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-Conversión
-Arrepentimiento

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El tema de “Salvación-Condenación”, 1ª parte,  comprende:
Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
«El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)
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(<Es el primer discurso de Jesús. Tiene lugar en la Sinagoga de Cafarnaúm>)

1-49-269 (1-10-295).- “El tiempo de la Redención ha llegado. Preparad sus caminos con la buena voluntad. «Enmendad vuestros hábitos y vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar » (1). Se os ofrece una nueva gloria: la eterna. La alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio de su corazón”.
* No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón y en él se debe llevar a cabo una santa oración. Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda”.- Jesús está en una estancia cuadrada, donde hay, como de costumbre, velas en triángulo y atriles con rollos de pergamino. Ya hay una multitud que espera y ora. También Jesús ora. La multitud bisbisea algo entre dientes y hace comentarios detrás de Él. Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar. Jesús empieza la lección. Dice: “El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: «Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: `Enmendad vuestros hábitos y vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar. No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor. Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no derramáis en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros pa­dres para siempre`». ■ Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a aclarar estas palabras que vuestra alma ofuscada ya no puede ni verlas ni entenderlas. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del Pueblo de Dios: lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de una futura gloria. Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar. ¿Por qué lloráis? ¿Porque el Altísimo, que siempre fue bue­no para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y no permite que sus hijos le vean? ¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas le condujo y nutrió, y le defendió contra los enemigos y, para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que hizo dulces las aguas amargas y proporcionó el ma­ná a los que estaban extenuados? ¿Ya no es el Dios que quiso esta­bleceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y si es así, entonces, ¿por qué os ha derrotado el extranjero? ■ Muchos entre vosotros murmuran: «¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!». No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de. cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa oración. Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda, y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios. Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre: «Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela». Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no le escucha al punto; y después, al pobre —tal vez, de su propia sangre— que le dice: «Escúchame», le responde con corazón de piedra: «No». Veo que lloráis porque quien os domina os está exprimiendo vuestra bolsa. Pero luego vosotros exprimís, sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida”.
* “Buena y fácil es la Ley que vuelve a los Diez Mandamientos que están empapados en luz y amor. Os mostraré cuáles son: amor, amor, amor. Cuando sepáis amar, sabréis ya todo y Dios os amará. Y amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación”.-Jesús: “¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Mas, preparad sus caminos en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, bue­nos; amaos los unos a los otros. Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis. Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir. ¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error. Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los diez Mandamien­tos iniciales; que están empapados en luz y en amor. Venid. Yo os mostraré cuáles son: amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir en el amor. Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. ■ Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento. Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la eterna; la al­canzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón. Empezad por el amor. No hay nada más grande. Cuando se­páis amar, sabréis ya todo, y Dios os amará; y amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación. La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad”. ■ Jesús ha terminado de hablar. Se oye el bisbiseo de la gente. Des­pués de himnos muy salmodiados, la asamblea se disuelve. (Escrito el 13 de Octubre de 1944).
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1  Nota  : Mt. 4,17-17 ; Mc. 1, 14b-15; Lc. 4,14-15.

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(<Jesús, nuevamente  en la sinagoga de Cafarnaúm>)
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1-59-322 (1-22-352).- En la sinagoga de Cafarnaúm, la curación del endemoniado Ageo (1) y el testimonio de los profetas y de Juan Bautista confirman a Jesús como el Salvador, el Mesías de Dios, el Esperado, el Redentor “para que le escuchéis y os salvéis”.
* “Os llamo, Israel, antes que a cualquier otro pueblo, porque sois los que en los padres de vuestros padres recibisteis la promesa de esta hora… El Reino, del que soy Rey y al que os invito es más alto y más grande que el concebido por el fermento del corazón de algunos de vosotros”.- ■ Estoy viendo la sinagoga de Cafarnaúm. Está llena de gente que espera. Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía bañada por el sol, aunque ya está próximo el atardecer.  Por fin se oye un grito: “¡He ahí al Rabí que viene!”. Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de los regaños de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad. “La paz esté con todos los que buscan la Verdad”. Jesús está en el umbral y saluda bendiciendo con los brazos extendidos hacia adelante. La luz vivísima de la plaza soleada, recorta su alta figura rodeándola de luz. No lleva el vestido blanco, sino el azul marino. Avanza entre la multitud que se abre y se cierra en torno de Él, como las olas en torno a una nave. ■ Un joven que, por su cara me parece tísico, agarrándole a Jesús por el vestido, gime: “¡Estoy enfermo! ¡Cúrame!”. Jesús le pone la mano sobre la cabeza y le dice: “Confía. Dios te escuchará. Deja que ahora hable al pueblo y después vendré a donde estás”. El joven le suelta y se tranquiliza. Una mujer, que tiene un niño en brazos, le pregunta: “¿Qué te dijo?”. Joven: “Me ha dicho que después de haber hablado al pueblo, vendrá a donde estoy”. Mujer: “Entonces… ¿te curará?”. Joven: “No lo sé. Pero me dijo: «Confía». Y espero”. La gente quiere saber: “¿Que ha dicho?” “¿Qué ha dicho?”. Y la respuesta de Jesús se repite de labio en labio. Una mujer dice: “Si así es, voy a traer a mi niño”. Otra: “Y yo voy a traer a mi padre viejo”. Y otra: “¡Si Ageo quisiese venir! ¡Voy a hacer la prueba… pero no vendrá!”. ■ Jesús ha llegado a su lugar, saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo. Es un hombrecillo gordo y bastante anciano. Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma que se dobla ante un arbusto más ancho que alto. El arquisinagogo le pregunta: “¿Qué quieres que te dé?”. Jesús: “Lo que te parezca bien, o si no lo que venga a la mano. El Espíritu guiará”. Arquisinagogo: “Pero… ¿y estarás preparado?”. Jesús: “Lo estoy. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo”. El arquisinagogo alarga su brazo sobre un montón de rollos, coge uno, lo abre y se detiene a un cierto punto. “Esto”, le dice. Jesús toma el rollo y lee el punto señalado (2): “Josué, «Levántate y santifica al pueblo y diles: ‘Santificaos para mañana, porque, afirma el Señor de Israel, la maldición está en medio de vosotros, ¡oh Israel! Tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito’»”. Jesús se detiene, envuelve el rollo y lo devuelve. La gente está muy atenta. Tan solo se oye el murmurar de uno: “¡Verás lo que oímos contra los enemigos!”. Otro: “¡Es el Rey de Israel, el Prometido, que reúne a su pueblo!”. ■ Jesús extiende los brazos en su acostumbrada posición de orador. El silencio reina. Se oye a Jesús: “El que ha venido para santificaros, se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa donde se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación; se ha colocado en su lugar  frente a los poderosos del Templo y del Pueblo de Dios, y ahora ya está entre vosotros: ¡soy Yo! No como algunos de vosotros, con pensamientos llenos de niebla y con fermento en su corazón, piensan y esperan. Mucho más alto y más grande es el Reino del que soy Rey y al que os invito. Os llamo, oh vosotros de Israel, antes que a cualquier otro pueblo, porque sois vosotros los que en los padres de vuestros padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Altísimo Señor” (3).
.   ● Este Reino se formará combatiendo a los enemigos de dentro, que se encuentran en el corazón de cada uno: arrepentios de vuestros pecados para ser perdonados y estar preparados para el Reino. Quitad la maldición del pecado. Cada uno tiene la suya: eso que es contrario a los Diez Mandamientos que son salvación eterna”.- Jesús: “Pero este Reino no se formará con multitudes armadas, ni con el terror de la sangre, y en él no entrarán ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que aman al prójimo y a Dios, los pacientes. ¡Israel! No estás llamado a combatir con los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que se encuentran en cada corazón, en el corazón de las decenas y decenas de millares de tus hijos. Quitad la maldición del pecado de cada uno de vuestros corazones, si queréis que Dios os reúna y os diga: «Pueblo mío, a ti te doy el Reino que no será jamás derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos». ■ Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis, movidos por una curiosidad malsana, el futuro por medios que huelen mucho a brujería! Dejad a los paganos el espíritu de adivinación. Dejad a Dios, que es eterno, el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde, y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo. Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Quitad de entre vosotros la maldición del pecado. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los Diez mandamientos que son de salvación eterna. Examinaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Arrepentíos de ello sincera y humildemente. Desead arrepentiros. No de palabra, porque a Dios no se le hace burla, ni se le engaña, sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a entrar nuevamente en la Ley del Señor”.
.   ● El Reino de los Cielos os espera. Mañana. ¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva, siempre es un mañana solícito. Vosotros sois eternos en el espíritu, y debéis tener para el espíritu la misma medida de tiempo que tiene vuestro Creador. Debéis decir, por tanto: «Mañana será el día de mi muerte»”.-Jesús: “El Reino de los Cielos os espera. Mañana. ¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, siempre es un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida el tiempo que camina en el reloj de arena o de agua. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene con vida. Pero vosotros sois eternos en el espíritu, y debéis tener para el espíritu la misma medida de tiempo que tiene vuestro Creador. Debéis decir, por tanto: «Mañana será el día de mi muerte»; que no es tal muerte para que el que cree, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo. En verdad os digo que entre los presentes tan solo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y la muerte será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros con Él al Cielo. ¡Haced penitencia! El «mañana» del Reino de los Cielos está próximo. Que os encuentre limpios para ser poseedores del eterno día. La paz sea con vosotros”.
* “La frase de los Macabeos no contradice mi doctrina. Tú interpretas según el modo humano. Yo según el del espíritu, con referencias a lo sobrenatural, eterno. Sí, Yeové os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un «Pueblo» según la tierra, pero ¡cuánto os ha amado!: os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando”.- ■ Se levanta a rebatirle un barbudo y seco israelita que dice: “Maestro lo que has dicho me parece que está en contradicción de lo que se lee en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel (4). Allí está escrito: «Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar enseguida al castigo. El Señor no se comporta con ellos como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarles en el día del Juicio, colmada ya la medida de los pecados». Sin embargo, Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiador de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te cité?”. Jesús: “No sé quién eres, pero quien quiera que seas, te respondo (5). No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco; Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo sobrenatural y eterno. Sí, Yeové os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un «Pueblo» según la tierra. Pero ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros —más que con cualquier otro pueblo—, concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que le escuchéis y os salvéis antes de que llegue la hora de la ira divina. No quiere que seáis pecadores. Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando”. Israelita: “¿No crees que eres audaz en llamarte representante de Dios? Ninguno de los profetas se atrevió a tanto, y Tú…”.
.  ● Los profetas no pueden decir de sí mismo lo que Yo digo de Mí… Entre vosotros hay quien oyó las palabras del Precursor… y vieron una luz que descendía en forma de Paloma y oyeron una voz que decía quién era Yo; mas hablará también otro que no me ama y que dirá quién soy. ¡Ageo, pasa delante!”.- ■ El israelita prosigue: “¿Quién eres Tú, que así hablas?, y por ¿orden de quién hablas?”. Jesús: “Los profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de Mí. ¿Quién soy?… El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir al Precursor: «Preparad el camino del Señor… He aquí al Señor Dios que viene… Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la Pascua verdadera». Entre vosotros hay quienes oyeron del Precursor estas palabras, y vieron que una luz atravesaba los cielos y que descendía en forma de Paloma, y oyeron una voz que decía quién era Yo. ¿Por orden de quién hablo?… Por orden de Aquel que es y quien me envía”. Israelita: “Tú puedes decir lo que quieras, pero puedes ser mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero Satanás alguna vez tiene palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos”. Jesús: “Yo soy Jesús de José, de la estirpe de David, nacido en Belén, Efratá, según las promesas (6). Me dicen Nazareno porque en Nazaret tengo mi casa. Esto según el mundo. Según Dios soy su Enviado. Mis discípulos lo saben”. Israelita: “¡Oh, ellos!… Pueden decir lo que quieran o lo que Tú les hagas decir”. ■ Jesús: “Hablará otro que no me ama, y que dirá quién soy Yo. Espera que llame a uno de los aquí presentes”. Jesús mira a la multitud que, asombrada de la disputa, está enfrentada y dividida en corrientes opuestas. La mira, como buscando a alguien con sus ojos de zafiro, y después en alta voz dice: “¡Ageo! ¡Pasa adelante! Te lo ordeno”. Se oye un gran murmullo entre la gente, que se abre para dejar pasar a un hombre sacudido de un temblor en el cuerpo y sujetado por una mujer. Jesús: “¿Conoces a este hombre?”. Israelita: “Sí, es Ageo de Malaquías, de acá de Cafarnaúm. Está poseído de un espíritu maligno que le hace que se convierta repentinamente en un furioso”. Jesús: “¿Todos le conocen?”. La multitud grita: “¡Sí, sí!”. Jesús: “¿Puede decir alguien que hablamos él y Yo, aunque solo hubiesen sido pocas palabras, algunos minutos antes?”. La multitud grita: “¡No, no! Es un tonto, casi nunca sale de casa y nadie le ha visto en ella”. Jesús: “Mujer, tráelo delante de Mí”. La mujer le empuja y le arrastra, mientras el pobrecillo tiembla aún más fuerte. El arquisinagogo advierte a Jesús: “¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro… y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde”. La multitud se hace a un lado, replegándose contra las paredes. Los dos están ya frente a frente. Un momento de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultades en hablar; gime… hasta que le sale la voz que se convierte en palabras… “¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Dueño del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ningún hombre ha sido más grande que Tú, porque en Ti que eres hombre está encerrado el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me venciste en…” Jesús: “¡Calla! Sal de este hombre. ¡Te lo ordeno!”. Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiese alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; aúlla con una voz que no es humana, echa espuma y luego cae arrojado contra el suelo del que se levanta sorprendido y curado. ■ Jesús pregunta a su opositor: “¿Has oído?… ¿Qué respondes ahora?”. El hombre barbudo y seco levanta el hombro y, vencido, se va sin responder. La gente se burla de él y aplaude a Jesús. Dice Jesús: “¡Silencio! ¡El lugar es sagrado!”, y ordena: “Que se acerque el joven a quien prometí ayuda de Dios”. Se acerca el enfermo. Jesús le acaricia: “¡Has tenido fe! Queda curado. ¡Vete en paz y sé justo!”. El joven da un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y se los besa diciendo: “Gracias por mí y por mi madre”. Vienen otros enfermos: Un niño con las piernas paralizadas. Le toma Jesús de los brazos, le acaricia y le pone en el suelo… y le deja. El niño no se cae, sino que corre a donde está la mamá, la cual le recibe, llorando, en su corazón y bendice a Jesús a grandes voces, con: “El Santo de Israel”. Viene un viejecito ciego, a quien guía su hija. También éste es curado con una caricia sobre sus enfermos párpados. La multitud se deshace en bendiciones. Jesús avanza sonriendo, y aunque sea alto, no habría logrado abrirse paso entre la gente, si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no hubiesen abierto generosamente con los codos, hecho fuerza, y se hubieran abierto sitio hasta Jesús, y después le hubiesen protegido hasta la salida de la plaza donde ya no había tanta gente. La visión termina así. (Escrito el  2 Noviembre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mc. 1,21-28; Lc. 4,31-37.   2  Nota  : Cfr. Jos. 7,13.  3  Nota  : Cfr. Gén. 15.  4  Nota  : Cfr. 2 Mac. 6,13-14.  5  Nota  : Las expresiones:«No sé quién eres» «No lo sé». «No comprendo» en boca de Jesús recibe, como nota en una copia mecanografiada, la siguiente explicación de María Valtorta: “Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias, y de éstas veía y conocía sus escondidos secretos (introspección perfecta); como Hombre conocía solo según el modo humano personas y lugares, cuando el Padre suyo, y su propia naturaleza divina, no juzgaba útil el conocimiento de los lugares y personas sin preguntar. Posteriormente, en este mismo episodio, de forma análoga, las palabras de Jesús al endemoniado: “¡Ageo! ¡Pasa adelante”… tiene la siguiente nota de María Valtorta: “Aquí, debiendo dar prueba al fariseo de su omnisciencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo, del que sabe que está endemoniado, mientras en la página precedente, como Hombre, había dicho al fariseo: «No sé quién eres»”.
■ A propósito de esta afirmación de Jesús: «No sé quién es», transcribimos la parte esencial de otra nota autógrafa de María Valtorta con esta explicación: “Y el Padre eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios, de la Luz, de los hijos de la carne y de las tinieblas, permitía, en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres, algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas y respuestas: «¿Quién es éste?» «No le conozco». Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararle a la gran oscuridad de la hora de las tinieblas, al abandono del Padre, habiendo venido a ser «Anatema por nosotros»”.
■  La última parte de la explicación anterior sirve para dar un significado profundo a la desconcertante amnesia de Jesús que encontramos en el episodio 5-339-251 (tema “Judas de Keriot”), donde Bartolomé pregunta a Jesús si no sería mejor marchar pasando del otro lado del Jordán. Jesús, pasando la mano por la frente, con aire de cansado, como quien no logra comprender bien y en voz baja dice: “No lo sé. No lo sé todavía, Bartolomé”. ¡Qué desconsuelo, dolor, tristeza ondea en la voz de Jesús! Bartolomé, preocupado le pregunta: “Maestro, ¿qué te pasa? ¿Qué quieres que haga por Ti el viejo Natanael?”. Y Jesús le contesta: “Nada, Bartolomé… Tus oraciones… Para que vea bien lo que tengo que hacer…”.
Por tanto, las referencias de «ignorancia» de Jesús en la Obra valtortiana no están en contradicción con las frecuentes declaraciones de «omnisciencia».   6  Nota  : Cfr. Miq. 5,1.
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(<Jesús, a la entrada del huerto de la casa de la suegra de Pedro, ha dirigido la palabra a mucha gente que se halla en el huerto. Se halla acompañado de Pedro, Andrés, Santiago y Juan Zebedeos. Concluido el discurso ha atendido a los pobres, ancianos, realizado numerosas curaciones [1]. Son de resaltar las palabras de Jesús a un tullido>)
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1-61-335 (1-24-367).- Jesús desolado por el estado de los corazones y por su poca voluntad de enmendarse.  Y, “¡ …mi deseo de salvar es tan grande!”.
* Yo soy la Piedad… No rechazo a nadie. No pido más que amor y fe para decir: «te escucho»”.- ■ El tullido dice: “Que Aquel del que Tú vienes te proteja”. Nada más. Jesús le pone en la mano sana el óbolo.  Tullido: “Dios te lo pague, pero yo de Ti, más que esto, quisiera la curación”. Jesús: “No la has pedido”. Tullido: “Soy pobre, un gusano que los grandes pisotean, no podía imaginarme que tuvieras piedad de un mendigo”. Jesús: “Yo soy la Piedad que se inclina hacia toda miseria que la llama. No rechazo a nadie. No pido más que amor y fe para decir: «te escucho»”. Tullido: “¡Oh!, ¡Señor mío! ¡Yo creo y te amo! ¡Sálvame entonces! ¡Cura a tu siervo!”. Jesús pone su mano sobre la encorvada espalda, la desliza como haciendo una caricia y dice: “Quiero que quedes curado”. El hombre se endereza, ágil e íntegro, pronunciando infinitas bendiciones… Jesús dice a todos: “Id a vuestras casas y tened sentimientos de gratitud hacia Dios. Paz a todos. Idos, pues”. La muchedumbre se marcha comentando los hechos.
* “Las posesiones más reales y numerosas son las que hacen a los corazones mu­dos respecto a la honestidad y al amor y hacen de ellos un pozo de vicios inmundos”.- ■ Los cuatro discípulos se arriman al Maestro. Jesús les dice: “Amigos, en verdad os digo que en Israel se dan todos los pecados y los demonios han hecho morada en él. Y no son sólo las posesiones diabólicas las que hacen que enmudezcan los labios, ni son sólo ellas las que impulsan a vivir como animales, comiendo asquerosidades; las posesiones más reales y numerosas son las que hacen a los corazones mu­dos respecto a la honestidad y al amor y hacen de ellos un pozo de vicios inmundos. ¡Oh, Padre mío!”. Jesús, abatido, se sienta. ■ Juan: “¿Estás cansado, Maestro?”. Jesús: “No cansado, Juan mío, sino desolado por el estado de los corazones y por su poca voluntad de enmendarse. Yo he venido… pero el hombre… el hombre… ¡Oh, Padre mío!…”. Juan: “Maestro, yo te amo, todos nosotros te amamos…”. Jesús: “Lo sé. ¡Pero sois tan pocos… y mi deseo de salvar es tan grande!”. Jesús le ha abrazado a Juan y tiene la cabeza sobre la del discípulo. Está triste. Pedro, Andrés, Santiago, en torno a Él, le miran con amor y tristeza. Y la visión cesa así. (Escrito el 4 de Noviembre de 1944)
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1  Nota  : Cfr. Mt. 8,16-17; Mc. 1,32-34; Lc. 4,40-41.
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2-79-4 (2-43-480).- El proceso en una conversión, el de la prostituta Aglae (1), explicado con la parábola de la harina y de la levadura.
* “Es una operación larga y de buena voluntad del alma”.-  ■ El pastor Elías dice: “Maestro, esa mujer… esa que está en la casa de Juan (el Bautista)… (2) cuando habían pasado tres días de tu partida, y estando nuestro ganado apacentando en Hebrón —que son de todos y no nos podían echar fuera— nos mandó a una criada con esta bolsa y a decirnos que nos quería hablar… No sé si hice bien… pero la primera vez devolví la bolsa y dije: «No tengo nada que escuchar»… Después la sirvienta me volvió a decir: «Ven en nombre de Jesús» y fui… esperando que no estuviese su… digamos el hombre que la tiene… ¡Cuántas cosas quería… aún más, quería saber! Pero yo… hablé poco por prudencia. Es una prostituta. Tenía miedo de que fuese una trampa contra Ti. Me preguntó que quién eres, dónde vives, qué haces, si eres grande… le dije: «Es Jesús de Nazaret, está por todas partes porque es un Maestro y va enseñando por Palestina». Le dije que eras un hombre pobre, sencillo, un obrero a quien ha hecho sabio la Sabiduría… No dije más”. Dice Jesús: “Hiciste bien”. Pero simultáneamente Judas Iscariote exclama: “¡Has hecho mal! ¿Por qué no le dijiste que Él es el Mesías, que es el Rey del Mundo? ¡Aplastar la soberbia romana bajo el fulgor de Dios!”. Elías: “No me hubiera entendido… Y además ¿estaba seguro de si era sincera? Tú mismo dijiste lo que era ella cuando la viste. ¿Podía ofrecer las cosas santas —y todo lo que es Jesús es santo—, a su boca? ¿Podía poner en peligro a Jesús dándole muchos informes? Que el mal le venga de cualquier otro punto, pero no de mí”. ■ Iscariote: “Vamos, Juan, a decirle quién es el Maestro, a explicar la verdad santa”. El apóstol Juan dice: “Yo no. A no ser que Jesús me lo ordene”. Iscariote: “¿Tienes miedo?… ¿Qué quieres que te haga?… ¿Te  causa asco?… El Maestro no lo tuvo”. Juan: “No es miedo ni asco. Tengo compasión de ella, pero me imagino que, si Jesús hubiera querido, se hubiera detenido a instruirla. No lo hizo… no es necesario que lo hagamos nosotros”. Iscariote: “Entonces no había señales de conversión…  Ahora… ■ A ver, Elías, la bolsa”. Y Judas echa en su manto, pues se ha sentado sobre la hierba, lo que hay en ella: anillos, brazaletes, collares salen de la bolsa; oro pálido cae sobre el pálido color del vestido de Judas, que exclama: “¡Joyas todas!… ¿Qué hacemos de ellas?”. Zelote dice: “Se pueden vender”. Objeta Iscariote: “Son siempre pejigueras”. Judas muestra, no obstante, admiración por las joyas. Elías: “Le dije también, cuando las recibía: «Tu dueño te pegará». Y me respondió: «No son suyas, son mías y hago de ellas lo que se me antoje. Sé que es oro de pecado… pero se hará bueno si se emplea con quien es pobre y santo. Para que se acuerde de mí»,  y se echó a llorar”. Iscariote: “Ve, Tú Maestro, si no manda a Simón”. Jesús: “¡No!”. Iscariote: “Entonces voy yo”. Jesús: “¡No!”. Los «no» de Jesús son cortantes e imperiosos. Pregunta Elías que ve que Jesús está enojado: “¿He hecho mal, Maestro, en haber hablado con ella y en haber tomado el oro?”. Jesús: “No hiciste mal, pero no hay nada que hacer”. Iscariote objeta una vez más: “Pero tal vez la mujer quiere redimirse y tiene necesidad de ser instruida…”. Jesús: “Hay en ella ya muchas chispas capaces de provocar el incendio en que puede quemarse su vicio para quedar su alma virginizada de nuevo por el arrepentimiento. Hace poco os hablé de la levadura que, esparciéndose entre la harina, convierte a ésta en santo pan. ■ Oíd una breve parábola. Esa mujer es harina, una harina en la cual el Maligno ha mezclado sus polvos de infierno; Yo soy la levadura, o sea, mi palabra es la levadura. Pero, ¿puede hacerse el pan, aún en el caso de que la levadura sea buena, si en la harina hay mucho salvado, o si mezclado hay piedras y arena y ceniza? ¡No puede hacerse! Es necesario quitar con paciencia las cascarillas, la ceniza, las piedras y la arena. La Misericordia pasa y ofrece el tamiz… El primero: hecho de verdades breves, pero fundamentales, necesarias para ser comprendidas por uno que está en la red de la ignorancia completa, del vicio, del gentilismo. Si el alma lo acepta, empieza la primera purificación… El segundo: es el tamiz del alma misma, que compara su ser con el Ser que se le ha revelado… y le da horror. Y empieza su obra. Por medio de una operación cada vez más minuciosa, después de las piedras, de la arena y de la ceniza, llega incluso a quitar lo que es ya harina pero con granitos todavía grandes, demasiado grandes para producir un pan óptimo. Después, cuando ya está completamente dispuesta, vuelve a pasar nuevamente la Misericordia y se introduce en esa harina preparada —y también ésta es una preparación, Judas— y la hace fermentar y la hace pan. Pero es una operación larga y de voluntad del alma. Esa mujer… esa mujer tiene ya en sí esa mínima cosa que era justo darle y que le puede servir para terminar su trabajo. Dejemos que lo lleve a cabo, si quiere hacerlo, sin que se la perturbe. Cualquier cosa turba a un alma que se elabora: la curiosidad, el celo imprudente, las intransigencias, y la excesiva compasión”.  Iscariote: “Entonces ¿no vamos?”. Jesús corta tajante: “No. Y para que a ninguno de vosotros le venga tentación, nos vamos inmediatamente. ■ En el bosque hay sombra. Nos detendremos en las faldas del valle del Terebinto. Allí nos separaremos. Elías volverá a sus pastizales con Leví. José vendrá conmigo hasta el paso de Jericó. Después… nos volveremos a reunir. Tú, Isaac, continúa haciendo lo que hacías en Yutta, yendo desde aquí, por Arimatea y Lida, hasta llegar a Doco. Allí nos reuniremos. Hay que preparar la Judea, y tú sabes cómo hacerlo. Como has hecho ya en Yutta”. ■ Iscariote pregunta: “¿Y, nosotros?”. Jesús: “Vendréis para mi preparación. También Yo me preparé para la misión”. Iscariote: “¿Fuiste con un rabí?”. Jesús: “No”. Iscariote: “¿Con Juan?”. Jesús: “De él tomé solo el bautismo”. Iscariote: “¿Entonces?”. Jesús: “Belén ha hablado con las piedras y los corazones. También en ese lugar, donde te llevo, Judas, las piedras y un corazón, el mío, hablarán y te responderán”. ■ Elías, que ha traído leche y pan negro, dice: “Traté, mientras esperábamos, y conmigo también Isaac, de persuadir a los de Hebrón… Pero… solo creen en Juan, no juran más que por Juan, no quieren más que a Juan; es su «santo» y solo quieren a él”. Jesús: “Es un pecado común a muchos pueblos y a muchos creyentes que viven y vivirán. Miran al obrero y no al dueño que le envió. Olvidan que el operario existe porque existe el patrón y que el patrón instruye al operario y le hace apto para el trabajo. Olvidan que el operario sólo puede interceder, pero uno sólo puede conceder: el patrón. En este caso Dios, y su Verbo con Él. ¡No importa! El Verbo sufre, pero no guarda rencor… ¡Vámonos!”. Termina la visión. (Escrito el 15 de Enero de 1945).
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1   Nota   : Cfr. Personajes de la Obra magna: Aglae. ; 2   Nota   : Cfr. Personajes de la Obra magna: a) Pastores  de Belén: Elías, Leví, José, Isaac. b) Zacarías, sacerdote y su esposa Isabel: casa de Juan Bautista en Hebrón.
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(<Jesús, acompañado de Juan, Simón Zelote y Judas Iscariote, ha llegado al monte, donde un día Él había ayunado durante 40 días >)
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2-80-8 (2-44-484).- “La Misericordia es la  única que busca a  los desechos humanos”.
* “Vine aquí para preparar mi misión: hacer comprender a los hombres lo que es el Señor y le amaran en espíritu y verdad. Desgraciado es aquel siervo del Señor que piensa en su triunfo y no en el de Dios”.- Mientras estoy mirando la desolación del lugar, me saca de este estado la voz de mi Jesús: “Hemos llegado ya al lugar donde quería”. Me vuelvo, le veo a mis espaldas, entre Juan, Simón y Judas, en la pendiente rocosa del monte, en el punto en que llega una vereda… sería mejor decir: en el punto en donde un largo trabajo de aguas, en los largos meses de lluvia, ha arañado la caliza excavando a lo largo de los siglos un canal apenas dibujado, por donde las aguas de las cimas se precipitan, pero que por ahora es camino para cabras montesas más que para hombres. ■ Jesús mira alrededor y repite: “Sí, aquí es a donde quería traeros. Aquí el Mesías se preparó para su misión”. Iscariote: “¡Pero aquí no hay nada!”. Jesús: “No hay nada, tú lo has dicho”. Iscariote: “¿Con quién estuviste?”. Jesús: “Con mi alma y con el Padre”. Iscariote: “¡Ah! ¡Estuviste aquí unas pocas horas!”. Jesús: “No, Judas, no pocas horas. Muchos días”. Iscariote: “Pero ¿quién te atendía?… ¿Dónde dormías?”. Jesús: “Tenía por criados a los asnos salvajes que por la noche venían a dormir a sus cuevas… en ésta donde Yo también había entrado… Tenía de criadas a las águilas que me decían: «Ya es día» con su áspero graznido al ir a buscar su presa. Tenía de amigos a las liebrecillas que venían casi a mis pies a comer las hierbas que había… Mi comida y bebida eran lo que es alimento y bebida de la flor silvestre: el rocío de la noche, la luz  del sol, no otra cosa”. Iscariote: “Pero ¿por qué?”. Jesús: “Para prepararme bien, como tú dices, para mi misión. Las cosas bien preparadas salen bien, tú lo has dicho. Y mi cosa no era la pequeña, inútil cosa de hacer que brillara Yo, Siervo del Señor, sino de hacer comprender a los hombres lo que es el Señor y, a través de esta comprensión, hacer que le amaran en espíritu y en verdad. ■ ¡Desgraciado es aquel siervo del Señor que piensa en su triunfo y no en el de Dios!; que trata de sacar partido, que sueña con ponerse en alto en un trono hecho… ¡Oh, hecho con los intereses de Dios rebajados hasta el suelo, intereses que son del todo celestiales! Ya no es siervo, éste, aunque externamente lo parezca; es un mercader, un traficante, un falso que se engaña a sí mismo, que engaña a los hombres y que querría engañar a Dios… un infeliz que se cree príncipe, pero es esclavo…; es del Demonio, su rey de embuste. Aquí, en esta cueva, el Mesías, durante muchos días, vivió de maceraciones y oración para prepararse a su misión. ■ Judas, ¿a dónde querrías que hubiera ido a prepararme?”. Judas está perplejo, desorientado, al fin responde: “No sé… pensaba… con algunos rabíes… con los esenios… no sé”. Jesús:  “¿Y podía Yo encontrar un rabí que me dijese más de lo que me decía la Potencia y Sabiduría de Dios?… ¿Y podía Yo, —Yo, Verbo Eterno del Padre, Yo, que era cuando el Padre creó al hombre, y que sé de qué espíritu inmortal y animado, y de qué poder de juicio libre y capaz ha dotado Dios al hombre— podía ir a procurarme ciencia y adiestramiento a donde aquellos que niegan la inmortalidad del alma negando la resurrección final y niegan la libertad de acción del hombre imputando virtudes y vicios, acciones santas y perversas, al destino, que consideran fatal e invencible? ¡No! ¡No!”.
.   ● En la mente de Dios hay un destino para vosotros: la santidad de ser hijos de Dios. Sois reyes pues sois libres. Frente a vuestro pequeño reino, «yo», tenéis un Rey Amigo y dos potencias enemigas (demonio, carne-mundo), cada uno con sus reglas… Si sabéis daros ese martirio de tratar de escapar de las reglas del enemigo, entonces  pasa la Misericordia…”.- ■ Jesús:Tenéis un destino. Es cierto que lo tenéis. En la mente de Dios que os creó hay un destino para vosotros. El Padre lo desea. Es un destino de amor, de paz, de gloria: «la santidad de ser hijos de Dios». Este es el destino que ha estado en la mente divina desde el momento en que Adán fue hecho con el lodo de la tierra y lo seguirá siendo hasta la creación del alma del último hombre. Pero, Dios no os hace ninguna violencia en vuestra condición de reyes. El rey, si está prisionero, ya no es rey: es un abyecto. Vosotros sois reyes porque sois libres en vuestro pequeño reino individual, en el «yo»; en él podéis hacer lo que queráis, como queráis.  ■ Frente a vuestro pequeño reino y en sus fronteras tenéis un Rey amigo y dos potencias enemigas. El Amigo os muestra las reglas dadas por Él para hacer felices a los suyos. Os las muestra, os dice: «Hélas aquí; con estas reglas es segura la eterna victoria». Os las muestra —Él, el Sabio y Santo— para que podáis, si queréis hacerlo, practicarlas y con ellas obtener la gloria eterna. Las dos potencias enemigas son Satanás y la carne. En la carne incluyo la vuestra y la del mundo, o sea, las pompas y seducciones del mundo, o sea, la riqueza, las fiestas, los honores, el poder que del mundo y en el mundo se tienen, y que no siempre honradamente se consiguen, y menos todavía se saben usar honradamente, si por un complejo de causas el hombre llega a esas cosas. Satanás, maestro de la carne y del mundo, también habla a través de éste y de la carne; también él tiene sus reglas… ¡Oh, que si las tiene! Y —dado que el «yo» está envuelto en carne y la carne tiende a la carne como las limaduras del hierro tienden hacia el imán, y, dado que el canto del Seductor es más dulce que el gorjear del ruiseñor en celo entre rayos de luna y perfume de rosas— es más fácil ir hacia estas reglas, volverse hacia estas potencias y decirles: «Os considero amigas, entrad». Entrad… ¿habéis visto alguna vez a un aliado que permanezca siempre honesto, sin pedir el ciento por uno a cambio de la ayuda prestada? Así hacen esas potencias. Entran… Y se hacen dueñas. ¿Dueñas? ¡No!: carceleros. Os amarran, ¡oh hombres!, a su banco de galera, os encadenan ahí, no os dejan ya alzar el cuello de su yugo, y su látigo os azota hasta manar sangre, si tratáis escapar de ellas: o dejarse herir hasta llegar a ser un montón de carne hecha pedazos (tan inútil, como carne, que hasta su cruel piel la desprecia), o morir bajo ellas. ■ Si sabéis proporcionaros ese martirio, proporcionaros ese martirio, entonces pasa la Misericordia, la Única que puede todavía tener piedad de esa miseria repugnante de la que el mundo, uno de sus dueños, siente ahora asco y contra la cual el otro dueño, Satanás, envía sus flechas de venganza. Y la Misericordia, la Única que pasa, se inclina, la recoge, la cura, le da otra vez salud y le dice: «Ven. No tengas miedo. No te mires porque tus llagas, a pesar de haber cicatrizado ya, son tan innumerables que te causarían horror por lo mucho que te afean. Yo no te las miro, miro tu voluntad; por esa buena voluntad estás marcada así. Por eso Yo te digo: Te amo. Ven conmigo». Y la lleva a su reino. Entonces comprenderéis que, Misericordia y Rey amigo, son una misma persona. Halláis de nuevo las reglas que Él os había mostrado y que no quisisteis seguir. Ahora lo queréis… y llegáis a la paz: de la conciencia, primero; a la paz de Dios, después. Decidme ahora… ¿este destino lo impuso Uno solo para todos, o cada uno, individualmente, lo eligió para sí?”. Zelote: “Cada uno lo eligió”. Jesús:  “Juzgas bien, Simón. ¿Podía Yo, para formarme ir con los que niegan la resurrección feliz y el don de Dios?”.
.  ● Aprenderéis cómo se  arrebatan las presas a Satanás: no tanto con palabras cuanto con el sacrificio”.-Jesús: “Aquí vine. He tomado mi alma de Hijo del Hombre y me la he labrado hasta los últimos toques, he terminado mi trabajo de treinta años de aniquilamiento y de preparación para ir perfecto a mi ministerio. Os ruego que estéis ahora conmigo algunos días en esta cueva. En cualquier caso será una estancia menos solitaria porque seremos ahora cuatro amigos que luchan contra la tristeza, el miedo, las tentaciones, las necesidades de la carne. Yo estuve solo. En cualquier caso, será menos penosa porque ahora es verano, y aquí arriba, sopla el viento de las alturas que templa el calor. Llegué a fines de la luna de Tébet (1) y el viento que descendía de las nieves de la cúspide era muy frío. En cualquier caso será menos angustiosa, porque es más breve, y porque tenemos ahora los alimentos indispensables que pueden calmar nuestra hambre. Y en las pequeñas botijas de cuero que hice que los pastores os diesen hay suficiente agua para estos días de estancia. ■ Yo… Yo necesito arrancar dos almas a Satanás. Solo la penitencia lo puede. Os pido vuestra ayuda. También vosotros os formaréis. Aprenderéis cómo se arrancan las presas a Satanás: no tanto con palabras cuanto con el sacrificio… ¡Las palabras!… El estrépito satánico impide oírlas… Cada alma en manos del Enemigo está envuelta en torbellinos de voces infernales… ¿Queréis quedaros conmigo?… Si no queréis podéis iros. Yo me quedo. Nos encontraremos en Tecua, junto al mercado”. Juan dice: “No, Maestro, yo no te dejo”. Y al mismo tiempo Simón exclama: “Tú nos elevas al querernos contigo en esta redención”. Judas… no me parece que esté muy entusiasmado. Pero hace buena cara al… destino y dice: “Me quedo”. Jesús: “Tomad, pues, las botijas y las alforjas y metedlas dentro y antes de que queme el sol, partid la leña y amontonadla junto a las aberturas. La noche aún en verano es fría, y no todos los animales son buenos. Vamos a encender enseguida una rama. ¡Allí!, de aquella planta de acacia resinosa;  arde bien. Y vamos a mirar entre las aberturas para echar fuera con el fuego víboras y  escorpiones. ¡Venga, comenzad!”…
* Nuestra permanencia ha terminado. Acordaos de este lugar… de cómo se preparó el Mesías y cómo se preparan los apóstoles tal como Yo os he enseñado…”.- ■ …El mismo lugar del monte. Tan solo que ahora es de noche. Una noche llena de estrellas… Jesús está sentado en la boca de la cueva y habla a los tres que están alrededor de Él. Deben de haber hecho fuego porque, en medio del círculo que forman los cuatro, un montoncito de ascuas arroja chispazos de fuego que se dibujan en los cuatro rostros. “Sí, nuestra permanencia aquí se ha acabado. Esta permanencia ha sido corta. La mía duró cuarenta días… Y os digo más: era todavía invierno en estas pendientes… y no tenía Yo comida. Un poco más difícil que esta vez ¿no es así? Sé que también ahora habéis sufrido. Lo poco que teníamos y que os daba no era nada, especialmente para el hambre de los jóvenes; era suficiente solo para que no desfallecierais de debilidad. El agua, todavía más escasa. El calor es tórrido durante el día; diréis que no hacía este calor de invierno; pero sí había viento seco que bajaba quemando los pulmones desde aquella cima, y subía desde aquella bajura cargado de polvo desértico, y secaba más aún que este calor activo que se puede aliviar sorbiendo el jugo de estos frutos agraces ya maduros. En cambio, el monte, entonces, solo proporcionaba viento y hierbas quemadas por el hielo en torno a las esqueléticas acacias. No os he dado todo porque he reservado para el regreso los últimos panes y el último queso con la última botija. Yo sé lo que fue el regreso, estando exhausto, en la soledad del desierto… Recojamos nuestras cosas y pongámonos en camino. La noche es aún más clara que la que nos condujo aquí. No hay luna, pero el cielo llueve luz. Vamos. Acordaos de este lugar. No olvidéis cómo se preparó el Mesías y cómo se preparan los apóstoles. Cómo enseño Yo para que se preparen”. ■  (Escrito el 17 de Enero de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Anotaciones  n. 5: Calendario Hebreo: Tébet.
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(<Isaac, mencionado ya en el episodio anterior, —uno de aquellos 12 pastores de la Gruta de Belén, que, solo y enfermo y con los riñones deshechos, había vivido en Yutta sumido en la mayor miseria pero siempre fiel al recuerdo de aquel Niño— habiendo sido curado por Jesús vivía ahora integrado al grupo de pastores discípulos. En este episodio se muestra el fervor apostólico de Isaac>)
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2-87-49 (2-52-530).- El apostolado debe ser una obra de paciencia a semejanza de la obra creadora y redentora del Altísimo.
* Judas, persistiré, a pesar de burlas e indiferencia, sufriendo por ser leal a la verdad, hablando de Él, mirando a mi cielo cubierto de estrellas, las mayores: José, María, el Recién Nacido”.- ■Isaac está hablando con Jesús: “Maestro, son mejores los humildes. Ésos con los que hablé no tuvieron sino burlas o indiferencias. ¡Sin embargo, los pequeños de Yutta…!”. Todos están sentados en círculo sobre la hierba que hay en las márgenes del río. Parece que Isaac estuviera dando una relación de sus trabajos. Judas interviene, y caso raro, llama al pastor por su nombre: “Isaac, yo pienso como tú. Estando con ellos perdemos tiempo y fe. Yo renuncio”. Isaac: “Yo no, aunque de hecho me hace sufrir. Renunciaré solo si el Maestro lo manda. Estoy acostumbrado desde hace años a sufrir por ser leal a la verdad. No puedo mentir para congraciarme con los poderosos. ¡Y sabes cuántas veces fueron a burlarse de mí, en mi habitación de enfermo, prometiéndome —ciertamente promesas falsas— ayuda, si decía que yo había mentido, y que Tú, Jesús, no eras Tú, el Salvador recién nacido! Pero yo no podía mentir. Mentir hubiera sido lo mismo que renunciar a mi alegría, habría sido matar mi única esperanza, habría sido rechazarte a Ti, ¡oh Señor mío! En la oscuridad de mi miseria, tenía siempre un cielo cubierto de estrellas: el rostro de mi madre, única alegría de mi vida de huérfano y el rostro de una mujer que jamás fue mi esposa, y a la cual guardé amor aun después de muerta. Eran estas las dos estrellas menores. Luego tenía dos estrellas mayores, semejantes a purísimas lunas: José y María que sonreían a un Recién Nacido y a nosotros, pobres pastores. Y, una estrella brillante, en el centro del cielo de mi corazón: tu rostro inocente, delicado, santo. ¡No podía rechazar a este cielo mío! No quería privarme de su luz, más pura que ninguna. ¡Antes que rechazarte a Ti, mi recuerdo bendito, mi Jesús Recién Nacido, habría preferido perder la vida, incluso entre tormentos!”. Jesús coloca la mano sobre el hombro de Isaac y sonríe. ■ Judas interviene de nuevo: “¿Entonces tú persistes?”. Isaac: “Yo, sí. Hoy, mañana y pasado mañana. Alguno vendrá”. Iscariote: “¿Cuánto durará tu trabajo?”. Isaac: “No lo sé. Pero —créeme— basta con no mirar ni hacia adelante ni hacia atrás. Trabajar día a día, y si, terminado el día, el trabajo ha sido útil, decir: «Gracias, Dios mío»; y si inútil: «Espero en tu ayuda para hacer algo mañana»”. Jesús: “Eres un sabio”. Isaac: “No sé ni siquiera lo que significa eso, pero hago en mi misión lo que hice en mi enfermedad. ¡Casi treinta años de enfermo… no son un día!”. Iscariote: “¡Ya lo creo! Todavía no había nacido yo y tú ya estabas enfermo”. Isaac: “Estaba enfermo. Pero jamás he contado esos años. Jamás dije: «Vuelve Nisán y no acompaño a las rosas en su nuevo germinar; vuelve Tisrí y sigo todavía en el lecho». Seguía adelante hablándome a mí mismo y a los demás, de Él. Me daba cuenta de que los años pasaban porque los que había conocido niños venían a traerme sus dulces de boda y los de los nacimientos de sus pequeñuelos. Ahora, si miro atrás —ahora que, de viejo, he pasado de nuevo a ser joven—, ¿qué veo del pasado? ¡Nada! ¡Todo se ha ido!”. Jesús dice: “Nada aquí, pero en el Cielo «todo» para ti, Isaac, y ese «todo» te está esperando”.
* Lo creado es obra de una creación sin prisa: el Padre lo hizo en etapas sucesivas ordenadamente. Los Primeros padres tuvieron que aprender todo,  su saber fue fruto de su avanzar paciente, incluso la redención es una obra de paciencia. Nada se hizo con violencia que es siempre contrario al orden”.- ■ Luego dirigiéndose a los demás añade Jesús: “Es necesario obrar así. También Yo obro así. Ir hacia delante, sin cansancios. El cansancio es todavía una raíz de la soberbia humana, así como también la prisa. ¿Por qué se disgusta uno con las derrotas? ¿Por qué se inquieta uno por la lentitud? Porque el orgullo dice:«¿A mí decirme que no? ¿Conmigo tanta espera? Esto es falta de respeto hacia el apóstol de Dios». ¡No, amigos! Observad toda la Creación, y pensad en quién la hizo. Meditad sobre el progreso del hombre y pensad en su origen. Pensad en esta hora que se cumple, y calculad cuántos siglos la han precedido. Lo creado es obra de una creación sin prisa. El Padre no hizo nada desordenadamente. Hizo lo creado en etapas sucesivas. El hombre, el hombre actual, es obra de un avanzar paciente, y avanzará cada vez más en saber y en poder; luego podrán ser santos o no santos, según su voluntad. Mas el hombre no se hizo docto en un momento. ■ Los Primeros, los que fueron arrojados del Paraíso, tuvieron que aprender todo, lenta y continuamente; aprender incluso las cosas más sencillas: que el grano de trigo es mejor convertido en harina y luego amasado y luego cocido, y aprender cómo molerle y cómo cocerle; aprender a prender la leña, aprender cómo se hace un vestido al contemplar el pelaje de los animales, cómo se hace un cobijo, al observar las fieras, un lecho al observar los nidos; aprender a curarse con hierbas y aguas, observando a los animales que con ellas se curan por instinto; aprender a viajar por desiertos y mares, estudiando las estrellas, domando los caballos; aprender, de una cáscara de nuez flotando a la orilla de un río, el equilibrio sobre el agua. ¡Cuántas derrotas antes de un éxito! Pero lo logró. Y seguirá adelante. No será feliz por esto, porque más que en el bien se hará experto en el mal, pero seguirá adelante. ■ La Redención ¿no es una obra de paciencia? Decidida en el principio de los siglos y aún mucho antes, he aquí que viene ahora cuando los siglos ya la han preparado. Todo es paciencia. ¿Por qué, entonces, ser impacientes? ¿No podía haber hecho Dios todo en un abrir y cerrar de ojos? ¿No podía el hombre, dotado de inteligencia, salido de las manos de Dios, saber todo en un instante? ¿No podía Yo haber venido al principio de los siglos? Todo podía haber sido. Pero nada se hizo con violencia. Nada.  La violencia es siempre contraria al orden; y Dios, y lo que de Dios viene, es orden. No queráis ser más que Dios”.
* Judas, nunca me conocerá el mundo (como quien soy. Conocer significa amar con fidelidad y esfuerzo) ni todos mis íntimos. Soy Salvador pero el mundo no quiere salvarse”.- ■ Iscariote pregunta: “¿Pero entonces cuándo serás conocido?”. Jesús: “¿Por quién, Judas?”. Iscariote:¡Hombre, por el mundo!”. Jesús: “Nunca”. Iscariote: “¿Nunca? Pero, ¿no eres el Salvador?”. Jesús: “Lo soy. Pero el mundo no quiere ser salvado. Sólo en la proporción de uno a mil me querrá conocer, y en la de uno a diez mil me seguirá realmente. Y aún así digo mucho. Ni siquiera mis más íntimos amigos me conocerán”. Iscariote: “Pero si son tus íntimos te conocerán”. Jesús: “Sí, Judas. Me conocerán como Jesús, el israelita Jesús,  pero no me conocerán como quien soy. En verdad os digo que no seré conocido por todos mis íntimos. Conocer quiere decir amar con fidelidad y esfuerzo… y habrá quien no me conocerá”. ■ Jesús tiene un gesto resignado de desconsuelo, el que siempre tiene cuando predice la futura traición: abre las manos y las tiene así, hacia fuera, con el rostro lleno de dolor, un rostro que no mira a los hombres ni al cielo, sino sólo a su futuro destino de Traicionado. Juan suplica: “No digas eso, Maestro”. Simón Zelote, y con él al unísono los pastores, dice: “Nosotros te seguimos para conocerte cada vez más”. E Iscariote añade: “Como a una esposa te seguimos, y te queremos más que a ella; nos sentimos más celosos de Ti que de una mujer. ¡Oh, no! Tanto te conocemos que no podemos ya ignorarte. Él (y Judas señala a Isaac) dice que renegar de tu recuerdo, de cuando eras un Recién Nacido, habría sido para él  más atroz que perder la vida. Y no eras más que un Niño acabado de nacer. Nosotros tenemos al Hombre y al Maestro. Nosotros te escuchamos y vemos tus obras. Tu contacto, tu aliento, tu beso, son nuestra continua consagración y nuestra continua purificación. ¡Sólo un demonio podría renegar de Ti, después de haber sido un íntimo tuyo!”. Jesús: “Es verdad, Judas, pero así será”. Juan de Zebedeo exclama: “¡Ay de él! Seré yo quien le ajusticie”. Jesús: “No. Deja al Padre la justicia. Sé su redentor. El redentor de esta alma que tiende hacia Satanás… ■ Bueno. Saludemos a Isaac. Ya se hizo tarde. Te bendigo, siervo fiel. Ten en cuenta que Lázaro de Betania es nuestro amigo y que quiere ayudar a mis amigos. Me voy. Tú, quédate. Árame el terreno árido de la Judea. Regresaré. Sabes dónde podrás encontrarme en caso de necesidad. Mi paz sea contigo”. Jesús bendice y besa a su discípulo. (Escrito el 25 de Enero de 1945).
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(<Jesús está reunido con sus discípulos en Nazaret en el huerto junto a la casa>)
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2-92-74 (2-57-557).- “Sólo los que vigilan serán los vencedores. ¿Los demás?… Para los demás será lo que está escrito”.- El Bien infinito (Amor perfecto) y el Mal infinito (Odio perfecto).
* “Mi Madre, sin inclinación alguna al mal y que ya poseía esta doctrina (de su Hijo) en su seno, y mucho antes aún en su corazón, por don dado por Dios a la futura Madre de su Verbo, vio los peligros del vivir en el mundo. ¿Y vosotros?”.- ■ Jesús les dice: “¿Veis? Hoy el firmamento está nublado porque el granizo está próximo. Nosotros, al escudriñar el cielo, hemos dicho: «No nos alejemos de casa». Ahora bien, si así sabemos juzgar respecto a las cosas que, a pesar de ser peligrosas, no son nada con respecto a los peligros que hay, pecando, de perder la amistad de Dios, ¿por qué no sabemos juzgar dónde puede haber peligro para el alma? ■ Mirad por ejemplo a mi Madre. ¿Podéis imaginar en Ella inclinación alguna al mal? Pues bien, dado que el amor la empuja a seguirme, dejará su casa cuando mi amor lo quiera. Pero esta mañana, después de habérmelo pedido una vez más —porque Ella, mi Maestra, me decía: «Que entre tus discípulos esté también tu Madre, Hijo; Yo quiero aprender tu doctrina»; Ella, que ya poseía esta doctrina en su seno, y mucho antes aún en su corazón, por don dado por Dios a la futura Madre de su Verbo— Ella ha dicho: «No obstante… juzga Tú, si puedo ir contigo sin la posibilidad de perder la unión con Dios; sin que eso que es mundo, y que Tú afirmas que penetra con sus hedores, pueda corromper este corazón mío que fue y es y quiere pertenecer sólo a Dios. Yo me someto a examen y, por cuanto sé, me parece que puedo hacerlo, porque… (y en esto, sin saberlo, Ella se procuró la mayor alabanza) porque yo no encuentro diferencia entre mi inocente paz de cuando era una flor del Templo y ésta que tengo en mí, ahora que desde hace más de seis lustros soy la mujer de hogar. Pero yo soy indigna sierva que conoce mal, y juzga aún peor, las cosas del espíritu. Tú eres el Verbo, la Sabiduría, la Luz, y puedes ser luz para tu pobre Mamá, que se resigna a no verte más antes que ser no grata al Señor». Y debí decirle con el corazón que se me estremecía de admiración: «Mamá, Yo te lo digo: el mundo no te corromperá; antes bien, el mundo será perfumado por ti». ■ Mi Madre, lo acabáis de oír, supo ver los peligros del vivir en el mundo, también para Ella. Y vosotros, hombres, ¿pretendéis no verlos? ¡Oh! Satanás a la verdad está en acecho. Y sólo los que vigilan serán los vencedores. ¿Los demás?… Para los demás será lo que está escrito”.
* Para los nuevos caínes, quienes, por no vigilarse a sí mismo y al Enemigo, vendrán a ser una cosa con él”.-  ■ Pedro pregunta: “¿Qué cosa está escrito, Maestro?”. Jesús: “«Y Caín se abalanzó sobre Abel y le mató. El Señor dijo a Caín: ‘¿Dónde está tu hermano?… ¿Qué has hecho con él? El grito de su sangre llega hasta Mí. Así, pues, serás maldito sobre la tierra que ha conocido el sabor de la sangre humana por mano de un hermano que ha abierto las venas a su hermano, y no cesará esta horrible sed de la tierra por la sangre humana. Y la tierra, envenenada por esta sangre, te será más estéril que una mujer seca por la edad. Y huirás, buscando paz y pan. Y no los encontrarás. Tu remordimiento te hará ver sangre en cada flor y en cada tallo de hierba, en toda agua y alimento. El cielo te parecerá sangre, y sangre el mar. Del Cielo, de la tierra, del mar, se levantarán tres voces que llegarán a ti: la de Dios, la del Inocente, la del Demonio; y, para no oírlas te darás muerte’»” (1). ■ Pedro observa: “No dice eso el Génesis”. Jesús: “No, el Génesis, no. Lo digo Yo. Y no me equivoco. Lo digo por los nuevos Caínes de los nuevos Abeles, para quienes, por no vigilar respecto a sí mismos y al Enemigo, llegarán a ser una cosa con él”.
* “Juan, para explicar el Crimen perfecto recuerda una verdad: que los hijos de las Tinieblas en vano han estado en contacto con la Luz”.- ■ Juan dice: “Pero entre nosotros no los habrá, ¿no es así, Maestro?”. Jesús: “Juan, cuando el velo del Templo se rasgue, sobre toda Sión brillará escrita una gran verdad”. Juan: “¿Cuál, Señor mío?”. Jesús: “Que los hijos de las Tinieblas en vano han estado en contacto con la Luz. Acuérdate de ello, Juan”. Juan: “¿Seré yo un hijo de las Tinieblas?”. Jesús: “No, tú no. Pero recuérdalo para explicar el Crimen al mundo”. Juan:  “¿Qué crimen, Señor?… ¿El de Caín?”. Jesús: “No. Ese es el primer acorde del himno de Satanás. Hablo del Crimen perfecto (2), el inconcebible crimen, aquel que, para comprenderle, hay que mirarle a través del sol del divino Amor y a través de la mente de Satanás; porque sólo el Amor perfecto y el Odio perfecto, sólo el Bien infinito y el Mal infinito pueden explicar semejante Ofrenda y semejante Pecado. ¿Habéis oído? ■ Parece como si Satanás estuviera oyendo y gritase con el deseo de llevarlo a cabo. Vámonos, antes de que las nubes se abran en medio de rayos y granizo”. Bajan corriendo por la pendiente, saltando al huerto de María, cuando la tempestad furiosa se desata.   (Escrito el 30 de Enero de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Gén.  4,8-12.  2  Nota  : En todo este trozo  se establece un  parangón entre el crimen de Caín, primer fratricidio en el orden del tiempo y el futuro crimen de Judas, el deicidio, el más grande en orden de gravedad: varias frases, con que Jesús alarga y explica el Génesis y que Pedro dice que no se encuentran en este libro, aparecerán en las expresiones de Judas desesperado por haber traicionado a Jesús.
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(<En este episodio se cuenta el arrepentimiento y salvación-curación de la Bella de Corozaín, famosa prostituta, que vive ahora, sola y abandonada, recluida en un lugar boscoso de las riberas del lago, contagiada por la lepra>)
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2-94-81 (2-59-565).- Salvación-curación de la Bella de Corozaín «primera convertida de mi Andrés».
*  Jesús, Simón Pedro y Andrés salen al encuentro de la Bella.- ■ Jesús sale de la casa de la suegra de Pedro junto con sus discípu­los, a excepción de Judas Tadeo. El primero que le ve es un mucha­cho, el cual lo dice incluso a quien no desea saberlo. Jesús va a la orilla del lago y se sienta en el borde de la barca de Pedro. Se ve inmediatamente rodeado de gente de la ciudad que le acoge en modo festivo, por haber regresado, y le hace mil preguntas, a las que Jesús responde con su insuperable paciencia, sonriente y cariñoso, como si todo ese vocerío fuera una armonía celeste. Viene también el arquisinagogo. Jesús se levanta para saludarle. Es un recíproco saludo lleno de respeto oriental. Sinagogo: “Maestro, ¿puedo esperar que vengas para la instrucción al pueblo?”. Jesús: “Sin duda, si tú y el pueblo lo deseáis”. Sinagogo: “Lo hemos deseado durante todo este tiempo. Ellos te lo pueden decir”. El pueblo, efectivamente, asiente con nuevos gritos. Jesús: “Si es así, iré a media tarde. Ahora marchaos todos. Tengo que ir a ver a una persona que está deseosa de Mí”. La gente se aleja a regañadientes, mientras Jesús, Pedro y Andrés emprenden la travesía por el lago. Los otros discípulos se quedan en  la orilla. ■ La barca navega a vela por un breve espacio. Luego los dos pescadores la dirigen hacia una pequeña ensenada, entre dos bajas colinas, que originalmente parecen haber sido una sola. La ensenada está hundida en el centro por erosión de aguas o por movimiento telúrico, y forma un minúsculo fiordo que —no es noruego— no tiene abetos, sino olivos malhechos, nacidos quién sabe cómo en esas paredes a pico, entre peñas abiertas y cortantes rocas salientes, olivos que entrelazan sus ramas, retorcidas por los vientos del lago —que aquí deben ser fuertes—, hasta formar como un techo bajo el cual espumea un pequeño riachuelo caprichoso, todo rumor porque es todo cascadas, todo espuma porque cae de metro en metro; pero en realidad es un verdadero enanito comparado con otros cursos de agua. Andrés salta al agua para arrastrar la barca lo más posible contra la orilla y atarla a un tronco, mientras Pedro ata la vela y asegura una tabla como puente para Jesús. “No obstante” dice “te aconsejo descalzarte, quitarte la túnica y hacer como nosotros. Ese loco, (y señala al riachuelo) agita enormemente el agua del lago y con ese balanceo el puente no está seguro”. Jesús obedece sin discutir. En tierra calzan de nuevo las sandalias. Jesús se pone también la túnica. Los otros dos permanecen con las prendas cortas de debajo, que son oscuras. ■ Jesús pregunta: “¿Dónde está?”. Pedro: “Se habrá adentrado en la espesura al oír voces. Ya sabes… con lo que tiene encima y con su pasado…”. Jesús: “Llámala”.  Pedro grita fuerte: “Soy el discípulo del Rabí de Cafarnaúm. Está aquí el Rabí. Ven fuera”. Nadie da señales de vida. Andrés explica:  “No se fía. Un día hubo quien la llamó diciendo: «Ven, que hay comida», y luego le tiró piedras. Nosotros la vimos entonces por primera vez, porque, yo al menos, no me la recordaba cuando era la Bella de Corozaín”. Jesús: “¿Y qué hicisteis entonces?”. Andrés: “Le arrojamos un pan y algo de pescado y un trapo, un pedazo de vela rota que teníamos para secarnos, porque estaba desnuda. Luego huimos para no contaminarnos”.
* “Soy el discípulo de la Piedad. Él dice que su piedad llega a todos, y nosotros, para ser como Él, la debemos tener con todos”.- Jesús: “¿Cómo es que volvisteis entonces?”. Andrés: “Maestro… Tú estabas fuera y nosotros pensábamos qué podíamos hacer para darte a conocer cada vez más. Pensamos en todos los enfermos, en todos los ciegos, lisiados, mudos… y también en ella. Dijimos: «Probemos». Ya sabes… muchos… por culpa nuestra, claro, nos han tomado por locos y no nos han querido escuchar. Otros, por el contrario, nos han creído. A ella le he hablado yo en persona. He venido solo con la barca durante varias noches de luna. La llamaba, le decía: «Encima de la piedra, al pie del olivo, hay pan y pescado. Ven sin miedo», y me marchaba. Yo creo que ella debía esperar verme desaparecer para venir, porque nunca la veía. La sexta vez la vi en pie sobre  la orilla, exactamente ahí donde estás Tú. Me estaba esperando… ¡Qué horror! No me eché a correr porque pensé en Ti… Me dijo: «Quién eres? ¿Por qué esta piedad?». Dije: «Porque soy discípulo de la Piedad». «¿Quién es?». «Es Jesús de Galilea». «¿Y os enseña a tener piedad de nosotros?». «De todos». «¿Sabes quién soy?». «Eres la Bella de Corozaín; ahora, la leprosa». «¿Y para mí también hay piedad?» «Él dice que su piedad llega a todos, y nosotros, para ser como Él, la debemos tener con todos». Al llegar a este punto, Maestro, la leprosa blasfemó sin querer. Dijo: «Entonces también Él debió haber sido un gran pecador». Le dije: «No. Es el Mesías, el Santo de Dios». Habría querido decirle: «Maldita seas por tu lengua», pero no dije sino eso porque me hice este razonamiento: «Destruida como está, no puede pensar en la misericordia divina». Entonces se echó a llorar y dijo: «Si es el Santo, no puede, no puede tener piedad de la Bella. De la leprosa podría… pero de la Bella no. Y yo que esperaba…». Le pregunté: «¿Qué esperabas, mujer?». «La curación… volver al mundo… entre los hombres… morir como una mendiga, pero entre los hombres… no como un animal salvaje en una guarida de fieras a las que incluso causo horror». Le dije: «¿Me juras que, si vuelves al mundo, serás honesta?». Y ella: «Sí. Dios me ha herido justamente, por haber pecado. Estoy arrepentida. Mi alma lleva consigo su expia­ción, pero aborrece el pecado para siempre». Me pareció entonces que podía prometerle salvación en tu Nombre. Me dijo: «Vuelve, vuelve… Háblame de Él. Que mi alma le conozca antes que mi ojo…». Y venía a hablarle de Ti… como sé hacerlo”. Jesús: “Y Yo vengo a dar la salvación a la primera  convertida de mi Andrés” (pues es Andrés el que ha estado hablando mientras Pedro ha ido corriente arriba, saltando de piedra en piedra y llamando a la leprosa).
* “Has merecido la gracia por la sinceridad de tu arrepentimiento. Crece en la fe del Cristo, y obedece a la ley de la purificación”.- ■ Al fin ella muestra su hórrido rostro entre las ramas de un olivo. Ve, se le escapa un grito. Pedro exclama: “¡Venga, baja! ¡No quiero lapidarte! Allí está el Rabí Jesús. ¿Le ves?”. La mujer se deja  caer rodando por la pendiente —digo esto por lo deprisa que baja— y llega a los pies de Jesús antes de que Pedro vuelva junto al Maestro. Y grita: “¡Piedad, Señor!”. Jesús: “¿Puedes creer que yo te la puedo dar?”. La Bella: “Sí, porque eres santo y yo estoy arrepentida. Yo soy el Pecado, pero Tú eres la Misericordia. Tu discípulo ha sido el primero que ha tenido misericordia de mí y ha venido a darme pan y fe. Límpiame, Señor. Antes el alma que la carne. Porque soy tres veces impura, y, si me concedieras una limpieza, una sola, te pido la de mi alma, pecadora. Antes de oír tus palabras repetidas por él, yo decía: «Curarme para volver entre los hombres». Ahora que sé, digo: «Ser perdonada para tener vida eterna»”. Jesús: “Te concedo perdón. Pero nada más aparte de esto…”. La Bella: “¡Bendito seas! Viviré en la paz de Dios en mi escondrijo… libre… libre de remordimientos y de temores. ¡No más temor a la muerte, ahora que he sido perdonada; no más miedo a Dios, ahora que Tú me has absuelto!”. ■ Jesús: “Ve al lago y lávate. Estate dentro hasta que te llame”. Ella, misérrimo espectro de mujer esquelética, corroída, con la cabellera despeinada, dura, canosa, se levanta del suelo y baja y se mete en el agua del lago, con su pingajo de vestido que bien poco cubre. Pedro dice: “¿Por qué le has dicho que se lave? Es cierto que su hedor apesta, pero… no comprendo”. Jesús: “Mujer, sal y ven aquí. Coge ese pedazo de tela que está en esa rama” (es el trozo de tela usado por Jesús para secarse después del breve paso de la barca a tierra). La mujer obedece y emerge, completamente desnuda —habiendo quedado despojada de su andrajo dentro del agua—, para coger el pedazo de tela seco. Pedro, que la estaba mirando, es el primero que grita; Andrés, más huidizo, le había dado la espalda, pero ante el grito de su hermano se vuelve y grita a su vez. La mujer, que tenía los ojos tan fijos en Jesús, que no se ocupaba de nada más, ante esos gritos, ante esas manos que la señalan, se mira… y ve que con su vestido hecho jirones se ha quedado en el lago también su lepra. No se echa a correr, como parecería lógico; se agacha, acurrucándose en la orilla, llena de vergüenza por su desnudez, emocionada hasta tal punto, que sólo se siente capaz de llorar con un lamento largo y débil, que es más desgarrador que cualquier grito. ■ Jesús se dirige hacia ella… llega… le echa por encima el pedazo de tela, le acaricia ligeramente la cabeza, le dice: “Adiós. Sé buena. Has merecido la gracia por la sinceridad de tu arrepentimiento. Crece en la fe del Cristo, y obedece a la ley de la purificación”. La mujer sigue llorando, llorando, llorando… Sólo al oír el roce que hace la tabla al meterla Pedro de nuevo en la barca, levanta la cabeza, tiende los brazos y grita: “Gracias, Señor. Gracias, bendito ¡Oh, bendito, bendito!…”. Jesús le hace un gesto de adiós antes de que la barca dé vuelta en el recodo del pequeño fiordo y desaparezca… (Escrito el 1 de Febrero de 1945).
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2-94-84 (2-59-569).- Discurso sobre el arrepentimiento, basado en David, Sansón y la Bella de Corozaín, en la sinagoga de Cafarnaúm. Mateo presente.
* Arrepentimiento de David después que el siervo del Señor, Natán, le movió al arrepentimiento.- Mirada de Jesús a Mateo.-  ■ Jesús, ahora con todos su discípulos, entra en la sinagoga de Cafarnaúm después de recorrer la plaza y la calle que a ella conducen. La noticia del nuevo milagro debe haber recorrido ya porque se oye mucho murmullo y muchos comentarios. Justo en el umbral de la puerta de la sinagoga veo al futuro apóstol Mateo. Está ahí, quieto, medio dentro y medio fuera, no sé si avergonzado o disgustado por todas las miradas que le lanzan, o incluso por algún epíteto poco agradable que le dirigen. Dos entiesados fariseos recogen a propósito sus amplios mantos, como si tuvieran miedo de contraer una peste al tocar el vestido de Mateo. ■ Jesús, al entrar, le mira fijamente durante un instante, y durante un instante se detiene. Mateo se limita a bajar la cabeza. Pedro, apenas traspasada la puerta, le dice en voz baja a Jesús: “¿Sabes quién es ese hombre más adornado y perfumado que una mujer? Es Mateo nuestro tasador… ¿A qué viene aquí? Es la primera vez. Quizás no ha encontrado a compañeros, y sobre todo a las compañeras, con los que pasa el sábado, gastándose en orgías lo que nos chupa en tasas duplicadas y triplicadas… para el fisco y para el vicio. Jesús le mira a Pedro tan severamente, que Pedro se pone más colorado que una manzana, baja la cabeza, deteniéndose, de modo que, de primero, pasa a ser el último en el grupo apostólico. ■ Jesús está ya en su puesto. Después de los cantos y las oraciones con el pueblo, se vuelve para hablar. El arquisinagogo le pregunta si quiere algún rollo, pero Jesús responde: “No hace falta. Ya tengo el tema”. Y comienza: “El gran rey de Israel, David de Belén, después de haber pecado lloró (1), al arrepentirse en su corazón gritando a Dios de que se arrepentía  y que le pedía perdón. David había tenido el espíritu oscurecido por la neblina del sentido, y esto le había impedido continuar viendo el rostro de Dios y comprender su palabra. «El rostro» he dicho. En el corazón del hombre hay un punto que se acuerda del rostro de Dios, el punto más selecto, nuestro Sancta Sanctorum, aquel del cual vienen las santas inspiraciones y las santas decisiones, el que despide perfume como un altar, resplandece como una hoguera, canta como un coro de serafines. Pero, cuando el pecado produce humo en nosotros, entonces ese punto se entenebrece tanto, que cesa la luz, el perfume, el canto, quedando solo un mal olor de denso humo y un sabor a ceniza. Mas cuando vuelve la luz —porque un siervo de Dios la lleva consigo a quien ha quedado en la oscuridad— he aquí que entonces éste ve su fealdad, su baja condición, y, horrorizado de sí, exclama como el rey David: «Ten piedad de mí, Señor, según tu gran misericordia; por tu infinita bondad, lávame de mi pecado» (2), y no dice: «No puedo ser perdonado; por tanto, insisto en pecar», sino que dice: «Me siento humillado, contrito; sí, pero  —te lo suplico— tú que sabes cómo he nacido en la culpa, aspérjame y límpiame, para que vuelva a ser como nieve de las cimas». Y dice: «Mi holocausto no consistirá en carneros y bueyes, sino en un verdadero arrepentimiento del corazón, porque sé que es esto lo que quieres de nosotros y no lo desprecias». ■Esto decía David después del pecado, y después de que el siervo del Señor, Natán, le hubiera movido a arrepentirse. Con mayor razón, los pecadores deben decir esto ahora que el Señor no les manda un siervo suyo, sino el Redentor mismo, a su Verbo, el cual, justo y dominador no solo de los hombres sino también del Cielo y del Abismo, ha surgido en medio de su pueblo como la luz de la aurora, que brilla sin nubes cuando el sol sale por la mañana”.
* Sansón en el dolor de un arrepentimiento verdadero encontró de nuevo su fuerza. Él perdona una y otra vez. Pero, para continuar perdonando, exige la voluntad de salir del pecado”.- Jesús: “Ya habéis leído cómo el hombre, en manos de Satanás, es más débil que un tísico moribundo, aunque primero fuera el «fuerte». Sabéis cómo Sansón quedó reducido a nada tras haber cedido al sentido. Quiero que conozcáis la lección de Sansón, hijo de Manué, destinado a vencer a los filisteos, opresores de Israel (3). Condición primera para ser tal era que desde su concepción permaneciese alejado de lo que estimula el sentido bajo y une en connubio las entrañas del hombre con carnes impuras, o sea, vino, sidra y carnes grasas, que encienden en la cintura un fuego impuro.  Condición segunda: que, para ser el libertador, fuera consagrado al Señor desde su infancia, y permaneciese tal con continuo nazireato. Consagrado es aquel que no solo externamente sino también internamente se conserva santo. Entonces Dios está con él. Pero la carne es carne y Satanás es Tentación. Y la Tentación toma como instrumento, para combatir a Dios en su corazón y en sus santos mandamientos, la carne que excita al hombre y a la mujer. He aquí que entonces tiembla la fuerza del «fuerte» y viene a ser un ser débil que acaba con el don que Dios le ha dado. ■ Escuchad: Sansón fue atado con siete cuerdas de nervios frescos, con siete cuerdas nuevas, fue fijado al suelo con siete trenzas de sus cabellos. Y él siempre había vencido. Pero no se tienta al Señor en vano, ni siquiera en su bondad. No es lícito. Él perdona una y otra vez. Pero, para continuar perdonando exige la voluntad de salir del pecado. Necio es quien dice: «¡Señor, perdón!» y luego no ¡huye de lo que le induce a nuevo pecado! Sansón, tres veces victorioso, no huye de Dalila, el sentido, el pecado, y, completamente harto  —dice el Libro— y acabándosele el ánimo —dice el Libro— reveló el secreto: «Mi fuerza está en mis siete trenzas». ¿No hay ninguno entre vosotros que, hastiado del pecado hasta el cansancio, sienta que pierde el ánimo —porque nada abate como la mala conciencia— y esté para entregarse vencido al Enemigo? ¡No! Quienquiera que seas, no, no lo hagas. Sansón dio a la Tentación el secreto para vencer a sus siete virtudes: las siete simbólicas trenzas, sus virtudes, o sea, su fidelidad de nazareo; se durmió, cansado, sobre el seno de la mujer, y fue vencido: ciego, esclavo, incapaz, por no haber sido fiel a su voto. Y no volvió a ser el «fuerte», el «libertador», sino cuando en el dolor de un arrepentimiento verdadero encontró de nuevo su fuerza… ■ Arrepentimiento, paciencia, constancia, heroísmo y luego… Yo os prometo, ¡oh pecadores!, que seréis los libertadores de vosotros mismos. En verdad os digo que ningún bautismo vale, ni ningún rito sirve, si no hay arrepentimiento y voluntad de renunciar al pecado. En verdad os digo que no hay pecador tan pecador que no pueda hacer renacer con su llanto las virtudes que el pecado le había arrancado de su corazón”.
* Una mujer (la Bella), castigada por Dios por su pecado, ha obtenido misericordia por su arrepentimiento”.-Jesús: “Hoy una mujer, una culpable de Israel, castigada por Dios por su pecado, ha obtenido misericordia por su arrepentimiento. He dicho «misericordia». Menos misericordia obtendrán aquellos que hacia ella no la tuvieron, y se ensañaron sin piedad con esta mujer que ya había sido castigada. ¿No tenían esos tales en sí mismos la lepra de la culpa? Que cada cual se examine… y tenga piedad para obtener piedad. Yo os tiendo la mano por esta arrepentida que vuelve con los vivos después de una horrenda separación de muerte. Simón de Jonás, no Yo, llevará el óbolo por la arrepentida que, en el umbral de la muerte, vuelve a la Vida verdadera. Y no murmuréis, vosotros, los grandes. No murmuréis. Yo no estaba cuando era la «Bella», pero vosotros sí estabais. Y no quiero decir más”. Uno de los dos viejos fariseos pregunta resentido: “¿Nos acusas de haber sido sus amantes?”. Jesús:  “Que cada cual se ponga frente a su corazón y a sus acciones; Yo no acuso, hablo en nombre de la Justicia. Vamos”. Jesús sale con los suyos.
* Las dos bolsas con dinero de Mateo .- ■ Pero a Judas le paran los dos que parecen conocerle bastante. Oigo que dicen: “¿Tú también estás con Él? ¿Es santo realmente?”. Judas Iscariote salta con una de esas reacciones suyas que desorientan: “Os aseguro que no llegaréis mínimamente a entender su santidad”. Le responden: “Sí, pero ha curado en sábado”. Iscariote:  “¡No! Ha perdonado en sábado. Y ¿qué día más apto para el perdón que el sábado? ¿No me dais nada para la redimida?”. Ellos dos: “No damos nuestro dinero a las meretrices. Se ofrece al Templo santo”. ■ Judas echa una risotada irreverente y los deja plantados.  Alcanza al Maestro que está entrando de nuevo en la casa de Pedro, el cual le está diciendo: “Mira: el pequeño Santiago, nada más salir de la sinagoga, me ha dado hoy dos bolsas en lugar de una; como siempre por encargo de ese desconocido. ¿Quién es, Maestro? Tú lo sabes… Dímelo”. Jesús sonríe: “Te lo diré cuando hayas aprendido a no murmurar de nadie” (4).Y todo termina. (Escrito el 1 de Febrero de 1945).
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1  Nota  : Cfr. 2 Sam. 11 y 12.   2  Nota  : Cfr.  Sal. 51,3.   3  Nota  : Cfr. Jue. 13-16.   4  Nota  : El apóstol Mateo, según esta Obra, antes de ser llamado por Jesús, de forma anónima, solía enviar bolsas de dinero cada semana a los apóstoles para repartir entre los pobres.
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(<Es el final de un discurso pronunciado por Jesús en Cafarnaúm cerca del banco de impuestos de Mateo>)
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2-95-91  (2-60-577).- “¿Cómo puede Dios premiar a quien tan solo tiene el nombre de justo, no teniendo las obras?”.
* “¿Cómo Dios puede decir: «Te perdono» si ve que el arrepentimiento es tan solo de palabra y que no va acompañado de un verdadero cambio de espíritu?”.- ■ Dice Jesús: “Todos querríamos ser llamados «justos» y ser tenidos como tales y ser premiados como tales por Dios. Pero ¿cómo puede Dios premiar a quien  tan solo tiene el nombre de justo, no teniendo las obras? ¿Cómo Dios puede decir: «Te perdono» si ve que el arrepentimiento es tan solo de palabra y que no va acompañado de un verdadero cambio de espíritu? No existe arrepentimiento mientras dure el apetito hacia el objeto por el que se produjo nuestro pecado. Cuando uno, en cambio, se humilla, se mutila del miembro moral de una mala pasión, que puede llamarse mujer u oro, diciendo: «Por Ti, Señor, no más de esto», entonces es cuando verdaderamente está arrepentido y Dios le acoge diciendo: «Ven; te quiero como a un inocente, como a un héroe»”. Jesús ha terminado. Se marcha sin ni siquiera volverse hacia Mateo, que se había acercado al círculo de oyentes, desde las primeras palabras. (Escrito  el  2 de Febrero  de 1945).
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2-96-96 (2-61-581).- La curación de alma y cuerpo de la Bella (adúltera, homicida y prostituta), en día de sábado, después de años de arrepentimiento y expiación, explicada por Jesús en Betsaida.
* “¡No existe ninguna culpa tan grande que no pueda ser lavada, primero por el arrepentimiento, luego por la Gracia, finalmente por el Salvador!”.- Jesús está en Betsaida. Habla de pié en la barca que lo ha llevado hasta allí, que está casi encallada en la arena de la orilla, amarrada a una estaca de una piedra rudimentaria de moler. Mucha gente, sentada en semicírculo sobre la arena le escucha… “Sé por qué habéis venido, vosotros de Cafarnaúm. Y tengo la conciencia tan libre del pecado que se me culpa —y en nombre del cual, inexistente, se me murmura a mis espaldas, insinuándoos que oírme y seguirme significa complicidad con el pecador—, que no temo dar a conocer la razón de ello a estos de Betsaida. Entre vosotros, habitantes de Betsaida, hay algunos ancianos que no se han olvidado, por distintas razones, de la Bella de Corozaín; hay hombres que pecaron con ella, hay mujeres que por su causa lloraron. Lloraron y —aún no había venido Yo a decir: «¡Amad a quien os perjudica!»— lloraron, para después regocijarse cuando vinieron a saber que la podredumbre había hecho presa de ella, que había salido fuera de sus entrañas impuras a lo exterior de su espléndido cuerpo. Esa corrupción era la figura de aquella lepra más grave que le había roído su alma de adúltera, homicida y prostituta. Adúltera setenta veces siete, con cualquiera, con tal de que tuviese el nombre de «hombre» y tuvieses dinero. Homicida siete veces siete por sus concepciones bastardas; prostituta solo por vicio, ni siquiera por necesidad. ■ ¡Os comprendo esposas traicionadas! Comprendo vuestro regocijo, cuando se os dijo: «las carnes de la Bella están más fétidas y descompuestas que las de un animal muerto tendido en la cuneta de un camino, y que es presa de cuervos y gusanos».  Mas Yo os digo: sabed perdonar. Dios ha llevado a cabo vuestra venganza; y luego Él ha perdonado. Perdonad también vosotras. Yo la he perdonado en vuestro nombre, porque sé que sois buenas, mujeres de Betsaida que me saludáis con el grito: «¡Bendito sea el Cordero de Dios! ¡Bendito el que viene en nombre de Señor!». ¡Sí!, soy Cordero y me reconocéis como tal… ¡Sí!… vengo a estar entre vosotras —Yo, Cordero—, y vosotras debéis transformaros todas en ovejas mansas, incluso aquellas a las que un lejano, ya lejano dolor de esposa traicionada, inviste de instintos como los de una fiera que defiende su guarida. Yo, siendo Cordero, no podría permanecer entre vosotras si os comportarais como tigres y hienas.  Aquel que viene en el Nombre santísimo de Dios a recoger a justos y pecadores para conducirlos al Cielo ha ido también adonde la arrepentida y le ha dicho: «Queda limpia. Ve. Expía». ■ Esto lo he hecho en sábado. De esto se me acusa. Acusación oficial. La segunda acusación es el hecho de haberme acercado a una prostituta, a una que lo fue y que en ese momento no era sino un alma que lloraba su pecado. Pues bien, digo: Lo he hecho y lo seguiré haciéndolo. Traedme el Libro, escrutadlo, estudiadlo, desentrañad su contenido. Encontrad, si os resulta posible, un punto que prohíba al médico atender a un enfermo, a un levita ocuparse del altar, a un sacerdote no escuchar a un fiel… solo porque sea sábado. Yo, si lo encontráis y me lo mostráis, diré, dándome golpes de pecho: «Señor, he pecado en tu presencia y en presencia de los hombres. No soy digno de tu perdón, pero si Tú quieres mostrarte compasivo con tu siervo, te bendeciré hasta el último aliento de mi vida». Porque esa alma era una enferma, y los enfermos tienen necesidad del médico; era un altar profanado y tenía necesidad de que un sacerdote lo limpiara. Era una fiel que se dirigía a llorar al Templo verdadero del Dios verdadero y tenía necesidad de un sacerdote que en él la introdujera. En verdad os digo que, si no cumplo con mi deber perdiendo siquiera una sola de las almas que sienten anhelo de salvación, no salvándola, Dios Padre me pedirá cuentas y me castigará por esta alma perdida. ■ Éste sería mi pecado, según los grandes de Cafarnaúm; habría podido esperar, para hacerlo, al día siguiente del sábado. Sí. Pero ¿por qué retardar otras veinticuatro horas a que un corazón contrito se ponga nuevamente en paz con Dios? En ese corazón había humildad verdadera, clara sinceridad, dolor perfecto. Yo leí en ese corazón. La lepra estaba todavía en su cuerpo, mas el corazón ya no la padecía debido al bálsamo de años de arrepentimiento, de lágrimas, de expiación. Ese corazón, para que Dios se acercara a él —sin que esta cercanía contaminase el aire santo que rodea a Dios—, no tenía necesidad sino de que Yo volviera a consagrarlo. Lo he hecho. Ella salió del lago limpia en la carne, sí, pero aún más limpia en el corazón. ■ ¡Cuántos, cuántos de los que han entrado en las aguas del Jordán obedeciendo al mandato del Precursor no han salido tan limpios como ella! Porque el bautismo de éstos no era un acto voluntario, sentido, sincero, de un espíritu que deseara prepararse a mi venida, sino tan solo una forma de aparecer perfectos en santidad ante los ojos del mundo, por tanto, era hipocresía y soberbia; dos culpas que aumentaban el cúmulo de culpas que ya existían en su corazón. El bautismo de Juan no es más que  un símbolo. Os quiere decir: «Limpiaos de la soberbia humillándoos, hasta confesaos pecadores; de las lujurias, lavándoos de sus escorias». Es el alma la que debe ser bautizada con vuestra voluntad, para estar limpia en el banquete de Dios. ■ No existe ninguna culpa tan grande que no pueda ser lavada, primero por el arrepentimiento, luego por la Gracia, finalmente por el Salvador. No hay pecador tan grande que no pueda alzar el rostro humillado y sonreír a una esperanza de redención. Basta con que tal acto sea completo al renunciar a la culpa, heroico al resistir a la tentación, sincero en la voluntad de renacer”. (Escrito el 3 de Febrero de 1945).
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2-106-156 (2-73-648).- En Nazaret, Jesús proclama la Nueva: el tiempo de la Gracia del Señor. Ella es la que os habla.- Expulsado de Nazaret (1).- Jesús consuela a su Madre.
* “Soy el portador de la Nueva, de la Ley del amor, misericordia donde había rigor; por la cual, todos los que, por culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu y, como reflejo en la carne, obtendrán la salud; por la cual, todos los prisioneros del espíritu del mal serán liberados. He venido a romper estas cadenas”.- ■ Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que com­prendo que se trata de la sinagoga de Nazaret —como me dice el ín­timo consejero—, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de púlpito. Hay tam­bién un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, escritorio… llámelo como mejor le parezca. Es, en definitiva, una tabla inclinada sujeta por un pie; sobre ella están alineados unos rollos. Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todos hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar. Hay lámparas puestas sobre el púlpito del ambón.  No veo la finalidad de esta visión, que no cambia y que me queda fija así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo y yo lo hago. ■ Desde el principio me encuentro en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo. Oigo la cantinela de su voz nasal, pero no entiendo las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé. Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son). Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud. Jesús  pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea. Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio: “El espíritu del Señor está sobre Mí…” (2). Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de Sí mismo que es “el portador de la Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, pa­decen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne —por­que el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física— obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Es­píritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido a rom­per estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a propor­cionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas. Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros, Ella es la que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas, y ya, llevada a ellos por ministerio sobrena­tural, saben que el alba de este día se ha levantado, y que su entrada en el Paraí­so está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quie­nes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo. Voso­tros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido. Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Te­ned la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gra­cia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás”.
*  Jesús, expulsado de Nazaret.- “En verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria”.- ■ El murmullo se desata en la sinagoga. Jesús mira en torno a Sí. Lee los rostros y el interior de los corazo­nes y prosigue: “Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; mas esto por vuestro egoísmo, no porque tengáis una gran fuerza de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo. El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio (3): en favor de aquella y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios”. ■ La multitud se alborota y dice palabras injuriosas, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles-primos: Judas, Santiago y Simón (4) le defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos le echan fuera de ciudad. Van detrás con amenazas —no solamente verbales— hasta la cima del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.
* Mamá, si el Hijo del hombre hubiera de ir únicamente a donde le aman, tendría que retirar su paso de esta Tierra y volverse al Cielo”.- ■ Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo. Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casu­cha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, pa­ra esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre… ■ María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia Él, in­cluyendo a los otros familiares que le consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera: “¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!”. Pero María insiste. ■ Entonces Él responde: “Mamá, si el Hijo del hombre hubiera de ir únicamente a donde le aman, tendría que retirar su paso de esta Tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la  Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso partiéndome en pedazos contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplir esto”. María, con voz acongojada: “¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!”. Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa. ■ Jesús: “Me ausentaré durante un tiempo para contentarte. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte”. Virgen: “Manda a Juan. Viéndole a Juan me parece verte un poco a Ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia Ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Je­sús. Hay que comprenderla. Te hablará también a Ti de ellos. No obs­tante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la hu­manidad —que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos—, Hijo mío, será grande en la fe. Es dolo­roso que todos esperen de Ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¡Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas refieren tanto martirio”. Jesús: “No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a Mí. Después, la paz. Ahora vete, que cae la tarde y el camino es largo. Yo te bendigo”.(Escrito el 13 de Febrero de 1944)
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1  Nota  : Cfr.  Lc.  4,14-30.   2  Nota  : Cfr.  Is.  61,1-3.   3  Nota  : Cfr.  1 Rey.  17,7-16;  2 Rey. 5.   4  Nota  : Simón,  el primo Simón,  también presente, es por error llamado apóstol por la escritora, a la que Jesús mismo, corrigió en otro episodio diciendo: “Simón no se hizo discípulo mío, y menos aún apóstol, como en tu ignorancia le has llamado”.
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(<El pastor Jonás, uno de aquellos 12 pastores de la Gruta de Belén, que ahora trabaja en los campos y viñedos del cruel fariseo Doras [1], se encuentra muy enfermo. Por tal motivo, Jesús y sus apóstoles [excepto J. Iscariote ausente], una vez que Lázaro ha pagado el rescate de Jonás, han llegado a los campos del fariseo, a Esdrelón,  para recoger a Jonás y llevárselo con ellos. Se han encontrado antes con algunos campesinos de otro fariseo, Yocana —pariente de Doras—, a los que Pedro y otros apóstoles en estos momentos les están ayudando a arar el campo>)
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2-109-173  (2-76- 664).- La salvación se consigue en el lugar señalado por Dios a cada uno, sin rebelarse y obrando según la Ley eterna del Decálogo.
* “¿Reprocháis a Dios por haberos puesto entre los últimos de la Tierra?”.- ■ El más audaz de los siervos de Yocana dice: “¡Qué buenos son tus amigos! ¿Tú has hecho que sean así?”. Jesús: “Yo he dado una regla a su bondad. Como tú haces con las tijeras de podar. Pero la bondad ya existía en ellos. Ahora florece bien, porque hay quien la cuida”. Campesino: “Son también humildes. ¡Amigos tuyos y ayudar así a unos pobres siervos!”. Jesús: “Conmigo solo puede estar quien ama la humildad, la mansedumbre, la continencia, la honradez y el amor; sobre todo el amor, porque quien ama a Dios y al prójimo posee como consecuencia todas las virtudes y conquista el Cielo”. Campesino: “¿Podremos también nosotros conseguirlo, nosotros que no tenemos tiempo de orar, de ir al Templo, ni siquiera de levantar la cabeza del surco?”. Jesús: “Responded: ¿existe en vosotros rebelión, y reprocháis a Dios por haberos puesto entre los últimos de la Tierra?”. Campesino: “¡Oh, no, Maestro! Es nuestra suerte. Cuando cansados nos echamos en la cama, decimos: «¡Y bien!, el Dios de Abraham sabe que estamos tan exhaustos que no podemos decirle más que: ‘Bendito seas, Señor’»; también decimos: «Hoy hemos vivido también sin cometer pecado»… Ya sabes… podríamos robar un poquito, comer con el pan un fruto, o echar algo de aceite en las verduras molidas. Pero el amo dijo: «A los siervos les basta el pan y las verduras cocidas, y en el tiempo de la recolección un poco de vinagre en el agua para calmar la sed y proporcionar energía». Y nosotros lo hacemos. En fin… se podría estar peor”. ■ Jesús: “Yo en verdad os digo, que el Dios de Abraham sonríe al ver vuestros corazones, mientras su rostro es severo con quienes le insultan en el Templo con mentirosas plegarias, porque no aman a sus semejantes”. Campesino: “¡Oh, pero entre sí se aman! Al menos… eso parece, porque se veneran mutuamente con regalos y reverencias. Es a nosotros a quienes no aman. Pero nosotros somos diferentes de ellos, y es justo”. Jesús: “No. En el Reino de mi Padre no es justo, y distinto será la manera de juzgar. No los ricos y poderosos, porque lo sean, tendrán honras, sino los que habrán siempre amado a Dios sobre sí mismos y sobre cualquier otra cosa como dinero, poder, mujer, y mesa; y amado a sus semejantes que son todos los hombres, ricos o pobres, famosos o desconocidos, doctos o sin cultura, buenos o malvados. Sí, también es necesario amar a los malvados. No por su maldad, sino por compasión hacia su pobre alma que han herido de muerte. Es menester amarlos con un amor que suplique al Padre celestial que los cure y redima. En el Reino de los Cielos serán bienaventurados, los que hayan honrado al Señor con verdad y justicia, y hayan amado a sus padres y familiares por respeto; los que no habrán robado en modo alguno ni nada, o sea, los que hayan dado y pretendido lo justo incluso en el trabajo de sus siervos; los que no hayan destruido ni reputaciones ni criaturas, y no hayan tenido deseo de matar, aun cuando los modos de actuar de los demás hayan sido tan crueles como para soliviantar el corazón en actitud desdeñosa y de rebelión; quienes no hayan jurado en falso, dañando al prójimo y a la verdad; quienes no hayan cometido adulterio o cualquier otro acto vicioso carnal; quienes mansa y resignadamente hayan aceptado su suerte sin envidiar a los demás. De éstos es el Reino de los Cielos. Y así, el mendigo puede ser allá arriba un rey bienaventurado, mientras que el Tetrarca con su poder será nada; es más, más que nada: será pasto de Satanás si ha actuado contra la Ley eterna del Decálogo”. ■ Los hombres le están escuchando con la boca abierta. Cerca de Jesús están Bartolomé, Mateo, Simón, Felipe, Tomás, Santiago y Judas Alfeo. Los otros cuatro continúan su trabajo, colorados, sudorosos, pero alegres. Pedro es suficiente para tener a todos alegres. Campesino: “¡Oh, cuánta razón tenía Jonás en llamarte: «Santo»! Todo en Ti es santo; las palabras, la mirada, la sonrisa… Jamás habíamos experimentado en el alma, así…”.  (Escrito el 15 de Febrero de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Doras y su pariente Yocana.
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(<Simón Zelote, una vez hecho apóstol de Jesús, puso en venta su casa de Betania, para, ya “sin ataduras humanas, servir solo al Maestro”. El propio Lázaro, a quien Simón le encargó la venta, la compró, sin revelar la iden­tidad del comprador, al precio fijado y en las condiciones estipuladas por Zelote. Lázaro, sin embargo, nunca consideró suya esta propiedad de su amigo Simón >).

2-117-226 (2-84-721).- “Lázaro, tu bondad natural se impregna de perfección sobrenatural porque pides don sobrenatural, pides la salvación de un alma y la santidad tuya y de Marta”.- Cántico de Jesús a los justos.
* sientes que no basta con ser buenos según el mundo, sino que se requiere ser buenos según las leyes del espíritu, para obtener de Dios la gracia”.- ■ Dice Lázaro: “¿Sabes, Maestro, que hoy está por estos campos Isaac con Elías y los demás? (1). Me han pedido pasto, abajo en la llanura, para estar un poco juntos, y lo he permitido. Hoy están de cambio de pastos. Los espero para la comida”. Jesús: “Me alegra. Les daré instrucciones…”. Lázaro: “Sí. Para podernos mantener en contacto. No obstante, alguna vez vendrás…”. Jesús: “Vendré. He hablado ya de ello con Simón. Y, dado que no es jus­to que Yo invada tu casa con los discípulos, iré a casa de Simón…”. Lázaro: “No, Maestro. ¿Por qué este dolor?”. Jesús: “No indagues, Lázaro; Yo sé que está bien así”. Lázaro: “Pero entonces…”. Jesús: “Entonces seguiré estando en tus propiedades. Lo que el mismo Simón ignora Yo lo sé. Aquel que quiso comprar, sin revelar su iden­tidad y sin detenerse a estudiar las condiciones, con tal de estar cer­ca, fue Lázaro de Betania, el hijo de Teófilo, el fiel amigo de Simón el Zelote y el gran amigo de Jesús de Nazaret. Aquel que duplicó la suma por Jonás y no la tomó de los bienes de Simón para proporcionarle a éste la alegría de poder hacer muchas cosas por el Maestro pobre y por los pobres del Maestro, aquél, es uno que tiene por nom­bre Lázaro. El que, discreto y atento, mueve, dirige, presta ayuda a todas las fuerzas buenas para ayudarme, aliviarme y protegerme, ése, es Lázaro de Betania. Yo lo sé”. Lázaro: “¡Oh, no lo digas! ¡Creí actuar bien de ese modo, y en secreto!”. Jesús: “Secreto, sí, para los hombres, pero no para Mí; Yo leo en el corazón. ¿Quieres que te diga por qué tu ya de por sí natural bondad se impregna de perfección sobrenatural? Es porque pides don sobrenatural, pides la salvación de un alma y la santidad tuya y de Marta. Tú sientes que no basta con ser buenos según el mundo, sino que se requiere ser buenos según las leyes del espíritu, para obtener de Dios la gracia. Tú no has oído mis palabras, pero Yo he dicho: «Cuan­do hagáis el bien, hacedlo en secreto, y el Padre os dará una gran re­compensa». Tú lo has hecho por un natural impulso a la humildad, y en verdad te digo que el Padre te reserva una recompensa que ni si­quiera puedes imaginar”. Lázaro: “¡¿La redención de María?!…”. Jesús: “Eso, y más, más aún”. Lázaro: “¿Qué es, Maestro, más imposible que esto?”.
* Cántico de Jesús a los justos.- ■ Jesús le mira y sonríe. Luego dice, con el tono de un salmo. “El Señor reina, y con Él sus santos. Con sus rayos de luz teje una corona y la pone sobre la cabeza de los santos. Para que eternamente resplandezca ante los ojos de Dios y del universo. ¿De qué metal está entretejida? ¿Con qué piedras preciosas deco­rada? Oro, oro purísimo es la diadema obtenida con el doble fuego del amor divino y del amor del hombre, cincelado por la voluntad, martillando, limando, cortando, afinando. Perlas de gran riqueza, y esmeraldas más verdes que la hierba nacida en abril, turquesas de color de cielo, ópalos de color de luna, amatistas como violetas pudorosas, y, engarzados para toda la vida, jaspes y zafiros y jacintos y topacios. Y luego una diadema de rubíes por remate, una gran diadema para una frente gloriosa. Porque este hombre bendito ha tenido fe y esperanza, ha tenido mansedumbre y castidad, templanza y fortaleza, justicia y pruden­cia, misericordia sin medida, y en el fondo ha escrito con la sangre mi Nombre y la fe en Mí, su amor por Mí, y su nombre en el Cielo. ¡Exultad, oh justos del Señor! El hombre ignora, Dios ve. Él escribe en los libros eternos mis promesas y vuestras obras, y con ellas vuestros nombres, príncipes del siglo futuro, triunfadores eternos con el Cristo del Señor”. Lázaro le mira asombrado. Luego susurra: “¡Oh!… yo… no seré  capaz…”. Jesús: “¿Tú crees?” y Jesús coge una rama flexible de un sauce cuyas frondas penden sobre el sendero y dice: “Mira: como mi mano pliega fácilmente esta rama, el amor plegará tu alma y de ella hará una corona eterna. Es el amor el redentor individual. Quien ama empieza su redención. Su acabado lo cumplirá el Hijo del hombre”. (Escrito el 25 de febrero de 1945).
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1  Nota  :  Cfr. Personajes de la Obra magna: Pastores de Belén.
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2-119-235 (2-86-730).- “¡Ni siquiera que hubieras matado a Dios, deberías de tener miedo, si hubiese en ti verdadero arrepentimiento!”.
* “Lo que Dios perdona, perdonan todos, incluso los muertos”.- ■ Hoy, en «Aguas Claras» (1), hay por lo menos el doble de gente de ayer. Hay también personas que no parecen campesinas. Algunas han venido en burro y toman comida bajo el cobertizo. Han amarrado allí sus animales en espera del Maestro. El día es frío pero sereno. La gente charla entre sí y los más eruditos explican quién es y por qué el Maestro habla desde este lugar… “porque ni en Belén ni en Jerusalén puede predicar”. Responde otro: “¡Sí!, ¿cómo puedes pensar que los escribas y fariseos deseen sus palabras? Esos son víboras y hienas, como los llama el Bautista”. Dice uno: “Yo querría que me curase. ¿Ves? Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible en venir en burro hasta aquí. Le busqué en Sión, pero ya no estaba”. Dice otro: “Le amenazaron de muerte…”. Enfermo: “¡Perros!”. El otro asiente: “Sí”, y le pregunta: “¿De dónde vienes?”. Enfermo: “De Lida”. El otro queda sorprendido: “¡Mucho camino!”. ■ Dice un tercero: “Yo… yo quisiera decirle un error mío… Se lo dije al Bautista… me escapé… con tantos reproches que me dijo. Pienso que no puedo ser perdonado…”. Le preguntan: “¿Qué has hecho?”. Responde: “Mucho mal. Se lo diré a Él. ¿Qué pensáis? ¿Me maldecirá?”. Un anciano de aspecto grave le dice: “No te maldecirá. Le he oído hablar en Betsaida. Estaba yo por casualidad allí. ¡Qué palabras! Y hablaba de una pecadora. ¡Ah! Habría yo querido ser ella para merecer su perdón…”. ■ Gritan varios: “Mírenlo que ahí viene”. El hombre que se siente culpable trata de huir diciendo: “¡Misericordia! ¡Me avergüenzo!”. Jesús que le ve, le dice: “¿A dónde huyes, hijo mío? ¿Tienes tanta negrura en el corazón como para odiar la Luz y huir de ella? ¿Has pecado tanto como para tener miedo de mi perdón? Pero ¿qué pecado pudiste haber cometido? ¡Ni siquiera que hubieras matado a Dios, deberías de tener miedo, si hubiese en ti verdadero arrepentimiento! ¡No llores! Más bien: ven que lloremos juntos”. Jesús que había levantado su mano y detenido al que iba a huir, lo tiene ahora estrechado contra Sí, y luego se dirige a los que le estaban esperando y dice: “Un momento, para aliviar este corazón y luego regreso”. Y se va más allá de la casa, rozando, al volver la esquina, a la mujer velada (2), que está en el lugar acostumbrado. Da unos pasos y se detiene: “¿Qué hiciste, hijo?”. El hombre cae de rodillas. Es un hombre como de cincuenta años. Una cara quemada por muchas pasiones y consumida por un tormento secreto. Extiende sus brazos y grita: “Para gozarme con las mujeres toda la herencia paterna, maté a mi madre y a mi hermano… No he tenido jamás paz… Mi comida: ¡sangre!… mi sueño: ¡pesadilla!… Mi placer… ¡Ah! en el pecho de las mujeres, en sus gritos de lujuria, sentía el frío de mi madre muerta y la asfixia de mi hermano envenenado. Malditas mujeres del placer que sois áspides, medusas, murenas insaciables, ruina, ruina… ¡ruina mía!”. Jesús: “¡No maldigas! ¡Yo no te maldigo!”. Hombre: “¿No me maldices?”. ■ Jesús: “¡No! ¡Lloro y tomo sobre Mí tu pecado!… ¡Qué pesado es! Me quiebra los miembros, pero aún así lo abrazo estrechamente para anularle por ti… y a ti te doy el perdón. ¡Sí, te perdono tu gran pecado!”. Extiende sus manos sobre la cabeza del hombre que solloza y dice estas palabras de oración: “Padre, también por él mi Sangre será derramada. Pero ahora mira el llanto y la plegaria. Padre, perdona porque él se ha arrepentido. Tu Hijo, en cuyas manos se ha confiado todo juicio, ¡así lo quiere!…”. Por algunos minutos sigue en esta actitud, luego se inclina, levanta al hombre y le dice: “La culpa se te ha perdonado. Está en ti ahora el expiar, con una vida de penitencia, cuanto queda de tu delito”. El hombre no puede creer: “¿Me ha perdonado Dios?… ¿Y mi madre?… ¿Y mi hermano?”. Jesús: “Lo que  Dios perdona, lo perdonan todos. Vete y no peques más”. El hombre llora aún con más intensidad y le besa la mano. ■ Jesús le deja que siga llorando. Regresa a la casa. La mujer velada hace un movimiento como de salirle al encuentro, pero luego baja la cabeza y ni se mueve. Jesús pasa por delante de ella sin mirarla.
* ¿Por qué el alma se había perdido? Porque había perdido de vista la Ley. Está escrito en el Libro que el Señor se manifestó en la cima del Sinaí con su terrible potencia, para, valiéndose también de ella, decir: «Yo soy Dios. Esta es mi voluntad. Y estos son los rayos que tengo preparados para los que fueren rebeldes a la voluntad de Dios»”.- ■ Nuevamente en su lugar, habla: “Un alma ha vuelto al Señor. Sea bendita su omnipotencia que arranca de las garras del demonio las almas que son criaturas suyas y las lleva otra vez camino del Cielo. ■ ¿Por qué el alma se había perdido? Porque había perdido de vista la Ley. Está escrito en el Libro (3) que el Señor se manifestó en la cima del Sinaí con su terrible potencia, para, valiéndose también de ella, decir: «Yo soy Dios. Esta es mi voluntad. Y estos son los rayos que tengo preparados para los que fueren rebeldes a la voluntad de Dios». Y antes de hablar, ordenó que ninguno del pueblo subiera para contemplar a Aquel «que Es», y que incluso los sacerdotes se purificasen antes de acercarse al límite de Dios, para no ser heridos. La razón de esto fue porque era tiempo de justicia y de prueba. Los Cielos estaban cerrados como con una losa que cubría el misterio del Cielo y el desdén de Dios, y sólo las saetas de la justicia alcanzaban, provenientes de los Cielos, a los hijos culpables. Pero ahora ya no es así. Ahora el Justo ha venido a consumar toda justicia y ha llegado el tiempo en que sin fulgores y sin límites, la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida”. (Escrito el 27 de Febrero de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: «Aguas Claras».   2  Nota  : Mujer Velada.- Personajes de la Obra magna:  Aglae. 3  Nota  : Cfr. Éx. 19 y 20.
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(<Jesús pasea lentamente arriba y abajo a lo largo de la orilla del río Jordán. Hace poco ha amanecido. Los apóstoles que habían salido a pescar, vuelven en estos momentos. Juan se ha acercado, antes que nadie, a Jesús para comunicarle que J. Iscariote le había preguntado si quería ayudarle a ser menos malo. Por eso, le había pedido que no se le dejara ir solo. Llega Pedro>)
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2-122-256 (2-89-752).- Cómo ayudar a J. Iscariote que tiene buenos deseos y tendencias perversas.
* Cuando alguien es un vicioso, para ir hacia el Bien, debe ir contra corriente y no puede lograrlo por sí solo”.- ■ Jesús se dirige a Pedro: “¿Buena pesca?”. Pedro: “¡Uhmm! No muy buena. Pescaditos… pero todo sirve. Está Santiago que reniega porque algún animal ha roído la soga y se ha perdido una red y le dije: «¿Y él no debía comer? Ten compasión del pobre animal». Pero Santiago no lo toma así…”. Pedro se echa una carcajada. Jesús: “Eso es lo que yo digo respecto a uno que es hermano y es lo que vosotros no sabéis hacer”. Pedro: “¿Te refieres a Judas?”. Jesús: “Hablo de Judas. Él sufre por ello. Tiene buenos deseos y tendencias perversas. Pero dime, tú, experto pescador. ¿Si Yo quisiera ir en barca por el Jordán y llegar al lago de Genesaret, qué debería hacer? ¿Lo lograría?…”. Pedro: “¡En fin! ¡Sería un trabajo enorme! Lo lograrías con barcas pequeñas y planas… Cuesta trabajo, ¿sabes? ¡Es lejos! Sería necesario medir siempre el fondo, tener ojos en la ribera, en los remolinos, en los bosquecillos flotantes, en la corriente. La vela en estos casos no sirve, es más, perjudica… ¿pero quieres volver al lago siguiendo el río? Ten en cuanta que contra corriente se va mal. Hay que ser muchos, si no…”. Jesús: “Tú has dicho. Cuando alguien es vicioso, para ir hacia el Bien, debe ir contra la corriente, y no puede por sí solo lograrlo. Judas es uno de estos. Y vosotros no le ayudáis. El pobre rema hacia arriba, solo y se pega contra el fondo, da con remolinos, se mete en bosquecillos flotantes y cae en una vorágine. Si quiere medir el fondo, no puede tener al mismo tiempo el timón y el remo. ¿Por qué se le echa en cara si no avanza? Tenéis piedad de los extraños, y de él, vuestro compañero ¡no!… ¡No es justo! ¿Ves allá a Juan y a él, que van al pueblo a traer pan y verduras?  Él ha pedido que por favor no se le deje ir solo. Se lo pidió a Juan, porque no es tonto, y sabe cómo pensáis los viejos de él”. Pedro: “¿Y Tú le has mandado? ¿Y si Juan también se echa a perder?”. ■ Santiago, que llega con la red recuperada entre un cañizar, pregunta: “¿Quién? ¿Mi hermano? ¿Por qué se va a echar a… perder?”. Pedro: “Porque Judas va con él”. Santiago: “¿Desde cuándo?”. Jesús: “Desde hoy. Yo le di permiso”. Santiago: “Si Tú lo permites, entonces…”. Jesús: “Sí; es más, se lo aconsejo a todos. Le dejáis muy solo. No seáis jueces solo para él. No es peor que otros. Está muy mal educado desde su infancia”. Santiago: “Sí, debe ser eso. Si hubiese tenido por madre y padre a Zebedeo y Salomé, las cosas no serían así. Mis padres son buenos, pero se acuerdan de tener un derecho y una obligación sobre sus hijos”. (Escrito el 3 de Marzo de 1945).
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(<Jesús ha hablado, a la gente congregada, del pecado de Herodes, de la prostitución y del adulterio>)
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2-131-316 (2-98-818).- “Más arrepentimiento más perdón porque el arrepentimiento es una forma de amor, de amor activo”.
* “Cuanto más ama uno, más es amado”.- ■ Dice Jesús: “Y, no obstante, perdonó Dios a los israelitas después que hicieron el becerro de oro (1); perdonó a David después de su pecado, que era doble (2). Dios perdona a quien se arrepiente. Que el arrepentimiento esté en proporción al número y a la magnitud de las culpas, y Yo os digo que a quien más se arrepiente más le será perdonado; porque el arrepentimiento es una forma de amor, de amor activo. Quien se arrepiente le dice a Dios con su arrepentimiento: «No puedo soportar tu enojo, porque te amo y quiero que me ames». Y Dios ama a quien le ama. ■ Por lo cual, os digo: cuanto más ama uno, más es amado. A quien ama totalmente con todo su corazón, todo se le perdona. Esta es la verdad. Podéis iros”. (Escrito el 15 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Éx. 32-34.   2  Nota  : Cfr. 2 Sam. 11,1-12,23.
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3-185-175 (3-45-271).- La tempestad  calmada (1).
* “Pedro, ¿tienes fe en que os puedo salvar?”.- ■ Ahora que todos duermen le voy a expresar mi alegría. He “visto” el Evangelio de hoy. Tenga en cuenta que esta mañana, mientras lo leía, me he dicho a mí misma: “Éste es un episodio evangélico que no veré nunca por­que se presta poco a una visión”. Sin embargo, cuando menos me lo esperaba, ha venido a llenarme de alegría.
■ Cuanto sigue es lo que he visto. Una barca de vela, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, una barca de pesca en la que pueden moverse cómodamente cinco o seis personas, surca las aguas de un hermoso lago de color azul intenso. Jesús duerme en la popa. Va vestido de blanco, como de costumbre. Tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo; debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul-gris doblado varias veces. Está sentado, no echado, en el fondo de la barca; su cabeza apo­ya sobre esa porción de entablado que está en el extremo de la popa. No sé cómo la llaman los marineros. Duerme plácidamente. Se le ve cansado. Está sereno. Pedro guía el timón. Andrés se ocupa de las velas. Juan con otros que no conozco están poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca, como si tuvieran intención de prepararse para la pesca, que será probablemente en la noche. Yo diría que el día se encamina al atardecer, el sol desciende ya hacia occidente. Todos los discípulos se han subido las túnicas, de forma que, sujetas con el cinturón, están remangadas a la altura de la cintura, para así estar más libres de movi­mientos y poder desplazarse mejor por la barca, brincando sobre remos, asientos, cestas y redes, sin que las túnicas estorben; todos se han quitado el manto. ■ Veo que el cielo se oscurece y el sol se esconde detrás de unos nu­barrones de tormenta que han aparecido al improviso detrás del pináculo de una colina. El viento los empuja velozmente hacia el lago. Por el momento, el viento está alto y el lago se mantiene sereno; eso sí, adquiere una tonalidad más oscura y su superficie se frunce: no son todavía olas, pero empieza a agitarse el agua. Pedro y Andrés observan el cielo y el lago, y organizan las manio­bras para acercarse a la orilla. Pero, he aquí que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo se revuelve y se llena de espuma. Olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barquilla, levantándola, bajándola, girándola en todas las direcciones, impiden las maniobras del timón, como el viento las de la vela, que ha de ser arriada. Jesús sigue durmiendo. No le despiertan ni los pasos, ni los gritos de los discípulos, ni el silbar del viento; ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa. Sus cabellos ondean al viento. Le alcanza alguna salpicadura de agua. Pero Él duerme. Juan saca de debajo de un entablado su manto y, desde la proa, corre a la popa, y le tapa; le cubre con delicado amor. La tempestad se hace cada vez más amenazadora. El lago está tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta; lo rasguñan las espumas de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez más la va empujando mar adentro. Los discípulos dificultosamente pueden maniobrar y sacar por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace más pesada. ■ Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timón y, bamboleándose, se llega a Jesús y le menea con fuerza. Jesús se despierta y levanta la cabeza. Pedro grita: “¡Sálvanos, Maestro, que perecemos!” (tiene que gritar para poder ser oído). Jesús mira a su discípulo fijamente, mira a los demás y luego al lago. “¿Tienes fe en que os puedo salvar?”. Pedro grita: “Rápido, Maestro”, mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la po­bre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final. ■ Jesús se alza. Está erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca contra el color lívido de la tempestad. Extiende los brazos ha­cia la enfurecida ola y dice al viento: “¡Detente y calla!”, y al agua: “¡Cálmate. Lo quiero!”. Y aquel monstruo se disuelve en espuma, que cae sin causar daño alguno. Su rugido se pierde en un susurro; y también el viento, que se pierde en un silbido que parece un suspiro. Sobre el lago apaciguado vuelve el cielo des­pejado; la esperanza y la fe, al corazón de los discípulos. ■ No puedo describir la majestad de Jesús: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavía la tengo ante mi vista, y pienso en cuán plácido era el sueño de Jesús y cuán poderoso su imperio sobre el viento y las olas. (Escrito el 30 de Enero de 1944).
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1  Nota  : Mt. 8,23-27; Mc. 4,35-41; Lc. 8,22-25.
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3-185-176 (3-46-273).- Comentario de Jesús al episodio de la tempestad calmada: “Yo soy el Salvador”.- “¿Por qué permites las tempestades?”.
* “Yo salvo siempre, y salvo a quien me invoca”.- ■ Dice Jesús: “No te comento el Evangelio con el sentido con que los demás suelen comentarlo. Te explicaré lo que hay de fondo en el trozo evangélico. ¿Por qué dormía? ¿No sabía acaso que estaba la tempestad por llegar? Sí lo sabía. Yo solo sabía. Y entonces ¿por qué dormía?. Los apóstoles eran hombres, María, animados de buena voluntad pero todavía muy «mortales». El hombre se cree siempre capaz de todo. Cuando realmente es capaz de alguna cosa, se envanece y se llena de apego a su «capacidad». Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y se creían insuperables en las maniobras marinas. Yo para ellos era un gran «Rabí», pero un nada como marinero. Por esto me tenían por incapaz de ayudarles y cuando subían a la barca para atravesar el mar de Galilea me pedían que estuviese sentado porque no era capaz de nada más. Su cariño también tomaba parte en ello, porque no querían que me fatigase, si bien el apego a sus capacidades era el elemento más importante. ■ No me impongo sino en casos excepcionales, María. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel día, cansado como estaba y habiéndome solicitado que descansase, esto es, que les dejase hacer lo suyo —a ellos que tan duchos eran— me puse a dormir… y a constatar cómo el hombre es «hombre» y quiere actuar por sí solo, sin pensar que Dios quiere ayudarle. Veía en aquellos «sordos espirituales» y en aquellos «ciegos espirituales», a todos los sordos y ciegos del espíritu, que durante siglos y siglos llegarían a su ruina por querer hacer por sí, cuando me tienen a Mí cercano a ellos, a sus necesidades en espera de que me llamen en su ayuda. Cuando Pedro gritó: «¡Sálvanos!», mi amargura cayó como una piedra por su propio peso. ■ Yo no soy un «hombre», soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros hacéis. Vosotros, cuando alguien ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en medio de dificultades, aunque no sois demasiado malos para alegraros de ello, frecuentemente permanecéis fríos, indiferentes a su grito que os pide ayuda. Con vuestra actitud le decís: «Cuando te quise ayudar ¿quisiste? Ahora arréglatelas tú». No, yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca”.
* ¿Por qué permites que se formen tempestades?”.-Jesús: “Los pobres hombres podrían objetar: «Entonces ¿por qué permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?». Si con mi poder destruyese el mal, cualquiera que fuese, llegaréis a creeros autores del bien, que en realidad es don mío, y no os acordaríais más de Mí. Tenéis necesidad, pobrecitos hijos, del dolor para acordaros que tenéis Padre. Como el hijo pródigo (1), que se acordó de que lo tenía cuando sintió hambre. ■ Las desventuras sirven para que os persuadáis de vuestra nada, de vuestra locura —causa de vuestros errores—, y  de vuestra maldad —causa de tantos lutos y dolores—, de vuestras culpas —causa del castigo que vosotros mismos os infligís— y de mi existencia, potencia y bondad. Ved que esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, «vuestro» Evangelio de la hora presente, pobrecitos hijos. Llamadme. Jesús no duerme porque tiene angustia al ver que no le amáis. Llamadme y vendré”. (Escrito el 30 de  Enero de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 15,11-32.
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(<Jesús y los suyos han celebrado la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Una vez que han cumplido con el precepto se han retirado a Betania. En estos momentos Jesús está con los campesinos de Yocana que han celebrado también en Jerusalén la Fiesta de la Pascua y se encuentran en Betania para oír hablar al Maestro>)
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3-206-302 (4-67-404).- La Parábola de las diez vírgenes (1).
* “Parábola consoladora para los hombres de buena voluntad”.- ■ Jesús está hablando en presencia de los campesinos de Yocana, Isaac, de muchos discípulos y de mujeres, entre las que está la Virgen, Marta y muchos de Betania. Están presentes todos los apóstoles. El niño (2) sentado enfrente de Jesús, no se pierde ni una palabra suya. El discurso ha debido empezar poco antes, porque veo que todavía está llegando gente… Jesús dice: “…por este temor que tan vivo siento en muchos, es por lo que hoy quiero proporcionaros ahora una consoladora parábola; consoladora para los hombres de buena voluntad, amarga para los demás, los cuales, de todas formas, tienen la posibilidad de destruir esta amargura: transformarse en hombres de buena voluntad, pues, si así lo hacen, el reproche, que la parábola suscite en sus conciencias, desaparecerá. ■ El Reino de los Cielos es la casa del desposorio celebrado entre Dios y las almas: el momento de la entrada en el Reino es el día de la boda. Ahora bien, escuchad. Entre nosotros existe la costumbre de que las vírgenes doncellas sigan en cortejo al novio cuando va a la casa nupcial, para conducirle, entre lámparas y cantos, a donde su hermosa novia. El cortejo, entonces, deja la casa de la novia, que velada y emocionada se dirige, acompañada de su novio, como verdadera reina, a su lugar de reina; a una casa que no es suya, pero que lo será desde el momento en que se convierta en una sola carne con su esposo. El cortejo de vírgenes, que son generalmente amigas de la novia, corre a recibir a esta pareja feliz, para rodearlos con una aureola de luces. ■ Pues bien, en un pueblo se celebró una boda. Mientras los novios, con sus padres y amigos, lo festejaban en la casa de la novia, diez vírgenes se dirigieron al lugar establecido, al vestíbulo de la casa del novio, para estar preparadas a salir al encuentro de éste cuando llegase a sus oídos el lejano rumor de tambores y cánticos, anunciador de que los novios ya habían salido de la casa de la novia para ir hacia la del novio. Pero… el banquete se prolongaba en la casa de la ceremonia nupcial… y llegó la noche. Como sabéis, las vírgenes mantienen continuamente encendidas las lámparas para no perder tiempo en el momento señalado. Ahora bien, de estas diez vírgenes, todas con sus lámparas bien encendidas y resplandecientes, había cinco sensatas y cinco necias. Las sensa­tas, llenas de prudencia, se habían proveído de pequeños recipientes llenos de aceite, para poder alimentar las lámparas si la espera se hubiera alargado más de lo previsible; las necias se habían limitado a llenar bien las lamparitas. Y pasaron las horas… La espera estuvo animada de alegres con­versaciones, agudezas, relatos; pero llegó un momento en que ya no supieron más cosas que decir ni que hacer. Aburridas, o simplemente cansadas, las diez jóvenes se sentaron más cómodamente, con sus lámparas encendidas, bien cerca de ellas, y poco a poco se fueron quedando dormidas. ■ A media noche se oyó un grito: «¡Está llegando el novio, salid a su encuentro!». Ante esto las diez vírgenes se pusieron en pie, cogieron sus velos y las guirnaldas, se arreglaron y, sin pérdida de tiempo, fueron por las lámparas a la mesa en que habían dejado: cinco de ellas estaban ya casi apagadas… la mecha, sin aceite que la alimentase, consumida toda, despedía chispazos cada vez más débiles, y humo, y amenazaba con apagarse al mínimo movimiento del aire. Las otras cinco lámparas, por el contrario, alimentadas por las vírgenes prudentes antes de entregarse al sueño, mantenían vivas sus llamas, y más se avivaron aún porque añadieron aceite nuevo al vasito de la lámpara. Entonces las vírgenes necias suplicaron: «¡Dadnos un poco de vuestro aceite, que, si no, las lámparas se nos van a apagar con solo moverlas; las vuestras lucen ya bien!…». Mas las prudentes respondieron: «Afuera sopla el viento de la noche, desciende a gotas gruesas; nunca  es suficiente el aceite capaz de resistir al viento y a la humedad. Si os damos una parte, también se debilitará  nuestra luz. ¡Sería muy triste un cortejo de vírgenes sin la danza de las llamas! Id corriendo a donde el proveedor más cercano; suplicadle, llamad a su puerta, haced que se levante para que os dé aceite». Y, las necias, corriendo y tropezando, angustiadas, siguieron el consejo de sus compañeras, manchándose los vestidos, perdiendo las guirnaldas.  He aquí que, mientras éstas iban a comprar el aceite, apareció en el fondo del camino la figura del novio, que venía con la novia. Entonces, las cinco vírgenes que tenían las lámparas encendidas corrieron a su encuentro; y en medio de ellas, los novios entraron en casa para finalizar la ceremonia, después de que las vírgenes hubiesen acompañado finalmente a la novia hasta habitación nupcial. ■ Entraron los novios en la casa y la puerta fue cerrada: quien estaba fuera, fuera quedó. Esto les pasó a las cinco vírgenes necias, las cuales regresaron con el aceite, pero se encontraron con la puerta cerrada: fue inútil que golpearan hasta herirse las manos y gimiendo: «¡Señor, señor, ábrenos! Somos del cortejo de la boda; somos las vírgenes propiciatorias, elegidas para dar honor y buena fortuna a tu tálamo». El novio, desde la parte alta de la casa, dejando un momento solos a los invitados más íntimos, de los que se estaba despidiendo mientras la novia entraba en la cámara nupcial, dijo: «En verdad os digo que no os conozco. No sé quiénes sois. No he visto vuestros rostros jubilosos alrededor de mi amada. Sois unas mentirosas. Y por esto, quedaos fuera de la casa de la boda». Y las cinco necias se marcharon, llorando, por los caminos oscuros, con sus lámparas, que ya no les hacía falta, con sus vestidos ajados, los velos rasgados, las guirnaldas deshechas o incluso sin guirnaldas…”.
*  Sentido de la parábola.-Jesús: “Y ahora escuchad el significado que se encierra en esta parábola. Os dije al principio que el Reino de los cielos es la casa del desposorio celebrado entre Dios y las almas. Todos los fieles están llamados al desposorio celestial, porque Dios ama a todos sus hijos: para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio. Y el hecho de llegar a él es gran ventura. Pero escuchad lo que os digo ahora. Sabéis cómo las jóvenes consideran un honor y una suerte el ser llamadas para formar el cortejo de la novia. Apliquemos a nuestro caso concreto los personajes; veréis cómo entenderéis mejor. El Esposo es Dios; la esposa, el alma de un justo que —habiendo pasado el tiempo de su noviazgo en la casa del Padre, o sea, velando la doctrina de Dios y obedeciéndola y viviendo según su justicia— es llevada a la casa del Esposo para celebrar el matrimonio. Las vírgenes del cortejo son las almas de los fieles que, siguiendo el ejemplo de la novia —haber sido elegida por su Prometido por sus virtudes es signo de que era un ejemplo vivo de santidad— tratan de alcanzar este mismo honor santificándose. Su vestido es blanco, limpio, y fresco; blancos son sus velos; están coronadas de flores. Llevan lámparas encendidas en sus manos. Las lámparas están muy limpias; su mecha se alimenta del más puro aceite para que no despida mal olor. ● Su vestido es blanco. La justicia, cuando se practica de todo corazón, proporciona un vestido blanco, y pronto llegará el día en que será blanquísimo, sin el más lejano recuerdo de mancha alguna; de una blancura sobrenatural, angélica. ● Vestido limpio. Es necesario conservar siempre limpio el vestido con humildad, pues es muy fácil empañar la pureza del corazón. Y quien no es limpio de corazón no puede ver a Dios. La humildad es como agua que lava. Quien es humilde cae pronto en la cuenta —porque su ojo no está empañado por el humo del orgullo—  de que ha manchado su vestido. Corre a su Señor y le dice: «He privado de pureza a mi corazón. Lloro para purificarme. A tus pies lloro. Tú, Sol mío, ¡da blancura con tu perdón benigno, con tu amor paterno, a este mi vestido!». ● Vestido fresco. ¡Oh, la frescura del corazón!: los niños la tienen por una gracia de Dios; los justos la tienen por don de Dios y por su propia voluntad; los santos la tienen por don de Dios y por la voluntad llevada al heroísmo… ¿Y los pecadores, que tienen el alma hecha jirones, quemada, envenenada, manchada? ¿no podrán jamás tener un alma fresca? Sí que pueden tenerla. Ya desde el momento en que se miran con horror empiezan a tener esta frescura; la aumentan cuando deciden cambiar de vida; la perfeccionan cuando, con la penitencia, se levan, se desintoxican, ponen en orden su pobre alma. Con la ayuda de Dios —que no niega su auxilio a quien se lo pide—, con su propia voluntad, llevada a un heroísmo mucho mayor —su trabajo es doble, triple, o séxtuplo, pues en ellos no se trata de defender lo que tienen, sino de reconstruir lo que han destruido— y finalmente con una penitencia incansable, con una penitencia que no tiene compasión,  respecto a ese yo que fue pecador, los pecadores vuelven a dar al alma una nueva frescura infantil, embellecida ahora por su experiencia, que los hace capaces de enseñar a los demás, en otro tiempo ellos, es decir,  pecadores. ● Velos blancos. ¡Es la humildad! Ya he dicho: «Cuando oréis o hagáis penitencia, haced de tal modo que el mundo no os vea» (3). En los libros Sapienciales está escrito: «No está bien revelar el secreto del Rey» (4). La humildad es ese velo cándido que se pone para cubrir el bien que se hace, y el bien que Dios nos concede. No se gloríe —necia gloria humana—  el corazón por el amor de privilegio que Dios concede: inmediatamente le sería quitado el don;  cante, más bien, internamente a su Dios: «Mi alma te engrandece, oh Señor… porque has vuelto tu mirada a la inutilidad de tu sierva»” (5). Jesús se detiene un momento y mira a su Madre que se pone roja bajo el velo y se inclina, como si quisiera recomponer los cabellos del niño que está sentado a sus pies; pero en realidad lo que quiere es ocultar la emoción que siente a causa de su recuerdo… ● Coronada de flores. El alma debe tejerse su guirnalda diariamente con actos virtuosos, porque delante del Altísimo no deben haber cosas marchitas, ni ajadas. He dicho, diariamente. Porque el alma no sabe cuándo Dios-Esposo puede aparecer y decirle: «Ven». Por esto es menester nunca cansarse en renovar la corona. No tengáis miedo. Las flores se marchitan, pero las flores de las coronas de virtudes no se marchitan. El ángel de Dios que cada uno tiene a su lado, recoge estas guirnaldas diarias y las lleva al Cielo. Y allí servirán de trono al nuevo bienaventurado cuando entre como una novia a la casa nupcial. ● Tienen las lámparas encendidas. Para honrar a su Esposo y para que sirvan de guía para el camino. ¡Cuán radiante es la fe, y qué amiga tan dulce! Produce una llama brillante como una estrella, una llama risueña por la seguridad que le da su certidumbre; una llama que hace luminoso aún al instrumento que la lleva. Aun el cuerpo del hombre alimentado de fe, incluso el cuerpo, parece, ya en este mundo, hacerse más luminoso y espiritual, inmune de un marchitamiento tempranero; porque quien cree se apoya en las palabras y mandamientos de Dios, que es su fin, para llegar a poseerle, siendo así que huye de cualquier corrupción, no tiene turbaciones, miedos, remordimientos, ni se ve obligado a recordar sus mentiras o a esconder sus malas acciones, y se conserva bello y joven con la incorrupción de un santo. Su carne, su sangre, su mente, su corazón están limpios de toda lujuria,  para tener consigo así el aceite de la fe, para alumbrar sin producir humo. Una voluntad constante nutrirá siempre esta luz. La vida diaria, con sus desilusiones, experiencias, contactos, tentaciones, discrepancias, tienden a disminuir la fe. No. ¡Esto no debe de suceder! Id diariamente a las fuentes del oloroso aceite, del aceite de la sabiduría, del aceite de Dios. Mas la lámpara que tiene poco aceite, puede, apagarse con el viento más débil, o por el rocío de la noche. Lo noche… la hora de las tinieblas, del pecado, de las tentaciones llega a todos: es la noche para el alma. Pero si el alma está llena y colmada de fe, el viento del mundo ni las tinieblas de la sensualidad pueden apagar su llama. ● En fin, vigilancia, vigilancia, vigilancia. Aquel que se confía imprudentemente y dice: «Dios me socorrerá a tiempo, antes de que me quede sin luz», o quien se duerme en lugar de velar, o se duerme sin lo necesario para levantarse al punto a la primera llamada, o aquel que  espera hasta el último momento para proveerse del aceite de la fe o la mecha fuerte de buena voluntad… incurren en el peligro de quedarse fuera cuando llegue el Esposo. Vigilad, pues, con prudencia, con constancia, con pureza, para estar siempre preparados cuando llame Dios, porque en realidad no sabéis cuándo vendrá Él”.
* No quiero que tengáis miedo de Dios sino más bien fe en su bondad”.-Jesús: “Queridos discípulos míos. No quiero que tengáis miedo de Dios, sino más bien fe en su bondad. Tanto los que os quedáis, como los que os vais, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sabias, seréis llamados no solo a formar el cortejo al Esposo, sino que —como en el caso de la joven Ester, que se convirtió en Reina en lugar de Vastí— (6) seréis elegidos y escogidos como esposas, pues el Esposo «habrá encontrado en vosotros toda gracia y favor en grado supremo». Os bendigo a quienes partís. Llevad en vosotros y llevad a vuestros compañeros estas palabras mías. La paz del Señor sea siempre con vosotros”. (Escrito el 1 de Julio de 1945).
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1  Nota  :  Cfr. Mateo  25,1-13.   2  Nota  : Marziam. Cfr. Personajes de la Obra magna: Marziam  o  Yabés.   3  Nota  : Cfr. Mt.  6,5-6 y 16-18.   4  Nota  : Cfr.  Tob. 12,6-7.   5  Nota  : Cfr. Lc. 1,46-48.    6  Nota  : Cfr. Ester  2,1-18.
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4-231-15 (4-92-565).- En Cafarnaúm, Jesús y Marta hablan de la crisis que atormenta a María Magdalena (1).
* Una Marta, angustiada por el estado de su hermana María, busca a Jesús.- ■ Jesús, sudoroso y empolvado, regresa con Pedro y Juan a la casa de Cafarnaúm. Apenas ha puesto pie en el huerto, que da la cocina, cuando el dueño de la casa, familiarmente le llama y le dice: “Jesús, ha vuelto esa mujer de la que te hablé en Betsaida; ha vuelto y te buscaba. Le he dicho que te esperara y la llevé arriba, a la habitación superior”. Jesús agradece al dueño: “Gracias, Tomás. Voy enseguida. Si vienen los demás, entretenlos”. Jesús sube rápido por la escalera sin quitarse siquiera el manto. En el lugar donde arranca la escalera está Marcela, la sierva de Marta. Dice la mujer arrodillándose ante Jesús: “¡Oh, Maestro nuestro! Mi señora está allí dentro. Hace días que te está esperando”. Jesús: “Me lo imaginaba. Voy enseguida a verla. Dios te bendiga, Marcela”. Jesús levanta la cortina que protege de la luz, aún violenta, a pesar de que la puesta del sol esté ya adelantada (vuelve fuego al aire y parece encender las casas blancas de Cafarnaúm, que semejan unos braseros encendidos). En la habitación está Marta, toda velada y envuelta en el manto, sentada cerca de una ventana. Quizás mira a un trozo de lago en donde una colina llena de árboles ha metido sus pies en él, quizás solo mira a sus pensamientos. Lo que sí es cierto es que está muy absorta, tanto que no siente el ligero caminar de Jesús que se acerca. Da un sobresalto cuando la llama. Marta grita: “¡Oh, Maestro!”. Y cae de rodillas con los brazos extendidos, como pidiendo ayuda, y luego se inclina hasta tocar el suelo con la frente y se pone a llorar. ■ Jesús: “¿Pero qué sucede? ¡Levántate! ¿Por qué estas lágrimas? ¿Te ha sucedido alguna desgracia que me tangas que contar? ¿Sí? ¿Cuál, pues? Estuve en Betania, ¿lo sabes? ¿Sí? Y allí supe que había buenas noticias (2). Y ahora tú con este llanto… ¿Qué pasó?” y la obliga  a levantarse, y a que se siente en el asiento que está colocado contra la pared. Él se sienta frente a ella. Jesús: “Vamos, quítate el velo y el manto, como Yo lo estoy haciendo. Debes morirte de calor. Y luego quiero ver la cara de esta Marta intranquila, para que le despeje todas las nubes que la oscurecen”. Marta obedece sin dejar de llorar, y se ve su rostro colorado, con ojos hinchados por las lágrimas. Jesús: “¿Entonces? Te ayudaré. María te mandó llamar. Ha llorado mucho, ha querido saber mucho de Mí y has llegado a imaginar que se trata de una buena señal, tanto es así que has manifestado tu deseo de que Yo viniera aquí para realizar el milagro. Aquí estoy, pues ¿Y ahora?…”. ■ Marta: “Ahora ya nada, Maestro. Me equivoqué. Fue una esperanza tan grande que me hizo ver cosas inexistentes… Te hice venir para nada… María es peor que antes… ¡No! ¡Qué estoy diciendo! La calumnio, mintiendo. No es peor, porque no quiere ya más hombres a su alrededor, es que es distinta; pero sigue siendo mala. Me parece que está loca… Yo ya no la entiendo. Antes por lo menos la entendía. ¡Pero ahora! ¿Quién la entiende?”, y Marta llora desesperada. Jesús: “¡Ea! Tranquilízate y dime qué cosa hace. ¿Por qué es mala? Así, pues no quiere a su alrededor hombres. Me imagino que vivirá sola en su casa. ¿No es así? ¿Sí? Bien. Eso está muy bien. El haber deseado que tú estuvieses cerca de ella, como para protegerse contra las tentaciones —son tus palabras— y para evitarlas apartándose de relaciones culpables, o simplemente de lo que podría llevarla a relaciones culpables, es señal de buena voluntad”. Marta: “¿Piensas que sí, Maestro? ¿De veras lo crees así?”. Jesús: “Pues claro. ¿En qué te parece mala?  Cuéntame qué hace…”.
* Marta cuenta la fuerte lucha que lleva a cabo su hermana María para salir del vicio que la esclaviza: «Ese monstruo que me destroza, que no me deja un momento en paz, que me arrastra al mal con voces de cantos, a las que se juntan las voces de maldición de papá y mamá y las vuestras».- ■ Marta, un poco animada con las palabras de Jesús, habla con mayor claridad: “Mira. Desde que llegué, María no ha vuelto a salir de casa, del jardín, ni siquiera para ir al lago con la barca. Su nodriza me dijo que ya de antes no salía casi nada. Parece que este cambio empezó desde la Pascua. Pero, antes de que yo viniese, todavía había personas que iban a buscarla, y no siempre las rechazaba. Algunas veces daba órdenes de que no dejasen pasar a ninguno. Pero luego, si, habiendo oído las voces de los visitantes, iba al vestíbulo y ya éstos se habían marchado, incluso pegaba a los sirvientes, en un arrebato de injusta ira. Desde que llegué no ha vuelto a hacerlo. La primera tarde, y por esto he abrigado estas esperanzas, me dijo: «Sujétame, amárrame incluso… pero no me dejes salir ya más, no dejes que vea a nadie sino a ti o la nodriza, porque estoy enferma y me quiero curar. Esos que vienen a verme, o que quieren que yo vaya a verlos, son semejantes a pantanos de fiebre. Con ellos enfermo cada vez más. Pero su apariencia es muy hermosa, son exuberantes, están llenos de cantos, tienen frutos de aspecto tentador; tanto que no sé resistir porque soy una infortunada, una desgraciada. Marta, tu hermana es una débil, y hay quien se aprovecha de su debilidad para que cometa cosas infames, aunque un resto de mí no consiente en ellas, el único resto que me queda todavía de mi madre, de mi pobre madre…» y se ponía a llorar, a llorar. Yo me porté con ella: con dulzura en las horas en que era más razonable, con firmeza cuando parecía una fiera enjaulada. Jamás se rebeló contra mí; es más, pasados los momentos de mayor tentación, venía a llorar a mis pies, con la cabeza sobre mis rodillas y me decía: «¡Perdóname, perdóname!» y si le preguntaba: «¿Por qué hermana? No me has hecho nada», me respondía: «Porque hace unos momentos, o ayer por la noche, cuando me dijiste: ‘No puedes salir fuera de aquí’, en mi corazón te odiaba, maldecía y deseaba que murieras». ¿No es esto, Señor, por ventura doloroso? ¿Que está loca? ¿A esto la llevó el vicio? Me imagino que algún amante suyo le haya dado una pócima para hacerla esclava de la lujuria y que la haya llegado hasta el cerebro…”. ■ Jesús: “No, no se trata de filtros ni de locuras, es otra cosa. Pero… sigue”. Marta: “Bien. Conmigo es respetuosa y obediente. No ha maltratado más a sus siervos. Pero después de la primera noche no ha preguntado más sobre Ti. Es más, si yo le hablo de Ti, desvía la conversación; salvo cuando se queda horas y horas en el peñasco de la panorámica del mirador y se queda contemplando el lago, hasta el cansancio, y me pregunta a cada barca que ve pasar: «¿Te parece que sea la de los pescadores galileos?». Jamás pronuncia tu Nombre, ni el de los apóstoles. Pero yo sé que ve a ellos y a Ti en la barca de Pedro. También colijo que piensa en Ti porque algunas veces en la noche, mientras paseamos por el jardín o bien esperamos a que llegue la hora de dormir, —yo cosiendo y ella mano sobre mano sin hacer nada— me dice: «¿De este modo es necesario vivir según la doctrina que sigues?». ■ Y a veces se echa a llorar, otras a reír con unas carcajadas sarcásticas, de loca, o de demonio. Otras veces se suelta los cabellos, que siempre trae muy bien arreglados, y hace dos trenzas, se pone uno de mis vestidos y me viene con las trenzas sueltas por la espalda, o dispuestas por delante, sin ningún escote, púdica, con aire de jovencita por el vestido, las trenzas y la expresión del rostro, y me pregunta: «¿A este punto debe llegar María?». En estos casos algunas veces se pone a llorar besándose sus espléndidas y gruesas trenzas, que le llegan hasta las rodillas, toda esa belleza que era la gloria de mi madre; pero también a veces echa esa horrenda carcajada o bien me dice: «Mira, mira bien, mira lo que hago, así me quito de en medio», y se rodea la garganta con las trenzas y aprieta hasta que se pone morada, como si quisiera estrangularse. ■ Otras veces, cuando parece que siente más fuerte la tentación de su carne, le da por compadecerse de sí misma, o por darse golpes, arañarse la cara, darse cabezazos contra la pared; y si la pregunto: «¿Por qué haces eso?», se me vuelve, como fuera de sí, con una mirada feroz, de enajenada, responde: «Para despedazarme, despedazar mis entrañas, mi cabeza. Las cosas nocivas, las cosas malditas deben destruirse. Yo me destruyo». ■ Si le hablo de la misericordia divina, de Ti —porque yo no la hago caso y la hablo de Ti como si fuese ella la más fiel de tus discípulas, y te juro que a veces me arrepiento de hablar de Ti ante ella— me responde: «Para mí no puede haber misericordia. He pasado la medida». Y es entonces cuando la desesperación se apodera de ella, se golpea hasta que le mana sangre y grita: «¿Por qué tengo este monstruo que me destroza, que no me deja un momento de paz, que me arrastra al mal con voces de cantos y luego se juntan  a éstas las voces de maldición de papá y mamá, y las vuestras? Porque también tú y Lázaro me maldecís, como también Israel. ¿Por qué me trae estas voces para hacerme enloquecer?…». Cuando habla así le respondo: «¿Por qué piensas en Israel que es un pueblo, y no piensas en Dios? Dado que no pensaste antes, cuando todo lo pisoteabas, piensa ahora en vencer todo, y a no preocuparte más del mundo, sino de Dios, de papá, de mamá. Ellos no te maldicen si cambias  de vida, sino más bien te abren sus brazos…». Ella me escucha, pensativa, estupefacta como si le dijese un cuento imposible. Luego se echa a llorar, pero no dice más. ■ Algunas veces ordena a los siervos que le lleven vinos y manjares, y bebe diciendo: es «para no pensar». Ahora, desde que sabe que estás en el lago, siempre que sabe que vengo aquí, me dice: «Un día voy a ir también  yo», y, riéndose con esa sonrisa que es un insulto a sí misma, concluye: «Así, al menos, la mirada de Dios caerá también en el estiércol». Pero yo no quiero que venga, así que espero a venir aquí cuando ella, cansada de ira, de vino, de llanto, de todo, se eche a dormir derrengada. Hoy también he salido de este modo. Volveré de noche, antes de que se despierte. Esta es mi vida… Ya no tengo esperanza…”. Y el llanto, refrenado mientras hablaba, vuelve a aparecer más fuerte que antes.
* Está enferma de posesión diabólica. De los 7 demonios de Magdalena, el menos fuerte es la soberbia. Solo por eso se salvará”.-Jesús: “¿Te acuerdas, Marta, de lo que un día te dije «María es una enferma?». No lo quisiste creer. Ahora lo estás viendo. Tú la crees loca. Ella misma dice que está enferma de fiebre pecaminosa. Yo digo: enferma de posesión diabólica. Siempre es una enfermedad. Sus incoherencias, sus arrebatos de ira, sus llantos, desconsuelos, ansia de venir a Mí son las fases de su enfermedad, que, cuando va llegando al momento de su curación, experimenta las crisis más violentas. Haces bien en ser bondadosa con ella, en ser paciente, en hablarle de Mí. No te repugne pronunciar mi Nombre en su presencia. ¡Pobre alma de mi María! También salió del Padre Creador, igual que las demás, que la tuya, que la de Lázaro, que la de los apóstoles y discípulos. También ella está incluida entre las almas por las que me he hecho carne para ser Redentor. Mejor dicho, he venido más por ella que por ti, que por Lázaro, los apóstoles y discípulos. ¡Pobre alma de mi María a quien amo tanto, de mi María envenenada con siete venenos además del veneno primogénito y universal, de mi María prisionera! ¡Déjala que venga a Mí! ¡Deja que respire mi aliento, que oiga mi voz, que encuentre mi mirada!… Si se llama a sí misma: «estiércol»… ¡Oh pobre alma que de los siete demonios, el menos fuerte que tiene es el de la soberbia! Solo por eso se salvará”. ■ Marta: “Pero, ¿y si sale y encuentra a alguien que la desvía nuevamente al vicio? Ella misma siente este temor…”. Jesús: “Y siempre lo temerá, ahora que ha llegado a experimentar náuseas del vicio. Pero no te preocupes. Cuando un alma tiene ya el deseo de ir al Bien, y tan solo la retiene el Enemigo diabólico —que sabe que va a perder su presa— y el enemigo personal que es el «yo» —que razona todavía muy humanamente y se juzga a sí mismo humanamente, que cree que Dios juzga como él (para impedirle al espíritu dominar al yo humano)— entonces esa alma es ya fuerte contra los asaltos del vicio y de los viciosos: ha encontrado la Estrella Polar, y no se desviará más. ■ No le vuelvas a decir «¿No pensaste en Dios y sí piensas en Israel?». Es un reproche escondido. No lo hagas. Es una mujer que ha escapado de las llamas. Es toda ella una llaga. No la toques sino con bálsamos de dulzura, perdón,  esperanza… Déjala libre de venir.  Es más, debes decirle que cuándo va a venir. Pero no le digas: «Ven conmigo»; al contrario, si te percatas de que viene, tú no vengas. Regrésate. Espérala en casa. Volverá a ti quebrantada por la Misericordia. Porque Yo tengo que eliminar esa malvada fuerza que ahora la oprime. Durante unas horas, será como una a la que hubieran abierto las venas, como una a la que el médico hubiera quitado los huesos. Pero luego se sentirá mejor. Estará aturdida. Tendrá gran necesidad de caricias y de silencio. Asístela como si fueses su segundo ángel custodio, sin hacerlo notar. Si la ves llorar, déjala que llore. Si te hiciera preguntas, déjala que las haga. Si la vieres sonreír con una sonrisa cambiada, con una mirada y rostro distintos, no le hagas largas preguntas, no trates de dominarla. ■ Sufre ahora más en el subir que cuando bajó. Y debe ser ella quien suba, como por sí misma bajó. Entonces no soportaba vuestras miradas puestas en su descenso, porque en vuestros ojos había reproche. Pero ahora, con su vergüenza, que por fin se ha despertado, menos aún puede soportar vuestra mirada: entonces era fuerte porque tenía en sí a Satanás, su amo, y con él la fuerza siniestra que la sostenía, de forma que podía desafiar al mundo, y, a pesar de ello no resistía vuestra mirada cuando pecaba; ahora ya no tiene por amo a Satanás, sino que es solo huésped en ella, todavía, aunque ya el deseo de María le tiene sujeto por la garganta. Y no me tiene a Mí todavía. Por eso es demasiado débil. No puede soportar ni siquiera la caricia de tus ojos de hermana puestos en su confesión a su Salvador. Toda su energía está dirigida y consumida, en tener asidos de la garganta a los siete demonios. Para todo lo demás está indefensa y desnuda. Pero Yo la vestiré de nuevo y la fortaleceré”.
Dile que hablaré cerca de la Fuente, aquí en Cafarnaúm, al atardecer”.Jesús: “Ve en paz, Marta. Y mañana, con tacto, dile que hablaré cerca de la Fuente, aquí en Cafarnaúm, al atardecer. ¡Vete en paz! ¡Vete en paz! Te bendigo”. Marta está todavía perpleja. Jesús, que la está mirando, le dice: “No caigas en la incredulidad, Marta”. Marta: “No, Señor. Pero pienso… ¡Oh! dame alguna cosa que pueda llevar a María para infundirle un poco de fuerza… Sufre mucho… y yo tengo miedo de que no logre vencer al demonio”. Jesús: “¡Eres una niña! María me tiene a Mí y a ti. ¿No lo logrará? ■ De todas formas, ven; ten; dame esta mano que jamás ha pecado, que ha sabido ser dulce, misericordiosa, activa, piadosa, que siempre ha tendido gestos de amor y de oración, que jamás se ha pasado las horas en el ocio y que jamás se ha corrompido. Mira, la tengo entre las mías para hacerla más santa. Levántala contra el demonio y él no la soportará. Toma esta faja mía. No la tires. Y cada vez que la vieres dite a ti misma: «Más fuerte que esta faja de Jesús es el poder de Jesús y con ello se vence: demonios y monstruos. No debo tener miedo». ¿Estás contenta ahora? Mi paz sea contigo. Vete tranquila”. Marta le hace una profunda reverencia y se va. El carro de Marcela está a la puerta. Jesús sonríe mientras la ve tomar asiento y partir en dirección a Magdala. (Escrito el 27 de Julio de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Lázaro y familia: María Magdalena, Marta.   2  Nota  : “Buenas noticias”. Se refieren a la incipiente conversión de María Magdalena.
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(<Se sabe  ya, y en Magdala todos hablan de ello, que María Magdalena ya no sale ni da sus fiestas>)
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4-233-27 (4-94-577).- En Cafarnaúm, parábola de la oveja perdida (1). María Magdalena también la oye.
*  Relato de la parábola. Jesús está hablando a la gente. Desde encima del borde arbolado de un riachuelo, está hablando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido hace poco, que presenta el desolador aspecto de los rastrojos. Declina la tarde. La luna empieza a salir. Es un atardecer bello y claro de los primeros días de verano. Los rebaños regresan a sus rediles y se oye el din-don de los cencerros, que se mezcla con el cantar de los grillos y de las chicharras, un intenso cri, cri, cri. Jesús se inspira en los rebaños que están pasando. Dice: “Vuestro Padre es como un pastor solícito. ¿Qué hace un buen pastor? Busca pastos buenos para sus ovejas, donde no haya ni cicuta ni hierbas venenosas, sino dulces tréboles, buenas hierbas y raíces amargas aunque saludables. Busca lugares donde, además de comida, haya también un riachuelo fresco y puro, y sombra de árboles, y que no surjan las víboras entre el pasto. No trata de buscar los pastos de hierba alta, porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; prefiere, más bien, los pastos montanos, de hierba no muy alta, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles, donde el aire es fresco, ligero y no cargado y malsano, como en la llanura. El buen pastor observa a cada una de sus ovejas. Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura; llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse; a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad, o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado; y, si una está desganada y no come, trata de buscarle hierbas aciduladas y aromáticas para despertarle el apetito, y se las da con su propia mano, hablándole como a una persona amiga. Así hace el Padre que está en los Cielos con sus hijos que andan errantes por la Tierra. Su amor es el cayado que los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo. ■ Pero, he aquí que una oveja le abandona. ¡Cuánto le amaba! Era joven, limpia, cándida, como una nubecilla en el cielo de abril. El pastor la veía con ojos llenos de amor, al pensar lo que podía hacer por ella. Pero ésta le abandona… Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador. No tiene la casaca austera, sino un vestido de mil colores. No lleva cinturón de cuero de donde penden hacha y cuchillo, sino cinturón de oro del que penden cascabeles de plata, melodiosos cual canto de ruiseñor, y ampollas de perfumes embriagadores… No lleva tampoco bastón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas, y, si el bastón no fuera suficiente, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo y hasta con su vida. No, este tentador que pasa, tiene en sus manos un incensario brillante de piedras preciosas de donde emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo, pero que aturde; de la misma forma los tornasoles de las joyas —¡qué falsas!— deslumbran. Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro… Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están; la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece detrás del tentador. El pastor la llama, pero ella no vuelve. Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado. Para tener fuerzas en su carrera, gusta aquella sal. La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa. Por ello, siente necesidad de aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa, donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces; y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el contacto viscoso de reptiles. Queriendo beber, bebe aguas contaminadas; queriendo alimentarse, come hierbas brillantes por las babas asquerosas que las cubren. ■ Entre tanto ¿qué hace el buen pastor? Deja cerradas en lugar seguro las noventa y nueve fieles y se pone en camino. No deja de caminar hasta que encuentra huellas de su oveja perdida. Y como ella no regresa a él, a pesar de que sigue invitándole con sus gritos, él va a donde ella. La ve desde lejos, ebria, atrapada entre lazos de reptiles, tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama; antes bien, se burla de él. De nuevo la ve, culpable de haber penetrado cual ladrona en casa ajena, tan culpable que ya no se atreve a mirarle… Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa… y continúa… la busca, la busca, la sigue, la acosa. Va llorando sobre las huellas de la oveja perdida: mechones de lana: pedazos de alma; manchas de sangre: crímenes diversos; suciedades: pruebas de su lujuria; él sigue adelante y la alcanza”.
* Jesús, en la parábola, hablaba al alma de María Magdalena.-Jesús: “Te he encontrado, amada. ¡Te he alcanzado! Cuánto he caminado por ti, para llevarte de nuevo al redil. No agaches la frente humillada. Tu pecado está sepultado en mi corazón. Nadie, fuera de mí que te amo, lo conocerá. Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con mi persona como escudo contra las piedras de tus acusadores. ¡Ven! ¿Estás herida? ¡Oh muéstrame tus heridas! Las conozco pero quiero que me las muestres con la confianza que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a Mí, tu pastor y Dios, con ojos inocentes. Aquí están las heridas. Todas tienen nombre. ¡Qué profundas son! ¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón? Lo sé: el Tentador. Es el que no tiene bastón ni hacha, pero que causa mucho mal con su mordisco envenenado, y después de él hieren también las joyas falsas de su incensario que te sedujeron con su brillante color… y que eran en realidad piedras de azufre de infierno, sacadas a la luz para abrasarte el corazón. ¡Mira! ¡Cuántas heridas! Tu lana está desecha, tiene sangre, tiene cardos. ■ ¡Oh pobre pequeña alma engañada! Pero dime: si Yo te perdono, ¿me amarás? Pero dime; si tiendo a ti los brazos, ¿vendrás a ellos? Dime: ¿tienes sed del amor bueno? Entonces ven y renace. Regresa a los pastos santos. Llora. Tu llanto y el mío lavan las huellas de tu pecado. Y Yo para alimentarte,  pues estás enflaquecida por el mal en que has ardido, me abro el pecho, me abro las venas, y te digo: «¡Aliméntate y vive!». Ven, te tomaré en mis brazos. Iremos más veloces a los pastos santos y seguros. Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada. Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se alegrarán con tu regreso. Sí, porque Yo te lo aseguro —ovejita mía perdida a quien he buscado desde tierras muy lejanas, a quien he encontrado y he salvado— que los buenos hacen más fiesta por uno que, habiéndose extraviado, regresa, que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil”. ■ Jesús, en todo este tiempo, en ninguna ocasión se ha vuelto a mirar al camino que tiene a sus espaldas, a donde llegó, entre la penumbra del atardecer, María Magdalena, todavía elegantísima, pero al menos vestida y cubierta con un velo oscuro que no deja traslucir sus rasgos y sus contornos. Cuando Jesús dice: “Te he encontrado, amada”, María se lleva sus manos bajo el velo y llora, con un llanto silencioso y continuo. La gente no la ve porque ella está a este otro lado de la orilla del río, que bordea el camino. La ven solo la luna que ya está alta y el espíritu de Jesús… (Escrito el 12 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 15,1-7.  No será inútil volver a leer:  Jer. 23,1-4; Ez. 34; Zac. 11,4-17; Ju. 10,1-18.
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4-234-29 (4-95-580).- Normas para los directores de almas basadas en el comentario de tres episodios sobre la conversión de María Magdalena (1).
* Razón de las 4/10 de las conversiones fallidas: negligencia de los pastores.- ■ Dice Jesús: “Desde Enero, cuando te hice ver la cena en casa de Simón el fariseo (2), tú, y quien te guía, tuvisteis deseos de conocer mejor a María de Magdala, y las palabras que le dirigí. Siete meses después os doy a leer estas páginas para satisfacer vuestro deseo y para dar una norma a los que deben saber inclinarse sobre estas lepras del alma, y para brindar, a estas infelices que se ahogan en su tumba de vicio, una voz que quiera invitarlas a salir de él.  ■ Dios es bueno. Con todos es bueno. No mide con la medida humana. No hace diferencias entre pecado y pecado mortal. El pecado, cualquiera que sea, le causa dolor. El arrepentimiento le proporciona alegría y le inclina a perdonar. La resistencia a la Gracia le hace inexorablemente severo, porque la Justicia no puede perdonar al impenitente que muere en tal estado, no obstante todos los auxilios que se le dan para convertirse. Las causas, si no de la mitad o por lo menos de cuatro décimas de las conversiones fallidas, son la negligencia de los que están designados para esta misión de convertir; un mal entendido y falso celo que no es sino velo que cubre un real egoísmo y orgullo, en virtud del cual se quedan tranquilos en su propio refugio y no descienden al fango para arrancar de él un corazón. «Yo soy puro, digno de respeto. No voy allí donde hay podredumbre, y donde se me puede faltar al respeto». Quien así habla, ¿no ha leído en el Evangelio que el Hijo de Dios vino a convertir a publicanos y meretrices, además de a los justos que estaban en el ámbito de la Ley antigua? ¿No piensan que el orgullo es impureza de mente, que la falta de caridad es impureza de corazón? ¿Que sufrirás humillación? Yo la sufrí primero y más que tú, y era el Hijo de Dios. ¿Que tendrás que arrastrar tu vestidura sobre la inmundicia? ¿Y no toqué Yo, acaso, con mis manos esta inmundicia para ponerla en pie y decirle: «Anda por este nuevo camino»? ■ ¿No os acordáis de lo que dije a vuestros predecesores? «En cualquier ciudad o poblado que entraseis, informaos de quién hay merecedor de vuestra presencia y quedaos en su casa». Esto lo dije para que el mundo no murmure. El mundo que fácilmente ve el mal en todas las cosas.  Pero añadí: «Cuando entréis en las casas —‘casas’ dije, no ‘casa’— saludadlas diciendo: ‘Paz sea en esta casa’.  Si la casa es digna de recibirla, la paz descenderá sobre ella; si no,  volverá a vosotros». Esto lo dije para enseñaros que, si no hay prueba clara de impenitencia, debéis tener para con todos un mismo corazón. Y terminé la enseñanza diciendo: «Y si alguien no os recibe, y no escucha vuestras palabras, al salir de esas casas o ciudades, sacudid el polvo que se os haya pegado a las suelas». Y la fornicación, para los buenos, para aquellos a quienes la Bondad constantemente amada hace semejantes a un cubo de cristal liso, no es sino polvo que, para quitarlo, basta sacudirlo o soplar. ■ Sed verdaderamente buenos. Formad un bloque único con la Bondad eterna en medio, y ningún género de corrupción podrá subir a ensuciaros más arriba de las suelas que pisan el suelo. ¡Tan alta está el alma!… El alma de quien es bueno y de quien forma una cosa con Dios. El alma está en el Cielo. Allí no llega ni el polvo ni el fango, ni siquiera cuando lo lanzan con odio contra el alma del apóstol. Puede afectar a vuestra carne, es decir, heriros material y moralmente, persiguiéndoos, porque el Mal odia al Bien, o colmándoos de injurias. ¿Y qué? ¿No me ofendieron a Mí? ¿No fui herido? ¿Pero, aquellos golpes y aquellas palabras indecentes turbaron mi espíritu? No. Resbalaron sin penetrar, como saliva en un espejo o piedra lanzada contra la pulpa jugosa de un fruto. O penetraron solo superficialmente, sin causar daño al germen de la semilla que está encerrado en el centro del hueso; es más, favoreciendo su germinación, porque es más fácil brotar de una pulpa entreabierta que no de una completamente cerrada. Solamente muriendo, el grano germina y el apóstol produce. Muriendo a veces materialmente; casi muriendo diariamente, en el sentido metafórico porque el yo humano no está sino quebrado. Y esto no es muerte, sino Vida. El espíritu triunfa sobre la muerte de la humanidad”.
* Tras haber recordado la Ley, pisoteada por la pecadora, hablé de perdón:  rocío para la sed ardiente que siente el culpable”.- (A continuación, nota 1- 1º). ■ Dice Jesús: “Había venido a Mí por el simple capricho de la mujer ociosa que no sabe cómo llenar sus horas de ocio. Pues bien, en sus oídos —embotados de falsas lisonjas de quien con himnos a la carnalidad la mecía para tenerla esclavizada— sonó la voz límpida y severa de la Verdad, de la Verdad que no tiene miedo a las burlas e incomprensiones y expresa sus palabras mirando a Dios. Y, cual coro de campanas tocando a fiesta, se fundieron en la Palabra las voces que hablan en los Cielos, en el azul libre del aire, propagándose por valles y colinas, llanuras y lagos, para recordar las glorias y delicias del Señor. ¿Recordáis el doble festivo que en los tiempos de paz tanto alegraba el día dedicado al Señor? La campana mayor daba, con el badajo sonoro, el primer toque en nombre de la Ley divina. Decía: «Hablo en nombre de Dios, Juez y Rey». Y luego las campanas menores, con sus arpegios: «que es bueno, misericordioso y paciente». Para terminar luego la campana más argentina, con voz de ángel, diciendo: «y su caridad mueve al perdón y a la compasión, para enseñaros que el perdón es más útil que el rencor, y la compasión más que la implacabilidad; venid a Aquel que perdona, tened fe en Él, que es compasivo». ■ También Yo, tras haber recordado la Ley, pisoteada por la pecadora, he hecho cantar la esperanza del perdón. Como una cinta de seda de color verde y azul, la he agitado entre las tonalidades negras para que ahí introdujera sus consoladoras palabras.  ¡Oh, el perdón!  Es rocío para la sed ardiente que siente el culpable. El rocío no es como el granizo que golpea, rebota y desaparece, sin penetrar, y que mata la flor. El rocío baja tan delicadamente que aun la flor más tierna no siente cuando se posa en sus pétalos de seda; pero luego ésta bebe su frescura y cobra fuerzas. El rocío cae en las raíces, en el terrón ardiente del suelo y en tantas cosas… Es una humedad de lágrimas, llanto de estrellas, amoroso llanto de las madres por sus hijos que tienen sed. Rocío que baja, que en sí mismo ya es consuelo, junto a la leche dulce y fecunda. ¡Oh misterios de los elementos, que obran cuando el hombre descansa o peca!  El perdón es como este rocío. No solo trae consigo la limpieza, sino jugos vitales, que arrebató no a los elementos, sino a las hogueras divinas. ■ Luego, después de la promesa del perdón, la Sabiduría habla y dice lo que es lícito o no, avisa, sacude no por dureza, sino por solicitud maternal de salvación. ¡Cuántas veces vuestro pedernal se hace aún más impenetrable y cortante para con la Caridad que se inclina hacia vosotros!… ¡Cuántas veces huís mientras ella os habla…! ¡Cuántas os burláis de ella! ¡Cuántas la llegáis a odiar…! Si la caridad os pagase como le pagáis a ella, ¡ay de vuestras almas! Sin embargo, ya veis que la Caridad es la caminante incansable que anda en busca vuestra. Viene a donde estáis aunque estéis sumergidos en asquerosas cuevas”.
* Los apóstoles deben desafiar prejuicios y críticas ante un deber tan alto”.- (A continuación, nota 1-2º). ■ Dice Jesús: “¿Por qué quise ir a aquella casa? ¿Por qué no obré en ella el milagro? Para enseñar a los apóstoles cómo obrar, desafiando prejuicios y críticas cuando se trata de cumplir un deber tan alto y que está lejos de estas cosillas del mundo. ¿Por qué dije a Judas aquellas palabras? Los apóstoles eran muy humanos. Todos los cristianos son muy humanos. Los santos que están en la tierra también lo son, pero en grado menor. Algo de humano sobrevive aun en los perfectos. Mas los apóstoles no eran todavía perfectos. Lo humano estaba filtrado en sus pensamientos. Yo los llevaba a las alturas, pero el peso de su humanidad les hacía descender de nuevo. Para que cada vez bajaran menos, tenía que meter en su camino de subida cosas apropiadas para detener su descenso, de modo que parasen en ellas meditando y descansando, para luego subir más arriba del límite anterior. ■ Tenían que ser cosas que pudiesen servirles de peldaño para convencerlos de que Yo era un Dios. Por esto: conocimiento exacto de almas, victoria sobre los elementos, milagros, transfiguración, resurrección y ubicuidad. Estuve contemporáneamente en el camino de Emmaús y en el Cenáculo (3). Las horas de las dos presencias, cotejadas por los apóstoles y los discípulos, fue una de las razones que más les convenció, y los arrancó de sus lazos y los lanzó al camino de Cristo. Más que por Judas —miembro que incubaba ya en sí la muerte—, hablé para los otros once. Debía mostrarles claramente, no por orgullo, sino por necesidad de formación, que Yo era Dios. Era Dios y Maestro, aquellas palabras lo manifiestan de Mí: revelo una facultad extrahumana y enseño una perfección: a no tener conversaciones malas, ni siquiera con nuestro interior. Porque Dios ve, y gusta ver puro el interior para  bajar a él y morar en él”.
* La presencia de Dios exige un ambiente puro”.- (A continuación, nota 1, 3º). ■ Dice Jesús: “¿Pero por qué no obré el milagro en esa casa? Para enseñar a todos que la presencia de Dios exige un ambiente puro. Por respeto a su excelsa majestad. Para hablar, no con palabras que salen de los labios sino con palabras más profundas, al espíritu de la pecadora y decirle: «¿Lo ves, infeliz? Eres tan sucia, que todo a tu alrededor se hace sucio. Tan sucio que Dios no puede obrar. Tú más sucia que estos. Porque repites el pecado de Eva y ofreces el fruto a los adanes (4), tentándoles y arrebatándoles de su deber. Tú, servidora de Satanás» ■ ¿Pero por qué no quise que su madre angustiada la llame «Satanás»? Porque ninguna razón justifica la ofensa y el odio. Condición primera y necesaria para tener a Dios con nosotros es no tener rencor y saber perdonar. Condición segunda, saber reconocer la propia culpabilidad, o de quien es nuestro; no ver solo las culpas de los demás. Tercera: saber conservarnos, por justicia hacia el Eterno, agradecidos y fieles después de haber recibido una gracia. ¡Quienes, tras haber recibido una gracia, son peores que los perros y no se acuerdan de su Bienhechor —mientras que el animal sí se acuerda— son unos desdichados. ■ No dije ninguna palabra a María Magdalena. La vi por un instante como una estatua, y luego la dejé. Volví con «los vivos» a quienes quería salvar. Ella, materia muerta igual o más que un mármol esculpido, la envolví en un aparente descuido. No dije ni una palabra, e hice como si no hubiese tenido presente ante todo su alma que quería redimir. ■ Y la última palabra: «No insulto. No insultes tú; limítate a orar por los pecadores», como guirnalda de flores, vino a juntarse con la que dije en el monte: «El perdón es más útil que el rencor y la compasión que la inexorabilidad», y la encerraron dentro de un aro fresco, perfumado de bondad, haciéndole experimentar cuán distinto de la feroz esclavitud de Satanás es el servir a Dios, cuán suave es el perfume celestial respecto a la hediondez de la culpa, y qué gran tranquilidad proporciona el ser amados santamente, respecto a ser poseídos satánicamente”.
* Enseñanza de todo esto.
.   ● “Yo mido conforme a Dios vuestras fuerzas”.-Jesús: “Observad cómo el querer del Señor es comedido. No exige conversiones fulminantes. No exige de un corazón lo absoluto. Sabe esperar. Sabe conformarse: se conformó con lo que pudo darle aquella madre trastornada por el dolor, mientras esperaba a que la extraviada encontrara de nuevo el camino. No le pido otra cosa más que «¿Puedes perdonar?». ¡Cuántas otras cosas habría podido pedirle para hacerla digna del milagro, si hubiese juzgado a lo humano! Yo mido conforme a Dios vuestras fuerzas. Para aquella pobre madre presa de dolor, ya era mucho el que fuera capaz de perdonar. En aquella hora solo le pido eso. Después, cuando le restituí a su hijo, le dije: «Sé santa y santifica tu casa». Pero, mientras el dolor la tiene prisionera, no le pedí sino perdón para la culpable. No se debe exigir todo de quien poco antes ha estado en el fondo de las tinieblas. Esa madre luego iba a salir a la Luz total, y con ella la esposa y los hijos. Pero, en ese momento, lo que hacía falta era portar a sus ojos, ciegos de llanto, los primeros rayos de la luz: el perdón, alba del día del Dios”.
.    ● “Sinsabores están unidos a las victorias del apostolado”.-Jesús: “De los presentes uno solo —no cuento a Judas, me refiero a los de la ciudad que estaban presentes en ese lugar, no me refiero a mis discípulos—  uno solo no iba a alcanzar la Luz. Estos sinsabores están unidos a las victorias del apostolado. Hay siempre alguien por quien el apóstol en vano se fatiga. Pero esas derrotas no deben quitar el aliento. El apóstol no debe esperar obtener todo. Contra él existen muchas fuerzas adversas que cual tentáculos de pulpo aferran la presa que él le había arrebatado. El mérito del apóstol es igual. Infeliz el apóstol que dice: «No voy a ese lugar porque sé que no voy a convertir». Este es un apóstol que vale muy poco. Es necesario ir a ese lugar, aunque se vaya a salvar solo uno de mil. Su jornal apostólico será el mismo por uno que por mil, porque él hizo todo lo que podía hacer, y Dios premia eso. También hay que pensar que donde el apóstol no puede convertir, porque quien debe convertirse está asido fuertemente por Satanás y las fuerzas de apóstol son inferiores al esfuerzo necesario, puede intervenir Dios. Y ¿entonces? ¿Quién puede más que Dios?”.
.  ● “El apóstol es un obrero de Dios y no debe limitarse a orar, debe actuar”.-Jesús: “Otra cosa que el apóstol necesariamente  debe practicar es el amor. Amor visible, no solo el secreto amor del corazón de los hermanos. Esto bastaría para los hermanos buenos. Pero el apóstol es un obrero de Dios y no debe limitarse a orar, debe actuar. Que actúe con amor, con gran amor. El rigor paraliza el trabajo del apóstol y el movimiento de las almas hacia la Luz. No rigor sino amor. El amor es ese vestido de asbesto que preserva del ataque del calor de las malas pasiones. El amor es un cúmulo de esencias que os preservan de que la podredumbre humano-satánica pueda entrar en vosotros. Para conquistar a un alma es necesario saber amar. Para conquistar a un alma es necesario conducirla a que ame, a que ame el Bien y repudie sus pobres amores pecaminosos. Yo quería el alma de María. Y me comporté con ella, como contigo, pequeño Juan, pues no me limité a hablar desde mi cátedra de Maestro, sino que bajé a buscarla en los caminos del pecado. La seguí, la perseguí con amor. ¡Dulce persecución! Entré, Yo-Pureza, donde estaba ella, la impureza. No temí el escándalo ni en Mí ni en los demás. El escándalo en Mí no podía entrar, pues que Yo soy la Misericordia, y ésta llora por las culpas pero no se escandaliza de ellas. ¡Infeliz aquel pastor que se escandaliza y, tras esta barrera, se atrinchera para abandonar un alma! ¿No sabéis que las almas son más proclives a resucitar que los cuerpos y que la palabra piadosa y amorosa que dice: «Hermana, por tu bien, levántate» realiza a menudo el milagro? Tampoco temía el escándalo en los demás. Los ojos de los buenos me comprendían; los de los malos, en donde la malicia fermenta, arrojando emanaciones de una corrupción interna, no tienen valor. Ellos encontraban culpa aun en Dios. Creían que solo ellos eran perfectos. Por esto no les curaba”.
.    ● Las tres etapas para salvar un alma.-Jesús: “Las tres etapas para salvar un alma son, primera: Ser integérrimos para poder hablar, sin temor a que nos hagan callarnos. Hablar a toda una multitud de modo que nuestra palabra apostólica, dirigida a las turbas que se agolpan alrededor de la mística barca, vaya, en círculos de onda, cada vez más lejos, hasta la orilla cenagosa donde están enclavados los que viven inertes sobre el fango sin preocuparse de conocer la Verdad. Este es el primer trabajo para romper la costra del duro terrón y prepararlo para la semilla. Es el trabajo más duro tanto para el que lo tiene que hacer como para quien lo recibe, porque la palabra debe, cual penetrante reja de arado, herir para abrir. Y en verdad os digo que el corazón del apóstol bueno se hiere y sangra por el dolor que le supone tener que herir para abrir; pero también este dolor es fecundo. Con la sangre y el llanto del apóstol se hace fértil el terreno agreste. Segunda cualidad: trabajar incluso allí donde otro, que no ha comprendido su misión, huiría. Despedazarse en el esfuerzo de arrancar cizaña, grama, espinas para que el terreno esté limpio y arado para que resplandezca sobre él, como sol, el poder de Dios y su bondad; y al mismo tiempo, con maneras de juez y de médico, ser severo y, no obstante, compasivo; firme en un período de espera para dar tiempo a las almas de superar la crisis, meditar y decidir. Tercer  punto: en el momento en que el alma que en el silencio se ha arrepentido, llorando y pensando en sus errores, se atreve a venir tímidamente, miedosa de ser rechazada, hacia el apóstol, el apóstol debe tener un corazón más ancho que el mar, más dulce que el corazón de una madre, más enamorado que el corazón de un esposo, y ha de abrirlo de par en par, para que broten de él olas de ternura. Si tenéis a Dios con vosotros, Dios que es caridad, encontraréis fácilmente palabras de amor para las almas. Dios hablará en vosotros y por vosotros,  y el amor llegará, como miel que se escurre de un panal, para alivio de los labios ardientes y nauseados; como bálsamo que sale de una ampolla, para medicina de los espíritus heridos. ■ Doctores de las almas, haced que os amen los pecadores, haced que gusten el sabor de la caridad celestial y que lo ansíen tanto que no busquen ya otro alimento, haced que sientan en vuestra dulzura un alivio tan grande que lo busquen para todas sus heridas. Es menester que vuestra caridad aleje de ellos todo temor, porque, como dice la epístola que hoy leíste: «El temor supone el castigo; el que teme no es perfecto en la caridad». Pero tampoco es perfecto en la caridad el que produce el temor. No digáis: «¿Qué has hecho?».  No digáis: «Vete». No digáis: «Tú no puedes tener gusto por el amor bueno». Antes al contrario, decid, decid en mi nombre: «Ama y yo te perdono»; decid: «Ven, Jesús te abre los brazos»;  decid: «Gusta este Pan de los ángeles y esta Palabra y olvida la pez de Infierno y los desprecios de Satanás». Haceos acémilas para llevar las debilidades de los demás. El apóstol debe llevar sus cargas y las de los demás, su cruz y la de los demás. Y, mientras os acercáis a Mí, cargados con estas ovejas heridas, dadles confianza a estas ovejas errantes, decidles: «En este momento todo se ha olvidado»; decir: «No tengas miedo del Salvador, que ha venido del Cielo por ti, exactamente por ti; yo solo soy el puente para llevarte a Él, que te está esperando, al otro lado del río de la absolución penitencial, para llevarte a sus pastos santos, cuyos comienzos están aquí en la tierra, pero que luego continúan, con Belleza eterna que alimenta y hace feliz, en los Cielos»”.
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* Finalidad de este comentario.-Jesús: “Este es el comentario. Poco toca a vosotros, ovejas fieles del Pastor. Si a ti, pequeña esposa, te aumenta la confianza, al Padre (5) se le aumentará la luz para poder juzgar; y para muchos actuará no solo como incentivo de acercarse al Bien, sino que será el rocío de que he hablado, que penetra y nutre y da nuevo vigor a las flores caídas. Levantad la cabeza. El Cielo está en lo alto. Queda en paz, María. El Señor está contigo”. (Escrito el 13 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : En este capítulo se comentan tres episodios de la vida de María de Magdala:
(1º) Se refiere al primer encuentro de Magdalena con Jesús, episodio 3-174-109, (expuesto en el tema “Pureza-Castidad”) en que María Magdalena, provocativa, llevada en brazos por cuatro hombres, apareció en el monte de las Bienaventuranzas. Ante esta conducta escandalosa de Magdalena Jesús, tras haber recordado que uno debe ser fiel a Ley, pasó a hablar del perdón, declarando que “el perdón es más útil que el rencor”.
(2º)  Se refiere a la 1ª parte del episodio 3-183-163, (expuesto en el tema “Pureza-Castidad”). Los discípulos habían quedado escandalizados porque Jesús quería ir a Magdala, ciudad de mala fama. Pero Jesús, que penetraba en los corazones, sabía lo que en esos momentos sucedía en una casa de Magdala, en la casa de María Magdalena,  donde un hombre casado, que sostenía con ella relaciones lujuriosas, había sido apuñalado por un romano. Y la respuesta a la pregunta: “¿Por qué quise ir a aquella casa?”, se encuentra en las palabras dirigidas por Jesús a Pedro: porque “Cristo no ha venido a salvar a los salvados sino a los pecadores… por amor a Mí hay que entrar hasta en prostíbulos… sin miedo a contaminarse… Porque mientras no se quiere no viene el mal. Pero es menester no querer fuerte y constantemente. Fuerza y constancia que se obtiene del Padre si se ora con rectitud de propósito”.  Es el momento en que Jesús captó el pensamiento de Judas Iscariote, poniéndolo al descubierto: “Judas, no te fíes mucho de ti mismo… El orgullo es una rendija por donde entra Satanás. Vigila y sé humilde”. Y cuando Jesús dijo, “A la Magdala de los ricos es a donde quiero entrar”, fue cuando Jesús captó por 2ª vez el pensamiento de Judas Iscariote, poniéndolo también al descubierto: “Judas, no has hablado con los labios sino dentro de tu corazón… Pues bien, no hay que murmurar o calumniar con nuestro propio «yo»”.
(3º)  La 2ª parte del episodio 3-183-163, responde a la pregunta: “¿Por qué no obré en la casa de Magdalena el milagro?”. Por deseo expreso de Jesús, el  hombre apuñalado en casa de María Magdalena fue llevado por sus familiares a la casa de la madre del herido, a unos 100 metros de distancia, porque como dirá Jesús a la madre del herido: “Tu casa ha sido santificada con el milagro que siempre es prueba de la presencia de Dios. Por este motivo no he podido hacerlo donde había pecado”.   2  Nota  : Cfr. Lc. 7,36-50.   3  Nota  : Cfr. Lc. 24,13-35. Cfr. también Mt. 28,1-10; Mc. 16,1-14; Lc. 24,1-49; Ju. 20,1-25.   4  Nota  : Cfr. Gén. 3,6.   5  Nota  : Padre Migliorini, director espiritual de María Valtorta.
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4-235-37 (4-96-588).- Marta ha recibido de su hermana la certidumbre de su conversión.
* Marta, tienes ya la victoria en la mano”.-Jesús está a punto de subir a la barca en un amanecer claro de verano, cuando he aquí que llega Marta con su criada. “¡Oh, Maestro! Escúchame por amor de Dios”. Jesús baja de nuevo a la orilla y dice a los apóstoles: “Idos y esperadme cerca del río. Entre tanto preparad todo lo necesario para la misión de Magedán. También la Decápolis espera la palabra. Idos”. Y, mientras la barca zarpa y sale a zona abierta, Jesús camina llevando a Marta a su lado, a los que respetuosamente sigue Marcela. Se alejan así del pueblo caminando por la orilla: primero una faja de arena, aunque ya salpicada de matas silvestres; enseguida, cubierta de vegetación, que empieza al subir por una pendiente, de donde se ve el lago. Cuando llegan a un lugar solitario, Jesús dice sonriendo: “¿Qué se te ofrece?”. ■ Marta: “Maestro… esta noche, poco después de la segunda vigilia,  María ha vuelto a casa. ¡Ah!… se me olvidaba decirte que, mientras estábamos comiendo, a la hora sexta, me ha dicho: «¿Te importaría prestarme tu vestido y un manto? Me quedarán un poco cortos, pero si no me ciño el vestido y dejo que el manto llegue hasta abajo…». Le respondí: «Toma lo que quieras, hermana». El corazón me latía fuerte, porque antes en el jardín, yo había dicho, hablando con Marcela: «Al atardecer tenemos que estar en Cafarnaúm, porque el Maestro va a hablar a la gente esta tarde», y había yo visto que María se sobresaltaba, que cambiaba de color; no podía estar ya tranquila, iba y venía de un lado para otro, sola, como angustiada, en vilo, como una persona que estuviera para tomar una decisión sin saber todavía qué aceptar y qué rechazar. Después de la comida vino a mi habitación y tomó el vestido más oscuro que tenía, el más modesto, se lo probó y pidió a la nodriza que le bajase todo el dobladillo, porque era demasiado corto. Primero lo intentó ella, pero al ver que no podía se echó a llorar, diciéndome: «No soy capaz de coser. Todo lo bueno y útil lo he olvidado», y me echó los brazos al cuello con estas palabras: «Ruega por mí». ■ Salió sola de casa, hacia el atardecer… ¡Cuánto oré para que no se encontrase con ninguno que la estorbara venir aquí, para que comprendiera tu palabra, para que lograra deshacerse definitivamente del monstruo que la esclaviza!… Mira, me he puesto tu cinturón sobre el mío, y cuando sentía la presión del cuero duro en mi cintura, pues no estoy acostumbrada a cinturones tan recios, me decía: «Él es más fuerte que todo». Luego vinimos yo y Marcela. Con el carro es poco tiempo. No sé si nos viste entre la gente… Pero qué dolor, qué espina en el corazón al no ver a María. Pensaba yo dentro de mí: «Se arrepintió. Ha vuelto a casa. O también… tal vez haya huido porque no podía resistir mi imposición sobre ella, la que ella misma me había pedido». Te escuchaba y lloraba bajo mi velo. Las palabras me parecían dirigidas a ella… y ¡no las escuchaba! Así pensaba yo porque no la veía. Regresé a casa desconsolada. Es verdad que te desobedecí, porque me habías dicho: «Si viene, espérala en casa». Pero ten en cuenta mi corazón, Maestro. ¡Es mi hermana la que venía a Ti! ¿Podía menos de no ver cuándo ella se acercase a Ti? Y luego… Me habías dicho: «Estará quebrantada». Quería estar al lado de ella antes, para apoyarla… ■ Estaba yo de rodillas, llorando y orando en mi habitación, cuando a eso de la segunda vigilia entró tan despacito que no me di cuenta de su presencia sino cuando arrojándose sobre mí y abrazándome, me dijo: «Es verdad todo lo que dices, hermana bendita; supera con mucho lo que tú dices, su misericordia es mucho mayor. ¡Oh, Marta mía, ya no es necesario que me tengas sujeta! ¡No me verás ya cínica, ni desesperada! Ya no me oirás más decir: ‘¡Para no pensar!’. Ahora quiero pensar; sé en qué pensar: en la Bondad hecha carne. Tú orabas, hermana mía, sin duda orabas por mí. Pues bien, tienes ya tu victoria en la mano: tu María, que no quiere más pecar y que renace ahora. Mírala bien a la cara, porque es una María nueva, con su cara lavada con el llanto de la esperanza y del arrepentimiento. Me puedes besar, hermana pura. Ya no hay huellas de vergonzosos amores en mis ojos. Él dijo que ama mi alma. Porque hablaba a mi alma y de mi alma. La oveja perdida era yo. Dijo, escucha si repito bien. Tú conoces el modo de hablar del Salvador…» y me repitió perfectamente la parábola. ¡María es muy inteligente, mucho más que yo! Y con buena memoria. De este modo, dos veces te oí; y, si esas palabras en tus labios eran santas y adorables, en los suyos me eran santas, adorables, encantadoras,  porque me las decían labios de hermana, de mi hermana hallada, que ha vuelto al redil de la familia. ■ Estábamos abrazadas las dos, sentadas sobre la alfombra, como cuando éramos pequeñas y así pasábamos las horas en la habitación de mamá o cerca de su telar donde ella tejía o bordaba sus magníficas telas, estábamos así, desaparecida ya la división del pecado. Me parecía como si nuestra madre estuviese presente con su espíritu. Llorábamos sin dolor; es más, con una gran paz. Nos besábamos felices… Después, María cansada por el camino que había hecho a pie, por la emoción, por tantas cosas, se me durmió entre los brazos y con la ayuda de la nodriza la extendimos en su lecho, y así la dejé… y vine corriendo hasta aquí…”. Marta, dichosa, termina besando las manos de Jesús. ■ Jesús: “También Yo te digo lo que dijo María: «Tienes la victoria en la mano». Vete y sé feliz. Vete en paz. Sigue portándote con mucha dulzura y prudencia con la renacida. Adiós, Marta. Hazlo saber a Lázaro, que está preocupado allá abajo”. Marta: “Sí, Maestro, ¿pero cuándo vendrá María con nosotras las discípulas?”. Jesús sonríe y le dice: “El Creador lo hizo todo en seis días y el séptimo descansó”. Marta: “Comprendo. Es necesaria la paciencia…”. Jesús:  “Paciencia, sí. No suspires. Ésta también es una virtud. La paz sea con vosotras. Nos volveremos a ver pronto” y Jesús las deja y se dirige hacia el lugar en que la barca está esperando, en la orilla.  (Escrito el 29 de Julio de 1945).
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(<Recientemente, en Cafarnaúm, Jesús se ha encontrado con escribas, entre ellos con el fariseo Simón, quien le ha invitado a una cena. Jesús, acompañado de Juan, ha llegado para esa cena a la casa del fariseo Simón>)
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4-236-39 (4-97-591).- Cena en casa de Simón el fariseo (1).
* Descripción de una sala de banquetes, de una casa rica, de aquel tiempo.- ■ Para consuelo de mi mucho sufrir y para hacerme olvidar la maldad de los hombres, Jesús me concede esta bellísima visión. Estoy viendo una sala riquísima. Una lámpara pende, en el centro de la sala, y arde con muchos quemadores. Las paredes están cubiertas con tapices bellísimos; hay también sillas con incrustaciones, revestidas de marfil y láminas preciosas. Los muebles son muy bonitos. En el centro hay una mesa grande, cuadrada, formada por cuatro mesas unidas. La mesa está preparada con esta disposición para que puedan estar en ella muchos convidados (todos hombres) y está cubierta con manteles muy preciosos y muy buena vajilla. Hay jarras y copas de mucho valor. Muchos criados van y vienen trayendo los manjares y sirviendo los vinos. En el centro del cuadrado no hay nadie. El pavimento está limpísimo; en él se refleja la lámpara de aceite. Por la parte externa del cuadrado hay lechos-asientos, que ocupan los convidados. ■ En el lado más alejado de la puerta, está el dueño de la casa con los invitados más importantes. Es un hombre ya de edad. Viste una túnica ceñida con un cinturón hermosamente recamado. El vestido tiene también, en el cuello, en las mangas, en los bajos, las orillas bordadas; o galones si se prefiere llamarlos así. La cara de este vejete no me gusta. Es una cara de hombre malo, frío, soberbio y codicioso. En el lado opuesto, frente a él, está mi Jesús. Lo veo de costado, diría que casi por detrás, a espaldas de Él. Trae su acostumbrado vestido blanco, sus sandalias, y sus cabellos partidos en dos en la frente, y largos como de costumbre. Noto que tanto Jesús como los comensales no se sientan, como yo me imaginaba que se sentarían sobre esta especie de sofás, esto es, perpendicularmente a la mesa, sino paralelamente a ella. En la visión de las nupcias de Caná, no puse mucha atención a este particular. Había visto que comían apoyados sobre el codo izquierdo, pero me parecía que no estaban muy cómodos, porque los lechos no eran muy lujosos y eran mucho más cortos. Estos son verdaderos lechos. Se parecen a los modernos divanes turcos.  Jesús tiene a su lado a Juan, y dado que Jesús está apoyado con el codo izquierdo (como todos), resulta que la posición de los dos es así: o sea, que Juan está metido entre la mesa y el cuerpo del Señor; llega con su codo a la altura de la ingle del Maestro, de modo que no le estorba a Jesús para comer y puede, si quiere, apoyarse confidencialmente en su pecho. No hay ninguna mujer.
* María Magdalena es absuelta por Jesús: con las palabras de absolución que refiere el Evangelio.-Todos hablan y el dueño de la casa de cuando en cuando se dirige, con exagerada condescendencia y con muestras claras de complacencia a Jesús. Es claro que quiere demostrarle —y demostrárselo a todos los presentes—, que le ha hecho un gran honor invitándole a su rica casa, a Él, un pobre profeta a quien se le toma, incluso, por un poco exaltado… Veo que Jesús corresponde con cortesía y sosiego. Con su leve sonrisa, sonríe a quien le pregunta; pero, si quien es Juan —o aunque solo le mire—, entonces su sonrisa es luminosa. ■ Veo que se abre la rica cortina que cubre el hueco de la puerta y que entra una joven mujer, hermosísima, vestida muy ricamente y peinada con sumo esmero. Su cabellera rubia es un verdadero adorno de mechones artísticamente entrelazados; tan abundante y tanto resplandece, que parece como si llevara un yelmo de oro, labrado todo en relieve. Su vestido, si lo comparo con el que veo siempre a la Virgen María, diría que es muy excéntrico y complicado. Broches en los hombros, joyas para sujetar los pliegues de la parte superior del pecho, cadenitas de oro para hacer resaltar el pecho, cinturón hecho de bullones de oro y piedras preciosas. Es un vestido provocativo, que hace resaltar los contornos de su bellísimo cuerpo. En la cabeza lleva un velo, tan fino que… no vela nada; es solo un detalle añadido a sus adornos, nada más. Sus pies calzan sandalias rojas, de piel, con broches de oro, sujetas con correas entrelazadas a la altura del tobillo. ■ Todos, menos Jesús, se vuelven para mirarla. Juan la mira un instante, y luego se vuelve a Jesús. Los demás fijan su mirada en ella con visible y maligno deseo. Pero la mujer no los mira en absoluto, ni se preocupa del murmullo que ha levantado su presencia ni de las señas (guiñeos de ojos) que se hacen todos, menos Jesús y el discípulo. Jesús se comporta como si no se hubiera dado cuenta de nada; continúa hablando hasta terminar la conversación, que había entablado con el dueño de la casa. La mujer se dirige a Jesús. Se arrodilla a sus pies. Deposita en el suelo una especie de jarra muy barriguda, se quita el velo sacando el broche precioso que lo tenía prendido al pelo, se saca de los dedos los anillos, y pone todo sobre el lecho-asiento que está junto a los pies de Jesús; luego toma entre sus manos los pies, primero el derecho, luego el izquierdo, desata las sandalias, y los posa de nuevo en el suelo; luego, prorrumpiendo en grandes sollozos, besa estos pies, apoya contra ellos su frente, se los acaricia, y las lágrimas caen como una lluvia, que brilla bajo el resplandor de la lámpara, y bañan esos pies adorables. Jesús lentamente vuelve su cabeza, y su mirada azul se detiene por un instante sobre aquella cabeza inclinada. Es una mirada que absuelve. Luego vuelve a mirar al centro, mientras deja a la mujer que se desahogue libremente. Los demás, no; ellos se intercambian comentarios mordaces, se guiñan los ojos, se ríen sarcásticamente. El fariseo se endereza un momento para ver mejor; su mirada es entre ávida, preocupada e irónica: ávida de la mujer (este sentimiento es patente); preocupada por el hecho de que la mujer haya entrado sin pedir permiso, lo cual podría dar a entender a los demás que la recibe frecuentemente en su casa; irónica respecto a Jesús… Pero la mujer no se preocupa de nada. Continúa llorando con todas sus fuerzas, sin grito alguno; solo profundos suspiros que se mezclan con sus lágrimas. Luego se suelta los cabellos, extrayendo las peinetas de oro que sostenían el complicado peinado, y las deposita también junto a los anillos y al broche. Las madejas de oro caen sobre la espalda de la mujer. Coge sus cabellos con ambas manos, se los lleva al pecho y los pasa por los pies mojados de Jesús, hasta que los ve secos. Luego mete sus dedos en la pequeña jarra y saca una pomada ligeramente amarilla y olorosísima. Un aroma entre de lirio y nardo se extiende por toda la sala. La mujer introduce una y otra vez los dedos, y extiende la pomada, unta, besa, acaricia los pies. ■ Jesús, de tanto en tanto, la mira de amorosa piedad. Juan, que se había vuelto sorprendido al oír el estallido del llanto, no sabe separar la mirada del grupo de Jesús y la mujer y mira alternativamente a uno y a otro. La cara del fariseo es cada vez más ceñuda. Oigo las palabras que refiere el Evangelio y las oigo acompañadas de un tono y una mirada que le hacen agachar la cabeza al viejo resentido. Oigo las palabras de absolución que dice a la mujer, que se ha enrollado el velo alrededor de la cabeza, quedando más o menos recogida su cabellera despeinada, y ahora se marcha dejando a los pies de Jesús sus joyas. Jesús, al decirle: “Vete en paz”, le pone por un momento la mano sobre su cabeza inclinada. Pero lo hace con grandísima dulzura. (Escrito el 21 de Enero de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 7,36-50.
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4-236-42 (4-98-594).- Sentido de la mirada de Jesús al fariseo.- Gesto de María Magdalena en Betania.- “Di a las almas que no se atreven a venir a Mí: «Mucho se perdona a quien mucho ama…»”.
* “Entre el amor de este joven puro y el de ésta mujer, arrepentida, no hago diferencia”.- ■ Jesús me dice ahora: “Lo que hizo bajar la cabeza al fariseo y a sus compañeros, y que no está escrito en el Evangelio, fueron las palabras que mi espíritu, a través de mi mirada, dirigió y clavó cual saetas en esa alma seca y voraz. Respondí mucho más de lo que está escrito, porque ningún pensamiento de los hombres se me ocultaba. Y él entendió mi mudo lenguaje que contenía mayores reproches que cuanto lo tenían mis palabras. Le dije: «No. No hagas insinuaciones perversas para justificarte ante ti mismo. Yo no tengo tu ansia sexual. Esta mujer no ha venido a Mí porque el sexo le ha atraído. No soy como tú ni como tus compañeros. Ha venido a Mí porque mi mirada y mi palabra, oída por pura coincidencia,  le han iluminado su alma, en la que la lujuria había creado tinieblas. Y ha venido porque quiere vencer los sentidos, y comprende, que siendo una pobre criatura, por sí misma no puede lograrlo. Ama en Mí el espíritu, no más que el espíritu que siente sobrenaturalmente bueno. Después de tanto mal como ha recibido de todos vosotros, que os habéis aprovechado de su debilidad para vuestros vicios, pagándole luego con los azotes de vuestro desprecio, viene a Mí porque siente haber encontrado el Bien, la Alegría, la Paz, que inútilmente ha buscado entre las pompas del mundo. ■ Cúrate de esta lepra tuya que tienes en el alma, fariseo hipócrita, y aprende a juzgar rectamente las cosas, despójate de la soberbia de tu mente y de la lujuria de la carne. Estas son lepras mucho más hediondas que las de vuestro cuerpo. Puedo curaros de las lepras del cuerpo, si me lo pedís, pero de la lepra del espíritu, no, porque no queréis liberaros de ella para curaros, porque os gusta. Esta mujer, sin embargo, quiere librarse y curarse. Por eso la limpio, por eso la libero de las cadenas de su esclavitud. La pecadora ha muerto, ha quedado allí, en aquellos adornos que ella se avergüenza de ofrecerme para que los santifique usándolos para mis necesidades y las de mis discípulos, para los pobres a quienes socorro con lo que a otros les es superfluo; porque se da el caso de que Yo, el Señor del universo, ahora que soy el Salvador del hombre, no poseo nada. ■ Ella está allí, en ese perfume derramado a mis pies, que ha usado, como ha usado sus cabellos,  en esa parte de mi cuerpo que tú no te has dignado refrescar con el agua de tu pozo, después de haber caminado tanto para traerte a ti también la luz. La pecadora ha muerto, y ha renacido María, que ahora, por su vivo dolor y recto amor, es bella como una niña púdica. Ella se ha lavado con su llanto. En verdad te digo, oh fariseo, que ante éste, que me ama con su juventud pura, y ésta, que me ama con la sincera contrición de un corazón que ha vuelto a nacer a la Gracia, no hago ninguna diferencia; y que al puro y a la arrepentida les doy una misión, respectivamente: comprender mi pensamiento como no lo he hecho con nadie y dar a mi Cuerpo los últimos honores y el primer saludo (no cuento el saludo especial de mi Madre) cuando resucite»”.
 María Magdalena repitió este gesto en Betania.- “Mucho se perdona a quien mucho ama”.-  ■ Jesús: “Esto es cuanto quise decirle con mi mirada al fariseo. Pero a ti te manifiesto otra cosa, para alegría tuya y alegría de muchos. También en Betania, María repitió este mismo gesto que signó el amanecer de su redención. Hay gestos personales que se repiten y que muestran a las claras el estilo propio de una persona. Son gestos inconfundibles. En Betania, de todas formas, —y ello era justo— el gesto fue menos humillante y más confidencial, dentro de su actitud de reverente adoración. María, desde aquel amanecer de su redención, ha caminado mucho. Mucho. El amor, como viento veloz, la había impulsado consigo hacia arriba y hacia delante; el amor, como una hoguera, la había devorado destruyendo en ella la carne impura y haciendo señor en ella a un espíritu purificado. Y María, cambiada con su dignidad de resucitada, como también cambiada está en sus vestidos, sencillos como los de mi Madre, y en su peinado; de mirada sencilla, de actitud sencilla, de palabra sencilla y nueva, ahora me honraba con el mismo gesto, pero de forma nueva: tomó el último de sus vasos de perfume que había reservado para Mí; me lo esparció sobre los pies, sin llorar, con una mirada dichosa, por el amor y la seguridad de haber sido perdonada y salvada, y también sobre mi cabeza. Ahora, María, podía sí, tocarme la cabeza. El arrepentimiento y el amor la habían purificado con el fuego de los serafines, y ella es un serafín. ■ Dítelo a ti misma, María, mi pequeña «voz», dilo a las almas. Ve, díselo a las almas que no se atreven a venir a Mí, porque se sienten culpables. Mucho, mucho se le perdona, a quien mucho ama. No comprendéis, pobres almas, cuánto os ama el Salvador. No tengáis miedo de Mí. Venid con confianza, con valor. Que Yo os abro el corazón y los brazos. Recordad siempre esto: «No hago ninguna diferencia entre aquel  que me ama con su pureza íntegra y aquel que me ama en la sincera contrición de un corazón renacido a la Gracia». Soy el Salvador. No lo olvidéis nunca. Ve en paz. Te bendigo”. (Escrito el 21 de Enero de 1944).
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4-236-45 (4-99-597).- Consideraciones sobre la conversión de María Magdalena.
* Me acerqué a María Magdalena como me acerco a un alma que se aplica a comprender la Luz de Dios y su estado de tinieblas… Y le hablé con una de las más dulces parábolas”.- ■ Esta tarde, mi Jesús me dijo sonriendo: “Me gustaría llamarte como a Daniel (1). Eres la de los deseos, y a la que quiero mucho porque deseas tanto a Dios. Podría decirte lo que mi ángel dijo a Daniel: «No temas, porque desde el primer día en que aplicaste tu corazón a comprender y a castigarte en la presencia de Dios, tus oraciones fueron escuchadas; por ellas he venido». Mas no es el ángel quien te habla. Soy Yo quien te está hablando: Jesús. María, siempre que una persona «aplica su corazón a comprender», Yo me acerco. No soy un Dios duro y severo. Soy misericordia viviente. Y más rápido que el pensamiento llego a quien se vuelve a Mí. ■ Y me acerqué veloz con mi espíritu también a la pobre María de Magdala, tan inmersa en su pecar, en cuanto sentí que se levantaba en ella el deseo de comprender: comprender la luz de Dios y su estado de tinieblas; y me hice luz para ella. Hablaba Yo aquel día a mucha gente, pero en realidad le hablaba a ella sola. No veía más que a ella que se había acercado, llevada de un impulso de su corazón, que luchaba contra la carne que la había esclavizado. No tenía ante mis ojos sino a ella, con su pobre rostro atormentado, con su forzada sonrisa, que escondía, bajo un vestido que no era suyo, y que era un desafío al mundo y a sí misma, ese gran llanto interno. No veía más que a ella, a la ovejita metida entre las espinas; a ella que sentía náuseas de su vida, náusea que emergía como esos embates profundos que sacan consigo el agua del fondo. ■ No dije palabras llamativas, ni toqué un tema referido a ella, pecadora bien conocida, para no humillarla y obligarla a huir, a avergonzarse o a venir. La dejé tranquila. Dejé que mi palabra y mi mirada bajasen a su interior y que allí fermentasen para hacer de aquel impulso de un momento su futuro glorioso de santa. Hablé con una de las más dulces parábolas, rayo de luz y bondad derramado particularmente para ella. ■ Y aquella tarde, mientras ponía pié en casa del rico soberbio —en quien mi palabra no podía fermentar para transformarse en futura gloria, pues la mataba la soberbia farisaica—, ya sabía que ella vendría, después de haber llorado mucho en su habitación donde pecó, después de haber decidido, a la luz de su llanto, su futuro”.
* El hombre, cuando solo es carne y sangre, ensucia siempre aun las cosas más puras. Solo los puros ven lo justo, porque el pecado no turba su pensamiento… María Magdalena fue siempre juzgada mal por quienes eran bocados de lujuria… Los buenos no critican jamás. Comprenden”.-Jesús: “Los hombres, que ardieron de lujuria al verla entrar, se estremecieron en su carne y en su pensamiento. Todos, menos Yo y Juan, la desearon. Todos creyeron que hubiese ido por uno de esos caprichos que —bajo la presión del demonio— la arrojaban a aventuras imprevistas. Pero Satanás estaba ya vencido. Y sintieron envidia al ver que a ninguno de ellos se dirigía, sino a Mí. El hombre, cuando solo es carne y sangre, ensucia siempre aun las cosas más puras. Solo los puros ven lo justo, porque el pecado no turba su pensamiento. ■ Pero, María, no debe ser motivo de abatimiento el que el hombre no comprenda. Dios comprende, y es suficiente para el Cielo. La gloria que viene de los hombres no aumenta ni en un gramo la gloria que es destino de los elegidos en el Paraíso. Recuérdatelo siempre. La pobre María de Magdala fue siempre juzgada mal en sus buenas acciones;  no lo había sido en sus malas acciones, porque eran bocados de lujuria ofrecidos a la insaciable hambre de los libidinosos. Fue criticada y juzgada mal en Naím, en casa del fariseo; criticada y objeto de reproche en Betania en su casa. Pero Juan, diciendo una gran verdad, da la clave de esta última crítica: «Judas… porque era ladrón». Yo añado: «El fariseo y sus amigos, ‘porque eran lujuriosos’». ¿Ves? La avidez de los sentidos, la avidez por el dinero, levantan su voz para criticar una acción buena. Los buenos no critican. Jamás. Comprenden. Pero, te repito, no importa la crítica del mundo, lo que importa es el juicio Dios”. (Escrito el 22  de Enero de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Dan. 9,23; 10,11 y 19.
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(<Los apóstoles y, Judas Iscariote sobre todo, no están de acuerdo con los sucesos del convite en casa de Simón el fariseo, siendo la presencia de María Magdalena la causa principal del enfado del fariseo>)
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4-237-48 (4-100-600).- “En la verdad y en la honestidad, en la conducta moral, no existen adaptaciones ni transacciones”.
* “Merece la pena perder una pobre amistad humana por conquistar un alma”.- ■ Tomás pregunta: “Señor, ¿es verdad que María de Magdala pidió perdón en la casa del fariseo?”. Jesús: “Es verdad, Tomás”. Felipe: “¿Y Tú se lo concediste?”. Jesús: “Se lo di”. Bartolomé exclama: “Hiciste mal”. Jesús: “¿Por qué? Era un arrepentimiento sincero y merecía perdón”. Iscariote reprocha: “Pero no debías de habérselo dado en aquella casa, públicamente…”. Jesús: “No veo que me haya equivocado”. Iscariote: “En esto: Tú sabes quiénes son los fariseos, cuántas argucias tienen en su cabeza, cómo te espían, te calumnian, te odian. Tenías en Cafarnaúm un amigo, y era Simón el fariseo. Y llamas a su casa a una prostituta para profanarle la casa y hacer que se escandalicen de tu amigo Simón”. Jesús: “No la llamé Yo. Ella vino. No era prostituta. Era una arrepentida. Esto cambia mucho. Si antes no sentían asco en acercarse a ella, si no han sentido nunca asco de desearla, incluso en mi presencia, tampoco ahora que ella ya no es una carne sino un alma, deben sentir asco por verla entrar para arrodillarse a mis pies y llorar acusándose, humillándose con su humilde, pública confesión que manifestó con su llanto. La casa de Simón el fariseo se ha santificado con un gran milagro: «la resurrección de un alma». Hace unos cinco días me preguntó en la plaza de Cafarnaúm: “¿Has hecho solo este milagro?”, y él mismo me respondió por su cuenta: “Ciertamente no”, pues había deseado mucho ver uno. Pues se lo he dado. Le he elegido para ser testigo, paraninfo, de estos esponsalicios de un alma con la Gracia. Debería estar orgulloso”. Iscariote: “Pues, sin embargo,  está escandalizado. Has perdido un amigo”. Jesús: “Encontré un alma. Merece la pena perder la amistad de un hombre, la pobre amistad de un hombre, con tal de devolver a un alma la amistad de Dios”. ■ Iscariote: “Es inútil. Contigo no se puede reflexionar a la manera humana. Maestro, acuérdate de que estás en la tierra. Rigen las leyes y las ideas de la tierra. Tú obras con el método del Cielo, te mueves en tu Cielo al que tanto amas, todo lo ves a través de las luces de Cielo. ¡Pobre Maestro mío! ¡Cuán divinamente inepto eres para vivir entre nosotros los perversos!”. Judas Iscariote le abraza entre admirado y triste. Termina diciendo: “Y siento en el alma que te hagas de tantos enemigos por demasiada perfección”. Jesús: “No te acongojes, Judas. Está escrito que debe ser así. Pero ¿cómo sabes que Simón se ofendió?”. Iscariote: “No dijo haberse ofendido, pero, a mí y a Tomás nos dio a entender que eso no estaba bien; no debías haberla invitado a su casa, donde solo entran personas honestas”. Pedro dice: “¡Bueno, sobre la honestidad de los que van a casa de Simón mejor no tocar!”. Mateo: “Podría asegurar que el sudor de las prostitutas se ha filtrado en el pavimento de Simón, en sus mesas y en otros lugares más”. Iscariote objeta: “Pero no públicamente”. Mateo: “No. Con hipocresía para ocultarlo”. Iscariote: “Entonces todo cambia”. Mateo: “Cambia también la entrada de una prostituta que entra para decir: «Dejo mi pecado infame», respecto a la de una que entra para decir: «Aquí me tienes para cometer juntos el pecado»”. Todos dicen: “Mateo tiene razón”. Iscariote: “Sí, tiene razón. Pero ellos no piensan como nosotros. Es necesario que hagamos transacciones con ellos, que nos adaptemos a ellos para que sean nuestros amigos”. Jesús dice con voz fuerte: “Esto jamás, Judas. En la verdad, en la honestidad, en la conducta moral, no existen adaptaciones ni transacciones”. Y concluye: “Por otra parte me consta que hice bien. Y es  suficiente”. (Escrito el 29 de Julio de 1945).
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4-237-51 (4-100-603).- “Marta, tu hermana está con mi Madre, junto a la Madre universal, allí donde se regeneran las almas”.
* Marta llora porque su hermana María Magdalena, pomposamente vestida, ha salido con su carro y no sabe dónde está.- ■ La gente se dispersa, lentamente, por los caminos y veredas de la campiña, mientras Jesús se dirige a Cafarnaúm en la tarde que va declinando. Llega allí cuando ha entrado la noche. En silencio atraviesan la ciudad bajo la luz de la luna, única fuente luminosa que hay por las callejuelas oscuras y mal empedradas. Entran, también en silencio, en el pequeño huerto de al lado de la casa, pensando que todos estén acostados. Sin embargo, hay una luz que arde en la cocina, y tres sombras, móviles por el movimiento de la leve llama, se proyectan en la pared blanca del horno cercano. “Hay gente, Maestro, que te está esperando. Pero las cosas no pueden seguir así. Ahora mismo voy a decirles que estás muy cansado. Vete entre tanto a la terraza”. Jesús: “No, Simón. Voy a entrar en la cocina. Si Tomás tiene a estas personas esperando, señal es que hay motivo serio”. Los que estaban dentro oyeron el cuchicheo, y Tomás, el dueño de la casa, se asoma al umbral de la puerta. “Maestro, está la mujer de siempre. Desde ayer por la tarde te está esperando. Está con su siervo”, y luego en voz baja: “Está muy excitada. Llora sin descanso”. Jesús: “Está bien. Dile que venga arriba. ¿En dónde durmió?”. Tomás: “No quería dormir; pero, al final, durante unas horas, se retiró, ya casi al amanecer, a mi habitación. Hice que el siervo durmiera en uno de vuestros lechos”. Jesús: “Está bien. También esta noche dormirá, y tú dormirás en el mío”. Tomás: “No, Maestro. Iré a la terraza y me dormiré en las esteras. Dondequiera puedo dormir”. Jesús sube a la terraza…  y también Marta. ■ “La paz sea contigo, Marta. ¿Todavía lloras? ¿Pero no eres feliz?”. Marta con su cabeza dice que no. Jesús le pregunta: “¿Y por qué?”… Una larga pausa llena de sollozos, luego: “Han pasado muchas noches y María no ha vuelto. No sabemos dónde está ni yo ni Marcela ni la nodriza… Salió con su carro que había mandado preparar. Iba vestida pomposamente… ¡Oh! no quiso ponerse otra vez mi vestido… No iba semidesnuda, pero iba muy provocativa… Se llevó consigo joyas y perfumes… Y no ha regresado. Se despidió del siervo en las primeras casas de Cafarnaúm, diciéndole: «Volveré con otra compañía». Pero no ha vuelto. ¡Nos engañó! Tal vez se sintió sola, tal vez se sintió tentada… o le pasó algún mal… No ha vuelto…”. Y Marta cae de rodillas y llora con la cabeza apoyada sobre el antebrazo, apoyado a su vez sobre un montón de sacos vacíos.
* “¿No sabes que los tormentos de un tercero dan consistencia a la curación de un corazón?… Tu tormento la ha guiado al lugar donde hay paz, al lugar donde se regeneran las almas, junto a la Mujer sin mancha”.- ■ Jesús con su mirada dominadora le dice lentamente pero seguro: “No llores. Hace tres noches que María vino a Mí. Me embalsamó los pies, y junto a ellos puso todas sus joyas. De este modo se ha consagrado y para siempre; y ocupa un lugar entre mis discípulas. No la denigres en tu corazón. Te ha ganado”. Marta grita levantando su rostro desencajado:  “¿Pero dónde, dónde está mi hermana? ¿Por qué no regresó a casa? ¿Ha sido acaso asaltada? ¿Subió acaso a una barca y se ahogó? ¿O bien algún amante rechazado la ha raptado? ¡Oh, María, María mía! ¡Acababa de hallarla y ya la he perdido!”. Marta está fuera de sí. No piensa en que los que están abajo, pueden oírla. No piensa en que Jesús puede decirle dónde está su hermana. Se desespera sin querer reflexionar en nada. Jesús la sujeta por las muñecas y la obliga a estar quieta, a escucharle, dominándola con su alta estatura y con su mirada magnética: “¡Basta! Exijo de ti fe en mis palabras. Exijo de ti generosidad. ¿Has entendido?”. Y no la suelta sino hasta que ve que se tranquiliza un poco, y le dice: “Tu hermana fue a disfrutar de su gozo rodeándose de santa soledad, porque experimenta en ella el pudor supersensible de los redimidos. Te lo había dicho antes. No puede soportar la mirada dulce, pero escrutadora de su familia, que observa su nuevo vestido de esposa de la Gracia. Y lo que Yo digo es siempre verdad. Me debes creer”. ■ Marta: “Sí, Señor, sí. Pero mi María ha pertenecido por mucho tiempo al demonio. La ha vuelto a atrapar, el…”. Jesús: “Él se está vengando en ti por la presa que para siempre perdió. ¿Acaso debo ver que tú, la fuerte, caes víctima suya por un momento de abatimiento necio que no tiene razón de ser? ¿Debo ver ahora que por causa de ella, que cree en Mí, pierdes tú la radiante fe que siempre has manifestado? ¡Marta! Mírame bien. Escúchame. No escuches a Satanás. ¿No sabes que cuando se ve obligado a soltar la presa porque Dios le ha vencido, este incansable atormentador de los seres, este incansable ladrón de los derechos de Dios, se pone inmediatamente manos a la obra para encontrar otras víctimas? ¿No sabes que los tormentos de un tercero, que resiste sus asaltos porque es bueno y fiel, son los que dan consistencia a la curación de un corazón? ¿No sabes que todo lo que acaece y lo que existe en la Creación está relacionado y sigue una ley eterna de dependencias y consecuencias, de forma que el acto de uno produce vastísimas repercusiones naturales y sobrenaturales? Tú estás llorando aquí, aquí estás conociendo la duda cruel, y, a pesar de todo, continúas siendo fiel a tu Mesías aún en esta hora de tinieblas; allá, en un lugar no muy lejano, que desconoces, María está sintiendo que se despeja su última duda sobre la infinitud del perdón que ha recibido, y su llanto se cambia en sonrisa y sus sombras en luz. ■ Tu tormento la ha guiado al lugar donde hay paz, al lugar donde se regeneran las almas, junto a la Mujer sin mancha, junto a aquella que tanto es Vida, que le ha sido otorgado dar al mundo al Mesías, que es la Vida. Tu hermana está con mi Madre. ¡Oh! no es la primera que pliega velas en ese puerto de paz habiéndola llamado el suave rayo de la hermosa Estrella María a aquel seno de amor, por amor, mudo y activo, de su Hijo. Tu hermana está en Nazaret”. Marta: “Pero ¿cómo ha sido, si no conoce a tu Madre, ni tu casa?… Sola… De noche… Sin los medios necesarios… Vestida así… Un camino tan largo… ¿Cómo?”. Jesús: “¿Cómo? Como regresa la golondrina cansada a su nido que la vio nacer, atravesando mares y montes, superando temperaturas, nubes, y vientos contrarios; como regresan las golondrinas a los lugares donde pasan el invierno: por el instinto que las guía, el suave calor que las invita, el sol que las llama. Pues, también ella ha acudido al rayo que la llamaba… a la Madre universal. Y la veremos regresar a la aurora, feliz… dejadas para siempre las tinieblas, con una Mamá a su lado, la mía, y para no volver ser huérfana nunca más. ¿Puedes creer esto?”. Marta: “Sí, Señor mío”. Marta está como embelesada. Realmente Jesús se ha mostrado verdaderamente dominador: alto, erguido —y, no obstante, un poco curvado hacia Marta que estaba de rodillas— ha hablado lenta, pero firmemente, casi como para transfundir su propio ser en la agitada discípula. Pocas veces le he visto con esta potencia para persuadir con su palabra a alguien que le escucha. Pero al final, ¡qué luz, qué sonrisa hay en su rostro! Marta en su cara refleja una sonrisa y una luz más calmada. Jesús: “Y ahora vete a descansar tranquilamente”. Marta le besa las manos y baja ya tranquilizada… (Escrito el 29 de Julio de 1945).
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4-238-55 (4-101-607).- Llegada de María Stma. con María Magdalena a Cafarnaúm en medio del estruendo de un aguacero.- María Magdalena entre los discípulos.
* La Madre y María Magdalena juntas “desde que que no es más que María de Jesús”.- ■ Jesús dice: “Simón, ven conmigo. Llama también al siervo de Marta y a Santiago, mi hermano. Toma una tela gruesa y grande. Vienen dos mujeres en el camino y hay que salir a su encuentro”. Pedro le mira curioso, pero obedece sin perder tiempo. Solo cuando ya van por el camino, atravesando el pueblo hacia la parte sur, Simón pregunta: “¿Y quiénes son?”. Jesús: “Mi Mamá y María Magdalena”. La sorpresa es tal que Pedro se detiene un momento como clavado en el suelo y dice: “¡¿Tu Mamá y María de Magdala?! ¡¿Juntas?!”. Luego se echa a correr porque Jesús no se ha detenido como tampoco se detuvieron ni Santiago ni el siervo. Pero vuelve a decir: “¡Tu Madre y María de Magdala! ¡Juntas!… ¿Pero desde cuándo?”. Jesús: “Desde que no es más que María de Jesús. Date prisa, Simón. Ya comienzan a caer las primeras gotas…”. Pedro se esfuerza en ir junto a sus compañeros, todos más altos y más ligeros que él. ■ El viento alza ahora nubes de polvo del camino reseco; es un viento que a cada momento se hace más fuerte, un viento que rompe el lago y lo levanta en crestas de olas que ya se estrellan, con un primer estruendo, contra la playa. Cuando se ve el lago, se le ve convertido en una gran cazuela en pleno furor de ebullición. Olas de, al menos, un metro de altura, lo cruzan en todas direcciones, se entrechocan, crecen al unirse, se separan corriendo en direcciones opuestas en busca de otra ola con que chocarse: todo un duelo de espuma, de crestas, de prominencias abultadas, de estruendos, de bramidos, de embates contra las casas más cercanas a la orilla. Cuando las casas impiden ver el lago, éste se hace sentir con su fragor, que supera al silbido del viento que dobla árboles, arranca hojas y hace caer frutos, y también al resonar de los prolongados y amenazadores truenos, precedidos de relámpagos cada vez más frecuentes y más fuertes. Pedro resopla jadeando: “¡A saber cuánto miedo tendrán esas mujeres!”. Jesús: “Mi Mamá no. De la otra no sé. Pero, lo que está claro es que si no nos apresuramos, se van a calar”. ■ Ya han dejado atrás Cafarnaúm a unos cien metros cuando, entre nubes de polvo, en medio del primer estruendo de un aguacero que cae oblicuo y violento rayando el aire oscuro, y que pronto es una verdadera catarata que se transforma en polvo, y ciega, y quita el aliento, se ve correr a dos mujeres, en busca de refugio bajo algún árbol frondoso. “Míralas. ¡Corramos!”. Pero Pedro,  por más que el amor que siente por María le da alas, con sus piernas cortas y que no son de corredor, llega cuando Jesús y Santiago han cubierto ya a las mujeres bajo un grueso pedazo de vela. Dice Pedro anhelante: “Aquí no podemos quedarnos. Hay peligro de rayos y dentro de poco el camino será un torrente. Vámonos, Maestro. Por lo menos hasta las primeras casas”. Se van, llevando a las dos mujeres en el centro, con la tela extendida sobre sus cabezas y espaldas. ■ La primera palabra que Jesús dice a la Magdalena, que todavía viste el vestido que llevaba en la tarde del banquete de Simón, pero que trae un manto de María Santísima echado sobre los hombros, es ésta: “¿Tienes miedo, María?”. Ella, que se ha mantenido siempre con la cabeza inclinada bajo el velo de su cabellera desordenada por la carrera, se pone colorada, agacha aún más la cabeza, y en voz baja dice: “No, Señor”. También la Madre de Jesús, perdió las orquillas y parece una niña con las trenzas sobre las espaldas, pero envía una sonrisa a su Hijo que va a su lado y que le habla con esa sonrisa propia suya. Santiago de Alfeo, tocando el velo y el manto de la Virgen, dice: “Estás muy mojada, María”. Virgen: “No importa. Ahora no nos mojamos más”. Y después se dirige con dulzura a Magdalena cuya penosa vergüenza comprende: “¿No es verdad, María? Él nos ha salvado también de la lluvia”. Magdalena asiente con la cabeza. Jesús dice: “Tu hermana estará contenta de volverte a ver. Está en Cafarnaúm. Te andaba buscando”. María por un instante levanta su cabeza y fija sus maravillosos ojos en el rostro de Jesús, que le habla con la misma naturalidad que usa con las discípulas, pero no dice nada. Siente un nudo en la garganta por demasiadas emociones. Jesús concluye: “Estoy contento de haberla retenido. Después que os bendiga os dejaré partir”. Sus palabras se pierden al estallido seco de un rayo que cayó cerca. Magdalena se estremece de espanto. Se lleva las manos a la cara y rompe a llorar. Le dice Pedro: “Ya pasó. Y con Jesús no hay nada que temer”. También Santiago que está al lado de Magdalena, dice: “No llores. Las casas están ya cerca”. Magdalena: “No lloro de miedo… Lloro porque Él me dijo que me bendeciría… yo… yo…” y no puede decir más. La Virgen interviene para consolarla: “Tú, María, ya has superado tu temporal. No pienses más en él. Ahora todo es serenidad y paz. ¿No es verdad, Hijo mío?”. Jesús: “Sí, Mamá. Es verdad. Dentro de poco volverá el sol y todo será más bello, más limpio, más fresco que ayer. Igual te sucederá, María”. La Madre interviene de nuevo, y, apretando la mano de Magdalena, le dice: “Diré a Marta tus palabras. Me siento feliz de poder verla enseguida y decirle cuán llena de buena voluntad está su María”.
* “María Magdalena, a través de María Virgen, comprendió la sabiduría para llegar a Jesús”.- ■ Cafarnaúm es un desierto. El viento, la lluvia, los truenos, los relámpagos y ahora el granizo que salpica y choca contra las terrazas y fachadas son los que mandan. El lago es horriblemente majestuoso. Las casas cercanas a él sufren las embestidas de las olas, pues la playita ya no existe. Las barcas, amarradas cerca de las casas, están tan llenas de agua, que parece que hubieran naufragado, y cada nuevo golpe de mar aumenta el agua, haciendo que rebose la que ya tenían. Entran corriendo en el huerto, que se ha convertido en un charco en que flotan detritos en el agua fangosa; y del huerto van a la cocina donde todos están reunidos. Marta lanza un grito agudo cuando ve a su hermana de  la mano de María. Se le arroja al cuello. No siente que se moja al hacerlo. La besa, le dice: “¡Mirí, Mirí, amor mío!”. Tal vez era la palabra cariñosa con que saludaban a Magdalena cuando era pequeña. María llora, encorvada, con su cabeza apoyada sobre el hombro de Marta, revistiendo el vestido oscuro de Marta con su pesado velo de oro (única cosa que resplandece en la oscura cocina, donde solo hay un fueguecillo de ramajes para romper las tinieblas que no es capaz de vencer por sí sola una lamparita encendida). Los apóstoles se han quedado de piedra, y también el dueño de la casa, y la dueña, que se han asomado al grito de Marta; mas éstos, pasado el primer momento de curiosidad, se han retirado discretamente. ■ Cuando la vehemencia de los abrazos se ha calmado un poco, Marta se acuerda de Jesús, de María, de cómo es posible que todos allí estén juntos, y pregunta a su hermana, a la Virgen, a Jesús y no podría decir a quién pregunta con mayor insistencia: “¿Pero cómo estáis todos juntos?”. Jesús: “El temporal, Marta, nos acercó. Fui con Simón, Santiago y tu siervo al encuentro de las dos viajeras”. Marta está tan estupefacta que no reflexiona en el hecho de que Jesús hubiese ido, sin dudar un momento, a su encuentro y por eso no le pregunta: «¿Pero lo sabías?». Es Tomás quien se lo pregunta, pero no obtiene ninguna respuesta porque Marta pregunta a su hermana: “¿Pero cómo es que estabas con María?”. La Magdalena inclina su cabeza. La Virgen la ayuda tomándola por la mano y dice: “Llegó a mi casa como una peregrina que va al lugar donde se le pueda indicar el camino que debe seguir para llegar a la meta. Me dijo: «Enséñame qué debo hacer para pertenecer a Jesús». Pues como en ella hay voluntad verdadera y total, enseguida comprendió y aprendió esta sabiduría. Yo vi enseguida que estaba preparada para que la tomase de la mano y para que te la trajese a Ti, Hijo mío, a ti buena Marta, a vosotros, hermanos discípulos, y poder deciros: «He aquí a la nueva discípula y hermana que no proporcionará más que alegrías sobrenaturales a su Señor y a sus hermanos». Os ruego que me creáis y que la améis todos como Jesús y yo la amamos”. ■ Entonces los apóstoles se acercan a saludar a la nueva hermana. No se puede decir que no haya algo de curiosidad… ¡Pero qué se puede hacer si todavía son hombres…! Pedro con su buen sentido dice: “Está bien todo. Vosotros le aseguráis ayuda y santa amistad, pero estaría bien que pensásemos que la Mamá de Jesús y Magdalena están muy mojadas… También nosotros lo estamos… Pero ellas más. Sus cabellos destilan agua como los sauces después del huracán. Tienen sus vestidos llenos de lodo. Prendamos fuego, pidamos unos vestidos, y preparemos una comida caliente…”. Todos se ponen a trabajar. Marta lleva a la habitación a las caladas viajeras. Mientras tanto, se echa más leña al fuego, y extienden los mantos, los velos, los vestidos mojados. No sé cómo se la arreglan para proveer a todo… Sí veo que Marta, recuperada su energía de magnífica mujer de hogar, va y viene solícita, con baldes de agua caliente, con tazones de leche hervida, con vestidos que pidieron prestados a la dueña para ayudar a la dos Marías… (Escrito el 30 de Julio de 1945).
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(<Jesús, acompañado de apóstoles y mujeres, se dirigen en dirección al mar. Llegan a la ciudad de Sicaminón donde Isaac y otros discípulos están evangelizando y le aguardan>)
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4-250-133 (4-113-690).- Ejemplo tomado de los Macabeos: Parábola del lodo transformado en llama: El agua fangosa se convierte en llama viva y consume el sacrificio ordenado por Nehemías.
*  En Sicaminón, con los discípulos que han venido con Isaac.- ■ A orillas del profundo torrente, precisamente, encuentra Jesús a Isaac con muchos discípulos, conocidos unos, desconocidos otros. Entre los muchos conocidos están el sinagogo de «Aguas Claras»: Timoneo; José el acusado de incesto en Emmaús; el joven que dejó de enterrar a su padre por seguir a Jesús; Esteban; el leproso Abel, que fue curado hace un año cerca de Corozaín con su amigo Samuel; el barquero de Jericó, Salomón; y otros que no conozco ni me acuerdo si alguna vez o en algún lugar los vi. Rostros conocidos,  ya son muchos, todos conocidos como rostros de discípulos. Y hay además otros, conquistas de Isaac o de los mismos discípulos antes mencionados; siguen al núcleo principal con la esperanza de encontrar a Jesús. El encuentro es afectuoso, alegre y reverente. Isaac está radiante por la alegría de ver a su Maestro y de enseñarle su nueva grey, y como premio pide a Jesús que hable a la gente que está con él. Jesús: “¿Conoces un lugar tranquilo donde pueda uno reunirse?”. Isaac: “En el extremo del golfo hay una playa desierta. Allí hay unas casuchas de pescadores, que están deshabitadas en este tiempo, porque son malsanas y porque, además, la época de la pesca de pescado para salazón ya ha terminado y los pescadores van a la Siro-Fenicia a la pesca de la púrpura. Muchos de ellos ya creen en Ti, porque te oyeron hablar en las ciudades marítimas y por contactos con los discípulos; me han cedido sus casitas para descansar nosotros. Después de cada misión regresamos a ellas. Porque hay mucho que hacer en esta costa; está completamente corrompida por muchas cosas. Querría llegar hasta la Siro-Fenicia. Podría hacerlo por mar, porque la costa está demasiado caldeada por el sol como para recorrerla a pie. Pero yo soy pastor y no marinero; y de éstos no hay uno solo que sepa navegar”. Jesús, que está escuchando atentamente, con una leve sonrisa, un poco agachado —¡tan alto como es Él, teniendo de frente al pequeño pastor, que refiere todo como un soldado a su general!— responde: “Dios te ayuda por tu humildad. Si aquí me conocen se debe a ti, discípulo mío, no a otros…”. ■ Y, mezclados junto a apóstoles y discípulos —y no hay ni qué decir con qué manifestaciones de alegría muchos lo están (sobre todo los que ya conocían a Jesús)— vuelven sobre sus pasos y se encaminan hacia la ciudad. La rodean por su periferia hasta llegar a la punta extrema de la bahía, punta que penetra en el mar como un brazo doblado. Allí, unas pocas casuchas, esparcidas sobre la costa guijarrosa y corta, representan el lugar más miserable de la ciudad, el más deshabitado y menos continuamente poblado. Las pequeñas casuchas, resquebrajadas por la salobridad y la vejez, están cerradas y cuando las abren los discípulos, dejan ver su miserable estado. Húmedas y con el mínimo ajuar. Isaac dice: “Aquí están. Son cómodas y limpias, aunque no bonitas”. Pedro refunfuña:  “Bonitas no, pobrecillas. «Aguas Claras» (1) era un palacio real comparado con éstas. ¡Y había quien se lamentaba!…”. Isaac dice: “Para nosotros representa una fortuna”. Pedro: “¡Claro! Lo que interesa es tener un techo y amarse. ¡Oh mira! Aquí está nuestro Juan. ¿Qué tal te va? ¿Dónde estabas?”.  Pero Juan de Endor (2), no sin enviar una sonrisa a Pedro, veloz se dirige a Jesús que le saluda con palabras cariñosas. Isaac dice: “No he querido que viniera, porque no se encuentra muy bien… Prefiero que esté aquí. Se desenvuelve muy bien con la gente de la ciudad y con quien le pide noticias acerca del Mesías”. ■ De hecho el hombre de Endor está mucho más delgado que antes, pero en su rostro se refleja la serenidad. La flaqueza le da un cierto aire de dignidad, que hace pensar en uno que ha sufrido el martirio de la carne y el espíritu.  Jesús le mira atentamente y le pregunta: “¿Estás enfermo?”. Juan de Endor: “No más de cuanto lo estaba antes de encontrarte. Sufro en la carne, pero no en el corazón porque, si me juzgo bien, me estoy curando de mis particulares heridas”. Jesús mira aquellos ojos serenos y sus sienes hundidas, pero no dice más; le pone, eso sí,  una mano en el hombro, y entra con él en una de las casitas, a donde han llevado unos cántaros de agua de mar para refrescar los pies cansados y jarras de agua para aliviar la sed. ■ Afuera, en mesas rústicas, bajo la sombra de una especie de emparrado de hierbas trepadoras, se prepara lo necesario para comer. Es hermoso ver —mientras el crepúsculo va cayendo y el mar recita la plegaria de la tarde con su resaca sobre la playa de guijarros— la cena de Jesús con las mujeres y los apóstoles, sentados en torno a la tosca mesota, mientras los demás, quién sentado en tierra, quién en sillas o cestas puestas al revés, hacen círculo alrededor de la mesa principal. Pronto termina la cena, y, más rápidamente todavía, quitan la mesa (los utensilios, para los huéspedes más importantes, eran bien pocos). El mar, en la noche aún sin luna, se ha puesto de color negro; toda su imponencia se descubre en esta hora triste y solemne propia de las costas marinas.
* Juan de Endor y María Magdalena, ejemplos de conversión.- ■ Jesús, con su vestido blanco, realza su figura entre las sombras cada vez más oscuras. Se levanta de la mesa y se acerca al centro de la multitud de discípulos, mientras las mujeres se retiran. Isaac y otro encienden sobre la arena unas pequeñas hogueras para iluminar y para tener alejados a los mosquitos que vienen de las marismas cercanas. “La paz sea con vosotros. Antes del tiempo fijado, la misericordia de Dios nos une dando recíproca alegría a nuestros corazones. He escudriñado todos vuestros corazones, moralmente buenos, como lo demuestra el hecho de que estuvieseis esperándome, para que os forme; espiritualmente todavía imperfectos, como lo demuestran ciertas reacciones vuestras, que manifiestan que perdura todavía en vosotros el hombre viejo de Israel con todos sus conceptos y prejuicios, y que todavía no han salido de él, como mariposa de su larva, el hombre nuevo, el hombre del Mesías, el hombre que de Él ha recibido su amplia, luminosa y misericordiosa mentalidad, y la aún mayor caridad. Pero vosotros no os avergoncéis de que haya escudriñado vuestros corazones y leído todos sus secretos. Un buen maestro debe conocer a sus discípulos para poderles corregir sus defectos; y creedme, si es un buen maestro, no siente desagrado por sus alumnos más defectuosos, sino que es precisamente a éstos a quienes más se dedica para mejorarles. Vosotros sabéis que soy un buen Maestro. Vamos ahora a examinar juntos estas reacciones y estos prejuicios, vamos a tratar de considerar juntos el motivo de nuestra presencia aquí; y, por el gozo que nos produce este estar unidos, sepamos bendecir al Señor, que siempre,  de un bien particular obtiene un bien colectivo. ■ De vuestros propios labios he oído la admiración que experimentáis por Juan de Endor; y tanto más crece esta admiración porque él se declara un pecador convertido, y apoya su tesis de predicación, en medio de aquellos a quienes quiere conducir a Mí, en estas dos características suyas, la vieja y la nueva. Es verdad. Era un pecador. Ahora es un discípulo. Muchos de vosotros si han venido al Mesías ha sido gracias a él. Ved, pues, con qué medios, que el hombre viejo de Israel despreciaría, Dios se crea un pueblo suyo. ■ Ahora os ruego que os abstengáis de juzgar con malsano juicio la presencia de una hermana que el viejo Israel no acepta como discípula. Mandé a las mujeres a que se fuesen a descansar. Pues bien, la razón de esta orden mía, que ciertamente ha apenado a las discípulas, no era tanto la preocupación de que descansaran cuanto la de poderos dar a vosotros una santa valoración de una conversión, y la preocupación de impediros un pecado contra el amor y la justicia. María Magdalena, la gran pecadora de Israel, aquella que no tenía disculpa de su pecado, ha vuelto al Señor. ¿Y de quién debe esperar fidelidad y misericordia sino de Dios y de los siervos de Dios? Todo Israel y con él los extranjeros que viven entre nosotros, aquellos que muchos la conocen y que la critican sin piedad alguna, ahora que ya no es su cómplice de vicios, critican y se burlan de esta resurrección. Resurrección. Sí. Es la palabra más exacta. Resucitar un cuerpo no es el milagro más grande; es siempre un milagro relativo, destinado a quedar un día anulado por la muerte.  Yo no doy la inmortalidad al resucitado en cuerpo, pero sí doy eternidad al resucitado en su espíritu. Además, mientras que, en el caso de un muerto en el cuerpo, el muerto no une su voluntad de resucitar a la mía —por tanto, no hay mérito por su parte— en el resucitado en el espíritu está presente su voluntad, es más, es la primera presente; por tanto, hay mérito del resucitado. Esto no os lo digo para justificarme. A Dios sólo debo dar cuenta de mis acciones. Pero vosotros sois mis discípulos, y mis discípulos deben ser otros Jesús. No debe haber en ellos ninguna ignorancia, como tampoco ninguna de esas inveteradas culpas, que hacen que muchos estén unidos con Dios tan sólo de nombre”.
* Una materia, aun la más sucia, presentada ante la voluntad de Dios, puede transformarse en belleza pura.
.  ●  “Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón para que consuma el holocausto de la vida con el amor al Creador que la hizo. El fuego cae en el pozo profundo… y allí queda sumergido en los desagües de todos los vicios, convertido en fango, hasta que no baja a esa profundidad un sacerdote y lo lleva otra vez a la luz del sol y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio”.-Jesús: “Todo es susceptible de buenas acciones, hasta las cosas aparentemente menos apropiadas. Cuando una materia se presenta ante la voluntad de Dios —aunque se trate de la más inerte, helada y sucia— puede transformarse en movimiento, llama y belleza pura. Os voy a dar un ejemplo tomado del libro de los Macabeos (3). Cuando el rey de Persia dejó partir a Nehemías para Jerusalén, se quisieron ofrecer sacrificios en el reconstruido Templo y en el altar purificado. Nehemías recordaba cómo, en el momento en que Jerusalén fue capturada por los persas (Babilonios), los sacerdotes encargados del culto divino, tomaron el fuego del altar y lo escondieron en un lugar secreto, en el fondo de un valle, en un pozo profundo y seco, y que lo hicieron tan bien y en forma tan secreta, que sólo ellos supieron dónde se quedó el fuego sagrado. Este hecho lo recordaba Nehemías, y recordándolo, llamó a los nietos de aquellos sacerdotes para que fuesen al lugar indicado por los sacerdotes a sus hijos antes de morir —éstos a su vez se lo habían indicado a sus hijos, transmitiendo de esta forma el secreto de padres a hijos— y trajeran el fuego sagrado para encender el fuego del sacrificio. Pero cuando los nietos bajaron al pozo secreto, no encontraron fuego, sino agua espesa, un lodo sucio, fétido, pesado, que se había filtrado allí procedente de todos los albañales de la Jerusalén destruida. Y se lo dijeron a Nehemías. Mas éste ordenó que se tomase agua de aquella y que se la trajeran. Habiendo ordenado que se pusiera la leña encima del altar, y encima de la leña los sacrificios, roció abundantemente todo con el agua lodosa. Si el pueblo, asombrado, miraba con respeto, si los sacerdotes, escandalizados, obedecieron a Nehemías por respeto, fue solo porque era Nehemías el que ordenaba. Pero ¡cuánta tristeza en sus corazones, cuánta desconfianza! De la misma forma que había nubes en el cielo que ponían triste el día, en los corazones la duda sumía en la tristeza a los hombres. Pero he aquí que el sol desgarró las nubes y bajó con sus rayos al altar, y la leña rociada con el agua pantanosa se prendió con tal llama que pronto consumió el sacrificio; mientras los sacerdotes recitaban las plegarias que Nehemías había compuesto y con los himnos más hermosos de Israel, hasta que todo el sacrificio quedó consumido. Y, para persuadir a la multitud de que Dios tiene poder para realizar prodigios aun con materias menos aptas, pero empleadas con fin recto, Nehemías ordenó que con el resto del agua se asperjara una serie de grandes piedras, y, las piedras asperjadas prendieron fuego y en él se consumieron en la intensa luz que venía del altar. ■ Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón para que consuma el holocausto de la vida con amor al Creador que la hizo. Cada vida es un holocausto, si es bien vivida; cada día es un holocausto que ha de arder con santidad. Pero llegan los salteadores, los opresores del hombre y de su alma. El fuego cae en el pozo profundo, y no por necesidad santa, sino por una necedad sin nombre. Y allí, sumergido en los desagües de todos los vicios, se convierte en fango apestoso y pesado, hasta que no baja a esa profundidad un sacerdote, y lo lleva otra vez a luz del sol aquel fango, y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio”.
.   ●Tened muy bien en cuenta: no basta el heroísmo de la persona que se convierte; es necesario también el heroísmo de quien convierte (debe preceder). Porque así se logra que el fango se convierta en llama y Dios acepte como perfecto y grato a su santidad el holocausto. Es entonces cuando este fango arrepentido adquiere tal potencia que enciende hasta las piedras… ¿De donde le viene a este lodo esta propiedad? Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios, llama con llama”.-Jesús: “Porque tened muy bien cuenta: no basta el heroísmo de la persona que se convierte; es necesario también el heroísmo de quien convierte (es más, éste debería preceder a aquél, porque las almas se salvan con nuestro sacrificio). Porque así se logra que el fango se convierta en llama, y Dios acepte como perfecto y grato a su santidad el holocausto que se consume. Es entonces cuando, no bastando para persuadir al mundo de que el fango arrepentido es más abrasador que el fuego común (aunque sea fuego consagrado, que sirve solo para consumir leña y víctimas, o sea materias combustibles), este fango arrepentido adquiere tal potencia que puede encender y devorar hasta las piedras, material incombustible. ■ ¿Y no os preguntáis de dónde le viene a este lodo esta propiedad? ¿No lo sabéis? Os lo diré: Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios, llama con llama; llama que sube, llama que desciende; llama que se ofrece amando, llama que se concede amando; abrazo de dos que se aman, que se encuentran de nuevo, que se unen, formando una sola cosa. Y, como la llama más grande es la de Dios, acontece que ésta rebosa, vence, penetra, absorbe… y la llama del fango arrepentido deja de ser llama relativa de ser creado para ser llama infinita de Ser increado: del Altísimo, el Potentísimo, el Infinito, de Dios. ■ Estos son los grandes pecadores verdaderamente convertidos, totalmente convertidos, generosamente entregados a la conversión sin quedarse con nada del pasado, consumiéndose primero ellos mismos, su parte más pesada, con la llama que se levanta de su propio fango, que ha ido al encuentro de la Gracia, y que por ella ha sido tocado. ■ En verdad, en verdad os digo que muchas piedras en Israel serán presa del fuego de Dios debido a estos hornos ardientes que arderán cada vez más, hasta la consumación de la criatura humana, y que seguirán devorando con su fuego las piedras, las tibiezas, las incertidumbres, las timidezas de la Tierra, desde su elevado trono del Cielo, verdaderos espejos ustorios sobrenaturales que recogen las Luces Unas y Trinas para dirigirlas sobre el género humano y encenderlo de Dios”.
* La unión de mis sacerdotes será como la parte vital del gran cuerpo de mi Iglesia, de la que Yo seré el Espíritu Santo animador, y, alrededor de esta parte vital se concentrarán todas las infinitas partículas de los creyentes para que formen un solo cuerpo, que tendrá mi Nombre”.-Jesús: “Os repito que no tenía necesidad de justificar mis acciones, pero he querido que entraseis en mi concepto y lo hicieseis vuestro; para ahora y para otros casos futuros semejantes, cuando Yo ya no esté con vosotros. Que jamás un concepto errado, una sospecha farisea de contaminar a Dios llevándole un pecador arrepentido, os detenga en esta obra, que es el coronamiento perfecto de la misión para la que os destino. Tened siempre ante los ojos que no vine a salvar santos, sino los pecadores. Igual haced vosotros, porque el discípulo no es mayor que el Maestro y si Yo no aborrezco el tomar de la mano a los deshechos de la Tierra que sienten necesidad del Cielo —que la sienten por fin— y, con gozo, los conduzco a Dios (porque tal es mi misión, y cada conquista es una justificación de mi Encarnación humilladora del Infinito), pues no lo aborrezcáis tampoco vosotros, hombres limitados, que en mayor o menor grado habéis conocido, todos, la imperfección; hechos de la misma naturaleza que vuestros hermanos pecadores, hombres que os elijo como salvadores para que continúe mi obra hasta que perdure la Tierra, de forma que sea como si Yo estuviese viviendo en ella, como si viviese corporalmente. ■ Y así será porque la unión de mis sacerdotes será como la parte vital del gran cuerpo de mi Iglesia, de la que Yo seré el Espíritu Santo animador; y, alrededor de esta parte vital se concentrarán todas las infinitas partículas de los creyentes para que formen un solo cuerpo, que tendrá mi Nombre. Pero si faltase la vitalidad en la parte sacerdotal ¿podrían las infinitas partículas tener vida? Verdad es que Yo, estando en ese cuerpo, podría impulsar mi Vida hasta las partículas más lejanas, sin hacer caso de las cisternas y los canales cerrados e inútiles, reacios a su ministerio. Porque la lluvia penetra hasta donde quiere, y las partículas buenas, que son capaces por sí mimas de querer la vida, vivirían igualmente mi vida. ¿Pero qué sería entonces del Cristianismo? Conjunto de almas y almas, cercanas, pero separadas por canales y cisternas que ya no serían lazos de unión, distribuidores de la sangre vital proveniente de un único centro para cada una de las partículas; serían, más bien, muros y precipicios de separación, a través de los cuales las partículas se mirarían, humanamente hostiles, sobrenaturalmente entristecidas, de una orilla a otra,  diciendo en sus espíritus: «Y, con todo, éramos hermanos y como tales nos sentimos todavía, a pesar de que nos hayan separado». Cercanía. No una fusión. No un organismo. Y sobre esta ruina resplandecería con pena mi amor… Aún más, no penséis que esto valga solo para los cismas religiosos. No. Sirve también para todas las almas que quedan solas, porque los sacerdotes no quieren sostenerlas, ocuparse de ellas, amarlas, faltando con ello a su misión, que es la de decir y hacer lo que Yo digo y hago, o sea: «Venid a Mí todos vosotros, que os conduciré a Dios». Id en paz ahora, y que Dios sea con vosotros”. (Escrito el 11 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Personajes (lugares) de la Obra magna: «Aguas Claras».   2  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Juan de Endor.   3  Nota  : Cfr. 2 Mac. 1,18-36.
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(<Jesús habla a los campesinos de Yocana al que pertenecen ahora tantos los campos maldecidos así como los campesinos de Doras>)
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4-261-210 (5-124-773).- Causa de la maldición sobre los campos de Doras: su egoísmo.
* “Creedlo, la gran fuerza del Universo es el amor. Su ausencia (egoísmo) provoca todas las desventuras (muerte, enfermedad, guerra, destrucción de familias), incluso la dureza de los que no quieren convertirse” (Doras).- ■ Jesús les dice: “Porque creedlo, hijos, la gran fuerza del universo es el amor. Jamás me cansaré de decirlo. Todas las desventuras de la tierra proceden de la ausencia de amor. Comenzando por la muerte y enfermedades que nacieron de ausencia de amor de Adán y Eva hacia el Altísimo Señor.  Porque el amor es obediencia. Quien no obedece es un rebelde. Quien es un rebelde no ama a aquel contra quien se rebela. ■ ¿De dónde proceden las otras calamidades, generales o particulares como las guerras o la destrucción de una o dos familias que entre sí combaten? Del egoísmo que es ausencia de amor. Y con la destrucción de las familias se destruyen también los bienes por castigo de Dios. Porque antes o después Dios siempre castiga al que vive sin amor. Sé que por ahí circula la leyenda —y por ella algunos me odian, otros me tienen miedo en sus corazones, o me invocan cual nuevo castigo, o me soportan por temor a un castigo— sé que por aquí circula la leyenda de que fue mi mirada la que acarreó la maldición a estos campos. No, no fue mi mirada, sino el castigo del egoísmo de un injusto y cruel hombre. ¡Si mis miradas tuviesen que quemar las tierras de todos los que me odian, en verdad os digo que poco verde quedaría en Palestina! ■ Nunca me vengo de las ofensas contra Mí; pero eso sí, entrego al Padre a aquellos que obstinadamente persisten en su pecado de egoísmo para con el prójimo y que, sacrílegamente, se burlan del precepto, y que, cuantas más palabras se les dice para persuadirlos, cuantas más obras, junto a las palabras, se hacen para convencerlos en orden al amor, más crueles son. Siempre estoy dispuesto a levantar mi mano para decir a quien se arrepiente: «Yo te absuelvo. Ve en paz». Pero no ofendo al Amor condescendiendo con la dureza de los que no quieren convertirse. Tenedlo siempre presente esto, para ver las cosas en su justa luz y desmentir las leyendas, las cuales, provengan de veneración o de un airado temor, son siempre contrarias a la verdad”. (Escrito el 23 de Agosto de 1945).
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(<Jesús, apóstoles, discípulos/as, después de haber estado en el Templo celebrando la fiesta de los Tabernáculos, se han retirado a una casa de Lázaro que se encuentra en la zona del barrio de Ofel. A los discípulos se han agregado dos personas: un sacerdote de aspecto patriarcal y un levita muy joven,  seguidores de Jesús>)
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4-281-357 (5-145-932).- “¿Los Galileos asesinados por Pilatos y los 18 aplastados por la torre de Siloé, eran más pecadores?” “Si no os convertís pereceréis igualmente” (1).
* Sólo el condenado muere para la Sabidu­ría. Sin embargo, quien muere en gracia de Dios alcanza la Vida y vive en la Sabiduría”.- ■ Entran todos en un largo atrio terminado en un patio empedrado que tiene cuatro árboles en sus cuatro ángulos. Una amplia sala se abre en el piso superior; por sus ventanas abiertas, se ve toda la ciudad con sus subidas y bajadas. Deduzco, por tanto, que la casa está en las pendientes meridionales, sur-orientales de la ciudad. La sala está preparada para recibir a una gran cantidad de invitados. Han colocado gran número de me­sas, paralelas las unas a las otras. Un centenar de personas puede cómodamente comer. María Magdalena, que estaba en otra parte de la casa ocupándo­se de las despensas, viene en seguida y se postra delante de Jesús. Y viene Lázaro, con una sonrisa feliz en su cara de enfermo. Van llegan­do también los invitados: unos, un poco cohibidos; más seguros otros. Pero la amabilidad de las mujeres hace que pronto todos se sientan a gusto. ■ El sacerdote Juan (2) lleva a la presencia de Jesús a los dos que ha traído del Templo. “Maestro, mi buen amigo Jonatás y mi joven amigo Zacarías. Son auténticos israelitas, sin malicias ni rencores”. Jesús: “Paz a vosotros. Me alegro de que hayáis venido. El rito debe ser observado incluso en estas delicadas costumbres. Es hermoso que la Fe antigua tienda su mano amiga a la nueva Fe nacida de su mismo tronco. Sentaos a mi lado hasta que llegue la hora de ponerse a la mesa”. ■ Habla el patriarcal Jonatás, mientras el joven levita mira a to­das las partes, curioso, asombrado y, quizás, también acobardado. Creo que quiere dar la impresión de desenvoltura, aunque en realidad se sienta como un pez fuera del agua. Tiene la suerte de que Es­teban viene en su ayuda y le trae, uno tras otro, a los apóstoles y discípulos principales. El viejo sacerdote, acariciándose la barba de nieve, dice: “Cuando Juan vino a mí, precisamente a mí, su maestro, a que viera que estaba curado, sentí ganas de conocerte. Pero, Maestro, ya casi no salgo de mi recinto. Soy viejo… De todas formas, tenía esperanza de verte antes de morir. Yeové ha escuchado mi deseo. ¡Loado sea! Hoy te he oído en el Templo. Superas a Hilel, el anciano, el sabio. No quie­ro —es más, no puedo— dudar de que eres lo que mi corazón espera. ¿Sabes lo que significa beber durante ochenta años esta fe de Israel, como es ahora, tras siglos de… elaboración humana? Se ha hecho sangre nuestra. ¡Y soy tan viejo!… Oírte a Ti es como oír el agua que brota de manantial fresco. ¡Sí, agua virgen! Y yo… estoy harto de es­ta agua cansada que viene de muy lejos y está cargada de muchas cosas. ¿Cómo librarme de esta hartura para saborearte a Ti?”. Jesús: “Creyendo en Mí y amándome. No es necesario nada más para el justo Jonatás”. Jonatás: “¡Pero si voy a morir pronto! ¿Me va a dar tiempo a creer en todo lo que dices? Ni siquiera tendré tiempo para seguir todas tus pala­bras, o para conocerlas por boca de otros. ¿Entonces?”. Jesús: “Las aprenderás en el Cielo. Sólo el condenado muere para la Sabidu­ría. Sin embargo, quien muere en gracia de Dios alcanza la Vida y vive en la Sabiduría”.
* Os preguntáis si éstos galileos asesinados por Pilatos o si los 18 sobre los que cayó la torre de Siloé eran más peca­dores que muchos otros. No lo eran. Ellos han pagado y muchos otros pagarán si no os convertís al Señor”.- ■ Jesús pregunta a Jonatás:  “¿Qué crees que soy Yo?”. Jonatás: “Sólo puedes ser el Esperado, que ha sido precedido por el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Le conociste?”. Jesús: “Era pariente mío”. Jonatás: “¡Oh, ¿eres pariente del Bautista?!”. Jesús: “Sí, sacerdote”. Jonatás: “Ha muerto… y no puedo decir: «¡Desdichado!». Porque ha muerto fiel a la justicia, tras haber cumplido su misión, y porque… ¡Oh, qué tiempos más atroces vivimos! ¿No sería mejor volver a Abraham?”. Jesús: “Sí. Pero vendrán tiempos aún más atroces, sacerdote”. Jonatás: “¿Tú crees? Roma, ¿no es así?”. Jesús: “No sólo Roma. Israel, con su culpabilidad, será la primera cau­sa”. Jonatás: “Es verdad. Dios nos castiga. Lo merecemos. Pero también Roma… Habrás oído lo de los galileos asesinados por Pilatos mientras realizaban un sacrificio. Su sangre se unió a la de la víctima. ¡Hasta el mismo altar! ¡Hasta el mismo altar!”. Jesús: “Sí, lo he oído”. ■ Todos los galileos se alborotan por este atropello. Gritan: “Es verdad que era un falso Mesías. Pero ¿por qué ha tenido que matar a sus seguidores después de haber descargado su mano sobre él? ¿Y por qué en ese momento? ¿Es que quizás eran más pecadores?”. Jesús impone paz y dice: “¿Os preguntáis si éstos eran más peca­dores que muchos otros galileos, y si ha sido éste el motivo de su muerte? No, no lo eran. En verdad os digo que han pagado; y que muchos otros pagarán, si no os convertís al Señor. Si no hacéis todos penitencia, pereceréis todos igualmente, en Galilea y en otros lugares. Dios está enojado con su pueblo. Os lo digo. No se crea que son siempre los peores los que sufren el daño. Que cada uno se examine a sí mismo, se juzgue a sí mismo, y no a otros. También esos diecio­cho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató no eran los más pecadores de Jerusalén. Os lo digo. Haced penitencia, haced peniten­cia si no queréis morir aplastados como ellos incluso en el espíritu”.
.  ● Toca bendecir al sacerdote, porque el sacerdote debe ser siempre enaltecido por la Idea que representa y recuerda. Si no tiemblas al ofrecer ante el Altísimo, por qué temblar ante Mí, Misericordia, “que he puesto sobre mi Divinidad irresistible el velo de la carne precisamente para que el hombre pueda aproximarse a Dios sin morir por ello”.-Jesús: “Ven, sacerdote de Israel. La mesa está preparada. Te toca a ti —porque el sacerdote debe ser siempre enaltecido por la Idea que re­presenta y recuerda—, te toca a ti, patriarca entre todos nosotros más jóvenes, ofrecer y bendecir”. Jonatás: “¡No, Maestro! ¡No! ¡No puedo delante de Ti! ¡Tú eres el Hijo de Dios!”. Jesús: “¡Tú ofreces el incienso ante el altar! ¿No crees que allí está Dios?”. Jonatás: “¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!”. Jesús: “¿Entonces? Si no tiemblas en ofrecer dones ante la Gloria santí­sima del Altísimo, por qué quieres temblar ante la Misericordia, que se ha vestido de carne para traerte  —también a ti— la bendición de Dios antes de que te alcance la noche? ¡Oh, no sabéis los de Israel que he puesto sobre mi Divinidad irresistible el velo de la carne pre­cisamente para que el hombre pueda aproximarse a Dios sin morir por ello! Ven y cree, y sé feliz. En ti venero a todos los sacerdotes santos, desde Aarón hasta el último sacerdote justo de Israel; quizás hasta ti, porque, verdaderamente, la santidad sacerdotal languidece entre nosotros como planta sin sostén”. (Escrito el 20 de Septiembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 13,1-5.   2  Nota  : Cfr.  Personajes de la Obra magna: Juan el Sacerdote /Zacarías, el joven levita /Esteban.
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( <Jesús y toda una comitiva de apóstoles y mujeres van recorriendo las ciudades del otro lado de Jordán: Gerasa, Bozra, Arbela, Aera… Viajan algunos de estos trayectos con la caravana del mercader Alejandro Misace, que por asuntos de negocios se desplaza también por esos lugares. Alejandro Misace ha oído a Jesús hablar sobre la vida de las almas después de la muerte.  Ayer le oyó hablar sobre el Reino de Dios y de su fundamento: los diez mandamientos. Y todo esto causa en él una profunda reflexión>)
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4-289-403  (5-153-979).- Alejandro Misace y Síntica (1).- Salvación de los paganos.
* Las almas de los justos no quedan separadas después de la muerte. Ellos forman una única gran familia con los que viven todavía”.- ■ Alejandro dice a Jesús: “Esta noche me puse a pensar en tus palabras… en las de Ramot entre Tú y la mujer (Síntica) y en las de ayer. Ayer tenía la impresión de estar subiendo a un alto monte, como los de la tierra donde vivo, que tiene su cima verdaderamente en las nubes. Tú me llevabas hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba. Me parecía como si un águila me hubiera cogido, como una de esas que hay en nuestro monte más grande, el primero que se dejó ver después del diluvio. Todo lo veía nuevo, cosas en las que nunca había pensado, todas hechas de una luz… Y las entendía. Luego me he embrollado. Sigue hablando”. Jesús: “¿De qué?”. Alejandro: “No sé… Todo fue tan hermoso. Lo que  decías de volvernos a encontrar en el Cielo… He comprendido que allí se amará de un modo distinto y, no obstante, igual. Por ejemplo: no tendremos las preocupaciones de ahora, y, no obstante,  seremos todos para uno, y uno para todos, como si fuésemos una única familia. ¿Digo mal?”. ■ Jesús: “No. Es más, formaremos una única familia incluso con los que todavía viven. Las almas no quedan separadas con la muerte. Estoy hablando de los justos. Ellos constituyen una sola gran familia. Imagínate un gran templo donde haya unos que adoran y oran, y otros que trabajan; los primeros oran también por éstos, y éstos trabajan para los que oran. Lo mismo sucede con las almas. Nosotros trabajamos aquí en la tierra. Ellos nos ayudan con sus oraciones. Y nosotros debemos ofrecer nuestros sufrimientos por su paz. Es una cadena que no se rompe. Es el amor el que une a los que vivieron con los que viven. Y los que viven deben ser buenos para poder reunirse con los que vivieron y desean que estén con ellos”.
* “Los paganos se salvarán pero el culto pagano tendrá su culpa desde que la Ley del Mesías se difunda en el mundo”.- ■ Síntica hace un gesto involuntario, que refrena inmediatamente. Pero Jesús lo ve y la invita a hablar y a decir lo que piensa. Síntica dice:  “Pensaba… hace varios días que lo estoy pensando, y si he de decir la verdad, me turba, porque me parece que si creo en tu Paraíso, es lo mismo que perder a mi madre y hermanas…” un sollozo corta la voz de Síntica que se detiene un momento para no llorar. Jesús le pregunta: “¿Qué es lo que tanto te turba?”. Síntica: “Yo ahora creo en Ti. No puedo imaginar a mi madre más que como pagana. Era buena… ¡Oh, muy buena! Lo mismo que mis hermanas. Mi hermanita Ismene era la criatura más buena que haya pisado la Tierra. Pero eran paganas… Pero cuando yo era como ellas pensaba en el Hades y decía: «Volveremos a estar juntas». Ahora sé que no existe el Hades, existe tu Paraíso, el Reino de los Cielos para los que han servido con justicia al Dios verdadero. ¿Y qué será de esas pobres almas? No tuvieron ninguna culpa de haber nacido griegas. Ningún sacerdote de Israel les fue a decir: «El Dios verdadero es el nuestro». Y entonces ¿qué? ¿Sus virtudes, nada? ¿Sus sufrimientos, nada? ¿Y para siempre nos separaremos? Te lo digo: ¡Es un tormento! Me parece como si hubiera renegado de ellas. Perdona, Señor… No tengo más que lágrimas” y se arrodilla en medio de un gran llanto.  Alejandro Misace dice: “También yo pensaba en lo mismo. Si me hago justo, ¿encontraré a mi padre, madre, hermano, amigos…?”. ■ Jesús pone sus dedos sobre la morena cabeza de Síntica y dice: “Hay culpa cuando, conociendo la Verdad se persiste en el Error; no cuando se está convencido de estar en la verdad, y nadie vino jamás a decir: «Traigo la verdad. Dejad vuestras quimeras y abrazad esta Verdad para que obtengáis el Cielo». Dios es justo. ¿Crees tú que no va a premiar la virtud por el hecho de que se haya formado aislada en medio de la corrupción de un mundo pagano? Tranquilízate, hija”. Síntica: “¿Y el Pecado Original? ¿Y el culto nefando? Y…”. Si Jesús, con un gesto, no impusiera silencio, más cosas —para amontonarse sobre el alma afligida de Síntica— saldrían de la boca de los israelitas. Dice Jesús: “El Pecado original es común a todos: de Israel y no de Israel. No es tan sólo de los paganos. El culto pagano tendrá su culpa desde el momento en que la Ley del Mesías esté difundida en el mundo. La virtud será siempre virtud a los ojos de Dios. Y, por mi unión con el Padre, digo —y lo digo en su Nombre, traduciendo en palabras el Pensamiento Santísimo— que los caminos del poder misericordioso de Dios son tantos y tan totalmente orientados a la dicha de los virtuosos, que serán eliminadas las barreras que existen entre las almas, y los que merecieron paz tendrán paz. No sólo esto, sino que digo también que en el futuro los que,  convencidos de estar en la verdad, sigan la religión de sus padres con justicia y santidad, Dios les amará y no les castigará”.
* “Lo que separará las almas de los justos, de las almas de los pecadores.-Jesús: “Es la malicia, la falta de buena voluntad, el rechazar deliberadamente la Verdad conocida, es, sobre todo, el atacar la Verdad revelada y luchar contra ella, es el vivir vicioso lo que realmente separará para siempre las almas de los justos de las de los pecadores. Levanta tu corazón abatido, Síntica. Estas tristezas son un ataque del Infierno, porque Satanás está enojado contra ti, porque comprueba que una presa se le va de entre las manos. El Hades no existe. Existe mi Paraíso. Mas no es causa de dolor, sino de alegría. Nada de la Verdad debe ser causa de abatimiento o duda; antes al contrario, fuerza para creer cada vez más y con una gozosa seguridad. Pero tú manifiéstame siempre tus razones. Quiero que tengas luz segura y fuerte como la del sol”. Síntica que todavía está de rodillas, le toma la mano y  la besa. (Escrito el 28 de Septiembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Síntica.
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4-290-405 (5-154-982).- Lección sobre el arrepentimiento. El mercader Alejandro Misace pregunta: “¿Por qué exiges tanta fe para el milagro y antes el arrepentimiento?”.- Experiencia de Juan de Endor en su vuelta del Mal al Bien.
*  Al hombre de los ojos ulcerosos: “Di a tu mujer que tenga también fuerzas para creer completamente”.- ■ La caravana sale del vasto patio del mercader Alejandro. Sale ordenada como si se tratase de un desfile militar. Los últimos son Jesús y los suyos. Los camellos avanzan columpiando rítmicamente su cuerpo con los grandes fardos, y las cabezas, sobre los arqueados cuellos, a cada paso parecen preguntar: “¿Por qué? ¿Por qué?”, con un movimiento mudo pero típico, como el de las palomas, que a cada paso parecen decir: “sí, sí” a todo lo que ven. La caravana debe atravesar la ciudad. El aire de la mañana es transparente. Todos van envueltos porque hace fresco. Los cascabeles de los camellos, el “arre”, “arre” de los camelleros, el sonido propio de los camellos que producen al caminar, avisan a los gerasenos que Jesús parte. La noticia se difunde rápida como el rayo y los gerasenos llegan a saludarle, a traerle frutas y alimentos. Un hombre con un niñito enfermo corre: “Bendícelo, para que se cure. Compadécete de él”. Y Jesús levanta la mano, le bendice y añade: “Vete en paz. Ten fe”. ■ El hombre responde con un “sí” tan lleno de confianza, que una mujer pregunta: “¿Curarías también a mi marido que tiene úlceras en los ojos?”. Jesús: “Si sois capaces de creer, sí”. Mujer: “Entonces voy a traerle. Espérame, Señor”. Y, más que echarse a correr, vuela como una golondrina. ¡Esperar! ¡Parece fácil! Los camellos siguen avanzando. Alejandro a la cabeza de la columna, no sabe lo que pasa en la retaguardia. La única solución es mandarle un aviso. Dice Jesús: “Corre, Marziam. Ve a decir al mercader que se detenga antes de salir de los muros”. Y el niño cual flecha corre a cumplir lo que le mandaron. La caravana se detiene. El mercader viene a donde está Jesús: “¿Qué pasa?”. Jesús: “Quédate y veras”. Pronto regresa la mujer gerasena con su marido enfermo de los ojos. ¡Decía úlceras!: son dos cuevas de pus abiertas en medio de la cara. Los ojos se ven allí en el centro, enturbiados, enrojecidos, casi ciegos, entre gotas repugnantes de lágrimas. En cuanto el hombre levanta la venda obscura que protege los ojos de la luz, aumentan las lágrimas porque la luz aumenta el dolor de los ojos enfermos.  El hombre entre gemidos dice: “¡Piedad! ¡Me duele mucho!”. Jesús: “También has pecado mucho ¿De eso no te dueles? ¿Tan sólo te afliges por no poder ver este mundo de miseria? ¿No conoces nada de Dios? ¿No te causan miedo las tinieblas eternas? ¿Por qué faltaste a tu deber?”. El hombre se echa a llorar y agacha la cabeza. No pronuncia ni una palabra. La mujer también llora y dice: “Le he perdonado…”.  Jesús: “También yo le perdonaré si me jura aquí de no volver a caer en su pecado”. Hombre: “¡Sí, sí! Perdón. Ahora comprendo qué cosa trae el pecado consigo. Perdón. Perdóname como mi mujer me ha perdonado. Tú eres bueno”. Jesús: “Te perdono. Vete a lavar la cara en el río y te curarás”. La mujer gime: “El agua está fría. ¡Le hará mal, Señor!”. Pero el hombre no piensa más que en ir al riachuelo, y se va… a tientas, hasta que el apóstol Juan, movido de compasión, le toma de una mano y le guía; llega la mujer y le toma de la otra mano. El hombre baja hasta donde está el agua fría, que sale entre piedras, se agacha, toma agua con los cuencos de sus manos unidas y se lava una y otra vez la cara. No da señales de dolor. Es más, da la impresión de que lo que está haciendo le alivia. Sube a la orilla, vuelve donde Jesús, quien le pregunta: “¡Y bien! ¿Estás ya  curado?”. Hombre: “No, Señor, todavía no. Pero Tú dijiste y me curaré”. Jesús: “Entonces sigue esperando. Hasta pronto”. La mujer pierde sus ilusiones. Llora… Jesús hace señal al mercader de que puede emprender de nuevo la marcha; y éste, también desilusionado, hace pasar la voz. Los camellos empiezan nuevamente a caminar con ese movimiento suyo como de una barca que alzara y bajara la proa contra la ola, salen fuera de las murallas, toman el camino ancho y polvoriento de caravanas que va en dirección al suroeste. ■ Los últimos del grupo apostólico, esto es, Juan de Endor y Simón Zelote, apenas han sobrepasado unos veinte metros los muros, cuando un grito rompe el aire tranquilo, grito que parece llenar el mundo. Se oye otra vez, es fuerte, resuena con notas de alegría, de alabanza: “¡Veo! ¡Jesús, bendito mío! ¡Veo, veo, veo! ¡Creí y veo! ¡Jesús! ¡Jesús, bendito mío!” y el hombre con la cara completamente sana, con los ojos que ahora son bellos, cual dos encendidos carbones, llenos de luz y de vida, atraviesa por entre los apóstoles, y cae a los pies de Jesús, llegando casi hasta las pezuñas del camello del mercader que apenas tiene tiempo de que su animal se retire un poco. El hombre besa el vestido de Jesús repitiendo: “¡Creí ¡Creí y veo! ¡Bendito mío!”. Jesús: “Levántate y sé feliz. Sobre todo bueno. Di a tu mujer que tenga también fuerzas para creer completamente. Adiós”. Y Jesús se separa del hombre curado y emprende el camino.
* “¿Por qué exiges tanta fe para el milagro y antes el arrepentimiento?”.- ■ Pensativo el mercader se alisa la barba. Después pregunta: “¿Y si no hubiera seguido creyendo después de que se lavó y vio que nada le sucedió?”. Jesús: “Se hubiera quedado como estaba”. Alejandro: “¿Por qué exiges tanta fe para hacer un milagro?”. Jesús: “Porque la fe es testimonio de que hay esperanza y amor en Dios”. Alejandro: “¿Y por qué quisiste antes que se arrepintiese?”. Jesús: “Porque el arrepentimiento hace amigo de Dios”.
* “El arrepentimiento viene cuando el hombre busca y conoce a Dios”.- ■ Alejandro dice: “Yo, que no estoy enfermo, ¿qué debo hacer para testimoniar que tengo fe?”. Jesús: “Venir a la Verdad”. Alejandro: “¿Y podría llegar a la verdad sin la amistad de Dios?”. Jesús: “No podrías hacerlo sin la bondad de Dios. El Señor permite que quien —todavía sin arrepentimiento—le busca, le encuentre; porque el arrepentimiento llega cuando el hombre, conscientemente o con un mínimo atisbo de conciencia de lo que desea su alma,  busca y conoce a Dios. Al principio es como un idiota guiado tan sólo por el instinto. ¿Nunca has sentido el deseo de creer?”. Alejandro: “Muchas veces. Lo que pasaba es que no me sentía satisfecho de lo que tenía. Eso es todo. Sentía que había otra cosa, más fuerte que el dinero y los hijos, mi esperanza… Pero a la hora de la verdad no me preocupaba de tratar de saber aquello mismo que buscaba sin saberlo”. Jesús: “Tu alma buscaba a Dios. La bondad de Dios te permitió que encontrases a Dios. El arrepentimiento de tus años, pasados inútilmente, y alejado de Dios, te dará la amistad con Dios”. ■ Alejandro: “Entonces… para obtener el milagro de que vea yo con el alma la verdad ¿debo arrepentirme de mi pasado?”. Jesús: “Ciertamente. Arrepentirse y resolverse a cambiar completamente de vida…”. El mercader vuelve a alisarse la barba. Parece como si estuviese revisando y contando los cabellos del cuello de su camello, pues los ojos los tiene fijados ahí. Sin querer, golpea con el talón al animal que, al sentirlo, acelera el paso llevándose al mercader a la cabeza de la caravana.
* Juan de Endor cuenta la experiencia de su vuelta del Mal al Bien…  y “ya no me siento, como al principio, extranjero en este mundo dulce que es el tuyo”.- ■ Jesús no detiene al mercader. Al contrario, Él mismo se para, dejándose adelantar por las mujeres y los apóstoles, hasta que llegan Simón Zelote y Juan de Endor. Jesús se une a éstos y les pregunta: “¿De qué venías hablando?”. Zelote: “Hablábamos del desconsuelo que debe experimentar quien no cree en nada, o quien pierde la fe que tenía. Síntica estaba ayer realmente angustiada, aun cuando ha avanzado a una fe perfecta”. Juan de Endor: “Yo le decía a Simón que, si es penoso pasar del Bien al Mal, lo es mucho más pasar del Mal al Bien. En el primer caso, uno se siente torturado por los remordimientos de la conciencia que no se calla; en el segundo, uno se siente… desgarrado… como debe sentirse quien es llevado a un país extranjero, completamente desconocido… O es la zozobra de quien, siendo mísero e inculto, se viera puesto en medio de una corte real, entre doctos y nobles. Es un sufrimiento… Yo lo conozco… Mucho sufrimiento. Uno no se puede creer que sea verdad, que pueda durar… que se pueda merecer… sobre todo cuando se tiene el alma manchada… como estaba la mía…”. ■ Jesús le pregunta: “¿Y ahora, Juan?”. La cara extenuada de Juan de Endor, extenuada y triste, se ilumina con una sonrisa que le hace menos descarnado. Dice: “Ahora no. Queda la gratitud; es más, aumenta la gratitud hacia el Señor, que ha querido esto. Permanece el recuerdo del pasado para mantenerme humilde. Pero hay seguridad. Me siento ya aclimatado. Ya no me siento extranjero en este dulce mundo que es el tuyo, mundo de perdón y de amor. Tengo paz, serenidad, dicha”. Jesús:  “¿Tienes por buena tu experiencia?”. Juan de Endor: “Sí. Si no fuese que me duele el haber pecado, porque así contristé a Dios, diría que experimento que ese pecado mío ha sido bueno. Me puede servir de mucho para sostener a almas llenas de voluntad, pero desconcertadas en los primeros momentos de su nueva fe”. (Escrito el 29 de Septiembre de 1945).
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(<Jesús con seis apóstoles ha llegado a Alejandrocena, ciudad fenicia. En esta ciudad viven tres hermanos, Daniel-Elías-Felipe, de aquella mujer que habían conocido en Antigonio en la casa del administrador de Lázaro en Antioquía. Acogidos aquí por los tres hermanos, ahora se encuentran en el mercado de Alejandrocena, donde Jesús de dispone a predicar>)
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5-329-185 (6-17-100).- “Proponeos vivir según la Sabiduría anteponiéndola a las pobres cosas de la tierra… ¿Decís que es tarde? Escuchad una parábola”: Parábola de los obreros contratados a la viña (1)
* El tiempo de la Gracia ha llegado para todos. Teniendo Sabiduría, Justicia y Caridad dispondréis los medios de llegar al Reino de Dios, Reino, no exclusivo de Israel, sino de todos los que amen de ahora en adelante al verdadero y único Dios, y crean en la palabra de su Verbo”.- ■ Jesús ha subido encima de una caja que está colocada contra una pared. Todos, por tanto, le pueden ver bien. Ya se ha esparcido por el aire su dulce saludo, seguido luego por las palabras: “Hijos de un único Creador, escuchad”, para proseguir, en el atento silencio de la gente: “El tiempo de la Gracia para todos ha llegado, no sólo para Israel, sino para todo el mundo. Hombres hebreos que estáis aquí por di­versas razones, prosélitos, fenicios, gentiles, todos: oíd la Palabra de Dios, comprended la Justicia, conoced la Caridad. Teniendo Sabidu­ría, Justicia y Caridad, dispondréis de los medios para llegar al Rei­no de Dios, a ese Reino que no es una exclusividad de los hijos de Is­rael, sino que es de todos aquellos que amen de ahora en adelante al verdadero, único Dios, y crean en la palabra de su Verbo. ■ Escuchad. He venido de muy lejos, no con miras de usurpador, ni con la violencia del conquistador. He venido sólo para ser el Salvador de vuestras almas. Los dominios, las riquezas, los cargos, no me seducen. Para Mí no son nada; son cosas a las que ni siquiera miro. Es decir, las miro con conmiseración, porque me producen compasión siendo como son cadenas para apresar a vuestro espíritu, impidiéndole así acercarse al Señor eterno, único, universal, santo y bendito. Las miro y me acerco a ellas como a las más grandes miserias. Y trato de quitarles el lisonjero y cruel encanto que seduce a los hijos de los hombres, para que puedan usarlas con justicia y santidad, no co­mo crueles armas que hieren y matan al hombre, esto es, el alma de aquel que las usa no santamente. Pero, en verdad os digo, me es más fácil curar a un cuerpo deforme que a un alma deforme; me es más fácil dar luz a las pupilas apagadas, salud a un cuerpo agonizante, que luz a los espíritus y sa­lud a las almas enfermas. ¿Por qué? Porque el hombre ha perdido de vista el verdadero fin de su vida, y se ocupa de lo transitorio. ■ El hombre no sabe, o no recuerda, o, recordando, no quiere pres­tar obediencia a esta santa orden del Señor  —y hablo también para los gentiles que me escuchan— de hacer el bien, que es bien en Ro­ma como lo es en Atenas, en Galia o en África, porque la ley moral existe bajo todos los cielos y en todas las religiones, en todos los hombres de buen corazón, o sea, de corazón recto. Y las religiones, desde la de Dios hasta la de la moral indivi­dual, dicen que la parte mejor de nosotros sobrevive, y que según co­mo haya obrado en la tierra así será su suerte en la otra vida. Fin, pues, del hombre es la conquista de la paz en la otra vida; no las co­milonas, la usura, el abuso de la fuerza, el placer, aquí, por poco tiempo, para pagarlos eternamente con muy duros tormentos. ■ Pues bien, el hombre no sabe, o no recuerda, o no quiere recordar esta ver­dad. Si no la sabe, es menos culpable; si no la recuerda, es bastante culpable, porque hay que tener encendida la verdad, cual antorcha santa, en las mentes y en los corazones; pero, si no la quiere recor­dar, y, cuando ella ilumina, cierra los ojos para no verla, como cierra sus oídos un alumno que no quiere oír la voz de su maestro, entonces su culpa es grave, muy grave”.
.    ● “¿Habéis seguido hasta ahora un camino equivocado? Desde el mismo momento en que decís: «Quiero ser de la Verdad», o sea, de Dios, Dios infunde en vosotros la Sabiduría, siendo así poseedores de la ciencia sobrenatural, igual que los que desde años antes la poseen”.- Jesús: “Y, no obstante, Dios perdona esta culpa, si el alma se arrepiente de sus malas obras y se propone perseguir durante el resto de la vida el fin verdadero del hombre, que consiste en conquistarse la paz eterna en el Reino del Dios verdadero. ¿Habéis seguido hasta ahora un ca­mino equivocado? ¿Abatidos, pensáis que es tarde para tomar el camino recto? ¿Desconsolados, decís: «¡No sabía nada de esto! Ahora no sé qué hacer»? No. No penséis que es como con las cosas materiales, y que hace falta mucho tiempo y fatiga para rehacer de nuevo, con santidad, lo ya hecho. La bondad del eterno, verdadero Señor Dios, es tal que, ciertamente, no os hace recorrer hacia atrás la vida vivida para colocaros de nuevo en la bifurcación en que vosotros, errando, dejarais el recto sendero para seguir el equivocado; es tanta que, desde el momento en que decís: «Quiero ser de la Verdad», o sea, de Dios, porque Dios es Verdad, Dios, por un milagro enteramente espi­ritual, infunde en vosotros la Sabiduría, siendo así que ya no sois ig­norantes sino poseedores de la ciencia sobrenatural, igual que los que desde años antes la poseen”.
.    ● Sabiduría es prestar obediencia a los diez preceptos de Dios. Ésta es la Sabiduría. Quien esto hace es sabio y conquista la Vida y el Reino que no tienen fin”.- Jesús: “Sabiduría es desear tener a Dios, amar a Dios, cultivar el espíritu, tender al Reino de Dios repudiando todo lo que es carne, mundo y Sa­tanás. Sabiduría es obedecer a la ley de Dios, que es ley de caridad, de obediencia, de continencia, de honestidad. Sabiduría es amar a Dios con todo el propio ser, amar al prójimo como a nosotros mismos. Éstos son los dos elementos indispensables para ser sabios con la Sabiduría de Dios. Y en el prójimo están incluidos no sólo los que tienen nuestra misma sangre o raza o religión, sino todos los hombres, ricos o pobres, sabios o ignorantes, hebreos, prosélitos, fenicios, griegos, romanos…”. ■ Un grito amenazador interrumpe por unos instantes a Jesús. Los mira y dice: “Sí. En esto consiste el amor. Yo no soy un maes­tro servil que espera paga de otros. Digo la verdad porque debo hacerlo así para sembrar en vosotros lo necesario para la Vida eterna. Os guste o no, tengo que decíroslo, para cumplir mi deber de Redentor; os toca a vosotros cumplir con el vuestro de personas necesitadas de Redención. Luego hay que amar al prójimo. Todo el prójimo. Con un amor santo. No amarle con deshonesto concubinato de intereses, de forma que es «anatema» el romano, fenicio o prosélito —o viceversa—, mientras no hay de por medio sensualidad o dinero; y luego, si surgen en vosotros el deseo carnal o de la ganancia, ya no es «anatema»…”. ■ Otro murmullo y más fuerte se escucha de entre la multitud. Los romanos, por su parte, desde su lugar, exclaman: “¡Por Júpiter! ¡Habla bien éste!”. Jesús deja que se calme el rumor y prosigue: “Amar al prójimo como querríamos ser amados nosotros. Porque no nos agrada ser maltratados, vejados, o que nos roben o subyuguen, ni ser calumniados o que nos traten groseramente. La misma suscep­tibilidad, nacional o individual, tienen los demás. No hagamos, pues, el mal que no queremos que nos hagan otros. ■ Sabiduría es prestar obediencia a los diez preceptos de Dios: «Yo soy el Señor tu Dios. No tengas otro Dios aparte de Mí. No tengas ídolos, no les rindas culto. No tomes el Nombre de Dios en vano. Es el Nombre del Señor tu Dios, y Dios castigará a quien lo use sin motivo o por imprecación o para convalidar un pecado. Acuérdate de santificar las fiestas. El sábado está consagrado al Señor, que descansó en sábado de la Creación y le ha bendecido y santificado. Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas en paz largamente sobre la tierra y eternamente en el Cielo. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No hablarás con falsedad contra tu prójimo. No desearás la casa, la mujer, el siervo, la sierva, el buey, el asno, ni nada que pertenezca a tu prójimo». Ésta es la Sabiduría. Quien esto hace es sabio y conquista la Vida y el Reino que no tienen fin. Desde hoy, pues, proponeos vivir según la Sabiduría, anteponiéndola a las pobres cosas de la tierra. ¿Qué estáis diciendo? Hablad”.
.   ● “¿Decís que es tarde?”. Oíd. Parábola del amo de una viña que salió a contratar para su viña jornaleros.- Jesús: “¿Decís que es tarde? No. No es tarde. Escuchad una parábola. Un amo de una viña, apenas despuntado el día, salió para contratar obreros para su viña y ajustó con ellos un denario al día. Salió de nuevo a la hora tercera, y, pensando que eran pocos los jornaleros contratados, viendo en la plaza a otros desocupados en es­pera de que los contratara, los tomó y dijo: «Id a mi viña, que os daré lo que he prometido a los otros». Y éstos fueron. Habiendo salido a la hora sexta y a la hora nona, vio todavía a otros y les dijo: «¿Queréis trabajar para mí? Doy un denario al día a mis jornaleros». Aceptaron y fueron. Salió, en fin, a la hora undécima (2). Vio a otros, que, ya declinando el sol, estaban inactivos: «¿Qué hacéis aquí, tan ociosos? ¿No os da vergüenza estar sin hacer nada todo el día?», les preguntó. Jornaleros: «Nadie nos ha contratado. Hubiéramos querido trabajar y ganar­nos el pan. Pero nadie nos ha llamado a su viña». Amo: «Bien, pues yo os llamo a mi viña. Id y recibiréis el salario de los demás». Eso dijo porque era un buen patrón y sentía piedad del aba­timiento de su prójimo. ■ Llegada la noche, terminados los trabajos, el hombre llamó a su administrador, y dijo: «Llama a los jornaleros y paga su salario, se­gún lo que he fijado, empezando por los últimos, que son los más ne­cesitados, porque no han tenido durante el día el alimento que los otros una o varias veces han tenido, y, además, son los que, agradeciendo mi piedad, más han trabajado; lo he visto con mis propios ojos; diles que se vayan a descansar y gozar con su familia de los frutos de su trabajo». Y el administrador hizo como el patrón le ordenaba y dio a cada uno un denario. Habiendo llegado al final aquellos que llevaban trabajando desde la primera hora del día, se asombraron al recibir también un solo de­nario, y manifestaron sus quejas entre sí y ante el administrador, el cual dijo: «He recibido esta orden. Id a quejaros al patrón, no vengáis a quejaros a mí». Y fueron y dijeron: «¡No eres justo! Hemos trabaja­do doce horas, primero en medio del rocío, luego bajo el sol de fue­go, y luego otra vez con la humedad del anochecer, ¡y tú nos has dado lo mismo que a esos haraganes que han trabajado sólo una hora!… ¿Por qué?». ■ Y especialmente uno de ellos levantaba la voz juzgándose traicionado y explotado indignamente. Amo: «Amigo, ¿y en qué te he perjudicado? ¿Qué he pactado contigo al alba? Una jornada de continuo trabajo y, como salario, un denario. ¿No es verdad?». Jornalero: «Sí. Es verdad. Pero tú has dado lo mismo a ésos, por mucho menos trabajo…». Amo: «¿Has aceptado este salario porque te parecía bueno?». Jornalero: «Sí. He aceptado porque los otros daban incluso menos».  Amo:  «¿Te he maltratado aquí?». Jornalero: «No, en conciencia no». Amo: «Te he concedido reposo a lo largo de la jornada, y comida, ¿no es verdad? Te he dado tres comidas. Y la comida y el descanso no habí­an sido pactados. ¿No es verdad?». Jornalero: «Sí, no estaban acordados». Amo: «Entonces, ¿por qué los has aceptado?». Jornalero: «Hombre, pues… Tú dijiste: ‘Prefiero así, para evitar que os canséis volviendo a vuestras casas’. No dábamos crédito a nuestros oídos… Tu comida era buena, era un ahorro, era…». Amo: «Era un favor que os daba gratuitamente y que ninguno podía pretender. ¿No es verdad?». Jornalero: «Es verdad». Amo: «Por tanto, os he favorecido. ¿Por qué os quejáis entonces? Debería quejarme yo de vosotros, que, habiendo comprendido que tratabais con un patrón bueno, trabajabais perezosamente, mientras que éstos, que han llegado después de vosotros, habiendo gozado del beneficio de una sola comida —y los últimos de ninguna—, han traba­jado con más ahínco, haciendo en menos tiempo el mismo trabajo que habéis hecho vosotros en doce horas. Os habría traicionado si os hubiera reducido a la mitad el salario para pagar también a éstos. Pero no lo he hecho. Por tanto, coge lo tuyo y vete. ¿Pretendes venir a imponerme en mi casa lo que a ti te parece? Hago lo que quiero y lo que es justo. No quieras ser malo y tentarme a que cometa una injusticia. Yo soy bueno»”.
.   ● “En verdad os digo que el Padre Dios hace a todos el mismo pacto y les promete la misma retribución… En verdad, no siempre los primeros serán los primeros en el Reino de los Cielos… Muchos son los llamados pero pocos los escogidos porque pocos desean la Sabiduría: no es sabio el que vive del mundo y de la carne y no de Dios”.- ■ Jesús: “¡Oh, vosotros todos, que me escucháis! En verdad os digo que el Padre Dios hace a todos los hombres el mismo pacto y les promete la misma retribución. Al que con diligencia se pone a servir al Se­ñor, Él le tratará con justicia, aunque fuere poco su trabajo debido a la muerte cercana. En verdad os digo que no siempre los primeros serán los primeros en el Reino de los Cielos, y que allí veremos a úl­timos ser primeros y a primeros ser últimos. Allí veremos a hombres no pertenecientes a Israel más santos que muchos de Israel. He venido a llamar a todos, en nombre de Dios. Pero, si muchos son los lla­mados, pocos son los elegidos, porque pocos desean la Sabiduría. No es sabio el que vive del mundo y de la carne y no de Dios. No es sabio ni para la tierra ni para el Cielo: en la tierra se crea enemigos, castigos, remordimientos, y pierde el Cielo para siempre. Repito: sed buenos con el prójimo, quienquiera que sea. Sed obe­dientes, dejando a Dios la tarea de castigar a quien manda injusta­mente. Sed continentes sabiendo resistir a la sensualidad; honrados, sabiendo resistir al oro; coherentes, calificando de anatema a aquello que se lo merece, y no cuando os parece y luego estrecháis contactos con el objeto que antes habíais maldecido como idea. No hagáis a los demás lo que no querríais para vosotros, y entonces…”.
* La gente, dividida en dos partidos, se enzarza defendiendo u ofendiendo al Maestro. Intervienen los soldados romanos. ■ Los vendedores, irrumpiendo en el patio, gritan: “Vete, profeta molesto! ¡Nos has fastidiado el mercado!… ¡Nos has arrebatado los clientes!…”… Y los que habían hecho alboroto en el patio cuando Je­sús había empezado a enseñar —no todos fenicios: también hay hebreos, que están en esta ciudad por un motivo que desconozco— se unen a los vendedores para insultar y amenazar, y, sobre todo, para obligar a abandonar el lugar… Jesús no gusta porque no aconseja hacer el mal… Cruza los brazos y mira, triste, solemne. La gente, dividida en dos partidos, se enzarza, defendiendo u ofendiendo al Nazareno. Improperios, alabanzas, maldiciones, bendi­ciones, gritos de: “Tienen razón los fariseos. Eres un vendido a Ro­ma, amigo de publicanos y meretrices”, o de: “¡Callad, lenguas blas­femas! ¡Vosotros sois los vendidos a Roma, fenicios del infierno!”, “¡Sois diablos!”, “¡Que os trague el infierno!”, “¡Fuera! ¡Fuera!”, “¡Fuera vosotros, ladrones que venís a mercadear aquí, usureros!” etcétera, etcétera. Intervienen los soldados diciendo: “¡De amotinador nada! ¡Es Él la víctima!”. Y con las lanzas echan fuera del patio a todos y cierran el portón. ■ Se quedan con Jesús los tres hermanos prosélitos y los seis apóstoles. El triario pregunta a los tres hermanos: “¿Pero cómo se os ha ocurrido hacerle hablar?”. Elías responde: “¡Muchos hablan!”. El triario, viejo soldado, dice: “Sí. Y no pasa nada porque enseñan lo que gusta al hombre. Pero éste no enseña eso. Y además es difícil de entender…” y mira atenta­mente a Jesús, que ha bajado de su sitio y está callado, como abstraído. Fuera, la gente sigue enzarzada. Tanto que, del recinto militar salen otros soldados y con ellos el propio centurión. Instan para que les abran, mientras otros se quedan a rechazar tanto a quien grita: “¡Viva el Rey de Israel!”, como a quien le maldice. El centurión, inquieto, da unos pasos adelante. Arremete coléri­camente contra el viejo Aquila: “¿Así tutelas a Roma tú? ¿Dejando aclamar a un rey extranjero en la tierra dominada?”. El viejo saluda con reciedumbre y responde: “Enseñaba respeto y obediencia y hablaba de un reino que no es de esta tierra. Por eso le odian. Porque es bueno y respetuoso. No he hallado motivo para im­poner silencio a quien no iba contra nuestra ley”. El centurión se calma, y refunfuña: “Entonces es una nueva sedi­ción de esta apestosa gentuza… Bien. Dadle a este hombre la orden de marcharse inmediatamente. No quiero problemas aquí. Cumplid es­to y, en cuanto esté libre el trayecto, escoltadle hasta fuera de la ciu­dad. Que vaya a donde quiera. A los infiernos, si quiere. Pero que se vaya de mi jurisdicción. ¿Entendido?”. Triario: “Sí. Lo haremos”.  El centurión da media vuelta, con grandes resplandores de coraza y ondeos de manto purpurino, y se marcha sin siquiera mirar a Jesús.
* El soldado romano dice: “Soy un pobre pagano. De to­das formas, quién sabe si no llegaré también yo a la hora undécima”.- ■ Los tres hermanos dicen a Jesús: “Lamentamos…”. Jesús: “No tenéis la culpa vosotros. No temáis. Nada os pasará, Yo os lo digo…”. Los tres cambian de color… Felipe dice: “¿Cómo es que sabes que tenemos este temor?”. Jesús sonríe dulcemente (un rayo de sol en su rostro triste): “Co­nozco lo que hay en los corazones y en el futuro”. ■ Los soldados se han puesto al sol, a esperar; y no pierden ojo, más o menos solapadamente, mientras hacen comentarios…: “¿Podrán querernos a nosotros, si odian incluso a Ése, que no los subyuga?”. “Y que hace milagros, debes decir…”. “¡Por Hércules! ¿Quién de nosotros ha sido el que ha venido a avisar de que estaba el sospechoso y había que vigilarle?”. “¡Ha sido Cayo!”. “¡El cumplidor!  Entre tanto, ya hemos perdido el rancho y preveo que voy a perder el beso de una muchacha!… ¡Ah, sí!”. “¡Epicúreo! ¿Dónde está la muchacha?”. “¡Está claro que a ti no te lo digo, amigo!”. Otro dice: “Detrás de la casa del alfarero, en la calle de los Fundamentos. Lo sé. Te he visto hace unas noches…”. ■ El triario, como paseando, va hacia Jesús. Se mueve alrededor de Él, mirándole insistentemente. No sabe qué decir… Jesús le sonríe para infundirle ánimo. El hombre no sabe qué hacer… Pero se acerca más. Jesús, señalando las cicatrices, dice: “¿Son todas heridas? Se ve que eres un hombre valeroso y fiel…”. El viejo soldado se pone como la púrpura por el elogio. Jesús: “Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador… ¿No querrías sufrir algo por una patria más grande: el Cielo?; ¿por un eterno emperador: Dios?”. El soldado mueve la cabeza y dice: “Soy un pobre pagano. De to­das formas, quién sabe si no llegaré también yo a la hora undécima. Pero, ¿quién me instruye? ¡Ya ves!… Te echan. ¡Éstas heridas sí que hacen daño, no las mías!… Al menos yo se las he devuelto a los ene­migos. Pero Tú, a quien te hiere, ¿qué le das?”. Jesús: “Perdón, soldado. Perdón y amor”. Triario: “Tengo razón yo. La sospecha sobre Ti es estúpida. Adiós, galileo”. Jesús: “Adiós, romano”. ■ Jesús se queda solo, hasta que vuelven los tres hermanos y los discípulos, con comida: los hermanos ofrecen a los soldados; los discípulos, a Jesús. Éstos comen, inapetentes, al sol, mientras los solda­dos comen y beben alegremente.  Luego un soldado sale a dar una ojeada a la plaza silenciosa. “Po­demos ponernos en marcha” grita. “Se han ido todos. Sólo están las patrullas”. Jesús se pone en pie dócilmente. Bendice y conforta a los tres hermanos, y les da una cita para la Pascua en el Getsemaní. Luego sale, encuadrado entre los soldados. Le siguen sus discípulos, apesadumbrados. Y recorren las calles vacías, hasta la campiña. Triario: “Salve, galileo”. Jesús: “Adiós, Aquila. Te ruego que no hagáis ningún mal a Daniel, Elí­as y Felipe. Sólo Yo soy el culpable. Díselo al centurión”. Triario: “No digo nada. A estas horas ya ni se acuerda de esto. Y los tres hermanos nos proveen bien, especialmente de ese vino de Chipre que el centurión prefiere a la propia vida. Quédate tranquilo. Adiós”. Se separan. Los soldados franquean, de regreso, las puertas, mientras Jesús y los suyos se encaminan por la campiña silenciosa, en dirección Este. (Escrito el 13 de Noviembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Mt.  20,1-16.   2  Nota  : Cfr.   Anotaciones  n. 6: El día hebreo.
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5-352-336 (6-40-243).- Conversión de un amante de María Magdalena.
* La enfermedad, más de remordimiento de alma que física, terminó de prepararle a la Gracia”.-Y mientras se incendian el cielo y lago por el fuego del crepúsculo, ellos regresan a Cafarnaúm. Vienen contentos. Han asistido a un moribundo, a petición de un mensajero enviado para buscarle.  Hablan entre sí. Jesús habla poco, pero sonríe. Hacen la observación de que, si el mensajero hubiera dado mejor las señas, habrían podido ahorrar camino. Pero también dicen que la fatiga ha merecido la pena, porque un grupo de hijos de tierna edad ha recuperado a su padre sano, cuando ya se estaba enfriando por la cercana muerte; y también porque ya no están sin un mínimo de dinero. Jesús dice: “Os había dicho que el Padre proveería a todo”. El apóstol Felipe pregunta: “¿Es un antiguo amante de María de Magdala?”. Tomás responde: “Así parece… por lo que nos dijeron…”. Judas de Alfeo: “¿Qué te dijo, Señor?”. Jesús sonríe sin responder. Mateo afirma: “Más de una vez le vi con ella cuando iba a Tiberíades con mis amigos. Esto es cierto”. Santiago de Alfeo pregunta: “Hermano, dinos… ¿Te pidió ser curado y también ser perdonado?”. Iscariote, con cierto desprecio hacia Santiago, dice: “¡Qué pregunta más sin sentido! ¿Pero cuándo el Señor no exige arrepentimiento para conceder una gracia?”. Tadeo le replica: “Mi hermano no ha dicho una estupidez. Jesús cura o libra y luego dice: «Vete y no peques»”. Iscariote rebate: “Porque ve el arrepentimiento en los corazones”. Tadeo replica: “En los endemoniados no existe ni arrepentimiento ni deseo de ser liberados. Lo cual nadie lo ha demostrado. Pasa lista de todos los casos y verás que o huían o arremetían como enemigos, o por lo menos intentan una o la otra cosa, y si no lo llevaban a cabo era solo porque se lo impedían sus familiares”. Y Zelote añade: “Y por el poder de Jesús”. Iscariote: “Pero en esos casos Jesús tiene en cuenta el deseo de los familiares que representan el deseo del endemoniado, quien, si no estuviese impedido por el demonio, querría ser libertado”. Santiago de Zebedeo dice: “¡Oh cuántas sutilezas! ¿Y entonces qué decir de los pecadores? Me parece que empleas la misma fórmula, aun cuando no estén endemoniados”. Mateo hace observar: “A mí me dijo: «Sígueme» y no le había dicho ni siquiera una palabra, respecto a mi estado”. Iscariote, que siempre quiere llevar la razón a toda costa, dice: “Pero te la veía en tu corazón”. Pedro dice:  “¡Está bien! Pero ese hombre, que según voz de todos era un gran lujurioso y un gran pecador, pero no endemoniado, o, mejor, no poseído —porque un demonio, con los pecados que había cometido ese hombre, le debía tener no sólo por maestro, sino incluso por patrón—, ahora que estaba muriendo ¿qué cosa pidió?, en definitiva. Estamos paseando por las nubes, me parece… Volvamos a la primera pregunta”. ■ Jesús condesciende a su deseo y dice: “Él quería estar solo conmigo para hablar con libertad. Lo primero que ha expuesto no es su estado de salud… sino el de su espíritu. Dijo: «Estoy muriendo; es indecible con cuánta solicitud he querido que vinieras. Tengo necesidad de tu perdón para curarme. Pero me basta tu perdón. Si no me curas, me resignaré. Lo tengo merecido, pero salva mi alma» y me confesó sus innumerables pecados. Una cadena nauseabunda…”. El rostro de Jesús resplandece de alegría. ■Bartolomé observa: “¿Y sonríes, Maestro? ¡Me extraña!”. Jesús: “Sí, Bartolomé. Sonrío porque no existen más esos pecados y porque con sus culpas supe el nombre de la redentora. El apóstol en este caso fue una mujer”. Casi todos dicen: “¡Tu Madre!”. Otros: “¡Juana de Cusa! Si él iba frecuentemente a Tiberíades, tal vez la conoce”. Jesús mueve la cabeza. Le preguntan: “¿Quién entonces?”. Jesús responde: “María, la hermana de Lázaro”. Vuelven a preguntar: “¿Vino aquí? ¿Por qué no nos visitó?”. Jesús: “No vino. Escribió a su antiguo compañero de culpas. Leí las cartas. En todas ellas la misma súplica: de que la escuchara, de que se redimiera como ella se ha redimido, de seguirla en el camino del Bien, como la había seguido en el de la culpa, y con palabras y lágrimas le rogaba que quite de su conciencia un poco del peso que siente. Y le ha convertido. Tanto, que se había aislado en su casa de campiña para vencer las tentaciones de la ciudad. La enfermedad, más de remordimiento del alma que física, terminó de prepararle a la Gracia. ¿Estáis ahora contentos? ¿Comprendéis por qué sonrío?”. Todos responden: “Sí, Maestro”.  Y al ver que Jesús alarga el paso como para aislarse, se ponen a conversar en tono bajo entre sí. (Escrito el 6 de Diciembre de 1945).
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(<La comitiva de Jesús, formada por su Madre, apóstoles, discípulos y discípulas, está en Rama, ciudad del apóstol Tomás. En esta ciudad viven los padres y hermanos de Tomás.  Una vez recibidos los saludos de toda la casa, Jesús tiene unas palabras elogiosas para su apóstol Tomás, en respuesta  a la preocupación de su padre, que le ha preguntado si su hijo es digno de servirle y de merecer la vida eterna. Después de estas palabras y de bendecir a los niños de la casa y a las propiedades de la hermana de Tomás con sus hermosos viñedos, Jesús se dirige hacia el pueblo>)
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5-363-432 (6-53-337).- ¿Son pocos los que se salvarán?  Dos puertas: la estrecha y la ancha.(1).- La astucia de Herodes (2). Apóstrofe a Jerusalén (3).
* “No por la bendición, sino por sus acciones serán justos. Les he dado la fuerza de mi bendición para robustecerlos en sus acciones. Toca a ellos realizar acciones; acciones justas para conseguir el Cielo”.- ■ Salen de la viña para regresar al pueblo. La noticia de que Jesús de Nazaret está aquí se ha propagado y los de Rama están por las calles con deseos de acercarse. Jesús lo ve y dice a Tomás: “¿Por qué no se acercan? ¿Me tienen acaso miedo? Diles que les amo”. ¡Tomás no espera que se lo repita dos veces! Va de uno a otro corrillo, tan ligero que parece una mariposa volando de flor en flor. Y aquellos que oyen la invitación tampoco esperan a que se lo digan dos veces. Todos pasan la voz y, corriendo, van al encuentro de Jesús; de modo que, llegados al cruce donde está la casa de Tomás, hay ya una discreta aglomeración de personas que respetuosamente habla con los apóstoles y con los familiares de Tomás, preguntando esto o aquello. Comprendo que Tomas ha trabajado mucho durante los meses de invierno y que el pueblo conoce mucho de la doctrina evangélica. Pero quieren una explicación más detallada, ■ y uno, que se ha quedado impresionado por la bendición que Jesús ha dado a los niños de la casa que le hospeda, y por cuanto ha dicho de Tomás, pregunta: “¿Entonces por esta bendición tuya todos serán justos?”. Jesús: “No por la bendición, sino por sus acciones. Les he dado la fuerza de mi bendición para robustecerlos en sus acciones. Pero toca a ellos el realizar las acciones, y que éstas sean sólo acciones justas, para conseguir el Cielo. Yo bendigo a todos… pero no todos los de Israel se salvarán”. Y Tomás, en tono de queja, dice: “Aún más, pocos serán los que se salven, si continúan como hasta ahora”. Hombre: “¿Qué dices?”. Y Tomás le responde con su vozarrón: “La verdad. Quien persigue al Mesías y le calumnia, quien no practica lo que Él enseña, no tendrá parte en su Reino”.
* Por temor al Infierno no hago mal, ¿me salvaré obrando así?”.- ■ Un hombre le tira de la manga y señalando a Jesús, pregunta a Tomás: “¿Es muy severo?”. Tomás: “¡No, al revés! ¡Es demasiado bueno!”. Hombre: “¿Qué dices? ¿Me salvaré? No me encuentro entre los discípulos, pero tú sabes cómo soy y cómo he creído siempre en tus palabras. Más no puedo hacer. ¿Qué cosa debo hacer exactamente para salvarme, además de lo que ya hago?”. Tomás: “Pregúntaselo a Él. Tendrá mano más suave que la mía, y juicio más justo”.  El hombre se abre paso y dice: “Maestro, observo la ley y desde que Tomás me ha dicho tus palabras, trato todavía de ser más observante. Pero soy poco generoso. Hago lo que no tengo más remedio que hacer. Me abstengo de hacer lo que no está bien por temor del Infierno. Pero amo mis comodidades y… lo confieso, me las ingenio mucho para hacer las cosas sin pecar, pero también haciendo que no me cueste mucho. ¿Obrando así me podré salvar?”. ■  Jesús: “Te salvarás. Pero ¿por qué ser tan miserable con el buen Dios, que tan generoso es contigo? ¿Por qué pretender para uno mismo solo la salvación, a duras penas arrebatada, y no la sublime santidad que proporciona inmediatamente eterna paz? ¡Ánimo, hombre! ¡Sé generoso con tu alma!”. El hombre humildemente contesta: “Lo pensaré, Señor. Lo pensaré. Veo que tienes razón y que hago mal a mi alma obligándola a una larga purgación antes de conseguir la paz”. Jesús: “¡Eso es! Este pensamiento ya es un comienzo de perfeccionamiento”.
* “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha… En verdad, se verá a muchos que tratarán de entrar, pero… que no lo lograrán…”.- ■ Otro de Rama pregunta: “Señor, ¿son pocos los que se salvarán?”. Jesús: “Si el hombre supiera vivir con respeto hacia sí mismo y amor reverencial hacia Dios, todos se salvarían, como Dios lo quiere. Pero el hombre no actúa así. Como un necio, se contenta con el oropel, en vez de coger el oro verdadero. Sed generosos en amar el Bien. ¿Os cuesta? En esto está el mérito. Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. La otra, bien ancha y adornada, es una seducción de Satanás para extraviaros. La del Cielo es estrecha, baja, sin adornos, áspera. Para pasar por ella es necesario ser ágiles, ligeros, y no estar apegados a la pompa ni a la materialidad de las cosas. Es necesario ser espirituales para lograr pasar. Si no, cuando llegue la hora de la muerte, no lograréis pasarla. En verdad, se verá a muchos que tratarán de entrar, pero tan obesos de bienes materiales, tan engalanados de pompas humanas, tan endurecidos por una costra de pecado, tan incapaces de agacharse a causa de la soberbia que es ya como su esqueleto, que no lo lograrán. Entonces vendrá el Dueño del Reino a cerrar la puerta, y los que estén afuera, los que no hayan podido entrar en el debido momento, desde fuera, llamarán a la puerta gritando: «¡Señor, ábrenos! ¡Estamos también aquí nosotros!». Pero Él les dirá: «En verdad os digo que no os conozco, ni sé de dónde venís». Y ellos: «¿Cómo es posible? ¿No te acuerdas de nosotros? Comimos y bebimos contigo, te escuchamos cuando enseñabas en nuestras plazas». Pero Él responderá: «En verdad que no os reconozco. Cuanto más os miro, tanto más os veo saciados de aquellas cosas que declaré alimento impuro. En verdad, cuanto más os escudriño, tanto más me convenzo de que no sois de mi familia. En verdad, veo ahora de quién sois súbditos e hijos: del Otro. Tenéis por padre a Satanás, por madre a la Carne, por nodriza la Soberbia, por criado el Odio, por tesoro tenéis el pecado, y vuestras joyas son los vicios. En vuestro corazón está escrito: ‘Egoísmo’. Vuestras manos están manchadas con los robos que hicisteis a vuestros hermanos. ¡Fuera de aquí! ¡Alejaos de Mí, obradores de la iniquidad!». ■ Y entonces, mientras que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas y justos del Reino de Dios se presentarán viniendo de lo profundo del Cielo resplandecientes de gloria, ellos, los que no tuvieron amor sino egoísmo, no sacrificio sino molicie, serán arrojados muy lejos, recluidos en el lugar donde el llanto es eterno y no hay más que terror. Y los resucitados gloriosos, venidos de oriente y occidente, del norte y del sur, se reunirán a la mesa nupcial del Cordero, Rey de Reino de Dios. ■ Se verá entonces que muchos que parecieron «mínimos» en el ejército de la tierra serán los primeros ciudadanos del Reino. Y, de la misma forma, se verá que no todos los poderosos de Israel serán poderosos en el Cielo, ni todos los elegidos que el Mesías eligiera para el destino de siervos suyos habrán sabido merecer la elección para el banquete nupcial. Antes al contrario, se verá que muchos que fueron tenidos como los «primeros», serán no sólo los últimos, sino que no serán ni siquiera últimos. Porque muchos son los llamados, pero pocos los que de la elección habrán sabido hacerse una gloria verdadera”.
* Id y decid a esa vieja raposa que la persona que él busca está en Jerusalén. Y es que es necesario que entre en Jerusalén: no es posible que mi camino se detenga antes. Y debe cumplirse en justicia, o sea, en Jerusalén. El Bautista murió en otro lugar mas en santidad, y santidad quiere decir: «Jerusalén». Porque, si bien ahora quiere decir «Pecado», ello se refiere a lo que es solo terrestre y pronto perecerá. Yo me refiero a lo eterno, espiritual, o sea, a la Jerusalén celestial. En ella, en su santidad, mueren todos los justos y profetas. En ella moriré Yo”.- ■ Mientras Jesús está hablando, al improviso llegan unos fariseos. Forman parte de un peregrinaje que se dirige a Jerusalén, o que viene, en busca de alojamiento, de una Jerusalén saturada. Ven la concentración de gente y se acercan para ver. Pronto descubren la rubia cabeza de Jesús resplandeciente contra el fondo oscuro de la casa de Tomás. Irrumpen gritando: “Dejad paso, que queremos decir unas palabras al Nazareno”. Sin ningún entusiasmo se separa la gente. Los apóstoles ven venir hacia ellos al grupo farisaico, que saluda a Jesús: “¡Maestro, paz a Ti!”. Jesús: “La paz a vosotros ¿qué queréis?”. Fariseos: “¿Vas a Jerusalén?”. Jesús: “Como todo fiel israelita”. Fariseos: “¡No vayas! Te espera un peligro allí. Lo sabemos porque venimos de allá al encuentro de nuestras familias. Hemos venido a advertirte, porque hemos sabido que estabas en Rama”. Pedro, escamado y dispuesto a empezar una discusión, les dice: “¿Quién os lo ha dicho, si es lícito preguntarlo?”. Fariseos: “No es asunto de tu incumbencia, hombre. Basta con que sepas, tú que nos llamas serpientes, que hay muchas serpientes cerca del Maestro, y que deberías desconfiar de los muchos, y muy poderosos discípulos”. Pedro: “¿Cómo dices? ¡No querrás insinuar que Mannaén o…”. Jesús: “Silencio, Pedro. Y tú, fariseo, has de saber que ningún peligro puede apartar de su deber a un fiel. Si se pierde la vida, no pasa nada. Lo grave es perder la propia alma contraviniendo a la Ley. Pero tú lo sabes, y sabes que Yo lo sé. ¿Por qué, entonces, me tientas? ¿No sabes, acaso, que sé por qué lo haces?”. Fariseo: “No te tiento. Te digo la verdad. Muchos de nosotros serán enemigos tuyos, pero no todos. Nosotros no te odiamos. ■ Sabemos que Herodes te busca, y te decimos: márchate. Márchate de aquí, porque si Herodes te captura te mata seguro. Lo está deseando”. Jesús: “Lo está deseando, pero no lo hará. Esto Yo lo sé. ¿Y sabéis lo que os digo?:  id a decirle a esa vieja raposa que la persona que él busca está en Jerusalén. Pues vengo expulsando demonios y obrando curaciones, sin esconderme. Y lo seguiré haciendo hoy, mañana y pasado mañana, mientras dure mi tiempo. Y es que es necesario que siga caminando hasta tocar el final. Y es que es necesario que hoy y luego otra vez, y otra, y otra más, entre en Jerusalén; porque no es posible que mi camino se detenga antes. Y debe cumplirse en justicia, o sea, en Jerusalén”. Fariseo: “El Bautista murió en otro lugar”. Jesús: “Murió en santidad, y santidad quiere decir: «Jerusalén». Porque, si bien ahora Jerusalén quiere decir «Pecado», ello se refiere solo a lo que es solo terrestre y pronto perecerá. Yo me refiero a lo eterno y espiritual, o sea, a la Jerusalén de los Cielos. En ella, en su santidad, mueren todos los justos y profetas. En ella moriré Yo, e inútil es vuestro deseo de inducirme al pecado. Y moriré, además, entre las colinas de Jerusalén, pero no por mano de Herodes, sino por voluntad de quien me odia más refinadamente que él, porque ve en Mí, al usurpador del Sacerdocio apetecido, al purificador de Israel, de todas las enfermedades que lo corrompen. No le carguéis, pues, a Herodes todo el afán de matar; tomad, más bien, cada uno vuestra parte… en efecto, el Cordero está encima de un monte al que suben por todas parte lobos y chacales, para degollarle y…”. Los fariseos huyen bajo la granizada de estas verdades que queman… Jesús los mira mientras huyen.
*  Apóstrofe a Jerusalén.- “Ni tú ni tus habitantes me volveréis a ver, en mi verdadera figura, hasta que digáis «Bendito el que viene…»”.- ■ Luego Jesús se vuelve hacia el sur, hacia un claror más luminoso, que quizás indica la zona de Jerusalén, y, con tristeza, dice: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a tus profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como reúne el ave en el nido a sus pequeñuelos bajo las alas, y tú no has querido! Pues bien, tu verdadero Amo dejará tu Casa. Él vendrá, hará —como establece el rito— lo que deben hacer el primero y el último de Israel, y luego se marchará. Ya no permanecerá dentro de tu recinto, para purificarte con su presencia. Y te aseguro que ni tú ni tus habitantes me volveréis a ver, en mi verdadera figura, hasta que llegue el día en que digáis: «Bendito el que viene en el nombre del Señor»… Y vosotros de Rama recordad estas palabras, y todas las otras, para no tener parte en el castigo de Dios. Sed fieles… Pedéis marcharos. La paz sea con vosotros”. Y Jesús se retira a la casa de Tomás con todos los familiares de éste y con sus apóstoles. (Escrito el 17 de Septiembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 13,22-30; Mt. 7,13-14.  La puerta estrecha y ancha.   2  Nota  : Cfr. Lc. 13,31-33. La astucia de Herodes.   3  Nota  :  Cfr. Lc. 13,34-35. Apóstrofe sobre Jerusalén (en Rama).
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(<José de Arimatea, Nicodemo, María Magdalena, Lázaro, Zelote están conversando con Jesús en la casa de Lázaro de Betania>)
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6-365-20  (6-55-359).- “Es más fácil que se salve un niño o un fiel común que no un elevado cargo”. El alto cargo y la soberbia.
* “¡Cuántos, incluso en el futuro, se malograrán por una concepción de fe equivocada, cerrada a cualquier razonamiento!”.- ■ Hablan alrededor de la cama de Lázaro de los hechos de la maña­na. Y Lázaro se interesa tanto, que parece aliviado de su sufrimiento. José de Arimatea dice: “¿Y Gamaliel, Señor? ¿Oíste?”. Jesús: “Oí”. Nicodemo dice: “Yo, sin embargo, digo: ¡Y ese Judas de Keriot, Señor! Después de tu partida, me lo encontré vociferando como un demonio en medio de un grupo de alumnos de los rabíes. Te acusaba y te defendía al mismo tiempo. Estoy seguro que estaba convencido que no hacía sino el bien. Ellos querían encontrarte culpas, sin duda estimulados por sus maestros. Él rebatía las acusaciones con ardor inmenso, diciendo: «Solo una culpa tiene el Maestro: de no hacer ostentación de su poder. Deja escapar la hora oportuna. Cansa a los buenos con su demasiada bondad. ¡Rey es! Y como rey debe actuar. Vosotros le tratáis como a un siervo porque es bueno. Y Él, por ser solo bueno, se destruye. Vosotros, cobardes y viles, no merecéis sino el azote del poder, de un poder absoluto, violento. ¡Ah,  si pudiera yo hacer de Él un Saúl violento!»”. Jesús mueve su cabeza sin comentar nada. Nicodemo añade: “Y con todo te ama a su modo”. Lázaro exclama: “¡Qué hombre tan desconcertante!”. Zelote confirma: “Sí. Has dicho bien. Después de dos años que vivimos juntos, no le puedo comprender todavía”. Magdalena se levanta con aire de reina, y con voz clara dice: “Yo le he comprendido mejor que todos: es el oprobio junto a la Perfección. No hay otra cosa que agregar” y sale por algo, llevándose consigo a Marziam. Lázaro dice: “Tal vez María tenga razón”. José: “Lo mismo pienso yo”. Nicodemo: “¿Y Tú, Maestro, qué dices?”. ■ Jesús: “Digo que Judas es un «hombre». Como lo es Gamaliel. El hombre limitado frente al Dios infinito. El hombre es tan restringido en su modo de pensar, mientras no penetra en él un rayo sobrenatural, que puede acoger una sola idea, incrustarla dentro de sí, o incrustarse en ella, y quedarse así. Incluso contra la evidencia. Obstinado. Terco. Incluso por fidelidad a la cosa que más le ha impresionado alguna vez. En el fondo, Gamaliel tiene una fe, como pocos en Israel, en el Mesías que vislumbró y reconoció en un Niño. Y es fiel a las palabras de aquél Niño…(1). Y lo mismo Judas. Saturado de la idea mesiánica, como la mayor parte de Israel la cultiva, confirmado en ella por mi primera manifestación a él, ve,  quiere ver en Mí, al rey, a un rey temporal, poderoso… ¡y es fiel a esta idea suya! ¡Cuántos, incluso en el futuro, se malograrán por una concepción de fe equivocada, cerrada a cualquier razonamiento!”.
* El cargo elevado y la soberbia: Es más fácil que se salve un niño o un fiel común que uno elevado a cargo… El hombre es el eterno Adán, que tenía todo menos una cosa: quiso ésa… Pero el hombre muchas veces no queda en Adán sino se convierte en Lucifer: quiere la divinidad…”.- Jesús continúa: “¿Pero qué pensáis vosotros, que es fácil seguir la verdad y la justicia en todas las cosas? ¿Qué pensáis, que es fácil salvarse solo porque se sea un Gamaliel, o un Judas apóstol? No. En verdad, en verdad os digo que es más fácil que se salve un niño, un creyente común, que uno elevado a un cargo especial y especial misión. Generalmente entra, en los llamados a extraordinaria carga, la soberbia de su vocación, y esta soberbia abre las puertas a Satanás, y echa fuera a Dios. Las caídas de las estrellas son más fáciles que las de las piedras. El Maldito trata de apagar los astros y se insinúa, se insinúa, siempre falaz, para poder hacer caer a los elegidos. Si miles de personas caen en los errores comunes, su caída no arrastra más que a ellos mismos. Pero si cae uno de los elegidos, y viene a ser instrumento de Satanás en vez de serlo de Dios, su voz en vez de «mi» voz, su discípulo en vez de «mi» discípulo, entonces la ruina es mucho mayor y puede dar origen incluso a profundas herejías que hagan mal a tantísimos. El bien que yo doy a una persona producirá mucho bien si cae en un terreno humilde, y que sabe permanecer humilde; pero, si cae en un terreno soberbio, o que se hace soberbio por el don recibido, entonces el bien se convierte en mal. A Gamaliel se le concedió una de las primeras manifestaciones del Mesías. Debía ser su precoz llamamiento al Ungido; sin embargo, es la razón de su sordera a mi voz que le llama. A Judas se le concedió ser apóstol: uno de los doce apóstoles entre los millares de hombres de Israel. Esto debía ser su santificación. Pero… ¿qué será?… ■ ¡Amigos míos, el hombre es el eterno Adán!… Adán tenía todo. Todo menos una cosa. Y quiso ésa. ¡Y si el hombre queda en Adán! ¡Ah, pero muy a menudo se convierte en Lucifer! Tiene todo menos la divinidad. Y ambiciona la divinidad. Quiere lo sobrenatural para llamar la atención, para ser aclamado, temido, conocido, afamado… Y, para conseguir algo de eso que sólo Dios puede dar gratuitamente, se abraza fuertemente a Satanás, que es el eterno mono de Dios, y da sucedáneos de dones sobrenaturales. ¡Qué triste suerte espera a los ensatanizados! Os dejo amigos… Me retiro por unos momentos. Tengo necesidad de recogerme en Dios…”. Jesús, muy turbado, sale. ■ Lázaro, Nicodemo, José, Zelote se miran entre sí. José pregunta a Lázaro en voz baja: “¿Viste cómo se ha turbado?”. Lázaro: “Sí, lo he visto. Parecía como si estuviera viendo un espectáculo horrendo”. Nicodemo pregunta: “¿Qué tendrá en su corazón?”. José contesta: “Solo Él y el Eterno lo saben”. Nicodemo: “¿Tú no sabes nada, Simón?”. Zelote: “No. Pero lo cierto es que desde hace algunos meses parece muy afligido”. José: “¡Que Dios le ampare! Pero lo cierto es que el odio aumenta”. Zelote: “Sí, José. El odio aumenta… Creo que pronto el Odio va a vencer al Amor”. Lázaro: “¡No digas eso, Simón! Si debe suceder así, no volveré a pedir la curación. Es mejor morir antes de asistir al más horrendo de los errores”. Zelote: “¡De los sacrilegios, dirás, Lázaro!”. Nicodemo suspira: “Y con todo… Israel es capaz de esto. Está maduro para repetir el gesto de Lucifer, declarando la guerra al Señor”. Un silencio penoso se forma, cual mordaza que estrangula todas las gargantas. La tarde dice adiós a los cuatro, que piensan en los futuros delincuentes. (Escrito el 3 de Enero de 1946).
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1  Nota  : Según esta Obra,  un hecho marcó  la vida de Gamaliel.  Jesús, a los doce años, tiempo en que la Ley destinaba para la mayoría de edad, para cumplir lo que la Ley ordenaba, estuvo en el Templo y se sometió a examen para adquirir la mayoría de edad según los preceptos de Israel (Lc. 2,41-50). En el episodio analógico descrito por María Valtorta para la Obra sobre el Evangelio, aparecen los personajes: Gamaliel y Hilel entre estos doctores. Jesús intervino en una disputa con ellos.  Ese día, Gamaliel, impresionado por la ciencia de aquel Muchacho, oyó decirle: “Yo daré una señal…: Estas piedras del Templo se estremecerán  cuando llegue mi hora”. Estas palabras dejaron una huella profunda en Gamaliel, como se verá en esta Obra
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6-374-87 (7-64-424).- “Puedo anular el pecado de Adán pero no el pecado de renegar del Verbo-Salvador”.
* Hormigueo de razas en el día de la Parasceve en Jerusalén.- ■ Salen del Templo a las calles que revientan de gente, que se mueve presurosa, atareada en los últimos preparativos pascuales; de gente que afanosamente busca una habitación, un vestíbulo, algo donde pueda comer el cordero. Es fácil encontrarse con alguien. Como también es fácil no reconocerse, en medio de este gentío en continuo movimiento. Hay gente israelita de todas las edades, de todas las regiones en que hay israelitas y donde la sangre pura de Israel ha contraído, por mezclas de sangre o simplemente por mimetismo, semejanzas con otras razas. De forma que se ven hebreos que parecen egipcios, y también que, por los labios gruesos, las narices aplastadas y el ángulo facial,  parecen haberse mezclado con los nubios; otros que, por sus caras afiladas, pequeñas, por su cuerpo ágil,  las miradas perspicaces, delatan ser de colonias griegas o su mezcla con griegos; mientras que otros, hombres robustos y altos, de cara más bien cuadrada, revelan claramente que deben convivir con latinos; y hay también muchos que llamaríamos persas en nuestros días, con un vestigio de ojos mongólicos o indios: en los rostros  blanquísimos de los primeros, en los rostros aceitunados de los segundos. Es un caleidoscopio de caras y vestidos.
* Insultos, desprecios nunca han conducido a nada, sí la paciencia y caridad constantes”.- ■ Los ojos se cansan, tanto que es fácil que al final miren sin ver. Pero lo que a uno le pasa desapercibido otro lo observa. Es, pues, comprensible que lo que pasa desapercibido al Maestro, siempre absorto dentro de Sí cuando le dejan en paz y no le hacen preguntas, lo noten uno u otro de los que le acompañan, y que entre ellos no se dejen de hacer sus comentarios. Uno de estos, y un poco hiriente, es el que hacen acerca de un ex-discípulo que al pasar finge no verlos. Jesús lo ha oído y pregunta: “¿A quién dijiste esas palabras?”. Santiago de Zebedeo, señalándole: “¡A aquel sinvergüenza! Pero cuando quiso que le curaras, ¡entonces sí que se dejaba ver! ¡Que le venga otra vez la pústula maligna!”. Jesús: “¡Santiago! ¿Con estos sentimientos vienes a mi lado y te preparas a comer el cordero? En verdad te digo que eres más incoherente que él. Él se separó abiertamente cuando comprendió que no podía hacer lo que Yo decía. Tú te quedas conmigo y no haces lo que digo. ¿No eres acaso un pecador mayor que él?”. Santiago se pone coloradísimo, y se pone detrás de sus compañeros. ■ Juan, para ayudar a su hermano, dice: “¡Es que le duele a uno que te traten así, Maestro! Nuestro amor se rebela al ver que no te aman”. Jesús:Bueno, ¿pero pensáis que obrando de este modo los vais a llevar al amor? ¡Desprecios, malas palabras, insultos nunca han llevado a un rival o a uno que piense de forma distinta al punto a donde se le querría llevar! La dulzura, la paciencia, la caridad constantes, pese a cualquier repulsa, lo obtiene. Comprendo y compadezco vuestro corazón que sufre al ver que no me aman. Pero quisiera veros más sobrenaturales en vuestras acciones y en vuestros medios para hacer que me amen. Santiago, ven aquí. Te dije esas palabras no para molestarte. Comprendámonos y amémonos al menos nosotros los amigos… Tantos son los que no comprenden, los que afligen al Hijo del Hombre”.  Santiago ya sereno, vuelve al lado de Jesús.
* Los que no fueron buenos, aquellos para los que fue nada la venida del Mesías”.- ■ Durante un poco de tiempo caminan sin decir palabra alguna. Luego Tomás rompe el silencio con una exclamación: “¡Pero si es una verdadera vergüenza!”. Jesús: “¿El qué?”. Tomás: “¡La cobardía de tantos! Maestro ¿no ves cuántos fingen no conocerte?”. Jesús: “¡Y qué tiene que ver eso! ¿Cambiará acaso una jota de lo que está escrito acerca de Mí? No. Sólo cambia para ellos lo que se podría escribir. Porque en los libros eternos se podría decir de ellos: «Los buenos discípulos», pero se escribirá: «Los que no fueron buenos, aquellos para quienes fue nada la venida del Mesías». Palabras terribles, ¿comprendéis? Peor que aquellas dichas después que Adán y Eva pecaron. Porque Yo puedo anular este pecado, pero no podré anular el de renegar del Verbo-Salvador”. (Escrito el 2 de Enero de 1946).
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6-376-102  (7-66-438).-  El dolor de Lázaro y la salvación de María Magdalena.- La comunión de los santos y la salvación.- ¿El gozo del Paraíso puede ser alterado por el dolor de ver a un familiar condenado?
“Lázaro, es ya mucho resignarse y sufrir el dolor. Haz algo más: dale un valor superior: ofrécelo por la redención de los hombres. Dios se ha hecho Hombre para ayudar a los hombres, y éstos pueden ayudarle. Las obras de los justos se unirán a las mías a la hora de la Redención. Es tan bello fundirse con la Bondad infinita, agregar de lo que podamos dar de nuestra  bondad limitada… No hay amor más grande. Entonces el amor es perfecto”.- Muchos discípulos y discípulas ya se han despedido y han regresado a las casas que los hospedan o a las propias. En este espléndido atardecer de este abril ya avanzado, quedan en la casa de Lázaro los discípulos en el verdadero sentido de la palabra, y sobre todo los que más se dedican a la predicación, o sea, los pastores, Hermas, Esteban, Juan el sacerdote, Timoneo, Eermasteo, José de Emmaús, Salomón, Abel de Belén de Galilea, Samuel y Abel de Corozaín, Agapo, Aser e Ismael de Nazaret, Elías de Corozaín, Felipe de Arbela, José el barquero de Tiberíades, Juan de Éfeso, Nicolás de Antioquía. De las mujeres quedan todavía algunas discípulas conocidas. Analía, Dorca, María la madre de Judas Iscariote, Mirta, Anastásica, las hijas del apóstol Felipe. No veo más a Miriam, la hija del sinagogo Jairo ni a Jairo mismo. Tal vez han regresado a donde se hospedan. Pasean lentamente por los patios del palacio de Lázaro, en Jerusalén, donde han celebrado la cena pascual. Alrededor de Jesús, que está sentado junto al triclinio de Lázaro, están casi todas las mujeres y todas las antiguas discípulas. Le escuchan mientras habla con Lázaro describiendo los pueblos que han atravesado en las últimas semanas que han precedido al viaje pascual. ■ “Llegaste a tiempo para salvar al pequeñín” comenta Lázaro, después de haber oído lo sucedido en el castillo de Cesarea de Filipo, y que señala al pequeño que feliz duerme en los brazos de su madre (1). Y añade Lázaro: “Es un niño muy lindo, mujer, ¿me permites verle de cerca?”. Dorca se levanta y sin decir palabra, pero sí con aire de triunfo, presenta a su pequeñín a Lázaro que exclama: “¡Un lindo niño! ¡Bello verdaderamente! ¡Que el Señor te lo proteja y le haga crecer sabio y santo!”. Dorca, al regresar a su lugar, dice claramente: “Y fiel a su Salvador. Si no fuera, preferiría verle muerto ahora mismo. ¡Todo menos que, después de haber sido salvado, sea ingrato al Señor!”. Interviene Mirta, madre de Abel de Belén: “El Señor llega siempre a tiempo para salvar. El mío no estaba menos cerca de la muerte y ¡a qué muerte! Pero Él llegó… le salvó… ¡Qué momentos tan duros!…”. Mirta palidece nuevamente al recordarlos. ■ Lázaro, acariciando la mano de Jesús, pregunta: “Entonces vendrás a tiempo también para mí, ¿no es verdad? Para darme paz…”. Marta pregunta: “¿No te sientes un poco mejor, hermano? Desde ayer te veo muy mejorado”. Lázaro: “Sí. Y yo mismo me sorprendo. Tal vez Jesús…”. Jesús: “No amigo mío. Es que derramo en ti mi paz. Tu alma está llena de ella, y esto adormece los dolores. Es decreto de Dios que sufras”. Lázaro: “Y que muera. Dilo claro. Pues bien… que se haga su voluntad, como enseñas. Desde este momento no pediré más la curación, ni alivio alguno. Dios me ha concedido tanto (e involuntariamente mira a María Magdalena, su hermana) que es justo que le devuelva algo sometiéndome a su querer…”. ■ Jesús: “Haz algo más, amigo mío. Ya es mucho el que uno se resigne y sufra el dolor. Tú, no obstante, da al dolor un valor superior”. Lázaro: “¿Cuál señor mío?”. Jesús: “Ofrécelo por la redención de los hombres”. Lázaro: “Yo soy también un pobre hombre, Maestro. No puedo aspirar a ser redentor”. Jesús: “Eso dices tú, pero estás equivocado. Dios se ha hecho Hombre para ayudar a los hombres, y éstos pueden ayudarle. Las obras de los justos se unirán a las mías a la hora de la Redención. Las de los justos que murieron en tiempos pasados, las de los que viven, las de los que vendrán. Une las tuyas desde ahora. Es tan bello fundirse con la Bondad infinita, agregar lo que podamos dar de nuestra bondad limitada y decir: «También yo ¡oh Padre! coopero al bien de mis hermanos». No puede haber amor más grande, hacia el Señor y hacia el prójimo, que este de saber padecer y morir por dar gloria al Señor y salvación eterna a nuestros hermanos. ¿Salvarse uno para sí mismo? ¡Es poco! Es un «mínimo» de santidad. Cosa bella es salvar. Entregarse para salvar. Impulsar al amor hasta convertirnos en una hoguera inmoladora para salvar. Entonces el amor es perfecto. Y grandísima será la santidad del generoso”. Lázaro, con una embelesada sonrisa en su rostro afilado, dice: “¡Qué bello es todo esto! ¿no es verdad, hermanas mías?”. Marta asiente con la cabeza, llena de emoción. ■ Magdalena, sentada sobre un almohadón a los pies de Jesús, en su habitual posición de humildad y ardiente adoradora, pregunta: “¿Soy yo tal vez la causante de estos sufrimientos de mi hermano? ¡Dímelo, Señor, para que mi congoja sea completa!…”. Lázaro exclama: “¡No, María, no! Yo… debía morir a causa de ello. No te claves flechas en el corazón”. Pero Jesús, sincero hasta donde no más, agrega: “¡Así es! Yo he oído las oraciones de tu buen hermano y las palpitaciones de su corazón. Pero esto no debe producirte una angustia gravosa; antes bien, debe darte la voluntad de ser perfecta, por lo que cuestas. ¡Y alégrate! Alégrate por haberte Lázaro arrancado del demonio…”. Lázaro: “¡No fui yo, Maestro, sino Tú!”. Jesús: “…por haberte arrancado del demonio, se ha hecho digno de que Dios le dé un premio futuro, del que hablarán los pueblos y los ángeles. Y, lo que digo de Lázaro, lo digo de otros, y sobre todo de otras, que con sus heroísmos han arrancado la presa de las manos de Satanás”. Las mujeres, curiosas, esperando ser una de ellas, preguntan: “¿Quiénes son?”. María de Judas (2) no habla, pero mira al Maestro… Jesús también la mira. Podría hacerle cobrar esperanzas pero no lo hace. No la mortifica. Responde a todas: “Lo sabréis en el Cielo”.
* La visión y posesión de Dios son fuentes de una dicha tan infinita que para los salvados no subsiste ninguna pena… Están atentos y activos para ayudar a los que todavía pueden ser salvados. La comunión de los santos es para los santos y para aquellos que no son santos pero tienen  la voluntad pasiva de serlo. Los santos en Dios ayudan para que pasen de una voluntad pasiva a una activa. Habrá almas que se salven en el último minuto después de una vida de oraciones por ellos”.- ■ La siempre angustiada madre de Judas pregunta: “¿Y si una, a pesar de quererlo, no logra el objetivo? ¿Cuál será su destino?”. Jesús: “El que merece su buena alma”. Madre de Iscariote: “¿El cielo? Pero, Señor, una mujer, una hermana o una madre… que no lograra salvar a quienes ama, y los viera que se condenan ¿podría gozar del Paraíso, estando aún en él? ¿No crees que jamás podrá disfrutar de la alegría porque… la carne de su carne y la sangre de su sangre se ha condenado para siempre? Pienso que no podrá jamás gozar al ver al ser amado en atroces penas…”. Jesús: “Estas equivocada, María. La vista de Dios, la posesión de Dios, son fuentes de una dicha tan infinita, que para los bienaventurados no subsiste ninguna pena. Atentos y activos para ayudar todavía a los que pueden ser salvados, no sufren por los que Dios ha alejado de Sí, y, por lo tanto, de ellos mimos que están con Él. La comunión de los santos es para los santos”. ■ Pedro objeta: “Pero si siguen ayudando a los que todavía pueden ser salvados, es señal de que éstos que reciben la ayuda no son todavía santos”. Jesús:  “Pero tienen voluntad, al menos pasiva, de serlo. Los santos en Dios ayudan aun en las necesidades materiales para que sus favorecidos pasen de una voluntad pasiva a una activa. ¿Me comprendes?”. Pedro: “Sí y no. Por ejemplo, si estuviese yo en el Cielo y viese por mera suposición, un movimiento fugitivo de bondad en… Elí, el fariseo ¿qué cosa haría yo?”. Jesús: “Reunirías todos los medios para aumentar los buenos movimientos suyos”. Pedro: “¿Y si mi ayuda, luego no sirve para nada?”. Jesús: “Cuando él se condene, tú te desinteresarías de él”. Pedro: “Y si, como sucede ahora, mereciera completamente la condenación, pero yo le amara —cosa que no sucederá nunca— ¿qué debería hacer?”. ■ Jesús: “Ante todo piensa que corres peligro de condenarte tú con decir que no puedes amarle, y luego ten en cuenta que si estuvieras en el Cielo, unido con la Caridad, rogarías por él, por su salvación hasta el momento de su juicio. Habrá espíritus que se salven en el último momento después de una vida de oraciones por ellos”. (Escrito el 4  de Febrero de 1946).
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1  Nota  : Se refiere al milagro  realizado por Jesús  en el castillo de Cesarea de Filipo. Una muchacha de 17 años, viuda, llamada Dorca, después de un parto doloroso, había dado a luz a un niño muerto.  Jesús,  tomando al pequeñín, casi ya frío, y soplando fuerte sobre la boca del niño —por unos instantes la boca de Jesús y la del niño están juntas— ha producido el milagro. El niño había renacido.   2  Nota  :  María de  Judas o María de Simón, madre de Judas Iscariote.
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6-381-131 (7-71-466).- Parábola del administrador astuto (1). ¿El destino está predeterminado? Resurrección de los cuerpos. Conversión del esenio, ahora llamado Elías.
* Cristo está radiante. Y subyuga a los presentes que admirados le contemplan en silencio, como acobardados al intuir algo de misterio entre el Altísimo y su Verbo.- ■ Mucha gente está esperando al Maestro. Los apóstoles circulan entre la muchedumbre tratando de tenerla quieta y ordenada, de poner los mejores lugares para los enfermos. Algunos discípulos, tal vez los que trabajan en esta zona, y que habrán guiado hasta los confines de la Judea a los peregrinos que quisieron oír al Maestro, ayudan también. De pronto, aparece Jesús, vestido de lino blanco, pero envuelto en su manto rojo, para conciliar el calor del día con el fresco de las noches aún no veraniegas. Mira —a Él no le han visto todavía— a la gente que le está esperando y sonríe. Parece que viene de detrás del monte (parte occidental), de una altura media. Desciende rápido por el difícil sendero. Es un muchacho el que le ve a Jesús, no sé si por seguir el vuelo de unos pájaros que anidan entre los zarzales y han alzado el vuelo, asustados, por una piedra que desde lo alto ha caído rodando, o  quizás por la atracción de la mirada, y grita poniéndose de pié de un salto: “¡El señor!”. Todos se vuelven y ven a Jesús, que está ya como mucho a unos doscientos metros. Tratan de ir a su encuentro,  pero Él, con el gesto de los brazos y la voz que llega clara, tal vez por el eco del monte, les ordena a que queden donde están. Y siempre sonriente baja, y se detiene en el punto más alto del rellano. ■ Desde allí envía su saludo: “La paz sea con vosotros” y con una sonrisa especial repite el saludo a los apóstoles y discípulos que tiene a su alrededor. Jesús está radiante de belleza. Con el sol en la frente y la pared verdosa del monte a sus espaldas, parece una visión de sueño. Las horas que ha pasado en la soledad, algún hecho que no conocemos, quizás una sobreabundancia en Él de las caricias paternas, no sé realmente qué cosa sea, acentúan su siempre perfecta belleza, la hacen gloriosa y majestuosa, pacífica, serena, diría yo: gozosa, como de uno que regresa de un encuentro con la persona amada y trae consigo la alegría del momento en todo su aspecto, en la sonrisa, en los ojos. Aquí el testimonio de este amor, que es divino, se trasluce multiplicado cientos de veces respecto a lo que habitualmente es visible después de un encuentro de pobre amor humano: Cristo está radiante. Y subyuga a los presentes que admirados le contemplan en silencio, como acobardados al intuir algo de misterio entre el Altísimo y su Verbo… Es un secreto, una secreta hora de amor entre el Padre y el Hijo. Ninguno la conocerá jamás. Pero el Hijo conserva la señal, casi como si, después de haber sido el Verbo del Padre cual es en el Cielo, a duras penas pudiera volver a ser el Hijo del hombre. La infinidad, la sublimidad encuentra dificultad para ser otra vez «el Hombre». La Divinidad rebosa, estalla, irradia a través de la humanidad como óleo suave a través de un vaso de arcilla poroso, o como luz de horno a través de un velo de cristales opacos. ■ Y Jesús baja sus ojos radiantes, baja su rostro bienaventurado, esconde su sonrisa prodigiosa, inclinándose sobre los enfermos a quienes acaricia y cura, los cuales miran admirados ese rostro de sol y de amor. Terminado, se yergue y muestra a las turbas lo que es el Rostro del Pacífico, del Santo, del Dios hecho carne. Repite: “La paz sea con vosotros”. Hasta su voz es más musical que de costumbre, penetrada de notas suaves y triunfales… Poderosa se extiende sobre los oyentes, llega a sus corazones, los hace acariciar, los hace reaccionar, los invita a amar.
* ¿Cómo salvarse el hombre, rico o pobre?: aprovechando la abundancia para el bien y la pobreza para el bien”.- ■ Todos sienten esto, menos el grupo de fariseos secos, áridos, espinosos más que el monte mismo. Están como estatuas de incomprensión y de rabia en un ángulo; y menos el otro grupo que está vestido completamente de blanco y separado, que escucha desde una parte alta. Oigo que Bartolomé e Iscariote los llaman «esenios». Pedro refunfuña diciendo: “Y así tenemos una camada más de gavilanes”. Jesús, aludiendo a los esenios,  dice sonriente: “Déjalos en paz. ¡Mi palabra es para todos!”. ■ Jesús empieza a hablar: “Hermoso sería que el hombre fuese perfecto como lo quiere el Padre celestial. Perfecto en todos sus pensamientos, afectos, actos.  Pero el hombre no sabe ser perfecto y usa mal los dones de Dios, que ha dado al hombre la libertad de obrar, aunque mandando las cosas buenas y aconsejando las perfectas, a fin de que el hombre no pudiera decir: «No sabía». ¿Cómo usa el hombre la libertad que Dios le ha dado? Pues, la mayor parte de la humanidad como podría usarla un niño, o un estúpido; o como un malhechor, las otras partes. Pero luego llega la muerte y entonces el hombre tiene que presentarse ante el Juez que severo le preguntará: «¿Cómo usaste y abusaste de lo que te di?». ¡Terrible pregunta! ¡Entonces los bienes de la tierra, aquellos por los que tan a menudo el hombre se hace pecador, con qué claridad aparecerán menores que briznas de paja! Pobre —una pobreza eterna—, despojado de un vestido irreemplazable, estará abatido y tembloroso ante la majestad del Señor, y no encontrará palabras para justificarse. Porque en la Tierra es fácil justificarse, engañando a los pobres hombres. Pero en el Cielo esto no sucede. A Dios no se engaña. Jamás. ■ ¿Cómo salvarse entonces? ¿Cómo hacer que todo sirva para la salvación, incluso lo que proviene de la Corrupción, que ha mostrado los metales y las piedras preciosas como instrumentos de riqueza, que ha encendido ansias de poder y apetitos de la carne? ¿No podrá entonces el hombre —que, por muy pobre que sea, siempre puede pecar inmoderadamente deseando el oro, el poder, las mujeres, haciéndose a veces ladrón de estas cosas para poseer lo que el rico tenía—, no podrá entonces el hombre, pregunto, sea rico o pobre, salvarse nunca?  Sí puede. ¿Y cómo? Aprovechando la abundancia para el Bien; aprovechando la pobreza para el Bien. El pobre que no envidia, que no maldice ni desea lo que a otros pertenece, sino que se conforma con lo que tiene, ése, aprovecha su humilde condición para obtener de ella santidad futura. En verdad os digo que la inmensa mayoría de los pobres lo sabe hacer. Menos lo saben hacer los ricos, para los cuales la riqueza es una trampa continua de Satanás, de la triple concupiscencia”.
* Parábola del administrador astuto.
.   ● “Los hijos de este siglo son más sagaces que los hijos de la Luz”.- Jesús: “Mas escuchad la siguiente parábola, y veréis que también los ricos pueden salvarse a pesar de ser ricos, o reparar sus pasados errores con un buen uso de las riquezas, aunque hayan sido mal adquiridas. Porque Dios, que es Bueno, ha dejado a la disposición de sus hijos muchos medios para que se salven. ■ Había, pues, un rico que tenía un administrador. Algunos enemigos suyos que envidiaban su puesto, o muchos amigos del rico que se preocupaban por su fortuna, acusaron al administrador. «Despilfarra tus bienes. Se queda con una parte. No se preocupa de que produzcan. ¡Ten cuidado! ¡Toma tus providencias!». El rico, después de varias y repetidas acusaciones, mandó llamar a su administrador. Le dijo: «Me han dicho de ti esto y aquello. ¿Cómo es posible que hayas obrado de este modo? Dame cuenta de tu administración porque ya no te permito que sigas llevándola. No puedo fiarme de ti ni puedo dar un ejemplo de injusticia y de excesiva condescendencia que induciría a tus demás compañeros a actuar como tú has actuado. Ve y regresa mañana con todas las facturas, para que las examine y vea cuál es la situación de mis bienes, antes de confiarlos a un nuevo administrador». ■ Y despidió al administrador, que salió pensativo diciendo para sí: «¿Y qué voy a hacer ahora que el patrón me quita la administración? No tengo ahorros porque, convencido como estaba de que no me iban a pillar, dilapidaba en mis placeres todo lo que tomaba. Entrar como campesino, y además como subordinado, no me hace ninguna gracia, porque no estoy acostumbrado al trabajo y siento el peso de las juergas. Pedir limosna, eso me hace menos gracia todavía. ¡Demasiada humillación! ¿Qué voy a hacer?…». Pensando y pensando encontró la salida a su difícil situación. Dijo: «¡He dado con el clavo! Con el mismo medio, con que me he asegurado una buena vida hasta ahora, de hoy en adelante voy a asegurar amigos que me reciban, por agradecimiento, cuando ya no tenga la administración. Quien hace favores tiene siempre amigos. Vamos, pues, a hacer favores para recibirlos; inmediatamente además, antes de que la noticia se esparza y sea demasiado tarde». Y fue a casa de los distintos deudores de su patrón. Dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi jefe por la suma que te prestó en la primavera de hace tres años?». Le respondió: «Cien barriles de aceite, por la suma y los intereses». El administrador le dice: «¡Vaya, hombre, pobrecito! ¡Tú que estás tan cargado de hijos, afligido por enfermedades de tus hijos, tener que pagar tanto!…  ¿Pero no te prestó por un valor de treinta barriles?». El deudor le responde: «Así es. Pero  tenía necesidad urgente, y me dijo: ‘Te presto, pero con la condición de que me devuelvas todo lo que esta suma te produzca en tres años’. Ha producido por un valor de cien barriles. Los debo entregar». El administrador dice: «¡Pero, hombre, es usura! No. No. Él es rico, y a ti poco te falta para pasar hambre. Él tiene poca familia, y tú mucha. Escribe que te ha producido por valor de cincuenta barriles y no te preocupes más. Juraré que es verdad y tú tendrás bienestar». El deudor le dice: «¿No me traicionarás, no? ¿Si lo llegase a saber?». Administrador: «¡Pero hombre!… Yo soy el administrador, y lo que juro se acepta. Haz como te digo y que te vaya bien». El hombre escribió, entregó la factura y dijo: «¡Que Dios te bendiga, amigo y salvador mío! ¿Cómo pagarte esto?». Administrador: «¡Oh, con nada! Solo quiero decirte que si por ti sufriera algún daño y me echaran, me acogerías por agradecimiento». El deudor promete: «¡Claro, hombre! ¡Eso ni dudarlo!». El administrador se fue a casa de otro deudor, y mantuvo más o menos la misma conversación. Éste tenía que devolver cien fanegas de trigo porque durante tres años la sequía había acabado con sus campos y había tenido que pedir al rico el préstamo para poder dar de comer a su familia. Le dijo: «¡Oye, no te preocupes de doblar lo que te dio! ¡Negar el trigo! ¡Exigir el doble a alguien que tiene hambre e hijos, mientras sus graneros están que revientan! Escribe, ochenta fanegas». Deudor: «¿Pero si se acuerda que me dio veinte, y veinte y luego diez?». Administrador: «¿Cómo quieres que se acuerde? Yo fui quien te las di y yo no quiero acordarme. Hazlo así. Haz como te digo, y arregla tu situación. ¡Hace falta justicia entre pobres y ricos! Por mi parte, si yo fuera el patrón, hubiera pedido solo las cincuenta, y ¡tal vez hasta te las perdonaría!». Deudor: «Tú eres bueno. ¡Si todos fueran como tú! Recuerda que ésta es una casa amiga para ti». El administrador fue a ver a otros, usando el mismo método, manifestándose dispuesto a sufrir para subsanar las cosas con justicia. Y le llovieron ofertas de ayuda y bendiciones. ■ Despreocupado ya respecto al futuro, fue tranquilo, fue a ver a su jefe, el cual, por su parte, había estado siguiendo las huellas del administrador y había descubierto su jugada. Sin embargo, le alabó diciendo: «Tu acción no es buena. No te alabo por ella. Pero debo alabarte por tu sagacidad. En verdad, en verdad que los hijos del siglo son más astutos que los hijos de la Luz»”.
.    ●  Buen uso del dinero: ganarse amigos con el dinero, que en la hora de la muerte os abran las puertas eternas.- Jesús: “Y lo que dijo el rico también Yo os lo digo: «El fraude no es bueno, y no alabaré nunca al que lo cometa. Pero os exhorto a que seáis, al menos en cuanto a hijos del siglo, astutos con los medios del siglo, para darles un uso como monedas para entrar en el Reino de la Luz». O sea, con las riquezas terrenas, medios injustos en la repartición y usados para alcanzar un bienestar transitorio que no tiene valor en el Reino eterno, haceos amigos que os abran las puertas de él. Haced el bien con los medios de que disponéis; restituid lo que vosotros u otros de vuestra familia, hayáis tomado sin derecho; separaos del apego malo y culpable hacia las riquezas. Y todas estas cosas serán como amigos que, en la hora de la muerte, os abrirán las puertas eternas y os recibirán en las moradas de bienaventuranza”.
.   ● Ningún siervo puede servir a dos patrones: a Dios o a Mammona.Jesús: “¿Cómo pretendéis exigir que Dios os dé sus bienes del paraíso, si ve que no sabéis hacer buen uso ni siquiera de los bienes terrenales? ¿Pretendéis que, por una suposición imposible, admita en la Jerusalén celeste a despilfarradores? ¡Eso nunca! Allá arriba se vive caritativa, generosa y justamente. Todos para Uno y todos para todos. La comunión de los santos es una sociedad honrada, santa. Y ninguno que haya mostrado ser injusto e infiel puede entrar en ella. No digáis: «Pero allá arriba seremos fieles y justos, porque allá todo lo tendremos sin sujeción a temor alguno». No. Quien es infiel en lo poco sería infiel aunque poseyese el Todo (2), y quien es injusto en lo poco es injusto en lo mucho. Dios no confía las verdaderas riquezas a quien en la prueba terrena muestra no saber usar las riquezas terrenas. ¿Cómo puede Dios confiarnos algún día en el Cielo la misión de ayudar a vuestros hermanos de la Tierra, cuando habéis mostrado que arrebatar y cometer el fraude, o conservar avaramente lo que tenéis, es vuestra prerrogativa? ■ Por eso os negará vuestro tesoro, el que os había reservado para vosotros; y se lo dará a aquellos que supieron ser astutos en la Tierra usando incluso lo injusto y mal visto en las obras que lo hacían justo y sano. Ningún siervo puede servir a dos patrones. Porque será de uno de los dos u odiará a uno de los dos. Los dos patrones que el hombre puede elegir son Dios y Mammona. Si quiere pertenecer al primero, no puede vestirse con las insignias del segundo, ni seguir su ordenes, y medios”.
* ¿El destino del hombre está predeterminado: si condenado, condenado; si salvado, salvado?.- ■ Una voz del grupo de los esenios se levanta: “El hombre no es libre para elegir. Está obligado a seguir su destino. Y no se diga que éste está distribuido sin sabiduría. Es lo contrario: la Mente perfecta ha establecido, como propio designio perfecto, el número de los que serán dignos de los Cielos. Los otros inútilmente se esfuerzan en serlo. Así es. No puede ser de otro modo. De la misma forma que uno, saliendo de casa, puede encontrar la muerte a causa de una piedra desprendida de la cornisa, y otro, en lo más reñido de una batalla, se puede salvar hasta de la más pequeña herida, igualmente el que quiere salvarse, pero no está escrito que se haya de salvar, lo único que hará será pecar incluso sin saberlo, porque su condenación está ya designada”. Jesús: “No. Así no es. Pensando así, haces una grave injuria al Señor”. Esenio: “¿Por qué? Demuéstramelo y cambiaré de opinión”. ■ Jesús: “Porque al decir esto, admites mentalmente que Dios es injusto hacia sus criaturas. Él las ha creado de igual modo y con un mismo amor. Es un Padre. Perfecto en su paternidad, como en todas las cosas. ¿Cómo puede entonces hacer distinciones y maldecir a un hombre cuando es concebido y es un inocente embrión?”. Esenio: “Para resarcirse de la ofensa recibida del hombre”. Jesús: “No. ¡Dios no se resarce así! No se conformaría con un miserable sacrificio como éste, de un injusto y forzado sacrificio. La culpa cometida contra Dios sólo puede quitarla el Dios hecho Hombre. Él será el Expiador. No éste o aquel hombre. ¡Ojalá hubiera sido posible que Yo tuviera que quitar solo la Culpa de origen! ¡Que ningún Caín hubiera existido sobre la Tierra, ningún Lamec (3), ningún sodomita corrompido (4), ningún homicida, ladrón, fornicador, adúltero, blasfemo, perjuro, y así sucesivamente! Mas de cada uno de estos pecados el pecador, y no Dios,  es culpable y autor. Dios ha dejado libertad al hombre de elegir el Bien o el Mal”. ■ Un escriba grita: “¡No hizo bien! Nos puso en tentación más de lo necesario. Sabiendo que éramos débiles, ignorantes, drogados, gente corrompida, nos puso en la tentación. A esto se le llama imprudencia o maldad. Tú que eres justo convendrás conmigo que tengo razón”. Jesús: “Dices una mentira para tentarme. El señor había dado a Adán y a Eva todos los consejos.  ¿Y de qué sirvió?”. Escriba: “Hizo mal también entonces. No debía haber puesto el árbol, la tentación en el Jardín”. Jesús: “Y entonces ¿dónde se queda el mérito del hombre?”. Escriba: “No era necesario. Hubiera vivido sin mérito propio, sólo por mérito de Dios”.
* “¿Para qué hacer que resucite la materia? ¿Va aumentar eso el gozo de los santos?”.- “¿No es razonable y justo que cuerpo y alma, que unidos lucharon por la posesión del Cielo, vuelvan a unirse para gozar del premio?”.- ■ Un esenio pide palabra y grita: “Te quieren tentar, Maestro, deja a esas serpientes. Escúchanos a nosotros que vivimos en continencia y meditación”. Jesús: “Sí, vivís así. Pero malamente. ¿Por qué no vivir así santamente?”. El esenio no responde pero sí agrega: “De la misma forma que me has dado una razón convincente sobre el libre albedrío, y la meditaré honradamente, esperando poder aceptarla, dime pues ¿crees realmente en una resurrección de los cuerpos y en una vida de los espíritus que encontrarán su perfección allí uniéndose a los cuerpos?”. Jesús: “¿Y crees tú que Dios va a poner fin así, sin más, a la vida del hombre?”. Esenio: “Pero el alma… Dado que el premio la hace bienaventurada, ¿para qué hacer que resucite la materia? ¿Va aumentar eso el gozo de los santos?”. Jesús: “Ninguna cosa aumentará el gozo que tendrá un santo cuando posea a Dios. O sea, solo una cosa lo aumentará el último Día: el saber que el pecado ya  no existe más. ■ ¿No te parece razonable y justo que de la misma forma que durante este día cuerpo y alma estuvieron unidos, luchando por la posesión del Cielo, en el Día eterno cuerpo y alma vuelvan a unirse para gozar del premio? ¿No lo crees? Entonces ¿por qué vives en continencia y oración?”. Esenio:  “Para… para ser mejor, para ser superior a los animales que obedecen unos instintos sin freno alguno, y para ser superior a la mayoría de los hombres entregados a la animalidad aunque traigan filacterias, fimbrias, zizit, vestidos largos y se llamen «los separados»”.
* Nada termina para el que quiere el bien. Tú, esenio, vive por estas… razones sobrenaturales. Vosotros pecadores, vosotros que estáis en errores, arrepentíos. Venid desnudos al lavacro. Revestios de luz. Renaced”.- ■ ¡Anatema! Los fariseos, recibido de lleno el flechazo, que hace murmurar aprobadora a la multitud, se retuercen y gritan como obsesos: “¡Nos ha insultado, Maestro! ¡Conoces nuestra santidad! ¡Defiéndenos!”. Jesús les responde: “También él conoce vuestra hipocresía. Los vestidos no corresponden a la santidad. Haceos dignos de que se os alabe y hablaré en vuestro favor. En cuanto a ti, esenio, te digo que por demasiado poco te estás sacrificando. ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Por cuánto? Por una alabanza humana. Por un cuerpo mortal. Por un tiempo que pasa rápido como el vuelo de un halcón. Eleva tu sacrificio. Cree en el Dios verdadero, en la bienaventurada resurrección, en el libre arbitrio del hombre. Vive como asceta. Pero por estas razones sobrenaturales. Y con el cuerpo resucitado gozarás del eterno júbilo”. ■ Esenio: “¡Es tarde! ¡Soy ya viejo! Tal vez he malgastado la vida en una secta equivocada… ¡Todo ha terminado!”. Jesús: “¡No! Nada termina para el que quiere el bien. Oíd, vosotros, pecadores, vosotros que estáis en errores, vosotros, cualquiera que sea vuestro pasado. Arrepentíos. Venid a la Misericordia. Os abre los brazos. Os señala el camino. Soy fuente pura, y fuente de vida. Deshaceos de las cosas que hasta ahora os han extraviado. Venid desnudos al lavacro. Revestios de luz.  Renaced. ¿Habéis robado en los caminos, o vivido astutamente de vuestros negocios y administraciones? Venid. ¿Habéis llevado una vida de vicios y de pasiones impuras? Venid. ¿Habéis sido opresores? Venid. Arrepentíos. Venid al amor y a la paz. Dejad que el amor de Dios pueda derramarse sobre vosotros. ■ Consolad a este Amor que sufre por vuestra resistencia, miedo, titubeos. Os lo ruego en nombre del Padre  mío y vuestro. Venid a la Vida,  la Verdad, y conseguiréis la vida eterna”.
* Conversión del esenio que, desnudado a excepción del calzón corto, golpeándose el pecho y arrodillado, dice a Jesús: … “Me has curado el espíritu. Tomo un nuevo vestido, de luz, dejando atrás cualquier otro pensamiento que pudiera ser para mi vestido de error… Dame un nombre nuevo…”.- ■ …La gente empieza a marcharse del lugar, lentamente bien porque el sendero es estrecho, bien porque Jesús les atrae, pero dejan el lugar… Se quedan con Jesús los apóstoles. A su vez se ponen en marcha, y van hablando. Buscan sombra caminando al lado de un pequeño bosquecillo de tamarices de desordenadas frondas. ■ Pero dentro hay un esenio. El que ha hablado con Jesús. Se está quitando sus vestiduras blancas.  Pedro, que va delante de todos, lleno de estupor al ver que el hombre se queda sólo con el calzón corto, se echa a correr hacia el grupo diciendo: “¡Maestro! ¡Un loco! El que hablaba contigo, el esenio. Se ha desnudado y llora y suspira. No podemos ir allí”. Pero el hombre, delgado, con poblada barba, su cuerpo completamente desnudo a excepción del calzón corto y las sandalias, ya sale de la espesura del bosquete y viene hacia Jesús llorando y golpeándose el pecho. Se arrodilla: “Yo soy el curado milagrosamente en el corazón. Me has curado el espíritu. Obedezco tu palabra. Tomo nue­vo vestido, de luz, dejando atrás cualquier otro pensamiento que pudiera ser para mí vestido de error. Me separo para meditar sobre el Dios verdadero, para alcanzar la vida y la resurrección. ¿Es suficiente? ■ Dame un nuevo nombre y un lugar donde vivir de Ti y de tus palabras”. Los apóstoles comentan entres sí: “¡Está loco! ¡No sabemos vivir nosotros que hemos oído tantas! y él… por un solo discurso…”. Pero el hombre, que lo oye, dice: “¿Queréis poner límites a Dios? Él me ha quebrantado el corazón para darme un espíritu libre. ¡Se­ñor!…” suplica con los brazos extendidos hacia Jesús, que le dice: “Sí. Llámate Elías y sé fuego. Aquel monte está lleno de caver­nas. Ve a él, y, cuando sientas temblar la tierra por un tremendo terremoto, sal y busca a los siervos del Señor para unirte a ellos. Habrás nacido de nuevo, para ser siervo tú también. Ve”. El hombre le besa los pies, se alza y se pone en camino.  Asombrados preguntan:  “¿Pero va así desnudo?”. Jesús: “Dadle un manto, un cuchillo, yesca y eslabón, y un pan. Cami­nará hoy y mañana, y luego se retirará en oración al lugar donde es­tuvimos nosotros. El Padre se ocupará de su hijo”. Andrés y Juan se echan a correr y le dan alcance cuando ya está para desaparecer tras un recodo. Vuelven diciendo: “Todo ha cogido. Le hemos indicado también el lugar donde hemos estado. ■ ¡Qué conquista tan inesperada, Señor!”. Jesús: “Dios hace germinar flores hasta en las rocas. También en los de­siertos de los corazones hace que nazcan espíritus de voluntad para con­suelo mío. Ahora vamos hacia Jericó. Nos alojaremos en alguna casa del campo”. (Escrito el 10 de Febrero de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Lc.  16,1-15.   2  Nota  : “El que es  infiel en lo poco sería infiel aunque poseyera el Todo”. La expresión, que debe de entenderse a la luz de Lucas 16,10-12, fue aclarada por María Valtorta con la siguiente observación en una copia mecanografiada:  Lenguaje figurado para hacer comprensible la comparación. Es cierto que en el Cielo no se puede pecar ni ser infelices porque los que están en el Cielo están ya confirmados en Gracia y ya no pueden pecar. Pero Jesús pone esta comparación para ser comprendido más fácilmente.   3  Nota  : Cfr. Gén. 4.   4  Nota  : Cfr. Gén. 19,1-29.
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6-383-152 (7-73-485).- Discurso de Jesús sobre la muerte y sobre aquello que la Sabiduría señala como causa de la muerte de las almas, en el vado del Jordán.
La vida es la preparación de la muerte y la muerte es la preparación a la Vida sin fin”.- ■ Las riberas de Jordán cercanas al vado parecen un campamento de nómadas estos días en que numerosas caravanas regresan a sus lugares de residencia una vez celebradas las fiestas en Jerusalén… Los apóstoles y Jesús han pasado a la otra parte del vado. También aquí hay gente que se pone en marcha después de la noche o que se seca después de haber pasado el vado, subiéndose el vestido más arriba de la rodilla. Jesús ordena: “Diseminaos para decir que el Rabí está aquí. Yo voy a esperaros junto a aquel tronco caído”. Pronto mucha gente ha sido avisada y ya acude. Jesús va a hablar. ■ Toma como punto de su predicación un cortejo que pasa llorando detrás de una litera, sobre la que viene uno que se enfermó en Jerusalén; ahora, desahuciado por los médicos, le llevan rápidamente a su casa para que allí muera. Todos hablan de él porque es rico y joven todavía. Y muchos dicen: “¡Pues debe ser una gran tristeza morir cuando se tiene tanto dinero  y tan pocos años!”. Y algunos, que tal vez son personas que ya creen en Jesús, dicen: “¡Lo tiene bien merecido! No quiere creer. Los discípulos fueron a decir a sus parientes: «El Salvador está allí. Si tuviereis fe y se lo pidiereis, se curaría. Pero ha sido él el primero en decir que no». Crítica y compasión se mezclan. De todo esto se sirve Jesús para empezar a hablar. ■ “¡La paz sea con todos vosotros! Ciertamente a los ricos y jóvenes que son ricos y jóvenes solo en dinero y años les duele morir, pero a los que son ricos en virtud y jóvenes por pureza de costumbre no les duele. El verdadero sabio, desde el uso de razón en adelante, se conduce de forma tal, que su muerte es plácida. La vida es la preparación de la muerte, como la muerte es la preparación a la Vida sin fin. El verdadero sabio desde que comprende la verdad de la vida y de la muerte, de la muerte para la resurrección, se industria en todos los modos posibles para despojarse de todo lo inútil y para enriquecerse con todo lo útil, o sea, las virtudes y las buenas acciones, y así disponer de un bagaje de bienes que mostrará ante Aquel que le llama a su presencia para juzgar, para premiarle o para castigarle con justicia perfecta. El verdadero sabio lleva una vida tal que le hace más maduro en la sabiduría que un anciano, y más joven que un adolescente, porque, viviendo con virtud y justicia, conserva en su corazón una frescura de sentimientos que en algunos casos ni siquiera los adolescentes tienen. ¡Entonces cuán dulce es el morir! Reclinar la cansada cabeza sobre el pecho del Padre, acogerse a sus brazos, decir entre las brumas de la vida que vuela: «¡Te amo! ¡Espero en Ti! ¡En Ti creo!», decirlo por última vez en la Tierra: «¡Te amo!», para repetirlo lleno de júbilo en el Paraíso y por toda la eternidad: «¡Te amo!»”.
En el Cielo no se mira cuántos años ha vivido uno, sino cómo ha vivido”.-Jesús: “La muerte es un pensamiento duro ¿verdad? Pero no. No es. Es un justo decreto que pesa sobre todos los mortales. Y no debe ser causa de angustia sino para los que no creen y están cargados de culpas. Inútilmente el hombre, para explicar las angustias exasperadas de uno que está muriendo y que durante su vida no fue bueno, explica: «Es porque no quisiera morir todavía, porque no ha hecho ningún bien, o ha hecho muy poco, y querría vivir algo más para reparar por ello». En vano dice: «Si hubiera vivido más, habría podido conseguir un premio mayor, porque habría hecho más». El alma sabe, al menos en confuso, cuánto tiempo se le concedió. Una nada de tiempo con respecto de la eternidad. Y el alma incita al ser de uno a obrar. ■ Pero, pobre alma, ¡cuántas veces se le amordaza, se le aplasta, se le ahoga para no oír sus palabras! Esto pasa a los que no tienen buena voluntad. Por el contrario,  los hombres justos, desde su niñez, escuchan a su alma, obedecen sus consejos, y, laboriosos, ponen en práctica lo que les manda. Y así el santo, joven tal vez en años, pero rico en méritos, da un adiós a la vida; y no podría ser más santo de cuanto lo es ya, por cien o mil años que se añadieran, porque el amor a Dios y al prójimo, practicados en todas las formas y con toda generosidad, le han hecho perfecto. En el Cielo no se mira cuántos años  ha vivido uno, sino cómo ha vivido”.
* El más grande milagro: resucitar el cadáver de un alma muerta”.-Jesús: “Se hace duelo ante los cadáveres. Se lloran. Pero el cadáver no llora. Uno tiembla porque sabe que tiene que morir, pero esa misma persona no se preocupa de vivir de modo que no haya de temblar en la hora de su muerte. ¿Y por qué no se llora y se hace duelo ante los cadáveres vivos, que son los cadáveres más verdaderos, aquellos que, como en un sepulcro, llevan en el cuerpo un alma muerta? ¿Y por qué los que lloran al pensar que su carne tiene que morir, no lloran por el cadáver que llevan dentro? ¡Cuántos cadáveres estoy viendo, que ríen y gastan bromas y no se lloran a sí mismos! ¡Cuántos padres, madres, esposos, hermanos, hijos, amigos, sacerdotes, maestros estoy viendo que lloran sin sentido por un hijo, un esposo, un hermano, un padre, un amigo, un fiel, un discípulo, fallecidos en evidente amistad con Dios, después de una vida que ha sido una guirnalda de perfecciones; y que no lloran ante los cadáveres de las almas de un hijo, esposo, hermano, padre, amigo, discípulo, que está muerto por el vicio, por el pecado, y además muerto eternamente, perdido para siempre, si no se arrepiente! ¿Por qué no tratar de resucitarlos? Esto es amor. ¿Lo sabíais? Es el más grande amor. ¡Oh, lágrimas sin sentido por algo que era polvo y se ha convertido en polvo! ¡Idolatría de cariños! ¡Hipocresía del afecto! ¡Llorad, sí,  pero que sea por las almas muertas de vuestros seres queridos! Tratad de llevarlos a la vida. Y os hablo sobre todo a vosotras, mujeres, que tanto podéis ante aquellos a quienes amáis”.
* Veamos aquello que la Sabiduría señala como causa de muerte de las almas”.-Jesús: “Ahora, juntos,  veamos aquello que la Sabiduría señala como causa de muerte y de vergüenza. ● No ofendáis a Dios: haciendo mal uso de la vida que os concedió, ensuciándolo con malas acciones que deshonran al hombre. ● No insultéis a vuestros padres con una conducta que arroja fango sobre sus cabellos blancos y espinos de fuego sobre sus últimos días. No seáis ingratos a quien os hace bien, para no ser maldecidos por el amor que pisoteáis. ● No seáis injustos con el que os gobierna, porque no es con la rebelión contra los gobernantes como se hacen grandes y libres las naciones, sino que la ayuda del Señor se obtiene con la conducta santa de los ciudadanos, y el Señor puede tocar el corazón de los gobernantes o quitarlos de su puesto o quitarles incluso la vida, como ha enseñado en repetidas ocasiones nuestra historia de Israel, cuando sobrepasan la medida, y, especialmente, cuando el pueblo, santificándose, merece el perdón por parte de Dios y Dios retira el instrumento opresor del cuello de los castigados. ● No ofendáis a vuestra esposa con amores adúlteros, ni hiráis la inocencia de vuestros hijos con el conocimiento de amores ilícitos. Sed santos ante los que en vosotros ven, por amor y por obligación, al que les deben dar ejemplo de vida. ● No podéis tener dos caridades, una para el prójimo y otra para con Dios, porque es un solo amor. El de Dios que engendra el del prójimo. Sed justos con vuestros amigos. La amistad es algo que nace del alma. Está dicho: «¡Qué bello es para los amigos caminar juntos!» (1). Y lo es cuando se toma el camino del bien. ¡Ay del que corrompe y traiciona la amistad, y se aprovecha de ella para su egoísmo, o para traicionar, o para el vicio o para la injusticia! Demasiados son los que dicen: «Te quiero» para enterarse de las cosas del amigo y aprovecharlas en propio beneficio. Demasiados, los que usurpan los derechos del amigo. ● Sed honestos ante los jueces. Toda clase de jueces. Desde el Altísimo, que es Dios, a quien no se le puede comprar ni chantajear, hasta el íntimo que tiene el hombre, que es su conciencia; hasta los amorosos y dolientes, y atentos con su amor vigilante, que son los ojos de los familiares; hasta el severo, que son los jueces del pueblo. No mentir invocando a Dios para dar fuerza a la mentira. ● Sed honrados tanto en vender como en comprar. Cuando vendáis y la ambición os susurre: «Roba para tener más ganancia» entre tanto que la conciencia: «Sé honrado, porque a ti no te gustaría que te robaran» dad oídos a ésta ultima recordando que no hay que hacer a otro, lo que no nos gustaría que nos hicieran. El dinero que se os da por la mercancía, frecuentemente está empapado de sudor y lágrimas del pobre. Cuesta trabajo. No sabéis cuánto dolor ha costado ese dinero, cuántos dolores hay detrás de esa moneda que a vosotros, vendedores, os parece siempre demasiado escasa por lo que dais.  Hombres enfermos, niños sin padres, viejos con poquísimos recursos… ¡Oh, dolor santo y santa dignidad del pobre que el rico no comprende, hasta que no se lo medita! ¿Por qué se vende con honradez al fuerte, al poderoso? Por temor a sus represalias. Mientras que se abusa del indefenso, del hermano desconocido. Ello es un delito más contra el amor que contra la honradez misma. Y Dios maldice, porque la lágrima extraída de los ojos del pobre, que solo posee el llanto como reacción contra el atropello, para el Señor tiene la misma voz que la sangre extraída de las venas de un hombre por un homicida, por un Caín de su propio semejante. ● Sed honestos en las miradas, en las palabras, en las acciones. Una mirada lanzada a quien no se debe es semejante a una trampa, una mirada negada a quien la merece es como una puñalada. La mirada lanzada a la meretriz desvergonzada para decirle: «¡Eres bella!» y responde a su invitación pecadora, es peor que el nudo corredizo para el ahorcado. La mirada negada al pariente pobre o al amigo caído en la miseria es semejante a un puñal clavado en el corazón de estos desdichados. Y lo mismo la mirada de odio para el enemigo, o de desprecio para el mendigo. Al enemigo hay que perdonar y amar al menos con el espíritu, si la carne se niega a amarle. El perdón es amor del espíritu. No vengarse es amor del espíritu. Hay que amar al mendigo porque nadie le consuela. No basta arrojarle una limosna y pasar con aire de desprecio. La limosna sirve para quitar el hambre, para vestir. Pero la compasión que sonríe cuando da, que se interesa de las lágrimas del infeliz, es pan del corazón. Amad, amad, amad. ● Sed honestos en los diezmos y en las costumbres. ● Sed honestos dentro de vuestras casas sin abusar del esclavo, del criado y sin tratar de abusar de la esclava, de la criada que duerme bajo vuestro techo: si bien el mundo ignora el hurto cometido en el secreto de la casa, el hurto a la esposa desconocedora de los hechos y a la sierva a la que deshonráis, Dios conoce vuestro pecado. ● Sed honestos en cuanto a la lengua. Y honestos en educar a vuestros hijos e hijas. Está dicho: «Haz esto para que tu hija no te haga el hazmerreír de la ciudad» (2). Yo digo: «Haced esto para que el alma de vuestra hija no muera». ■ Y ahora podéis iros después de haberos dado el auxilio de la Sabiduría. El Señor acompañe a aquellos que se esfuerzan por amarle”. Los bendice con el gesto y, rápido, baja del tronco derribado para tomar el senderillo que hay entre los árboles. Remonta el río y pronto desaparece entre las verdes marañas de frondas. La muchedumbre hace animados comentarios, no sin pareceres contrarios. Naturalmente los contrarios son los pocos ejemplares de escribas y fariseos presentes entre las turbas de los humildes. (Escrito el 14 de Febrero de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Sal. 133,1.   2  Nota  : Cfr. Ecl. 42,9-11.
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6-411-318 (7-100-633).- “Sabía Yo que Judas no se salvaría… ¿Y entonces por qué me sentía feliz?”.
* Debía Yo dar al desgraciado el estímulo de mi alegría como medio de levantarse… y enseñar a todos el arte de redimir”.-Dice Jesús a María Valtorta: “La otra pregunta (1) que tienes en tu corazón es saber si Yo sabía que Judas no se salvaría, a pesar de los esfuerzos hechos para salvarle. Lo sabía. Y entonces ¿por qué me sentía feliz? Porque el simple deseo de ese momento en Judas, deseo cual flor en corazón desierto, hacía que mi Padre mirase con ojos benignos a este discípulo, que amaba y que no podía Yo salvar. ¡La mirada de Dios posada sobre un corazón! ¡Qué otra cosa querría Yo, sino que el Padre os guardare a todos con amor! Y debía Yo estar dichoso, para dar al desgraciado también este medio de levantarse. El estímulo de mi alegría al ver volver a Mí. ■ Un día, después de mi muerte, Juan supo esta verdad, y la comunicó a Pedro, Santiago, Andrés y a los otros, porque así se lo había ordenado Yo al Predilecto, el cual no descorrió ningún secreto de mi corazón. Lo supo y lo dijo, para que todos dispusieran, después, de una norma de guía de los discípulos fieles. Al alma que, caída, va al ministro de Dios, y confiesa su error, al amigo o hijo, al esposo o hermano que, habiendo errado, vienen diciendo: «Tenme contigo. No quiero cometer más errores para no causar dolor ni a Dios ni a ti», no se le debe —además de las otras cosas— privar de la satisfacción de ver nuestra dicha por verlos deseosos de hacernos felices. Es necesario un tacto infinito para curar los corazones. ■ Yo, Sabiduría, aun sabiendo que el caso de Judas era un caso perdido, le tuve conmigo para enseñar a todos el arte de redimir, de ayudar a quien se redime. Y ahora te digo también a ti como dije a Simón cananeo: «¡Ea, ánimo!» y te estrecho contra Mí para mostrarte que te amo. De estas manos bajan castigos, pero también caricias, y de mis labios palabras severas, pero también —más numerosas y dichas con mucha más alegría— muchas palabras envueltas en compasión. Quédate en paz, María. Ninguna pena has proporcionado a tu Jesús, y esto te sirva de consuelo”. (Escrito el 27 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  : La otra pregunta se refiere a J. Iscariote, cuyo conato hacia la salvación se halla en un episodio escrito cuatro días antes, el 23 de septiembre de 1944, y que será ubicado en el cap. 468 (7-468-260) en el tema “Judas Iscariote”.
La respuesta a la primera pregunta, referida a la madre de la Escritora, está recogida en el volumen de los «Cuadernos de 1944», donde se asegura a la Escritora que su madre se salvó.
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(<Jesús, acompañado de los apóstoles, en la fiesta del Pentecostés, ha llegado al Templo>)
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6-413-323 (7-102-638).- La suerte del pueblo de Israel que no se convierte. En el Templo, disputa con fariseos y doctores de la Ley.- “Yo soy la Luz. Pero para poder ver, además de la luz clara, es necesario tener el ojo limpio” (1).
* “¿Qué va a ser, Tú que sabes, de este lugar, de esta ciudad, de todo Israel: que no se pliegan a la Voz del Señor?”.- ■ La ciudad está llena de gente. Jesús ha subido al Templo nada más entrar en Jerusalén, casi inmediatamente porque ha entrado por la puerta situada junto a la Probática, antes de que la gente se pudiera dar cuenta de que estaba en la Ciudad, antes de que la noti­cia se propagase desde la casa en que han dejado las bolsas y se han limpiado el polvo y el sudor para entrar limpios en el Templo, que está abarrotado de gente. La indecorosa algazara de siempre, de vendedores y cambistas; el aspecto calidoscópico de siempre, de colores y rostros. ■ Jesús con los apóstoles, que han comprado lo necesario para la ofrenda, va directamente al lugar de oración y allí se detiene largamente. ­Naturalmente le ven muchos, buenos y malos, de forma que un susurro corre como el viento, y con rumor de viento entre frondas, por el vasto patio exterior donde la gente se detiene a orar. Y cuando, después de la oración, Él se mueve para volver sobre sus pasos, un séquito de gente, que se va engrosando cada vez más, le sigue por los otros atrios, pórticos, patios, hasta que, ya muchedumbre, le circun­da y pide su palabra. “En otro momento, hijos. En otro lugar” dice Jesús, y alza la ma­no para bendecir mientras trata de alejarse. ■ Mientras que los escribas, fariseos, doctores y sus discípulos, esparcidos entre la gente,  hacen risitas y se dicen los unos a los otros medias frases que son burlas (como: «Lo aconseja la prudencia», o: «¡Eh, un poco de miedo…!», o: «Ha alcanzado la edad del discernimiento», o también: «Menos estúpido de cuanto pensábamos­…»), la mayoría, los que o por conocerle con amor o por un buen deseo de conocerle no odian, insisten diciendo: “¿Nos vas a pri­var de esta fiesta en la Fiesta? ¡Maestro bueno, no puedes hacerlo! Muchos de nosotros han hecho sacrificios para estar aquí esperándo­te”, y algunos tapan la boca, o responden bruscamente, a algún sarcástico. Está claro que la masa estaría dispuesta a pisotear a estas mino­rías malvadas, las cuales, astutas y subrepticias, captan el mensaje y no solo se callan sino que tratan de alejarse. Y, a pesar de estar dentro de los muros del Templo, muchos no vacilan en hacer, a espaldas de los que se alejan, gestos de burla, o en lanzar algún epíteto; mientras otros, de los más ancianos y por tanto más reflexivos, preguntan ­a Jesús: “¿Qué va a ser, Tú que sabes, de este lugar, de esta ciudad, de todo Israel: que no se pliegan a la Voz del Señor?”.
.    ● Jeremías os anunció ya lo que sucederá a los que ante el rayo de la ira divina responden con aumento de pecado. Vosotros, como dijo el Eterno por boca de Jeremías, sois como la arcilla en las manos del alfarero. Si la arcilla se opone al alfarero tomando formas extrañas…”.- ■ Jesús mira con piedad a estas cabezas entrecanas, o blancas por completo, y responde: “Jeremías os anunció ya (2) lo que sucederá a los que ante el rayo de la ira divina responden con aumento de pecado, de aquellos que to­man la piedad divina como prueba de debilidad por parte de Dios. Porque de Dios nadie se burla, hijos. Vosotros, como dijo el Eterno por boca de Jeremías, sois como la arcilla en las manos del alfarero, como arcilla son los que se creen potentes, como arcilla son los habi­tantes de este lugar y los del palacio. No hay poder humano que pue­da oponer resistencia a Dios. Y si la arcilla se opone al alfarero y quiere tomar formas extrañas, horribles, el alfarero reduce de nuevo lo ya hecho a un puñado de arcilla y da nueva forma a su vasija, has­ta que ésta se persuade de que el más fuerte es el alfarero y hasta que no se pliega a su voluntad. Y puede incluso suceder que la vasi­ja, por obstinarse en no dejarse modelar, por repeler el agua con que el alfarero la moja para poder modelarla sin grietas, quede reducida a fragmentos. Entonces el alfarero arroja a la basura la arcilla rea­cia, los cascos inútiles, intrabajables, y toma arcilla nueva y la plas­ma en la forma que mejor le parece. ¿No dice esto el Profeta narrando el símbolo del alfarero y de la vasija de arcilla? Esto dice. Y, repitiendo las palabras del Señor, dice: «Así, como la arcilla en las manos del alfarero, tú estás, oh Israel, en las manos de Dios»”.
.   ● Sólo la penitencia y el arrepentimiento ante la corrección de Dios pueden hacer modificar el decreto de Dios de castigo hacia el pueblo rebelde. Ni siquiera se arrepiente ahora que no un profeta, sino más que un profeta, le habla. Dios os dice: «Puesto que no escucháis a mi propia Voz, me arrepentiré del bien que os he hecho y pre­pararé contra vosotros la desventura»”.- Jesús: “Y añade el Señor, como aviso a los reacios, que sólo la penitencia y el arrepentimiento ante la corrección de Dios pueden hacer modificar el decreto de Dios de castigo hacia el pueblo rebelde. Israel no se ha arrepentido. Por eso, las amenazas de Dios contra Israel se han repetido una y mil veces con toda gravedad. Israel no se arrepiente ni siquiera ahora, ahora que no un profeta, sino más que un profeta, le habla. Y Dios, que ha tenido para con Israel la su­prema misericordia y me ha enviado, ahora os dice: «Puesto que no escucháis a mi propia Voz, me arrepentiré del bien que os he hecho y pre­pararé contra vosotros la desventura». ■ Y Yo, que soy la Misericordia, aun sabiendo que esparzo inútilmente mi voz, grito a Israel: «Que cada uno vuelva sobre sus pasos dejando su mal camino. Haced, ca­da uno, recta vuestra conducta y vuestras tendencias. Para que, al menos, cuando se cumpla el designio de Dios para la Nación culpa­ble, los mejores de ella, en medio de la pérdida general de los bienes, de la libertad, de la unión, conserven su espíritu libre de la culpa, unido a Dios, y no pierdan los bienes eternos de la misma forma que habrán perdido los bienes terrenos». Las visiones de los profetas no suceden sin una finalidad (3): la de avisar a los hombres de lo que puede ocurrir. Y ha sido dicho, por medio de la figura de la vasija de arcilla cocida, rota en presencia del pueblo, lo que les espera a las ciudades y reinos que no se dobleguen Señor y…”.
* Jesús, conminado a salir del Templo, es protegido por la muchedumbre y por la guardia romana.- ■ Los ancianos, escribas, doctores y fariseos, que antes se habían ido, deben haber ido a avisar a los guardias del Templo y a los magistrados encargados del orden. Y uno de ellos, seguido por uno de estos guardias títeres que provocan a burla, que de guerrero sólo tienen las caras, mezcla de soberbia y malicia, y una apariencia de dureza, mejor dicho de delincuencia, viene ha­cia Jesús, que está hablando apoyado en una columna del pórtico de los Paganos, y, no pudiendo atravesar la compacta barrera de la mu­chedumbre que hace círculo en torno al Maestro, grita: “¡Lárgate! ¡O haré que mis soldados te pongan fuera de los muros…!”. La gente se rebela contra estos soldados caricatura: “¡Uuu! ¡Uuu! ¡Los moscones verdes! ¡Los héroes contra corderos! ¿Y no sabéis entrar a arrestar a los que hacen de Jerusalén un lupanar, del Templo un mercado? Vete de aquí, cara de conejo, ve con las garduñas… ¡Uuu! ¡Uuu!”, y muestra claramente que no tiene intención de dejar que se injurie al Maestro. El jefe de los tutores del orden, dice, excusándose: “Obedezco las órdenes recibidas…”. La gente le responde: “Tú obedeces a Satanás y no te das cuenta. Ve, ve a impetrar mi­sericordia por haber osado insultar y amenazar al Maestro. ¡El Ma­estro no se toca! ¿Habéis entendido? Vosotros, nuestros opresores; Él, el Amigo de los pobres. Vosotros, nuestros corruptores; Él, nu­estro Maestro santo. Vosotros, ruina nuestra; Él, nuestra Salud. Vosotros, p­érfidos; Él, bueno. ¡Fuera! Si no, os haremos lo que Matatías hizo en Modín (4). Os tiramos abajo por la cuesta del Moira como a altares ido­látricos y hacemos limpieza lavando con vuestra sangre el lu­gar profanado, y los pies del único Santo de Israel pisarán esa sangre para ir al Santo de los Santos a reinar, Él que lo merece. ¡Fuera de aquí! ¡Vosotros y vuestros jefes! ¡Fuera, esbirros siervos de esbi­rros!…”. Un tumulto espantoso… ■ De la Antonia acuden las guardias romanas con un suboficial viejo, severo, expeditivo. “¡Abrid paso, asquerosos! ¿Qué pasa aquí? ¿Os estáis descuarti­zando entre vosotros por alguno de vuestros corderos sarnosos?”. El magistrado quiere explicar: “Se rebelan contra los guardias…”. Suboficial romano: “¡Por Marte invicto! ¿Estos… guardias? ¡Ja! ¡Ja! Ve a combatir contra las cucarachas, guerrero de bodega. Hablad vosotros…” orde­na a la gente, que explica: “Querían imponer silencio al Rabí galileo. Querían echarle. Qui­zás arrestarle…”. Suboficial romano: “¿Al Galileo? Non licet. En la lengua de Roma os digo la frase del degollado. ¡Ja! ¡Ja! Vete a tu caseta tú y tus mequetrefes. Y avisa que sus mastines se queden en su cueva. La Loba sabe también descuartizar a ellos… ¿Comprendido? Sólo Roma tiene derecho de juicio. Y Tú, Galileo, sigue contando tus fábulas si quieres… ¡Ja! ¡Ja!”, y se vuelve de golpe, con relumbre de corazas al sol, y se marcha.
*  Disputa con el  fariseo Elquías y algunos doctores de la Ley.
.   ● “Tie­nes también otra hambre, no confesada, Elquías, y también tus amigos. Mas recibiréis también ese alimento. Y más ácido que los hi­gos. Y os echará a perder vuestro interior como los higos agrios hacen con el estómago”.- ■ La gente habla y comenta formando una buena confusión: “Exactamente como a Jeremías…”. “Mejor dicho, como a todos los profetas…”. “Pero de todos modos Dios triunfa”. “Maestro, sigue hablando. Las víboras han huido”. “No. Dejadle que se marche. No vaya a ser que vuelvan con más fuerza y le encadenen los nuevos Pasjures (5)…”. “No hay peligro… Mientras dura el rugido del león, no salen las hienas…”. ■ Un fariseo pomposamente vestido —todo hecho una miel— a quien le siguen unos de su ralea y algunos doctores de la Ley, dice: “Os equivocáis. No debéis creer que toda una casta es como alguno de sus componentes. ¡En todos los árboles hay parte buena y parte mala!”. En medio de la multitud, uno al que no conozco, pero que deben conocerle muchos, y debe ser influyente además, porque veo que muchos hacen señas, dice: “Sí. Efectivamente, los higos en general son dulces. Pero, si toda­vía no están maduros o lo están demasiado, son ásperos o ácidos. Vosotros, ácidos. Como los del pésimo cesto del profeta Jeremías”. Observo que el fariseo encaja el golpe sin reaccionar. No sólo eso, sino que el fariseo, aún con mayor dulzura, se dirige al Maestro y le dice: “Espléndido tema para tu sabiduría. Háblanos, Rabí, sobre este tema. Tus explicaciones son tan… nuevas… tan… doctas… Las saboreamos con ávida hambre”. Jesús mira fijamente a este ejemplo farisaico y le responde: “Tie­nes también otra hambre, no confesada, Elquías, y también tus amigos. Mas recibiréis también ese alimento… Y más ácido que los hi­gos. Y os echará a perder vuestro interior como los higos agrios hacen con el estómago”. Elquías: “No. Maestro. ¡Te juro en nombre del Dios vivo que ni yo ni mis amigos tenemos otra hambre aparte de la de oírte hablar!… Dios está viendo que…”. Jesús: “Basta así… El honesto no necesita juramentos. Sus obras son juramentos y testimonios. Pero no voy a hablar de los higos buenos y de los higos malos…”. Elquías: “¿Por qué, Maestro? Temes que los hechos contradigan tus explicaciones?”. Jesús: “¡No;  no!  Al revés”.
.   ● Mi Reino, siendo espiritual, tiene por súbditos a los espíritus. Y los espíritus no tienen necesidad de palacios… sino de conocer la Palabra de Dios y ponerla en práctica: lo que se es­tá produciendo en los buenos. Yo tengo, por mi eterna naturaleza, la Palabra que traduce el divino Pensamiento y doy la Palabra”.- ■ Le dice Elquías: “¿Entonces es que prevés para nosotros aflicciones y oprobios, es­pada, peste y hambre?”. Jesús: “Eso y más”. Elquías: “¿Más todavía? ¿Y qué es? ¿Es que ya no nos ama Dios?”. Jesús: “Os ama tanto, que ha cumplido la promesa”. Elquías: “¿Tú? ¿Porque Tú eres la promesa?”. Jesús: “Lo soy”. Elquías: “¿Y entonces cuándo vas a fundar tu Reino?”. Jesús: “Ya están echados los cimientos”. Elquías: “¿Dónde? ¿Dónde?”. Jesús: “En el corazón de los buenos”. Elquías: “¡Pero eso no es un reino! ¡Es una enseñanza!”. Jesús: “Mi Reino, siendo espiritual, tiene por súbditos a los espíritus. Y los espíritus no tienen necesidad de palacios, casas, guardias, muros, sino de conocer la Palabra de Dios y ponerla en práctica: lo que se es­tá produciendo en los buenos”. ■ Elquías: “¿Tú puedes decir esta Palabra? ¿Quién te autoriza?”. Jesús: “La propiedad”. Elquías: “¿Qué propiedad?”. Jesús: “La propiedad de la Palabra. Doy lo que soy. Uno que tiene vida puede dar la vida. Uno que tiene dinero puede dar dinero. Yo tengo, por mi eterna naturaleza, la Palabra que traduce el divino Pensa­miento, y doy la Palabra; pues el Amor me mueve a este don de dar a conocer el Pensamiento del Altísimo, que es mi Padre”. Elquías: “¡Cuidado con lo que dices! ¡Es un modo audaz de hablar! ¡Podría perjudicarte!”. Jesús: “Más me perjudicaría mentir, porque sería desnaturalizar mi Naturaleza y renegar de Aquel de quien procedo”. ■ Elquías: “¿Entonces eres Dios, el Verbo de Dios?”. Jesús: “Lo soy”. Elquías: “¿Y lo dices así? ¿En presencia de tantos testigos que podrían denunciarte?”. Jesús: “La Verdad no miente. La Verdad no hace cálculos. La Verdad es heroica”. Elquías: “¿Y esto es una verdad?”. Jesús: “La Verdad es el que os habla. Porque el Verbo de Dios traduce el Pensamiento de Dios, y Dios es Verdad”.
.  ●  Israel debe recordar las palabras del Señor a Moisés y a Aarón: anunciando su paso esa noche hiriendo a todos los primogénitos de hombre o de animal de las casas no señaladas con la sangre del cordero.  Al presente, ahora pasa de nuevo Dios, el más verdadero paso porque Dios pasa visible y reconocible. La salvación se detendrá en los señalados con la Sangre del Cordero. “En verdad, todos serán señalados por ella. Pero sólo los que aman al Cordero y amen su Signo obtendrán de esa Sangre salvación. Para los otros será la marca de Caín”.- ■ La gente escucha concentrada, en medio de un silencio atento para seguir la disputa, la cual, de todas formas, se desarrolla sin asperezas. Otros, desde otros lugares, han ido allí. El patio está lleno, abarrotado de gente. Centenares de caras dirigidas hacia un solo punto. Y por los desembocaderos que conducen de otros patios a éste se asoman muchas caras, alargando el cuello para ver y oír… El Anciano Elquías y sus amigos se miran… Una verdadera tele­fonía de miradas. Pero se contienen. No sólo eso, sino que un viejo doctor pregunta todo amable: “¿Y para evitar los castigos que pre­vés, qué tendríamos que hacer?”. Jesús: “Seguirme. Y, sobre todo, creerme. Y más aún, amarme”. Doctor: “¿Eres una especie de mascota?”. Jesús: “No. Soy el Salvador”. Doctor: “Pero no tienes ejércitos…”. Jesús: “Me tengo a Mí mismo. Recordad, recordad, por vuestro bien, por piedad hacia vuestras almas, recordad las palabras del Señor a Moi­sés y a Aarón cuando estaban todavía en la tierra de Egipto: «Cada miembro del pueblo de Dios tome un cordero sin mancha, macho, de un año. Uno por cada casa. Y, si no basta el número de los miembros de la familia para acabar el cordero, que llame a los vecinos. Lo in­molaréis el día decimocuarto de Abid, que ahora se llama Nisán, y con la sangre del inmolado untaréis las jambas y el dintel de la puer­ta de vuestras casas. Esa misma noche comeréis su carne asada al fuego, con pan sin levadura y hierbas silvestres. Y lo que pudiera so­brar destruidlo con el fuego. Comeréis así: ceñidas vuestras cinturas, calzados vuestros pies, el bastón en la mano. Comeréis deprisa, porque pasa el Señor. Y esa noche pasaré hiriendo a todos los primogé­nitos de hombre o de animal que se encuentren en las casas no seña­ladas con la sangre del cordero» (6.). ■ Al presente, ahora que pasa de nue­vo Dios —el más verdadero paso porque realmente Dios pasa visible entre vosotros, reconocible por sus signos—, la salvación se deten­drá en aquellos que estén señalados con la señal salvífica de la Sangre del Cordero. Porque, en verdad, todos seréis señalados por ella, pero sólo los que aman al Cordero y amen su Signo obtendrán de esa Sangre salvación. Para los otros será la marca de Caín. Y ya sabéis que Caín no mereció volver a ver el rostro del Señor, y que jamás conoció descanso. Y, con el peso a sus espaldas del remordimiento, del castigo y de Satanás, su cruel rey, fue errante y fugitivo por la Tierra mientras tuvo vida. Gran figura, grande, del Pueblo que agredirá al nuevo Abel…”.
.  ● Los más grandes del Infierno, entre los signados, serán aquellos apóstatas que, después de haber seguido a Dios, sean sus asesinos… y no seréis justificados de no haberme reconocido pues conocéis las Escrituras y veis mis obras… Pero me habéis odiado. Demasiadas abominaciones, fornicaciones, ídolos donde solo Dios debía estar”.- ■ Doctor: “También Ezequiel habla de la Tau… ¿Tú crees que tu Signo es la Tau de Ezequiel?”. Jesús: “Es ése”. Doctor: “Entonces nos estás acusando de que en Jerusalén haya abominaciones?”. Jesús: “Quisiera no poder hacerlo. Pero es así”. Doctor: “¿Y entre los signados con la Tau no hay pecadores? ¿Puedes jurarlo?”. Jesús: “Yo no juro nada. Pero digo que, si entre los signados hay pecadores, su castigo será aún más tremendo, porque los adúlteros del espí­ritu, los apóstatas, los que después de haber sido seguidores de Dios sean sus asesinos serán los más grandes en el Infierno”. ■ Doctor: “Pero los que no pueden creer que Tú seas Dios no tendrán peca­do. Serán justificados…” Jesús: “No. Si no me hubierais conocido, si no hubierais podido comprobar mis obras, si no hubierais podido verificar mis palabras, no ten­dríais culpa. Si no fuerais doctores en Israel, no tendríais culpa. Pero vosotros conocéis las Escrituras y veis mis obras. Podéis confrontar­las. Y, si lo hacéis con honestidad, me veréis a Mí en las palabras de la Escritura, y veréis las palabras de la Escritura traducidas en obras en Mí. Por eso no seréis justificados de no haberme reconocido. Me habéis odiado. Demasiadas abominaciones, demasiados ídolos, demasia­das fornicaciones, donde sólo Dios debería estar. Y los hay en todos los luga­res donde estáis vosotros. La salvación está en repudiar estas cosas y en acoger a la Verdad que os habla. Por eso, donde vosotros matáis o tratáis de matar, seréis muertos. Y por eso seréis sentenciados a muerte en las fronteras de Israel, allí donde para nada sirve el poder humano y solamente el Eterno es Juez de sus criaturas”.
.   ● Yo soy la Luz. Y la Luz brilla. Bendecidla si con sus rayos purísimos descubre reptiles, escorpiones, trampas… Pero para ver, además de la luz clara, es necesario tener el ojo limpio… ¿Por qué perecer en las Tinie­blas, cuando el Bonísimo os envía la Luz y la Medicina para curaros?”.-  ■ Doctor: “¿Por qué hablas así, Señor? Te muestras severo”. Jesús: “Digo la verdad. Yo soy la Luz. La Luz ha sido enviada para iluminar las Tinieblas. Y la Luz debe resplandecer libremente. Sería inútil el que el Altísimo hubiera enviado su Luz, si luego la hubiera ocultado con el moyo. No hacen eso los hombres cuando encienden una luz, porque habría sido inútil encenderla. Si la encienden es para que ilumine y que el que entre en la casa vea. Yo vengo a dar Luz a la entenebrecida casa terrena de mi Padre, para que los que habitan la vean. Y la Luz brilla. Bendecidla si con sus rayos purísimos descubre reptiles, escorpiones, trampas, telas de araña, grietas las paredes. Os hace esto por amor. Para daros la manera de conoceros, limpiaros, arrojar los animales perjudiciales —las pasiones y los pecados—; para daros la manera de reconstruiros antes de que sea demasiado tarde; para daros la manera de ver dónde ponéis el pie: en la trampa que Satanás os ha puesto y  no caigáis en ella. Pero pa­ra ver, además de la luz clara, es necesario tener el ojo limpio. A través de un ojo cubierto de materia por una enfermedad, no pasa la luz. Limpiad vuestros ojos. Limpiad vuestro espíritu para que la Luz pueda descender y entrar en vosotros. ■ ¿Por qué perecer en las Tinie­blas, cuando el Bonísimo os envía la Luz y la Medicina para curaros? No es todavía demasiado tarde. Venid, en el tiempo que os queda, venid a la Luz, a la Verdad, a la Vida. Venid al Salvador vuestro, que os abre los brazos, que os abre el corazón, que os suplica que le aco­jáis para vuestro eterno bien”. ■ Jesús se muestra verdaderamente suplicante, amorosamente su­plicante, despojado de cualquier otra cosa que no sea amor… Hasta las fieras más obstinadas, más ebrias de odio, lo sienten; sus ar­mas se doblegan ante él; su veneno pierde su fuerza.  Se miran. (Escrito el 9 de Abril de 1946).
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1  Nota  :  Cfr.  Lc.  11,33-36.   2  Nota  :   Cfr.  Jer.  18,1-20.   3  Nota  :  Cfr.  Jer.  19,10 ss.   4  Nota  :  Cfr. 1  Mac.  2,23-26.   5  Nota  :   Cfr.  Jer.  20,1-6.   6  Nota  :  Cfr. Ëx. 12,1 ss.
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6-417-350  (7-106-665).- La conversión de Zaqueo (1).
* La historia de Zacarías el leproso, último retoque a la metamorfosis de Zaqueo.- ■ Veo una gran plaza, parece como si fuera un mercado. Palmeras y otros árboles más bajos y frondosos le dan sombra. Las palmeras han crecido aquí y allí sin orden, y mueven sus hojas que emiten un chasquido en medio de un viento caliente, que arrastra consigo un polvo rojizo como si viniese del desierto o por lo menos de campos sin cultivo. Los otros árboles forman como una galería, una galería de sombra, bajo la cual están refugiados vendedores y compradores, trabados en una confusión de palabras. En un ángulo de la plaza, exactamente en donde desemboca el camino principal, se ve algo que parece el lugar de cobro de impuestos. Hay balanzas y pesas. Un hombre de baja estatura está sentado. Observa y cobra dinero. Todos hablan con él como si fuera una persona conocidísima. Sé que es Zaqueo, el de los impuestos, porque muchos le llaman así, quién para preguntarle sobre los acontecimientos de la ciudad —son los forasteros—, quién para pagarle los impuestos. Muchos se asombran de su preocupación. En efecto, parece como distraído, como absorto en un pensamiento. Responde con monosílabos y a veces con gestos. Ello asombra a muchos, porque casi siempre Zaqueo es muy locuaz. Alguien le pregunta si se siente mal, si alguien de sus familiares está enfermo. Responde que no. Dos veces tan solo se interesa vivamente. La primera, cuando pregunta a dos que llegan de Jerusalén y que hablan del Nazareno, contando sus milagros y predicaciones. Zaqueo hace muchas preguntas: “¿Es de veras bueno como dicen todos? ¿Y sus palabras corresponden a sus hechos? ¿Pone en práctica la misericordia que predica? ¿Con todos? ¿También con los recaudadores de impuestos? ¿Es verdad que a nadie rechaza?”. Escucha. Piensa. Suspira. ■ La segunda vez es cuando alguien le señala a un hombre barbudo, que pasa con su borrico cargado de enseres. “¿Ves, Zaqueo? Aquél es Zacarías el leproso. Hace diez años que vivía en un sepulcro. Ahora, curado, compra lo que necesita para su casa, vaciada por la Ley (2), cuando él y los suyos fueron declarados leprosos”. Zaqueo: “Llámale”. Zacarías se acerca, y le pregunta: “¿Eras leproso?”. Zacarías: “Lo era, y conmigo mi mujer y mis dos hijos. La enfermedad atacó primero a mi mujer y luego a nosotros que no nos dimos cuenta inmediatamente. Los niños se contagiaron al dormir con su madre y yo al acostarme con ella. Todos estábamos leprosos. Cuando la gente cayó en la cuenta, nos echaron del pueblo… Podrían habernos dejado en nuestra casa. Era la última del camino. No hubiéramos creado dificultades… Ya había levantado la valla, para que nadie nos viese. Era ya un sepulcro… pero siempre nuestra casa… Nos echaron fuera. ¡Afuera! ¡Afuera! Nadie quiso aceptarnos. ¡Y con toda razón! Ni siquiera los nuestros. Nos instalamos cerca de Jerusalén, en un sepulcro vacío. Allí hay muchos desdichados. Pero los niños se murieron de frío. Enfermedad, frío y hambre los mataron pronto… Eran dos varones… guapos antes de la enfermedad. Robustos y hermosos. Morenos como dos moras de agosto, de cabellos rizados, despabilados. Se habían convertido en dos esqueletos cubiertos de llagas… No más rizos. Los ojos se les cerraban bajo las costras. Los piececitos y las manitas arrojaban escamas blancas. ¡Se fueron muriendo a mis ojos!… No tenían figura humana aquella mañana en que murieron, uno después del otro, con pocas horas de diferencia… Los enterré, entre los alaridos que daba su madre, bajo poca tierra y muchas piedras encima, como dos carroñas de animales… Después de algún tiempo se me murió mi mujer y me quedé solo… Estaba esperando la muerte, y, cuando me hubiera llegado, no habría tenido ni siquiera quien hubiese excavado una fosa para mis huesos… ■ Estaba ya casi ciego cuando un día acertó a pasar el Nazareno. Desde mi sepulcro grité: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Me había referido un mendigo, que no había tenido miedo de llevarme parte de su pan, que él había sido curado de su ceguera al invocar al Nazareno con aquel grito. Y decía: «No solo me devolvió la vista de los ojos, sino también la del alma. Vi que Él es el Hijo de Dios y veo a todos a través de Él. Por este motivo no huyo de ti, hermano, sino que te traigo pan y fe. Ve a donde está el Mesías. Que haya uno más que le bendiga». Ir no podía. Los pies estaban llagados hasta los huesos. No me permitían moverme… y además… me hubieran matado a pedradas si me hubieran visto. Estuve pues atento para cuando pasara. Frecuentemente iba a Jerusalén. Un día vi, como pude, una polvareda por el camino y mucha gente y gritos. Me arrastré como pude hacia la orilla del monte donde están las grutas sepulcrales, y cuando creí ver una cabeza rubia que resplandecía entre las demás, grité. Grité con todas mis fuerzas. Grité tres veces, hasta que mi grito le llegó. Se volvió. Se detuvo. Luego vino a donde estaba yo. Se acercó solo. Me miró. Hermoso, bueno. ¡Qué ojos, qué voz, qué sonrisa!… Me preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Le dije: «Quiero verme limpio». Y Jesús me preguntó: «¿Crees que lo pueda hacer Yo? ¿Por qué?». Le contesté: «Porque eres el Hijo de Dios». Y Jesús insistió: «¿Lo crees?». Le respondí: «Lo creo. Veo que el Altísimo hace brillar su gloria sobre tu cabeza. Hijo de Dios, ¡ten piedad de mí!». Entonces extendió su mano con una mirada que era todo fuego. Sus ojos parecían dos soles azules y dijo: «Lo quiero. Sé limpio» y me bendijo con una sonrisa… ■ ¡Ah, qué sonrisa! Sentí que una fuerza entraba dentro de mí, como una espada de fuego que corría buscándome el corazón, que corría por las venas. El corazón, que lo tenía muy mal, volvió a como cuando tenía veinte años; la sangre, que me parecía que estaba muerta, se volvió de nuevo caliente y rápida. Cesaron el dolor y la debilidad, y… ¡una alegría… una alegría…! Él me miraba, con esa sonrisa suya que me hacía feliz. Luego dijo: «Ve a presentarte a los sacerdotes. Tu fe te ha salvado».  Comprendí entonces que estaba yo curado y me miré las manos, las piernas. No estaban ya las llagas. Donde antes estaba descubierto el hueso, ahora había carne rosada y fresca. Corrí a un río, y me miré en él. También mi cara estaba limpia. ¡Estaba limpio! ¡Después de diez años de asco estaba limpio!… Ah, ¿por qué no pasó antes, en los años en que estaba viva mi mujer y mis niños? Nos habría curado. ¿Ves, ahora? Compré esto para mi casa… Pero estoy solo…”. Zaqueo: “¿No le volviste a ver?”. Zacarías: “No. Pero sé que está por estas partes y me vine acá a propósito. Quiero bendecirle otra vez, y quiero que me bendiga para tener fuerzas en mi soledad”. Zaqueo inclina su cabeza y calla. El grupo se disuelve.
* Zaqueo, baja enseguida. Hoy me alojo en tu casa”.- ■ Pasan las horas. El calor aumenta. El mercado se va vaciando de gente. El aduanero, con la cabeza apoyada en la mano, piensa, sentado en su banco. Unos niños gritan: “¡Allá viene el Nazareno!”, y señalan al camino principal. Mujeres, hombres, enfermos, mendigos, se apresuran a correr a su encuentro. La plaza se queda vacía. Tan solo los asnos y los camellos, amarrados a las palmeras se quedan en su lugar. También Zaqueo se queda en su banco. Pero luego se pone de pie. Se sube encima de su banco. Todavía no ve nada, porque muchos han cortado ramas y las ondean para mostrar su júbilo y Jesús está inclinado hacia algunos enfermos. Entonces Zaqueo se quita el vestido y, quedándose con solo la túnica, empieza a trepar a uno de los árboles. Con dificultad sube por el grueso y liso tronco contra el que difícilmente pueden aferrarse sus cortas piernas y sus cortos brazos. Pero lo logra, y se sienta a horcajadas sobre dos ramas: las piernas le cuelgan hacia abajo; y de la cintura para arriba se asoma, como a una ventana, y mira. La gente llega a la plaza. Jesús levanta sus ojos, sonríe al solitario espectador encaramado entre las ramas. “Zaqueo, baja enseguida. Hoy me alojo en tu casa” ordena. Y Zaqueo, después de un momento de estupor, con la cara colorada por la emoción, se desliza hacia abajo como un saco. Está nervioso, sin saber qué hacer. Se ciñe otra vez el vestido. Cierra sus registros y su caja con tanta prisa que, queriendo hacerlo rápido, lo hace más lento. Pero Jesús es paciente. Acaricia a unos niños mientras espera. ■ Al fin Zaqueo está ya listo. Se acerca al Maestro y le conduce hasta una bonita casa, que tiene un amplio jardín, y que está en el centro de la ciudad. Una hermosa ciudad; es más, una ciudad inferior en poco a Jerusalén, si no en cuanto a dimensiones, sí en cuanto a las construcciones. Jesús entra. Mientras espera a que la comida esté preparada, se ocupa de enfermos y sanos. Con una paciencia que solo Él puede tenerla. Zaqueo va y viene ocupadísimo. No cabe dentro de sí mismo de la alegría. Quisiera hablar con Jesús, pero Jesús está siempre rodeado de gente. Al fin, Jesús se despide de todos diciendo: “Volved a la puesta del sol. Ahora id a vuestras casas. La paz sea con vosotros”. El jardín se vacía. La comida se sirve en una bella y fresca sala que da al jardín. Zaqueo ha construido todo magníficamente bien. No veo a otros parientes suyos, por lo que pienso que Zaqueo es soltero, y vive con muchos siervos.
Un día dijiste en un monte tantas verdades que nuestros doctores no son capaces de decirlas. Se me quedaron grabadas en el corazón… y desde entonces he pensado en Ti…”.- ■ Acabada la comida, cuando los discípulos se han ido a la sombra de los árboles para descansar, Zaqueo se queda con Jesús en la fresca sala. Mejor dicho, durante un poco se queda solo Jesús, porque Zaqueo se retira para que descanse el Maestro. Pero luego vuelve y mira por una abertura de una cortina. Ve que Jesús no duerme, sino que piensa. Entonces se le acerca. En sus brazos trae una pesada arca. La pone en la mesa, cerca de Jesús y dice: “Maestro… me han hablado de Ti. Desde hace tiempo. Un día dijiste en un monte tantas verdades que nuestros doctores no son capaces de decirlas. Se me quedaron grabadas en el corazón… y desde entonces he pensado en Ti… Me dijeron que eres bueno y que no rechazas a los pecadores. Yo soy un pecador, Maestro. Me dijeron que curas enfermos. Yo estoy enfermo del corazón, porque he robado, he prestado dinero con usura, porque he sido un vicioso, un ladrón, duro con los pobres. Pero mira, me he curado, porque me hablaste. Tú te has acercado a mí y el demonio de los sentidos, de las riquezas, ha huido. De hoy en adelante soy tuyo, si no me rechazas. Y, para mostrarte que nazco de nuevo en Ti, mira, me desprendo de las riquezas mal adquiridas y te doy la mitad de mis bienes para los pobres y la otra mitad la emplearé para restituir, cuadruplicado, cuanto he tomado con  fraude. Sé a quién defraudé. Y, después de que haya restituido a cada uno lo suyo, te seguiré. Maestro, si me lo permites…”.  Jesús: “Te acepto. Ven”.
* He venido para salvar lo que está perdido y dar Vida a los muertos del espíritu”. Jesús: “Vine a salvar y a llamar a la Luz. Hoy la Luz y la Salvación han venido a la casa de tu corazón. Esos que más allá del cancel murmuran porque te he redimido, aceptado tu invitación, olvidan que tú eres hijo de Abraham como ellos y que he venido para salvar lo que está perdido y dar Vida a los muertos del espíritu. Ven, Zaqueo. Has comprendido mis palabras mejor que muchos que me siguen solo para poder acusarme. Por eso de hoy en adelante estarás conmigo”. La visión termina. (Escrito el 17 de Junio de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 19,1-10.   2  Nota  : Cfr. Lev. 13 y 14.
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6-417-354 (7-107-669).- Jesús comenta la conversión de “Zaqueo, aduanero y pecador no por mala voluntad. En la mayoría de los hombres falta la voluntad del Bien”. “Tened en cuenta que el no hacer el mal, no es suficiente para escapar del Infierno. Para gozar enseguida del Paraíso es absolutamente necesario hacer el bien”.
* “Para la mayor gloria de Dios”.- ■ Dice Jesús: “Hay levadura y levadura. Está la levadura del Bien y está la del Mal. La levadura del Mal, veneno satánico, fermenta con mayor facilidad que la del Bien, porque encuentra materia más preparada para poder fermentar en el corazón del hombre, en el pensamiento del hombre, en el cuerpo del hombre, seducidos los tres por una voluntad egoísta, contraria por la tanto a la Voluntad universal que es la de Dios. La voluntad de Dios es universal porque no se limita jamás a un pensamiento personal, sino tiene presente el bien de todo el universo. A Dios nada puede aumentar su perfección, pues siempre ha poseído la suma perfección. Por esto, no puede haber en Él un pensamiento de propia ganancia en la base de ninguna acción suya. ■ Cuando se dice: «Se hace esto para mayor gloria de Dios, por intereses de Dios» no es porque la gloria divina sea capaz en Sí de aumento, sino porque cualquier cosa que en lo Creado lleva una huella de bien y cualquier hombre que realiza el bien, y por lo tanto merece poseerlo, se adorna con la señal de la gloria divina, dando así gloria a la Gloria misma que gloriosamente creó todas las cosas.  Es un testimonio, en una palabra, que los hombres y las cosas dan a Dios: el testificar con sus obras el Origen perfecto de donde proceden. Por esto Dios, cuando algo os manda, os aconseja o bien os inspira una acción, no lo hace por intereses egoístas, sino por un pensamiento altruista, caritativo, por vuestro bien. Por esta razón la Voluntad divina jamás es egoísta; antes bien, es una Voluntad sumergida en el altruismo, en la universalidad; la única y verdadera Fuerza en el mundo universo que tenga pensamiento de bien universal”.
.   ● “Hay levadura (del Bien) y levadura (del Mal). En Zaqueo, el pequeño puñado de levadura de bien había fermentado para masa grande”.- Jesús: “Pero la levadura del Bien, germen espiritual que viene de Dios, crece con mucha adversidad y esfuerzo, con mucha dificultad, teniendo como tiene, en contra, los estímulos propicios para la otra levadura: la carne, el corazón, y el pensamiento humano, impregnados de un egoísmo que es la antítesis del Bien que, por su origen, no puede ser sino Amor. Falta en la mayoría de los hombres la voluntad del Bien; y por esto, el Bien pierde la fecundidad y muere o vive tan precariamente que no fermenta: se queda ahí. No hay culpa grave, pero tampoco hay esfuerzos para cumplir con lo mejor. Por esto, el espíritu yace inerte. No está muerto, pero sí es infecundo. ■ Tened en cuenta que el no hacer el mal, no es suficiente para escapar del Infierno. Para gozar enseguida del Paraíso es absolutamente necesario hacer el bien. En la medida que uno pueda hacerlo: luchando contra uno mismo y contra los demás. Porque Yo he dicho que había venido a traer guerra y no paz entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, cuando esta guerra se hiciese para defender la voluntad de Dios y su Ley contra las supercherías de la voluntad humana, que contrarían a lo que quiere Dios. ■ En Zaqueo, el pequeño puñado de levadura de bien había fermentado para masa grande. En su corazón había caído solo una partícula originaria: le habían referido mi discurso de la Montaña. Incluso deficientemente, sin duda amputando en muchas de sus partes, como sucede con los discursos referidos. Zaqueo, publicano y pecador. Pero no por mala voluntad. Era como uno de esos que tienen cataratas en sus ojos y que así tratan de ver las cosas. Pero sabe que el ojo, liberado de ese velo, vuelve a tener la capacidad de ver bien. Y ese enfermo desea que le quiten ese velo. De igual modo Zaqueo. Ni estaba convencido ni era feliz: no estaba convencido de las prácticas farisaicas, que habían llegado a sustituir a la verdadera Ley;  no se sentía feliz de su manera de vivir. Buscaba instintivamente la luz, la verdadera Luz. Vio un rayo de ella en ese trozo de discurso y lo guardó en su corazón como un tesoro. Y, puesto que lo amaba —date cuenta, María, de esto—, dado que lo amaba, ese rayo se fue haciendo cada vez más vivo, amplio e impetuoso, y le llevó a ver claramente el Bien y el Mal y a elegir rectamente, cortando con generosidad todos los tentáculos que antes, de las cosas al corazón y del corazón a las cosas, le habían envuelto en una red de maligna esclavitud”.
.    ● «Puesto que lo amaba». Éste es el secreto del éxito de Zaqueo.- ■ Jesús: «Puesto que lo amaba». Éste es el secreto del éxito o del no éxito. Se tiene éxito cuando se ama. Se tiene poco éxito cuando se ama raquíticamente. No se tiene ningún éxito cuando no se ama. En cualquier cosa. Con mayor razón en las cosas de Dios, donde, por ser Dios invisible a los sentidos corporales, es necesario tener un amor que me atrevería a llamarle perfecto, respecto a la perfección que puede tocar la criatura, para tener éxito en una empresa, en la santidad en este caso. Zaqueo, hastiado del mundo de la carne, como también de las mezquindades fariseas, tan sofisticadas, intransigentes para los demás y demasiado condescendientes para ellos, guardó con cariño el pequeño tesoro de una palabra mía, que casualmente llegó hasta él, hablando humanamente; la conservó como el más bello objeto que en su vida hubiese tenido. Y desde ese momento polarizó su corazón y su pensamiento hacia este punto. Donde está el tesoro estará el corazón del hombre. No solo en el mal. También en el bien. ¿Los santos, no tuvieron acaso durante su vida, su corazón donde estaba su tesoro: Dios? Así es, y por esto, al quedarse tan solo con Dios supieron pasar por la Tierra sin manchar en el fango de la Tierra su alma. ■ Aquella mañana, aunque no hubiera ido, hubiera de todos modos logrado un seguidor más, porque las palabras del leproso habían dado el último retoque a la metamorfosis de Zaqueo. En el banco de la aduana no era ya más el aduanero engañador e injusto. Estaba arrepentido y decidido a cambiar de vida. Si no hubiera ido a Jericó, hubiera cerrado su tienducha, y hubiera ido a buscarme porque no podía estar más sin el agua de la Verdad, sin el pan del Amor, sin el beso del Perdón. Esto no lo veían, y mucho menos lo entendían, mis acostumbrados censores, que siempre me acechaban para criticarme. Por eso se asombraban de que comiera con  un  pecador. ■ ¡Ah, si no juzgaseis nunca, y dejarais a Dios esta tarea, pobres ciegos incapaces incluso de juzgaros a vosotros mismos! Jamás estuve entre los pecadores para aprobar su pecado. Iba para arrancarlos del pecado, frecuentemente porque ellos ya solo tenían lo externo del pecado: su alma contrita estaba ya transformada en una nueva alma viva que quería expiar. ¿Entonces, estaba Yo con un pecador? No. Con un redimido que tenía necesidad solo de un guía para sujetarse en medio de su debilidad de resucitado de la muerte”.
.  ●“Lo que el joven rico no supo hacer, hizo Zaqueo. El poder de la recta intención suscita el deseo recto y el arrepentimiento recto”.-Jesús: “¡Cuánto os puede enseñar lo acaecido a Zaqueo! El poder de la recta intención que hace germinar el deseo. El deseo recto que impulsa a buscar siempre un mayor conocimiento del Bien y a buscar a Dios continuamente hasta alcanzarle. Un recto arrepentimiento que da el coraje de la renuncia. Zaqueo tenía la recta intención de oír las palabras de verdadera Doctrina. Apenas había oído hablar algo de ella, su recto deseo le obliga a un deseo mayor y, por tanto, a la continua búsqueda de esta Doctrina. ■ La búsqueda de Dios, oculto en la verdadera Doctrina, le separa de los mezquinos dioses del dinero y de la sensualidad y le hace héroe de la renuncia. «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, ven en pos de Mí» dije al joven rico, pero no lo hizo. Zaqueo, aunque se había endurecido mucho en la avaricia y sensualidad, lo supo hacer, porque gracias a las pocas palabras que le habían contado, él, como el mendigo ciego y el leproso curado, había visto a Dios.  ¿Puede alguna vez un corazón que ha visto a Dios, encontrar atracción alguna en las cosas pequeñas de la Tierra? ¿Lo puede alguna vez, oh María, a quien tanto amo?”. (Escrito el 18 de Julio de 1944).
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(<En Cesarea Marítima, Jesús se ha hospedado en la casa de un cordelero. Han llegado a la casa del cordelero las romanas Plautina, Lidia, Valeria y la liberta Albula Domitila, quienes, sabedoras ya de que Jesús no busca un reino temporal, como Iscariote dio a entender a Claudia, quieren que, Jesús, en persona y ante ellas, desmienta la versión de Judas>)
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6-426-412  (7-117-725).- En Cesarea Marítima, con las romanas: “No es el pertenecer por casualidad a un pueblo o a una religión lo que puede hacer santos a los hombres”. El casto (se le llamó «la doncella») poeta Virgilio.
* Factor de santidad: la voluntad. Si es buena: conduce las acciones del hombre a la santidad; si es mala: a la iniquidad. Por eso, no se excluye que haya justos entre paganos. Quienes sienten atracción hacia el Bien y la Verdad, y repugnancia contra el Vicio, y evitan las malas acciones están ya en el sendero de la justicia.- ■ “Venid…” dice Jesús a las mujeres. Va con ellas al final de la plaza, debajo del hediondo cobertizo, dentro del cuartucho donde hay utensilios rotos, harapos, restos de cáñamo, gigantescas telarañas, y donde el olor de la maceración del cáñamo y del moho repugnan lo indecible. Jesús, que tiene un aspecto serio y pálido, dice con una sonrisa leve: “No hay un lugar apropiado a vuestros gustos… pero no dispongo de otra cosa…”. Plautina que se quita el velo y el manto, responde: “No vemos el lugar, sino al que en estos momentos está en él”. Lo mismo hacen Lidia, Valeria y la liberta Albula Domitila. Jesús: “De ello arguyo que, pese a todo, todavía me consideráis como a un hombre justo”. Plautina: “Y más que eso. Y Claudia nos manda precisamente porque cree que eres más que un  justo y no tiene en cuenta lo que oyó. Pero quiere tu confirmación al respecto para tributarte doble veneración”. Jesús: “O suspenderla, si le parezco como quisieron pintarme. Pero tranquilizadla. No tengo miras humanas. Mi ministerio y mi deseo es tan solo sobrenatural y nada más. Quiero sí, reunir en un solo reino a todos los hombres. ¿A qué hombres? ¿A los que están hechos de carne y sangre? No. Eso lo dejo, materia corruptible, a las pasajeras monarquías, a los reinos que se tambalean. Quiero reunir bajo mi cetro solamente a los corazones de los hombres, espíritus inmortales en un reino inmortal. Cualquier otra versión la rechazo como contraria a mi voluntad, quienquiera que fuera el que la diese, distinta de ésta. Y os ruego que creáis y que digáis a quien os envía, que la Verdad no tiene sino una sola palabra…”.  Plautina: “Tu apóstol habló con demasiado seguridad”. Jesús: “Es un muchacho exaltado. Y como tal hay que escucharle”. Plautina: “Pero te hace daño. Repréndele… Despídele…”. Jesús: “Entonces ¿dónde estaría mi misericordia? Él lo hace llevado de amor equivocado. ¿No debo acaso compadecerle? ¿Y qué cambiaría, si le despidiera? Haría doble mal a sí y a Mí”. Plautina: “Es para Ti como una zancadilla”. Jesús: “Es para Mí un infeliz a quien tengo que redimir…”. ■ Plautina cae de rodillas con los brazos extendidos y dice: “¡Ah, Maestro, más grande que cualquier otro, qué fácil es creerte santo cuando se siente tu corazón en tus palabras! ¡Qué fácil es amarte y seguirte debido a esta caridad tuya que es todavía más grande que tu inteligencia!”. Jesús: “No más grande, sino más comprensible para vosotros… cuyo entendimiento está envuelto en muchos errores y no tenéis la generosidad de despojarle de todo para aceptar la Verdad”. Plautina: “Tienes razón. Eres tan adivino como sabio”. Jesús: “La sabiduría, siendo una forma de santidad, da siempre luminosidad de juicio, ya sobre hechos pasados o presentes, ya sobre premoniciones de hechos futuros”. ■ Plautina: “Por esto vuestros profetas…”. Jesús: “Eran unos santos. Dios se comunicaba a ellos con una gran plenitud”. Plautina: “¿Eran santos, porque eran de Israel?”. Jesús: “Eran santos porque eran de Israel y porque eran justos en sus acciones. Pues no todo Israel es y ha sido santo, pese a ser Israel.  No es el pertenecer por casualidad a un pueblo o a una religión lo que puede hacer santos a los hombres. Estas dos cosas pueden ayudar grandemente a serlo. Pero no son el factor absoluto de la santidad”. Plautina: “¿Cuál es, entonces, ese factor?”. Jesús: “La voluntad del hombre. La voluntad que conduce las acciones del hombre: a santidad, si es buena; a iniquidad, si es mala”. Plautina: “Entonces… no se excluye que haya justos entre nosotros”. Jesús: “No se excluye. Es más, ciertamente hay justos entre vuestros antepasados, y los hay entre los que viven actualmente. Porque sería demasiado horrendo que todo el mundo pagano perteneciese a los demonios. Quienes, de entre vosotros, sienten atracción hacia el Bien y la Verdad, y repugnancia contra el Vicio, y evitan las malas acciones que envilecen al hombre, creedme que están ya en el sendero de la justicia”. Plautina: “Entonces Claudia…”. Jesús: “Sí. Y vosotras. Perseverad”. Plautina: “Pero ¿si muriéramos antes… de convertirnos a Ti? ¿Para qué serviría el haber sido virtuosos?”. Jesús: “Dios es justo en el juzgar. Pero ■ ¿por qué debéis dar las espaldas al Dios verdadero?”. Las tres mujeres bajan la cabeza.. Un silencio… Luego la confesión que será la que dará la clave a la crueldad romana y a su resistencia al cristianismo… “porque nos parece, que al hacerlo, traicionaríamos a la Patria…”. Jesús: “Al contrario, serviríais a la Patria, pues la haríais moral y espiritualmente más grande porque sería fuerte con la posesión y protección de Dios, además de la de su ejército y riquezas. Roma, la Urbe del mundo, la Urbe de la religión universal… Pensadlo…”. Un silencio…
* “¿En el alma pura de un hombre casto (poeta Virgilio) no habrá podido reflejarse Dios, aun cuando ese hombre fuese pagano? ¿La Virtud perfecta, ¿no habrá amado al virtuoso?”.- ■ Luego Lidia, poniéndose roja como una llama, dice: “Maestro, hace tiempo te buscábamos a Ti aun en las páginas de nuestro Virgilio.  Porque para nosotros tienen más valor las… profecías de los que no han tenido relación con la fe de Israel, que las de vuestros profetas, en los que podemos pensar que hubo sugestiones de creencias milenarias… Y discutimos de ello… Comparando los diversos profetas que en todo tiempo, nación y religión, te han presentido. Pero nadie te presagió con tanta exactitud como nuestro Virgilio… ¡Cuánto hablamos aquél día con Diómedes, el liberto griego, astrólogo, que goza de la estima de Claudia! Él sostenía que esto ha sucedido porque los tiempos estaban más cercanos, y los astros lo decían con sus conjunciones… Y en apoyo de su tesis, esgrimía el hecho de los tres Sabios de tres países de Oriente que vinieron a adorarte cuando eras un infante, y con ello provocaron la matanza de que la misma Roma se horrorizó… Pero no nos convenció, porque…, no obstante que tu manifestación ha sucedido en nuestros tiempos, en más de cincuenta años ningún otro sabio de todo el mundo ha hablado de Ti por noticia de los astros. ■ Claudia exclamó: «¡Se requeriría aquí la presencia del Maestro! Nos diría la verdad y sabríamos el lugar y destino inmortal de nuestro más grande poeta». ¿Querrías decirnos… para Claudia…? Algo para mostrarnos que no le tienes antipatía por su duda acerca de Ti”. Jesús: “He comprendido su reacción de romana, y no la guardo ningún rencor. Decidle que esté tranquila. Y escuchad. Virgilio no fue grande solo como poeta ¿o no es así?”. Lidia: “¡Oh, no! Lo fue también como hombre. En medio de una sociedad que estaba ya corrompida y viciada, fue un faro de pureza espiritual. Nadie puede decir haberle visto lujurioso, amante de orgías y de costumbres licenciosas. Sus escritos son castos, pero más casto tuvo el corazón. Tanto que en los lugares donde más tiempo vivió se le llamó «la doncella»: con burla los viciosos y con veneración los buenos”. Jesús: “Ahora bien, ¿en el alma pura de un hombre casto no habrá podido reflejarse Dios, aun cuando ese hombre fuese pagano? La Virtud perfecta, ¿no habrá amado al virtuoso? Y si se le concedió amar y ver la Verdad debido a la belleza de su corazón ¿no podrá haber tenido una chispa de profecía, de una profecía que no es sino verdad que se revela a quien merece conocer la Verdad como premio e incentivo a una virtud cada vez mayor?”. ■ Plautina: “¿Entonces… ¿profetizó de Ti?”. Jesús: “Su mente, encendida de pureza y genio, logró ascender para conocer una página referida a Mí, y puede ser llamado el poeta pagano y justo, un espíritu profético y precristiano, como premio de sus virtudes”. Plautina: “¡Oh, nuestro Virgilio! ¿Y tendrá algún premio?”. Jesús: “Ya lo dije: «Dios es justo». Pero vosotras no imitéis al poeta deteniéndoos hasta donde llegó. Avanzad, porque la Verdad no se os ha mostrado por intuición o en parte, sino completa, y os ha hablado”. Plautina, sin dar respuesta, dice: “Gracias, Maestro… Nos retiramos. Claudia nos dijo que te preguntásemos si te puede ser útil en cosas morales”. Jesús: “Y os mandó que me dijeseis, si soy usurpador…”. Plautina: “¡Oh, Maestro! ¿Cómo lo sabes?”. Jesús: “¡Soy más que Virgilio y que los profetas!…”. Plautina exclama: “¡Es verdad! ¡Todo es verdad!”. (Escrito el 1 de Mayo de 1946).
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7-444-64 (8-136-67).- “¿Qué razón hay de pertenecer a la religión santa, si al fin del mundo seremos tratados de igual modo que los gentiles?”.
*  El Limbo (espera) será la purgación de los almas de los justos de otras religiones, desde su muerte hasta el Fin del mundo.- Dice Jesús: “Ahora voy a revelar una gran verdad. Recordadla. Transmitidla a vuestros sucesores. No esperéis siempre a que el Espíritu Santo aclarezca la verdad después de años o siglos de oscuridad.  Escuchad.  Tal vez diréis: «Pero entonces, ¿qué razón hay de pertenecer a la religión santa, si al fin del mundo seremos tratados de igual modo que los gentiles?». Os respondo: la misma razón que hay —y es verdadera justicia— para los que, aunque hubieran pertenecido a la religión santa, no serán bienaventurados porque no vivieron como santos. Un pagano virtuoso, que vivió virtuosamente, convencido de que su religión era buena, alcanzará el Cielo. ¿Cuándo? Al fin del mundo, cuando de las cuatro moradas en que pueden estar los muertos, queden solo dos: el Paraíso y el Infierno. Porque la Justicia, en ese momento, deberá conservar y dar estos dos reinos eternos, respectivamente, a quien del árbol del libre albedrío escogió los frutos buenos y a quien quiso los malos.  Pero ¡cuánta espera antes de que un pagano virtuoso llegue a ese premio!… ¿No lo pensáis? Y esa espera, especialmente desde el momento en que la Redención, con todos los consiguientes prodigios, se realice, y el Evangelio sea predicado en el mundo, será la purgación de las almas que vivieron con justicia en otras religiones, pero que no pudieron entrar en la Fe verdadera, después de haberla conocido como existente, y efectivamente real. Ellos estarán en el Limbo durante siglos y siglos hasta el fin del mundo. ■ Los creyentes en el Dios verdadero, que no supieron ser heroicamente santos, en el largo Purgatorio, que para algunos podrá terminar en el fin del mundo. Pero después de la espera y expiación, los buenos, cualesquiera que fuera el lugar de donde vinieren, estarán a la derecha de Dios; los malvados, cualquiera que sea el lugar de donde vinieren, a la izquierda, y luego al horrible Infierno. El Salvador entrará con los buenos en el Reino eterno”. (Escrito el 30 de Mayo de 1946).
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7-448-95 (8-140-96).- Dios es Misericordia más que intransigencia, mas ¿cuándo no perdona?
* “El amor excesivo y desordenado (a religión o patria) es pecado porque se hace egoísmo y éste siempre es pecado y causa de pecado porque siembra la mala voluntad que hace al hombre rebelde a Dios y a sus mandamientos”. ■ Jesús dice: “Sabed siempre discernir. Dios es Misericordia más que intransigencia. Dios es bueno. Dios es Padre. Dios es Amor. El Dios verdadero es esto. El verdadero Dios abre el Corazón a todos, diciendo a todos: «Venid», indicando a todos su Reino. Es libre de hacerlo porque es el Único, el Universal, el Creador, el Eterno Señor. Os ruego, a vosotros de Israel, que seáis justos. Recordad estas cosas. No permitáis que las comprendan en vuestro lugar los que para vosotros son como cosa impura y mientras que vosotros no las comprendéis. También es pecado el excesivo y desordenado amor a la religión y a la patria, porque se convierte en egoísmo. El egoísmo siempre es motivo y causa de pecado. Sí. El egoísmo es pecado porque siembra en el corazón una mala voluntad que hace al hombre rebelde a Dios y a sus mandamientos. La mente del egoísta ya no ve claramente a Dios, ni tampoco las verdades de Dios. La soberbia exhala sus vapores en el egoísta y empaña las verdades. En la oscuridad, la mente, que ya no ve más la luz clara de la Verdad como la veía antes de hacerse soberbia, comienza el proceso de los porqués, y de los porqués pasa a la duda, de la duda a la indiferencia, no solo respecto al amor y a la confianza en Dios y en su justicia, sino también respecto al temor de Dios y al temor a su castigo. De ahí la predisposición a pecar, y de ésta se pasa a la soledad del alma que se aleja de Dios, la cual, no teniendo ya la voluntad de Dios como guía, cae en la ley de su voluntad de pecador. ■ ¡Muy mala cadena es la voluntad del pecador, uno de cuyos extremos lo tiene en su mano Satanás, mientras que el otro ata a los pies del hombre una bola pesada, para tenerle sujeto, esclavo en el fango, amante de las tinieblas! ¿Puede entonces el hombre no incurrir en culpas mortales? ¿Puede no incurrir en ellas, teniendo en sí solo mala voluntad?  Entonces, sólo entonces, Dios no perdona (1). ■ Pero, cuando el hombre tiene algo de voluntad buena y realiza incluso actos espontáneos de virtud, ciertamente termina poseyendo la Verdad, porque la buena voluntad conduce a Dios, y Dios, el Padre Santísimo se inclina amoroso, compasivo, indulgente a ayudar, a bendecir, a perdonar a sus hijos que tienen buena voluntad”. (Escrito el 24 de Junio de 1946).
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1  Nota  : En el presente texto, se añade una exactitud doctrinal muy oportuna: en lugar del Amor divino y debido a una impenitencia obstinada, entra implacable la Justicia divina. Se sobreentiende: si permanece impenitente. Así, pues, Dios perdona a cualquier pecador, con la condición de que se arrepienta. Pero la Misericordia no puede entrar donde sólo hay odio.
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(<Están en la ciudad transjordánica de Gamala. La expedición, además de la Madre,  está compuesta por apóstoles, y discípulas. Y un niño, Alfeo, desamado de madre, casada en segundas nupcias. El niño viene en la expedición con el consentimiento de su madre. Todos duermen. Cuando rompe el alba Jesús se despierta y se incorpora en su tosco lecho hecho de tierra y hierba>)
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7-455-142  (8-147-140).- Iglesia confiada a la Maternidad de María: “Eres la única que puede cambiar los decretos de castigo del Eterno”.
* Hijo mío… he soñado que de tu boca manaba un río de oro, y como si una voz dijera: «Ésta es la Palabra que enriquece al mun­do y da beatitud a quien la escucha y obedece. Salvará sin límites de poder ni de tiempo ni de espacio»”.- ■ Mientras el primer rayo de sol hace del prado una alfombra sembrada de diamantes, va a despertar a los apóstoles y a las mujeres. Las unas y los otros se muestran tardos en despertarse porque están cansados. Pero María está despierta, inmovilizada por el niño, que duerme abrazado a su pecho, con la cabecita debajo de su mentón. Y la Madre, viendo aparecer a su Jesús por la entrada de la gruta, le sonríe con sus dulces ojos celestes, colorándose de rosa por la alegría de verle. Y se libera del niño, el cual gimotea un poco al sen­tir que le mueven; y se pone de pie y va donde Jesús con su silencio­so paso levemente ondeante, de paloma pudorosa. Virgen: “Dios te bendiga, Hijo mío, en este día”. Jesús: “Dios sea contigo, Mamá. ¿Has pasado una noche incómoda?”. Virgen:  “No, no. Es más, bien feliz. Me parecía tenerte a Ti, cuando eras pequeñito, entre mis brazos… Y he soñado que de tu boca manaba un río de oro, emitiendo un cántico tan dulce que no se puede expresar, y como si una voz dijera, …¡oh, qué voz!: «Ésta es la Palabra que enriquece al mun­do y da beatitud a quien la escucha y obedece. Salvará sin límites de poder ni de tiempo ni de espacio». ¡Oh, Hijo mío! ¡Y esta Palabra eres Tú, mi Hijo! ■ ¿Cómo podría vivir tanto y hacer tanto como para poder agradecer al Eterno el haberme hecho Madre tuya?”. Jesús: “Que no te preocupe eso, Mamá. Cada uno de los latidos de tu co­razón contenta a Dios. Tú eres la viviente alabanza a Dios, y lo serás siempre, Mamá. Tú le das gracias desde que existes…”. Virgen: “No creo hacerlo suficientemente, Jesús. ¡Es tan grande, tan grande lo que Dios me ha hecho! Y, a fin de cuentas, ¿qué hago yo de más respecto a lo que hacen todas las mujeres buenas que son, como yo, tus discípulas? Hijo mío, dile a nuestro Padre, díselo Tú, que me dé la forma de darle gracias como el don merece”. Jesús: “Madre mía, ¿tú crees que el Padre necesita que pida esto para ti? Ya te ha preparado el sacrificio que habrás de consumar para es­ta alabanza perfecta. Y perfecta serás cuando lo hayas cumplido…”. Virgen: “¡Jesús mío!… Comprendo lo que quieres decir… ¿Pero seré ca­paz de pensar en esa hora?… Tu pobre Mamá…”. Jesús: “¡La Mujer más amada del Amor eterno! Esto eres, Mamá. Y el Amor pensará en ti”. Virgen: “Lo dices Tú, Hijo, y yo me fío en tu Palabra. Pero Tú… ora por mí, en aquella hora incomprendida por todos éstos… y que es ya inminente… ¿No es verdad? ¿No es, acaso, verdad?”. Describir la expresión del rostro de María mientras mantiene es­te diálogo es imposible. No existe escritor que pueda traducirla en palabra sin deteriorarla con melosidades o colores inciertos. Sólo quien tiene corazón, y corazón bueno, cualquiera que sea su sexo, pue­de dar mentalmente al rostro de María la expresión real que tiene en este momento.
* “¡Ma­dre, todos bajo tu manto! Eres la única que puede y podrá cambiar los decretos de castigo del Eterno, porque nada podrá negar nunca la Tríada a su Flor… Es Satanás quien crea vapores para que no vean… ¡Cuántos judas no habrá. Tú no los rechaces…”.- ■ Jesús la mira… Otra expresión intraducible en pobre palabra. Y le responde: “Y tú ora por Mí en la hora de la muerte… Sí. Ninguno de éstos comprende… No es por su culpa. Es Satanás quien crea los vapores para que no vean, y estén como ebrios y no comprendan, y no estén preparados por consiguiente… y sean más fáciles de doble­gar… Pero Yo y tú los salvaremos, a pesar de la asechanza de Sata­nás. Desde ahora te los confío, Madre mía. Recuerda estas palabras mías: te los confío. Te doy mi herencia. No tengo nada en la Tierra sino una Madre, que ofrezco a Dios: Hostia con la Hostia; y mi Igle­sia, que te confío a ti. Sé su Protectora. Hace poco estaba pensando cuántos judas no habrá, a lo largo de los siglos,  con esas todas sus taras. Y pensaba que uno que no fuera Jesús rechazaría, alejaría a este ser tarado. Pero Yo no le rechazaré. Soy Jesús.  Tú, en el tiempo que permanezcas en la Tierra, segunda respecto a Pedro como jerarquía eclesiástica (él cabeza, tú fiel), primera respecto a todos como Madre de la Iglesia, habiéndome dado a luz a Mí, Cabe­za de este Cuerpo místico, tú no rechaces a los muchos Judas, sino socorre y enseña a Pedro, a los hermanos, a Juan, Santiago, Simón, Felipe, Bartolomé, Andrés, Tomás y Mateo, a no rechazar, sino a socorrer. Defiéndeme en mis seguidores, y defiéndeme contra aquellos que quieran dispersar y desmembrar a la naciente Iglesia. Y a lo lar­go de los siglos, oh Madre, siempre tú sé la Mujer que intercede y protege, defiende, ayuda a mi Iglesia, a mis Sacerdotes, a mis fieles, contra el Mal y el Castigo, contra sí mismos… ¡Cuántos Judas, oh Madre, a lo largo de los siglos! Y cuántos semejantes a limitados mentales que no sabrán entender, o a ciegos y sordos que no pueden ni ver ni oír, o a tullidos y paralíticos que no pueden acercarse… ¡Ma­dre, todos bajo tu manto! Eres la única que puede y podrá cambiar los decretos de castigo del Eterno para uno o para muchos, porque nada podrá negar nunca la Tríada a su Flor”. Virgen: “Así lo haré, Hijo. Por lo que depende de mí, ve en paz a tu meta. Tu Mamá está aquí para defenderte en tu Iglesia, siempre”. Jesús:  “Dios te bendiga, Mamá… ■ ¡Ven! Voy a recoger para ti unos cálices de flor llenos de rocío perfumado, así te refrescas la cara como he he­cho Yo. Nos los ha preparado el Padre nuestro Santísimo y los pájaros me los han señalado. ¡Mira cómo todo sirve en la ordenada Creación de Dios! Este rellano elevado y cercano al lago, muy fértil por las nieblas que suben del mar galileo y por los árboles altos que atraen el rocío, haciendo que se refresquen las plantas y flores incluso en medio de este ardiente sol; esta abundante lluvia de gotas de rocío para llenar estos cálices y que sus amados hijos puedan lavarse el rostro… Ve lo que el Padre ha preparado para los que  le aman. Ten. Agua de Dios en cálices de Dios, para refrescar a la Eva del nuevo Paraíso”. Y Jesús coge estas anchísimas flores —no sé cómo se llaman— y vierte en las manos de María el agua recogida en el fondo.   (Escrito el 8 de Julio de 1946).
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(<José “Bernabé”, discípulo de Gamaliel, conversa con Jesús>)
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7-471-279 (8-165-271).- ¿Dios exigirá de los heridos por el Pecado Original lo que exigió de Adán?  El principal atributo de Dios es el Amor, y además un Amor misericordioso.
* Dios es Justicia. Sí. Potencia. Sí. Puede ser también Rigor con el impenitente. Pero cuando un hijo suyo falta —el espíritu alcanza su madurez eterna en el juicio particular—porque es un distraído, o falto de discernimiento, o poco instruido, o muy débil, ¿podrá juzgarle el Padre con rigor?”.- ■ Entran en el pueblo. Jesús pregunta a Bernabé (1): “¿Lo conoces?”. Bernabé: “No. Nunca he estado. Es la primera vez que vengo acá a Neftalí. Me trajo consigo y con otros, el rabí, porque me quedé solo…”. Jesús: “¿Tienes a Dios por amigo?”. Bernabé: “Así lo espero. Trato de servirle lo mejor que puedo”. Jesús: “Entonces no estás solo. El pecador es el que está solo”. Bernabé: “También yo puedo pecar…”. Jesús: “Tú, discípulo de un gran rabí, conoces las condiciones para que una acción sea pecado”. Bernabé: “Todo, Señor, es pecado. El hombre peca continuamente, porque hay más preceptos que momentos tiene el día. Y no siempre el pensamiento, ni las circunstancias, nos ayudan a no pecar”. Jesús: “Sobre todo las circunstancias, en verdad sobre todo ellas a menudo nos inducen a pecar. ■ ¿Pero tienes claro el concepto del principal atributo de Dios?”. Bernabé: “La Justicia”. Jesús: “No”. “La Potencia”. “Tampoco”. “…El rigor”. “No. Mucho menos”. Y Bernabé concluye: “Y, a pesar de todo…  eso es lo que fue en el Sinaí (2) y después otras veces…”. Jesús: “En aquel entonces fue visto el Altísimo entre rayos, que ceñían con terribles aureolas el rostro del Padre y Creador. En verdad, vosotros no conocéis el verdadero rostro de Dios. Si le conocierais, y si conocierais su espíritu, sabríais que el principal atributo de Dios es el Amor, y además un Amor misericordioso” (3). Bernabé: “Sé que el Altísimo nos ama. Somos el pueblo elegido. ¡Pero servirle es algo terrible!”. Jesús: “Si sabes que Dios es Amor, ¿cómo puedes llamarle terrible?”. Bernabé: “Porque pecando, perdemos su amor”. ■ Jesús: “Te pregunté antes si sabías las condiciones por las que una acción se convierte en pecado”. Bernabé: “Cuando no es una acción de los seiscientos trece preceptos, de las tradiciones, decisiones, costumbres, bendiciones y oraciones, además de los diez mandamientos de la Ley, o bien no es como los escribas enseñan estas cosas, entonces es pecado”. Jesús: “¿Aun cuando el hombre no lo haga con plena advertencia y perfecto consentimiento de su voluntad?”. Bernabé: “Incluso así. Por tanto, ¿quién puede decir: «Yo no peco?» ¿Quién puede esperar tener la paz en el seno de Abraham a la hora de su muerte?”. ■ Jesús: “¿Son los hombres perfectos en el espíritu?”. Bernabé: “No, porque Adán pecó tenemos esa Culpa en nosotros. Nos hace débiles. El hombre perdió la Gracia del Señor, única fuerza que podía sostenernos…”. Jesús: “¿Y el Señor lo sabe?”. Bernabé: “Él sabe todo”. Jesús: “¿Y crees entonces que Él no tiene misericordia, considerando lo que hace débil al hombre? ¿Crees que Él exige de los que han sido heridos con el Pecado de origen, lo mismo que podía exigir del primer Adán? Aquí está la diferencia que vosotros no consideráis. Dios es Justicia, sí. Es Potencia, sí. Puede también ser Rigor para con el impenitente que persiste en pecar. Pero cuando ve que un hijo suyo falta —el espíritu alcanza su madurez eterna en el juicio particular— porque es un distraído, o porque su cabeza no le ayuda a discernir, o porque está poco instruido, o porque es muy débil en una o en varias cosas, ¿tú piensas que el Padre Santísimo le podrá juzgar con inexorable rigor? Tú lo has dicho. El hombre perdió la Gracia, fuerza necesaria para reaccionar contra la tentación y los apetitos. Y Dios lo sabe. Y el hombre no tiene que temblar ante Dios y huir de Él como Adán después de la Culpa; antes bien debe recordar que Él es Amor. Su rostro resplandece ante los hombres, pero no para reducirlos a cenizas; antes bien para confortarlos como el sol conforta con sus rayos. El amor, no el rigor, irradia de Dios. Rayos de sol, no un saetear de relámpagos y rayos”.
* El amor ha impuesto solo 10 mandamientos, como freno para contener al hombre”.- Jesús: “Además… ¿Qué ha impuesto de por sí el Amor? ¿Una carga que no se puede llevar? ¿Un código de innumerables artículos que pueden olvidarse? No. Solo diez mandamientos, para contener al hombre, cual potro con frenos, pues de otra manera iría al desastre. Pero cuando el hombre sea salvado, cuando se le dé de nuevo la Gracia, cuando llegue el Reino de Dios, o sea, el Reino del amor, os dará,  a los hijos de Dios y súbditos del Rey, un solo mandamiento, y en él todo estará comprendido: «Ama a tu Dios con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo». Porque créeme, hombre, que Dios-Amor no puede sino aligerar el yugo y hacerlo suave, y el Amor hará cosa agradable el servir a Dios, no temido ya, sino amado. Amado solo Él, y por Sí mismo, y amado en nuestros hermanos. ¡Cuán sencilla será la postrera Ley! Como es Dios: perfecto en su simplicidad. Óyeme: ama a Dios con todo tu ser, ama a tu prójimo como a ti mismo. Medítalo. ■ ¿Los gravosos seiscientos trece preceptos, todas las oraciones y bendiciones, no están ya —despojándose de las sutilezas inútiles que no son religión, sino esclavitud hacia Dios— contenidos en estas dos frases? Si amas a Dios, sin duda alguna le honrarás a todas horas. Si amas al prójimo, no hay duda que no le causarás ningún dolor: no mentirás, no robarás, no matarás o herirás, no cometerás adulterio. ¿No es así?”. Bernabé:  “Así es… Maestro justo, quisiera estar contigo. Pero Gamaliel ha perdido por tu causa los mejores discípulos… Yo…”. Jesús:  “Todavía no es la hora de que vengas a Mí. Cuando llegue, tu propio maestro te la dirá porque es un hombre justo”. Bernabé: “¿De veras lo es?  ¿Lo dices Tú?”. Jesús: “Lo digo porque es verdad. No soy Yo uno que derriba para subirse sobre el derribado. A cada uno reconozco lo suyo… Pero… nos están llamando. Sin duda han encontrado alojamiento para nosotros. Vámonos”.  (Escrito el 10 de Agosto de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: José, llamado Bernabé.   2  Nota  : Cfr.  Éx. 19,9-20,21.   3  Nota  : Cfr. Is. 54,4-10.
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(<Abel de Belén de Galilea (1) —salvado de la muerte y de la calumnia por Jesús—, acompañado por Jesús y el apóstol Juan ha salido en busca de dos de sus tres antiguos acusadores, ahora leprosos. Quiere que Jesús, a los castigados con la lepra por esa falsa acusación suya, ahora les perdone y libere de la horrible enfermedad>)
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7-476-310 (8-171-298).- Perdón a los dos pecadores castigados con la lepra, recordado que, además de abstenerse de pecar, deben lle­var a cabo actos de justicia.
* “¡Señor, hemos pecado! ¡Pero tu misericordia es más grande que nuestro pecado, Tú eres el Amor que puede vencer sobre la Justicia”.- “Yo soy el Amor. Es verdad. Pero sobre Mí está el Padre. Y Él es la Justicia”.- ■ Siguen andando todavía un tiempo por el sendero, cada vez más escabroso, abierto sobre la cima del monte. Abajo, lejos, hay un camino, y se ve a la gente en camino por él. Dice Abel: “Detengámonos, Maestro. Allí, ¿ves?, desde aquella como plataforma de roca, los dos están descolgando hasta los viandantes un cesto con una soga, y tras la plataforma está su gruta. Ahora los llamo”. Y, adelantándose, lanza un grito, mientras Jesús y Juan se quedan retrasados, ocultos tras tupidos arbustos. Pocos instantes y luego una cara… —llamémosla cara porque está encima de un cuerpo, pero podría llamarse también hocico, monstruo, pesadilla…— se asoma por encima de unos arbustos de zarzamora. Leproso: “¿Tú? ¿Pero no te habías marchado para los Tabernáculos?”. Abel: He encontrado al Maestro y he vuelto atrás. ¡Él está aquí!”. ■ Si Abel hubiera dicho «Yeové aletea sobre vuestra cabeza», muy probablemente habría sido menos repentino y reverente el gri­to, el acto, el impulso de los dos leprosos —porque mientras Abel ha­blaba se había asomado también el otro— para echarse afuera, a la plataforma, en pleno sol, y para postrarse rostro en tierra gritando: “¡Señor, hemos pecado! ¡Pero tu misericordia es más grande que nuestro pecado!”. Lo gritan sin siquiera asegurarse si Jesús está verdaderamente allí, o si está todavía lejos, en camino hacia ellos. Su fe es tal, que hace ver hasta lo que los ojos, —por las llagas de los párpados y la rapidez con que ellos se han arrojado al suelo— sin duda, no han visto. Jesús avanza mientras ellos repiten: “¡Señor, nuestro pecado no merece perdón, pero Tú eres la Misericordia! Señor Jesús, por tu Nombre sálvanos. Tú eres el Amor que puede vencer sobre la Justicia”. Jesús, saliendo con Juan al sendero dice severo: “Yo soy el Amor. Es verdad. Pero sobre Mí está el Padre. Y Él es la Justicia” (2). ■ Los dos alzan sus caras llagadas. ¡Qué horribles caras tienen! ¿Viejos? ¿Jóvenes? ¿Quién es el siervo? ¿Quién es Aser? Imposible decirlo. La enfermedad los ha igualado, haciendo de ellos dos formas de horror y náusea. ¿Cuál debe ser el aspecto de Jesús para ellos, erguido en medio del sendero, envuelto de rayos de sol que encienden el color rubio de sus cabellos? No lo sé. Sé que le miran y se cubren el rostro gimien­do: “¡Yeové! ¡La Luz!”. Pero luego vuelven a gritar: “El Padre te ha mandado para salvar. Él dice que eres su amor predilecto. En Ti se com­place. No te negará que nos des el perdón”. Jesús: “¿El perdón o la salud?”. Uno grita: “El perdón”. Y el otro: “…y luego la salud. Mi madre muere de dolor por mí”. ■ Para provocar las palabras que es­pera para obrar el milagro, Jesús prueba: “Aunque Yo os perdone, queda todavía la justicia de los hombres; para ti sobre todo. ¿Qué valor tiene entonces mi perdón para hacer feliz a tu madre?” Aser: “Tiene valor. Ella es una verdadera israelita. Quiere para mí el seno de Abraham. Y para mí no existe ese lugar en espera del Cielo, porque he pecado demasiado”. Jesús: “Demasiado. Tú lo has dicho”. Aser: “¡Demasiado!… Es verdad… Pero Tú… ¡Oh, aquel día estaba tu Madre… ¿Dónde está tu Madre ahora? Ella tenía compasión de la madre de Abel. Lo vi. Y si ahora oyera tendría compasión de la mía. ¡Jesús, Hijo de Dios, piedad en nombre de tu Madre!…”. Jesús: “¿Y qué haríais después?”. “¿Después?”. Se miran consternados. ■ El «después» significa su condena ante los hombres, el desprecio, o la fuga, el destierro. Ante la perspec­tiva de la curación, tiemblan como también tiemblan ante la posibilidad de no serlo. ¡Cuánto le importa al hombre la vida! Los dos, al verse en medio del dilema: curarse y ser condenados por la ley de los hombres, o vivir leprosos, casi prefieren vivir leprosos. Lo dicen, lo confiesan con estas palabras: “¡El suplicio es horrendo!”. Lo dice, sobre todo, el que creo que es Aser, uno de los dos homicidas… Jesús: “Es horrendo. Pero al menos es justicia. Vosotros ibais a aplicárselo a éste, inocente; tú, por sucios fines; tú, por un puñado de mone­das”. Leprosos: “¡Es verdad! ¡Oh, Dios mío! Pero Él nos ha perdonado. Perdona Tú también. Significa que moriremos, pero el alma se salvará”.
* Yo os perdono. Renaced con un espíritu nuevo. Recordad que, además de absteneros de pecar, debéis lle­var a cabo actos de justicia encaminados a anular completamente vuestra deuda ante los ojos de Dios, y que, por tanto, vuestra penitencia no debe cesar, porque grande es vuestra deuda. La tuya, en particular, toca todos los mandamientos del Señor”.Jesús: “La mujer de Joel fue lapidada por adúltera. Sus cuatro hijos llevan una vida miserable con la madre de ella, porque los hermanos de Joel los han echado cual bastardos, apoderándose de los bienes de su hermano. ¿Lo sabéis?”. Leprosos: “Nos lo dijo Abel…”. Jesús: “¿Y quién les repara su desgracia?”. La voz de Jesús es un trueno, verdaderamente es voz de Dios Juez y da miedo. Solo bajo el sol, erguido y rígido, es figura de espanto. Lo dos le miran con miedo. A pesar de que el sol debe irritar sus llagas, no se mueven; como tampoco se mueve Jesús, envuelto todo por el sol. Los elementos pierden valor en esta hora de almas… Pasa un rato y Aser dice: “Si Abel quiere amarme de veras, le ruego que vaya a casa de mi madre, y le diga que Dios me ha perdonado y…”. Jesús: “Yo no te he perdonado todavía”. Aser: “Pero lo harás porque ves mi corazón… Y que le diga que todos mis bienes vayan a los hijos de Joel, por voluntad mía. Sea que mue­ra, sea que viva, renuncio a la riqueza que me ha hecho vicioso”. ■ Jesús sonríe. Se transfigura en la sonrisa, pasando del rostro se­vero al rostro compasivo, y, con mudada voz, dice: “Veo vuestro cora­zón. Levantaos. Y alzad vuestro espíritu a Dios bendiciéndole. Sepa­rados como estáis del mundo, podéis iros sin que el mundo sepa de vosotros. Y el mundo os espera para daros la manera de sufrir y expiar”. Leprosos: “¡¿Nos salvas, Señor?! ¡¿Nos perdonas?! ¡¿Nos curas?!”. Jesús: “Sí. Os dejo la vida, porque la vida es sufrimiento especialmente para quien tiene recuerdos como los vuestros. Pero por ahora no podéis salir de aquí. Abel debe venir conmigo, debe ir como todos los hebre­os a Jerusalén. Aguardad a que regrese, lo cual coincidirá con vues­tra curación. Él se ocupará de llevaros al sacerdote y de avisar a tu madre. Yo le diré a Abel lo que debe hacer y cómo lo debe hacer. ¿Po­déis creer en mis palabras, aunque me marche sin curaros?”. Leprosos: “Sí, Señor. Pero repite que nos perdonas. Esto sí. Luego todo vendrá cuando quieras Tú”. ■ Jesús: “Yo os perdono. Renaced con un espíritu nuevo y no queráis vol­ver a pecar. Recordad que, además de absteneros de pecar, debéis lle­var a cabo actos de justicia encaminados a anular completamente vuestra deuda ante los ojos de Dios, y que, por tanto, vuestra penitencia no debe cesar, porque grande es vuestra deuda. ¡Muy grande! La tuya, en particular, toca todos los mandamientos del Señor. Piensa y verás que ni uno queda excluido. Te olvidaste de Dios, pusiste a la carne como ídolo tuyo, transformaste las fiestas en días de delirios ociosos, ofendiste y deshonraste a tu madre, tomaste parte en matar y en querer matar, robaste los bienes de otros y trataste de arrebatar a una madre su hijo, dejaste sin padre ni madre a cuatro niños, fuiste un lujurioso, levantaste falsos testimonios, deseabas impúdicamente a una mujer que era fiel a su difunto esposo, deseaste los bienes de Abel, tanto que quisiste eliminar a Abel para apoderarte de ellos”. Aser, ante cada una de estas proposiciones, gime: “¡Es verdad, es verdad!”. Jesús: “Como ves, Dios habría podido reducirte a cenizas sin recurrir al castigo de los hombres. Te ha preservado para que Yo pudiera salvar a uno más. Pero el ojo de Dios te vigila y su inteligencia recuerda. Podéis marcharos” y se vuelve y regresa a la espesura, junto a Abel y Juan, que habían buscado sombra bajo los árboles de la ladera.
* Para Mí tú eres Ananías, porque verdaderamente pareces nacido de la bondad del Señor… Y ellos, los curados, seguirán su vida de expiación. Yo digo lo más indispensable y dejo al hombre libre de actuar después”.- ■ Y los dos, aunque desfigurados, pero quizás sonrientes —pero ¿quién puede decir cuándo sonríe un leproso?— con la voz típica de los le­prosos, chillona, metálica, carente de continuidad, con bruscas interrupciones, cantan, mientras Él baja el monte por el peligroso sendero, el salmo 114… Dice Juan: “¡Se sienten felices!”. Dice Abel: “Yo también”. Juan: “Pensaba que los ibas a curar inmediatamente”. Abel: “Yo también, como haces siempre”. Jesús: “Han sido grandes pecadores. Esta espera es justa para quien ha pecado tanto. Ahora escucha, Ananías…”. El joven dice sorprendido: “Me llamo Abel, Señor”, y mira a Jesús como para preguntarse: “¿Por qué se equivoca?”. Jesús sonríe: “Para mí eres Ananías, porque verdaderamente pa­reces nacido de la bondad del Señor (3). Sélo cada vez más. Y, escucha. Al regreso de los Tabernáculos irás a tu ciudad y le dirás a la madre de Aser que haga lo que el hijo desea, y que ello sea llevado a cabo lo más pronto posible, dando todo como reparación, menos un déci­mo. Esto es por compasión hacia la madre anciana. Que ella, junto contigo, deje Belén de Galilea y vaya a Tolemaida, a esperar a su hijo, que, contigo, irá donde ella con su compañero. Tú, una vez alojada la mujer en casa de algún discípulo de la ciudad, irás por todo lo necesario para la purificación de los leprosos, y no los dejarás hasta que esté todo hecho. Que el sacerdote no sea de los que saben del pasado, sino de algún otro lugar”. Abel: “¿Y después?” Jesús: “Después vuelves a tu casa o te unes a los discípulos. Y ellos, los curados, seguirán su vida de expiación. Yo digo lo más indispensable y dejo al hombre libre de actuar después”. (Escrito el 19 de Agosto de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Abel de Belén de Galilea.    2  Nota  : Entre Amor y justicia en Dios no hay ninguna oposición, sino una arcana fusión,  esto es, unidad. De hecho el apóstol y evangelista san Juan exalta el amor de Dios y lo llama «Amor», aludiendo al Padre, o por lo menos sin distinguir entre Padre e Hijo; el apóstol san Mateo exalta a Jesús como «manso de corazón» y lo presenta también co­mo un justo juez, cfr. Mt. 11, 25-30; 25,31-46; Ju. 3,16-17;10,22-39; 1 Ju. 4,7-5,4. La doctrina de la presente Obra no está en desacuerdo con la doctrina bíblica, por el contexto. Por esto las palabras «Yo soy el Amor… Superior a Mí está el Padre. Él es la Justicia», deben entenderse, teniendo en cuenta que Jesús hablaba, según esta Obra, a pecadores criminales y leprosos, sobre los que caía la justicia divina, la justicia de las leyes, la justicia humana; y que por lo tanto no podían ser tratados con solo Amor sino con Justicia mezclada con el Amor: con Justicia destinada a reparar misericordiosamente por el Amor insultado, con justicia amorosamente destinada para restablecer el pleno Amor para con Dios y el prójimo.    3   Nota   : La palabra se compone de dos: de Ana,  que significa: gracia,  favor, y la terminación abreviada del nombre divino: ía (Por Jahwé). (N.T.).
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7-477-323 (———–).- Salvación de pocos en relación al valor infinito del Sacrificio de un Dios.- Los sufrimientos morales de Jesús y de María.
* No pensáis en la agonía de María durante treinta y tres años que culminó al pie de la Cruz (por eso no le niego nada)  ni en la sensibilidad a los afectos del corazón del Hijo de María… Sufrí al pensar que en relación al valor infinito de mi Sacrificio (de un Dios) demasiados pocos se salvarían. A todos ellos los tuve presentes”.- Dice Jesús: “No he olvidado tampoco este dolor de María, mi Madre. Haber tenido que lacerarla con la expectativa de mi sufrimiento, haber debido verla llorar. Por eso no le niego nada. Ella me dio todo. Yo le doy todo. Sufrió todo el dolor, le doy toda la alegría. Quisiera que, cuando pensáis en María, meditarais en esta agonía suya que duró treinta y tres años y culminó al pie de la Cruz. La sufrió por vosotros: por vosotros, las burlas de la gente, que la juzga­ba madre de un loco; por vosotros, las críticas de los parientes y de las personas de importancia; por vosotros, mi aparente desaprobación: «Mi Madre y mis hermanos son aquellos que hacen la voluntad de Dios». ¿,Y quién más que Ella la hacía? Y una Voluntad tremenda que le imponía la tortura de ver martirizar al Hijo. Por vosotros, la fatiga de ir acá o allá, a donde Yo estaba; por vosotros, los sacrificios: desde el de dejar su casita y mezclarse con las muchedumbres, al de dejar su pequeña patria por el tumulto de Jerusalén; por vosotros, el deber estar en contacto con aquel que guardaba dentro de su corazón la traición; por vosotros, el dolor de oír que me acusaban de posesión diabólica, de herejía. Todo, todo por vosotros. ■ No sabéis cuánto he amado a mi Madre. No reflexionáis en cuán sensible a los afectos era el corazón del Hijo de María. Y creéis que mi tortura fue puramente física, al máximo añadís la tortura espiri­tual del abandono final del Padre. No, hijos. También experimenté los afectos del hombre: sufrí por ver sufrir a mi Madre, por tener que llevarla como mansa cordera al suplicio, por tener que lacerarla con una cadena de despedidas… hasta aquélla, atroz, en el Calvario. ■ Sufrí por verme escarnecido, odiado, calumniado, rodeado de mal­sanas curiosidades que no evolucionaban hacia el bien sino hacia el mal. Sufrí por todas las falsedades que tuve que oír o ver activas a mi lado: las de los fariseos hipócritas, que me llamaban Maestro me hacían preguntas no por fe en mi inteligencia sino para tenderme trampas; las de aquellos a quienes había favorecido y se volvieron acusadores míos en el Sanedrín y en el Pretorio; aquélla, premedita­da, larga, sutil de Judas, que me había vendido y continuaba fingién­dose discípulo; que me señaló a los verdugos con el signo del amor. Sufrí por la falsedad de Pedro, atrapado por el miedo humano. ¡Cuánta falsedad, y cuán repelente para Mí que soy Verdad! ¡Cuánta, también ahora, respecto a Mí! Decís que me amáis, pero no me amáis. Tenéis mi Nombre en los labios, y en el corazón adoráis a Satanás y seguís una ley contraria a la mía. ■ Sufrí al pensar que en relación al valor infinito de mi Sacrificio —el Sacrificio de un Dios— demasiados pocos se salvarían. A todos —digo: a todos— los que a lo largo de los siglos de la Tierra preferirían la muerte a la vida eterna, haciendo vano mi Sacrificio, los tuve pre­sentes. Y con esta cognición fui a afrontar la muerte. ■ Ya ves, pequeño Juan, que tu Jesús y la Madre suya sufrieron agudamente en su yo moral. Y largamente. Paciencia, pues, si es que debes sufrir. «Ningún discípulo es más que el Maestro», lo dije”. (Escrito el 14 de Febrero de 1944).

 

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