que os han enseñado los escribas y fariseos; que, si no sois mucho más justos, verdaderamente, que los escribas y fariseos —que creen serlo a fuerza de aumentar las fórmulas, pero sin cambiar substan­cialmente los espíritus—, no entraréis en el Reino de los Cielos. ■ Guardaos de los falsos profetas y de los doctores que enseñan el error.  Vienen a vosotros con apariencia de corderos, siendo en reali­dad lobos rapaces; vienen con apariencia de santidad, cuando en rea­lidad viven zahiriendo a Dios; dicen que aman la verdad, y se apacientan de embustes: estudiadlos antes de seguirlos. El hombre tiene lengua para hablar, ojos para mirar, manos para señalar; pero tiene otra cosa que manifiesta de forma más fiel su verdadero ser: sus actos. ¿Qué sentido le veis a dos manos unidas en actitud de oración, si luego ese hombre es un ladrón o un fornica­dor?; ¿y a dos ojos que, queriendo parecer profundos, se mueven ágiles en todas las direcciones cuando, terminada la hora de la comedia, saben clavarse lujuriosos en la mujer u homicidas en el enemigo? ¿Qué sentido le veis a una lengua que sabe musitar con falsedad la canción de alabanzas y seducir con sus frases melosas, si luego, a vuestras espaldas, os calumnia y es capaz de perjurar con tal de haceros pasar como gente despreciable? ¿Qué es la lengua que pronuncia largas oraciones hipócritas, si luego, sin demora, mata la estima del prójimo o engaña su buena fe? ¡Es una cosa asquerosa… como asquerosos son los ojos y manos engañadores! Sin embargo, los actos del hombre, los verdaderos actos, es decir, el modo de comportarse en familia, en los tratos comerciales, o para con el prójimo y los siervos, manifiestan esto: «Éste es un siervo del Señor». Porque las acciones santas son fruto de una verdadera religión. ■ Un árbol bueno no da frutos malos, un árbol malo no da frutos buenos. ¿Podrán, acaso, daros uva sabrosa estos zarzales?, ¿y aquellos cardos, más mortificadores aún, pueden, acaso, daros blandos higos? No. En verdad, pocas y agrias moras recogeréis de los primeros y de las flores de los cardos no saldrán sino incomibles frutos, flores que ya, a pesar de ser todavía flores, tienen espinas. Un hombre no justo podrá infundir respeto con su aspecto, pero sólo con su aspecto; de la misma forma, ese esponjoso cardo parece un mechón de delgados hilos plateados decorados de diamantes por el rocío, pero, si lo tocáis sin daros cuenta, veis que no es un plumón sino un conjunto de espinas, que hieren al hombre, perjudiciales para las ovejas, por lo cual los pastores los arrancan de sus pastos y echan al fuego encendido por la noche, para que se consuma para que ni siquiera las semillas puedan salvarse. Justa y previsora medida. ■ No os digo: «Matad a los falsos profetas y a los fieles hipócritas», sino que os di­go: «Dejad este menester a Dios»; pero sí que os digo: «Poned aten­ción, apartaos de ellos, para que sus jugos no os envenenen»”.
* Cómo se debe amar al prójimo.
.    ● Se dijo: «Amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo»”.-Jesús: “Te expliqué cómo se debe amar a Dios; ahora te voy a explicar cómo se debe amar al prójimo. En otro tiempo se dijo: «Amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo». No. No será así. Esto era bueno para los tiempos en que el hombre no gozaba del consuelo de la sonrisa de Dios.  Pero ahora han llegado tiempos nuevos, los tiempos en que Dios tanto ama al hombre que le envía a su Hijo para redimirle. Ahora habla el Verbo, y esto es ya la Gracia que se derrama; después el Verbo consumará el sacrificio de paz y de redención, con lo que la Gracia no solo se derramará, sino que será otorgada a todo espíritu que crea en el Mesías. Por esto, es necesario elevar el amor del prójimo a la perfección que unifica amigo y enemigo. ¿Os calumnian? Amad y perdonad. ¿Os maltratan? Amad y presentad la otra mejilla a quien os abofetea, pensando que es mejor que la ira se descargue sobre vosotros, que la sabéis soportar, que no sobre otro, que se vengaría de la afrenta. ¿Os roban? No penséis: «Este semejante mío es un avariento». Pensad, más bien, caritativamente: «Este pobre hermano mío tiene necesidad» y dadle también la túnica si ya es que os quitó el manto: así le pondréis en la imposibilidad de cometer un doble robo, porque no tendrá necesidad de robarle a otro la túnica. ■ Decís: «Pero esto podría ser un vicio y no una necesidad». Pues bien, aún así, dadlo: Dios os recompensará y el inicuo pagará su pecado. De todas formas, muchas veces —y esto recuerda lo que dije ayer sobre la mansedumbre—, viéndose tratado así, desaparece del corazón del pecador su vicio, y repara el hurto devolviendo lo que había robado, y así se redime. Sed generosos con quienes, más honrados, en vez de robaros aquello de que tienen necesidad, os lo piden. ■ Si los ricos fuesen realmente pobres de espíritu, como enseñé ayer, no existirían las penosas desigualdades sociales, causa de tantas desgracias humanas y sobrehumanas. Pensad siempre: «Si me encontrase en la necesidad, ¿qué efecto me causaría que se negasen a ayudarme?» y según responda vuestro «yo», obrad así. Haced con los demás lo que quisierais que con vosotros hicieran,  no hagáis a los demás lo que no quisierais que se os hiciera a vosotros” (5).
.     ● “Se dijo: «Ojo por Ojo y diente por diente»”.- Parábola de la medida.-Jesús:  “El antiguo dicho «ojo por ojo y diente por diente», que no está en los diez mandamientos, sino que fue puesto porque el hombre, privado de la Gracia, es una fiera  tan feroz que no puede comprender sino la venganza, queda anulado con este otro dicho: «Ama a quien te odia, ruega por quien te persigue, disculpa a quien te calumnia, bendice a quien te maldice, haz el bien a quien te hace daño, sé pacífico con el pendenciero, condescendiente con el que te desagrada, socorre de buena gana a quien recurre a ti y no te aproveches de él; no critiques, no juzgues». Vosotros no conocéis los entresijos de las acciones humanas. ■ En cualquier tipo de ayuda que prestéis, sed generosos, misericordiosos. Cuanto más deis, más se os dará. Dios pondrá en las manos de quien fue generoso una medida colmada y compacta; no solo dará lo equivalente a cuanto hayáis dado, sino que sobreabundará. Proponeos amar y de haceros amar. Los pleitos cuestan más que un arreglo amigable; la amabilidad es como miel: su sabor permanece largo tiempo en la lengua. ■ ¡Amad! Amad a amigos y enemigos para que seáis semejantes a vuestro Padre que hace llover sobre buenos y malos y hace bajar su sol sobre justos e injustos, reservándose  —para cuando los buenos, cual escogidas espigas, hayan sido entresacados de las gavillas de la mies—  dar sol y rocío eternos, y fuego y granizo infernales. ■ No basta amar a los que os aman, y de los que esperáis una compensación. Esto no puede considerarse meritorio. En efecto, es incluso motivo de alegría; los hombres naturalmente honrados lo saben hacer y lo hacen también los publicanos y los paganos. Pero vosotros debéis amar a semejanza de Dios y por respeto a Dios, que es el Creador también de vuestros enemigos o de los que os son menos simpáticos. Quiero en vosotros la perfección del amor. Por tanto, os digo: «Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre que está en los Cielos»”.
.   ● Fue escrito: «No mataréis», os digo: «No os airéis»”.- Jesús: “Tan grande es el precepto del amor al prójimo, que no os digo ya lo que fue escrito: «No mataréis» —los hombres condenarán al asesino—, sino que digo: «No os airéis», porque pende sobre vosotros un juicio más alto, que tiene en cuenta también  aun las acciones que no se ven. Quien insulte a su hermano será condenado por el Sanedrín, pero quien le trate como a un  loco, perjudicándole por tanto, será condenado por Dios. ■ Es inútil llevar ofrendas al altar si primero no se han ofrendado en lo íntimo del corazón los propios rencores por amor a Dios, y si no se ha cumplido el rito santísimo del perdón. Por esto, si, cuando estás a punto de ofrecer un sacrificio a Dios, te acuerdas de que has faltado contra tu hermano, o de que le guardas rencor por una culpa con la que te ofendió, deja tu ofrenda ante el altar, inmola primero tu amor propio reconcíliándote con tu hermano, y ve después al altar. Solo entonces será santo tu sacrificio. ■ Llegar a un acuerdo es siempre el mejor de los negocios. El juicio del hombre es precario, y quien, obstinadamente, lo desafía puede perder la causa: tendrá que pagar a su adversario hasta el ultimo céntimo o consumirse en la cárcel. Levantad la mirada a Dios en todas las cosas. Preguntaos si tenéis derecho a hacer lo que Dios no hace con vosotros, pues Dios no es inflexible ni terco como lo sois vosotros: ¡hay de vosotros, si fuera así!; ni uno siquiera se salvaría. Que esta reflexión promueva en vosotros sentimientos de mansedumbre, humildad, piedad. Y entonces no os faltará de parte de Dios, en esta Tierra y en el más allá, la recompensa. ■ Aquí, delante de Mí, hay uno que me odia y que no se atreve a decir: «¡Cúrame!», porque sabe que conozco sus pensamientos. Pues bien, a pesar de todo, digo: «Hágase lo que tú deseas, y que, de la misma forma que caen de tus ojos las escamas, que caigan de tu corazón el rencor y las tinieblas». Idos con mi paz…”. La gente desfila poco a poco, tal vez en espera del grito “milagro” que no se oye. También los apóstoles y los discípulos más antiguos, que se quedan en la montaña preguntan: “¿Quién era? ¿No se ha curado?” y preguntan una y otra vez al Maestro que, de pie, con los brazos cruzados ve bajar a la gente. Jesús no responde al principio, luego dice: “Los ojos están curados. El alma no. No puede porque está llena de odio”. Insisten: “Pero ¿quién es? ¿Acaso el romano?”. Jesús: “No, un desgraciado”. Pedro pregunta: “Entonces ¿para qué le curaste?”. Jesús: “¿Debería mandar rayos contra todos los que se parecen a él?”. Pedro: “Señor, sé que no quieres que responda «sí», y por tanto no lo digo… pero lo pienso… y es lo mismo…”. Jesús: “Es lo mismo, Simón de Jonás. Pero sabe que, si así fuera… ¡Oh, cuántos corazones llenos de escamas de odio hay en mi alrededor! Ven. Vamos hasta la punta de la cima, a mirar desde lo alto nuestro hermoso mar de Galilea. Yo y tú solos”. (Escrito el 25 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Mt. 5, 17-20;  Mt. 7,15-20; Lc. 6,43-44.   2  Nota  : Cfr. Lc. 6,27-36; Mt. 5,43-48: «Amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo». La primera parte de la sentencia se encuentra formulada en la Ley (Lev. 19,18), pero la segunda, «odiarás a tu enemigo», no se halla en ningún escrito bíblico ni rabínico. Aquí Cristo cita lo que leyeron en las lecturas y oyeron en las explicaciones sinagogales. ■ Con sentido de síntesis ambiental, en el «Manual de disciplina» de Qumrán, doctrina de los esenios (secta ascética judía) se lee “Amar a todos los hijos de la luz… y aborrecer a todos los hijos de la tinieblas”. Así también, tras el estudio de la literatura rabínica, hay quien resume sus conclusiones: “La sinagoga, en tiempos de Jesús, entendía la noción del prójimo en un sentido estricto: solo el israelita es el prójimo; los otros, es decir, los no israelitas, no encajaban bajo este concepto. Y así admiten que estas palabras de Cristo “debían ser en aquélla época una máxima popular, a la que los israelitas acomodaban, en general, su actitud con respecto al amigo y al enemigo”.  3  Nota  : Cfr. Mt. 5,38-42; Mc. 4,24; Lc. 6,38-38; Éx. 21,22-25. Lev. 24,17-22; Deut. 19,21.    4  Nota  : Cfr. Mt. 5,21-26.; Ex. 20,13.    5  Nota  : Cfr. Mt. 7,12-12.
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(<Es parte del Discurso de la Montaña>)
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3-172-83 (3-32-172).- “Se dijo a los antiguos: «No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos». Os digo: «No juréis nunca». Sea vuestro hablar: «sí», «sí»; «no», «no». Nada más” (1).
* Quien siente necesidad de jurar denota que se siente inseguro de sí mismo y del concepto que el prójimo pueda tener de él; de la misma forma que quien hace jurar testifica su desconfianza acerca de la sinceridad y honestidad de quien jura”.- Jesús dice: “Uno de los errores que comete fácilmente el hombre es la falta de honestidad, incluso consigo mismo. Dado que el hombre difícil­mente es sincero y honesto, por propia iniciativa se creó un freno para verse obligado a ir por el camino elegido. Pero he aquí que él mismo, cual indómito caballo, pronto descoloca el freno, para hacer lo que más cómodo le resultare, sin pensar en la reprensión que pudiera recibir de Dios, de los hombres o de su propia concien­cia. Este freno es el juramento. Pero entre los hombres honestos no es necesario el juramento, y Dios, de por sí, no os lo ha enseñado; an­tes al contrario, ha encargado deciros, sin más: «No pronuncies falso testimonio» (2). El hombre debería ser franco. No debería tener necesi­dad de ninguna otra cosa aparte de la fidelidad a su palabra. ■ El Deuteronomio, a propósito de los votos —incluso de los votos que provienen de un corazón que se supone fundido con Dios por sentimiento de necesidad o gratitud—, dice: «Debes mantener la pa­labra salida una vez de tus labios, cumpliendo lo que has prometido al Señor tu Dios, todo lo que de propia voluntad y con tu propia boca has dicho» (3). Siempre se habla de palabra dada, sólo de palabra dada, sólo la palabra. ■ Pues bien, quien siente necesidad de jurar denota que se siente inseguro de sí mismo y del concepto que el prójimo pueda tener de él; de la misma forma que quien hace jurar testifica su desconfianza acerca de la sinceridad y honestidad de quien jura. Así, como podéis ver, esta costumbre del juramento es una consecuencia de la deshonestidad moral del hombre; es, además, una vergüenza para el hom­bre, doble vergüenza porque el hombre no es ni siquiera fiel al jura­mento —que ya de por sí es cosa vergonzosa—, y, burlándose de Dios con la misma ligereza con que se burla del prójimo, acaba per­jurando con pasmosa ligereza y tranquilidad. ■ ¿Podrá haber criatura más abyecta que el perjuro? Se aprovecha a menudo de una fórmula sagrada, y pone a Dios como su cómplice y garante, o bien invoca a los seres más amados (el padre, la ma­dre, la esposa, los hijos, los propios difuntos, la propia vida con sus más preciosos órganos…) en apoyo de su decir mentiroso, para inducir a su prójimo a creerle, con lo cual le engaña. Un hombre así es sacríle­go, ladrón, traidor, homicida. ¿De quién? Pues de Dios, porque mez­cla la Verdad con la infamia de su mentira, y, malignamente, se bur­la de Dios y le desafía diciendo: «Caiga tu mano sobre mí, desmiénte­me, si puedes; Tú estás allí, yo aquí, y me río». ¡Ah!, ¡bien! ¡Reíos, reíos, embusteros, vosotros que os burláis!… que día llegará en que no reiréis, cuando Aquel en cuyas manos todo poder ha sido depositado aparezca ante vosotros con terrible majes­tad y sólo con su aspecto os haga temblar; bastarán sus miradas pa­ra fulminaros, antes de que su voz os precipite en vuestro destino eterno marcándoos con su maldición. ■ Un hombre así es un ladrón, porque se apropia de una estima in­merecida. El prójimo, impresionado por su juramento, le otorga esta estima; y la serpiente se engalana con ella fingiéndose lo que no es. Es además un traidor, porque con el juramento está prometiendo al­go que no tiene intención de mantener. Es un homicida, porque ma­ta, o el honor de un semejante, arrebatándole con el juramento falso la estima del prójimo, o la propia alma, pues el perjuro es un abyecto pecador ante los ojos de Dios, que ven la verdad aunque ningún otro la viera. A Dios no se le engaña ni con falsas palabras ni con hipócri­tas acciones. Él ve, no pierde de vista, ni por un instante, a cada uno de los seres humanos, y no existe fortaleza amurallada o profunda bodega donde no pueda penetrar su mirada. Incluso en vuestro inte­rior —esa propia fortaleza dentro de la que todo hombre tiene su co­razón—  entra Dios, y os juzga no por lo que juráis sino por lo que hacéis”.
* La orden dada a los antiguos: «No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos», la substituyo por otra y os digo: «No juréis nunca»”.- Jesús: “Por ello, substituyo la orden dada a los antiguos: «No perjures; antes al contrario, mantén tus juramentos» (cuando el juramento re­cibió plena vigencia para poner freno a la mentira y a la facilidad de faltar a la palabra dada). La substituyo por otra y os digo: «No juréis nunca». No juréis por el Cielo, que es trono de Dios, ni por la Tierra, que es escabel para sus pies, ni por Jerusalén y su Templo, que son la Ciudad del gran Rey y la Casa del Señor nuestro Dios. ■ No juréis ni por las tumbas de los difuntos ni por sus espíritus: las tumbas están llenas de restos de lo que en el hombre es inferior y común con los animales; en cuanto a los espíritus, dejadlos en su mo­rada. Si son espíritus de justos, que ya viven en estado de precogni­ción de Dios (vislumbran a Dios), no hagáis que sufran y se horroricen. Aunque sea pre­cognición, o sea, conocimiento parcial (porque hasta el momento de la Redención no poseerán a Dios en su plenitud de esplendor), no pueden no sufrir al veros pecadores. Si no son justos, no aumentéis su tormento al recordar su pecado por el vuestro. Dejadlos, dejad a los muertos: a los santos, en la paz; a los no santos, en sus penas. No arrebatéis nada a los primeros, no añadáis nada a los segundos. ¿Por qué apelar a los difuntos? No pueden hablar: los santos, porque su caridad lo impide —deberían desmentiros demasiadas veces—; los réprobos, porque el Infierno no abre sus puertas, y ellos no abren sus bocas sino para maldecir, y toda voz suya queda sofocada por el odio de Satanás y de los demonios, pues los réprobos son demonios. ■ No juréis ni por la cabeza del propio padre, ni de vuestra madre o esposa, ni por la cabeza de vuestros inocentes hijos; no tenéis dere­cho a hacerlo. ¿Son, acaso, moneda o mercancía; una firma sobre un papel o una carta? Pues son más y menos que esto. Son sangre y carne de tu sangre, ¡oh, hombre!; pero también son criaturas libres, y no puedes usarlas como esclavas para que avalen un testimonio falso tuyo. Al mismo tiempo, son menos que una firma tuya, porque tú eres inteligente, li­bre y adulto, no una persona impedida o un niño que no sabe lo que hace y que debe ser representado por sus padres. Tú eres tú: un hombre dotado de razón, por tanto responsable de tus acciones, y de­bes actuar autónomamente, poniendo como aval de tus acciones y palabras tu honradez y sinceridad, la estima que has sabido suscitar en el prójimo; no la honestidad y sinceridad de los padres o la es­tima que ellos han sabido suscitar. ¿Los padres son responsables de los hijos? Sí, pero sólo mientras son menores de edad; después, cada uno es responsable de sí mismo. No siempre nacen justos de justos, o siempre un hombre santo está casado con una mujer santa. ¿Y entonces, por qué usar como base de garantía la justicia del cónyu­ge? Del mismo modo, de un pecador pueden nacer hijos santos. Mientras son inocentes, son todos santos. ¿Y entonces, por qué invocar a una persona pura para un acto vuestro impuro, cual es el juramento que ya con antelación se piensa violar? ■ Ni siquiera por vuestra cabeza juréis, ni por vuestros ojos, o la lengua o las manos. No tenéis derecho a hacerlo. Todo cuanto tenéis es de Dios; vosotros no sois sino los custodios temporales de ello, administradores de los tesoros morales o materiales que Dios os ha concedido. ¿Por qué hacer uso, entonces, de lo que no os pertenece? ¿Podéis, acaso, añadir un cabello a, vuestra cabeza, o cambiar su co­lor? ¿Por qué, si no podéis hacerlo, usáis la vista, la palabra, la liber­tad de los miembros, para respaldar un juramento? No desafiéis a Dios; podría cogeros la palabra y secar vuestros ojos como puede se­car también vuestras huertas, o arrancaros los hijos como puede arrebataros la casa, para recordaros que Él es el Señor y vosotros los súbditos, y que incurre en maldición aquel que se idolatra hasta el punto de considerarse a sí mismo más que Dios al desafiarle min­tiendo. ■ Sea vuestro hablar: «sí», «sí»; «no», «no». Nada más. Si hay más, es que os lo ha sugerido el Maligno; y además para reírse de vosotros, pues no podréis retener todo y caeréis, por tanto, en renuncio, y seréis objeto de las burlas de los demás y conocidos por embusteros”. (Escrito el 26 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Mateo 5,33-37.   2  Nota  : Éxodo 20,16;  Deut. 5,20.   3  Nota  : Cfr. Deut. 23,23.
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(<La irrupción de María Magdalena [1] impúdica y provocativa, rodeada de gente de su condición, durante el Discurso de la Montaña, ha servido para instruir a la gente sobre temas como el adulterio, repudio, divorcio. Ahora va a dar fin al discurso coronándolo con una admonición: no juzgar>)
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3-174-118 (3-34-210).- Discurso de la Montaña: “No juzguéis y no seréis juzgados…” (2).- “Las verdades eternas son semejantes a Perlas… Caridad pero prudencia en revelar verdades eternas a los infectados de Satanismo” (3).
* No juzguéis. ¿Por qué observar con tan­ta atención la pajita en el ojo de tu hermano, si antes no te preocu­pas de quitar la viga del tuyo?… Nunca se ha visto arrojar perlas a los cerdos”.- ■ Dice Jesús: “Hijos, mi discurso comienza a declinar, como está para declinar el día que se pone, con el sol, hacia occidente. Quiero que de este en­cuentro en el monte conservéis estas palabras. Esculpidlas en vues­tros corazones; en él leedlas a menudo. Que os sean guía perenne. Mas, sobre todo, sed buenos para con los débiles. No juzguéis, para no ser juzgados. Acordaos de que podría llegar el momento en que Dios os recordase: «Así juzgaste. Por tanto, sabías que estaba mal he­cho. Cometiste, entonces, pecado teniendo conciencia de lo que hací­as. Paga ahora tu pena». La caridad es ya absolución. Tened la caridad en vosotros para todos y hacia todo. No os enorgullezcáis por el hecho de que Dios os mantenga en pie con abundantes ayudas; tratad, más bien, de subir toda la larga escalera de la perfección, y ofreced la ayuda de vuestra mano a los que están cansados, al que no sabe, a quienes se encuen­tran en las redes de súbitas desilusiones. ¿Por qué observar con tan­ta atención la pajita en el ojo de tu hermano, si antes no te preocu­pas de quitar la viga del tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu prójimo «deja que te quite del ojo esta pajita», cuando la viga que tienes en el tuyo te hace ciego? No seas hipócrita, hijo. Quítate primero la viga de tu ojo; sólo entonces podrás quitar la pajita del ojo de tu hermano sin hacerle mal. ■ No tengáis anticaridad, pero tampoco imprudencia. Os acabo de decir: «Extended vuestra mano a los que están cansados, a los que no saben, a los que se encuentran en las redes de súbitas desilusiones». Mas si es caridad enseñar a los que no saben, infundir ánimo a los que están cansados, dar nuevas alas a aquellos que por muchas co­sas las han roto, es imprudencia revelar las verdades eter­nas a los que están infectados de satanismo, que se apoderan de ellas para pasarse por profetas, infiltrarse entre las personas senci­llas, corromper, descarriar, ensuciar sacrílegamente las cosas de Dios. Respeto absoluto, saber hablar y callar, saber reflexionar y ac­tuar: éstas son las virtudes del verdadero discípulo para hacer prosé­litos y servir a Dios. Tenéis una inteligencia. Si sois justos, Dios os dará to­das sus luces para guiar aún mejor vuestra inteligencia. ■ Pensad que las verdades eternas son semejantes a perlas, y nunca se ha visto arro­jar las perlas a los cerdos, que prefieren las bellotas y una papilla apestosa antes que perlas preciosas: las pisotearían sin piedad, para, des­pués, con la furia propia de quien hubiera sido despreciado y objeto de burla, revol­verse contra vosotros para despedazaros. No deis las cosas santas a los perros. Esto vale para ahora y para el futuro”. (Escrito  29 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : M. Magdalena.-  Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Lázaro y familia.  2  Nota  : Cfr. Mt. 7,1-5; Lc. 6,37-37; 6,41-42.   3  Nota  : Cfr. Mt. 7,6-6.
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3-196-233 (3-57-331).- Tres amores de la 1ª serie y tres de la 2ª. Hay otras hambres, no amores.- Adán y Eva, hermanos y esposos.  Luminosa infancia de la Virgen.
* Jesús rememora un hecho de la infancia (“tan luminosa que hace vírgenes nuestras almas”) de su Madre “mujer perfecta, tenía la maternidad, (amor de 2ª potencia) en la sangre y en el corazón”.- ■ La mayor parte de la mañana del sábado se ocupa en dar descanso a los cuerpos fatigados, en arreglar los vestidos llenos de polvo y arrugados del camino. En las grandes cisternas del Getsemaní, llenas de agua de lluvia, y en el Cedrón —que es una verdadera sinfonía entres sus cantos, lleno de espuma, rebosante con las aguas de los últimos días— hay tanta agua que es una verdadera incitación. Los peregrinos, uno después del otro, sin hacer demasiado caso de que hace fresco, bajan a meterse al agua; luego se ponen vestidos nuevos, de los pies a la cabeza, y, con los cabellos todavía tiesos, van a sacar agua de las cisternas y las vierten en piletas grandes donde tienen la ropa, separada por colores… La comitiva apostólica se dispersa por el olivar que es muy hermoso en este día de Abril. Las lluvias de los días anteriores parecen haber llenado de plata los olivos y haberlos sembrado de flores, pues sus hojas resplandecen al sol y muchísimas florecillas están a los pies de los olivares. Los pájaros cantan y vuelan por todas partes. La ciudad se abre allá, hacia el oeste del observador. No se ve el hormiguero de gente dentro de ella, pero se ven las caravanas que se dirigen a la Puerta de los Peces —y hacia otras puertas cuyo nombre ignoro— de la parte oriental. La ciudad traga a esta multitud como si fuera un animal hambriento. ■ Jesús está paseando y mira a Yabés (1) que juega con Juan y con los más jóvenes. También Iscariote,  al que ya se le pasó el mal humor de ayer, está alegre y juega. Los más viejos miran y sonríen. Bartolomé pregunta a Jesús: “¿Qué cosa diría tu Madre de este pequeñín?”. Tomás dice: “Yo digo que dirá: «Está muy delgaducho»”. Pedro responde: “¡No! Dirá: «¡Pobre niño!»”. Felipe objeta: “No, lo que te dirá es: «Me alegro de que le quieras»”. Zelote dice: “La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablará. Le estrechará contra su corazón”. Le preguntan ahora a Jesús: “Y Tú, Maestro ¿qué crees que dirá?”. Jesús: “Hará lo que decís, pero lo pensará y lo dirá sólo en su corazón; al besarle no dirá sino: «¡Que seas bendito!» y le cuidará como si fuese un pajarito caído del nido. ■ Escuchad. Un día me habló de cuando era pequeñita. Todavía no tenía tres años, pues aún no estaba en el Templo, y ya se le rompía el corazón de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en el molino, todo su aceite, todo su perfume. Y llevada de un delirio de amor, decía a su mamá que quería ser virgen para agradar más al Salvador, pero que querría ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su mamá no la entendía y no sabía decirle cómo se puede lograr ser «pura» y «pecadora» al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarito que había salvado del peligro que corría en el borde de una fuente: le contó la parábola del pajarito, diciéndole que Dios la había salvado anticipadamente y que, por eso, debía bendecirle por doble motivo. Y la pequeña Virgen de Dios, María la gran Virgen, ejercitó su primera maternidad espiritual con aquel pajarito caído del nido, y le echó a volar cuando fue grande; ese pajarillo ya no dejó jamás el huerto de Nazaret, consolando con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y Joaquín cuando María fue al Templo. Murió poco antes de que Ana entregase su alma: había terminado su misión. Mi Madre había hecho voto de virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer está hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia”.
* Amores de la primera serie: amor de 1ª, 2ª y 3ª potencia.- ■ También los otros se ha acercado poco a poco. Judas Tadeo pregunta: “¿Qué cosa quieres decir, Maestro, con amor de segunda potencia?”. Jesús: “Hermano mío, hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, el segundo es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre y una madre, que son santos, no solo dan comida y caricias al cuerpo del hijo, sino también nutren y aman su mente y su alma. Y tan verdad es lo que estoy diciendo que quien se consagra a los niños  —aunque solo fuera para educarles—  termina por amarles como si fuesen su propia carne”. Juan de Endor (2) dice: “Yo amaba mucho a mis discípulos”. Jesús: “He comprendido que debiste ser un buen maestro al ver cómo tratas a Yabés”. El hombre de Endor se inclina y besa la mano de Jesús sin decir nada. ■  Zelote dice: “Continúa, te lo ruego, tu clasificación de amores”. Jesús: “Existe el amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es —me refiero también en este caso a los sanos y santos amores— mitad espiritual y  mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre además de esposa. Estos son los tres amores más elevados”.
* Adán y Eva eran hermanos y esposos y al amarse se miraban con ojos inocentes… El amor como es ahora, el actual generador de hijos, no existía entonces. La malicia no existía y, porque va con ella, tampoco el hambre carnal”.- ■ Iscariote pregunta: “Y ¿el amor del prójimo? ¿No te has equivocado? ¿O es que te has olvidado de él?”. Los otros le miran estupefactos… e irritados por la observación que ha hecho. Jesús tranquilamente responde: “No, Judas. Pero mira. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no hay necesidad de explicar para persuadir de este amor. Él es El que es, o sea, el Todo;  el hombre  (la nada, que se hace participante del Todo por el alma infundida por el Eterno —sin ella el hombre sería uno de tantos animales que viven en la tierra o en el agua o en el aire—) debe adorarle por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación ni destrucción por los siglos de los siglos. El amor del hombre, especialmente el de la mujer, a sus hijos, tiene indicación de mandato en las palabras que Dios dijo a Adán y Eva, después de que los bendijo, al ver que era «bueno» lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de la creación. Le dijo: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra». ■ Comprendo tu tácita objeción y te respondo de este modo: Antes de la Culpa todo estaba regulado y basado en el amor; este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: «creced y multiplicaos». «Amad, por lo tanto, después de Mí, a vuestros hijos». El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto —porque va con ella— tampoco existía la abominable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre; naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos —o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis—, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, que eran hermanos —porque habían nacido de un Padre común y único— y, sin embargo, eran esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía el amor de padre hacia su compañera «hueso de sus huesos y carne de su carne» (como un hijo lo es para su padre). La mujer conocía la alegría de ser hija —por tanto, protegida por un amor muy elevado—, porque sentía tener en sí algo de aquel gallardo hombre que la amaba, con  inocencia y angélico ardor,  en los hermosos jardines del Edén. ■ Después, en el orden de los mandamientos dados por Dios con una sonrisa a sus queridos hijos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera —y, en ella, de todas las mujeres—, decreta (el decreto del pensamiento de Dios que se reflejaba en el terso espejo del alma de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): «El hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne». De no haber existido los tres pilares de estos amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que, en su gran parte, es defectuoso. Si no hubiesen existido amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Está claro?”. Iscariote: “Sí, Maestro. No había reflexionado”. ■ Jesús: “De hecho, es difícil remontarse hasta las fuentes. El hombre por desgracia durante siglos y milenios ha estado sumido en el fango y las fuentes están en las cimas, muy alto. Además la primera de las fuentes viene de una inmensa altura: Dios… No obstante, yo os tomo de la mano y os conduzco a las fuentes; sé dónde están…”.
* Amores de la segunda serie: amor de 4ª, 5ª y 6ª potencia. No hay otros amores. Los otros son apetitos, hambres. ■ Zelote y el hombre de Endor preguntan al mismo tiempo: “¿Y los otros amores?”. Jesús: “El primero de la segunda serie es el del prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después, el amor al trabajo”. Preguntan: “¿Y basta?”. Jesús: “Basta”. Iscariote exclama: “Pero ¡hay muchos otros amores!”. Jesús: “No. Hay otras hambres o apetitos, pero no amores; son: «desamores»; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por lo tanto,  amores, porque son negaciones, y la negación es odio”. (Escrito el 21 de Junio de 1945).
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1  Nota  : Yabés o   Marziam.  Cfr.  Personajes de la Obra magna: Marziam.   2  Nota  : Juan de Endor o Félix. Cfr. Personajes de la Obra magna: Juan de Endor.
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(<Santiago de Zebedeo quiere preguntar a Jesús sobre el suceso ocurrido ayer en el camino de Modín a Béter, cuando la caravana, en la que viajaban, fue asaltada por unos ladrones. El hecho es que Jesús con su palabra tocó los corazones de los ladrones y consiguió que éstos se alejaran sin causarles daño alguno>)
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3-224-430 (4-86-536).- Solo el demonio y sus hijos resisten al Amor. Los otros, los débiles pero no vendidos al demonio, sea cual sea su bajeza espiritual, son heridos por el Amor.- Fenómenos místicos del apóstol Juan.
* Mateo afirma: “A mí me convirtió su mirada antes que sus palabras”. Jesús dice: Cualquiera, incluso la mirada de un niño, que esté íntimamente unido a Dios, puede obrar cualquier clase de milagro pues Dios obra en él”.- ■ Santiago de Zebedeo pregunta: “Maestro, dime la verdad. Desde ayer te lo quería preguntar. ¿Fueron en verdad tus palabras o tu voluntad para que nada sucediese?”. Jesús sonríe y calla. Mateo responde: “Yo creo que haya sido su voluntad que venció la dureza de esos corazones para paralizarlos y poder así hablar y salvarlos”. Andrés dice: “También digo yo lo mismo. Y por esto Él se quedó allí solo, mirando al bosque; los tenía subyugados con su mirada, con su confianza en ellos, sereno e inerme. ¡Ni siquiera tenía una estaca!…”. Pedro dice: “¡Está bien! Pero esto lo decimos nosotros. Son ideas nuestras. Quiero saberlo del Maestro”. Entonces se enciende una viva discusión, que Jesús permite, entre quien piensa —concretamente Bartolomé— que Jesús, habiendo declarado que no fuerza a nadie, no habrá aplicado la violencia tampoco con esos ladrones, y, por otra parte, Judas Iscariote —apoyado, aunque moderadamente por Tomás—, que dice que no puede creer que la mirada de un hombre tenga tanto poder. Mateo le replica a esto último diciendo: “Eso y más. A mí me convirtió su mirada antes que sus palabras”. Los pros y los contras van y vienen. Juan, como Jesús, guarda silencio, sonríe con la cabeza inclinada (lo hace para disimular su sonrisa). Pedro vuelve al asalto porque ninguna razón de sus compañeros le convence. Piensa y dice que la mirada de Jesús es distinta de la de un hombre cualquiera, y quiere saber si es por ser Jesús, el Mesías, o por ser Dios. ■ Jesús habla: “En verdad os digo que no sólo Yo sino cualquiera, que esté íntimamente unido a Dios con una santidad, una pureza, una fe sin tacha, podrá hacer esto y mucho más. La mirada de un niño, si su espíritu esta unido a Dios, puede hacer caer templos, sin emplear ninguna sacudida como la de Sansón; puede hacer mansas a las fieras lo mismo que a los hombres-fiera, rechazar la muerte, derrotar las enfermedades del espíritu y del cuerpo, obrar cualquier clase de milagros porque Dios obra en él”. Pedro dice: “¡Ah, he entendido!”. Y mira a Juan. Y luego concluye el razonamiento que se hacía en su interior: “Cierto, Tú, Maestro lo has podido porque eres Dios y porque eres Hombre unido con Dios, lo mismo sucede con quien llega o ha llegado a estar unido con Dios. ¡He entendido! ¡He entendido bien!”.
* La clave de esta unión y el secreto de este poder: está en el Amor. El Amor es Dios.  Y si Dios está en vosotros, si lo poseéis de un modo pleno por medio de un amor perfecto, el ojo se convierte en fuego y la palabra se hace poderosa. Y aún más: El ojo se convierte entonces en un arma que desarma. Ni las bestias traen sortilegios consigo, ni hay fórmulas para hacer brujerías, ni hay palabras secretas para hacer milagros.- Jesús dice a Pedro: “Pero ¿no te preguntas acerca de la clave de esta unión, y el secreto de este poder? No todos los hombres lo logran, a pesar de que tienen capacidad para hacerlo”. Iscariote: “¡Exacto! ¿Dónde está la clave de esta fuerza para unirse a Dios y someter las cosas? Una oración, o quizás palabras secretas…”. Jesús: “Hace poco, Judas de Simón culpaba a la cabra de todos los momentos desagradables que han sobrevenido (1). Las bestias no traen sortilegio consigo. Arrojad de vosotros esas supersticiones, que huelen a idolatría y que pueden acarrear males. Y, así como no hay fórmulas para hacer brujerías, tampoco hay palabras secretas para hacer milagros. ■ Tan sólo existe el amor. Como dije ayer anoche, el amor calma a los violentos y sacia a los ávidos. El Amor es Dios. Si Dios está en vosotros, si lo poseéis de un modo pleno por medio de un amor perfecto, el ojo se convierte en fuego que quema todo ídolo y echa por tierra sus imágenes, y la palabra se hace poderosa. Y aún más: El ojo se convierte entonces en un arma que desarma. No se resiste a Dios, al Amor. Sólo el demonio le resiste, porque es el Odio perfecto, y, con él, los que son sus hijos. Los otros, los débiles, los poseídos de una pasión, pero que no se han vendido voluntariamente al demonio, no le resisten: sea cual sea su religión o su alejamiento de cualquier fe, sea cual sea el nivel de su bajeza espiritual, son heridos por el Amor, que es siempre el gran Vencedor. Trata de llegar a esto, y pronto harás lo que hacen los hijos de Dios y los que llevan a Dios consigo”.
* Jesús habla sobre los fenómenos místicos de Juan el apóstol y sobre la clave para juzgar una santidad.- ■ Pedro no quita el ojo de Juan. También las inteligencias de Zelote, de los hijos de Alfeo, de Santiago y Andrés se han despertado e indagan. Santiago de Zebedeo dice: “Pero entonces, Señor, ¿qué cosa ha sucedido a mi hermano? Tú te refieres a él. Él es el muchacho que hace milagros. ¿Es eso?, ¿es así?”. Jesús: “¿Qué ha hecho? Ha pasado una página del libro de la Vida y ha leído y conocido nuevos misterios. Nada más. Os ha precedido porque no se detiene en reflexionar en cada uno de los obstáculos, a sopesar cada dificultad, a calcular si compensa o no; ya no ve el mundo, ve la Luz y a ella va, sin momentos de pausa. Dejadle, dejadle tranquilo. Hay almas que arden más que otras. No se debe poner dificultad a este fuego suyo que alegra y consume. Hay que dejarlas arder, lo cual es al mismo tiempo sumo gozo y sumo esfuerzo. Dios les concede momentos de noche, porque sabe que el ardor mata a estas almas-flor si quedan expuestas a un sol continuo. Dios concede silencio y rocío místico a estas almas flor como a las flores del campo. Dejad al atleta del amor que descanse cuando Dios le deja descansar. Imitad a los maestros de gimnasia que dan reposo a sus alumnos… Cuando hayáis llegado a donde él está, y mucho más lejos —pues tanto vosotros como él llegaréis a más todavía—, comprenderéis la necesidad de respeto, silencio, penumbra que experimentan estas almas de las que el Amor se ha apropiado y a las que ha hecho instrumento suyo. ■ Y no penséis: «Llegado ese momento querré darlo a conocer. Juan se comporta como un necio, porque el alma del prójimo, como la de los niños, desea la seducción de lo maravilloso». No. Cuando lleguéis a este estado, tendréis el mismo deseo de silencio y de penumbra que tiene ahora Juan. ■ Y cuando Yo ya no esté más entre vosotros, acordaos de que, teniendo que juzgar sobre una conversión o sobre una santidad exuberante debéis siempre tener como medida la humildad. Si en uno permanece el orgullo, no os hagáis ilusiones de que esté convertido. Y si en uno, aun cuando sea tenido por «santo», reina la soberbia, estad seguros que santo no es; podrá como un charlatán o un hipócrita hacerse el santo y fingir prodigios, pero no es santo: la apariencia es hipocresía; los prodigios, satanismo. ¿Habéis entendido?”. Santiago: “Sí, Maestro”. ■ Todos se callan pensativos y si las bocas continúan cerradas, los pensamientos se adivinan con claridad a través de sus miradas y expresiones. Simón Zelote se esfuerza en distraer a sus compañeros para tener tiempo de aconsejarles aparte, para insistir en que sepan callar. Tengo la impresión de que Simón Zelote tiene mucho este ministerio en el grupo apostólico; es el moderador, el conciliador, el conejero de sus compañeros, además de ser un apóstol que comprende muy bien al  Maestro. (Escrito el 20 de Julio de 1945).
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1  Nota  : “Judas culpaba a la cabra”.- En la ciudad  filistea de Magdalgad,  mientras los apóstoles predicaban por otras ciudades filisteas, Jesús salvó milagrosamente a un niño y a su parturienta madre, esposa del jefe de Magdalgad. En agradecimiento Jesús recibió un macho cabrío al que sus habitantes iban a ofrecer en sacrificio para romper el maleficio y salvar a la parturienta. Jesús lo había aceptado para llevárselo a Marziam. Grande fue el asombro de los apóstoles cuando vieron a Jesús con el macho cabrío, al cual le atribuirán, desde ese día, muchos de los percances adversos sufridos. Recordando esos días, Pedro dirá. “Me parecía que arrastraba en pos de mía Belcebú”. E Iscariote: “De hecho desde que estuvo con nosotros han sucedido cosas negativas; debido al sortilegio que nos perseguía”.
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(<El grupo de Jesús y apóstoles está realizando el viaje en compañía de unas discípulas y de la Madre>)
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4-247-112 (4-110-668).- “A Magdalena (1) solo un poderoso amor le da fuerzas… Las discípulas viajan también con gusto, por amor”.
* “Un amor verdadero jamás es exclusivista. El amor perfecto ama, con sus debidos niveles, a todo el género humano; también a plantas, animales… ya que todo lo ve en Dios”.- ■ Mientras van caminando por una cañada que hay entre dos colinas, muy bien cultivadas y verdes, desde abajo hasta la cima, Santiago Zebedeo pregunta: “¿En dónde haremos parada, Señor mío?”. Jesús: “En Belén de Galilea. Pero cuando haga calor nos detendremos en el monte que domina Meraba, y así tu hermano será feliz una vez más viendo el mar”. Una sonrisa cubre el rostro de Jesús. Luego añade: “Nosotros los hombres habríamos podido haber avanzado más, pero detrás de nosotros vienen las discípulas que, aunque jamás se lamentan, con todo no debemos cansarlas en exceso. Bartolomé admite: “Jamás se lamentan. Es verdad. Nosotros somos más propensos a hacerlo”. Pedro dice: “Y sin embargo, están menos acostumbradas que nosotros a esta vida…”. Tomás interviene: “Tal vez por esto lo hacen con más gusto”. Jesús: “No, Tomás. Lo hacen gustosas por amor. Recuerda que ni mi Madre, ni las otras mujeres de casa, como María de Alfeo, Salomé y Susana, dejan… así, con gusto, la casa por venir por los caminos del mundo y acercarse a la gente. Ni tampoco Marta y Juana, cuando ésta también venga, que no están acostumbradas a estas fatigas, lo harían con gusto si no las moviera el amor. ■ Respecto a María Magdalena solo un poderoso amor le puede dar fuerzas para soportar este tormento”. Iscariote pregunta: “¿Por qué se lo has impuesto, si sabes que es tortura? No es buena cosa ni para ella ni para nosotros”. Jesús: “Ninguna otra cosa podría persuadir al mundo de su indudable cambio que una demostración clara. María quiere convencer al mundo de que ha cambiado. Su separación del pasado ha sido perfecta. Es completa”. Iscariote: “¡Habrá que ver! Es todavía pronto para afirmarlo. Cuando se ha acostumbrado uno a un determinado género de vida, difícilmente se separa del todo. Amistades y nostalgias nos llevan otra vez a él”. Mateo pregunta: “¿Tienes tú entonces nostalgia de tu vida de antes?”. Iscariote: “Yo… no. Lo hago por decir. Yo soy: un hombre, que ama al Maestro y… en resumidas cuentas tengo en mí medios que me sirven para preservar en mi propósito, pero ella es una mujer, y ¡qué mujer! Y, además,  aunque su actitud fuese bien firme no es muy agradable tenerla con nosotros. Si tuviésemos que encontrarnos con rabíes o sacerdotes, o grandes fariseos, pensad que no sería placentero el momento. Me sonrojaría de vergüenza desde ahora”. Jesús: “No te contradigas, Judas. Si realmente has destruido los puentes que te unían con el pasado, como tratas de insinuar, ¿por qué te duele tanto que una pobre alma nos siga para completar su transformación en el bien?”. Iscariote: “Por amor, Maestro. Yo también lo hago todo por amor por Ti”. ■ Jesús: “Entonces perfecciónate en este amor tuyo. Un amor, para serlo verdaderamente, no debe jamás ser exclusivista. Cuando uno sabe amar un solo objeto y no sabe amar ningún otro, aun cuando se sienta correspondido, demuestra con esto que no posee el verdadero amor. El amor perfecto ama, con sus debidos niveles, a todo el género humano, y también a los animales y vegetales, a las estrellas y al agua, ya que todo lo ve en Dios. Ama a Dios como es debido y ama todo en Dios. No olvides que el amor exclusivista es casi siempre un egoísmo. Por lo tanto procura llegar a amar también a los otros por amor”. Iscariote: “Sí, Maestro”. La discusión termina tan pronto se acercan las mujeres que vienen con Magdalena, la cual no sabe que ha sido el objeto de ella. (Escrito el 8 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Según esta Obra, María Magdalena, una vez convertida, se unía como discípula al grupo de Jesús y apóstoles en compañía de otras discípulas.
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(<Jesús con el grupo de apóstoles y discípulas ha llegado a la cima de una colina, donde se encuentran con un bosque de árboles.  Se sientan a su sombra para descansar y tomar alimentos>)
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4-247-115 (4-110-671).- La Virgen habla a María Magdalena sobre la oración mental y vocal.
* “La oración para que sea realmente oración, debe ser amor”.- ■ Pasan las horas en la sombra susurrante del aireado bosque.  Quién duerme, quién habla en voz baja, quién contempla el panorama. Juan se aparta de sus compañeros y busca un lugar más alto para ver mejor. Jesús se aparta a un lugar retirado para orar y meditar. Las mujeres, por su parte, se han retirado tras una cortina flotante de madreselva toda en flor; allí se han ido a refrescar, en un insignificante manantial que, reducido a un hilo de agua, forma en la tierra un charco que no logra transformase en arroyo. Terminado esto, las de más edad se han dormido, cansadas. María Stma. con Marta y Susana están hablando de su casa, ya lejana, y María dice que le gustaría tener esa hermosa mata toda en flor como revestimiento de su pequeña gruta. ■ La Magdalena, que se había soltado los cabellos, no pudiendo resistir su peso, se los recoge de nuevo y dice: “Voy con Juan, ahora que está con Simón, a ver el mar”. La Virgen dice: “También voy yo”. Marta y Susana se quedan con las que están durmiendo. Para llegar a donde están los dos apóstoles deben pasar cerca del lugar donde Jesús, solo, está en oración. Dice la Virgen en voz baja: “Mi Hijo encuentra su descanso en la oración”. Magdalena observa: “Me parece que será indispensable para Él retirarse para mantener ese maravilloso dominio que tiene, y que el mundo somete a dura prueba. ¿Sabes, Madre? Hice lo que me dijiste. Cada noche me retiro durante un tiempo más o menos largo para poder restablecer dentro de mí misma esa calma que se ve turbada por muchas cosas; después, me siento mucho más fuerte”. Virgen: “Por ahora te sientes fuerte, más tarde, feliz. Créeme, María, que bien en la alegría como en el dolor, bien en la paz como en la lucha, nuestro espíritu tiene necesidad de sumergirse dentro del océano de la meditación para reconstruir lo que el mundo y las vicisitudes humanas debilitan, para crearse nuevas fuerzas, para poder subir siempre hacia arriba. ■ En Israel usamos y hasta abusamos de la oración vocal. No quiero decir que sea inútil o que no agrade a Dios; pero sí digo que siempre es mucho más útil para el corazón elevarse a Dios con la mente, la meditación, en que, contemplando su divina perfección y nuestra miseria, o la miseria de tantas pobres almas —no ya para criticar de ellas, sino para compadecernos de ellas y comprenderlas, y para agradecer al Señor que nos ha sostenido para que no pecásemos, o nos ha perdonado para no dejarnos caídas—, llegamos realmente a orar, esto es, a amar. Porque la oración para que sea realmente oración, debe ser amor. Si  no,  no es más que un murmullo de labios, de los que el alma está ausente”.
* ¿Puede Dios escuchar el grito de amor de un espíritu arrepentido pero poco purificado?”.- ■ Magdalena pregunta: “¿Pero es lícito hablar con Dios, teniendo los labios todavía sucios de muchas palabras profanas? Yo, en mis horas de recogimiento, que hago como me enseñaste tú, mi apóstol dulcísimo, no permito a mi corazón, que querría decirle a Dios: «Te amo»…”. Virgen: “¡No! ¡Eso no! ¿Por qué?”. Magdalena: “Porque me parece que sería un ofrecimiento sacrílego por mi parte ofrecerle mi corazón…”. Virgen: “No lo vuelvas a hacer, hija. No lo vuelvas a hacer. Ante todo, mi Hijo te ha vuelto a consagrar el corazón con su perdón y el Padre no ve otra cosa más que éste perdón. Pero aun en el supuesto de que Jesús no te hubiera perdonado, y tú, en un lugar solitario, que puede ser tanto material como moral, gritases a Dios: «¡Te amo, Padre, perdona mis miserias, porque me duelen por el pesar que te causan», créeme, María, que Dios Padre te absolvería por su parte y le sería agradable tu grito de amor.
.   ● Abandónate al amor. Deja que el amor  adquiera en ti la violencia de un fuego devorador”.- ■ Virgen: “Abandónate, abandónate al Amor. No le hagas violencia; antes al contrario, deja que el amor adquiera en ti la violencia de un fuego devorador. El fuego consume todo lo material, pero no destruye una molécula de aire, porque el aire es incorpóreo (al contrario: lo purifica de los desperdicios pequeñitos que en él esparce el viento, lo hace más ligero). De igual modo se comporta el amor con el espíritu: destruye la materia del hombre, si Dios lo permite, mas no destruye el espíritu, sino que acrecienta su vitalidad y le hace puro y ágil para que suba a Dios”.
* “Juan y Zelote, incluso Lázaro, han comprendido el secreto de su fuerza: la meditación amorosa”.- ■ La Virgen prosigue hablando a Magdalena: “¿Ves ahí a Juan? Es realmente muy joven, y con todo es un águila. Es el más fuerte de todos los apóstoles, porque ha comprendido el secreto de la fortaleza, de la formación espiritual: la meditación amorosa”. Magdalena: “Él es puro. Yo… Él es un muchacho, yo…”. ■ Virgen: “Pues mira entonces a Zelote, que no es un muchacho. Ha vivido su vida, ha luchado, ha odiado. Lo confiesa sinceramente. Pero aprendió a meditar. Y créeme, también él está muy en alto. ¿Ves? Se buscan ambos, porque se sienten iguales. Han llegado a la misma edad perfecta del espíritu y con el mismo medio: la oración mental. Por medio de ella el muchacho se ha hecho adulto en el espíritu; y por ella, el otro, ya mayor y cansado, ha vuelto a encontrar una robusta virilidad. Y, ¿sabes?, hay otro que, sin ser apóstol, adelantará mucho —es más, ya está muy adelantado— por su inclinación natural a la meditación, que desde que es amigo de Jesús se ha hecho en él una necesidad espiritual. Tu hermano”. Magdalena: “¿Mi hermano Lázaro?…”.  (Escrito el 8 de Agosto de 1945).
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(<El pastor Isaac, ahora discípulo, ha evangelizado en tierras siro fenicias y ha congregado allí a un grupo de sus moradores deseosos de conocer y oír directamente al Maestro>)
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4-251-142 (4-114-701).- “Veis cómo un acto de caridad de la mujer de Sarepta no sólo quita el hambre… sino que también instruye al alma en la Sabiduría del Señor”.
* “Os comparo con la única mujer de Sarepta que acogió al Profeta: El Señor la premió con tres milagros por su caridad”.- ■ Son las primeras horas de la mañana cuando Jesús llega ante la ciudad de Tiro. Algunas barcas siguen a la suya. La ciudad, de un modo extraño, se adentra en el mar, como si estuviera construida en un istmo; o, más exactamente, como si un estrecho istmo uniera sus dos partes: la que se penetra completamente en el mar y la que se extiende sobre la orilla. Vista desde el mar parece un enorme hongo (su cabeza, parecida a un sombrerete, acostada en las olas, hincada su base en la costa, y como pie el istmo). A los lados del Istmo hay dos puertos: uno, el que mira al norte, menos cerrado, está lleno de pequeñas embarcaciones; el otro, situado al sur, mejor protegido, está lleno de grandes navíos que acaban de llegar, o que están por partir. “Hay que ir allá” dice Isaac, señalando hacia el puerto de las pequeñas embarcaciones. “Allá están los pescadores”. Costean la isla y veo que el istmo es artificial, una especie de dique ciclópeo que une la islilla con la tierra firme. ¡En aquellos tiempos se construía sin tacañerías! Deduzco, de esta obra y del número de naves ancladas en sus puertos, que debía ser una ciudad rica y muy activa comercialmente. Detrás de la ciudad, tras una zona plana, hay algunas colinas bajas y de hermoso aspecto. En la lejanía se puede distinguir el gran Hermón y la cadena libanesa. También deduzco que esta ciudad sea una de las ciudades que vi yo desde el Líbano. ■ La barca de Jesús, entre tanto, está llegando al puerto que da al norte, a la rada del puerto (no atraca, sino que avanza lentamente, a fuerza de remos, hasta que Isaac ve a los que buscaba y los llama gritando). Se acercan dos hermosas barcas de pesca. Los pescadores se inclinan hacia las barcas más pequeñas de los discípulos. Isaac les dice: “Amigos míos, el Maestro está con nosotros. Venid, si queréis oírle hablar. Al atardecer regresará a Sicaminón”. Pescadores: “Enseguida. ¿A dónde  vamos?”. Isaac: “A un lugar tranquilo. El Maestro no baja a Tiro, ni a la ciudad de tierra firme. Hablará desde la barca. Escoged un lugar que esté a la sombra y protegido”. Pescadores: “Venid hacia las rocas, detrás de nosotros. Allí hay ensenadas tranquilas y con sombra. Podréis incluso bajar a tierra”. Se dirigen a una concavidad del arrecife, más al norte. La pared rocosa de la costa, separada a pico, protege del sol. El lugar es solitario, solo poblado de gaviotas y palomas que salen para hacer sus incursiones en el mar y vuelven con grandes chillidos a sus nidos de la roca. Pero en esto, otras pequeñas embarcaciones se han ido uniendo a las que van en cabeza, de manera que ya hay una pequeña flotilla. En el fondo de este minúsculo golfo hay una insignificancia de playa, verdaderamente una insignificancia, una pequeña explanada pedregosa; pero puede dar acogida a un centenar de personas. Bajan sirviéndose de un escollo largo y liso que, cual si fuera un espigón natural, sobresale del agua, y se colocan en la explanada pedregosa y brillante de sal. Son hombres morenos, delgados, quemados por el sol y el mar. Bajo sus vestidos cortos aparecen los miembros ágiles y delgados. Se nota claramente la diversidad de razas al compararse con la de los judíos que están aquí presentes (diversidad que se ve menos respecto a los galileos). Podría decir que estos siro-fenicios tienen más semejanza con los antiguos filisteos que con los pueblos vecinos; al menos, éstos que veo yo. ■ Jesús se pone pegando a la pared rocosa de la costa y empieza a hablar. “Se lee en el libro de los Reyes (1) cómo el Señor mandó a Elías que fuese a Sarepta de los Sidonios. Había entonces una sequía y carestía que azotaba la tierra ya por tres años. No es que al Señor le faltaran recursos para saciar el hambre de su profeta en cualquier lugar. Ni le mandó a Sarepta porque en esta ciudad abundasen alimentos; es más, allí la gente ya moría de hambre. ¿Por qué entonces Dios envió a Elías tesbita? Había en Sarepta una mujer de corazón recto, viuda y santa, madre de un niño; era pobre y sola, la cual, a pesar de todo no se rebelaba contra el tremendo castigo, ni se mostraba egoísta a pesar de padecer hambre, ni era desobediente. Dios la quiso premiar con tres milagros: uno por el agua que ofreció al sediento; otro por el panecillo que coció bajo las cenizas, cuando ella no tenía sino un puñado de harina; y el tercero por la hospitalidad que ofreció al profeta. Le dio pan y aceite, la vida de su hijo y el conocimiento de la palabra de Dios. ■ Así podéis ver cómo un acto de caridad no sólo quita el hambre del cuerpo y aleja el dolor de la muerte, sino que también instruye al alma en la Sabiduría del Señor  Vosotros disteis alojo a los siervos del Señor y Él os da la palabra de la Sabiduría. A estas tierras a donde no llega la palabra del Señor, ved que una buena acción la trae. Os puedo comparar con la única mujer de Sarepta que acogió al Profeta. También vosotros aquí sois los únicos en acoger al Profeta. Si hubiese bajado a la ciudad los ricos y poderosos no me habrían acogido, los atareados y los marineros de las naves no habrían puesto atención e inútil hubiera quedado mi venida. Ahora os dejaré y vosotros diréis: «¿Pero qué somos nosotros? Un puñado de hombres. ¿Qué poseemos? Una gota de sabiduría». Y sin embargo os digo: «Os dejo con el encargo de anunciar la hora del Redentor». Os dejo repitiendo las palabras de Elías profeta: «La olla de harina no se agotará, el aceite no disminuirá hasta que venga quien más abundantemente lo distribuya». Ya lo habéis hecho. Porque hay aquí fenicios mezclados con vosotros, los del Carmelo. Señal es de que habéis hablado como se os habló a vosotros. Ved que el puñado de harina y la gota de aceite no se han agotado, sino que han aumentado cada vez más. Continuad haciendo que aumente. Y si os parece extraño el que Dios os haya acogido para esta obra, porque no os sintáis capaces de llevarla a cabo, pronunciad la palabra de la profunda confianza: «Me fiaré de tu palabra y haré lo que Tú dices»”.  (Escrito el 12 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Cfr. 1 Rey. 17.
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(<El grupo de apóstoles y discípulas con la Madre, Jesús ausente, ha llegado a la llanura de Esdrelón donde están los campos del fariseo Yocana. Este fariseo acaba de comprar unas tierras a su pariente Doras. Tierras baldías y desoladas, después de haber sido maldecidas por Jesús en un viaje anterior, “como castigo del egoísmo de un injusto y cruel hombre”, al ver el trato inhumano dispensado por Doras a sus trabajadores campesinos. Junto con las tierras han pasado también al nuevo patrón los campesinos. Cfr. Personajes de la Obra magna: Doras/Yocana>)
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4-260-203 (5-123-765).- Dos parábolas de Pedro para los campesinos de la llanura de Esdrelón   sobre el amor: leña convertida en fuego y el cordero en asado.
* Judas, todavía no has entendido nada. El Evangelio es realmente la Buena Nueva llevada a los pobres, enfermos, abandonados para que reciban ayuda y consuelo. Después será también de los demás”.- ■ “¿Qué estáis haciendo, amigos, junto a este fuego?” pregunta Jesús al encontrar a sus discípulos alrededor de una hoguera bien alimentada que resplandece en las primeras sombras de la noche en un cruce de caminos de la llanura de Esdrelón. Los apóstoles, que no le habían visto llegar, se sobresaltan y se olvidan del fuego para recibir con aclamaciones al Maestro, como si hiciera un siglo que no le viesen. Luego explican: “¡Calla! Hemos resuelto una cuestión entre dos hermanos de Yezrael, y quedaron tan contentos que cada uno nos han regalado un cordero. Pensamos en cocinarlo y dárselos a los de Doras. Miqueas de Yocana los ha degollado y preparado. Ahora  los vamos a poner a que se asen. Tu Madre con María y Susana han ido a advertir a los de Doras para que vengan cuando se haga de noche, cuando ya a estas horas el administrador se encierra en casa a darse a la bebida. Las mujeres llaman menos la atención… Nosotros buscamos la manera de verlos, pasando como viandantes por sus campos, pero poco se ha hecho. Habíamos decidido reunirnos esta noche aquí y decir… algo más, para el alma, y poner los medios para que sintiesen bien también en los estómagos, como has hecho Tú otras veces. Pero, ahora que Tú estás aquí, será mucho mejor”. ■ Jesús: “¿Quién iba a hablar?”. Pedro dice: “Hombre, pues, un poco todos. Así, una cosa espontánea, familiar. No somos capaces de mayor cosa, y mucho más si se tiene en cuenta que Juan, Zelote y tu hermano no quieren hablar, y tampoco Judas de Simón; también Bartolomé busca la manera de no hablar… Incluso hemos discutido por este motivo…”. Jesús:  “¿Y por qué estos cinco no quieren hablar?”. Pedro: “Juan y Simón porque dicen que no está bien que siempre ellos hablen… Tu hermano porque quiere que yo hable, pues dice que de otro modo jamás empezaré… Bartolomé porque… porque tiene miedo de hablar mucho, como si fuera maestro, y de no saberlos convencer. Como ves son disculpas…”. Jesús: “Y tú Judas de Simón, ¿por qué no quieres hablar?”. Iscariote: “Por las mismas razones de los demás. Son justas todas…”. Jesús: “Muchas razones, y una no ha sido dicha. Ahora yo soy el juez y con sentencia inapelable. Tú, Simón de Jonás, hablarás como dice Tadeo, que dice sabiamente. Y tú, Judas de Simón, también hablarás. De este modo, una de las razones, la que sabe Dios y también tú, dejará de existir”. Iscariote replica: “Maestro, créeme que no hay más…”. Pedro le interrumpe diciendo: “¡Oh, Señor! ¿Hablar yo, estando Tú presente? No lo lograré. Tengo miedo de que te rías de mí…”. Jesús: “No quieres estar solo… no quieres estar conmigo… ¿Qué quieres, pues?”. Pedro: “Tienes razón. Pero… ¿qué diré?”. Jesús: “Mira a tu hermano que viene ahora con los corderos. Ayúdale, y mientras los cocinas, pensamos. Cualquier cosa nos puede dar pie para hablar”. Pedro pregunta incrédulo:  “¿Hasta un cordero sobre las llamas?”. Jesús: “Hasta eso. Obedece”. Pedro da un fuerte suspiro, verdaderamente conmovedor, pero no replica más. Se llega donde Andrés y le ayuda a ensartar a los animales en una puntiaguda estaca que hace de asador, y se pone a cuidar del asado con una concentración en el rostro que le hace asemejarse a un juez  en el momento de dar la sentencia. ■ Jesús dice a Judas: “Vamos al encuentro de las mujeres, Judas de Simón”, y se va hacia los campos muertos de Doras. Un rato después, sin preámbulos, dice: “Un buen discípulo no desprecia lo que el Maestro no desprecia, Judas”. Iscariote: “Maestro, no desprecio, pero como Bartolomé, siento que no seré entendido y prefiero callar”. Jesús: “Natanael lo hace por miedo a no cumplir mi deseo, esto es, iluminar y consolar corazones. Hace mal también, porque le falta la confianza en el Señor. Pero tu caso es mucho peor, porque no es que tengas miedo a no ser comprendido, es que desprecias el hacerte comprender de unos pobres campesinos, ignorantes en todo excepto en la virtud. En ésta sinceramente superan a muchos de vosotros. Todavía no has entendido nada, Judas. El Evangelio es realmente la Buena Nueva llevada a los pobres, a los enfermos, a los esclavos, a los abandonados. Después será también de los demás, pero se da precisamente para que los infelices, de todo tipo e infelicidad, reciban ayuda y consuelo”. Judas baja la cabeza y no responde nada. ■ María, María de Cleofás y Susana salen de entre una espesura de plantas. “Madre, ¡buenas tardes! ¡La paz sea con vosotras, mujeres!”. Virgen: “¡Hijo mío! He ido a ver… a esos pobrecitos. Pero he recibido una noticia que sirve para que mi sufrimiento no exceda los límites. Doras ha dejado estas tierras, y las toma Yocana. No es que sea un paraíso, pero ya no es aquel infierno. Hoy el administrador se lo ha dicho a los campesinos. Doras ya se ha marchado llevándose en sus carros hasta el último grano de trigo de forma que ha dejado a todos sin comer. Y como, además, el vigilante de Yocana tiene comida solo para los suyos, pues los de Doras se habrían tenido que quedar sin comer. Han sido realmente providencia esos corderos”. Susana dice irritada: “También es providencial el que no pertenezcan ya a Doras. Hemos visto sus chozas… ¡Pocilgas!…”. María de Cleofás añade: “¡Todos esos pobrecitos son felices!”. Jesús dice: “También Yo estoy contento. Estarán siempre mejor que antes”, y vuelve hacia donde están los apóstoles. Juan de Endor le alcanza, con unos cántaros de agua que lleva con Ermasteo (1). “Nos los dieron los de Yocana” dice, después de haber hecho la reverencia a Jesús. ■ Vuelven todos al lugar en que están siendo asados los dos corderos en medio de espesas nubes de humo. Pedro sigue dando vueltas a su asado mientras rumia sus pensamientos. Judas Tadeo, por su parte, teniendo abrazado por la cintura a su hermano, va y viene caminando mientras habla muy animadamente. Los otros… quién parte leña, quién prepara las tablas para la mesa y trayendo grandes piedras para que hagan de asiento o de mesa, no sé. En esto, llegan los campesinos de Doras. Mucho más flacos y harapientos que la última vez. ¡Y, sin embargo, tan felices! Son unos veinte. No hay ni siquiera una mujer ni un niño: hombres pobres y solos… Jesús: “La paz sea con vosotros y bendigamos juntos al Señor por habernos dado un patrón mejor. Bendigámoslo rogando por la conversión del que nos hizo tanto sufrir. ¿No es verdad? ¿Estás contento, padre? Yo también. Podré venir más frecuentemente con el niño. ¿Te dijeron? Lloras de alegría, ¿verdad? Ven, ven sin temor…” dice hablando con el abuelo de Marziam (2), el cual, inclinado, le besa las manos y en medio de lágrimas le dice: “No pido más al Altísimo. Me dio más de lo que pude haberle pedido. Ahora quisiera morir, por miedo a vivir todavía el tiempo para volver a mi sufrimiento”. ■ Un poco cohibidos al principio por estar con el Maestro, los campesinos se sienten poco a poco serenos y seguros. De forma que cuando traen los corderos y los ponen sobre unas grandes hojas extendidas encima de las piedras que habían traído antes  —luego se hacen las partes poniendo cada parte encima de un pedazo grande de pan que hace de plato— están ya tranquilos, dentro de su sencillez, y se ponen a comer con ganas para saciar toda el hambre acumulada; mientras tanto, cuentan los acontecimientos últimos. Uno de ellos dice: “Siempre he maldecido langostas, topos y hormigas, pero desde ahora los voy a ver como mensajeros del Señor, porque, debido a ellos, salimos de ese infierno”.  Y, a pesar de que comparar hormigas y langostas con las legiones angélicas es un poco fuerte, nadie se ríe porque todos sienten el drama que se esconde detrás de esas palabras. ■ La llama ilumina esta reunión, pero las caras no miran a la llama, y pocos miran a lo que tienen delante. Todos los ojos convergen en el rostro de Jesús. Solo se distraen, por algún instante, cuando María de Alfeo, que se ocupa en hacer las porciones, vuelve a poner carne en los panes de los hambrientos campesinos, y termina su obra envolviendo en dos largas hojas dos pedazos de carne y le dice al anciano abuelo de Marziam: “Ten. Así también mañana tendréis algo que comer. Mientras, el vigilante de Yocana proveerá”. Anciano: “Pero vosotros…”. María de Alfeo le interrumpe: “Nosotros caminaremos más ligeros. ¡Toma, toma, hombre!”. No quedan de los dos corderos sino los huesos descarnados y un olor fuerte a grasa, que todavía sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco va apagándose, y en su lugar entran los rayos luminosos de la luna.
* Predicación de Iscariote: “Todo en vosotros conjura para alejaros del Reino. Porque difícilmente podéis vivir sin rencores. Por eso, para vosotros es casi imposible la perfección del amor”.- ■ También se unen a los otros los campesinos de Yocana. Es la hora de hablar. Los ojos azules de Jesús buscan a Judas Iscariote, que se ha puesto al lado de un árbol, un poco en la zona de sombra. Viendo que muestra no entender esa mirada, Jesús con voz fuerte le llama: “¡Judas!”. Es inevitable el levantarse y acercarse. Jesús: “No te apartes. Te ruego que hables por Mí. Estoy muy cansado. ¡Si no hubiera llegado esta tarde, por supuesto que tendríais que haber hablado vosotros!”. Iscariote: “Maestro… no sé qué decir… Hazme, al menos, preguntas”. Jesús: “No las tango que hacer Yo”, y después dirigiéndose a los campesinos: “A vosotros: ¿qué deseáis oír?, ¿qué deseáis que se os explique?”. Se miran unos a otros… no saben qué decir… Por fin uno de ellos dice: “Hemos conocido el poder y la bondad del Señor, pero poco sabemos de su doctrina. Ahora que estamos con Yocana, tal vez podremos saber algo más. Pero tenemos muchísimos y vivos deseos de saber cuáles son las cosas indispensables que deben hacerse para obtener el Reino que promete el Mesías. ¿Con la nada que podemos hacer podremos obtenerlo?”. ■ Judas Iscariote habla: “La verdad es que os encontráis en condiciones muy duras. Todo, en vosotros y a vuestro alrededor, conjura para alejaros del Reino. La falta de libertad para venir donde el Maestro cuando quisierais;  la condición de siervos de un patrón, que, si bien no es una hiena como Doras, es, por las noticias que tenemos, un moloso que tiene bien prisioneros a sus siervos; los sufrimientos y las humillaciones en que os encontráis… son condiciones desfavorables para vuestra elección para el Reino. Porque difícilmente en vosotros no habrá resentimientos y sentimientos de rencor, críticas y venganza contra quien tan duramente os trata; y lo mínimo necesario es amar a Dios y al prójimo; sin esto no hay salvación. Deberéis vigilar para contener vuestro corazón dentro de una sumisión pasiva a la voluntad de Dios que se manifiesta en vuestro destino; y, aguantando pacientemente a vuestro patrón, sin permitir a vuestro pensamiento siquiera la libertad de un juicio, que está claro que no podría ser benévolo respecto al amo, ni de agradecimiento por vuestra… por  vuestro… En una palabra, deberéis no reflexionar, para no tener sentimientos de rebeldía que matarían el amor: quien no tiene amor no tiene salvación, porque contraviene al primer precepto. Yo, de todas formas, estoy casi seguro de que os podréis salvar, porque veo en vosotros la buena voluntad unida a una mansedumbre de corazón, lo cual es buen augurio de que sabréis tener lejos de vosotros el odio y el espíritu de venganza. Por lo demás, la misericordia de Dios es tan grande que os perdonará todo lo que ahora falta a vuestra perfección”. ■ Un momento de silencio. Jesús tiene la cabeza muy baja y no se le puede ver la expresión de su rostro. A los demás se les ve la cara, y no se puede decir que sean caras dichosas: las de los campesinos expresan más abatimiento que al principio; las de los apóstoles y las de las mujeres, estupor, diría que casi miedo. El anciano responde humildemente: “Trataremos de que no se levante en nosotros ningún pensamiento que no sea de paciencia y de perdón”. Otro campesino dice: “La verdad es que será difícil llegar a la perfección del amor; sobre todo para nosotros, ¡que ya es mucho si no nos hemos convertido en asesinos de nuestros torturadores! El corazón sufre, sufre, y, aunque no odie, le cuesta mucho amar, como esos niños macilentos que tienen dificultad en crecer…”.
* Predicación de Pedro: 1ª parte: “el fuego del amor convertirá la leña en fuego”.- ■ Pedro, para consolarles, les dice: “No, no, hombre. Yo, por el contrario, creo que precisamente por el hecho de que habéis sufrido tanto, sin haberos convertido en asesinos o vengativos, tenéis un corazón más fuerte que el nuestro en el amor. Amáis sin siquiera caer en la cuenta”. Y se da cuenta de haber hablado y se interrumpe para decir: “¡Oh, Maestro! Pero… me dijiste que debía de hablar… que encontrase el tema incluso en el cordero que asaba. He seguido buscando palabras consoladoras para nuestros hermanos, propias para su caso particular. Pero, la verdad es que —sin duda alguna, porque soy como un pedazo de tonto—, no pude encontrar nada apropiado, y, sin saber cómo, me vi muy lejos, en pensamientos que no sé si llamar extravagantes —en ese caso serían míos— o santos —entonces provendrían del Cielo—; yo los voy a decir tal como me llegaron, y Tú, Maestro, me harás el favor de explicarme o de corregírmelos. Y pido de todos vosotros un poco de comprensión para conmigo. ■ Así pues, estaba mirando lo primero la llama y me vino este pensamiento: «¿De qué está hecha la llama? Viene de la leña. Pero la leña por sí sola no arde; es más, si no está bien seca, no arde de ninguna manera, porque el agua la carga e impide que la yesca la encienda. La leña, cuando está muerta, acaba incluso pudriéndose, reduciéndose al polvo, por la carcoma;  pero por sí sola, no se enciende. Ahora bien, si una persona la prepara adecuadamente, y le acerca el eslabón y la yesca, y hace saltar la chispa, y favorece que la chispa prenda soplando en las ramas delgadas para aumentar la llamita inicial —porque se empieza siempre por las cosas más menudas—, entonces la llama brota, prende fuerte, se hace útil, arremete contra todo hasta los troncos más gruesos». Y me decía a mí mismo: «Nosotros somos la leña. Por nosotros mismos no podemos encendernos. Pero, eso sí, es necesario en nosotros el cuidado de no estar demasiado cargados de la pesada agua de la carne y de la sangre para permitir que la yesca se encienda con su chispa. Y debemos desear arder, porque si permanecemos inertes, podemos ser destruidos por la intemperie y la carcoma, es decir, por nuestra humanidad y el demonio. Sin embargo, si nos abandonamos al fuego del amor, éste comenzará a quemar las ramitas más débiles y las destruirá, —las ramitas, para mí, eran las imperfecciones—; luego crecerá la llama y arremeterá contra la leña más gorda, o sea, las pasiones más fuertes. Y nosotros, que somos leña, cosa material, dura, oscura y hasta fea, nos convertiremos en esa cosa hermosa, incorpórea, ágil, brillante, que es la llama. Y todo esto por habernos prestado al amor, que es el eslabón y la yesca, que hacen, de nuestro miserable ser de hombre pecador, un ángel del futuro, el ciudadano del Reino de los Cielos». Este ha sido mi pensamiento”. ■ Jesús ha alzado un poco la cabeza y está escuchando con los ojos cerrados y un asomo de sonrisa en sus labios. Los demás miran admirados a Pedro, todavía con estupor, pero ya sin temor alguno.
* Predicación de Pedro: 2ª parte: Los corderos (evocan al Cordero, Mesías. Salvador) envueltos por el fuego (amor) se convierten en alimento sano. Resumen: todo el bien lo hace el amor. ■ Pedro continúa tranquilamente: “Me vino otro pensamiento al ver cómo se asaban los animales. No digáis que soy pueril en mis pensamientos. El Maestro me dijo que los buscara en lo que estaba viendo… y obedecí. Así, pues, estaba mirando a los corderos y me decía: «Mira, son dos seres inocentes y mansos. Nuestra Escritura está llena de alusiones al Cordero (3), tanto para recordar al Mesías prometido y Salvador (ya desde la alusión a Él en el cordero mosaico), como para enseñarnos que Dios tendrá compasión de nosotros. Lo dicen los profetas. Viene a congregar a sus ovejas, a socorrer a las heridas, a cargar sobre sí a las que tienen algún miembro fracturado. ¡Cuánta bondad!», decía. «¿Cómo se ha de tener miedo a un Dios que promete tener tanta compasión con nosotros, miserables?». Y me añadía a mí mismo: «tenemos que ser mansos, al menos mansos, dado que no somos inocentes; mansos y estar deseosos de que el amor nos consuma. Porque, hasta el más bonito y puro de los corderitos, una vez matado, ¿en qué acaba, si el fuego no le asa? Pues en una carroña podrida. Mientras que, si le envuelve el fuego, se convierte en alimento sano y bendito». ■ Y terminaba así: «En resumidas cuentas, todo el bien lo hace el amor, que nos despoja de los lastres de nuestra humanidad, nos hace brillantes y útiles, nos hace buenos para con los hermanos, y gratos a los ojos de Dios; sublima nuestras buenas cualidades naturales hasta un nivel que recibe el nombre de virtudes sobrenaturales. Y quien es virtuoso es santo, quien es santo posee el Cielo. Por tanto, lo que nos abre los caminos de la perfección no es ni la ciencia ni el temor, sino el amor, el cual, mucho más que el temor al castigo, nos mantiene alejados del mal por el deseo de no afligir al Señor, nos hace sentir compasión de nuestros hermanos y amarlos, porque vienen de Dios. Por tanto, el amor es la salvación y santificación del hombre». En estas cosas pensaba mientras miraba a mi asado, obedeciendo a mi Jesús. Perdonad si solo son éstas, pero a mí me han hecho bien; os las doy con la esperanza de que también a vosotros os  hagan bien”. ■  Jesús abre sus ojos. Están radiantes. Alarga un brazo y pone la mano sobre el hombro de Pedro: “En verdad que has encontrado las palabras que debías. La obediencia y el amor han hecho que las encontraras; la humildad y el deseo de dar consuelo a los hermanos harán a éstos otras tantas estrellas en su Cielo oscuro. ¡Dios te bendiga, Simón de Jonás!”. Pedro: “Que Dios te bendiga, Maestro mío. ¿Tú no hablas?”. Jesús: “Mañana los campesinos entrarán en su nueva condición de dependencia. Bendeciré su entrada con mi palabra. Ahora id en paz y Dios sea con vosotros” (Escrito el 23 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magnaErmasteo.   2  Nota  :  Abuelo de Marziam.- Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Marziam.    3  Nota  : Cfr.  Is. 52,13-53,12;  Jer. 11,19.
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4-261-210 (5-124-773).- Exhortación a los campesinos de Doras y Yocana: el amor es obediencia, salvación.
* Jesús resume la predicación de Pedro: “El amor transforma la naturaleza humana pesada en naturaleza sobrenatural y puede hacer que un hombre viva en el ambiente de Dios. Por tanto, en el amor está la  salvación”.- ■ Todavía no ha surgido del todo la aurora. Jesús está de pie, en medio del destruido huerto de Doras: solo se ven plantas muertas, o que pronto lo serán, y muchas de las cuales han sido ya derribadas o arrancadas del suelo. Alrededor de Jesús están los campesinos de Doras y de Yocana y los apóstoles, algunos de pie, otros sentados sobre los troncos tirados. Jesús empieza a hablar: “Un nuevo día y una nueva despedida. No soy Yo el Único que se marcha, también vosotros partís (si no con el cuerpo, sí moralmente), porque pasáis bajo otro patrón. Viviréis así unidos a otros compañeros buenos y piadosos y formaréis una familia en la que podréis hablar de Dios y de su Verbo sin recurrir a escapatorias para hacerlo. Sosteneos unos a otros en la fe, ayudaos recíprocamente, sed indulgentes unos con otros en los defectos personales de cada uno, edificaos recíprocamente. Esto es amor. Ayer anoche, si bien de distinta forma, habéis oído por boca de mis apóstoles cómo en el amor está la salvación. Simón Pedro, con palabras sencillas y buenas, os ha hecho reflexionar sobre cómo el amor transforma la naturaleza humana pesada en naturaleza sobrenatural. Y os ha hablado de cómo el amor, de una persona que sin él puede acabar corrompida o siendo un corruptor de otros (cual animal matado que no se asa), o cuanto menos, un inútil (cual leña que empieza a pudrirse en el agua y no sirve para el fuego), de esa persona, dijo, puede hacer un hombre que viva en el ambiente de Dios (por tanto, un ser que sale de la corrupción y se hace útil para el prójimo)”.
“Creedlo, el amor es la la gran fuerza del Universo. Su ausencia (egoísmo) provoca todas las desventuras (muerte, enfermedad, guerra, destrucción de familias), incluso la dureza de los que no quieren convertirse” (Doras).-Jesús: “Porque creedlo, hijos, la gran fuerza del universo es el amor. Jamás me cansaré de decirlo (1). Todas las desventuras de la tierra proceden de la ausencia de amor. Comenzando por la muerte y enfermedades que nacieron de ausencia de amor de Adán y Eva hacia el Altísimo Señor. Porque el amor es obediencia. Quien no obedece es un rebelde. Quien es un rebelde no ama a aquel contra quien se rebela. ■ ¿De dónde proceden las otras calamidades, generales o particulares como las guerras o la destrucción de una o dos familias que entre sí combaten? Del egoísmo que es ausencia de amor. Y con la destrucción de las familias se destruyen también los bienes por castigo de Dios. Porque antes o después Dios siempre castiga al que vive sin amor.  Sé que por ahí circula la leyenda —y por ella algunos me odian, otros me tienen miedo en sus corazones, o me invocan cual nuevo castigo, o me soportan por temor a un castigo— sé que por aquí circula la leyenda de que fue mi mirada la que acarreó la maldición a estos campos. No, no fue mi mirada, sino el castigo del egoísmo de un injusto y cruel hombre. ¡Si mis miradas tuviesen que quemar las tierras de todos los que me odian, en verdad os digo que poco verde quedaría en Palestina! ■ Nunca me vengo de las ofensas contra Mí; pero eso sí, entrego al Padre a aquellos que obstinadamente persisten en su pecado de egoísmo para con el prójimo y que, sacrílegamente, se burlan del precepto, y que, cuantas más palabras se les dice para persuadirlos, cuantas más obras, junto a las palabras, se hacen para convencerlos en orden al amor, más crueles son. Siempre estoy dispuesto a levantar mi mano para decir a quien se arrepiente: «Yo te absuelvo. Ve en paz». Pero no ofendo al Amor condescendiendo con la dureza de los que no quieren convertirse. Tenedlo siempre presente esto, para ver las cosas en su justa luz y desmentir las leyendas, las cuales, provengan de veneración o de un airado temor, son siempre contrarias a la verdad”.
* Deberes entre patronos y siervos.- Las riquezas.- Jesús: “Ahora pasáis bajo otro patrón, pero no dejéis estas tierras que, en el estado en que se encuentran, parece que sería una locura cuidarlas. Pues bien, no obstante, os digo: cumplid en estas tierras con vuestro deber. Hasta ahora lo habéis cumplido por temor a los castigos inhumanos. Seguid haciéndolo, aun sabiendo que no seréis tratados como antes. Es más, os digo: cuanta más humanidad se use con vosotros, mayor habrá de ser la alegre diligencia con que trabajéis, para devolver, con el trabajo, benevolencia a quien benevolencia os dé. ■ Porque, si bien es verdad que los patrones tienen la obligación de ser humanos para con sus súbditos —recordando que todos procedemos de un solo tronco y que, verdaderamente, todo hombre nace desnudo, muere y se convierte en podredumbre de una manera, tanto el pobre como el rico; recordando que las riquezas son obra no de quien las posee sino de aquellos que para ellos las han juntado, con honradez o sin ella; recordando que no hay que gloriarse de ellas o valerse de ellas para oprimir, sino, más bien, usándolas con amor, discreción y justicia, para que nos mire sin severidad el verdadero dueño, que es Dios, al que no se le puede comprar con talentos de oro ni seducirle con joyas, sino que antes al contrario, su amistad se conquista con las buenas acciones—, si bien es cierto eso, no es menos cierto que los siervos tienen el deber de ser buenos con sus patronos”.
* La voluntad de Dios os quiere en esta humilde condición, pero al otro lado de esta barrera que cuesta lágrimas ved la verdad del dolor y su belleza”.- ■ Jesús: “Haced, con sencillez y buena voluntad, la voluntad de Dios que quiere para vosotros esta humilde condición. Conocéis la parábola del rico Epulón. Como veis, en el Cielo, no recibe el premio el oro sino la virtud. La virtud y sumisión del hombre a la voluntad divina hacen a Dios amigo del hombre. Sé que es muy difícil ser siempre capaces de ver a Dios a través de las obras de los hombres. En lo bueno es fácil. En lo malo es difícil porque puede inducir al corazón a pensar que Dios no es bueno. Vosotros superad el mal que os hace el hombre tentado por Satanás; al otro lado de esta barrera que cuesta lágrimas, ved la verdad del dolor y su belleza. El dolor viene del Mal. Pero, Dios, no pudiendo abolirlo, porque existe la fuerza del Mal, y siendo crisol del oro espiritual de los hijos de Dios, le obliga a extraer de su veneno el jugo de una medicina que da vida eterna: porque el dolor, con su mordiente, inocula en los buenos reacciones tales, que los espiritualizan cada vez más y los hacen santos. ■ Sed, pues, buenos, respetuosos, dóciles. No juzguéis a vuestros patrones. Ya tienen quien los juzga. Yo querría que quien manda sobre vosotros fuese un justo para que os hiciese más fácil el camino y para darle a él la vida eterna. Pero recordad que cuanto más se sufre con cumplir con el deber, mayor es el mérito a los ojos de Dios. ■ No tratéis de engañar al patrón. El dinero o las mercancías obtenidas con engaño no enriquecen ni quitan el hambre. Tened puros las manos, los labios, y el corazón. Y entonces celebraréis vuestros sábados y vuestras fiestas de precepto y serán aceptables a los ojos del Señor, aunque estéis sujetos a los terrones. En verdad que vuestro esfuerzo tendrá más valor que no la hipócrita oración de los que cumplen el precepto para ser alabados por la gente, contraviniendo en realidad el precepto al desobedecer a la Ley, que ordena que debes cumplir tú y cuantos viven en tu casa el precepto del sábado y de las solemnidades de Israel. Porque la oración no está en la acción sino en el sentimiento. Y, si vuestro corazón ama a Dios con santidad, en toda circunstancia, cumplirá los ritos del sábado y de las fiestas, mejor que los que os lo impiden. Os bendigo y os dejo porque el sol ya se ha levantado y quiero llegar a las colinas antes de que el calor arrecie. Pronto nos volveremos a ver porque el otoño no está lejano. La paz sea con todos vosotros nuevos y antiguos siervos de Yocana, y os dé serenidad a vuestro corazón”. Y Jesús se pone en camino pasando por entre los campesinos bendiciendo uno por uno.
* Interesados cálculos por los que el fariseo Yocana acoge la presencia de Jesús en sus tierras.- ■ Detrás de un manzano seco de gran tamaño está medio escondido un hombre. Cuando Jesús va a pasar por delante de él, fingiendo no verle, al improviso, se pone delante y le dice: “Soy el administrador de Yocana. Él me dijo: «Si viene el Rabí de Israel déjale estar en mis tierras y hablar a los siervos. Trabajarán más porque solo enseña cosas buenas». Y ayer, al saber la noticia que desde hoy esos (y señala a los de Doras) están conmigo, y estas tierras son de él, me escribió: «Si el Rabí viene, escucha lo te que diga y actúa en consecuencia. No sea que nos vaya a suceder alguna desgracia. Cúbrele de honores. Pero mira a ver si logras levantar la maldición lanzada contra estas tierras». Pues has de saber que Yocana las adquirió por honrilla. Pero que ya se ha arrepentido de ello. Será mucho si podemos dedicarlas a pastos…”. Jesús: “¿Me has estado oyendo mientras hablaba?”. Administrador: “Sí, Maestro”. Jesús: “Entonces sabréis cómo actuar, tú y tu patrón, para obtener de Dios la bendición. Transmite esto a tu patrón. Y, por lo que a ti respecta, haz que sus órdenes sean suaves, tú que sabes lo que es en la práctica el trabajo del hombre de campo, y que gozas de la estima del patrón. Más te vale, de todas formas, perder la estima y el puesto, que tu alma. Adiós”. Administrador: “Pero yo… tengo que rendir honor”. Jesús: “Yo no soy ídolo. No tengo necesidad de honores interesados para que me den las gracias. Hónrame con tu espíritu, poniendo en práctica cuanto escuchaste, y habrás servido a Dios y a tu patrón juntos”. Jesús, seguido de sus discípulos, de las mujeres y luego de todos los campesinos, atraviesa los campos, y toma el camino que va a las colinas, saludado de nuevo por todos.  (Escrito el 23 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : “La gran fuerza del universo  es el amor. Todas las desventuras de la tierra proceden de la ausencia de amor”.- Estas cuatro líneas encierran la llave y síntesis de toda la doctrina expuesta en la Obra: Dios es amor. El amor origina y explica todos los bienes de la obra de la creación y el de la nueva creación. La ausencia del amor origina y explica todos los males físicos y morales.
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4-275-303 (5-139-874).- Las obras de misericordia del cuerpo y del espíritu que aumentan el amor.- Cuatro nuevos discípulos.
* “Lo engañoso es la maraña de pobres palabras humanas, que ocupan el puesto de la Palabra; hay que olvidarlas y acercarse desnudo a la Verdad para ser fecundado”.- Los 5 Juanes.-Jesús está en las llanuras de Corozaín, extendidas a lo largo del valle del alto Jordán, entre el lago de Genesaret y el de Merón: una campiña llena de viñas en donde ya se empieza a vendimiar. Debe estar aquí desde hace algunos días, porque se han unido a Él los discípulos que estaban en Sicaminón —entre éstos están nuevamente Esteban y Hermas, discípulos del maestro de rabinos Gamaliel—, e Isaac se justifica el no haber podido llegar antes, porque dice que los nuevos que han llegado y las consideraciones acerca de si era conveniente o no traerlos, lo han retrasado. “Pero” añade, “pensé que el camino del Cielo está abierto a todos los de buena voluntad y a mí me parece que éstos, a pesar de ser discípulos de Gamaliel, la tienen”. Jesús: “Has hablado y obrado bien. Tráemelos aquí”. Isaac va y regresa con los dos. ■ Jesús: “La paz sea con vosotros. ¿Os pareció tan verdadera la palabra de los apóstoles que habéis querido uniros a nosotros?”. Esteban: “Sí. Y mucho más la tuya. No nos rechaces, Maestro”. Jesús: “¿Por qué debería hacerlo?”. Esteban: “Porque somos de Gamaliel”. Jesús: “¡¿Y qué?! Yo honro al gran Gamaliel y quisiera tenerle conmigo porque es digno de ello. Solo le falta esto para que su sabiduría se convierta en perfección. ¿Qué os dijo cuando le  habéis despedido? Porque os habréis despedido de él, ¿no?”. Esteban: “Sí. Nos dijo: «Bienaventurados vosotros que podéis creer. Rogad porque yo olvide para poder recordar»”. Los apóstoles, que curiosos están alrededor de Jesús, se miran el uno al otro y se preguntan en voz baja: “¿Qué habrá querido decir? ¿Qué quiere? ¿Olvidar para recordar?”. Jesús oye el cuchicheo y explica: “Quiere olvidar su sabiduría para tomar la mía. Quiere olvidar que es el rabí Gamaliel para acordarse de que es un hijo de Israel en espera del Mesías. Quiere olvidarse de sí mismo para acordarse de la Verdad”. Hermas, disculpando a Gamaliel, dice: “Maestro, Gamaliel no es mentiroso”. Jesús: “No lo es. Pero lo engañoso es la maraña de pobres palabras humanas, las palabras que ocupan el puesto de la Palabra; hay que olvidarlas, despojarse de ellas, acercarse desnudo y virgen a la Verdad, para ser revestido y fecundado. Esto requiere humildad. El escollo…”. Hermas: “¿Entonces también nosotros debemos olvidar?”. Jesús: “Sin duda alguna. Olvidar todo lo que es cosa de hombre. Recordar todo lo que es cosa de Dios. Venid. Vosotros podéis hacerlo”. Hermas afirma: “Queremos hacerlo”. ■ Jesús: “¿Habéis ya vivido la vida de los discípulos?”. Esteban responde: “Sí. Desde el día que supimos que habían matado al Bautista. La noticia llegó muy rápida a Jerusalén, por boca de los cortesanos y principales de Herodes. Su muerte nos sacó del entorpecimiento”. Jesús: “La sangre de los mártires siempre es fuerza y vida para los pusilánimes, Esteban. Acuérdate de ello”. Esteban: “Sí, Maestro. ¿Hablarás hoy? Tengo hambre de tu palabra”. Jesús: “Hablé ya, pero nuevamente hablaré y mucho, a vosotros discípulos. Vuestros compañeros, los apóstoles, iniciaron la misión después de una preparación activa. Pero no son suficientes para las necesidades del mundo. Y es preciso haber hecho todo en el tiempo determinado. Yo soy como quien tiene un plazo y antes de que termine ese tiempo tiene que tener todo hecho. Os pido vuestra ayuda a todos y en nombre de Dios os prometo ayuda y un futuro de gloria. ■ La mirada aguda de Jesús descubre a un hombre envuelto todo en su manto de lino y le pregunta: “¿No eres tú el sacerdote Juan?”. Sacerdote Juan: “Sí, Maestro. Más árido que el valle maldito es el corazón de los judíos. Huí en tu busca”. Jesús: “¿Y el sacerdocio?”. Sacerdote Juan: “La lepra me expulsó de él la primera vez; luego los hombres la segunda, y es porque te amo. Tu Gracia me aspira hacia sí: hacia Ti; ella me arroja también de un lugar profanado para conducirme a lugar puro. Tú me purificaste, Maestro, en el cuerpo y en el espíritu. Y una cosa pura no puede, no debe acercarse a una cosa impura; sería ofensa para quien le ha purificado”. Jesús: “Tu juicio es severo, pero no injusto”. Sacerdote Juan: “Maestro, las deshonestidades de la familia conocen solo quienes viven dentro de ella, y no se cuentan sino a la persona que tiene recto corazón. Tú lo eres. Y además Tú sabes las cosas. No se lo diría a otros. Aquí estamos Tú, tus apóstoles, y otros dos que saben como Tú y como yo. Por tanto…”.  Jesús: “Está bien. Pero… ■ ¡¿Tú también!? ¡Paz a ti! ¿Has venido a repartir más comida?” (1). Escriba Juan: “No, he venido para recibir tu alimento”. Jesús: “¿Se te ha malogrado la cosecha?”. Escriba Juan: “¡No! ¡Nunca tan rica!  Maestro mío, ando en busca de otro pan y de otra cosecha: los tuyos. Tengo conmigo al leproso que curaste en mis tierras. Ha vuelto a su dueño. Pero tanto él como yo tenemos ahora un patrón a quien seguir y servir: Tú”. Jesús: “Venid. Uno, dos, tres, cuatro… ¡Buena cosecha! ¿Pero habéis reflexionado sobre vuestra posición en el Templo? Vosotros ya sabéis, y Yo también… y no añado más”. El sacerdote Juan interviene: “Soy hombre libre y voy a donde quiero yo”. Y el escriba Juan dice: “Y yo también”. Esteban y Hermas dicen: “Y también nosotros”. ■ Y Esteban añade: “Háblanos, Señor. Ignoramos exactamente cuál es nuestra misión. Danos lo mínimo para poder servirte inmediatamente. El resto vendrá mientras te seguimos”. Escriba Juan: “Sí. En el monte hablaste de las bienaventuranzas. Ello fue una lección para nosotros. Pero, respecto a los demás, en el segundo amor, el del prójimo ¿qué debemos hacer?”. Jesús, por toda respuesta, pregunta: “¿Dónde está Juan de Endor?”. “Allí, Maestro, con aquellos curados”. “Que venga aquí”. Juan de Endor acude. Jesús le pone la mano en el hombro, le saluda con particular atención, y dice: “Bueno, ahora hablaré. Quiero tener ante Mí a los que lleváis el nombre de un santo. Tú, apóstol mío; tú, sacerdote; tú, escriba; tú, Juan del Bautista; y tú, que cierras la corona de gracias que Dios ha hecho. Si eres el último en haber sido llamado, ten en cuenta que no eres el último en mi corazón. Un día prometí este discurso. Es, pues, para ti.”
* Dios es misericordia porque Dios es Amor. Se sirve de la misericordia para atraer a los hijos descarriados. El siervo de Dios debe imitar a Dios. El precepto del amor es obligatorio. Triplemente obligatorio a los siervos porque «no se hace conquistar el Cielo a los creyentes, si no son amados con perfección». Hay que devolver a Dios lo que el mundo, el demonio y la carne le arrebataron. ¿De qué modo? Con el amor. El amor tiene mil formas de manifestarse y un fin único: hacer amar.- ■ Y Jesús, como hace habitualmente, sube sobre un lugar alto donde puedan verle todos. Tiene ante sí, en primera fila, a los cinco Juanes. Detrás de éstos, el nutrido grupo de los discípulos mezclados con la multitud de los que, de todas las partes de Palestina, han venido por necesidad de salud o de palabra. “La paz sea con vosotros todos y la sabiduría sobre todos vosotros.  Escuchad. Hace muchos días uno me pidió que dijese hasta qué punto Dios es misericordioso para con los pecadores. Quien me preguntaba esto era un pecador que había sido perdonado y que no lograba convencerse del absoluto perdón de Dios. Con palabras le calmé, se lo aseguré, y le prometí que para él siempre hablaría de misericordia, para que su corazón arrepentido, que cual niño extraviado dentro de él lloraba, se sintiese seguro de estar ya entre los que posee el Padre celestial. Dios es Misericordia porque Dios es Amor. El siervo de Dios debe ser misericordioso para imitar a Dios. Dios se sirve de la misericordia como de un medio para atraer hacia Sí a los hijos descarriados. El siervo de Dios debe servirse de la misericordia como de un medio para llevar a Dios los hijos descarriados. El precepto del amor es obligatorio a todos. ■ Pero debe ser triplemente obligatorio en los siervos de Dios. No se conquista el Cielo si no se ama. Esto basta para los creyentes. A los siervos de Dios les digo: «No se hace conquistar el Cielo a los creyentes, si no son amados con perfección». ¿Y vosotros, qué sois, vosotros que estáis a mi alrededor? Por lo general sois criaturas que tendéis a la vida perfecta, a la vida bendita, fatigosa, luminosa,  propia del siervo de Dios, del ministro del Mesías. ¿Y cuáles son los deberes que tenéis en esta vida de siervos y ministros? Un amor total a Dios, un amor total al prójimo. Vuestra meta: servir. ¿Cómo? Devolviendo a Dios lo que el mundo, la carne, el demonio, le arrebataron. ¿De qué modo? Con el amor. El amor tiene mil formas de manifestarse y un fin único: hacer amar. ■ Pensemos en nuestro hermoso Jordán. ¡Qué imponente a su paso por Jericó! Pero, ¿era así en su nacimiento? No. Era un hilo de agua, y lo hubiera seguido siendo, si hubiera estado siempre solo. Pero he aquí que de los montes y collados, de una y otra ribera de su valle, desciende un sinfín de afluentes, unos solos, otros ya formados de cientos de riachuelos; y todos desaguan en el lecho que va creciendo y creciendo; hasta convertirse, delicado riachuelo plateado de azul que reía y jugaba en su niñez de río, en el amplio, majestuoso, pacífico río que inserta una cinta azul celeste entre las feraces riberas de esmeralda. Así es el amor. Un hilito inicial en los párvulos del camino de la Vida, que apenas saben salvarse del pecado grave por temor al castigo; luego, prosiguiendo en el camino de la perfección, he aquí que de las montañas de lo humano, escabrosas, áridas, soberbias, duras, brotan, por voluntad de amor, multitud de riachuelos y riachuelos de esta principal virtud; y todo sirve para hacer que ésta mane y brote: dolores, alegrías, de la misma forma que sobre los montes sirven para formar riachuelo las eternas nieves y el sol que las derrite. Todo sirve para abrir a éstas el camino: la humildad como el arrepentimiento; todo sirve para llevarlas al río principal. Porque el alma, empujada por ese Camino, ama las bajadas al aniquilamiento del «yo», aspirando a subir de nuevo, atraída por el Sol-Dios, una vez transformada en río caudaloso, hermoso, bienhechor. Los riachuelos que nutren el río inicial del amor de temor son, además de las virtudes, las obras que las virtudes enseñan a cumplir; las obras que precisamente, por ser riachuelos de amor, son obras de misericordia. Vamos a verlas en conjunto. Algunas las conocía Israel, otras os las doy a conocer Yo,  porque mi ley es perfección de amor.
* Dar de comer a los hambrientos.
Deber de gratitud y amor. Deber de imitación.  Los hijos se sienten agradecidos a su padre por el pan que les procura, y, cuando llegan a ser adultos, le imitan procurando pan a sus hijos; y también procuran con su propio trabajo el pan a su padre, ya incapacitado para el trabajo por la edad: es ésta una restitución amorosa, obligatoria restitución de un bien recibido. El cuarto precepto lo dice: «Honra a tu padre y madre». Honrarlos también es hacer que no mendiguen de otros el pan. Pero antes que el cuarto precepto está el primero: «Ama a tu Dios con todo tu ser» y el segundo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Amar a Dios por Sí mismo y amarle en el prójimo es perfección. Se le ama dando pan a quien  tiene hambre, en recuerdo de las veces que Él sació el hambre del  hombre con milagros. ■ Mas no nos fijemos solo en el maná y en las codornices, fijémonos también en el milagro continuo del grano que germina por bondad de Dios, que ha dado la tierra capaz de ser cultivada, y que regula los vientos, lluvias, estaciones para que la semilla se haga espiga y la espiga pan. ¿Y no ha sido, acaso, milagro de su misericordia el haber enseñado con luz sobrenatural al hijo culpable que esos tallitos altos y delgados, terminados en granazón de semillas de oro con caliente fragancia de sol, encerradas dentro de dura cáscara de espinosas escamas, eran alimento que había que recolectar, y quitarle la cáscara, molerlo, amasarlo, cocerlo? Dios ha enseñado todo esto; cómo recolectarlo, limpiarlo, amasarlo y cocerlo. Puso las piedras junto a las espigas, puso el agua junto a las piedras; encendió, con reflejos de agua y de sol, el primer fuego sobre la tierra, y el viento trajo granos y los colocó sobre el fuego, y ardieron emanando un grato olor, para que el hombre entendiese que mejor que cuando se saca de la espiga, como es uso de las aves, o como glutinoso amasijo de harina empapada de agua, es cuando el fuego le tuesta. ■ ¿No pensáis, vosotros que ahora coméis el buen pan, cocido al horno de casa, en cuánta misericordia significa el hecho de haber llegado a este acabado de cocción?, ¿cuánto camino se ha hecho recorrer al conocimiento humano desde la primera espiga masticada como hace el caballo hasta el pan actual? ¿Y quién lo ha hecho? El Dador de pan. Y lo mismo para todos los otros alimentos que el hombre, por benéfica luz, ha sabido detectar entre las plantas y los animales con que el Creador ha cubierto la faz de la tierra, lugar de castigo para el hijo culpable. ■ Dar, pues, de comer a los hambrientos es oración de agradecimiento al Padre y Señor que nos da de comer, y es imitar al Padre, de quien tenemos semejanza dada gratis, y que es necesario aumentar cada vez más imitando sus acciones.
* Dar de beber a los sedientos.
■ ¿Habéis pensado alguna vez qué sucedería si el Padre no hiciese llover las aguas? Pues bien, si dijese: «Por vuestra dureza para con quien tiene sed, impediré que las nubes desciendan a la tierra», ¿podríais protestar y maldecir? El agua, más incluso que el trigo, es de Dios, porque el trigo es cultivado por el hombre, mas tan solo Dios cultiva los campos de las nubes que descienden en forma de lluvias o rocíos, de nieblas o nieves, y nutren campos y pozos, llenan ríos y lagos, recibiendo así a los peces que, junto con otros animales, sacian el hambre al hombre. ¿Podéis, pues, responder a quien os pide agua: «No, esta agua es mía y no te la doy»? ¡Mentirosos! ¿Quién de vosotros ha hecho un solo copo de nieve o una sola gota de lluvia?, ¿quién ha evaporado un solo diamante de rocío con su calor astral? Nadie. Dios es quien lo hace. Y si las aguas descienden del cielo y vuelven a subir es solo porque Dios controla esta parte de creación, como regula el resto. ■ Dad, pues, al sediento agua fresca de las venas de la tierra, o la pura de vuestro pozo, o la que llena vuestras cisternas. Es agua de Dios. Es para todos. Dadle a quien tiene sed. Por una obra tan pequeña, que no os cuesta dinero, que no requiere más trabajo que el de acercar una taza o una jarra, os lo aseguro, tendréis recompensa en el Cielo. Porque no ya el agua sino la obra de caridad es grande ante los ojos y el juicio de Dios.
* Vestir a los desnudos. 
Pasan por los caminos del mundo personas necesitadas desnudas, avergonzadas, en condiciones que mueven a compasión. Son ancianos abandonados, inválidos por enfermedad o por desgracia, leprosos que vuelven a la vida por bondad del Señor, viudas cargadas de hijos, personas a quienes un infortunio ha privado de todo lo que significa bienestar, o huérfanos inocentes. Si tiendo mi vista por la vasta tierra, por todas las partes encuentro personas desnudas o cubiertas de harapos que apenas si resguardan la decencia y no amparan el frío; y estas personas ven con ojos que se sienten humillados a los ricos que pasan envueltos en vestidos suaves, calzados muellemente. Se sienten descorazonados con bondad, los buenos; con odio, los menos buenos.  ¿Por qué no salís al encuentro de esta humillación procurando que los buenos se hagan mejores y destruyendo el odio que existe en los menos buenos, con vuestro amor? ■ No digáis: «Solo me alcanza para mí». Como sucede con el pan que siempre sobra algo sobre la mesa, así también hay algo en los armarios que no es absolutamente necesario. Entre los que me escuchan hay más de uno que supo, de un vestido que ya no se usaba por estar deteriorado, sacar un vestidito para un huérfano o para un niño pobre; y de una sábana vieja hacer pañales para un inocente que no los tenía; y hay también uno que, siendo él un mendigo, supo compartir su pan que había conseguido con grandes trabajos con quien, por la lepra no podía ir extendiendo la mano por las puertas de los ricos. Pues bien, en verdad os digo que estos misericordiosos no hay que buscarse entre los poseedores de bienes, sino entre los ejércitos humildes de los pobres, que, por serlo, saben lo penosa que es la pobreza. ■ También en este caso, como para el agua y el pan, pensad que la lana y el lino con que os vestís provienen de animales y plantas que fueron creados por el Padre no para los ricos, sino para todos los hombres. Porque Dios ha dado una sola riqueza al hombre, la suya, que es la riqueza de la Gracia, de la salud, de la inteligencia. No la sucia riqueza del oro, que habéis elevado —de metal no más bonito que los demás, y mucho menos útil que el hierro, con el que se fabrican azadas y arados, rastrillos y hoces, cinceles, martillos, sierras, cepillos para los carpinteros, los santas herramientas del santo trabajo— a metal noble; lo habéis elevado a una nobleza inútil, engañosa, por instigación de Satanás, que, de hijos de Dios, os ha convertido en seres salvajes como fieras. ¡La riqueza de lo que es santo os había puesto en condiciones de santificaros cada vez más! ¡No esta riqueza homicida que tanta sangre y lágrimas hace brotar! ■ Dad como se os ha dado. Dad en nombre del Señor, sin temor a quedaros desnudos. Mejor sería morir de frío por haberse despojado del vestido en favor del mendigo, que congelar el corazón, aun estando cubierto bajo esponjosas vestiduras, por falta de caridad. El suave calor del bien cumplido es más dulce que el de un manto de purísima lana, y la carne vestida del pobre habla a Dios y dice: «Bendice a quien nos ha vestido».
■ (hospedaje al peregrino).- Si quitar la sed o vestir al desnudo, privándose uno a sí mismo para dar a los demás, une la santa templanza a la santísima caridad, y muestra que existe en nosotros la bienaventurada justicia, por la cual se cambia con santidad la suerte de los hermanos infelices, dando de lo que, no sin permiso de Dios, abundantemente tenemos, en pro de quienes, o por la maldad de los hombres o por enfermedad, carece de ello, «dar hospedaje a los peregrinos», une la caridad a la confianza y al recto pensamiento sobre el prójimo. Sabed que éstas también son virtudes. Virtudes que demuestran en quien las posee, además de caridad, honestidad. Pues quien es honesto obra bien, y, dado que se piensa que los demás actúan como habitualmente actuamos, sucede que la confianza, la sencillez, que creen que las palabras de los demás son verdaderas, denotan que el que escucha estas palabras dice la verdad en las cosas grandes y pequeñas, por lo que no desconfía de lo que los demás manifiestan. ¿Por qué pensar, frente al peregrino que os pide hospedaje: «¿Y si luego es un ladrón o un homicida?» ¿tanta estima tenéis de vuestras riquezas que os echáis a temblar por ellas ante cada extraño que llega? ¿Tenéis tanta estima de vuestra vida, que os encogéis de horror pensando que os podíais quedar sin ella? ¿Y qué? ¿Acaso pensáis que Dios no puede defenderos de los ladrones? ¿Y qué? ¿Acaso teméis de que en el viandante se esconda un ladrón y no tenéis miedo del huésped tenebroso que os roba aquello que es insustituible? ■ ¡Cuántos hay que dan hospedaje al demonio en el corazón! Podría afirmar: todos hospedan el pecado capital, y sin embargo nadie tiembla por ello. ¿Es, pues, tan solo precioso el bien de la riqueza y de la existencia? ¿No será más preciosa la eternidad de que os dejáis arrebatar y matar por el pecado? ¡Pobres, pobres almas a quienes se ha robado su tesoro, que están a merced de manos asesinas —así, sin más, como si tuviera poca importancia—, mientras que los hogares se defienden con baluartes, con cerrojos, con perros, cajas de seguridad, para defender y salvar las cosas que no nos llevamos a la otra vida! ■ ¿Por qué obstinarse en ver en cada peregrino un ladrón? Somos hermanos. Las puertas se abren para los hermanos que van de paso. ¿No es acaso de nuestra misma sangre el peregrino? ¡Sí! ¡Es sangre de Adán y Eva! ¿No es hermano nuestro? ¡Claro que sí!  El Padre es uno solo: Dios que nos ha dado un alma igual, de la misma forma que a los hijos de un mismo lecho un solo padre da una misma sangre. ¿Es pobre? Haced que vuestro espíritu, privado de la amistad de Dios, no sea más pobre que él. ¿Trae vestidos rotos? Haced que no esté más rota vuestra alma por el pecado. ¿Sus pies están sucios de lodo y fango? Haced que vuestro yo no esté más deteriorado por los vicios, que sus sucias sandalias por tanto camino hecho, rotas por haber andado mucho. ¿Es desagradable su aspecto? Haced que no lo sea más el vuestro ante los ojos de Dios. ¿Habla una lengua extranjera? Haced que el lenguaje de vuestro corazón no sea incomprensible en la ciudad de Dios. Ved en el peregrino a un hermano. ■ Todos somos peregrinos en el camino hacia el Cielo, todos llamamos a las puertas que hay a lo largo del camino que va al Cielo; las puertas son los patriarcas y los justos, los ángeles y arcángeles, a quienes nos encomendamos para que nos ayuden y protejan, para así llegar a la meta sin caer agotados en la oscuridad de la noche, en medio del rigor del invierno, víctimas de las asechanzas de los lobos y chacales, que son las malas pasiones, y de los demonios. De la misma forma que queremos que los ángeles y los santos nos abran su amor para hospedarnos, e infundirnos nuevo aliento para proseguir el camino, hagamos lo mismo con los peregrinos de la tierra. ■ Y por cada vez que abramos la casa y los brazos, saludando con el dulce nombre de hermano a un desconocido, pensando en Dios que le conoce, os digo que habrán quedado recorridas muchas millas del camino que va al Cielo.
* Visitar a los enfermos.
¡Verdaderamente, todos los hombres, de la misma forma que son peregrinos, están enfermos! Las enfermedades mayores, las invisibles y morales son las del espíritu. Y con todo no causan ningún asco. No provoca repugnancia la llaga moral. Ni náusea el hedor del vicio ni miedo la locura demoníaca. No causa vómito la gangrena de un leproso del espíritu. No hace huir el sepulcro lleno de podredumbre de un hombre muerto y corrompido en el espíritu. No es anatema acercarse a ninguna de estas impurezas vivientes. ¡Oh, cuán pobre y pequeño es el pensamiento humano! Pero decidme: ¿qué vale más, la carne y la sangre o el espíritu? ¿Puede lo material corromper, con su cercanía, a lo incorpóreo? No. Os lo digo que no. El espíritu respecto a la carne y sangre tiene un valor infinito; esto sí. Pero, que tenga más poder la carne que el espíritu, no. Y el espíritu puede ser corrompido por cosas espirituales, no por cosas materiales. Si alguien cuida a un leproso, no se hace leproso su espíritu, antes bien, por la caridad heroicamente practicada, que lleva a estar en valles de muerte por compasión al hermano, cae de él toda mancha de pecado, porque la caridad es absolución del pecado, superior a las purificaciones. ■ Partid siempre de este pensamiento «¿Qué querría que se hiciese conmigo si estuviera como éste?». Y obrad como quisierais que se obrase con vosotros. Ahora todavía Israel tiene sus antiguas leyes. Pero llegará un día, cuya aurora no está muy lejana, en que se venerará como símbolo de absoluta belleza la imagen de Uno en quien quedará reproducido materialmente el Hombre de los dolores, del que habla Isaías (2) y el Torturado del salmo davídico (3); Aquel que por haberse hecho semejante a un leproso, vendrá a ser el Redentor del linaje humano, y a sus llagas correrán como los ciervos sedientos a las fuentes, los enfermos, los agotados, los que lloran, y Él les quitará la sed, los curará, restablecerá, consolará en el espíritu y cuerpo, y para los mejores será un anhelo asemejarse a Él, verse cubiertos de heridas, desangrados, golpeados, coronados de espinas, crucificados por amor de los hombres que hay que redimir, y que continuarán la obra del Rey de reyes y del Redentor del mundo. ■ Vosotros que todavía sois de Israel, pero que ya levantáis las alas para volar hacia el Reino de los Cielos, tomad en vuestras manos este modo de pensar y este modo de valoración nueva de las enfermedades, y, bendiciendo a Dios que os conserva sanos, inclinaos sobre quien sufre y muere. Un apóstol mío dijo a un hermano suyo un día: «No temas tocar a los leprosos. No se nos pega ninguna enfermedad por voluntad de Dios». Y dijo bien. Dios cuida de sus siervos. Pero, aunque os contagiéis curando a los enfermos, seréis colocados en las filas de los mártires del amor en la otra vida.
* Visitar a los presos.
■ ¿Creéis que en las cárceles están solo los delincuentes? La justicia humana tiene un ojo tuerto y el otro medio nublado por perturbaciones visuales, y es así que ve camellos donde hay nubes o confunde una serpiente con una rama florecida. Juzga mal. Y todavía peor porque frecuentemente el que la dirige forma a propósito nubes de humo para que la justicia vea peor aún. Pero, aunque todos los presos fuesen ladrones y homicidas, no es justo que nosotros nos hagamos ladrones y homicidas quitándoles la esperanza del perdón con nuestro desprecio. ¡Pobres presos! Sintiéndose bajo el peso de su delito, no se atreven a levantar los ojos a Dios. Sus cadenas, en verdad, están  más bien en el espíritu que en los pies. Pero, ¡ay de ellos si desesperan de Dios!: unen entonces a su delito contra el prójimo el de la desesperación de obtener perdón. La cárcel, como la muerte en el patíbulo, es expiación. Pero no basta con pagar la parte debida a la sociedad humana por el delito cometido; es menester pagar también y, principalmente, la parte debida a Dios, para expiar, para obtener la vida eterna. Y el que es rebelde y está desesperado solo expía respecto a la sociedad. ■ Que el amor de los hermanos vaya al condenado o al prisionero. Será una luz en las tinieblas. Será una voz.  Será una mano que señala lo alto, mientras la voz dice: «Que mi amor te diga que también Dios te ama; Él que me ha puesto en el corazón este amor por ti, hermano desventurado», y la luz permite entrever a Dios, Padre compasivo. ■ Que vuestra caridad se dirija, con mayor razón aún, a consolar a los mártires de la injusticia humana, a los que no son culpables de ninguna manera, o a aquellos que una fuerza cruel les ha empujado a matar. No juzguéis allí donde ya se ha juzgado. No sabéis la razón de por qué un hombre pudo matar. No sabéis tampoco que muchas veces el que mata no es sino un muerto, un autómata privado de razón, porque un incruento asesino se la ha quitado con la vileza de una cruel traición. Dios sabe las cosas y basta. En la otra vida se verán muchos de los que estuvieron en las cárceles, muchos que mataron y robaron, poseyendo el Cielo, y se verán muchos, que parecieron sufrir robo y muerte homicida, en el Infierno, porque, en realidad los verdaderos ladrones de la paz, de la honradez, de la confianza ajenas, los verdaderos asesinos de un corazón, fueron ellos: las pseudo-víctimas: víctimas solo en cuanto que recibieron en el extremo momento el golpe, pero después de que durante años, en el silencio, lo habían descargado ellos. El homicidio y el hurto son pecados. Pero, entre quien mata y roba empujado por otros a estas acciones y luego se arrepiente, y quien induce a otros al pecado y no se arrepiente de ello, recibirá mayor castigo el que induce al pecado sin sentir remordimiento. ■ Por tanto, no juzgando nunca, sed compasivos para con los presos. Pensad siempre que, si fueran castigados todos los homicidios y robos del hombre, pocos hombres y mujeres no morirían en las cárceles o en los patíbulos. Esas madres que conciben y luego no quieren traer a luz el propio fruto, ¿cómo habrán de llamarse? ¡No hagamos juegos de palabras! Digámoslas claramente su nombre: «Asesinas». ¿Los hombres que roban reputaciones y puestos, cómo los llamaremos? Pues sencillamente como lo que son: «Ladrones». ¿Esos hombres y esas mujeres que, por ser adúlteros o maltratadores familiares para con los suyos, impulsan a éstos al homicidio o al suicidio —y lo mismo los grandes de la tierra que llevan a la desesperación a sus subordinados, y con la desesperación a la violencia—, ¿qué nombre se merecen? Éste: «Homicidas». ¿Y entonces? ¿No huye ninguno? Ya veis que se vive sin darle mayor importancia a la cosa en medio de estos presidiarios escapados de la justicia, que llenan las casas y las ciudades, que nos pasan rozando por las calles y duermen en las mismas posadas con nosotros y con nosotros comparten la mesa. ¿Y quién está libre de pecado?  Si el dedo de Dios escribiera en la pared de la sala en que celebran su festín los pensamientos de los hombres —en la frente—, las acusadoras  palabras de lo que fuisteis, sois o seréis, pocas frentes llevarían escrita, con letras de luz, la palabra «inocente». Las otras frentes, con letras verdes como la envidia, o negras como la traición, o rojas como el delito, llevarían las palabras: «adúlteros», «asesinas», «ladrones», «homicidas». ■ Sed pues, sin soberbia, misericordiosos para con los hermanos menos afortunados, humanamente, que están en las cárceles expiando lo que vosotros no expiáis por la misma culpa: saldrá beneficiada vuestra humildad. 
* Enterrar a los muertos.
La contemplación de la muerte es escuela de la vida. Quisiera llevaros a todos ante la muerte y decir: «Sabed vivir como santos para sufrir solo esta muerte: pasajera separación del cuerpo del espíritu, para luego resucitar triunfalmente para siempre, reunidos cuerpo y espíritu, felices». Todos nacemos desnudos. Todos morimos convirtiéndonos en restos destinados a corrupción. Reyes o pordioseros, así se nace, así se muere. Y aunque el fasto del rey permita una más duradera conservación del cadáver, sigue siendo la desintegración el destino de la carne muerta. ¿Qué son las mismas momias? ¿Carne? No. Materia fosilizada por las resinas, convertida en madera. No será víctima de los gusanos, por haber sido vaciada y preparada con esencias, pero sí de la carcoma, como una vieja madera. ■ Pero el polvo se convierte de nuevo en polvo porque así Dios lo dijo. Y a pesar de todo, por el solo hecho de que este polvo haya envuelto al espíritu y por éste haya sido vivificado, hay que pensar que, cual cosa que ha tocado una gloria de Dios —tal es el alma del hombre— hay que  pensar que es polvo santificado de forma no distinta de los objetos que están en contacto con el Tabernáculo. Al menos hubo un momento en que el alma fue perfecta: cuando el Creador la creó. Si después la Mancha la ensució, quitándole la perfección, no obstante, por el solo hecho de su Origen ya comunica belleza a la materia, y por esa belleza que viene de Dios el cuerpo se embellece y merece respeto. Somos templos y, como tales, merecemos honor, de la misma forma que siempre reciben honor los lugares donde reposó el Tabernáculo. ■ Dad pues, a los muertos la caridad de un reposo honesto en espera de la resurrección, viendo en la admirable armonía del cuerpo humano la mente y el dedo que lo ideó y modeló con perfección, y venerando también en los restos mortales la obra del Señor.
(Instruir a los ignorantes).
Pero el hombre no es solo carne y sangre. También es alma y pensamiento. También éstos sufren y deben ser socorridos misericordiosamente. Hay ignorantes que hacen el mal solo porque no conocen el bien. ¡Cuántos, que no saben, o saben mal, las cosas de Dios y aun las leyes morales! Como hambrientos languidecen porque nadie les da de comer, y caen en atrofia porque no hay quien les alimente en la Verdad. Id e instruidlos, porque para esto os reúno y os envío. Dad el pan del espíritu para hambre de los espíritus. Instruir a los que no saben corresponde, en lo espiritual, a dar de comer a los hambrientos; y, si ofrecer un pan al cuerpo que flaquea, de forma que ese día no muera, será premiado, ¿qué premio recibirá aquel que dé de comer a un espíritu hambriento de verdades eternas y le dé así la vida eterna? ■ No seáis avaros de lo que sabéis. Os fue dado gratis y sin medida. Dadlo sin avaricia, porque es un don de Dios como el agua del cielo y ha de darse como se nos da a nosotros. No seáis avaros, tampoco, y soberbios, de lo que sabéis. Antes bien, dad con humilde generosidad.
■ (Orar  por los vivos y muertos).
Y dad el alivio límpido y benéfico de la oración a los vivos y a los muertos que tienen sed de gracias. No se debe negar el agua a las gargantas sedientas. ¿Y qué se deberá dar entonces a los corazones de los que viven angustiados; qué, a los espíritus de los muertos que viven en pena? Oraciones, oraciones activas, llenas de amor y espíritu de sacrificio; por tanto, fecundas. ■ La oración debe ser verdadera, no mecánica como sonido de rueda en el camino. ¿Qué hace avanzar al carro, el sonido o la rueda? Es la rueda que se gasta para hacerle avanzar. La misma diferencia existe entre la oración vocal y mecánica y la oración activa. La primera es sonido, nada más; la segunda es obra en que se desgastan las fuerzas y crece el sufrimiento: pero se obtiene lo que se quería. ■ Orad más con el sacrificio que con los labios, y daréis alivio a los vivos y a los muertos, cumpliendo con la segunda obra de misericordia espiritual. Las oraciones de los que saben orar salvarán más al mundo que las ruidosas, inútiles, mortíferas batallas.
(Afirmar la fe de los que dudan).
Hay muchas personas con saber en el mundo, pero no saben creer con firmeza. Titubean, titubean, como atrapadas por dos sogas opuestas, y no caminan ni un solo paso; se acaban las fuerzas sin lograr nada. Son los que dudan. Son los de los «pero», los de los «si», los de los «¿y luego?»; los de las preguntas: «¿Será así después?», «¿Y si no fuera así?», «¿Voy a poder?», «¿Y si no lo logro?», etc. Son esas flores campanilla que, si no encuentran dónde agarrarse, no suben; y, aunque lo encuentren, se bambolean para un lado o para otro, y no solo hay que darles el soporte, sino que hay que colocarles en él a cada rato del día. ¡Verdaderamente hacen practicar la paciencia y caridad más que un muchachito retrasado! ¡Pero, en nombre del Señor, no los abandonéis! Dad toda la fe luminosa, la fortaleza ardiente, a estos prisioneros de sí mismos, de su enfermedad llena de niebla. Guiadlos hacia el sol y hacia lo alto. Sed maestros y padres para con estas personas inseguras. Sin cansancios ni impaciencias. ¿Que le hacen caérsele el alma a los pies a uno? Perfectamente bien. También vosotros muchas veces me la hacéis caer a Mí, y más todavía al Padre que está en los Cielos, que debe pensar muchas veces que parece  inútil el que la Palabra se haya hecho Carne, ya que el hombre, aun oyendo ahora hablar al Verbo de Dios, sigue dudando. ¡No querréis ya presumir de estar por encima de Dios y de Mí! ■ Abrid, pues, las cárceles a estos prisioneros de los «pero» y de los «si». Romped las cadenas de los «¿voy a poder?». «¿Y si no lo  logro?». Persuadidles de que basta con hacer lo mejor posible todo; Dios está contento así. Y, si los veis resbalar y caer de su soporte, no paséis de largo; levantadlos otra vez; como hacen las madres, que no siguen su camino si cae por tierra su pequeñuelo, sino que se detienen, le levantan, le limpian, le consuelan, le sujetan,  hasta que se les pasa el miedo de caerse otra vez; y esto lo hacen durante meses y años si el niño es débil de piernas.
* Vestir a los desnudos de espíritu. El perdón.
Perdonando a quien os ofende. La ofensa es anticaridad. La anticaridad despoja de Dios. Por tanto, quien ofende se queda desnudo, y solo el perdón del ofendido devuelve los vestidos a la desnudez, porque le lleva de nuevo a Dios. Dios espera a que el ofendido haya perdonado para perdonar. Perdonar tanto al que ha sido ofendido por el hombre como al ofensor del hombre y de Dios. Porque, ¡digámoslo claramente!, ninguno está libre de ofensas a su Señor. Pero Dios nos perdona si nosotros perdonamos al prójimo, y se perdona a este prójimo si el ofendido perdona a quien le ofendió. Seréis tratados de la misma forma como os comportéis con los demás. ■ Perdonad, pues, si queréis perdón, y exultaréis en el Cielo por la caridad que habéis dado, como por un manto de estrellas colocado sobre vuestros santos hombros.
* Ser  misericordiosos con los que lloran.
Son los heridos de esta vida, los enfermos del corazón, de los sentimientos de su corazón. No os encerréis dentro de vuestra indiferencia como dentro de una fortaleza. Aprended a llorar con quien llora, consolar al afligido, llenar el vacío de quien se encuentra solo por la muerte de un familiar. Sed padres con los huérfanos, hijos con los padres, hermanos unos con otros. ¿Por qué amar solo a los que son felices? Tienen ya su parte de sol. Amad a los que lloran. Son los que menos ama el mundo. ■ Pero el mundo no conoce el valor de las lágrimas. Vosotros lo conocéis. Amadlos si están resignados en su llanto. Amadlos todavía más, si se rebelan en el dolor. No reproche sino dulzura para persuadirles de la verdad del dolor y acerca del dolor. Pueden, entre el velo del llanto, ver deformado el rostro de Dios, verlo reducido a una expresión de un poder que no conoce más que la venganza. No. ¡Nos os escandalicéis! No es sino alucinación que produce la fiebre del dolor. Socorredlos para que la fiebre desaparezca. Sea vuestra fe fresca como hielo que se aplica al que está delirando. Y, cuando desaparezca la fiebre aguda, para dejar paso al abatimiento y al extrañado atontamiento del que sale de un trauma, entonces, como a niños cuyo desarrollo intelectual ha sido retardado por una enfermedad, volved a hablar de Dios, como si se tratara de algo nuevo, hablando con dulzura, con paciencia… ¡Oh! Una hermosa fábula con intención de distraer a ese eterno niño que es el hombre. Y luego callad. No impongáis… El alma trabaja por sí sola. Ayudadla con las caricias y oración. Y cuando ella diga: «¿Entonces no fue Dios?», decid: «No. Él no quería hacerte mal porque te ama; incluso por aquellos que ya no te aman, o por haber muerto o por otros motivos». Y cuando el alma dice: «Pero le he echado la culpa», decid:  «Ya lo olvidó porque era la fiebre la que hablaba». Y cuando dice: «Entonces… le anhelo», decid: «¡Está ahí!,  a la puerta de tu corazón, esperando a que le abras».
* Soportar a las personas molestas, pesadas.
Ellas entran en la pequeña casa de nuestro «yo» y crean molestias, de la misma forma que los peregrinos respecto a la casa en que habitamos. Pues bien, de la misma forma os he dicho que acojáis a éstos, os digo también que acojáis a aquéllos. ¿Os molestan, resultan pesadas? Vosotros no las amáis, debido a la molestia que os causan; sin embargo, ellas, mejor o peor, os aman. Acogedlas por este amor. ■ Y aunque vengan por indagar, aunque vengan porque odian, o vengan a insultar, ejercitad la paciencia y caridad. Podéis mejorar a estas personas con vuestra paciencia; podéis escandalizarlas con vuestra falta de caridad. Que os duela que ellas pequen, pero que más os duela el que vosotros las hagáis pecar. ■ Recibidlas en nombre mío, si no podéis recibirlas por amor vuestro, y Dios os recompensará, yendo Él mismo, después, a devolveros la visita, y a borrar, con sus sobrenaturales caricias, el desagradable recuerdo.
* En fin, hacer sepultar a los pecadores para preparar su retorno a la vida de la Gracia.
■ ¿Sabéis cuándo hacéis esto? Cuando los amonestáis con paterna, paciente, amorosa, insistencia. Es como si fuerais enterrando poco a poco las fealdades del cuerpo, antes de depositar a éste en el sepulcro, en espera de que suene la orden de Dios. «Levántate y ven a Mí». Nosotros los hebreos, ¿no purificamos acaso los muertos por respeto al cuerpo que habrá de resucitar? Reprender a los pecadores es como purificar sus miembros que es la primera operación para la sepultura. La Gracia del Señor hará el resto. Purificadlos con caridad, lágrimas y sacrificios. Sed heroicos para arrancar a un espíritu de la corrupción. ¡Sed heroicos! Esta acción no quedará sin premio, porque, si se premia el ofrecimiento de un vaso de agua a un sediento del cuerpo, ¿qué habrá de recibir el que aleje de la sed infernal a un espíritu?
■ He terminado de hablar. Estas son las obras de misericordia que se refieren al cuerpo y al espíritu, que aumentan el amor. Id a ponerlas en práctica, y la paz de Dios y mía esté ahora y siempre con vosotros”.  (Escrito el 8 de Septiembre de 1945).
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1  Nota : Jesús se ha dirigido al escriba Juan. El escriba Juan fue el que dio a comer a los peregrinos un sábado al pie del monte de las Bienaventuranzas. Cfr.  Personajes de la Obra magna: Juan, el escriba.   2  Nota  :  Cfr. Is. 52,13-53,12.   3  Nota  :  Cfr. Salm. 21.
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4-277-328 (5-141-900).- Amor y corrección entre hermanos: “Si tu hermano peca contra ti…” (1). “Reconcíliate con tu hermano antes de ir a los jueces” (2).
* Al hermano por padre y madre, hay que amarle además espiritualmente, como hermano por Dios, Padre Universal… Si se sabe creer, el espíritu no recibe perjuicio con la muerte del padre”.- ■ Jesús no está donde estuvo en la última visión, sino en un vasto jardín que llega hasta el lago. En medio del jardín está la casa, precedida y flanqueada por él, que por detrás se extiende al menos tres veces más que por los lados y por delante. Hay flores, pero, sobre todo, árboles y bosquetes, como si estuviesen encerrados, unos en piscinas de mármol precioso, y otros en forma de quioscos rodeados con mesas y asientos de piedra. Probablemente hubo estatuas acá y allá, tanto al lado de los senderos como en el centro de la piscina. Ahora solo quedan los pedestales de las estatuas al pie de laureles y bojes que se reflejan en la piscina de agua cristalina. La presencia de Jesús con los suyos y de la gente de Magdala, entre la que está el pequeño Benjamín (3) que se atrevió a llamar a Judas, malo, me hace pensar que se trate de los jardines de la casa de Magdalena… adaptados para su nuevo uso, quitando aquellas cosas que hubieran podido ser desagradables o escandalizar y recordar el pasado… ■ Jesús no está mirando a lo mismo que yo. Mira a los pobres enfermos a los que da salud; mira a los viejos mendigos, a los que da dinero; mira a los niños que les ofrecen sus madres para que los bendiga; y mira compasivamente a unas mujeres, hermanas, que le están refiriendo la conducta de su único hermano —causa de la muerte de su madre, por congoja, y de la ruina de ellas mismas—; le ruegan estas pobres mujeres que les dé un consejo y ruegue por ellas. “Verdaderamente oraré por vosotras. Le pediré a Dios que os dé paz y que vuestro hermano se convierta y se acuerde de vosotras, devolviéndoos lo que es justo y, sobre todo, volviendo a amaros. Porque si esto hace, hará todo lo demás. ¿Pero le queréis, o bien le guardáis rencor?, ¿le perdonáis de corazón o bien hay en las lágrimas resentimiento? Porque tampoco él se siente feliz; menos que vosotras; y, no obstante sus riquezas, es más pobre que vosotras, y tiene necesidad de que se le compadezca. No tiene ningún otro amor, y se encuentra sin el amor de Dios. ¿Os dais cuenta cuán infeliz es? Con la muerte —como primero vuestra madre— cerraréis con júbilo esta vida triste que os ha provocado; él, sin embargo, no: es más, de los falsos placeres de ahora pasaría a un tormento eterno y atroz. Venid conmigo. Hablándoos a vosotras voy a hablar a todos”. Y Jesús se dirige al medio de un prado con matas de flores en cuyo centro antes debió de haber estado una estatua; ahora queda solo el pedestal, rodeado con un seto no alto de mirto y rositas. ■ Jesús se pone de espaldas a este seto y hace señal de que va a hablar. Todos se callan y se le acercan. “La paz sea con vosotros. Escuchad. Está dicho: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». ¿Y quién es el prójimo? Todo el género humano tomado en general. Luego, más en particular, todos los de la misma nación; luego, más en particular todavía todos los de la misma ciudad; y luego,  restringiendo aún más, todos los parientes; al fin, último círculo de esta corona de amor ceñida cual pétalos de rosa en torno al corazón de la flor, el amor a los hermanos de sangre, que son los primeros prójimos. El centro del corazón de la flor de amor es Dios: el amor a Dios es el primero que hay que tener. Alrededor de este centro, el amor a los padres, que es el segundo que hay que tener, porque realmente el padre y la madre son pequeños «Dios» de la tierra, al crearnos y cooperar con Dios en nuestra creación, además de cuidarnos con amor incansable. Alrededor de este ovario resplandeciente de pistilos, que exhala perfumes de los más selectos amores, se disponen estrechamente ceñidos  los círculos de los diversos amores (4). El primer círculo es el del amor a los hermanos nacidos del mismo seno y de la misma sangre de que también nosotros nacimos. ■ Pero, ¿cómo se debe amar al propio hermano? ¿Tan sólo porque su carne y sangre son iguales que las nuestras? Esto también lo saben hacer los pajaritos que se encuentran en el mismo nido. Ellos, efectivamente, lo único que tienen en común es el haber nacido de una misma nidada y el sentir en común en su lengua el sabor de la saliva materna y paterna. Nosotros los hombres valemos más que los pájaros. Tenemos más que carne y sangre. Tenemos al Padre, además de nuestro padre y madre. Tenemos el alma y tenemos a Dios, Padre de todos. Así pues, hay que saber amar al hermano como hermano por el padre y madre que nos han engendrado, y como hermano por Dios, que es Padre universal. Hay que amarle, por tanto, además de carnalmente, espiritualmente; amarle no sólo por la carne y la sangre, sino por el espíritu que tenemos en común; amar más el espíritu que la carne de nuestro hermano, porque el espíritu es más que la carne, porque el Padre Dios es más que el padre hombre, porque el valor del espíritu es mayor que el de la carne, porque nuestro hermano sería mucho más infeliz si perdiese al Padre Dios que si perdiese al padre hombre. El ser huérfano de padre es algo atroz, pero no es sino una orfandad a medias. Se resiente de ella sólo lo que es terreno: nuestra necesidad de ayuda y caricias. El espíritu, si sabe creer, no queda lesionado por la muerte del padre. Es más, el espíritu del hijo, para seguir al justo hasta el lugar en que se encuentra, asciende como atraído por una fuerza del amor. Y en verdad os digo que ello es amor, amor a Dios y al padre que ha ascendido con su espíritu a un lugar de sabiduría. Asciende a estos lugares donde Dios está más cercano, y obra con más rectitud, porque no le falta lo que es la verdadera ayuda (que son las oraciones de su padre, que ahora sabe amar cumplidamente); ni el freno que le viene de la certeza de que su padre ahora ve las obras de su hijo mejor que en vida, y también del deseo de poderse reunirse con él mediante una vida santa. ■ Por esta razón hay que preocuparse más del espíritu que del cuerpo del hermano. Sería un pobre amor el que tendiese solo a lo que perece, pero descuidando lo que no perece y que, habiéndolo descuidado, puede perder la alegría eterna. Demasiados son los que se afanan por cosas inútiles, se afanan por cosas de relativo mérito, y pierden de vista lo que es verdaderamente necesario. Las buenas hermanas, los buenos hermanos no deben preocuparse solamente de tener en orden la ropa, preparada la comida, o de ayudar a sus hermanos con el trabajo; deben poner atención a los espíritus de sus hermanos y oír sus voces, ver sus defectos, y, con amorosa paciencia, trabajar para darles un espíritu sano y santo, si en esas voces y en esos defectos ven un peligro para su vida eterna; y deben —si recibieron ofensa del hermano— empeñarse en perdonar, y en hacer que Dios le perdone mediante su retorno al amor, sin el cual Dios no perdona”.
* Normativa para cuando uno recibe una ofensa: porque antipatía, desapego e indiferencia ya son odio: simplemente porque no son amor.- “Y os doy una nueva ley sobre las relaciones con el hermano, hermano de sangre o hermano de amor: «Si tu hermano peca contra ti…»”.-Jesús: “Está escrito en el Levítico (5): «No odiarás a tu hermano en tu corazón sino repréndele públicamente para que no te cargues de pecados por su causa». Pero, del no odiar al amar hay todavía un abismo. Os puede parecer que la antipatía, el desapego y la indiferencia no son pecado por el hecho de no ser odio. No. Yo vengo a dar nuevas luces al amor, y, por tanto, necesariamente al odio; porque lo que clarifica al primero en todos sus detalles sabe clarificar en todos sus detalles al segundo; la misma elevación del primero a altas esferas produce como consecuencia un alejamiento mayor del segundo, pues cuanto más se eleva el primero el segundo parece hundirse en un fondo cada vez más profundo. Mi doctrina es perfección, finura de sentimiento y de juicio, verdad sin metáforas ni perífrasis; y os digo que la antipatía, el desapego y la indiferencia son ya odio: simplemente porque no son amor. ¿Podéis dar otro nombre a la antipatía, o al hecho de alejarse de un ser, o a la indiferencia? Quien ama siente simpatía por el amado; así que, si siente antipatía por él, es que ya no le ama. Quien ama sigue cerca del amado con su espíritu, aunque materialmente la vida le haya alejado de él; por esto, cuando alguien se separa de otro con el espíritu, es porque ya no le ama. Quien ama jamás siente indiferencia hacia el amado; antes al contrario, todas sus cosas le interesan; así pues, si uno siente indiferencia por una persona, es señal de que ya no le ama. Como veis, estos tres afectos son ramificaciones de una sola planta: de la del odio. ■ Veamos, ¿qué sucede cuando nos ofende alguien a quien amamos? En el noventa por ciento, si no viene odio, viene antipatía, desapego o indiferencia. No. No os comportéis así. No metáis el hielo en vuestro corazón con estas tres formas de odio. Amad. Y me preguntaréis: «¿Cómo podremos hacerlo?». Os respondo: «De la misma forma que puede Dios, que ama también a quien le ofende; es un amor doloroso, pero siempre bueno». Decís: «¿Y cómo haremos?». Pues bien, os doy una nueva ley sobre las relaciones con el hermano ofensor: «Si tu hermano te ofende, no le humilles reprendiéndole delante de los demás; antes bien, alarga tu amor hasta cubrir la culpa del hermano ante los ojos del mundo»; tendrás gran mérito ante los ojos de Dios, si por amor niegas anticipadamente a tu orgullo toda satisfacción. Oh, ¡cómo le gusta al hombre que se sepa que fue ofendido y que le causó un gran dolor por ello! No va al rey, a pedir dádiva de oro, sino que cual mendigo sin juicio, va donde otros insensatos y pordioseros como él a pedirle unos puñados de ceniza y basura, y sorbos de veneno ardiente: esto da el mundo al ofendido que se va quejándose y mendigando consuelos. Dios, el Rey, da oro puro a quien ofendido, y sin rencor, va a llorar solo a sus pies su dolor y a pedirle a Él, que es Amor y Sabiduría, consuelo de amor y enseñanza por lo que sucedió. Por esto si queréis consuelo id a Dios y obrad con amor. ■ Yo os digo, corrigiendo la ley antigua: «Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas. Si te escucha, habrás ganado de nuevo a tu hermano, y muchas bendiciones de Dios. Pero si tu hermano no te hace caso y, obstinado en su culpa, te rechaza, entonces, para que no se diga que asientes a su pecado o que no te importa el bien del espíritu de tu hermano, toma contigo a dos o tres testigos serios, buenos, dignos de confianza y vuelve con ellos donde tu hermano y repite en su presencia tus observaciones, a fin de que los testigos puedan dar fe de que hiciste cuanto estaba en tu mano para corregir con santidad a tu hermano. Porque éste es el deber de un buen hermano, dado que ese pecado contra ti, cometido por él, lesiona su alma, y tú debes preocuparte de su alma. Si no da resultado esto tampoco, ponlo en conocimiento de la sinagoga, para que le llame al orden en nombre de Dios. Si ni siquiera con esto se corrige sino que rechaza a la sinagoga o al Templo de la misma forma que te rechazó a ti, considérale publicano y gentil».Haced esto con los hermanos de sangre y con los hermanos de amor, pues hasta con vuestro prójimo más lejano debéis obrar con santidad, y sin codicia ni intransigencia ni odio”.
* Reconcíliate con tu hermano antes de ir a los jueces, porque la justicia humana es imperfecta siempre”.-Jesús: “Y cuando haya causas por las que sea necesario ir ante los jueces, y estés yendo ya con tu adversario, Yo te digo, ¡oh, hombre, que muchas veces te ves metido en males mayores por culpa tuya!, te digo que hagas todo lo posible de tu parte, mientras vas de camino, por reconciliarte con él, tengas razón o no; porque la justicia humana es imperfecta siempre y generalmente el astuto logra burlarla, de forma que podría pasar por inocente el culpable y tú, inocente, podrías pasar por culpable. Entonces te sucedería que no sólo no te reconocerían tu derecho, sino que incluso perderías la causa, y que pasarías, de inocente, a la situación de culpable de difamación, con lo cual el juez te entregaría al brazo de la justicia, y no te soltarían hasta que hubieses pagado hasta el último centavo. Ten espíritu conciliador. ¿Con ello sufre tu orgullo? Muy bien. ¿Tu bolsa se mengua? Mucho mejor. Basta con que crezca tu santidad. No tengáis nostalgia por el oro, no seáis ávidos de alabanzas. Procuraos la alabanza  que viene de Dios, procuraos una rica bolsa en el Cielo. ■ Y orad por los que os ofenden, para que se enmienden; si ello sucede, serán ellos mismos quienes os restituirán honores y bienes; si no lo hacen, Dios proveerá. Idos. Es hora de la comida. Que se queden sólo los pordioseros para que se sienten a la mesa apostólica. La paz sea con vosotros”. (Escrito el 16 Septiembre 1945).
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1  Nota : Cfr. Mt 18,15-17.    2  Nota  : Cfr.  Lc 12,58-59.   3  Nota  : Cfr. Personajes de la  Obra magnaBenjamín.   4  Nota  : La autora  describió y distinguió en el episodio 3-196-233 seis amores.   5  Nota  : Cfr. Lev. 19,15-18.
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(<Los 72 discípulos han regresado de su misión [1]>)
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4-280-341 (5-144-914).-“El amor es la cosa más sencilla, la más dulce y la más rara que pueda concebirse, y no siempre crece, aunque haya sido sembrado”.
* “Yo veía a Satanás caer del cielo. Porque procedisteis con amor Dios os bendijo. Otros harán lo que hicisteis, pero sin amor, y no obtendrán conversiones…”. ■ Terminada la cena, Jesús se dirige hacia las laderas del monte de los Olivos y los discípulos le siguen en masa. Aislados del ruido y de la gente, después de haber orado en común, informan a Jesús más ampliamente de cuanto no han podido hacerlo antes en medio de unos que iban y otros que venían. Admirados y alegres dicen: “¿Sabes, Maestro, que no sólo las enfermedades, sino los demonios, se nos sujetaron por la fuerza de tu Nombre?”… Jesús les dice: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo por vuestro mérito unido a mi Nombre. Porque he visto también vuestros sacrificios, plegarias, el amor con que os acercabais a los infelices para hacer lo que Yo había ordenado. Procedisteis con amor y Dios os bendijo. Otros obrarán lo mismo que hicisteis vosotros, pero sin amor, y no obtendrán conversiones… Pero no os alegréis porque sometisteis a los espíritus, sino alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo. No los quitéis jamás de allí…”.
* Me acordé de tus palabras: «No os acongojéis. Se os darán al punto las palabras precisas» y te invoqué. Dije: «Sin duda Jesús me ama, así que llamo a su amor en mi ayuda» y llegó el amor, como un fuego, una luz… una fuerza…”.- ■ Un discípulo, cuyo nombre ignoro, pregunta: “Maestro, ¿cuándo sucederá eso de que algunos no van a obtener conversiones? ¿Quizás cuando ya no estés con nosotros?”. Jesús: “No, Agapo. En todos los tiempos”. Agapo: “¿Cómo? ¿Incluso  mientras nos adoctrinas y nos amas?”. Jesús: “Sí. Amaros os amaré siempre, aunque estéis lejos de Mí. Mi amor siempre vendrá a vosotros, y lo notaréis”. Agapo: “¡Oh! es verdad. Yo lo experimenté una tarde que estaba en dificultades por no saber qué responder a las preguntas de uno. Estaba yo para huir avergonzado. Pero me acordé de tus palabras: «No tengáis miedo. En su momento se os darán las palabras que tengáis que decir», y te invoqué con mi corazón. Dije: «Sin duda Jesús me ama, así que llamo a su amor en mi ayuda» y llegó el amor, como un fuego, una luz… una fuerza… El hombre estaba frente a mí, y me observaba e irónico se burlaba haciendo guiños a sus amigos; estaba seguro de vencer la disputa. Abrí mi boca y fue como un torrente de palabras que fluía con gozo de mi boca tonta. Maestro, ¿viniste de verdad o fue una ilusión? Yo no lo sé. Sé que, al final, el hombre —y era un joven escriba—, me echó los brazos al cuello diciéndome: «Bienaventurado tú y quien te ha conducido a esta sabiduría». ■ Me pareció una persona que tenía voluntad de buscarte. ¿Vendrá?”. Jesús: “El hombre es inestable como una palabra escrita en el agua, y su voluntad es inquieta, como el ala de una golondrina, que revolotea en busca del último alimento del día. Ruega por él… Sí. Yo fui a donde estabas. Y también estuve con Matías, Timoneo, Simón, Juan de Endor, Samuel y Jonás. Quién se percató de mi presencia, quién no. Pero Yo estaba con vosotros y lo estaré con quien me sirva amorosa y fielmente, hasta el fin de los siglos”.
* Maestro, de entre nosotros, ¿quién sabe amar más?”. “Ved al que sabe amar más. El niño. No os acongojéis, de todas formas, los que tenéis ya barba. Todo el que renace en Mí, se hace «un niño»”.-  ■ Agapo dice: “Maestro, no nos has dicho todavía si entre los presentes hay quienes estén sin amor…”. Jesús: “No es necesario saberlo. Sería falta de amor por parte mía el indisponeros hacia un compañero que no sabe amar”. Agapo: “¿Pero hay? Esto sí lo puedes decir…”. Jesús: “Hay. El amor es la cosa más sencilla, la más dulce y la más rara que pueda concebirse, y no siempre crece, aunque haya sido sembrado”. Agapo: “Pero, si no te amamos nosotros, ¿quién te puede amar?”. Casi hay indignación en los apóstoles y discípulos, que se alborotan, descontentos,  por la sospecha y por el dolor. Jesús baja los párpados, y con sus ojos oculta también su mirada, para no señalar a nadie. Eso sí, hace un gesto resignado, dulce, triste con las palmas de sus manos hacia arriba, y dice: “Así debería ser, pero no es así. Muchos todavía no se conocen. Pero Yo sí los conozco, y tengo piedad de ellos”. ■ Pedro pregunta angustiado: “¡Oh, Maestro, Maestro! ¿Seré yo acaso?”, y se pega literalmente a Jesús, aplastando al pobre Marziam entre sí y el Maestro, y echa sus brazos cortos y nervudos a los hombros de Jesús, y le agarra y le menea, enloquecido por el terror de ser uno que no ama a Jesús. Jesús abre sus ojos, llenos de caridad pero tristes y  mira la cara angustiada y aterrorizada de Pedro, y le dice: “No, Simón de Jonás, tú no eres. Tú sabes amar y sabrás amar cada vez más; tú eres mi Piedra, Simón de Jonás, una buena piedra, sobre la cual apoyaré las cosas que más quiero, y estoy seguro que las sostendrás sin conocer turbación”. “¿Y entonces?” “¿yo?”; “¿yo?”; “¿yo?”. Las preguntas se repiten de boca en boca, como un eco. Jesús: “¡Calma! ¡Calma! Estad tranquilos y esforzaos en poseer todos el amor”. ■ Y le preguntan: “¿Pero, de entre nosotros, quién sabe amar más?”. Jesús extiende su mirada (una caricia que sonríe) sobre todos… después baja su mirada y la posa sobre Marziam, que sigue apretado entre Él y Pedro, y, haciendo a un lado a éste y poniendo al niño de cara a la pequeña multitud, dice: “Ved al que sabe amar más que todos. El niño. No os acongojéis, de todas formas, los que tenéis ya barba en la cara y hasta hilos canos en los cabellos. Todo el que renace en Mí, se hace «un niño». ¡Id en paz! Alabad a Dios, que os ha llamado, porque realmente veis con vuestros ojos los prodigios del Señor”.
* Futuros místicos: “los grandes, amados escuadrones de mis «pequeños-grandes» que —por gracia— verán, sabrán y escucharán lo que vosotros ahora veis, sabéis y oís”.- ■ Y Jesús añade: “Bienaventurados los que vean lo que estáis viendo. Porque os aseguro que muchos profetas y reyes anhelaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y muchos patriarcas habrían querido saber lo que vosotros sabéis y no lo supieron; y muchos justos habrían querido escuchar lo que vosotros oís y no pudieron escucharlo. Mas, de ahora en adelante, los que me amen sabrán todo”. Preguntan: “¿Y después, cuando te hayas ido, como dices?”. Jesús: “Después hablaréis vosotros por Mí. Y luego… ¡Oh, los grandes escuadrones, no por número sino por gracia, de los que verán, sabrán y escucharán lo que vosotros ahora veis, sabéis y oís! ¡Oh, los grandes, amados escuadrones de mis «pequeños-grandes»! ¡Ojos eternos, mentes eternas, oídos eternos! ¿Cómo podré explicaros a vosotros que me estáis rodeando, lo que será ese eterno vivir  —más que eterno, sin medida— de los que me amarán y por Mí serán amados hasta el punto de abolir el tiempo, y serán «los ciudadanos de Israel» (2) —aunque vivan cuando ya Israel no sea sino un recuerdo de nación—, los contemporáneos de Jesús vivo en Israel? Y estarán conmigo, en Mí, hasta el punto de conocer lo que el tiempo borró y la soberbia destruyó. ¿Qué nombre les daré? Vosotros apóstoles, vosotros discípulos, los creyentes serán llamados «cristianos». ¿Y éstos? ¿Qué nombre tendrán éstos? Un nombre conocido solamente en el Cielo ¿Qué premio tendrán ya en la tierra? Mi beso, mi voz, mi corazón. Todo, todo, todo Yo mismo. Yo, ellos. Ellos, Yo. La comunión total… Podéis iros. Yo me quedo aquí a hacer feliz a mi espíritu en la contemplación de mis futuros conocedores y amantes absolutos. La paz sea con vosotros”. (Escrito el 19 de Septiembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 10,17-20 y 10, 23-24.   Nota  : Futuros místicos: “Ojos eternos, inteligencias eternas, oídos eternos… serán los «ciudadanos de Israel»”.- Estas expresiones encuadran en el contexto, donde se lee: “más que eterno, ilimitado” (sin medida). Aquí se alude a los grandes místicos y carismáticos que nunca faltarán en la Iglesia a través de los siglos; criaturas privilegiadas, transformadas en Jesucristo (Gál. 2,20; Col.3,3; 1Cor. 14,6) y por esto participantes de su admirable e “ilimitado” poder de ver, escuchar, entender.
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(<La comitiva de Jesús con apóstoles, discípulos y discípulas, desde Betania, se dirige hacia Jericó para pasar después a la Transjordania con un doble propósito: evangelizar la transjordania e “instruir a fondo a Juan de Endor y Síntica [1], para que vayan con una buena provisión de Verdad” a su próximo destino: Antioquía. Una parte del grupo de los apóstoles concretamente Bartolomé, Felipe, Tomas y Judas Iscariote se han quedado en Judea: para recoger o avisar a los discípulos para que estén para la fiesta de las Luces. La ausencia de cuatro apóstoles, y sobre todo de Judas Iscariote hace más íntimo y feliz el grupo de los que quedan. Pedro es el más feliz>)
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4-285-377 (5-149- 954).- La Virgen adoctrina a Pedro sobre el juicio a las personas.
* Abandona todo en Dios, incluso el juicio sobre las personas. Mientras puedas ser como un niño guiado por el buen Dios, ¿por qué querer cargarte con el peso de decidir y juzgar?”. Y concluye con una frase de Síntica: “«Buscar por medio del sentido es siempre imperfecto»”.- ■ Juan de Endor anda con esfuerzo, oprimido por el peso que le cuelga de sus espaldas. Pedro se da cuenta y dice: “Dámelo, ya que has querido coger de nuevo este lastre. ¿Sentías nostalgia de esto?”. Juan de Endor le dice: “Me lo ha indicado el Maestro”. Pedro: “¿Sí? ¡Ésta sí que es buena! ¿Y cómo así?”. Juan de Endor: “No lo sé. Ayer por la noche me dijo: «Coge otra vez tus libros y sígueme con ellos»”. Pedro: “¡Hay que ver!… Bueno, pero, si lo ha dicho Él, está claro que es una cosa buena. Quizás lo hace por esa mujer. ¡Cuánto sabe, ¿no?! ¿Tú también sabes tantas cosas?”. Juan de Endor: “Casi. Es muy docta”. Pedro: “De todas formas, no vas a seguir viniendo detrás de nosotros con este peso, ¿no?”. Juan de Endor: “¡No creo! No lo sé. De todas formas, lo puedo llevar también yo…”. Pedro: “No, amigo. Me preocupa mucho que no enfermes. ¿No te das cuenta de que estás mal de salud?”. Juan de Endor: “Sí, lo sé. Me siento morir”. Pedro: “¡No gastes bromas y déjanos al menos llegar a Cafarnaúm!”. ■ Y Pedro termina por soltar: “Se está tan bien ahora, nosotros solos sin ese… ¡Maldita lengua! ¡He faltado una vez más a mi promesa al Maestro!… ¡Maestro! ¡Maestro!”. Jesús: “¿Qué quieres, Simón?”. Pedro: “He murmurado de Judas y te había prometido que no lo volve­ría a hacer. Perdóname”. Jesús: “Sí. Trata de no volver a hacerlo”. Pedro: “Tengo todavía 489 veces de recibir tu perdón…”. Andrés, sorprendido, pregunta: “¿Pero qué estás diciendo, hermano?”. Y Pedro, lleno de brillo de sagacidad su rostro bueno, torciendo el cuello bajo el peso del saco de Juan de Endor: “¿Y no te acuerdas de que dijo que debíamos perdonar setenta veces siete? Por tanto me que­dan todavía 489 perdones. Y llevaré la cuenta escrupulosamente…”. Todos se echan a reír, incluso Jesús tiene que sonreír por fuerza; pero responde: “Mejor sería, niño grande, que es lo que eres, si lleva­ras la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno”. Pedro se junta a Jesús y con el brazo derecho rodea su cintura, di­ciendo: “¡Querido Maestro mío! ¡Qué feliz me siento de estar contigo sin…! ¡Bah! Tú también estás contento… Y entiendes lo que quiero decir. Estamos nosotros solos. Está tu Madre. Está el niño. Vamos a Cafarnaúm. La estación es hermosa… Cinco razones para sentirnos felices. ¡Verdaderamente es hermoso ir contigo! ¿Dónde vamos a de­tenernos esta noche?”. Jesús: “En Jericó”. Pedro: “El año pasado en Jericó vimos a la Velada. ¿Quién sabe qué ha­brá sido de ella?… Me gustaría saberlo… ■ Y encontramos tam­bién al de las viñas…”. La carcajada de Pedro es tan sonora que con­tagia a los demás. Se echan a reír todos, recordando la escena del en­cuentro con Judas de Keriot. Jesús, en tono reprensión, dice: “¡Eres incorregible, Simón!”. Pedro: “No he dicho nada, Maestro. Me han venido ganas de reír al pen­sar en su cara cuando nos ha encontrado allí… en sus viñas…”. Pe­dro ríe con verdaderas ganas, tanto que debe pararse, mientras los otros siguen caminando y riéndose por fuerza. ■ Las mujeres alcanzan a Pedro. María pregunta con dulzura: “¿Qué te sucede, Simón?”. Pedro: “No lo puedo decir porque cometería otra falta de caridad. Pero… mira, Madre, tú que eres sabia, quisiera saber tu opinión. Si acuso con un fondo maligno a alguien, o, peor todavía, levanto una calumnia, peco, es natural. Pero, si me río de una cosa que todos saben, de un hecho que todos conocen, una cosa que hace reír, como, por ejem­plo, recordar la sorpresa de un embustero, su turbación, sus explica­ciones para disculparse, y volver a reírme como entonces nos reímos, ¿está también mal?”. Virgen: “Es una imperfección respecto a la caridad. No es pecado como lo es la maledicencia o la calumnia, y ni siquiera como una acusación velada, pero es, de todas formas, una falta de caridad. Es como un hilo sacado en una tela. No es un desgarrón, ni que la tela esté con­sumida, pero es algo que va contra la integridad de la tela y su belle­za, y facilita deslavazaduras y agujeros. ¿No te parece?”. Pedro se restriega la frente y dice un poco avergonzado: “Sí. No lo había pensado nunca”. Virgen: “Piénsalo ahora y no lo vuelvas a hacer. Hay carcajadas que ofen­den a la caridad más que un bofetón. ¿Alguno ha cometido un error? ¿Le hemos pillado en una mentira o en otra falta? ¿Y entonces? ¿Por qué recordarlo? ¿Por qué hacérselo recordar a otros? Corramos un velo sobre las faltas de los hermanos, pensando siempre: «Si fuera yo el que hubiera faltado, ¿me gustaría que otro recordase esta falta y que la hiciera recordar a otros?». Hay sonrojos íntimos, Simón, que hacen sufrir mucho. No menees la cabeza. Sé lo que quieres decir… Pero también los culpables los tienen, créelo. Sea siempre tu primer pensamiento: «¿Desearía eso para mí?». Verás cómo no volverás a pe­car contra la caridad. Y sentirás siempre mucha paz dentro de ti. ■ Mira a Marziam allí cómo salta y canta feliz. Es porque no tiene ninguna preocupación en su corazón; no tiene que pensar en itinera­rios, ni en compras, ni en las palabras que tendrá que decir. Sabe que otros se preocupan por él de estas cosas. Haz tú igual. Abandona todo en Dios, incluso el juicio sobre las personas. Mientras puedas ser como un niño guiado por el buen Dios, ¿por qué querer cargarte con el peso de decidir y juzgar? Llegará el momento en que tengas que ser juez y árbitro y entonces dirás: «¡Antes era mucho más fácil y menos peligroso!», y te juzgarás necio por haber querido cargarte an­tes de tiempo con tanta responsabilidad. ¡Juzgar! ¡Qué cosa tan difí­cil!”. La Virgen concluye: “¿Has oído lo que ha dicho Síntica hace unos días? «Buscar por medio del sentido es siempre imperfecto». Dijo una cosa muy exacta. Muchas veces juzgamos siguiendo justamente las reacciones de los sentidos, y, por tanto, con suma imperfección. Deja de juzgar…”. (Escrito el 24 de Septiembre de 1945).
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1  Nota  : Juan de Endor.-  Síntica. Cfr. Personajes de la Obra magna: Juan de Endor.- Síntica.
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(<La siguiente escena tiene lugar en la casa de Nazaret durante una cena. Sentado a la mesa está también Juan de Endor>)
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5-311-75 (5-177-1102).- La renuncia de Marziam es ocasión de una lección sobre el valor de los sacrificios hechos por amor. “Nada se pierde en la economía santa del amor universal”.- Comunión de los santos.
* El amor hacia nuestros herma­nos no se limita a medios y límites humanos, sino que se yergue a lu­gares mucho más altos… toca el trono de Dios. La comu­nión de los santos es exactamente este continuo obrar, de la misma forma que continuamente y en todos los modos obra Dios, para ayu­dar a los hermanos”.- ■ Síntica coge una lámpara, sale, vuelve con los bollos. Y Marziam le coge la bandeja y empieza a distribuir. Le da a Jesús el más hermoso (dorado, esponjado con la maestría de un pastelero). Uno, el segundo en perfección, a María. Luego es el turno de Pedro, luego de Simón, luego de Síntica. Y, para dárselo a Juan (de Endor), el niño se levanta y se pone al lado del anciano y enfermo pedagogo y le dice: “Para ti el tuyo y el mío, y además un beso, por todo lo que me enseñas”. Luego vuelve a su sitio y deposita con resolución la bandeja en medio de la mesa y cruza los brazos. Pedro, al ver que Marziam ni lo prueba, dice: “Así se me atraganta esta cosa deliciosa”. Y ofrece: “Al menos un trocito. ¡Venga, hom­bre, del mío; aunque sólo sea para no morir de ganas! Sufres demasiado… Jesús te lo concede”. Marziam: “Pero si no sufriera no tendría mérito, padre mío. He ofrecido este sacrificio precisamente porque sabía que me iba a hacer sufrir…. Y, en definitiva… estoy tan contento desde que lo he hecho, que me siento como todo lleno de miel. Siento el sabor de la miel en todas partes. Hasta me da la impresión de respirarlo junto con el aire…”. Pedro: “Es porque te mueres de las ganas”. Marziam: “No. Es porque sé que Dios me dice: «Haces bien, hijo mío»”. Pedro: “El Maestro te habría contentado incluso sin este sacrificio. ¡Te quiere mucho!”. Marziam: “Sí. Pero no es justo que me aproveche porque me quiera. Además, Él dice que es grande la recompensa en el Cielo incluso por un vaso de agua ofrecido en su nombre. Pienso que, si es grande por un vaso ofrecido a otros en su nombre, también lo será por un bollo o un poco de miel negados a nosotros mismos por amor a un hermano. ¿Me equivoco, Maestro?”. ■ Jesús: “Hablas como un sabio. Yo podía, efectivamente, sin tu sacrificio, concederte también lo que me pedías para la pequeña Raquel, porque era cosa buena y mi corazón lo deseaba. Pero lo hice con más alegría porque me ayudaste tú. El amor hacia nuestros herma­nos no se limita a medios y límites humanos, sino que se yergue a lu­gares mucho más altos. Cuando es perfecto, toca absolutamente el trono de Dios y se funde con su infinita caridad y bondad. ■ La comu­nión de los santos es exactamente este continuo obrar, de la misma forma que continuamente y en todos los modos obra Dios, para ayu­dar a los hermanos, sea en sus necesidades materiales, sea en sus necesidades espirituales, o en las dos, como en el caso de Marziam, que, obteniendo la curación de Raquel, la libera de la enfermedad y, al mismo tiempo, eleva el espíritu abatido de la anciana Juana y en­ciende una confianza cada vez mayor en el Señor en el corazón de to­dos los de aquella familia. Sí, también el sacrificio de una cucharada de miel puede servir para devolver la paz y la esperanza a una per­sona afligida; así como un bollo, u otro alimento que no se come por una finalidad de amor, puede conseguir un pan, ofrecido milagrosa­mente, para una persona hambrienta lejana que nunca conoceremos; y retener, por espíritu de sacrificio, una palabra de ira, aunque fuera justa, puede impedir un delito lejano; así como resistir a las ganas de coger un fruto, por amor, puede servir para inspirar a un ladrón la idea de enmendarse, impidiendo así un latrocinio. Nada se pierde en la economía santa del amor universal. No se pierde el holocausto de un mártir, no se pierde el heroico sacrificio de un niño ante una bandeja de bollos. Es más, os digo que el holocausto de un mártir frecuentemente tiene origen en la heroica educación que se haya procurado desde la infancia por amor a Dios y al prójimo”. ■ Marziam dice convencido: “Entonces conviene mucho que haga siempre sacrificios. Para cuando seamos perseguidos”. Pedro pregunta: “¿Perseguidos?”. Marziam: “Sí. ¿No te acuerdas que lo dijo?: «Seréis perseguidos por causa mía». Me lo dijiste tú la primera vez que viniste, solo, a Betsaida a evangelizar, en verano”. Pedro, admirado, comenta: “Este niño se acuerda de todo”. La cena termina. Jesús se levanta. Ora por todos y bendice. Lue­go, mientras las mujeres van a sus labores de ordenar la loza, Jesús con los hombres se pone en un ángulo de la habitación y labra un trozo de madera, que, ante la sorprendida mirada de Marziam, se transforma en una ovejita… (Escrito el 23 de Octubre de 1945).
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5-346-294 (6-34-204).- Solo los que unan una fe perfecta a un amor perfecto, sabrán el significado de los nombres de «Jesús» y de «María».
* Los apóstoles, enamorados de la Virgen María, van hablando de Ella con admiración… “Belleza pura que satisface sin ansias, así como cuando se contempla una flor”. “Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer. ¡Qué pura es! ¡Qué madre tan querida! No se sabe si se le ama por una u otra cualidad…”. Pedro concluye: “Se le ama porque es «María». ¡Esta es la razón!”.- Jesús debió haber salido de Cesarea de Filipo a las primeras horas de la mañana porque, desde el lugar por donde van, se ven los montes y la llanura. Se dirige hacia el lago de Merón, para ir luego al de Genesaret. Van con Él los apóstoles y todos los discípulos que estuvieron en Cesarea. Que un grupo tan numeroso se vea por el camino, no llama la atención a nadie, porque se encuentran caravanas de israelitas y prosélitos que vienen de todos los lugares de la Diáspora que van a Jerusalén, donde desean permanecer por algún tiempo para escuchar a los rabíes y respirar el ambiente del Templo. Caminan rápidos bajo el sol que está alto, pero que no molesta, porque es un sol primaveral que juguetea entre la fronda nueva, con las ramas en flor, y que hace que salgan, que broten flores y más flores. La llanura anterior al lago parece una alfombra florida. Al dirigir los ojos por las colinas que lo circundan, se ven trozos blanquecinos, otros ligeramente rosados, otros que dejando su color rosa, se tiñen de rojo. Y cuando se pasa cerca de las pocas casas de campesinos o de las herrerías que hay por el camino, la vista se alegra al contemplar los primeros rosales de los huertos, que se columpean por las paredes o vallas de las casas. ■ Simón Zelote observa: “Los jardines de Juana de Cusa deben estar en flor”. Santiago de Alfeo se acuerda: “También el huerto de Nazaret debe parecer un cesto lleno de flores. María es la delicada abeja que va de rosal en rosal; de los rosales a los jazmines que pronto florecerán; a los lirios, que tienen ya sus botones; y cortará la rama del almendro como siempre hace, es más, ahora cortará la del peral o del granado, para ponerla en la jarra de su habitación. Cuando éramos pequeños le preguntábamos cada año: «¿Por qué tienes siempre allí una rama de árbol en flor y no pones rosas?». Y respondía: «Porque sobre esos pétalos veo escrita una orden que me viene de Dios y siento el aroma puro del aura celeste». ¿Te acuerdas, Judas?”. Judas Tadeo le responde: “¡Cómo no he de acordarme! También me acuerdo que, ya hombre, esperaba con ansias que llegara la primavera para ver a María caminar por su huerto bajo las nubes de sus árboles en flor y entre los setos de las primeras rosas. Nunca vi espectáculo más hermoso que esa bella mariposa que andaba de flor en flor, en medio de los revoloteos de las palomas…”. Tomás suplica: “¡Oh, vamos pronto a verla, Señor! También yo quiero ver eso”. Jesús responde: “Basta con que aceleremos el paso, descansemos poco en las noches, para llegar a Nazaret a tiempo”. Tomás: ”¿De veras que me vas a dar este gusto, Señor?”. Jesús: “Sí, Tomás. Iremos todos a Betsaida y luego a Cafarnaúm. Allí nos separaremos: nosotros vamos en la barca a Tiberíades, y luego a Nazaret. Así cada uno, menos vosotros dos que sois de la Judea, vamos a tomar nuestros vestidos más ligeros. El invierno ha terminado”. Juan: “E iremos a decir a la Paloma: «Levántate, apresúrate, ¡oh amada mía!; ven porque el invierno ha pasado, la lluvia ha cesado, hay flores por los campos. Levántate, amiga mía, ven, paloma que estás escondida, muéstrame tu rostro y hazme escuchar tu voz» (1). Pedro exclama: “¡Bravo, Juan! Pareces un enamorado que cantara a su amada”. Juan: “Lo estoy. De María lo estoy. No veré a otras mujeres que despierten mi amor. Sólo María.  Ella es mi tesoro”. Tomas dice: “Hace un mes decía yo lo mismo ¿verdad, Señor?”. Y Mateo añade: “Creo que todos estamos enamorados de Ella. ¡Un amor tan alto, tan celestial!… como solo Ella puede inspirarlo. Y el alma ama completamente su alma, la mente ama y admira su inteligencia, el ojo mira y se regocija en su belleza pura que satisface sin ansias, así como cuando se contempla una flor… ¡María, la Belleza de la tierra y, creo, la Belleza del Cielo…!”. Felipe interviene: “¡Tienes razón! Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer. ¡Qué pura es! ¡Qué madre tan querida! No se sabe si se le ama por una u otra cualidad…”.  Pedro concluye: “Se le ama porque es «María». ¡Esta es la razón!”.
* Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y para los verdaderos amantes en la hora tremenda de tormento… cuando la Redentora redima con el Redentor”.- ■ Jesús, que los ha escuchado hablar, dice: “Todos habéis hablado bien. Muy bien ha dicho Simón Pedro. A María se le ama porque es «María». Os dije, cuando íbamos a Cesárea que solo los que unan una fe perfecta a un amor perfecto llegarán a saber el verdadero significado de las palabras: «Jesús, el Mesías, el Verbo, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre». Pero ahora os digo que hay otro nombre denso en significados. Y es el de mi Madre. Solo aquellos que unan una fe perfecta a un amor perfecto llegarán a conocer el verdadero significado del nombre «María», de la Madre del Hijo de Dios. ■ Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y para los verdaderos amantes en la hora tremenda de tormento, cuando la Madre sea sometida a suplicio con su Hijo, cuando la Redentora redima con el Redentor, a los ojos de todo el mundo y por todos los siglos de los siglos”. (Escrito el 30 de Noviembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Cantar 2,10-14.
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(<Es de noche. En la terraza de la casa que acoge a Jesús se reúnen Jesús y Juan. Juan desea comunicar a Jesús la conducta de Judas de Keriot pero está angustiado porque teme faltar a la caridad>)
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5-357-378 (6-47-284).- La crítica: “Confiar lo que tú sabes a quien para ti es el «Todo», no es pecado. Sería pecado si dijeras lo que sabes a quien no puede ser todo amor”.
“Es necesario tener misericordia, tanto más grande cuanto más tenemos ante nosotros un alma pobre contagiada con todos los males”.- ■ Jesús pasa un brazo por los hombros de Juan.  Le dice: “Dime lo que crees que debes decirme. ¿Qué cosas has intuido con la ayuda de la luz espiritual en el alma tenebrosa de tu compañero?”. Juan: “Maestro… estoy arrepentido de habértelo dicho. Cometeré dos pecados…”. Jesús: “¿Por qué?”. Juan: “Porque te causaré dolor al revelarte lo que no sabes, y porque… Maestro, ¿es pecado decir el mal que vemos en otro? Lo es ¿verdad? Y entonces ¿cómo puedo decirlo, sin faltar a la caridad?…”. Juan está angustiado. Jesús da luz a su alma: “Escucha, Juan, ¿para ti es más el Maestro o el condiscípulo?”. Juan: “El Maestro, Señor. Tú vales todo”. Jesús: “¿Y qué soy Yo para ti?”. Juan: “El principio y el fin. Eres el Todo”. Jesús: “¿Crees que siendo Yo el Todo, conozco también Yo todo lo que existe?”. Juan: “Sí, Señor, y por esto encuentro en mí una contradicción, pues pienso que sabes y sufres. Y porque recuerdo que un día me dijiste que en ocasiones Tú eres el Hombre, solo el Hombre, y por tanto el Padre te hace conocer lo que es ser hombre, que debe guiarse según razón. Y también pienso que Dios, por compasión hacia Ti, podría ocultarte estas feas verdades…”. Jesús: “Piensa en esto, Juan, y habla con toda confianza. Confiar lo que tú sabes a quien para ti es el «Todo», no es pecado. Porque «el Todo» no se escandaliza ni murmura, ni faltará a la caridad, ni siquiera con el pensamiento. Sería pecado si dijeras lo que sabes a quien no puede ser todo amor; a tus compañeros por ejemplo, que murmurarían y hasta atacarían al culpable sin misericordia, haciendo daño a él y a sí mismos. ■ Porque es necesario tener misericordia, una misericordia tanto más grande cuanto más tenemos ante nosotros un alma pobre contagiada con todos los males. Un médico, un enfermero compasivo, o una madre, si es poco el mal que padece un enfermo, se impresionan poco, y poco luchan por curarle; pero si el hijo, o el hombre, está muy enfermo, en peligro de muerte, ya gangrenoso y paralizado, ¡cómo luchan, venciendo repugnancias y fatigas, para curarle! ¿No es así?”. Juan: “Así es, Maestro”. Y Juan, como de costumbre, ha apoyado su cabeza sobre el hombro de Jesús. Jesús: “Pues bien, no todos saben tener misericordia con las almas enfermas; por esta razón hay que ser prudentes en dar a conocer sus males, para que el mundo no las rehuya y no las dañe con el desprecio. Un enfermo que se ve menospreciado se entristece y empeora. Si, por el contrario, le asisten con alegre esperanza, puede sanar, porque la alegría llena de esperanza del que le asiste entra en él y ayuda a la acción de la medicina. Pero Tú sabes que soy la Misericordia y que no mortificaré a Judas. Habla, pues, sin escrúpulo alguno. No eres un espía. Eres un hijo que confía al padre, con preocupación amorosa, el mal que ha descubierto en su hermano, para que él lo cure. ¡Ánimo, pues…!”. (Escrito el 11 de Diciembre de 1945).
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6-365-11 (6-55-350).- Enseñanza de Jesús a Marziam, futuro sacerdote.- La medida justa del juicio caritativo.
* Los sacerdotes siempre deben ser escuchados, por respeto a su misión. Es siempre Dios quien habla por labios de sus siervos en horas de su ministerio”.- ■ Jesús entra en el verde y plácido huerto de los Olivos. Marziam no se le ha despegado y se echa a reír al pensar en la carrera fatigosa que hará Pedro para alcanzarlos. Exclama: “¡Oh, Maestro, quién sabe cuántas cosas va a decir! ¡Si en lugar de detenerte aquí, hubieras seguido para Betania, se moriría de dolor!”. Jesús sonríe, mirando al jovencillo y le responde: “Me enterraría con sus quejas. Pero esto le servirá de escarmiento, para que esté atento. Mientras estaba hablando, él estaba charla que charla con este o con aquel”. Marziam le excusa pero ya sin reír: “Le hacían preguntas, Señor”. ■ Jesús: “Educadamente se hace la señal de que después se responderá, cuando calle la palabra del Señor. Tenlo presente, para cuando seas sacerdote. Exige el máximo respeto en las horas y lugares de instrucción”. Marziam: “Entonces, Señor, será el pobre Marziam quien hable…”. Jesús: “No importa. Es siempre Dios quien habla por los labios de sus siervos en las horas de su ministerio, y por eso debe escuchársele con respeto y en silencio”.  Marziam hace un gesto significativo como respondiendo a algo que rumiaba por dentro. Jesús que lo ha visto le pregunta: “¿No estás convencido?”.Marziam: “Señor mío, me preguntaba si Dios está también en los labios y en el corazón de sus sacerdotes de ahora… y con terror me preguntaba si los futuros serán iguales… Y concluía diciendo que… muchos sacerdotes hacen quedar mal al Señor… Claro que he pecado… ¡Pero son tan malos y odiosos! Tan secos… que…”. Jesús: “No juzgues. Pero no olvides esto que te disgusta. Tenlo presente en el futuro. Y, con todas tus fuerzas, trata de no ser igual a los que te desagradan; y que tampoco lo sean los que dependan de ti. Haz que el mal sirva al bien. Cualquier acción y cualquier conocimiento deben ser transformados en bien pasando por un juicio y una voluntad rectos”. ■ Marziam: “¡Oh, Señor! antes de entrar en la casa, que ya se ve, respóndeme a una cosa. No puedes negar que los sacerdotes de ahora sean culpables. Me dices que no juzgue, pero Tú lo haces y puedes hacerlo, y lo haces rectamente. Ahora bien, escucha, Señor, lo que pienso. Cuando los sacerdotes de hoy hablan de Dios y de la religión, —siendo la mayoría de ellos como son, y me refiero ahora a los peores—, ¿deben ser escuchados también?”. Jesús: “Siempre hijo mío. Por respeto a su misión. Cuando hacen cosas pertinentes a su ministerio no son Anás, ni Sadoc, ni ningún otro… Son «el sacerdote». Distingue siempre la pobre fragilidad humana de su ministerio”. Marziam: “Pero si hacen mal también su ministerio…”.  Jesús: “Dios suplirá”.
La medida justa del juicio caritativo: es tener presentes nuestros defectos y contrastar con ellos las buenas cualidades de los que queremos juzgar… Evitad el pecado de juicio”.- “¿Ni siquiera Doras ni Judas son malos?”.-Jesús: “¡Y además!… ¡Escucha, Marziam! No hay ningún hombre completamente bueno ni completamente malo. Y nadie es tan completamente bueno que tenga el derecho a juzgar a los hermanos como completamente malos. Tenemos que tener presentes nuestros defectos, contrastar con ellos las buenas cualidades de los que queremos juzgar. Entonces tendríamos una medida justa de juicio caritativo. Hasta ahora, Yo no he encontrado ningún hombre completamente malo”. Marziam: “¿Ni siquiera Doras, Señor?”. Jesús: “Ni siquiera él, porque es un marido honrado y un padre cariñoso”. Marziam: “¿Ni siquiera el padre de Doras?”. Jesús: “También era él un marido honrado y un padre cariñoso”. Marziam: “¡Pero fuera de eso no era más!”. Jesús: “Así es, pero en este punto no era malo. Por lo tanto no completamente malo”. ■ Marziam: “¿Ni siquiera Judas es malo?”. Jesús: “Ni siquiera él”. Marziam: “Pero no es bueno”. Jesús: “No lo será completamente, como tampoco lo es del todo malo. ¿No te convences de lo que estoy diciendo?”. Marziam: “Estoy convencido de que Tú eres totalmente bueno, y que, en modo absoluto, en Ti no existe la maldad. De esto sí que estoy convencido. Y tanto lo eres que nunca encuentras una acusación para ninguno…”. Jesús: “¡Oh, hijo mío! Si pronunciase la primera sílaba de acusación, ¡todos os echaríais encima del acusado como fieras!… ■ Yo, actuando así, trato de evitar que os manchéis con pecado de juicio. ¡Compréndeme, Marziam! No es que no vea el mal donde lo hay. No es que no vea la mezcla de mal y bien que hay en algunos. No es que no comprenda cuándo un alma sube o baja del nivel en que la puse. No se trata de esto, hijo mío. Es prudencia, para evitar las anticaridades entre vosotros. Y lo haré siempre así. También en los siglos venideros, cuando deba dar mi juicio sobre una criatura. ¿No sabes, hijo, que algunas veces vale más una palabra de alabanza, de ánimo, que mil reproches? ¿No sabes que de cien casos pésimos, señalados como relativamente buenos, al menos la mitad vienen a ser realmente buenos al no faltarles, después de mi palabra benévola, la ayuda de los buenos, que, en caso distinto, huirían del individuo señalado como pésimo? Hay que sostener a las almas, no hundirlas.  Pero si yo no soy el primero en sostenerlas, en encubrir las partes no bellas, en solicitar para ellas vuestra benignidad y ayuda, jamás os entregaríais a ellas con activa misericordia. ¡Tenlo presente Marziam!…”. (Escrito el 3 de Enero de 1946).
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(<Jesús y los suyos han salido en barcas hacia Magdala. Avistan las barcas de recreo de los paganos. Y Pedro furioso arremete contra ellas porque estas aguas de Dios son, “de nuestro Dios son para sus hijos” y no para los paganos>)
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7-448-89 (8-140-90).- “Si juzgar a los hombres no es cosa buena, juzgar las acciones de Dios será absolutamente malvado…”.
* “Juicio del hombre: yerra siete veces de diez”.- “Lucifer juzgó un pensamiento de Dios como errado y, creyéndose más justo que Dios, quiso ocupar el lugar de Él”.- ■ Jesús interrumpe este discurso acusatorio, en que Pedro da rien­da suelta a todo su espíritu de israelita y de pescador, poniéndose ro­jo, sofocado por la indignación, jadeante como si luchara contra fuer­zas infernales, y dice, con una tranquila sonrisa: “Pero es mejor que no seas tú el amo. ¡Por fortuna no lo eres! Por ellos y por ti. Porque a ellos les impedirías seguir un buen impulso, y, por tanto, un impulso imprimido en su espíritu —pagano, estoy de acuerdo, pero por natu­raleza bueno— imprimido en su espíritu por la Misericordia eterna que mira a estas criaturas —que no tienen culpa de haber nacido en la nación romana en vez de en la hebrea— con mirada piadosa, pre­cisamente porque las ve tender a lo bueno. Y te perjudicarías a ti mismo, porque cometerías un acto contra la caridad y otro contra la humildad…”. Pedro: “¿Contra la humildad? No lo veo por qué. Si yo fuese el dueño del lago me sería lícito disponer de él conforme yo quisiese”. Jesús: “No, Simón de Jonás. No. Te equivocas. Las cosas que tenemos, nos pertenecen porque Dios nos las concede. Así pues, aunque sea uno dueño de ellas por un poco espacio de tiempo, es menester pensar siempre que Uno solo es el que posee todo y sin límites, sin medida de tiempo, ni de espacio. Uno solo es el Dueño. Los hombres… ¡Oh, ellos no son más que administradores de pequeñas parcelas de la gran Creación! Pero el Dueño es Él, mi Padre y tuyo y de todos los seres vivientes. Además Él es Dios, y por tanto son perfectísimos sus pensamientos y acciones. Ahora bien, si Dios mira benigno el impulso de estos corazones paganos hacia la Verdad, y no solo mira, sino que hasta favorece este impulso imprimiéndole un movimiento cada vez más fuerte hacia el Bien, ¿no te parece que tú, hombre, pretendiendo impedírselo, en el fondo pretendes impedirle a Dios una acción? Y ¿cuándo se impide una cosa? Cuando se la juzga no buena. Tú, por tanto, pensarías esto de tu Dios: que realiza una acción no buena. Ahora bien, si juzgar a los hermanos no es cosa buena (porque todos los hombres tienen defectos y una facultad de conocer y juzgar tan limitada, que su juicio yerra siete veces de diez), absolutamente malvado será el juzgar las acciones de Dios. ¡Simón, Simón! Lucifer quiso juzgar un pensamiento de Dios, y lo definió como errado, y quiso ocupar el lugar de Dios creyéndose más justo que Él. Y ya sabes, Simón, en lo que paró Lucifer (1). Y tú sabes que todo el dolor que padecemos ha venido por aquella soberbia…”.■ Pedro: “Tienes razón, Maestro. Soy un gran cabeza de tonto. ¡Perdóname, Maestro!”. (Escrito el 24 de Junio de 1946)
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1  Nota  : Cfr. Is. 14,10-15.
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7-448-95 (8-140-96).- Dios es Misericordia más que intransigencia, mas ¿cuándo no perdona?
* “El amor excesivo y desordenado (a religión o patria) es pecado porque se hace egoísmo y éste siempre es pecado y causa de pecado porque siembra la mala voluntad que hace al hombre rebelde a Dios”. ■ Jesús dice: “Sabed siempre discernir. Dios es Misericordia más que intransigencia. Dios es bueno. Dios es Padre. Dios es Amor. El Dios verdadero es esto. El verdadero Dios abre el Corazón a todos, diciendo a todos: «Venid», indicando a todos su Reino. Es libre de hacerlo porque es el Único, el Universal, el Creador, el Eterno Señor. Os ruego, a vosotros de Israel, que seáis justos. Recordad estas cosas. No permitáis que las comprendan en vuestro lugar los que para vosotros son como cosa impura y mientras que vosotros no las comprendéis. También es pecado el excesivo y desordenado amor a la religión y a la patria, porque se convierte en egoísmo. El egoísmo siempre es motivo y causa de pecado. Sí. El egoísmo es pecado porque siembra en el corazón una mala voluntad que hace al hombre rebelde a Dios y a sus mandamientos. La mente del egoísta ya no ve claramente a Dios, ni tampoco las verdades de Dios. La soberbia exhala sus vapores en el egoísta y empaña las verdades. En la oscuridad, la mente, que ya no ve más la luz clara de la Verdad como la veía antes de hacerse soberbia, comienza el proceso de los porqués, y de los porqués pasa a la duda, de la duda a la indiferencia, no solo respecto al amor y a la confianza en Dios y en su justicia, sino también respecto al temor de Dios y al temor a su castigo. De ahí la predisposición a pecar, y de ésta se pasa a la soledad del alma que se aleja de Dios, la cual, no teniendo ya la voluntad de Dios como guía, cae en la ley de su voluntad de pecador. ■ ¡Muy mala cadena es la voluntad del pecador, uno de cuyos extremos lo tiene en su mano Satanás, mientras que el otro ata a los pies del hombre una bola pesada, para tenerle sujeto, esclavo en el fango, amante de las tinieblas! ¿Puede entonces el hombre no incurrir en culpas mortales? ¿Puede no incurrir en ellas, teniendo en sí solo mala voluntad?  Entonces, sólo entonces, Dios no perdona (1). ■ Pero, cuando el hombre tiene algo de voluntad buena y realiza incluso actos espontáneos de virtud, ciertamente termina poseyendo la Verdad, porque la buena voluntad conduce a Dios, y Dios, el Padre Santísimo, se inclina amoroso, compasivo, indulgente a ayudar, a bendecir, a perdonar a sus hijos que tienen buena voluntad”. (Escrito el 24 de Junio de 1946).
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1  Nota  : En el presente texto, se añade una exactitud doctrinal muy oportuna: en lugar del Amor divino y debido a una impenitencia obstinada, entra implacable la Justicia divina. Se sobreentiende: si permanece impenitente. Así, pues, Dios perdona a cualquier pecador, con la condición de que se arrepienta. Pero la Misericordia no puede entrar donde sólo hay odio.
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(<Samuel, vecino de Nazaret, ha matado de disgustos a su madre. Lleno de remordimiento ha pedido perdón a Jesús. Una vez de haberle perdonado, Jesús se dirige a los presentes>)
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7-459-172 (8-151-170).- “El  recto juicio nuestro y las acciones y palabras del prójimo: único medio para juzgar y conocer el corazón del prójimo”.  Malas amistades.
Ya os tengo dicho: sed astutos como las serpientes…  Porque, para tratar de las cosas del espíritu, la sencillez es santa, pero, para vivir en el mundo sin perjudicarse uno a sí mismo o a los amigos, es necesaria la astucia que sabe descubrir las tretas de quien odia a los santos”.- ■ Jesús dice: “Escuchad: Está escrito que no confiemos el corazón a un extraño (1) porque no conocemos sus costumbres. ¿Podemos decir lo mimo también del corazón de un paisano nuestro? ¿Del corazón del amigo? ¿Del de un familiar? Solo Dios conoce perfectamente el corazón del hombre, y el hombre tiene un solo medio para conocer el corazón de su semejante y comprender si se trata de un verdadero paisano, de un verdadero amigo, de un verdadero familiar. ¿Cuál es este medio? ¿Dónde está? En el prójimo mismo y en nosotros. En las acciones y palabras de él y en el recto juicio nuestro. Cuando en las palabras del prójimo, en sus acciones, o en las acciones que querría que nosotros hiciéramos, comprendemos, con nuestro recto juicio, que no hay bien, podemos decir: «Este no tiene corazón bueno y debo desconfiar de él». Hay que tratarle con caridad porque es un desdichado —su desdicha es la más grave: la del espíritu enfermo—, pero no seguirle en sus acciones, no tomar sus palabras como verdaderas y sabias, y, mucho menos, seguir sus consejos. ■ No os dejéis arrastrar de este pensamiento orgulloso: «Yo soy fuerte y el mal de los demás no entra en mí. Soy justo y, aunque escuche a los injustos, justo me conservo». El hombre es un abismo profundo, en que se dan todos los elementos del bien y del mal: sirven los primeros, con la ayuda de Dios, para tomar fuerzas y hacerse reyes; sirven para crecer y reinar sobre las cosas nocivas, las pasiones y las malas amistades. Todos los anhelos al bien y todos los gérmenes del mal están latentes en el hombre: por amorosa voluntad de Dios o por malvada voluntad de Satanás, el cual sugiere, tienta, instiga, mientras que Dios atrae, consuela, ama. Satanás tienta para seducir, Dios trabaja en conquistar. Y Dios no siempre vence porque la criatura es pesada, hasta que no elige el amor como ley suya, y, siendo pesada, desciende, y tiende más fácilmente a aquello que supone satisfacción inmediata y de las partes más bajas del hombre. Vosotros, por lo que digo acerca de la debilidad humana, podéis comprender cuán necesario es desconfiar de sí mismo y poner mucha atención a nuestro prójimo, para no unir el veneno de una conciencia impura al que ya fermenta en nosotros. ■ Cuando se cae en la cuenta de que un amigo destruye nuestro corazón, cuando sus palabras turban nuestra conciencia, cuando sus consejos escandalizan, hay que saber dejar esa amistad porque es dañosa. Persistiendo, se acabaría pereciendo en el espíritu porque se pasaría a acciones que alejan a Dios, que impiden a la conciencia endurecida comprender las inspiraciones de Dios. Si todo hombre culpable de graves pecados pudiese, quisiese hablar, diciendo cómo llegó a esos pecados, se vería que en origen hubo siempre una mala amistad…”. Samuel de Nazaret asiente en voz baja: “¡Es verdad!”. ■ Jesús: “Desconfiad de aquellos que, después de haber combatido contra vosotros sin motivo, de golpe, os colman de honores y regalos. Desconfiad de los que alaban todas vuestras acciones y son hombres que alaban todo: o sea, alaban al perezoso como buen trabajador, al adúltero como marido fiel, al ladrón como honrado, al violento como manso, al mentiroso como sincero, al mal creyente y al discípulo perverso como modelos. Lo hacen para destruiros y servirse de vuestra destrucción para sus fines astutos. Huid de aquellos que quieren embriagaros de alabanzas y promesas para que llevéis a cabo acciones que, de no estar embriagados, no aceptaríais hacer. Y cuando hayáis jurado fidelidad a uno no tratéis con sus enemigos. Solo se acercan a vosotros para perjudicar al que odian, y perjudicar con vuestra misma ayuda. ■ Abrid los ojos. Ya en otras ocasiones he dicho: sed astutos como las serpientes, además de sencillos como las palomas. Porque, para tratar de las cosas del espíritu, la sencillez es santa, pero, para vivir en el mundo sin perjudicarse uno a sí mismo y perjudicar a los amigos, es necesaria la astucia que sabe descubrir las tretas de quien odia a los santos.  El mundo es un nido lleno de serpientes. Procurad conocer el mundo y sus modos de obrar. Y luego, estando como palomas no entre el fango donde están las sierpes, sino en el alto abrigo sobre la roca, tened el corazón sencillo de los hijos de Dios. Y orad, orad, porque en verdad os digo que la gran Serpiente silba a vuestro alrededor, que os estáis en grave peligro; y quien no vigile, perecerá. ■ Sí. Entre los discípulos habrá quien perecerá, con gran júbilo de Satanás e infinito dolor de Cristo”.  (Escrito el 17 de Julio de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Eccli. 8,21.
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(<Jesús está Cafarnaúm. “¡El Rabí! ¡El Rabí!”. Y mujeres que se apresuran hacia Él, y niños y también hombres del pueblo, la mayoría viejos, inactivos a causa del sábado>)
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7-460-177 (8-152-175).- “Si permanecéis en la Caridad, la Caridad obrará en vosotros continuos prodigios”.
* Mi palabra es Luz. Llevad al alma siempre lo más cerca posible a la luz, para descubrir en vosotros manchas o sombras y luego tenedla bajo el gran sol de la Caridad. La Caridad acabará con vuestras imperfecciones como el sol hace evaporar la humedad que se condensa en aquellas nubecillas”.- ■ Jesús les dice: “Escuchadme. Os han dicho que estoy para dejaros. Es verdad. No lo puedo negar. Pero antes de que os deje, os doy esta orden: que os vigiléis mucho a vosotros mismos para conoceros mucho; que os acerquéis cada vez más a la Luz para que podáis ver. Mi palabra es Luz. Custodiadla en vosotros, y, cuando a su luz descubráis manchas o sombras, perseguidlas para arrojarlas fuera de vuestro corazón. Lo que erais antes de que Yo os conociese ya no debéis serlo; debéis ser mucho mejores, porque ahora sabéis mucho más. Antes estabais como sumergidos en un crepúsculo, ahora tenéis la Luz entre vosotros. Debéis, pues, ser hijos de la Luz. ■ Mirad el cielo por la mañana, cuando el alba lo ilumina: puede parecer sereno tan sólo porque no hay nubes que amenacen tempestad, ni lo perturben; pero en cuanto aumenta la luz y la fuerte claridad del sol se asoma en el oriente, los ojos, asombrados, ven formarse manchas rosadas en el azul del cielo. ¿Qué son? Ligeras nubecitas, tan leves que parecían no estar mientras la luz era tenue, pero que ahora, dándoles el sol, aparecen como espumas ligeras en el campo del cielo. Y estarán allí hasta que el sol las funde, las haga desaparecer con su fulgor. ■ Vosotros haced lo mismo con vuestra alma. Llevadla siempre lo más cerca posible a la luz,  para descubrir en vosotros cualquier niebla, aun la más leve, y luego tenedla bajo el gran sol de la Caridad. La Caridad acabará con vuestras imperfecciones como el sol hace evaporar la humedad ligera que se condensa en aquellas nubecillas tan tenues que el sol disipa en la aurora. Si permanecéis en la Caridad, la Caridad obrará en vosotros continuos prodigios. Idos y sed buenos”. (Escrito el 18 de Julio de 1946).
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(<Jesús se encuentra en Jericó. Además del grupo del publicano Zaqueo, ahora un convertido, y apóstoles, hay otro grupo, muy variado de fisonomías, de distintas razas. La mayoría de sus caras son ajadas, propias de quien ha usado y abusado de la vida de distintas maneras. A todos ellos habla Jesús>)
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8-523-165 (9-220-592).- Parábola del fariseo y del publicano (1).
* La parábola os enseñará a corregir en vosotros un pensamiento no bueno que hay en muchos corazones: juzgarse a sí mismo perfecto e imperfecto al prójimo”.- ■ Dice Jesús: “Y si de un pecador que antes os había dado escándalo recibís ahora espectáculos de edificación, no resolváis burlaros, sino imitar. Porque ninguno es nunca tan perfecto que sea impo­sible que otro le enseñe. Y el Bien es siempre lección que debe ser acogida, aunque el que lo practique, en el pasado, haya sido malo. Imitad y ayudad. Porque haciéndolo así glorificaréis al Señor y demostraréis que habéis comprendido a su Verbo. No queráis ser como aquellos a los que dentro de vuestro corazón criticáis porque sus acciones no están de acuerdo con sus palabras. Haced, más bien, que todas vuestras buenas acciones sean la coronación de todas vuestras buenas palabras. Y entonces verdaderamente el Eterno os mirará y escuchará benévolamente. ■ Oíd esta parábola para que comprendáis cuáles son las cosas que tienen valor ante los ojos de Dios. La parábola os enseñará a corregir en vosotros un pensamiento no bueno que hay en muchos corazones. La mayoría de los hombres se juzgan por sí mismos, y, dado que sólo uno de cada mil es verdaderamente humilde, sucede que el hombre se juzga perfecto, sólo él perfecto, mientras que en el prójimo nota multitud de pecados”.
.  ● Distinto comportamiento de un fariseo y de un publicano en sus relaciones con el prójimo.-Jesús: “Un día dos hombres que habían ido a Jerusalén para unos asun­tos subieron al Templo, como es conforme a todo buen israelita cada vez que pone pie en la Ciudad Santa. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El primero había venido para cobrar el arriendo de algu­nos negocios y para hacer las cuentas con sus arrendatarios, que vivían en las cercanías de la ciudad. El otro, para entregar los impuestos recaudados y para invocar piedad en nombre de una viu­da que no podía pagar lo que había sido tasado por la barca y las redes, porque la pesca —pescaba el hijo mayor— le era apenas suficiente para dar de comer a su familia. ■ El fariseo, antes de subir al Templo, había ido a ver a los arren­datarios de sus negocios. Habiendo dado una ojeada a éstos y habiendo visto que estaban llenos de productos y de compradores, lleno de contento había llamado a uno de los arrendatarios  y le  había dicho: «Veo que tus compraventas van bien». Arrendatario: “Sí, por gracia de Dios. Estoy contento de mi trabajo. He podido aumentar las mercancías y espero aumentarlas aún más. He mejorado el lugar, y el año que viene no tendré los gastos de mostradores y estanterías y, por tanto, ganaré más». Fariseo: «¡Bien! ¡Bien! ¡Me alegro! ¿Cuánto pagas tú por este lugar?». Arrendatario: «Cien didracmas al mes. Es caro, pero la ubicación es buena…». Fariseo: «Tú lo has dicho. La ubicación es buena. Por tanto, te doblo el arriendo». El arrendatario exclamó: «¡Pero señor! ¡De esta manera me qui­tas todas las ganancias!». Fariseo: «Es justo. ¿Acaso tengo que enriquecerte a ti? ¿Con lo mío? En se­guida. O me das dos mil cuatrocientos didracmas, inmediatamente, o te echo y me quedo con la mercancía. El lugar es mío y hago de él lo que quiero». Esto hizo con el primero, y lo mismo con el segundo y el tercero de sus arrendatarios, doblando a cada uno de ellos el precio, sordo a todas las súplicas. Y porque el tercero, cargado de hijos, quiso oponer resistencia, llamó a la guardia, hizo poner los sellos de incautación y echó afuera al desdichado. Luego, en su palacio, examinó los registros de los arrendatarios y encontró el modo de castigarlos por negligentes y se incautó de la parte con la que, con derecho, se habían quedado. Uno tenía un hijo moribundo y por la gran cantidad de gastos ha­bía vendido una parte de su aceite para pagar las medicinas. No te­nía, pues, qué dar al detestable amo. «Ten piedad de mí, señor. Mi pobre hijo está para morir. Luego haré trabajos extraordinarios para reembolsarte lo que te pareciere justo. Pero ahora, tú mismo puedes comprenderlo, no puedo». Fariseo: «¿Que no puedes? Te voy a mostrar si puedes o no puedes». Y, yendo con el pobre arrendatario al molino de aceituna, le quitó incluso lo que le quedaba de aceite que el hombre se había reservado para que de él comiese su familia y se alumbrasen du­rante la noche. ■ El publicano, por su parte, habiendo ido a su superior y habiendo entregado los impuestos recaudados, recibió esta respuesta: «¡Pero aquí faltan trescientos setenta ases» (2). Publicano: «Bien, ahora te lo explico. En la ciudad hay una viuda con siete hijos. Sólo el primero está en edad de trabajar. Pero no puede alejar­se de la orilla con la barca porque no tiene todavía muchas fuerzas en sus brazos para remar y para la vela, y no puede pagar a un trabajador para que le ayude. Estando cerca de la orilla, pesca poco, y el pescado apenas es suficiente para matar el hambre de aquellas ocho infelices personas. No he tenido corazón para exigir el impuesto». Superior: «Comprendo. Pero la ley es ley. ¡Ay si se viniera a saber que la ley es compasiva! Todos encontrarían razones para no pagar. Que el jo­vencito cambie de oficio y venda la barca, si no pueden pagar». Publicano: «Es lo único que les puede dar pan… y es el recuerdo del padre». Superior: «Comprendo. Pero no se puede transigir». Publicano: “De acuerdo, pero no puedo quitar a ocho infelices su pan. Pago yo los trescientos setenta ases»”.
.   ● Distinto comportamiento del fariseo y del publicano en sus relaciones con el Señor.- ■ Jesús: “Hechas estas cosas, los dos subieron al Templo. Pasando junto al gazofilacio (3), el fariseo, ostentosamente, sacó de su pecho una volumi­nosa bolsa y la sacudió en el Tesoro, hasta la última moneda. En esa bolsa estaban las monedas tomadas de más a los comerciantes y lo que había sacado del aceite arrebatado al administrador y vendido inmediatamente a un mercader. El publicano, por el contrario, sepa­ró lo que necesitaba para regresar a su lugar y echó un puñadito de monedas. El uno y el otro dieron, por tanto, cuanto tenían. Es más, aparentemente, el más generoso fue el fariseo, porque dio hasta la última moneda que llevaba consigo. Pero hay que pensar que en su palacio tenía más dinero y créditos abiertos con ricos cambistas. Luego fueron ante el Señor. El fariseo, se puso delante, junto al límite del atrio de los Hebreos, hacia el Santo; el publicano se quedó en el fondo, casi debajo de la bóveda que llevaba al patio de las Muje­res, y tenía agachada la cabeza, aplastado por el pensamiento de su miseria respecto a la Perfección divina. Y oraban los dos. ■ El fariseo, bien erguido, casi insolente, como si fuera el amo del lu­gar y fuera él el que se dignara agasajar a un visitante, decía: «Mira que he venido a venerarte en esta Casa que es nuestra gloria. He venido a pesar de saber que estás en mí, porque soy justo. Estoy convencido de ello. De todas formas, y aun sabiendo que lo soy sólo por mérito mío, te doy las gracias, como es razonable, por lo que soy. Yo no soy codi­cioso, injusto, adúltero, pecador como ese publicano que ha echado al mismo tiempo que yo un puñadito de monedas en el Tesoro. Yo, Tú lo has visto, te he dado todo lo que llevaba conmigo. Ese avaro, sin em­bargo, ha hecho dos partes y a ti te ha dado la menor. La otra, seguro, la guardará para juergas y mujeres. Pero yo soy puro. Yo no me contamino. Yo soy puro y justo, ayuno dos veces a la semana, pago los diezmos de cuanto poseo. Sí, soy un hombre puro, justo y bendito, porque soy santo. Recuerda esto, Señor». ■ El publicano, desde su lejano rincón, sin atreverse a levantar la mirada hacia las ricas puertas del hecol (4) y, dándose golpes de pecho, oraba así: «Señor, no soy digno de estar en este lugar. Pero Tú eres justo y santo, y me lo concedes una vez más porque sabes que el hombre es pecador y que si no se acerca a Ti se transforma en un demonio. ¡Oh, mi Señor! Yo quisiera honrarte noche y día, pero tengo que ser esclavo de mi trabajo durante muchas horas, un trabajo duro que me deprime, porque produce dolor a mi prójimo, que es más infeliz que yo. Pero tengo que obedecer a mis superiores, porque es mi pan. Haz, Dios mío, que sepa yo adaptar el deber hacia mis superiores con la caridad hacia mis pobres hermanos, para que en mi trabajo no en­cuentre mi condenación. Todos los trabajos son santos, si se ejercen con caridad. Ten tu caridad siempre presente en mi corazón para que yo, miserable como soy, sepa compadecerme de los que están sujetos a mí, como Tú te compadeces de mí, gran pecador. Habría querido hon­rarte más, Señor. Tú lo sabes. Pero he pensado que apartar el dinero destinado al Templo para aliviar ocho corazones infelices fuera me­jor que echarlo en el gazofilacio y no hacer llorar a ocho inocentes infelices. Pero, si me he equivocado, ház­melo comprender, oh Señor, y yo te daré hasta la última moneda, y volveré al pueblo a pie mendigando un pan. Hazme comprender tu justicia. Ten piedad de mí, Señor, porque soy un gran pecador». Ésta es la parábola”.
.   ● “Quien se humilla será ensalzado, sobre todo en el Cielo, donde las acciones de los hombres se ven en su verdadera verdad”.- Jesús: “En verdad, en verdad os digo que mientras que el fariseo salió del Templo con un nuevo pecado, añadido a los que había cometido antes de subir al Moria, el publicano salió de allí justificado, y la bendición de Dios le acompañó a su casa y en ella permaneció. Porque él había sido humilde y misericordioso, y sus ac­ciones habían sido aún más santas que sus palabras. Por el contra­rio, el fariseo sólo de palabra y externamente era bueno, mientras que en su interior era como un diablo y hacía obras de diablo por so­berbia y dureza de corazón, y Dios, por eso, le aborrecía (5). ■ Quien se ensalza será, siempre, antes o después, humillado; si no aquí, en la otra vida. Y quien se humilla será ensalzado, especial­mente arriba, en el Cielo, donde se ven las acciones de los hombres en su verdadera verdad. Ven, Zaqueo. Venid los que estáis con él. Y vosotros, apóstoles y discípulos míos. Os seguiré hablando en privado”. Y, envolviéndose en su manto, vuelve a la casa de Zaqueo. (Escrito el 2 noviembre de 1946).
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1  Nota  : Lc.  18,9-14.   2  Nota  : As.- Moneda romana  de bronce.  3  Nota  : Gazofilacio:  la sala del tesoro, en el recinto del Templo, donde se depositaban las monedas.   4  Nota  :  Hecol:  Palabra hebrea que significa Templo.   5  Nota  : “Dios le odiaba”.-  En el sentido de Sab. 14,7-11; Eccli. 12,6-7;  Rom. 9.
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(<Jesús ha llegado a Betania. Prepara a Marta y María Magdalena a la muerte de Lázaro>)
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8-536-280 (9-233-704).- “Marta, María, cuanto más se ama, más se obtiene. Amar es saber esperar y creer sobre toda medida… Cuando Lázaro haya… muerto, enviadme entonces un aviso enseguida”.
* Marta y a María deben creer y esperar contra toda realidad.- ■ Zelote observa: “Ahí están Maximino y Sara. Debe estar muy mal Lázaro para que sus hermanas no salgan a tu encuentro”. Los dos se acercan presurosos y se postran. En sus rostros, en sus vestidos está impresa la huella que el dolor y la fatiga acompañan a las familias en donde se lucha contra la muerte. Maximino no dice sino: “Maestro, ven…” pero tan afligido, que vale más que un discurso. ■ Llevan a Jesús a la puerta de la pequeña habitación, mientras los otros siervos se ocupan de los apóstoles.  Al leve toque de la puerta acude Marta, saca la cabeza flaca y pálida: “¡Maestro, Ven! ¡Bendito seas!”. Jesús entra, atraviesa la habitación que precede a la del enfermo, entra en ésta. Lázaro está durmiendo. ¿Lázaro? Un esqueleto, una momia amarillenta que respira… Su cara es una calavera, y en el sueño es aún más visible su destrucción. La piel cenicienta y estirada brilla en los ángulos de los pómulos, de las mandíbulas; en la frente, en las órbitas, tan profundas que parecen no tener ojos; en la nariz afilada, que parece haber crecido tanto que desfigura el contorno de las mejillas. Los labios están pálidos hasta el punto de desaparecer, y da la impresión de que no pueden cerrarse sobre las dos filas de dientes semidescubiertos, semicerrados… Una cara ya de muerto. ■ Jesús se inclina para mirar. De nuevo se yergue. Mira también a las dos hermanas, las cuales a su vez  le  miran con toda el ansia concentrada en sus ojos, en su alma adolorida, llena de esperanza. Les hace una señal, y, sin ruido, sale afuera, al pequeño patio que precede a las dos habitaciones. María y Marta le siguen. Cierran la puerta tras sí.  Una vez solos ellos, entre cuatro paredes, en silencio, con el cielo arriba sobre sus cabezas, se miran. Las hermanas no saben ya pedir, no saben ni siquiera hablar. Pero Jesús habla: “Vosotras sabéis quién soy. Sé quiénes sois vosotras. Sabéis que os amo. Sé que me amáis. Conocéis mi poder. Conozco vuestra fe en Mí. Sabéis también, sobre todo tú, María, que cuanto más se ama, más se obtiene. Amar es saber esperar y creer más allá de cualquier medida y de cualquier realidad que aconseje a no creer y a no esperar. Pues bien, por todo esto os digo que sepáis esperar y creer contra toda realidad contraria. ¿Me entendéis? Digo: sabed esperar y creer contra realidad contraria. Yo no puedo detenerme aquí más de unas pocas horas. Sólo el Altísimo sabe cuánto desearía como hombre detenerme aquí con vosotras, para asistirle, consolarle, para asistiros y confortaros. Pero como Hijo de Dios sé que es necesario que me vaya, que me aleje… que no esté aquí cuando… me añoréis más que el aire que respiraréis. Un día… muy pronto… comprenderéis estas razones que ahora os parecen crueles. Son razones divinas, que me duelen a Mí como Hombre, tanto como a vosotras. Son dolorosas por ahora. Ahora porque vosotras no podéis abrazar y contemplar su belleza y sabiduría. Y Yo no os lo puedo revelar. Cuando todo se haya cumplido, entonces comprenderéis y os alegraréis… ■ Escuchadme. Cuando Lázaro haya… muerto. ¡No lloréis así! Entonces enviadme un aviso enseguida. Y, entre tanto, arreglad todo para los funerales con gran pompa, cual corresponde a él, y a vuestra casa. Él es un judío de fama. Pocos le aprecian por lo que es, pero supera a muchos ante los ojos de Dios… Os haré saber dónde esté para que me podáis encontrar”. Marta, entre sollozos, dice: “Pero, ¿por qué no estar aquí por lo menos en ese momento? Nos resignamos, sí, a su muerte… Pero Tú… Pero Tú… Pero Tú…”. Y no puede decir nada más, y sofoca su lloro en sus vestidos… María, sin embargo, mira a Jesús, le mira, le mira, como hipnotizada… y no llora. Jesús: “Sabed obedecer, sabed creer, esperar… sabed decir siempre «sí» a Dios… Lázaro os está llamando… Id. Yo voy ahora… No tendré más la posibilidad de hablaros a solas. Recordad lo que os acabo de decir”. Y mientras presurosas entran, Jesús se sienta sobre una banquita de piedra y ora.   (Escrito el 4 de Diciembre de 1946).
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(<Jesús, que en un principio había sido recibido por los samaritanos con grandes honores, es rechazado violentamente ahora ante la constatación de que Jesús no quiere adherirse a ellos —que son fieles al Monte Garizim—, porque Jesús  quiere seguir siendo fiel al Monte Moria de los judíos. Logran huir con la ayuda de una piadosa samaritana. Los hijos del trueno, Santiago y Juan Zebedeo, piden permiso para ordenar fuego del cielo>)
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9-575-165 (10-36-248).- “En el desorden contra el amor el descenso al delito es fácil”.
* Metáfora del trueno y del rayo (en el desorden contra el amor el descenso al delito es fácil).- ■ Jesús ya ha atenuado su ira hacia los dos que, si habían pedido castigar a los de Tersa, lo habían hecho por amor a Él. Los toma a uno a la derecha y otro a la izquierda, por los codos, y reanuda la marcha, guiándoles así, y hablando a todos, que se han reunido en torno de Él, que se había parado: “En verdad os digo que el tiempo de la siega está cercano. La primera siega será la mía. Y para muchos no habrá otra segunda. Pero, y alabemos por ello al Altísimo, alguno que en mi tiempo no supo hacerse espiga de buen grano, después de la purificación del Sacrificio pascual, renacerá con una alma nueva. Hasta ese día no castigaré a nadie… Después vendrá la Justicia…”. Pedro pregunta: “¿Después de la Pascua?”. Jesús: “No. Después del tiempo. No hablo de estos hombres de ahora. Miro los siglos futuros. El hombre siempre se renueva, como las mieses en los campos. Y las cosechas se van siguiendo. Dejaré lo que los hombres del futuro necesitan para convertirse en buen trigo. Si no quieren, al fin del mundo, mis ángeles separarán la cizaña del trigo. Entonces vendrá el día eterno de Dios. Por ahora, en el mundo, se da el día de Dios y de Satanás: Dios siembra el Bien, el Demonio arroja entre las semillas de Dios sus condenadas cizañas, sus escándalos, sus maldades, sus semillas que promueven maldad y escándalos. Porque habrá siempre quienes inciten a otros contra Dios, como ha sucedido aquí, con estos que, en verdad, son menos culpables que los que les han incitado al mal”. Mateo pregunta: “Maestro, todos los años uno se purifica en la Pascua de los Ácimos, pero siempre se sigue siendo lo mismo que se era. ¿Será distinto acaso… este año?”. Jesús: “Muy distinto”. Mateo: “¿Por qué? Explícanoslo”. Jesús: “Mañana… Os lo diré mañana, o cuando ya estemos por el camino y esté con nosotros Judas de Simón”. ■ Juan dice: “¡Oh sí! Nos lo dices y nosotros nos haremos mejores… Pero ya ahora perdónanos, Jesús”. Jesús: “Os he llamado con el nombre apropiado. Pero el trueno no daña. El rayo sí que puede matar. De todas formas, el trueno, muchas veces es anuncio del rayo. Lo mismo le puede suceder a aquel que no elimina de su corazón todo desorden contra el amor. Hoy pide permiso para castigar. Mañana castiga sin pedir permiso. Pasado mañana castiga incluso sin razón. Es fácil el descenso… Por eso os digo que os despojéis de toda dureza hacia vuestro prójimo. Haced como Yo hago y estaréis seguros de no equivocaros jamás. ¿Acaso habéis visto alguna vez que Yo me vengue de los que me causan dolor?”. (Escrito el 5 de Marzo de 1947).
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10-620-186 (11-6-667).- Razón de ser de la primera aparición del Resucitado a María Magdalena
* “Su amor merece un premio. Ha sabido despojarse de todo lo que no fuese amor por su Dios”.- ■ Dice Jesús: “Y después de ir a la Pura, que por derecho de santidad y maternidad es justo que vaya, me presento a la mujer redimida, a la representante de todas las mujeres a quienes he venido a librar de la mordida de la lujuria, para decirles que se acerquen a Mí para curarlas, que tengan fe en Mí, que crean en mi Misericordia que comprende, perdona; que para vencer a Satanás, el cual instiga sus cuerpos, miren mi Carne adornada con las cinco llagas. ■ No permito que me toque. No es la Pura que puede tocar sin contaminar al Hijo que vuelve al Padre. Todavía le falta mucho que purificar con la penitencia. Pero su amor merece un premio. Ha sabido resucitar por su voluntad del sepulcro de su vicio, deshacerse de Satanás que la tenía aferrada, desafiar al mundo por amor a su Salvador, ha sabido despojarse de todo lo que no fuese amor, que ha sabido no ser otra cosa más que amor que arde por su Dios. Y Dios la llama: «María». Oye y responde: «¡Rabboni!». Y en ese grito se oye su corazón. ■ Le doy el encargo, por haberlo merecido, de ser la mensajera de mi Resurrección. Se le tacha de haber visto fantasmas. Pero no le importa a ella, María de Magdala, María de Jesús, el juicio de los hombres. Me ha visto resucitado, y esto le produce una alegría tal que le impide cualquier otro sentimiento. ¿Ves cómo amo también a la que fue culpable, pero que quiso salir de la culpa? Ni siquiera me muestro primero a Juan, sino a Magdalena. A Juan le había constituido hijo, y podía serlo porque era puro y podría ser hijo no sólo espiritual, sino que también podía ocuparse de todas aquellas necesidades propias del cuerpo humano de la Pura de Dios. Magdalena, la restituida a la Gracia, es la primera en verme. ■ Cuando me amáis hasta vencer todo por Mí, tomo vuestra cabeza y vuestro corazón entre mis manos llagadas y con mi aliento os inspiro mi poder. Os salvo a vosotros, hijos, a quienes amo. Os hacéis hermosos, sanos, libres, felices. Os convertís en los hijos queridos del Señor. Os hago portadores de mi Bondad entre los pobres hombres, para convencerlos de ella y de Mí. Tened fe en Mí. Amadme. No temáis. Que os infunda seguridad en el Corazón de vuestro Dios todo lo que ese Corazón ha padecido para salvaros”. (Escrito el 21 de Febrero de 1944).
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(<El día de la Ascensión Jesús va dando los últimos consejos a sus apóstoles>)
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10-638-354 (11-23-808).- En el día de la Ascensión del Señor: “Sabéis cómo se conquista el Reino de los Cielos: con la fuerza, y se llega a través de muchas tribulaciones, único camino y única puerta; y la medicina que da fuerza para recorrerlo y entrar: el amor”.
*  Son necesarias una caridad y pureza perfectas, para comprender al Amor y recibirlo en el corazón.- Una invitación al fuego de la contemplación para hacerse serafines.- ■ Dice Jesús: “Está por venir el Espíritu Santo, el Santificador, y de Él os llenaréis. Tratad de ser puros cual conviene a todo quien se acerca al Señor. Yo también era el Señor como Él. Pero había revestido mi Divinidad con una vestidura para poder estar entre vosotros, y no sólo para enseñaros y redimiros con los miembros y con la sangre de esta vestidura, sino también para traer al Santo de los Santos entre los hombres, eliminando la barrera, para todos los hombres, incluso para los impuros, de no poder posar sus ojos en Aquel al que los serafines no se atreven a mirar.  Pero el Espíritu Santo vendrá sin el velo de la carne, se posará sobre vosotros y descenderá en vosotros con sus siete dones y os aconsejará. Ahora bien, el consejo de Dios es tan sublime que para recibirlo es necesario prepararse con la voluntad heroica de una perfección que os haga semejantes a vuestro Padre, y a vuestro Jesús en su relación con el Padre y con el Espíritu Santo. Por lo tanto, son necesarias una caridad y una pureza perfectas, para poder comprender al Amor y recibirlo en el trono del corazón. ■ Sumergíos en el abismo de la contemplación. Esforzaos en olvidar que sois humanos y esforzaos para haceros serafines. Arrojaos al fuego de la contemplación. La contemplación de Dios es semejante a chispa que salta al choque de la piedra contra el eslabón, y de ahí nace el fuego y la luz. Es purificación el fuego que consume la materia opaca y siempre impura y la transforma en llama luminosa y pura. No tendréis el Reino de Dios en vosotros si no tenéis el amor. Porque el Reino de Dios es el Amor, y aparece con el Amor, y por el Amor se establece en vuestros corazones en medio de unos rayos de luz infinita que penetra y fecunda, borra lo que hubiere de ignorancia, comunica la sabiduría, consume al hombre y crea a un dios, al hijo de Dios, mi hermano, rey del trono que Dios ha preparado para los que se dan a Dios para tener a Dios, a Dios, a Dios, a Dios solo. Sed, pues puros y santos por la oración ardiente que santifica al hombre porque le sumerge en el fuego de Dios que es la caridad. ■ Debéis ser santos. No en el sentido limitado que esta palabra hasta ahora ha significado, sino en el extenso que Yo mismo le di al proponeros la santidad del Señor como ejemplo y límite, o sea, la santidad perfecta. Nosotros llamamos santo al Templo, santo al lugar donde está el altar, Santo de los Santos al lugar velado donde está el arca y el propiciatorio. Pero en verdad os digo que los que poseen la Gracia y viven en santidad por amor al Señor son más santos que el lugar del Santo de los Santos, porque Dios no se limita a colocarse de pie sobre ellos —como en el propiciatorio que está en el Templo para dar sus órdenes— sino que habita en los santos para darles su amor.
* Os digo de verdad: cuando tengáis por Amigo al Amor comprenderéis que cualquiera cosa que sufriereis, se hará ligera, aun la más cruel tortura del mundo”.- Jesús: “Sí. Amaos entre vosotros, ayudándoos mutuamente, porque este es el nuevo mandamiento y la señal de que sois en realidad míos.  No os inquietéis por ninguna razón. Dios está con vosotros. Podréis hacer lo que exijo de vosotros. No os impondré cosas que no podáis realizar, porque no busco vuestra ruina, sino vuestra gloria. Ved, voy a prepararos vuestro lugar al lado de mi trono. Estad unidos conmigo y el Padre en el amor. Perdonad al mundo que os odia. Llamad hijos y hermanos a quienes vienen a vosotros, o ya están con vosotros porque me aman. Estad tranquilos, sabiendo que siempre estaré pronto a ayudaros a llevar vuestra cruz. Estaré con vosotros en las fatigas de vuestro ministerio y en las horas de persecución. No pereceréis. No sucumbiréis aun cuando así pareciere a los ojos del mundo. Os encontraréis cansados, entristecidos, seréis torturados, pero mi gozo estará en vosotros, porque os ayudaré en todo. ■ Os digo de verdad que cuando tengáis por Amigo al Amor comprenderéis que cualquiera cosa que sufriereis, se hará ligera, aun la más cruel tortura del mundo. Porque el que todo hace por amor, el yugo de la vida y del mundo se le transforman en un yugo que Dios le da, que le doy Yo. Os repito que mi carga siempre es proporcionada a vuestras fuerzas y que mi yugo es ligero,  porque Yo os ayudo a llevarlo. ■ Sabéis que el mundo no sabe amar. Pero de hoy en adelante amad al mundo con un amor sobrenatural, para enseñarle a amar. Y si al veros perseguidos os preguntaren: «¿Así os ama Dios?, ¿haciéndoos sufrir, haciendo que padezcáis dolores? ¡Si es así no vale la pena de ser de Dios!». Responded: «El dolor no viene de Dios. Lo permite. Conocemos la razón de ello y nos gloriamos de tener igual suerte que tuvo Jesús, el Salvador, el Hijo de Dios». Responded: «Nos gloriamos de estar crucificados, de continuar la Pasión de nuestro Señor Jesús». Responded con las palabras de la Sabiduría (1): «La muerte y el dolor entraron al mundo por envidia del demonio. Pero Dios no es autor ni de la muerte, ni del dolor, y no se alegra con el dolor de los seres vivientes. Todas las cosas de Él son vida y todas están llenas de salud». Responded: «Actualmente parece que somos perseguidos y derrotados, pero en el día de Dios, al cambiarse las suertes, nosotros los justos, perseguidos en la tierra, nos veremos gloriosos ante los que nos vejaron y despreciaron». Decidles: «¡Venid a nosotros! Venid a la Vida y a la Paz. Nuestro Señor no quiere vuestra ruina, sino vuestra salvación. Por esto nos entregó a su Hijo para que todos fuereis salvos». Y alegraos de participar de mis padecimientos para poder estar conmigo en la gloria. «Yo seré vuestra recompensa inimaginable» (2), promete el Señor por Abraham a todos sus siervos fieles. ■ Vosotros sabéis cómo se conquista el Reino de los Cielos: con la fuerza, y se llega a través de muchas tribulaciones. Pero el que persevere como Yo he perseverado, estará donde estoy Yo. Ya os he dicho cuál es el camino y la puerta, que llevan al Reino de los Cielos. Yo he sido el primero en caminar por ese camino y en volver al Padre por esa puerta. Si existieran otros os lo habría dicho, porque siento compasión de vuestra debilidad humana. Pero no hay otros… Al señalároslos como único camino, y única puerta, también os digo, os repito, cuál es la medicina que da fuerza para recorrerlo y entrar. Es el amor. Siempre el amor. Todo es posible cuando en nosotros está el amor. Y el Amor, que os ama, os dará todo el amor, si pedís en mi Nombre tanto amor como para haceros atletas en la santidad”. (Escrito el 24 de Abril de 1947).
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1  Nota  : Cfr. Sab. 2,21-24.   2  Nota  : Cfr. Gén. 15,1-6.
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.                       b)  Dictados extraídos de los «Cuadernos de 1943/1950»

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Inmediatamente después de la S. Comunión
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43-40.- “El Amor es el microscopio del alma: cuanto más uno me ama, y ve las cosas a través de Mí, más advierte las pequeñas manchas de su conciencia”.
* “¿Por qué te impresiona hasta una bagatela y no querrías cometerla? Porque Yo estoy en ti. El mérito del alma, si es que existe, es uno sólo: el de su buena voluntad de tenerme y de tenerse en Mí. A mis ojos aún estás grisácea por el polvo que te recubre. Es preciso eliminarlo”.- ■ Dice Jesús: “¿Sabes por qué te impresiona hasta una bagatela y no querrías cometerla? Porque Yo estoy en ti. Donde Yo estoy nada que tenga ni el más lejano parentesco con lo impuro puede subsistir. La sensibilidad de un alma entregada a Mí es tal que aún la más insignificante tela de araña de mal le resulta pesada, insoportable y más repugnante que un mar de fango a quien no está conmigo. Mas esto no es así por mérito del alma. Lo es únicamente porque Yo estoy allí. El mérito del alma, si es que existe, es uno sólo: el de su buena voluntad de tenerme y de tenerse en Mí. Recuérdalo y no te gloríes de lo que no es tuyo sino mío. Humildad siempre si Yo he de obrar. ■ A los ojos del mundo eres tú blanca como nieve alpina; pero a mis ojos aún estás grisácea por el polvo que te recubre. ¿Cómo se ha formado ese polvo? Con partículas tan diminutas que, a simple vista, no se ven. Mas, acumuladas en cantidad, forman una capa gris que desluce y mancha las cosas. No es preciso tener sobre sí un montón de piedras para morir sofocados o aparecer sucios. Un puñado sólo de polvo puede matar por asfixia y ensucia siempre. Las piedras son los pecados mortales. El polvo, los veniales. Incluso las imperfecciones son polvo; más fino pero siempre polvo. Y es preciso eliminarlo porque, si se acumula, aun cuando cada una de sus moléculas sea impalpable, insignificante, acaba por asfixiar al espíritu y ensuciarlo. El mundo no lo ve. Yo sí. Hay cosas puras en apariencia, pero que no lo son. No por su voluntad sino porque otra voluntad las manchó y corrompió. Mientras os dura la vida estáis en peligro. Y la misma vida es ya un peligro. Mira la nieve: ¡qué blanca es! Se formó allá arriba en mi cielo. Mira un lirio: ¡qué color de perla el suyo! Su seda la crié Yo. Mas si tú miras la nieve y el lirio a través de un microscopio, verás en el copo más blanco de nieve cuántos gérmenes impuros se han mezclado, al caer por los espacios, antes de posarse sobre la tierra; verás cuántas microscópicas briznas de polvo afean la seda angelical del lirio apenas abierto. Y si esto sucede, no cabe culpar a la nieve ni al lirio por ser cosas inanimadas. ■ Mas en el alma racional, sí. Ella puede vigilar y disponer. ¿Cómo? Valiéndose del amor. El amor es el microscopio del alma. Cuanto más uno me ama y ve las cosas a través de Mí, más advierte las pequeñas manchas de su conciencia. Estas no me alejan porque sé cómo estáis hechos. Mas no me alejan si el alma las padece como inevitables, sin provocarlas, antes busca el limpiarse enseguida. Recuérdalo siempre”.
* Procura tenerme más, incluso sacramentalmente. Sólo mi Sangre puede lavar el gris de tu alma y ponerla digna del Rey, de Mí”. ■ Jesús: “Yo me quedo. Así pues, debes procurar tenerme más a menudo, incluso sacramentalmente. Sólo mi Sangre puede lavar el gris de tu alma y ponerla digna del Rey, de Mí. Ya viste qué pasó cuando tú no me llevabas… Sólo mi poder, obrando un milagro continuo, pudo sacarte adelante, lo mismo que mantener la vida de tu espíritu bajo el polvo que se iba acumulando sin que lo limpiara mi Sangre. Mas no hay que osar ni pretender demasiado. Yo te salvé por fines míos que no han de ser juzgados ni menos escudriñados. Ahora todo vuelve a la regla, puesto que el milagro es la excepción. Y así tú debes apacentarte de Mí, para ser cada vez más digna de Mí, poniendo de tu parte: infinito amor hasta quedarte exhausta, infinita voluntad de bien, infinita atención, infinita humildad, reconociendo tu nada  y mi Todo e infinita voluntad de pureza. Respecto a ella, me basta por ahora esto y así la separo intencionadamente de la voluntad en general, como voluntad excelsa”
* “Cuando Yo estoy en paz con un corazón, le doy paz y gozo. Ésta es la señal”.-Jesús: “Estamos en tiempo de alarmas (1) y si no vigiláis, el enemigo os hiere. Mas ¿qué son las bombas y los ataques enemigos, que solo matan el cuerpo, comparados con las asechanzas del Enemigo que pretende matar vuestra alma? ¡Esa alma que yo compré al precio de un Dolor y de una Sangre que no tiene precio! Sube a mi monte, aférrate a mi Cruz y vigila por ti, sobre ti, sobre muchos. Y ruega. Yo te amo y la alegría que sientes en ti es la prueba de mi amor y de que tú me contentas cumplidamente. Cuando Yo estoy en paz con un corazón, le doy paz y gozo. Ésta es la señal. Respecto al futuro… ¿qué es lo que quieres saber, pobre alma? No estás lejos de la verdad y esta mañana la has rozado. Pero ¿tendrías el valor de conocerla plenamente? Agradece mi misericordia que, por ahora, te la oculta en buena parte. Reza. Está cerca Pentecostés. ■ En cuanto al Padre (2), dile: «El que vive en caridad y en pureza está ya sobre un calvario y me agrada. Toca a Mí el dar a cada uno, del modo que quiero, la cruz que le corresponde»”. (Escrito el 31 de Mayo de 1943).
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1  Nota  : Las señales de alarma  por las incursiones aéreas  de la 2ª guerra.   2  Nota  : Se trata del Padre Romualdo M. Migliorini, Padre espiritual de María Valtorta.
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43-45.- “Solo la penitencia y el amor pesan a los ojos de Dios para detener los acontecimientos y desviarlos”.
* “Tenéis más necesidad de amor que de pan”.- ■ Dice Jesús: “Creen que la penitencia sea una cosa inútil, desfasada, una tranquila manía. Sólo la penitencia y el amor pesan a los ojos de Dios para detener los acontecimientos y desviarlos. Tenéis más necesidad de amor que de pan. Ahora bien, por el pan os afanáis en procurarlo arrebatándoos el mendrugo el uno al otro como perros hambrientos, de los que, en realidad os diferenciáis poco, prontos como estáis a acometeros por un puñado de tierra y por un humo de orgullo, mientras que nada hacéis por conquistar y poseer el amor. De esto no os cuidáis. Mas ¿sabéis, desgraciados, qué es lo que hacéis desentendiéndoos del amor? Perdéis a Dios, su ayuda en la Tierra y su visión en el Cielo. ¿Qué debo hacer para que comprendáis esto si no bastan mis azotes ni sirven mis bondades? ¿De qué modo debo hacer descender al Paráclito y en qué forma, para que os invista y os salve? ■ Si el globo de fuego transportado por el viento impetuoso descendiese, en un nuevo Pentecostés, sobre cada uno de vosotros —no dividiéndose en llamitas que fueron suficientes entonces sobre pobres pescadores, rudos e ignorantes de Mí— si descendiese en toda su plenitud sobre cada uno de vosotros, no sería bastante el mismo a encenderos de Dios. Deberíais antes escombrar el alma de vuestros falsos dioses, cosa que no la queréis hacer porque los preferís a Mí, Dios verdadero. Si no se realiza un milagro estáis perdidos. Volveos e implorad el Amor”. (Escrito el 1 de junio de 1943).
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43- 46.- Sagrado Corazón y el amor menospreciado.
* “Vuestras plegarias son inútiles pues no afloran a impulsos del amor sino del egoísmo. Queréis ser preservados del mal. Mas no decís: «Que esto mismo suceda a nuestros enemigos»… La Ley y la Palabra, hijos que no nos amáis, son siempre iguales, son siempre aquellas”.- ■ Dice Jesús: “En este mes dedicado a mi Corazón y que este año reúne las solemnidades que son otros tantos testimonios del amor de Nosotros, Trinidad divina ¿qué hacéis vosotros? Es un mes de amor del que vosotros hacéis un mes de infierno que odia. Y lo mismo hacéis con el mes de María, mi Madre, y con el de Abril en el que Yo morí ahora hace 20 siglos y que os trae mi Pascua. Siempre es así para vosotros.  El amor, la bondad, los queréis sólo de Dios y en Dios. Pero vosotros no queréis amarnos, amaros ni ser buenos. Sí. No queréis amarnos. Vuestras plegarias son inútiles porque afloran a vuestros labios, no a impulsos del amor sino del egoísmo. Queréis ser preservados del mal. Mas no decís: «Que esto mismo suceda a nuestros enemigos». No. Para ellos pedís estragos y ruinas: todo aquello que no queréis para vosotros. No hay latido vuestro que no tenga por secreto el odio y el egoísmo. Y así vuestras plegarias semejan globitos que se sueltan para un breve recorrido y explotan enseguida tornando a caer al suelo.  Procurad rogarnos con amor, con amor para todos, y Yo os ayudaré. «Porque si hacéis bien a quien os quiere, ¿qué mérito tenéis en ello?». Sed como Nosotros: que hacemos descender el sol y el agua sobre justos e injustos, dejando sólo a Nosotros el derecho de juzgar cuando sea la hora. ■ La Ley y la Palabra, hijos que no nos amáis, son siempre iguales, son siempre aquellas. Nada son veinte siglos ante las verdades eternas. Yo, el Verbo, no vine a mudar la Ley. Ni aún Yo que soy el Verbo. Y vosotros la habéis cambiado porque sobre mi Ley y sobre mi Palabra habéis colocado un sobrepuesto de vuestras necias palabras, de vuestras ciegas y crueles leyes. Con ello habéis creído cambiar la Ley y la Palabra y progresar. Sí. Habéis progresado. Mas, como uno que ya no ve la luz, habéis progresado, no hacia la meta: Dios, sino hacia el punto opuesto. Habéis retrocedido hacia la bestialidad. Estáis matando vuestra alma. Cómo, ¿sabéis gritar al público: «Salvad vuestras almas» y sois después vosotros los que matáis? ■ Cuando en un naufragio se hunde una nave, tan sólo mueren vuestros cuerpos y mis ángeles están prontos a llevar al Cielo las almas de los que han expirado con mi Nombre y el de María, mi Madre, en los labios. Vosotros, por el contrario, en el naufragio de vuestra filiación de hijos de Dios, matáis vuestras almas. ¡Oh, pobre Corazón mío!”.
* El amor menospreciado es un tormento y el mío es un amor infinito, infinitamente menospreciado. Soy impasible en mi Divinidad, pero pasible al dolor en mi Humanidad”.-Jesús:Hablo contigo, María, que sabes qué quiera decir ser desamada, ofendida, no reconocida, traicionada, y que has sufrido hasta el punto de enfermar por ello. Tú puedes comprender mi tormento parangonándolo con el tuyo. El amor menospreciado es un tormento y el mío es un amor infinito, infinitamente menospreciado. No son dos o tres personas las que han faltado, como te ha ocurrido a ti. Para Mí han sido millones de personas las que durante veinte siglos me han desamado, ofendido y despreciado. Y mi corazón, que ama con la perfección de un corazón divino, se ha dilatado en el sufrimiento del dolor. Nada fue el dolor de la lanzada comparado con las heridas que, durante veinte siglos, me han infligido en el Corazón la raza humana. Soy Dios e impasible, por tanto a la humana enfermedad; mas pasible, en cambio, al dolor en mi Humanidad. Y vosotros me dais un infinito y continuo dolor. ■ Debo refugiarme en el corazón de mi Madre para superar ciertas horas de congoja por vuestras indignidades; he de mirar a mis confesores para mitigar la amargura que suponéis vosotros, los hombres, para Mí que os he amado hasta morir. No queremos diademas preciosas sobre nuestras cabezas de las imágenes que me representan a Mí y a mi Madre y vuestra, mientras nos claváis de continuo espinas respecto a las cuales aquellas de mi corona eran rosas. Una corona tan sólo queremos de vosotros: «Vuestro amor». Un amor que sea verdadero, de toda hora, en toda circunstancia. Bastara que esto fuese así en pocos corazones, en todas las naciones, para que el mal fuese vencido por el bien. ¿No fueron acaso bastantes doce verdaderos apóstoles, apoyados en el Corazón de María, para llevar la caridad al mundo? Mas ahora sois vosotros peores que los Gentiles y que los Judíos”. (Escrito el 2 de Junio de 1943).
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43-48.- “La vida está hecha de cosas comunes pero que, revestidas de amor, resultan excelsas… El amor es el que abre los Cielos y hace descender de ellos a nuestra Trinidad”.
* “Igual de grande fue mi Madre en el momento de su «Fiat» que cuando se dedicaba a las humildes faenas de la mujer lavando, cocinando, escuchando, con amor, las necesidades de los vecinos”.-Dice igualmente Jesús: “Esto es para ti. Considera el valor de las cosas, aunque sean pequeñas, si me son ofrecidas con amor. Yo no te abracé cuando, en un gran dolor o en una prueba grande, te resignaste porque no podías hacer otra cosa, o cuando, en un momento de gran fervor, me ofreciste a ti misma. Te estreché a mi Corazón por algo que, a la vista humana, puede parecer una futesa. Mas Yo la juzgo como Dios y no como hombre. Tu espontánea dedicación de aquella pena y eso sin que Yo te hablare y sin que agente alguno externo te presionase, me conmovió urgiéndome a premiarte enseguida, tú sabes cómo. ■ Recuérdalo siempre y sé siempre dócil a mi voluntad que la debes ver en todas las cosas, aún en las más pequeñas, y a la que debes siempre considerar como movida por un deseo de bien hacia ti. Debes ser como tallo florido que se dobla y yergue a cada soplo del Amor, porque mi voluntad es Amor. Y en ti, el corresponder a este mi Amor con el amor debe ser total. Hasta la mirada que diriges a tu prójimo debe ser siempre mirada de amor. De este modo, incluso una simple mirada, te merecerá una caricia mía. Nada juzgues despreciable en orden a lo sobrenatural. La vida está hecha de cosas comunes pero que, revestidas de amor, resultan excelsas. Igual de grande y digna de la admiración de los ángeles fue mi Madre en el momento de su «Fiat» que cuando, dejando la contemplación de los más altos misterios y la meditación del dolor que habría de herirla a través de su Hijo, se dedicaba a las humildes faenas de la mujer lavando, con amor, mis pañales; cocinando, con amor, escuchando, con amor, las necesidades de los vecinos. El amor es siempre dúctil, pronto, dulce, alegre, generoso, paciente. El amor es el que abre los Cielos y hace descender de ellos a nuestra Trinidad, la cual viene a los corazones, no sólo con sus fulgores sino también con todas sus ternezas. Quiero conducirte a que seas más doblegable, suave y fuerte que una madeja de seda. Si Yo quiero juguetear contigo, si Yo quiero demostrar que soy el Rey, el Señor, tú no debes oponerte, lamentarte, ni fruncir el ceño. Si tras haberte tenido durante años postrada en un lecho, Yo quisiera tenerte fuera de él, ¿de qué habría que sorprenderse? Sería dueño de hacerlo y tú deberías de ser generosa pronunciando el «fiat» de la curación como lo fuiste para pronunciar el «fiat» de la enfermedad. Como curé tu alma, podría curar tu cuerpo que siempre está menos paralizado que lo estuvo en un tiempo tu pobre alma. Y tú deberías darme gracias por ello aun cuando la curación querría decir aplazamiento de tu encuentro conmigo en el Paraíso, peligro de vivir en el mundo y devolución de tu dádiva. Si Yo lo hiciese, tendría mis fines y tú, para complacerme, deberías estar siempre contenta como lo estás ahora. ■ ¿De qué está compuesta la miel? Del jugo de mil flores. ¿De qué está compuesta la perfección? Del fruto de mil sacrificios. Una abeja que quisiera nutrirse de una flor tan solo, no fabricaría sino poca miel y desabrida. Otra, en cambio, que mezcle el jugo de flores dulcísimas con el de otras un tanto amargas, de flores de sabor delicado con el de otras de aroma picante, produce miel abundante y saludable. Así sucede con el alma. Es preciso que te habitúes a ver en todas las cosas a tu Jesús que las preordina para tu bien y de todas has de servirte para progresar”.
* Para no errar: pensar que me haces a Mí”.-Jesús: “Mira, para no errar, debes hacer así: ¿miras a tu prójimo? Piensa que me miras a Mí. ¿Hablas con tu prójimo? Piensa que hablas conmigo. ¿Haces cualquier favor, cualquier servicio a tu prójimo? Piensa que soy Yo el que te lo ha pedido. Así progresarás. ¡Ay si uno se para a reflexionar a quién dirige la mirada, la palabra, la obra! ¡Qué pocas veces hablaría, miraría y obraría con aquella caridad que me hace acepto vuestro obrar! Yo, en la Tierra, todo lo hacía pensando en mi Padre y en vuestra redención. Haz tú todo pensando en Mí y en la redención de los pecadores. No basta con que te resignes cuando Yo te lo impongo quitándote aquello que estimo justo quitarte para tu bien. ■ Es preciso que bebas y apures jubilosa todos los cálices que te ofrezco, corriendo hacia ellos, bendiciendo al Amor, lo mismo cuando te los presenta que cuando te los quita, pidiéndome incluso que te los dé para evitar el que Yo los beba cuando son amargos. Así me serás querida, tan querida que Yo te amaré hasta el punto de suspirar ardientemente por tenerte  para siempre en mi Reino. Sólo el amor me fuerza a dejarte aquí todavía para que llegues a ser más buena. Sólo el amor debe forzarte a ser más buena para volar presto hacia Mí”. (Escrito el 2 de Junio de 1943).
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43-114.- “Por qué no muestro a las gentes mi Rostro todo amor sino a los que me aman”.
* “Los hombres, cubiertos de culpas,  hacen como Adán cuando se escondió de su Creador después de su pecado. Para no temer a mi Voz ni a mi Rostro es preciso tener el alma limpia de culpas graves”.- ■ Dice Jesús: “Sí. Los hombres tienen arrestos para herirme, mas no para venir a mi lado, atraídos por mi amor. Creen ciegamente en el Mal y en el Príncipe del Mal al que siguen sin temor, no bien se manifiesta bajo cualquiera de sus infinitas formas con infinidad de denominaciones. Pero no creen o creen a duras penas en el Bien y en el Dios del Bien, huyendo de sus manifestaciones. Se encuentran cubiertos de culpas y hacen como Adán cuando se escondió de su Creador después de haber pecado en el Edén. Para no temer a mi Voz ni a mi Rostro es preciso tener el alma limpia de culpas graves. Las imperfecciones posibilitan el que subsista todavía en vosotros ese mínimo de arrestos que os haga escuchar mi Palabra sin desfallecer. Si para merecerla hubierais tenido que estar sin imperfecciones, ningún mortal, excepción de mi Madre, la hubiera oído. ¿Lo ves? Tú misma has debido de sufrir primero una verdadera operación de reconstrucción y de mejora espiritual realizada por Mí, con tu ayuda, para llegar a merecer y soportar mi Palabra y mi Mirada. Cosa lógica. Pecado, aunque venial, quiere decir parentesco con el demonio. Y donde está el demonio no puede estar Dios. ■ Podría aterrorizar a los pecadores con una gran aparición tremebunda en la que viesen al Dios airado que juzga y castiga. Alguna vez lo he hecho para conquistar determinados corazones a los que quería especialmente para Mí y que sólo por tal modo lo habría de conseguir. Mas son casos excepcionales. Prefiero atraer con el Amor. Ahora bien, el que tiene un amor culpable con el demonio no siente el amor. He aquí por qué no muestro a las gentes mi Rostro todo amor. Lo reservo para quienes me aman, confiándoles a éstos la misión de hablar a los más sordos repitiéndoles mi Palabra e invitándoles a ser pequeñas copias de lo que soy Yo: Caridad, Redención, Enamorado y Víctima. ■ Vendré para todos un día: el último. Mas sólo aquellos que durante la vida purificaron su alma con el amor podrán resistir, sin precipitarse en el abismo, mi Rostro, mi Mirada y mi Voz cuyo trueno hará conmover los firmamentos y retemblar los abismos”.
 
* Después de haber escrito las palabras de Jesús y descrito con las mías la visión, hice esta oración: “¡Oh Jesús! ¿Por qué no haces ver a todos lo divinamente hermoso y bueno que eres? Si te viesen los hombres cual yo te veo, a buen seguro que no podrían por menos de comprender la Bondad infinita y amarte con un amor que haríales buenos. Marta (1) querría que mostrases tu Rostro airado para aterrorizar. Yo, en cambio, te pido que, para conquistar como me conquistaste a mí, muestres tu Rostro amoroso”.
 
Y Jesús contestó: “Sería inútil. No es comprendido el amor. Si apareciese así, unos se reirían y otros huirían. ¿Acaso no lo hiciste tú? Durante años y años huiste de Mí. Y eso que en los sueños e inspiraciones siempre me aparecía a ti con ropaje de amor. A lo largo de otros años siempre tuviste miedo de mis manifestaciones y cuando Yo me acercaba a ti hacías como mi antiguo Siervo y Profeta: te tapabas el rostro para no verme. Hube de prepararte con una paciencia infinita y, aun ahora, en tu interior, abrigas algún temor de que todo esto sea un engaño. ¡Y eso que tienes mi paz! Piensa qué harían aquellos que no tienen mi paz sino la guerra demoníaca en su corazón”. (Escrito el 24 de Junio de 1943)
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1  Nota  : Marta Diciotti.- Nació en Lucca el año 1910 y vivió al lado de María Valtorta a la que asistió con amor desde el año 1935 hasta la muerte de la misma acaecida el 12 de Octubre de 1961.
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43-121.- Es el amor el que comunica el movimiento al alma que, fija en Dios, ama a su Dios como su centro.
* Para quien quiere avanzar por el camino del Cielo, debe tener las potencias de su alma, que son comparables a una rueda, afianzadas en el Señor.- ■ Dice Jesús: “Es de suma importancia para el alma que quiere avanzar por el camino del Cielo, saber tener las potencias afianzadas en Dios. Cuando tal sucede, el alma está segura. ¿Qué son las potencias del alma? Te traigo ahora un símil humano. La rueda, ¿cómo está hecha? De un aro, de varios radios incisos en el aro y de un disco que agrupa los radios haciéndolos girar en torno a un eje. De esta manera la rueda sirve. Si alguna de sus partes está rota, sirve mal; mas si lo que está roto es el disco que sujeta los radios, la rueda no sirve en absoluto. Y ahora estate atenta, pequeña María que escuchas a tu Maestro. El aro es la parte humana que contiene todas las potencias morales, físicas y espirituales que están en el ser creado. Es la cinta que aúna cuanto hay en el hombre. Los radios son los sentidos que se concentran en un místico disco —el espíritu— que los recoge e irradia, ya que su operación es doble. El eje es Dios. Si la parte humana se ve lesionada por caries carnales, los sentidos quedan desligados y acaban desintegrándose en el polvo. Mas si es el espíritu el que se halla descompuesto o tal vez simplemente desencajado de su eje, entonces se paraliza el movimiento admirable del ser creado por Dios y le penetra la muerte. Por eso, es de absoluta necesidad para el alma que quiere merecer el Cielo, no salir jamás del punto de apoyo divino. El que tu parte humana esté simplemente presta a ayudar al prójimo y se fatigue en su servicio, es caridad. Mas tus sentidos no deben cesar de convergir en el espíritu e irradiar de él. Así se alimentarán de Dios y las acciones, aun las más humildes, llevarán la impronta de Dios, porque tu espíritu está y debe continuar empernado en Dios, soporte divinísimo de todo lo creado, punto de apoyo suavísimo de tu alma que encontró su Camino. ■ Cuando las potencias del espíritu se hallan fijas en Dios, ten por seguro que no hay fuerza alguna que las pueda arrancar de allí. El movimiento es cada vez más vertiginoso y ya sabes tú que hay una fuerza llamada precisamente centrípeta que atrae tanto más las cosas al centro cuanto el movimiento es más vertiginoso. Es el amor el que comunica el movimiento. El espíritu que está fijo en Dios ama a Dios como a su centro. Dios ama al espíritu empernado en Él; y este doble amor aumenta el movimiento vertiginoso, la carrera alada a cuyo final está el encuentro en mi Reino entre el espíritu amante y su Creador”. (Escrito el 26 de Junio de 1946).
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43-173.-“El amor y la pureza convierten al discípulo en predilecto”.- La muerte para los amantes.
* “La medida del amor de un ser: observa si tiene o no la paz consigo. Más amor más paz”.- ■ Dice Jesús: “El que mata el amor mata la paz. La paz es tanto más viva cuanto más vivo es el amor. ¿Quieres la medida del amor de un ser? Observa si tiene o no la paz consigo. El que ama obra bien y, obrando bien, no conoce la turbación. Esto sirve para todas las formas de amor. El amor natural no difiere en algunos aspectos del amor espiritual, ni se puede decir que difiera de él en sus reacciones. Cuando uno no ama o ama mal a otro, se muestra inquieto, suspicaz, proclive a la desconfianza y a aumentar cada vez más sus desvaríos y, con ellos, sus sospechas e inquietudes. Así pues, cuando uno no ama o ama mal a Dios, crece infinitamente su inquietud y carece de paz. A manera de un mal viento, empuja cada vez más lejos del puerto a la pobre alma que termina por perecer miserablemente, a no ser que intervenga para salvarla un milagro de la bondad divina.  Es lógico que así suceda. Dios en nada os ha faltado y por ello tenéis la obligación absoluta de amarle ya que Él os da su amor y amor con amor se paga. Cuando negáis a Dios vuestro amor, caéis, por natural consecuencia, en poder del príncipe del Mal. Dejáis la luz y os envuelven las tinieblas. Comienza entonces el tormento que es la fase preparatoria de las penas futuras. ■ Mas el alma amante, segura de su amor, se encuentra en la paz. Podrá acusarla el prójimo de todo lo peor, podrán las circunstancias tomar apariencias de castigo del Cielo; mas el alma no saldrá de su paz. Como sabe que ama, a nada teme. Fíjate en Juan. Dije Yo: «Uno de vosotros me ha de traicionar». Y aquella frase fue como una centella lanzada contra una colmena laboriosa. Y todos se alteraron por ella. El culpable llegó incluso a denunciarse a sí mismo. «¿Acaso soy yo?», recibiendo mi respuesta afirmativa que sólo la torpeza de los demás hizo que no fuese comprendida. La culpa tiene estas imprudencias: ciega hasta el punto de llevar a la autodenuncia. Por el contrario Juan, el amante fiel, no movió su cabeza de mi pecho ni se alteró su paz. Él sabía que me amaba y cómo me amaba. Su caridad y su pureza le defendían de cualquier acusación y reproche. Y siguió con su cabeza, que nada sabía de traiciones, sobre aquel Corazón que tampoco lo sabía. Te pongo a Juan por modelo. Hace años que te lo di como intercesor. Recuerda. Primero intercedió por ti. Ahora te instruye sobre las cualidades que hacen de un discípulo un predilecto: la caridad y la pureza. Cuanto más aventajasen ellas, tanto más crecerá la paz en ti. Y con la paz, el abandono total sobre mi Corazón”.
* Para los amantes la muerte no es cambio sino perfección”.- ■ Jesús: “La muerte de los que aman no es un cambio: es una perfección. Pasáis del reposo obstaculizado por la materia al libre reposo del espíritu en Dios. No es sino un abrazo más estrecho en una más viva luz. Esta es la muerte que Yo reservo al que me ama: Muerte de Paz tras una vida de paz. Es la Paz eterna en mi Reino”. (Escrito el 11 de Julio de 1943).
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43-184.- “Quienes saben venir a Mí con sincero y generoso amor (identificados con los intereses de su Jesús y viven fijos en Él)  es justo que  gusten, ya desde la tierra, el sabor de Dios”.
* “Me aflijo de que el mundo no sepa amar porque sé cuánto pierde el mundo por desconocer el amor”.- ■ Dice Jesús: “A quien venga a Mí, manantial de vida, Yo le daré la vida eterna. Será en él como  un surtidor que jamás se extingue y que con sus ondas lava y fecunda. Mas a quienes saben venir a Mí con sincero y generoso amor no sólo les daré la vida eterna y seré fuente de vida eterna sino que seré manantial de dulzura eterna. El amor verdadero y generoso lo poseen aquellos que no tienen otro cuidado que el de mis intereses y no apartan de Mí la mirada de su espíritu. Éstos me poseerán, no sólo como Dador de salvación sino también como Océano de felicidad. ■ Me aflijo de que el mundo no sepa amar ni darse a este amor que le haría feliz, porque sé cuánto pierde el mundo por desconocer el amor. Ése, el amor perfecto de vuestro Dios, Uno y Trino, no se halla inoperante puesto que el amor de Dios está siempre activo aunque menospreciado por el mundo. Los hombres como pobres dementes que no saben distinguir las cosas, no ven este Tesoro que está allí para ellos, que aguarda a ser derramado sobre ellos, este Tesoro que yace inerte porque ellos no lo quieren; y si fuera posible aplicar a la perfección de Dios efectos y reacciones humanos, habría de decir también que oprime nuestro Corazón con su peso que aumenta de hora en hora. Te explicaré de qué manera (1). Mas nuestra Perfecta Trinidad carece de formas humanas”.
* Yo derramo sobre ellos mis ondas de dulzura con todo el amor de mi Corazón. Ven. Para quien bebe de la fuente de mi Amor queda anulada toda amargura.- Jesús: “Sólo Yo, Hombre-Dios, tengo un Corazón semejante al vuestro: un corazón de hombre perfeccionado por mi Naturaleza divina al ser Corazón del Hombre-Dios. Y este Corazón se ha dilatado hasta el ahogo por el amor que lo llena y al que el mundo no se acerca. He aquí que entonces mi amor de Hombre-Dios se transvierte como océano de gozo y manantial de dulzura, en los corazones que saben amarme, no con un interés mezclado de excesiva humanidad, sino con un amor verdadero en el que cada latido tiene un único fin: procurar mis intereses. ■ Identificados con los intereses de su Jesús, o sea, con su gloria que, en el fondo, es vuestra propia gloria —porque la gloria de Dios se nimba con la de las almas llegadas a la gloria— es justo que ellos gusten, ya desde la tierra, el sabor de su Dios. Y Yo derramo sobre ellos mis ondas de dulzura con todo el amor de mi Corazón. Ven. Para quien bebe de la fuente de mi Amor queda anulada toda amargura”. (Escrito el 16 de Julio de 1943).
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1  Nota  : Cfr. Dictado 43-188.
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43-188.- Las Tres Personas, que se aman y aman su obra, efunden de continuo Amor que el hombre puede acoger o rechazar.
*  Si el Amor divino es acogido, el equilibrio, entre la producción y la efusión de este Amor, se mantiene. Mas si el hombre lo rechaza el equilibrio se altera provocando incluso la ira divina.- Dice Jesús: “Te dije (1) que te explicaría cómo Nuestro amor aumenta de peso de hora en hora. Es preciso no caer en un error de interpretación. En Dios se halla todo en un eterno presente. Y todo es perfecto y acabado. Mas Dios nunca está ocioso. Él produce de continuo. Te aportaré símiles humanos para tu mejor ilustración. Las Tres Personas, que se aman y aman su obra, son como otras tantas fuentes de calor que convergen en un solo punto, del cual se derraman después sobre el universo. Ahora bien, ¿qué produce el calor de esas tres bocas de fuego que continuamente emanan ondas del mismo calor (idéntico en su igual potencia desde el principio)? Un aumento de calor en el ambiente en que las tres corrientes se entremezclan. Pues bien, si este calor es recogido por instrumentos dispuestos a recibirlo, el equilibrio entre la producción y la efusión se mantiene. Mas si los instrumentos obstruidos por otros cuerpos, se niegan a recogerlo, el equilibrio se altera. Y así en la vida natural pueden, incluso, sobrevenir catástrofes. ■ Igual sucede en la vida sobrenatural. ¿No lo experimentas acaso? Tu amor, no reconocido o aceptado, ¿no altera tu corazón oprimiéndolo tanto que estalla a veces en una explosión de justo enojo? Digo «justo» porque soy justo. Pero te digo también: supéralo mediante la Caridad. Y si tanto puede en vosotros que tenéis un amor relativo, ¿qué no será en Dios en el que todo es infinito?  Nuestro amor, que el hombre rechaza, crece, crece, crece…”.
* “De ahí que Yo vaya pidiendo, como un mendigo, a ver quién abre su corazón a Nuestro Amor, y se hace víctima aceptando a ser consumido para proporcionar consuelo de Amor”.- ■ Jesús: “¡Hombres desgraciados! Está al caer sobre vosotros el momento en que ese Amor tronará con ira inquiriendo el porqué del desprecio. Y los tiempos actuales son ya los primeros sobresaltos de este Amor vilipendiado que, por justicia y por la consideración debida a su Perfección, no puede soportar la afrenta por más tiempo. De ahí que Yo vaya pidiendo como un mendigo a ver quién abre su corazón a Nuestro Amor intensísimo y se hace su víctima aceptando ser consumido para proporcionar consuelo de Amor. Lo que ofrezco son abrojos, lo sé y lo advierto. Mas no los rechacéis, vosotros al menos que aún no os habéis vendido al Enemigo. ■ Ninguno, por pequeño y mezquino que sea; ninguno, por muy pecador que haya podido ser, debe creerse rechazado por Nuestro Amor. Él es Misericordia. Y de las  almas más míseras puede y quiere hacer estrellas fulgidísimas de su Cielo. Pobres, manchados, débiles, venid a Mí todos y Yo os haré reyes. Venid a Mí, vosotros todos que por vuestra miseria habéis llegado a comprender mi Grandeza, por vuestras tinieblas mi Luz, por vuestra imperfección mi Perfección y por vuestro egoísmo mi Bondad. ¡Venid! Entrad en mi Amor y dejadlo entrar en vosotros. Soy el Pastor que se fatigó hasta la muerte por la ovejilla descarriada y por ella di mi Sangre. No temáis, corderos míos, si vuestro vestido está lleno de desgarrones y de manchas y vuestras carnes de heridas. Abrid tan sólo vuestra boca, vuestra alma a mi Amor y aspiradlo. Seréis justos para con Dios y para con vosotros mismos porque daréis consuelo a Dios y salvación a vosotros. ■ Venid cuantos ya me amáis con generosidad, arrastrad como con un trasmallo a los hermanos que aún titubean. Si busco entrar en todos para consolar al Amor desechado, a vosotras, almas víctimas, os pido que os entreguéis totalmente a Mí, a la obra de destrucción emprendida sobre la Tierra por mi Amor vehemente, pero creadora a la vez de una gloria tan excelsa que no podéis vosotros imaginar. ¡Cuál no será el fulgor que ha de penetrar en aquellas almas que acogieron el Amor de Dios hasta el punto de ser consumidas por Él! Tendrán el mismo fulgor de mi Amor que permanecerá en ellas: Fuego y Perla de divinísimo esplendor”. (Escrito el 18 de Julio de 1943).
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1  Nota  : Dictado 43-184.
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43-190.- “Para conseguir el bien de tu madre: la táctica de los «contrarios»”.
*  Las almas se conquistan por los contrarios.- ■ Dice Jesús: “¿Sabes qué has de hacer para conseguir el bien de tu madre? Trabajar por los contrarios: opón a su impaciencia, tu paciencia; a su modo injusto y taimado de ver, tu sinceridad; a su rebeldía, tu sumisión; a su rencor, tu amor y a su insoportabilidad en todo, tu alegre resignación. Así se conquistan a las almas: por los contrarios. ■ Mas, en modo alguno se te ocurra dárselo a entender a ella. Trabaja en silencio ofreciéndomelo todo a Mí. Unidos conseguiremos lo que hayamos de conseguir. Y, aunque de nada sirviese, tú habrías cumplido con tu deber y recibirías el premio por ello”. (Escrito el 18 de Julio de 1943).
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43-272.- En los «vencedores», que se alimentarán con el fruto del Árbol de la vida —con la Eucaristía y con la Palabra divina— se encuentran aquellos que sabrán hacer de su carne un espíritu y del demonio un vencido. Mas para ser vencedor es preciso haberse dado totalmente al Amor.
* Soy el Árbol de vida eterna y me doy a vosotros como alimento en la Eucaristía y mi vista será en la otra vida manjar gozoso de los vencedores”.- ■ Dice Jesús: “Sigo explicándote los pasajes que considero oportunosEstá dicho: «Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida...». Y este pensamiento se ha venido aplicando a Mí. Sí, soy el Árbol de vida eterna y me doy a vosotros como alimento en la Eucaristía y mi vista será en la otra vida manjar gozoso de los vencedores. Mas se da también ahí otro significado que muchos desconocen precisamente porque muchos de los que me comentan no son «vencedores». ¿Quién es vencedor? ¿Qué es preciso para serlo? ¿Obras resonantes de heroísmo? No. En tal supuesto serían excesivamente pocos los que vencen. Son vencedores los que en sí mismos vencen a la Bestia que querría tenerlos para sí. ■ En verdad, entre el martirio atroz pero breve, con ayuda de auxilios sobrenaturales y naturales, y la lucha secreta, oscura y continua, es ésta última de más peso en la balanza de Dios o, cuando menos, de un peso de naturaleza distinta pero maravillosa. No hay mayor tirano que la carne y el Demonio. Y son «vencedores» aquellos que saben vencer a la carne y al Demonio haciendo de su carne espíritu y del Demonio un vencido. Mas para serlo es preciso haberse dado totalmente al Amor. Totalmente: puesto que quien ama con todas sus fuerzas, nada reserva para sí y, al no reservar para sí, tampoco reserva para la carne ni para el demonio. Todo lo entrega a su Dios y Dios le entrega todo al que le ama. Le da su Verbo. Esto es lo que, ya desde la tierra, le da para comer al vencedor; ni podía darle cosa más grande. Me da a Mí, Verbo del Padre, para ser manjar del espíritu consagrado para el Cielo.
* “¿Por qué ni Misa ni Eucaristía ni Confesión os santifican como debieran? Porque son para vosotros simples apariencias. No las hacéis fecundas mediante mi Palabra. No me amáis. Eso es todo. Amar quiere decir vivir con el alma unida, fundida, encendida con un fuego único que abrasa de modo igual a la otra alma. Entonces con esa fusión viene la comprensión”.- ■ Baja mi Palabra a nutrir las almas entregadas por entero a su Señor. Mi Palabra viene a ser para vosotros sacerdote y guía, para vosotros que vais en busca de guía verdadera y que veis tantas guías débiles para las turbas que perecen sin guía verdadera. Vosotros que habéis captado la Verdad, sabéis que solo esto es necesario: vivir mi Palabra, creer en mi Palabra y caminar siguiendo mi Palabra. ¿Qué pensarías de uno que quisiera vivir de dulces, licores y humo? Diríase que ese tal tiene que morir puesto que éste no es el alimento que necesita para vivir sano. Lo mismo cabría decir del que se afana en mil exterioridades sin atender a lo que es meollo de la vida toda del alma: mi Palabra. ■ ¿Por qué ni la Misa, ni la Eucaristía, ni la confesión os santifican como debieran? Porque son para vosotros simples apariencias no haciéndolas fecundas mediante la atención a mi Palabra. Peor aún:  sofocáis bajo la tibieza, la hipocresía y las faltas más o menos graves mi Palabra que os la lanzo de lo alto del Cielo para que os sirva de llamada y de Luz. ■ No me amáis: eso es todo. Amor no significa hacer de vez en cuando una visita superficial de mundana cortesía. Amar quiere decir vivir con el alma unida, fundida, encendida con un fuego único que abrasa de modo igual a la otra alma. Entonces, con esa fusión, sobreviene también la comprensión. Yo os hablo no más lejos que de lo alto de los cielos, mas tomo morada —y conmigo el Padre y el Espíritu, porque somos una misma cosa— tomo morada en el corazón que me ama y mi Palabra no es ya susurro sino Voz plena, no es ya intermitente sino continua. Soy entonces el «Maestro» verdadero. Soy Aquél que hace 20 siglos hablaba incansable a las turbas y que encuentra ahora sus delicias en hablar a sus predilectos que saben escucharle y de los que hago mis canales de gracia. ■ ¡Cuánta vida os comunico con mi Palabra que es Palabra del Padre, Amor del Espíritu: Vida verdadera, Vida santa, Vida eterna, Vida gozosa! Sí, al «vencedor» doy en verdad a comer el fruto del Árbol de la Vida. Os lo doy desde esta Tierra con mi espiritual doctrina que vuelvo a traer entre los hombres a fin de que no todos perezcan y os lo doy en la otra vida con mi estar eterno entre vosotros. Yo soy la Vida verdadera. Permaneced, queridos míos, en Mí y no conoceréis la muerte”. (Escrito el 18 de Agosto de 1943).
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43-344.- “Vuestro amor con respecto al mío es como una piedrezuela respecto de una cordillera”.
*  Ni los dones ni los castigos de los últimos tiempos servirán para hacer de los que vivan en aquel tiempo hijos de Dios. De un Dios de Misericordia, de Perdón y de un Amor tan infinito que, por mucho que uno trate de comprender su medida, no lo conseguirá. Dice Jesús: “Vuestro Dios obrará toda suerte de prodigios con el fin de atraer a Sí al mayor número de vivientes porque Yo soy Dios de Misericordia, de Perdón y de un Amor tan infinito que, por mucho que podáis estudiarlo y tratar de comprender su medida, no lo conseguiréis. Lo que vosotros creéis sea la infinitud de mi amor hacia vosotros, es como la piedrezuela diminuta del cauce de un río respecto de una cordillera completa de montañas. ■ Ahora bien, ¿crees tú que tantos prodigios de amor y tantas luces del Espíritu han de convertir los hombres a su Dios Eterno? Desengáñate. Si Yo tuviera con los pobres animales privados de razón los cuidados que he de emplear con vosotros para las necesidades de vuestros cuerpos —sólo éstos— esos animales, con sus lenguajes informes, me alabarían desde el amanecer hasta el ocaso y si supieran dónde encontrarme, vendrían de todas partes del globo a dar gracias a su Tutor benéfico. Pero los hombres, no”. (Escrito el 16 de Septiembre de 1943).
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43-401.- “El que ama a Dios tiene verdadera sabiduría e inteligencia”.
* “Si el temer a Dios es sabiduría y huir del mal inteligencia, el amar a Dios será perfección de sabiduría e inteligencia”.- ■ Dice Jesús: “Si el temer al Señor es sabiduría y el huir del mal es inteligencia, ¿qué no será el amar al Señor con todas las fuerzas del ser? Será perfección de sabiduría y de inteligencia porque el amor en tal grado enriquece las potencias del espíritu, que lo lleva, en consecuencia, a la perfección en todo orden de cosas. El que ama en tal medida alcanzó ya la verdadera sabiduría, que no cabe mayor por ser perfecta (con una perfección cual por una criatura puede ser alcanzada). El amor le enseña a comprender y le lleva a obedecer; el amor le preserva del mal y le hace volar por el camino del Bien. ■ El amor, el amor santo que Dios quiso por principal atributo suyo —Dios es amor— es la ciencia de las ciencias pues os hace maestros en la ciencia que da la Vida: la ciencia de conocer a Dios. El que ama posee la verdadera inteligencia. Dios no se aparta de quien le ama. Por tanto, si Dios está en vosotros, vosotros poseéis en vosotros a la Inteligencia misma y Ella os comunica sus luces al modo como una llama encerrada dentro de un cristal trasluce y caldea al exterior”.
* “Dios es llama que vive en el hombre cuando le amáis. La naturaleza humana se deifica a su contacto. Ya desde la tierra ven a Dios y gozan de Él como en un anticipo”.-Jesús: “Y Dios es llama que vive en vosotros cuando le amáis. Vuestra naturaleza humana se deifica a su contacto. El hombre, en cuanto animal dotado de razón, desaparece cual crisálida de mariposa y subintra el verdadero superhombre que no es como el mundo cree: un pobre soberbio lleno de errores y de orgullo sino un ser que, no siendo todavía ángel ni ya hombre, tiene del hombre las luchas que le otorgan el mérito y de los espíritus la libertad sobre el sentido, la luminosidad y clarividencia por las que se desvela la Verdad y aparece Dios —Padre y Señor— en su sobre-esencial Belleza. ■ Bienaventurados los que aman a Dios. Siete veces bienaventurados porque su amor es el compendio del hambre y de la sed místicas, de todas las virtudes, de todas las cosas y obtiene para ellos el premio prometido a los indicados en el sermón de la montaña. Bienaventurados porque ya, desde la tierra, ven a Dios y gozan de Él como en un anticipo de la extasiante y eterna visión que será la vida futura que les aguarda en el Cielo”. (Escrito el 10 de Octubre de 1943).
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43-402.- Éxtasis contemplativo y éxtasis de fusión: ambos, obra exclusiva del amor.
* El éxtasis contemplativo es, sobre todo, obra del Querer de Dios; mas el éxtasis de fusión, ser «dos en uno», es iniciativa, sobre todo, de la criatura enamorada.-Dice Jesús: “¿Cómo has de llamarme? ¿Qué nombres son los más dulces? Sin duda, hija y esposa de mi amor y de mi dolor, los del Cantar de los Cantares. Dices que solo la oración y mi palabra son el lenitivo de tu actual sufrimiento. Sí, has llegado al grado más alto de unión conmigo que el hombre puede alcanzar y esto constituye ya el éxtasis. Porque el éxtasis no consiste tan solo en quedar fuera de los sentidos, en fuerza del gozo producido por la contemplación de visiones del Paraíso. Es éxtasis, y mucho más profundo que el anterior, mirándolo siempre desde un punto de vista espiritual, este quedar abstraído del dolor moral además del de la vida material, aunque sin pérdida de los sentidos, por estar hablando conmigo o por oírme hablar. Es más profundo por ser obra exclusiva del amor. ■ El éxtasis contemplativo es, por excelencia, obra del Querer de Dios que hace que una de sus criaturas goce de la visión de cosas celestiales, ya para atraerla más a Sí o para premiar su amor. Por el contrario, este éxtasis de fusión, más que el de contemplación, se realiza por iniciativa de la criatura enamorada, llegada a tal grado de amor que ya no puede nutrirse, respirar ni obrar sino con el amor y en el amor. Es la «fusión». Es ser «dos en uno». Algo que copia —con las limitaciones impuestas por la naturaleza humana que, si bien trashumanada por el amor, es siempre humana— los inefables, los indescriptibles, los encendidísimos actos que regulan las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres que son Uno, tres Amores que se buscan, se contemplan y se alaban mutuamente, envueltos y estrechados en un único torbellino de amor incandescente que hace de los Tres distintos una Unidad indisoluble. ■ Canta el Gloria, María, pues has llegado a la semejanza con Dios en el punto más difícil y elevado y lo has alcanzado con tu amor que ya no puede crecer más puesto que ahora amas a Dios con todas las fuerzas de tu cuerpo y de tu alma y si sobrepasas este límite que has alcanzado, morirías abrasada por su ardor”.
* El amor es el ápice de la perfección humana. El amor total, amar de una manera total hasta el aniquilamiento, hace llevadero cualquier dolor, porque el amor es superación del dolor. ¿De no haber amado así habría Jesús (su Madre, los mártires) podido soportar la Pasión? No embota la sensación dolorosa, hace soportable a quien lo sufre.- Jesús: “¿Ves alma mía, qué razón tiene Jesús cuando dice que el amor es el ápice de la perfección humana? Renuncias, penitencias, enclaustraciones, nada son frente al amor total. Y así puede darse el caso de un eremita penitente que viene a ser pobre respecto de otro que, viviendo en plena sociedad, sabe amarme de una manera total hasta el aniquilamiento en Mí de todo su ser. ¿Ves, alma querida, qué razón tiene tu Maestro cuando dice que el amor es superación del dolor? ¿Crees, María mía, que, de no haber amado así, habría Yo podido soportar la Pasión? Y ¿crees acaso que mi Madre que lo es también tuya, habría podido soportar la suya? ¿Y que los mártires habrían resistido torturas? No embota el amor la sensación dolorosa en el hombre, pero os inocula el licor de tan corroborante dulzura que el más acerbo de los dolores se hace soportable a quien lo sufre. El licor es la fuerza de Dios mismo que llega a vosotros con toda su potencia y lo son así mismo las potencias de Dios que se precipitan sobre vosotros atraídas por vuestro amor anulando vuestras fragilidades y confiriéndoos un vigor de luchadores celestiales. ■ Yo, el Victorioso, os comunico la victoria que obtuve sobre la debilidad de la carne, del corazón y sobre la muerte. Vivo en el alma enamorada con una unidad indestructible como cuando, siendo Hombre entre los hombres, viví en unidad con mi Padre. María, mi Madre, la unida a la Trinidad Santa, os comunica aquella su potencia de amor que atrajo a Dios hasta Ella desde las profundidades del Cielo y con su sonrisa os enseña a amar con aquella perfección que fue suya”.
* Quiere Jesús que María Valtorta, preescogida para una misión de dolor y de luz, se sature de Él y se anule en Él hasta que llegue la muerte que la liberará del dolor.- ■ Jesús: “Mira pues, alma mía, a qué divinas y excelsas potencias y semejanzas lleva el amor total. Yo, que te escogí para una misión de dolor y de luz, quiero derramar sobre ti las ondas del éxtasis de amor. Quisiera así saturarte de ellas y trasciendas a Mí mucho más celestialmente que la reina Esther al empapar su cabeza de perfumes de esta Tierra para agradar a su rey. Cuando llegue la hora de ser constituida reina del Reino que te tengo preparado y esposa unida para siempre al Esposo en el Alcázar del Rey de los reyes, quiero que de tal modo te encuentres macerada por el amor, es decir, por Mí mismo, que nada quede ya de ti y sea Yo, solo Yo, el que viva en ti. ■ Ven. Sígueme cada vez más de cerca. Nada han de mirar tus ojos si no es a Mí, y han de estar tensos tus oídos para escucharme. Tu gusto ha de encontrar insípido todo alimento que no sea el mío, y tu tacto ha de encontrar repelente todo contacto distinto del mío. Tu olfato debe deleitarse únicamente con la fragancia de tu Esposo que ya no está escondido sino que va delante de ti para enseñarte el camino que conduce a la felicidad del Cielo. Te he atraído y cada vez te atraeré más con efluvios de aromas y de luces que te abstraerán de las cosas de la tierra. Eres mía. Te quise y te quiero. Ahora te tengo y solo un querer tuyo, que no se dará, podría apartarte de Mí. Mas eso no sucederá. Antes vendrá la que llamáis «muerte», o sea, las nupcias de tu alma conmigo. Entonces, será la felicidad completa. Yo te tomaré de la mano y diré ante mi Corte: «Aquí os presento a mi pequeña reina cuyas galas se tejieron de penitencias y se adornaron con lágrimas estando su guirnalda formada por el amor. Para ella, que con tanto dolor se ha preparado a esta hora, ha terminado el dolor y llega el amor libre y eterno del Cielo. Regocijaos, celestiales habitadores, por esta nueva hermana que terminó sus combates y entra en la Paz»” (1).
 
* Rezaba esta mañana a las 5,30 teniendo en mis manos las oraciones de Sor Benigna Consolata. Estaba leyendo el punto: “Qué ha de hacerse en estado de aridez”. Todos los días leo un punto que conservo como pensamiento religioso durante la jornada. Leía: “Llamarle con los nombres más dulces” y le he preguntado a Jesús: “¿Cuáles son los más dulces para Ti?”. Me ha respondido al momento con las palabras transcritas. Creo, que para llevarme a la verdadera incandescencia, quiera tal vez hablarme del Cantar de los Cantares. Digo creo… porque, a las veces, trae un punto, cambia de tema no quedándome a mí sino seguirle. Créame, Padre (2), que he llorado de dulzura y me he sentido, incluso materialmente, envuelta y encendida en llamas. (Escrito el 11 de Octubre de 1943).
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1  Nota  : Esto nos recuerda la frase que María Valtorta, desde el año 1952, dispuso para el recordatorio de su muerte acaecida el 12 de octubre de 1961: “He terminado de sufrir pero continuaré amando”.   2  Nota  : Padre Migliorini, su padre espiritual.
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43-414.- Cantar de los cantares y las relaciones amorosas entre Dios y el alma.
* “Soy llamado «esposo» de vuestras almas. Yo os tejí la vestidura nupcial y la teñí de púrpura divina, os coroné con mi guirnalda y os di mi cetro. Hubiera querido darlo a todas las almas; mas son incontables las que han rechazado mi dádiva”.-Pobres de espíritu y ganar el cielo con las riquezas injustas.- ■ Dice Jesús: “Te hablo a ti  para todos al objeto de explicar las relaciones amorosas entre Dios y el alma. No por simple modo de decir soy llamado «esposo» de vuestras almas. Me esposé con rito de dolor y os entregué en dote mi Sangre ya que, de vosotros mismos, sois tan pobres que hubierais resultado un desdoro para la morada del Rey. En el Reino de mi Padre no entran los que se encuentran despojados de todo vestido. Yo os tejí la vestidura nupcial y la teñí de púrpura divina para hacer aún más bella a los ojos de mi Padre. Yo os coroné con mi guirnalda porque quien reina lleva corona y os di mi cetro. Ciertamente hubiera querido darlo a todas las almas; mas son incontables las que han rechazado mi dádiva. Han preferido las ropas, las coronas y los cetros de la Tierra cuya duración es tan relativa y nula su eficacia en relación con las leyes del espíritu.  ■  Honores, riquezas y glorias. Yo no los maldigo. Tan solo afirmo que no son fines en sí mismos sino medios para conquistar el verdadero fin que es la vida eterna. Es preciso usar de ellos, si vuestra misión de hombres os lo impone, con corazón y mente saturados de Dios, haciendo de estas riquezas injustas, no motivo de ruina sino de victoria. Ser pobres de espíritu y ganar el Cielo con las riquezas injustas, he aquí dos frases que apenas entendéis. Pobres de espíritu quiere decir no tener apego a lo terreno; quiere decir estar libres y desligados de cuanto representa pomposa vestidura, al modo de humildes peregrinos que van de marcha hacia la meta gozando de los auxilios que la Providencia les proporciona, no con soberbia y avaricia sino como los pajarillos del aire que picotean contentos los granitos que su Criador les desparrama para sus cuerpecitos y cantan después agradecidos; que se sienten tan a gusto con su ropaje de plumas que les resguarda no ambicionando más; y no se quejan airados si un día escasea el alimento, y el agua del cielo moja sus nidos y sus plumas, sino que esperan pacientemente en Aquel que no les puede abandonar. Pobres de espíritu quiere decir vivir allí donde Dios os colocó, pero con el ánimo desprendido de las cosas de la Tierra, preocupados tan solo de conquistar el Cielo. ¡Cuántos reyes, cuántos potentados de la Tierra fueron «pobres de espíritu» y conquistaron el Cielo sirviéndose de la fuerza para dominar lo humano que bullía en ellos con tendencia a las glorias caducas!; y ¡cuántos pobres de la tierra no son tales, ya que, si bien no poseen riquezas, la apetecen con envidia y hasta llegan muchas veces a dar muerte a su espíritu vendiéndose a Satanás por una bolsa de dinero, por una investidura de poder por una mesa suculentamente formados en la putrefacción de la tumba! ■ Ganar el Cielo con las riquezas injustas quiere decir ejercitar la caridad de mil formas con las glorias de la Tierra. Mateo, el publicano, supo hacer de las riquezas injustas escala para penetrar en el Cielo. María, la pecadora (Magdalena) renunciando a los artificios con que aumentaba la seducción de su carne y usándolos para los pobres de Cristo, empezando por el mismo Cristo, supo santificar aquellas riquezas de pecado. En el correr de los siglos, muchos cristianos, muy crecidos en número, aunque pocos respecto de la masa, acertaron a  hacer de las riquezas y del poder armas para su santificación. Son aquellos que me comprendieron. Mas ¡son tan pocos…!”.
* Mi librea, el vestido que os doy, es el que Yo bañé con mi Sangre, mi corona es la espina y mi cetro, la Cruz. Pero ¿quién apetece estos arreos de Cristo? Solo mis verdaderos amadores. Terminado el tiempo de la Tierra, vendré. Este de ahora es el tiempo de los recíprocos deseos. Porque aunque Yo pueda ser poseído por ti, soy como un amante que ronda los muros que le impiden penetrar donde su amada”.- ■ Jesús: “Mi librea, el vestido que os doy, es el que Yo bañé con mi Sangre durante la agonía espiritual,  moral y física que va del Getsemaní al Gólgota. Mi corona es la espina y mi cetro, la Cruz. Pero ¿quién apetece estos arreos de Cristo? Solo mis verdaderos amadores. Con ellos me desposo mediante el rito de subida caridad. Y cuando el tiempo de la Tierra se les haya terminado, vendré Yo resplandeciente para cada uno de mis amadores al objeto de introducirlos en la gloria. ■ Vendré, María, vendré. Este de ahora es el tiempo de los recíprocos deseos. Porque, aun cuando Yo pueda ser poseído por ti, sensiblemente incluso, siempre soy como un amante que ronda los muros que le impiden penetrar adonde su amada. Tu espíritu se asoma por todas las rendijas para verme y lanza su grito de amor. Mas la carne le tiene prisionero. Ahora bien, aunque Yo penetre forzando la carne, pues soy Dueño de hacer el milagro, esos contactos son siempre fugaces y relativos. No puedo tomarte conmigo. Habría para ello de matar tu carne y ésta aún tiene un hoy y un mañana de utilidad para mi causa. Todavía no se ha completado la totalidad de tu labor y Yo únicamente sé cuándo detendré para ti el tiempo terreno que va discurriendo. Pero entonces vendré. Alma que anhelas salir de esta Tierra hostil, ¡qué hermoso te parecerá el Cielo! Y, comparándolos con los presentes, ¡qué ardientes te parecerán los abrazos del amor! ■ Dices que ha cesado para ti la angustia por las vicisitudes que en estos tiempos de desventura podían turbar los últimos días de tu madre y que esto trae una vena de paz a tu sufrir de huérfana. Mas, piensa en el momento en que podrás decirte a ti misma que han terminado para ti toda angustia y todo peligro sin que nada pueda separarte de tu Señor. Ama con superación de fuerzas ya que Yo te he amado y te amo con superación en la medida. Mi caridad te ha lavado y vestido para no ver tu desnudez sobre la que aparecían abundantes sombras de polvo humano. Todo lo predispuso mi Caridad en orden a tu bien inmortal. A los ojos del mundo puede parecer que haya cargado mi mano sobre ti. Pero el mundo es un necio que no sabe distinguir las verdades sobrenaturales”.
* Cuando poseas plenamente aquel Reino de Luz, Yo viviré en ti y tú en Mí y, al igual de la esposa del Cantar, podrás decir que Jesús es tuyo y tú de Él. Por ahora llámame con todo afecto. Deseo sentirme llamar. No resisto las llamadas de amor. Y cuanto más me llaman, más presto acudo, pues no sé resistir las llamadas del amor”.- ■ Jesús: “Siempre te he amado Yo con un  amor de predilección. Como jardinero que acertó a sacar una nueva flor de una planta silvestre privada hasta entonces de corolas y siente celos por esa flor cual si fuese un tesoro, así Yo he velado y velo sobre ti. Esto es lo que hago con los predilectos a los que reservo en exclusiva para Mí. Y si he puesto un desierto en tu derredor, es porque he querido situarte de tal forma que no tengas otro lugar que te atraiga que no sea el Cielo. Allá, en la otra vida, se encuentra cuanto amaste con tanta vehemencia humana. Ya nada tienes ahora sobre la Tierra, y eres como un pájaro prisionero que, a través de las barras de su jaula, contempla el Cielo en el que sus compañeros se ven libres y felices y está apostado a la portezuela esperando a que se entreabra para emprender el vuelo. Vendré, estate segura. Tu misma nostalgia presente contribuye también a adornar tu diadema. Sé constante y paciente. Como niño que sabe de la cercanía de su madre, descansa sin ansiedad en el amor de tu Jesús. Él no te pierde de vista, no te deja, no te olvida. Tiene más ansias que tú de pronunciar la palabra que libera tu espíritu y lo introduce en el Reino. Tras de tanto hielo, tras de tanto despojo, tras de tantas lágrimas, vendré para darte mi Sol, para revestirte de flores eternas, para enjugar por completo tu llanto. ■ Tú que, en visión, contemplaste la Luz que inunda los Cielos, piensa qué será entrar en ella de la mano de tu Rey. Si un resquicio apenas entreabierto y apenas entrevisto de aquel Reino de Luz de tal modo lo tienes grabado que solo su recuerdo te inunda de alegría, piensa qué será cuando poseas plenamente esa Luz. Entonces, y no con las limitaciones de ahora, Yo viviré en ti y tú en Mí y, al igual de la esposa del Cantar, podrás decir que tu Jesús es tuyo y tú de Él. ■ Por ahora, llámame con todo tu afecto. No hace al caso si me encuentro cerca. Deseo sentirme llamar y cuanto más me llaman, más presto acudo, pues no sé resistir las llamadas del amor. Vendré antes de que llegue la tarde de tu edad. No retornaré por cuanto eres tú la que tornaste a Mí y no Yo a ti que nunca te dejé. Vendré. Me encontraba a tu lado, como un pobre a la puerta esperando a que me dieses tu corazón, me abrieses la puerta haciéndome pasar a ti como Rey y como Esposo. Mas entonces vendré. Vendré para los esponsales. Está a punto de finalizar el tiempo del noviazgo mortal y de iniciarse el rito de las nupcias eternas. Pocos retoques he de darte ya, viña mía, para ponerte del todo bella a mis ojos. No te quejes si las tijeras hacen daño. Cuando llegue el tiempo de podar será señal de que estamos en primavera. Y en primavera es cuando vendré porque es el tiempo de los amores. Entra el alma en la primavera cuando termina para ella el invierno mortal dando comienzo la alegría en el jardín de Dios”. (Escrito el 13 de Octubre de 1943).
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43-422.- El amor es inmolador al igual de la espada y del fuego, del agua y de las fieras.
*  Cuando el amor llega a ser «fusión», no hay que preocupare ni de las violencias que acarrean muerte ni de la dilatación de la vida. Nada hay tan violento y destructor como el amor. Este aniquilamiento de la criatura en el Amor libera al espíritu inmortal haciéndole nacer para los Cielos.-  ■ Dice Jesús: “Cuando el amor alcanza a ser tan fuerte que llega a la «fusión», no hay por qué temer las violencias humanas que destrozan la vida ni la longevidad de la misma vida. Cree, alma que me escuchas, cree que nada hay tan violento ni destructor como el amor. Aunque la espada y las flechas de los tiranos no hubieran desangrado y traspasado a mis mártires; aunque el fuego y la pez no les hubiesen derretido y consumido; aunque el agua no les hubiese anegado o despedazado las fieras, habrían muerto lo mismo una vez llegados a aquel grado de incandescencia en el amor del cristiano con Cristo. El amor abre las venas y el corazón más que la espada y las flechas; el amor consume más que el fuego y la pez; el amor anega más que el agua y atrae hacia Sí más que una fiera hambrienta. Mas este aniquilamiento de la criatura en el Amor separa la perla de su envoltura, abre la cerradura al ángel recluido en la carne, mejor dicho, al espíritu, por prevenir las objeciones de los sofistas humanos que se pierden analizando los perfiles sin penetrar en el meollo del pensamiento. Este aniquilamiento libera al espíritu inmortal haciéndole nacer para los Cielos que le estuvieron esperando, que se abren para darle entrada y se cierran tras él poniendo barreras de paz entre él y la Tierra hostil a los santos. Por esto os dije: «No temáis al que puede matar vuestro cuerpo», porque matar el cuerpo es liberar el espíritu. ■  El amor es inmolador al igual de la espada y el fuego, del agua y de las fieras. Y, para estos vuestros días en los que no se dan las grandes persecuciones que coronaron de púrpura a la Iglesia naciente, os digo en verdad que no faltan mártires para los que la llama del amor hace de espada, de fuego y de fiera”.
*  La «Florecilla» no es menos mártir que Inés porque el martirio de ambas tiene en el fondo idéntico nombre: «el Amor». En el Cielo ese martirio, consumado de forma distinta, tiene el mismo premio. Porque la gloria de Dios fue el agente que las impulsó a encontrarlo y el amor de las almas el que les movió a pedirlo.-Jesús: “Esa que llamáis «Florecilla» (1) no es menos mártir que Inés, porque el filo, que segó la vida tanto de una como de otra, tiene en el fondo idéntico nombre: «el Amor». Y en el Cielo, el martirio, tanto de una como de la otra, si bien consumado de forma distinta, tiene un mismo premio, porque la gloria de Dios fue el agente que las impulsó a encontrarlo y el amor de las almas el que les movió a pedirlo. ■ Por lo mismo, no hay de qué temer lo prolijo de la separación. El amor la abrevia porque la consume, pues no puede prolongarse la resistencia de un ser cogido dentro de un torbellino de fuego. El fuego lleva con rapidez al lado del Fuego, al lado de Dios Uno y Trino que es la perfección del Amor, que es el Amor mismo y que por momentos renueva y vierte su ardor que va del Centro a los Tres y de los Tres a la Unidad con inefables movimientos de amor, incomprensibles a la mente humana y, cual onda de un manantial oculto, desborda después y se derrama sobre el Universo al que abraza, fecunda, atrae, da vida y la hace recibir las vidas creadas para llevarlas al conocimiento del Amor, es decir, de Sí mismo, con aquella perfección que no es propia de las criaturas cuando son de nuevo acogidas en el seno del Creador”.
* Dolor del Hombre–Dios cuyo sacrificio sirvió para bien pocos. Invitación a la fidelidad y al amor a los que saben del amor. ■ Jesús: “¡Oh Luz beatífica! ¡Oh amor tres veces santo!, ¿por qué mi sacrificio de Dios no ha sido suficiente a darme todas las criaturas? ¿Por qué, en cambio, ha tenido el Enemigo tal poder sobre la flaqueza humana hasta el punto de hacer que no pueda penetrar mi sacrificio en la casi totalidad de las criaturas? ¡Oh dolor del Hombre-Dios, del Dios que dejó sobre-esenciales esplendores para venir a la Tierra al objeto de entregar a los terrestres el Amor y llevar al Amor a los terrestres y ve que para millones y millones de seres se realizó inútilmente el sacrificio de un Dios que deja los Cielos y de un Hombre que se inmola! Os alejáis, tanto del Bien como del Amor que es así mismo Bien, y morís. Morís tras haberos dado Yo la Vida. Morís por no saber amar y no dejaros amar por Dios. ■ Vosotros, que sabéis del amor, permaneced fieles entre tantos hombres infieles a Dios Uno y Trino, Padre, Redentor, Amor vuestro. No os apartéis jamás de este camino seguro, a cuyo final está en mi Corazón. Sea el amor, no sólo guía de vuestra vida sino el que os dé el impulso para una carrera tan rápida que resulte un vuelo hacia Mí. Al modo de una mariposa que es atraída por la luz, volad a la Luz. Aquí está la Luz para recibiros y, al veros fieles, aumenta sus destellos de júbilo. Venid. Subid. Solo Dios constituye el gozo de la criatura”. (Escrito el 14 de octubre de 1943).
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1  Nota  : Sta. Teresita de Lisieux.
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43-436.- Cantar de los Cantares y la ciencia del amor (1).
* El alma que alcanzó esta ciencia amorosa de saber estar fija en Mí con sus potencias, produce continuos actos de amor, incluso en el sueño. ¡Unión santa del alma con su Dios!, círculo de fuego entre Dios y criatura, en el Cielo será nimbo de vuestra frente glorificada”.-Dice Jesús: “El secreto del alma que no quiere perder a su Amor, que es Dios, debe ser —como ya te lo dije (2)—  permanecer siempre fija en Dios con las potencias del alma. Cualquier cosa que hagáis, sabed tener el espíritu fijo en Mí. De este modo santificaréis todos vuestros actos haciéndolos gratos a Dios y sobrenaturalmente provechosos para vosotros. Todo es oración para el que sabe estar en Dios porque otra cosa no es la unión sino amor y el amor convierte los actos más humildes de la vida humana en adoraciones agradables al Señor. ■ En verdad te digo que, entre uno que pasa muchas horas en la iglesia repitiendo palabras de las que se halla ausente su alma, y otro que está en su casa, en su oficio, en su negocio, en sus ocupaciones amándome a Mí y al prójimo por Mí, permaneciendo unido a Mí, ora el segundo y le bendigo, mientras que el primero otra cosa no hace sino llevar a cabo una práctica hipócrita que Yo condeno y desdeño. ■ Cuando el alma acertó a alcanzar esta ciencia amorosa de saber estar fija en Mí con sus potencias, produce continuos actos de amor. Me ama hasta durante el sueño material puesto que su cuerpo se duerme y a continuación despierta teniendo presente mi Nombre y pensamiento y, mientras el cuerpo reposa, el alma continúa amándome. ■ ¡Oh unión santa del alma con su Dios! Vínculo espiritual que el ojo humano no advierte pero que si lo pudiese ver, apreciaría un círculo de fuego envolviendo a Dios y a la criatura que, al aumentar el júbilo de Dios, aumenta la gloria de la criatura. Círculo santo que será en el Cielo para vosotros nimbo de vuestra frente glorificada”.
* “¿Acaso no sabéis que es vuestro corazón el más preciado tabernáculo para vuestro Señor? Todo lo intenta el buen Dios para despertaros… a veces, hasta intenta forzar las místicas cancelas del corazón para ver de entrar en él”. ■ Jesús: “El alma, recluida como está en la carne, sufre a veces, de rechazo, las debilidades de la carne. Tentaciones de Satanás, faltas más o menos graves —no hablo de la culpa mortal que separa violentamente al alma de su Dios sino de las culpas más leves, las cuales, si bien leves, producen, consecuentemente, un debilitamiento del espíritu— desilusiones, dolores, aconteceres de la vida, provocan en los menos formados para la vida del espíritu, junto con las demás causas, abatimientos en el alma.  Mas debéis reaccionar contra ellos, pues son como uno de esos decaimientos físicos que preceden a la consunción de la carne. ¡Ay si no se combaten desde el principio! Y tres veces ¡ay! si se dejan de combatir esas languideces del espíritu que llevan a la somnolencia espiritual y lentamente a la muerte del alma.  Dios no ama a los perezosos ni a los que ponen sus comodidades por encima de su Señor, todo bondad. Dios castiga a los tibios y se retira de ellos.  ■ Vuestro buen Dios os llama a fin de despertaros, os pide que le acojáis, se afana por buscaros y os pide vuestro corazón para cobijarse en él. ¿Acaso no sabéis que es vuestro corazón el más preciado tabernáculo para vuestro Señor? Todo lo intenta el buen Dios para despertaros del sueño espiritual y de la pereza espiritual. A las veces, hasta intenta forzar las místicas cancelas del corazón para ver de entrar en él. Después se retira ya que raras veces recurre a la violencia. Por mucho que le duela y aunque ve el mal uso que hacéis de la libertad, os deja libres. Alguna vez, y casi siempre anticipadamente, advierte el alma la llegada de su Dios, percibe sus tentativas por entrar y, ante el recuerdo de haber sido creada por Dios, siente estremecimientos de dulzura. Vosotros humilláis a vuestra alma, no secundáis sus anhelos; pero ella se resiste a morir en vosotros. Y aunque al fin muere, la muerte se produce después de haber muerto la mente y el corazón por la soberbia y por la lujuria. Tan sólo muere cuando la matáis vosotros al desposeerla de la Luz, del Amor y de la Vida, es decir: de Dios. Mas, hasta tanto no muere, ella salta de júbilo y palpita de amor cuando Dios se pone a su lado. ■ ¡Ay de quienes se niegan a secundar esos movimientos del alma! Son como enfermos que, a fuerza de imprudencias y de desobedecer al médico, van de tal forma agravando su enfermedad que acaban por hacerla mortal. Cuando vuestra alma se deshaga de dulzura al sentir a Dios tras la cancela, secundad sus movimientos, dad de lado a toda solicitud de la carne, haced doblar la rodilla a esta vuestra carne soberbia, reconoced los derechos de la reina encerrada en vosotros, esa reina que quiere seguir a su Rey; y adorad la benignidad del Rey que viene a vosotros para amar a vuestra alma a la que teníais incomunicada, que viene para amaros y entregaros la prenda de salvación, incluso para vuestra carne a la que tan apegados estáis, pero por la que nada que sea realmente útil sabéis hacer. ■ Quiere Dios que, en la resurrección final, resplandezcan también vuestras carnes con una luz y una belleza sobrenatural y eterna. Que resplandezcan por las obras santas realizadas durante la vida de la Tierra, por las obras llevadas a cabo secundando los impulsos del alma movida por Dios”.
* “Salvad las guardias de ronda, las insidias, que el enemigo escalona en vuestro camino para impedir que el alma se le vaya y se refugie en Dios. No os importe el expolio que por venganza, Satanás, envidioso y cruel, os pueda hacer. Es mejor entrar desnudos de humanidad en la vida eterna que cargados de goces terrenos…”.- Jesús: “¡Si supieseis qué gracia tan grande es cada visita del Dios-Amor! Si lo comprendieseis, diríais de continuo: «¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven a ser guía de mi alma! ¡Sé mi Rey y mi Maestro!». Si lo supieseis, señalaríais cada encuentro, cada visita, como uno de los días más faustos de vuestra vida humana.  Y, en verdad, no hay suceso más fausto que aquel por el que Yo entro con mi amor en vuestro corazón para salvaros y después conduciros de la vida a la Vida verdadera, eterna, bienaventurada. Cuando por desidia vuestra, dejasteis pasar de largo a vuestro Maestro, afligido por vuestra inercia espiritual; cuando el remordimiento, ese grito de la conciencia que jamás enmudece completamente ni aun en los más depravados, despierta a vuestra alma a la que entontecéis en la tibieza y el materialismo, aprestaos a la reparación y buscad inmediatamente a  Dios. Pensad que sin Dios se yerra por senderos de muerte hasta llegar a la perdición eterna. Pensad también que Dios es compasivo y tiene entrañas de caridad para con vosotros. Él oye al instante vuestro grito de llamada y si bien, para vuestro castigo, se esconde por algún tiempo, no se encuentra lejos. Vosotros no le veis, mas Él está ya a vuestro lado con ese su Corazón de Padre que perdona al descarriado y suspira por estrecharle contra su Corazón. Buscad a Dios sin demora. ■ Salvad las guardias de ronda: las insidias que el Enemigo escalona a lo largo del camino para impedir que el alma se le vaya y se refugie en Dios. No os importe del expolio que, por venganza, Satanás, envidioso y cruel, os pueda hacer. Es mejor para vosotros entrar desnudos de humanidad en la vida eterna pero ricos únicamente de riquezas espirituales, que no llegar a los umbrales de Dios, cargados de afectos, de honores, de goces terrenos, y ser lanzados fuera por haber tenido antes de todo, no mereciendo recibir más, ya que habéis preferido este «todo», que cae y os arrastra en su caída, a lo único que importa tener: el dinero para entrar en la Vida eterna adquirida con fatigas, esfuerzos, paciencia espiritual, pequeñeces santas allegadas momento a momento mediante la obediencia a mi Ley por mi amor, perlas místicas obtenidas con el dolor soportado por amor, rubíes eternos formados por vuestro querer ser hijos míos en contra de las voces de la naturaleza carnal, en contra de los escarnios y de las venganzas del mundo, en contra de las seducciones y de las iras de Satanás; perlas ambicionadas mediante el vencimiento propio y el de los propios enemigos, ya sean hombres o demonios; perlas queridas estrujando la carne para hacer triunfar al espíritu que quiere seguir la voluntad de Dios: perlas queridas hasta el extremo de sudar sangre viva lo mismo que Yo ante la más fuerte tentación, el miedo más atroz y la más tremenda Voluntad divina que hombre alguno haya podido sufrir”.
* Vuestro «no» a la carne, afectos…, por permanecer fieles a Aquel, tienen el valor de martirio y recibirán la estola purpúrea de los venidos a Mí por la gran tribulación…”.-Jesús: “¡Si supieseis qué significado tiene vuestro «no» lanzado frente a la atracción de la carne, de los afectos, de las riquezas, de los honores, para permanecer fieles a Aquel que os ama! ¡Si supieseis qué supone estar dispuestos a dejaros arrebatar aún las cosas más queridas con tal de ser totalmente de Dios! Ciertos expolios sobrellevados, si no con alegría, al menos con resignación, puesto que cabe alegrarse hasta por la salud inmolada para los fines de Dios, mas esa alegría no cabe ante la tumba que esconde al padre, a la madre, al esposo, al hijo, al hermano —pues Yo también fui Hombre entre los hombres y recuerdo qué cosa sea no oír más una voz querida, no ver ya la casa animada por un pariente y vacía de su presencia la morada de un amigo— ciertos expolios sufridos con resignación tienen el valor de un martirio, recuérdalo, María. Lo tienen igual que el ofrecimiento de la vida por el advenimiento de mi Reinado en los corazones, que el ofrecimiento de las fiebres y de las enfermedades sufridas para que desaparezcan las fiebres de las almas y las enfermedades de los espíritus. Uno y otro martirio recibirán el premio del martirio: la estola purpúrea de cuantos vinieron a Mí a través de una gran tribulación, comitiva de fuego que seguirá al Cordero junto con la comitiva blanca de los vírgenes, yendo esta segunda a mi derecha porque, verdaderamente, estos héroes del espíritu son los hijos de mi Corazón desgarrado por un martirio de amor, como los primeros son los nacidos de María, los que más se parecen a la Madre y al Hijo de Ésta, aquellos que con vestimenta de hombres vivieron con sentimientos de ángeles: por encima de la carne y de la sangre. ■ Con cuantos medios tengáis a vuestro alcance, con santa audacia, buscad al Señor. Buscadle para reparar vuestra anterior desidia. Y, una vez encontrado, no es separéis más de Él. En Él se encuentra el Bien que no muere. En Él la Vida y la Verdad. Estando en Él no pereceréis. Si vivís en Él no moriréis ni erraréis. Como barca que entra segura en el puerto porque su piloto la supo conducir, así vosotros, guiados por Cristo, entraréis en el puerto de la Paz. Os lo digo Yo que no miento. No reneguéis de Mí, hijos a los que amo. Sedme fieles y Yo os daré la gloria”. (Escrito el 18 de Octubre de 1943).
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1  Nota  :  Sobre copia mecanografiada añade María Valtorta: “Continúa comentando el Cantar”.  2  Nota  : En los dictados de 26 de Junio y  10 de Octubre (43-121 y 43-401).
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43-441.- Final del Cantar: las postreras astucias de la ciencia del amor (1).- El pequeño redentor debe vivir en María para llegar a ser otro Cristo.
* Las más sutiles astucias.- ■ Dice Jesús: “Y ahora, alma mía, ahora que estamos al final del Cantar, te voy a enseñar las más sutiles astucias de la ciencia del amor. Sé pura ya que más puro que el lirio y que la nieve es tu Amado y la esposa ha de vestir idénticas ropas que su Señor  y estimar lo que Él estima. María, se aproxima la luz. Borra hasta la más leve sombra de la carne a fin de que llegues a ser de verdad toda luz al tiempo de mi venida y la Luz, esto es, Jesús te estrechará contra su Corazón para llevarte a su morada en la que ya no se darán las separaciones impuestas por tener que vivir en esta Tierra. Acrecienta cada vez más tu belleza pues las nupcias están cerca. Ponte los collares de los últimos sacrificios y cíñetelos con alegría puesto que te los proporcionó el que te ama con un amor eterno. Enciéndete con el fulgor del amor para comunicar viveza a tu semblante espiritual. Una esposa fría, o tibia a lo más, no parece esposa. Yo te quiero ardiente con un amor total. ■ Muéstrate intrépida frente a todas las fuerzas del Enemigo que pretende conturbarte movido de infernal envidia. En vano lanzará contra ti sus cuadrigas demoníacas. Mientras permanezcas fiel, cuatro demonios, cuatro más y cuatro multiplicado por diez serán menos que una brizna de hierba hollada por tu pie que va marcando sus últimos pasos para atravesar la distancia que aún te separa de la morada de tu amor. Nada te turbe. Camina apoyada en Mí. Continúa así hasta el fin y de este modo tu tránsito será dulce y luminoso como lo es el salir de un camino semioscuro y difícil para entrar en un prado florido radiante de sol y de gorjeos de pájaros. Y, en verdad, para el que, amando, mereció la posesión del Cielo, no es otra cosa la muerte que la entrada en la eterna Belleza y en el Gozo sempiterno. ■ Y puesto que en el pasado no te viste sin culpas, cancela hasta el recuerdo de aquellas sombras con el medio que te he enseñado: con un amor cada vez más vivo. Vive únicamente para Mí y conmigo. Haz de suerte que el Padre, al mirarte te vea tan fundida conmigo que le resulte imposible separarte de su Hijo. Que mi Caridad te cubra como con un manto nupcial, bajo el que oculto los guiñapos de sus vestidos. ¡Ay si os presentaseis solos ante la Justicia! Por buenos que podáis ser, siempre se dará en vosotros alguna ruina. Mas si os presentáis al Padre conmigo, el fulgor del Hijo de tal manera nimbará vuestra alma que la hará hermosa; y nunca es tan vivo mi resplandor como cuando puedo presentar al Padre a un espíritu que me ama e hizo que no resultase inútil en él mi Sacrificio de Redentor. La justicia del Padre no tiene corazón para causar dolor a su Hijo, Salvador de un nuevo ciudadano de la Jerusalén santa, y así, con una bendición, cancela la deuda de aquel espíritu y le abre el Cielo. ■ Huye de las distracciones de la Tierra y aíslate conmigo. Cuando se está para ir a residir a un país extranjero, se aprende su idioma a fin de no sentirse incapaz de vivir en él, o, al menos, se procura adquirir los primeros rudimentos de aquel idioma, pues pecaría de imprudente aquel que fuese allí sin saber ni una palabra del mismo ya que se vería muy embarazado al principio. En la eterna morada, es cierto, la Sabiduría os hace desde el primer momento unos instruidos perfectos. Pero mira, alma mía, los últimos tiempos vividos en la Tierra son una preparación para el Cielo. Cuando mi Bondad concede todos los indicios y todo el tiempo para disponerse a la Vida; cuando, no solo por obra de mi Misericordia sino también por humana providencia os es concedido poder atender a los últimos preparativos de vuestra arribada a la Vida, dichoso entonces aquel que se prepara con un cuidado que nunca resultará excesivo. ■ Si pusieseis este cuidado cuantos por la edad, por una larga enfermedad o por la cruel contingencia de una guerra os veis en el azar casi seguro de morir, no tendríais que soportar por tanto tiempo las penas del Purgatorio. Completaríais vuestra metamorfosis en Mí mediante el amor hacia Mí con un verdadero arrepentimiento de haberme afligido, con verdadera generosidad y verdadera resignación, mediante todas las virtudes practicadas con buena voluntad, y así no tendríais que llevar a cabo esa labor de hacer del hombre, compuesto de carne y de sangre, un espíritu conocedor de la Verdad auténtica, es decir, de Dios que es la única Cosa merecedora de los movimientos de todo el ser. Tú dispones de todo el tiempo para prepararte a tu entrada en la Mansión.  Recuerda que si mucho se perdona a quien mucho amó, mucho también se le ha de exigir a quien mucho se le dio. Y, ciertamente, pocos han sido los mortales que hayan tenido cuanto Dios a ti te dio con un amor de predilección.  Nada te pese, nada te repugne, nada dejes de hacer para dar los últimos retoques a tu vestido nupcial”.
* “Toda víctima es un pequeño redentor y los caminos de la redención no son plácidos senderos. La redención se completa sobre la cumbre… Permanece unida a Mí. No hay otro como Jesús para ayudar…”.-  Jesús: “Si se te hace cada vez más fatigoso el camino, piensa en tu Jesús que también encontró tan penoso el último sendero que llevaba al Gólgota. Toda víctima es un pequeño redentor; tanto de sí mismo como de sus hermanos. Y los caminos de la redención no son plácidos senderos sembrados de flores: son cuestas pedregosas llenas de zarzas que hay que recorrer con una cruz sobre los hombros, la fiebre quemando las venas, el desfallecimiento en la carne moribunda, el sabor de sangre en la boca reseca, las espinas punzando la cabeza y  la perspectiva de la tortura suprema en el corazón. La redención se completa sobre la cumbre y tiene como pompa máxima en su rito propiciatorio las joyas de tres clavos, el desgaje de las últimas dulzuras en los afectos, la soledad entre el cielo y la tierra, la oscuridad,  no solo de la atmósfera mas también del corazón. Viene después el sol a besar al inmolado; pero antes están las tinieblas y el dolor. Permanece, permanece unida a Mí. A medida que se acerca la hora estate más unida a Mí. No hay otro como Jesús para ayudar ni otro como Jesús para instruir por su experiencia vivida ni otro como Él para enseñar a sufrir el martirio de amor”.
* “El pequeño redentor debe vivir en María para llegar a ser otro Cristo. La sonrisa de María pone en fuga el demonio de la desesperación. Para que no llegues a extraviarte en tus últimos días de la Tierra, te encierro en la morada de María…”.-Jesús: “Mas como, antes de padecerlo, hube Yo de crecer en la vida tomando como primer alimento la leche de mi Madre y, más adelante, la comida preparada por sus santas manos, así también todo pequeño redentor debe vivir en María, para formarse llegando a ser un Cristo. Jesús es fortaleza de vuestra alma. María es dulzura. Antes de beber el vinagre y la hiel es preciso beber el vino aderezado.  Y éste os lo proporciona la sonrisa reconfortante de María. Bálsamo que me hizo feliz en la Tierra; bálsamo que me hace feliz en el Paraíso y, junto con Dios, hace feliz a todo el Paraíso. La sonrisa maternal de mi Madre es estrella en la vida y estrella también en la muerte. Y sobre todo, es estrella en el dolor de la inmolación. ■ Yo contemplé aquella heroica sonrisa atormentada de mi Madre, único consuelo, infinito consuelo que subía a mi patíbulo. La contemplé para impedir que la desesperación se apoderase de Mí. Contémplala también tú siempre. Contempladla vosotros, hombres que sufrís. La sonrisa de María pone en fuga al demonio de la desesperación. Vivid unidos a María de la que sois hijos al igual que Yo. Vive sobre el corazón de María, alma a la que quiero llevar al Cielo. Las manos de esta Madre, que nunca defrauda a sus hijos, rebosan de caricias para ti. Sus brazos te estrechan al seno que me llevó a Mí y su boca te dice las mismas palabras que a Mí me confortaron. ■ Para que no llegues a extraviarte en los últimos días de tu permanencia en la Tierra, te encierro en la morada de María. Allí no tiene entrada la turbación porque Ella es la Madre de la Paz. El Enemigo no penetra allí porque Ella es la Victoriosa. Que María prenda en ti las llamas supremas de la Caridad puesto que Ella es la Hija, la Madre y la Esposa de la Caridad. Vuela todos los puentes tendidos entre ti y el mundo. Vive en Jesús y en María.  Recuerda que, por más que el hombre llegase a dar todos sus bienes a cambio del amor, nada supondría todo ello, por cuanto el Amor es algo que, parangonado con Dios, —Amor de vuestra alma, fin verdadero de vuestra vida—  todo carece de valor. Lo único que cuenta es la posesión del amor. Y se posee Éste cuando por Él se renuncia a todo cuanto se tiene. Más tarde, María, llegará la paz. Este es tiempo de lucha. Mas para el que ama es lucha coronada con la victoria. Pronto vendré a  cambiar tu corona de espinas por otra de gozo. Persevera. Marca con mi sello cada latido, cada esfuerzo tuyo. Grábalo con lágrimas en las fibras mismas de tu corazón. Yo soy Aquel que salvo y amo”. (Escrito el 19 de Octubre de 1943).
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1  Nota  :  Sobre copia mecanografiada añade María Valtorta:  “Continúa comentando el Cantar”.
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43-603.- María Valtorta, convertida en águila por medio de «La conversación en los Cielos», ha subido allá en lo alto donde está el Águila eterna que la lleva al conocimiento del amor.
* “Como casi todos los católicos fervorosos, te hallabas por demás ligada a las fórmulas. Yo te he desligado, lanzando tu alma fuera de la mezquindad de las prácticas a los espacios sin fin del místico mar de la oración”.- ■ Dice Jesús: “Ten paciencia, alma mía. No puedo estar sin hablarte porque hablar a quien me ama constituye mis delicias, mi anhelo y la necesidad de mi Corazón que os ama. ¿Te has fijado cómo se comportan dos esposos que se aman de verdad? La esposa, mientras está en casa, mira de continuo al reloj y corre a la ventana, ansiosa de que pase el tiempo, para ver si vuelve el esposo de su trabajo. El esposo, por su parte, tan pronto puede, sale disparado a decirle a su esposa una palabra de amor. Y, no bien la dejó y se acuerda de que podía haberle dicho esto o aquello para hacerla feliz, corre en cuanto puede a decírselo. Es el amor que les espolea. Yo también, tan pronto callo, siento que tengo algo más que decirte. Querría estar hablándote noche y día, tenerte por completa para Mí. Querría que pudieses dedicarte toda a Mí. ¡Si supieses cómo te amo…! Ahora te das cuenta. ■ Hace años, al leer los escritos de mi siervo Contardo Ferrini, te preguntaste más de una vez  —pues en mística eras analfabeta— en qué consistía «La conversación en los Cielos». Pues bien: cuando tú me escuchas al tiempo que Yo te hablo; cuando, en lugar de murmullos superficiales de rezos, te arrebato en el fuego de las revelaciones llenándote de Mí; cuando tú me dices: «Ven, Jesús, a hablar a tu sierva»; cuando gustas el sabor de mi Palabra que deposito en ti como en un joyero, como en una ánfora para que, a tu vez, tú la des a los pobres y a los sedientos de la Tierra, entonces es cuando hacemos nosotros una conversación en los Cielos. ■ Como casi todos los católicos fervorosos, te hallabas por demás ligada a las fórmulas. Yo te he desligado, lanzando tu alma fuera del piélago de los condicionamientos formularios y de la mezquindad de las prácticas a los espacios sin fin del místico mar de la oración. Te he envuelto, aspirado, arrebatado y endiosado en el fuego de la oración. Eras un pajarillo trabado. Ahora, en cambio, eres un águila que planea poderosa y se eleva hacia el Sol al que mira de frente tomando fuerza de Él. Sube, como el águila, cada vez más en vuelos concéntricos. Allá en lo alto, me encuentro Yo, Águila eterna, que te estoy esperando para llevarte, por encima de los sentidos, al conocimiento del amor. ■ Responde siempre a la llamada con prontitud y confianza. Abandónate al soplo del amor. Él te sostiene sin obstáculos. Él sopla para traerte a Mí de quien procedes. Piérdete, gota de agua en mi océano infinito; piérdete, llamita de luz, en mi resplandor sin límites. Entra a formar parte de tu Dios y Señor, de tu Esposo. Te abro, para que los poseas, todas las puertas de mis tesoros. ¡Te amo!”. (Escrito el 5 de Diciembre de 1943).
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44-59.- “Epígrafe sobre todos mis santos: «Dilexit», clave de su heroísmo”.- Martirio de Inés.
* “Amó. Esta corta palabra es la más grande del universo”.- ■ Dice Jesús: “Está dicho: «Habiendo amado Dios infinitamente al hombre, le amó hasta la muerte» (1). Mis seguidores más auténticos no son ni han sido diferentes de su Dios y, siguiendo su ejemplo y por su gloria, le han profesado a Él y a los hombres un amor tan sin medida que han llegado hasta la muerte. Ya te dije (2) que las muertes, tanto de Inés como de Teresa tienen un denominador común: el amor. Ya fuera la espada o la enfermedad la causa aparente de la muerte de tales criaturas que supieron amar con aquella «infinitud» relativa propia de las criaturas (me expreso así por los sofisticadores de la palabra) que es la copia más acabada de la perfecta infinitud de Dios, el agente verdadero y único fue el amor. Una sola es la palabra que debería ponerse como epígrafe sobre estos mis «santos». La que de Mí se dice: «Dilexit». Amó. Amó la niña Inés como también la joven Cecilia, amó la serie de hijos de Sinforosa, amó el tribuno Sebastián, amó el diácono Lorenzo, amó Julia la esclava, amó Casiano el maestro, amó Rufo el carpintero, amó el pontífice Lino, amó el cándido arriate de las vírgenes, la tierna pradera de los niños, la hilera suave de las madres y la viril de los padres, la férrea cohorte de los saldados, la sacerdotal teoría de los obispos, pontífices, sacerdotes y diáconos y amó, por último, la humilde y por dos veces redimida masa de los esclavos. Amó esta mi corte purpúrea que me confesó entre tormentos. Y, en épocas más apacibles, amó la multitud de los consagrados en los claustros y cenobios, de las vírgenes de todos los conventos y de los héroes del mundo que, viviendo en él, supieron hacer del amor clausura para su espíritu a fin de que viviera éste amando únicamente al Señor, por el Señor y a los hombres a través del Señor. ■ Amó. Esta corta palabra que es la más grande del universo  —porque en su brevedad encierra la fuerza más vigorosa de Dios, la característica más acusada de Dios, el poder más potente de Dios— esta palabra cuyo sonido, pronunciado sobrenaturalmente como definición de una existencia ya vivida, llena de sí la creación y hace estremecer de admiración a la humanidad y de júbilo a los Cielos, es la llave, es la combinación que abre y explica la resistencia, la generosidad, la fortaleza y el heroísmo de tantas criaturas que por su edad o condiciones familiares y posición parecían, las menos dispuestas a tanta perfección. Porque, si todavía no causa asombro el que Sebastián, Alejandro, Mario y Expedito pudiesen desafiar a la muerte por Cristo lo mismo que la habían desafiado por el Cesar, produce ciertamente estupor el que unas poco más que niñas, como Inés, y unas madres pletóricas de amor, hubieran sabido lanzar su vida a los tormentos aceptando, como el mayor de ellos, el arrancarse de los brazos de los  parientes y de sus hijos por mi amor”.
* A la generosidad humana y sobrehumana del mártir por amor corresponde la generosidad divina del Dios del Amor”.-Jesús: “Mas a la generosidad humana y sobrehumana del mártir por amor corresponde la generosidad divina del Dios del amor. Soy Yo el que les infundo la fuerza a estos héroes míos y a todas las víctimas del incruento pero prolongado y no menos heroico martirio. Yo soy su fortaleza. Soy Yo el que infundo fortaleza tanto a la corderita Inés como al anciano decrépito; a la joven madre como al soldado; al maestro como al esclavo; y después, a lo largo de los siglos, a la enclaustrada como al estadista que muere por la fe; a la víctima ignorada como al director de espíritus. En el fondo no busquéis en sus corazones ni en sus labios otra perla ni otro sabor que este: «Jesús». Yo, Jesús, estoy allí donde la santidad irradia y la caridad se expande”.
*  Visión del martirio de Inés.
Es la media noche. No bien termina Jesús de dictar este fragmento, conecto con mi visión de esta tarde. La frase: «Habiendo amado Dios infinitamente al hombre, le amó hasta la muerte» me resonaba en el corazón desde esta mañana. Tanto que había ojeado todo el Nuevo Testamento tratando de encontrarla. Mas no he dado con ella o tal vez se me haya pasado o no esté allí. Medio ciega, me he resignado a cejar en la búsqueda convencida no obstante que Jesús habría hablado con toda seguridad sobre dicho tema. Y no me he equivocado. Pero antes de hablar de eso, mi Señor me ha regalado con una dulce visión y, con ella en el corazón, me he entregado a mi acostumbrado… reposo, volviéndola a encontrar después, a mi vuelta entre los vivos, tan nítida como en el primer momento.
.   ● Parecíame ver pues a modo de pórtico  (Peristilo o como si fuese uno foro) un pórtico de la antigua Roma. Digo «pórtico» porque tenía un hermoso pavimento de mármol y columnas también de mármol blanco sosteniendo a su vez un artesonado decorado con mosaicos. Podía ser el pórtico de algún templo pagano o de un palacio romano o bien la Curia o el Foro. No lo sé. Adosado a una de las paredes había una especie de trono compuesto de una peana de mármol sosteniendo un sitial. Sobre este sitial aparecía un romano entrado en años vistiendo la toga. Comprendí pues ser éste el Prefecto imperial. Adosadas a las otras paredes, estatuas y estatuillas de dioses y trípodes para el incienso. En medio de aquella sala o pórtico, un espacio libre en el que había una gran losa de mármol blanco. Frente por frente del sitial de aquel magistrado se abría el verdadero pórtico, propiamente dicho, a través del cual se veía la plaza y la vía pública.
.    ● Mientras observaba estos pormenores y el gesto ceñudo del Prefecto, entraron tres jovencitas en el vestíbulo, pórtico, sala (o lo que usted quiera). Una de ellas era jovencísima: una niña casi, vestida completamente de blanco con una túnica que le cubría toda dejando al descubierto tan solo las manos diminutas a partir de sus muñecas de niña. Llevaba la cabeza destocada y era rubia. Peinaba sencillamente con una raya en medio de la cabeza y dos gruesas y alargadas trenzas que le caían por la espalda. El peso de sus cabellos era tal que, sin quererlo, hacíale doblar levemente la cabeza hacia atrás prestándole un empaque de reina. Por entre sus pies retozaba balando un corderillo de pocos días, todo blanco, con su hociquito sonrosado como la boca de un niño. Detrás de la chiquilla, a pocos pasos de ella, estaban los otras dos jovencitas, una de las cuales era de una edad casi igual a la primera si bien más robusta y de apariencia más vulgar. La otra era de más edad: de 16 a 18 años a lo sumo. Ambas vestían igualmente de blanco y llevaban un velo en la cabeza; pero sus vestidos eran humildes. Parecían doncellas puesto que permanecían en actitud respetuosa hacia la primera. ■ Comprendí que ésta era Inés, lo otra, de su misma edad, Emerenciana y la tercera no lo sé. Inés sonriente y segura, avanzó hasta la peana del Magistrado y, en este punto, escuché el siguiente diálogo. Inés pregunta: “¿Estaba deseando verme? Aquí me tiene”. Prefecto: “No creo que, cuando sepas por qué te quería, sigas llamando deseo a esta mi voluntad. ¿Eres cristiana?”. Inés: “Sí, por la gracia de Dios”. Prefecto: “¿Ya te das cuenta de las consecuencias que esta afirmación te puede reportar?”. Inés: “El Cielo”. Prefecto: “¡Vaya! La muerte es horrible y tú aún eres una niña. No sonrías que yo no bromeo”. Inés: “Ni yo tampoco. Te sonrío porque eres el padrino de mis nupcias eternas y te estoy agradecida por ello”. Prefecto: “Piensa más bien en las nupcias de la tierra. Eres hermosa y rica y hay muchos que ya se fijan en ti. No tienes pues sino elegir para ser una patricia feliz”. Inés: “Tengo ya resuelta mi elección. Amo al Solo digno de ser amado, ha llegado el momento de mis nupcias y éste es el templo donde se han de celebrar. Oigo la voz del Esposo que se acerca y vislumbro ya su mirada de amor. ¡A Él sacrifico mi virginidad para que haga de ella una flor eterna!”. Prefecto: “Pues si quieres conservarla, lo mismo que tu vida, sacrifica inmediatamente a los dioses. Así lo exige la ley”. Inés: “Tengo un único verdadero Dios y a Él sacrifico de mil amores”. Y en esto apareció cómo los ayudantes del Prefecto entregaban a Inés una copa con incienso para que lo derramara delante de un dios. Inés: “No son éstos los dioses que yo amo. Mi Dios es nuestro Señor Jesucristo. A Él, a quien amo, me entrego a mí en sacrificio”. ■ En este punto vi cómo el Prefecto, irritado, daba orden a sus ayudantes de esposar a Inés a fin de impedirle la fuga o cualquier acción irreverente contra los simulacros, siendo desde aquel momento considerada como rea y detenida. Mas la virgen se volvió sonriente al verdugo diciéndole: “No me toques. He venido aquí espontáneamente porque me llama la voz de mi Esposo que me invita desde el Cielo a las nupcias eternas. No necesito de tus brazaletes ni de tus cadenas. Únicamente me las deberías poner si me quisieras arrastrar al mal. Pero entonces (tal vez) de nada servirían porque mi Señor Dios haría que fuesen más vanas que un hilo de lino para sujetar los puños de un gigante. Ahora bien, para ir al encuentro de la muerte, de la felicidad, de las nupcias con Cristo, no, hermano, no sirven tus cadenas. Yo te bendigo si me proporcionas el martirio. No huyo. Te amo y ruego por tu alma”. Hermosa, blanca y erguida como lirio, Inés era una visión celestial dentro de la propia visión…
.    ● El Prefecto dictó la sentencia que no oí bien.  Me pareció que esto se debiese a un lapsus producido en el que perdí de vista a Inés, atenta como estaba a la mucha gente que se había aglomerado en aquel lugar. Enseguida di de nuevo con la mártir, más hermosa aún y jovial que antes. Frente a ella una estatuilla de oro de Júpiter y un trípode. A su costado el verdugo con la espada ya desenvainada. Parecía como que hiciesen una última tentativa para doblegarla. Pero Inés, con sus ojos chispeantes, agitaba la cabeza y con su manecita rechazaba la estatuilla. No andaba ya entre sus pies el corderillo que estaba, por el contrario, en brazos de Emerenciana, toda llorosa. ■ Vi cómo hacían arrodillar a Inés sobre el pavimento en medio de la sala. La mártir se recogió con las manos sobre el pecho, dirigiendo su mirada al cielo. Lágrimas de sobrehumana alegría emperlaban sus ojos arrebatados en suave contemplación. Su rostro, sin que estuviese más pálido que en un  principio, sonreía. Uno de los ayudantes le cogió las trenzas cual si fuesen cordeles para sujetarle la cabeza; mas no era necesario. “¡Amo a Cristo!” gritó cuando vio al verdugo levantar su espada, y advertí cómo ésta penetró por entre el omóplato y la clavícula seccionando la carótida derecha y cómo se desplomó la mártir por su lado derecho conservando siempre su posición arrodillada, como quien se echa a conciliar un sueño feliz, pues la sonrisa no desapareció de su rostro siendo velada tan sólo por el chorro de sangre que salía a borbotones de su cuello seccionado.
■ Aquí tiene descrita la visión de esta tarde. Por cierto que no veía la hora de poder encontrarme sola para escribirla y solazarme con ella. Era tan hermosa que, mientras la disfrutaba (me caían lágrimas que, debido a la penumbra de la estancia, creo pasarían inadvertidas a los circunstantes y así estaba con los ojos cerrados, en parte porque me encontraba tan absorta en la contemplación que necesitaba concentrarme y, en  parte también por hacer creer que estuviese dormida ya que no me gusta dar a entender… dónde me encuentro) me resultaba insoportable escuchar parrafadas de frases comunes y por demás humanas entremezclándose, a modo de desperdicios, entre la belleza de la visión y así he dicho, como si me molestara el murmullo: “¡Chitón, chitón!”. Pero no era eso sino que quería quedarme sola para poder contemplar en paz, como así ha sido en efecto. Y después me ha hablado Jesús (3).  (Escrito el 13 de enero de 1944).
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1  Nota  : Cfr.  Ju. 13,1.   2  Nota  : El dictado 43-422  del 14 de Octubre de 1943.    Nota  : Este mismo dictado 44-59.
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(<Jesús, acompañado de cuatro de sus apóstoles, ha llegado a una casa y se entretiene con un grupo de niños, enseñando y haciendo el bien. Entra una madre>)
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44-141.- Visión en la que María Valtorta toma la mano tendida a ella por Jesús que, correspondiendo a una pregunta suya, responde hablando de su Humanidad, su Divinidad y de su amor a los niños, modelos para entrar en el Reino de los Cielos.
* ¿Qué es lo que tienen tus manos, Maestro, que tocan y curan?”. Jesús: “Mira mi mano y observa. Nada tienen a no ser el fluido de mi amor inmenso”. Nunca había tocado las manos de Jesús. Siento el calor tibio de sus dedos.- ■ Entra una madre abriéndose paso. Lleva en brazos a un niño macilento y enfermo. Está muy enfermo y va caído del todo sobre el pecho de su madre. Jesús, que había ya tocado a otros niños enfermizos que sus madres le presentaran, abre los brazos y toma en ellos al medio mortecino. La madre se lo encomienda llorando. Jesús acaricia y le mira. Después mira a la pobre criaturita demacrada y exangüe. La acaricia y besa acunándola un poco porque llora. El niño o niña —no advierto qué sea pues lleva una melena larga que le llega hasta las orejas— abre los ojos y mira a Jesús con una sonrisa triste. Jesús le habla bajito. No entiendo lo que le dice porque su voz es un susurro. El enfermito sigue sonriendo. Jesús se lo devuelve a su madre que llora y, mirándola fijamente con sus ojos dominadores, le dice: “Ten fe, mujer. Mañana tu niño jugará con todos éstos. Vete en paz”. Y traza una vez más un signo de bendición sobre su carita de cera. ■ Y aquí, Padre (1), me parece acercarme a mi Jesús y decirle: “Pero ¿qué es lo que tienen tus manos, Maestro, que cuanto tocan se arregla, cura o cambia de aspecto?”. Pregunta, en verdad, por demás necia, pero a la que mi Jesús responde con bondad divina: “Nada, hija, de no ser el fluido de mi amor inmenso. Mira mi mano, obsérvala”. Y me tiende su mano derecha. La tomo con veneración con las puntas de mis dedos presionando en las yemas de los suyos. No me atrevo a más mientras el corazón late fortísimamente. Nunca había tocado a Jesús y si bien Él me había tocado a  mí, yo jamás me ha­bía atrevido. Ahora sí le toco. Siento el calor tibio de sus dedos, la tersura de su piel y sus uñas alargadas (alargadas, no sobresaliendo, sino bien conformadas sobre la última fa­lange). Veo sus largos y sutiles dedos, la palma notablemente cóncava, siendo el metacarpo mucho más corto que los de­dos y observo en el arranque de la muñeca el recamado de las venas. Jesús me deja su mano benignamente.
Mi Humanidad opera en esto: arreglar juguetes a los niños, mis predilectos, para atraerlos a Mí. Y mi Divinidad  opera en eso otro: curar a los niños. Y sobre ninguno derramo mi amor y mi poder con tanto gozo como sobre ellos, modelos vuestros”.- ■ Ahora se pone de pie y yo estoy de rodillas; por lo que no le veo el rostro aunque siento que sonríe por reflejarse la sonrisa en su voz. “¿No ves, alma a la que amo, no ves cómo no hay na­da?  Mis años de trabajador dejaron en Mí la capacidad para arreglar los juguetes de los niños y de ella me valgo porque sirve también para atraer hacia Mí esas criaturas a las que amo con predilección: los niños. Mi Humanidad, que recuer­da su condición de menestral, opera en esto. Y mi Divinidad  opera en eso otro de curar a los niños enfermos del modo que compongo los juguetes  enfermos y los corderitos. Nada tengo fuera de mi amor y de mi poder de Dios. ■ Y sobre ninguno los derramo con tanto gozo como sobre es­tos inocentes a los que os propongo por modelos para entrar en el Reino de los Cielos. Yo descanso en medio de ellos. Son sencillos y sinceros. Y Yo, que soy el Traicionado y siento repugnancia del que traiciona, encuentro paz al lado de éstos que no saben traicionar; y Yo que seré Aquel de quien tantos han de desconfiar, me siento feliz al lado de éstos que no saben desconfiar. Y Yo, que he de ser repudiado por quienes, con reflexión de adulto, pensarán en poner­se a buen recaudo en las horas de borrasca, encuentro con­suelo al lado de éstos  que creen en Mí sin pensar en si su  creer les ha de reportar un bien o un mal. Creen porque me aman. ■ Sé tú también como una niña, como una de éstas y tendrás el Reino de los Cielos que se abre ante el empujón impaciente de Jesús que arde en deseos de tener junto a Sí a quienes más amó por ser los que más le amaron. Vete ahora en paz. Te acaricio como a uno de estos pequeñines para hacerte feliz. Vete en paz”.
* El mirar mi mano que escribe, y que aún guarda la sensación de haber tocado la de Jesús, me hace olvidar toda amargura.-Advierta que la visión ha venido mientras disgustada por una contestación grosera, —y no la única de hoy— lloraba abatida y desolada, llena de aflicción y de disgus­to al comprobar la manera de ser de algunos. La visión me ha calmado desde su inicio y me ha alegrado después. Pero cuando, más adelante, he podido gozar sintiendo los de­dos de Jesús, entonces es cuando he llegado a experimen­tar cómo la dulzura del éxtasis se sobreponía a toda amargura. Me miro la mano que escribe y aún guarda la sen­sación de haber tocado la de Jesús, pareciéndome santa como cosa tocada a una reliquia (2). ¡Que mi Jesús sea, bendito! (Escrito el 7 de Febrero de 1944).
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1  Nota  : Se dirige al Padre Migliorini.   2  Nota  : Esa mano, la derecha, quedará blanca, a la muerte de María Valtorta, mientras la izquierda estaba lívida.
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44-164.- Amor de coparticipación = amor de compasión o con-pasión.- «Tengo necesidad de su dolor para una obra grande».
* “Elevado es el amor de fusión: tú te anulas en tu Amado. Mas, elevadísimo es el amor de coparticipación: te sustituyes a Él. Es el amor de compasión. De con-pasión. O sea: La Pasión vivida a la vez por Cristo y por la adoradora de Cristo”.- Dice Jesús: “Pobre estrellita mía, anegada por la galerna del dolor de tu Jesús, anulada con mi dolor infinito lo mismo que una estrella diminuta frente al sol ¿sabes qué es lo que he hecho contigo? Te he llevado hasta el «amor de coparticipación» del que te hablé en el otoño (1). Ahora estamos en primavera no en otoño. «Pasó el invierno… han aparecido las flores por nuestras tierras… ¡Levántate, amiga mía!» (2). Elevado es el amor de fusión. Mas, elevadísimo, superando la cumbre de aquella altura, es el «amor de coparticipación». En el de fusión, llegas a anularte,  en tu Amado. En el de coparticipación, te sustituyes a Él, le abarcas: Él es el alma y tú la vestimenta del alma, sintiendo en esta vestimenta tuya las penas de tu Amado mientras Él grita en tu interior sus torturas espirituales y morales dándotelas a conocer del modo que el pensamiento transmite a la carne las impresiones de la mente al recibir las sensaciones materiales. Es el amor de compasión. De con-pasión. O sea: la Pasión vivida a la vez por Cristo y por la adoradora de Cristo. ■ Esto es lo que he hecho. Y si te he introducido en la «estancia de los vinos» (3) y su olor te ha embriagado hasta el punto de hacerte caer como muerta, has de saber, amada mía, que ese vino es mi Sangre. Es de él, de su perfume divino, del que se llena la estancia y desciende sobre tu corazón trocando tu vida por otra más alta, y sube a tu pensamiento proporcionándote intuiciones y luces que no son terrenas sino sobrenaturales y divinas porque soy Yo el que hablo en tu pensamiento y no hay palabras mías más divinas que las que dan a conocer mis torturas de Redentor. «A la sombra de Aquel que deseaba me senté» (4). Mas ese árbol no es el manzano cargado de frutos sino mi Cruz de la que pende un único fruto: tu Cristo. Ahora bien, Yo bajo de él, he bajado de él para «sostenerte» con las flores de la caridad y «confortarte» con mis caricias porque «tú languideces» de amor compasivo”.
“El ángel me numeró los nombres de todos aquellos que habrían de amarme, de un modo total hasta compartir mis torturas y entre ellos estaba el tuyo”.- Jesús: “Amada mía, ¡cuánto te amo por tu amor! Tus lágrimas vertidas al asistir a mi llanto, al sentir el restallido de los azotes, al verme caer contra las piedras, y las lágrimas que has vertido al asistir a mi tortura extrema y a mi postrera desolación, Yo las he saboreado ya, siendo para Mí, junto con las de las almas hermanas tuyas en el amor de coparticipación, más dulces que el vino mezclado con miel. Ellas estaban en el cáliz que el ángel me ofreció para mitigar la amargura del cáliz paterno, para sostener mi Humanidad sumida en una agonía cruel (5). Él, el ángel de mi dolor, para confortar mi espíritu abatido, me fue enumerando, uno a uno, los nombres de todos aquellos que habrían de amarme, pero amarme de un modo total hasta compartir mis torturas y entre ellos, estaba tu nombre, violeta, estrellita, mi pequeño Juan, María, mi María. ¡Gracias, alma a la que amo! Podría haber ido y hubiera ido con más pausa en la tarea de introducirte en mis sufrimientos. Pero es preciso acelerar el tiempo. Yo lo sé. Por tal motivo debo acelerar la instrucción por más que ésta haya de agravarte tanto al verterla en alud sobre ti. ■ Y si hay quien llega a decir lo que ya consta en el Evangelio: «Y Éste que curó al ciego de nacimiento ¿no podía hacer que ésta no sufra?» (6), Yo le respondo: «Tengo necesidad de su dolor para una obra grande». Se Me podrá argüir también «¿Por qué no comenzar de los dolores preparatorios, cuando menos desde la Cena? (7). Y ¿por qué no se ha terminado con la Crucifixión?». Respondo: «Tenía necesidad de que esta alma se empapase con este llanto para hacerla más apta, más diáfana y purificada antes de llegar a contemplar el misterio inefable de la muerte que sufrí para redimiros». ■ Al altar no suben, no debieran subir, los impuros ni los materialistas. Mas si éstos pueden aún subir a vuestros altares por ser vosotros ciegos y Yo longánimo, a  mi altar, para asistir a mi Misa, no puede venir sino el que se ha purificado con el incienso del amor y el agua de su llanto tras haber anulado su carne en la hoguera del sacrificio dejando vivir únicamente al espíritu”.
*  Jesús habla respecto a las visiones de María Valtorta.Jesús: “Sigo pues mi método y no el vuestro y desearía en vosotros menos torpeza al desear ciertas explicaciones sobre pormenores tan insignificantes que solo hacen referencia a la curiosidad y nada a la revelación. Dejad en paz a mi Juan. Esta alma que ve torturar a su Jesús, no está como para preocuparse y referirlo después, si Caifás tiene la barba cuadrada o puntiaguda, si Herodes va vestido de rojo o de amarillo, si Pilatos es alto o bajo y hasta cuántos centímetros es más bajo que Yo y si la sala del Pretorio es larga, corta, cuadrada o rectangular. Si vierais vosotros torturar a la persona que más queréis, ¿os ocuparíais acaso del primero que vierais pasar? No. Miraríais únicamente a aquel a quien amáis. Las cosas en su punto, hombres, las cosas en su punto cuando se desvelan las torturas de un Dios. Y sirva esta advertencia para las restantes revelaciones. ■ Mi pequeño Juan me mira a Mí y a María y ya no tiene ojos para mirar otra cosa. Y si al comienzo de una visión puede describir el ambiente o la naturaleza, tan pronto como Yo o mi Madre empezamos a manifestarnos, pierde la facultad de ver todo aquello que no seamos Nosotros. Y únicamente Nosotros, para vuestra ilustración, le hacemos que se fije en episodios secundarios, como son un vestido, un gesto, un cambio de luz que vienen a ser el fondo y contorno de la escena. Por lo demás, la «portavoz» nada vería de no ser a Cristo, a María o al Santo de que se trate. Todo eso para que os sirva de norma y para tranquilidad de mi Juan que ha rebasado ya el límite de sus fuerzas y, por otra parte, no podría, es cierto, disponer de más para satisfacer vuestra inútil curiosidad.  Y ahora ven, alma  mía, ven conmigo. Cierra los ojos al mundo y ábrelos adonde Yo te diga, y mira. Mira y descansa. Esta es una hora feliz. La visión de esta tarde será más esplendorosa y la escribirás. Yo te bendigo”.

Hoy no ha venido el que debía venir.  A la 12,30, cuando ya me he convencido de que no vendría, me he quejado dulcemente a Jesús: “¡Ay, Señor. Hoy, ni Misa por la radio ni Pan para mi hambre espiritual. Y tanto la una como el otro los esperaba esta mañana con tal deseo…!”. Y Jesús me dice: “No importa. Besa mi Mano. La Eucaristía es Carne pero también Sangre y mi Mano está enrojecida de Sangre”. Así es como he hecho la Comunión… y soy dichosa. (Escrito el 13 de Febrero de 1944).
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1  Nota  : Dictado 43-402  del 11 de Octubre  de 1943.   2  Nota  : Cfr.  Cantar  2,11-13.  3  Nota  : Cfr.  Cantar  2,4.   4  Nota  : Cfr. Cantar 2,3.   5  Nota  : Cfr.  Lc. 22,43.   6  Nota  : Cfr.  Ju. 11,37.   7  Nota  : Advierta el lector que María Valtorta recibió una visión parcial antes de la visión completa de la Pasión.  Cfr. María Valtorta y la Obra  6.1: Las fechas.
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44-299.- “Al multiplicarse la iniquidad se enfriará la caridad en muchos”.
* ¿Cuál es la causa de vuestros sufrimientos? La falta de amor. ¿Qué son las guerras en el fondo? Odio. ¿Qué es el odio? La antítesis del amor. ¿Los motivos políticos? ¿El espacio vital? ¿Una frontera injusta? ¿Una ofensa política? Excusas y más excusas. No os amáis. No os sentís hermanos. La caridad no puede sobrevivir donde anida iniquidad, porque la Caridad es Dios y Dios no convive con el Mal”.- Dice Jesús: “Pasemos ahora a lo que se dice en el Evangelio de Mateo: «Al multiplicarse la iniquidad se enfriará la caridad en muchos» (1). Aquí tenéis, hijos, una gran verdad que la meditáis poco. ¿Cuál es la causa de vuestros sufrimientos? La falta de amor. ¿Qué son las guerras en el fondo? Odio. ¿Qué es el odio? La antítesis del amor. ¿Los motivos políticos? ¿El espacio vital? ¿Una frontera injusta? ¿Una ofensa política? Excusas y más excusas. No os amáis. No os sentís hermanos. No os dais cuenta de que todos procedéis del mismo tronco, de una misma sangre, que nacéis y morís lo mismo, que sentís hambre, sed, frío y el sueño de idéntica manera y que de similar suerte tenéis necesidad de pan, de vestido, de casa y de calor. No tenéis presente lo que dije: «Amaos. Del modo que os améis se entenderá que sois mis discípulos. Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos» (2). Estas verdades las tenéis por un cuento. Esta verdad mía la creéis que sea de un loco y la sustituís con cantidad de doctrinas humanas, pobres o malvadas, según lo sea su creador. Mas, aún las más perfectas de ellas, si difieren de la mía, son imperfectas. Al igual de la mística estatua (3), tal vez tengan muchas partes de metal precioso, mas su base será de barro provocando al fin el desplome de toda doctrina y, con él, la ruina de cuantos se habían apoyado en ella.  La mía no se derrumba. Los que se apoyan en ella no caen antes consiguen siempre una mayor seguridad: suben al Cielo, a la alianza con Dios en la Tierra y a la posesión del mismo más allá de la Tierra. ■ Ahora bien, la caridad no puede sobrevivir en donde anida la iniquidad, porque la caridad es Dios y  Dios no convive con el Mal.  Por eso el que ama el Mal odia a Dios, crecen sus iniquidades apartándose cada vez más de Dios-Caridad. He aquí un círculo del que no se sale y que se va estrechando para torturaros. Poderosos y humildes, todos habéis acrecentando vuestras culpas. Descuidando el Evangelio, escarnecidos los Mandamientos y olvidado Dios, —porque no se puede decir que lo recuerde quien vive según la carne, según la soberbia de la mente y según los consejos de Satanás— habéis pisoteado la familia, habéis robado, blasfemado, matado, testificado en falso, mentido, fornicado y hecho lícito lo ilícito: quién robando un puesto, una mujer, unos bienes; allá, en lo más alto, robando un poder o una libertad nacional, aumentando vuestro latrocinio con el pecado de la mentira tratando de justificar ante los pueblos lo que habéis hecho enviándolos a la muerte. ¡Esos pobres pueblos que otra cosa no desean que vivir tranquilos y a los que vosotros incitáis con mentiras venenosas lanzándolas el uno contra el otro para aseguraros un bienestar que no os es lícito conseguir al precio de la sangre, de las lágrimas y del sacrificio de naciones enteras! Mas ¡cuánta es la culpa que tienen los individuos en la magna culpa de los grandes! El cúmulo de las pequeñas culpas individuales es el que sirve de base a la Culpa. Si cada uno viviese santamente sin avidez de carne, de dinero ni de poder, ¿cómo habría de darse la Culpa? Cierto que aún habría delincuentes; mas resultarían inocuos, toda vez que nadie los seguiría. Como locos ellos continuarían delirando en la persecución de sus sueños obscenos. Mas los sueños jamás llegarían a ser realidad y, aun cuando Satanás los ayudase, tal ayuda resultaría baldía ante la cerrada unidad contraria de toda la humanidad hecha santa al vivir según Dios. Y por encima de esto, tendría a Dios de su parte. A Dios benigno con sus hijos obedientes y buenos. La caridad, por tanto estaría en los corazones viva y santificante desapareciendo la iniquidad. ■ ¿Veis, hijos, cuánta es la necesidad de amar a fin de no ser inicuos y la de no ser inicuos para poseer el amor? Esforzaos en amar. ¡Si amaseis… siquiera un poquitín tan sólo! ¡Si comenzaseis a amar…! Bastaría comenzar, pues todo lo demás vendría a seguido por su pie. Si la espiga no está madura no puede recolectarse la mies. La espiga no puede madurar si no llega a formarse, y no puede formarse si, a su vez, no se forma la macolla. Ahora bien, si el agricultor no echase al suelo la diminuta semilla, ¿podría acaso brotar del surco la verde macolla que, como una copa viva, mantiene en pie la gloria de las espigas? ¡Qué diminuta es la semilla! Y, con todo, rompe la gleba, penetra en la tierra succionándola cual boca ávida y después eleva al sol su bendita pompa del futuro pan y, con su color de esperanza y su oro que cruje con el viento y esplende al sol, canta sus bendiciones a Aquel que da su Pan y el otro pan al hombre. Si no hubiera semillas, ellas tan pequeñas que se requieren muchas para colmar el buche de un pajarillo, tampoco tendríais la Hostia sobre el altar. Moriríais de hambre física y de anemia espiritual. ■ Poned en cada uno de vosotros una semilla, una diminuta semilla de caridad. Dejad que os penetre. Haced que crezca en vosotros. Mudad vuestra desatada codicia en ubérrimo florecer de obras santas nacidas todas de la caridad. La tierra, llena toda ella ahora de abrojos y de espinas que os torturan, mudaría su aspecto y su aspereza en una plácida y agradable morada, anticipo del Cielo bienaventurado. Amarse unos a otros es estar ya en el Cielo, porque el Cielo no es otra cosa que el amor. ■ Leed, leed el Evangelio y leedlo hasta en sus frases más insignificantes. Vividlo en estos sus tintes de perfección comenzando por el amor. Parece el más dificultoso de los preceptos, pero es la clave de todo: de todo Bien, de todo el Gozo y de toda Paz”. (Escrito el 11 de Enero de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 24,12.   2  Nota  : Cfr. Ju. 13,34-35; 15,12.   3  Nota  : Cfr. Dan. 2,31-45.
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 44-376.- “Cada vez más os habéis venido a hacer la raza depravada y proterva cantada por Moisés. Deberíais leer y meditar hoy en día ese cántico”.
* Sustituí una Ley y un Pacto, escritos en la piedra, por una Ley y un Pacto escritos en una Carne con una Sangre que son divinas y conservadas vivas permanentemente en un tabernáculo. Mas tan providente bondad no ha podido hacer de mis hijos unos hijos fieles”.- ■ Dice Jesús: “Escribe. Yo, dice el Señor Uno y Trino, conociendo como conozco a los hombres tan fáciles para olvidar las leyes y beneficios, sustituí una Ley y un Pacto, escritos y conservados en materiales muertos, la piedra y la madera —madera al fin por más que se recubra con oro— por una Ley y un Pacto escritos en una Carne con una Sangre que son divinas y conservadas permanentemente vivas, como cuando sirvieron de Alianza con el Cielo, en un tabernáculo que, en su pequeñez, es tan inmenso como el Cielo, puesto que lo contiene todo, y con su innumerabilidad, floreciendo en todos los rincones de la Tierra, da testimonio de la omnipresencia de Dios. Mas tan providente bondad no ha podido hacer de mis hijos unos hijos fieles”.
* La Tierra, altar contaminado, necesita volver a ser santificada antes de tornar a ser altar grato al Señor. Que cada uno se haga hostia acepta mediante el amor y el dolor”.-Jesús: “Cada vez más os habéis venido a hacer la raza depravada y proterva cantada por Moisés (1). Nadie, si no es por obligación de estudio o misión sacerdotal, lee y medita hoy en día ese cántico. Mal hecho. Deberíais leerlo y meditarlo y decir golpeándoos el pecho: «Este pueblo insensato, este pueblo sin reconocimiento que, tras recibir los beneficios de Dios ha recalcitrado cual mulo resabiado abandonando a su Señor, este pueblo que se ha permitido, y continúa haciéndolo, provocar a su Dios sustituyendo su culto por otros idolátricos y sacrílegos y adorando a Satanás en sus variadas manifestaciones, este pueblo somos nosotros. Por eso el Eterno nos ha castigado y seguirá castigándonos mientras el número de los buenos no alcance a ser igual por lo menos al de los malos». Y, criaturas rebeldes como sois, no debéis terminar vuestro razonamiento diciendo: «Ahora bien, esperaré a que los demás se hagan buenos y predicaré para que lleguen a serlo». ■ No. Que cada uno, sin curarse en su vecino, trate de llegar a ser bueno como Dios quiere. Y después, cuando lo haya alcanzado, hable en el nombre de Dios exhortando a los demás a ser buenos. Mas antes purifíquese a sí mismo en el dolor y en el amor. Que cada uno se haga hostia acepta a Dios. La tierra, altar contaminado, tiene necesidad de volver a ser santificada antes de poder tornar a ser altar grato al Señor. El dolor ha de ser el holocausto para el pecado, en tanto que el amor debe serlo para el sacrificio pacífico. Mas que sea el amor el primero que nazca en vosotros. Sin él no podréis tenerme a Mí que soy el Amor eterno, el Promotor de toda acción o pensamiento sobrenaturales. ■ Así el Amor os impulsará a la contrición, ésta os hará volver a Dios y, reunidos con Él, podréis ofreceros a vosotros mismos con toda el alma, con toda la mente, con todo el corazón y con todas las fuerzas, como dispone la Ley (2), a Aquel que debe ser amado sobre todas las cosas y sin límite de medida. Soy el amor que te habla. Soy el Amor que bendice. Soy Yo que te bendigo”.
 
Y yo te bendigo, Amor, porque derramas sobre mí tu luz, que es Luz de Luz, y calmas mis grandes dolores cambiándolos a un gozo que no hay palabra humana que pueda describirlo. (Escrito el 24 de Mayo de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Deut. 32,1-43.   2  Nota  : Cfr. Deut. 6,4-5.
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44-466.- Esponsales místicos.
* Comprended cuán grave sea la culpa que causa fatiga al espíritu de Dios; en cambio, vosotros, mis predilectos, me proporcionáis descanso”.- ■ Dice Jesús:  “No, no te lamentes ni te disgustes como si se hubiera producido un cambio de amor por tu parte. Esto no es disminución sino aumento. Te hablo a ti y a cuantos espíritus se consagraron del todo a Mí, encontrándose en tu mismo caso. Son aquellos sobre los que mi vista descansa consolándose de todas las infamias que veo cometerse en la Tierra. Cuando uno dio fin a un trabajo duro, desconsolador y hasta repugnante, ¿por ventura no encuentra satisfacción respirando aire puro y contemplando un deleitoso prado verde y florido? Los pulmones se dilatan, la vista descansa y la mente se recrea. Parécele renacer de ello. Lo mismo acaece a vuestro Jesús, ¡tan dolido, tan disgustado por tantos! Pensad que soy la Bondad y el Amor, recibiendo, a cambio, ofensas y odio de continuo, y que debo usar del rigor para castigar a los culpables. Esto me agobia más que llevar la cruz. No es que ignorase entonces que moría inútilmente para muchos. No lo ignoraba. Pero a lo que Yo me refiero es a la fatiga corporal y del momento. Esta otra, en cambio, es fatiga continua y del espíritu. Los culpables causan fatiga al espíritu de Dios. Recapacitad sobre esto y comprenderéis cuán grave sea la culpa que es capaz de producir cansancio a un espíritu perfecto como es el de Dios. ■ Por el contrario, vosotros, mis predilectos, me proporcionáis descanso”.
* Parábola para los predilectos.- Períodos de los esponsales místicos.-Jesús: “Escucha esta parábola que es para vosotros, predilectos. Se trata de un hombre que ama a una mujer. La vio hermosa, le dijeron que era buena, pura, modesta, llegando a nacerle un afecto en el corazón, y con el afecto, la esperanza de poder llegar a tener por esposa a aquella mujer haciendo de ella la perla de un hogar. Hácese presentar a los padres para pedirles su joven hija. Ellos se la conceden y entonces él con mil atenciones trata de conquistar su afecto, pues el suyo es ya un amor desbordante y quiere llevar al mismo grado de amor a su amada. Cuantas veces va donde ella, le lleva lo que conoce ser de su agrado. Cuando se encuentra lejos piensa en lo que podría llevarle, y si se marchó del pueblo le escribe para decirle lo que de palabra no le es posible; y, no bien torna al lugar, corre donde ella. No le cuenta las propias penas, que, por no afligirla, las deja tras de la puerta, pues para él es ya suficiente consuelo ver el rostro sonriente de su amada. Así van transcurriendo el tiempo que vosotros llamáis «noviazgo» y nosotros, los hebreos, «esponsales» que, aun no siendo enlace consumado, era, en el fondo, un noviazgo oficial rigurosísimo hasta el extremo que la mujer tomaba el nombre de «viuda» si moría el esposo antes de consumar el matrimonio dejándola virgen. ■ Ahora bien, llega por fin el momento en el que la mujer deja la casa paterna, y entra en la del esposo para ser «una sola carne con él» conforme al mandato antiguo (1), y, para siempre, según mi nuevo mandato que dice: «Lo que Dios unió no puede, por motivo alguno, separarlo el hombre» (2). Porque separar equivale a incitar al adulterio y el pecado de adulterio lo comete no sólo el que peca materialmente sino también el que produce las causas del pecado poniendo a una criatura en trance de pecar”.

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“Mas Yo no quiero hablarte a ti de esto. Quiero hablarte a ti, alma mía que estás unida a Mí, no a un hombre sino a Dios con ofrenda de caridad que Él aceptó, y quiero hablar asímismo a las almas hermanas que Él aceptó en el amor total hacia Mí. Cuando la esposa deja al fin la casa paterna convirtiéndose en mujer de aquel a quien ama, sube a un grado mayor de amor. No son ya dos que se aman. Son uno que se ama en su doble. El uno se ama a sí reflejado en el otro porque el amor los estrecha con un nudo tan apretado que el gozo anula la personalidad, gozando dos individualmente de una única dicha. ■ Corresponde esto a los dos primeros períodos de los esponsales místicos. Primero sois amadas y os aficionáis al Dios que ama. Después penetráis en un amor más subido disfrutando de sus goces que vienen a ser vuestros. Mas ésta no es la perfección de la esposa.  Ya te lo dije (3) y te lo repito ahora contestando a tu porqué. «¿Por qué ahora no tienes ya aquellas palabras de tan segura paz y de tan firme promesa con las que Tú me habrías disipado ciertos dolores?» has llegado a decir hace poco al releer las páginas de octubre. ¡Oh María! ¿Por qué? Porque te he llevado más alto. Los hombres me acusan de repetirme en lo que digo. Pero bien, si he de repetirme contigo que estás en plena tensión escuchándome y me pareces un pajarillo en su nido con la boca del todo abierta a la espera del alimento que le trae su padre —y tu alimento es mi Palabra— ¿cómo no habré de repetirme cuando hablo para quienes no me prestan atención? Una, dos, cien, mil veces tengo que repetir las mismas verdades si he de conseguir que una partecita de las mismas penetre en su corazón y suscite en vosotros una luz. Si pues más tarde esa luz se apaga, no es mía la culpa ni pueden tampoco culparme de su ceguera. ■ Y ahora te digo: Una vez que ya pasó el período exaltado del amor, éste madura en una virilidad digna y, de un hombre y una mujer, simples habitantes de la tierra hace poco y después una sola carne, hace un padre y una madre que se aman inclinados sobre una cuna y se miran diciendo, diciendo como dijo Dios al contemplar al hombre (4) —considerad, padres, vuestro poder—: «Hemos hecho una criatura que es eterna, que es de los Cielos, que es de Dios». Tal es el destino del hombre y, si su malevolencia no lo desvía, tal es así mismo su meta gloriosa. Mas, llegados a esta perfecta unión ¿no se convierte acaso la esposa en madre, hermana y amiga del consorte? ¡Oh dulce consuelo para el hombre es aquella mujer que sabe amarle con tal perfección que pueda él depositar en ella todos sus pensamientos con la seguridad de que los ha de comprender y consolar! ¡Oh bendito aquel hogar en el que la santidad del Sacramento vive en el verdadero sentido de la palabra produciendo una inexhausta floración de actos de amor! Amor, no tanto de carne cuanto de espíritu. Amor que perdura y crece más bien a medida que pasan los años y se acumulan los afanes. Amor que es el verdadero amor, porque no se limita a amar por el goce que proporciona sino que se hace cargo de las penas del cónyuge para llevarlas consigo aliviándole de su peso. ¿Acaso se aman menos dos que lloran juntos que dos que se besan sonriendo? No, María; antes se aman más. El hombre demuestra que estima mucho a su mujer cuando le confía todo su interior en demanda de consejo y de consuelo. La mujer demuestra amar mucho a su hombre si sabe comprender sus pensamientos y si con buen deseo le ayuda a sobrellevar sus preocupaciones. No serán ya besos ardientes ni palabras poéticas, pero serán caricias de alma a alma y palabras secretas que se murmuran los espíritus comunicándose el uno al otro la paz del verdadero amor, del verdadero matrimonio. ■ Pues bien, alma mía, ahora te encuentras en esta fase. Con tu amor fundido con el mío me has dado a luz hijos. Los hijos que me has dado son todos aquellos que me han conocido mejor a través de tu amor operante. Los conocerás un día y te gozarás de ello. Ahora que Yo te amo tantas veces más por cada hijo que me has dado, ahora que sé que tú me amas hasta el punto de querer cargar sobre ti la cruz de mis intereses porque la gloria de tu Señor te apremia más que tu propia vida, he aquí que Yo me comporto contigo como Esposo que está seguro de su esposa. No te muestro ya únicamente mi sonrisa sino también mi llanto. No te acaricio ya con rosas sino que estampo rosas de sangre sobre tu corazón apoyándolas contra mi frente coronada de espinas; no te beso ya con mis labios untados de miel y de vino sino con mi boca amargada con el vinagre y la hiel que fueron mi último estertor. ■ Si te trato así es porque te considero «mujer fuerte» (5) en el sentido bíblico de la palabra. ¡Oh qué descanso supone para Mí tener estos corazones! Vosotros, generosos, que sabéis amar, dádselo al eterno Mendigo que va pordioseando amor y no recibe sino indiferencia y ofensas. Dámelo, María, y no temas por su pérdida. Si tuvieses alas de ángel subirías menos rauda que no lo haces con las alas de tu generoso amor”.

* Para que lo entienda, Padre Migliorini, la frase mía que dio motivo al consuelo de Jesús, se produjo así:  Estaba leyendo las encendidas páginas de Octubre último (6), aquellas en las que Él me prometía que vendría presto a tomar a su paloma y decía: “Cuando llegue la primavera a nuestra comarca y se oiga el cantar de la tórtola, entonces vendré”. Así pues, yo lo esperaba tanto, que no tenía miedo alguno a morir, antes lo deseaba. “Mas, ¿por qué?”, le decía esta mañana recordando su promesa y sintiendo írseme por momentos la vida como agua de vaso roto —e írseme en una desolación tal, en una tal soledad, que resultaría menos cruel si fuese en un desierto, e írseme asímismo sintiendo que aquí se me debilita aún más rápidamente el organismo el cual ciertamente va a su fin y sólo yo sé cómo marcha a su fin en este clima que me hace enloquecer debido a la presión barométrica, deletérea para un enfermo de mis condiciones, y por la debilidad del cuerpo cada vez más desnutrido al no poder asimilar los alimentos que he, por tanto, de suspender— “¿por qué”, le decía, “no me tomaste antes del… no puedo menos de llamarlo: malditísimo 10 de Abril? (7). Aunque fuese con mil torturas, pero… antes de aquel día; con la carne enrojecida por un cáncer, pero… así no. Y aún no ha terminado. ¿Es posible que Tú, que siempre me escuchaste para los demás, para todos los demás: grandes y pequeños, buenos y malos, creyentes y ateos, no me hayas querido escuchar para mí? ¿Por qué?” ■ Es el porqué que me taladra mente y corazón. El porqué al que no se le ha dado una respuesta que proporcione paz a mi yo de forma que no tenga ya que preguntar más este porqué. ¿Por qué? ¿Por qué? Es el estupor que renace de continuo en mí por la negativa de Dios a esta gracia que habíale pedido, esta sola para mí tras haberle yo dado todo. ¡Una gracia! ¡Una única gracia para mí! Está justificado mi estupor porque sé cuán bueno es, habiéndolo experimentado con todos y conmigo misma. Con todos, puesto que siempre me dijo “sí” en cuantas gracias pedí para los demás. Y conmigo, por tantas caricias que ha recibido mi alma. Mas en esto no me ha querido escuchar. De ahí mi dolido estupor que no pasa ni puede pasar antes grita cada vez con más fuerza conforme va pasando el tiempo y siento más cercana mi muerte con el pensamiento de que, con toda probabilidad habré de expirar fuera de mi casa. ■ Hace ya nueve años que Jesús me exigió a mi padre, y con qué dolor pronuncié el “sí”, sólo el que ve mis lágrimas de todos los días y percibe los gritos con que de continuo, aún llamo: “¡papá, papá!”, lo puede saber. Y aquí las lágrimas son todavía más amargas. El 3 de Junio de 1943, hace un año, me reclamó a mi madre y únicamente Él sabe con cuántas lágrimas se la entregué. Los demás ignoran, ya que lloro cuando ellos duermen, comen o piensan que yo esté haciendo otro tanto. Ahora bien, allí lloraba con paz: mas aquí no. No, no tengo consuelo alguno. No, queridos. Si mi caridad hacia el prójimo os ahorra la vista de mi dolor, sabed todos: cercanos y alejados, que aún lo tengo tan vivo como cuando supe que mi madre había de morir, sufriendo la agonía de la orfandad con una antelación de cuatro meses antes de que efectivamente se produjese y ese dolor lo tengo siempre fresco y urente como herida abierta. Y aquí más urente que nunca. ■ Pero yo quería morir allí, allí, donde ellos murieron y en donde, como pudieron, me amaron y yo los amé mucho. ¡Oh! mucho más que a mí misma. Quería morir allí en donde, al menos encontré un guía en usted Padre (8), y había tantos recuerdos de Jesús. Aquí soy una caña agitada por el viento, no habiendo nada que me sostenga ni siquiera el recuerdo y el eco de Jesús, porque aquí no es como allá. Oigo las voces, siento incluso las caricias (muy de cuando en cuando, allí eran continuas) pero… verlo para mí  una sola vez, no pudiendo, por otra parte, tener presente su aspecto, antes, quitado Dios, todo lo demás queda reducido al viento que agita y quiebra la pobre caña… Mas es también para que no seas Tú sólo el que me torture, que te digo: “Compadécete, no me hagas conocer el fango; no me hagas sentir más su nauseabundo sabor. A Ti, sólo a Ti quiero. Quiero seguir diciendo continuamente: Dios es bueno. Quiero seguir diciéndolo, cosa que ya no podría hacer si un golpe excesivamente cruel destruyese la inteligencia que Tú le diste y que quiere permanecer cabal para comunicarse contigo y repetir lo que Tú me dices”. ■ Hoy es miércoles, el día de la semana dedicado a los desesperados. Sin duda estoy sufriendo por ellos para librarles de su tortura… Si es así… Basta que mañana no sea como hoy. Es como si una serpiente se me hubiera enroscado ahogándome con sus espirales viscosas y frías. ¡Oh, esperanza, esperanza!, nunca te apagues en el corazón de los hombres. No hagas de los hombres, brutos, al quitarles la luz que es inteligencia, fe, paz y acceso a la casa de Dios, al Reino de Dios. (Escrito el 21 Junio 1944).
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1  Nota  : Cfr.  Gén. 2,24.   2  Nota  : Cfr.  Mt.19,5-6.   3  Nota  : Por ejemplo  en el dictado del 13 de Febrero,  dictado 44-164.   4   Nota   : Cfr.  Gén.  1,26.   5  Nota  : Cfr.  Prov.  31,10-31.   6  Nota  : Sobre todo del 13 de Octubre, dictado 43-414, donde se encuentran expresiones semejantes a las que María Valtorta cita más abajo.   7  Nota  : Día en que llegó  a saber que sería obligatoria la evacuación de los ciudadanos de Viareggio (durante la 2ª guerra mundial): el año 1944 estuvo marcado por ocho meses de evacuación que obligó a María Valtorta a dejar la casa de Viareggio para refugiarse en S. Andrés de Cómpito. El 21 de Diciembre de 1944, una carta del Padre Migliorini, llevada por su hermano religioso Padre Fantoni, le avisaba de que había sido ya autorizado el tan suspirado retorno a casa, retorno que, efectivamente, pudieron realizar dos días después, el 23 de Diciembre, María y Marta. El Padre Migliorini estaba esperándolas en Viareggio.   8  Nota  : Padre Migliorini.
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44-568.- La pureza de corazón en el amor a Dios y en el amor al prójimo.- Los consejos evangélicos.
* La pureza de corazón, mucho más delicada que la pureza física, requiere constante vigilancia del espíritu.- ■ Dice Jesús: “El amor, la misericordia, la oración, la mortificación y el deseo de poseer los dones de Dios y la santidad, sentimientos dignos sin duda de alabanza, pueden mancillarse con impurezas que los maleen haciendo que no sean aceptos a Dios. La pureza de corazón no consiste en poseer un corazón encerrado en un cuerpo virgen ni en un cordial deseo de permanecer tal. La pureza de corazón es algo tan delicado que la pureza física viene a ser nada en su parangón. ■ Así, mientras la pureza física es muro sólido contra el que rebotan, sin lesionar de importancia, las tentativas de Satanás (basta con que uno no quiera ni llegue a violarse a sí mismo), la pureza de corazón, en cambio, es telaraña de plata a la que el ala de un moscón la puede romper. El ala de un moscón, esto es, la irreflexión del espíritu que deja de estar de continuo sobre sí con atención. Entonces resulta facilísimo el que las cosas más santas se manchen con herrumbres humanas descomponiéndose o, al menos, sufra deterioro la bondad de su esencia”.
* El amor a Dios y el amor al prójimo son impuros cuando se dan para recibir una compensación. Practicad los consejos evangélicos, llamados por el criterio del mundo necedad: «presentad la otra mejilla, cededle también el manto, amad al que os odia, rogad por los que os hacen sufrir»… y recibiréis premio en el Cielo y consuelos sobrenaturales en la tierra”.-Jesús: “El amor de Dios es impuro cuando le tributáis un culto con esta finalidad: «Te amo porque espero mucho de Ti». Cierto que todo lo podéis pedir y esperar de Dios que os ama. Mas, cuánto más hermoso es decir: «Padre, yo te amo y quiero lo que tú quieres. No pretendo hacer sino lo que Tú quieres. Tan solo quiero lo que Tú me mandes puesto que si Tú me lo mandas es ciertamente para mi bien. Tú eres mi Padre y yo me abandono a tu amor». Es impuro cuando es para recibir compensación, pues Dios ha de ser amado por encima de todo cálculo. Amado en Sí y por Sí. ¿Si dije, refiriéndome al prójimo: «Amad sin esperar recompensa» (1), con cuánta mayor razón ha de atribuirse a Dios este amor desprovisto de cálculo? De igual manera es impuro el amor al prójimo cuando, de entre estos, amáis tan solo a aquellos que os aman, os sirven o, del modo que sea, os resultan útiles. Yo no puse limitación alguna en el amor al prójimo. Os dije: «Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos». Y conociendo vuestra inclinación a teneros por buenos, educados, queridos, santos y así por el estilo e, incluso, vuestra sutileza en distinguir sobre lo que os viene bien distinguir —cosa que os hubiera llevado a amar a bien pocos, ya que en todos habríais descubierto defectos respecto a vuestra virtud, defectos que, a vuestros ojos, habrían justificado vuestro rigor con el prójimo— especifiqué: «Presentadle la otra mejilla a quien ya os abofeteó; y a quien os arrebató violentamente la túnica cededle así mismo vuestro manto. Amad y haced bien a quien os odia y rogad por los que os hacen sufrir» (2). ■ Ya sé que el criterio del mundo llama a estos consejos «necedad». Los puercos, a las perlas las llaman piedras cochambrosas y prefieren a ellas el caldo fétido sobre el que sobrenadan los excrementos e inmundicias. El criterio del mundo guarda mucha afinidad con los gustos de los puercos. Mas lo que para el mundo es necedad, para los hijos del Altísimo es ciencia, inteligencia y gracia. Cultivad esta ciencia, esta inteligencia y esta gracia y recibiréis por ello gran premio en el Cielo y consuelos sobrenaturales en la Tierra, esos consuelos de cada momento que en vano tratan de encontrar los mundanos en las cosas del mundo ya que cuanto más en ellas se hunden, tanto más la amargura y el disgusto penetran en su corazón. Tan solo Dios es el que os proporciona paz. Dios y la buena conciencia, dos cosas que los pecadores no tienen a su favor”.
* La misericordia, para que sea pura, debe apoyarse en la recta intención”.-Jesús: “La misericordia es ciertamente hermosa. Mas para que sea de verdad hermosa y pura, como virgen que marcha feliz al altar, es preciso que se apoye en la recta intención como en el brazo del esposo amado al que se jura fidelidad. De otra suerte queda en vanidad y soberbia, resultando inútil hasta el dar,  puesto que vendría a ser como si lanzaseis vuestros óbolos a las fauces de Satanás. Dije Yo: «Sed misericordiosos como lo es vuestro Padre» (3). Mas el Padre Dios ¿acaso hace sonar la trompeta o se asoma a las cumbres de los Cielos para decir: «¡Oíd, oíd!, hoy he proporcionado pan y vida a multitud de criaturas, he salvado de peligros a muchas otras y perdonado a otras tantas más»? No. Él obra y calla. Lo hace con tal modestia, con tan encubierto cuidado que vosotros, necios del mundo, ni siquiera pensáis que cuanto disfrutáis os lo concede Dios, siempre demasiado bueno con vosotros; ■ y vosotros, que no sois necios sino que, por el contrario, estáis muy lejos de ser los cristianos que deberíais ser, decís: «Si Dios me lo ha dado es porque lo he merecido». ¡Oh, oh, lo he merecido! Y esta soberbia ¿no es ya fuente de demérito? ¿Quién puede expresarse de este modo, dando a entender con ello que: «Si Dios no lo hubiera hecho se habría equivocado»? ■ De la mañana a la tarde y del ocaso a la aurora Dios es con vosotros bueno y misericordioso y, con todo, son únicamente rarísimos los que, de entre los hijos de la Tierra, alzan su mirada y su corazón para decirle sonrientes: «¡Gracias, Padre bueno! Reconozco en este don tu mano providente». Cuando uséis de misericordia, hacedlo exclusivamente por amor de Dios para imitar al Padre bueno; y por amor del prójimo, obedeciendo a mi palabra y a mi ejemplo”. (Escrito el 26 de Julio de 1944).
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1  Nota  : Cfr.  Mt. 5,43-47;  Lc. 6,27-35.   2  Nota  : Cfr.  Mt. 5,39-40 y 44.   3  Nota  : Cfr. Mt. 5,44-48.
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46-263.- En María Valtorta hay una voluntad de renuncia a los goces místicos, y a uno de los trances de amor divino más violentos sufridos hoy, a cambio de que ellos vean y comprendan.
* En vano me rechazas. Busco consuelo para Mí mismo. Busco un corazón que me ame. No quiero ciencia sino amor. Y quiero penetrarte de Mí para que tú llegues a amar como Yo amé a mis verdugos: desmesuradamente. Porque cuando se ama con perfección, se ama de un modo desmesurado a los más infelices, a aquellos que son nuestro dolor”. ■ ¿Hay quien pueda hacer frente al fuego cuando llamea y a Dios-Amor cuando quiere amar? ¿Amar sensiblemente acaso? No. Y lo experimento. Hoy se abate sobre mí uno de los trances de amor divino más violentos que yo haya jamás probado. Lo siento llegar… Y, con ser una oleada inmensa, no es peso que oprime sino fuerza más bien que atrae, que te arranca de la Tierra y te sube arriba, arriba, arriba… Lo siento acercarse cada vez más extasiante, y, antes de perder el conocimiento en fuerza de su inexplicable dulzura, acordándome de mi plegaria y ofrecimiento del 15 de Agosto, suplico: “¡Para mí, no! ¡Para mí, no! Para ellos; para que te amen. Está siempre en mi pensamiento la voluntad de renuncia a mis goces místicos a cambio de que ellos vean y comprendan”. ■ Pero con una más intensa dulzura dentro de la ya inconmensurable dulzura y del océano de Luz y de Fuego que me inunda desbordándose de los Cielos, me llega la Voz inexpresable del Dios Uno y Trino que dice: “No. En vano me rechazas por un sacrificio de amor. Yo te quiero a ti, quiero darme a ti. Busco consuelo para Mí mismo. Busco un corazón que me ame. No quiero ciencia sino amor. No quiero discutir sino poseer. No quiero reprender sino amar. Te quiero a ti. Sáciame. Consuélame. Ámame. En mi deseo infinito de comunicarme, me derramo en donde encuentro quien me comprende. Escribe y después ven…”. ■ Y ya no me queda sino abandonarme… y sentir que me dicen: “Tú debes amar incluso por ellos. Quiero que tú me sacies el amor que ellos no saben darme como Yo quiero. Y quiero penetrarte de Mí para que tú llegues a amar como Yo amé a mis verdugos: desmesuradamente. Porque cuando se ama con perfección, se ama de un modo desmesurado a los más infelices, a aquellos que son nuestro dolor. Sin este amor nuestro ellos se perderían”. ■ Y me embriago y ardo como no es posible describir. Y amo a Dios y en Él a toda la Creación con los habitantes del Cielo, con  los que viven en la Tierra y los que penan en el Purgatorio; a todos en fin, a todos y… ¡oh!, —ellos no lo creerían aunque se lo dijese— les amo como una madre puede amar a su hijo enfermo que, de no atenderle con sumo amor, perecería, sufriendo de que esté enfermo, por más que él no crea que está enfermo ni que crea que su madre sufre por ello. ¡Señor, si he de servirte, no tanta violencia…! ¡Tú sabes de mi absoluta debilidad…! Mas cuando vuelvo a ser la pobre criatura de antes, recuerdo con una dulzura pacífica el huracán de amor del que estuve presa y cómo Dios no escuchó mi súplica; y entonces el corazón que, si resistió fue tan solo por su querer, palpita extenuado como el pajarillo que subió demasiado arriba y cantó con fuerza desmedida… Mas si mi Señor recibió consuelo y mi nulidad prestó este servicio al Todo… ¡bravo  por el amor!, y dulce resulta el dolor del corazón cansado… ¡Llegar a morir por la violencia del amor…! ¿Qué supone vivir y qué morir? Únicamente consolar a Dios. (Escrito el 13 de Octubre de 1946).
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46-282.- “El camino más fácil y seguro para amarme y salvarse: el de la simplicidad de mis pastores y de «nuestra»Teresa del Niño Jesús”.
* “Dos libros que todo hombre de buena voluntad puede entender: el Pesebre de Belén y la Cruz del Gólgota”.- ■ Dice Jesús:  “Vengo y os tiendo los brazos como a mis pastores a los que primero amé en la Tierra y continué amándoles porque ellos siguieron amándome con el mismo corazón sencillo de aquella noche. Os los presento por modelos puesto que quiero que me améis por el camino más fácil y seguro: el de la simplicidad. Es el camino así mismo de «nuestra» Teresa del Niño Jesús, el camino de los que, poseyendo la Sabiduría, intuyen que los caminos impenetrables son peligrosos hasta para los fuertes, mientras que los sencillos son los más seguros. Nunca el hombre debe confiar en sus fuerzas. Hoy se siente fortísimo, mañana, en cambio, más frágil que un junco y tal vez más que un junco partido. Y el peso que pudo hacerle quebrar es ni más ni menos que el pretender las cosas grandiosas, complicadas, repletas de fórmulas, programas y métodos hiperbólicos de una ascensión difícil que el hombre, de por sí, no puede acometer. ■ No, no es así como se obtiene con facilidad la salvación sino queriendo amar. Así simplemente. Hasta un niño sabe hacer esto e igualmente un pastor. Puedo Yo muy bien precipitarme y arrebatar a uno que me ama con simplicidad hasta las alturas vertiginosas de la heroicidad estupefaciente. Mas ¿creéis vosotros que el gozo que esto proporciona y el mismo gozo paradisíaco de poseerme en el Cielo superen al gozo de quien se santificó humildemente en la simplicidad de sus actos llevados a cabo por mi amor? ¿Creéis acaso que mis humildes pastores, incluso aquellos que murieron antes de que Yo llegara a ser el Maestro —y que, por tanto, no hicieron sino adorarme en aquella noche con todos los demás volcados sobre mi pesebre y mi cuna y después con todo su espíritu por espacio de breves días o años hasta su muerte una vez que la ferocidad de Herodes me separó de ellos— creéis vosotros que mis humildes pastores, todos ellos, tengan en el Cielo una gloria y un gozo menores que los de los tres Sabios de Oriente, representantes de los sabios y potentados que, con ciencia,  me habrían de amar a través de lo siglos? No. Sino que os digo que mientras muchos doctores, tras haberme amado, se perdieron por haber querido conocerme con excesiva ciencia o están aún purgando el científico y complicado culto que me tributaron —su culto investido de las ráfagas heladas de la ciencia— en el fuego purgativo que les enseña a amar sin querer analizar el amor y el Objeto del amor, mis pastores pasaron directamente de la muerte a la Vida, todos los que de ellos me sirvieron como discípulos, y de la muerte a la espera pacífica de Mí en el Limbo todos los que de ellos murieron antes de que Yo subiese al Padre. ■ Y más os digo: que mientras entre los doce apóstoles uno se perdió, de entre los doce pastores ni uno solo quedó privado de la aureola de los bienaventurados. Y ello porque, al ser sencillos, se saciaron y compenetraron con mi sencillez de Infante. No vieron ni amaron a otro que al Hijo que le nació al Pueblo de Israel, al Niño Salvador, «envuelto en pañales y recostado en un pesebre», al que después vieron lactante, crecer igual que los demás niños, no decayendo su fe en el origen divino de la Criatura nacida en Belén de Judá, al ver su pobreza y limitación de infante ni calcularon el provecho que podría reportarles. Aquel a quien la mayoría de Israel soñaba como rey vengador en vez de recibirle como Salvador espiritual de su pueblo y del mundo. ■ Amaron y esto, siempre. Hasta aquellos que después me vieron y sirvieron entre las aclamaciones de las gentes, amaron. Supieron amar únicamente al Salvador. Supieron seguir a Jesús únicamente por poseer el Reino de los Cielos. No soñaron ni cayeron en la desilusión, en la incredulidad, en el odio, en la venganza, como ocurrió con Judas de Keriot, desilusionado en su sueño de poder, que llegó hasta el deicidio. Sed sencillos. ■ Hay dos libros que todo aquel que tenga buena voluntad puede leer y entender así sea un analfabeto. Le basta con tener los ojos sencillos de mis pastores. Estos libros son: el pesebre de Belén y la Cruz del Gólgota. Esos dos libros hablan y dicen palabras eternas. Proponen enseñanzas ante las que la sabiduría de todos los sabios, desde Salomón al último que existía, es muy limitada. Mi Nacimiento en la mayor desolación viene a enseñaros el desapego de las riquezas y de los honores y a apagar vuestra sed de honores humanos y de cosas inútiles; y mi Muerte en el dolor a haceros ver que es con el dolor como se conquista el Reino para sí mismos y para el prójimo al que siempre se le debe amar. Amaos, amadme y que mi paz esté con vosotros”. (Escrito el 25 de Diciembre de 1946).
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.                         c) Dictados extraídos  del  «Libro de Azarías» (1)

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46-78.- “No hay que tener miedo a la muerte imprevista ni al juicio de Dios, hay que temer faltar a la Caridad”.     
* Tanto en ésta como en la otra vida, las culpas que no merecen condenación se reparan con el amor. Y cuando el espíritu aprendió a amar de modo que ya no ofende al Amor, entonces es bienaventurado.-Dice Azarías: “Escuchemos ahora al Apóstol Pedro, el grande y buen Simón de Jonás que se formó con una constante y penosa labor de buena voluntad para llegar a ser digno de su Maestro, sin cálculo para el futuro y con el único estímulo de dar gusto a su Rabí y Dios. Escuchemos al hombre que, de todo cuanto él vivió humanamente, supo hacer dote para su futuro ministerio, cambiando, a fuerza de amar, lo humano en espiritual. Y, de padre de las gentes llegó a ser pastor, maestro y nauta de la Iglesia, pero, sobre todo, padre, padre de dulcísima y firme paternidad para todos los hijos que su Jesús habíale confiado con sus tres recomendaciones a seguido de las tres profesiones de amor: «Apacienta mis corderos y apacienta mis ovejas». ■ Y Pedro, apóstol y pastor, es el que a ti te habla, corderita del rebaño de Cristo. Escucha: «Sed prudentes y velad en la oración. Pero, sobre todo, tened siempre entre vosotros la caridad mutua porque la caridad cubre la multitud de los pecados». ¡Qué bien comprendió la lección de su Señor siendo ya israelita adulto! Lección que la transmite a sus hijos y hermanos que no son perfectos, que tienen necesidad de continuas absoluciones para sus faltas y que no siempre tienen a mano al absolutor. Porque la muerte acecha de mil formas y en cada momento puede sonar la llamada para comparecer ante el Juez eterno. Y para entonces, ahí está el absolutor: el amor. ■ Cada pecado, cada omisión, cada imperfección, ¿qué son sino un momentáneo o, tal vez, un pertinaz colapso del amor en el hombre? El pecado mortal, obstinado e impenitente es el pertinaz colapso del amor, el coma, la agonía mortal que termina en la muerte eterna. El pecado venial es un colapso menos profundo pero que mantiene en sopor el alma. La imperfección es aún menos. Si es involuntaria, apenas si viene a constituir una momentánea relajación en la vigilancia amorosa. Con todo, un hombre llegaría a morir de asfixia si repitiese con frecuencia una parada en la respiración e, igualmente moriría también un hombre mediante alfilerazos indefinidamente repetidos. Moriría, no desangrado sino agotado por los espasmos. Y lo mismo ocurre con el espíritu. Se le debe corroborar aun cuando se encuentre herido con leves punzadas. Y el absolutor que siempre le tiene dispuesto para la llamada de modo que no abrigue temor, es el amor. Reparar con el amor el colapso más o menos grave producido en el amor. Reconquistar con el amor a Dios para que Él incinere vuestras culpas con su Amor y para que recubra con su Misericordia a favor del humilde que reconoce al amor y con el medio adecuado repara la miseria de la criatura tan proclive a manchar su alma. ■ Tanto en ésta como en la otra vida, las culpas que no merecen condenación se reparan con el amor. Cuando el espíritu aprendió a amar de modo que ya no ofende al Amor, entonces es bienaventurado”.
* Cuando Dios es un todo con la criatura, el ojo humano se convierte en manantial de paz y afecto: da consuelo al que sufre, la fe al que duda;  porque el que convierte es el amor”.-Azarías: “No hay que temer la muerte imprevista ni el juicio de Dios. No son cosas que deban aterrorizar. Teme, sí, en cambio, faltar a la Caridad. Las faltas contra la Caridad provocan el rigor de Dios y solo el que ha de enfrentarse a ese rigor debe abrigar miedo a la muerte. Los demás, no. Sea que venga lentamente o veloz como un rayo, ella no causa mal alguno al espíritu que se halla purificado de continuo por la caridad. Tanta debiera ser en vosotros la caridad, que hasta una simple mirada, debería constituir una caricia para vuestros hermanos por el amor que la saturase. ■ Y, verdaderamente, cuando Dios habita así en el espíritu hasta el punto de formar un todo con  la criatura, el ojo humano se transforma en ese manantial de paz y de afecto, de suerte que todo aquel que sufre, se siente consolado, el que está solo, se siente junto a un hermano, y el que duda, alcanza la fe; porque como en tiempos de los primeros cristianos, el que convierte es el amor. Los paganos se decían unos a otros:  «¿Ya veis cómo se aman?». Y con este medio tan simple y sublime los cristianos hacían prosélitos más numerosos y convencidos que si hubiesen estado hablando doctamente de la mañana a la noche, sostenido disputas y ejercido presiones”.
* “Consejo de Pedro: «Practicad la hospitalidad… sin murmuraciones». Sirve para todas las formas de amor al prójimo porque la caridad debe ser silenciosa, púdica, comprensiva y prudente”.-Azarías: “«Practicad la hospitalidad… sin murmuraciones». Aquí Pedro indica una de las formas materiales de amor al prójimo, si bien sirve para todas las formas el mismo consejo. La caridad debe ser silenciosa, púdica, comprensiva y prudente. Ya lo dijo Nuestro Santísimo Señor Jesús: «Que no sepa vuestra mano izquierda lo que hace la derecha». Y esto, no solo cuando se trata de la limosna, mas también de otras ayudas en otras mayores desventuras, como son las morales y espirituales en las que, si ha de estar purificada de toda escoria, debe saber obrar y callar, ya que hasta la simple admiración y el pensamiento íntimo de: «¿Puede haber mayor que esto en el hermano?», aunque levemente, lesiona la caridad. ■ No juzguéis jamás ni aún en vuestro corazón porque hasta vuestro corazón llega el Ojo divino y lee en él. No os hinchéis de soberbia diciendo: «Yo soy más santo porque no tengo estas cosas que rebajan al hermano». Nada de más santos sino de más afortunados y protegidos. Y eso ¿por qué? ¿Solo por vuestros méritos? ¿No sería, por el contrario, mucho más meritorio pensar humildemente que Dios os perdona porque sois los más imperfectos de todos y Él no quiere vuestra ruina?”. (Escrito el 2 de Junio de 1946).
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1  Nota  : Azarías, según María Valtorta, es un Ángel, su Ángel de la Guarda, Autor de este “Libro de Azarías”. Es quien se lo habría dictado
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46-95.-  Temor de Dios y amor de Dios.
* Venced el miedo.- Dice Azarías: “Hoy se celebra también la vigilia del Nacimiento del Bautista y el Intróito de esa Santa Misa canta: «No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada…». Y te digo a mi vez: «No temas, María, porque tu oración ha sido escuchada». Jesús escucha las oraciones de quienes le aman y ha intervenido para no dejarte perecer en un mar de desconsuelo. ■ Mas hablando, no a ti sola sino a todas las almas, digo que el Señor siempre ama y pone completamente a salvo a quienes a Él se confían sin temor. Venced el miedo que paraliza el amor, la confianza y la oración. Venced ese miedo que está denotando en vosotros ignorancia de Dios y de su poder y también una fe deficiente en Dios. La fe buena es humilde y lo acepta todo, porque dice: «Si Dios lo dice y me lo hace decir es señal de que es cosa verdadera». Mas esta fe total nunca va acompañada de miedo, desconfianza, duda, o lo que es peor, de una obstinada e íntima persuasión de que Dios no puede esa determinada cosa. Dios todo lo puede, todo debéis esperar que Dios pueda y todo debéis creer que Dios pueda”.
No rompáis la cadena del amor que os une a Dios con la frase de los que dudan: la frase de Zacarías. Parad mientes en la hermosa fe del Bautista: una fe absoluta, impregnada de profunda caridad, confiere presciencia y posibilidad de ver y entender a Dios.- Azarías: “No matéis el amor con la duda o la negación. Eso, jamás. No rompáis la cadena del amor que os une a Dios con la frase de los que dudan y de que quieren juzgar a Dios con arreglo a su medida, con la frase de Zacarías así castigada: «¿Cómo va a ser posible esto si…». Zacarías quedó con su interrogante sellado en los labios hasta que, de nuevo, supo creer y alabar al Señor reconociéndole capaz de obrar cualquier prodigio. Jamás seáis merecedores, almas queridas, del castigo de la mudez espiritual por vuestras desconfianzas con el Omnipotente. ■ Y pedid ser mantenidas en este espíritu de fe absoluta en el Señor Dios vuestro y de temor, unido al amor del Señor Bendito según lo recuerdan las Oraciones de las Santas Misas de hoy. Parad mientes en la hermosa fe del Bautista hacia Aquél a quien tan sólo conocía por lo que de Él decían los profetas. Nada daba a entender al Mesías en aquel humilde viandante que llegaba a las orillas del Jordán. Mas la fe, cuando es absoluta, cuando se halla impregnada de una profunda caridad, confiere presciencia y posibilidad de ver y entender a Dios por más que se oculte bajo las apariencias de una vida común. Y Juan reconoció al Divino Mesías en el hombre galileo y, como el santo temor de Dios había hecho de él un santo, así también el amor santísimo hizo de él un profeta”.
* El temor precede siempre al amor. El hombre que teme sigue sintiéndose el «castigado» por la Culpa antigua y las suyas actuales. En cambio el hombre que ama se siente el «perdonado» por los méritos de Cristo y revestido de ellos, de modo que el Padre ya no lo ve como súbdito sino como hijo. Azarías: “El temor de Dios, que preserva de las culpas, dota de vista segura al espíritu del hombre y el espíritu que «ve» no puede dejar de creer en Dios y en sus Palabras y, de esta suerte, salvarse de la muerte espiritual. Juan, el Precursor, predicaba el temor de Dios para descombrar los caminos al Cristo que venía a salvar a su pueblo. Jesús, el Salvador, predicó el amor por los caminos de la salvación. El temor precede siempre al amor; y, diré así, la incubación del amor es metamorfosis del sentimiento en un grado más elevado. El temor es todavía del hombre mientras que el amor es ya del espíritu. ■ El hombre que teme a Dios se halla, a no dudar, en el buen camino siempre que su temor de Dios sea justo, es decir, que no sea un ignorante e irracional miedo de Dios; mas, con todo, es siempre camino trillado por quienes aún no han desplegado las alas para volar a un conocimiento más alto de lo que es Dios, esto es: Misericordia y Amor. ■ El hombre que teme sigue sintiéndose el «castigado» por la Culpa antigua y las suyas actuales. En cambio el hombre que ama se siente el «perdonado» por los méritos de Cristo y revestido de ellos, de modo que el Padre ya no lo ve como súbdito sino como hijo.  El temor es bueno para tener sofrenada y de las riendas a la materia; mas el amor es óptimo para dotar de calor de santidad al espíritu. ■ Con sólo el temor, el culpable se arrepiente; mas su arrepentimiento es todavía mudo y oscuro al estar sofocado, cual llama bajo el celemín, por el temor al Dios Juez. El culpable que, al temor añade el amor, suspira y su alma se encuentra ya en una luz que le ayuda a hablar al Padre y a ver su estado espiritual porque, no ya las culpas graves, sí que también las veniales e imperfecciones se le presentan cual pobre capa de hierba bajo árboles altísimos y, a su vista, puede, no sólo talar los árboles, mas también arrancar sus brotes, limpiando así el terreno para sembrar en él la virtudes gratas a Dios. Por lo tanto, el culpable cuya fortaleza estriba en el amor, no sólo posee el arrepentimiento perfecto —porque se arrepiente no ya por temor al castigo antes por la congoja de haber causado dolor a su Dios amado— sino que en el mismo amor tiene su absolución primera.  Y, en verdad,  pocas veces aquél que ama con todo lo que es llega a las culpas mortales. Sólo un asalto imprevisto y feroz de Satanás y de la carne podrán abatirle momentáneamente. Mas, en general, el amor preserva de caer y cuanto es más fuerte tanto más débil será el pecar, lo mismo en número que en gravedad, hasta ir reduciéndose el pecar, quedando por último en imperfecciones apenas aparentes en aquellos que alcanzaron el estado completo en el amor y, por ende, la santidad”. (Escrito el 23 de Junio de 1946).

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