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Sumario: Agonía del Getsemaní. Prendimiento.- Los diversos procesos.- Judas Iscariote después de la traición. Ahorcamiento.- La Vía Dolorosa: desde el Pretorio hasta el Calvario.- Velo de la Verónica: Santa Faz.- Crucifixión y Muerte.- Sábana Santa: cómo se grabó la imagen.
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                  El tema de “Jesús Redentor”, Pasión-Muerte, 1ª parte, comprende:
          Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
     «El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)
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9-601-430 (10-1-335).- Introducción a la Pasión.- Fue visto como «gusano».
* “Isaías da la razón de tanto dolor: «Verdaderamente Él tomó sobre Sí nuestros males y cargó nuestros dolores»”.- ■ Dice Jesús: Y ahora ven. Aunque estés esta noche tan agotada como quien esta próximo a expirar, ven, que te llevaré a que veas mis sufrimientos. El camino que haremos juntos, será largo, porque ningún dolor se me perdonó: ni en la carne, ni en la mente, ni en el corazón, ni en el espíritu. Los probé todos, los gusté todos, todos fueron bebida para mi sed, hasta morir por causa de ellos. Si apoyaras tu boca sobre mi labio, sentirías en él todavía la amargura de tanto dolor. Si pudieses ver mi Humanidad en su fúlgido vestido de ahora, verías qué fulgor mana de las miles y miles de heridas que cubrieron con un vestido de verdadera púrpura mis miembros despedazados, sangrientos, golpeados, atravesados por amor vuestro. Ahora mi Humanidad resplandece. Pero hubo un día en que fue semejante a un leproso por los golpes y la humillación que recibió. El Hombre-Dios, que en Sí tenía la perfección de la belleza física, como Hijo de Dios y de la Mujer sin mancha, apareció entonces a los ojos de quienes le miraban con amor, con curiosidad o con desprecio, un ser feo, un «gusano» como dice David, el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe (1). ■ El amor a mi Padre y a los hijos de mi Padre me llevó a que entregase mi cuerpo a los que me golpeaban, a presentar mi rostro a los que me abofeteaban y escupían, a los que pensaban que hacían una obra meritoria arrancándome los cabellos de mi cabeza, de la barba, hincando en mi cabeza espinas, haciendo cómplices incluso a la Tierra y a sus frutos de los tormentos que ellos infligían a su propio Salvador, dislocándome los miembros, dejando al descubierto mis huesos, arrancándome mis vestidos y causando a mi pureza la mayor de las torturas, clavándome en un madero, levantándome como el carnicero cuelga de los ganchos al cordero degollado, y ladrando, alrededor de mi agonía, cual una manada de lobos hambrientos, que al olor de la sangre se hacen más furiosos. Acusado, condenado, matado. Traicionado, negado, vendido. Abandonado incluso por Dios al estar sobre Mí los crímenes con que Yo me había cargado. Me vi más pobre que un mendigo a quien los bandidos hubieran robado, porque no me dejaron ni siquiera el vestido para cubrir mi amoratada desnudez de mártir. Ni siquiera después de muerto dejaron de insultarme y de herirme. Sumergido bajo el fango de todos vuestros pecados, hundido hasta el fondo tenebroso del dolor, sin luz del Cielo que respondiese a mi mirada agonizante, ni voz divina que respondiera a mi última súplica. ■ Isaías da la razón de tanto dolor (2): «Verdaderamente Él tomó sobre Sí nuestros males y cargó nuestros dolores». ¡Nuestros dolores! ¡Sí, por vosotros los he llevado! Para aliviar los vuestros, para mitigarlos, para anularlos, si me hubierais sido fieles. Pero no habéis querido serlo. ¿Qué he recibido a cambio? Me habéis «mirado como a un leproso, como a uno a quien Dios ha castigado». Y así fue. Sobre Mí estaba la lepra de vuestros pecados innumerables, estaba sobre Mí como un vestido de penitencia, como un cilicio. ¿Y cómo no fuisteis capaces de ver brillar a Dios en su infinita caridad a través de esa vestidura que echó sobre su santidad por vosotros? «Fue traspasado por nuestras iniquidades, y molido por nuestros pecados» (3) dice Isaías que, con sus ojos proféticos veía al Hijo del hombre transformado todo en un cuerpo amoratado para sanar el de los hombres. ¡Si solo hubieran sido heridas infligidas en mi carne! ■ Lo que más heristeis fue mi sentimiento y mi espíritu. De uno y de otro hicisteis objeto de burla y blanco de agresión. Me heristeis, a través de Judas, en la amistad depositada en vosotros; a través de las negaciones de Pedro, en la fidelidad que esperaba de vosotros; me heristeis en lo relativo a la gratitud por mis beneficios, a través de los que —después de haberlos curado de tantas enfermedades— me gritaban: «¡Muere!»; me heristeis en el amor, por la angustia infligida a mi Madre; en orden a la religión, declarándome blasfemo contra Dios a Mí que, por amor a la causa de Dios, me había puesto en las manos de los hombres al encarnarme y padeciendo durante toda mi vida y abandonándome a la crueldad humana sin protestar ni lamentar. ■ Habría bastado que Yo hubiera vuelto la mirada a mis acusadores, jueces y verdugos para reducirlos a ceniza. Pero había venido voluntariamente para cumplir el sacrificio; y, como un cordero, porque soy el Cordero de Dios (4) y lo soy eternamente, me dejé llevar para ser despojado y matado y para hacer de mi Carne vuestra Vida. Cuando fui levantado estaba ya consumido por los sufrimientos sin nombre. Comencé a morir en Belén, al ver la luz de la Tierra, tan angustiosamente distinta para Mí, que era el Viviente del Cielo. Seguí muriendo en la pobreza, en el destierro, en la huida, en el trabajo, en la incomprensión, en la fatiga, en la traición, en los sentimientos arrancados, en los tormentos, en las mentiras, en las blasfemias. ¡Esto es lo que dio el hombre a Aquel que venía a unirle de nuevo con Dios! ■ María, mira a tu Salvador. No lleva una vestidura blanca, ni sus cabellos son rubios, no tiene esa mirada de zafiro que tú conoces: su túnica está roja de sangre (5), despedazada y cubierta de suciedad y salivazos; su cara amoratada y tumefacta; su mirada cubierta por la sangre y el llanto, y te mira a través de la costra de sangre y llanto y polvo que cargan sus párpados. ¿Ves mis manos? Son ya una entera llaga y esperan la llaga última. Mírame, pequeño Juan, como me miró tu hermano Juan. Tras mis pasos van quedando huellas de sangre. El sudor diluye la sangre que brota de los golpes de los azotes, sangre que empezó a brotar en la agonía del Huerto. Mis palabras, de labios requemados de sed y golpeados, salen con dificultad. ■ De hoy en adelante me verás así con frecuencia. Soy el Rey del dolor y vendré a hablarte de mi dolor con mi vestidura regia. Sígueme pese a tu agonía. Soy el Compasivo, y sabré también poner delante de tus labios amargados por mi dolor, la miel perfumada de más serenas contemplaciones. Sin embargo, debes preferir éstas que saben a sangre, porque por ellas tú tienes la Vida y con ellas llevarás a otros a la Vida. Besa mi mano ensangrentada y estate vigilante, meditando en Mí como Redentor”. (Escrito el 10 de Febrero de 1944).
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1   Nota   : Cfr. Sal. 21,7.   2   Nota   : Cfr. Is. 53,4.   3   Nota   : Cfr. Is. 53,5.   4   Nota  : Cfr. Is. 53,7.   5   Nota   : Cfr. Is. 63,1-6.
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(<Jesús y apóstoles —excepto Judas Iscariote que ya había abandonado el Cenáculo durante la Cena—, han salido hacia el Getsemaní>)

9-602-433 (11-21-493).- Hacia el Getsemaní. Agonía en el Getsemaní y prendimiento (1).
*  Propuestas de los apóstoles para salvar a Jesús, mas en esta «hora de tinieblas» los juicios humanos quedan confusos.- La calle está llena de silencio. Solo el chorro de una fuentecilla que cae en una pila de piedra pone el sonido en medio de tanto silencio. En las paredes de las casas, en el lado oriental, todavía hay oscuridad, mientras que en el otro lado la luna empieza a brillar sobre los techos de las casas y, donde la calle se ensancha formando una placita, el haz blanquecino de la luna desciende a embellecer también las piedras y la tierra de la calle. Pero debajo de los frecuentes arcos, que unen casa con casa, semejantes a puentes levadizos o a puntales de estas viejas casas, y que a esta hora están todas cerradas y oscuras como si estuvieran abandonadas, hay una oscuridad perfecta, y el color amarillento de la antorcha que lleva Simón adquiere una vivacidad singular y una utilidad aún mayor. ■ Las caras, bajo esa luz rojiza y móvil, muestran un relieve neto, y cada uno de ellos revela un estado de ánimo distinto. El rostro más majestuoso y tranquilo es el de Jesús. Sin embargo, un cierto cansancio le ha hecho envejecer al marcar en él líneas que casi nunca había tenido, que presagian ya la futura faz que tendrá en la muerte. Juan, que camina a su lado, va posando su mirada atónita, doliente, en todo lo que ve a su alrededor. Parece un muchacho aterrorizado que ha oído algún cuento o alguna espeluznante promesa y que busca ayuda de alguien que esté mejor enterado que él. Pero, ¿quién le ayudará? Simón Zelote, que va al otro lado de Jesús, tiene una expresión airada, como quien dentro de sí rumia dolorosos pensamientos. Después de Jesús es el que conserva un cierto aire de dignidad. ■ Los demás, divididos en dos grupos cuya formación continuamente se altera, son la agitación personificada. De cuando en cuando la voz ronca de Pedro o la voz de barítono de Tomás resuenan de un modo extraño; y la moderan luego, como miedosos de lo que dicen. Van discutiendo sobre lo que tiene que hacerse: quién propone una solución, quién otra; pero todas las propuestas van cayendo una tras otra, porque realmente está para comenzar la «hora de las tinieblas» y los juicios humanos quedan oscurecidos y confusos. Pedro dice furioso: “Había que habérmelo dicho antes”. Andrés: “Pero nadie ha hablado. Tampoco el Maestro…”. Pedro: “¡Sí, ya, Él te lo iba a decir! Vamos, ¡hermano!, parece que no le conocieras…”. Truena amenazador Tomás: “Yo percibía que algo andaba mal. Lo dije: «Vayamos a morir con Él», ¿os acordáis? Pero ¡por nuestro Santísimo Dios!, si hubiese sabido que Judas de Simón era…”. Bartolomé pregunta: “¿Qué hubieras querido hacer?”. Tomás: “¿Yo? Lo mismo que ahora si me ayudáis”. Bartolomé: “¿Qué harías? ¿Irías a matarle? Y ¿a dónde?”. Tomás: “No. Me llevaría al Maestro. Es más fácil”. Bartolomé: “No aceptaría”. Tomás: “No se lo pediría. Le raptaría como se rapta a una mujer…”. Pedro dice: “¡Pues no sería mala idea!”. E, impulsivo, vuelve hacia atrás, y se mete en el grupo de los dos hijos de Alfeo, que con Mateo y Santiago, hablan en voz baja como conjurados. “Oid. Tomás propone llevarnos a Jesús. Todos juntos. Se podría… desde Getsemaní a través del Betfagé hasta Betania, y de allí… a cualquier otra parte. ¿Lo hacemos? Puesto en salvo Él, volvemos y acabamos con Judas”. Santiago de Alfeo replica: “Es inútil. Todo Israel es una trampa”. Mateo: “Próxima ya a cerrarse. Esto ya se presentía. ¡Tanto odio!”. Pedro: “Pero, Mateo, ¡me da rabia oírte así! ¡Tenías más valor cuando eras pecador! ¡Habla tú, Felipe!”. Felipe, que va completamente solo y parece monologar, alza la cara y se detiene. Pedro se acerca a él. Hablan los dos en voz baja. Después se unen al grupo de antes. Felipe propone: “Yo diría que el mejor lugar es el Templo”. Los primos y también Mateo y Santiago, gritan: “¿Estás loco? Pero, ¡si es allí donde le quieren muerto!”. Felipe: “¡Chss! ¡Cuánto jaleo armáis! Yo sé lo que digo. Le buscarán por todas partes, pero no allí. Tú y Juan tenéis buenos amigos entre los criados de Anás. Se da una buena cantidad de oro… y todo arreglado. ¡Creedme! El mejor lugar para esconder a uno perseguido es la casa del carcelero”. Santiago de Zebedeo protesta: “Yo no lo hago. De todas formas, pide el parecer de los demás. Primero, el de Juan. ¿Y si después le arrestan? No quiero que se vaya a decir que he sido yo el traidor…”. Pedro: “No había pensado en eso. ¿Y entonces?”. Pedro está completamente descorazonado. ■ Judas de Alfeo dice: “Entonces, yo diría que es compasivo hacer una cosa. La única que podemos hacer. Alejar a la Madre…”. Pedro: “¡Exacto!… Pero… ¿Y quién va? ¿Qué se le dice? Ve tú, que eres su pariente”. Judas de Alfeo: “Yo me quedo con Jesús. Es mi obligación. Ve tú”. Pedro dice excitado: “¿Yo? Me he armado de espada para morir como Eleazar hijo de Saura (2). Atravesaré legiones para defender a mi Jesús y heriré con mi espada sin compasión. Si me muero por la fuerza de un número mayor, no importa. Le habré defendido”. Felipe pregunta a Tadeo: “¿Pero estás cierto que es Iscariote?”. Tadeo: “Lo estoy. Ninguno de nosotros tiene corazón de víbora. Tan solo él… Ve tú, Mateo, a donde está María y dile…”. Mateo: “¿Yo? ¿Engañarla? ¿Verla a mi lado, ignorante de todo y después…? ¡Ah no! Estoy dispuesto a la muerte pero no a traicionar a aquella paloma…”. Las voces se mezclan en un susurro. ■ Zelote dice a Jesús: “¿Oyes? Maestro, nosotros te amamos”. Jesús: “Lo sé. No tengo necesidad de esas palabras para saberlo. Y, si me brindáis paz en el corazón, me hieren el alma”. Zelote: “¿Por qué, Señor mío? Son palabras de amor”. Jesús: “De un amor, completamente humano. En verdad durante estos tres años no he logrado nada, porque sois tan humanos como la primera hora. Se revuelven en vosotros esta noche todos los fermentos, los más fangosos. Pero no es vuestra culpa…”. Juan implora: “¡Sálvate, Jesús!”. Jesús: “Me salvo”. Juan: “¿De veras? ¡Oh, Dios mío, gracias!”. Juan parece una flor doblada por el calor del estío que con el fresco se yergue sobre su tallo. Dice: “Voy a decírselo a los otros. ¿A dónde vamos?”. Jesús: “Yo a la muerte. Vosotros a la Fe”. Juan: “¿Pero no has dicho ahora que te salvarías?”. El predilecto pierde los ánimos. Jesús: “Me salvo. En verdad que me salvo. Si no obedeciese al Padre, me perdería. Por esto me salvo. ¡Pero no llores así! Tienes menos valor que los discípulos de aquel filósofo griego (3) de quien te hablé un día. Estuvieron junto al maestro que moría con la cicuta, y le confortaban con su dolor varonil. Tu… tú pareces un niño que hubiese perdido a su padre”. Juan: “¿Y no es, acaso, así? Yo pierdo más que a mi padre. ¡Te pierdo a Ti…!”. Jesús: “No me pierdes porque sigues amándome. Se pierde el que se separa de nosotros por el olvido en la Tierra y por el juicio de Dios en el más allá. Pero nosotros nunca estaremos separados. Jamás. Ninguna cosa, ni ésta, ni aquella, nos separará”. Pero Juan no oye razones.
* Simón, es la hora de mi Pasión. Para hacerla mas completa el Padre me retira la luz conforme se aproxima la hora y tendré la contemplación de lo que son las Tinieblas”.- Efectos de las Tinieblas en Jesús y en los demás.- ■ Simón Zelote se acerca todavía más a Jesús y en voz baja, confidente le dice: “Maestro… yo… y Simón Pedro esperábamos haber hecho alguna cosa buena… Pero… Tú sabes todo, dime, ¿dentro de cuántas horas crees que vas a ser capturado?”. Jesús: “Cuando la luna haya apenas llegado a su centro”. Simón da muestras de dolor y de impaciencia, por no decir de rabia. “Entonces todo ha sido inútil… Maestro, ahora te explico. Tú casi nos has reprendido a mí y Simón Pedro por haberte dejado en estos últimos días… Pero estábamos lejos por Ti… por amor a Ti. Pedro en la noche del lunes, impresionado por tus palabras, vino a mí mientras dormía y me dijo: «Yo y tú, de ti me fío, tenemos que hacer algo por Jesús. También Judas ha dicho que quiere intervenir». ¡Oh! ¿Por qué no pudimos comprender entonces? ¿Por qué no nos dijiste nada Tú? Respóndeme: ¿No se lo has dicho a nadie? ¿A nadie en absoluto? ¿Es que te has percatado de ello hace solo unas horas?”. Jesús: “Siempre lo he sabido. Aun antes de que él fuese uno de los discípulos. Y para que su crimen no fuese perfecto tanto en el aspecto divino, como en el humano, traté con todos los modos de alejarle de Mí. Los que quieren que Yo muera son los verdugos de Dios; éste, mi discípulo y amigo, es también el traidor, el verdugo del Hombre. Es mi primer verdugo porque ya he recibido de él muerte con el esfuerzo de tenerle a mi lado, en la mesa, y de tener que protegerle a costa de Mí contra vosotros”. Zelote: “¿Y nadie lo sabe?”. Jesús: “Juan. Se lo dije ya casi al fin de la cena. ¿Pero qué habéis hecho?”. Zelote: “¿Y Lázaro? ¿De veras que no sabe nada Lázaro? Hoy hemos estado en su casa. Porque ha venido muy de mañana, ha sacrificado, y se ha vuelto a marchar sin siquiera detenerse en su palacio, ni ir al Pretorio. Porque él va siempre allí por costumbre heredada de su padre. Y Pilatos, ya lo sabes, se encuentra en la ciudad en estos días…”. Jesús: “Sí. Todos están presentes. Está Roma: la nueva Sión, con Pilatos; está Israel con Caifás y Herodes; está todo Israel porque la Pascua ha convocado a todos los hijos de este pueblo a los pies del altar de Dios… ■ ¿Has visto a Gamaliel?”. Zelote: “Sí. ¿Por qué esta pregunta? Tengo que verle también mañana…”. Jesús: “Gamaliel se encuentra esta noche en Betfagé. Lo sé. Cuando lleguemos al Getsemaní irás a su casa y le dirás: «Dentro de poco tendrás la señal que hace veinte años has estado esperando». Nada más. Después volverás donde tus compañeros”. Zelote: “Pero ¿cómo sabes? ¡Oh Maestro mío! ¡Pobre Maestro que no tiene ni siquiera el consuelo de ignorar las obras de los demás!”. Jesús: “Dices bien. ¡El consuelo de ignorar! ¡Pobre Maestro! Porque las obras malas son más que las buenas. Pero también veo las buenas y me regocijo”. Zelote: “Entonces Tú sabes que…”. Jesús: “Simón, es la hora de mi pasión. Para hacerla más completa, el Padre me retira la luz conforme se aproxima la hora. Dentro de poco tendré solo tinieblas y la contemplación de lo que son las tinieblas: o sea, todos los pecados de los hombres. No puedes, no podéis entender. Nadie, excepto el llamado por Dios a ello por misión especial, comprenderá esta pasión dentro de la gran Pasión; y, dado que el hombre es material incluso en el amar y reflexionar, habrá quien llore y sufra por mis golpes, por los tormentos del Redentor; pero no se medirá esta tortura espiritual que, creedlo vosotros que me estáis escuchando, será la más atroz… ■ Habla, pues, Simón. Guíame por los senderos por donde tu amistad fue por causa mía, porque Yo soy un pobre que va perdiendo la visión y ve fantasmas, no cosas reales…”. Juan le abraza a Jesús y le pregunta: “¿Qué? ¿Pero es que ya no ves a tu Juan?”. Jesús: “Te veo. Pero los fantasmas surgen de las tinieblas de Satanás. Visiones de pesadillas y de dolor. Todos estamos envueltos esta noche en esta miasma del infierno, esta noche; en Mí trata de crear cobardía, desobediencia y dolor; en vosotros, aun cuando no sois miedosos ni criminales, creará desilusión y miedo; en otros —personas que incluso no son ni medrosos ni dados al delito— creará miedo y delincuencia; en otros que son ya de Satanás, creará la perversión sobrenatural (lo llamo así porque su perfección en el mal será tal, que superará las humanas posibilidades y alcanzará la perfección que es siempre propia de lo sobrehumano). Habla, Simón”.
* Zelote habla de los amigos de Jesús en este día.- Encomienda especial para Zelote.- ■ Zelote habla: “Sí. Desde el martes no hacemos otra cosa sino salir para informarnos, para prevenir, para buscar ayuda”. Jesús: “¿Y qué habéis podido hacer?”. Zelote: “Nada. O muy poco”. Jesús: “Y ese poco será «nada» cuando el miedo paralice los corazones”. Zelote: “He tenido también un choque con Lázaro… Es la primera vez que me sucede… Un choque porque me parecía que no hacía nada… Él podría hacer algo. Es amigo del Gobernador. ¡Es el hijo de Teófilo! Pero Lázaro ha desechado todas mis propuestas. Le he dejado gritándole: «¡Pienso que eres tú ese amigo de quien habla el Maestro! ¡Me causas horror!». Y no quería yo volver a su casa… Pero esta mañana me ha llamado y me ha dicho: «¿Puedes creer todavía que sea yo el traidor?». Yo ya había visto a Gamaliel y a José y a Cusa, y a Nicodemo y a Mannaén, y, en fin, a tu hermano José… y ya no podía creer esa cosa. Le he dicho: «Perdona, Lázaro, pero siento que la cabeza me da más vueltas que cuando yo mismo era un leproso». Y así es, Maestro… Yo ya no soy yo… Pero ¿por qué sonríes?”. Jesús: “Porque eso viene a confirmar lo que antes te había dicho. La neblina de Satanás te envuelve y te turba. ¿Qué ha respondido Lázaro?”. Zelote: “Ha dicho: «Te comprendo. Ven hoy con Nicodemo. Tengo necesidad de verte». Y es lo que he hecho mientras Simón Pedro iba donde los galileos. Porque tu hermano —él, desde tan lejos— está más informado que nosotros. Dice que lo supo por casualidad al estar hablando con un galileo viejo, que vive cerca de la zona de mercado, amigo de Alfeo y de José”. Jesús: “¡Ah!.. sí… un gran amigo de la casa…”. Zelote: “Él está allí con Simón y las mujeres; también está la familia de Caná”. Jesús: “He visto a Simón”. Zelote: “Pues bien, José, por este amigo suyo, que además es amigo de uno del Templo que ahora es pariente suyo por enlaces con mujeres, ha sabido que tu captura estaba decidida, y le ha dicho a Pedro: «Siempre he estado en desacuerdo con Él, pero por amor y mientras Él era fuerte. Pero ahora que es como un niño en manos de sus enemigos, yo, pariente suyo que siempre le ha amado, estoy con Él. Es deber de sangre y de corazón»”. Jesús sonríe, y vuelve a verse en él, un instante, la cara serena de las horas de alegría. Zelote: “Y José ha dicho a Pedro: «Los fariseos de Galilea son áspides como todos los demás fariseos. Pero la Galilea no está compuesta toda de fariseos. Aquí hay muchos galileos que le aman. Vamos a decirles que se reúnan para defenderle. No tenemos más que cuchillos. Pero hasta un palo es un arma, si se maneja bien. Y si no llegan los saldados romanos, pronto habremos dado cuenta de esa vil canalla que son los esbirros del Templo». Y Pedro se fue con él. Yo, mientras, iba a casa de Lázaro con Nicodemo. ■ Habíamos decidido convencer a Lázaro de que viniese con nosotros y abriese su casa para estar contigo. Nos dijo: «Debo obedecer a Jesús y estar aquí, sufriendo el doble…». ¿Es verdad?”. Jesús: “Es verdad. Yo le di esa orden”. Zelote: “Pero me dio dos espadas. Son suyas. Una para mí y otra para Pedro. También Cusa quería darme espadas. Pero… ¿qué son dos pedazos de hierro contra todo el mundo? Cusa no puede creer que sea verdad cuanto Tú dices. Jura él que no sabe nada. y que en la corte no hay otro deseo más que de gozar de la fiesta… Una juerga, como de costumbre. Tanto es así que dijo a Juana que se retire a una casa que tienen ellos en Judea. Pero Juana quiere estar aquí, dentro de su palacio; como si no estuviera. No se aleja. Y con ella están Plautina, Ana, Nique y dos romanas de la casa de Claudia. Lloran, ruegan y hacen rogar a los niños inocentes. Pero no es tiempo de oraciones, es tiempo de sangre. Siento que retorna en mi el «zelote» y ya ardo en deseos de matar para cobrar venganza…”. Jesús: “¡Simón! Si hubiera querido dejarte morir como un maldito no te hubiera sacado de tu desolación…”. Jesús se muestra muy severo. Zelote: “¡Oh, perdón, Maestro, perdón!… Estoy como borracho, como uno que delira”. Jesús: “¿Qué dice Mannaén?”. Zelote: “Que no puede ser verdad, y que si lo fuese te seguiría hasta el suplicio”. ■ Jesús: “¡Ved cómo todos vosotros confiáis en vosotros mismos!… ¡Cuánta soberbia hay en el hombre! Nicodemo y José, ¿qué saben?”. Zelote: “No más que yo. Hace tiempo, en una asamblea, José se enfrentó al Sanedrín. Los llamó asesinos por querer matar a un inocente y dijo: «Aquí dentro todo es contra la ley. Razón tiene Él: ‘La abominación está en la casa del Señor (4). Este altar va a ser destruido porque ha sido profanado’». No le lapidaron porque se trata de él. Pero desde entonces le han ocultado todo. Tan solo Gamaliel y Nicodemo han seguido manteniendo la amistad con él. Pero el primero no habla y el segundo… Ni él ni José han vuelto a ser llamados al Sanedrín para las definitivas resoluciones. Ellos se reúnen ilegalmente, acá y allá, a distintas horas, por el miedo a ellos y a Roma. ■ ¡Ah, se me olvidaba!… Los pastores. También ellos están con los galileos. ¡Pero somos pocos! ¡Si Lázaro hubiera querido escucharme y hubiera ido al Pretor! Pero no nos escuchó… Hicimos esto… Mucho y… nada… y yo me siento tan anonadado que quisiera ir por los campos, dando alaridos como un chacal, entregarme a la orgía, matar como si fuera yo un salteador, para ver si puedo quitarme este pensamiento de que «todo es inútil», como dijo Lázaro, como dijeron José y Cusa, Mannaén y Gamaliel”… El Zelote no parece él… ■ Jesús: “¿Qué dijo el rabí?” Zelote: “Dijo: «No conozco exactamente los propósitos de Caifás. Pero os digo que lo que decís está profetizado tan solo para el Mesías. Y como yo no reconozco en este profeta al Mesías, no veo que haya motivo para intranquilizarse. Se dará muerte a un hombre bueno, amigo de Dios. Pero, ¿de cuántos semejantes a Él ha bebido Sión la sangre?». Y, dado que insistíamos en tu Naturaleza divina, repitió tercamente: «Cuando vea la señal, creeré». Y prometió abstenerse de votar contra Ti; es más, prometió que si es posible, convencerá a los otros de no condenarte. Esto, no más. ¡No cree, no cree! Si se pudiese llegar a mañana… Pero Tú dices que no. ■ ¡Oh ¿qué haremos nosotros?!”. Jesús: “Tu irás a la casa de Lázaro y tratarás de llevarte contigo a todos los que puedas. No solo de los apóstoles, sino también de los discípulos que encontrares extraviados vagando por los campos. Procura ver a los pastores y darles esta orden. La casa de Betania es más que nunca la casa de Betania; es la casa de la buena hospitalidad. Quien no tenga valor de enfrentarse al odio de todo un pueblo, que se refugie allí. A esperar…”. Zelote: “Pero nosotros no te dejaremos”. Jesús: “No os separéis… Separados, no seríais nada. Unidos, seréis todavía una fuerza. Simón: prométeme esto. Tú eres sereno, leal; eres un hombre de palabra y tienes preponderancia sobre Pedro. Tienes conmigo una gran deuda. Te recuerdo esto por primera vez, para obligarte a obedecerme. Mira: estamos ya en el Cedrón. De allí viniste a Mí, leproso y de allí saliste limpio. Por lo que Yo te di, dame ahora: da al Hombre lo que Yo di al hombre. Ahora el leproso soy Yo…”. Los dos discípulos gimen al mismo tiempo: “¡Noooo! ¡No digas eso!”. Jesús: “¡Así es! Pedro y mis hermanos serán los que más abatidos se sentirán. Mi honrado Pedro se sentirá como un criminal y no tendrá paz. Y mis hermanos… no tendrán valor para mirarse ni mirar a mi Madre… Te los confío…”. ■ Juan angustiado pregunta: “Señor ¿y yo qué seré? ¿No piensas en mí?”. Jesús: “¡Oh pequeñito mío! Tú estás confiado a tu amor. Y tan robusto es que te guiará como una madre. No te doy ni órdenes ni guías. Te dejo sobre las aguas del amor, que son tan tranquilas y profundas que no me hacen dudar nada de tu futuro. Simón, ¿has entendido? ¡Prométeme, prométeme!”. Da lástima ver a Jesús tan angustiado… Sigue diciendo: “¡Antes de que vengan los otros! ¡Oh gracias! ¡Seas bendito!”.
* Los apóstoles, separados en dos grupos.- Él sube más alto, hasta una roca. Plegaria ardiente al Padre por la salvación del hombre.- ■ Se reúne todo el grupo. Jesús: “Ahora vamos a separarnos. Yo voy arriba, a orar. Conmigo quiero a Pedro, Juan y Santiago. Vosotros quedaos aquí. Y, si os vierais en grave apuro, llamad. Y no tengáis miedo. No se os quitará ni un cabello. Rogad por Mí. Olvidad cualquier odio, cualquier miedo. Será solo un momento… Luego la alegría será completa. Sonreíd. Que Yo lleve en mi corazón vuestras sonrisas. Bien, os lo agradezco, amigos. Adiós. Que el señor no os abandone…”. Jesús se echa a andar y se separa de los apóstoles, mientras Pedro pide a Simón la antorcha, después de que éste encendió con ella unos leños resinosos que arden chisporroteando en los límites del olivar y expanden un olor a enebro. Me da lástima ver a Tadeo que sigue a Jesús con una mirada tan intensa, tan llena de dolor, que Jesús se vuelve buscando al que le ha mirado. Pero Tadeo se esconde detrás de Bartolomé y se muerde los labios para contenerse. Jesús hace un gesto con la mano, entre una bendición y un adiós y luego prosigue su camino. La luna está ya muy alta, y envuelve con su luz la alta figura de Jesús y parece hacerla más alta incluso, espiritualizándola, haciendo más claro su vestido rojo y más pálido el color oro de sus cabellos. Detrás de Él aceleran el paso Pedro, con la antorcha, y los dos hijos de Zebedeo. ■ Prosiguen hasta llegar al límite del primer desnivel del rústico anfiteatro del olivar, cuya entrada sería la plazoleta irregular y cuyas gradas serían las terrazas, que ascienden formando escalones de olivos en el monte. Jesús dice: “Deteneos y esperadme aquí, mientras Yo oro. Pero no os durmáis. Podría tener necesidad de vosotros. Os lo pido por caridad: ¡Orad! Vuestro Maestro se encuentra muy abatido”. Y realmente su agotamiento es profundo. Parece como si cargara un gran peso, que le oprime. ¿Dónde está ese varonil Jesús que hablaba a las turbas, hermoso, fuerte, de mirada dominadora, dulce sonrisa, voz sonora y agradable? Es como uno que hubiera corrido o llorado. Tiene voz cansada, entrecortada. Triste, triste. triste… Pedro contesta por todos: “Puedes estar tranquilo, Maestro. Vigilaremos y oraremos. No tienes más que llamarnos, que enseguida acudiremos”. Jesús les deja mientras los tres recogen hojas y pedazos de ramas para hacer una hoguera que les tenga despiertos y para defenderse del rocío que empieza a caer abundante. ■ Camina, dándoles las espaldas, de occidente a oriente; y por eso la luna le da en la cara. Veo que un gran dolor dilata aún más sus ojos. Quizás es la negrura del cansancio lo que los agranda o tal vez es la sombra del párpado; no lo sé. Lo que sé es que tiene los ojos más abiertos y más hundidos. Sube cabizbajo. Solo de vez en cuando alza la cabeza, suspirando como si se sintiese cansado y le faltase el aliento; y entonces recorre con sus ojos tan tristes el plácido olivar. Sube unos cuantos metros, después tuerce por detrás de una elevación que queda entre Él y los tres que quedaron más abajo. Este saliente de la ladera, que al principio tiene una altura de pocos decímetros, es cada vez más alto, y, después de un pequeño trecho, tiene más de dos metros de altura, de modo que resguarda completamente a Jesús de toda mirada más o menos discreta, y amiga. Jesús continúa hasta una voluminosa piedra que en un determinado punto corta el senderillo (una roca que tal vez ha sido colocada como sostén de la vertiente que hacia abajo cae más inclinada y desnuda hasta un inerte cúmulo de piedras que precede a los muros tras los que está Jerusalén, y que hacia arriba sigue subiendo con más terrazas y más olivos). Junto a esta voluminosa roca, justo un poco más arriba, prominente, hay un olivo todo nudoso y retorcido: parece un caprichoso punto de interrogación puesto por la naturaleza para preguntar algún por qué. Sus gruesas ramas en la cima de su copa responden a la pregunta del tronco, diciendo ora «sí» cuando se doblan hacia la tierra, ora «no», moviéndose de derecha a izquierda, al son de un viento suave que sopla a intervalos entre el follaje y que a veces trae olor solo a tierra, a veces a ese olor amargo de los olivos, y a veces trae una mezcla de perfume de rosas y de musgo que quién sabe de dónde pueda venir. Al otro lado del senderillo, hacia abajo, hay otros olivos, uno de los cuales, justo debajo de la roca, está partido por algún rayo, y aún así vivo todavía, o bien está hendido por una causa que desconozco, a partir del tronco inicial y que ha hecho dos troncos que se alzan como las dos astas de una gran «V» en carácter de imprenta; y las dos copas se asoman hacia acá y allá de la roca, como queriendo ver y vigilar al mismo tiempo, o formarle a esta roca un suelo de un gris de plata, lleno de paz. ■ Jesús se detiene allí. No mira a la ciudad situada allá abajo, toda blanca bajo la luz de la luna. Antes al contrario, le vuelve las espaldas; y ruega con los brazos abiertos en forma de cruz, con la cara levantada al cielo. No veo su cara porque está en la sombra, pues tiene la luna casi perpendicular sobre su cabeza, pero los tupidos ramajes del olivo están entre Él y la luna, que apenas logra filtrarse entre unas y otras hojas, formando aritos y agujas de luz en constante movimiento. Es una plegaria larga, ardiente. De cuando en cuando suspira, y pronuncia una palabra clara. No es un salmo, ni el Padre Nuestro. Es una plegaria que nace de su amor y de su necesidad. Un verdadero hablar con su Padre. Las pocas palabras que logro captar me lo dicen: “Tú lo sabes… Soy tu Hijo… Todo. Pero ayúdame… Ha llegado la hora… No pertenezco más a la Tierra. Cesa toda necesidad de ayuda a tu Palabra… Haz que el Hombre te aplaque como Redentor, de la misma forma que la Palabra te ha sido obediente… Es lo que Tú quieres… Te pido piedad para ellos… ¿Los salvaré? Esto es lo que te pido. Así lo quiero: salvados del mundo, de la carne, del Demonio… ¿Puedo pedirte todavía? Mi petición es justa, Padre mío. No para Mí, sino para el hombre que es creación tuya, y que quiso convertir en fango también su alma. Yo echo en mi dolor y en mi Sangre este barro, para que vuelva a ser esa esencia incorruptible del espíritu grato a Ti… Y está por todas partes. Él es rey esta noche. En los palacios y en las casas. Entre los soldados y en el Templo… La ciudad está henchida de él, y mañana será un Infierno…”. ■ Jesús se vuelve, apoya su espalda en la roca y cruza los brazos. Mira a Jerusalén. La mirada de Jesús se hace cada vez más triste. Murmura entre dientes: “Parece de nieve… y es toda un pecado. ¡A cuántos dentro de ella curé!… ¡Cuánto hablé!… ¿Dónde están los que parecían serme fieles?”… Baja la cabeza y mira fijamente al suelo, cubierto de hierba corta, brillante de rocío. Pero, aunque tenga la cabeza inclinada, sé que llora, porque algunas gotas, al caer de la cara al suelo, brillan. Después alza la cabeza, separa los brazos y une las manos más arriba de la cabeza, y las balancea manteniéndolas unidas.
* Encuentra a los 3 apóstoles dormidos: “¡Tengo tanta necesidad de vuestro consuelo y de vuestras oraciones!”.- ■ Luego anda. Regresa a donde están los tres apóstoles, que están sentados alrededor del fuego hecho de ramas de árbol. Los encuentra medio dormidos. Pedro ha apoyado su espalda en un tronco, y, cruzados los brazos, cabecea. Son las primeras brumas de un sueño profundo. Santiago está sentado —también su hermano— encima de una gruesa raíz que sobresale de la tierra y sobre la cual han extendido los mantos para sentir menos los nudos; pero, a pesar de estar más incómodos que Pedro, también están más adormilados. Santiago tiene la cabeza recostada sobre el hombro de Juan, y éste tiene la suya apoyada en el de su hermano, como si el empezar a cabecear les hubiera inmovilizado en esa postura. ■ Jesús: “¿Dormís? ¿No habéis sabido estar despiertos una sola hora? Y Yo ¡tengo tanta necesidad de vuestro consuelo y de vuestras oraciones!”. Los tres, aturdidos, se sobresaltan. Se frotan los ojos. Murmuran una disculpa. Echan la culpa, como causa principal de su somnolencia, a la digestión: “Es el vino… la comida… Pero ahora ya pasa. Ha sido un momento. No teníamos ganas de hablar y esto nos ha llevado al sueño. Pero vamos a orar y no se va a repetir esto”. Jesús: “Sí. Orad y velad. También vosotros lo necesitáis”. “Sí, Maestro. Te obedeceremos”.
* Terrible angustia y congoja: es su vida evangélica lo que desfila ante su vista.- ■ Jesús se marcha de nuevo. La luna —de tan fuerte claror de plata, que va haciendo ver cada vez más pálida el vestido rojo, como si lo cubriera de un blanco polvo brillante—, ilumina su rostro, y me permite verle desconsolado, adolorido, envejecido. Sus ojos siguen bien abiertos, pero parecen empañados; su boca dibuja una línea de cansancio. Camina a su peña aún más lento, más encorvado. Se arrodilla y apoya los brazos en la roca, que no es lisa, sino que a mitad de altura tiene como un hueco —parece labrado adrede así—, en el que ha nacido una de esas florecillas semejantes a pequeños lirios, que he visto también en Italia, con hojitas pequeñas, redondas, pero con puntas en los bordes, y carnosas, de florecillas muy pequeñas en sus delgadísimos tallos: parecen pequeños copos de nieve, y salpican el gris de la roca y las hojitas de color verde oscuro. Jesús apoya sus manos cerca de las florecillas, que le acarician la mejilla, pues apoya la cabeza en las manos juntas y ora. Pasado un poco de tiempo, siente el frescor de las pequeñas corolas, levanta la cabeza, las mira, las acaricia, les dice: “Vosotras sois puras… Me dais consuelo. Había florecillas como éstas también en la gruta de Mamá… y a Ella le gustaban, porque decía: «Cuando era pequeña mi padre me decía: ‘Tú eres un lirio pequeño todo lleno de rocío del cielo’». ¡Madre! ¡Oh Madre mía!”. Y prorrumpe en llanto. Reclinada la cabeza en las manos unidas, un poco apoyado en los calcañares, le veo y oigo llorar, mientras las manos aprietan los dedos y los mortifican, la una a la otra. Oigo que dice: “También en Belén… y te las llevé, Mamá. Pero, ¿quién te llevará éstas después?…”. Vuelve a orar y a meditar. ■ Debe de ser muy triste lo que medita. Le causa más angustia que tristeza, porque, para huir de ello, se levanta, camina hacia adelante y hacia atrás murmurando palabras que no logro captar. Ahora levanta la cabeza; ahora la baja. Y gesticula, pasa las manos sobre sus ojos, sobre sus mejillas, sobre sus cabellos con movimientos mecánicos y agitados, propios de quien se encuentra en medio de una gran angustia: decirlo no es nada, describirlo es imposible, verlo es entrar en su angustia. Gesticula en dirección de Jerusalén. Luego vuelve a levantar los brazos hacia el cielo como para pedir ayuda. Se quita el manto como si tuviese calor. Lo mira… Pero ¿qué ve? Sus ojos no miran sino su tortura, y todo sirve a esta tortura, a aumentarla. Hasta el manto que le tejió su madre. Lo besa y dice: “¡Perdón, Mamá, perdón!”. Parece como si se lo pidiera al manto, tejido por el amor materno… Vuelve a ponérselo. Está lleno de congoja. Quiere orar para superarla. Pero con la oración vuelven los recuerdos, los temores, las dudas, las añoranzas… Es una avalancha de nombres… de ciudades… de personas… de hechos… No puedo seguirle, porque es rápido y entrecortado. Es su vida evangélica lo que desfila ante su vista… y le trae el recuerdo de Judas traidor. Es tanta su angustia que, para vencerla, grita en voz alta los nombres de Pedro y Juan. Y dice: “Ahora vendrán. ¡Ellos son muy leales!”. Pero «ellos» no vienen. Llama nuevamente. Parece aterrorizado como si viese algo extraño que no sabemos.
* Encuentra nuevamente a los 3 dormidos: “Me encuentro en una angustia que me mata”.- ■ Huye rápidamente hacia el lugar donde están Pedro y los dos hermanos, y los encuentra más cómoda y profundamente dormidos alrededor de unas pocas brasas que, ya mortecinas, dan solo un rojizo chispazo entre el gris de la ceniza. Jesús: “¡Pedro! ¡Os he llamado tres veces! ¿Pero qué hacéis? ¿Todavía estáis dormidos? ¿Pero no veis cuánto sufro? Orad. Que no os venza la carne, que no os venza en ninguno. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Ayudadme…”. Los tres tardan más en despertarse. Al final lo logran y con los ojos henchidos piden excusas. Se alzan, primero sentándose, después poniéndose en pie. Pedro murmura: “¡Pero fíjate! ¡No nos había pasado esto nunca! Debe ser cosa de aquel vino. Era fuerte. Además este aire fresco. Nos hemos cubierto para no sentirlo (de hecho se habían cubierto con los mantos hasta la cabeza), y no hemos visto más el fuego y no hemos tenido frío y, bueno, pues, el sueño ha venido. ¿Dices que nos llamaste? A mí me parecía que no estaba tan dormido… Eh, Juan, busquemos ramas de árboles. Movámonos. Se nos pasará. No te preocupes, Maestro, que de ahora en adelante… estaremos en pie…” y arroja un montón de hojas secas en las brasas, y sopla para que prenda otra vez la llama; luego la alimenta con las ramas de zarza que trajo Juan; por su parte, Santiago trae una rama gruesa de enebro, o algo semejante, que ha cortado de una espesura poco lejana y la echa al fuego. ■ La llama se levanta alta y alegre, iluminando la pobre faz de Jesús. Una faz de una tristeza… de una tristeza, que no se puede mirar sin llorar. Toda la luminosidad de ese rostro ha quedado diluida en un cansancio mortal. Dice: “Me encuentro en una angustia que me mata. ¡Oh, sí! Mi alma está triste hasta el punto de morir. ¡Amigos!… ¡Amigos!”. Pero, aunque no dijera esto, su aspecto es ya de por sí el de un moribundo, el de un moribundo que, además, muere en el más angustioso y desolado de los abandonos. Parece que cada palabra suya sea un sollozo… Pero los tres están demasiado cargados de sueño. Parece que van de un lado a otro con los ojos semicerrados… Jesús los mira… No les dice un reproche. Menea la cabeza, suspira y vuelve al lugar de antes.
* “Padre, si es posible pase de Mí este cáliz. ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!”.- Abandono de Dios.- Satanás.- Sudor de Sangre.- El ángel.- ■ Ora de nuevo, en pie con los brazos abiertos en forma de cruz; luego de rodillas, como al principio, con la cabeza inclinada sobre las florecillas. Piensa. Calla… Luego da en gemir y en sollozar fuertemente, tan abatido sobre los calcañares, que está casi prosternado. Llama al Padre cada vez con más congoja… Dice: “¡Oh! ¡Es muy amargo este cáliz! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Está sobre mis fuerzas! ¡Todo lo he podido! Pero esto no… ¡Apártalo, Padre, de tu Hijo! ¡Ten piedad de Mí!… ¿Qué he hecho para merecerlo?”. Después, cobrando nuevas fuerzas, dice: “Pero, Padre mío, no escuches mi voz si con ella pido lo que es contrario a tu voluntad. No te acuerdes de que soy tu Hijo, sino tan solo un siervo tuyo. No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Así permanece por un poco de tiempo. Después da un grito ahogado y alza la cara: es un rostro desencajado. Un momento solo. Luego se derrumba, rostro en tierra, y se queda así. ■ Es una piltrafa de hombre sobre quien pesa el pecado del mundo, sobre quien se abate toda la Justicia del Padre, sobre quien descienden las tinieblas, la ceniza, la hiel, esa tremenda, tremendísima cosa que es el abandono de Dios mientras Satanás tortura… Es la asfixia del alma, es el estar sepultado vivo en esta cárcel que es el mundo cuando ya no se puede sentir que entre nosotros y Dios hay un lazo de unión; es lo mismo que sentirse encadenados, amordazados, lapidados por nuestras propias oraciones que caen sobre nosotros puntiagudas, encendidas; es lo mismo que dar puntapiés contra un Cielo cerrado en donde no penetran ni voz ni mirada de nuestra angustia; es lo mismo que ser «huérfanos de Dios»; es la locura, la agonía, la duda de habernos engañado hasta ese momento; es la convicción de ser rechazados por Dios, de estar condenado. ¡Es el Infierno!… (¡Lo sé! No puedo ver la angustia de Jesús. Sé que es mil veces mayor que la que sufrí el año pasado y que solo su recuerdo me horroriza). ■ Jesús llora con movimientos y suspiros de un agonizante: “¡Nada!… ¡Fuera!… ¡La voluntad del Padre! ¡Ésa! Ésa sola… Tu voluntad, Padre. La tuya, no la mía… Inútil. No tengo más que un Señor: el Dios Santísimo. Una Ley: la obediencia. Un amor: la redención… No. No tengo más Madre. No tengo más vida. No tengo más divinidad. No tengo más misión. Inútilmente me tientas, ¡Oh Demonio!, con mi Madre, con la vida, con mi divinidad, con mi misión. Tengo por madre a la Humanidad y la amo hasta morir por ella. La vida la devuelvo a quien me la dio y me la pide, al Supremo Dueño de todo ser viviente. La divinidad la afirmo al ser capaz de esta expiación. La misión la realizo con mi muerte. No tengo nada más. Nada, fuera de hacer la voluntad del Señor, mi Dios. ¡Lárgate, Satanás! Lo dije la primera y segunda vez y vuelvo a decirlo la tercera: «Padre, si es posible pase de Mí este cáliz. ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!». Largo de aquí, Satanás. Yo soy de Dios”. ■ Luego ya no habla. Solo para decir entre jadeos: “¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!”. Le llama a cada latido de su corazón y parece que a cada latido brota sangre. Los vestidos de la espalda la absorben y se hacen oscuros, a pesar de la gran claridad de la luna que todo lo envuelve. Y, sin embargo, un resplandor más vivo se forma sobre su cabeza, suspendido a un metro de Él aproximadamente; un resplandor tan vivo, que incluso el Abatido lo ve filtrarse entre las ondas de sus cabellos, ya bañados de sangre, y tras el velo que la sangre forma sobre los ojos. Levanta la cabeza… La luna brilla sobre esta pobre faz, y aún más resplandece la luz angelical, semejante a la del diamante blanco-azul del planeta Venus. Y se deja ver toda la terrible agonía en la sangre que sale por los poros. Las pestañas, el pelo, el bigote, la barba están bañados de sangre. Sangre que corre por las sienes, que brota de las venas del cuello, gotas de sangre que caen de las manos; y, cuando tiende las manos hacia la luz angelical y las mangas anchas se corren hacia los codos, aparecen los antebrazos de Jesús llenos de sudor de sangre. En la cara solo las lágrimas forman dos líneas marcadas sobre la máscara roja. Vuelve a quitarse el manto y se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. Pero el sudor continúa. Él presiona una y otra vez el manto contra la cara y lo mantiene apretado con las manos; y cada vez que se lo quita, aparecen en el manto de color rojo oscuro claramente las huellas, las cuales, estando frescas, parecen negras. La hierba del suelo está roja de sangre. Jesús parece próximo al desfallecimiento. Se desabrocha el vestido en el cuello, como si sintiese ahogo. Se lleva la mano al corazón y después al cuello, agita su mano delante de la cara como para darse aire, teniendo la boca abierta. A rastras, se pega a la roca, pero más hacia el borde del desnivel del terreno. Apoya la espalda contra la peña, de forma que —como si estuviese ya muerto—, quédanle colgando los brazos, paralelos al cuerpo; y la cabeza, contra el pecho. Y no se mueve. La luz angelical se desvanece poco a poco, para acabar como absorbida en la luz de la luna. ■ Vuelve a abrir Jesús sus ojos. Levanta con fatiga el cuerpo. Mira. Está solo. Pero está menos angustiado. Alarga una mano. Recoge el manto que había tirado sobre la hierba y vuelve a secarse la cara, las manos, el cuello, la barba, los cabellos. Toma una hoja larga, que está justamente junto a sus ojos, y bañada del rocío, y con ella termina de limpiarse mojándose la cara, las manos, y después secándose de nuevo todo. Repite esto una y otra vez con otras hojas hasta que desaparecen las huellas de su horrible sudor. Tan solo el vestido está manchado, especialmente en la espalda y en los pliegues de los codos, en el cuello, cintura y rodillas. Lo mira y menea la cabeza. Mira también el manto y lo ve muy manchado. Lo dobla y lo coloca encima de la peña, en el lugar en que ésta forma una concavidad, cerca de las florecillas. Con esfuerzo, como por debilidad, se deja caer de rodillas. Ora, apoyada la cabeza en el manto donde tiene ya las manos. Después se levanta, tomando como apoyo la roca, y todavía tambaleándose ligeramente, se dirige a donde están los discípulos. Su cara está palidísima. Pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de hermosura divina, aun cuando está más exangüe y triste que de costumbre.
* Jesús y apóstoles ante los esbirros e Iscariote.- Desconcertantes gritos de los apóstoles cuando se da la captura.- ■ Los tres duermen tranquilamente, envueltos en sus mantos. Recostados cerca del fuego ya apagado. Se les oye respirar profundamente, después roncar. Jesús los llama. Inútil. Debe agacharse y zarandear un poco a Pedro, que sacando la cabeza de en medio de su manto verde oscuro, dice atolondrado y asustado: “¿Qué pasa? ¿Quién me arresta?”. Jesús: “Nadie. Soy Yo quien te llama”. Pedro: “¿Es de mañana?”. Jesús: “No. Ha acabado casi la segunda vigilia”. Pedro está completamente entumecido. Jesús zarandea a Juan, que da un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que, de tan marmóreo como se ve, parece de un fantasma. “¡Oh… me parecías muerto!”. Zarandea a Santiago, el cual creyendo que le llama su hermano, pregunta: “¿Han apresado al Maestro?”. Jesús responde: “…Todavía no, Santiago. Pero alzaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca”. Los tres, todavía atontados, se levantan. Miran a su alrededor… Olivos, la luna, pájaros, vientecillo, tranquilidad… Ninguna otra cosa. Siguen a Jesús sin replicar. ■ También los otros ocho están más o menos dormidos alrededor del fuego apagado. Ordena Jesús: “Levantaos. Mientras Satanás viene, ¡mostrad al que no duerme y a sus hijos que los hijos de Dios no duermen!”. Ellos: “Como Tú digas, Maestro”. “¿Dónde está, Maestro?”. “Jesús, yo…” “Pero ¿qué ha sucedido?”. Y entre preguntas y respuestas enredadas se ponen los mantos… ■ El tiempo justo de aparecer en orden a la vista los esbirros capitaneados por Judas que irrumpen en el tranquilo calvero iluminándolo bruscamente con antorchas encendidas: son una horda de bandidos, disfrazados de soldados, caras de la peor calaña de las galeras con sonrisas maliciosas de demonios; hay también algún que otro cobardón del Templo. Los apóstoles, todos, se hacen a un lado en un ángulo. Pedro delante, y, en grupo, detrás, los demás. Jesús se queda donde estaba. Judas se acerca, resistiendo a la mirada de Jesús que ha vuelto a ser una mirada centelleante de sus mejores días. No baja la cara. Al contrario, se acerca con una sonrisa de hiena y le besa en la mejilla derecha. Jesús: “Amigo, ¿qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?”. Judas agacha un momento la cabeza, después vuelve a levantarla… Muerto al reproche y a cualquier invitación de arrepentimiento. Jesús, después de las primeras palabras, pronunciadas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura. ■ Con un aullido los esbirros se acercan llevando sogas, bastones y tratan de apoderarse no solo de Jesús sino también de los apóstoles. Menos de Judas, se comprende. Calmada y pausadamente pregunta Jesús: “¿A quién buscáis?”. Esbirros: “A Jesús Nazareno”. Jesús: “Yo soy”. La voz es un trueno. Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de Sí —yo diría que está contento de poder hacerlo— este testimonio claro, leal, seguro. ¡Ah!, pero si de Él hubiera emanado un rayo, no habría hecho más: como un manojo de espigas segadas, todos caen al suelo. Quedan en pie solo Judas, Jesús y los apóstoles, los cuales, ante el espectáculo de los soldados derrumbados se rehacen, tanto que se acercan a Jesús, y con amenazas tan claras contra Judas, que éste súbitamente da un brinco —huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de la callejuela—, con el tiempo justo para librarse del golpe maestro de la espada de Simón, y seguido en vano de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no iban armados de espada. Huye más allá del Cedrón y se pierde dentro en la negrura de una vereda. Jesús: “Alzaos. ¿A quién buscáis? Vuelvo a preguntaros”. Esbirros: “A Jesús Nazareno”. Jesús dice con dulzura. Sí, con dulzura: “Os lo he dicho que soy Yo. Dejad, pues, libres a éstos. Yo vengo. Dejad las espadas y palos. No soy un ladrón. Siempre estuve con vosotros. ¿Por qué no me apresasteis entonces? Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás…”. ■ Mientras Él habla, Pedro se acerca al hombre que extiende las cuerdas para amarrar a Jesús y descarga un desmañado golpe de espada. Si la hubiese usado de punta, lo hubiera degollado como a un macho cabrío. Así no hace otra cosa que cortarle la oreja, que queda colgando en medio de un borbollón de sangre. El hombre grita, creyéndose muerto. Hay confusión entre los que quieren arremeter y los que tienen miedo al ver relucir espadas y puñales. Jesús: “Dejad las armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría a los ángeles del Padre para que me defendiesen. Y tú, queda sano. En el alma, lo primero, si puedes”. Y antes de extender sus manos a las sogas, toca la oreja, que sana. ■ Los apóstoles dan gritos de rabia… Sí, me duele decir esto, pero es así. Quién dice una cosa, quién otra. Alguien grita: “¡Nos has traicionado!”, y quién: “¡Es un loco!”, y quién dice: “¿Quién puede creerte?”. Y, quien no grita, huye…Y Jesús se queda solo. Él y los esbirros… Empieza el camino… (Escrito el 11 de Febrero de 1944).
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1   Nota  : Cfr. Mt. 26,36-56;  Mc. 14,32-52;  Lc. 22,39-53;  Ju. 18,1-11.   2  Nota  : Cfr. 1 Mac. 2,1-5; 6-28-47.   3   Nota   : Cfr. Alusión a Sócrates.   4   Nota   : Cfr. Dan. 9-12.
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9-603-451 (10-4-341).- Reflexiones sobre la agonía del Getsemaní.- “Soy el Hijo de Dios, también el Hijo del hombre”.- En la Pasión: relación entre el Hijo y la Madre; la unión entre Padre y el Hijo.
* Testimonios de mi Divinidad y de mi Humanidad.- ■ Dice Jesús: “Contemplaste los sufrimientos de mi agonía espiritual en la noche del Jueves. Contemplaste a tu Jesús abatido como un hombre que ha sido herido a muerte y que siente que la vida se le escapa o como alguien que está horriblemente oprimido por un trauma psíquico superior a sus fuerzas. Fuiste testigo de cómo iba aumentando esta agonía hasta llegar el momento en que sudé sangre, provocada por el desequilibrio circulatorio causado por el esfuerzo de vencerme y de resistir el peso que sobre Mí se me había impuesto. Era, soy, el Hijo de Dios Altísimo, pero también era el Hijo del hombre. ■ A través de estas páginas quiero que aparezca nítida mi doble naturaleza. Testimonio de mi Divinidad son mis palabras, que tienen tonos que solo un Dios puede tener; testimonio de mi Humanidad son las necesidades naturales, las pasiones, los sufrimientos que os presento y que Yo padecí en mi carne de verdadero Hombre. Tanto mi santísima Divinidad como mi perfectísima Humanidad en el correr de los siglos, debido a «vuestra» humanidad imperfecta, no han sido bien comprendidas. Algunas veces habéis pensado que no tuve un cuerpo real, y así habéis hecho inhumana mi Humanidad; de la misma forma que habéis empequeñecido mi figura divina, rechazándola en muchos aspectos que no os resultaba agradable reconocer, o que ya no podíais reconocer porque vuestras débiles inteligencias no podían comprender el misterio, pues se hallaban envueltas en las tinieblas del ateísmo, humanismo o racionalismo. ■ Yo vengo, en esta hora trágica, anunciadora de desventuras sin igual, vengo a daros a conocer la doble naturaleza mía: de Dios y de Hombre para que la conozcáis tal como es; para que la reconozcáis después de tanto oscurantismo con que la habéis cubierto ante vuestros espíritus; para que la améis y volváis a Ella y os salvéis por medio de Ella. Quien la conozca y ame se salvará”.
*   Hijo y Madre estaban unidos por fibras espirituales y siempre palpitaron al unísono.-Jesús: “En estos días te he dado a conocer mis sufrimientos físicos que soportó mi Humanidad. Te he dado a conocer mis sufrimientos morales que estaban tan entrelazados tan íntimamente con los de mi Madre, como se entrelazan, se cruzan las enmarañadas lianas de las selvas ecuatoriales, que no se puede cortar una de ellas solamente, sin cortar otra; o como están las venas en el cuerpo: no se puede sacar sangre de una sola vena, porque la sangre corre por todo el cuerpo; o si se prefiere otra comparación: no se puede hacer morir a una madre que tiene en su vientre su hijito sin hacer morir a éste. ■ Ella, mi Madre me llevó no solo por nueve meses, sino durante toda la vida. Nuestros corazones estaban unidos por fibras espirituales y siempre palpitaron al unísono, y no había lágrima de mi Madre que no me hubiera mojado, y no hubo lamento mío que no hubiera encontrado un fortísimo eco en su corazón. Os causa dolor enteraros que una madre sabe que su hijo está irremediablemente enfermo, que tiene que morir, o bien que una madre sabe que su hijo está condenado a pena de muerte. Pues pensad en mi Madre que desde el momento que me concibió, supo que tenía Yo que ser condenado a muerte; pensad en esa Madre que cuando besaba mis tiernos miembros de pequeño sabía que llegaría el momento en que serían destrozados por el flagelo; en esa Madre que habría dado diez, cien, mil veces su vida con tal de impedir llegara la hora en que Yo fuera un hombre adulto, la hora de mi inmolación; sin embargo, Ella sabía y debía desear aquella hora tremenda por aceptar la voluntad del Señor, por la gloria del Señor, por beneficio de la Humanidad. No, no ha habido una agonía más larga —ni terminada en un dolor más grande— que la de mi Madre”.
* La inefable relación que une ab aeterno al Padre con el Hijo no puede seros explicada ni siquiera con mi palabra, porque si bien ella es perfecta, vuestra inteligencia no lo es y no podéis comprender y conocer el profundo misterio de Dios mientras no estéis con Él en el Cielo”.-Jesús: “Y no ha habido un dolor mayor, más completo que el mío. Era Yo una sola cosa con el Padre. Él me amaba desde la eternidad como solo Dios puede amar. Encontraba en Mí sus complacencias, su divina alegría. Yo a mi vez le amaba como solo un Dios puede amar, y al estar unido con Él encontraba mi alegría divina. La inefable relación que une ab aeterno al Padre con el Hijo no puede seros explicada ni siquiera con mi palabra, porque si bien ella es perfecta, vuestra inteligencia no lo es y no podéis comprender y conocer el profundo misterio de Dios mientras no estéis con Él en el Cielo. ■ Pues bien, Yo sentía, cual agua que asciende y que presiona contra una presa, crecer, hora tras hora, la severidad de mi Padre respecto a Mí. Para dar testimonio de mi Persona a los hombres, que cerraban sus corazones e inteligencias para no creer, tres veces mi Padre abrió el Cielo: en el Jordán, en el Tabor, y en Jerusalén poco antes de mi Pasión. Lo hizo no para consolarme, sino para los hombres. Yo ya era el Expiador. Muchas veces, María, Dios da a conocer a un siervo suyo a los hombres, para que éstos se sientan atraídos por sus ejemplos. Pero esto sucede no sin el dolor de ese siervo, que paga en primera persona —comiendo el pan amargo del rigor de Dios— los consuelos y la salvación de sus hermanos. ¿No es verdad? Las víctimas de expiación han probado el rigor de Dios. Después viene la gloria, pero solo después de que la Justicia ha sido aplacada. No es como el caso de mi amor, que a sus víctimas suele prodigar besos. Yo soy Jesús, soy el Redentor. Aquel que ha sufrido y sabe, por personal experiencia, lo que es el dolor de ser mirado por Dios con severidad y ser abandonado de Dios, y no soy nunca severo ni abandono nunca a las almas víctimas. Las consumo igualmente, pero en una hoguera de amor. ■ Cuanto más se acercaba la hora de la expiación, tanto más sentía que mi Padre se alejaba. Mi Humanidad se sentía menos sostenida por la Divinidad, al sentir que el Padre se alejaba de ella, y de este modo sufría lo indecible. Cuando Dios se aleja se siente terror, un agarrarse a la vida, y abatimiento y cansancio y tedio. Cuanto más profundo es este alejamiento, tanto mayores son las consecuencias; cuando es total, se siente la desesperación. Y cuanto más uno —por un decreto de Dios— prueba este alejamiento sin haberlo merecido, sufre mucho más porque el alma siente esta separación como cuando una carne viva siente la separación de un miembro del cuerpo. Es un estupor doloroso, desalentador, que el que no lo ha experimentado no lo comprende. Yo lo probé. Yo tuve que probar todo, incluso vuestras desesperaciones, para poder, respecto a todo, interceder a favor de vosotros ante el Padre. Sé lo que significa decir: «Me encuentro solo. Todos me han traicionado, abandonado. Tampoco el Padre, tampoco Dios, viene en mi ayuda». ■ Por este motivo realizo prodigios misteriosos de gracia en los corazones oprimidos por la desesperación, y por esto pido a mis predilectos que beban de este cáliz mío tan amargo que bebí Yo, para que ellos —los que naufragan en el mar de la desesperación— no rechacen la cruz que les ofrezco como ancla de salvación, sino que se aferren a ella, y así pueda Yo llevarles al puerto de la bienaventuranza. ¡Solamente Yo sé cuánto hubiera necesitado al Padre en la noche del jueves! Mi alma agonizaba ya por el esfuerzo de haber tenido que superar los dos mayores dolores de un hombre: el adiós a una Madre sin igual, y la proximidad del amigo infiel. Dos heridas que me taladraban el corazón: una con su llanto, la otra con su odio. Me vi obligado a compartir el pan con mi Caín. Tuve que tratarle como amigo para que los demás no cayesen en la cuenta y evitar de este modo un crimen, que por otra parte era inútil, porque estaba ya escrito en el libro de la vida: mi santa muerte, y el suicidio de Judas. ■ Dios no quería otras muertes. Aparte de mi Sangre, ninguna otra debía ser derramada, y no lo fue. Judas se ahorcó y entregó su sangre impura a Satanás, sangre que no debía mezclarse, al caer sobre la Tierra, con la Sangre purísima del Inocente. Estas dos heridas hubieran sido bastantes para hacerme agonizar. Pero era Yo el que tenía que expiar, la Víctima, el Cordero. Éste, antes de ser inmolado, sabe lo que duele la marca del hierro candente, los golpes, el trasquilo, ser vendido al carnicero, para sentir al fin el frío del hierro que le corta la garganta. Antes, debe dejar todo: los pastos donde creció, la madre que le crió, le alimentó, le dio calor, los compañeros con quienes convivió. Todo lo conocí y experimenté, Yo, el Cordero de Dios”.
*  Al alejarse el Padre llegó la hora del odio satánico sobre la carne, lo moral y lo espiritual (abandono y desesperación).- Juan, Judas, Jesús ante Satanás.-Jesús: “Por esta razón, al alejarse el Padre, llegó Satanás. Había venido al principio de mi misión a tentarme para que no la realizase. Ahora volvía. Era su hora. La hora del odio satánico. Multitudes de demonios había sobre la Tierra para seducir los corazones, para ayudarles a decidir mi muerte. Cada miembro del Sanedrín tenía el suyo, el suyo Herodes, el suyo Pilatos, y el suyo cada uno de los judíos que pidieron mi Sangre. También tenían los apóstoles a su tentador a su lado, que les adormecía, mientras Yo me debilitaba, que les preparaba para ser cobardes. Sin embargo hay que tener en cuenta el poder de la pureza. Juan, que era puro, fue el primero que se libró del influjo satánico, y volvió enseguida a su Jesús, y me trajo a mi Madre. Judas tenía a Lucifer y Yo le tenía cerca. Él en el corazón, Yo a mi lado. Éramos los dos personajes principales de la tragedia, y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros. Después de que empujó a Judas hasta el punto de que no podía retroceder, se volvió contra Mí. Con su perfecta astucia me presentó los tormentos corporales con un realismo insuperable. En el desierto empezó también por la carne. Con la oración vencí. El espíritu se sobrepuso al temor que sentía la carne. ■ Me presentó entonces la inutilidad de mi muerte, el gozo de la vida, sin tener que ocuparme de hombres ingratos. Vivir rico, feliz, amado. Vivir para mi Madre, para no hacerla sufrir. Vivir para llevar a Dios a través de un largo apostolado a muchísimos hombres, los cuales, por el contrario, si Yo muriera, me olvidarían, mientras que, si fuera Maestro no durante tres años sino durante muchos lustros, terminarían identificándose con mi doctrina. Sus ángeles me ayudarían a seducir a los hombres. ¿No estaba Yo viendo que los ángeles de Dios no venían en mi ayuda? Después, Dios me perdonaría al ver las multitudes de creyentes que le habría de llevar. También en el desierto me había inducido a tentar a Dios con la imprudencia. Le vencí con la oración. El espíritu se sobrepuso a la tentación moral. ■ Me presentó el abandono de Dios. Él, el Padre, ya no me amaba. Yo estaba cargado con todos los pecados del mundo. Le causaba repulsa. Estaba ausente, me dejaba solo. Me entregaba al escarnio de una plebe despiadada. Y no me concedía ni siquiera su consuelo divino. Solo, solo y solo. En esa hora solo Satanás estaba cerca de Mí. Dios y los hombres estaban ausentes porque ya no me amaban. Me odiaban o se mostraban indiferentes. Entre tanto, Yo oraba para cubrir con mi oración las palabras satánicas. Pero mi plegaria ya no subía a Dios. Volvía a caer sobre Mí, como piedras lanzadas para lapidar a alguien y me aplastaba bajo su cúmulo. La plegaria, que para Mí era siempre caricia hecha al Padre, voz que llegaba hasta Él, y a la que respondían la caricia y la palabra paternas, ahora estaba muerta: era inútil enviarla a un Cielo que había cerrado sus puertas. Fue entonces cuando probé la amargura del fondo del cáliz: el sabor de la desesperación. Esto era lo que pretendía Satanás: llevarme a la desesperación para convertirme en esclavo suyo. Vencí la desesperación y la vencí solo con mis propias fuerzas, porque quise vencerla. Solo con mis fuerzas de Hombre. Ya no era más que el Hombre. No era más que un hombre, a quien Dios no ayudaba. Cuando Dios ayuda, es fácil soportar, incluso todo el mundo, como si fuera un juguete de niños. Pero cuando no ayuda, aun el peso de una flor produce cansancio. Vencí a la desesperación y a Satanás, su creador, por servir a Dios y a vosotros dándoos la Vida. Pero saboreé la Muerte. No la muerte física del crucificado —no fue tan dolorosa— sino la Muerte total, consciente, del luchador que cae, después de haber triunfado, con el corazón destrozado, con una sangre que se perdía por la herida de un esfuerzo superior a las fuerzas humanas. Y sudé sangre. La sudé, sí, por ser fiel a la voluntad de Dios”.
*  El ángel de mi dolor y vuestros nombres.-Jesús: “Esta es la razón por la cual el ángel de mi dolor me presentó, como medicina para mi agonía, la esperanza de todos lo que se salvarían por medio de mi sacrificio. ¡Vuestros nombres! Cada uno de ellos fue para Mí una gota medicinal inyectada en mis venas que me dio fuerzas; cada uno de vuestros nombres fue para Mí luz que volvía, vigor que volvía. Durante las horas dolorosísimas, para no gritar el dolor que soportaba como Hombre y para no desesperar de Dios y decir que era demasiado severo e injusto para con su Víctima, Yo me repetía vuestros nombres. Yo os vi. Desde aquella hora os bendije. Desde aquellos momentos os he llevado en mi corazón. Y cuando llegó para vosotros la hora de estar en la Tierra, me asomé al Cielo y me incliné para acompañar vuestra venida, regocijándome al pensar que una nueva flor de amor había nacido en el mundo y que viviría por Mí. ¡Oh benditos míos! ¡Consuelo mío cuando agonizaba! ■ Mi Madre, mi apóstol, las mujeres piadosas estuvieron presentes cuando moría, pero también vosotros. Mis ojos agonizantes os miraron junto con el rostro adolorido de Mi Madre, y los cerré gozoso porque habían visto que os salvaríais, que erais dignos del Sacrificio de un Dios”. (Escrito el 15 de Febrero de 1944).
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9-603-457 (10-5-345).- Los dolores concretos de la Pasión.- “No meditáis nunca en lo que me costasteis”.
*  Las cosas de la Creación no tenían espinas, veneno ni dureza. Satanás introdujo la insidia en el hombre, y ésta parió, con el castigo del pecado, cardos y espinas.- ■ Dice Jesús: “Conoces ya todos los dolores que precedieron a mi Pasión. Ahora te daré a conocer los dolores concretos de la Pasión. Los que más llaman vuestra atención, aun cuando, a decir verdad, muy poco meditáis en ellos. No reflexionáis en lo que me habéis costado, y en las torturas que os dieron la salvación. Vosotros que os quejáis de una picadura, de un golpe contra un saliente, de un dolor de cabeza, no pensáis que era Yo por entero una llaga, que esas llagas estaban envenenadas por muchas cosas, que las cosas mismas eran empleadas como tormento de su Creador porque torturaban al ya torturado Dios-Hijo sin respeto a Aquel que, siendo Padre de la Creación, las había formado. Pero las cosas no tenían culpa alguna. El culpable era solo el hombre; culpable desde el día en que dio oídos a Satanás, allá en el Paraíso terrenal. ■ Hasta ese momento, las cosas de la Creación no tenían para el hombre ni espinas, ni veneno, ni dureza. Dios había constituido rey a este hombre hecho a su imagen y semejanza, y llevado de su amor paternal no había querido que las cosas le hiciesen daño. Satanás introdujo la insidia. Primero en el corazón del hombre; luego esta insidia parió para el hombre, con el castigo del pecado, los cardos y las espinas (1). ■ Y he aquí que Yo, el Hombre, tuve que sufrir no solo de mano de las personas sino también por las cosas, recibir sufrimiento de las cosas. Las personas me insultaron y atormentaron; las cosas fueron el arma usada. La mano que Dios había hecho al hombre para distinguirle de los animales, esa mano que Dios enseñó al hombre a usar, esa mano a la que Dios había hecho el instrumento de la mente, esta parte vuestra que es tan perfecta y que hubiera debido ofrecer solamente caricias al Hijo de Dios —de quien había recibido solo caricias y salud si estaba enferma— se rebeló contra el Hijo de Dios y le dio bofetones y puñetazos, y se armó de azote y se transformó en tenaza para arrancar el pelo y la barba, o se armó de martillo para hincar clavos. Los pies del hombre, que hubieran debido solo correr diligentes para ir a adorar al Hijo de Dios, se movieron veloces para ir a capturarme y arrastrarme por las calles hasta mis verdugos, a empujones y tirones; fueron veloces para darme patadas de un modo que no es lícito usar con un mulo terco. La boca del hombre, que hubiera debido usar la palabra, esa palabra que es la cualidad otorgada al hombre y a ningún animal creado, para alabar y bendecir al Hijo de Dios, se llenó de blasfemias y mentiras y arrojó éstas, junto con su baba, contra mi persona. La mente del hombre, signo de su origen celestial, se fatigó en inventar tormentos de un refinado rigor. ■ El hombre empleó todo su ser para torturar al Hijo de Dios. No dudó en llamar a la Tierra, con sus formas, como ayuda en la tortura. Hizo de las piedras proyectiles para herirme; de las ramas de los árboles, palos para golpearme; del trenzado cáñamo, sogas para arrastrarme serrándome las carnes; de las espinas, una corona para mi cabeza; del hierro, un exasperante azote; de la caña, mi cetro de tortura; de las piedras flojas del camino, obstáculo para el pie vacilante de Aquel que subía, muriendo, para morir crucificado. ■ A las cosas de la tierra se unieron las del cielo. El frío del alba hirió mi cuerpo agotado, ya desde el huerto, el aire que golpeaba mis heridas, el sol que aumentaba la quemazón y la fiebre y traía moscas y polvo, y cegaba los ojos con su resplandor. Y a las cosas del cielo se unieron las fibras concedidas al hombre para cubrir su desnudez: el cuero se convirtió en azote, la lana que es suave y dulce se adhirió a mis heridas, de modo que cualquier movimiento me producía un nuevo dolor. Todo, todo sirvió para atormentar al Hijo de Dios. Lo que fue creado por Él, en los momentos en que se convirtió en Hostia de Dios, se convirtió en su enemigo. ■ Tu Jesús, María, no encontró ningún consuelo. Todas las cosas se volvieron contra Mí como serpientes venenosas. En esto deberíais pensar cuando sufrís; y, comparando vuestras imperfecciones con mi perfección y mi dolor con el vuestro, reconocer que el Padre os ama como no me amó a Mí en aquella hora; y amarle, por tanto, con todo vuestro ser, como Yo le amé a pesar de su severidad”. (Escrito el 16 de Febrero de 1944).
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1   Nota   : Cfr. Gén. 3.
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10-604-2 (11-22-508).- Los diversos procesos (1).
* Del Getsemaní hasta la casa de Anás.- ■ Empieza el camino del dolor por la vereda pedregosa que lleva desde el calvero donde Jesús fue capturado hasta el Cedrón, y desde el Cedrón, por otro camino, hasta la ciudad. La burla y la crueldad empiezan inmediatamente. Jesús, yendo atado por las muñecas, e incluso por la cintura, como si de un hombre peligroso se tratara, confiados los cabos de las cuerdas a unos hombres llenos de odio, se ve tirado de un lado y de otro como una piltrafa, abandonado a la ira de una manada de perros. Pero aún tendrían justificación los que así actúan si fueran perros; sin embargo, tienen el nombre de seres humanos, aunque de humano no tengan más que la figura. Y si han pensado en esa atadura de dos sogas opuestas ha sido para causar mayor dolor. Una de las dos tiene la única función de inmovilizar las muñecas, y las lacera y va serrando con su áspero roce; la otra, la de la cintura, comprime los codos contra el tórax, y oprime horriblemente el abdomen, torturando el hígado y los riñones, donde hay un grueso nudo, y donde, de vez en cuando, el que lleva los cabos de las cuerdas, da latigazos con ellos, gritando: “¡Arre! ¡Adelante, borrico!”, a sus palabras añade puntapiés detrás de las rodillas de Jesús que se bambolea y que, si no cae por tierra, es porque las sogas le sujetan en pie. ■ De todas formas, las cuerdas no evitan que —tirando de Él hacia la derecha el que se ocupa de las manos y hacia la izquierda el que sujeta la soga la cintura— Jesús vaya chocando contra muretes y troncos y que, debido a un tirón más cruel, recibido cuando está para cruzar el puente del Cedrón, caiga duramente contra el pretil del puentecillo. Su boca, que se ha golpeado, comienza a sangrar. Levanta sus manos amarradas para limpiarse la sangre que le ensucia la barba, y no habla: es verdaderamente el cordero que no se opone a quien le atormenta. Unos de entre la gente, entretanto, han bajado al guijarral a coger piedras y guijarros, y desde abajo empiezan a apedrearle; porque no es cosa fácil atravesar el estrecho e inseguro puentecillo donde la gente se apiña obstaculizándose a sí misma, y las piedras golpean a Jesús en la cabeza, en la espalda; no solo a Jesús, sino también a sus torturadores, que reaccionan lanzando palos y devolviendo las propias piedras. Y esto contribuye a golpear nuevamente a Jesús en la cabeza y en el cuello. Pasan, por fin, el puente y ahora la callejuela estrecha proyecta sombras sobre el gentío, porque la luna, que comienza su ocaso, no desciende a esa callejuela y, además, muchas antorchas, en medio de esa confusión, se han apagado. Pero el odio ve más allá de la oscuridad, y hace objeto suyo la estatura elevada de Jesús. Fácil es herirle, asirle de los cabellos y obligarle a doblar la cabeza, sobre la que arrojan una inmundicia que le llega a los ojos, a la boca, causándole náusea y dolor. ■ Entran ahora en el suburbio de Ofel, ese suburbio donde tanto bien Él ha distribuido. La gentuza llama a los que están durmiendo para que se asomen, y, si las mujeres lanzan gritos de dolor y, aterrorizadas, huyen al ver lo que sucede, los hombres, esos hombres que incluso han recibido de Él curación, ayuda, palabras de amigo, o bien agachan la cabeza con indiferencia, fingiendo desinterés al menos, o bien pasan de la curiosidad al odio, a las carcajadas, a las amenazas, e incluso se unen a los demás para mostrar su crueldad. Satanás ha puesto ya manos a su obra… A un hombre casado que quiere seguirle para vejarlo, su mujer le sale al paso gritándole: “¡Cobarde! ¡Si vives es por Él! ¡Tú, montón de podredumbre! No olvides”. El marido con un fuerte golpe la hace a un lado. Ella cae por el suelo, mientras él corre a juntarse con los que golpean a Jesús y le lanza una piedra a la cabeza. Una mujer, ya entrada en años, quiere impedir con todas sus fuerzas que su hijo vaya tras de ellos con la ira de hiena en el corazón y con el palo en las manos. Le grita: “¡Asesino! ¡Él te salvó! ¡Si no fuera por Él no vivirías!”. Su hijo le da un puntapié en la ingle. Ella cae gritando: “¡Deicida y matricida! ¡Sé maldito por el seno que rompes otra vez, y por el Mesías a quien hieres!”. ■ La escena, cuanto más se acercan a la ciudad, tanto más aumenta en violencia. Antes de llegar a las murallas están Juan y Pedro. Las puertas ya se han abierto y los soldados romanos, con las armas en mano, miran atentamente dónde y cómo se desenvuelve el tumulto, prontos a intervenir si la gloria de Roma lo exigiese. Creo que Juan y Pedro llegaron allí por un atajo tomado atravesando el Cedrón más arriba del puentecillo, y adelantándose rápidamente a la multitud que se mueve lenta. Se refugian en la penumbra de un zaguán, en una placita que hay enfrente de las murallas. Se han echado los mantos sobre la cabeza, ocultando así sus caras. Pero, cuando Jesús llega, Juan —a la luz de la luna, que allí todavía ilumina antes de desaparecer detrás de la colina que está tras las murallas y que oigo que los verdugos capturadores llaman Tofet— deja caer el manto y muestra su cara pálida y angustiada. Pedro no se atreve a destaparse, pero se acerca para que se le vea… Jesús les mira… y una sonrisa de bondad infinita aparece en su rostro. Pedro se vuelve y regresa a su rincón oscuro, llevándose las manos sobre los ojos, envejecido, como si fuera una piltrafa. Juan valerosamente se queda donde está, y solo cuando la turba ha pasado, se acerca a Pedro, le toma por un codo, le guía como un niño guiaría a su padre ciego, y ambos entran en la ciudad detrás de la multitud vociferante. ■ A mis oídos llegan los gritos de estupor, burla, compasión de los soldados romanos. Algunos están enojados porque los han hecho levantarse por causa de ese “estúpido”; otros se burlan de los judíos que han sido capaces de prender “a una mujercilla”; otros tienen compasión de la Víctima que “siempre ha sido bueno”, y hay quien dice: “hubiera preferido que me hubieran matado a mí antes de verle a Él en esas manos. Él vale mucho. Dos cosas amo en el mundo: a Él y a Roma”. Uno de mayor graduación exclama: “¡Por Júpiter!, yo no quiero ningún problema. Voy donde el oficial. Que se encargue él de decírselo a quien tenga que decírselo. No quiero que me manden a pelear contra los Germanos. Estos hebreos apestan, son unas sierpes y carroñas, pero aquí mi vida está segura. Pronto me licenciarán, y en Pompeya tengo a mi novia…”. ■ Los dejo para seguir a Jesús, que continúa por la calle que forma un arco al subir al Templo. Veo y comprendo que la casa de Anás, a donde quieren llevarle, está y no está en ese laberinto que es el Templo y que ocupa toda la colina Sión. Está en el extremo, cerca de una serie de muros que parecen delimitar por esta parte a la ciudad y que desde ahí se prolongan en pórticos y patios siguiendo la ladera del monte, hasta llegar al recinto de lo que es Templo en el pleno sentido de la palabra, esto es, el lugar a donde vienen los israelitas para sus manifestaciones de culto.
* Ante el Sumo Sacerdote Anás.- ■ Una alta puerta guarnecida de hierro se abre en el muro. Se acercan a ella solícitas esas hienas y tocan fuertemente. Apenas la abren, sin ningún respeto a los criados, entran apresuradamente llevando a Jesús. Una vez dentro, cierran y trancan, temerosos tal vez de los soldados romanos o de los partidarios de Jesús. Pero, ¿dónde están sus partidarios?… Atraviesan el atrio de entrada, luego cruzan un amplio patio, un corredor, y otro pórtico y un nuevo patio, y suben a tirones a Jesús por tres escalones, obligándole a atravesar casi de carrera una galería realzada respecto al patio, para llegar antes a una rica sala donde espera un hombre anciano vestido de sacerdote. “Que Dios te dé sus consuelos, Anás” dice el que parece ser el oficial, si así puede llamarse el bribón que ha sido el jefe de esos sinvergüenzas. “Aquí tienes al culpable. Lo entrego a tu santidad para que Israel se vea limpio de toda culpa”. Anás: “Que Dios te bendiga por tu astucia y fidelidad”. ¡Vaya una audacia! Había sido suficiente la voz de Jesús para que los hubiera hecho caer por tierra como en el Getsemaní. ■ Anás: “¿Quién eres Tú?”. Jesús: “Jesús de Nazaret, el Rabí, el Mesías. Tú me conoces. No he hecho nada en la oscuridad”. Anás: “En la oscuridad, no, pero has hecho que la gente se extravíe con enseñanzas tenebrosas. El Templo tiene derecho y obligación de vigilar por el alma de los hijos de Abraham”. Jesús: “¡Las almas! Sacerdote de Israel, ¿puedes decir que por el alma del más pequeño o del más grande de este pueblo has sufrido?”. Anás: “¿Y Tú acaso sí? ¿Qué has hecho que pueda llamarse sufrimiento?”. Jesús: “Que ¿qué he hecho? ¿Por qué me lo preguntas? Todo Israel lo sabe. Tanto las piedras de la ciudad santa como las del más pobre pueblecillo hablan para decir lo que he hecho. He dado vista a los ciegos: la de los ojos y la del corazón. He abierto los oídos a los sordos: para las voces de la Tierra, y para las del Cielo. He hecho que caminasen los lisiados, los paralíticos y para que emprendiesen el camino que lleva a Dios, dejando la carne, y luego continuasen con el espíritu. He limpiado a los leprosos: de las lepras que señala la Ley mosaica, y de las que hacen a un hombre leproso ante Dios, o sea, de los pecados. He resucitado a los muertos. Y no afirmo que sea una cosa grande llamar a una carne de nuevo a la vida, sino que digo que grande es redimir a un pecador. Cosa que lo he hecho. He socorrido a los pobres, enseñado a los ambiciosos y ricos israelitas el precepto santo del amor al prójimo; y, permanecido pobre a pesar del río de oro que ha pasado por mis manos, he secado Yo solo más lágrimas que todos vosotros, dueños de riquezas. En fin, he repartido una riqueza que no tiene nombre: el conocimiento de la Ley de Dios, la certeza de que todos somos iguales y de que, ante los ojos santos del Padre, igual es el llanto derramado —o el delito cometido— por el Tetrarca o por el Pontífice, por el mendigo o el leproso que mueren en el camino. Esto he hecho y no otra cosa”. ■ Anás: “¿No comprendes que Tú mismo te acusas? Has dicho: las lepras que hacen leprosos ante Dios y que no están señaladas en el libro de Moisés (2). Insultas a Moisés e insinúas que hay lagunas en su Ley…”. Jesús: “No. La Ley no es de Moisés sino de Dios. Yo afirmo que más grave que la lepra, que cubre la carne y que algún día termina, es el pecado, que es desgracia del alma y para siempre”. Anás: “¿Has tenido el atrevimiento de afirmar que perdonas los pecados. ¿Cómo puedes hacerlo?”. Jesús: “Si con un poco de agua lustral y el sacrificio de un carnero es lícito y todos creen que es posible anular una culpa, expiarla y verse limpio de ella, ¿qué no podrá lograr mi llanto, mi Sangre y mi voluntad?”. Anás: “Pero Tú no estás muerto. ¿Dónde está, entonces, esa Sangre?”. Jesús: “Todavía no estoy muerto, pero lo estaré, porque escrito está, antes de que Sión existiese, antes de Moisés, antes de Jacob, de Abraham, desde que el rey del Mal mordió el corazón del hombre y le envenenó con él el de sus hijos (3). Está escrito en la Tierra, en los Libros donde resuena la voz de los profetas. Está escrito en los corazones. En el tuyo, en el de Caifás, en los sanedristas que no me perdonan. ¡No! Tales corazones no pueden perdonarme que haya sido Yo bueno. Yo absuelvo anticipándome en vistas de mi Sangre. Ahora realizo la absolución con la purificación que Ella proporciona”. Anás: “Nos has llamado ambiciosos y dices que ignoramos el precepto del amor…”. Jesús: “¿Y no es verdad acaso? ¿Por qué razón me queréis matar? Porque tenéis miedo de que os quite el trono. ¡No tengáis miedo de ello! Mi Reino no es de este mundo. Os permito que sigáis siendo dueños del poder. El Eterno sabrá decir un «basta», que os hará caer fulminados…”. Anás: “¿Cómo Doras, acaso?”. Jesús: “Él murió por la ira que tenía, no por un rayo del Cielo. Dios le esperaba al otro lado para fulminarle”. Anás: “¿Y esto me lo dices a mí que soy pariente suyo? ¿A esto te atreves?”. Jesús: “Yo soy la Verdad. Y la Verdad nunca es cobarde”. Anás: “Eres un soberbio y un loco”. Jesús: “No: sincero. Me acusas de haberos ofendido. Pero ¿acaso no os odiáis unos a otros? Ahora el odio que me tenéis os une contra Mí. Pero mañana, cuando me hayáis matado, volverá el odio a reinar entre vosotros. Y será un odio más fiero. Y viviréis con esa hiena sobre vuestras espaldas y esta serpiente en el corazón. Yo he enseñado el amor, por compasión al mundo. He enseñado a no ser ambiciosos, a tener misericordia. ■ ¿De qué me acusáis?”. Anás: “De haber introducido una doctrina nueva”. Jesús: “¡Oh, sacerdote! En Israel pululan nuevas doctrinas: los esenios tienen la suya; los sadoquitas, la suya; los fariseos, la suya. Cada uno tiene su doctrina secreta, que para unos se llama placer, para otros oro, para otros poder. Cada uno tiene su ídolo. No así Yo. He vuelto a tomar la Ley de mi Padre pisoteada, la Ley del Dios eterno, y he repetido sencillamente los diez mandamientos, gastando todas mis fuerzas para que entrara en los corazones que ya no los conocían”. Anás: “¡Horror! ¡Blasfemia! A mí que soy sacerdote, ¿me dices esto? ¿No tiene Israel un Templo? ¿Somos acaso como los desterrados de Babilonia? Responde”. Jesús: “Lo sois, y peor todavía. Hay un Templo, es verdad. Un edificio. Pero Dios no está en él. Ha huido ante la abominación que ha visto en su casa. Pero ¿para qué me preguntas tanto, si mi muerte ha sido ya decidida?”. Anás: “No somos asesinos. Castigamos con la muerte después de haber probado si la culpa la merece. ■ Quiero salvarte. Respóndeme a esto y te salvaré. ¿Dónde están tus discípulos? Si me los entregas te dejo en libertad. Dime sus nombres, los de todos, y especialmente los de los más ocultos. Dime: ¿Nicodemo es discípulo tuyo? ¿José también? ¿Y Gamaliel? ¿Y Eleazar? Y… Pero de esto lo sé… No es necesario. Habla. Habla. Ten en cuenta que te puedo condenar a muerte o salvar. Soy influyente”. Jesús: “Eres fango. Dejo al fango el trabajo de un espía. Yo soy la Luz”. Un esbirro le da una bofetada. Jesús: “Yo soy la Luz. La Luz y Verdad. He hablado públicamente a todos. He enseñado en las sinagogas, en el Templo donde se reúnen los judíos, y nada he dicho en secreto. Lo repito. ¿Por qué me interrogas a Mí? Interroga a los que oyeron lo que dije. Lo saben”. Otro esbirro le suelta un bofetón, gritándole: “¿De este modo respondes al Sumo Sacerdote?”. Jesús: “Estoy hablando a Anás. El Pontífice es Caifás. Le hablo con el respeto debido a los ancianos. Pero, si te ha parecido mal demuéstramelo, si no, ¿por qué me has pegado?”. Anás: “Déjale. Déjale. Voy a donde Caifás. Tenedle aquí hasta nueva orden mía. Impedid que alguien hable con Él”. ■ Anás sale. Jesús no habla, no; ni siquiera con Juan que se ha atrevido a estar en la puerta, sin temer a la plebe de esbirros. Sin decirle una palabra, pero sí con la mirada triste, le ordena que se vaya, y le pierdo de vista.
* Ante el Pontífice Caifás.- ■ Jesús se queda entre los verdugos. Le golpean con las cuerdas, salivazos, burlas, patadas, tirones de pelo, hasta que llega un siervo diciendo que le lleven a la casa de Caifás. Jesús, amarrado y maltratado, sale, y pasa al pórtico, lo recorre hasta llegar a un zaguán para cruzar luego un patio en que hay mucha gente calentándose alrededor de una hoguera, porque hace frío y sopla el viento en las primeras horas de la madrugada del viernes. Está también Pedro con Juan; mezclados ambos entre el gentío hostil. Y deben tener bastante valor para estar allí. Jesús les mira y una sombra de sonrisa se dibuja en su boca ya hinchada por los golpes recibidos. El recorrido entre pórticos y atrios, patios y corredores es largo. ¡Pero qué casas tenía esta gente del Templo! Mas la gente no entra en el recinto pontificio. Se les impide ir más allá del atrio de Anás. Jesús va solo, entre esbirros y sacerdotes. ■ Entra en una vasta sala que parece perder su forma rectangular por los muchos asientos en forma de herradura de caballo, colocados en las tres paredes y dejando en el centro un espacio vacío, tras el cual hay dos o tres asientos elevados sobre tarimas. Cuando Jesús va a entrar, llega Gamaliel el rabí. Los guardias le dan un empujón al Prisionero para que deje el paso libre al doctor de Israel. Pero éste, derecho como una estatua, hierático, acorta el paso, y moviendo apenas los labios, sin mirar a nadie, pregunta: “¿Quién eres? Dímelo”. Y Jesús dulcemente: “Lee a los profetas y te responderán. La primera señal está en ellos. La otra se aproxima”. Gamaliel se recoge el manto y entra. Le sigue Jesús. Mientras Gamaliel se dirige a su asiento, Jesús es arrastrado al centro de la sala, ante el Pontífice, que es el retrato vivo del criminal. Espera hasta que todos los miembros del Sanedrín hayan entrado. Luego empieza la sesión. ■ Caifás ve dos o tres asientos vacíos y pregunta: “¿Dónde está Eleazar? ¿Y Juan?”. Se pone de pie un joven escriba, según me parece, hace una reverencia y dice: “No quisieron venir. Aquí está escrito”. Caifás: “Que se conserve y se tome nota. Responderán de ello. ¿Qué tienen que decir los miembros santos de este Consejo acerca de éste?”. Ismael ben Fabi: “Yo tomo la palabra. En mi casa violó el sábado. Dios es testigo de que no miento. Ismael ben Fabi nunca miente”. Caifás: “¿Es verdad, acusado?”. Jesús no responde. “Yo soy testigo de que convivía con prostitutas. Fingiéndose profeta, convirtió su albergue en un lupanar, y, para colmo, invitaba hasta las paganas. Conmigo estuvieron Sadoc, Calascebona, y Nahúm apoderado de Anás. ¿No es verdad, Sadoc y Calascebona? Desmentidme, si no es verdad”. “Es como acabas de decir”. Jesús guarda silencio. “No perdía la ocasión de burlarse de nosotros, y de hacer que otros lo hiciesen. Si la gente no nos ama, es su culpa”. Caifás: “¿Lo oyes? Has profanado a los miembros santos del Consejo”. Jesús no responde. “Este hombre está endemoniado. Vuelto de Egipto, ejercita la magia negra”. Caifás: “¿Cómo lo pruebas?”. Sanedrista: “Bajo mi palabra y por las tablas de la Ley”. Caifás: “La acusación es grave. Defiéndete”. Jesús no responde. Caifás: “Es ilegal tu ministerio, tenlo en cuenta. Merece la muerte. Habla”. ■ Gamaliel grita: “Ilegal es esta sesión nuestra. Levántate, Simeón, y vámonos”. Caifás: “Pero rabí ¿estás loco?”. Gamaliel: “Respeto las fórmulas. No es lícito proceder como lo estamos haciendo. Presentaré una acusación pública“. El Rabí Gamaliel sale tieso como una estatua. Le sigue un hombre de treinta y cinco años que se le parece. Terminada la breve confusión que provoca la salida de Gamaliel, Nicodemo y José aprovechan la oportunidad para hablar en favor de Jesús. Nicodemo dice: “Gamaliel tiene razón. La hora como el lugar son ilícitos y las acusaciones no tienen ningún peso. ¿O puede alguien acusarle de haber en realidad despreciado la Ley? Soy amigo suyo, y juro que siempre le vi respetuoso para con ella”. José de Arimatea: “Lo mismo yo. Y para no suscribir un crimen, me cubro la cabeza, no por Él, sino por nosotros y me voy”, y José hace por bajar de su asiento e irse. Caifás grita: “¡Ah, con que esas tenemos! ■ Que vengan los testigos jurados, y escuchad, luego podéis iros”. Entran dos tipos de la peor calaña. Miradas huidizas, sonrisas sarcásticas y crueles. Caifás ordena: “Hablad”. José grita: “No es lícito oírlos juntos”. Caifás: “Soy el Sumo Sacerdote. Lo ordeno. ¡Silencio!”. José da un puñetazo sobre la mesa y dice: “¡Que las llamas del cielo caigan sobre ti! Desde este momento sabe que José el Anciano es enemigo del Sanedrín y amigo de Jesús. Y así paso a informar al Pretor que aquí se condena a alguien a muerte sin contar con Roma” y sale violentamente, dando un empujón a un delgado y joven escriba que quiere detenerle. Nicodemo, más moderado, se va sin decir ni una palabra. Al salir pasa ante Jesús y le mira… Nueva agitación: la temible sombra de Roma se proyecta. La víctima expiatoria sigue siendo Jesús. Caifás: “¡Por tu culpa! ¡Corruptor de los mejores judíos! ¡Los has pervertido!”. Jesús no protesta. Caifás grita: “Que hablen los testigos”. Testigo: “¡Bueno! Éste empleaba el… el… Lo sabíamos.. ¿Cómo se llama esa cosa?”. Caifás: “¿Te refieres al tetragrama?”. Testigo: “Exacto. Tú lo has dicho. Invocaba a los muertos. Enseñaba que no se observase el sábado y que se profanase el altar. Lo juramos. Decía que Él destruiría el Templo para reedificarlo en tres días con la ayuda de los demonios”. Sanedrista: “No. Él decía que no sería fabricado por el hombre”. Caifás baja de su silla y se acerca a Jesús. Pequeño, obeso, como un reptil que hablase de amor a una estrella. Porque Jesús, a pesar de los golpes recibidos, de que está sucio y despeinado, aparece todavía muy hermoso y majestuoso. Caifás: “¿No respondes a esas acusaciones tan graves, tan horrendas? Habla, y borra la mancha que sobre Ti han echado”. Jesús guarda silencio. Le mira. ■ Caifás: “Entonces, respóndeme. Soy el Pontífice. En nombre de Dios vivo, dime: ¿Eres Tú, el Mesías, el Hijo de Dios?”. Jesús: “Tú lo has dicho. Yo lo soy. Y veréis al Hijo del hombre, sentado a la derecha del poder del Padre, que vendrá sobre las nubes del cielo. Por lo demás, ¿para qué me preguntas? He hablado durante tres años. Nada he dicho ocultamente. Pregunta a los que han oído, que te referirán lo que he enseñado y lo que he hecho”. Uno de los soldados le pega en la boca, haciéndole sangrar de nuevo y le grita: “¿De este modo respondes, ¡oh Satanás!, al sumo Pontífice?”. Jesús responde dulcemente a éste como al anterior: “Si he hablado bien, ¿por qué me has pegado? Si mal, ¿por qué no me muestras dónde mi error? Repito: soy el Mesías, el Hijo de Dios. No puedo mentir. Soy el sumo Sacerdote, el eterno Sacerdote. Soy el único que llevo el Racional (4) sobre el que está escrito: Doctrina y verdad. Y a éstas soy fiel. Hasta la muerte, ignominiosa a los ojos del mundo, santa a los ojos de Dios; y hasta la bienaventurada resurrección. Soy el Pontífice ungido, soy el Rey. Y estoy a punto de tomar mi cetro y con él, como si fuese ventilador, limpiaré la era. Este Templo será destruido y volverá a levantarse, nuevo, santo, porque el actual está corrompido y Dios lo ha abandonado a su destino”. ■ Todos al unísono gritan: “¡Blasfemo! ¿Lo vas a hacer en tres días, Tú, loco y endemoniado?”. Jesús: “No éste, sino el mío es el que resurgirá, el Templo del Dios verdadero, del Dios vivo, del Dios santo, del tres veces santo”. Todos gritan al unísono de nuevo: “¡Anatema!”. Caifás levanta su voz de vejete, se rasga su vestidura de lino con un fingido horror y dice: “No tenemos necesidad de oír otros testimonios. Hemos oído su blasfemia. ¿Qué vamos a hacerle?”. Todos a coro: “Es reo de muerte”. Haciendo gestos de desprecio y de escándalo salen de la sala.
* Pedro niega por 3ª vez y el canto del gallo.- De nuevo a la sala del Consejo. Jesús es condenado a muerte. ■ Jesús queda a merced de los esbirros y del grupo de falsos testigos que entre bofetadas, puñetazos, salivazos, le vendan los ojos con un trapo, y luego tirándole con todas sus fuerzas de sus cabellos, le arrastran de acá para allá con las manos amarradas, de modo que se pega contra mesas y paredes. Y le preguntan: “¿Quién te ha pegado? Adivina”. Varias veces le ponen zancadilla, y Jesús cae al suelo cuan largo es, y se ríen a carcajadas al ver cómo, con las manos atadas, a duras penas se levanta. De este modo pasan las horas. Los verdugos, cansados ya, creen que conviene descansar un poco. Llevan a Jesús a un cuchitril haciéndole atravesar muchos patios en medio de la befa de la plebe que ha venido reuniéndose en los recintos de las casas pontificales. Jesús llega al lugar donde está Pedro calentándose al fuego, y le mira. Pero Pedro esquiva la mirada. Juan ya no está. No le veo. Creo que se habrá ido con Nicodemo… Débilmente llega la aurora envuelta en color negruzco. Se ha dado la orden de llevar de nuevo a Jesús a la sala del Consejo para un proceso más legal. ■ Es el momento en que Pedro niega por tercera vez conocer a Jesús cuando Él pasa, marcado ya por los golpes. A la luz verdosa del alba, los moratones toman un aspecto horroroso, los ojos se ven más hundidos y vidriosos; se ve un Jesús sumergido en el dolor que el mundo le proporciona… Un gallo lanza al aire, que apenas si el alba mueve, su chillido estridente, sarcástico, burlón. En el momento en que aparece Jesús, no se oye otra cosa que la voz ronca de Pedro: “Lo juro, mujer. No le conozco”. Sus palabras son secas, cortantes, a las que responde el canto del gallo como si jugara con ellas, como si algo le recordara, como si algo le echara en cara. Pedro siente un estremecimiento y vuelve sobre sí para huir. Pero se encuentra frente a Jesús que le mira con una compasión infinita, con un dolor tan triste e intenso que me destroza el corazón como si después de esa mirada no pudiese ver a mi Jesús. Pedro lanza un gemido y sale bamboleándose como si estuviese ebrio. Escapa detrás de dos criados que salen a la calle, y se pierde en la oscuridad. ■ Llevan otra vez a Jesús a la sala. A propósito, le hacen la misma pregunta capciosa: “En nombre de Dios verdadero, dinos: ¿Eres el Mesías?”. Y al oír la misma respuesta le condenan a muerte y dan la orden de conducirle ante Pilatos.
* De la sala del Consejo al Pretorio.- ■ Todos sus enemigos, menos Anás y Caifás, le escoltan. Vuelve a pasar por los mismos patios del Templo en donde tantas veces había hablado, hecho el bien, curado. Pasa la muralla almenada, entra en las calles de la ciudad y, más arrastrado que conducido, baja hacia ésta, ahora rojiza por un primer anuncio de la aurora. Me imagino que con el propósito de atormentarle lo más posible, le hacen dar una vuelta inútil, pasando por los mercados, mesones, albergues repletos de gente para la Pascua. Y tanto las verduras que no pueden venderse como los excrementos de los animales sirven de proyectiles contra Él, cuyo rostro presenta, cada vez más, mayores moraduras, magulladuras de sangre, y aparece cubierto de inmundicias. Sus cabellos, ya hechos pesados y ligeramente tiesos debido al sudor sanguíneo, y más opacos, ahora penden despeinados, llenos de paja e inmundicias, y caen sobre los ojos, velándole la cara. Mercaderes y compradores dejan todo para seguir a Jesús, no por amor precisamente. Los mozos de cuadra, los criados de los albergues, salen en masa sin hacer caso a los gritos y órdenes de sus patrones (los cuales, como casi todas las mujeres, la verdad es que se muestran, si no totalmente contrarios a estas ofensas, sí, al menos, indiferentes a esta agitación y se retiran refunfuñando porque tienen que atender solos a tanta gente). ■ La turba vociferante aumenta de minuto en minuto, y parece como si por una imprevista epidemia hiciera cambiar corazones y fisonomías: aquéllos, transformándose en corazones de malhechores; éstas, en máscaras en que se dibuja el odio, la ira. Las manos son ahora garras, curvadas como para desgarrar, las bocas toman la forma y aullido de lobo, los ojos se hacen ceñudos, enrojecidos, estrábicos como los de los locos. En medio de ellos Jesús es el mismo de siempre, aunque con su rostro ensuciado con inmundicias esparcidas por su cuerpo hinchado por moratones y tumefacciones. ■ Al llegar a un tramo abovedado donde el camino se estrecha como anillo, mientras todos avanzan lentamente, un grito: “¡Jesús!” rompe el aire. Es Elías, el pastor, que con su garrote trata de abrirse paso. Viejo, robusto, con aire amenazador y fuerte, logra llegar casi a donde el Maestro. Pero la multitud, desconcertada en un principio, estrecha sus filas y se impone al invasor. Elías grita de nuevo: “¡Maestro!”. Pero su grito se pierde entre la plebe que lo absorbe y rechaza. Jesús: “¡Vete!… Mi Madre… Te bendigo…”. La turba pasa el lugar estrecho. Ahora, como agua que se desborda al encontrar espacio, se desparrama en tumulto en una ancha calle que hay entre dos colinas, sobre cuyas lomas se ven espléndidos palacios de ricos señores. Vuelvo a ver el Templo en lo alto del monte Sión y comprendo que la vuelta que han hecho dar a Jesús ha sido con el propósito de que le insultasen, de que aumentara el número de los que se burlasen de Él. Poco a poco vuelven al lugar de donde habían partido. ■ De un palacio sale a galope un jinete. La gualdrapa de color púrpura que sobresale sobre el color blanco del caballo árabe y la grandiosidad del jinete, su espada blandida desnuda, que golpea de plano sobre las espaldas de la gente y de filo sobre las cabezas que sangran, le dan el aspecto de un arcángel. Cuando un caracol, una empinadura del caballo que corvetea —haciendo de los cascos del caballo un arma de ataque, y el medio más eficaz para que se abra paso el jinete—provoca la caída del velo de púrpura y oro que cubría su cabeza y que estaba sujeto por una cinta dorada, entonces reconozco la cara de Mannaén. Grita: “¡Atrás! ¿Cómo os permitís turbar el descanso del Tetrarca?”. Pero esto es solo una excusa para justificar su intervención y su intento de llegar a donde Jesús. Mannaén grita: “Este hombre… dejádmelo ver. Apartaos, o llamo a la guardia…”. La gente ante los sablazos que reciben, las patadas del caballo, las amenazas del jinete, se abre, y Mannaén llega al grupo donde va Jesús con los guardias del Templo y ordena: “¡Largo! El Tetrarca vale más que vosotros, imbéciles. Atrás. Quiero hablar con Él”, y lo obtiene, embistiendo con su espada contra el más encarnizado de los verdugos. Mannaén grita: “¡Maestro!…”. Jesús: “Gracias. Pero ¡vete! ¡Que Dios te dé fuerzas!”. Y Jesús, con sus manos ligadas y, como puede, hace una señal de bendecirle. La multitud silba de lejos y, en cuanto ve que Mannaén se retira, de haber sido arredrada se venga con una lluvia de piedras e inmundicias contra el Condenado. ■ Por la calle empinada, ya calentada por el sol, se va hacia la Torre Antonia, cuya mole ya aparece lejos. Hiende los aires el grito de una mujer: “¡Salvador mío! Mi vida por la tuya, ¡oh Eterno!”. Jesús vuelve la cabeza y ve, en la alta terraza florida de un hermoso edificio, a Juana de Cusa con criados y criadas, y con los pequeños María y Matías, que tiende los brazos al cielo. ¡Pero el cielo este día ha cerrado sus puertas! Jesús levanta sus manos y hace un gesto de un postrer adiós. La turba grita: “¡A la muerte! ¡A la muerte el blasfemo, el corruptor, el amigo del diablo! ¡A la muerte sus amigos!”. Silbidos y pedradas llegan a la terraza. No sé si alguien fue herido; oigo solo un grito muy agudo, y veo luego que el grupo desaparece. Y siguen adelante, adelante, siempre subiendo… Jerusalén muestra sus casas al sol, vacías, porque el odio las ha vaciado, tanto a sus moradores como a los transeúntes llegados para la Pascua, contra Jesús. ■ Un manípulo de soldados romanos sale corriendo de la Antonia con las astas apuntadas contra la plebe que se dispersa aullando. Quedan en medio de la calle Jesús y los miembros de la guardia con los príncipes de los sacerdotes, algunos escribas y algunos Ancianos del pueblo. Un centurión grita altanero: “¿Por este hombre, esta sedición? Responderéis a Roma”. Judíos: “Es reo de muerte según nuestra ley”. El centurión de mayor graduación, un hombre de cara severa, de un verdadero romano, con una mejilla dividida por una profunda cicatriz, pregunta: “¿Desde cuándo se os ha devuelto el jus gladii et sanguinis?”, y habla con desprecio, con asco como si hablase a galeotes piojosos. Judíos: “Sabemos que no tenemos este derecho. Somos los fieles súbditos de Roma…”. Centurión: “¡Ja, ja, ja! ¡Óyelos, Longinos! ¡Fieles! ¡Subordinados! ¡Inmundicias! Las flechas de mis arqueros serían vuestro mejor premio”. Longinos responde con irónica flema: “¡Morirían como nobles! Las espaldas de los mulos requieren azotes de arrieros y no otra cosa…”. Los jefes de los sacerdotes, escribas y ancianos arrojan espuma de odio. Pero quieren conseguir su objetivo y se callan. Se tragan la ofensa, como si no la hubieran entendido; e, inclinándose, piden a los centuriones que Jesús sea llevado donde Poncio Pilatos para que “juzgue y condene con la muy recta y honesta justicia de Roma”. Centurión: “¡Ja, ja! ¡Óyelos! Somos más sabios que Minerva… ■ ¡Entregadle aquí! Y caminad adelante. Nunca puede estar uno seguro. Sois unos chacales apestosos… Teneros a la espalda es peligroso… ¡Adelante!”. Judíos: “No podemos”. Centurión: “¿Por qué? Cuando alguien acusa debe presentarse ante el juez con el acusado. Es la norma de Roma”. Judíos: “La casa de un pagano es inmunda a nuestros ojos, y ya estamos purificados para la Pascua”. Centurión: “¡Oh, pobrecitos! ¡Se contaminan si entran!… ¿Y matar al único hebreo que vale la pena, que no es chacal, ni reptil como vosotros, no os contamina? Está bien. Quedaos donde estáis. Ni un paso adelante, o las astas se clavarán en vosotros. Una decuria alrededor del Acusado. Los demás, enfrente de esta gentuza que apesta”.
* En el Pretorio ante Pilatos.- ¿Y qué es la Verdad?.- ■ Jesús entra en el Pretorio en medio de diez soldados. Los dos centuriones van delante de ellos. Mientras Jesús se detiene en un vasto atrio, más allá del cual hay un patio que se ve tras una cortina que el viento apenas mueve, ellos desaparecen detrás de una puerta. Vuelven a entrar acompañados del Gobernador que viste una toga blanquísima sobre la que luce un manto de color escarlata. Tal vez se vestían así cuando representaban oficialmente a Roma. Entra indolentemente, con una sonrisita escéptica en la cara rasurada. Tritura entre los dedos unas hojitas de hierba luisa y las huele con placer. Va a un cuadrante solar, lo mira, se vuelve, echa unos granos de incienso en un brasero que hay a los pies de la estatua de una divinidad. Pide que le traigan agua como de limón y hace gárgaras. En un espejo de metal y tersísimo se contempla el peinado, que le cae ondeado. Parece como si se hubiera olvidado del Acusado que espera su aprobación para ser ejecutado. Aun las mismas piedras se encolerizarían contra su modo de ser. Los hebreos, dado que el atrio está todo abierto por delante y elevado tres escalones más respecto del vestíbulo —el cual, a su vez, respecto a la calle a la que da, está ya de por sí elevado sobre otros tres escalones— ven todo perfectamente y se estremecen de ira, pero no se atreven a rebelarse por temor a las lanzas y jabalinas. ■ Por fin, después de haber dado una y más vueltas alrededor del vasto atrio, Pilatos va hacia Jesús. Le mira, y pregunta a los dos centuriones: “¿Se trata de Éste?”. Centurión: “Así es”. Pilatos: “Que vengan los acusadores”. Y va a sentarse en una silla que está sobre una tarima. Sobre la cabeza de Pilatos se ven las insignias de Roma: el águila dorada y las poderosas letras. Centurión: “No pueden entrar. Se contaminan”. Pilatos: “¡¡¡Hala!!! Mejor. Así nos ahorraremos ríos de esencias para quitar el olor a cabra. Que se acerquen al menos. Aquí abajo. Y vosotros tened cuidado de que no entren, dado que no quieren hacerlo. Este hombre puede ser un pretexto para una sedición”. Un saldado sale para llevar la orden del Procurador romano. Los demás forman filas, delante del atrio a iguales distancias unos de otros, hermosos como nueve estatuas de héroes. ■ Se acercan los príncipes de los sacerdotes, los escribas y ancianos. Saludan con inclinaciones serviles y se detienen en la placita que está delante del pretorio, delante de los tres escalones del vestíbulo. Pilatos: “Hablad y sed breves. Os habéis hecho ya culpables por haber turbado el reposo nocturno, y haber obligado por la fuerza a que se os abrieran las puertas. Pero lo verificaré. Y tanto los que os dieron las órdenes como los que obedecisteis, todos, responderéis de ello”. Pilatos ha ido hacia ellos, aunque quedándose en el vestíbulo. Judíos: “Hemos venido a someter a Roma, a cuyo divino emperador representas, nuestra sentencia contra éste”. Pilatos: “¿De qué le acusáis? Me parece inofensivo…”. Judíos: “Si no fuera un malhechor no te hubiéramos traído”. Y con el ansia de acusar dan unos pasos hacia adelante. Pilatos: “¡Rechazad a esa plebe! Seis pasos más allá de los tres escalones de la plaza. ¡Las dos centurias a las armas!”. Los soldados obedecen rápidamente, alineándose cien sobre el escalón externo más alto, vueltas las espaldas al vestíbulo, y cien en la placita a la que da al portal de entrada de la morada de Pilatos. He dicho «portal», debería decir «zaguán» o arco triunfal, porque se trata de un amplio lugar abierto limitado por una verja, que ahora está abierta de par en par, y que da acceso al atrio por el largo corredor del ancho vestíbulo —de al menos seis metros de ancho—, de modo que se ve bien lo que sucede en el atrio realzado. Al pie del amplio vestíbulo se distinguen las caras brutales de los judíos mirando, amenazadoras y satánicas, hacia el interior, mirando desde el otro lado de la barrera armada de los saldados que, codo con codo, como para una revista, presenta doscientas puntas a esos conejos asesinos. Pilatos: “Repito ¿qué acusación traéis contra éste?”. Judíos: “Ha cometido un delito contra la Ley de nuestros padres”. Pilatos: “¿Y para esto venís a molestarme? Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestras leyes”. Judíos: “No podemos matar a nadie. No somos doctos. El Derecho hebreo es una insignificancia respecto al perfecto Derecho de Roma. Como ignorantes y súbditos de Roma, maestra, tenemos necesidad de…”. Pilatos: “¿Desde cuándo sois miel y mantequilla?… Habéis dicho una verdad, ¡vosotros, maestros de la mentira! ¡Tenéis necesidad de Roma! Sí, para desembarazaros de éste que molesta. He comprendido”. Y Pilatos se ríe mientras mira hacia el cielo sereno que se perfila como una lámina cuadrada de turquesa oscura entre las paredes blancas de mármol del atrio. Pilatos: “Decid: ¿Cuál ha sido el delito que cometió contra vuestras leyes?”. Judíos: “Hemos descubierto que introducía el desorden en nuestra nación y que impedía que se pagase el tributo a César, llamándose el Mesías, rey de los judíos”. ■ Pilatos se dirige ahora a Jesús que está en el centro del atrio. Sigue amarrado, pero sin soldados. La mansedumbre se refleja en su persona. Le pregunta: “¿Eres Tú rey de los judíos?”. Jesús: “¿Lo preguntas por ti o por insinuación de otros?”. Pilatos: “¿Y qué me importa a mí tu Reino? ¿Soy yo, acaso judío? Tu nación y sus jefes te han entregado a mí para que te juzgue. ¿Qué has hecho? Sé que eres leal. Habla. ¿Es verdad que aspiras a reinar?”. Jesús: “Mi Reino no viene de este mundo. Si fuese un reino del mundo, mis siervos y mis soldados hubieran combatido, para que los judíos no me hubieran capturado. Mi Reino no es de la Tierra. Tú sabes que no aspiro al poder”. Pilatos: “Lo sé. Es verdad. Me lo han dicho. Pero no niegas que eres Rey”. Jesús: “Tú lo has dicho. Yo soy Rey. Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad. Quien es amigo de la Verdad escucha mi voz”. Pilatos: “¿Y qué es la Verdad? ¿Eres filósofo? No sirve de nada ante la muerte. Sócrates murió igualmente…”. Jesús: “Pero le sirvió ante la vida, tanto para vivir bien como para morir bien. Y para ir a la segunda vida sin nombre de traidor a las virtudes ciudadanas”. Pilatos: “¡Por Júpiter!”. Pilatos por unos instantes le mira sorprendido. Luego vuelve a caer en el sarcasmo de escéptico. ■ Hace como si estuviera cansado, le vuelve las espaldas y va hacia los judíos. Les dice: “No encuentro ninguna culpa en Él”. La plebe, temiendo perder la presa y el espectáculo de la cruz, se agita. Grita: “¡Es un rebelde!”, “¡Un blasfemo!”, “¡Empuja al libertinaje!”, “¡Excita a la rebelión!”, “¡Niega el respeto al César!”, “¡Subleva al pueblo con su doctrina enseñando por toda Judea a la que llegó desde Galilea!”. “¡A la muerte!”, “¡A la muerte!”. Pilatos: “¿Es galileo? ¿Eres Galileo?”, y se vuelve a Jesús: “¿Has oído cómo te acusan? Defiéndete”. Jesús no responde. Pilatos piensa… y decide: “Que una centuria se lo lleve a donde Herodes. Que le juzgue. Es su súbdito. Reconozco el derecho del Tetrarca, y de antemano acepto su veredicto. Que se le comunique. Id”.
* Del Pretorio al Palacio de Herodes.- Ante Herodes.- ■ Y Jesús, encuadrado como un bribón en medio de cien soldados, vuelve a atravesar la ciudad, y vuelve a encontrar a Judas Iscariote con quien ya se había cruzado antes cerca de un mercado. Antes, como estaba invadida de coraje contra la plebe, me había olvidado de decirlo. La misma mirada de compasión hacia el traidor… Ahora es más difícil darle puntapiés o golpearle, pero no faltan las piedras y las inmundicias. Si las piedras rebotan sobre los yelmos y corazas romanas, las inmundicias no dejan de salpicar y manchar la túnica de Jesús, porque el manto lo dejó en el Getsemaní. ■ Al entrar en el suntuoso palacio de Herodes, ve a Cusa, que no tiene el valor de mirarle, que se escabulle tapándose la cabeza con el manto. Están en la sala, delante de Herodes. Tras Él los escribas y fariseos que, sintiéndose a sus anchas, entran como acusadores. Solo un centurión con cuatro soldados escoltan a Jesús ante el Tetrarca. Herodes baja de su sitial y da vueltas alrededor de Jesús, mientras escucha las acusaciones de sus enemigos. Sonríe y se burla. Luego simula compasión, respeto, lo que —al igual que los insultos— no turba a Jesús. Herodes: “Eres grande. Lo sé. Te he seguido y me he alegrado de que Cusa sea tu amigo, que Mannaén sea tu discípulo. Yo… ocupaciones de estado… Pero ¡qué ganas tenía de decirte que eres grande… de pedirte perdón…! La mirada de Juan… su voz me acusan y siempre están delante de mí. Eres el santo que quita los pecados del mundo. Absuélveme, Mesías”. Jesús no responde. Herodes: “He oído que te acusan de rebelarte contra Roma. Pero ¿no eres la vara prometida que azotará a Asur?” (5). Jesús no dice nada. Herodes: “Me han dicho que has profetizado el fin del Templo y de Jerusalén. Pero, dado que existe por voluntad del Eterno, ¿no es eterno el Templo como espíritu?”. Jesús calla. Herodes: “¿Estás loco? ¿Has perdido el poder? ¿Te impide hablar Satanás? ¿Te ha abandonado?”. Ahora Herodes se ríe a carcajadas. ■ Luego da una orden. Los siervos corren a traer un galgo que tiene una pata quebrada y que aúlla lastimosamente y a un hombre, que parece más bien aborto, que babea, hidrocéfalo, juguete de los demás. Los escribas y sacerdotes retroceden precipitadamente, diciendo que es un sacrilegio lo que hace con el perro. Herodes, falso y burlón, grita: “Es el preferido de Herodías. Se lo dio Roma. Ayer se rompió la pierna y ella llora por él. Manda que se cure. Haz un milagro”. Jesús le mira con severidad, sin protestar. Herodes: “¿Te he ofendido? Entonces cura a éste. Es un hombre, aunque no muy distinto de un animal. Dale inteligencia, Tú, Inteligencia del Padre… ¿O no has dicho así?” y ríe sarcásticamente. Otra mirada severa de Jesús. ■ Herodes: “Este hombre es demasiado abstinente y ahora está atontado con tantos desprecios. Que vengan aquí vino y mujeres. Desatadle”. Le desatan. Mientras numerosos siervos traen jarras, copas, entran las bailarinas… que no llevan casi nada encima: una franja multicolor de lino cubre sus carnes desde la cintura hasta las rodillas. Ninguna otra tela. Bronceadas cual africanas, ligeras cual jóvenes gacelas, dan principio a una danza silenciosa y lasciva. Jesús rechaza la copa que le presentan y cierra sus ojos sin hablar. La corte de Herodes se ríe del gesto de Jesús. Herodes insinúa: “Toma la que quieras. ¡Vive! ¡Aprende a vivir!…”. Jesús parece una estatua. Cruzados los brazos, los ojos cerrados, no reacciona ni siquiera cuando las impúdicas bailarinas le pasan rozando con sus desnudos cuerpos. Herodes: “Basta. Te he tratado como a Dios, y no te has comportado como tal. Te he tratado como a un hombre y tampoco. Eres un loco. Traed un vestido blanco. Ponédselo para que Poncio Pilatos sepa que el Tetrarca ha tratado a su súbdito como a un loco. Centurión, dirás al Procónsul (6) que Herodes le presenta sus respetos y venera a Roma. Idos”.
*  Del Palacio de Herodes al Pretorio. De nuevo ante Pilatos. Barrabás.- ■ Jesús, nuevamente atado, sale llevando sobre su vestido rojo de lana una túnica blanca de lino que le llega a las rodillas. Regresa al palacio de Pilatos. Ahora, cuando la centuria trata de abrirse paso a duras penas por entre la multitud que no se ha cansado de esperar ante el palacio proconsular —y es raro ver tanta gente en ese lugar y en las cercanías, entre tanto que en las demás partes de la ciudad no se ve a nadie— Jesús descubre en grupo a los pastores. Están todos, esto es, Isaac, Jonatás, Leví, José, Elías, Matías, Juan, Simeón, Benjamín y Daniel, quienes se han unido a un grupo reducido de galileos entre los que reconozco a Alfeo y a José de Alfeo, junto con otros dos que no conozco, pero que, por el peinado, diría que son judíos. Y un poco detrás, semiescondido tras una columna, junto a un romano que debe de ser un siervo, ve a Juan, que ha entrado en el vestíbulo. Sonríe a éste y a aquellos… sus amigos… pero ¿qué son estos pocos, y qué son Juana, Mannaén, Cusa en medio de un océano de odio que hierve?… ■ El centurión saluda a Poncio Pilatos y le da parte. Pilatos: “¿Aquí de nuevo? ¡Oooh, maldita raza! Que se acerque la plebe y traed aquí al Acusado. ¡Vamos, qué fastidio!”. Va hacia la turba, aunque también esta vez se detiene en la mitad del vestíbulo. Dice: “Hebreos: escuchad. Me habéis traído a este hombre como a un agitador del pueblo. Lo he examinado ante vosotros y no he encontrado en Él ninguno de los delitos de que le acusáis. Tampoco Herodes ha encontrado algo, y por eso nos le ha devuelto. No merece la muerte. Roma ha hablado. De todas formas, para no contrariaros privándoos de vuestra diversión, os daré en cambio a Barrabás. A Él haré que le den cuarenta azotes. ¡Y basta!”. Judíos: “¡No, no! ¡No Barrabás! ¡No Barrabás! ¡A Jesús la muerte! ¡Y muerte horrible! Déjanos a Barrabás y condena al Nazareno”. Pilatos: “Pero tened en cuenta que dije: fustigación. ¿No basta? Haré entonces que le flagelen. Es algo atroz, ¿no lo sabéis? Puede morir con ella. ¿Qué mal ha hecho? No encuentro ninguna culpa en Él. Le libertaré”. Judíos: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡A la muerte! ¡Eres un protector de criminales! ¡Pagano! ¡También tú eres de Satanás!”. La muchedumbre se agita y se acerca hasta el pie del vestíbulo y la primera línea de soldados, no pudiendo usar las lanzas, ondea por el choque. Pero la segunda fila, bajando un peldaño, usa las lanzas y libera a sus compañeros. Pilatos ordena a un centurión: “Que se le flagele”. Centurión: “¿Cuánto?”. Pilatos: “Cuanto os plazca… Total, esta es una cuestión concluida. Y yo ya estoy aburrido. Venga, ve”.
Flagelación.- ■ Cuatro soldados llevan a Jesús al patio que está después del atrio. En medio de él, que está enlosado con mármoles de color, hay una columna alta semejante a la del pórtico. A unos tres metros del suelo, la columna tiene una varilla de hierro, que sobresale por lo menos un metro y que termina en una argolla. Amarran a Jesús a esta columna con las manos unidas sobre la cabeza, después que le hicieron que se despojase de los vestidos. Se queda solo con los calzoncillos cortos de lino y las sandalias. Levantan las manos, atadas por las muñecas, hasta la argolla, de modo que Él, a pesar de ser alto, no apoya en el suelo más que la punta de los pies. Esta postura debe ser en sí ya dolorosa. (No recuerdo dónde leí que la columna era baja y que Jesús había estado inclinado. Así será. Yo digo lo que veo). ■ Detrás de Jesús se sitúa uno que tiene cara de verdugo y neto perfil hebreo; delante, otro, del mismo talante. Están armados con un flagelo de siete tiras de cuero unidas a un mango y terminadas con bolas de plomo. Rítmicamente, como si se tratase de un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno por delante; el otro por detrás. De modo que el tronco de Jesús se halla dentro de una rueda de azotes y flagelos. Los cuatro soldados, a quienes se había entregado el Prisionero, sin preocuparse mayormente del asunto, se han puesto a jugar a los dados con otros que acaban de llegar. Las voces de los jugadores se mezclan con el golpe de los flagelos que silban como reptiles; y luego, como piedras echadas contra la piel tensa de un tambor, azotando el pobre cuerpo, ese cuerpo de color blanco de marfil viejo, que al principio toma el color vivo de una rosa, luego el morado, después el rojinegro, para terminar rompiéndose y arrojando sangre por todas partes. Aunque sus golpes los dirigen sobre todo al tórax y abdomen, no dejan de dar unos en las piernas y brazos y hasta en la cabeza, para que no quede miembro alguno sin dolor. Ni siquiera un lamento… Si no estuviera sujetado por la cuerda, caería al suelo. Pero no cae, ni gime. Solo la cabeza, como si estuviera desmayado, le cae sobre el pecho entre golpe y golpe. Un soldado grita: “¡Eh! ¡Deteneos!” y, en tono de mofa: “Que tienen que matarle estando vivo”. Los dos verdugos se detienen, se secan el sudor y dicen: “No podemos más. Dadnos la paga, para poder echar un trago y así reponernos…”. Decurión: “¡A la horca os mandaría! Tened…”, y alarga una moneda grande a cada uno de esos verdugos. Y añade: “Lo habéis hecho bien. Parece un mosaico. Tito, dinos ¿era Éste a quien amaba realmente Alejandro? Le daremos la noticia para que se ponga de luto. Desatémosle un poco, ¿eh?”. ■ Le desatan y Jesús cae al suelo como muerto. Le dejan así. De cuando en cuando le mueven con el pie para ver si gime. Pero Jesús no gime. Decurión: “¿Acaso habrá muerto? ¿Pero es posible? Es joven y robusto. Me han dicho… y parece una delicada doncella”. Un soldado dice: “Déjalo a mi cuenta”. Y le sienta con la espalda apoyada contra la columna. Donde antes había estado tirado, se ven los grumos de sangre… Luego va a una fuentecilla que gorgotea bajo el pórtico. Llena de agua un barreño y lo arroja sobre la cabeza y el cuerpo de Jesús. Soldado: “¡Así! A las flores les gusta el agua”. Jesús suspira profundamente, trata de levantarse, pero sigue con los ojos cerrados. Decurión: “¡Oye, majo! ¡Arriba! ¡Que te espera la dama…!”. Inútilmente Jesús apoya sus puños para poder levantarse. ■ Un soldado dice burlonamente: “¡Arriba, rápido! ¿Te sientes débil? Esto te ayudará”, y con el asta de su lanza le da un golpe sobre el rostro entre la mejilla derecha y la nariz, que al punto empieza a sangrar. Jesús abre los ojos, mira a su alrededor. Una mirada perdida… Ve al soldado que le pegó, se seca la sangre con la mano, y con gran esfuerzo, se pone de pie. Soldado: “¡Vístete! ¡Es una indecencia estar así! ¡Impúdico!”. Todos se echan a reír. Jesús obedece sin decir una palabra. Pero, mientras se agacha —y solo Él sabe lo que sufre al agacharse, estando tan magullado y con esas llagas que al estirarse la piel se abren más todavía y la sangre vuelve a brotar— un soldado da una patada a sus vestidos y los dispersa, y cada vez que Jesús, tambaleándose, llega a donde ha caído la ropa, un soldado la echa en otra dirección. Jesús logra por fin, sin decir una sola palabra, poder vestirse, mientras que los soldados se burlan de Él pronunciando obscenidades. Se pone también la túnica blanca, que habían puesto en un rincón, y que no se ha manchado. Parece como si quisiera ocultar su pobre vestido rojo, que ayer era tan hermoso y ahora está machado de suciedad y de sangre sudada en Getsemaní. Es más, antes de ponerse la túnica corta interior, se seca y limpia con ella el rostro, sucio de sangre, limpiándolo así de polvo y escupitazos. Una vez el rostro limpio, se compone los cabellos descompuestos, la barba, llevado de un instinto natural de limpieza y orden en su persona. ■ Luego se acerca al sol, pues tiembla mi Jesús… La fiebre ha empezado a apoderarse de Él, debido a la pérdida de sangre, del ayuno, de la larga caminata. Nuevamente le atan las manos. Y la cuerda vuelve a cortarle de nuevo en donde ya hay rozaduras anteriores.
Coronación de espinas.-Decurión: “¿Y ahora? ¿Qué vamos a hacer? ¡Yo me aburro!”. Un soldado dice: “Espera. Los judíos quieren un rey. Se lo daremos. Aquello que está allá…”. Corre afuera, más allá del patio, regresa con un manojo de ramas de zarza, todavía flexibles porque es primavera, pero con las espinas largas y puntiagudas. Con la daga quita las hojas y florecillas. Luego hacen un círculo con las ramas de modo que tomen la forma de corona y la meten sobre la cabeza. La corona es muy grande y penetra hasta el cuello. “No va bien. Debe ser más estrecha. Quítasela”. Al quitársela, le rasgan las mejillas, incluso con peligro de dejarle ciego, y le arrancan cabellos. La hacen más pequeña. Pero la han hecho demasiado estrecha, y aunque se la aprietan, no le cabe. De nuevo se la quitan arrancando más pelo. La modifican de nuevo. Ahora va bien. Por delante hay una hilera triple de espinas; por detrás, donde los extremos de las tres ramas se entrecruzan, hay un nudo verdadero de espinas que penetran en la nuca. El soldado que inventó se suplicio le dice burlón: “¡Ahora está mejor! Un bronce natural y rubíes. Mírate, rey, en mi coraza”. ■ Decurión: “La corona no es suficiente para hacerle a uno rey. Se necesita la púrpura y el cetro. En el establo hay una caña y en la cloaca una clámide roja. Ve a traerlas Cornelio”. Y cuando éste las trae, le echan encima la sucia clámide roja y, antes de ponerle entre las manos la caña, le golpean con ella en la cabeza y le saludan diciéndole: “Ave, rey de los judíos” y se mueren de risa. Jesús no se opone a nada. Permite que se le siente en el «trono», un barreño boca abajo, que usan para dar de beber a los caballos. Deja que se le golpee, se burle, sin decir una sola palabra. Tan solo les mira… Una mirada única de dulzura y de dolor tan atroz que no puedo mirar yo sin sentirme herida en el corazón. Los soldados suspenden sus burlas al oír la voz de alguien que les ordena que lleven ante Poncio Pilatos al reo. Pero reo ¿de qué cosa?
Ecce homo.- ■ Se lleva a Jesús al atrio donde el sol alumbra con todos sus rayos. Todavía lleva la corona, la clámide y la caña. Pilatos: “Adelante, para que te muestre al pueblo”. Jesús, pese a sentirse débil, se yergue dignamente: ¡oh, verdaderamente es un rey! Pilatos: “Escuchad hebreos. Aquí está el hombre. Yo he mandado castigarle. Ahora permitid que le deje libre”. Judíos: “¡No, no! ¡Queremos verle! ¡Que salga! ¡Que se vea al blasfemo!”. Pilatos: “Sacadle aquí afuera. ¡Pero tened cuidado de que no le echen mano!”. Y mientras Jesús entra al vestíbulo, y puede vérsele en medio de los soldados, Poncio Pilatos le señala con la mano diciendo: “He aquí al Hombre. Ahí tenéis a vuestro rey. ¿No es suficiente todavía?”. ■ Es un día bochornoso. El sol cae directamente sobre todos, pues estamos ya entre tercia y sexta. Al ver y al oír las voces de los que gritan, se pregunta uno: ¿son voces humanas? No. Son caras de hienas rabiosas. Gritan, enseñan sus puños, piden que se le mande a la muerte. Jesús sigue en pie, erguido. Y le digo que nunca tuvo esa nobleza de ahora. Ni siquiera cuando hacía los más poderosos milagros. Una nobleza dolorosa, pero tan divina que bastaría verla para señalarle como a Dios. Pero, para llegar a esto, tendría uno que ser «hombre», y Jerusalén este día no tiene hombres. Solo demonios. ■ Jesús recorre con su mirada la muchedumbre y, en medio de este mar de caras cargadas de odio, encuentra rostros amigos. ¿Cuántos? Menos de veinte entre un millar de enemigos… Inclina su cabeza abatido ante tal abandono. Le cae una lágrima… luego otra… después la siguiente… ante su llanto no hay compasión, sino solo odio. ■ Se le lleva al atrio. Pilatos: “¡Bueno! Dejad que se vaya. Es un acto de justicia”. Judíos: “No. A la muerte. Crucifícale”. Pilatos: “Os entrego a Barrabás”. Judíos: “No. ¡Al Mesías!”. Pilatos: “Si es así, tomadle vosotros. Y crucificadle. Yo no encuentro ninguna culpa en Él”. Judíos: “Dijo que es el Hijo de Dios. Nuestra ley castiga con la muerte al reo de semejante blasfemia” (7).
La autoridad de Pilatos viene de Dios.- ■ Pilatos se queda pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta sobre su silla. Se pone una mano en la frente, y el codo sobre la rodilla. Mira atentamente a Jesús. Ordena: “Acércate”. Jesús se acerca hasta la tarima. Pilatos: “¿Es verdad? Respóndeme”. Jesús guarda silencio. Pilatos: “¿De dónde has venido? ¿Qué es Dios?”. Jesús: “El Todo”. Pilatos: “Y bueno, ¿y qué quieres decir con el Todo? ¿Qué cosa es el Todo para quien muere? Estás loco… Dios no existe. Yo lo soy”. Jesús no replica. Ha pronunciado su palabra salvadora, y se encierra en su silencio. ■ Un siervo se acerca: “Poncio, la liberta de Claudia Prócula te pide permiso para entrar. Trae un recado para ti”. Pilatos: “¡Domine! ¡Y ahora, además, las mujeres! Que pase”. Entra una romana. Se arrodilla. Le presenta una tablilla encerada. Debe de ser en la que Claudia pide a su marido que no condene a Jesús. La mujer se retira de espaldas, entre tanto Pilatos lee. Dice: “Se me aconseja que evite la muerte. ¿Es verdad que eres más que un arúspice? Me infundes miedo”. Jesús no contesta. Pilatos: “¿Pero no sabes que tengo poder para dejarte libre o para mandarte a la crucifixión?”. Jesús: “No tendrías ningún poder, si no se te diera de arriba. Por eso quien me ha puesto en tus manos es más culpable que tú”. Pilatos: “¿Quién es? ¿Tu Dios? Tengo miedo…”. Jesús no responde. ■ Pilatos está en ascuas. Quisiera y no quisiera. Teme el castigo de Dios, teme el de Roma, el de los vengativos judíos. Por un momento gana el temor de Dios. Se adelanta y grita: “No es culpable”. Judíos: “Si dices eso, eres enemigo del César. Quien se hace rey es enemigo suyo. Tú quieres libertar al Nazareno. Se lo notificaremos a César”.
Condenado a la Cruz.- “Lo que escribí, escrito está”.- ■ Se apodera de Pilatos el miedo al hombre. Pilatos: “En una palabra, que queréis verle muerto, ¿no? Que se haga. Pero que la sangre de este justo no manche mis manos”. Hace que le traigan una jofaina y se lava las manos ante la presencia del pueblo, que parece ebrio de frenesí y grita: “Que se la encuentre en las nuestras. Que caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No le tenemos miedo. ¡A la cruz! ¡A la cruz!”. Poncio Pilatos regresa a su silla, llama al centurión Longinos y a un esclavo. El esclavo le trae una tablilla. Sobre ésta apoya un cartel y en él manda escribir: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Lo muestra al pueblo. Muchos gritan: “No. No así. No rey de los judíos. Sino que dijo sería rey de los judíos”. Pilatos responde secamente: “Lo que escribí, escrito está” (8). Y de pie, extiende su mano con la palma hacia delante y vuelta hacia abajo y ordena: “Que vaya a la cruz. Soldado, ve, prepara la cruz”. (¡Ibis ad crucem! I, miles, expedi crucem). Y baja sin siquiera volverse hacia la muchedumbre agitada, ni hacia el Hombre que ha condenado. Sale del atrio y Jesús se queda en medio de él, bajo la custodia de los soldados, en espera de la cruz. (Escrito el 22-25 Marzo de 1945 y 7 de Marzo de 1944).

* (Noche del 7-3-44).
■ ¿A quién podría confiar lo que estoy sufriendo? A ninguno que viva sobre la Tierra, porque este sufrimiento no es de acá, ni se comprendería. Es un sufrimiento que es dulzura y una dulzura que es sufrir. Quisiera sufrir diez, cien veces. Por ninguna cosa del mundo querría no sufrir esto. Pero esto no quita que no sufra, como si no me encontrase apretada de la garganta, metida en un torno, asada en un horno, atravesada del corazón. Si se me permitiera moverme, aislarme de todos, de poder de ese modo y con el canto desahogar mi sentimiento porque es dolor de sentimiento, me sentiría consolada. Pero me encuentro en la cruz como Jesús. No se me permite ni moverme, ni aislarme, y debo cerrar mis labios para que mi dulce agonía no sirva de curiosidad. No basta decir: ¡aprieta los labios! Debo hacerme un gran esfuerzo para dominar el impulso que siento de lanzar un grito de alegría y de sufrimiento sobrenatural que se revuelve dentro de mí, y sube con el ímpetu de una llama o de un surtidor. ■ Los ojos de Jesús cubiertos de dolor al oír: “Aquí lo tenéis. He aquí al Hombre”, me atraen como un imán. Lo tengo en mí, y me mira. Está de pie en los escalones del pretorio, con la cabeza coronada, sus manos atadas sobre su vestido blanco, como si fuese un loco, con el que intentaron burlarse pero que no hicieron más que resaltar su inocencia. No habla. Pero todo en Él es un discurso que me llama, que me pide. ■ ¿Qué pide? Que le ame. Lo sé y esto le doy hasta sentirme morir como si una espada atravesara mi pecho. Pero me pide algo que no comprendo, y que yo quisiera comprender. Esto es mi tormento. Quisiera darle todo lo que quiera aun cuando muera yo en medio de dolores y no lo logro. Su rostro doloroso me atrae, me fascina. Es hermoso, como lo es cuando resucita. Verle así me produce alegría, pero verle del otro modo me infunde un amor profundo que podría compararse con el que siente una madre para con su hijo que sufre. ■ Lo comprendo. El amor de compasión es la crucifixión de quien sigue al Maestro hasta la tortura final. Es un amor que se impone, que impide cualquier otro pensamiento que no sea el de su dolor. No nos pertenecemos más a nosotros. Vivimos para consolar su tortura y su tortura es nuestro tormento que nos mata no solo metafóricamente. Y con todo, cada lágrima que nos arranca el dolor es más dulce que una perla y cada dolor que logramos comprender y acercar al suyo vale más que cualquier tesoro. ■ Padre (9), me he esforzado en decir lo que pruebo, pero es inútil. De todos los éxtasis que Dios quiera concederme, siempre será el de su sufrimiento el que lleve mi alma hasta el séptimo Cielo. Creo que morir de amor mirando a mi Jesús doloroso es la muerte más hermosa que pueda haber. (Escrito el 7 de Marzo de 1944)
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1  Nota  : Cfr. Mt. 26,57-68; 26,69-75; 27,1-2; 27,11-31;  Mc. 14,53-15,20;  Lc. 22, 54-23,25; Ju. 18,12-19,16.   2   Nota   : Cfr. Lev. 13 y 14.   3  Nota  : Cfr. Gén. 3.   4  Nota  : Cfr. Éx. 28; 39,1-31.   5   Nota  : Cfr. Is. 30,27-33.   6   Nota   : Algunas especificaciones:
1ª) Para el título de Pretor Cfr. Mt. 27,27-31; Mc. 15,16-20; Ju. 18,28-19,11; Hech. 23,23-35; Flp. 1,12-14; para el de Procónsul: Hech. 13,2-12; 18,12-17; 19,23-40; para el de Procurador: Lc. 3,1-2 texto importante. Con estos títulos se designaba al gobernador de una provincia del imperio romano, con poderes militares, civiles y judiciarios. Era, pues, el jefe del ejército compuesto de cinco cohortes con cerca de tres mil soldados. Una de las cohortes estaba acuartelada en Jerusalén. El gobernador exigía los tributos por medio de los publicanos; ejercía el poder judicial, con derecho a condenar a muerte (jus gladii) que no tenía el Sanedrín. La residencia del gobernador, sede también del tribunal, se llamaba pretorio. Pilatos fue procurador de Judea, Idumea y Samaria del a. 26 al 36 después de Cristo. Para el de Tetrarca: Cfr. Mt. 14,1-2; Lc. 3,1-2. 19-20; 9,7-9; Hech. 13,1, que los evangelios vulgarmente llaman Rey (Cfr. Mt. 2,1-12; Mc. 6,14-29; Lc. 1,5; Hech. 12; 25-26) era el jefe de una de las regiones (originalmente: cuatro) de que se componía una provincia del imperio romano. Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, fue tetrarca de Galilea y Perea desde el año 4 antes de Cristo hasta el 39 después de Cristo. Cfr. Enciclopedia Cattolica, para las palabras: pretorio, procurador, tetrarca.
2ª) Respecto a la flagelación conforme la Biblia trae, Cfr. Deut. 25,1-3 (no más de 40 golpes) 1 Rey. 12,1-20 (flagelo con puntas de hierro); 2 Mac. 7; 2 Cor. 11,23-27 (39 golpes). Tratándose de esclavos los romanos no tenían número determinado.
3ª) Respecto a la columna de la flagelación, tocante a la forma (altitud, etc.) cfr. E. Power, Flagelación, en Diccionario de la Biblia, Suplemento, tomo II, París 1934, col. 60-67; C. Testore, E. Lavagnino, Columna de la Flagelación, en Enciclopedia Católica, vol. V , Ciudad del Vaticano, 1950, col. 1441-1443. Power, después de haber enumerado las diversas columnas o troncos de columnas que hay en diversos lugares y que se dicen haber sido sobre las cuales Jesús fue azotado, escribe del siguiente modo, refiriéndose a la “pequeña” conservada desde el siglo XIII en Roma en la Iglesia de S. Praxedes: “Es muy pequeña para que hubiera servido para inmovilizar el cuerpo del reo el cual tenía las manos atadas en alto y los pies abajo; y de este modo se ligaba a la columna”. Por tanto, según Power y según la presente Obra, la columna era más alta que el que era sujetado a la flagelación.
4ª) Respecto a las Santas Espinas o Corona de espinas, cfr. Moroni, op. cit. vol. 68, Pag. 285-289. Respecto a las 2 espinas conservadas en Roma, en la Iglesia de la S. Cruz, llamada, en Jerusalén, cfr. Bedini, op. cit. p. 58-60.
5ª) Respecto a la Tablilla escrita: “Rey de los Judíos”.- Cfr. Moroni, op. cit., vol. 75, pag. 253-256; Bedini, op. cit., pág. 47-53. El “Título” auténtico es tal vez el que se conserva en Roma, en la iglesia de Sta. Cruz en Jerusalén.   7  Nota  : Cfr. Lev.  24,10-23.  8  Nota  :  Cfr. Jn. 19,19-22.  9   Nota   : Padre Migliorini,  director espiritual de MV.
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10-604-26 (11-23 530).- Reflexiones sobre la conducta de los judíos y de Pilatos para con Jesús.
*  Hipocresías de los judíos e hipocresías de ahora.-Dice Jesús: “Quiero que medites sobre lo que se refiere a mis encuentros con Pilatos. Juan, que casi siempre estuvo presente, y por lo menos próximo, es el testigo y relator más fiel. Él cuenta cómo, salido que hube de la casa de Caifás, se me llevó al Pretorio. Dice claramente: «muy de mañana». Tú misma has visto que apenas si empezaba el día. También aclara: «Ellos (los judíos) no entraron para no contaminarse y para comer la Pascua». Hipócritas, como siempre lo habían sido, creyeron poder contaminarse con pisar el polvo de la casa de un gentil, pero no creían que fuese pecado matar a un inocente, y con corazón tranquilo, después de haber cometido su crimen, comer la Pascua. Todavía ahora tienen muchos seguidores. Todos los que por dentro obran mal y por fuera muestran respeto a la religión y amor a Dios son semejantes a ellos. ¡Fórmulas, fórmulas y no religión verdadera! Me causan asco y vómito. ■ Como los Judíos no entraron, salió Pilatos para oír lo que pasaba con la plebe que gritaba. Como tenía experiencia en el gobierno y en el juzgar, le bastó una sola mirada para caer en cuenta de que el reo no era Yo, sino ese pueblo cargado de odio. El encuentro de nuestras miradas fue una recíproca lectura de nuestros corazones. Yo juzgué al hombre en lo que él era. Él me juzgó a Mí en lo que Yo era. Yo tuve piedad de él por ser un hombre débil. Él sintió compasión de Mí porque era Yo inocente. Trató de salvarme desde el primer momento. Y como Roma era la única que tenía el derecho de ejercer justicia contra los malhechores, trató de salvarme diciendo: «Juzgadle según vuestra ley». Hipócritas por segunda vez, los judíos no quisieron condenarme. Es verdad que Roma tenía el derecho de sentenciar, pero cuando por ejemplo se trató de Esteban, Roma todavía mandaba en Jerusalén, y, no obstante, sin preocuparse de Roma, le lapidaron. Por lo que toca a Mí, a quien odiaban y temían —no querían creer que fuera el Mesías, pero, por la duda de que lo fuera, no querían materialmente quitar la vida— obraron de manera distinta, y me acusaron de agitador contra el poder romano (vosotros diríais «rebelde»), para conseguir que Roma me condenase. En su infame salón, y muchas veces durante mi ministerio, me habían acusado de blasfemo y falso profeta y como a tal deberían haberme lapidado (1). Pero en este caso, para no llevar a cabo materialmente un crimen (por el que instintivamente sabían que serían castigados), hacen que Roma lo lleve a cabo materialmente, acusándome de malhechor y rebelde. ■ No hay nada más fácil, cuando las muchedumbres están pervertidas y se encuentran bajo jefes diabólicos, que acusar a un inocente, para desahogar su ansia de crueldad, y quitar de en medio a quien es un obstáculo y juez de nuestras acciones. Hemos vuelto a aquellos tiempos. El mundo, cada cierto tiempo, después de incubar muchas ideas perversas, explota en esta clase de manifestaciones de perversión. Como una mujer encinta, la multitud, preñada de doctrinas peligrosas, pare su monstruo para que devore, primero, a los mejores; luego, a ella misma”.
*  Pilatos, como los Pilatos de ahora, no quiso escuchar la Verdad y fue donde los judíos a escuchar la Mentira.-Jesús: “Pilatos vuelve a entrar en el Pretorio y me llama. Me interroga. Había oído hablar de Mí. Entre sus centuriones había quienes repetían mi Nombre con gratitud, con lágrimas en los ojos y sonrisa en el corazón. Me mencionaban como a bienhechor. En sus informes al Pretor —solicitada su opinión sobre este Profeta que atraía hacia Sí a multitudes y predicaba una doctrina nueva, en que se hablaba de un reino extraño, inconcebible para ellos que eran paganos—, que habían visto siempre en Mí a un hombre bueno, manso, que no buscaba los honores de esta Tierra y enseñaba y practicaba el respeto y obediencia para con los que tienen la autoridad. Más sinceros que los israelitas, veían y testificaban la verdad. ■ El domingo anterior, él, al oír los gritos de la multitud, se había asomado a la ventana, y vio a un hombre que pasaba cabalgando sobre una borriquilla, sin arma alguna, rodeado de niños y mujeres, que iba bendiciendo. Estaba seguro que no podía Yo ser un peligro para Roma. Quiere saber si soy Rey. En medio de su escepticismo pagano, quería burlarse un poco de esta realeza que cabalga sobre un asno, que tiene por cortesanos a niños descalzos, a mujeres sonrientes y a hombres del pueblo; de esta realeza que desde hace tres años predica el desapego por las riquezas y el poder; y que no habla de otras conquistas sino de las de espíritu y alma. ¿Qué es el alma para un pagano? Ni siquiera sus dioses tienen un alma. ¿Podrá tenerla el hombre? Ahora bien, este Rey sin corona, sin palacio, sin corte, sin soldados, le repite que su Reino no es de este mundo, y tanto es así que ningún servidor, ni soldado alguno se levanta a defenderle y arrancarle de las manos de sus enemigos. Pilatos, sentado en su sitial, me escudriña porque soy un enigma para él. Si hubiera limpiado su alma de las preocupaciones humanas, de la soberbia que le daba su cargo, del error del paganismo, hubiera comprendido enseguida quién era Yo. Pero ¿cómo penetrar la luz donde tantas cosas le cierran la entrada? Así es siempre, hijos. También ahora. ¿Cómo pueden entrar Dios y su luz en un lugar donde no hay espacio para ellos, y las puertas y ventanas están custodiadas por la soberbia, la humanidad, el vicio, la usura, y por muchos, muchos guardianes al servicio de Satanás contra Dios? Pilatos no puede comprender qué reino es este reino mío. Y lo que es doloroso: no pide que se lo explique. Al invitarle a que conozca la Verdad, él, paganamente responde: «¿Qué es la verdad?» y deja así una cuestión tan candente encogiéndose de hombros. ■ ¡Oh hijos míos! ¡Oh Pilatos de ahora! También vosotros, como aquel, dejáis una cuestión tan candente con un levantar de hombros. Os parecen cosas inútiles, pasadas de moda. ¿Qué cosa es la Verdad? ¿Dinero? No. ¿Mujeres? No. ¿Poder? No. ¿Salud física? No. ¿Gloria humana? No. Entonces, mejor olvidarse; no merece la pena correr tras una quimera. Dinero, mujeres, poder, buena salud, comodidades, honores, éstas son cosas palpables, útiles, que deben amarse y conseguirse a cualquier precio. De este modo pensáis. Y, peor que Esaú (2), cambiáis los bienes eternos por una comida vulgar que os daña la salud física y la eterna. ¿Por qué no persistís en preguntar: «¿Qué cosa es la Verdad?». Ella, la Verdad, no quiere sino el darse a conocer para instruiros sobre sí. Está frente a vosotros, como lo estuvo frente a Pilatos, os mira con ojos suplicantes, que os dicen: «Pregúntame y te instruiré». ¿Viste cómo miré a Pilatos? De igual modo os miro a todos vosotros. Si con ojos serenos, llenos de amor miro a quien me ama y pide que le hable, con ojos de tristeza amorosa miro a quien no me ama, ni me busca, ni escucha. Pero amor, en todo caso amor, porque el Amor es mi naturaleza. ■ Pilatos me deja donde estoy, sin preguntarme más. Se dirige a los Judíos que cada vez más levantan su voz y tratan de imponerse con la violencia. Y este pobre hombre, que no quiso escucharme a Mí y que con un gesto de hombros ha rechazado mi invitación a conocer la Verdad, los escucha a ellos. Escucha a la Mentira. La idolatría, cualquiera que sea su forma, siempre tiende a venerar y aceptar a la Mentira, como quiera que se presente. Y la Mentira aceptada por un débil, conduce al débil al crimen. ■ También Pilatos, en los umbrales del crimen, quiso salvarme una y otra vez. Es entonces cuando me remitió a Herodes. Sabía bien que el astuto rey, que se mueve entre dos aguas, Roma y su pueblo, actuaría de modo que no perjudicaría a Roma y que no ofendería al pueblo hebreo. Como todos los débiles, no se decidió, en espera de que la agitación de la plebe se calmara. Yo había dicho: «Vuestro hablar sea: sí, sí; no, no». Pero él no lo había escuchado y, si alguien, se lo había referido, no hizo más que levantar los hombros. Para triunfar en el mundo, para tener honores y riquezas, hay que saber hacer del sí un no, y del no un sí, según lo aconseje el buen sentido (esto es: sentido humano). ■ ¡Cuántos, cuántos Pilatos tiene el siglo veinte! ¿Dónde están los héroes del cristianismo que decían constantemente sí a la Verdad y por la Verdad, y decían no por la Mentira? ¿Dónde están los héroes que sepan hacer frente al peligro y a los eventos con fortaleza de acero, con serena prontitud, sin dejar las cosas para otro momento, porque el Bien debe buscarse enseguida y del Mal hay que alejarse inmediatamente, sin ningún «pero» y sin ningún «sí»?”.
* “Cuando vuestra conciencia os reprocha, preguntáis como Pilatos ¿«Quién eres»?”.-Jesús: “Después de haber regresado del palacio de Herodes, he aquí la transacción de Pilatos: la flagelación. ¿Y qué esperaba con ello? ¿No sabía que la plebe es una fiera, que se embrutece al beber sangre? Pero Yo debía ser quebrantado para expiar vuestros pecados de la carne. En mi cuerpo no queda ni un lugar que no haya sido golpeado. Soy el Hombre del que habla Isaías (3). ■ Y al suplicio ordenado se añade el no ordenado, la coronación de espinas. ¿Veis, ¡oh hombres!, a vuestro Salvador, a vuestro Rey, coronado por el dolor para que en vuestra cabeza no fermenten tantos pensamientos? ¿No pensáis qué dolor haya sufrido mi inocente cabeza para pagar por vosotros, por vuestros pecados de pensamiento que se transforman en acción? Vosotros, que os sentís ofendidos, incluso sin motivo, mirad a vuestro Rey ofendido —y es Dios—, con su sarcástico manto de púrpura, con la caña cual cetro, y la corona de espinas. Es ya un moribundo y le siguen abofeteando con las manos y las burlas. Y ni siquiera os movéis a compasión. Como los judíos seguís mostrándome los puños y gritando: «Fuera, fuera, no queremos otro Dios que no sea César», ¡oh idólatras!, que no adoráis a Dios, sino a vosotros mismos y a quien entre vosotros es más poderoso. No aceptáis al Hijo de Dios. A causa de vuestros delitos no os ayuda. Más servicial es Satanás; aceptáis, por tanto, a Satanás. ■ Tenéis miedo del Hijo de Dios. Como Pilatos. Y cuando sentís que os hace sentir su poder, que se hace oír la voz de la conciencia que os reprocha en su nombre, preguntáis como Pilatos: “¿Quién eres?”. Quién sea Yo: lo sabéis. Aun los que me niegan lo saben. No mintáis. Hace veinte siglos que estoy junto a vosotros, veinte siglos que os iluminan quién sea Yo, que os instruyen sobre mis prodigios. Pilatos es más digno de perdón que vosotros que tenéis una herencia de veinte siglos de cristianismo para poder apoyar vuestra fe o para que la podáis aprender y no queréis saber nada de ella. Y con todo fue más severo con Pilatos que con vosotros. No le respondí. A vosotros os hablo, y pese a esto no logro que comprendáis quién soy Yo, a quien debéis adoración y obediencia. También ahora me acusáis de que sea vuestra ruina porque no os escucho. Por esto decís que perdéis la fe. ¡Mentirosos! ¿Dónde la tenéis? ¿Dónde está vuestro amor? ¿Cuándo es que me suplicáis y vivís con amor y fe? ¿Sois grandes? Recordadlo que lo sois porque lo quiero. ¿Sois hombres comunes y corrientes? Acordaos de que no hay otro Dios sino Yo. Nadie es más que Yo. Dadme, pues, ese culto de amor que me corresponde y os escucharé para que no sigáis siendo por más tiempo hijos bastardos de Dios”.
* Longinos es un hombre bueno, Pilatos es un falso bueno. Yo siempre premio al recto, defiendo a quien me defiende”.-Jesús: “Y ahí tenéis el último intento de Pilatos para salvarme la vida, supuesto que pudiese salvarla después de la despiadada flagelación. Me presenta ante la plebe: «Aquí tenéis al Hombre». Le causo compasión. Espera que la plebe la tenga. Pero, ante la dureza que resiste, y la amenaza que avanza, no sabe llevar a cabo un acto sobrenaturalmente justo, y, por tanto, bueno, diciendo: «Le doy libertad porque es inocente. Vosotros sois los culpables, y si no os alejáis probaréis el castigo de Roma». Esto es lo que habría debido decir, si hubiera sido un justo; sin calcular el mal futuro que ello le hubiera acarreado. ■ Pilatos es un falso bueno. Bueno es Longinos, que sin tener el poder del pretor, en medio del camino, rodeado de pocos soldados y de una multitud hostil, tiene el valor de defenderme, ayudarme, permitirme que descanse, que me consuelen las mujeres piadosas, que me ayude el Cirineo y en fin que pueda estar mi Madre a los pies de la cruz. Fue un héroe de la justicia y por esto muy pronto se convirtió en un héroe mío. ■ Tenedlo en cuenta, hombres que os preocupáis solo de vuestro bien material, que incluso en vuestro bien material interviene Dios con su ayuda cuando ve que sois fieles a la justicia, que es emanación de Dios. Yo siempre premio a quien obra con rectitud. Defiendo a quien me defiende. Le amo y socorro. Soy el que dijo: «Quien diere un vaso de agua en mi nombre, tendrá recompensa». A quien me da amor, agua que refresca mis labios, me doy a Mí mismo, esto es, protección y bendición”. (Escrito el 10 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : Cfr.  Lev.  24,1-16.   2  Nota  : Cfr.  Gén.  25,29-34.   3  Nota  : Cfr.  Is.  52,13-52,13.
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10-605-31 (11-24-535).- Viernes de Pasión.- Judas de Keriot después de la traición. Ahorcamiento de Judas (1).
* Judas, sobresaltado y aterrado, vaga por la ciudad.- Mordido por un perro.- Viernes de Pasión. Dos de la madrugada. Esta es mi dolorosísima visión en estas primeras horas del Viernes de Pasión. Se me presentó mientras hacía la Hora de María Desolada, porque había pensado que pasar la noche, que precede a la Profesión, en compañía de la Virgen de los Siete Dolores era la más hermosa preparación para la Profesión. ■ Veo a Judas. Está solo. Viste de color amarillo claro y lleva una faja roja a la cintura. Mi locutor interno me dice que hace poco fue capturado Jesús, y que Judas, que huyó después de la detención, está a merced ahora de ideas contrarias. Efectivamente, Iscariote parece una fiera enfurecida acosada por una jauría de mastines. Un soplo leve del viento entre las frondas de los árboles, o el rumor de alguna cosa del camino, el hilo de agua de una fuentecilla, le hacen sobresaltarse y volverse con sospecha y terror, como si se sintiera alcanzado por un verdugo. Tuerce la cabeza yendo cabizbajo, encogido el cuello, tuerce los ojos como quien quisiera ver y tuviera miedo de ver; y, si los rayos de la luna, por casualidad, forman una sombra de apariencia humana, sus ojos se abren como platos, da un salto hacia atrás, se pone más pálido de lo que ya de por sí está, se detiene un instante, y luego huye precipitadamente, volviendo sobre sus pasos, se escurre por entre otras callejuelas, hasta que otro ruido u otro juego de rayos de luna le detienen y le hacen huir en dirección contraria. ■ Con vacilante paso se dirige hacia el interior de la ciudad, pero un fuerte griterío le hace comprender que está cerca de la casa de Caifás, y entonces, cubriéndose la cabeza con las manos, agachándose como si aquellos gritos fueran otras tantas piedras que le cayesen encima, huye, huye. Y, huyendo, toma una callejuela que le lleva directo a la casa donde se celebró la Cena. Cae en la cuenta que está delante de ella, por una fuente que murmura en ese lugar de la calle. Este murmullo del agua que cae en la pequeña pila de piedra, y un leve silbido del viento, que pasando por la callejuela forma como reprimido lamento, deben parecerle el llanto de Jesús a quien traicionó y sus quejidos. Se tapa los oídos para no oír, y huye con los ojos cerrados para no ver la puerta por la que pocas horas antes había pasado con el Maestro y por la que salió en busca de los verdugos para capturarle. ■ Corriendo así, con los ojos cerrados, va a chocar contra un perro callejero, el primero que veo desde que tengo estas visiones. Es un perro grande, gris e hirsuto, que se hace a un lado con un gruñido, pronto a lanzarse contra cualquiera. Judas abre los ojos y ve dos pupilas fosforescentes que le miran. Ve los blancos colmillos. El animal parece como si sonriera diabólicamente. Judas lanza un grito de espanto. El perro toma el grito como amenaza y se arroja sobre él. Los dos caen en tierra. Judas debajo, paralizado del terror, el perro encima. Cuando se separa de su presa, juzgándola indigna de sí, Judas sangra de dos o tres mordiscos. Su manto tiene varias rasgaduras. Un mordisco le ha clavado los dientes justamente en la mejilla, en el lugar exacto donde él besó a Jesús. La mejilla sangra, y la sangre ensucia el cuello del vestido amarillento de Judas: empapando el cordón rojo que cierra su túnica por el cuello, haciéndole más rojo aún; es como si se le pusiera un collar de sangre. Judas se lleva la mano a la mejilla y mira al perro, que se ha separado pero que está aguardándole bajo el hueco de una puerta, y entre dientes dice: “¡Belcebú!” y, lanzando otro grito, huye perseguido del perro. Huye hasta el puentecillo cercano al Getsemaní. Ahí, o porque esté cansado de seguirle, o porque tenga hidrofobia y el agua le aleje, el perro deja a su presa y vuelve gruñendo.
* Judas regresa al Huerto de los Olivos.-Judas, que se había metido en el arroyo para coger piedras y lanzárselas al perro, cuando ve que se aleja, mira a su alrededor, se ve con el agua hasta la mitad de las pantorrillas. Sin preocuparse de su vestidura, cada vez más mojada, se agacha a beber y bebe como quien tiene fiebre. Se lava la mejilla que le sigue sangrando y que debe dolerle. A los primeros débiles rayos de luz del alba, sube al guijarral: por la otra parte, como si tuviese todavía miedo del perro y no se atreviese a volver hacia la ciudad. ■ Unos cuantos metros, y se encuentra a la entrada del Huerto de los Olivos. Grita: “¡No, no!” al reconocer el lugar. Luego, no sé por qué fuerza irresistible, por algún sadismo satánico y criminal, avanza. Busca el lugar donde se llevó a cabo la detención, Se ve pisoteada la tierra, también la hierba y gotas de sangre esparcidas por el suelo, tal vez de Malco. Mira, mira… Luego emite un grito ronco y da un salto hacia atrás. Grita: “¡Esa sangre, esa sangre!”, y la señala —¿a quién?— con el brazo extendido, apuntando con el índice. A la luz que sigue aumentando, su cara parece térrea y espectral. Parece un loco. Los ojos los tiene horriblemente abiertos y relucientes como si estuviese delirando. Los cabellos, despeinados por la carrera y por el terror, están como de punta. La mejilla, que se va hinchando, desvía su boca dándole una expresión de sonrisa diabólica. Su vestido desgarrado, le da el aire de un mendigo. El manto también lodoso y roto, le cae por la espalda como un guiñapo. Se enreda con él cuando al gritar: “¡Esa sangre, esa sangre!”, retrocede como si aquella sangre se convirtiese en un mar que sube y baja. Judas cae de espaldas y se hiere la cabeza, detrás, contra una piedra. Lanza un gemido de dolor y de miedo. “¿Quién es?” grita. Debe haber pensado que alguien le echó por tierra para agredirle. Se vuelve aterrorizado. ¡Nadie! Se levanta. Ahora la sangre también brota de la nuca. El círculo rojo se ensancha en el vestido. No llega hasta la tierra, porque es poca. Empapa el vestido. Parece que tiene ya puesto al cuello el dogal rojo. ■ Camina. Encuentra los restos de la hoguera que Pedro hizo a los pies de un olivo, pero él no lo sabe y se imagina que Jesús estuvo allí. Grita: “¡Largo, largo!”. Y, con las manos extendidas ante sí, parece rechazar un fantasma que le atormenta. Escapa, y se va contra el peñasco de la agonía. El alba ha roto y permite ver todo bien y pronto. Judas ve el manto de Jesús que dejó doblado sobre el peñasco. Lo conoce. Quiere tocarlo, pero siente miedo. Estira la mano, la retira. Quiere. No quiere. El manto le atrae irresistiblemente. Gime: “¡No, no!”. Luego dice: “Sí, ¡por Satanás!, sí. Quiero tocarlo. ¡No tengo miedo! ¡No tengo miedo!”. Dice que no tiene, pero castañetean sus dientes. Hasta el ruido que hace sobre su cabeza la rama de un olivo que el viento ha movido y que pega contra otra, le hace gritar de nuevo horrendamente. Con todo, cobra fuerzas y toma el manto. Se ríe. Es la risa de un loco, de un demonio. Una sonrisa histérica, a pedazos, lúgubre, que no termina nunca, porque ha vencido su terror. Y de hecho, lo dice: “¡No me causas ningún temor, Jesús! Ninguno. Tanto que te temía porque creía que eras un Dios, y un hombre valiente. Ahora no me causas ningún miedo, porque no eres Dios. Eres un pobre loco, un cobarde. No supiste defenderte. No me redujiste a ceniza como tampoco leíste en mi corazón la traición. ¡Miedos míos!… ¡Qué necio fui! Cuando ayer por la noche hablabas, creí que lo sabías. Pero no fue así. Era mi miedo el que daba fuerza de profecía a tus palabras comunes. Eres un nada. Te has dejado vender, señalar, apresar como ratón en la ratonera. ¡Tu poder! ¡Tu origen! ¡Ja, ja! ¡Payaso! ¡El fuerte es Satanás! Más fuerte que Tú. Te ha vencido. ¡Ja, ja! ¡El Profeta! ¡El Mesías! ¡El Rey de Israel! ¡Y pensar que me has tenido subyugado tres años! ¡Y siempre con el miedo en el corazón! ¡Tenía que mentir para engañarte delicadamente cuando quería gozar de la vida! Pero, aunque hubiera robado y fornicado sin emplear toda mi astucia, no me habrías hecho nada. ¡Eres un debilucho! ¡Un loco! ¡Y un pusilánime! ■ Me he equivocado en no hacerte a Ti lo que hago a tu manto para vengarme del tiempo en que me has tenido esclavo del miedo. ¡Miedo de un conejo! ¡Mira, mira!”. A cada “¡Mira!” Judas muerde y trata de romper el manto. Lo despliega entre sus manos; y, al hacerlo, aparecen las manchas de sangre. Judas detiene su furia. Las mira. Las toca. Las huele… Extiende todo el manto. Se ven muy claras las huellas de las manos ensangrentadas que enjugaron el rostro. “¡Ah! ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Su sangre!… ¡No!”. Judas suelta el manto y mira a su alrededor. También sobre el peñasco, donde Jesús se apoyó con la espalda cuando el Ángel le consolaba, hay manchas de sangre. “¡Ahí!… ¡Ahí!… ¡Sangre! ¡Sangre!…”. Baja los ojos para no ver, y se encuentra con la hierba manchada también, Y, debido al rocío, parece como si fuera recién caída. Es rojiza. Brilla al sol. “¡No, no, no! ¡No quiero verla! ¡No puede ser esa sangre! ¡Auxilio!”, y se lleva las manos a la garganta, y respira como si estuviese ahogando en un mar de sangre. “¡Atrás, atrás! ¡Déjame! ¡Déjame, maldito! ¡Pero esta sangre es un mar! ¡Cubre toda la Tierra! ¡La Tierra! ¡La Tierra! Y sobre la Tierra no hay lugar para mí, porque no puedo ver esa sangre que la cubre. ¡Soy el nuevo Caín del Inocente!”. ■ Me imagino que la idea de suicidarse le llegó en estos momentos a la cabeza. La cara de Judas infunde temor.
* Judas regresa al Templo ante el Sanedrín y regresa al Cenáculo ante la mesa de la Cena.- ■ Baja el desnivel de un salto y huye por el olivar sin regresar por el camino de antes. Parece como si fieras le persiguiesen. Regresa a la ciudad. Se envuelve en el manto como puede y trata de cubrirse lo mejor posible la herida y la cara. Se dirige al Templo y, al hacerlo, en un cruce del camino, se encuentra frente a frente con la canalla que arrastra a Jesús hacia Pilatos. No puede retroceder, porque más gente, que ha acudido a ver, le empuja por detrás. Y, siendo alto, por fuerza descuella, y ve. Y encuentra la mirada de Jesús… Las dos miradas se cruzan un momento. Luego pasa Jesús, amarrado, golpeado. Y Judas cae de bruces, como desvanecido. La gente le pisotea sin piedad, y él no reacciona: debe preferir ser pisoteado por todo un mundo antes que encontrarse con esa mirada. ■ Cuando la jauría deicida ha pasado, y la calle queda vacía, se levanta y corre al Templo. Choca contra un guardia que está a la puerta del recinto, y casi le derriba. Otros guardias corren para impedirle la entrada al energúmeno. Pero él, como un toro furioso, ataca a todos. A uno, que se echa sobre él, para no dejarle entrar al salón del Sanedrín donde todavía están reunidos y discutiendo, le agarra por la garganta y le arroja escalones abajo; si no muerto, ciertamente muy mal parado. Judas, de pie en medio del salón, en el lugar donde antes había estado Jesús, grita: “No quiero, malditos, vuestro dinero”. Parece un demonio vomitado por el infierno. Ensangrentado, despeinado, delirante, babeando, las manos en forma de garras, grita y, tan estridente es su voz, ronca, aulladora, que parece que ladra: “¡No quiero vuestro dinero, malditos! Habéis sido mi perdición. Me habéis hecho cometer el más grande de los pecados. Maldito soy, maldito como vosotros. He traicionado la Sangre inocente. Caiga sobre vosotros esa Sangre y mi propia muerte. Sobre vosotros… ¡No! ¡Ay!…”. Judas ve el pavimento manchado de sangre. “¿También aquí la hay? ¡Por todas partes! ¡Por todas partes está su sangre! ¿Cuánta sangre tiene el Cordero de Dios para cubrir así la Tierra y morir? ¡Pensar que yo la he derramado! ¡Por instigación vuestra! ¡Malditos, malditos, malditos para siempre! ¡Maldición a estos muros! ¡Maldición sobre este Templo profanado! ¡Maldición al Pontífice deicida! ¡Maldición a los sacerdotes indignos, a los fariseos hipócritas, a los judíos crueles, a los escribas mentirosos! ¡Maldición a mí! ¡A mí! ¡Tened vuestro dinero y os estrangule el corazón como a mí el dogal”, y arroja la bolsa a la cara de Caifás, y sale lanzando un grito, mientras el dinero suena esparciéndose por el suelo después de haber golpeado a Caifás en la cara. Nadie se atreve a detener a Judas. ■ Sale. Corre por las calles. Fatalmente vuelve a cruzarse otras dos veces con Jesús que va y viene del palacio de Herodes. Abandona el centro de la ciudad, entrando al azar por las callejuelas más miserables y va a dar nuevamente frente a la casa del Cenáculo, que está cerrada, como abandonada. Se detiene. La mira. “¡La Madre!” murmura. “¡La Madre!…”. Se queda inmóvil… “¡También yo tengo una madre! ¡Y a una Madre le he matado su hijo!… También… quiero entrar… Volver a ver esa sala. Allí no hay sangre…”. Llama con un golpe a la puerta… otro… otro… La dueña de casa viene y trata de cerrar, pero Judas, de un empujón, la abre y, separando violentamente a un lado a la mujer, entra. Corre hacia la puertecita que da a la sala. La abre. Entra. Hermosos rayos matutinos entran por las ventanas abiertas. Da un suspiro de descanso. Sigue hacia delante. Aquí hay calma y silencio. La vajilla está toda en su lugar. Se comprende que nadie hasta ahora se ha preocupado de ella. Da la impresión de que esperase a los invitados. Judas va a la mesa. Mira si hay vino en las jarras. Lo hay. Bebe directamente y con ansia de una de ellas que sostiene con ambas manos. Luego se deja caer sentado. Apoya la cabeza sobre los brazos cruzados, encima de la mesa. No ha caído en la cuenta de que está sentado exactamente en el lugar de Jesús y que tiene ante sí el cáliz que se empleó para la Eucaristía. Se queda firme por unos minutos, hasta que la fatiga de la carrera desaparece. Luego levanta su cabeza, distingue la copa, se acuerda dónde está sentado. Se levanta como endemoniado. Pero la copa le atrae. Todavía hay un poco de vino rojo en el fondo; y el sol, al dar sobre el metal —parece de plata— enciende ese líquido. “¡Sangre! ¡Sangre, también aquí! ¡Su Sangre! ¡Su Sangre!… «Haced esto en recuerdo mío… tomad y bebed. Esta es mi SangreLa Sangre del nuevo testamento que será derramada por vosotros…». ¡Ah, maldito sea yo! ¡Porque para mi pecado no se derramará! No pido perdón porque Él no puede perdonarme. ¡Largo, largo! No hay lugar donde el Caín de Dios pueda encontrar reposo. ¡La muerte! ¡La muerte!…”. Sale.
* Judas ante la Madre. “Arrepiéntete, Judas, Él perdona…”.- ■ Se encuentra a María, enfrente, en pie, en la puerta de la habitación donde Jesús la había dejado. Ella, al oír ruido, se había asomado, esperando tal vez ver a Juan, que hace varias horas que marchó. La Virgen está pálida como si le hubieran sacado toda la sangre. Sus ojos, llenos de dolor, son muy semejantes a los de su Hijo. Judas se encuentra con esos ojos que le miran dolorosos y conscientes, como le miraron los de Jesús en la calle. Y, con “¡Oh!” de espanto, se pega contra la pared. “¡Judas!” dice María, “Judas, ¿a qué viniste?”. Las mismas palabras de Jesús, dichas con un amor doloroso. Judas las recuerda. Y lanza un aullido. La Virgen repite: “Judas, ¿qué has hecho? ¿Has correspondido a tanto amor con la traición?”. La voz de María es una temblorosa caricia. Judas intenta escapar. María le llama con una voz capaz de convertir a un demonio. “¡Judas! ¡Judas! ¡Detente! ¡Espera! ¡Escucha! Te lo digo en su nombre: arrepiéntete, Judas. Él perdona…”. Judas huye. La voz de María, su aspecto, ha sido el golpe de gracia, es decir, de desgracia, porque él la resiste. Huye precipitadamente. ■ Se encuentra con Juan que viene corriendo a la casa para acompañar a la Virgen. La sentencia ha sido pronunciada. Jesús está a punto de emprender el camino hacia el Calvario. Es hora de que la Madre sea llevada a donde su Hijo. Juan reconoce a Judas, aun cuando muy poco quede del hermoso Judas de hace unas cuantas horas. Juan, con manifiesto desprecio, le pregunta: “¿Tú aquí?… ¿Tú, aquí? ¡Maldición te caiga, asesino del Hijo de Dios! El Maestro ha sido sentenciado a muerte. Alégrate, si puedes, pero déjame libre el camino. Voy a llevar a su Madre ¡Que Ella, la otra Víctima, no te encuentre, sierpe horrenda!”.
* Judas vaga por los campos; se ahorca.- ■ Judas huye. Se envuelve la cabeza en los harapos del manto dejando solo un resquicio para ver. La gente, la poca que no ha ido al Pretorio, al verle, se hace a un lado, como si evitase a un loco. Y tal lo parece. Vaga por los campos. El viento le trae de vez en cuando un eco de la gritería que lanza la turba contra Jesús. Cada vez que llega el eco hasta Judas, aúlla como un chacal. Creo que realmente está ya loco, porque va, rítmicamente, golpeando la cabeza contra las paredes de piedra; o es que está hidrófobo porque al ver cualquier líquido: agua o la leche que lleva en una jarra un niño, o el aceite que rezuma de un odre, grita, aúlla, grita: “¡Sangre! ¡Sangre! ¡Su Sangre!”.Tiene ansias de beber en los arroyuelos o en las fuentes pero no puede porque el agua le parece sangre, y lo dice: “¡Es Sangre! ¡Me ahoga! ¡Me quema! ¡Siento quemarme! ¡Su Sangre que ayer me ha dado, se me ha convertido en fuego! ¡Maldición sobre mí! ¡Maldición sobre Ti!”. ■ Sube y sigue subiendo por las colinas que rodean Jerusalén. Sus ojos van irresistiblemente al Gólgota. Desde lejos, ve por dos veces que el cortejo desaparece por la subida. Mira y aúlla. Ya está en la cima. También Judas está en la cima de un pequeño collado cubierto de olivos. Entró en él abriendo una portezuela, como si fuese su dueño, o, por lo menos, como si fuera muy práctico en abrir tales puertas. Tengo la idea de que Judas no tenía muchos respetos para con la propiedad ajena. ■ De pie, bajo un olivo, al borde de una zanja, mira hacia el Gólgota. Ve que levantan las cruces y comprende que Jesús ha sido crucificado. No puede ver ni oír, pero el delirio o un maleficio de Satanás le hacen ver y oír como si estuviese en la cima del Calvario. Mira, mira como alucinado. Gesticula violentamente: “¡No, no, no me mires! ¡No me hables! No lo soporto ¡Muere, muere, maldito! ¡La muerte te cierre los ojos que me hacen temblar, que te cierre la boca que me maldice! Pero también yo te maldigo, porque no me has salvado”. La cara de Judas está en tal forma transformada que ya uno no puede mirarla. Dos hilillos de baba bajan por la boca. La mejilla, donde le mordió el perro, está verdosa e hinchada. Su cara como torcida. Sus cabellos pegajosos; su barba, muy negra, que le ha crecido en las mejillas durante estas horas, le dan un aspecto lúgubre. Y ¡qué decir de sus ojos!… Giran, se tuercen, brillan, como si fuesen de demonio. ■ Arranca de su cintura la gruesa faja de lana roja que le ciñe con tres vueltas. Prueba su solidez enroscándolo en torno de un olivo y tirando con toda su fuerza. Ve que resiste. Escoge un olivo que valga para ese fin. El que da hacia la zanja con sus ramas. Sube sobre él. Amarra fuertemente una punta en la rama más robusta y que da al vacío. Ha hecho el nudo corredizo. Por última vez ve el Gólgota. Luego mete la cabeza en el nudo. Ahora parece como si tuviera dos collares rojos a ras del cuello. Se sienta al borde, luego de un golpe se lanza al vacío. El nudo le estrangula. Forcejea unos minutos. Se le saltan los ojos. Se ennegrece. Abre la boca; las venas del cuello se hinchan y se ponen negras. Da cuatro o cinco patadas en el aire, en sus últimas convulsiones. Luego la boca se abre para colgar de ella la lengua negra y babosa. Los globos oculares quedan al descubierto, saltones, dejando a la vista el bulbo blanquecino inyectado de sangre. El iris del ojo desparece bajo el párpado. Ha muerto. El fuerte viento, que sopla por la tormenta, bambolea el macabro péndulo y le hace dar vueltas como una horripilante araña junto a la tela. La visión termina de este modo. Y espero olvidarla, porque le aseguro (2) que ha sido una visión horrible. (Escrito el 31 de Marzo de 1944).
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1   Nota   : Cfr. Mt. 27,3-5; Hech. 1,15-20.   2   Nota   : Se dirige al Padre Migliorini, su director espiritual.
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10-605-39 (11-25-541).- Judas de Keriot habría podido salvarse todavía si se hubiera arrepentido.
*  Juicio sobre dos caídas: la de Judas y la de Pedro.- ■ Dice Jesús: “Horrible muerte, pero no inútil. Muchos creen que Judas haya cometido una acción insignificante. Algunos han llegado a decir que fue un benemérito porque sin él la Redención no se hubiera realizado, y que, por esto, está justificado a los ojos de Dios. En verdad os digo que si el Infierno no hubiera existido antes, con una existencia perfecta en cuanto a los tormentos, habría sido creado para Judas, incluso mucho más horrible y eterno. Porque de todos los pecadores condenados él es el más réprobo y pecador (1); y para él no habrá, para siempre jamás, mitigación en su condenación (2). El remordimiento habría podido incluso salvarle, si hubiera hecho del remordimiento un arrepentimiento. Pero no quiso arrepentirse, sino que al primer delito de traición —del que todavía la gran misericordia que es mi amorosa debilidad podía compadecerse—, unió blasfemias, la resistencia a las voces de la Gracia, que le hablaban por mi mirada, por medio de los restos de la Eucaristía instituida, de las palabras de mi Madre. Él resistió a todo. Quiso resistir, de la misma manera que quiso traicionar y quiso maldecir y quiso suicidarse. ■ La voluntad es la que vale en las cosas, ya sean buenas ya malas. Yo perdono cuando alguien cae sin voluntad de caer. Fíjate lo que pasó con Pedro. Me negó. ¿Por qué? No lo sabía claramente ni siquiera él mismo. ¿Fue Pedro culpable? No. Mi Pedro nunca lo fue. Ante los soldados y guardias del Templo tuvo el valor de atacar a Malco para defenderme y se puso en peligro de que le hubieran matado por ello. Luego huyó, por falta de voluntad. Después me negó, sin tener la voluntad de hacerlo. Bien supo después permanecer y seguir adelante por el camino sangriento de la Cruz, por mi camino, hasta llegar a su muerte de cruz. Bien supo después dar testimonio de Mí, hasta el punto de que le mataron por su fe intrépida. Su negación fue el último extravío de su flaqueza humana. Pero la voluntad espiritual no estaba presente en esos momentos. Oprimida bajo el peso de la debilidad humana, dormía. Cuando despertó, no quiso permanecer en el pecado y quiso ser perfecto. Le perdoné enseguida. Judas no quiso”.
* Arrojar las monedas fue fruto de la ira no de la voluntad de arrepentirse”.-Jesús: “Dices que parecía loco e hidrófobo. Lo era de rabia satánica. El terror que experimentó al ver el perro, animal en realidad raro en Jerusalén, le vino de que desde tiempos antiguos se atribuía a Satanás esa forma de aparecerse a los hombres. En los libros de magia se dice incluso ahora que una de las formas que prefiere Satanás para aparecerse es la de un perro misterioso o la un de gato o de un macho cabrío. Judas, a merced del terror nacido por causa de su crimen, convencido de pertenecer a Satanás por su delito, ve a Satanás en la forma de un perro callejero. ■ El culpable ve en todo sombras de miedo. La conciencia las crea. Y luego Satanás azuza estas sombras, que podrían todavía dar el arrepentimiento, y hace de ellas espectros horrendos que llevan a la desesperación. Y la desesperación lleva a cometer el último crimen: el suicidio. ¿De qué sirve arrojar el precio de la traición, si este despojo es solo el fruto de la ira, y no de una voluntad de arrepentimiento? En este último caso, el desprenderse de los frutos del mal se hace mérito. Pero así, como Judas hizo, no estuvo bien. Inútil sacrificio”.
* La Madre, Sacerdotisa y Tesorera, le habría traído a los pies de la cruz… pero Judas no quiso y mi Sangre no cayó sobre él”.-Jesús: “Mi Madre —y era la Gracia la que hablaba y mi Tesorera la que ofrecía el perdón en mi nombre— se lo dijo: «Arrepiéntete, Judas. Él perdona…». ¡Oh, claro que le habría perdonado! Si se hubiera arrojado a los pies de mi Madre diciendo: «¡Piedad!», Ella, la Misericordiosa, le habría recogido como a un herido, y en las heridas que Satanás le había hecho, en las que él había inoculado el traicionarme, habría derramado su llanto que salva, me le habría traído, a los pies de la cruz, tomándole de la mano para que Satanás no le pudiera arrebatar, y no le golpearan los discípulos; me lo habría traído para que mi Sangre hubiera caído primeramente sobre él, el más grande de los pecadores. ■ Y habría estado Ella, Sacerdotisa admirable en su altar, entre la pureza y la culpa, porque es Madre de las vírgenes y de los santos, pero también de los pecadores. Pero Judas no quiso. Reflexionad sobre el poder de la voluntad, de la cual sois dueños absolutos. Por ella podéis recibir el Cielo o el Infierno. Reflexionad qué quiere decir persistir en la culpa”.
* El Crucificado, esperanza de los que se arrepienten y pavor de los impenitentes”.-Jesús: “El Crucificado, el que está con los brazos abiertos y clavados para deciros que os ama, que no quiere, que no puede castigaros porque os ama, que prefiere no poderos abrazar —único dolor en su actitud de crucificado— antes que estar libre para castigaros; el Crucificado, esperanza divina para los que se arrepienten y quieren dejar la culpa, para los impenitentes es objeto de un pavor tal, que les hace blasfemar y usar la violencia contra sí mismos. Son éstos asesinos de su propio cuerpo y alma por su persistencia en el pecado. Y el aspecto del Bueno, que se dejó inmolar con la esperanza de salvarlos, toma la forma de un espectro de horror”.

* Dice Jesús:
“María, te has quejado de esta visión. Pero es Viernes de Pasión, hija. Debes sufrir. A los sufrimientos por mis sufrimientos y los de María, debes unir los tuyos por la amargura de ver a los pecadores persistir siendo pecadores. Ha sido éste un sufrimiento nuestro. Debe ser también el tuyo. María sufrió y sufre todavía por esto, como por mis tormentos. Por esto debes sufrir. Ahora descansa. Dentro de tres horas pertenecerás a Mí y a María. Te bendigo, violeta de mi Pasión y pasionaria de María” (5 ¼ del día). (Escrito el 31 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : “De todos los pecadores condenados, él es el más réprobo y pecador”.- Si cuidadosa y desapasionadamente se examinan lo pasos bíblicos que más o menos se refieren a la suerte de Judas Iscariote, parece que se condenó. Cfr. Mt. 26,20-25; Mc. 14,17-21; Lc. 22,21-33; Ju. 6,67-71; 13,1-32; Hech. 1,15-26. ■ Los exégetas modernos, sin embargo, no están de acuerdo. Algunos al comentar el cap. 1º de los Hechos, al llegar al v.25: “Señor, muéstranos a cuál de éstos dos (Matías o José) has elegido para ocupar el lugar que Judas dejó para irse al lugar que le correspondía”, guardan silencio; otros, no afirman que Judas se haya condenado (Jacquier); otros, en fin, lo afirman (Bíblico de Roma). La antigua Glossa interlinearis, un eco de los santos Padres y Escritores, sobre la palabra griega “lugar” (locum) ponen la palabra lapidaria “Infierno”. ■ Fuera de estos lugares escriturísticos en que se habla directamente del estado de Judas, no tenemos ningún dato para afirmar con claridad que Judas se haya condenado. Ni tampoco la Iglesia ha dicho cosa alguna al respecto. Con todo, en esta Obra se afirma la eterna condenación de Judas, deicida, y suicida impenitente.   2   Nota   : Al leerse en esta Obra: “Para él, no habrá, para siempre jamás, mitigación en su condenación” se refiere directa y claramente a Judas, el traidor del divino Maestro; pero no respecto de los demás condenados. Y aun cuando con ello se entendiese que el sufrimiento eterno de los demás condenados, o de algunos, por algunos motivos o en algunas circunstancias Dios lo aminora en su misericordia, esta Obra no podría ser tachada de herejía. Consultar al gran teólogo D. Petavius S. J. Aunque hoy en día muchos ilustres teólogos son contrarios a la disminución de los sufrimientos de los condenados, no faltan, con todo, quienes la aceptan.
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10-607-50 (11-27-553).- Juan va a buscar a la Madre para acompañarla al Calvario.
* La Virgen dice a Juan: “No debo sentir mi dolor mientras Él está sintiendo el suyo”.- Son la 10,30 del viernes santo de 1944 (7-4-44): la hora en que mi interno locutor me dice que fue la hora en que Juan fue donde la Virgen. Me parece que Juan está mucho más pálido que cuando le vi en el palacio de Caifás con Pedro. Tal vez porque allí la luz de la hoguera proyectaba un cálido reflejo en su cara. Ahora le veo como si hubiese salido de una larga enfermedad. Al ver su túnica de color lila, su cara parece la de un ahogado, por lo pálido que está. Los ojos han perdido su brillo. Sus cabellos están sucios y despeinados. La barba, que ha asomado en esas horas, le pone un velo claro en las mejillas y el mentón, y, siendo rubia clara, da a aquellas un aspecto aún más pálido. No queda en él nada del dulce y alegre Juan, como tampoco del inquieto Juan que pocas horas antes, con un acceso encendido de ira en el rostro, a duras apenas se ha contenido de pegar a Judas. ■ Llama a la puerta de la casa. Del interior una voz, que parece tiene miedo de encontrarse nuevamente con Judas, le pregunta quién es. Responde: “Soy Juan”. Le abren y entra. Se dirige al Cenáculo, sin responder a la dueña que le pregunta: “Pero, ¿qué está pasando en la ciudad?”. Se cierra dentro, y cae de rodillas contra el asiento en que estuvo Jesús, y llora llamándole con dolor. Besa el mantel en el lugar donde el Maestro puso unidas sus manos. Acaricia el cáliz que Jesús tuvo entre sus manos… Luego dice: “¡Oh, Dios Altísimo, ¡Ayúdame! ¡Ayúdame a decirlo a su Madre! ¡No tengo valor!… Sin embargo, debo decírselo. Debo decírselo, porque me he quedado solo”. Se levanta. Piensa. Toca nuevamente el cáliz como para conseguir fuerza. Mira a su alrededor… Ve todavía la toalla allí donde Jesús la dejó, después que se secó con ella las manos al final del lavatorio de los pies, y la otra toalla con que se ciñó la cintura. Las toma, las dobla, las acaricia, las besa. Se queda de pie sin saber qué hacer en medio de la habitación vacía. Dice: “¡Vamos!”, pero no va hacia la puerta, sino que vuelve a la mesa, toma el cáliz, el pan del que Jesús tomó un pedazo para dárselo a Judas mojado y que está en el rincón de la mesa. Los besa y, junto con las toallas, los toma y los aprieta contra su corazón, como una reliquia. Repite: “¡Vamos!” y suspira. Camina hacia la escalerita. Sube por ella, encorvado, con pasos lentos, que arrastra. Abre, sale. ■ La Virgen está en la puerta de su habitación: “Juan, ¿has venido?” pregunta apoyándose contra la jamba, como quien no tiene fuerzas de mantenerse en pie. Juan levanta su cabeza, la mira. Quiere hablar. Abre la boca. No logra decir nada. Dos gruesas lágrimas resbalan por sus mejillas. Inclina su cabeza, avergonzado de su debilidad. Virgen: “Ven aquí, Juan. No llores. , no debes llorar. siempre le has amado y le has hecho feliz. Que esto te consuele”. Estas palabras abren los diques al llanto de Juan, tan fuerte que la dueña de la casa se asoma como también María Magdalena, la mujer de Zebedeo y las otras… Virgen: “Ven conmigo, Juan”. María se separa de la jamba y le toma de la muñeca y le lleva a la habitación como si fuese un niño. Cierra despacio la puerta para estar a solas con él. Juan no se opone; pero, cuando siente en su cabeza el contacto de la mano temblorosa de María, deposita en el suelo los objetos que llevaba apretados contra su corazón, y, cayendo de rodillas con el rostro hacia el suelo, teniendo un borde de la túnica de María apretado contra su afligida cara, en medio de sollozos, dice: “¡Perdón, perdón! ¡Madre, perdón!”. María, en pie, acongojada, con una mano en el pecho y el otro brazo pendiendo relajado, con una voz que destroza pregunta: “¿Qué debo perdonarte, pobre hijito? ¿Qué? ¡A ti, nada!”. Juan levanta su cara, la cara de un pobre niño que llora, y grita: “¡Porque le abandoné! ¡Porque huí! ¡No le defendí! ¡Oh, Maestro mío! ¡Oh Maestro, perdón! ¡Debería haber muerto antes de haberte dejado! ¡Madre, Madre! ¿Quién me quitará este remordimiento?”. Virgen: “Calma, Juan. Él te perdona. Te ha perdonado ya. Nunca ha tenido en cuenta este momento tuyo de extravío. Te ama”. María habla despacio, haciendo pausa entre frase y frase, como en un momento de ansia, con una mano sobre la cabeza de Juan y la otra contra su pecho que late de fuerte angustia. Juan: “Pero no lo he sabido comprender ni siquiera ayer por la noche… y me dormí, cuando Él nos pidió que velásemos. ¡Abandoné a mi Jesús! Luego escapé cuando aquel maldito llegó con esa gentuza…”. ■ Virgen: “Juan, no maldigas. No odies, Juan. Deja al Padre que juzgue. Escucha: ¿dónde está ahora?”. Juan vuelve a caer con la cara sobre la tierra y llora más fuerte. Virgen: “Respóndeme, Juan. ¿Dónde está mi Hijo?”. Juan: “Madre… yo… Madre… ha sido…”. Virgen: “Ha sido condenado, lo sé. Te pregunto, ¿en estos momentos dónde está?”. Juan: “Hice todo lo posible porque me viera… procuré recurrir a los que pueden influir para obtener piedad, para que… para que le hicieran sufrir menos. No le han hecho mucho daño…”. Virgen: “No mientas, Juan. Ni siquiera por compasión a una madre. No lo lograrías. Sería inútil. Lo sé. Desde anoche le he seguido en su dolor. No lo ves. Pero mi cuerpo ha sido azotado con los mismos flagelos, sobre mi frente he sentido las espinas, he sentido los golpes… todo. Pero ahora… no veo más. ¡Ahora ignoro dónde esté mi Hijo, mi Hijo condenado a la cruz!… ¡A la cruz!… ¡Oh Dios, dame fuerzas! Él debe verme. No debo sentir mi dolor mientras Él siente el suyo. Cuando todo haya terminado, haz que muera, ¡oh Dios!, si quieres. Ahora no. Por Él no. Para que me vea. ■ Vamos, Juan. ¿Dónde está Jesús?”. Juan: “Está saliendo de la casa de Pilatos. Eso que oyes es la gritería que lanza la plebe a su alrededor. Está amarrado, en los escalones del Pretorio, esperando la cruz, o bien ya va hacia el Gólgota”. Virgen: “Avisa a tu madre, Juan, y a las otras mujeres. Vámonos. Toma esa copa, ese pan, esos lienzos… Ponlos aquí. Nos servirán de consuelo… después… y vámonos”. Juan recoge los objetos que estaban en el suelo y va a llamar a las mujeres. María le espera pasándose por el rostro los lienzos como para hallar en ellos la caricia de la mano de su Hijo. Besa el cáliz, el pan, y pone todo en un armario (1). Se envuelve estrechamente en su manto, haciendo que le llegue hasta los ojos, por encima del velo que le cubre la cabeza y el cuello. No llora, pero sí tiembla. Parece como si le faltase el aire, pues abre la boca para respirar. Juan entra seguido de las mujeres que vienen llorando. Virgen: “¡Hijas, calmaos! ¡Ayudadme a no llorar! Vámonos”. Se apoya en Juan que la guía y la sostiene como si fuese una ciega. La visión cesa así. Son las 12,30 de ahora, esto es, las 11,30 de la hora solar. (Escrito el 7 de Abril de 1944).
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1  Nota  : Sobre las reliquias.  Según esta Obra,  como veremos paso tras paso, la Madre de Jesús juntó los vestidos que su Hijo llevó durante la última cena y la pasión, el cáliz de la eucaristía, los principales instrumentos, esto es, la corona de espinas, los clavos, la lanza; el sudario de Nique, llamado el Velo de la Verónica; las dos sábanas, esto es, la de la deposición y la de la sepultura; todas estas preciosidades las puso en una preciosa arca que le dio María Magdalena. Según los especialistas en esta materia no hay tratados modernos, desde el punto de vista científico, respecto a las sagradas reliquias de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pero puede ser útil consultar a:
a) G. MORONI, Diccionario de la Erudición Histórico-Eclesiástica, desde S. Pedro hasta nuestros días, 103 vol. y 6 índices, Venecia, 1840-1861. Moroni era romano, ayudante de cámara de los papas Gregorio XVI y Pío IX, de una erudición verdaderamente admirable, merecedora de toda estima, pero que hay que someter a una crítica ponderada. Pese a tantos volúmenes, la obra puede consultarse. A ella remitimos a nuestros lectores cada vez que la Obra de María Valtorta hable de las santas reliquias de la Pasión.
b) Ch. Rohault de Fleury, Memoria sobre los instrumentos de la Pasión de N. S. Jesucristo, Paris, 1870. Obra amplia que habla de las Reliquias, pero a la que hay que consultar “cum grano salis”.
c) Actas de los Santos, colección crítica de documentos sobre los santos. Fue empezada en 1643 por Juan Bolland y continuada durante tres siglos y hasta nuestros días por un grupo de padres Jesuitas belgas. Hay tres ediciones: de Amberes, Venecia y París. En esta grande colección que ya supera los 60 volúmenes en folio, no faltan cosas referentes a los instrumentos o reliquias de la Pasión (Por ej. Verónica, velo de la).
d) Analecta Bollandina. Revista trimestral agiográfica, editada por el dicho grupo de los Padres jesuitas belgas. Fue empezada en 1882. Actualmente llega a más de 89 volúmenes. Frecuentemente aparecen artículos en conexión con las reliquias de la Pasión (Por ej. Verónica, Longinos, lanza etc..)
e) Los Diccionarios o Enciclopedias Eclesiásticas, publicados en diversas lenguas y naciones sobre materia histórica, arqueológica, bíblica, teológica etcétera… En las notas remitimos a nuestros lectores frecuentemente a: Enciclopedia católica, Ciudad del Vaticano, 1 vol. 1948-1954. En estas publicaciones, además de los artículos breves y generalmente bien hechos aun desde el punto vista crítico, se encuentra una colección bibliográfica antigua y moderna (Por ej. sobre la Sábana).
f) Casi siempre las iglesias que poseen una de las reliquias o así lo creen, suelen publicar libros o panfletos que hablan sobre ella. Por ej. para las reliquias que se veneran en Roma, en la Iglesia de S. Cruz en Jerusalén, Cfr. B. Bedini, S. O. Cist., Le Reliquie Sessoriane della Passione del Signore, 2ª Ed. Roma,1956.
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———– (11-27-556).- María Valtorta modera el dolor de la visión de la muerte de Jesús en Cruz con el consuelo de la descripción de su rostro antes de la Cena pascual.
* Rostro verdadero y rostro desfigurado de Jesús.- Breves pinceladas del rostro de la Madre.- ■ Después, desde la 1 hasta las 4 p. m. me he quedado como abatida, en medio de un sopor, de un desvanecimiento tan fuerte que ni podía hablar, ni moverme, ni abrir los ojos. Solo sufrir. Sin ver nada, aun cuando en mi sufrir meditaba siempre en la agonía de Jesús. De pronto, a las 4 p. m. vi morir a Jesús, mientras pensaba en el momento en que le clavaron las manos. Jesús dobló la cabeza de izquierda a derecha en una postrera contracción. Lanza un último y prolongado suspiro. Mueve la boca como si quisiera decir otra palabra, pero no puede, y termina con un fuerte lamento que la muerte apaga. Los ojos se le cierran. La boca queda semiabierta, por un momento con la cabeza todavía levantada, erguida sobre el cuello como por un interno espasmo convulsivo, y luego cae hacia adelante, hacia la derecha. No más. Después recobré un poco, muy poco, de fuerzas hasta la 7 p. m. y luego en medio de un horrible sopor hasta medianoche. Pero no hay ningún consuelo en la visión. También yo, como María después de la sepultura, estoy sola. No veo nada, sufro mucho. ■ Para consolarme un poco le describo cómo vi a Jesús cuando se despidió de su Madre antes de la Cena. Jesús está de rodillas a los pies de su Madre. La tiene abrazada por la cintura, reclinando su cabeza sobre sus rodillas y levantando su rostro para mirarla una y otra vez. La luz de una lámpara de aceite de tres mecheros, que está en la extremidad de la mesa, cerca de la silla de la Virgen, da de lleno en el rostro de Jesús. Su Madre ha quedado más bien en la sombra, pues tiene la luz detrás de su espalda. Jesús está bien iluminado. Yo me deshacía en contemplar su rostro y observar hasta los más pequeños pormenores. Una vez más los describo. Su cabellera está dividida a la mitad de la cabeza. Le cae en largas guedejas hasta la espalda, onduladas, que terminan en pequeños rizos, brillantes, sutiles, bien peinadas, de un color rubio sobre todo en las puntas que cobran el color de bronce. Una frente muy amplia, bellísima, lisa; sus sienes un poco hundidas en las que aparecen venas de color azul, con un tinte de índigo, que se dejan ver bajo una piel muy blanca, de una blancura especial de ciertos individuos de cabellos rojo-rubios: un blancor lácteo con un matiz que parece marfil, pero con un dejo muy leve de azul; piel muy delicada que parece un pétalo de camelia blanca, tan fina que se dejan ver aun las venas más delgadas, tan sensibles que cualquier sentimiento se dibuja con más o menos dolores vivos. A Jesús siempre le he visto pálido, un poco requemado de sol, desde que empezó sus largas caminatas por Palestina. La Virgen, por el contrario, es más blanca, porque siempre ha estado en casa. Pero su color blanco es rosado. El de Jesús de color blanco-marfil con su tinte de azul. Nariz larga y recta, con una leve curvatura para arriba, hacia los ojos. Una nariz bellísima, delgada, bien hecha. Ojos muy hermosos, de ese color, que tantas veces he descrito, de zafiro muy oscuro. Cejas y pestañas tupidas, pero no mucho. Largas, hermosas, tersas, castaño-oscuras, pero con un microscópico centelleo de oro en la punta de cada una de ellas. Las de María son de castaño muy claro, más sutiles y ralas. Tal vez se ven así porque son muy claras, tanta que parecen rubias. Su boca es regular, hasta un tanto pequeña, bien hecha, muy semejante a la de su Madre. Los labios de Jesús están bien proporcionados, ni demasiado delgados ni gruesos. Muestran una bella curvatura en el centro, en las comisuras como que desaparecen, y dejan ver una boca más pequeña de lo que es. Sus dientes son regulares, fuertes, grandes, muy blancos. Los de María son por el contrario pequeños, pero regulares y sin estar abiertos. Mejillas delgadas pero no descarnadas. Un óvalo muy estrecho y largo, muy hermoso; los pómulos ni muy salientes, ni hundidos. La barba, tupida en el mentón, está partida en dos. Rodea pero no cubre la boca sino hasta el labio inferior y sube cada vez más pequeña. A la altura de la boca, disminuye, y da la impresión en las mejillas como si fuese polvo de bronce esparcido sobre ellas. Donde la barba es tupida tiene un color rubio-rojo oscuro. De igual color son los bigotes, que no son muy tupidos, pero sí cortos. Apenas si cubren el labio superior y llegan solo hasta las comisuras de la boca. Sus orejas son pequeñas, bien hechas, muy unidas a la cabeza. No sobresalen. ■ Al verle, ayer anoche, tan hermoso, y al pensar cómo le he visto desfigurado cuando se me ha aparecido muchas veces, durante la Pasión o después de ella, mi amor de compasión se ha hecho más agudo. Cuando vi que alargaba y ponía su rostro sobre el pecho de su Madre, como un niño necesitado de caricias, me preguntaba, una vez más, cómo pudieron los hombres enfurecerse de ese modo contra Él, que es tan dulce, tan bueno en todas su acciones, y que con su presencia se atrae los corazones. Vi las hermosas, largas y pálidas manos que abrazaban a su Madre por la cintura, que abrazaban también sus brazos y me decía: «Dentro de poco serán traspasadas por los clavos» y sufría yo, cosa que hasta otros ven en mí. Tanto he querido verle a Ud. hoy, Padre, porque me parecía que me estallaba el corazón o que estaba a punto de pararse. Me parece un siglo que no recibo a Jesús. Menos mal que ya son la dos de la mañana del sábado y se cerca la hora de la comunión. Pero estoy sola. Jesús no dice nada, ni la Virgen, ni Juan. Por lo menos lo esperaba. Nada. Silencio absoluto. Oscuridad completa. Es, realmente, la desolación. (Escrito el 7 de Abril 1944).
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10-608-53 (11-28-557).- La vía dolorosa del Pretorio al Calvario (1).
* Cargado con la cruz, seguido de los dos ladrones, hacia el Calvario.- ■ Pasa el tiempo, no más de media hora tal vez hasta menos. Luego Longinos, encargado de presidir la ejecución da sus órdenes. Antes de que Jesús sea sacado fuera, a la calle, para recibir la cruz y ponerse en camino, Longinos, que le ha mirado dos o tres veces, con una curiosidad bañada en cierta compasión y con la experiencia de alguien que conoce ciertas cosas, se acerca con un soldado y ofrece a Jesús un alivio: una copa de vino, creo (porque vierte de una cantimplora militar un líquido de color rubio-rojizo-claro). “Te hará bien. Has de tener sed. Afuera hace sol. El camino es largo”. Jesús responde: “Dios te pague tu compasión, pero no te prives tú de ello”. Longinos: “Yo soy sano y fuerte… Tú… No me privo… Y además… aunque así fuera, lo haría gustoso, con tal de darte algún consuelo… Un sorbo… para mostrarme que no odias a los paganos”. Jesús no insiste en rechazarlo y bebe un sorbo de esa bebida. Tiene ya las manos desatadas. Tampoco tiene ya la caña ni la clámide. Así que puede beber sin ayuda. Luego ya no quiere más, pese a que esa bebida fresca y buena debe significar un gran alivio para la fiebre, que empieza a manifestarse en unas estrías rojas que se encienden en sus pálidas mejillas y en sus labios secos, agrietados. Longinos: “Toma, toma. Es agua con miel. Ayuda. Quita la sed… Me das compasión… de veras. No eres el hebreo a quien se debía matar… ¡Bueno! No te odio… y procuraré hacerte sufrir lo memos posible”. Pero Jesús no bebe otra vez… Tiene realmente sed… Esa tremenda sed de los desangrados y de los que tienen fiebre. Sabe que no es bebida que contenga narcótico, y bebería con ganas. Pero no quiere sufrir menos. Lo comprendo, como comprendo por una luz interior que más que el agua con miel, le consuela la compasión del romano. Jesús añade: “Que Dios te pague este consuelo con bendiciones”. Y trata de sonreírle… con esa boca suya hinchada, herida, que a duras penas puede cerrarse, porque entre la nariz y el pómulo derecho se está hinchando sin cesar la fuerte contusión del golpe que ha recibido en el patio interior después de la flagelación. ■ Llegan los dos ladrones, rodeados cada uno de una decuria. Es la hora de ponerse en marcha. Longinos da sus últimas órdenes. Una centuria se forma en dos filas, distantes unos tres metros entre ellas, y sale así a la plaza, donde otra centuria ha formado un cuadrado para contener a la gente, de forma que no obstaculice a la comitiva. En la plazuela ya hay soldados a caballo: una decuria de caballería a cuyo frente va un joven oficial llevando las insignias. Un soldado de infantería lleva de las riendas el caballo negro del centurión. Longinos sube a la silla y se dirige a su lugar, unos dos metros delante de los once de a caballo. Traen las cruces. Las de los dos ladrones son más cortas; la de Jesús mucho más larga. ■ Estoy segura que el palo vertical mide sus cuatro metros. Veo que la traen ya formada. Sobre este punto leí… —cuando leía yo, o sea, hace años— que la cruz fue compuesta en la cima del Gólgota, y que en el camino los condenados llevaban solo los palos arrastrándolos sobre las espaldas. Puede ser. Pero yo veo una cruz verdadera, bien hecha, fuerte, perfectamente unida en medio y bien reforzada con clavos-tornillos. De hecho, si se piensa que era para sostener el peso de un cuerpo común como era el de un adulto, y sostenerlo en las convulsiones finales, se comprende que no podía haber sido hecha en la estrecha e incómoda cima del Calvario. ■ Antes de poner la cruz sobre Jesús, le cuelgan al cuello una tabla, con la inscripción: «Jesús Nazareno, rey de los judíos». Y la cuerda, con que va sujeta pega contra la corona que se mueve y que rasga la piel donde no estaba ya rasgada, y que penetra en otros sitios, causando nuevos dolores y haciendo que brote más sangre. La gente, sádica, se ríe a gusto, insulta, blasfema. Todo está preparado. Longinos da la orden de ponerse en marcha. “Primero el Nazareno, detrás los dos ladrones. Una decuria alrededor de cada uno, y las otras siete haciendo ala y refuerzo. Será responsable el soldado que no impida agresión mortal a los condenados”. ■ Jesús baja los tres peldaños que llevan del vestíbulo a la plaza. Inmediatamente se ve que Jesús está muy débil. Se tambalea al bajar los tres peldaños: estorbado por la cruz, que le oprime la espalda llagada; estorbado por la tabla de la inscripción, que balancea delante y va serrando en el cuello; estorbado por los vaivenes imprimidos al cuerpo por el palo largo de la cruz, que bota en los peldaños y en las asperezas del suelo. Los judíos se ríen al ver que, cual ebrio, bambolea. Gritan a los saldados. “¡Pegadle. Hacedle caer. Al polvo el blasfemo!”. Los soldados cumplen solo con lo que deben, esto es, ordenan a Jesús a que se meta en la mitad del camino y avance. Longinos espolea su caballo y la comitiva se pone en marcha lentamente. ■ Longinos quisiera acortar, tomando el camino más breve que lleva al Gólgota, porque no está seguro de la resistencia de Jesús. Pero esta gentuza furiosa, y ya es mucho llamarlos «gentuza», no es de igual parecer. Los que han sido más astutos, se han adelantado hasta el cruce donde la calle se bifurca en dos, una que lleva a las murallas y la otra a la ciudad, y se amotinan, aullando, cuando ven que Longinos quiere tomar la de las murallas. “¡No puedes hacerlo! ¡No puedes hacerlo! ¡Es ilegal! La ley dice que los condenados deben ser vistos por la ciudad donde pecaron” (2). Los judíos que vienen detrás de la comitiva comprenden que se quiere privárseles de un derecho, y unen su gritería a la de los otros. Intentando calmar los ánimos Longinos tuerce por la calle que va a la ciudad y recorre un trecho de aquella. Pero hace señal a un decurión de que se le acerque (digo decurión porque es el suboficial, tal vez sea uno de los que nosotros llamaríamos oficial de ordenanza), le da órdenes en voz baja. El oficial regresa rápido, transmite la orden a cada jefe de decuria. Luego vuelve donde Longinos, y da cuenta de lo hecho. De nuevo ocupa el lugar en que estaba en la fila, detrás de Longinos.
*  Tres caídas.- ■ Jesús camina jadeante. Cada bache de la calle es una trampa para su pie vacilante y un tormento para sus espaldas llagadas, para su cabeza coronada de espinas, sobre la que cae un sol demasiado caliente, que de vez en vez se esconde tras un montón de nubes plomizas. Pero aun así no deja de quemar. Jesús está congestionado por la fatiga, la fiebre, el calor. Me imagino que también la luz y los gritos deben hacerle sufrir, y, si bien no puede taparse los oídos para no oír esos gritos descompuestos, sí que cierra un poco los ojos para no ver el camino deslumbrador de los rayos del sol… Pero tiene que abrirlos, porque tropieza en piedras y pisa en baches, y cada tropezón es causa de dolor porque se mueve bruscamente la cruz, que choca con la corona, que penetra en el hombro llagado y extiende la llaga y hace aumentar el dolor. Los judíos no pueden golpearle ya directamente. Pero le llega alguna pedrada o algún golpe con algún palo: las pedradas sobre todo en las plazuelas, llenas de gente; lo segundo, en las vueltas, por las callejuelas hechas de escalones que suben y bajan, ora uno, ora tres, ora más por los continuos desniveles de la ciudad. En esos lugares, forzosamente la comitiva avanza despacio y no falta quien, desafiando las lanzas romanas, trata de herir a Jesús. Los soldados le defienden como pueden; pero al hacerlo le golpean, le pegan, porque las astas largas de las lanzas, que blanden al aire, le alcanzan y le hacen tropezar. ■ Pero, llegados a un determinado lugar, los saldados hacen una maniobra impecable y, pese a los gritos y amenazas, la comitiva toma bruscamente por una calle que lleva directamente a las murallas, cuesta abajo, una calle que acorta con mucho el camino hacia el lugar del suplicio. Jesús jadea mucho más. El sudor le baña el rostro con la sangre que le brota de las heridas causadas por la corona de espinas. El polvo se le adhiere a este rostro sudado poniéndole manchas extrañas. Y es que ahora también sopla viento: sucesión de ráfagas separadas por intervalos en que se deposita el polvo, introduciéndose en los ojos y en las gargantas, que la racha ha levantado arrastrando consigo inmundicias. ■ En la puerta Judiciaria se ha agolpado mucha gente: son los que han tenido la previsión de buscarse con tiempo un sitio para ver. Pero, poco antes de llegar a ella, Jesús da muestras claras de caer. Solo la rápida intervención de un soldado, contra el que Jesús casi se derrumba, impide que caiga en tierra. La gentuza a carcajadas grita: “¡Déjale! A todos decía: «Levántate». Que se levante Él ahora…”. Al otro lado de la puerta hay un pequeño arroyo con su puente. Otra fatiga para Jesús al caminar sobre esas tablas malamente unidas, sobre las que rebota con mayor fuerza la cruz. Y una nueva ocasión para que los judíos puedan arrojar sus proyectiles. Las piedras del arroyuelo vuelan por el aire y golpean a Jesús… ■ Empieza la subida del Calvario. Es un camino desnudo, que acomete directamente la subida, sin una pizca de sombra, empedrado con piedras no unidas. Respecto a este punto había yo leído que el Calvario era un monte que tenía pocos metros de altura. Así será. Ciertamente no es muy alto; pero una colina, sí; en cualquier caso, no es más bajo que, respecto a los Lungarni, el monte de las Cruces, donde está la basílica de S. Miniato en Florencia. Alguien dirá: «Poca cosa». Cierto, para alguien que está bien de salud no es gran cosa. Pero basta con que alguien tenga un corazón débil, y lo podrá decir… De mi parte lo sé. Después que me enfermé del corazón, aunque todavía no gravemente, no podía subir allí sin sufrir mucho, teniendo que detenerme a cada intervalo, y eso que no llevaba nada sobre mis espaldas. Creo que el corazón de Jesús, después de la flagelación y el sudor de sangre, no funcionaba bien… y no tengo en cuenta más que estas dos cosas. Jesús, por tanto, subiendo y con el peso de la cruz —que siendo tan larga debe pesar mucho— sufre horriblemente. ■ Se topa con una piedra saliente. Estando agotado, levanta muy poco el pie y tropieza. Cae sobre la rodilla derecha. De todas formas, logra sujetarse con la mano izquierda. La plebe grita de alegría… Vuelve a levantarse. Avanza. Cada vez más encorvado y jadeante, congestionado, calenturiento… El cartel que lleva delante le estorba la vista. El vestido, al caminar más encorvado, le impide andar. ■ Nuevamente tropieza y va a caer de rodillas hiriéndose de nuevo, donde ya antes se había herido; y la Cruz, que se le escapa de las manos y cae al suelo, tras haberle golpeado duramente en la espalda, le obliga a agacharse, para levantarla, y a esforzarse en cargarla sobre las espaldas. Al hacer esto, se ve claramente en el hombro derecho la llaga que la cruz le ha formado con el roce, y que ha abierto las muchas llagas de los azotes y las ha unificado en una sola, de la que brota suero y sangre, de modo que la túnica blanca está completamente manchada en esa zona. La gentuza hasta aplaude de alegría al verle caer de ese modo tan miserable… Longinos grita que se den prisa, y los soldados, con golpes dados de plano con sus dagas, instan al pobre Jesús a continuar. Y de nuevo empieza el camino, con una lentitud mayor que antes, a pesar de todas las incitaciones. Jesús, disponiendo de todo el camino, se tambalea tanto que parece completamente ebrio. Va chocándose en las dos filas de soldados, ora contra una, ora contra otra. La gente ve esto y grita: “Se le ha subido a la cabeza su doctrina. ¡Mira, mira cómo tropieza!”. Otros —que no son pueblo sino sacerdotes y escribas— maliciosamente se ríen: “No. Son los banquetes en casa de Lázaro que todavía le hacen efecto. ¿Eran sabrosos? Ahora come nuestra comida…” y palabras semejantes. ■ Longinos, que de vez en cuando se vuelve, se compadece de Jesús y ordena que se detengan todos por algunos minutos. La plebe le insulta tanto, que el centurión ordena a sus soldados la carga. La cobarde plebe, ante las relucientes y amenazadoras lanzas, se retira aullando, bajando sin orden ni concierto por el monte. Aquí es donde vuelvo a ver, entre los pocos que se han quedado, al grupo de los pastores, apareciendo tras unas ruinas, tal vez de un muro derrumbado. Acongojados, desconcertados, polvorientos, llaman con la fuerza de su mirada a su Maestro. Y Él vuelve su cabeza, los ve… los mira detenidamente como si fueran caras de ángeles; parece calmar su sed y tomar fuerza con las lágrimas de ellos, y sonríe… Se da de nuevo la orden de ponerse en marcha y Jesús pasa justamente por delante de ellos, oyendo sus angustiosos gemidos. Vuelve a duras penas su cabeza bajo el yugo de la cruz y nuevamente sonríe… Sus consuelos… Diez caras… una parada bajo el sol abrasador… ■ Después viene el dolor de la tercera, completa caída. Esta vez no es porque haya tropezado, sino que es que cae por una repentina pérdida de fuerzas, por un síncope. Cae cuan largo es. Se golpea la cara contra las losas desunidas. Y sigue así en el polvo, bajo la cruz, que se le cae encima. Los soldados tratan de levantar. Pero, dado que parece muerto, van a informar al centurión. Mientras van y vuelven, Jesús vuelve en sí; y lentamente, con la ayuda de dos soldados, de los que uno levanta la cruz, y el otro que le ayuda a ponerse de pie, se coloca de nuevo en su lugar. Pero está completamente agotado. La gentuza grita: “¡Procurad que no muera sino en la cruz!”. Y los jefes de los escribas dicen a los soldados: “Si se os muere antes, responderéis ante el procónsul, tenedlo muy en cuenta. El reo debe llegar vivo al suplicio”. Los saldados, aunque por disciplina no hablan, los fulminan con sus miradas furiosas. ■ Pero Longinos tiene el mismo miedo que los judíos de que Jesús pueda morir en el camino, y no quiere problemas. Sin necesidad de que nadie le recuerde, conoce su deber de jefe de la ejecución, y toma las medidas oportunas al respecto; concretamente da la orden de tomar el camino más largo, que sube en espiral orillando el monte y que, por tanto, tiene menos desnivel, desorientando a los judíos, los cuales presurosos se habían adelantado por el camino, al que han llegado de todas las partes del monte, sudando, arañándose al pasar junto a los escasos y espinosos matorrales de este monte yermo y requemado, cayendo en los montones de escombros (como si fuera para Jerusalén una escombrera), sin sentir dolor alguno, sino el de perderse un jadeo de Jesús, una mirada suya de dolor, un gesto aun involuntario de sufrimiento, sin sentir temor alguno, sino el de no conseguir un buen sitio. El camino tomado por Longinos me parece un sendero que, a fuerza de haber sido recorrido, se ha transformado en un camino bastante cómodo. El cruce de un camino con el otro está localizado, aproximadamente, en la mitad del monte. Pero veo que, más arriba, en cuatro puntos, el camino directo es cortado por este que asciende con menos desnivel, aunque con un recorrido mucho más largo.
* Las mujeres, matronas de Jerusalén. La Verónica.- ■ Y en este camino hay personas que suben, pero que no participan de la indigna gritería de los enemigos posesos que siguen a Jesús para gozarse de verle sufrir… Son en su mayoría mujeres que lloran bajo sus velos. También algún grupito de hombres —en verdad, muy exiguos— que, muy por delante de las mujeres, están para desaparecer de la vista cuando el camino, en su recorrido, orillando el monte, tuerce. En este punto, el Calvario tiene una especie de punta en su caprichosa estructura: de forma de morro por una parte, escarpada por la otra. Trataré de darle una idea de su aspecto tomado de perfil. Pero tengo que volver la página, porque aquí me viene mal por falta de espacio. Los hombres desaparecen tras la punta rocosa y los pierdo de vista. Le gente que seguía a Jesús aúlla de rabia. Era más bonito para ellos verle caer. Lanzan, contra Él y contra quienes le llevan, palabras obscenas, y parte de ellos se ponen a seguir a la comitiva, y otra parte prosigue, casi corriendo, hacia arriba por el camino empinado, para desquitarse, con un magnífico puesto, de la desilusión que han experimentado. Las mujeres, que van llorando —y que se encuentran en un punto inicial de este camino en espiral— se vuelven al oír los gritos, y ven que la comitiva tuerce por ahí. Se detienen entonces, y, temiendo que los violentos judíos las arrojen ladera abajo, se pegan bien al monte. Cubren aún más su cara con los velos. Una va completamente velada como una musulmana, dejando descubiertos solo sus negrísimos ojos. Van ricamente vestidas, custodiadas por un viejo robusto, cuya cara, yendo todo él envuelto en su manto, no distingo; veo solo su larga barba, más blanca que negra, que se asoma por el manto de color muy oscuro. Cuando Jesús llega a donde están, ellas lloran más fuertemente y se inclinan profundamente en señal de saludo. Luego, valerosamente, se aproximan. Los soldados quieren hacerlas a un lado con sus astas. Pero la que viene del todo cubierta como musulmana se levanta un instante el velo ante el alférez, que había llegado a caballo para saber por qué se había detenido la marcha. Y el alférez da la orden de dejarla pasar. No puedo ver ni su cara ni su vestido, porque ha apartado el velo con una rapidez sorprendente y el vestido está enteramente oculto bajo un largo y pesado manto que llega hasta los pies, un manto tupido y completamente cerrado por una serie de hebillas. La mano que un instante sale para apartar el velo es blanca y hermosa; y es, junto con los negrísimos ojos la única cosa que se ve de esta alta matrona, que, sin duda, debe ser persona influyente, a juzgar por la forma en que el lugarteniente de Longinos la obedece. ■ Se acercan a Jesús llorando. Se arrodillan a sus pies, mientras Él se detiene jadeante… Jesús, a pesar de todo, encuentra el modo de sonreír a estas mujeres compasivas y al hombre que las acompaña, el cual se descubre la cara y veo que es Jonatás. Pero a él los soldados no lo dejan pasar; solo a las mujeres. Una es Juana de Cusa, y está más desecha de cuando agonizaba. En su cara blanca como la nieve no se ve otro color que el rojizo producido por las huellas del llanto. Sus dulces negros ojos, tan empañados como están, parecen ahora de un violeta oscurísimo, como ciertas flores. Tiene en su mano una jarra de plata y se la ofrece a Jesús, el cual no la acepta. Pero es que, además, su jadeo es tan fuerte, que ni siquiera podría beber. Con la mano izquierda se seca el sudor y la sangre que le caen en los ojos y que, deslizándose por las mejillas amoratadas y por el cuello (en que se ven las venas hinchadas por el esfuerzo del corazón), empapan todo el pecho. ■ Otra mujer —a su lado tiene a una joven criada— abre un pequeño cofre que ésta lleva en los brazos, y saca un lienzo finísimo, cuadrado, que le ofrece al Redentor: Jesús lo toma. Y, dado que no puede por sí solo con una sola mano, esta compasiva mujer le ayuda a ponérselo en el rostro, con cuidado de no moverle la corona. Y Jesús aplica el fresco lienzo a su pobre faz. Lo mantiene así como si en ello encontrase un gran consuelo. Luego devuelve el lienzo y dice: “Gracias, Juana, gracias Nique… Sara… Marcela… Elisa… Lidia… Ana… Valeria… y a ti… Pero no lloréis… por Mí… hijas de… Jerusalén sino por los pecados… vuestros y… de vuestra ciudad… Da gracias… Juana… por no tener… ya hijos… Mira… es piedad de Dios… el no… el no tener hijos… para que… sufran por esto. Y también… Tú, Isabel… Mejor… como sucedió… que entre los deicidas… Y vosotras… madres… llorad por vuestros hijos porque… esta hora no pasará… sin castigo. ¡Y qué castigo, si esto es así para… el Inocente!… Lloraréis entonces… el haber concebido… amamantado y el… tener todavía vivos… a los hijos… Las madres… en aquella hora… llorarán porque… en verdad os digo… que será afortunado… el que en aquella hora… caiga primero… bajo los escombros… Os bendigo… Idos a casa… rogad por Mí. Adiós, Jonatás… llévatelas…”. Y en medio de un alto clamor de llanto y de injurias de los judíos, Jesús emprende de nuevo el camino.
* La Madre (con Juan y las mujeres del Cenáculo) y el Hijo.- El Cirineo.- ■ Jesús está otra vez todo mojado de sudor. También los soldados y los otros dos que van al suplicio sudan porque el sol de un día, que amenaza tempestad, cae como fuego, y la ladera ardiente del monte aumenta el calor. ¿Qué no sentirá Jesús con su vestido de lana, puesta sobre las heridas de los azotes? ¡Puede uno imaginarse y horrorizarse!… Pero no lanza ni un lamento. Pese a que el camino es menos pendiente y no hay esas piedras sueltas, como en el otro, tan peligrosas para sus pies, que en realidad los va arrastrando, Jesús tambalea cada vez más, y otra vez vuelve a ir de una fila de soldados a la otra, chocándose, y encorvándose cada vez más. Piensan que será una solución pasarle una cuerda por la cintura y tenerlo sujeto por los cabos como si fueran riendas. Sí, esto lo sostiene, pero no le quita el peso. Es más, la cuerda, al dar contra la cruz, hace que ésta se mueva continuamente en el hombro y que golpee en la corona, que verdaderamente ha hecho ya de la frente de Jesús un tatuaje sangriento. Además, la cuerda restriega la cintura, donde hay tantas heridas, y ciertamente las abrirá de nuevo; tanto es así que la túnica blanca se pone de dolor rojo pálido, en la zona de la cintura. Por querer ayudarle, le hacen sufrir más todavía. ■ Continúa el camino. Dobla la ladera del monte, hacia el cruce con el camino empinado. Aquí, están María y Juan. Yo diría que Juan la ha llevado a ese punto de sombra, detrás de la escarpa del monte, para que descanse un poco. Es la parte más abrupta, solo orillada por ese camino. Hacia arriba y hacia abajo, la ladera, sea hacia arriba, sea hacia abajo, tiene áspero declive, de forma que, por este motivo, los crueles judíos la han descartado. Allí hay sombra, porque yo diría que es el Norte. Y María, estando pegada al monte, se ve al amparo del sol. Está apoyada en la ladera de tierra; de pie, pero ya agotada. Jadea también Ella, pálida como un cadáver, con su vestido azul oscuro, casi negro. Juan la mira con toda la compasión. También él ha perdido el color de su cara y está térreo. Dos ojos cansados y abiertos desmesuradamente. Despeinado. Las mejillas hundidas como si hubiera estado enfermo. Las otras mujeres (María y Marta, hermanas de Lázaro, María de Alfeo y de Zebedeo, Susana de Caná, la dueña de la casa, y otras que aún no conozco) (3), están en medio del camino y observan si viene el Salvador. Al ver que llega Longinos, corren a donde María a darle la noticia. María, sostenida del brazo por Juan, majestuosa en su dolor, se separa de la pared del monte y valerosamente se pone en medio del camino, apartándose solo cuando llega Longinos, quien desde lo alto de su caballo negro mira a esta pálida Mujer y a su rubio acompañante, pálido, de ojos azules como los de Ella. Mueve la cabeza al pasar seguido por los once que van a caballo. María trata de pasar entre los soldados de a pie. Pero éstos que tienen calor y prisa, tratan de rechazarla con las lanzas, tanto más cuando del camino empedrado caen piedras en protesta contra tantos gestos de compasión. Son los judíos que siguen imprecando por la pausa causada por las pías mujeres. Dicen: “¡Pronto, pronto! Mañana es Pascua. Hay que acabar esta misma tarde. ¡Cómplices! ¡Befadores de nuestra ley! ¡Opresores! ¡Muerte a los invasores y a su Mesías! ¡Le aman! ¡Fijaos cómo le aman! ¡Nosotros no queremos tenerle! ¡La carroña para las carroñas! ¡La lepra para los leprosos!”. Longinos pierde la paciencia, espolea a su caballo, seguido por diez lanceros, contra la canalla que insulta, que por segunda vez huye. ■ Y, haciendo esto, Longinos ve parado un pequeño carro (que había subido sin duda hasta allí desde los huertos que están al pie del monte), un pequeño carro que espera con su carga de verduras a que pase la turba para ir a la ciudad. Me imagino que un poco de curiosidad propia y de los hijos ha hecho al Cirineo subir hasta allí, porque de ninguna manera tenía necesidad de hacerlo. Los dos hijos, tumbados encima del montón de verduras, miran cómo huyen los judíos y se ríen de ellos. Su padre, al contrario, un hombre muy robusto como de 45 años de edad, en pie, junto al asno que, asustado, trata de echarse para atrás, mira atentamente a la comitiva. Longinos le mira de arriba abajo. Piensa que le puede servir y le ordena: “¡Oye, ven aquí!”. Cirineo finge no oír, pero con Longinos nadie juega. Repite la orden en tal forma que Cirineo deja las riendas del borrico a uno de sus hijos y se acerca al centurión, que le dice: “¿Ves a ese hombre?”. Y al decirlo se vuelve para señalar a Jesús. Y, en ese momento, ve a María, suplicando a los soldados que la dejen pasar. Siente compasión de Ella y grita: “Dejad pasar a la Mujer”. Luego dice al Cirineo: “No puede proseguir así cargado. Tú eres fuerte. Toma su cruz y llévala por Él hasta la cima”. Cirineo: “No puedo… tengo el asno… es asustadizo… los muchachos no pueden sujetarle…”. Longinos le replica: “Ve, si no quieres perder el asno y que se te den veinte azotes”. Cirineo no se opone más. Grita a los muchachos: “Volved a casa enseguida. Decid que no me tardo” y va donde Jesús. ■ Llega en el preciso momento en que Jesús se vuelve hacia su Madre —solo entonces Él la ve venir, y es que caminaba tan encorvado y con los ojos tan cerrados, que era como si estuviese ciego—, y grita: “¡Mamá!”. Es la primera palabra que manifiesta su sufrimiento, desde cuando está siendo torturado. Y es que en ese grito se contiene la confesión de todo su tremendo dolor, de cada uno de los dolores, de alma, de corazón, de cuerpo. Es el grito agudo y desgarrador de un niño que muere solo, entre verdugos, en medio de los peores tormentos… y que llega a tener miedo hasta de su propia respiración. Es el lamento de un niño que delira aterrorizado por visiones de pesadilla… Y llama a su madre, a la madre, porque solo el beso fresco de ella calma el ardor de la fiebre, y su voz ahuyenta a los fantasmas, y su abrazo hace menos terrible la muerte… María se lleva la mano al corazón como si hubiese recibido una puñalada. Se tambalea levemente. Pero se recobra, acelera el paso y, mientras con los brazos tendidos va hacia su Hijo, grita: “¡Hijo!”. Pero lo dice en una forma tal, que el que no tiene corazón de hiena lo siente traspasado por ese dolor. Hasta los romanos experimentan un sentimiento de compasión… y eso que son hombres acostumbrados a las armas, a la muerte, con cicatrices en sus cuerpos. Las palabras: “¡Mamá!” e “¡Hijo!” conservan siempre su valor y lo conservan para todos aquellos que –lo repito– no son menos que las hienas, y son pronunciadas y comprendidas en todas partes, provocando sentimientos de profunda compasión… ■El Cirineo siente esta compasión… Y dado que ve que María no puede, a causa de la cruz, abrazar a su Hijo y que después de haber tendido los brazos los deja caer de nuevo convencida de no poder hacerlo, —y Ella se limita a mirarle, queriendo expresar una sonrisa, una sonrisa que es martirial, para infundirle ánimo, mientras sus temblorosos labios beben el llanto; y Él, torciendo la cabeza bajo el yugo de la cruz, trata a su vez, de sonreírle y de enviarle un beso con sus pobres labios heridos, secos, golpeados—, pues se apresura a quitar la cruz (y lo hace con la delicadeza de un padre, para no chocar con la corona o rozar las llagas). Pero María no puede besar a su Hijo… Hasta el más leve toque sería una tortura en esa carne lacerada. María se abstiene de hacerlo, y, además… los sentimientos más santos tienen un pudor profundo, requieren respeto o, al menos, compasión, mientras que aquí lo que hay es curiosidad y, sobre todo, escarnio: se besan solo los dos corazones angustiados. ■ La comitiva, que emprende de nuevo la marcha, movido por el empuje del pueblo enfurecido, los separa y aparta a la Virgen —blanco de las burlas de un pueblo— contra la pared del monte… Ahora detrás de Jesús camina Cirineo con la cruz. Él, libre del peso, camina mejor. Jadea fuertemente. Se lleva con frecuencia la mano al corazón, como si tuviese un gran dolor, una herida allí, en la región esterno-cardíaca. Como no trae las manos ligadas, se echa hacia atrás los cabellos, empapados de sangre y sudor, hasta por detrás de las orejas, para sentir el aire sobre su rostro lívido, y se desata el cordón del cuello, porque le molesta para respirar… Puede caminar un poco mejor. María se ha hecho a un lado con las mujeres. Se pone al final de la comitiva una vez que ésta ha pasado; luego, por un atajo, se dirige hacia la cima del monte, desafiando los insultos de la plebe enfurecida. Ahora que Jesús está libre, recorren con bastante brevedad la última espira del monte. Ya están cerca de la cima, toda llena de gentío vociferante.
* En el Calvario.- ■ Longinos se detiene y da orden que todos, sin excepción, sean apartados más hacia abajo, para que la cima, lugar de la ejecución, quede libre. Y media centuria cumple sus órdenes empleando sus dagas y astas. Bajo la granizada de golpes y palos, los judíos de la cima huyen. Intentan colocarse en la explanada que está más abajo; pero los que ya están en ella no ceden, siendo así que se encienden riñas furibundas entre la gente. Parecen todos locos. ■ Como lo había dicho ya desde el año pasado, el Calvario, en su cima, tiene la forma de un trapecio irregular, levemente más alto por un lado, tras el cual el monte desciende a pico hasta más de la mitad de su ladera. Sobre la explanada trapezoidal hay tres agujeros profundos, recubiertos por dentro de ladrillos o pedazos de pizarra; en definitiva, hechos con este fin concreto. Al lado de ellos hay piedras y tierra ya preparadas para calzar las cruces. De otros agujeros, sin embargo, no han sacado las piedras. Se comprende que los van vaciando según el número que se requiere cada vez. Más debajo de la cima trapezoidal, por la parte en que el monte no desciende con fuerte desnivel, hay una especie de plataforma que constituye un rellano de suave declive. De éste salen dos anchos senderos que bordean la cima, quedando así ésta aislada por todos los lados y elevada al menos dos metros. Los soldados, que echaron a la gente de la cima a base de golpes de astas, calman la pelea que entre sí han trabado los judíos y abren paso para que la comitiva atraviese sin dificultad el último trozo de camino. Y se quedan allí formando cordón, mientras los tres sentenciados, rodeados por soldados de a caballo y protegidos por detrás por la otra media centuria, llegan hasta el punto donde deben detenerse: a los pies de esta plataforma natural que es la cima del Gólgota. ■ Mientras esto sucede, descubro a las Marías. Un poco detrás de ellas, están Juana de Cusa y otras cuatro de las mujeres de antes. Las demás se han marchado. Deben haber ido solas, porque Jonatás está ahí, detrás de su patrona. Ya no está la mujer a la que nosotros llamamos Verónica y a la que Jesús llamó Nique, ni su criada; y tampoco está la mujer que iba totalmente velada y a la que obedecieron los soldados. Veo a Juana, a la anciana de nombre Elisa, a Ana (es la dueña de aquella casa a donde Jesús va durante la vendimia del primer año), y a otras dos que no sé identificar. Detrás de las mujeres y de las Marías, veo a José y Simón de Alfeo, Alfeo de Sara junto con el grupo de los pastores. Han peleado con los que querían arrojarles y los insultaban, pero su fuerza, multiplicada por el amor y el dolor, les ha hecho vencer y han creado un semicírculo libre, contra el que los cobardísimos judíos no se atreven sino a lanzar gritos de muerte y a amenazar con los puños; no más, porque los cayados de los pastores son gruesos y pesados; y a estos jabatos —no hablo impropiamente llamándoles así, porque se requiere un gran valor para enfrentarse a toda una población hostil, siendo pocos, conocidos como galileos o seguidores del Galileo— no les falta fuerza ni tino. Es el único lugar del Calvario donde no se maldice a Jesús. ■ El monte hormiguea de gente en los tres lados que no descienden con fuerte declive. Ya no se ve la tierra amarillenta y desnuda, la cual, bajo el sol, que aparece y se oculta, parece un prado florecido lleno de corolas de todos los colores, debido a que está cubierta por una gran cantidad de capuchas y mantos de esos sádicos. Pasado el arroyo, por el camino, se ve más gente; dentro del recinto de las murallas, más gente; en las terrazas, más gente. El resto de la ciudad, despoblado… vacío… silencioso: todo está aquí, todo el amor y todo el odio; todo el Silencio que ama y perdona, toda la Gritería que odia y maldice. ■ Mientras los encargados de la ejecución preparan sus instrumentos y terminan de vaciar los hoyos, y mientras los condenados sentenciados esperan en el centro de su cuadrado, los judíos, refugiados en el ángulo opuesto a las Marías, insultan a éstas, y también a la Madre de Jesús: “¡Muerte a los galileos! ¡Muerte! ¡Galileos! ¡Galileos! ¡Malditos! ¡Muerte al galileo blasfemo! ¡Clavad también en la cruz el vientre que le llevó! ¡Mueran las víboras que paren demonios! ¡Muerte a ellas! ¡Limpiad a Israel de las mujeres que se unen con los machos cabríos!…”. Longinos que ha bajado del caballo, se vuelve y ve a la Virgen… Ordena hacer callar aquella gritería… La media centuria que estaba detrás de los condenados carga contra la canalla y limpia del todo el rellano inferior, mientras los judíos se echan a correr por el monte pisoteándose unos a otros. Los demás soldados bajan también del caballo. Uno de ellos toma los once caballos además del caballo del Centurión y los lleva a la sombra. ■ El centurión se encamina hacia la cima. Juana de Cusa se acerca a él, le detiene; le da la jarra y una bolsa, luego se vuelve al ángulo del monte con las otras. Arriba todo está preparado. Se hace subir a los sentenciados. Jesús pasa otra vez cerca de su Madre que lanza un gemido, que Ella misma trata de ahogar, llevándose el manto a la boca. Los judíos ven esto y se carcajean. Juan, el manso Juan, que, con un brazo sostiene a María, se vuelve con una mirada feroz. Le brillan los ojos. Creo que si no debiera tutelar a las mujeres, cogería a alguno de esos cobardes por la garganta. Apenas los sentenciados están sobre el cadalso, los soldados rodean la explanada por los tres lados. Solo queda vacío el lado que desciende a pico. ■ El centurión ordena a Cirineo que se vaya. Y éste se marcha, a regañadientes ahora. No diría que por sadismo, sino por amor. Tanto es así, que se queda junto a los galileos y comparte con ellos los insultos que la canalla lanza contra este escuálido grupo de fieles de Jesús. Los dos ladrones echan al suelo sus cruces en medio de maldiciones. Jesús guarda silencio. El camino doloroso ha terminado (4). (Escrito el 26 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 27,32-32; Mc. 15,21-21; Lc. 23,26-32; Ju. 19,17-17.   2  Nota  : Lev. 24,10-23; Núm. 15,32-36; 1 Rey. 21,1-86; Ju. 19,19-20.   3  Nota  :  “No conozco”, porque la fecha de la presente visión precede a la de la mayor parte de las visiones de la vida pública de Jesús. Para mayor explicación, Cfr. María Valtorta y la Obra, 6.-1: Las fechas. ; 4   Nota  : Algunas especificaciones:
1ª) Respecto a la Cruz.- La opinión común y corriente, apoyada no en los evangelios, parcos en detalles, sino en la arqueología romana, sostiene que la cruz se componía de dos palos separados: uno, el largo, vertical, medía de 4 a 4.1/2 metros, y generalmente estaba clavado en el lugar del suplicio; el otro, el horizontal, y más corto, llamado furca o patibulum, lo cargaba el condenado. Según esta opinión común, Jesús llevó al Calvario no la cruz completa, sino solo el palo corto. La Escritora de esta Obra, recordando que el flagelado y el que cargaba la cruz esta vez, es el Dios encarnado, y asegurando que describía lo que “veía”, afirma que Jesús cargó la cruz completa. Puede ser que al pensar así vaya contra la opinión corriente, pero no contra los Evangelios, los cuales, como todos lo saben, no describen todos los pormenores.
2ª) Respecto al Velo de la Verónica, llamado también la Santa Faz o Sudario Santo, que se conserva en S. Pedro en el Vaticano, Cfr. MORONI, op. vit. vol. 103. p. 91-99, también vol. 55 p. 265 y vol. 88, p. 231, que por un gran favor del Papa Gregorio XVI, y junto con él, el 6 de Febrero de 1838 y en otra ocasión, tuvo la inolvidable suerte de haber visto cuidadosamente y besar el Santo rostro que se venera en S. Pedro. En el vol. 103, p. 92-93, tal vez con el parecer de Moroni, hay la siguiente descripción: “Piazza (nombre) Emerologio di Roma, 4 de Febrero, fiesta de S. Verónica, noble matrona jerosolimitana, después de su historia, así describe el Santo Rostro en 1713, tal como lo vio y describió el apóstol evangelista S. Juan en su lección 7. “Se ve en él, no sin gran compasión, la cabeza atravesada toda de espinas, la frente ensangrentada, los ojos llenos de manchas de sangre. El rostro todo pálido. En la mejilla derecha se ve la huella de la cruel bofetada que le dio Malco, en la izquierda las manchas de los salivazos de los judíos. La nariz un poco aplastada y ensangrentada. La boca abierta y llena de sangre. Los dientes flojos. La barba arrancada en cierto punto, los cabellos de un lado arrancados. La santísima faz muestra, pese a todos los sufrimientos, majestad, compasión, amor, tristeza. Cuando en determinadas solemnidades se muestra en la basílica vaticana a toda la gente que acude causa un sagrado horror, una tristísima confianza, una dolorosa penitencia, de modo que invita al arrepentimiento. Al ver la Santa Faz uno puede ver en ella reflejado el inmenso amor de nuestro benignísimo Redentor”. ■ Una copia, fiel reproducción de la que se guarda en S. Pedro, Vaticano, que se hizo en tiempos de Gregorio XV, en 1621, se conserva en la iglesia “del Gesú”, de los Padres Jesuitas, en Roma. Cfr. Moroni, op. cit. Vol. 103. pag. 102-103. A. P. Frutaz, Verónica, en Enciclopedia Católica, vol. 12, Ciudad Vaticano, 1954. col. 1299-1303, escribe: “Del velo de la Verónica, con la Faz de Cristo, se habla en el grupo de los Apócrifos de Pilatos (… sec. II, IV- VIII)”. Aun cuando parece que no vio la Santa Faz conservada en el Vaticano, dice que no ha sido hasta ahora estudiada científicamente, pero que debe preferir a las que hay en Laón y Génova. ■ El que anota esta Obra, se acuerda de que María Valtorta le dijo que si acercasen el Rostro santo de la Sábana de Turín y el del Velo de la Verónica, veríamos que son semejantes en cuanto a características y medidas.
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10-609-69 (11-29 569).- Crucifixión, muerte y descendimiento (1).
*  Manos y pies traspasados.- ■ Cuatro musculosos hombres, que por su aspecto me parecen judíos, y judíos más merecedores de la cruz que los sentenciados, ciertamente de la misma calaña de los flageladores, y que estaban en un sendero, saltan al lugar del suplicio. Van vestidos de túnicas cortas y sin mangas. En las manos tienen clavos, martillos y cuerdas. Y muestran burlonamente estas cosas a los tres sentenciados. La muchedumbre se excita envuelta en sanguinario delirio. El centurión ofrece a Jesús la jarra, para que beba vino con mirra, que sirve de ligero anestésico (2). Pero Jesús no acepta. Los dos ladrones, por el contrario, beben mucho. Luego, junto a una piedra grande, casi en el borde de la cima, ponen esta jarra de amplia boca, ya vacía. ■ Se da a los sentenciados la orden de desnudarse. Los dos ladrones lo hacen sin ningún pudor. Es más, se divierten insinuando gestos obscenos hacia la plebe, y sobre todo hacia el grupo sacerdotal que se distingue por sus vestidos blancos de lino, grupo que, poco a poco y haciendo uso de su condición, han vuelto al rellano. Se les han juntado dos o tres fariseos y otros poderosos personajes a quienes el odio une. Veo a unos que conozco bien, por ejemplo a Yocana, a Ismael, al escriba Sadoc, a Elí de Cafarnaúm… Los verdugos ofrecen tres pedazos de tela para que se cubran las ingles. Los ladrones los toman con horribles maldiciones. Jesús, que se ha ido quitando sus vestidos lentamente por el agudo dolor de las heridas, lo rehúsa. Tal vez piensa que puede conservar los paños menores que tuvo en la flagelación. Pero cuando se le dice que también se los quite, extiende su mano al verdugo y le pide el pedazo de tela para cubrirse. Es realmente el Aniquilado, el Nada, reducido a tener que pedir un trapo a los delincuentes. María lo ve, se quita el largo y fino velo blanco que le cubre la cabeza por debajo del manto oscuro; un velo que Ella ha bañado con sus lágrimas. Se lo quita sin que se caiga el manto. Lo da a Juan para que lo dé a Longinos y éste a Jesús. El centurión toma el velo sin poner dificultades, y cuando ve que Jesús está para desnudarse del todo, vuelto hacia el lugar donde no hay gente —mostrando así su espalda llena de golpes y de heridas abiertas que sangran— le da el velo de lino de la Virgen. Jesús lo reconoce. Se lo pone cuidadosamente para que no se caiga… Y en este velo —hasta ese momento mojado solo por el llanto— caen las primeras gotas de sangre, porque muchas heridas apenas cubiertas de coágulos, al agacharse para quitarse las sandalias y dejar en el suelo la ropa, se han abierto y la sangre de nuevo mana. ■ Jesús se vuelve hacia la plebe. Y se ve así que también el pecho, los brazos y las piernas fueron azotados. A la altura del hígado tiene un enorme moretón, y bajo el arco costal izquierdo se ven siete nítidas estrías en relieve, terminadas en siete pequeñas laceraciones sangrantes, rodeadas de un círculo violáceo… un cruel golpe de flagelo en esta zona tan sensible del diafragma. Las rodillas, magulladas por las repetidas caídas que ya empezaron después de la detención y que terminaron en la subida al Calvario, están negras de cardenales, y abiertas por la rótula, sobre todo la rodilla derecha, y con una vasta laceración sanguínea. La muchedumbre se burla como en coro: “¡Oh, bello! ¡El más bello de los hijos de los hombres! Las hijas de Jerusalén te adoran...” y en tono de salmo. “Mi amado es blanco y rubicundo, se distingue entre millares. Su cabeza es oro puro; sus cabellos, racimos de palmera, sedosos como pluma de cuervo. Los ojos son como dos palomas que se bañasen en arroyuelos no de agua, sino de leche, en la blancura de sus órbitas. Sus mejillas son jardines de aromas; sus labios, lirios purpurinos que destilan deliciosa mirra. Sus manos bellas, como trabajo de orfebre, terminando en róseos jacintos. Su tronco es marfil con vetas de zafiros. Sus piernas, perfectas columnas de blanco mármol sobre pedestales de oro. Su majestad es como la del Líbano, imponente, es más alto que el más alto cedro. Su lengua está impregnada de dulzura y él es toda una delicia” (3). Se carcajean. Gritan. “¡El leproso! ¡El leproso!” (4). Fornicaste con un ídolo (5), pues Dios te castiga de este modo. ¿Has murmurado contra los santos de Israel, como María murmuró de Moisés (6), pues que has recibido este castigo? ¡Oh, oh, el Perfecto! ¿Eres el Hijo de Dios? ¡Que no! ¡Eres un aborto de Satanás! Por lo menos él, Mammona, es poderoso y fuerte. Tú… eres una piltrafa impotente y asquerosa”. ■ Atan a las cruces a los ladrones y se les lleva a su lugar, uno a la derecha, otro a la izquierda, respecto del lugar destinado a Jesús. Gritan, maldicen, sobre todo cuando meten las cruces en el agujero y los descoyuntan, haciendo que las cuerdas aprieten fuertemente sus muñecas. Blasfeman contra Dios, contra la Ley, contra los romanos, contra los judíos. Son unos demonios. ■ Es el turno de Jesús. Se extiende sobre el leño sin oponerse. Los dos ladrones se mostraron tan rebeldes que, no siendo suficientes los cuatro verdugos, habían tenido que intervenir varios soldados para sujetarlos, para que no diesen puntapiés a los verdugos cuando les amarraban las muñecas. Para Jesús no hay necesidad de esto. Se tiende y pone la cabeza donde le dicen que lo haga. Abre los brazos como se lo ordenan, extiende las piernas como le mandan. Tan solo se preocupa de acomodarse bien su velo. Ahora su largo, delgado y blanco cuerpo resalta sobre el madero oscuro y el suelo amarillo. Dos verdugos se sientan sobre su pecho para sujetarle. Me imagino cuál no habrá sido la opresión y dolor que habrá experimentado. Un tercer verdugo le toma el brazo derecho y lo sujeta: con una mano en la primera parte del antebrazo; con la otra, en el extremo de los dedos. El cuarto, que tiene ya en la mano el clavo largo, de cuerpo cuadrangular y de punta afilada, remachado en la cabeza, grande como de 2 cmtrs. y medio de diámetro, mira si el agujero ya hecho en la madera coincide con la juntura del radio y el cúbito en la muñeca. Coincide. El verdugo coloca la punta del clavo en la muñeca, levanta el martillo y da el primer golpe. Jesús, que tenía los ojos cerrados, al sentir el agudo dolor da un grito y se contrae, abre sus ojos que nadan en lágrimas. Ha de ser un fuerte dolor… El clavo penetra destrozándole músculos, venas, nervios, quebrándole los huesos… María responde al grito de su Hijo con otro que parece ser el de un cordero degollado. Se inclina, como destrozada, sosteniéndose la cabeza entre las manos. Para no darle más aflicción, Jesús no grita más, pero los golpes se suceden, metódicos, duros de hierro sobre hierro… y uno piensa que debajo hay un miembro vivo que los recibe. La mano derecha ya está clavada. ■ Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con la muñeca. Entonces toman una cuerda, amarran la muñeca izquierda, y la estiran hasta dislocar la juntura, hasta arrancar tendones y músculos, además de desgarrar la piel ya serrada por las cuerdas de la captura. También la otra mano debe sufrir, porque por reflejo se estira y en torno a su clavo se va agrandando el agujero de la muñeca. Ahora a duras apenas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se resignan y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo en el centro del metacarpo. Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con un dolor mucho más intenso, pues toca nervios muy sensibles; tanto es así que los dedos se quedan inertes, mientras que los de la derecha se contraen y se doblan, poniendo de manifiesto su vitalidad. Jesús no grita más. Un lamento ronco desaparece tras de sus labios. Las lágrimas, después de haber caído sobre el madero, caen ahora en tierra. ■ Es el turno de los pies. A unos dos metros —un poco más— del extremo de la cruz hay un calzo, un saliente cuneiforme, escasamente suficiente para un pie. Los pies se ponen allí para ver si la medida está bien hecha. Y, dado que está un poco bajo y los pies llegan mal, tiran de los tobillos del pobre Jesús. El madero rugoso de la cruz restriega las heridas y mueve la corona, de forma que ésta se descoloca, arrancando nuevos cabellos, y está a punto de caer; de un manotazo un verdugo le vuelve a colocar sobre la cabeza. Ahora los que estaban sentados sobre el pecho de Jesús, se levantan para ponerse sobre las rodillas, porque Jesús, involuntariamente, retiró las piernas al ver brillar el larguísimo clavo, más del doble del que emplearon para las manos. Se apoyan sobre las rodillas excoriadas, hacen presión sobre los huesos de la pierna, mientras que los otros dos llevan a cabo la operación, mucho más difícil, de enclavar un pie sobre el otro, tratando de hacer coincidir las dos junturas de los tarsos. A pesar de que miren bien y tengan bien sujetos los pies, por los tobillos y los dedos, contra el apoyo cuneiforme, el pie de abajo se corre por la vibración del clavo, y tiene que desclavarle casi, porque, después de haber entrado en las partes blandas, el clavo, que ya había perforado el pie derecho, y sobresalía, tiene que ser centrado un poco más. Golpean, golpean… No se oye más que el horrible golpeteo del martillo sobre la cabeza del clavo, pues todo el Calvario no es sino ojos y oídos atentos, para captar cualquier gesto, cualquier ruido, para después reírse… ■ Al áspero golpe del martillo contesta un levísimo gemido de paloma: el gemido de María que se inclina a cada golpe, como si el martillo diese sobre Ella. Y es comprensible que parezca próxima a ser despedazada por esta tortura: pues la crucifixión es algo horrible, igual a la flagelación, por lo que toca a la contracción involuntaria muscular, pero más atroz de presenciar, porque se ve desaparecer el clavo en la carne viva. Eso sí, es más breve que la flagelación, que debilita mucho por su duración. (Para mí la agonía del Huerto, la flagelación y la crucifixión fueron los momentos más crueles. Me revelan toda la tortura a la que se sometió Jesús. La muerte me resulta consoladora porque digo: “¡Se acabó!”. Pero éstas no son el final, sino el principio de nuevos sufrimientos). Se arrastra ahora la cruz al agujero. La cruz rebota sobre el suelo desnivelado y sacude violentamente el cuerpo del pobre Jesús. Se levanta la cruz que, dos veces se escapa de las manos de los verdugos; una vez de plano; la otra, sobre el brazo derecho de la misma cruz, causando un horrible dolor a Jesús, porque la sacudida que recibe remueve las extremidades heridas. Y cuando, luego, dejan caer la cruz en su agujero —oscilando además ésta en todas las direcciones antes de quedar asegurada con piedras y tierra, e imprimiendo continuos desplazamientos al pobre Cuerpo, suspendido con tres clavos—, el sufrimiento debe ser horrible. Todo el peso del cuerpo se echa hacia delante y cae hacia abajo, y los agujeros se ensanchan, especialmente el de la mano izquierda; y se ensancha el agujero practicado en los pies de donde mana sangre con fuerza. ■ La sangre que brota de los pies, gotea por los dedos y cae en tierra, o desciende por el madero de la cruz; la de las manos recorre los antebrazos, porque las muñecas están más altas que las axilas, debido a la postura; y surca también las costillas bajando desde las axilas hacia la cintura. La corona, cuando la cruz cimbrea antes de ser fijada, se mueve, porque la cabeza se echa bruscamente hacia atrás, de manera que hinca en la nuca el grueso nudo de espinas en que termina la punzante corona, y luego vuelve a acoplarse en la frente y rasga, rasga sin piedad. Por fin, la cruz ha quedado asegurada. Ahora el tormento es el estar colgado. Levantan también a los ladrones, que, una vez en su agujero, gritan como si fuesen devorados vivos por el tormento de las cuerdas que rasgan sus muñecas y hacen que las manos se pongan negras, con las venas hinchadas como cuerdas.
* La Cruz y las blasfemias de la plebe. Longinos, compasivo, permite a la Madre y a Juan el “hijo”, acercarse al pie de la Cruz. Un sol extraño. Intrepidez de Magdalena.- ■ Jesús calla. La plebe no se calla, al contrario empieza su gritería infernal. Ahora la cima del Gólgota tiene su trofeo y su guardia de honor. En el lado más alto, la cruz de Jesús; en los otros lados, las otras dos. Media centuria de soldados, con las armas al pie, rodea la cima; y, dentro de este círculo de soldados, los diez desmontados del caballo, se juegan a los dados los vestidos de los sentenciados. De pie, entre la cruz de Jesús y la de la derecha, está Longinos: parece como si montase guardia de honor al Rey mártir. La otra media centuria, descansa a las órdenes del ayudante de Longinos en el sendero de la izquierda y en el rellano más bajo, a la espera de que se le pueda necesitar. Los soldados muestran casi una indiferencia total. Solo alguno levanta, de vez en cuando, su cara a los crucificados. ■ Longinos, sin embargo, mira todo atentamente y con interés. Piensa, compara, saca sus conclusiones en su mente. ¡Qué distinto es Jesús de los otros dos crucificados y de los espectadores! Su mirada penetrante no pierde ningún detalle, y para ver mejor se hace visera con la mano porque el sol debe molestarle. Es, efectivamente, un sol extraño; de un color amarillo rojo de fuego. Y luego esta llama parece apagarse de golpe por un nubarrón de pez que aparece tras las cadenas montañosas judías y que corre veloz por el cielo, para desaparecer detrás de otros montes. Y cuando el sol vuelve a aparecer es tan fuerte, que a duras apenas lo soportan los ojos. Mirando, ve a la Virgen, justo al pie del escalón del terreno, y que mira a su Hijo con el rostro desgarrado de dolor. Llama a uno de los soldados que está jugando a los dados y le ordena: “Si la Madre de Él quiere subir con su hijo que la acompaña, que vaya. Escóltala y ayúdala”. Y María con Juan —tomado por «hijo»— sube por los escalones tallados en la roca tobosa —creo— y traspasa el cordón de los soldados para ir al pie de la cruz, aunque un poco separada, para ser vista por Jesús y verlo a su vez. ■ La plebe le lanza inmediatamente insultos ignominiosos, que dedica también al Hijo. Pero Ella, con los labios temblorosos y pálidos, solo trata de darle algún consuelo con una sonrisa acongojada en que se enjugan las lágrimas que ninguna fuerza de voluntad puede en modo alguno contener. La plebe, empezando por los sacerdotes, fariseos, saduceos, herodianos, y otros de la misma calaña, quieren divertirse y se ponen en fila, subiendo por el camino empinado, orillando el escalón final y bajando por el otro sendero, o viceversa; y, al pasar al pie de la cima, por el rellano inferior, lanzan sus blasfemias, en señal de homenaje, contra el Agonizante. Toda la suciedad, crueldad, odio, insensatez de que los hombres son capaces brotan de esos labios infernales. Los más enfurecidos son los miembros del Templo, con sus compinches los fariseos. Los sacerdotes gritan: “¿Y entonces? Tú, Salvador del género humano, ¿por qué no te salvas? ¿Te ha abandonado tu rey Belcebú? ¿Ha renegado de Ti?”. Y una manada de judíos: “Tú, que no hace aún todavía cinco días, con ayuda del Demonio, hacías decir al Padre… ¡ja, ja!… que te iba a glorificar, entonces ¿por qué no le recuerdas que mantenga su promesa?”. Y tres fariseos: “¡Blasfemo! Ha salvado a los otros, y ¡decía que con la ayuda de Dios! ¡Y no logra salvarse a Sí mismo! ¿Quieres se te crea? Haz, entonces, el milagro. No puedes ya, ¿verdad? Ahora que tienes las manos clavadas y estás desnudo”. Y algunos saduceos y herodianos a los soldados: “¡Cuidado con el hechizo, vosotros que os habéis quedado sus vestidos! Lleva dentro la señal del Infierno”. Gentuza en coro: “Baja de la cruz y creeremos en Ti. Tú que destruyes el Templo… ¡Loco! Mira allá, el glorioso y santo Templo de Israel. Es intocable. ¡Profanador! Te estás muriendo…”. Otros sacerdotes: “¡Blasfemo! ¿Hijo de Dios, Tú? Baja, pues, fulmínanos, si eres Dios. No te tenemos miedo, al contrario, te escupimos”. Otros que pasan y menean su cabeza, gritan: “No sabe más que llorar. ¡Sálvate si es verdad que eres el Elegido!”. Los soldados: “¡Eso, sálvate! Reduce a ceniza a estos bribones. Eso sois, vosotros judíos. Sois los peores bribones del imperio. Su hez. ¡Baja de la cruz! ¡Roma te pondrá en el Capitolio y te adorará como a una divinidad!”. Los sacerdotes, con los de su ralea: “Eran más dulces los brazos de las mujeres, que los de la cruz, ¿no es verdad? Pero, mira: están ya preparadas para recibirte éstas (y sueltan una palabra infame) tuyas. Toda Jerusalén te servirá de madrina de bodas”. Y silban como carreteros. Otros, lanzando piedras: “Cambia estas piedras en panes, Tú, multiplicador de ellos”. Otros, remedando los hosannas del domingo de ramos, lanzan ramas gritando: “¡Maldito el que viene en nombre del demonio! ¡Maldito su reino! ¡Gloria a Sión que le arranca de entre los vivos!”. Un fariseo se coloca frente a la cruz y muestra el puño haciendo cuernos, y diciendo: “Te entrego al Dios del Sinaí. Así dijiste, ¿no es verdad? Ahora el Dios del Sinaí te prepara el fuego eterno. ¿Por qué no llamas a Jonás para que te ayude?”. ■ Otro: “No eches a perder la cruz con los golpes de tu cabeza. Debe servir para tus secuaces. Una legión entera morirá sobre ella, te lo juro por Yeové. Y el primero, que pediremos para crucificar, será Lázaro. Veremos si le libras entonces de la muerte”. Otro: “¡Sí! ¡Sí! Vamos a casa de Lázaro. Clavémoslo por el otro lado de la cruz”; y con una sorna horrible, remedan a las palabras lentas que Jesús dijo: “Lázaro, amigo mío, ¡ven fuera! Desligadle y dejadle que ande”. Otro: “¡No! Decía a Marta y a María, sus mujeres: «Yo soy la Resurrección y la Vida». ¡Ja, ja, ja! ¡La Resurrección no puede repeler la muerte y la Vida muere!”. Otro: “Allí están María y Marta. Vamos a preguntarles dónde está Lázaro y vamos a buscarle”. Y se acercan hacia las mujeres. Preguntan con arrogancia: “¿Dónde está Lázaro ¿En su palacio?”. Mientras las otras mujeres, aterrorizadas, corren a refugiarse detrás de los pastores, María Magdalena da un paso adelante, hallando en su dolor la antigua intrepidez de cuando era pecadora. Dice: “Id. Encontraréis en mi palacio a los soldados de Roma y a quinientos hombres de mis tierras armados, que os castrarán como a viejos cabrones destinados para comida de los esclavos que trabajan en los molinos”. Sacerdotes: “¡Desvergonzada! ¿Así hablas a los sacerdotes?”. Magdalena: “¡Sacrílegos! ¡Sucios! ¡Malditos! ¡Volveos! En vuestras espaldas estoy viendo llamas infernales”. Estos cobardes se vuelven, realmente aterrorizados, pues la afirmación de María no deja lugar a duda. Pero si no tienen llamas a las espaldas, en sus cinturas sienten las lanzas puntiagudas romanas, porque Longinos ha dado una orden, y la media centuria que estaba en descanso, entró en acción, y pica las nalgas de los primeros que encuentran. Éstos huyen gritando y la media centuria se queda cerrando los accesos a los dos senderos y haciendo de baluarte a la explanada. Los judíos maldicen, pero Roma es más fuerte. Magdalena se baja el velo —se lo había levantado para contestar a los ofensores— y vuelve a su lugar. Las otras se le juntan.
*  La Cruz y los dos ladrones.- Detalles del Cuerpo del Moribundo.- ■ El ladrón de la izquierda continúa los insultos desde su cruz. Parece como si en él se condensasen las blasfemias de los demás y las va soltando todas, para terminar: “¡Sálvate y sálvanos si quieres que se te crea! ¿Tú, el Mesías? ¡Eres un loco! El mundo es de los listos, y Dios no existe. Yo existo. Es la verdad. Y para mí todo es lícito. ¿Dios?… ¡Una locura! ¡Creada para tenernos quietos! ¡Viva nuestro yo! ¡Él solo es rey y dios!”. El otro ladrón, el de la derecha, y que casi a sus pies tiene a María a quien mira más que a Jesús, que desde hace unos momentos ha estado diciendo en voz baja: “La Madre”, añade: “Cállate. ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esto? ¿Por qué insultas al que es bueno? Está en un suplicio mayor que el nuestro. Él no ha hecho nada malo”. Pero el ladrón continúa sus imprecaciones. ■Jesús sigue callado. Jadeando por el esfuerzo de la posición, por la fiebre, por el estado cardíaco y respiratorio, consecuencia de la flagelación que fue muy violenta y también por la angustia profunda que le hizo sudar sangre, trata de encontrar un consuelo, aligerando el peso que recae sobre los pies, colgándose de las manos y haciendo un esfuerzo con los brazos. Tal vez lo haga también para vencer un poco el calambre que ya siente en los pies y que se nota por el estremecimiento muscular. Se nota el mismo temblor en las fibras de los brazos, sujetados a esa postura y seguramente helados en las extremidades, porque están en alto y la sangre no circula por ellos, llegando apenas a las muñecas de donde mana, no llegando a los dedos. Sobre todo los dedos de la izquierda tienen ya un color cadavérico y sin movimiento, doblados hacia la palma. También los dedos de los pies muestran su tormento; sobre todo los pulgares, tal vez porque su nervio no está muy herido: se mueven para arriba y para abajo, se separan. Y el tronco revela todo su sufrimiento con su movimiento, que es veloz pero no profundo, y se cansa sin hallar descanso. Las costillas, de por sí muy anchas y altas, porque la estructura del cuerpo de Jesús es perfecta, están ahora desmedidamente dilatadas por la postura que ha tomado el cuerpo y por el edema pulmonar que ciertamente se ha formado dentro. Y, sin embargo, no son capaces de aligerar el esfuerzo respiratorio; tanto es así, que todo el abdomen ayuda con sus movimientos al diafragma, que poco a poco se va paralizando. Y la congestión y la asfixia aumentan de minuto en minuto, como así lo indican el colorido azulado que se ve ya en los labios, de un rojo encendido por la fiebre, con matices de un rojo violeta que se distingue ya en el largo cuello a lo largo de las yugulares ya hinchadas, y se ensanchan hasta las mejillas, hacia las orejas y las sienes, mientras que la nariz aparece afilada y exangüe y los ojos se hunden cada vez más, dejando una lividez donde la sangre goteada de la corona no los baña. Debajo del arco izquierdo costillar se destaca el golpe, irregular pero violento, con que bate la punta cardíaca; y, de vez en cuando, por una convulsión interna que produce un sacudimiento profundo del diafragma, que se manifiesta en una distensión total de la piel, obligada al máximo en este cuerpo herido y agonizante. El rostro presenta el aspecto que vemos en las fotografías de la Sábana, con la nariz desviada e hinchada de una parte; y también el hecho de tener el ojo derecho casi cerrado, por la hinchazón que hay en ese lado, aumenta el parecido. La boca, por el contrario, está abierta, y reducida ya a una costra su herida en el labio superior. La sed, producida por la pérdida de la sangre, la fiebre, el sol, debe ser durísima; tanto es así que Él, maquinalmente, bebe las gotas de su sudor y de su llanto, y también las de sangre que bajan por la frente hasta sus bigotes, y con ellas se baña la lengua… La corona de espinas le impide apoyarse al tronco de la cruz para ayudarse a estar suspendido de los brazos y aliviar así los pies. Los riñones y toda la espina dorsal se arquean hacia fuera, quedando Jesús separado del mástil de la cruz de la pelvis hacia arriba, por la fuerza de inercia que hace pender hacia delante un cuerpo suspendido, como estaba el suyo. ■ Los judíos, rechazados hasta fuera de la explanada, no dejan de insultar, y el ladrón impenitente hace eco. El otro, que mira con mayor compasión a la Virgen, llora y le reprocha duramente cuando oye que también Ella es insultada. “Cállate. Acuérdate que naciste de mujer. Piensa que nuestras madres han llorado por nosotros. Y fueron lágrimas que la vergüenza les arrancó… porque somos unos criminales. Nuestras madres ya murieron… quisiera pedirle perdón… ¿Lo podré? ¡Era una santa!… La maté con los dolores que le produje… soy un pecador… ¿quién me perdona? Madre, en nombre de tu Hijo que agoniza, ruega por mí”. María levanta por un momento su rostro desgarrado, mira a este malvado que, a través del recuerdo de su madre, y de verla a Ella, se encamina hacia el arrepentimiento, y parece como si le acariciara con su mirada de paloma. Dimas llora más fuerte. Y esto desata aún más las burlas de la plebe y de su compañero. La gente aúlla gritando: “¡Bravo, bravo! Tómate a ésta como Madre. ¡Así tiene dos hijos criminales!”. Y el otro por su parte: “Te ama porque eres un retrato de su amado…”.
*   La Cruz y las 7 palabras.- Luz crepuscular pavorosa.
1ª Palabra. ■ Jesús habla por vez primera: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Esta súplica vence los temores que le quedaban a Dimas. Se atreve a mirar a Jesús y le dice: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Es justo que yo sufra. Compadécete de mí y dame la paz en la otra vida. Te oí hablar una vez; y, necio, rechacé tus palabras. Ahora me arrepiento de ello, de mis pecados delante de Ti, Hijo del Altísimo. Creo que has venido de parte de Dios. Creo en tu poder. En tu misericordia, Jesús, perdóname en nombre de tu Madre y de tu Padre Santísimo”.
2ª Palabra. ■ Jesús se vuelve y le mira con gran compasión. Una sonrisa bellísima se dibuja en su pobre boca. Responde: “Te digo esto: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El ladrón arrepentido se tranquiliza y, habiendo olvidado ya las oraciones aprendidas de niño, repite como una jaculatoria: “Jesús nazareno, rey de los judíos, ten piedad de mí; Jesús Nazareno, rey de los judíos, espero en Ti, Jesús Nazareno, rey de los judíos, creo en tu Divinidad”. El otro continúa con sus blasfemias. ■ El cielo se pone cada vez más tenebroso. Ahora difícil es que las nubes se abran para dejar paso al sol; antes al contrario, se superponen en una serie cada vez mayor de estratos plomizos, blanquecinos, verduzcos; se entrelazan o se desenredan, según las rachas de un viento frío que a intervalos atraviesa el firmamento y luego baja a la tierra y luego calla de nuevo (y es casi más siniestro el aire cuando calla, bochornoso y muerto, que cuando silba, cortante y veloz). La luz, que hasta ahora había sido fuerte, se va transformando en color verde. Las caras reflejan facciones estrambóticas. Las de los soldados, bajo sus yelmos y corazas antes brillantes y ahora como opacas en la luz verdosa y bajo un firmamento cenizo, muestran perfiles duros, como cincelados. Las de los judíos, que en su mayoría son morenos de cabellos y barba, ahora se asemejan —tan térreos se ponen sus rostros— a ahogados. Las mujeres parecen estatuas de nieve azulada por la exangüe palidez que la luz acentúa. ■ Jesús se pone extremadamente lívido, como si empezara ya la descomposición, como si ya estuviera muerto. La cabeza empieza a reclinarse sobre el pecho. Las fuerzas rápidamente faltan. Tiembla, aunque le abrase la fiebre. Y, en medio de su débil estado, murmura el nombre que antes solo ha dicho en lo íntimo de su corazón: “¡Mamá!, Mamá!”. Lo dice quedamente, como en un suspiro, como si ya fuera víctima de un delirio que le impidiera retener lo que la voluntad quisiera controlar. La Virgen, cada vez que le oye, con ansias cada vez más intensas, extiende sus brazos como para socorrerle. La cruel gentuza se ríe de estos dolores del moribundo y de la acongojada. ■ De nuevo suben los sacerdotes y escribas, hasta ponerse detrás de los pastores, los cuales, de todas formas, están en el rellano de abajo. Y, dado que los soldados hacen ademán de rechazarlos, ellos protestan: “¿Están aquí estos galileos? Pues estamos también nosotros, que tenemos que constatar que se cumpla la justicia totalmente. Y, desde lejos, con esa luz extraña, no podemos ver bien”. De hecho, muchos empiezan a impresionarse por la luz que va envolviendo al mundo, y no falta quien sienta miedo. También los soldados señalan al firmamento y a una especie de cono, tan oscuro, que parece hecho de pizarra, y que se levanta como un pino por detrás de la cima de un monte. Parece una tromba marina. Se levanta, se levanta y parece generar nubes cada vez más negras, como si se tratase de un volcán arrojando humo y lava.
3ª Palabra. ■ Es en esta luz crepuscular y pavorosa en la que Jesús entrega la persona de Juan a María y María a Juan. Inclina la cabeza, dado que María se ha puesto más debajo de la cruz para verle mejor, y dice: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”. El rostro de María aparece más desencajado aún, después de estas palabras, que es el testamento de su Jesús, el cual, no tiene nada que dar a su Madre, sino un hombre; Él, que por amor al hombre la priva del Hombre-Dios, nacido de Ella. Pero trata, la pobre Madre, de no llorar sino mudamente, porque no puede, no puede no llorar… Las gotas del llanto brotan, a pesar de todos los esfuerzos hechos por contenerlas, aun cuando trata de reflejar en su rostro desconsolado algo de serenidad para consolarle a su Hijo… Los sufrimientos son cada vez mayores. La luz disminuye lentamente. ■ En esta luz azulina se dejan ver, detrás de los judíos, Nicodemo y José, que ordenan: “¡Haceos a un lado!”. Los soldados preguntan: “No se puede. ¿Qué queréis?”. “Pasar. Somos amigos del Mesías”. Se vuelven los jefes de los sacerdotes y preguntan desdeñosamente. “¿Quién es el que se atreve a declararse amigo del rebelde?”. José con todo valor: “Yo, José de Arimatea, el Anciano, noble miembro del Gran Consejo, y conmigo Nicodemo, jefe de los judíos”. Los jefes de los sacerdotes dicen: “Quien se pone al lado del rebelde es un rebelde”. Nicodemo: “Y quien se pone de parte de los asesinos es un asesino, Eleazar de Anás. He vivido como un justo. Estoy ya viejo y próximo a la muerte. No quiero hacerme injusto cuando ya el Cielo desciende sobre mí y, con él, el Juez eterno”. Eleazar de Anás: “¡Y tú, Nicodemo! ¡Me maravillo!”. Nicodemo: “También yo. Una sola cosa me duele y es que Israel se haya corrompido tanto que no sepa reconocer a Dios”. Eleazar de Anás: “Me causas horror”. Nicodemo: “Entonces hazte a un lado y déjame pasar. No quiero otra cosa”. Eleazar de Anás: “¿Para contaminarte más todavía?”. Nicodemo: “Si no me he contaminado estando a vuestro lado, ninguna otra cosa me puede contaminar. Soldado, aquí tienes la bolsa y la contraseña para que me dejéis pasar”. Al decurión más cercano entrega la bolsa y una tabla encerada. El decurión mira. Ordena a los soldados: “Dejad pasar a los dos”. José y Nicodemo se acercan a los pastores. No sé ni siquiera si Jesús los ve, en esta oscuridad que aumenta paulatinamente. Sus ojos se van cerrando lentamente. Pero José y Nicodemo le ven y lloran sin importarles nada, a pesar de que ahora recaigan sobre ellos las injurias de los sacerdotes. ■ Los sufrimientos son cada vez más fuertes. El cuerpo de Jesús experimenta los primeros arqueos tetánicos, y cada grito de la plebe le molesta muchísimo. La insensibilidad de sus tendones, de los nervios se extiende, desde las extremidades hasta el tronco, convirtiendo cada vez más difícil el movimiento cardíaco. El rostro de Jesús pasa alternativamente de un color rojo intenso a la palidez verdosa propios de un agonizante por desangramiento. Su boca se mueve con mayor fatiga, porque los nervios, cansados en exceso, del cuello y de la cabeza misma, que muchas veces han servido de palanca a todo el cuerpo haciendo fuerza contra el travesaño de la cruz, propagan el calambre incluso a las mandíbulas. La garganta, hinchada con las carótidas obstruidas, debe doler y extender su edema a la lengua, que se ve abultada y que apenas se mueve. La espalda, aun en los momentos en que las contracciones tetánicas no la arquean completamente desde la nuca hasta las caderas, apoyadas como puntos extremos en el tronco de la cruz, se va arqueando cada vez más hacia delante, porque los miembros van experimentando cada vez más el peso de las carnes muertas. La gente ve poco y mal estas cosas, porque la luz ya tiene la tonalidad de la ceniza oscura, y solo quien esté a los pies de la cruz puede ver bien. ■ En un cierto momento, Jesús se relaja totalmente, pendiendo hacia adelante y hacia abajo, como si estuviera ya muerto; deja de jadear, la cabeza le cuelga inerte hacia delante; el cuerpo, de las caderas hacia arriba, está completamente separado, formando ángulo con la cruz. La Virgen lanza un grito: “¡Ha muerto!”. Es un grito trágico, que se propaga por el aire sin luz. Jesús parece realmente muerto. Las mujeres se hacen eco de este grito, y veo que entre ellas se forma confusión. Luego un grupo de unas diez personas se aleja, llevando algo. No puedo ver quiénes se alejan así: es demasiado escasa la luz brumosa; da la impresión de estar envueltos por una nube finísima de ceniza volcánica densísima. Algunos sacerdotes y judíos gritan: “No es posible. Es un pretexto para que nos vayamos. Soldado: pícale con la lanza. Es un buen remedio para devolverle la voz”. Y como los soldados no lo hacen, una descarga de piedras y terrones vuela hacia la cruz, y chocan contra el Mártir para caer después sobre las corazas romanas. El remedio, como irónicamente dicen los judíos, produce su efecto. No hay duda que alguna piedra dio en el blanco, tal vez en la herida de una mano, o en la misma cabeza, porque apuntaban hacia arriba. Jesús lanza un gemido doloroso y vuelve en Sí. El tórax vuelve a respirar fatigosamente. La cabeza se mueve hacia la derecha, buscando un lugar donde pueda apoyarse sin sufrir tanto, aunque en realidad encuentra solo mayor dolor.
4ª Palabra. ■ Con gran dificultad, Jesús se apoya una vez más sobre los pies torturados, encontrando fuerza en su voluntad, solo en su voluntad. Se yergue sobre la cruz, se pone derecho como si estuviese sano. Alza su rostro mirando con ojos bien abiertos al mundo extendido a sus pies, a la ciudad que apenas si se ve como algo blanco en medio de la bruma y al cielo negro del que la luz ha huido. Y a este cielo cerrado, compacto, bajo, semejante a una enorme lámina de pizarra oscura, Él grita con voz fuerte, superando con la fuerza de su voluntad, con el ansia de su alma, el obstáculo de las mandíbulas rígidas, de su lengua abultada, del edema de su garganta: “¡Eloi, Eloi, lamma scebacteni!” (me parece que dijo así). Debe de sentir morirse, y en un completo abandono del Cielo, para confesar con una voz así el abandono paterno. ■ La gente se ríe y se burla de Él. Lo insulta diciendo: “¡Dios no sabe qué hacer contigo! ¡Él maldice a los demonios!”. Otros gritan: “Veamos si Elías, al que ha invocado, viene a salvarle”. Otros: “Dadle un poco de vinagre, para que se limpie la garganta. ¡Viene bien para limpiar la voz! Elías o Dios, —porque no se sabe lo que ese loco quiere— están lejos… ¡Hay que gritar más fuerte para que te oigan!”. Y ríen como hienas o como demonios. Pero ningún soldado le da vinagre, y nadie baja del Cielo para consolarle. Es la agonía solitaria, total, cruel, hasta sobrenaturalmente cruel, de Jesús-Víctima. Vuelve la avalancha de dolor sin consuelo que en Getsemaní le aplastó. Vuelven las olas de los pecados de todo el mundo a sumergir al náufrago Jesús, a sumergirle en su amargura. ■ Vuelve sobre todo la sensación, más dura que la misma cruz, más cruel que cualquier tormento, de que Dios le ha abandonado y que su plegaria no llega a Él… Y es el tormento final: el que acelera la muerte, porque exprime las últimas gotas de sangre de los poros, porque machaca las fibras aún vivas del corazón, porque finaliza aquello que, el saberse abandonado, había iniciado: la muerte. Porque, ante todo, esta fue la primera causa de la muerte de mi Jesús, ¡oh Dios mío, que le castigaste por nosotros! Después de tu abandono, por tu abandono ¿qué es el hombre? O un loco, o un muerto. Jesús no podía volverse loco porque su inteligencia era divina y, espiritual como es la inteligencia, se sobreponía al golpe recibido de Dios. Muere, pues, el Inocente, el Santo muere. Muere el que es la Vida. Matado por tu abandono y por nuestros pecados.
5º Palabra. ■ La oscuridad es más densa. Jerusalén desaparece del todo. Las mismas faldas del Calvario parecen desaparecer. Solo la cima es visible. Es como si las tinieblas la hubieran mantenido en alto y así recogiera la única y última luz, y hubieran depositado ésta, como para una ofrenda, con su trofeo divino, encima de un lago de ónix líquido, para que esa cima fuera vista por el odio y el amor. De en medio de la oscuridad se oye la voz lastimera de Jesús: “¡Tengo sed!”. Se siente en verdad un viento que produce sed aun en los sanos. Un viento que es ahora violento, lleno de polvo, frío, pavoroso. Me pongo a pensar en el espasmo que habrá causado a los pulmones, al corazón, a la garganta, a sus miembros helados, adormecidos, heridos. Aun eso contribuyó a torturar al buen Jesús. Un soldado se dirige hacia un recipiente donde los verdugos echaron vinagre con hiel para que con su amargor aumente la salivación en los condenados al suplicio. Toma la esponja empapada en ese líquido, la pone sobre una caña delgada y resistente, que estaba preparada ahí al lado, y se la ofrece a Jesús, que con ansia la espera. Parece un niño hambriento que busca el seno materno. María que ve esto, y que sin duda pensará en lo que dije, llora y apoyándose en Juan dice: “¡Oh, y yo ni siquiera le puedo dar una gota de llanto!… ¡Oh, seno mío que no tienes leche! Oh Dios, ¿por qué nos abandonas? ¡Haz un milagro en favor de tu Hijo! ¿Quién me levanta para calmar su sed con mi sangre, pues que no tengo leche ya?…”. Jesús, que ha chupado ávidamente la agria y amarga bebida, tuerce su cabeza ante el desagradable sabor. Ante todo, debe ser corrosiva sobre los labios heridos y abiertos. ■ Se retrae, se encoge, se abandona. Todo el peso del cuerpo gravita sobre los pies y hacia adelante. Las extremidades clavadas sufren el atroz dolor de irse hendiendo bajo el peso de un cuerpo abandonado a su propio peso. No se ve movimiento alguno para aliviar este dolor. De las caderas arriba está separado del palo, y así se queda. La cabeza, cual pesada es, le cae hacia adelante de modo que el cuello parece como hundido en tres puntos: en la zona anterior baja de la garganta, completamente ahondada; y de una y otra parte del esternón cleido-mastoides. La respiración cada vez más jadeante, pero solo a intervalos. Es más un estertor, que quiere terminar, que una respiración. De tanto en tanto tose, y con la tos sale a los labios una espuma levemente colorada. La separación entre una y otra respiración es cada vez mayor. El abdomen no tiene movimientos. Solo el tórax los tiene, pero fatigosos, separados… La parálisis pulmonar se acentúa mucho. ■ Y cada vez más débil, vuelve a repetir su lamento infantil, al pronunciar la palabra: “¡Mamá!”. Y ella contesta: “Aquí estoy, tesoro mío”. Y cuando la vista que se le nubla le obliga a decir: “Mamá, ¿dónde estás? No te veo ya. ¿También tú me abandonas?”. Y esto no es ni siquiera una palabra, sino un murmullo apenas perceptible para quien más con el corazón que con los oídos recoge cada suspiro del Agonizante. Responde: “¡No, no, Hijo mío, no te abandono! Óyeme, querido mío… Mamá está aquí… aquí está… solo sufre por no poder llegar a donde estás…”. Es un desgarro del alma… Juan llora sin importarle nada. Jesús oye ese llanto, pero ni habla. Me imagino que la muerte inminente le hace hablar como si delirase, y tampoco comprende el consuelo que le dan su Madre y el amor del Predilecto. ■ Longinos —que inadvertidamente ha dejado su postura de descanso con los brazos cruzados y una pierna montada sobre la otra, ahora, sin embargo, está firme en postura de atento, con la mano izquierda sobre la espada y la derecha pegada, normativamente, al cuerpo, como si estuviese en las gradas del trono imperial— no quiere emocionarse. Pero su cara se altera con el esfuerzo de vencer la emoción y en sus ojos se ve un lejano brillo de lágrimas, que controla la disciplina militar. Los otros soldados, que estaban jugando a los dados, dejan el juego. Se han puesto de pie; se han puesto también los yelmos, que le habían servido para agitar los dados, y están en grupo junto a la pequeña escalera excavada en la toba, silenciosos, callados. Los otros están de servicio, y no pueden cambiar de postura. Parecen estatuas. Pero alguno de los que están más cerca y que ha oído las palabras de la Virgen, murmura algo entre labios, y menea la cabeza.
6ª Palabra. ■ Un intervalo de silencio, luego suenan nítidas en la oscuridad total las palabras: “¡Todo se ha cumplido!, y luego el jadeo cada vez más estertoroso, con pausas de silencio entre un estertor y el otro, pausas cada vez mayores. Y el tiempo pasa al son de este ritmo angustioso: se sabe que la vida vuelve cuando el respiro áspero del Agonizante rompe el aire; la vida cesa cuando este sonido penoso deja de oírse. Se sufre cuando se oye… Se sufre cuando no se oye… Se dice: “¡Basta ya con este sufrimiento!” y se dice: “¡Oh Dios, que no sea el último respiro!”. Las Marías lloran, todas, con la cabeza apoyada contra el realce terroso. Y se oye claro su llanto, porque ahora toda la plebe se ha callado para escuchar los estertores del Agonizante.
7ª Palabra. Muerte de Jesús tras un grito potente. ■ Otro intervalo de silencio. Luego, se oye con infinita dulzura, con ferviente plegaria, que Jesús ora: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”. Otro intervalo de silencio. Si se escucha el estertor, es un soplido que apenas sale de la garganta y labios. Luego sucede… el último espasmo de Jesús. Una convulsión atroz, que parece quisiera arrancar del madero el cuerpo enclavado. Por tres veces sube de los pies a la cabeza recorriendo todos los pobres nervios torturados; levanta tres veces el abdomen de un modo anormal, para dejarlo luego, tras haberlo dilatado como por una alteración de las entrañas; y baja de nuevo y se hunde como si hubiera sido vaciado; alza, hincha y contrae tan fuertemente el tórax, que la piel se introduce entre las costillas, que divergen y aparecen bajo la epidermis y abren nuevamente las heridas de la flagelación; una convulsión atroz que hace torcerse violentamente hacia atrás, una, dos, tres veces, la cabeza, que golpea contra el madero, duramente; es una convulsión que contrae, en un único espasmo, todos los músculos del rostro, y acentúa la desviación de la boca hacia la derecha y hace abrir desmesuradamente y dilatarse los párpados, bajo los cuales se ven girar los globos oculares y aparecer la esclerótica. Todo el cuerpo se pone rígido, cuan largo es. En la última de las tres contracciones, es un arco tenso, vibrante, que causa miedo verlo; ■ y luego un grito potente, inimaginable en ese cuerpo que era piltrafa, sale, rompe el aire; es el «fuerte grito» de que hablan los evangelios y que es la primera sílaba de la palabra «Mamá»… Y ya nada más… La cabeza le cae sobre el pecho, el cuerpo está hacia delante, el temblor cesa, cesa la respiración. Ha muerto.
* La Cruz y la Tierra.- ■ La Tierra responde al grito del que acaba de morir con un estampido terrorífico. Parece como si de miles de gigantescas trompetas provenga ese único sonido, y acompañando este tremendo acorde, se oyen las notas aisladas, lacerantes, de los rayos que surcan el cielo en todos los sentidos y caen sobre la ciudad, en el Templo, sobre la gente… Pienso que alguno habrá sido alcanzado por rayos, porque éstos inciden directamente sobre la multitud; y son la única luz, discontinua, que permite ver algo. Y, de pronto, mientras todavía las descargas de los rayos se suceden, la tierra tiembla en medio de un torbellino de viento ciclónico. El terremoto y el ciclón se funden para dar un castigo apocalíptico a los blasfemos. Como un plato en las manos de un loco, la cima del Gólgota se balancea y se mueve. Las cruces danzan en tal forma que parece que van a saltar. Longinos, Juan, los soldados, se asen a donde pueden para no caer al suelo. Juan, mientras que con una mano se agarra a la cruz, con la otra sostiene a la Virgen, que, por el dolor y el temblor de la tierra, se ha reclinado sobre su pecho. Los otros soldados, y sobre todo los del lateral escarpado, se han refugiado en el centro para no caer por el barranco. Los ladrones gritan de temor. La multitud grita más aún. Quisieran huir. Pero no pueden. Enloquecidos, caen unos encima de otros, se pisotean, se precipitan a las hendiduras del terreno, se hieren mutuamente, ruedan ladera abajo. ■ Por tres veces se repiten el terremoto y el huracán. Luego, la inmovilidad absoluta de un muerto mundo. Solo relámpagos sin trueno surcan el firmamento e iluminan la escena de los judíos que huyen en todas direcciones, con las manos entre los cabellos o extendidas hacia delante o levantadas al cielo, del que se han burlado hasta ahora y al que en estos momentos temen. La oscuridad se atenúa con un indicio de luz que, ayudado por el relampagueo silencioso y magnético, permite ver que hay muchos por el suelo: muertos o desvanecidos, no lo sé. Una casa está ardiendo al otro lado de las murallas y sus llamas se alzan derechas en el aire detenido, poniendo así una pincelada de rojo fuego en el verde ceniza de la atmósfera.
* La Lanzada.- ■ María levanta su cabeza del pecho de Juan y mira a Jesús. Le llama, porque no le distingue bien por la poca luz y porque sus ojos están llenos de lágrimas. Le llama tres veces: “¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!”. Es la primera vez que le llama por el nombre desde que está en el Calvario. Hasta que, al resplandor de un relámpago que forma como una corona sobre la cima del Gólgota, le ve, inmóvil, pendiendo todo Él hacia fuera, con la cabeza tan reclinada hacia delante y hacia la derecha, que con la mejilla toca el hombro y con el mentón las costillas. Entonces comprende. Entonces extiende sus brazos temblorosos en el aire oscuro y grita: “¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!”. Luego escucha… Tiene la boca abierta, con la que parece querer escuchar también; e igualmente tiene dilatados los ojos, como si hubiera abierto sus ojos de esa forma para ver… No puede creer que su Hijo haya muerto… ■ Juan, que también ha estado mirando y escuchando, y ha comprendido que todo ha acabado, abraza a la Virgen, trata de alejarla, diciendo: “No sufre ya”. Pero, antes de que el apóstol termine sus palabras, María, que ha comprendido, se desprende de los brazos del apóstol, se vuelve, se pliega curvándose hasta el suelo, se lleva las manos a los ojos y grita: “¡No tengo ya Hijo!”. Luego se tambalea. Y se caería, si Juan no viniese en su ayuda. Luego Juan se sienta en el suelo, para sujetarla mejor en su pecho, hasta que las Marías —a las que ya no les impide más el paso el círculo superior de soldados, porque, ahora que los judíos han huido, los romanos se han agrupado en el rellano de abajo y comentan lo sucedido— sustituyen al apóstol junto a la Madre. La Magdalena se sienta donde estuvo Juan, y casi coloca a María encima de sus rodillas, mientras la sostiene entre sus brazos y su pecho. La besa en su pálido rostro, inclinado hacia ella. Marta y Susana, con una esponja y un pedazo de lino mojados en vinagre, le mojan las sienes y la nariz mientras su cuñada María le besa las manos llamándola con voz desgarrada, y, en cuanto María vuelve a abrir los ojos y mira a su alrededor con una mirada como atónita por el dolor, le dice: “¡Hija!, hija amada, escucha… dime que me ves… soy tu María… ¡No me mires así!…”. Dado que el primer sollozo se escapa de la garganta de la Virgen, y las lágrimas caen nuevamente, ella, la buena María de Alfeo, dice: “Sí, sí, llora… Aquí conmigo… como ante una mamá, pobre, santa hija mía…” y, cuando oye que María le dice: “¡Oh, María, María! ¿Has visto?”, ella gime: “¡Sí!, sí… pero… pero… hija… ¡oh hija!…”. No encuentra otras palabras y se echa a llorar la anciana María: es un llanto desolado al que se unen el de Marta, el de María, la madre de Juan, y Susana. ■ Las otras piadosas mujeres ya no están. Pienso que se habrán ido, y con ellas los pastores, cuando se oyó ese grito femenino… Los soldados hablan entre sí: “¿Has visto a los judíos? Ahora tenían miedo”. “Y se golpeaban el pecho”. “Los más espantados eran los sacerdotes”. “¡Qué miedo! He sentido otros terremotos, pero como éste, ¡jamás! Mira: la tierra está llena de hendiduras”. “Allí se ve el hundimiento del camino ancho”. “Hay cuerpos”. “¡Déjalos! Menos serpientes”. “¡Otro incendio! En la campiña…”. “¿Pero ha muerto de veras?”. “Y ¿no lo estás viendo? ¿Lo dudas?”. ■ Aparecen de tras la roca José y Nicodemo. Está claro que se habían refugiado ahí, detrás del parapeto del monte, para librarse de los rayos. Se acercan a Longinos. “Queremos el cadáver”. Longinos: “Solo el Procónsul lo concede. Id aprisa porque he oído que los judíos van al Pretorio para que se haga el crurifragio. No quisiera que a Él le cortasen las piernas”. José: “¿Cómo lo sabes?”. Longinos: “Informes del alférez. Os espero”. Los dos se dan a caminar, raudos, hacia abajo por el camino empinado. Desaparecen. ■ Es entonces cuando Longinos se acerca a Juan y le dice en voz baja algo que no oigo. Luego pide a un soldado una lanza. Mira a las mujeres que están cuidando de María, que poco a poco recobra sus fuerzas. Todas están de espaldas a la cruz. Longinos se pone enfrente del Crucificado, estudia bien el golpe, y luego arroja la larga lanza, que penetra profundamente de abajo arriba, de derecha a izquierda. Juan, que se encuentra en medio del deseo de ver y el horror de ver, aparta por un instante sus ojos. Longinos dice: “Está hecho, amigo”, y concluye: “Es mejor así. Como a un valiente. Y sin romperle los huesos… ¡Era en realidad un hombre justo!”. ■ De la herida gotea mucha agua y un hilito insignificante de sangre que ya tiende a coagularse. Gotea, he dicho. No brota sino sale solamente, filtrándose por el tajo de la herida que permanece inmóvil, mientras que si hubiera dependido de la respiración, el tajo se hubiera abierto y cerrado con el movimiento torácico-abdominal…
* Gamaliel y la señal: El velo del templo desgarrado. Yo, pagano, te lo aseguro que Éste, a quien habéis crucificado, era realmente el Hijo de Dios”.- El terror de los sepulcros abiertos.- ■ Entre tanto que en el Calvario no hay más que tragedia, yo alcanzo a José y Nicodemo que bajan por un atajo para acortar tiempo. Están casi en la base cuando se encuentran con Gamaliel. Viene despeinado, sin capucha, sin manto, sucia de tierra su espléndida vestidura, desgarrada por las zarzas; un Gamaliel que corre, subiendo y jadeando, con las manos en sus cabellos ralos y muy canosos, propios de la edad. Conversan por unos momentos. José: “¡Gamaliel! ¿Tú?”. Gamaliel: “¿Y tú, José? ¿Le abandonas?”. José: “Yo no. Pero, ¿por qué tú por aquí?, y en ese estado…”. Gamaliel: “¡Cosas horribles! ¡Estaba yo en el Templo! ¡La señal! ¡Los quicios de las puertas del Templo abiertos! El velo de color púrpura y jacinto cuelga desgarrado. ¡El Sancta Sanctorum al descubierto! ¡Tenemos la maldición sobre nosotros!”. Gamaliel ha dicho esto sin detenerse, continuando su paso veloz hacia la cima, enloquecido por la prueba de la que fue testigo. Los dos le miran irse… se miran entre sí… dicen al mismo tiempo: “«¡Estas piedras se estremecerán con mis últimas palabras!». ¡Se lo había prometido!…”. ■ Corren lo más que pueden. Por la campiña, entre el monte y las murallas, y más allá, vagan, en medio de un ambiente todavía caliginoso, personas con aspecto desquiciado… Gritos, gemidos, lamentos… Alguien grita: “¡Su Sangre ha hecho llover fuego para nosotros!”. Otros: “¡En medio de los rayos Yeové se ha aparecido para maldecir al Templo!”, u otro con el llanto en la boca: “¡Los sepulcros! ¡Los sepulcros!”. José, al entrar a la ciudad, agarra a uno que se está dando golpes contra la muralla, y le llama por su nombre: “Simón, ¿qué vas diciendo?”. Simón: “¡Déjame! ¡También tú eres un muerto! ¡Todos los muertos! ¡Todos afuera! ¡Me cubren de maldiciones!”. Nicodemo dice: “Ha enloquecido”. Le dejan, y siguen aprisa hacia el Pretorio. El terror se ha apoderado de la ciudad. Gente que vaga golpeándose el pecho. Gente que al oír por detrás una voz o un paso da un salto hacia atrás o se vuelve asustada. En uno de los muchos espacios abovedados sumidos en la oscuridad, la aparición de Nicodemo, vestido de lana blanca —porque para caminar más rápido se quitó el manto en el Gólgota— hace dar un grito de terror a un fariseo que huye. Pero luego éste cae en la cuenta de que es Nicodemo y se lanza a su cuello con un gesto efusivo raro, gritando: “¡No me maldigas! ¡Mi madre se me ha aparecido maldiciéndome: «¡Eres un maldito para siempre!», y luego el fariseo se derrumba llorando: “¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!”. Los dos dicen: “¡Todos están locos!”. Han llegado al Pretorio. Y solo aquí, mientras esperan que el Procónsul los reciba, José y Nicodemo se enteran del por qué de tanto terror: muchos sepulcros se habían abierto con el sacudimiento telúrico y había quienes juraban haber visto salir de ellos esqueletos, los cuales, por un instante, se habían recompuesto con apariencia humana, e iban acusando del deicidio a los culpables, y maldiciéndolos. Los dejo en el atrio del pretorio, donde los dos amigos de Jesús entran sin escrúpulo alguno de contaminarse. ■ Vuelvo al Calvario. Alcanzo a Gamaliel que va subiendo, casi sin aliento, los últimos metros. Sigue golpeándose el pecho: y cuando llega al primero de los rellanos, se echa boca abajo —su largura blanca contrasta con el suelo amarillento— y entre sollozos: “¡La señal! ¡La señal! ¡Dime que me perdonas! Un gemido, solo un gemido para decirme que me escuchas, que me perdonas”. Comprendo que cree que Jesús está vivo todavía. Y no cae en la cuenta de ello, sino cuando un soldado, dándole con el asta de la lanza, le ordena: “Levántate, y deja de hablar. ¡De nada sirve! Deberías de haberlo pensado antes. ¡Ha muerto! Yo, pagano, te lo aseguro que Éste, a quien habéis crucificado, era realmente el Hijo de Dios”. Gamaliel: “¿Muerto? ¿Has muerto? ¡Oh!…”. Gamaliel levanta su cara aterrorizada, trata de alcanzar a ver la cima, en medio de esa luz crepuscular. Se convence de que Jesús ha muerto. Y ve también al grupo piadoso que consuela a María, y a Juan, en pie a la izquierda de la cruz, llorando, y a Longinos, en pie, a la derecha, respetuoso. Gamaliel se arrodilla. Extiende los brazos, lloroso: “¡Eras Tú! ¡Eras Tú! No podemos esperar ya perdón. Hemos pedido que tu Sangre cayese sobre nosotros. Y esa Sangre ahora clama al Cielo y el Cielo nos maldice… ¡Oh! Pero Tú eres la Misericordia… Yo te lo digo, yo, el rabí envilecido de Judá: «Que tu Sangre, por piedad, caiga sobre nosotros». Rocíanos con Ella porque es la única que puede alcanzarnos perdón…”. Llora. Luego, poco a poco confiesa su secreto tormento: “Tengo la señal que había pedido… Pero siglos y siglos de ceguedad espiritual están ante mi vista interior, y contra mi voluntad de ahora se levanta la voz de mi pensamiento soberbio de ayer… ¡Piedad de mí! ¡Luz del mundo, haz que descienda un rayo tuyo a las tinieblas que no te comprendieron! Soy el viejo judío fiel a lo que creía que era justicia, pero era error. Soy ahora un desierto desnudo, ya sin ninguno de los viejos árboles de la Fe antigua, sin semilla alguna o tallo alguno de la Fe nueva. Soy un desierto seco. Haz el milagro de que nazca una flor que tenga tu nombre, en el pobre corazón de este terco viejo israelita. Penetra Tú en mi pensamiento, esclavo de las fórmulas, Tú que eres el Libertador. Isaías lo ha dicho: «… pagó por los pecadores y sobre Sí tomó los pecados de muchos». ¡Oh, también los míos, Tú, Jesús de Nazaret!…” (7). Se levanta. Mira la cruz, que aparece cada vez más nítida bajo la luz que se va haciendo cada vez más clara y luego se marcha encorvado, envejecido, aniquilado. Vuelve el silencio al Calvario, apenas interrumpido por el llanto de la Virgen. Los dos ladrones, llenos de miedo, no hablan más.
* Crurifragio a los dos ladrones.- Descendimiento de la Cruz a Jesús. ■ Vuelven corriendo Nicodemo y José, diciendo que tienen el permiso de Pilatos. Pero Longinos que no se fía mucho manda un soldado a caballo donde el Procónsul para saber cómo comportarse incluso respecto a los dos ladrones. El soldado, va y vuelve al galope con la orden de entregar el Cuerpo de Jesús y de llevar a cabo el crurifragio en los otros, porque así lo han pedido los judíos. Longinos llama a los cuatro verdugos, que cobardemente se habían escondido al amparo de la roca, todavía aterrorizados por lo que acaba de suceder. Ordena que acaben a golpes de cachiporra. Y así se lleva a cabo. Sin protestas, por parte de Dimas. Entre el golpe de la cachiporra, asestado en el corazón después de haber batido las rodillas, en medio de ambos golpes, sale de sus labios el nombre de Jesús; con maldiciones horribles, por parte del otro ladrón. El estertor de ambos es lúgubre. ■ Los cuatro verdugos hacen ademán de querer desclavar el cuerpo de Jesús, y desprenderlo de la cruz, pero José y Nicodemo no lo permiten. José mismo se quita el manto y dice a Juan que haga lo mismo y que sostenga las escaleras mientras suben con cuñas y tenazas. María, temblando, sostenida por las mujeres, se pone de pie. Se acerca a la cruz. Los soldados, terminado su oficio, se van. Pero Longinos, antes de bajar al rellano inferior, se vuelve desde la silla de su caballo negro para mirar a la Virgen y al Crucificado. Luego el ruido de los cascos suena contra las piedras y el de las armas contra los escudos, y se hace cada vez más lejano. La mano izquierda está ya desclavada. El brazo cae a lo largo del Cuerpo, que ahora pende semiseparado. Le dicen a Juan que deje las escaleras a las mujeres y suba también. Y Juan, subido a la escalera donde antes estaba Nicodemo, se pasa el brazo de Jesús alrededor del cuello y lo sostiene desmayado sobre su hombro. Luego le ciñe a Jesús por la cintura mientras sujeta la punta de los dedos de la mano izquierda —casi abierta— para no tocar la horrible abertura. Una vez desclavados los pies, Juan a duras penas logra sujetar y sostener el Cuerpo de su Maestro entre la cruz y su cuerpo. La Virgen se pone ya a los pies de la cruz, sentada de espaldas a ella, preparada a recibir a su Hijo en el regazo. Pero desclavar el brazo derecho es la operación más difícil. A pesar de todo el esfuerzo de Juan, el Cuerpo todo pende hacia delante y la cabeza del clavo está hundida en la carne. Y, dado que no quieren herirle más, los dos hombres sacan todas sus fuerzas. Finalmente las tenazas agarran al clavo, y éste es extraído poco a poco. Juan sigue sujetando el cuerpo de Jesús por las axilas; la cabeza reclinada y vuelta sobre su hombro; al mismo tiempo que Nicodemo y José lo aferran: uno por los hombros, el otro por las rodillas. Así cuidadosamente bajan por las escaleras. ■ Ya en tierra, su intención es colocarle sobre la sábana que han extendido sobre sus mantos. Pero la Virgen quiere el Cuerpo; ya ha abierto su manto dejándolo pender de un lado, y está con las rodillas más bien abiertas para que sirvan como de cuna a su Hijo. Mientras los discípulos dan la vuelta para darle el Hijo, la cabeza con las espinas cuelga hacia atrás y los brazos penden hacia el suelo, y tocarían la tierra las manos heridas si la compasión de las mujeres no las sujetara para impedirlo. Ahora está en las rodillas de su Madre… Parece un niño cansado que durmiera recogido sobre el pecho maternal. María tiene a su Hijo con su brazo derecho pasado por debajo de sus hombros, y el izquierdo por encima del abdomen para sujetarle también por las caderas. La cabeza está reclinada en el hombro materno. Y Ella le llama… le llama con una voz desgarradora. Luego le separa de su hombro y le acaricia con la mano izquierda; recoge las manos de Jesús y las extiende y, antes de cruzarlas sobre el abdomen inmóvil, las besa; y llora sobre las heridas. Luego acaricia sus mejillas, sobre todo en el lugar del cardenal y la hinchazón. Besa los ojos hundidos; y la boca ha quedado levemente torcida hacia la derecha y medio cerrada. Quiere arreglarle los cabellos, como ya lo hizo con la barba pegajosa de sangre, pero al intentarlo, halla las espinas. Se pincha al querer quitar esa corona, y no permite que otros la ayuden. Grita: “¡No, no! ¡Yo! ¡Yo!”. Y lo va haciendo con tanta delicadeza, que parece tener entre los dedos la cabeza tierna de un recién nacido. Una vez que ha logrado quitar la corona, se inclina para besar todos los arañazos de las espinas. Con la mano temblorosa separa los cabellos desordenados, se los arregla. Llora en silencio. Seca con los dedos las lágrimas que caen sobre el cuerpo helado y ensangrentado. Y quiere limpiarlas con su llanto y con su velo, que Jesús conserva todavía en sus caderas. Se acerca uno de sus extremos y con él se pone a limpiar y secar esos santos miembros. Vuelve a acariciar el rostro, las manos, las rodillas ensangrentadas, y otra vez sube a secar el Cuerpo sobre el que caen lágrimas y más lágrimas. ■ Haciendo esto es cuando su mano encuentra el desgarro del costado. La pequeña mano delgada entra casi toda en la amplia abertura de la herida. María se inclina para ver en medio de la semiluz. Y ve, ve el pecho abierto y el corazón de su Hijo. Entonces grita. Es como si una espada abriera su propio corazón. Grita y se desploma sobre el cuerpo de su Hijo. Parece como si Ella también hubiera muerto. La socorren, la consuelan. ■ Quieren quitarle el cadáver y como Ella grita: “¿Dónde pondré, dónde, que esté seguro y que sea digno de Ti?”. José inclinado profunda y respetuosamente, con la mano sobre el pecho, dice: “¡Consuélate! Mi sepulcro es nuevo y digno de un noble. Lo entrego a Él. Y éste, mi amigo Nicodemo, ha llevado ya los aromas al sepulcro, porque, por su parte, quiere ofrecer eso. Te ruego que nos permitas hacer eso, porque la tarde avanza… Es la Parasceve. ¡Permítenoslo, oh Mujer santa!”. También Juan y las mujeres hacen el mismo ruego. Entonces María se deja quitar de su regazo el Cuerpo. Se levanta angustiada. Mientras le envuelven suplica: “¡Oh, hacedlo despacio!”. Nicodemo y Juan por la parte de los hombros, José por los pies, elevan los restos mortales, envueltos en la sábana, pero también sujetado con los mantos, que sirven de camilla, y se ponen en camino. María, sujetada por su cuñada y la Magdalena, seguida por Marta, María de Zebedeo y Susana —que han recogido los clavos, las tenazas, la corona, la esponja y la caña— bajan hacia el sepulcro. En el Calvario quedan las tres cruces. La de en medio no tiene ya el cuerpo. Las otras dos tienen su vivo trofeo que muere (8). (Escrito el 27 de Marzo de 1945).
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1   Nota   : Cfr. Mt. 27,33-58; Mc. 15,22-45; Lc. 23,33-52; Ju. 19,18-18; 19,25-38.   2   Nota   : Cfr. Sal. 68,22.   3   Nota   : Cfr. Cant. 5,10-16.   4   Nota   : Cfr. Is. 52,13; 53,12.   5   Nota  : Cfr. Os. 1,2.   6   Nota   : Cfr. Núm. 12.   7   Nota   : Cfr. Is. 53,12.   8   Nota   : Algunas especificaciones:
1ª) El Velo con que Jesús se cubrió antes de la Crucifixión, Cfr. Moroni, op. Cita, vol. 77 p. 90, según el cual se conservaría en la iglesia de S. Juan Laterano en Roma, y sería el mismo que la Virgen se quitó de la cabeza para que Jesús se cubriera. Moroni y esta Obra concuerdan, pues, en el origen y fin del velo.
2ª) Los Clavos con que Jesús fue crucificado, Dr. Moroni, op. Cit. Vol. 13. p. 96-99; Bedini, op. cit. p. 54-57. Se lee que uno de los clavos se guarda en la Iglesia de la Sta. Cruz en Jerusalén, Roma.
3ª) La Sabana santa y el lugar de los clavos en las manos.- El Prof. Lorenzo Ferri (en sig. nota aparece su testimonio) al preguntársele sobre el lugar preciso en que fueron traspasadas las manos de Jesús, dijo: “En la Sábana se ve claramente que el clavo de la mano izquierda no dio en la muñeca, como siempre se han creído los especialistas (tal vez contra el Ev. Cfr. Ju. 20,25-29), sino en la palma. Por lo que toca a la mano derecha, no hay duda que fue traspasada en la muñeca, como era costumbre. No se ve, porque está cubierta con la otra mano. María Valtorta dice el por qué”.
4ª) La Sabana santa y María Valtorta: Testimonio del profesor sobre la Obra de María Valtorta.- El profesor Ferri pintor y escultor, que desde hace 35 años ha venido estudiando con todo interés y desde el punto de vista científico la Sábana de Turín, (según fotografías perfectas de tamaño natural), para tener los mejores datos sobre Jesús, y que hace 15 años lee atenta y animadamente la Obra de María Valtorta, ha escrito lo siguiente: “Roma, 15 de Septiembre de 1965. El que suscribe Lorenzo Ferri, escultor, pintor y profesor, atestiguo con toda conciencia lo que sigue: «En 1949, para el concurso para las Puertas de S. Pedro de Roma, conocí por medio de un sacerdote a la señorita María Valtorta, que vivía en la calle de Antonio Fratti n. 11 en la ciudad de Viareggio. Durante 30 años he estudiado sobre la Sabana Santa de Turín y he procurado darme cuenta de la fisonomía verdadera de Nuestro Señor Jesucristo, pero no me había sido posible. Sin embargo, por medio de la descripción que hace la Srta. María Valtorta, no solo he logrado comprender mejor el Rostro, sino que he mejorado mis datos científicos. En 1966 continuando mis estudios, tratando de reconstruir el cuerpo de N. S. descubrí que el brazo izquierdo estaba más corto de 4 centímetros, respecto del derecho. Ante este caso inaudito, y después de haber consultado a varios médicos de fama, llegamos a la conclusión que N. S. sufrió una luxación intencional o casual. Cuando le pregunté a María Valtorta, se sonrió y me leyó un trozo de su obra donde están descritos hasta los mínimos pormenores, escrito anterior a 4 años de mis estudios. De este modo obtuve la confirmación de que lo que vio Valtorta era verdad. Hay otros pormenores que escribiré en una obra separada, por amor a la verdad. Debo agregar que la amistad con María Valtorta y la lectura continua de su Obra me ha hecho conocer mejor a Jesús, a vivirlo más interiormente. Mi arte, mis obras dan testimonio de este benéfico influjo. Lorenzo Ferri»”.
5ª) ¿Cómo se grabó la imagen en la Sábana?.- El 12 de Abril de 1.944 (relatado en episodio 10-613-134) Jesús habla a María Valtorta sobre la imagen de la Sábana: “Has visto el cerco de moratones que estaban alrededor de mis riñones. Vuestros científicos, para satisfacer vuestra incredulidad respecto a esa prueba de mi Pasión que es la Sábana, explican que la sangre, el sudor cadavérico y la urea de un cuerpo sobrefatigado pudieron, mezclándose con los ungüentos, producir esa pintura natural de mi Cuerpo extinto y torturado. ■ ¡Mejor sería creer sin necesidad de tantas pruebas para creer! ¡Mejor sería decir: «Esto es obra de Dios» y bendecir a Dios que os ha concedido disponer de la prueba irrefutable de mi Crucifixión y de las torturas que la precedieron! ■ Pero, dado que, ahora, no sabéis ya creer con la sencillez de los niños, sino que tenéis necesidad de pruebas científicas —pobre fe vuestra que sin el soporte y el estímulo de la ciencia no sabe mantenerse en pie ni caminar—, sabed que las atroces contusiones de mis riñones fueron el agente químico más poderoso en el milagro de la Sábana. Mis riñones, casi rotos por los azotes, ya no pudieron trabajar; y, como los de aquellos que han ardido en una llamarada, quedaron incapacitados para filtrar, y la urea se acumuló y se esparció en mi cuerpo por la sangre, produciendo los sufrimientos de la intoxicación urémica y el reactivo que, rezumando de mi cadáver, fijó la imagen sobre la tela. Pero los que de entre vosotros son médicos, o los que de entre vosotros están enfermos de uremia, pueden comprender qué sufrimientos debieron producirme las toxinas urémicas en tal cantidad acumuladas como para ser capaces de producir una huella indeleble”.
6ª) La Sábana santa y el agujero de los pies.- Cambiando la posición de los pies, esto es, el derecho abajo y el izquierdo arriba, el Prof. Ferri dice: “Examinando cuidadosamente la Sábana, se comprueba que el pie derecho fue clavado y desclavado. Este descubrimiento mío, como otros más, los había descrito ya María Valtorta 4 años antes. No se trata de desplazamiento de la Sábana, sino de una verdadera huella que dejó la sangre que fluía de ambas heridas.
7ª) El Buen Ladrón “Dimas”.- Cfr. Martirologio Romano del Acta de los Santos, Diciembre, Propuleum, Bruxelis, 1040, p. 112, donde se lee lo siguiente: Que el Buen Ladrón se llamase Dimas proviene del Evangelio de Nicodemo, apócrifo del III siglo, pero esto no quiere decir que necesariamente todo lo que los apócrifos (o las “Pasiones de los Mártires”) dicen sea falso.
8ª) La Sábana y el grito fuerte “Ma…”: A este respecto el Prof. Ferri observa: “De la Sábana se desprende que Jesús murió con la boca abierta”.
9ª) Santa Lanza cuya punta estaría conservada en París, en “la Santa Capilla” , y el resto en S. Pedro en el Vaticano, cfr. Moroni, op. cit., vol. 37. p. 87-92.
10ª) ¿El pueblo hebreo deicida?.- Dice Isaías 3,12: “…sobre Sí tomó el pecado de muchos”. (Cfr. también,1 Ped. 2,22-25); Jesús, pues, tomó sobre Sí el pecado más grande de la raza hebrea: el deicidio. Por tanto no puede y no debe llamársele deicida. También ella se “hace lejos” de Dios por haber matado a Jesús, pero luego se le “acercó” por la misericordiosa efusión de su Sangre. Cfr. Ef. 2,11-22 y Con. Ecuménico Vaticano II, Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, n.4.

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