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El tema “Oración” comprende:
a) Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
.       «El Evangelio como me ha sido revelado»
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b) Dictados y visiones extraídos de los «Cuadernos 1943/50»
c) Dictados extraídos del «Libro de Azarías»

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a) Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
«El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)
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1-20-99 (1-31-108).- “No os despojéis jamás de la protección de la oración. Es el arma por la que se abren los Cielos”.
* La oración para María y José.- Dice la Virgen: “Hablaré poco, porque estás cansada, hija. Quiero que tu atención y la del que lea esto se fije en la costumbre de José y mía de dar siempre el primer lugar a la oración. Cansancios, prisas, cruces, ocupaciones eran algo que no impedían la oración; antes al contrario, la favorecían. Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestra fuerza, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las felices era un cantar. Era siempre la amiga constante de nuestra alma, que nos separaba de la tierra, del destierro, y nos llevaba a lo alto, hacia el Cielo, la Patria. No solo yo —que ya tenía dentro de mí a Dios y no tenía más que mirar a mi seno para adorar al Santo de los Santos— sino también José se sentía unido a Dios cuando oraba, porque nuestra plegaria era adoración verdadera de todo nuestro ser, que se fundía con Dios adorándole y recibiendo a su vez su abrazo. Fijaos que ni siquiera yo, que tenía en mí al Eterno, me sentí exenta de presentar mi respeto amoroso al Templo. La santidad más alta no exime de sentirse una nada ante Dios, y de humillar esta nada, puesto que Él lo permite, en una continua alabanza a su gloria”.
* ¿Sois débiles? ¿Sois santos? Invocad la santidad del Señor. Os infundirá o aumentará santidad. Imitad a los ángeles: aumenta su belleza sobrenatural.- ■ Virgen: “¿Sois débiles, pobres, llenos de defectos? Invocad la santidad del Señor: «¡Santo, Santo, Santo!». Invocad al Santo sobre vuestra miseria. Él os infundirá santidad. ¿Sois santos y ricos en méritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentará cada vez más la vuestra. Los ángeles, seres que están por encima de las debilidades humanas, no cesan un instante de cantar su «Sanctus», y su belleza sobrenatural aumenta cada vez que invocan la santidad de Dios. Imitad a los ángeles”.
* “La tierra tiene necesidad de un torrente de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios”.- Virgen: “No os despojéis jamás de la protección de la oración. Contra ella se dirigen las armas de Satanás, las malicias del mundo, los apetitos de la carne y la soberbia de la mente. No dejéis jamás esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones. La tierra tiene necesidad de un torrente de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios. Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fuesen muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracias; y las oraciones son vivas cuando están alimentadas con verdadero amor y sacrificio”. (Escrito el 28 de Marzo de 1944).
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1-44-246 (1-2-269).- “Cuando oréis, uníos siempre a Mí. La Iglesia da valor a sus oraciones al decir: «Por Jesucristo Nuestro Señor». El primer «Padrenuestro» fue pronunciado en Nazaret”.
* “Aunque nosotros no teníamos NADA que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso, los sin Culpa, pedimos el perdón para afrontar nuestra misión. Para enseñaros  que cuanto más se está en gracia de Dios tanto más la misión es bendecida”.-  ■ Dice Jesús: “Ves que mi Madre en su casa de Nazaret ora. No se rehusa a orar porque Dios le da un dolor. ¡Recordadlo! Ruega junto con Jesús. Ruega al Padre que es nuestro y vuestro. El primer «Padre nuestro» (1) fue pronunciado por primera vez en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer «nuestras» voluntades al Eterno en el momento en que empezaba para estas voluntades el período de una renuncia cada vez mayor, que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María. Y aunque nosotros dos no teníamos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso, nosotros, los Sin Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados, absueltos incluso de un suspiro, dignamente nuestra misión. Y esto para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios, tanto más la misión es bendecida y fructuosa. Para enseñarnos el respeto a Dios y la humildad. Delante de Dios Padre, también nuestras perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón. Así como también pidieron «el pan diario». ■ ¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no era el que amasaban las manos puras de María y el que era cocido en el pequeño horno, para el que tantas veces acarreé leña —que es también necesario mientras se está en la Tierra—, no ese pan, sino que «nuestro» pan cotidiano era el llevar a cabo, día a día, nuestra misión. Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la misión que Dios da es la alegría de «nuestro» día ¿no es así, Juanito? ¿No dices también tú, que te parece vacío el día, como si no hubiese existido, si la bondad del Señor te deja, un día, sin tu misión de dolor?”.
* Soy Yo quien os hace dignas y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre. Yo lo dije: «Todo lo que pidiereis al Padre en mi Nombre, Él os concederá», y la Iglesia da valor a sus oraciones al decir: «Por Jesucristo nuestro Señor»”.-Jesús: “María ruega juntamente conmigo. Soy Yo quien os justifica, ¡oh hijos! Soy Yo quien hace dignas y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre. Yo lo dije: «Todo lo que pidiereis al Padre en mi Nombre, Él os concederá» (2), y la Iglesia da valor a sus oraciones al decir: «Por Jesucristo Nuestro Señor». ■ Cuando oréis, uníos siempre, siempre a Mí. Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre-Dios. Yo pondré en mis manos traspasadas vuestra plegaria y la presentaré al Padre. Se convertirá en una hostia de precio infinito. Mi voz fundida con la vuestra subirá como un beso filial al Padre y la púrpura de mis heridas hará que vuestras oraciones sean preciosas. Estad en Mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros y por vosotros”. (Escrito el 9 de Febrero de 1944).
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1  Nota  : La oración del “Pater Noster” es la oración del Señor. Con nota autógrafa en una copia mecanografiada, María Valtorta explica: Si Jesús enseñó el “Pater” a sus discípulos, ¿no habría de habérselo enseñado antes a su Madre?, ¿a esa Madre que, al recibir en su seno la semilla de Dios, había sido la primera en decir: “hágase según tu palabra”, y que siempre había repetido ese “fiat”, incluso por su Hijo recién nacido? El “Pater” no fue una improvisación de Jesús para los apóstoles. Era “su” oración habitual. Tanto es así, que los apóstoles le dijeron “enséñanos a orar como tú oras”. Y era la oración habitual de Jesús y María.   2  Nota  : Cfr. Ju. 16,23.
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1-62-339 (1-25-371).- Jesús ora en la noche.- La gente le busca (1).- Promesa a sus discípulos: “Os enseñaré «la oración más santa», cuando vuestro corazón tenga un mínimo de santidad”.
* La ardiente oración de Jesús: de rodillas, puesto de pie, rostro levantado en alto, con los brazos abiertos: lanza suspiros, ruega, ora, sonríe, con rostro espiritualizado.- ■ Veo que Jesús sale haciendo el menor ruido posible de la casa de Pedro en Cafarnaúm. Se comprende que se quedó allí a dormir para contentar a su Pedro. Todavía es de noche. El cielo es un hormigueo de estrellas. El lago refleja este brillar tembloroso. Más que verle, se le adivina, a este lago tranquilo que duerme bajo las estrellas, por el suave rumor de aguas que chocan contra la orilla. Jesús deja entornada la puerta, como estaba, mira al cielo, al lago, al sendero. Piensa un momento y después se pone en marcha, no en dirección del lago sino hacia el pueblo; lo atraviesa en parte en dirección a la campiña; entra en ésta y sigue caminando, toma un sendero que se dirige hacia las primeras ondulaciones de un terreno de olivos, penetra en esta paz verde y silenciosa ■ y allí se arrodilla en oración. ¡Plegaria ardiente! Arrodillado ora, y después, como fortalecido, se pone en pie y sigue orando con el rostro levantado en alto, un rostro más espiritualizado por la naciente luz que proviene de un sereno amanecer de verano. Ruega, ora, sonríe, aunque antes lanzaba suspiros como si tuviese una pena moral. Ruega con los brazos abiertos. Parece una cruz viva, alta, angelical y un tanto encantadora. Parece bendecir toda la campiña, el día que nace, las estrellas que van desapareciendo o el lago que va despertando.
* Todo se obtiene con la oración. El Padre no siempre concede no por falta de amor sino requerido por un Orden providencial que, para bien, rige el destino de cada hombre”.- ■ Pedro irrumpe en el olivar: “¡Maestro! ¡Te hemos buscado mucho! Cuando hemos vuelto con el pescado, desde afuera, hemos visto la puerta entornada, y hemos pensado que habrías salido. No te encontrábamos. Al final, un campesino que cargaba sus canastos que llevaba a la ciudad, nos ha dicho dónde estabas. Nosotros te llamábamos: «¡Jesús, Jesús!» y él nos dijo: «¿Buscáis al Rabí que habla a la gente? Tomó por la vereda, hacia arriba rumbo del monte. Debe estar en el olivar de Miqueas porque ahí va frecuentemente; ya lo he visto otras veces». Tenía razón. ¿Por qué has salido tan temprano, Maestro? ¿Por qué no has descansado? La cama tal vez no era muy cómoda para Ti”. Jesús le responde: “No, Pedro, la cama era blanda y la habitación buena pero Yo suelo hacerlo así, para levantar mi espíritu y unirme al Padre. La oración es una fuerza para uno mismo y para los demás. Todo se obtiene con la oración. Si no se obtiene el favor —que no siempre el Padre concede—, no se debe pensar que ello es falta de amor, sino creer siempre que es algo requerido por un Orden providencial que, para bien, rige el destino de cada hombre. Ciertamente la oración da paz y equilibrio para poder resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del camino recto”.
.   ● No son las palabras sino los movimientos que las acompañan los que hacen las oraciones agradables al Padre”.-Jesús: “¡Mira, Pedro, lo que nos circunda fácilmente ofusca la mente y agita el corazón! Y en una mente ofuscada y en un corazón agitado ¿cómo puede uno sentir a Dios?”. “Pedro: “¡Es verdad, pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que Tú dices”. Jesús: “Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, sino los movimientos que las acompañan los que hacen agradables las oraciones al Padre”. Pedro: “Nosotros querríamos rezar como Tú rezas”. Jesús: “Os enseñaré también a rezar. Os enseñaré la oración más santa. Pero a fin de que no se convierta en vuestros labios en una fórmula vacía, quiero que vuestro corazón tenga al menos un mínimo de santidad, luz, sabiduría… por esta razón os instruyo. Después os enseñaré la plegaria santa”.
* La gente busca a Jesús.- “¡Oh, si todo el mundo viniese a Mí a escucharme, para llorar sus pecados y sus dolores sobre mi corazón para curarse del alma y del cuerpo”.-Jesús: “Pero… me buscabais ¿queríais algo de Mí?”. Pedro: “No, Maestro, hay muchos otros que necesitan de Ti. Había gente que venía a Cafarnaúm: eran pobres, enfermos, personas con problemas, hombres de buena voluntad con deseos de instruirse. Les dijimos: «El Maestro está cansado y duerme. Idos. Venid el sábado próximo»”. Jesús: “No, Simón, Esto no se debe de decir. No hay un día solo para la piedad. Yo soy el Amor, la Luz, la Salud de todos los días de la semana”. Pedro: “Pero… hasta el presente no has hablado sino en sábado”. Jesús: “Porque era todavía desconocido. Pero conforme me vengan conociendo, cada día será de gracia y de favores. En verdad te digo que vendrá un tiempo en que aun el breve espacio que se concede al pajarillo para descansar sobre una rama y comer sus granillos, no lo tendrá el Hijo del hombre para su descanso y alimento”. Pedro: “¡Pero entonces te pondrás enfermo, y eso nosotros no lo permitiremos! Tu bondad no debe hacerte desgraciado”. ■ Jesús: “¿Y crees tú que esto pueda hacerme desgraciado? ¡Oh! Si todo el mundo viniese a Mí a escucharme, para llorar sus pecados y sus dolores sobre mi corazón, para curarse del alma y del cuerpo, y Yo me consumara en hablarle, en perdonarle, en infundir mi poder, entonces sería dichosísimo, Pedro, de modo que no extrañaría más el Cielo en que estaba con el Padre. ¿De dónde eran esos que venían a Mí?”. Pedro: “De Corozaín, Betsaida, Cafarnaúm, y hasta de Tiberíades y Guerguesa, y de los muchos pueblecitos esparcidos entre una y otra ciudad”. Jesús: “Id a decirles que estaré en Corozaín, Betsaida y en los pueblos que están entre ambas ciudades”. Pedro: “¿Por qué no en Cafarnaúm?”. Jesús: “Porque Yo he venido para todos y todos tienen el derecho de tenerme”. Pedro: “¿Tú nos esperas aquí, entonces?”. Jesús: “No. Me voy, y vosotros os quedáis en Cafarnaúm para encaminar hacia Mí las multitudes; Yo iré después”. Pedro: “Nos quedamos solos…”. Pedro está afligido. Jesús: “No te aflijas. Que la obediencia te alegre y con ella el pensamiento de serme un discípulo útil. Lo mismo digo a éstos”. Pedro, Andrés, Santiago y Juan se tranquilizan. Jesús los bendice y se separan. Así termina la visión”. (Escrito el 5 de Noviembre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mc. 1,35-39; Lc. 4,42-44.
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1-69-366 (1-32-401).-  “Tengo más necesidad de la oración, meditación y soledad, que del alimento corporal”.
* “Quien quiere vivir para el espíritu y conducir a otros a vivir la vida del espíritu, debe posponer la carne”.- ■ Jesús y Judas Iscariote salen del Templo después de haber orado en el lugar más cercano al Santo, como es permitido a los israelitas varones. Judas quisiera quedarse con Jesús. Pero su deseo encuentra la oposición del Maestro. “Tengo más necesidad de la oración, meditación y soledad, que del alimento corporal. Quien quiere vivir para el espíritu y conducir a otros a vivir la misma vida, debe posponer la carne en sus desafueros, diría casi, matarla, para cuidarse completamente del espíritu. Todos, sábelo Judas, también tú, si quieres ser verdaderamente de Dios, o sea, de lo sobrenatural”. (Escrito el 3 de Enero de 1945).
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2-119-241 (2-86-738).- “Os dije que cuando estéis suficientemente formados, os enseñaría mi sublime plegaria”.
* La plegaria es un don que Dios concede al hombre y que el hombre dona a Dios. Quien ora externamente y por dentro está contra el bien, es un traidor”.- ■ Pedro dice: “Maestro… un día dijiste a mí, a Juan, a Santiago y a Andrés que nos enseñarías a orar. Creo que si orásemos como Tú oras, seríamos capaces de ser dignos del trabajo que quieres de nosotros”. Jesús: “También entonces te respondí: «Cuando estéis suficientemente formados, os enseñaré la plegaria sublime, para dejaros mi plegaria. Pero incluso ésta no tendrá ningún valor si se dice solo con la boca. Por ahora, levantad el alma y la voluntad hacia Dios». ■ La plegaria es un don que Dios concede al hombre y que el hombre dona a Dios…”. Iscariote dice: “¿Cómo es esto?… ¿No somos todavía dignos de orar? Todo Israel ora…”. Jesús: “Sí, Judas. Puedes ver por sus obras cómo ora Israel. No quiero hacer de vosotros traidores. Quien ora externamente y por dentro está contra el bien, es un traidor”. (Escrito el 27 de Enero de 1945).
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(<Jesús y los apóstoles regresan nuevamente a «Aguas Claras», después de permanecer unos días en Betania. El apóstol Andrés, que se había adelantado al grupo, ha buscado inútilmente a la mujer “velada” Aglae [1], que solía asistir aquí en «Aguas Claras» con el rostro cubierto a los discursos que pronunciaba Jesús. Incluso, el propio apóstol Andrés, ocultamente, se había entregado también a la rehabilitación de la mujer. ■ Según el administrador de Lázaro, dueño de la propiedad, después de la partida de Jesús y apóstoles a Betania, Aglae había sido perseguida y, una vez de ser golpeada y herida, había huido. Ella que, hasta conocer a Jesús había vivido de la prostitución, ¿habrá vuelto a su vida anterior? Ésta era la angustia del apóstol Andrés>)
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2-137-355 (2-104-862).- El apostolado y la oración.
* “Andrés, jamás la oración hecha para salvar un alma se pierde”.- ■ Jesús atraviesa con sus discípulos las llanuras de «Aguas claras». El día está lluvioso y todo está desierto. Es más o menos mediodía, porque cuando logra el sol abrirse paso entre los resquicios de las nubes, envía sus rayos perpendiculares. Jesús va hablando con Iscariote y le da el encargo de ir al pueblo para comprar lo más necesario. Cuando se queda solo, se le junta Andrés, y siempre tímido, dice en voz baja: “¿Quieres escucharme, Maestro?”. Jesús: “Sí, ven adelante conmigo” y alarga el paso seguido de su discípulo, adelantándose algunos metros respecto a los demás. Andrés, apenado, le dice: “¡La mujer ya no está, Maestro!”. Y explica: “La pegaron y huyó. Iba herida y sangrando. El administrador la vio. Me adelanté, diciendo que iba a ver si nos habían tendido alguna insidia, pero la verdad es que quería ir enseguida a donde estaba ella. ¡Tantas esperanzas tenía de traerla a la luz! ¡Mucho he orado por ella en estos días!… ¡Ahora ha huido! Se perderá. Si supiese en dónde está, la iría a buscar… No lo diría a los demás, pero a Ti, sí, porque me entiendes. Tú sabes que en esta búsqueda no hay pasión alguna, sino un deseo, ¡oh!, un deseo tan grande que se hace tormento, de salvar a una hermana mía…”. ■ Jesús: “Lo sé, Andrés, y te digo: aun cuando las cosas se han presentado así, tu deseo se cumplirá. Jamás la plegaria hecha con ese motivo se pierde. Dios la escucha y ella se salvará”. Andrés: “Si Tú eres quien lo dice… ¡Mi dolor se mitiga!”.
* El don del verdadero apóstol: Salvar almas sin saber que fue su salvador. Bienaventurado el que no se amilana al no ver triunfos. ■ Jesús: “¿No querrías saber qué es de ella? ¿No te interesa ni siquiera saber quién me la traerá? ¿No me preguntas cómo lo hará?”. Jesús sonríe dulcemente, con un esplendor de luz en sus azules pupilas que miran al apóstol que va caminando a su lado. Una de esas sonrisas y de esas miradas que son uno de los secretos de Jesús para conquistar los corazones. Andrés con sus dulces ojos castaños lo mira y dice: “Me basta saber que vendrá a Ti. Que sea otro o yo, no me importa. ¿Cómo sucederá? Tú lo sabes y no tengo necesidad yo de saberlo. Tengo la promesa y me siento feliz”. Jesús le pasa el brazo por los hombros y le trae a Sí dándole un abrazo afectuoso, que transporta al buen Andrés en éxtasis y en esta forma sigue hablando: “Éste es el don del verdadero apóstol. Mira, amigo: tu vida y la de los futuros apóstoles será siempre así. Algunas veces sabréis que fuisteis «los salvadores». Pero muchas veces salvaréis las almas sin saber siquiera que salvasteis las almas que más queríais que se salvasen. Sólo en el Cielo veréis venir a vuestro encuentro o subir al Rey Eterno a quienes salvasteis. Algunas veces lo sabréis en la Tierra. Son las alegrías que os infundo para dar un vigor mucho mayor para buscar nuevas conquistas. ¡Bienaventurado será el sacerdote que no tenga necesidad de estos incentivos para cumplir con su propio deber! Bienaventurado el que no se amilana al no ver triunfos y que no dice: «¡No hago más porque no tengo satisfacción!». ■ La satisfacción apostólica que se busca, como único incentivo, demuestra que no existe formación apostólica, envilece el apostolado que es cosa espiritual y lo reduce al nivel de un vulgar trabajo humano. No se debe caer jamás en la idolatría del ministerio. No sois vosotros los que debéis ser adorados sino el Señor vuestro. A Él sea la gloria de los que se salvan. A vosotros, la obra de la salvación dejando para cuando estéis en el Cielo la gloria de haber sido los «salvadores»”. (Escrito el 6 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Aglae.
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(<Jesús está radiante de alegría porque Analía se ha consagrado virgen y ha ofrecido su vida. Andrés cree que esta alegría de Jesús está relacionada con Aglae, la mujer «velada», a la que él trató ocultamente de llevarla a Jesús con sus oraciones, sacrificios>)
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2-156-431 (3-16-67).-“Cada palabra de tu plegaria, Andrés, es como un reclamo, una luz en la noche y la levanta y guía”.
* “¿Andrés, que jamás se mueve ni tiene iniciativas, dónde la encontró?”. Jesús: “Por mi sendero”.- ■ Pedro, Andrés y Juan miran a Jesús con ojos interrogativos. El rostro brillante de Jesús le dice que está feliz. Pedro no se contiene y pregunta: “¿Con quién has hablado tanto, Maestro mío? ¿Y qué oíste para estar tan radiante de alegría?”. Jesús: “Con una mujer en los albores de la vida; con la que es el amanecer de otras muchas que vendrán”. Pedro: “¿Quiénes?”. Jesús: “Las vírgenes”. ■ Andrés se dice a sí mismo despacio y en voz baja: “No es ella…”. Jesús: “No. No es ella. Pero no te canses de orar. Sigue. Cada palabra de tu plegaria es como un reclamo, una luz en la noche y la levanta y guía”. Pedro pregunta: “Pero ¿a quién está esperando mi hermano?”. Jesús: “A un alma, Pedro. A una gran miseria que él quiere cambiar en una gran riqueza”. Pedro, asombrado: “¿Y dónde la encontró Andrés, que no se mueve jamás, ni habla jamás, que jamás tiene iniciativa?”. Jesús: “Por mi sendero. Ven, conmigo, Andrés…”. (Escrito el 6 de Mayo de 1945).
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(<Antes de elegirles como apóstoles, Jesús y los 12 suben a un monte>)
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3-164-21 (3-24-105).- El retiro en el monte para la elección de los apóstoles. Qué es la oración.
* “Recurro a la gran medicina, que es el arma por antonomasia: la oración”.- ■ Jesús se pone en camino dando la espalda al lago, y se dirige sin vacilar hacia uno de los desfiladeros que hay entre las colinas que van en líneas, yo diría casi paralelas, desde el lago hacia el oeste. Entre una y otra colina rocosa, escarpada, abierta en pico como un fiordo, baja un riachuelo envuelto en espumas en su carrera desenfrenada y por arriba se descubre el monte agreste, con plantas que han crecido en todas las direcciones, como han podido, entre piedra y piedra. Tan solo un sendero de cabras hay en la colina más escabrosa, y Jesús toma ese. Los discípulos le siguen fatigosamente, en fila india y en el silencio más grande. Tan solo cuando se detiene para darles descanso, en un lugar, un poco ancho, de este sendero que parece un arañazo en la pendiente dificilísima, ellos se miran sin hablarse. Parece que con miradas se dijesen: «¿A dónde nos lleva?». Pero no se hablan, solo se miran, y cada vez con más desconsuelo a medida que ven que Jesús vuelve otra vez a emprender el camino por la agreste garganta, llena de curvas, hendiduras, peñascos que dificultan el andar, porque además hay las zarzas y otras miles de hierbas que se aferran de sus vestidos por todas partes, que rasguñan, que hacen tropezar, y que pegan en la cara. Hasta los más jóvenes, cargados con alforjas pesadas, han perdido el buen humor. ■ Finalmente Jesús se detiene y dice: “Aquí estaremos durante una semana en oración, para que os preparéis a un gran acontecimiento. Por esta razón quise que estuvieseis solos, en un lugar desierto, alejado de toda caravana, y de todo lugar habitado. Aquí hay cuevas que han servido otras veces a hombres. Nos servirán a nosotros también. Aquí hay agua fresca y abundante, aunque el terreno sea seco. Tenemos pan y alimentos suficientes para nuestra breve permanencia. Quienes el año pasado estuvieron conmigo en el desierto saben cómo viví (1). Esto es un palacio real respecto de aquel lugar, y la estación, que no es inclemente, no molesta con su cruel frío, ni con el fuerte sol. Tratad, pues, de tener buen ánimo. Tal vez jamás volveremos a estar todos juntos y solos. Esta breve permanencia debe uniros, haciendo de vosotros no más doce hombres, sino una sola institución. ¿No habláis? ¿No me preguntáis nada? Colocad sobre esa peña las alforjas que traéis, y despeñad ese otro peso que tenéis en el corazón: vuestra fragilidad humana. Aquí os he traído para hablaros al espíritu, nutriros el espíritu, para haceros espíritu. ■ No diré muchas palabras: ¡muchas os he dicho ya en un año que llevo con vosotros! Ahora ya basta. Si tuviera que cambiaros con la fuerza de la palabra debería teneros diez, cien años, y aun así seguiríais siendo imperfectos. Ha llegado el tiempo de que haga uso de vosotros, pero para ello debo formaros. Recurro a la gran medicina, que es el arma por antonomasia: la oración. Siempre he orado por vosotros pero ahora quiero que lo hagáis vosotros mismos”.
* Os doy a conocer el modo de orar y lo que es la oración: un coloquio de hijos con su Padre… hecho a los pies del Padre, no en medio del bullicio”.-  ■ Jesús: “Todavía no os enseño mi oración, pero sí os doy a conocer el modo de orar y lo que es la oración: un coloquio de hijos con su Padre, de espíritus a Espíritu, abierto, animado, lleno de confianza, recogido, claro. La oración es todo: confianza, confesión, conocimiento de vosotros mismos, llanto por vosotros mismos, promesa a vosotros y a Dios, búsqueda de Dios, petición a Dios; y todo esto hecho a los pies del Padre. No debe hacerse en medio del bullicio, entre distracciones, a menos que sea uno perfecto en la oración. Y aún éstos se resienten del griterío, rumor del mundo en sus ratos de oración. Vosotros no sois colosos sino pequeños, niños en el espíritu, aquí llegaréis a la edad de la razón espiritual. El resto vendrá después. ■ Por la mañana temprano, al mediodía y al atardecer nos reuniremos para orar juntos con las antiguas palabras de Israel y para partir el pan y luego cada uno volverá a su cueva, teniendo ante sí a Dios y a su alma, teniendo ante sí cuanto os he dicho acerca de vuestra misión y de vuestra capacidad. Os digo: «Medíos, escuchaos, decidid». Es la última vez que os digo. Pero después debéis ser perfectos, en vuestras medidas, sin cansancio ni fragilidad humana. Después ya no seréis Simón de Jonás o Judas de Simón, ni Andrés o Juan, Mateo o Tomás, sino que seréis mis ministros. ■ Id, cada uno por sí solo. Yo estaré en aquella cueva. Siempre presente. No vengáis sin seria razón. Debéis aprender a valeros por vosotros y a estar solos. Porque, en verdad os digo que hace un año estábamos para conocernos y dentro de dos estaremos para dejarnos. ¡Ay de vosotros y ay de Mí si no lográis aprender a valeros por vosotros! Dios esté con vosotros. Judas, Juan, llevad a mi gruta, a aquella, las provisiones. Deben durar y Yo las distribuiré”. Alguien objeta: “Será poco”. Jesús responde: “Lo suficiente para no morir. El vientre muy lleno hace pesado el espíritu. Os quiero elevar y no haceros lastre”. (Escrito el 16 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Jesús, al inicio de su pública permaneció en el desierto durante 40 días y fue tentado por Satanás (Mt. 4,1-11). Posteriormente, según esta Obra, acompañado de Juan, Judas Iscariote y Simón Zelote había estado también en estos mismos lugares. Jesús se refiere aquí a esta última estancia.
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(<Los discípulos han permanecido en este retiro, dedicados a la oración y al silencio, durante una semana. Ha llegado el último día del retiro en el monte>)
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3-165-24 (3-25-109).- “En las cuevas de este monte habéis conocido a Dios. Antes sabíais algo de Él. Pero no le conocíais en esa intimidad que de dos hace uno”.
* Juan siente en él la inhabitación del Dios Trino.- ■ El sol besa la cima del monte y luego las copas de los árboles más altos del bosque, mientras el valle todavía se encuentra envuelto en la luz pálida del alba. Los pájaros vuelan, satisfechos y llenos, cantando con todos sus piquitos abiertos. “Y ahora vamos a despertar a los otros hijos míos” dice Jesús, y baja porque su cueva es la que está más arriba. Entra a las cuevas llamando en cada una de ellas a sus discípulos que duermen. Simón, Bartolomé, Felipe, Santiago, Andrés responden enseguida. Mateo, Pedro y Tomás se muestran más lentos en responder. Mientras Judas Tadeo, ya listo y bien despierto, sale al encuentro de Jesús en cuanto le ve en el umbral; el otro primo, sin embargo, y con él Iscariote y Juan, duermen como leños, de modo que Jesús debe moverlos en su lecho de hojas para que se despierten. Juan, el último en haber sido llamado, duerme tan profundamente que no cae en la cuenta de quién le llama, y, entre las nieblas del sueño interrumpido a mitad, murmura: “Sí, mamá. Voy enseguida…” y da media vuelta para el otro lado. Jesús sonríe, se sienta sobre el montón de hojas recogidas en el bosque, se inclina y besa en la mejilla a su discípulo Juan, que abre los ojos y se queda atónito al ver allí a Jesús. Inmediatamente se incorpora y pregunta: “¿Me necesitas? Sí, aquí estoy”. Jesús le dice: “No te he despertado como a todos. Soñabas que Yo era tu mamá y por eso te besé para hacer lo que hacen las mamás”. ■ Juan, con la túnica inferior, por haber utilizado como cobija la túnica y el manto, se echa al cuello de Jesús, y ahí se refugia, con la cabeza entre el hombro y la cara, diciendo: “¡Oh, Tú eres mucho más que mi madre! Yo la dejé por Ti, pero a Ti, no te dejaría por ella. Ella me dio a luz para este mundo, pero Tú me has dado a luz para el Cielo. Yo esto lo sé”. Jesús le pegunta: “¿Qué otras cosas sabes más que los otros?”. Juan: “Lo que me dijo el Señor en esta cueva. Jesús, no he ido ninguna vez a tu cueva, lo cual creo que habrá sido interpretado por los compañeros como indiferencia y soberbia. Pero no me importa lo que piensen. Sé que Tú sabes la verdad. No iba donde Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, pero lo que Tú eres en el seno del Fuego que es el Amor eterno de la Trinidad Santísima, su Naturaleza, su Esencia, su verdadera Esencia —¡la verdad es que no sé expresar todo lo que he comprendido en esa tétrica cueva oscura que de tantas luces se ha llenado para mí; en esta fría cueva en la que he ardido en un fuego que no tenía forma sensible para ver con mis ojos, pero que ha bajado hasta lo profundo de mi ser encendiéndolo con llama de dulce martirio; en esta cueva silenciosa, pero que me ha cantado verdades celestes!—, lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable misterio que es Dios y que yo penetro porque Dios me ha aspirado hacia Sí, eso, lo he tenido siempre conmigo (1). Todos mis deseos, mis llantos, preguntas, se han derramado sobre tu pecho divino, Verbo de Dios. Y ninguna de las palabras, entre las tantas que te he escuchado, ha tenido la amplitud de la que me dijiste aquí, Tú, Dios-Hijo, Tú, Dios como el Padre, Tú, Dios como el Espíritu santo, Tú, Tú que eres el eje de la Trinidad… ¡Oh, quizás es una blasfemia, pero me parece que es así, porque sin Ti, amor del Padre y al Padre, faltaría el Amor, el Divino Amor, y la Divinidad ya no sería Trina, y le faltaría el atributo más propio de Dios: su amor. Oh, mucho tengo aquí dentro, pero es como agua que brota contra un dique sin poder salir… y me da la impresión de que fuera a morir por lo violento y sublime de la convulsión que ha penetrado a mi corazón desde que te he comprendido… Y por nada del mundo querría verme despojado de ello… ¡Haz que muera de este amor, mi dulce Dios!”. Juan sonríe y llora, agitado, encendido en su amor, con la cabeza abandonada sobre el pecho de Jesús, como si la llama le dejara sin fuerzas. Y Jesús, ardiendo también de amor, le acaricia con ternura. ■ Juan se recobra bajo una oleada de humildad y con voz suplicante dice: “No digas a los otros cuanto te he dicho, aunque también ellos habrán sabido vivir de Dios como yo he vivido estos días; deja sobre mi secreto la piedra del silencio”. Jesús: “Puedes estar seguro, Juan; ninguno sabrá de tu desposorio con el Amor. Vístete y ven, que tenemos que marcharnos”.
* Castos y casados saben ahora lo que es el amor perfecto pero ninguno como los vírgenes porque Dios a éstos se revela en toda su plenitud”.- ■ Jesús sale al sendero donde ya están los demás. Sus caras tienen un aspecto más venerable, más recogido. Los de edad parecen patriarcas, los jóvenes tienen un no sé qué de madurez, de dignidad que antes la juventud escondía. Iscariote mira a Jesús con una sonrisa tímida en su rostro bañado de lágrimas. Jesús le acaricia al pasar. Pedro… no habla y esto es en él lo que más me llama la atención; mira atentamente a Jesús, pero con una nueva dignidad, que parece hacerle la frente más ancha, proporcionada; su mirada, que antes brillaba todo de perspicacia, es más austera. Jesús le llama para que esté cerca de Él y así le tiene en espera de Juan, que por fin sale con la cara, no sé decir, si más pálida o más sonrosada, pero sí encendida por una llama que, aun no mudando el color, es patente. Todos le miran. Jesús: “Ven aquí, Juan, cerca de Mí. Y también tú, Andrés, y tú, Santiago de Zebedeo. Luego, tú Simón y tú, Bartolomé, Felipe y vosotros hermanos míos, y Mateo. Judas de Simón aquí enfrente de Mí. Tomás, ven aquí. Sentaos que os debo hablar”. Se sientan, quietos como niños, todos un poco absortos en su mundo interior y, con todo, atentos a Jesús como jamás lo habían estado. ■ “¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Todos lo sabéis. El alma se lo ha dicho a la razón. El alma, que en estos días ha sido la reina, ha enseñado a la razón dos grandes virtudes: la humildad y el silencio, hijo de la humildad y de la prudencia, que a su vez son hijos de la caridad. Hace sólo ocho días, habrías venido a proclamar —cual hábiles niños, cuyo deseo es dejar asombrados a los demás, superar a su rival—, vuestras hazañas, vuestros nuevos conocimientos; sin embargo, ahora guardáis silencio. Habéis cambiado de niños a adolescentes y comprendéis que un tipo de proclamación como el que he mencionado podría mortificar al compañero al hacerle sentir poco, que ha recibido menos de Dios, y por eso guardáis silencio. Sois como muchachas. Ha nacido en vosotros el santo pudor de la metamorfosis que os ha revelado el misterio nupcial de las almas con Dios. Estas cuevas el primer día os parecieron frías, duras, repulsivas… ahora las miráis como a perfumadas y luminosas habitaciones nupciales. En ellas habéis conocido a Dios. Antes sabíais algo de Él. Pero no le conocíais en esa intimidad que de dos hace uno. ■ Entre vosotros hay quienes están casados desde hace años; otros que tuvieron sólo lujuriosas relaciones con mujeres, algunos que, por diversas razones, son castos. Mas los castos ahora saben como los casados lo que es el amor perfecto; es más, puedo afirmar que ninguno, como el ignorante del apetito sexual, sabe lo que es el amor perfecto, porque Dios se revela a los vírgenes en toda su plenitud, tanto por la propia delicia de darse a quien es puro —reconociendo parte de Sí mismo, Purísimo, en la criatura limpia de lujuria—, como para recompensarla de cuanto ella se priva por amor a Él”.
* Os he querido dar a conocer a Dios para que le amarais mucho más que al mundo… que pudierais meditar sobre lo que es el mundo y sobre lo que es Dios para que aspirarais a lo mejor”.-Jesús: “En verdad os digo que por el amor que os tengo y por la sabiduría que poseo, si no debiera de llevar a cabo la obra del Padre, querría teneros aquí y estar con vosotros, alejados de la gente; ciertamente haría de vosotros, solícito, grandes santos; y no tendríais más extravíos, o defecciones, caídas o relajamiento o retrocesos. Pero no puedo. Debo continuar mi camino, y vosotros también. El mundo nos espera, ese mundo profanado y profanador que tiene necesidad de maestros y redentores. Yo os he querido dar a conocer a Dios para que le amarais mucho más que al mundo, el cual con todos sus afectos no merece ni siquiera una sonrisa de Dios. He querido que pudierais meditar sobre lo que es el mundo y sobre lo que es Dios para que aspirarais a lo mejor. En estos momentos no anheláis otra cosa que a Dios. Oh, si pudiera dejaros fijos en esta hora, en este anhelo. Pero el mundo nos espera. E iremos a él. Así como la Caridad me mandó al mundo, así también por órdenes mías os mando a él. Pero, ¡oíd bien!, os lo suplico, como se guarda una perla en un cofre, guardad bien el tesoro de estos días en que vuestra mirada y vuestros cuidados han estado dirigidos a vosotros mismos, de estos días en que os habéis erguido, y procurado vestiduras nuevas, habéis contraído esponsales con Dios… en vuestro corazón; como las piedras de testimonio que los patriarcas alzaban a Dios como recuerdo de sus alianzas con Él, conservad y guardad estos preciosos recuerdos en vuestro corazón”. (Escrito el 16 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : “Lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable misterio que es Dios y que yo penetro porque Dios me ha aspirado hacia Sí, eso, lo he tenido siempre conmigo”. Estas palabras del apóstol del amor aclaran muy bien el misterio de la inhabitación de Dios en nosotros. En el santuario del alma, el Espíritu divino se encuentra con nuestro espíritu y Dios habla y se descubre y revela al alma instruyéndole en su amor y comunicándole la semejanza más viva, transformándole en Sí, no sustancialmente, porque solo Dios es Dios, sino por participación
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3-172-86 (3-32-175).- En el discurso de la montaña, Jesús habla de la oración y del ayuno.
* Sinceridad en las palabras: “Sea vuestro hablar «sí», «sí»; «no», «no»” (1).- ■ Dice Jesús: “No juréis ni siquiera por vuestra cabeza, ni por vuestros ojos, o la lengua o las manos. No tenéis derecho a hacerlo. Todo cuanto tenéis es de Dios. No sois más que custodios temporales, banqueros de los tesoros mo­rales o materiales que Dios os ha concedido. ¿Por qué hacer uso, en­tonces, de lo que no os pertenece? ¿Podéis, acaso, añadir un cabello a vues­tra cabeza o cambiar su color? Y si no lo podéis hacer, ¿por qué os servís de la vista, de la palabra, de la libertad de vuestros órganos, para reforzar un juramento vuestro? No desafiéis a Dios. Puede tomaros la palabra o secar vuestros ojos como puede secar vuestras huertas, o arrancaros los hijos como puede arrancar vuestras casas, para recordaros que Él es el Señor y voso­tros los súbditos, y que es maldito aquel que se idolatra hasta el pun­to de considerarse a sí mismo más que Dios, al desafiarle con la mentira. ■ Sea vuestro hablar: «sí», «sí»; «no», «no». Nada más. Lo que es de más lo sugiere el Maligno, y lo hace para burlarse de vosotros, pues no podréis sostener todo y caeréis, por tanto, en mentira, y seréis objeto de burlas de los demás, y conocidos por embusteros. Sinceridad, hijos, tanto en las palabras como en la oración”.
* Sinceridad en la oración (2).- Jesús: “No hagáis como los hipócritas que cuando oran, les gusta hacerlo en las sinagogas o en las esquinas de las plazas para que los hombres los vean y los alaben como piadosos y justos, mientras que luego, hacia dentro de la familia, son culpables ante Dios y ante el prójimo. ¿No veis que esto es como un perjurio? ¿Por qué deseáis sostener lo que no es verdad con objeto de conquistar una estima que no merecéis? ■ La oración hipócrita se propone decir: «Verdaderamente yo soy un santo. Lo juro a los ojos de quienes me ven, que no pueden mentir que me ven orar». Pues bien, semejante oración —velo extendido sobre una perversidad real— hecha con una finalidad de este tipo es una blasfemia. Dejad que Dios os proclame santos y haced que vuestra vida toda diga de vosotros en voz alta: «He aquí a un siervo de Dios». Pero vosotros, vosotros, por caridad, no digáis nada. No hagáis que vuestra lengua, movida por la soberbia, se convierta en objeto de escándalo ante los ojos de los ángeles. Sería preferible que en ese mismo instante quedarais mudos, si no tenéis la fuerza de dominar el orgullo y la lengua, llamándoos a vosotros mismos justos y agradables ante Dios. Dejad a los soberbios y falsos esta pobre gloria, esta efímera recompensa ¡Mísera recompensa! Pero es la que quieren, y no tendrán otra, porque no hay más que una. O la verdadera, la de Cielo que es eterna y justa; o la no verdadera, la de la tierra, que dura cuanto la vida del hombre y hasta menos; y luego, como es injusta, se paga, pasada esta vida, con un duro castigo”.
.   ● “Primera y esencial cualidad de la oración: «impulso de corazón»… No olvidéis que, aquello que abunda en el corazón, es lo que brota de los labios…” (3).-Jesús: “Oíd cómo debéis orar, ya con los labios, ya con el trabajo, o con todo vuestro ser: debéis orar por impulso de un corazón que ama a Dios, a quien siente como a Padre, pero que recuerda que es el Creador, y que él es la criatura y que con amor reverencial se pone siempre ante su presencia, siempre, ya ore, ya se entregue a sus negocios, ya camine o ya descanse, ya logre un beneficio o se lo proporcione a otros. ■ He dicho «por impulsos del corazón»: esta es la primera y esencial cualidad, porque todo procede del corazón, y así como es el corazón, así es la mente, así la palabra, así la mirada, así las obras. El hombre justo extrae el bien de su corazón justo. Cuanto más bien extrae más bien encuentra, porque el bien realizado genera un nuevo bien, de la misma forma que la sangre se renueva en el círculo de las venas para volver al corazón enriquecida de elementos nuevos, extraídos del oxígeno que ha absorbido y de la sustancia de los alimentos que ha asimilado. Por el contrario, el perverso, de su tenebroso corazón lleno de engaño y veneno, no puede extraer sino engaño y veneno, que aumentan cada vez más, corroborados por las culpas que van acumulándose, mientras que en el corazón del justo aumentan y crecen las bendiciones de Dios. No olvidéis que lo que abunda en el corazón es lo que brota por los labios y se revela en las acciones”.
.   ● “Cada alma es una virgen casada con el Eterno Amador. Esta tierra es el tiempo del noviazgo. La muerte: la hora de la boda”.-Jesús: “Haceos un corazón humilde y puro, amoroso, confiado, sincero; amad a Dios con amor púdico, como una virgen ama a su espeso. En verdad os digo que cada alma es una virgen prometida al Eterno Amador, a nuestro Señor Dios; esta tierra es el tiempo del noviazgo, en que el ángel custodio dado a cada hombre es el paraninfo (4); y todas las horas de la vida y sus vicisitudes son otras tantas doncellas que preparan el ajuar nupcial; la hora de la muerte es la hora de la boda; es entonces cuando viene el conocimiento, el abrazo, la fusión, es entonces cuando vestida ya de esposa, el alma puede levantar el velo de su rostro y echarse en brazos de su Dios con todas sus fuerzas, sin que por amar así a su Esposo pueda inducir a otros al escándalo”.
.   ● No caer en la idolatría de la oración  porque la oración es «acción de amor»”.-Jesús: “Mas por ahora, ¡oh almas, todavía sacrificadas aún en el vínculo del noviazgo con Dios!, cuando queráis hablar con vuestro Prometido, entrad en la paz de vuestra habitación, y sobre todo en la paz de vuestra estancia interior, y hablad al Rey de los ángeles; hablad a vuestro Padre en el secreto de vuestro corazón y de vuestra estancia interior; dejad afuera cuanto es el mundo: la manía de que le vean y la de edificar; los escrúpulos de las largas oraciones sobresaturadas de palabras, pero monótonas, tibias, mortecinas en cuanto al amor. ¡Por favor, liberaos de las medidas cuando oréis! En verdad os digo que hay quienes desperdician horas y más horas repitiendo solo con los labios un monólogo, que es un verdadero soliloquio porque ni siquiera el ángel custodio le escucha, pues no es más que un ruido sin sentido, que el ángel trata de remediar sumiéndose en oración ardiente en favor de este hombre necio a quien guarda. En verdad os digo que hay quienes ni siquiera cambiarían esa forma de orar ni aunque Dios se les apareciese diciendo: «¡La salvación del mundo depende de que dejes esa palabrería que no tiene alma, y de que vayas, simplemente, a sacar agua de un pozo y derramarla en la tierra por amor a Mí y a tus semejantes». ■ En verdad os digo que hay algunos que consideran más valioso su monólogo que el acto cortés de recibir en modo acogedor una visita o que el acto caritativo de socorrer a un necesitado: son almas caídas en la idolatría de la oración. La oración es acción de amor. Ahora bien, se puede amar tanto rezando como haciendo pan, tanto meditando como asistiendo a un enfermo, tanto realizando un peregrinaje al Templo, como atendiendo a la familia, tanto sacrificando un cordero como sacrificando nuestros deseos —justos— de recogernos en el Señor. Basta con que uno sumerja a sí mismo y cualquier acción en el amor. No tengáis miedo. Vuestro Padre ve, comprende, escucha, concede. Cuántas gracias no se dan tan sólo por un suspiro perfecto y verdadero de amor. No seáis semejantes a los paganos. Dios no necesita que le digáis lo que debe hacer «porque lo necesitáis». Eso pueden decírselo los paganos a sus ídolos que no pueden comprender, pero no vosotros a Dios, al Dios verdadero, espiritual, que no sólo es Dios y Rey, sino vuestro Padre y sabe antes de que le pidáis, de qué necesitáis”.
.    ●  Eficacia de la oración: Pedid, buscad, llamad… se os dará… (5).-Jesús: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque quien pide recibe; quien busca, encuentra, a quien llame se le abrirá. Cuando un hijo vuestro extiende su manita y os dice: «Padre, tengo hambre», ¿le dais acaso una piedra? ¿Le dais una serpiente si os pide un pescado? No; es más, no solo le dais el pan y el pescado sino que además le acariciáis y bendecís, porque es dulce para el padre alimentar a su hijo y ver en su rostro una alegría feliz. Si pues vosotros, imperfectos de corazón, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos sólo por amor natural, que también lo posee el animal hacia su prole, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos concederá, a quienes se lo piden, cosas buenas y necesarias para su bien! No tengáis miedo de pedir y no tengáis miedo de no obtener”.
.   ● “¿Por qué, oh Padre, no me escuchas?”.-Jesús: “Pero quiero poneros en guardia contra un error común: entre los creyentes hay paganos cuya religión es un amasijo de supersticiones y de fe, un edificio profanado en que han echado raíces hierbas parásitas de todo tipo, hasta el punto de que éste se va desmoronando y al final se derrumba; son paganos de la religión verdadera, débiles en la fe y el amor, que sienten que su fe se muere cuando no se ven escuchados. Pues bien, no hagáis como ellos. Sucede que pedís en un momento dado, y os parece justo el hacerlo —la verdad es que para ese momento no sería ni siquiera injusta tampoco la gracia pedida—, pero la vida no termina en ese momento y lo que hoy es bueno puede no serlo mañana. Pero vosotros, conociendo solo el presente —lo cual también es una gracia de Dios— esto lo desconocéis. Sin embargo, Dios conoce también el futuro, y muchas veces no satisface una oración vuestra para ahorraros una pena mayor. ■ En este año de vida pública más de una vez he oído decir a los corazones que referían haberse quejado de cuánto habían sufrido cuando no se habían sentido escuchados por Dios, pero que luego habían reconocido que ello significó un bien porque la gracia en cuestión les habría impedido alcanzar posteriormente a Dios. A otros les he oído decir —y decirme a Mí—: «Señor, ¿por qué no me escuchas? Lo haces con todos y conmigo no». Y no obstante, a pesar del dolor que me producía el sufrimiento que veía, he tenido que decir: «No puedo»; porque haber condescendido a su petición habría significado un estorbo a su vuelo hacia la vida perfecta. Incluso el Padre a veces dice: «No puedo»; no porque no pueda cumplir inmediatamente ese acto, sino porque no quiere hacerlo, dado que conoce las consecuencias que se seguirían. ■ Oíd: Un niño está enfermo del estómago. La madre llama al médico y éste dice: «Para curarle es menester que no coma nada». El niño llora, chilla, suplica, parece que se va a morir. La madre, siempre buena, une sus lamentos a los de su hijo; le parece una crueldad del médico esa prohibición absoluta, le parecen que el ayuno y el llanto puedan perjudicar a su hijo… Y, a pesar de todo, el médico se muestra inflexible. Al fin dice: «Mujer: yo sé; tú, no; ¿quieres perder a tu hijo o que te lo salve?». La madre grita: «¡Quiero que viva!». El médico dice: «Pues entonces no puedo conceder ese alimento… significaría su muerte». Pues bien, lo mismo dice el Padre algunas veces. Vosotras, madres compasivas respecto a vuestro «yo», no queréis oírle llorar por no haber obtenido lo que pedía; sin embargo, Dios dice: «No puedo. Sería tu mal». Llegará el día, o la eternidad, en que se dirá: «¡Gracias, Dios mío, por no haber escuchado mi necedad!»”.
* Ayuno.- “¡Verdaderamente no hay alimento que sacie tanto como el amor, y quien ayuna con espíritu de amor, de amor se nutre!” (6).- ■ Jesús: “Lo que dije para la oración, vale para el ayuno. Cuando ayunéis, no pongáis aspecto melancólico, como hacen los hipócritas, que de propósito desfiguran su rostro para que el mundo sepa y crea —aunque no sea verdad— que ayunan. Estos también han recibido ya, en la alabanza del mundo, su compensación; no recibirán ninguna otra. ■ Vosotros, por el contrario, cuando ayunéis, poned expresión alegre, lavaos con esmero la cara para que se vea fresca y se­dosa, ungíos la barba, perfumaos el pelo, presentad esa sonrisa en los labios propia de quien ha comido bien: ¡Verdaderamente no hay alimento que sacie tanto como el amor, y quien ayuna con espíritu de amor de amor se nutre! En verdad os digo que, aunque el mundo os llame «vanidosos» o «publicanos», vuestro Padre verá vuestro secreto heroico y os recompensará doblemente, por el ayuno y por el sacrificio de no haber recibido alabanza”. (Escrito el 26 de Mayo de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 5,37.   2  Nota  : Cfr. Mt. 6,5-8.   3  Nota  : Cfr. Lc. 6,45.   4  Nota  : “Paraninfo”: en la antigua Grecia, el joven amigo del novio que, antes de la celebración del matrimonio, iba a buscar a la novia a la casa de sus padres.   5  Nota  : Cfr.  Mt.  7,7-11.   6  Nota  : Cfr. Mt. 6,16-18.
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(<Durante el descanso sabático, discurso de la montaña>)
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3-176-126 (3-36-219).- “Justo es santificar las fiestas y alabar al Señor en los lugares de oración, mas toda la creación puede ser lugar de oración si la criatu­ra sabe convertirla en eso con su elevación hacia el Padre”.
* “Lugar de oración fue el arca de Noé, la ballena de Jonás, la casa del Faraón, la tienda de Holofernes, el lugar corrompido donde vivió el profeta Daniel que santificaba el lugar hasta merecer las altas profecías del Cristo y del Anticristo; el horno donde los 3 jóvenes pronunciaron el «Benedícite»….- ■ Dice Jesús: “La voluntad de Dios nos ha retenido en este lugar porque alar­gar el camino ya recorrido hubiera sido lesivo contra los preceptos (sabáticos), con el correspondiente escándalo; tal cosa no debe suceder jamás hasta que no se escriba el nuevo Pacto. Justo es santificar las fiestas y alabar al Señor en los lugares de oración, mas toda la creación puede ser lugar de oración si la criatu­ra sabe convertirla en eso con su elevación hacia el Padre. Lugar de oración fue el Arca de Noé, a la deriva sobre las olas; y el vientre de la ballena de Jonás; lugar de oración fue la casa del Faraón cuando José vivió en ella; y la tienda de Holofernes para la casta Judit. ¿Y no era acaso, sagrado para el Señor el lugar corrompido en que, esclavo, vivía el profeta Daniel; sagrado por la santidad de su siervo, que santificaba el lugar hasta el punto de merecer las altas profecías del Cristo y el Anticristo, clave de estos momentos y de los últimos tiempos? Pues con mayor razón será santo este lugar que, con los colores, los perfumes, la pureza del aire, la riqueza de los cereales, las perlas del rocío, habla de Dios Padre y Creador y dice: «Creo; quered creer vosotros, pues de Dios damos testimonio». Sea, por tanto, este lugar la sinagoga de este sábado; leamos en ella las páginas eternas es­critas sobre las corolas y las espigas, teniendo como sagrada lámpa­ra el Sol. ■ He nombrado a Daniel. Os he dicho: «Sea este lugar nuestra sina­goga». Esto trae a la memoria el gozoso «benedícite» de los tres san­tos jóvenes entre las llamas del horno: «Cielos y aguas, rocío y escar­cha, hielos y nieves, fuegos y colores, luces y tinieblas, relámpagos y nubes, montes y colinas, todo vegetal nacido, pájaros, peces, anima­les todos, alabad y bendecid al Señor, junto con los hombres de hu­milde y santo corazón». Éste es el resumen de este cántico santo que tanto enseña a los humildes y santos. Podemos orar y merecer el Cielo en cualquier lugar. Lo merecemos cuando hacemos la voluntad del Padre”. (Escrito el 1 de Junio de 1945).
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(<Los apóstoles han sido testigos de un hecho escandaloso de María Magdalena: un hombre casado, que cometía adulterio con ella, había sido apuñalado por un romano. María Magdalena, medio vestida y provocativa, presenció desde un rincón de la casa la escena de dolor de los familiares que habían acudido a auxiliar al herido. Más tarde, tuvo la osadía de ponerse frente a la casa del herido, a donde le habían trasladado>)
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3-184-169 (3-44-264).- “La oración es como el rocío que mantiene flojos los terrones para que la semilla pueda germinar”.
* La semilla de la palabra y la oración en una conversión.- ■ Dice Jesús a los apóstoles: “Dudáis acerca de la conversión de María de Magdala al Bien. No se ve señal alguna en ella que indique este cambio. Desvergonzada e impúdica, consciente de su posición y poder, tuvo la osadía de desafiar a la gente y de ir hasta el umbral de la casa donde lloran por su culpa. Al reproche de Pedro respondió con una risotada. A mi mirada que la invita, con una soberbia de desprecio. Algunos de vosotros habréis deseado, quién por amor a Lázaro, quién por amor a Mí, que le hubiera hablado directa y largamente, y que la hubiera subyugado con mi poder, mostrando mi fuerza de Mesías Salvador. No. No es necesario. ■ Lo dije hace meses también por otra pecadora. Las almas deben hacerse por sí mismas. Yo paso, arrojo la semilla; ésta trabaja secretamente. Se respeta al alma en este trabajo suyo. Si la primera semilla no sirve, se siembra otra, otra… y sólo deja uno de hacerlo cuando hay pruebas seguras de que es inútil sembrar. Se ruega. La oración es como el rocío, que mantiene los terrones flojos y buenos y nutridos con lo que la semilla puede germinar”. (Escrito el 10 de Junio de 1945).
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(<Jesús ha llegado al Templo de Jerusalén con sus apóstoles. Viene con ellos el niño Yabés –Marziam [1]–. Jesús se ha acercado a Yabés>)
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3-197-245 (3-58-342).- Importancia de la oración en las horas: de la mañana y del atardecer.
* El día empieza con la mañana: justo es que el hombre bendiga al Señor. Pero al atardecer es aún más solemne.- ■ Jesús le dice: “Ven, Yabés, que es la hora más solemne del día. Hay otra análoga por la mañana, pero ésta es toda­vía más solemne. El día empieza con la mañana: justo es que el hom­bre bendiga al Señor para que el Señor le bendiga durante todo el día en todas sus obras. Pero al atardecer es aún más solemne: decli­na la luz, cesa el trabajo, llega la noche. La luz que declina recuerda la caída en el mal, y verdaderamente las acciones de pecado se pro­ducen generalmente por la noche. ¿Por qué? Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno, que proyecta sus propuestas y pesadillas. Bueno es, por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día, elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fan­tasmas de la noche y las tentaciones. La noche con su sueño, símbolo de la muerte… Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendi­ción del Señor se duermen no en las tinieblas sino en una brillante aurora.
* ¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote? Ofrece el incienso… ora…, en comunión con Dios, y Dios le confía su bendición para sus hijos”.- Jesús: “El sacerdote ofrece el incienso por todos nosotros, ora por todo el pueblo, en comunión con Dios, y Dios le confía su bendición para que la imparta al pueblo de sus hijos. ¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote?”. Yabés: “Yo quisiera… Me sentiría todavía más cerca de mi madre…”. Jesús: “Si eres siempre un buen discípulo e hijo de Pedro, lo serás. Mas ahora ven; mira, las trompetas anuncian que ha llegado la hora. Vamos con veneración a alabar a Yeové”. (Escrito el 22 de Junio de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Marziam o Yabés.
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(<Aglae, «la Velada», ha llegado donde Jesús a través de la Madre, a la que, ella, errante y perseguida, había acudido. Aglae, después de llorar sus pecados y una vez recibida la absolución de Jesús, habiendo dejado el saquito de sus joyas a los pies de Jesús y derramado un perfume, se ha marchado>)
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3-200-268 (3-61-367).- Una paternidad espiritual del apóstol Andrés.
* “Gracias, Andrés, en nombre de Dios y de un alma”.- ■ De Aglae (1) solo queda, a los pies de Jesús, el saquito y, por toda la sala, el intensísimo aroma. Jesús se levanta… recoge el saquito y se lo lleva al pecho; se dirige a una ventana que da al camino; sonríe al ver a la mujer que sola se aleja envuelta en su manto hebreo en dirección de Belén. Hace señal de bendecir. ■ Va a la terraza y dice: “Mamá”. María ligera sube la escalera: “La has hecho feliz, Hijo mío. Se ha marchado con fortaleza y paz”. Jesús: “Sí, Mamá. Cuando regrese Andrés, mándamelo cuanto antes”. ■ Pasa el tiempo. Luego se oye la voz de los apóstoles que vuelven hablando… Andrés va donde Jesús: “Maestro, ¿me necesitas?”. Jesús: “Sí, ven aquí. Nadie lo sabrá, pero es justo que te diga a ti. Andrés, gracias en nombre de Dios y de un alma”. Andrés está sorprendido: “¿Gracias? ¿De qué cosa?”. Jesús: “¿No percibes este perfume? Es el recuerdo de «la Velada». Ha venido. Se ha salvado”. Andrés se pone rojo como una amapola. Cae de rodillas. No encuentra ni una palabra que decir… al fin murmura: “Ahora estoy contento. ¡Sea bendito el Señor!”. Jesús: “Sí. Levántate. No digas a los demás que vino… Esta noche también tú debes sentirte feliz…” Andrés: “Sí, Maestro. Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego”. (Escrito el 25 de Junio de 1945).
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1  Nota  : Cfr. los episodios 2-137-355 y 2-156-431.
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(<Judas Iscariote, como otras veces, alegando también ahora asuntos familiares, se ha separado del grupo apostólico. Es el único apóstol que no estará presente en el día en que Jesús va a dar a conocer la prometida oración perfecta. Es la víspera de la Pascua, 2º año de la vida pública de Jesús>)
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3-203-279 (3-64-379).- El día en que Jesús enseñó el Padre Nuestro (1). Parábola del amigo importuno. Eficacia de la oración: pedid y se os dará.
* “Ha llegado el momento. Os enseñaré la sublime oración: una perla singular y deseada”.- ■ Jesús sale con los suyos de una casa próxima a los muros de la ciudad (creo que del barrio de Bezeta, porque para salir de los muros se tiene que pasar todavía por delante de la casa de José (4), que está cerca de la Puerta, que oigo que llaman de Herodes). En esta noche tranquila de luna, la ciudad está semidesierta. Caigo en la cuenta de que la Pascua ha sido consumida en una de las casas de Lázaro, que no es, de ninguna manera, la casa del Cenáculo. Ésta se encuentra completamente en el lado opuesto de aquélla: una al norte, la otra al sur de Jerusalén. En la puerta de la casa, Jesús se despide, con ese porte gentil, propio suyo, de Juan de Endor a quien deja para que se quede con las mujeres, dándole las gracias por esto mismo; besa a Marziam que también está en la puerta y luego atraviesa la Puerta de Herodes. ■ Los apóstoles le peguntan: “¿A dónde vamos, Señor?”. Jesús: “Venid conmigo. Os llevo a que coronemos la Pascua con una perla singular y deseada. Por este motivo he querido estar con vosotros, ¡mis apóstoles! Gracias, amigos, por el amor que me profesáis; si pudieseis ver cómo me consuela, os quedaríais asombrados. Lo estoy viendo: Yo me muevo entre continuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros. Convenceros de que por Mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar… También por esta razón os aconsejo que os dejéis guiar por Mí. Si permito esto o aquello, no pongáis ningún obstáculo; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros. Cada cosa a su debido tiempo. Tened sobre todo confianza en Mí”. ■ Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del Monte Moria hasta un punto en que, por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón. Santiago de Alfeo pregunta: “¿Vamos a Getsemaní?”. Jesús: “No. Más arriba. Al Monte de los Olivos”. Juan dice: “Oh, ¡será algo bello!”. Pedro dice por su parte: “Habría estado también contento el niño”. Jesús: “¡Vendrá muchas veces! Estaba cansado. Es niño. Quiero daros una grande cosa porque ya es justo que la tengáis”. ■ Suben por entre el olivar. Dejan a su derecha Getsemaní. Siguen subiendo más por el monte, hasta llegar a la cumbre donde los olivos se balancean crujiendo. Jesús se para y dice: “Detengámonos… queridos y muy queridos discípulos míos y mis continuadores en el futuro, acercaos a Mí. Un día, y no uno solo, me habéis dicho: «Enséñanos a orar como Tú oras. Enséñanos como Juan enseñó a los suyos para que nosotros podamos orar con las mismas palabras del Maestro». Y siempre os respondí: «Os enseñaré cuando vea en vosotros un mínimo suficiente de preparación, para que la plegaria no se convierta en una fórmula vacía, solo de palabras humanas, sino que sea una verdadera conversación con el Padre». Ha llegado el tiempo. Vosotros poseéis cuanto es suficiente para conocer las palabras dignas de ser elevadas a Dios, y os las quiero enseñar esta noche en medio de la paz y el amor que existe entre nosotros, en la paz y en el amor de Dios y con Dios, porque hemos obedecido al precepto pascual, como verdaderos israelitas, y al precepto divino de la caridad para con Dios y para el prójimo”.
* En estas palabras está encerrado cuanto necesita el hombre para el espíritu, la carne y la sangre. Es una oración tan perfecta que ni las olas de las herejías ni el paso de los siglos la menoscabarán”.- ■ Jesús: “Escuchad. Cuando oréis, decir así: «Padre nuestro que estás en los Cielos. Santificado sea tu nombre. Venga tu Reino a la tierra como lo está en el Cielo, y en la tierra como en el Cielo se haga tu voluntad. Danos hoy nuestro pan diario. Perdónanos nuestras deudas, como perdonamos a los que nos deben. No nos dejes entrar en la tentación, sino líbranos del Maligno»”. Jesús se ha puesto de pie para decir esta oración y todos los demás le han imitado, atentos y emocionados. “No hay necesidad de más, amigos míos. En estas palabras está encerrado, como en un aro de oro, todo cuanto necesita el hombre para el espíritu y para la carne y la sangre; con esta oración pedís cuanto les es útil al espíritu y a la carne y a la sangre, y, si hacéis lo que pedís, conquistaréis la vida eterna. ■ Es una oración tan perfecta que ni las olas de las herejías ni el paso de los siglos la menoscabarán. La mordedura de Satanás fragmentará el cristianismo; muchas partes de mi carne mística se separarán, para formar células aisladas en el vano deseo de constituirse en cuerpo perfecto, como será el Cuerpo Místico de Cristo (el formado por todos los fieles unidos en la Iglesia Apostólica, que será, mientras exista la tierra, la única verdadera Iglesia). Pero estas partes, separadas, privadas por tanto de los dones que habré de dejar a la Iglesia Madre para nutrir a mis hijos, se llamarán de todas formas cristianas, pues su culto será Cristo, y siempre se acordarán, en su error, de estar unidas a Cristo. Pues bien, también ellas dirán esta oración universal. ■ Recordadla bien. Meditadla continuamente. Aplicadla a vuestras acciones. No hay necesidad de otra cosa para santificarse. Si alguien estuviese, en un lugar de paganos, sin Iglesia, sin libros, tendría ya en esa oración todo lo necesario para meditar y una Iglesia abierta en su corazón para esta oración; tendría una regla y una segura santificación.
.  «Padre nuestro». Yo le llamo: «Padre». Es Padre del Verbo, Padre del Encarnado. Así quiero que le llaméis porque sois uno conmigo, si permanecéis en Mí. Antes el hombre debía echarse rostro en tierra para exclamar, suspirando, envuelto en los temblores del miedo, la palabra: «¡Dios!». Quien no cree en Mí y en mi palabra, está todavía inmerso en ese temblor que paraliza… Observad lo que sucede en el Templo: no solo Dios, sino incluso el recuerdo de Dios, están escondidos detrás de un triple velo a los ojos de los fieles. Separaciones de espacio, separaciones con los velos, todo se ha empleado para decir a quien ora: «Tú eres fango; Él, Luz. Tú eres un ser abyecto; Él, Santo. Tú eres esclavo: Él, Rey». ¡Mas ahora!… ¡Levantaos! ¡Acercaos! Yo soy el Sacerdote Eterno, puedo tomaros por las manos y deciros: «Venid». Puedo descorrer el velo del Templo y abrir de par en par el inaccesible lugar que ha estado cerrado hasta ahora. ¿Y por qué cerrado?… Por la Culpa, sí; pero aún más cerrado por el pensamiento degradado de los hombres. ¿Por qué cerrado, si Dios es Amor, si Dios es Padre?… Yo puedo, debo, quiero elevaros al azul del cielo, no rebajaros al polvo; no que estéis lejos, sino cerca; no con vestido de esclavos, sino con el de hijos reclinados sobre el corazón de Dios. ■ Decid: «¡Padre! ¡Padre!». No os canséis de repetir esta palabra. ¿No sabéis que cada vez que la pronunciáis el Cielo se derrite de alegría divina? Si no dijeseis más que esta palabra, y con verdadero amor, habríais ya hecho una oración acepta al Señor. «¡Padre! ¡Padre mío!», dicen los niños al llamar a sus padres. Esta es la primera palabra que se dice: «Madre, Padre». Pues vosotros sois los pequeñuelos de Dios. Yo os he engendrado: con mi amor he destruido el hombre viejo que erais, haciendo nacer así al hombre nuevo, al cristiano. Llamad pues, con la primera palabra que el niño sabe, al Padre santísimo que está en los Cielos.
.  «Santificado sea tu Nombre». ¡Oh,  Nombre más santo y más dulce que cualquier otro! Nombre que el terror del culpable os ha enseñado a ocultarle bajo otro nombre. ¡No. No! No más Adonái. ¡No más! Es Dios. Es ese Dios que en un exceso de amor ha creado al género humano. El género humano, de ahora en adelante, purificados sus labios con el bautismo por Mí preparado, le llamará por su Nombre, esperando comprender con plenitud de sabiduría el verdadero significado de este incomprensible Nombre cuando, unido con Él, en sus mejores hijos, sea levantado al Reino que he venido a establecer.
.  «Venga tu Reino a la tierra como lo está en el Cielo». Desead con todas vuestras fuerzas este acontecimiento; si viniera, la alegría habitaría la tierra. El Reino de Dios en los corazones, en las familias, ente los ciudadanos, entre las naciones. Sufrid, trabajad, sacrificaos por ese Reino. Sea la tierra el espejo que refleje en las personas la vida del Cielo. Vendrá. Llegará el día en que esto sucederá. Siglos y siglos de lágrimas y sangre, de errores, de persecuciones, de nubes que dejan pasar rayos de luz que vienen del Faro místico que es mi Iglesia; la cual, si bien es barca —y jamás será hundida— es también roca que resiste cualquier golpe de mar, y mantendrá en alto la Luz, mi Luz, la Luz de Dios. Cuando esto llegue, será como una llamarada intensa de un astro que, alcanzado el estado máximo de existencia, se disgrega, cual inmensa flor en los jardines celestes, para exhalar, en un radiante latido, su existencia y su amor a los pies de su Creador. Llegar, llegará; entonces comenzará el Reino perfecto, feliz, eterno del Cielo.
.  «En la tierra como en el Cielo se haga tu voluntad». La propia  voluntad se puede anular en la de otro solo cuando se le llega a amar con perfección. La voluntad propia se puede anular en la de Dios solo cuando se ha llegado a la posesión de las virtudes teologales en forma heroica. En el Cielo, en donde no hay defectos, se hace la Voluntad de Dios. Aprended vosotros, hijos del Cielo, a hacer lo que en el Cielo se hace.
.   «Danos nuestro pan de cada día». Cuando estéis en el Cielo os alimentaréis tan solo de Dios. La beatitud será vuestro alimento. Pero acá abajo todavía tenéis necesidad del pan. Sois los hijos de Dios; justo es entonces decir: «Padre, danos pan». ¿Tenéis temor de no ser escuchados? Oh, ¡no! Pensad en esto: si uno de vosotros tiene un amigo y ve que no tiene pan y debe dar de comer a otro amigo o familiar que llegó a su casa muy de madrugada (2), irá al primero y le dirá: «Amigo mío préstame tres panes porque tengo un huésped que ha venido ahora y no tengo qué darle de comer», ¿podrá, acaso, oír como respuesta desde el otro lado de la puerta: «No me molestes porque ya he cerrado la puerta, la he trancado, y mis hijos duermen a mi lado; no puedo levantarme a darte lo que me pides»? No. Si es un verdadero amigo al que se ha dirigido, y si insiste, recibirá lo que pide. Lo recibiría incluso aunque el amigo fuera poco bueno, por su insistencia, porque aquel a quien se lo pidieran, con tal de que no le molestasen, se apresuraría a darle cuantos panes quisiere. ■ Pero vosotros, al orar al Padre, no os dirigís a un amigo de la tierra, sino al Amigo Perfecto que es el Padre de los Cielos. Por esto os digo: «Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá» (3), pues a quien pide se le da, quien busca halla, y a quien llama se le abre la puerta. ¿Qué padre, a su propio hijo que le pide un pan, le pondrá en la mano una piedra?, ¿qué padre dará a su hijo una serpiente en vez del pescado que pidió? Un padre que así obrase con su prole sería un sinvergüenza. Ya os lo he dicho, pero os lo repito para moveros a sentimientos de bondad y de confianza. Así pues, si uno que estuviera en su sano juicio no daría un escorpión en vez de un huevo, ¡cómo no os va a dar Dios con mucha mayor bondad lo que pidiereis!: en efecto, Él es bueno, mientras que vosotros, por el contrario, en más o en menos, sois malos. Pedid, pues, con amor humilde y filial vuestro pan al Padre.
.  «Perdónanos nuestras deudas como perdonamos a los que nos deben». Hay deudas materiales y deudas espirituales; las hay también morales. Deuda material es el dinero o la mercancía que se restituye por haber sido prestados. Deuda moral es la honra ofendida y no reparada, el amor pedido y no recibido. Deuda espiritual es la obediencia a Dios, de quien se exige mucho dándole bien poco, y el amor a Él. Es obediencia espiritual el amarle. Él nos ama y se le debe amor, como se debe amor a una madre, a una esposa, a un hijo, de quienes se exigen muchas cosas. El egoísta quiere tener, pero no dar. Pero el egoísta está en las antípodas del Cielo. ■ Tenemos deudas con todos: desde con Dios hasta con el esclavo, pasando por familiares, los amigos, el prójimo en general, y los que están a nuestro servicio, pues todos éstos son en el fondo iguales que nosotros. ¡Ay de quien no perdona, porque no será perdonado! Dios no puede, por justicia, perdonar la deuda que tiene el hombre para con Él, Ser Santísimo, si el hombre no perdona a su semejante.
.  «No nos dejes entrar en la tentación, sino líbranos del Maligno». El hombre (5) que no sintió la necesidad de compartir con nosotros la cena pascual me preguntó hace más o menos un año: «¡Cómo! ¿Has pedido Tú, no ser tentado? ¿y has pedido ser ayudado en la tentación para vencerla?». Estábamos nosotros dos solos… y le respondí. Luego —esta vez éramos cuatro—, en un lugar solitario, repetí la respuesta; pero todavía no fue suficiente, porque en un espíritu irremovible, es menester abrir brecha, demoliendo la gran fortaleza de su terquedad; por tanto, lo seguiré repitiendo una, diez, cien veces, hasta que todo se cumpla. Pero vosotros, que no estáis blindados con enseñanzas infaustas, y mucho menos con pasiones infaustas, procurad orar así. Orad humildemente para que Dios impida las tentaciones. ¡Ah, la humildad! Consiste en conocerse uno por lo que es. Sin deprimirse, pero conocerse. Decir: «Soy juez imperfecto de mí mismo y, aunque no lo parezca, podría ceder. Por esto, Padre, mío, de ser posible, tenme libre de las tentaciones; tan cerca de Ti que no permitas que el Maligno me pueda hacer daño». ■ Porque, recordadlo, que no es Dios quien tienta al Mal, sino que es el Mal el que tienta. Rogad al Padre para que sostenga vuestra debilidad, de modo que no pueda ser llevada a la tentación por el Maligno. ■ Ésta ha sido mi segunda Pascua entre vosotros, queridos amigos. El año pasado comimos tan solo el pan y el cordero. Este año os doy esta oración. Os otorgaré otros dones en las otras Pascuas que celebre con vosotros, para que, cuando me hubiere ido al Padre, tengáis un recuerdo mío, de Mí que soy el Cordero, en cada fiesta del cordero mosaico. Levantaos y vámonos. Entremos en la ciudad para el alba”. (Escrito el 28 de Junio de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt 6,9-13; Lc 11,1-4. Padre nuestro.- Mt. 6,14-15. Perdón de las ofensas.  2  Nota  : Cfr. Lc. 11,5-8. Parábola del amigo importuno.  3  Nota  : Cfr. Mt. 7,7-11; Lc. 11,9-13. Eficacia de la oración.   4  Nota  : José de Séforis, un viejo galileo, cuya casa de Jerusalén servía en alguna ocasión como alojamiento para Jesús.   Nota  : Se  trata de Judas Iscariote.
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(<Durante el trayecto hacia la ciudad de Betsur, Jesús y su Madre responden a las preguntas del niño Marziam o Yabés>)
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3-208-327 (4-70-430).- La oración puede producir una conversión.
* “Debemos rogar para que se arrepientan. Debemos desear, aun al perverso, el mayor bien. Si ruegas puede hacerse bueno… La vida es un bien porque da al hombre la oportunidad de conquistar méritos ante los ojos de Dios”.- Marziam pregunta a Jesús: “Pero Jesús, en esa bonita oración que Tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice: «Padre nuestro que estás en los Cielos…». Nosotros no estamos todavía en el Cielo. ¿Cómo, pues, estamos con Él?”. Jesús: “Porque Dios está en todas partes, hijo mío. Él cuida al niño que nace y al anciano que muere. El niño que está naciendo en este momento, en cualquier lugar lejano de la tierra, tiene sobre sí la mirada y el amor de Dios y los tendrá hasta su muerte”. Marziam: “¿Aun cuando sea malo como Doras?” (1). Jesús: “Aunque lo sea”. Marziam: “Pero Dios, que es bueno, ¿puede amar a Doras que es muy malo, y que hace llorar a mi viejo padre?”. Le dice la Virgen: “Le mira con dolor e indignación. Pero si se arrepintiese, le diría lo que dijo el padre de la parábola a su hijo arrepentido. Debemos de rogar para que se arrepientan…”. Marziam dice con furia: “¡Oh, no! Madre. ¡Rogaré para que se muera!”. Aunque la salida del niño sea poco… angelical, su ímpetu es tal y tan sincero que los demás se echan a reír. Luego, María vuelve a tomar su dulce seriedad de Maestra: “No, querido. Eso no debes hacer con un pecador. Si lo hicieras, Dios no te escucharía y te miraría con severidad. Incluso al perverso debemos desearle el mayor bien. La vida es un bien porque da al hombre la oportunidad de conquistar méritos ante los ojos de Dios”. Marziam: “Pero si uno es malo, conquista pecados”. Virgen: “Si ruegas, puede hacerse bueno”.
* Ejemplo de oración para el que no es capaz de perdonar porque odia.- ■ El niño piensa, pero no puede digerir esta lección sublime y concluye: “Doras no se hará bueno, aunque yo rogase. Es muy malo. Ni siquiera aunque orasen conmigo todos los niños mártires de Belén. ¿No sabes que… un día golpeó a mi anciano padre con una varilla de hierro porque le encontró sentado a la hora del trabajo? No podía ponerse en pie porque se sentía mal y él… le golpeó dejándole como muerto, y luego le dio una patada en la cara… Yo lo estaba viendo, porque estaba escondido detrás de un matorral… Había ido hasta allá porque nadie me había llevado pan desde dos días antes y tenía hambre… Debí escapar para que no me descubrieran, porque lloraba al ver a mi padre así, con sangre en la barba, por tierra, como muerto… Me alejé llorando; mendigué un pan… pero ese pan lo tengo siempre aquí… y tiene el sabor de la sangre y de las lágrimas de mi padre y mías, y de todos los que son torturados y que no pueden amar a sus verdugos. Yo quisiera golpear a Doras para que sienta qué cosa es ser golpeado, y quisiera dejarle sin pan para que supiera qué cosa es el hambre, y hacerle trabajar al sol, metido en el barro, bajo la amenaza del capataz, sin comer, para que supiera qué cosa es lo que da a los pobres… No puedo amarle porque… porque me está matando a mi anciano padre, y porque… yo, si yo no os hubiera encontrado, ¿de quién hubiera sido después?”. El niño presa de un ataque de dolor grita y llora, tiembla, dando golpes el aire —pues no puede dárselos al verdugo— con sus pequeños puños cerrados. Las mujeres están asombradas y conmovidas y tratan de calmarle. Pero él se encuentra en una crisis de dolor y no escucha a nadie. Grita: “No puedo, no puedo amarle y perdonarle. Le odio. Le odio por todos, le odio… le odio…”. ■ Causa aflicción y miedo. Es la reacción de la criatura que ha sufrido mucho. Jesús le dice: “Este es el más grande crimen de Doras, hacer que un inocente llegue a odiar…”. Toma al niño en sus brazos y le dice: “Escúchame, Marziam. ¿Quieres ir un día al Cielo con mamá, papá, tus hermanitos y tu abuelo?”. Marziam: “¡Siií!…”. Jesús: “Entonces no debes odiar a nadie. Al Cielo no entra quien odia. ¿No puedes rogar, por ahora por Doras? Está bien, no ores, pero no odies. ¿Sabes qué debes hacer? No debes nunca más volver a pensar en el pasado…”. Marziam: “Pero el sufrimiento de mi padre no es el pasado…”. Jesús: “Eso es verdad. Pero mira, Marziam, trata de orar así: «Padre nuestro que estás en los Cielos, en tus manos encomiendo el deseo de mi corazón…». Verás que el Padre te escuchará de la mejor de las maneras. ¿Qué conseguirías matando a Doras? Perder el amor de Dios, el Cielo, el reunirte con tu padre y tu madre y no librarías de los sufrimientos al anciano padre que amas. Eres demasiado pequeño para poderlo hacer. Dios lo puede. Díselo a Él: «¡Tú sabes cómo amo a mi anciano padre y a todos los que son infelices! Tú lo puedes todo, lo dejo en tus manos». ¿No quieres predicar la Buena Nueva, que habla de amor y de perdón? ¿Cómo puedes decir a otro: «No odies. Perdona», si tú no sabes amar ni perdonar? Déjalo, déjalo en manos del buen Dios, y verás lo bien que Él dispone todo. ¿Lo vas a hacer así?”. Marziam: “Sí. Porque te quiero mucho”. Jesús besa al niño y le pone en el suelo. Así concluye este episodio, y también el camino. (Escrito el 4 de Julio de 1945).
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1  Nota  : Doras.- Se trata de un fariseo, propietario de tierras en la baja Galilea, en la llanura de Esdrelón. Hombre inhumano, sin escrúpulo alguno, administraba sus propiedades con látigo y sin ninguna piedad para con sus trabajadores.- Cfr. Personajes de la Obra magna: Doras.
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(<Jesús con el grupo de apóstoles y discípulas, en el camino hacia Belén de Galilea. Han pasado por Yafia y Meraba y han hecho alto en un bosque>)
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4-247-115 (4-110-671).- La Virgen habla a Magdalena (1) sobre la oración mental y vocal.
* “No es inútil la oración vocal pero es mucho más útil para el corazón la meditación: elevarse a Dios con la mente para llegar realmente a orar, esto es, a amar, porque la oración para que sea oración deber ser amor”.- ■ Pasan las horas en la sombra susurrante del aireado bosque. Quién duerme, quién habla en voz baja, quién contempla el panorama. Juan se aparta de sus compañeros y busca un lugar más alto para ver mejor. Jesús se aparta a un lugar retirado para orar y meditar. Las mujeres, por su parte, se han retirado tras una cortina flotante de madreselva toda en flor; allí se han ido a refrescar, en un insignificante manantial que, reducido a un hilo de agua, forma en la tierra un charco que no logra transformase en arroyo. Terminado esto, las de más edad se ha dormido, cansadas. ■ La Magdalena, que se había soltado los cabellos, no pudiendo resistir su peso, se los recoge de nuevo y dice: “Voy con Juan, ahora que está con Simón, a ver el mar”. La Virgen dice: “También voy yo”. Para llegar a donde están los dos apóstoles deben pasar cerca del lugar donde Jesús, solo, está en oración. Dice la Virgen en voz baja: “Mi Hijo encuentra su descanso en la oración”. Magdalena observa: “Me parece que será indispensable para Él retirarse para mantener ese maravilloso dominio que tiene, y que el mundo somete a dura prueba. ¿Sabes, Madre? Hice lo que me dijiste. Cada noche me retiro durante un tiempo más o menos largo para poder restablecer dentro de mí misma esa calma que se ve turbada por muchas cosas; después, me siento mucho más fuerte”. Virgen: “Por ahora te sientes fuerte, más tarde, feliz. Créeme, María, que bien en la alegría como en el dolor, bien en la paz como en la lucha, nuestro espíritu tiene necesidad de sumergirse dentro del océano de la meditación para reconstruir lo que el mundo y las vicisitudes humanas debilitan, para crearse nuevas fuerzas, para poder subir siempre hacia arriba. ■ En Israel usamos y hasta abusamos de la oración vocal. No quiero decir que sea inútil o que no agrade a Dios; pero sí digo que siempre es mucho más útil para el corazón elevarse a Dios con la mente, la meditación, en que, contemplando su divina perfección y nuestra miseria, o la miseria de tantas pobres almas —no ya para criticar de ellas, sino para compadecernos de ellas y comprenderlas, y para agradecer al Señor que nos ha sostenido para que no pecásemos, o nos ha perdonado para no dejarnos caídas—, llegamos realmente a orar, esto es, a amar. Porque la oración para que sea realmente oración, debe ser amor. Si no, no es más que un murmullo de labios, de los que el alma está ausente”.
* ¿Puede Dios escuchar el grito de amor de un espíritu arrepentido pero poco purificado?.- ■ Magdalena pregunta: “¿Pero es lícito hablar con Dios, teniendo los labios todavía sucios de muchas palabras profanas? Yo, en mis horas de recogimiento, que hago como me enseñaste tú, mi apóstol dulcísimo, no permito a mi corazón, que querría decirle a Dios: «Te amo»…”. Virgen: “¡No! ¡Eso no! ¿Por qué?”. Magdalena: “Porque me parece que sería un ofrecimiento sacrílego por mi parte ofrecerle mi corazón…”. Virgen: “No lo vuelvas a hacer, hija. No lo vuelvas a hacer. Ante todo, mi Hijo te ha vuelto a consagrar el corazón con su perdón y el Padre no ve otra cosa más que éste perdón. Pero aun en el supuesto de que Jesús no te hubiera perdonado, y tú, en un lugar solitario, que puede ser tanto material como moral, gritases a Dios: «¡Te amo, Padre, perdona mis miserias, porque me duelen por el pesar que te causan», créeme, María, que Dios Padre te absolvería por su parte y le sería agradable tu grito de amor”.
.   ● Abandónate al amor. Deja que el amor adquiera en ti la violencia de un fuego devorador”.-Virgen: “Abandónate, abandónate al Amor. No le hagas violencia; antes al contrario, deja que el amor adquiera en ti la violencia de un fuego devorador. El fuego consume todo lo material, pero no destruye una molécula de aire, porque el aire es incorpóreo (al contrario: lo purifica de los desperdicios pequeñitos que en él esparce el viento, lo hace más ligero). De igual modo se comporta el amor con el espíritu: destruye la materia del hombre, si Dios lo permite, mas no destruye el espíritu, sino que acrecienta su vitalidad y le hace puro y ágil para que suba a Dios”.
* Juan y Zelote, incluso Lázaro, han llegado a la misma edad perfecta del espíritu y con el mismo medio: la oración mental. ■ La Virgen prosigue hablando a Magdalena: “¿Ves ahí a Juan? Es realmente muy joven, y con todo es un águila. Es el más fuerte de todos los apóstoles, porque ha comprendido el secreto de la fortaleza, de la formación espiritual: la meditación amorosa”. Magdalena: “Él es puro. Yo… Él es un muchacho, yo…”. ■ Virgen: “Pues mira entonces a Zelote, que no es un muchacho. Ha vivido su vida, ha luchado, ha odiado. Lo confiesa sinceramente. Pero aprendió a meditar. Y créeme, también él está muy en alto. ¿Ves? Se buscan ambos, porque se sienten iguales. Han llegado a la misma edad perfecta del espíritu y con el mismo medio: la oración mental. Por medio de ella el muchacho se ha hecho adulto en el espíritu; y por ella, el otro, ya mayor y cansado, ha vuelto a encontrar una robusta virilidad. Y, ¿sabes?, hay otro que, sin ser apóstol, adelantará mucho —es más, ya está muy adelantado— por su inclinación natural a la meditación, que desde que es amigo de Jesús se ha hecho en él una necesidad espiritual. Tu hermano”. Magdalena: “¿Mi hermano Lázaro?…”. (Escrito el 8 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : En el grupo de las discípulas se encuentra ya María Magdalena, convertida y totalmente  entregada a Jesús.
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(<Jesús y su primo Santiago de Alfeo han subido al Mote Carmelo. Allí Jesús le ha revelado algunos pormenores de la Iglesia futura y de los sacramentos. Al bajar del monte Jesús sigue instruyéndole y aclarando dudas. Ahora le va a hablar del valor de la oración para los enfermos que han recibido la Extremaunción>)
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4-259-197 (5-122-759).- La Extremaunción, ayudada por la oración de los hermanos, puede salvar física y espiritualmente al enfermo.
* “La oración ya de por sí es una forma de milagro”.- ■ Jesús le dice: “Muchas veces, contribuyen a que el cuerpo no reaccione contra la enfermedad los remordimientos que turban la paz, y la acción de Satanás, que, con esa muerte, espera ganar un alma para su reino y hacer que desesperen los que todavía viven. El enfermo pasa de la opresión satánica y turbación interior a la paz mediante la certeza del perdón de Dios, que le confiere al mismo tiempo el que Satanás se aleje. Pues bien, si tenemos en cuenta que, en Adán y Eva, el don de la inmunidad de enfermedades y de cualquier forma de dolor acompañaba al don de la Gracia, pues entonces el enfermo, devuelto a la Gracia, grande como la de un recién nacido que haya recibido mi bautismo, puede obtener también la victoria sobre la enfermedad. A esto también ayuda la oración de los hermanos en la fe, quienes tienen la obligación de tener piedad para con el enfermo (piedad no solo corporal sino, sobre todo, espiritual) orientada a obtener que el hermano enfermo se salve física y espiritualmente. La oración, de por sí, es ya una forma de milagro, Santiago; como has visto en el caso de Elías, la oración del justo puede hacer mucho” (1). (Escrito el 21 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Para entender todo este parágrafo y en particular la idea encerrada en él, se aconseja leer la Epístola católica de Santiago, sobre todo 5,13-18.
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4-262-221 (5-125-786).- La oración es la conversación del corazón con Dios, y debería ser el estado habitual del hombre. La mujer, por su facultad afectiva más fuerte que la del hombre, tiene más predisposición que el hombre para esta conversación con Dios.
* Las mujeres no serán sacerdotes como los hombres pero pertenecerán a la clase sacerdotal, cooperando con ellos al bien de las almas”.- ■ Dice Jesús: “Pero en los siglos por venir, la mujer redimida no vivirá esta opresión con que vive ahora. Seguirán existiendo las prohibiciones dictadas por la prudencia física, pero los obstáculos que encuentra para acercarse al Señor quedarán eliminados. Yo ya los comienzo a eliminar para preparar a las primeras sacerdotisas de la era que está por venir”. Bartolomé, casi a punto de desvanecerse, pregunta: “¿¡Pero habrá mujeres sacerdotes!?”. Jesús: “No me entendáis mal. No serán sacerdotes como los hombres, no consagrarán y no administrarán los dones de Dios, los que por ahora ignoráis; pero sí pertenecerán lo mismo a la clase sacerdotal, cooperando con los sacerdotes de muchas maneras para el bien de las almas”. Bartolomé, incrédulo, pregunta: “¿Predicarán?”. Jesús: “Como ya predica mi Madre”. Mateo pregunta: “¿Harán peregrinajes apostólicos?”. Jesús: “Sí. Llevarán muy lejos la Fe, y debo decirlo, con mayor heroísmo que los hombres”.
* Los hombres serán los gigantes de la doctrina; las mujeres sostendrán con oración y penitencia a los gigantes y al mundo. Por esto, harán milagros casi siempre invisibles”.- ■ Iscariote, riendo, pregunta: “¿Harán milagros?”. Jesús: “Alguna también hará milagros. Pero no os apoyéis en el milagro como en algo esencial. Ellas, las mujeres santas, harán también muchos milagros de conversión de pecadores con sus oraciones”. ■ Natanael refunfuña: “¡Uhm… las mujeres rezar hasta el punto de hacer milagros!”. Jesús: “No seas cerrado como escriba, Bartolomé. Según tú ¿qué cosa es la oración?”. Bartolomé: “El volverse a Dios con fórmulas que sabemos”. Jesús: “Eso es y algo más. La oración es la conversación del corazón con Dios, y debería ser el estado habitual del hombre. La mujer, por su vida más retirada que la nuestra y por su facultad afectiva más fuerte que la nuestra, tiene más predisposición que nosotros para esta conversación con Dios. En la oración encuentra consuelo a sus dolores, alivio a sus fatigas —que no son tan solo las del hogar y las del procrear, sino también la de soportarnos a nosotros los hombres—, encuentra aquello que enjuga sus lágrimas y devuelve la sonrisa a su corazón. Porque la mujer sabe hablar con Dios, y sabrá hacerlo mejor todavía en la era que está por venir. Los hombres serán los gigantes de la doctrina; las mujeres serán siempre las que con su oración, sostendrán a los gigantes y también al mundo, porque, efectivamente por sus oraciones y penitencias se evitarán muchas desventuras. Por esto harán milagros, casi siempre invisibles, conocidos sólo por Dios, pero no por eso irreales”. (Escrito el 24 de Agosto de 1945).
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4-263-225 (5-126-790).- El hombre de la mano seca (1), curado en sábado porque si es lícito orar en sábado así también lo es hacer el bien”.
* Hacer el bien es una oración más perfecta que los himnos y salmos”.- La sinagoga se llena con el canto de los himnos. Luego parece que la reunión se vaya a clausurar sin otros incidentes. Pero he aquí que Joaquín, el fariseo, descubre a un hombre entre la masa de gente y, con la mirada y con gestos, le obliga a pasar a la primara fila. Es un hombre como de cincuenta años, tiene un brazo atrofiado e inmóvil, y mucho más pequeño que el otro, porque la atrofia ha destruido los músculos. Jesús le ve, y ve también todo el montaje que han hecho para que le viera. Un gesto de disgusto y compasión se dibuja en su rostro claramente; es una expresión casi instantánea, pero muy clara. No obstante, no desvía el golpe, sino que afronta con firmeza la situación. Ordena al hombre: “Ven aquí al medio”. Y cuando le tiene delante, se vuelve a los fariseos: “¿Por qué me tentáis? ¿No acabo de hablar contra las asechanzas y el odio? ¿Y no acabáis de decir hace unos instantes: «No tenemos este pecado»? ¿No respondéis? ■ Responded por lo menos a esto: ¿Es lícito hacer el bien o el mal en sábado? ¿Es lícito salvar o quitar la vida? ¿No respondéis? Responderé por vosotros, en presencia de todo el pueblo, el cual juzgará mejor que vosotros porque es sencillo, sin odio ni soberbia. No es lícito hacer ningún trabajo en día de sábado. Pero, de la misma forma que es lícito orar, también es lícito hacer el bien, porque el bien es oración, más perfecta todavía que los himnos y los salmos que hemos cantado. Sin embargo, ni en día de sábado, ni cualquier otro día es licito hacer el mal. Y vosotros habéis hecho el mal, buscando con dolo para poder tener aquí a este hombre, que ni siquiera es de Cafarnaúm, que le habéis hecho venir desde hace dos días, porque sabíais que Yo estaba en Betsaida e intuíais que vendría a mi ciudad. Y lo habéis hecho para poder tener motivo de acusarme. Actuando así, cometéis también otro pecado, el de matar vuestra alma en lugar de salvarla. Por mi parte, os perdono. ■ Respecto a este hombre no defraudaré su fe. Le habéis hecho venir diciéndole que le iba a curar, cuando de hecho lo que queríais era ponerme una trampa. A él no se le puede culpar, porque ha venido aquí con la única intención de ser curado. Y que así sea. Hombre: extiende tu mano y vete en paz”. El hombre obedece y su mano queda sana, igual que la otra. Al punto la usa para tomar la punta del manto de Jesús y besarla y decir: “Tú sabes que no conocía la verdadera intención de éstos. Si la hubiese conocido, no habría venido; hubiera preferido quedarme con la mano seca que usarla contra Ti. Por esto no te enojes conmigo”. Jesús: “Ve en paz, hombre. Sé la verdad. Respecto a ti, no siento sino benevolencia”. La gente sale en medio de comentarios. El último que sale es Jesús con sus apóstoles. (Escrito el 26 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 12,9-13; Mc. 3,1-5; Lc. 6,6-10.
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 4-274-298 (5-137-868).- Postura habitual de Jesús para orar.
* De pie: con los brazos abiertos en forma de cruz. Sentado: con las manos entrecruzadas, codos sobre rodillas.- ■ La tarde está ya avanzada. Casi empezó a anochecer, porque apenas se pueden distinguir el sendero que trepa hacia la cima de un montecillo, en el que hay, esparcidas acá y allá, árboles que parecen olivos. Como la luz es tan escasa no puedo asegurar lo que sea. Lo que sí puedo decir es que son árboles no demasiado altos, frondosos y torcidos como suelen ser los olivos. Jesús está solo. Su vestido es blanco, su manto azul oscuro. Va subiendo. Se interna entre los árboles. Su paso es largo y seguro, y por ser largo aunque no rápido, avanza mucho y no se fatiga. Sigue caminando hasta que llega a una especie de balcón natural, desde el que uno se asoma al lago; un lago todo calmado bajo la luz de las estrellas, que llenan el cielo con sus ojitos brillantes. El silencio envuelve a Jesús en su tranquilidad; le aleja y le hace olvidar de las multitudes y de la tierra, y le une al Cielo, que parece descender cada vez más para adorar al Verbo de Dios y acariciarle con la luz de los astros. ■ Jesús está orando en su posición habitual: en pie y con los brazos abiertos en forma de cruz. A su espalda tiene un olivo, parece ya un crucificado en este tronco oscuro. Puesto que es alto, las ramas le cubren, y sustituyen al letrero de la cruz con las palabras más apropiadas al Cristo. En el calvario se leyó: “Rey de los Judíos”; aquí: “Príncipe de la paz”. El pacífico olivo habla cabalmente a quien sabe oír. Jesús ora largo tiempo. Luego se sienta sobre las raíces del olivo que sobresalen de la tierra, y toma su actitud acostumbrada: con las manos entrecruzadas y los codos apoyados sobre las rodillas. Medita. ¡Quién sabrá qué conversación sostiene con el Padre y el Espíritu en esta hora en que está solo y puede ser todo de Dios! ¡Dios con Dios! Me parece que pasan muchas horas, porque veo que las estrellas han cambiado de posición y muchas ya se han ido a ocultar tras del horizonte. (Escrito el 4 de Marzo de 1944).
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4-275-315 (5-139-887).- Segunda obra de misericordia espiritual: Orar por los vivos y muertos.Diferencia entre la oración vocal mecánica y la oración activa.
* “Las oraciones activas están llenas de amor y de sacrificio, por tanto, fecundas… Las oraciones de los que saben orar salvarán más al mundo que las mortíferas e inútiles batallas”.- Dice Jesús: “Y dad el alivio límpido y benéfico de la oración a los vivos y a los muertos que tienen sed de gracias. No se debe negar el agua a las gargantas sedientas. ¿Y qué se deberá dar entonces a los corazones de los que viven angustiados; qué, a los espíritus de los muertos que viven en pena? Oraciones, oraciones activas, llenas de amor y espíritu de sacrificio; por tanto, fecundas. ■ La oración debe ser verdadera, no mecánica como sonido de rueda en el camino. ¿Qué hace avanzar al carro, el sonido o la rueda? Es la rueda que se gasta para hacerle avanzar. La misma diferencia existe entre la oración vocal y mecánica y la oración activa. La primera es sonido, nada más; la segunda es obra en que se desgastan las fuerzas y crece el sufrimiento: pero se obtiene lo que se quería. ■ Orad más con el sacrificio que con los labios, y daréis alivio a los vivos y a los muertos, cumpliendo con la segunda obra de misericordia espiritual. Las oraciones de los que saben orar salvarán más al mundo que las ruidosas, inútiles, mortíferas batallas”. (Escrito el 8 de Septiembre de 1945).
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(<Jesús, acompañado de apóstoles, discípulos y mujeres va recorriendo las regiones que se encuentran al otro lado del Jordán: Ramot, Gerasa, Bozra…>)
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4-291-415 (5-155-992).- Jesús explica a Marziam la utilidad de la oración en las horas principales del día y en la de la hora nona.
* Dios nos da el día, todo: el día y la noche. Es un don suyo vivir y gozar de luz. Es un modo de santificación el modo de vivir. ¿No es verdad? Pues entonces uno tiene que santificar todos los momentos del día, para conservarse en santidad y tener presente en su corazón al Altísimo y su bondad, y, al mismo tiempo, mantener alejado al Demonio”.- ■ Jesús está completamente solo, detrás, como algunas veces hace cuando desea aislarse. Marziam se vuelve para mirarle varias ve­ces. Luego, no resistiendo más, deja a Pedro y a Juan de Zebedeo, se sienta al borde del camino, en un mojón que debe ser una señal mili­tar romana, y espera. Cuando Jesús llega a su altura, el niño se le­vanta y, sin decir nada, se pone al lado de Jesús, pero un poco retra­sado para que ni siquiera el verle le moleste, y observa, observa… ■ Sigue observando, hasta que Jesús sale de su meditación y, al oír las leves pisadas detrás de Él, se vuelve, y sonríe tendiendo la mano al niño, y dice: “¡Oh, Marziam! ¿Qué haces aquí tan solo?”. Marziam: “Te estaba mirando. Hace días que te miro. Todos tienen ojos, pe­ro no todos ven lo mismo. He visto que Tú, de vez en cuando, te aíslas… Los primeros días pensaba que quizás estabas afligido por algo. Pero luego he visto que lo haces siempre a las mismas ho­ras, y que tu Mamá, que siempre te consuela cuando estás triste, no te dice nada cuando tienes esa expresión de cara; es más, si está ha­blando, se calla y se recoge profundamente. ¡Yo veo, eh!… Porque siempre os miro a Ti y a Ella para hacer lo que hacéis vosotros. Les he preguntado a los apóstoles que qué es lo que haces, porque está claro que algo haces. Me han dicho: «Está orando». Y les he preguntado: «¿Qué dice?». Ninguno me ha respondido, porque no lo saben. Están contigo desde hace años y no lo saben. Hoy te he seguido, siem­pre que veía que ponías esa expresión, y te he estado mirando mien­tras orabas. Pero no es siempre la misma cara. Esta mañana, al amanecer, parecías un ángel de luz. Mirabas las cosas, las personas con unos ojos que creo que las sacabas de las sombras más que el sol. Y luego observabas el cielo, y tenías la misma cara que cuando ofreces el pan, en la mesa. Más tarde, cruzando ese pue­blecito, te has puesto el último, solo: tanto te esforzabas en decir, al pasar, palabras buenas a los pobres de ese pueblo, que me parecías un padre. A uno le has dicho: «Soporta con paciencia, que pronto te aliviaré, a ti y a otros como tú». Era el esclavo de aquel hombre feo que nos echó encima sus perros. Luego, mientras preparaban la comida, nos mirabas con ojos de una bondad repleta de amor. Parecí­as una madre… Pero ahora tu cara era de dolor… ¿En qué piensas, a esta hora, que tienes ese aire?… De todas formas, por la noche, si no duermo, te veo como afligido. ■ ¿Me puedes decir cómo rezas? ¿me puedes decir por qué rezas?”. Jesús: “Por supuesto que te lo digo. Así rezarás conmigo. Dios nos da el día, todo: tanto el iluminado como el oscuro: el día y la noche. Es un don suyo vivir y gozar de luz. Es un modo de santificación el modo de vivir. ¿No es verdad? Pues entonces uno tiene que santificar todos los momentos del día, para conservarse en santidad y tener presente en su corazón al Altísimo y su bondad, y, al mismo tiempo, mantener alejado al Demonio. Observa los pajarillos. Con el primer rayo de sol cantan. Bendicen la luz. También nosotros debemos ben­decir la luz, que es un don de Dios, y bendecir a Dios, que es Luz, que nos la concede. Tener deseos de Él ya desde los albores de la ma­ñana, como para poner un sello de luz, una nota de luz en todo el día que transcurre, para que todo él sea luminoso y santo. Unirnos a toda la Creación para alabar al Creador. ■ Luego, a medida que las ho­ras van pasando, y pasando nos traen la constatación de cuánto do­lor e ignorancia hay en el mundo, orar también, para que sea alivia­do el dolor y caiga la ignorancia y conozcan a Dios, le amen, le eleven sus oraciones, todos los hombres; que si conocieran a Dios se verían siempre consolados incluso en su sufrimiento. En la hora sexta, orar por amor a la familia. Saborear este don de estar unidos a quien nos ama, que también esto es un don de Dios. Pedir que la comida, que nos es útil, no se transforme en pecado. Y, al declinar la tarde, orar pensando que la muerte es ese ocaso que a todos nos espera. Orar para que nuestro ocaso, de un día o de toda la vida, se produzca siempre con el alma en Gracia. Y, cuando se prenden las luces, orar para dar las gracias por el día que ha concluido y para pedir protección y perdón, para echarse a dormir sin miedo a un improviso juicio, a asaltos demoníacos. Orar, en fin, por la noche —pero esto es para los que ya no son niños— para ofrecer reparación por los pecados de la noche, para alejar a Satanás de los débiles, para que en los que ha­yan incurrido en culpa surjan la reflexión, la contrición, los buenos propósitos que se harán realidad con los primeros rayos del sol. Y así el justo durante todo el día ora, y por estas cosas ora”.
* La oración de la hora nona.- ■ Marziam: “Pero no me has dicho por qué te retiras, con ese aire tan afligido y majestuoso, a la hora nona…”. Jesús: “Porque… digo: «Por el Sacrificio de esta hora venga tu Reino al mundo y sean redimidos todos aquellos que creen en tu Verbo». Dilo también tú…”. Marziam: “¿Qué sacrificio es? Dijiste que el incienso se ofrece por la maña­na y al atardecer. Las víctimas, todos los días, a las mismas horas, están sobre el altar del Templo; y las víctimas, si son por votos y expiaciones, se ofrecen a todas las horas. No hay una hora nona señalada con rito especial”. ■ Jesús se para, toma al niño con las dos manos, le alza, le mantie­ne fijo frente a Sí y, como si recitase un salmo, alzando el rostro, dice: “Y entre la sexta y la nona aquel que vino como Salvador y Reden­tor, aquel de quien hablan los profetas, consumará su sacrificio, des­pués de haber comido el pan amargo de la traición y dado el dulce Pan de la Vida, después de haberse prensado a Sí mismo como el racimo en el lagar y haber dado de beber de Sí a los hombres y a la hierba, después de haberse tejido una púrpura de rey con su sangre, y haberse ceñido una corona, tomado el cetro y colocado su trono en un lugar alto, para que lo vea Sión, Israel y el mundo. Levantado, con el purpúreo vestido de sus llagas infinitas, en medio de las tinieblas para dar Luz, en la muerte para dar Vida, morirá a la hora nona y será redimido el mundo”. ■ Marziam le mira aterrorizado, pálido. El llanto se asoma a sus en labios y el espanto a sus ojos asustados. Con voz insegura, dice: “¡Pero el Salvador eres Tú! ¿Entonces eres Tú el que va a morir a esa hora?”. Las lágrimas empiezan a descender por las mejillas y la pequeña boca las bebe, mientras, entreabierta, espera una desmentida. Pero Jesús dice: “Soy Yo, pequeño discípulo. Y también por ti”. Y, dado que el niño rompe a llorar convulsivamente, le aprieta contra su corazón y dice: “¿Entonces te duele que Yo muera?”. Marziam: “¡Oh, Tú eres mi única alegría! ¡Yo no quiero esto! Yo… Déjame mo­rir en lugar de Ti…”. Jesús: “Tú tienes que predicarme en todo el mundo. Ya está dicho. Pero, escúchame: moriré contento porque sé que tú me amas; luego resucitaré. ¿Te acuerdas de Jonás? Salió más hermoso del vientre de la ballena, más descansado, fuerte. Yo también, e iré inmediatamente a ti y te diré: «Pequeño Marziam, tu llanto quitó mi sed, tu amor fue mi compañero en el sepulcro. Ahora vengo a decirte: ‘Sé sacerdote mío’». Y te besaré teniendo todavía en Mí el aroma del Paraíso”. ■ Marziam: “Pero, ¿dónde estaré yo? ¿No voy a estar con Pedro?, ¿ni con la Madre?”. Jesús: “Te salvaré de las olas infernales de esos días. Salvaré a los más débiles e inocentes. Menos a uno… Marziam, pequeño apóstol, ¿quie­res ayudarme a orar por aquella hora?”. Marziam: “¡Oh, sí, Señor! ¿Y los demás?”. Jesús: “Esto es un secreto entre nosotros dos. Un gran secreto. Porque a Dios le place revelarse a los pequeñuelos… No llores más. Sonríe, pensando que después no volveré a sufrir nunca más y sólo recorda­ré todo el amor de los hombres, el primero el tuyo”.
* “La unión con Dios es ese tenerle presente en todo momento para alabarle e invocarle”.-Jesús: “Ven, ven. Mira qué lejos están los otros. Vamos a correr para alcanzarlos” y le pone en el suelo y, llevándole de la mano, se echa a correr con el niño has­ta que se unen al grupo. Pedro: “Maestro, ¿qué has estado haciendo?”. Jesús: “Le he explicado a Marziam las horas del día”. Pedro: “Pero el muchacho tiene llanto en los ojos. ¿Se portó mal? Claro, le disculpas porque eres bueno”. Jesús: “No, Simón. Ha observado cómo oraba. Vosotros no lo habéis ob­servado. Me ha pedido una explicación, y se la he dado. El niño se ha emocionado por mis palabras. Ahora dejadle tranquilo. Ve donde mi Madre, Marziam. Y vosotros escuchad todos, que no os vendrá mal a vosotros la lección”. Y Jesús explica otra vez la utilidad de la oración en las horas principales del día, omitiendo la explicación de la hora nona. Termi­na: “La unión con Dios es este tenerle presente en todo momento pa­ra alabarle e invocarle. Hacedlo y progresaréis en la vida del espíri­tu”. (Escrito el 30 de Septiembre de 1945)
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(<Jesús, con el grupo apostólico. Vienen al Templo para celebrar la Pascua>)
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6-364-4 (6-54-344).- En el Templo, el Padre Nuestro.
* Judas, con rostro irónico y falso, ante la vista de mercaderes y cambistas que siguen profanando el Templo, tienta a Jesús para que repita aquel gesto santo de otro tiempo.- ■ Ya están en el Templo, en medio del hormigueo de gente, poco sa­grado, de los primeros patios, donde hay mercaderes y cambistas. Jesús mira y siente aquello en el alma. Se pone pálido. Su andadura severa es tan so­lemne, que parece aumentar más todavía de estatura. Judas Iscariote le tienta: “¿Por qué no repites aquel gesto santo? Ya ves… lo han olvidado… De nuevo la profanación ha entrado en la Casa de Dios. ¿No te duele? ¿No te lanzas a defender?”. La cara morena y bella de Judas, pero irónica y falsa (a pesar de todas las artes de Judas para que no aparezca así), toma un aspecto incluso de un zorro. Al decir estas palabras ha escrutado el rostro de Jesús. Jesús dice secamente: “No es la hora. Pero todo eso será purificado. ¡Y para siempre!…”. Judas sonríe ligeramente y comenta: “¡¡El «para siempre» de los hombres!! ¡Ya ves, Maestro, que es muy precario!…”. Jesús no le responde, pues trata de saludar desde lejos a José de Arimatea, que pasa seguido por otras personas, envuelto en sus vis­tosos indumentos. Recitan las oraciones rituales y luego regresan al Patio de los Gentiles, bajo cuyos pórticos se agolpa la gente. ■ Los prosélitos a los que habían encontrado viniendo al Templo han seguido todo este tiempo a Jesús. Han traído con ellos a sus en­fermos y ahora los están colocando a la sombra, debajo de los pórti­cos, cerca del Maestro. Sus mujeres, que los han esperado aquí, se acercan muy despacio. Todas veladas. Pero una está ya sentada, qui­zás por estar enferma, y las compañeras la llevan al lado de los otros enfermos. Más gente se agolpa alrededor de Jesús. Veo estupor y de­sorientación en los grupos rabínicos y sacerdotales por la abierta presencia y la abierta predicación de Jesús.
* “Oremos así: «Padre nuestro…», aplazando todas las ocupaciones por una, la única importante: honrar al Señor y Padre. En esto se comprende que somos hermanos, hijos de un único Padre. Esta unión de amor nuestra es anticipación de otra más perfecta, de que gozaremos en el Reino de los Cielos, bajo la mirada de Dios, abrazados todos por su Amor: Yo, Hijo de Dios y del hombre, con vosotros, hombres hijos de Dios”.- ■ Jesús dice: “La paz sea con todos vosotros que escucháis! La Pascua Santa trae de nuevo a los hijos fieles a la Casa del Pa­dre. Parece, esta Pascua bendita nuestra, una madre que piensa solí­cita en el bien de sus hijos, que los llama con fuerte voz para que vengan de todas partes, aplazando todas las ocupaciones por una más importante, la única que es verdaderamente grande y útil: hon­rar al Señor y Padre. En esto se comprende que somos hermanos; de esto, con testimonio delicado, surge el orden y el compromiso de amar al prójimo como a uno mismo. ¿No nos hemos visto nunca? ¿No sabíamos los unos de los otros? Así es. Pero, si estamos aquí, porque somos hijos de un único Padre que quiere congregarnos en su Casa para el banquete pascual, entonces, aunque no sea con los sentidos materiales, sí ciertamente con la parte superior, sentimos que somos iguales, hermanos, provenientes de Uno solo, y nos amamos, por tanto, como si hubiéramos crecido juntos. Y esta unión de amor nuestra es anticipación de la otra, más perfecta, de que gozaremos en el Reino de los Cielos, bajo la mirada de Dios, abrazados todos por su Amor: Yo, Hijo de Dios y del hombre, con vosotros, hombres hijos de Dios; Yo, Primogénito, con vosotros, hermanos amados sobre toda humana medida, hasta hacerme Cordero por los pecados de los hombres ■ Recordemos también, nosotros que gozamos en el momento pre­sente de nuestra fraterna unión en la Casa del Padre, a los que es­tán lejos y también son hermanos nuestros en el Señor y en el ori­gen. Tengámolos en nuestro corazón. Llevemos en nuestro corazón ante el altar santo a los ausentes. Oremos por ellos, recogiendo con el espíritu sus lejanas voces, sus añoranzas de estar aquí, sus anhe­los. Y, de la misma forma que recogemos estos conscientes anhelos de los israelitas lejanos, recojamos también los de las almas que pertenecen a hombres que no saben siquiera que tienen un alma y que son hijos de Uno solo. Todas las almas del mundo gritan en las pri­siones de los cuerpos hacia el Altísimo. Alzan, en oscura cárcel, su gemido hacia la Luz. Nosotros, que estamos en la luz de la fe verda­dera, tengamos misericordia de ellos. ■ Oremos así:
.  Padre nuestro que estás en los Cielos, sea santificado tu Nombre por todo el género humano. Conocer tu Nombre es encaminarse hacia la santidad. Haz, Padre santo, que los gentiles y paganos conozcan tu existencia, y que vengan a Dios, a Ti, Padre, guiados por la Estrella de Jacob, por la Estrella de la Mañana, por el Rey y Redentor de la estirpe de David, por tu Ungido, ya ofrecido y consagrado para ser Víctima por los pecados del mundo; que vengan como los tres sabios de entonces, de un tiempo ya lejano pero no inoperante, porque nada de lo que tiene algo que ver con la venida de la Redención al mundo es inoperante.
.   Venga tu Reino a todos los lugares de la tierra: donde se te conoce y ama, y donde aún no se te conoce; y, sobre todo, a los que son tres veces pecadores, los cuales, aun conociéndote, no te aman en tus obras y manifestaciones de luz, y tratan de rechazar y apagar la Luz que ha venido al mundo, porque son almas de tinieblas, que prefie­ren las obras de tinieblas, y no saben que querer apagar la Luz del mundo es ofenderte a Ti mismo, porque Tú eres Luz santísima y Pa­dre de todas las luces, comenzando por la que se ha hecho Carne y Palabra para traer tu luz a todos los corazones de buena voluntad.
.   Padre santísimo, que todos los corazones de este mundo hagan tu voluntad, es decir, que se salven todos los corazones y no quede para ninguno sin fruto el sacrificio de la Gran Víctima; porque ésta es tu voluntad: que el hombre se salve y goce de Ti, Padre santo, después del perdón que está para ser otorgado.
.   Danos tu ayuda, Señor: todas tus ayudas. Ayuda a todos los que esperan, a los que no saben esperar, a los pecadores con el arrepenti­miento que salva, a los paganos con la herida de tu llamada que es­tremece; ayuda a los infelices, a los reclusos, a los desterrados, a los enfermos en el cuerpo o en el espíritu, a todos, Tú que eres el Todo; porque el tiempo de la Misericordia ha llegado.
.   Perdona, Padre bueno, los pecados de tus hijos. Los de tu pueblo, que son los más graves, los de los culpables de querer estar en el error, mientras que tu amor de predilección ha dado la Luz precisa­mente a este pueblo. Perdona a los que embrutece un paganismo corrompido que enseña el vicio, y se hunden en una idolatría hedionda, mientras que entre ellos hay al­mas también puras a quienes Tú amas porque las has creado. Nosotros perdo­namos, Yo el primero, para que Tú puedas perdonar.
.   E invocamos tu protección sobre la debilidad de las criaturas para que libres, del Principio del Mal, —del cual vienen todos los delitos, idolatrías, cul­pas, tentaciones y errores—, a tus criaturas. Líbralas, Señor, del Prín­cipe horrendo, para que puedan acercarse a la Luz eterna”. ■ La gente ha seguido atentamente esta solemne oración. Se han acercado rabíes famosos, entre los cuales, y tomándose el men­tón, está Gamaliel. Un grupo de mujeres, envueltas en sus mantos con una especie de capucho que cubre sus caras, se ha acercado también. Los rabíes se separan con desdén. (Escrito el 1 de enero de 1946).
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6-379-126 (7-66-461).- El más pequeño es el más grande cuando, con humil­dad, comunica con su Señor para el bien de los hermanos”.
* “Alimentándonos de oración… descenderá el Señor a hablar a nuestros espíritus… a abrir nuestros oídos para comprender al Verbo… y sobre todo a invadir nuestros corazones con su fuego. Porque sólo si ardemos sabremos resistir los martirios de la tierra. Porque solo habiendo sufrido antes el dulce martirio del completo amor, podremos estar preparados para sufrir los del odio humano”.- ■ Santiago de Alfeo pregunta: “¿Y qué es lo que quieres hacer en el Adomín?”. Jesús: “Orar y buscar un sitio para orar todos, en los días futuros, para prepararnos a las nuevas y cada vez más encarnizadas luchas”. Santiago: “¿De nuestros enemigos?”. Jesús: “También de nuestro yo. Tiene mucha necesidad de ser fortalecido”. Santiago: “¿Pero no has dicho que quieres ir a los confines de Judea y a la Transjordania?”. Jesús: “Sí. Iré. Pero después de la oración. Iré a Acor, y luego por Doco, a Jericó”. ■ Juan, como si fuera presa de una visión pavorosa, grita: “¡No, no, Señor! Son lugares nefastos para los santos de Israel. No vayas allí, no vayas allí. ¡Yo te lo digo, lo percibo! Hay algo en mí que me lo dice. ¡No vayas allí! ¡En nombre de Dios, no vayas!”. Todos le miran estupefactos, porque así no le han visto nunca. Pero ninguno se burla de él. Tienen todos la percepción de que están en presencia de un hecho sobrenatural, y, respetuosos, mantienen silencio. También Jesús calla, hasta que no ve a Juan adquirir de nuevo su aspecto habitual y decir: “¡Oh, mi Señor! ¡Cómo he sufrido!”. Jesús: “Lo sé. Iremos al Carit. ¿Qué dice tu espíritu?”. ■ Me impresiona profundamente el respeto con que Jesús se dirige al inspirado… Juan: “¿Me preguntas esto a mí, Señor? ¿Tú, Sabiduría Stma., al pobre muchacho ignorante?”. Jesús: “A ti. Sí. El más pequeño es el más grande cuando, con humil­dad, comunica con su Señor para el bien de los hermanos. Habla…”. Juan: “Sí, Señor. Vamos al Carit, donde hay lugares escarpados para recogerse en Dios, y están cerca los caminos de Jericó y los que van a Sa­maria. Nosotros bajaremos para reunir a los que te aman y esperan en Ti, y los conduciremos a Ti, o te conduciremos a Ti a ellos, y luego seguiremos alimentándonos de oración… Y descenderá el Señor a hablar a nuestros espíritus… a abrir nuestros oídos, que oyen al Verbo pero no le comprenden enteramente… y, sobre todo, a invadir nues­tros corazones con su fuego. Porque sólo si ardemos sabremos resis­tir los martirios de la tierra. Porque sólo habiendo sufrido antes el dulce martirio del completo amor podremos estar preparados para sufrir los del odio humano… Señor… ¿qué he dicho?”. Jesús: “Mis palabras, Juan. No temas. Entonces nos quedamos aquí, y mañana, al alba, iremos a los montes”. (Escrito el 7 de Febrero de 1946).
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(<Los apóstoles han pasado un día en Carit en oración y recogimiento>)
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6-380-127 (7-70-462).- Oración y trabajo para adoctrinar al mundo.
* Pedro repite su súplica del Tabor: “Oh ¿por qué no nos quedamos aquí?”.- “Simón, si Dios te quiere activo, obedece. Así, porque obedeces, te preparas mejor a la muerte, que encerrado entre solitarias rocas a rezar y contemplar”.- ■ Desde una cadena montañosa que parece elevarse cada vez más —mostrando continuas colinas rocosas, de laderas escarpadas, a pico— se entreven partes del Mar Muerto, que está situado al sureste del lugar donde están los apóstoles con el Maestro. No se ven ni el Jordán ni su fértil llanura; ni se ve Jericó ni tampoco otras ciudades. Tan sólo se ven montes y montes que se yerguen en dirección de Samaria; y el Mar Muerto por entre dos series de montes… Las caras de los trece despiden alegría sobrenatural. No se acuerdan más del mundo. Está lejos… Sus corazones han vuelto a tomar el equilibrio removido por tantos envites, y han podido entregarse de nuevo a Dios. ■ Pero el retiro ha terminado, según dice Jesús. Pedro repite su súplica que dijo en el Tabor: “Oh ¿por qué no nos quedamos aquí? ¡Nos sentimos tan felices de estar aquí contigo!”. Jesús: “Porque nos espera el trabajo, Simón de Jonás. No podemos entregarnos sólo a la oración. El mundo espera para ser adoctrinado. No pueden detenerse los obreros del Señor, mientras haya campos que sembrar”. Pedro: “Entonces… yo… que me hago bueno sólo cuando me aíslo de este modo, nunca lo conseguiré… ¡El mundo es muy grande! ¿Cómo vamos a arreglárnoslas para sembrar todo, y antes de morir, alcanzar el recogimiento en Ti?”. Jesús: “Está claro que no lo sembraréis todo. Se requerirán muchos siglos. Y, cuando haya sido sembrada una parte, Satanás entrará en ella a destruir lo realizado. Habrá, pues, necesidad de trabajar hasta el fin de los siglos”. Pedro pregunta con voz triste: “¿Y entonces cómo podré prepararme a morir?”. Jesús le abraza diciéndole: “Tendrás tiempo. No es necesario que sea largo. Basta un acto de recogimiento perfecto para prepararse a estar ante el tribunal de Dios. Tú tendrás todo el tiempo. Por otra parte, ten en cuenta que el cumplimiento de la voluntad de Dios es siempre preparación a una muerte santa. Si Dios te quiere activo, obedece. Te preparas mejor en la actividad, porque obedeces, que si te encerraras entre las más solitarias rocas a orar y contemplar. ¿Convencido?”. Pedro: “¡Sí, claro! ¡Lo dices Tú! ¿Entonces qué debemos hacer?”. Jesús: “Desparramarnos por los senderos de los valles, reunir a los que estén esperándome, predicar al Señor y su doctrina hasta que Yo vaya”. (Escrito el 9 de Febrero de 1946).
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 (<Jesús está en Jerusalén. Una Jerusalén invernal, gris, azotada por el viento>)
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8-505-31 (9-202-466).- “Sabed orar con fe en la oración. La oración persistente puede cambiar el curso de los acontecimientos, abre el Cielo”.- Parábola del Juez inicuo y la viuda (1). “¿Cuando el Hijo del hombre vuelva encontrará todavía fe en la tierra?”.
* Jamás es tarde para el Altísimo. Si conserváis la fe, veréis el milagro”.- ■ No hay mucha gente en el Templo. Después de la afluencia de las fiestas, los peregrinos disminuyen. Tan sólo los que por intereses de importancia se ven obligados a venir a Jerusalén, o quien habita en esta ciudad, sube al Templo. Por esto los patios y los pórticos, aunque no están desiertos, están menos ocupados y parecen más extensos, más sagrados, porque hay más silencio. También —arrimados a las murallas por la parte del sol, de un pálido sol que se abre paso entre las nubes grises— son menos numerosos los cambistas y los vendedores de palomas y de otros animales. Después de que Jesús oró en el patio de los israelitas, se vuelve y se apoya junto a una columna observando… y siendo observado. ■ Ve que vienen de detrás del patio de los hebreos, un hombre y una mujer que sin mostrar que lloran, su rostro está lleno de dolor. El hombre trata de consolar a la mujer, pero se ve que también él está afligidísimo. Jesús se separa de la columna y va a su encuentro. “¿Qué os hace sufrir?” les pregunta compasivamente. El hombre mira, sorprendido de que se interese por ellos, tal vez le parezca que la pregunta no sea delicada; pero la mirada de Jesús es tan dulce que lo desarma. Antes de decir lo que sufre, pregunta: “¿Cómo es posible que un rabí se interese de las penas de un sencillo israelita?”. Jesús le dice: “Porque el rabí es tu hermano. Tu hermano en el Señor y te ama como está escrito en el mandamiento”. Hombre: “¡Mi hermano! Soy un pobre campesino de la llanura de Sarón, hacia Dora. Tú eres un Rabí”. Jesús: “El dolor es tanto para los rabíes como para los demás. Sé lo que significa el dolor, y quisiera consolarte”. La mujer se levanta un momento el velo para mirar a Jesús y en voz baja dice a su marido: “Díselo. Tal vez nos pueda ayudar…”. ■ El hombre explica: “Rabí, teníamos una hija. La tenemos. Por ahora todavía la tenemos… La casamos decorosamente con un joven que uno de nuestros amigos nos garantizó que sería buen marido. Son esposos desde hace seis años, y de su desposorio han nacido dos niños. Dos… porque después el amor se desvaneció… Tanto que ahora… el esposo quiere el divorcio. Nuestra hija llora y se muere. Por esto hemos dicho que todavía la tenemos, porque dentro de poco morirá de dolor. Hemos intentado todo para convencer a su marido. Hemos rogado mucho al Altísimo… Pero ninguno de los dos ha escuchado… Hemos venido aquí en peregrinación por este motivo, y nos hemos quedado aquí durante el curso de una luna (2). Todos los días en el Templo. Yo en mi lugar, mi mujer en el suyo… Esta mañana un criado de mi hija nos trajo la noticia que su esposo había ido a Cesarea para mandarle desde allá el libelo de divorcio (3). Esta es la respuesta que nuestras plegarias han obtenido…”. La mujer le suplica en voz baja: “No hables así Santiago”. Y luego: “El Rabí nos puede maldecir como a blasfemos… Dios nos puede castigar. Es nuestro dolor. Viene de Dios… Y si nos ha castigado, señal es de que lo merecíamos” termina la mujer con sollozo. Jesús dice a la mujer: “No, mujer. No os voy a maldecir y Dios no os va a castigar. Os lo prometo. Así como os digo que no es Dios quien os envía este dolor, sino que es el hombre quien os lo causa. Dios lo permite para prueba vuestra y para probar al marido de vuestra hija. No perdáis la fe y el Señor os escuchará”. Hombre: “Es ya tarde. Nuestra hija ya fue repudiada y ha perdido la fama…”. ■ Jesús: “Jamás es tarde para el Altísimo. En un instante, y por una oración persistente, puede cambiar el curso de los sucesos. Desde la copa a los labios la muerte tiene todavía tiempo de introducir su puñal e impedir que quien ya tenía la copa en los labios, lo beba. Y ello por intervención de Dios. Os lo aseguro. Volved a vuestros lugares de plegaria y continuad hoy, mañana y pasado mañana. Y si conserváis la fe, veréis el milagro”. El hombre insiste: “Rabí, tratas de consolarnos… pero en estos momentos… No se puede. Tú lo sabes, no se puede anular el libelo una vez que se entrega a la repudiada”. Jesús: “Te digo que tengas fe. Es verdad que no se le puede anular, pero ¿sabes que tu hija la recibió?”. Hombre: “De Dora a Cesárea no es largo el camino. Mientras el siervo venía hasta aquí, seguro que Jacob ha regresado ya a casa y expulsado a María”. Jesús: “No es largo el trayecto, pero ¿estás seguro que ya lo hizo? ¿No puede una voluntad superior a la humana haber detenido a un hombre, si Josué, con la ayuda de Dios, detuvo el sol? (4). ■ Vuestra plegaria persistente y llena de confianza que tiene un buen fin, ¿no es acaso una voluntad santa que se opone a una mala? ¿Y puesto que pedís una cosa buena a Dios, a vuestro Padre, ¿no os ayudará a detener los pasos de ese insensato? ¿No os habrá ya escuchado? Y, aunque el hombre se obstinase todavía en ir, ¿podría hacerlo si vosotros os obstináis en pedir al Padre una cosa justa? Os digo: id a orar hoy, mañana y pasado mañana y veréis el milagro”. Mujer: “¡Vamos, Santiago! El Rabí sabe lo que dice. Si manda ir a orar señal es que sabe que es justo. Ten fe, esposo mío, siento una gran paz, siento que una esperanza me nace donde antes había sólo dolor. Dios te lo pague, Rabí bueno, y que te escuche. Ruega también por nosotros. Ven, Santiago, ven” y logra convencer a su marido que la sigue después de haberse despedido de Jesús con el acostumbrado saludo judío: “La paz sea contigo”, al que Jesús responde de igual modo.
* De este modo su fe es perfecta”.- ■ Los apóstoles dicen a Jesús: “¿Por qué no les has dicho quién eres? Hubieran orado con más tranquilidad”. Felipe añade: “Se lo voy a decir”. Jesús le detiene diciéndole: “No quiero. Habrían orado con más serenidad pero con menos mérito. De este modo su fe es perfecta y será premiada”. Felipe: “¿De veras?”. Jesús: “¿Queréis que hubiera mentido a esos dos infelices?”.
* Valor de la oración perseverante: la parábola de la viuda y del juez inicuo. “La fe perseverante abre el Cielo y la fe salva al alma por la oración”. ■ Jesús mira a la gente que le rodea. Será alrededor de un centenar de personas. Dice: “Escuchad esta parábola que os mostrará el valor de la oración perseverante. Sabéis lo que dice el Deuteronomio al hablar de los jueces y magistrados (5): que deben ser justos y misericordiosos escuchando con imparcialidad a quien recurre a ellos, pensando siempre que deben juzgar el caso que se les presenta, como si fuera un caso suyo personal, sin tener en cuenta regalos o amenazas, sin deferencia a los amigos culpables y sin dureza hacia aquellos que estuvieron enemistados con los amigos del juez. Pero, si las palabras de la Ley son justas, no son igualmente justos los hombres ni saben obedecer la Ley. De este modo se ve que con frecuencia la justicia humana es imperfecta, porque son raros los jueces que sepan conservarse puros de corrupción, misericordiosos, pacientes tanto con los ricos como con los pobres; tanto con las viudas y los huérfanos como con aquellos que no lo son. ■ En una ciudad había un juez muy indigno de su oficio, obtenido por medio de parentescos de mucha influencia. Por su parte era parcial en juzgar y propenso en dar la razón al rico y al poderoso, o a quien tenía recomendación de ricos o poderosos; o hacia el que le comprase con grandes regalos. No tenía temor de Dios y se burlaba de las quejas del pobre y del débil por estar solo y sin quien le defendiese. Cuando no quería escuchar a quien claramente tenía razón contra un rico, al que no quería condenar de ninguna manera, él hacía que le alejaran de su presencia amenazándole con arrojarle a la cárcel. La mayoría soportaban su modo violento de ser, resignados a la derrota aun antes de que su caso se discutiese. ■ Pero en aquella ciudad vivía una viuda cargada de hijos. Debía recibir una fuerte suma de dinero por trabajos que su difunto esposo había hecho para un rico. Ella, obligada por la necesidad y amor materno, había tratado de que el rico le diera esa suma, que le habría permitido dar de comer a sus hijos y vestirlos para el invierno que se acercaba. Pero como el rico no le hizo caso, pese a todas sus súplicas e insistencias, se dirigió al juez. El juez era amigo del rico, el cual le había dicho: «Si me das la razón, un tercio de la suma es tuyo». Por esto, se hizo sordo a las palabras de la viuda que le decía: «Hazme justicia respecto de mi adversario. Ves que tengo necesidad. Todos pueden decir si tengo derecho a la suma». Se hizo sordo y mandó a sus ayudantes que la alejaran de su presencia. Pero la mujer volvió una, dos, diez, veces; por la mañana, al mediodía, por la tarde… incansable. Y le seguía por la calle gritándole: «Hazme justicia. Mis hijos tienen hambre y frío, y no tengo dinero para comprar harina y ropa». Se presentaba en la puerta de la casa del juez cuando éste volvía para sentarse a la mesa con sus hijos. Y el grito de la viuda: —«hazme justicia con mi adversario, que mis hijos y yo tenemos hambre y frío»— penetraba hasta dentro de la casa, hasta el comedor, hasta el dormitorio por la noche, persistente como el chillido de una lechuza: «¡Hazme justicia, si no quieres que Dios te castigue! Recuerda que la viuda y los huérfanos son sagrados ante los ojos de Dios y ¡ay de quien los pisotea! Hazme justicia si no quieres sufrir un día lo que sufrimos nosotros. El hambre que tenemos, el frío que soportamos te lo encontrarás en la otra vida, si no haces justicia. ¡Pobre de ti!». ■ El juez no tenía temor de Dios, ni del prójimo. Pero estaba cansado de ser molestado siempre; de ver que era objeto de burla por parte de toda la ciudad por la persecución de la viuda, y también objeto de crítica. Por eso, un día se dijo a sí mismo: «Aunque yo no tema a Dios ni tema las amenazas de la mujer, ni lo que piensa la gente de la ciudad, a pesar de ello y para quitarme de encima tanta molestia, voy a escuchar a la viuda y le haré justicia, obligando al rico a que le pague. Me basta con que me deje de perseguir por todas partes y se me quite de en medio». Llamó a su amigo rico y le dijo: «Amigo mío, no es posible seguir complaciéndote. Cumple con tu deber y paga, porque no puedo soportar que se me moleste por tu causa. He dicho». Y el rico tuvo que desembolsar la suma de dinero según justicia. ■ Esta es la parábola. Ahora voy a aplicarla. Habéis oído las palabras de un hombre inicuo: «Para quitarme de encima tanta molestia, voy a escuchar a la viuda». Y era inicuo. ¿Y Dios, el Padre lleno de bondad, va a ser inferior al juez malo? ¿No hará justicia a aquellos hijos suyos que le invocan día y noche? ¿Les hará esperar tanto el favor pedido, que su alma abatida deje de orar? Yo os digo que prontamente les hará justicia, para que su alma no pierda la fe. Pero antes es necesario saber orar, sin cansarse después de las primeras oraciones y saber pedir cosas buenas. Y también fiarse de Dios diciendo: «Pero hágase lo que tu sabiduría ve más útil para nosotros». Tened fe. Sabed orar con fe en la oración y con fe en Dios vuestro Padre. Y Él os hará justicia contra lo que os oprime: sean hombres o demonios, sean enfermedades u otras desgracias. La oración perseverante abre el Cielo, y la fe salva al alma por la oración. ¡Vámonos!”.
* ¿Cuando el Hijo del hombre vuelva encontrará en la tierra todavía fe?”.- ■ Y Jesús se dirige a la salida. Ya está casi fuera del recinto cuando, levantando la cabeza para mirar a los pocos que siguen y a los muchos indiferentes u hostiles que le miran desde lejos, exclama: “¿Pero cuando vuelva el Hijo del hombre, encontrará en la tierra todavía fe?” y, suspirando, se envuelve en su manto y camina a grandes pasos hacia el suburbio de Ofel. (Escrito el 27 de Septiembre de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 18,1-8.   2  Nota  : “Nos hemos quedado aquí durante el curso de una luna”.- Cfr. Lev. 23,23-24; Núm. 10,1-10; 1 Sam. 20,5 y 24; Is. 1,10-20; Am. 8,5: el primer día del mes lunar, llamada luna nueva o neumonia, era día de fiesta.   3  Nota  : Libelo de divorcio. Cfr. Deut. 24,1-4.   4  Nota  : Cfr. Jos. 10,10-15.   5  Nota  : Cfr. Deut. 16,18-20.
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(<Jesús se encuentra en Betania con sus apóstoles, en la casa del ya resucitado Lázaro>)
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9-581-209 (10-42-285).- “Lázaro, cuando orabas me entregabas todo tu ser. Es justo darte el céntuplo de lo que me dabas”.
* “Dios premia a sus amigos antes de que ellos se den cuenta”.- ■ Los criados pueden cerrar ahora el cancel, y Jesús puede reunirse con sus amigos. Jesús, acercándose a Lázaro y poniéndole un brazo en los hombros, le dice: “Me he permitido invitar aquí, para mañana, a las discípulas”. Lázaro: Hiciste bien, Señor. Mi casa es la tuya, lo sabes. Tu Madre prefirió vivir en la casa de Simón Zelote (1), y yo respeté su deseo. Pero espero que te quedes bajo mi techo”. Jesús: “Sí. Aun cuando… la otra casa es también tuya. Una de tus primeras generosidades por Mí y por mis amigos. ¡Qué bueno has sido conmigo!”. Lázaro: “Y espero seguirlo siendo por mucho tiempo. Aunque, Maestro sabio, esta palabra es incorrecta. Yo no soy generoso contigo. Eres Tú el que eres generoso conmigo. Yo soy el deudor. Y si, ante los tesoros que me has dado, deposito para Ti mi pequeñez, ¿qué puede valer esta mísera ofrenda mía comparada con tus tesoros? «Dad y se os dará», dijiste. «Una medida justa se os dará, y conseguiréis el ciento por ciento de cuanto habéis dado» lo has prometido. Yo obtuve el ciento por ciento aun cuando no te había dado nada. ¡Recuerdo nuestro primer encuentro! Tú, Señor y Dios, ante quien los serafines son indignos de acercarse, viniste a mí, que estaba solitario y afligido… encerrado en mis tristezas. Viniste a ver a este hombre llamado Lázaro, que todos esquivaban, fuera de José, Nicodemo y mi fiel amigo Simón (2) que desde su tumba de vivo no dejaba de amarme… No quisiste que mi alegría de verte quedara turbada por los desprecios que el mundo te lanzaba… ¡Nuestro primer encuentro! Podría repetirte tus palabras de aquel entonces… ¿Qué te había dado, si nunca te había visto, para que me dieses inmediatamente el cien por ciento?”. ■ Jesús: “Tus oraciones ante nuestro Padre Altísimo. Nuestro, Lázaro. Mío. Tuyo. Mío como Verbo y como Hombre. Tuyo como hombre. ¿Cuando orabas con tanta fe, no me entregabas ya todo tu ser? Ves, pues, que te di el céntuplo, como es justo, de lo que me dabas.” Lázaro: “Tu bondad es infinita, Maestro y Señor. Premias anticipadamente, y con divina generosidad, a los que tu pensamiento conoce como siervos tuyos, aun antes de que ellos caigan en la cuenta que lo son”. Jesús: “No mis siervos, sino mis amigos. Porque los que hacen la voluntad de mi Padre y siguen a la Verdad que envió, son mis amigos, y no mis siervos, más bien mis hermanos, pues soy el primero en hacer la voluntad del Padre. Así pues, el que hace lo que hago es mi amigo porque solamente el amigo hace espontáneamente lo que hace su amigo”. Lázaro:“Que seamos amigos siempre, Señor”. (Escrito el 18 de Marzo de 1947).
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1  Nota  : Para Lázaro y todo lo referente a la casa de Simón Zelote Cfr.- Personajes de la Obra magna: Lázaro y familia.   2  Nota  : Simón Zelote.
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(<Después de la maldición a la higuera [Mc. 11,20-26], Jesús y los apóstoles conversan>)
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9-594-331 (10-13-403).- “Os repito una vieja lección: «por medio de la oración, cualquier cosa se obtiene»”.
* Fe perfecta: confianza ciega en el Altísimo. “Os aseguro que si alguien llegare a tener tan perfecta confianza nacida de la oración y de la bondad del Señor, podrá decir a este monte: «Quítate de aquí... .-Felipe dice: “Bueno. Esta higuera está seca del todo porque la maldijiste. Se trata de alguna señal… de algo… no sé cómo explicarme”. Jesús: “Es como acabas de decir. Pero lo que he hecho también vosotros lo podréis hacerlo, si llegáis a tener una fe perfecta. Tened en el Altísimo esa confianza ciega. Y cuando la tuviereis, Yo os digo que podréis hacer esto y hasta más. En verdad, os aseguro que si alguien llegare a tener tan perfecta confianza nacida de la oración y de la bondad del Señor, podrá decir a este monte: «Quítate de aquí y arrójate al mar». Y si, al decirlo, no dudare en su corazón, sino que creyere que cuanto ordena puede realizarse, se verificará”. Iscariote, moviendo la cabeza, objeta: “Y pareceremos magos y nos apedrearán, como se manda que se haga con quien practica la magia. ¡Sería un milagro bastante necio, que nos acarrearía daño!”. El otro Judas le refuta: “¡El necio eres tú, que no has comprendido la parábola!”. Jesús no se dirige a Judas. Habla a todos: “Yo os digo, y es una vieja lección que os repito ahora: cualquier cosa que pidiereis por medio de la oración, confiad en que la obtendréis. Si antes de orar tuvieseis algo contra alguien, perdonad antes y haced las paces, para que vuestro Padre que está en los Cielos os sea favorable, vuestro Padre que tanto os perdona, que con tantos bienes os colma, desde que nace el sol hasta que se pone, desde la aurora hasta el anochecer”. (Escrito el 1 de Abril de 1947).
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(<El siguiente episodio tiene lugar el Miércoles Santo. Por la noche. Jesús ha permanecido junto a sus apóstoles durante estas sus últimas horas amaestrando con las últimas lecciones>)
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9-597-379 (10-16-446).- El Padre Nuestro, recitado por Jesús, el Miércoles Santo.
* “Padre, es muy hermoso el Cielo y tenemos miedo de perderlo”.- ■ Dice Jesús: “He terminado. No tengo más que agregar. Todo lo que quería decir en orden a las profecías mesiánicas está dicho. Desde el nacimiento hasta la muerte, todas os las he ilustrado, y lo he hecho para que me conocierais y no tuvieras dudas ni alegarais excusa de vuestro pecado. Ahora oremos juntos. En esta última noche podemos hacerlo así, unidos cual granos de uva en el racimo. Venid. Oremos:
.  «Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo. Danos hoy nuestro pan. Perdónanos nuestras ofensas como perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes que entremos en la tentación, y líbranos del Mal. Así sea».
.   «Sea santificado tu Nombre». Padre, Yo lo he santificado. Ten piedad de tu Retoño.
.   «Venga tu Reino». Muero para fundarlo. Ten piedad de Mí.
.  «Hágase tu voluntad». Ayuda mi debilidad,  Tú que creaste el cuerpo del hombre y con él revestiste a tu Verbo para que Yo en esta tierra te obedeciera así como siempre te he obedecido en el Cielo. Ten piedad del Hijo del hombre.
.   «Danos el pan…». Un pan para el alma. Un pan que no es de esta Tierra. No lo pido para Mí. No tengo necesidad sino de tu consuelo espiritual. Yo, cual mendigo, extiendo mi mano para ellos. Dentro de poco será atravesada y clavada y ya no podrá dar muestras de amor. Pero ahora puede todavía. Padre, concédeme darles el Pan que diariamente fortifique la debilidad de los pobres hijos de Adán. Son débiles, ¡oh Padre!, no pueden hacer nada porque no tienen ese Pan que es fuerza, el Pan angelical que espiritualiza al hombre y le conduce a divinizarse en Nosotros”.
. «Perdónanos nuestras ofensas». Jesús, que ha hablado de pie y con los brazos abiertos, ahora se arrodilla y levanta al cielo su cara. Una cara pálida por el esfuerzo de la súplica y porque los rayos de luna le besan; por su cara corren lágrimas. “Perdona a tu Hijo, ¡oh Padre!, si en algo te faltó. Ante tu Perfección puedo aún aparecer imperfecto, Yo, tu Mesías, sobre quien pesa la carne. Ante los hombres… no parecerá. Mi inteligencia me asegura que hice todo por ellos. Pero Tú perdona a tu Jesús… (1). Yo también perdono. Para que me perdones, Yo perdono. ¡Cuánto debo perdonar! ¡Cuánto!… Y con todo, perdono. Perdono a éstos aquí presentes, a los discípulos ausentes, a los sordos de corazón, a mis enemigos, a los que se burlarán de Mí, a los traidores, a los asesinos, a los deicidas… en una palabra, a toda la Humanidad. En cuanto a Mí, Padre, perdono toda ofensa con que el hombre haya ofendido al Verbo encarnado. ¿No? ¿Dices «no»? ¡Es mi dolor! Este «no» derrama en mi corazón las primeras gotas del amargo cáliz. Pero, Padre a quien siempre he obedecido, te digo: «Hágase como tú quieres».
.   «No nos dejes que entremos en la tentación». ¡Oh, si Tú quieres, nos puedes alejar el demonio! Él es la tentación que azuza a la carne, la mente y el corazón. Es él el Seductor. ¡Aléjale, Padre! ¡Que esté a nuestro lado tu Arcángel. Para poner en fuga a aquél que desde nuestro nacimiento hasta la muerte nos acosa!… ¡Oh, Padre Santo, ten piedad de tus hijos!
. «¡Líbranos, líbranos del Mal!». Tú lo puedes. Nosotros  aquí lloramos… Es muy hermoso el Cielo y tenemos miedo de perderlo. Tú dices: «¡Mi Santo no puede perderlo!». Pero Yo quiero que veas en Mí al Hombre, al Primogénito de los hombres. Soy su hermano. Ruego por ellos y con ellos. ¡Padre, ten piedad! Sí, ¡piedad!”. ■ Jesús se postra en tierra. Luego se levanta: “Vámonos. Despidámonos esta noche. Mañana, a esta hora no lo podremos hacer. Estaremos demasiado turbados. Y no hay amor donde hay turbación. Démonos el ósculo de paz. Mañana… mañana cada uno dependerá de sí mismo… Esta noche todavía podemos ser uno para todos y todos para uno”. Besa uno por uno, comenzando por Pedro, luego Mateo, Simón, Tomás, Felipe, Bartolomé, Iscariote, los dos primos, Santiago de Zebedeo, Andrés y Juan, sobre el que luego se apoya, mientras salen del Getsemaní. (Escrito el 8 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : Que Jesús no conoció pecado alguno está claro unos renglones más abajo y en toda la Obra de María Valtorta: “Padre a quien siempre he obedecido”. Jesús no tenía ningún pecado, ni había ofendido al Padre. Sin embargo, por una parte, la Humanidad de Jesús, cosa creada, es imperfecta y débil en comparación de la Divinidad. Y, por otra parte, como Cabeza y Salvador del linaje humano había cargado sobre Sí los pecados del mundo. Cfr. Is. 52,13-53,12; 2 Cor. 5,16-21; Gal. 3,10-14. Solo bajo este sentido pudo pronunciar Jesús: “Perdónanos nuestras ofensas”.
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(<La Virgen, una vez que dejó ayer el lugar del Santo Sepulcro, se había retirado a la casa del Cenáculo, donde, teniendo presente el Sudario que Nique, la Verónica, le había entregado, se sumergió en profunda oración e intensa espera. María de Alfeo se asoma a la habitación>)
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10-615-151 (11-35-635).- Noche del Sábado Santo: el valor de la oración para la Dolorosa.
* Valor de la oración para la Dolorosa: “Aun en los quehaceres de la mujer, mi alma oraba sin interrupción. Mas cuando podía decir «Ahora es tiempo de recogerme en Dios», mi corazón ardía latiendo veloz. Y cuando me perdía en Dios… no te lo puedo explicar”.- Entra cautelosa María de Alfeo y escucha. Probablemente piensa que la Virgen se ha adormecido. Se acerca, se inclina, la ve de rodillas con el rostro en tierra junto al Sudario. En voz baja dice: “¡Pobrecita! ¡Así se ha quedado!”. Pero la Virgen, saliendo de su oración, responde: “No. Estaba orando”. María de Alfeo la recrimina: “¡Pero de rodillas! ¡En la oscuridad! ¡Al frío! ¡La ventana abierta! ¡Fíjate, estás helada!”. Virgen: “Así me sentía mejor, María. Mientras oraba —y sólo el Eterno sabe cuán acabada estaba Yo después de haber sostenido a tantos cuya fe vacila, iluminando tantas inteligencias a quienes ni siquiera su muerte ha aclarado— me ha parecido percibir un perfume angelical, un frescor del Cielo, una caricia de ala… Fue un instante… Solo un instante. Pero me ha parecido que, en el mar de amargura que embravecido me sumerge desde hace ya tres días, penetrase una gota de calmante dulzura; me ha parecido como si la bóveda clausurada de los Cielos se abriese un poco y un rayo luminoso de amor bajase sobre la Abandonada; me ha parecido como si, viniendo de lejanías infinitas, un murmullo incorpóreo dijese: «Ha terminado realmente». Mi plegaria hasta este momento desolada, encontró la calma, se ha teñido de esa luminosa paz —¡oh, apenas una nada!— de esa luminosa paz que me solía dar mi oración… ■ ¡Mis oraciones!… María, ¿amaste, no es verdad, muchísimo a tu Alfeo cuando eras su prometida?”. María de Alfeo: “¡Oh, María!… Cuando llegaba la aurora con todo mi corazón decía: «Ha pasado una noche. Una noche menos de espera». Me alegraba cuando llegaba el crepúsculo diciendo: «Un día más ha pasado. Más próxima estoy para entrar bajo su techo».Y cuando el sol iba a ponerse pensaba yo: «Dentro de poco llega».  Y cuando le veía llegar tan bello de cara como es mi Judas —y por esto mi Judas es mi predilecto— con ojos de ciervo enamorado como los tiene mi Santiago, ¡oh!, entonces yo ya no sabía dónde me encontraba. Y cuando me saludaba diciendo: «¡Amada mía!», y yo le respondía: «Señor mío», creo… creo que si en esos momentos me hubiese aplastado un carruaje o atravesado una flecha, no hubiera sentido dolor. ¡Y después!… ¡Cuando fui su mujer… ah!…”. María se pierde en el éxtasis de sus recuerdos. Luego: “¿Pero por qué esta pregunta?”. Virgen: “Para explicarte lo que para mí ha significado la oración. Centuplica tus sentimientos, hazlos mil y mil veces mayores y comprenderás lo que ha sido para mí la oración, la espera de esa hora… Ya de por sí creo que, aun cuando no estaba orando en la tranquilidad de la gruta o de mi habitación, sino que trabajaba en los quehaceres de la mujer, mi alma oraba sin interrupción… Pero cuando podía decir: «Ahora es tiempo de recogerme en Dios» mi corazón ardía latiendo veloz. Y cuando en Él me perdía… entonces… ■ No… esto no te lo puedo explicar. Cuando estéis en la luz de Dios lo comprenderás… Todo esto lo he perdido durante estos tres días… Ha sido todavía una cosa más angustiosa que el no tener a mi Hijo…”. (Escrito el 31 de Marzo de 1945).
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(<Jesús Resucitado se aparece a su Madre al alba del domingo en la habitación del Cenáculo. Después de las primeras salutaciones gozosas y exultantes entre Madre e Hijo, Jesús habla>)
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10-618-174 (11-4-656).- Jesús Resucitado aparece a su Madre: “Tus plegarias fueron mi fuerza en la tierra y más allá de la tierra”.
* “El Padre y el Espíritu las han oído y visto, y han sonreído como a la flor más hermosa, pues fueron más melodiosas que el más dulce cántico nacido en el Paraíso”.- ■ Jesús dice: “Ha terminado todo, Madre. Ahora no tienes más por qué llorar a tu Hijo. La prueba ha acabado. La Redención se ha realizado. Madre, gracias por haberme concebido, alimentado, ayudado en la vida y en la muerte. Tus plegarias llegaron hasta Mí. Fueron mi fuerza en el dolor, mis compañeras en mi viaje por la tierra y más allá de esta tierra. Conmigo fueron a la Cruz y al Limbo. Eran el incienso que precedía al Pontífice que fue a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi Cielo. Tus oraciones han venido conmigo al Paraíso, precediendo como voz angélica al cortejo de los redimidos a cuya cabeza iba Yo, para que los ángeles estuviesen preparados para saludarme como al Vencedor que volvía a su Reino. El Padre y el Espíritu las han oído y visto, y han sonreído como a la flor más hermosa, pues fueron más melodiosas que el más dulce cántico nacido en el Paraíso. Las han oído los Patriarcas y los nuevos Santos, los nuevos, primeros, ciudadanos de mi Jerusalén. ■ Y Yo te traigo ahora su agradecimiento, y al mismo tiempo, Madre, el beso y bendición de tus padres y su bendición, y la de tu esposo de alma, José. Todo el Cielo canta sus hosannas para ti, Madre mía, ¡Madre santa! Un hosanna que no muere, que no es falso como el que hace pocos días la gente entonó para Mí. ■ Ahora me voy al Padre con mi vestido humano. El Paraíso debe ver al Vencedor en su vestido de Hombre con el que vencí al Pecado del hombre. Pero luego volveré otra vez. Debo confirmar en la Fe a quien aún no cree y que tiene necesidad de creer para llevar a otros a creer; debo fortificar a los pusilánimes que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir el ataque del mundo”. (Escrito el 21 de febrero de 1944).
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10-620-184 (11-6-665).- Una consideración de Jesús sobre su Resurrección: “Las oraciones de mi Madre anticiparon mi Resurrección”.
* “Tanto si calculáis los días por su nombre, como si calculáis por horas, no era el alba dominical la que debía verme resucitar”.- ■ Dice Jesús: “Las plegarias ardientes de mi Madre anticiparon mi resurrección. Yo había dicho: «Al Hijo del Hombre le matarán, pero resucitará al tercer día». A las tres de la tarde del viernes había Yo muerto ya. Tanto calculáis los días por su nombre, como si calculáis por horas, no era el alba dominical la que debía verme resucitar. En cuanto a horas, mi Cuerpo había estado sin vida treinta y ocho, en vez de setenta y dos; en cuanto a días, habría debido, al menos, llegar la tarde de este tercer día para decir que había estado tres días en el sepulcro. Pero mi Madre anticipó el milagro, como cuando con sus oraciones abrió el Cielo, anticipándose al tiempo determinado para dar al mundo la salvación, de igual modo ahora Ella alcanzó que se anticipara la hora para consolar su corazón agonizante. ■ Yo, a los primeros rayos del tercer día, bajé como el sol, con mi resplandor destruí los sellos de los hombres, tan inútiles ante el poder de un Dios, con mi fuerza derribé aquella fuerza inútil, con mi presencia aterroricé a los guardias que habían sido puestos para vigilar al que es Vida, a quien ninguna fuerza humana puede impedir que lo sea”. (Escrito el 21 de Febrero de 1944).
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(<Jesús Resucitado, reunido con sus apóstoles incluso Tomás, termina su aparición con las siguientes palabras>)
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10-629-234 (11-15-710).- Jesús Resucitado habla a los apóstoles: de promesa de envío de “voces” y del significado de la oración para el apóstol.
* La oración es la que alimenta las fuerzas del apóstol, porque le funde con Dios”.- ■ Dice Jesús: “Amigos, estoy en la gloria, y, a pesar de ello, lloro. Tengo compasión de estas multitudes infinitas, rebaños sin pastores o con demasiado escasos pastores. Siento una piedad infinita. Pues bien, juro por mi Divinidad que les daré el pan, el agua, la luz, y las voces que los elegidos por Mí para estas obras no quieren hacer. Repetiré a lo largo de los siglos el milagro de los peces y panes. Con pocos, despreciables pececillos y con escasos trozos de pan –almas humildes y laicas– daré a comer a muchos y se saciarán, y sobrará para los que vengan después, porque «tengo compasión de este pueblo» y no quiero que perezca. Benditos los que merezcan ser eso. No benditos por ser eso, sino porque lo habrán merecido con su amor y sacrificio. Y tres veces benditos los sacerdotes que permanezcan apóstoles: pan, agua, luz, voz, descanso, medicina de mis pobres hijos. Resplandecerán en el Cielo con una luz especial. Os lo juro. Yo soy la Verdad. ■ Levantémonos, amigos, venid conmigo para que os enseñe otra vez a orar. La oración es la que alimenta los fuerzas del apóstol porque le funde con Dios”. (Escrito el 9 de Agosto de 1944).
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(<Jesús Resucitado está en el Getsemaní con los apóstoles. Acaba de hablarles y va a terminar>)
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10-630-247 (11-16-721).- El Padre Nuestro rezado por Jesús Resucitado en el Getsemaní.
* La meditación es la oración más activa. ¿En qué consiste la oración?… El pecado es insanable sin el arrepentimiento y reparación. No se pueden unir piedras sin mortero.- ■ Dice Jesús: “Quedaos donde estáis. Yo me separo hacia allá, a la distancia de un tiro de piedra, en espera del amanecer”. Tadeo, que no se atreve a comportarse como pariente, suplica: “No te alejes, Señor. Nos dijiste que oraríamos juntos…”. Y en señal de veneración tiene la cabeza un poco inclinada. Jesús: “¿Y no es la meditación la oración más activa? ¿Y no os he movido a la contemplación y meditación?, ¿no os he dado tema de meditación desde que me llegué a vosotros por el camino, moviendo vuestros corazones con verdaderos actos de santos sentimientos? En esto consiste la oración, hombres: en ponerse en contacto con el Eterno y con las cosas que sirven para llevar al espíritu mucho mas allá de la Tierra; y, a partir de la contemplación de las perfecciones de Dios y de la miseria del hombre, del propio ser, suscitar actos de voluntad amorosa o reparadora, siempre pronta a adorar… aun cuando si dicha voluntad surgiera de una meditación sobre una culpa o un castigo. El mal y el bien sirven para el fin último, si se saben usar. ■ Os lo he dicho muchas veces. El pecado es un mal insanable si no le sigue el arrepentimiento y la reparación; en caso contrario, con la contrición del corazón se hace fuerte argamasa para tener compactos los fundamentos de la santidad, cuyas piedras son las buenas resoluciones. ¿Podéis unir piedras sin mortero? ¿Sin esto que aparentemente es feo, pero sin el cual las hermosas piedras, los relucientes mármoles no podrían estar unidos para formar el edificio?”.
* “Señor, créanos una mente y corazón nuevos y te comprenderemos”.- “Esa tarea no es mía… Sólo el Paráclito, cuando venga, extraerá de vuestro fondo mis palabras y os las explicará, para que comprendáis su espíritu”.- Jesús hace ademán de marcharse. Juan, al que en voz baja han hablado su hermano y el otro Santiago y Pedro y Bartolomé, se levanta y le sigue, diciendo: “Jesús, mi Dios, esperábamos decir contigo la oración a tu Padre. Tu oración. Nos sentimos poco perdonados si no nos concedes que la digamos contigo. Tanto que lo necesitamos…”. Jesús: “Donde hay dos unidos con la oración, ahí estoy en medio de ellos. Decid, pues, entre vosotros la oración y estaré entre vosotros”. Pedro, con la cara escondida entre la hierba, en que todavía hay Sangre divina, grita angustiado: “¡Ya no nos juzgas dignos de orar contigo!”. Santiago de Alfeo: “Somos infelices, herma… Señor”. Iba a decir hermano pero se corrigió al punto. Jesús le mira y dice: “¿Por qué no me llamas hermano, tú que eres de mi sangre? Soy hermano de todos los hombres, pero de ti dos y tres veces. Como hijo de Adán, como hijo de David, como hijo de Dios. Termina tu palabra”. Santiago: “Hermano, Señor mío, somos infelices y tontos. Tú lo sabes. Y más necios nos hace el abatimiento en que nos encontramos. ¿Cómo podemos pronunciar con el alma tu oración, si no sabemos su significado?”. ■ Jesús: “Cuántas veces, como a muchachos pequeños, os lo expliqué. Pero más duros de cabeza que el alumno más distraído de algún maestro, no os grabasteis mis palabras”. Suplica Juan: “Es verdad. Pero ahora nuestra mente está afligida por no haberte comprendido… ¡Oh, nada entendimos! Lo confieso en nombre de todos. Aun todavía no podemos comprenderte, Señor. Te ruego, que emplees tu indulgencia para nuestro mal que nos hace tardos de entendimiento. Cuando moriste, el gran rabí de Israel (1) no dudó en denunciar la ceguera de Israel, a los pies de la cruz. Tú, Dios omnipotente, Espíritu de Dios que no tiene nada que ver con la carne, oíste estas palabras: «Siglos y siglos de ceguera espiritual cubren la vista interior» y te suplicó: «En este pensamiento prisionero de las fórmulas, penetra Tú, Libertador». ¡Oh, adorado Jesús mío! que nos has salvado de la Culpa Original tomando sobre Ti nuestros pecados y los consumaste en el fuego de tu perfecto amor, toma, consume también nuestra inteligencia de tercos israelitas, danos una inteligencia nueva, virgen con tu sabiduría. Muchas cosas del pasado murieron en aquel horrible día. Murieron contigo. Pero ahora que has resucitado haz que nazca en nosotros un nuevo pensamiento. Créanos un corazón y una inteligencia nuevos, Señor mío, y te comprenderemos”. ■ Jesús: “Esa tarea no es mía, sino de Aquel de quien os hablé en la Última Cena. Cualquier palabra mía se pierde en el fondo de vuestro pensamiento, en todo o en parte, o se queda aprisionada en su espíritu. Sólo el Paráclito, cuando venga, extraerá de vuestro fondo mis palabras y os las explicará, para que comprendáis su espíritu”… Insiste Juan: “Bien. Que sea así. En su momento vendrá. Entre tanto haz que sintamos tu perdón. Sé Maestro con nosotros, Señor. Una vez más, porque Tú has dicho que hay que «perdonar setenta veces siete»”, y termina: “Tú, que eres la Luz eterna, no permitas que tus siervos permanezcan en las tinieblas” y —siempre Juan es el que muestra más confianza y cariño— al decirlo, tiene la intrepidez de tomar, entre las suyas, la Mano izquierda de Jesús, que pende paralela al cuerpo y en la que la luna parece hacer aún más grande el desgarrón del clavo; y besa levemente la punta de los dedos, de estos dedos que se han quedado un poco retraídos, justo como los de una persona que haya sido herida y ya se haya curado pero que los nervios le quedan levemente contraídos.
* El Pater Noster explicado por Jesús.- ■ Jesús accede: “Venid. Subamos más y juntos diremos la oración”, y deja su mano entre las de Juan, mientras se pone en camino hacia el límite más alto del Getsemaní, hacia el camino que por el Campo de los Galileos va a Betania. Aquí también se nota que se están llevando a cabo las obras de delimitación indicadas por Lázaro; es más, en este lugar, más alejado de la casa del guarda del olivar, ya está levantada una tapia lisa y alta, que sigue paralela al trazado del seto y el sendero que eran el límite del Getsemaní. Allá abajo, Jerusalén lentamente sale de las tinieblas, aún en sus zonas occidentales, pues la luna ahora está en la mitad del firmamento, en su cenit, y blanquea todas las zonas con su delgada hoz, que brilla como navaja de diamantes, colocada en la oscuridad del firmamento en que se mueven innumerables estrellas, bellísimas, propias del cielo oriental. ■ Jesús abre sus brazos con su forma acostumbrada de orar y dice:
. «Padre nuestro que estás  en los Cielos».  Interrumpe y comenta: “El haberos perdonado os ha dado prueba de que es Padre. ¿Qué señor que no fuera Padre vuestro no os habría castigado, a vosotros que tenéis más deber que los demás de ser perfectos, a vosotros que tantas gracias habéis recibido y que, como decís vosotros, os consideráis tan ineptos para la misión? Yo no os he castigado, tampoco el Padre. Porque lo que hace el Padre, lo hace el Hijo y viciversa, pues somos una sola divinidad, unida en el Amor. Yo estoy en el Padre, y el Padre está conmigo. El Verbo está siempre junto a Dios que no tiene principio. El Verbo existe antes que cualquier cosa, desde la eternidad, que tiene por nombre siempre, desde un presente eterno junto a Dios, y es Dios como Dios, pues es el Verbo del Pensamiento divino. ■ Así pues, cuando me vaya, al orar así al Padre nuestro, al mío y vuestro, porque somos hermanos, Yo el Primogénito, vosotros los menores, ved, sí, vedme también a Mí en el Padre mío y vuestro; ved, sí, ved al Verbo que fue el «Maestro» vuestro y que os amó hasta la muerte y más allá de la muerte, dejándoos en alimento y bebida a Sí mismo para que estuvierais en Mí, y Yo en vosotros, mientras dura el destierro, y luego Yo y vosotros estuviéramos en el Reino por el que os he enseñado a pedir:
.  «Venga tu Reino»,  después que hayáis pedido que vuestras obras «santifiquen el Nombre del Señor» dándole gloria en la Tierra y en el Cielo. Ciertamente, no sería para vosotros, ni para los que creerán como vosotros, el Reino de Dios del Cielo, si antes no hubierais querido ese Reino de Dios en vosotros con la práctica real de la Ley de Dios y de mi Palabra, que es el perfeccionamiento de la Ley, pues que he dado, en el tiempo de la Gracia, la Ley de los elegidos, o sea, la de aquellos que están más allá de las constituciones civiles, morales, religiosas del tiempo mosaico, que están ya en la Ley espiritual del tiempo de Cristo. ■ Vosotros sabéis qué significa el tener cerca a Dios, pero no tenerle en vosotros; qué significa el tener la palabra de Dios, pero no tener la práctica real de esa palabra. Todo error tiene su causa en tener cerca a Dios, y no en el corazón; tener conocimiento de la palabra pero no la obediencia a ella. Aquí está el motivo. Aquí la causa. La cerrazón y los desmanes, el deicidio, la traición, las torturas, la muerte del Inocente y de su Caín, todo, ha venido por eso. En ello está la explicación. Y sin embargo ¿a quién amé tanto como a Judas? Pero él no me tuvo a Mi-Dios en su corazón, y es el deicida condenado, el infinitamente culpable como israelita y como discípulo, como suicida y como deicida, además de sus siete vicios capitales y todos sus otros pecados. ■ Ahora podéis tener el Reino de Dios en vosotros con más facilidad porque os lo he conseguido con mi muerte. Os he comprado con mis dolores. Tenedlo presente. Que nadie pisotee la Gracia porque ha costado la Vida y Sangre de un Dios. Esté, pues, en vosotros el Reino de Dios por la Gracia; tanto en la Tierra respecto a la Iglesia, como en el Cielo respecto al pueblo de los bienaventurados que, habiendo vivido con Dios en su corazón, unidos al Cuerpo del cual Yo soy la Cabeza, unidos a la Vid de la que cada cristiano es un sarmiento, se hicieron dignos de descansar en el Reino de Aquel por el cual todas las cosas han sido hechas: Yo, que os estoy hablando, que me sometí a la Voluntad paterna para que todo pudiera ser completado. Por lo cual puedo enseñaros a decir con toda verdad:
.   «Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo». Y hasta los terruños y la hierba, las flores y las piedras de Palestina, y mis carnes heridas y todo un pueblo son testigos de que cumplí la voluntad de mi Padre. Haced como hice. Hasta el fin. Hasta la muerte de cruz si Dios lo quisiere. Porque, recordad esto, Yo lo hice y no hay discípulo que merezca más misericordia que Yo; y, sin embargo, he consumado el mayor de los dolores; a pesar de ello, obedecí con todas las renuncias. Vosotros lo sabéis. Y más lo comprenderéis en el futuro, cuando os asemejéis a Mí, al beber un sorbo de mi cáliz… ■ Recordad siempre esto: «Por su obediencia al Padre Él nos salvó». Y, si queréis ser salvadores, haced lo que he hecho. Habrá quién pruebe la cruz, quién la tortura de los tiranos, quién la tortura del amor, del destierro del Cielo al que llegará después de una larga vida antes de subir a él. Bueno, pues que en todo se haga aquello que Dios quiera. Pensad que un suplicio de muerte y un suplicio de vida —cuando en realidad quisierais morir para ir a donde Yo estaré— son iguales ante los ojos de Dios si se viven con alegre obediencia: Son su Voluntad; por tanto son santos.
.  «Danos el pan diario». Día tras día,  hora tras hora. Es fe, amor, obediencia, humildad, esperanza el pedir el pan de un día y aceptarlo como es. Hoy dulce, mañana amargo, o bien mucho, poco, con especias o ceniza. Siempre es justo. Dios que es Padre lo da. Es, pues, bueno. Otra vez os hablaré del otro Pan, ■ que sería muy bueno que se comiera diariamente, y que se le pidiese al Padre que lo siguiera dando. Porque ¡ay de aquel día, de aquellos lugares donde los hombres hagan que llegue a faltar! Ahora, —ya veis cuánto— los hombres sean poderosos en sus obras de tinieblas. Rogad al Padre que defienda su Pan Eucarístico y que os lo dé. Cuanto más lo dé, tanto más las tinieblas tratarán de apagar la Luz y la Vida, como hicieron en la Parasceve. La segunda Parasceve no tendrá resurrección. ■ Recordad esto todos. El Verbo ya no podrá ser matado, pero se podría dar muerte a su doctrina y se podría ahogar en demasiados la libertad y voluntad de amarle. Mas entonces Vida y Luz también terminarían para los hombres. ¡Ay de ese día! Os sirva de ejemplo el Templo. Recordad que he dicho «es un cadáver».
.  «Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos  a los que nos han ofendido». Todos sois pecadores, sed dulces con los pecadores. Acordaos de mis palabras: «¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano, si antes no sacas la viga del tuyo?». El Espíritu que os he infundido, la orden que os he dado, os conceden la facultad de perdonar, en nombre de Dios, los pecados del prójimo. Pero ¿cómo podríais hacerlo, si Dios no ha perdonado los vuestros? ■ De esto hablaré más en otra ocasión. Por ahora os digo: perdonad a quien os ofende para que se os perdone y para que tengáis derecho a condenar o a absolver. Quien esté libre de pecado, puede hacerlo con toda justicia. Quien no perdona y está en pecado y finge escándalo, es un hipócrita; el Infierno le espera. Porque, si cabe misericordia para los tutelados, severo será el veredicto para sus tutores, culpables de pecados iguales, o mayores aún, teniendo la plenitud del Espíritu que les ayudaba.
.  «No nos lleves a la tentación, sino líbranos del mal». He aquí la humildad, piedra angular de la perfección. En verdad os digo que bendigáis a quien os humilla porque os ayuda a subir al trono celestial. No. La tentación no significa perdición, si el hombre, humildemente, se pone junto al Padre y le pide que no permita que Satanás, el mundo, y la carne triunfen sobre él. Las coronas de los bienaventurados se componen de las piedras preciosas de las tentaciones que vencieron. No las busquéis. Pero no seáis cobardes cuando lleguen. Humildemente, y por lo tanto, con valor, gritad a mi Padre y vuestro: “Líbranos del mal”, y venceréis el mal.Y, santificaréis en realidad el Nombre de Dios con vuestras acciones, como lo dije al principio, porque los hombres al veros dirán: «Dios existe, porque éstos tienen una conducta tan perfecta, que viven como deidades» y se acercarán a Dios, multiplicando así los ciudadanos del Reino de Dios. Arrodillaos para que os bendiga y mi bendición os abra la mente para que podáis reflexionar”. ■ Se arrodillan. Los bendice y desaparece como si los rayos de la luna le hubieran absorbido. Al cabo de breve rato, los apóstoles levantan su cabeza, extrañados de no oír más hablar a Jesús, y ven que Jesús ha desaparecido… Vuelven a caer rostro en tierra, temblorosos, secular temor de todo israelita que tenga la percepción de haber estado en contacto con Dios, con Dios como está en el Cielo. (Escrito el 11 de abril de 1947).
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1  Nota  : El gran rabí Gamaliel.
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43-14.- Poder de impetración de las oraciones de María Valtorta.
*  El secreto del poder de impetración de María Valtorta: su anulación plena en Cristo.- ■ Hago una reflexión sobre una conversación, que me viene a la memoria, en la que se dijo que se confía mucho en mis oraciones para obtener algo, habiendo comprobado que se ha conseguido lo que había pedido:
.   “No me viene por eso orgullo alguno, antes una más profunda gratitud hacia Dios que es tan bueno que permite que sepa yo recabar la felicidad de otros corazones y lo diré —en especial a aquel que esta mañana me ha confiado su pensamiento— que no es por mérito mío por lo que esto sucede. Todos, si lo quisieran, podrían alcanzar idéntica capacidad. No existe método o estudio especial para llegar a este poder de impetración. Lo importante es hacer del propio corazón un pesebre de Belén para acoger a Jesús infante y hacer de sí mismo una cruz para llevar a Jesús Redentor. Cuando le llevamos así, indisolublemente, no somos sino un complemento de Él y sólo Él es el verdadero protagonista de todo. El secreto para conseguir todas las gracias es únicamente esta nuestra anulación en Cristo tan completa que nuestra personalidad humana se diluya y obligue a Jesús a actuar. Él sólo en todo evento. No hacemos nosotros sino trasladarle las súplicas de cada uno con un beso de amor. Lo demás, lo hace Él”. (Escrito el 23 de Abril de 1943).
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43-46.- “Procurad rogarnos con amor, con amor para todos, y Yo os ayudaré”.
* Vuestras plegarias son inútiles pues no afloran a impulsos del amor sino del egoísmo”.- ■ Dice Jesús: “En este mes dedicado a Mi Corazón y que este año reúne las solemnidades que son otros tantos testimonios del amor de Nosotros, Trinidad divina ¿qué hacéis vosotros? Es un mes de amor del que vosotros hacéis un mes de Infierno que odia. Y lo mismo hacéis con el mes de María, mi Madre, y con el de Abril en el que Yo morí ahora hace 20 siglos y que os trae mi Pascua. Siempre es así para vosotros. El amor, la bondad, los queréis sólo de Dios y en Dios. Pero vosotros no queréis amarnos, amaros ni ser buenos. Sí. No queréis amarnos. ■ Vuestras plegarias son inútiles porque afloran a vuestros labios, no a impulsos del amor sino del egoísmo. Queréis ser preservados del mal. Mas no decís: «Que esto mismo suceda a nuestros enemigos». No. Para ellos pedís estragos y ruinas: todo aquello que no queréis para vosotros. No hay latido vuestro que no tenga por secreto el odio y el egoísmo. Y así vuestras plegarias semejan globitos que se sueltan para un breve recorrido y explotan enseguida tornando a caer al suelo. ■ Procurad rogarnos con amor, con amor para todos, y Yo os ayudaré. «Porque si hacéis bien a quien os quiere, ¿qué mérito tenéis en ello?». Sed como Nosotros: que hacemos descender el sol y el agua sobre justos e injustos, dejando sólo a Nosotros el derecho de juzgar cuando sea la hora”. (Escrito el 2 de Junio de 1943).
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43-120.- Afán espiritual (no es ese tender sano a Dios) y la distracción en la oración.
* “Nada de afanes, nada de ansias, nada de miedos, Yo soy el Creador del tiempo”.-Dice Jesús: “Despójate, no sólo de cuanto constituye peso de pura humanidad, sí que también de todo aquello que es afán espiritual. Paso ahora a explicarte lo que es esto para que no interpretes mal mis palabras. Afán espiritual no es ese tender sano, con todas las fuerzas intelectivas, a Dios. Afán espiritual es esa ansia que prende a veces en las almas más adelantadas en santidad y que consiste en el miedo de no llegar a tiempo de hacer todo aquello que, espiritualmente hablando, se querría hacer, todo aquello que, al parecer, Dios desearía del alma; miedo de apartarse de la oración por temor a no poder gustar aquella límpida corriente de dulzura que Yo os envío y miedo de no poder volver a encontrarla. Estos miedos son todavía un residuo de humanidad que se infiltra en la espiritualidad dañándola. ■ Es preciso caminar por la senda del espíritu con firmeza y con calma. Nada de ansias, nada de miedos. Soy Yo el creador del tiempo, ¿y no lo tendré en la medida necesaria para toda alma que se confíe en Mí? Yo, que soy el que hago brotar en vosotros la onda de la Gracia, ¿no sabré regular la corriente de la misma y enviaros mis luces en los momentos más propicios? No es motivo de angustia el que estéis distraídos en la oración. Basta que no lo estéis voluntariamente por motivos humanos y personales de los que os apartáis. Cierto que en este caso la fuente se seca o se desvía hacia otras almas abiertas a la oración. Mas si la causa de vuestra distracción es la caridad hacia el prójimo, no seca en vosotros la fuente de la luz ni la desvía, antes aumenta y atrae, porque quien tiene caridad tiene a Dios y quien tiene a Dios tiene sus luces. Por eso, nunca estés afanada. Ruega, escucha, medita, sufre, trabaja, descansa, pero siempre con calma, fiándote de Mí. ■ Soy un Huésped perfecto. Sé conversar y sé callar según veo que el que me hospeda se encuentra o no en condiciones de poderme escuchar. ¿Qué dirías tú de un invitado que se te pusiese al lado y no te dejase disponer las precisiones de la casa, máxime en día de invitados? Dirías que desconoce las reglas más elementales de la educación y las obligaciones más corrientes de una dueña de casa. Mas Yo soy Jesús y, por eso, lo sé todo. Cuando un prójimo te quita de la oración y de la conversación conmigo, no lo tomo a mal y tú no debes perder los nervios. Sé paciente y caritativa. Yo me mantendré paciente y silencioso. Después, una vez cumplida la caridad, te hablaré más luminosamente que antes. Si, por el contrario, te afanas o pierdes los nervios, la luz se ofusca como si una nube se interpusiera entre el Sol y tu alma. ■ Fíate, fíate, fíate de tu Jesús. Por mucho que tú me puedas amar, no me amarás sino en una infinitamente pequeña proporción a como te amo Yo. Fíate, pues. Mi pan que es, no sólo Eucaristía que nutre sino también Palabra que instruye, nunca te faltará si tú continúas siendo buena y confiada”. (Escrito el 26 de Junio de 1943).
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43-141.- Diez almas justas reunidas en oración para implorar piedad por un lugar.
“¿No dije que escucharé las peticiones hechas por varias personas en mi Nombre?… Son sacerdotes aquellos que ruegan y se inmolan por sus hermanos”.- ■ Dice Jesús: “Al decir 10 justos, no pretendí dar a entender que ha de quedar a salvo el lugar donde haya diez justos. Mas, con todo, se puede entender sin error que si se reúnen en oración diez almas justas y generosas con un fin santo para implorar piedad por un lugar, Yo no desatenderé su plegaria. ■ ¿No dije que escucharé las peticiones hechas por varias personas en mi Nombre? Pues bien, mis palabras y mis promesas no han de fallar. Mas, ¿serán constantes en la fe, en el sacrificio, en la pureza espiritual y en la pureza de intención las personas que hayan de reunirse ahora para rogar por esta intención? Si así fuese y lo fueran como deben ser: verdaderos sacerdotes, (son sacerdotes aquellos que ruegan y se inmolan por sus hermanos) Yo les bendeciré y les concederé lo que pidan en mi Nombre”. (Escrito el 1 de Julio de 1943).
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43-162.- El Padrenuestro.
*  La oración perfecta.-Dice Jesús: “En el «Pater Noster» está la perfección de la oración. Observa: no hay acto alguno que no se contenga en su breve fórmula. La fe, la esperanza, la caridad, la obediencia, la resignación, el abandono, la súplica, la contrición, la misericordia, todos están presentes. Al decirla, oráis con todo el Paraíso en las cuatro primeras peticiones. Después, dejando el Cielo, que es la morada que os aguarda, volvéis a la tierra permaneciendo con los brazos levantados al Cielo para implorar por las necesidades de aquí abajo y pedir auxilio en la batalla que es preciso ganar para tornar allá arriba.
.   «Padre nuestro que estás en los Cielos». ¡María!, solo mi amor podría deciros: decid «Padre nuestro». Con esta expresión os investí públicamente del título sublime de hijos del Altísimo y hermanos míos. Si alguno, abrumado por la consideración de la nulidad humana puede llegar a dudar de ser hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza, pensando en esta palabra mía ya no puede dudar. El Verbo de Dios no yerra ni miente. El Verbo os dice: decid «Padre nuestro». ■ Tener un padre es cosa dulce y valiosa ayuda. Yo, en el orden material, quise tener un padre sobre la tierra para que tutelase mi existencia de niño, de infante y de joven. Quise enseñaros con esto, tanto a los hijos como a los padres, cuán grande es la figura moral del padre. Mas, tener un Padre que está en los Cielos, es la dulzura de las dulzuras, la ayuda por excelencia. Mirad a este Padre-Dios con santo temor, pero que el amor de reconocimiento hacia el Dador de la vida en la tierra y en el Cielo sea siempre más fuerte que el temor.
.   «Santificado sea tu Nombre». Con el mismo impulso de los serafines y de todos los coros celestiales a los que y con los que os unís al exaltar el Nombre del Eterno, repetid esta exultante, reconocida y justa alabanza al Santo de los Santos. Repetidla pensando en Mí que, antes que vosotros, Yo, Dios, Hijo de Dios, la dije con veneración suma y con sumo amor. Repetidla en la alegría y en el dolor, en la luz y en las tinieblas, en la paz y en la guerra. Dichosos aquellos hijos que nunca dudaron de su Padre y en toda hora y evento supieron decirle: «¡Bendito sea tu Nombre!».
.   «Venga tu Reino». Esta invocación debiera ser el latido del péndulo de toda vuestra vida y gravitar todo sobre esta invocación al Bien. Porque el Reino de Dios en los corazones y de éstos en el mundo, debería significar: Bien, Paz y toda otra virtud. Jalonad pues vuestra vida de innumerables súplicas por el advenimiento de este Reino; pero súplicas vivas, o sea, obrar durante la vida aplicando vuestro sacrificio de cada momento, porque obrar bien quiere decir sacrificar la naturaleza para este fin.
.   «Hágase tu Voluntad en la tierra como en el Cielo». El Reino del Cielo será de quien haya hecho la Voluntad del Padre, no de quien haya acumulado palabras y más palabras y después se haya rebelado contra el querer del Padre faltando a las palabras anteriormente dichas. También aquí os unís a todo el Paraíso que hace la Voluntad del Padre. Y si cumplen tal Voluntad los habitantes del Reino, ¿no la cumpliréis vosotros para llegar a ser, a vuestra vez, habitantes de allá arriba? ¡Oh, qué joya os está preparada por el amor uno y trino de Dios! ¿Cómo es posible que no os afanéis con perseverante voluntad por conquistarla? ■ El que hace la Voluntad del Padre vive en Dios y, viviendo en Dios, no puede errar, no puede pecar, no puede perder su morada en el Cielo, porque el Padre no os fuerza a hacer sino el Bien, el cual, por ser Bien, os salva de pecar y os conduce al Cielo. El que hace suya la Voluntad del Padre anulando la propia, conoce y gusta desde la tierra la Paz que es dote de los bienaventurados. El que hace la Voluntad del Padre, matando la propia voluntad perversa y pervertida, no es ya un hombre: es un espíritu movido por el amor y que vive en el amor. Debéis, con buena voluntad, arrancar del corazón vuestra voluntad y poner en su lugar la Voluntad del Padre.
.   «Danos el pan de cada día». Tras haber atendido a las peticiones concernientes al espíritu, por ser pobres y vivir entre las necesidades de la carne, pedís el pan a Aquel que provee de alimento a los pájaros del aire y, del vestido a los lirios del campo. He dicho hoy y he dicho pan. Nunca digo Yo nada inútil. ■ Hoy. Pedir cada día al Padre lo que necesitáis es medida de prudencia, de justicia y de humildad. De prudencia: si tuvieseis todo de una vez, lo malgastaríais en gran proporción. Sois eternos niños y caprichosos por añadidura. Los dones de Dios no deben ser malbaratados. Y, además, si lo tuvieseis todo, os olvidarías de Dios. De justicia: ¿Por qué habíais de tener todo de una vez cuando Yo tuve, día a día, la ayuda del Padre? Y ¿no sería injusto pensar que está bien que os diese Dios todo junto, previendo con solicitud humana que, como nunca se sabe qué pueda pasar, conviene tener todo hoy ante el temor de que Dios no dé mañana? La desconfianza, no habéis caído en la cuenta de ello, es un pecado. No hay que desconfiar de Dios. Él os ama con perfección. Es Padre perfectísimo. El pedir todo junto roba la confianza y ofende al Padre. De humildad: El tener que pedir diariamente os refresca en la mente la idea de vuestra nada, de vuestra condición de pobres y, a la vez, la del Todo y de la Riqueza de Dios. ■ Pan. Dije «pan» porque el pan es el alimento-rey, indispensable para la vida. Lo encerré en una palabra a fin de que todos pidieseis cuanto necesitáis durante vuestra estancia terrena. Mas, como son varios los grados de vuestra espiritualidad, así son también varias las aplicaciones de esa palabra. «Pan-alimento» para aquellos que tienen una espiritualidad tan embrionaria que es ya mucho que sepan pedir a Dios el alimento que sacie su vientre. Hay quien no lo pide sino que lo coge con violencia maldiciendo de Dios y de sus hermanos. A este tal mírale el Padre con ira pues conculca el precepto del que los demás se derivan: «Ama a tu Dios con todo tu corazón, ama a tu prójimo como a ti mismo». «Pan-auxilio» en las necesidades morales y materiales para quien no vive únicamente para su vientre sino que sabe vivir también para su mente, teniendo una espiritualidad más formada. «Pan-religión» para aquellos que, con una formación todavía mayor, ponen a Dios por encima de las satisfacciones del sentido y del sentimiento humano y saben ya batir sus alas por los espacios sobrenaturales. «Pan-espíritu, pan-sacrificio» para quienes, una vez alcanzada la edad plena del espíritu, saben vivir en espíritu y en verdad ocupándose de las cosas de la carne y de la sangre en aquella medida tan solo que es estrictamente necesaria para seguir viviendo en esta vida mortal hasta que llegue la hora de ir a Dios. Estos se tallaron de continuo a sí mismos según mi modelo llegando a ser copias vivientes mías sobre las que el Padre se inclina con abrazo de amor.
.   «Perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores». No hay, de entre todos los creados, ninguno, a excepción de mi Madre, a quien el Padre no haya tenido que perdonar culpas más o menos graves según la propia capacidad de ser hijos de Dios. Pedid al Padre que os borre del número de sus deudores. Si esto hicieres con ánimo humilde, sincero y contrito, dispondréis al Eterno en vuestro favor. ■ Mas el perdonar es condición esencial para obtener el perdón y ser perdonados. Si os limitáis simplemente a querer el perdón pero sin tener compasión de vuestro prójimo, no obtendréis el perdón del Eterno. Dios no ama a los hipócritas ni a los crueles y el que niega su perdón al hermano rechaza para sí mismo el perdón del Padre. Considerad por otra parte que, por mucho que os haya podido herir vuestro prójimo, las heridas que vosotros habéis inferido a Dios son infinitamente más graves. Que este pensamiento os mueva a perdonarlo todo como Yo, por mi Perfección, perdoné para enseñaros a vosotros el perdón.
.   «No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal». Dios no os induce en tentación. Dios os tienta con dones de Bien tan solo y esto para atraeros a Sí. Vosotros, interpretando mal mis palabras, creéis que ellas quieran decir que Dios os induzca en tentación para probaros. No. El buen Padre que está en los Cielos permite el mal, mas no lo produce. Él es el Bien del que todo dimana. Ahora bien, el Mal existe. Y existe desde aquel momento en que Lucifer se rebeló contra Dios. En vosotros está hacer del Mal un Bien, venciéndolo e implorando del Padre las fuerzas con las que vencerlo. ■ Aquí tenéis lo que demandáis con la última petición. Que os dé Dios la fuerza necesaria para saber resistir a la tentación. Sin su ayuda sucumbiríais a la tentación, pues ella es astuta y fuerte y vosotros obtusos y débiles. Mas la Luz del Padre os ilumina, el Poder del Padre os fortifica, el Amor del Padre os protege; con lo que el Mal sucumbe y vosotros quedáis liberados de él”.
* El «Pater» resume cuanto es justo pedir y ser dado”.-Jesús: “Esto es cuanto pedís con el «Pater» que Yo os enseñé. En él se comprende todo, se ofrece todo, se pide todo cuanto es justo pedir y ser dado. Si el mundo supiese vivir el «Pater», el Reino de Dios estaría en el mundo. Pero el mundo no sabe orar, no sabe amar, no sabe salvarse. Tan solo sabe odiar, pecar, y condenarse. ■ Mas Yo no di ni compuse esta oración para el mundo que prefirió ser reino de Satanás. La di y la compuse para aquellos que el Padre me entregó como suyos y para que, ya desde esta vida, sean una sola cosa con el Padre y conmigo hasta alcanzar la plenitud de la unión en la otra”. (Escrito el 7 de Julio de 1943).
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43-205.- “Siempre escucho las peticiones santas”.- La desesperación.- Las oraciones supersticiosas.
* La oración no atendida está viciada en la petición o en la fe”.- “La desesperación presupone falta de fe. El mundo ya no tiene fe y por eso carece de esperanza. El mundo no cree que Dios es Padre omnipotente”. ■ Dice Jesús: “Donde vive la fe vive la esperanza. La desesperación, que a tantas almas lleva hoy a la muerte, presupone la falta de una fe verdadera. En efecto, todo aquel que tiene fe verdadera pide con tal insistencia que obtiene lo que pide. Ahora bien, cuando veis que la plegaria no es atendida, pensad con seguridad que se halla viciada en la petición o en la fe. Si está viciada en la petición, entonces Yo, que lo sé, no os concedo aquello que os proporcionaría la felicidad de un instante y el dolor para todo el resto de vuestra vida terrena y podría ser causa de penas en la otra vida por el mal uso que pudierais hacer de mi dádiva. Y si está viciada en la fe, entonces ni la siento ni la escucho. ■ El mundo ya no tiene fe y por eso carece de esperanza. El mundo no cree que Dios es Padre omnipotente. ¡Si supiese el mundo cuán doloroso es para Mí no poder ayudaros siempre y no poder siempre haceros felices…! Yo querría que mis hijos fuesen tan míos que solo tuvieran pensamientos santos y santas peticiones que formular al Padre, peticiones que entonces escucharía siempre, siempre, siempre. No las concedería siempre, mas siempre las escucharía y cuando no pudiese dar a un hijo lo que éste pide, sustituiría el don no otorgado por razones de sabiduría divina, con cien otros consuelos mucho mayores todavía”.
* El motivo fundamental de la falta de fe y de esperanza es la falta de caridad”.-Jesús: “Tú que tan compenetrada te hallas con la verdadera Fe en Dios, tu Padre, sabes algo de esto. Mas si meditas bien el motivo fundamental de la muerte de la fe y de la esperanza, verás que no es otro que la falta de caridad. Dios no es amado, no ya de los cristianos de solo nombre, mas también de aquellos que, al parecer, son cristianos fervorosos. Parecen, pero no son. Muchas prácticas religiosas, muchas oraciones; pero, tanto las unas como las otras, superficiales, hechas y realizadas más por superstición que por religión. Tienen miedo de que si no recitan determinado número de oraciones, si no hacen tales o cuales prácticas, les vaya a castigar Dios e, incluso, —dejando a Dios de lado— no marchen bien sus negocios. Hasta en esto se mezcla su egoísmo. No han llegado a comprender qué sea el amor del Padre hacia sus hijos ni de éstos hacia el Padre. Sí, ya creen que exista Dios; pero, tan lejano, tan abstracto… que es como si no existiera. A Dios no sólo lo creen lejano sino también severo y avaro. Dios es para ellos un sembrador de castigos. No. Vuestro Dios siempre está a vuestro lado. No es Él quien se aleja, sois vosotros. No es Él, el avaro y el severo, sois vosotros. No es Él quien cierra las puertas de las gracias, sois vosotros. Las cerráis con vuestra falta de fe, de amor y de esperanza en Él. ■ Mas venid a Mí, pobres hijos, venid a Mí que ardo en deseos de haceros felices. Venid a Mí que me encuentro acongojado de no poder estrecharos a mi seno y enjugar vuestro llanto. Venid al Único que os ha de proporcionar bien, paz y amor verdadero y eterno. Vivir junto a Mí viene a ser gozo en el dolor. Morir teniéndome a Mí al lado es pasar a la gloria. Quien a Mí se confía nada debe temer ni en este mundo ni en la eternidad porque al que para Mí es verdadero hijo le abro un corazón de verdadero Padre lleno de compasión y de perdón”. (Escrito el 22 de Julio de 1943).
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43-261.- El mundo de hoy esteriliza hasta la oración.
* Dios exige la colaboración de los hombres. Todos los miembros de la Iglesia tienen una función de muta ayuda, siendo un reflejo de la comunión de los santos: que une a la Iglesia militante con la purgante y la triunfante.- ■ Dice Jesús: “Para hacerme Manjar que nutre vuestro espíritu, de nadie hubiera Yo necesitado. Y, sin embargo, demando manos sa­cerdotales para obrar el milagro del pan que se convierte en Cuerpo del Hombre-Dios. Y así es para la recíproca eleva­ción. ■ Yo fundé una sociedad verdadera en la que sus miembros son, conforme a mi pensamiento, el uno para el otro y cada uno sostén del otro. Del más grande al más pequeño tenéis todos vuestra razón de ser en la estupenda trabazón de mi Iglesia, una en su esencia y trina en su forma, al igual de su Rey y Pontífice divino que es Uno y Trino con el Padre y el Espíritu.La comunión de los Santos une a los católicos que fueron con los que son, los católicos que penan con los que luchan y con los que gozan. Cielo, tierra y purgatorio se ayudan y complementan recíprocamente y, de igual manera, los miembros de la Iglesia militante deben ayudarse y completarse mutuamente. Oh caridad sublime nacida de mi Corazón, desgarrado por la traición antes que por la lanza, señal viva de mi pertenencia!”.
* La oración muere al no estar alimentada por el amor. ¡Ay de aquel día en que el Hijo del hombre no tuviese ya altares para renovar el Sacrificio ni sagrarios para el Sacramento del Amor!”.- Jesús: “Si pudierais ver el valor que tiene, a los ojos de los moradores del Cielo, el amaros como hermanos conforme a mi mandamiento de amor, ninguno entre los dotados de inteligencia dejaría de amar al hermano con pureza, con mirada espiritual y con espiritual ardor. Así se amaban mis primeros seguidores y este amarse fue lo que convenció al mundo de la verdad de Cristo. Pero ahora… ¿cómo va a ser posible convencer de esto al mundo cuando el odio ha suplantado al amor, se emplea la inteligencia para dañar, las palabras para mentir, el corazón para traicionar y las manos para matar? ■ Orad… Orad pues. Mas ¿puede una planta vivir colocada sobre ardiente granito? No. Muere al no encontrar su raíz, jugo de vida. Así muere también vuestra oración al no estar alimentada por el amor. ¡Y pensar que habría una gran fiesta en el Cielo si el gran pecador, que es el hombre, tornase a su Padre que le espera para perdonarle y colmarle de dones! Caminando con la Cruz voy recogiendo las cruces que Satanás abate y que vosotros no acertáis a llevar. El mundo ha rechazado a mi Iglesia y las iglesias caen. Mas ¡ay de aquel día en que el Hijo del hombre no tuviese ya altares para renovar el Sacrificio ni sagrarios para el Sacramento del Amor!”. (Escrito el 12 de Agosto de 1943).
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43-430.- “No nos induzcas en la tentación, mas líbranos del Mal”.
* “Al espíritu confiado a Dios ni daños en la tierra ni terrores en la agonía”.- ■ Dice Jesús: “Cuando os enseñé a decir: «No nos induzcas en tentación, antes bien, sálvanos del mal», ¿acaso no os enseñé a confiar vuestro espíritu al Padre que os creó y no reniega de vuestra filiación? Al espíritu que se confía a Dios poco daño puede causarle Satanás en la tierra. Al espíritu que invoca a Dios en la agonía no le acometerán los terrores que, como última venganza, suscita Satanás. Al espíritu que expira en Dios le abrirá Dios su Corazón y de la muerte pasará a la vida eterna, santa y bienaventurada”. (Escrito el 16 de octubre de 1943).
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43-591.- “Orar quiere decir, amar, hablar al propio corazón”.
* “Soy la Virgen, la Corredentora, la Madre: de la espera”.- ■ Dice María Virgen: “Yo soy la Virgen de la espera. Desde mis más tiernos años esperé al Esperado de las gentes. Soy la Corredentora que espera la hora de morir al pie de la Cruz para daros la Vida. Soy la Madre que espera vuestro verdadero amor, no el culto superficial que se limita a multiplicidad de palabras. Orar no quiere decir pronunciar muchas plegarias. Quiere decir amar, quiere decir hablar al propio corazón”. (Escrito el 8 de Diciembre de 1943).
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43-639.- Almas víctimas: llanto y oración.
* “Vuestro llanto debe rociar las tierras. Y, vuestra oración, toda vuestra vida es oración, es como el agua que se evapora con los rayos de sol y sube, descendiendo después para proporcionar alimento a la tierra”.- ■ Dice Jesús: “No os canséis de ser víctimas. Las injurias, ingratitudes del mundo, por más que sean como golpes de ariete asestados a una carreta endeble, no os lanzarán fuera de la senda purpúrea del sacrificio —mi senda— que enlaza con la calzada real de la gloria y conduce vuestro espíritu a la felicidad de mi morada. ■ No digáis: «Todo es inútil» cuando parece que el grano haya caído en tierra infecunda, al no germinar pronto con tiernas hojas, entonces es cuando echa profundas raíces para nacer después más robusto dando manojos de granadas espigas. Es, por el contrario, vuestro llanto el que debe rociar las tierras áridas, y vuestra sangre, bien sea sangre de las venas o del espíritu, es decir, el holocausto total, la que ha de nutrir el polvo sin savia transformándolo en tierra fecunda. ■ La oración es como el agua que se evapora con los rayos del sol y sube, descendiendo después para proporcionar alimento a la tierra. Vuestra oración —y toda vuestra vida es oración— se eleva por la acción del amor hasta mi trono intercediendo por vuestros hermanos. Yo que la veo, y no me equivoco, la bendigo y la reexpido a quien es digno de recibirla. Y si entre vuestros hermanos no tenéis sino enemigos del amor, es decir, de Dios y vuestros, vuestra oración, a la que mi bendición transformó en «gracia», torna a vosotros colmándoos de bienes celestiales”.
* Los pequeños Jesuses no saben tener sino «hermanos»…Y, concluida la prueba, tendréis la dicha de leer en el libro de la vida los nombres de los salvados por vosotros”.- ■ Jesús: “No os canséis de llamar hermanos a quienes os tratan como enemigos. Los pequeños Jesuses no saben tener sino «hermanos» por más que los otros no sepan tener para ellos sino odio enemigo. Dejad a los Satanases, tanto inconscientes como conscientes, realizar su obra. Vosotros cumplid con la vuestra. Yo vigilo, juzgo y doy a cada uno según sus méritos. Os he hablado para desengañaros de las satisfacciones humanas en vuestra vida de víctimas. ■ Yo, Víctima suprema, nunca recibí durante mis treinta y tres años de vida tantas injurias como durante las pocas horas transcurridas desde el Getsemaní hasta mi muerte. Sin embargo, esas horas, precisamente, fueron las que me hicieron Redentor. Tenedlo en cuenta. Por ahora, únicamente consuelo debéis esperar de Mí. Y, concluida la prueba, tendréis la dicha de leer en el libro de la vida los nombres de los salvados por vosotros y de esperar, estrechados a mi Corazón su agradecimiento cuando, una vez redimidos por «nuestros» padecimientos, entren en la Paz”. (Escrito el 13 de Diciembre 1943).
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44-87.- Oración de los oprimidos, salvación de los torturadores. Perseverancia.
* Ten siempre presentes estas palabras, en este como en otros muchos abatimientos, frutos de la anticaridad que te rodea, para perseverar hasta el final. ¿Qué serán entonces para ti estas espinas que ahora tanto te hacen sufrir? Las mirarás con amor porque precisamente, por ellas, me poseerás más poderosamente”.- Dice Jesús: “Quiero explicarte la epístola y el evangelio de la Misa de ayer. Ayer te encontrabas por demás cansada para que Yo lo hiciera. «Quien perseverare hasta el fin se salvará», dice el fragmento evangélico (1). Y en la Epístola: «No queráis, pues, malograr vuestra confianza a la que le está reservada una gran recompensa. Así pues os es necesaria la paciencia a fin de que, haciendo la voluntad de Dios, podáis conseguir lo que os fue prometido; porque, un tantico no más, y quien ha de venir vendrá y no tardará; empero el justo vive de la fe, mas, si se vuelve atrás, ya no será agradable a mi alma» (2). ■ Mira, hija: ten siempre presentes, lo mismo en este como en otros muchos abatimientos futuros, fruto todos ellos de la anticaridad que te rodea, estas luminosas palabras. Son las que dieron la fortaleza a los martirizados por los tiranos, por sus familiares o superiores. Hay que perseverar hasta el final salvando todos los desprecios, todos los choques, presiones y penas. Yo soy el premio que se da a quienes perseveran. Piénsalo bien, María: Yo, tu Jesús. Pero, ¿qué serán entonces para ti estas espinas que ahora te punzan y tanto te hacen sufrir? Nada, menos que nada: un gozo. Las mirarás con amor y las besarás con reconocimiento porque precisamente, por ellas, me poseerás a Mí más poderosamente. ■ Toda pena superada sin plegarse supone aumento de fusión en el Cielo. Recuérdalo. Allí se ve todo bajo una nueva luz. Aun en aquellos a los que ahora amas únicamente por mi amor, pues su modo de obrar movería tu humanidad a no amarlos, allí los amarás espontáneamente porque los verás como medios que te proporcionaron el infinito Tesoro que soy Yo”.
* “Ruega —es la caridad más grande— para que los demás sean lo que Yo quiero que sean”.-Jesús: “La última plegaria de los mártires era para sus verdugos, ya que por ellos alcanzaron la Luz; y la última de los santos era por sus opresores, puesto que por ellos alcanzaron la Caridad. No sabes, no lo sabes tú, pero Yo te lo digo: Muchos superiores conventuales a los que la humanidad viva en ellos, a pesar de su vestido de renuncia a la carne, les llevaba a la soberbia y, por tanto, a la anticaridad para con sus subordinados, llegaron al arrepentimiento y de éste a un renacimiento espiritual, origen de su nacimiento para el Cielo, precisamente por las oraciones de un «santo» encomendado a él, el cual logró cambiar su dureza y sus injusticias con actos de amor sobrenatural, rogando y sufriendo por la redención de aquel corazón que para ellos era tan poco benévolo. Ahora en el Cielo ven juntos mis ángeles al oprimido y al opresor; y el superior no es ahora el opresor sino el oprimido que, cual padre amoroso, contempla con gozo a su salvado que entró en la vida eterna gracias a su verdadero amor. ■ La luz de estos espíritus que salvaron a sus atormentadores es una luz especial que deriva del rayo de mi costado abierto, de mi corazón que rogó desde la cruz por sus crucifixores, porque aquellos que ruegan por quien les hace sufrir se asemejan a Mí que rogué por mis verdugos (3). ■ Confianza en Mí que lo veo, y paciencia con los demás y con las cosas que os acaecen en contra. La recompensa es tal que merece cualquier sacrificio y no tardará en llegar. No te desanimes. Deja a los demás que sean lo que quieran. Tú sé mía y basta. O, más bien, ruega —es la caridad más grande— para que los demás sean lo que Yo quiero que sean. Y sé cada vez más mía. Vete en paz. Yo te bendigo”. (Escrito el 20 de Enero de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 10,22; 24,13.   2  Nota  : Cfr. Hebreos 10,35-38.   3  Nota  : Cfr. Lc. 23,34.
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44-147.- “¡Es tan hermoso el grito que sube desde la tierra, del corazón de un hombre reconocido, hasta el trono de Dios! ¡Cuán pocos son los que dan gracias!”.
* “El grito de «gracias» lanzado al Padre resuena como arpegio de arpa en el Cielo. Después este grito es amplificado por todos los coros de ángeles y bienaventurados”.- ■ Dice Jesús: “Dios es Padre, María. Dios se adelanta siempre a sus hijos en sus necesidades. Cuando vosotros le llamáis para que os ayude, Él ya proveyó. Mas es preciso tener fe. Fe grande. Y agradecimiento grande también. ¡Es tan hermoso el grito que sube desde la tierra, del corazón de un hombre reconocido, hasta el trono de Dios! Ese grito resuena como arpegio de arpa en el Paraíso y, por un instante, cesan todas las armonías celestiales porque todo el Empíreo se inclina a escuchar aquel grito de gracias que un buen hijo lanza a su buen Padre. Y después ese grito es recogido, repetido y amplificado por todos los coros angélicos y de los bienaventurados, viniendo a ser el canto de aquel día en el bello Paraíso, centelleando de gozo la Trinidad y regocijándose María con su sonrisa de Madre y Reina. ■ ¡Cuán pocos son los que dan gracias, María! Esto lo sabe únicamente Dios que de continuo os está haciendo dones sin que vosotros os percatéis siquiera de ello. Su Paternidad os lo proporciona tan dulcemente para que no os sintáis ofendidos cual si recibierais un óbolo que vosotros tenéis por algo vuestro. No. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana Dios os colma de beneficios sin que vosotros deis gracias. No las dais ni por las «grandes» gracias recibidas”.
* Amplifica tus «gracias», como los 3 jóvenes en el pasaje de Daniel, llamando a todas las cosas creadas para que se unan a tu canto. Únete a los santos. Únete a Mí Eucaristía. Da «gracias». Y sobrevendrá el prodigio: los hombres «verán» a Dios a través de tu oración… como Nabucodonosor…”.-  ■ Jesús: “Mas tú ya no eres un hombre: tú eres el pequeño Juan. ¿Sabes lo que quiere decir «Juan»? Quiere decir: «Dios hace gracias». Y, en verdad, a pocos he hecho y hago tantas gracias como a ti. Mira, tú llevas los dos nombres que Yo más quiero: María-Juan. El uno te impusieron tus padres. Pero el otro te lo he puesto Yo: tu Rey y Esposo. Eres la Perla amarga, el Mar amargo. Mas Yo he querido hacerte dulce: una perlita de mi Corazón que es dulzura divina. Y te he rebautizado con el nombre de Juan porque soy el Dios que hace gracias. ■ Ahora bien, tú dime «gracias» siempre, siempre, siempre desde el amanecer hasta el ocaso y desde la noche hasta que se haga de día. Que tu «gracias» resuene en el Cielo de continuo por ti y por los infinitos que viven y mueren sin un «gracias» para su Dios. Amplifica tu «gracias», como los tres jóvenes en el pasaje de Daniel, llamando a todas las cosas creadas para que se unan a tu canto: las cosas que, con su lenguaje, saben alabar a Dios mejor que los hombres. Únete a los santos del Cielo y a los de la tierra para pronunciar tu «gracias». Únete a Mí Eucaristía y, con tus labios endulzados y perfumados por el Pan de vida, ruega y da gracias a Dios Padre con el mismo Cristo que vive en ti. Y sobrevendrá el prodigio, como sobrevino para los tres jóvenes y para el rey cruel Nabucodonosor. Los hombres «verán» a Dios a través de tu oración. No todos. Mas aunque no fuese sino uno solo, Yo te bendeciría una vez más. Nabucodonosor vio a Dios en su ángel y comprendió que contra Dios no es posible luchar. Comprendió que su ídolo era materia inerte convertida en pecado por culpa del hombre y que uno solo era el verdadero Dios: el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago. Y tocado por la luz, reconoció su error y lo confesó, dando culto y honor al Dios santo, Señor del Cielo y de la Tierra. ¿Ya ves, mi pequeño Juan, cuánto puede hacer la fe de tres jovencitos?”. (Escrito el 8 de Febrero de 1944).
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44-242.- Visión de las Stas. Fenícola y Petronila.
* Preliminares.
Me dice Jesús: “Desde primera hora del día de hoy (una de la mañana) sabes sobre qué he de tener fija tu mente, porque el primero y único punto, que se te ha iluminado, te ha venido a indicar ya sobre qué han de posarse los ojos de tu espíritu. Y ese nombre femenino e ignorado que te ha resonado dentro como campana que llama y no cesa de sonar hasta que obtiene respuesta, te ha dicho que también esto llegarás a saber. Mas entre mi virgen y el Maestro, debes escoger al Maestro dando preferencia a mi punto antes que al otro (1). Te daré a conocer a muchas de las criaturas que están en el Cielo. Todas tienen algo que enseñaros a vosotros que queréis saberlo todo y leerlo todo menos lo que es ciencia con que conquistar el Cielo. Escribe”.
Esta noche, presa de unos dolores como para enloquecer, me preguntaba a mí misma cómo hizo Jesús para soportar aquel mal tan espantoso de la cabeza —y lo preguntaba porque el mío era un tormento tal que me hacía rechinar los dientes por no gritar al menor ruido o tambaleo en el lecho, pareciéndome contar con tantos corazones latiendo apresurados y dolientes como dientes tenía, lo mismo que la lengua, los labios, la nariz, los oídos, los ojos; y en la frente me parecía tener un manojo de clavos que me penetrasen en el cráneo; y de la nuca subía y se irradiaba una franja de fuego y de dolor astringente como una mordaza; y me parecía también recibir de cuando en cuando en el parietal derecho golpes de un objeto pesado para hundirme más profundamente aquel manojo de clavos haciéndome temblar toda— y cuando, presa de mi congoja, lo contemplaba desde el Huerto al Calvario, he aquí que, precisamente, tras la tercera caída, he tenido una pausa de alivio físico y espiritual en la que se me ha presentado hermoso, sano y sonriente sobre las encrespadas aguas del Mar de Galilea. ■ Después se ha reproducido el tormento hasta que, sobre las dos, ha cesado la contemplación de la Pasión del Señor y calmado un poquito (un poco, ¿sabe?) el tremendo dolor de cabeza al sonarme dentro un nombre: Santa Fenícola. ¿Quién es? La desconozco. Pero ¿ya habrá existido? ¡Bah! ¿Quién habrá oído tal nombre? Y trataba de dormir. Pero… ¡bien! ¡Santa Fenícola, Santa Fenícola, Santa Fenícola! Aquí no se duerme, me he dicho, hasta que no me entere de quién se trata. Y, aprovechando que había remitido el dolor permitiéndome a la sazón moverme, mientras que desde las 15 a la media noche, y más tarde, me había tenido abatida e inerte con un cuerpo que sufría espasmódicamente sin poder siquiera abrir los ojos, —se lo puede decir Paula— he cogido un índice de santos y he visto que trae, junto a Santa Petronila v., Santa Fenícola v. m. Yo he oído decir: Fenícola; mas tal vez lo haya entendido mal. ■ Al tiempo de descubrir esto, he visto a una mujer joven desnuda, atada de un modo atroz a una columna. Y después, nada más. Y ahora, por obediencia y sin más averiguaciones escribo cuanto el Maestro me muestra, pues tengo la cabeza que me da vueltas como una peonza.
* Visión de la muerte de Petronila y el martirio de Santa Fenícola.
■ Veo a dos mujeres jóvenes en oración. Una oración ardiente que, sin duda, debe atravesar los cielos. Una es más madura, como de unos treinta años; la otra apenas si habrá sobrepasado los veinte. Ambas, al parecer, gozan de una perfecta salud. Acto seguido se levantan y preparan un pequeño altar sobre el que disponen preciosos lienzos y flores. Entra un hombre vestido como los romanos de la época, al que las dos jóvenes saludan con suma veneración. Él extrae del pecho una bolsa de la que va sacando todo lo necesario para celebrar la Misa. Después se reviste con los ornamentos sacerdotales e inicia el sacrificio. No comprendo muy bien el Evangelio, pero me parece que es el de Marcos. “Y le presentaron unos niños… el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (2). Las dos jóvenes arrodilladas cerca del altar, oran de continuo muy fervorosamente. El sacerdote consagra las Especies y después se vuelve para dar la comunión a las dos fieles comenzando por la de más edad cuyo rostro es seráfico por su ardor y seguidamente se le administra a la otra. Ellas, una vez recibidas las Especies, se postran contra el suelo en profunda oración, permaneciendo así postradas, al parecer, por una devoción. ■ Mas cuando el sacerdote se vuelve para bendecir y desciende del altar colocado sobre un estrado de madera —después de la celebración del rito que es idéntico al de Pablo en la cárcel Tuliana con la única diferencia de que aquí el celebrante habla más bajito dado que asisten únicamente las dos fieles, razón por la cual entiendo menos el Evangelio— una tan sólo de las jóvenes se mueve. Su compañera la llama y sacude. Se inclina también el Sacerdote. La levantan. La palidez de la muerte cubre ya aquel rostro, sus ojos semiapagados naufragan bajo los párpados y la boca respira a duras penas. Pero ¡qué beatitud en aquel semblante! La acomodan sobre una especie de asiento alargado que hay junto a una ventana abierta a un patio en el que canta una fuente, y hacen cuanto pueden por socorrerla. Mas, concentrando sus fuerzas, levanta una mano y, señalando al cielo, no dice sino dos palabras: “¡Gracias, Jesús!” y expira sin agonía. ■ Todo esto nada me dice que se relacione con la joven atada a la columna que vi esta noche y que, por más que estuviera mucho más pálida, enflaquecida, desgreñada y torturada, no sé por qué me parece un tanto semejante a la superviviente que ahora llora al lado de la fallecida. Y con esta incertidumbre me quedo por algún tiempo.
■ Una hora no más hace que es de noche cuando vuelvo a encontrar a la joven, antes llorosa y ahora de pie junto a la fuente del severo patio en el que tan sólo hay cultivados unos reducidos cuadros de lirios, sobresaliendo de sus muros rosales todos en flor. La joven habla con un joven romano: “Es inútil que insistas, Flaco. Si yo te agrado es por la consideración y el recuerdo que conservas de mi amiga muerta. Mas yo no puedo consolar tu corazón. Si Petronila ha muerto, esto es señal de que no debía ser tu esposa. Mas yo tampoco. ¡Hay tantas jóvenes en Roma que se sentirían felices de llegar a ser las señoras de tu casa…! Yo, no. No por ti sino porque he decidido no contraer matrimonio”. Flaco: “¿También en ti ha prendido el loco frenesí de un puñado de hebreos?”. Fenícola: “Yo he tomado la decisión, y creo no estar loca por ello, de no contraer matrimonio”. Flaco: “¿Y si yo te pretendiese?”. Fenícola: “No creo que tú, si es verdad que me amas y me respetas, querrías forzar mi libertad de ciudadana romana sino que me dejarías cumplir mi deseo cultivando conmigo la buena amistad que yo tengo contigo”. Flaco: “¡Ah, no! Una se me fue y tú no te me escaparás”. Fenícola: “Ella murió, Flaco. La muerte es una fuerza superior a nosotros, no es fuga de nadie a un destino. Ella no se mató, murió…”. Flaco: “Por vuestros sortilegios. Ya sé que sois cristianos y debía haberos denunciado al Tribunal de Roma; mas preferí consideraros como mis esposas. ■ Ahora, por última vez, te digo: ¿quieres ser la mujer del noble Flaco? Yo te juro que es mejor para ti entrar como señora en mi casa dejando el culto demoníaco de tu pobre Dios, que experimentar el rigor de Roma que no permite los insultos a sus dioses. Sé mi esposa y serás feliz. De otra suerte…”. Fenícola: “No puedo ser tu esposa. Estoy consagrada a Dios, a mi Dios. Yo, que adoro al verdadero Dios, no puedo adorar a los ídolos. Haz de mí lo que quieras. De mi cuerpo podrás hacer todo lo se te antoje, pero mi alma, que es de Dios, yo no la vendo por todos los goces de tu casa”. Flaco: “¿Es tu última palabra?”. Fenícola: “La última”. Flaco: “¿Sabes que mi amor puede trocarse en odio?”. Fenícola: “Que Dios te lo perdone. Por mi parte, yo seguiré amándote siempre como hermano y pediré por tu bien”. Flaco: “Y yo procuraré tu mal. Te denunciaré. Cuando te torturen entonces me llamarás y comprenderás que es preferible la casa de Flaco a las necias doctrinas de que te nutres”. Fenícola: “Comprenderé que el mundo, para que no haya más Flacos, está necesitado de estas doctrinas y procuraré tu bien rogando por ti desde el Reino de mi Dios”. Flaco: “¡Maldita cristiana! ¡A las cárceles! ¡A sufrir hambre! Y que te sacie tu Cristo si lo puede”.
■ Tengo la impresión de que las cárceles se encuentran bastante cerca de la casa de la virgen porque hay poco trecho de calle y que el noble Flaco sea ni más ni menos que un espía del Cuestor de Roma porque cuando la visión, cambiando de escenario, me traslada a la sala que ya vi con la joven atada a la columna, veo que es un tribunal como aquel en que juzgaron a Inés (3). Muy pocas son las diferencias y, lo mismo que allí, también aquí es un tipo patibulario el que juzga, siendo Flaco el que actúa de ayudante e instigador. Fenícola, sacada de la cárcel en que se hallaba, es traída al centro de la sala. Aparece acabada de fuerzas si bien todavía con gran dignidad. Y aunque la luz la deslumbra, débil como está y hecha a la oscuridad de la cárcel, se mantiene erguida y sonriente. Aquí las preguntas y ofertas de rigor seguidas de las respuestas de costumbre: “Soy cristiana. No sacrifico a otro Dios que no sea mi Señor Jesucristo”. Es condenada a la columna. Le arrancan los vestidos y, desnuda a la vista del pueblo, le atan de pies y manos a una de las columnas del Tribunal. Para hacerlo, le descoyuntan las caderas y los brazos. La tortura tiene que ser atroz. Pero no basta aún y así le aprisionan con las cuerdas las muñecas y los tobillos, la golpean en el pecho y en el vientre desnudos con vergas y azotes, le pellizcan las carnes con tenazas y le infligen otros suplicios tan atroces como ésos, que no estoy para referir. De cuando en cuando le preguntan si quiere sacrificar a los dioses y Fenícola, con voz cada vez más débil, responde: “No, a Cristo, a Él sólo. Ahora que comienzo a verle y cada tormento me lo pone más cerca, ¿queréis que yo lo pierda? Terminad vuestra obra para que yo dé el complemento a mi amor. ¡Dulces nupcias en las que Cristo es el esposo y yo su esposa! ¡Sueño de toda mi vida!”. Al desatarla de la columna, cae por tierra como muerta. Sus miembros dislocados y aún rotos tal vez, ya no rigen ni responden a orden alguna de la mente. Sus pobres manos, seccionadas en las muñecas por la cuerda que ha marcado dos brazaletes de sangre viva, penden como muertas. Los pies, lacerados concretamente en los maléolos hasta descubrir los nervios y los tendones, aparecen claramente rotos como se aprecia al estar doblados en sentido inverso a su posición natural. Mas su rostro rebosa felicidad angélica. Ruedan las lágrimas por sus mejillas exangües, mas sus ojos ríen en una visión que la extasía. ■ Los carceleros, o mejor los verdugos, le dan de puntapiés y, a patadas, cual si se tratara de un costal inmundo que repugna tocar, la empujan hasta la peana del Cuestor, que pregunta: “¿Aún estás viva?”. Fenícola: “Sí, por voluntad del Señor”. Cuestor: “¿Todavía insistes? ¿Quieres pues la muerte?”. Fenícola: “Quiero la Vida. ¡Oh Jesús mío, ábreme el Cielo! ¡Ven, Amor eterno!”. El Cuestor ordena: “¡Arrojadla al Tíber! El agua calmará sus ardores”. Los verdugos la levantan de mala manera. El tormento de sus miembros rotos debe ser atroz. Mas ella sonríe. La envuelven en sus propios vestidos, no por pudor sino para impedirle que pueda valerse en el agua. ¡Inútil previsión! En tal estado, de poco sirve el arte de nadar. Sólo la cabeza emerge del envoltorio de los vestidos. Su pobre cuerpo, llevado a hombros de un verdugo, cuelga como si ya estuviese muerto. Mas ella sonríe a la luz de las antorchas puesto que ya es de noche. Llegados al Tíber, cual si se tratara de un animal del que haya que deshacerse, la cogen y desde lo alto del puente, la precipitan a las aguas oscuras sobre las que aflora por dos veces, hundiéndose al fin sin exhalar un ¡ay!

 Habla Jesús.
* Enseñanza en la muerte de Petronila, hija espiritual de Pedro: el poder de la oración. Paralelismo entre la muerte de Petronila (éxtasis) y la muerte de María Valtorta (desmemoriado aislamiento).- Dice Jesús: “He querido darte a conocer a mi mártir Fenícola a fin de proporcionarte a ti y a todos algunas enseñanzas. Has comprobado el poder de la oración en la muerte de Petronila, compañera y maestra de Fenícola, de más edad que ésta, y los frutos de una amistad santa. Petronila, hija espiritual de Pedro, había absorbido de la palabra viva del Apóstol el espíritu de Fe. Petronila: la alegría, la perla romana de Pedro, su primera conquista romana, la que, por su respetuosa y amorosa devoción hacia el Apóstol, le consoló en todos los dolores de su evangelización romana. Pedro dejó por mi amor casa y familia. Mas Aquel que no defrauda le hizo encontrar en esta muchacha —y «en medida sobreabundante, colmada y apretada» (4), según mis promesas— consuelo, cuidados y delicadezas femeninas. Como Yo en Betania, él encontraba en casa de Petronila ayuda, hospitalidad y, sobre todo, amor. La mujer es idéntica, tanto para el bien como para el mal, bajo todos los cielos y en todas las épocas. Petronila, que fue la María (5) de Pedro con la ventaja de su pureza de niña a la que el Bautismo, recibido cuando su inocencia aún no había sufrido quiebra, había subido a una perfección angélica. ■ Escucha, María: Petronila, queriendo amar a su Maestro con todo su ser sin que su belleza ni el mundo pudiesen turbar de este amor, había pedido a su Dios que la crucificara. Y Dios la escuchó, siendo la parálisis la que crucificó sus angelicales miembros. Durante su larga enfermedad, en aquel terreno regado por el dolor, florecieron muchas más hermosas las virtudes y, de este modo especial, el amor hacia mi Madre. María, escucha todavía más: Cuando fue necesario, para demostrar que Dios es Dueño del milagro, su enfermedad conoció una pausa y después, pasado ese momento, volvió a crucificarla. ¿No conoces, María, a ninguna otra a la que el Maestro, como Pedro a Petronila, le diga cuando lo juzga oportuno: “Levántate, escribe, sé fuerte” y, pasada la precisión del Maestro, vuelva a ser, como antes, una pobre enferma en perpetua agonía? ■ Muerto el Apóstol, y curada Petronila, ella comprendió que su vida ya no era suya sino de Cristo. No era de aquellas que, cuando obtenido el milagro, se sirven de él para ofender a Dios sino que su salud la empleó en los intereses de Dios. Vuestra vida es siempre mía. Soy Yo el que os la doy y así lo deberíais de tener presente. Os la doy como vida animal haciéndoos nacer y conservándoos vivos; y os la doy como vida espiritual con la Gracia y los Sacramentos. Deberíais recordar esto siempre y hacer buen uso de ella. Cuando pues os devuelvo la salud, cuando casi os hago renacer tras una enfermedad mortal, deberíais entonces acordaros más de que esa vida, vuelta a florecer cuando ya la carne sabía a tumba, es mía y, en agradecimiento, emplearla para el Bien. Petronila lo supo hacer. No asimiló en vano mi Doctrina que es como sal que preserva del mal y de la corrupción, como llama que calienta e ilumina, como alimento que nutre y fortifica y como fe que comunica seguridad. ■ Cuando sobreviene la prueba, el asalto de la tentación y la amenaza del mundo, Petronila ruega y llama a Dios pues quiere ser de Él. Si el mundo la quiere, Dios la defiende del mundo. Dijo Cristo: «Si tuvieseis así de fe como un granito de mostaza, podríais decirle a un monte: ¡Levántate y vete más allá!» (6). ¡Cuántas veces lo dijo Pedro! Pero ella no le pide al monte que se mueva sino que le pide a Dios que se la llave del mundo antes de que le aplaste una prueba superior a sus fuerzas. Y Dios la escucha haciendo que muera en un éxtasis. En un éxtasis, María, antes de que la prueba la aplaste. Recuerda esto, pequeña discípula mía” (7).
* Enseñanza en la muerte de Fenícola: su firmeza en la fe a pesar del cruel martirio que se equipara de alguna forma con la vida de María Valtorta.-Jesús: “Fenícola era amiga y, más que amiga, hija o hermana, puesto que su diferencia de edad era escasa, como de diez años. No se convive con el que es santo sin santificarse, como tampoco deja uno de corromperse conviviendo con un corrompido. ¡Si el mundo tuviese en cuenta esta verdad! Pero el mundo, por el contrario, hace caso omiso de los santos, cuando no los maltrata, y sigue a los que son como Satanás, haciéndose, por tanto, él cada vez más Satanás. ■ Ya has visto la firmeza y la dulzura de Fenícola. ¿Qué supone el hambre para quien tiene a Cristo por alimento? ¿Qué la tortura para quien ama al Mártir del Calvario? ¿Y qué la muerte para quien sabe que ésta le abre las puertas de la Vida? Los cristianos de hoy desconocen a mi mártir Fenícola; mas es bien conocida de los ángeles de Dios que la contemplan siguiendo alegre en el Cielo al Cordero divino. ■ He querido dártela a conocer a fin de poderte hablar también de su maestra espiritual e infundirte ánimos para padecer. Repite con ella: «Ahora sí que empiezo a ver entre estos dolores a mi esposo Jesús en el que he puesto todo mi amor», y piensa que también para ti suscité un Nicomedes (8) a fin de salvar de las aguas de las pasiones tu yo que quería para Mí y hacer acopio de cuanto de ti merece conservarse, todo eso que es mío y puede contribuir al bien en las almas de tus hermanos”. (Escrito el 4 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : El primer punto,  aquí indicado,  es el episodio evangélico relatado en la magna Obra sobre el Evangelio: de “Jesús caminando sobre las aguas”. Y el segundo es el martirio de Fenícola que, con esta misma fecha, se describe a continuación.   2  Nota  : Cfr. Mc.  10,15.   3  Nota  : El martirio de Inés, relatado en el dictado 44-59 en el tema “Amor”.   4  Nota  : Cfr. Lc.  6,38.   5  Nota  : María  de Magdala, hermana de Lázaro y de Marta de Betania.   6  Nota  : Cfr. Mt.  17,20.   7  Nota  : María Valtorta, de cuya vida se hace aquí un paralelismo con la de Petronila, murió tras un prolongado período de desmemoriado aislamiento, que para muchos resultó misterioso.  8  Nota  : “Nicomedes”. Es el nombre del presbítero  que recuperó el cuerpo de la santa mártir, cuyos datos históricos parecen coincidir con el relato sobre la mártir Fenícola aquí presentado. El “Nicomedes” de María Valtorta, suscitado para su recuperación espiritual, es el Padre Migliorini.
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 S. Mateo cap. 23, v. 19 (1)
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44-271.- “¡Ciegos! ¿Qué es mayor: el don o el altar que santifica el don?”.
* La ofrenda de sacrificios-oraciones y el altar. Dice Jesús: “Una de las desviaciones de vuestro pensamiento como católicos y, en general, como cristianos, consiste en esto: que confundís la ofrenda con el altar y creéis más importante la ofrenda que el altar. Y esto acaece, incluso, con quienes de entre vosotros son buenos hijos del Señor. Voy a hablaros de ello para que os corrijáis. Me son tan gratas vuestras ofrendas de oraciones y de sacrificios que sólo en el Paraíso alcanzaréis a ver cómo las usé y cuánto bien hice con ellas. Vosotros me entregáis vuestras pobres cosas mezcladas siempre de humanidad y siempre manchadas con imperfecciones. Nada que sea más bello tenéis para entregarme. El hombre, aún el mejor, está sujeto, mientras es hombre, a ser imperfecto. Cuando estéis aquí, conmigo, ya no lo seréis. Vuestras acciones son siempre imperfectas a mis ojos. Mas a lo que Yo miro es a vuestro esfuerzo y al afecto y rectitud con que las ofrecéis. Y no las rechazo antes, todo lo contrario, las acepto con amor y las santifico y purifico con mi contacto y, una vez hechas todas santas y puras, uso de ellas para el bien del mundo y el vuestro. ■ ¡Oh! Yo soy un banquero honrado y bueno. No dejo improductivos vuestros ahorros ni los destino para Mí ni para otros dejándoos a vosotros privados de sus frutos sino que voy atesorando para vosotros y, al emplear vuestro dinero en las necesidades del mundo, acumulo sus intereses para que os los encontréis a la hora de la muerte y os sirvan de dote para entrar en mi Reino. Vosotros, por tanto, me entregáis vuestras pobres cosas siempre imperfectas pero tan apreciadas por Mí. Me las entregáis a Mí, porque —como dije Yo (2)— cuantas obras buenas hacéis para y por vuestro prójimo, a Mí me las hacéis. Y al prójimo, cuando se le da pan, agua, hospitalidad, vestido, consuelo, enseñanza, ejemplo, se le da, tanto como cuando se da por él la vida, al ofrecérmela a Mí por la salvación de uno o de muchos y por el triunfo del bien, de mi Bien, en el mundo”.
* “Soy Yo, el Altar —porque el Altar representa el Trono de Dios—, el que santifica vuestras ofrendas”.-Jesús: “Mas, cualquier cosa que me deis, pensad siempre que no es por vuestra ofrenda que tengáis cuanto pedís sino por vuestro Dios. Soy Yo, es decir, el altar, —porque el altar viene a representar el trono de Dios— el que os concede la gracia, Yo el que santifico la ofrenda y no ésta la que me santifica a Mí. Soy Yo el que quiero y puedo, y no vosotros los que queréis y podéis. Así pues, cuando en el «Pater» decís: «Fiat voluntas tua» debéis pensar, por tanto, que también en vuestras peticiones debéis aceptar mi voluntad de escucharos y concederos lo que me pedís, y no decir: «Como yo he dado, debo tener». ■ El que hayáis dado y por ello tengáis una fe y una confianza tan grandes en Mí que os parezca imposible que Yo no intervenga para escucharos, es para Mí más dulce que la caricia de un hijo. Mas si por una razón que vosotros no alcanzáis a comprender, Yo dejo de dar, vosotros debéis darme, no una caricia sino un beso, signo de amor más profundo que la caricia, el beso de vuestra pronta, alegre, humilde, santa obediencia y resignación a mi voluntad. El altar es mucho más que la ofrenda que está sobre él y es el altar el que habla. No confundáis, por tanto, la cosa con Aquel a quien ésta se ofrece. No os quiero llamar fariseos porque en esta culpa leve caéis ciertamente los más generosos y los que más voluntad tenéis de amarme con rectitud de corazón. Los fariseos, en su obrar, tienen multitud de errores; mas vosotros por el contrario, en vuestras relaciones con Dios tenéis éste tan sólo. ■ Ahora bien, puesto que os dije: «Sed perfectos» (3) arrojad esto también de vuestro corazón. Cuando hayáis depositado sobre el altar vuestra dádiva, cuando me hayáis entregado a Mí, vuestro Dios, vuestras ofrendas, dejad que el altar las eleve, dejad que Dios las consagre. Acordaos de cuando Yo, sobre unas pobres ofrendas, hacía bajar el fuego del Cielo para consumirlas en sacrificio de grato olor (4). Ningún sacerdote ni fuego alguno es más que Yo que tomo vuestra dádiva, la consagro, la consumo y le doy el fin que entiendo ser más útil, por más que a vosotros no os lo parezca; y ninguna dádiva resulta más bella que aquella que se entrega, no por pura fórmula sino con la intención. Se entrega; y, una vez entregada, ya no se le hace recordar más con altanería al que se le entregó. Es bastante mi inteligencia para acordarme de vosotros. Me basta vuestra sonrisa y un decir vuestro: «Jesús» o «Padre», para que me tengáis presente cual si vuestro ángel alzase vuestra ofrenda hasta la altura de mis ojos. ■ ¡Ánimo, hijos míos! El mundo es feroz; pero es algo que pasa y ya no vuelve más. Yo, en cambio, sigo permanentemente con mi bondad y, conmigo, mi mundo paradisíaco en el que se os aguarda para que, en un gozar eterno, os olvidéis de todos los horrores de la Tierra”. (Escrito el 18 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 23,19.   2  Nota  : Cfr. Mt. 25,31-46.   3  Nota  : Cfr. Mt. 5,48.   4  Nota  : 1 Reyes  (Vulgata 3 Reyes)18,36-48. Elías pide a Yavé que responda para que “este pueblo sepa que Tú, Yavé, eres el verdadero Dios”. Entonces el fuego de Yavé cayó y consumió el novillo del sacrificio, la leña, las piedras, el polvo y aun el agua de la zanja. Todo el pueblo lo vio y dijeron: “Yavé es Dios.”
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44-441.- La oración y la devoción.
* “La oración es vuelo de águila y la devoción es temblor agitado de alilla de mosquito”.- ■ Puesto que Jesús había empezado a hacerse sentir cuando yo me disponía a rezar, le digo: ¡Pero Jesús, así no voy a poder rezar! Después me canso y ya nada puedo hacer.
■ Y Jesús, con una sonrisa que, de no tener miedo a ser irrespetuosa, yo le calificaría de «pillín», me responde: “Pues eso precisamente es lo que Yo quiero. Tú me perteneces por completo, tanto en lo bueno como en lo malo. Sí, en lo malo también. ¿No te ves contenta de que Yo te coja hasta cuando eres imperfecta para, anulando tus facultades, hacerte perfecto lo que haces? Pues también debes sentirte contenta sacrificándome lo que es bueno y que, al realizarlo, te dices: «Ahora lo hago bien». ¡Tu bien! ¡Oh diminuto mosquitillo mío! Tus devociones son eso… devociones. En ellas entran: la costumbre, los escrúpulos, el miedo de que si no las practicas Yo no te escuche y bendiga, las distracciones… Yo no las quiero. Te las dejo para las horas en que quiero hacerte sentir que eres… menos aún que un mosquito, una larva de mosquito incapaz hasta de volar para posarse sobre una margarita del campo. ■ Mas cuando Yo desciendo sobre ti arrebatándote en la oración, soy Águila. El águila remonta su vuelo a lo más alto del cielo; sube, sube, va subiendo en círculos concéntricos por el firmamento azul y mira al sol. Sus ojos miran al sol sin deslumbrarse, antes cuanto más lo miran más fuertes se sienten. El águila, a sus torpes crías que tienen miedo de dejar el nido suspendido sobre el abismo, les enseña la embriaguez del vuelo tomándolas una a una sobre sus robustas alas y llevándolas consigo arriba, arriba, arriba. Embriagadas de luz, ya no pueden soportar el antro de la roca y, sin miedo al precipicio que tiene debajo, abren sus alas y se lanzan. Han aprendido a ser águilas. Antes eran únicamente polluelos como los de la oca. Han aprendido a volar, a no conocer ya la suciedad y el fango, a vivir del sol y en soledad. Si el águila—hombrecitos que ignoráis las maravillas de los seres creados por Mí o la sabéis tan mal que Yo he de enseñároslas— se comporta así, es para convertir a sus polluelos en aguiluchos, y cuando los ve ávidos de firmamento azul y de sol, los deja, vigilándolos siempre. Pues bien, así hago Yo contigo. Ellos abren sus alas por instinto y acuciados por un deseo. Instinto de sostenerse por sí. Han intuido que aquellas dos cosas largas que el padre y la madre mueven, y que ellos nunca abrieron, sirven para sostenerse en aquel azul hermoso y ceden al deseo de hacer como ellos y de adentrarse en aquel azul que siempre sube, que parece un muro y no es sino aire cada vez más puro. El águila adulta le sigue desde más arriba. Y si alguno, por cansancio o debilidad, cede tras corto vuelo y se precipita, se precipita ella también, lo agarra, lo salva, lo vuelve al nido animándolo más que a los otros a fin de disponerle para el nuevo vuelo que ha de emprender después. Y así hasta que les enseña las cumbres en las que resulta hermoso vivir solos, como reyes, haciendo de cada cumbre un reino absoluto en el que rey y reina se amen en torbellinos de luz y de vuelos. ■ Y ¿hago algo distinto contigo? La oración es vuelo de águila. La devoción, en cambio, temblor agitado de alilla de mosquito que, a duras penas, se posa en el regazo de una flor para gozar de una migaja de sol. Yo te tomo cuando quiero y te llevo conmigo. Ahora te poso. ¿Te encuentras cansada? Reposa. Dime tan sólo que me amas. Me basta. Y estate pronta para el nuevo vuelo. ¿No comprendes que soy tu Señor, tan absoluto que quiero lo que quiero?”. (Escrito el 14 de Junio de 1944).
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44-443.- Hora santa de Jesús
I
«Si no te lavare no tendrás parte en mi Reino» (1)
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  (Sumario del primer dictado: El Señor invita con incesante amor, tras haber dejado el Cielo y haber convivido la experiencia humana hasta tomar sobre Sí todos los pecados de la humanidad, a que vayamos donde Él para recibir el lavado absolutorio: de la fuente que brota de su pecho desgarrado).
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.  “Alma a la que amo y vosotros todos a quienes amo, oíd. Soy Yo el que os hablo, porque quiero pasar esta hora con vosotros. Yo, Jesús, no os alejo de mi altar por más que vengáis a él con el alma cubierta de llagas y enfermedades o ligada con bejucos de pasiones que os mortifican en vuestra liber­tad espiritual entregándoos atados en poder de la carne y de su rey Lucifer. Yo soy siempre Jesús, el Rabí de Galilea, aquel a quien los leprosos, los paralíticos, los ciegos, los obsesos y epilépti­cos le llamaban a grandes voces diciendo: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» (2). Yo siempre soy Jesús, el Rabí que tiende su mano al que se está ahogando y le dice: «¿Por qué dudas de Mí?» (3). Yo soy siempre Jesús, el Rabí que dice a los muertos: «¡Levántate y anda!, Yo lo quiero. Sal de tu sue­ño de muerte, de tu sepulcro y camina» (4) y os devuelvo a quien os ama. Y ¿quién os ama, queridos míos? ¿Quién os ama, no con amor egoísta y mudable sino verdadero? ¿Quién os ama con un amor que no es interesado ni avaro sino que su obje­tivo único es daros cuanto para vosotros acumuló y os dice: «Toma, es todo tuyo. Todo esto lo he hecho para ti, para que sea tuyo y lo goces»? ¿Quién? El eterno Dios. Pues bien, Yo a Él os entrego, a Él que os ama. ■ Yo no os alejo de mi altar porque él es mi cátedra, mi trono la morada del Médico que cura todos los males. Desde él os enseño a tener fe. Desde él, como Rey de Vida, os entrego la Vida en don y desde él me inclino sobre vues­tras enfermedades volviéndolas a sanar con el aliento de mi amor. Aún hago más, hijos míos: desciendo de este altar pa­ra ir a vuestro encuentro y me quedo apostado en el umbral de estas mis casas en las que muy pocos entran, siendo aún menos los que lo hacen con una fe firme; o, cual símbolo de paz, me coloco en los caminos por los que pasáis abati­dos, envenenados y abrasados por el dolor, los intereses y el odio; u os tiendo mi mano porque os veo vacilar abruma­dos por el peso de losas que os habéis cargado en sustitu­ción de la cruz que Yo os había entregado en mano para que fuese vuestro sostén como lo es el bordón para el pere­grino; o bien os digo: «Entra, descansa y bebe» pues os veo exhaustos y sedientos. Mas vosotros no me veis. Pasáis a mi lado, tropezáis conmigo y, bien por maldad u ofuscamiento de vista espiri­tual, me miráis a las veces. Ahora bien, sabéis que estáis manchados y no osáis acercaros a mi candor de Hostia divi­na cuando este Candor sabe compadecerse de vosotros. ■ Co­nocedme, hombres, que si desconfiáis de Mí es porque no me conocéis. Oíd: Si consentí en dejar la Libertad y la Pureza, que son la atmósfera del Cielo, para bajar a esta vuestra cárcel, a esta atmósfera impura, y ayudaros, es porque os amo. Aún hice más: me despojé de mi libertad de Dios para hacerme esclavo de una carne. El espíritu de Dios encerrado en una carne, la Infinitud confinada en un puñado de músculos y huesos, sujeta a percibir las voces de esta carne para la que resulta un sufrimiento el frío, el sol, el hambre, la sed y la fatiga. Todo esto lo podía desconocer; pero quise probar las torturas del hombre decaído de su trono de inocencia para amaros aún más. No me bastó todavía y así quise —ya que para compa­decer es preciso padecer lo que padece aquel a quien se compadece— quise sentir el asalto de todos los sentimientos a fin de experimentar vuestras luchas, entender la tiranía tan astuta que Satanás os inocula en la sangre y comprender lo fácil que resulta quedar hipnotizados por la Serpiente si por un momento se ponen los ojos en su mirada fascinadora ol­vidándose de vivir en la luz, porque la serpiente no vive en la luz sino que va a rincones umbrosos con apariencia de lugares de reposo pero que únicamente son insidiosos. Para vosotros estas umbrías tienen nombre de: mujer, dinero, po­der, egoísmo, sensualidad y ambición. Os eclipsan la Luz que es Dios y en medio de ellas está la Serpiente: Satanás. Seme­ja un collar cuando es la cuerda para estrangularos. Porque os amo quise conocer todo eso. ■ Y aún no me bastó. A Mí hubiérame bastado; mas en­tonces la justicia del Padre podría decir a su Carne: «Tú triunfaste de las insidias; pero el hombre-carne como Tú, no sabe ahora triunfar y por eso debe ser castigado ya que Yo no puedo perdonar al que se halla manchado». Tomé sobre Mí vuestras sordideces, así las pasadas, las presentes como las futuras. Todas. Cuando, más que Job (5) metido en un muladar pútrido para cubrir sus llagas, estuve Yo cubierto por los pecados de todo el mundo, no osaba ni alzar los ojos en busca del Cielo y gemía al sentir sobre Mí el peso del enojo del Padre acumulado de por siglos, consciente de las culpas que aún habían de venir. Un diluvio de culpas so­bre la tierra desde su amanecer hasta su ocaso. Un diluvio de maldiciones sobre el Culpable, sobre la Hostia del Pecado. ¡Hombres!, Yo era más inocente que un niño al que su madre besa después de haber sido bautizado. Y, con todo, se horrorizó de Mí el Altísimo porque era el Pecado al haber tomado sobre Mí todos los pecados del mundo. Sudé de vergüenza. Sudé Sangre por la vergüenza de esta lepra que me cubría con ser el Inocente. La sangre me rompió las venas por el asco de este fétido estanque en que me veía sumergi­do. Y a completar esta tortura y extraer del corazón mi San­gre se unió la amargura de ser maldito, porque en aquella hora no era el Verbo de Dios sino el Hombre. El Hombre. El Culpable. ¿Puedo Yo, que lo probé, no comprender vuestro envilecimiento y no amaros porque os veis envilecidos? Os amo por esto. No tengo sino recordar aquella hora para ama­ros y llamaros: «Hermanos». Mas no basta llamaros así para que el Padre os pueda llamar: «Hijos», y Yo quiero que os ame así. ¿Qué hermano sería Yo si no os quisiese conmigo en la Casa paterna? ■ Así pues, os digo: «Venid a que os lave». Nadie es­tá tan sucio que no le pueda limpiar mi lavatorio ni tan purificado que no tenga necesidad de mi baño. Esta no es agua, son fuentes milagrosas que sanan las llagas y enferme­dades de la carne. Y aún más: esta fuente brota de mi pecho. Aquí tenéis el Corazón desgarrado del que salta el agua que lava. Mi Sangre es el agua más tersa de toda la creación. En ella desaparecen las enfermedades e imperfec­ciones dejando a vuestra alma blanca y sin tacha, digna del Reino. Venid y dejad que os diga: «Yo te absuelvo». Abrid­me vuestro corazón pues en él se encuentran las raíces de vuestros males. Dejadme entrar y que suelte vuestras vendas. ¿Os avergüenzan vuestras llagas? Vistas a mi luz se os presentan tal cual son: bullentes de asquerosos gusa­nos. No las miréis. Mirad las mías. Dejadme hacer. Tengo mano suave. Sentiréis tan sólo una caricia y… todo quedará curado. Tan sólo sentiréis un beso y una lágrima y… todo quedará limpio. ■ ¡Oh, cuán bellos estaréis entonces alrededor de mi altar! Seréis ángeles entre los ángeles del Sagrario, gozan­do con ello sobre manera mi Corazón pues soy el Salva­dor y a nadie rechazo. Mas, con todo, soy también el Cor­dero que se apacienta entre lirios y me gozo viéndome rodeado de candor puesto que para haceros puros tomé y entregué la vida. ¡Oh, cómo veo que os sonríe el Padre y os inunda con sus fulgores el Amor al ver que no estáis manchados con el pecado! Venid a la fuente del Salvador, descienda mi Sangre sobre vuestro ánimo contrito y que una voz, en la que está la mía, os diga: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»”.

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1  Nota  : Cfr. Juan 13,8.   2  Nota  : Cfr. Por ejemplo: Mateo 15,22; Marcos 10,47.   3  Nota  : Cfr.   Mateo 14,31.   4  Nota  : Cfr. Marcos 5,41; Lucas 7,14; 8,54; Juan 11,43.   5  Nota  : Cfr. Job 2,8.
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II
«Uno de vosotros me ha de traicionar» (1)
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(Sumario del segundo dictado: Los traidores, proviniendo de varias categorías de enfermos del alma y del cuerpo, pueden encontrar al Señor que, siempre dispuesto al perdón, reclama el bálsamo de la fidelidad. Los bandoleros, con sus múltiples herejías, roban la Verdad recubriéndola con la baba de su mente soberbia y convirtiéndola en un harapo cualquiera).
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.    “¡Uno de vosotros! Sí, en la proporción de uno a doce me traiciona uno de vosotros. Toda traición es más penosa que una lanzada. Contem­plad la Humanidad de vuestro Redentor. De la cabeza a los pies es todo Él una herida. La flagelación horroriza a quien la medita y pone en agonía al que la sufre. Mas éste fue tor­mento de una hora mientras que vosotros me traicionáis y me flageláis el Corazón desde hace siglos. ■ Os amé, os amo, os compadezco, os perdono, os lavo extrayéndome la Sangre para hacer de Ella baño purificador y vosotros… me traicionáis. Soy el Verbo de Dios. Estoy glorioso en el Cielo;  mas en este Cielo no estoy sólo como espíritu sino también como Carne y la carne es sujeto de sentimientos y afectos. ¿Por qué queréis renovarme de continuo el fuego corrosivo de la cercanía de un traidor? ¿Acaso está lejos el Cielo? No, hijos que me traicionáis. Yo estoy a vuestro lado. Estoy entre vo­sotros y vosotros me abrasáis con la llama de vuestra traición. Miro, en busca de un consuelo entre las diversas cla­ses de personas y en todas ellas no veo sino miradas y miradas de traidores. ¿Por qué me traicionáis? Si estoy entre vosotros para haceros bien, ¿por qué queréis hacerme mal? Si os traigo mis dones, ¿por qué me lanzáis a mordientes áspi­des? Si os llamo: «Amigos», ¿por qué me respondéis: «Maldi­to»? ¿Qué os he hecho? ¿Sabéis de algún hombre que sea tan paciente y bueno como Yo? ■ Mirad: Mientras sois felices nadie os abandona. Mas si lloráis, si descendéis de fortuna o una enfermedad contagiosa os ataca, entonces todos se alejan de vosotros. Yo soy el que me quedo y de verdad os acojo porque es entonces cuando acudís a Mí. A nadie tenéis con quien llorar y con­versar y entonces os acordáis de Mí. Y Yo no os digo: «¡Lar­go de aquí, que no te conozco!» Os lo podría decir porque, efectivamente, jamás vinisteis a decirme cuando erais ricos, sanos y felices: «Lo soy y te doy por ello las gracias». Pero no. En modo alguno pretendo esto de quien to­davía no es gigante del amor. No pretendo que me deis las «gracias». Me conformaría con que me dijeseis: «Soy feliz». Decírmelo únicamente. Que no me consideréis un extraño a vosotros. Que os acordéis de que aquí estoy Yo también. Te­ner un recuerdo para este Jesús. Las «gracias» se las diré Yo por vosotros a Dios: Padre mío y vuestro. Por el contrario, jamás venís y así os podría decir: «No os conozco». Y, en cambio, os recibo con los brazos abiertos y os digo: «Ven, que lloremos juntos». Mirad: ● Bajo a las cárceles, a sus angostas y humillantes celdas, sentándome en el mismo camastro del forzado al que le hablo de una libertad más auténtica que la que se respira más allá de aquellas cuatro paredes, de una libertad a la que no afectan los actos delictivos que se castigan. Con todo, aquel encarcelado es uno que me traicionó contraviniendo mi ley de amor. Tal vez mató o robó. Mas ahora me llama y acudo a estar con él. El mundo le desprecia; pero Yo le amo. Si llamé: «Amigo» al que me mataba y despojaba de la vida (2), ¿cómo no he de poder llamar «amigo» a este infeliz que torna a Mí? ● Estoy como llama de amor a la cabecera de los enfer­mos. Sus fiebres conocen mi caricia, su sudor mi sudario, sus desfallecimientos mi brazo que les sostiene y sus angustias mi palabra. Sin embargo, muchos de ellos están enfermos por haber traicionado mi ley. Sirvieron a la carne y ésta, fiera insensata, se ve perdida y los pierde ahora, aún en esta vida. Pues bien, Yo soy el Único que no me canso de su mal y velo y sufro con ellos y, sonriendo, aliento su esperanza que, tan pronto el Padre lo quiere, transformo en realidad. Mas si veo que el decreto es de muerte, me hago cargo de este hermano mío que tiembla ante el misterio de la muerte y me llama. Y así le digo: «No temas. Crees que es tiniebla y es luz. Crees que es dolor cuando es gozo. Dame tu mano. Conozco la muerte. La conocí antes que tú. Sé que es un instante y que Dios ayuda sobrenaturalmente adormeciendo los sentidos para que el alma no se abata en su lucha postre­ra. Ten confianza. Mírame, a Mí sólo… ¿Ves? ¡Ya está! Has atravesado los umbrales. Ven ahora conmigo adonde el Pa­dre. No temas en modo alguno ahora, pues estoy contigo y el Padre ama a quien Yo amo». ● Estoy en las casas abandonadas. Antes resonaban en ellas voces alegres; mas pasaron la muerte y la miseria y el superviviente vaga en la soledad. Huyeron los amigos; los se­res queridos se alejaron en busca de trabajo o les alejó la muerte. Luce el sol en el cielo, mas para el sobreviviente to­do es tiniebla. Traspira paz el aura de la noche, mas para el sobreviviente desapareció el reposo. Con todo, en aquella casa se me traicionó sin duda muchas veces haciendo de las criaturas dioses. Se amó idolátricamente a las criaturas trai­cionando mi ley. Ahora bien, Yo vengo y acudo a poner un rayo de luz en las tinieblas y a infundir paz en donde hay tempestad. Aquel sobreviviente me ha llamado… a lo mejor distraídamente… tal vez sin verdadera voluntad de tenerme y, a pesar de todo, Yo acudo sin tardanza. ■ ¡Oh, que no ansío sino estar con vosotros. La memoria de pasados errores desaparece tan pronto me llamáis: «¡Je­sús!». Pero… no me flageléis el Corazón, que lo tengo abier­to y desangrado. No irritéis su herida. Y a cuantos han en­tendido mi dolor de traicionado, les digo: «Uno de vosotros me ha de traicionar. Dadme vuestro fiel amor como bálsamo». Y se lo digo a todos: a los santos, que son mis predi­lectos, como Dios, y a los pecadores, que son mis predilec­tos, como Jesús; porque hasta los pecadores, por los que me hice Jesús, pueden medicinarme esta herida. ■ ¿Sois samaritanos? Lo sé. Pero tened en cuenta que mi parábola habla de un samaritano bueno que medicina las he­ridas que no medicinaron los hijos de la Ley que pasaron de largo acuciados por la prisa de servir a Dios (3) sin saber que a Dios se le sirve más con el amor que con las prác­ticas. Yo soy el Herido que desfallece por vuestros caminos. Los bandoleros me han asaltado y robado. Los bandoleros son aquellos que disfrutan indignamente de mi sacrificio de Dios hecho carne. Me roban negando mis atributos con sus múltiples herejías. Roban la Verdad porque esa vestidura, al ser tan esplendorosa, les da en rostro sin advertir que si resplandece es porque la viste quien es Sol, estando en manos de ellos que la recubren con la baba de su mente soberbia convirtiéndola en un harapo cualquiera. La Verdad es verdad y con esta luz, cuando se la contempla unida a Dios, se ilu­mina todo. Mas, desconectada de Él, se convierte en lenguaje babélico. Porque la Verdad es Ciencia y Sabiduría que, si se desvinculan de Dios, vienen a resultar un caos. Medicinadme por más que seáis samaritanos. Dadme el óleo y el vino vuestros: el óleo del amor y el vino de la contrición de vuestro yo. Medicinadme. No os desdeño. Que os hable y diga la pecadora, que alivia mis pies cansados, si Yo desecho a ningún pecador (4). Pero… no me traicionéis ya nunca más. Id y no pe­quéis más. Todo os lo perdono si todo lo que hay en voso­tros me ama. Dadme un beso sincero. Arden mis mejillas con el beso de los traidores. Medicinádmela con el beso de la fi­delidad”.
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1  Nota  : Cfr. Mateo 26,21; Marcos 14,18; Lucas 22,21-22; Juan 13,21.   2  Nota  : Cfr. Mateo 26,50.   3  Nota  : Cfr. Lucas 10,29-37.   4  Nota  : Cfr. Lucas 7,36-50.
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III
«Amaos los unos a los otros como Yo os he amado» (1)
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   (Sumario del tercer dictado: Amarse los unos a los otros tomando por ejemplo su amor hacia nosotros. Y para hacer de nosotros unos santos propone el Pan eucarístico, que transforma a las criaturas de miedosas en héroes. En el primer punto nos indicó su Sangre para nuestra purificación. Ahora, en el tercero, nos propone este Pan, Alimento que viene a ha­cerse sangre y carne, o lo que es igual, vosotros mismos. “Mi alimento viene a hacerse vosotros mismos…”).
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“Desde la cuna a la cruz y desde Belén al Monte de los Olivos os amé. El frío y la miseria de mi primera noche en el mundo no me impidieron amaros con mi espíritu y, aniquilándome a Mí mismo hasta el extremo de no poder, Yo-Verbo, deciros: «Os amo», os dirigí esas palabras con mi espíritu, inseparable del de mi Padre y operante con el mis­mo en una actividad inexhausta. La agonía de mi última noche sobre la tierra no me impidió amaros, antes alcanzó las más altas cumbres del amor haciéndole arder en el más vivo incendio que consu­mió cuanto no era amor hasta el extremo de extraer, por mi repugnancia al pecado y el dolor por el abandono del Padre, la sangre de mis venas. ■ ¿Qué mayor amor puede darse que el de quien sabe amar aun sabiéndose odiado? Pues Yo os amé así. El primer ademán de mis manos, producido en la oscuridad de una noche de invierno, fue una caricia; el último, en el esplen­dor de una ardiente mañana de verano, una bendición; y, en medio de ambos, treinta y tres años de ademanes de amor: amor de milagros, amor de caricias a los niños y a los ami­gos, amor, amor, amor… Y amor más que humano en la ultima Cena. Antes de ser ligadas y traspasadas, estas mis manos lavaron los pies de los apóstoles, aun los de aquel a quien habría querido lavarle el corazón, y partieron el pan. Y con aquél que partía mi Corazón que era lo que os daba. Porque sabía de la proximi­dad de mi retorno al Cielo y no quería dejaros solos. Porque sabía lo fáciles que sois en olvidar y quería que os vieseis, como hermanos sentados a un mismo banquete, en torno a mi mesa y así deciros los unos a los otros: «¡Seamos de Jesús!». ■ ¿Qué amor más grande que el de quien sabe amar al que le tortura? Pues bien, Yo os he amado así y supe rogar por vosotros mientras moría. Amaos como Yo os he amado. El odio extingue la luz y hasta el simple astío ofusca la paz. Dios es paz y es luz porque es amor. Mas si no amáis o no amáis como Yo os he amado, no podréis tener a Dios. Como Yo os he amado, esto es, sin soberbias. De este tabernáculo, de esta cruz y de este Corazón no salen sino palabras de humildad. Soy Dios y también Siervo vuestro y estoy aquí a la espera de que me digáis: «Tengo hambre», pa­ra darme en Pan a vosotros. Soy Dios y me expongo a vues­tros ojos sobre un leño, que era patíbulo infame, desnudo y maldecido. Soy Dios y os pido que améis mi Corazón. Os pido: por amor vuestro, ya que si me amáis es para vosotros el bien que hacéis puesto que Yo soy Dios y, con o sin vuestro amor, soy siempre Dios; pero vosotros, no. Sin mi amor sois nada: polvo. ■ Yo os quiero conmigo, os quiero aquí, quiero hacer de vuestro polvo una luz de beatitud; quiero que no muráis sino que viváis, puesto que Yo soy Vida y quiero que la ten­gáis vosotros. Amaos sin egoísmos. Sería un amor impuro destinado a morir por enfermedad. Amaos queriendo para los demás un bien mayor del que desearíais para vosotros. Sé que es muy difícil; mas, ¿veis este Pan eucarístico? Ha hecho márti­res. Ellos eran criaturas como vosotros: miedosas, pusiláni­mes y hasta con vicios. Este Pan las hizo héroes. En el primer punto os he indicado mi Sangre para vuestra purificación. En el tercero, para hacer de vosotros santos, os propongo esta Mesa y este Pan. La Sangre, de pe­cadores os hizo justos. El Pan, de justos os hace santos. El baño limpia, mas no alimenta. Refresca, conforta; mas no se hace carne en la carne. El alimento, en cambio, viene a ha­cerse sangre y carne, o lo que es igual, vosotros mismos. Mi alimento viene a hacerse vosotros mismos. ¡Oh, pensad! Mirad a un niño pequeño. Come hoy su pan, mañana también y después al otro, al otro y al otro. Por fin se hace un hombre: alto, robusto y hermoso. ¿Fue su madre la que le hizo así? No. Su madre lo concibió, ges­tó, dio a luz y lo lactó amándolo sobre manera. Mas el pequeñín, si además de la leche no hubiese recibido sino ba­ños, besos y amor, hubiera perecido de inanición. Aquel pequeño se hace hombre por el alimento para adultos que toma, y el hombre se conserva tal porque diariamente toma su alimento. Lo mismo sucede con vuestro yo espiritual. Nutridlo con el Alimento verdadero que del Cielo desciende y que del Cielo os trae todas las energías para haceros viriles en la Gracia. La virilidad sana y fuerte es siempre buena. Observad cómo es más fácil ver a uno que es enfermizo ser desabrido, poco indulgente y sin paciencia. Mi Alimento os hará sanos y fuertes en la virilidad del espíritu y sabréis amar a los de­más más que a vosotros mismos, como Yo os he amado. ■ Porque, mirad, hijos: Yo os he amado, no como uno se ama a sí mismo sino más que a Mí mismo. Tanto que me entregué a la muerte por salvaros de ella. Si así amáis, cono­ceréis a Dios. Y ¿ya sabéis qué quiere decir conocer a Dios? Quiere decir conocer el gusto del verdadero Gozo, de la ver­dadera Paz y de la Amistad verdadera. ¡Oh, la Amistad, la Paz y el Gozo de Dios! Es el premio prometido a los bienaventurados y que se da ya a quien sobre la tierra ama con todo lo que es. El amor, si ha de ser verdadero, no es de palabras si­no de hechos y activo como lo es su fuente que es Dios. Ni se cansa nunca de obrar por desilusiones que le ocasionen los hermanos. ¡Qué pobre es aquel amor que se desploma como pájaro de alas débiles cuando un obstáculo le hiere! El verdadero amor, por más que esté herido, sube. Si ya no puede volar, se sirve de las uñas y del pico para trepar a fin de no quedar tendido en la sombra y en el hielo y así estar al sol que es medicina para todos los males. Y tan pronto recobra el vigor, reemprende el vuelo y, cual maripo­sa angélica, va de Dios a los hermanos y de éstos a Dios transportando el polen de los jardines celestiales para fecun­dar las flores de la tierra y llevando a Dios, para que los acoja y bendiga, los perfumes tomados de las flores más hu­mildes. Mas ¡ay si se distancia del sol! El Sol es mi Eucaristía porque en ella, mientras Yo, el Verbo, opero, el Padre ben­dice y el Espíritu ama. Venid y tomad. Este es el Alimento que quiero que comáis vosotros”.
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1   Nota   : Cfr. Juan 13,34.
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IV
«Si permanecéis en Mí y mi doctrina permanece en vo­sotros, se os dará cuanto pidáis» (1)
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(Sumario del cuarto dictado: El Señor, al hacerse nuestro alimento, nos nutrimos de Él; pero con mayor razón Él se nutre de nosotros: dos hambres insaciables y continuas. La vid nutre a sus sarmientos; mas son los sarmientos los que hacen la vid. El agua alimenta los mares pero son los mares los que alimentan el agua. Por eso debemos permanecer en Él. Separados moriríamos. Él es alimento para el espíritu y para el pensamiento. El espíritu se nutre de su Carne. El pensamiento se nutre de su Palabra, que es el Pensamiento del Padre. Nuestro pensamiento debe nutrirse de su Doctrina. Sin su doctrina nos hacemos esclavos de otras. Ahora Él es el Cuerpo y nosotros los sarmientos y por eso toda la perfección –Gozo proveniente del Padre, el Poder, la Paz–, que en Él circula, se transfunde en nosotros para formar parte inseparable de Él).
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.  “Yo desciendo hasta dentro de vosotros haciéndome vuestro alimento. Mas, como Centro que soy, os aspiro a Mí. Vosotros os nutrís de Mí; pero, con mayor razón, Yo me nutro de vosotros. Las dos hambres son insaciables y continuas. La vid nutre a sus sarmientos; mas son los sarmientos los que hacen la vid. El agua alimenta los mares; pero son los mares los que alimentan el agua volviendo a subir en evapo­raciones para bajar de nuevo. Por eso vosotros debéis perma­necer en Mí como Yo en vosotros. Separados, moriríais vo­sotros, Yo no. Yo soy alimento, tanto para el espíritu como para el pensamiento. El espíritu se nutre de la Carne de un Dios. Esencia efusa de Dios (2), no puede darse alimento que no proceda de su matriz. ■ El pensamiento se nutre de mi Palabra que es el Pensamiento de un Dios. ¡Vuestro pensamiento! La inteligencia es la que os hace semejantes a Dios porque en la inteligencia hay memoria, entendimiento y voluntad, como en el espíritu hay semejanza para ser espíritu libre e inmortal. Vuestro pensamiento, para ser capaz de recordar, en­tender y querer el bien, debe nutrirse de mi Doctrina. Ella os recuerda los beneficios y las obras de Dios, quién es Dios y qué se le debe. Ella os hace comprender el bien y discer­nirlo de mal. Ella os impulsa a querer hacer el bien. Sin mi doctrina os hacéis esclavos de otras que se autodenominan «doctrinas» cuando no son sino errores. Y así, como naves sin brújula ni timón, al salir de la ruta, vais derechos al nau­fragio. ¿Cómo podéis entonces decir: «Dios me ha abandona­do» si sois vosotros los que le habéis abandonado a Él? Permaneced en Mí. Si no permanecéis, es señal de que me odiáis y mi Padre odia a quien me odia, porque quien me odia a Mí odia al Padre por ser Yo uno con el Padre. Permaneced en Mí. Haced que el Padre no pueda distinguir el sarmiento de la vid al ser tan perfecta la unión de ambos. Que no pueda advertir dónde acabo Yo y comenzáis voso­tros al ser tan plena la semejanza. El que ama termina to­mando del amado sus inflexiones, muletillas y gestos. Quiero que seáis otros tantos Jesús. Y esto porque quiero que tengáis cuanto pedía —hechos una sola cosa con­migo, no podéis pedir sino cosas buenas— y no recibáis re­pulsas. Y esto porque quiero que tengáis aún más de lo que pedís, porque el Padre derrama sus tesoros en un continuo fluir de amor sobre su Hijo. Y así el que está en el Hijo dis­fruta de esta efusión infinita que es el amor de Dios que se goza en su Verbo y circula en Él. Ahora Yo soy el Cuerpo y vosotros los miembros y por eso el Gozo que me inunda proveniente del Padre, el Poder, la Paz y toda otra perfección que en Mí circula, se transfunden a vosotros, mis fieles, que formáis parte de Mí de un modo inseparable, tanto aquí como más allá. ■ Venid y pedid. No tengáis reparo en pedir. Podéis pe­dir todo porque Dios todo lo puede dar. Pedid para voso­tros y para todos. Yo os lo enseñé. Pedid por los presentes y los ausentes. Pedid por los pasados, presentes y futuros. Pedid por esta vuestra jornada y por vuestra eternidad, así como por ésta y aquella de quienes amáis. Pedid, pedid, pedid. Por todos: Por los buenos para que Dios les bendiga; y por los malos para que Dios los con­vierta. Decid conmigo: «¡Padre perdónales!» (3). Pedid: lasa­lud, la paz en la familia, la paz en el mundo y la paz para la eternidad. Pedid la santidad. Sí, también ésta. Dios es San­to y, a la vez, Padre. Pedidle, junto con la vida que os man­tiene, la santidad a través de la Fortaleza que viene de Él. No tengáis miedo en pedir: el pan cotidiano y la ben­dición cotidiana. No sois todo cuerpo ni tampoco, por aho­ra, todo espíritu. Pedid por uno y por otro y se os dará. No tengáis miedo de excederos. Yo, no sólo pedí para voso­tros mi misma gloria sino que os la di, desde luego para que seáis semejantes a Nosotros que os amamos y así conoz­ca el mundo que sois hijos de Dios (4). Venid. En este mi Corazón está vuestro Padre. Entrad y que Él os pueda reconocer y decir: «Que se haga gran fiesta en los Cielos porque he vuelto a encontrar a un hijo al que amaba» (5). ■ ­«Te he dejado contenta», dice Jesús. «Todo lo he ha­blado Yo. He querido que hablase mi Voz eucarística. Tened esto como un regalo mío. Te bendigo a ti y a cuantos lo han de escuchar»”. (Escrito el 14 de Junio de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Juan 15,7.   2  Nota  : Cfr. Definición que aclara en el siguiente dictado.   3  Nota  : Cfr. Lucas 23,34.   4  Nota  : Cfr. Frase que se reproduce  en el siguiente dictado.  5  Nota  : Cfr. Lucas 15,11-32.
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44-456.- Jesús aclara algunas frases de la Hora Santa.
*  Jesús aclara —con referencias al Génesis, libros del A. T. y episodios evangélicos correspondientes a los muertos resucitados— para los doctores difíciles el significado de la frase: «El espíritu es esencia efusa de Dios».Vuelvo a leer hoy, día 15, la Hora santa dictada ayer y Jesús me dice: “Para aquellos que se toman la libertad de sacar siem­pre punta a mis palabras, he de decirles que, si no las com­prenden, estudien teología pues ellas están del todo conformes con cuanto la teología enseña. ■ Y en cuanto a la frase que, sin duda, les causará fasti­dio: «El espíritu es esencia efusa Dios» (1), piensen que el alma es «soplo infundido por Dios». Vosotros, privados de alma, sois cadáveres. ● Abran el Génesis y verán que dice: «El Señor Dios for­mó al hombre con el barro de la tierra, y le inspiró en el rostro el soplo de la vida» (2). No me digan: «Para darle vida». No. Para dar vida a los animales domésticos o salvajes, cuadrúpedos, reptiles, peces o pájaros, no tuvo necesidad de «inspirarles en el rostro el soplo vital». Los creó y… asunto concluido. El soplo de Dios es el alma vida. Es el aliento del Espíritu de Dios que se hace espíritu vital en el hombre. ● Abran asimismo los Evangelios. ¿Con qué creéis que devolví Yo la vida a los muertos? ¿Con la mano? ¿Con la voz? No. Infundiéndoles mi aliento que, por ser de Dios, era vital, es decir, era espiritual, era alma. Me inclinaba sobre muertos y, tomándoles de la mano, les mandaba: «Levánta­te» (3). Sí. Mas eso era la forma externa y visible puesto que, mientras me inclinaba, les alentaba el espíritu, en su rostro, esto es, la efusión del espíritu y tornaba la vida. Y si en la resurrección de Lázaro (4),ésos, los que sa­can punta a mis palabras, me dicen: «Tú no te acercaste a Lázaro», respondo: «Por esto, en dicho milagro, invoqué la ayuda del Padre —aprended, hombres—, y para tenerla sin fallo, le di gracias antes del milagro por haberme oído: «Pa­dre, te doy gracias por haberme oído. Yo sé que siempre me escuchas, mas lo digo por el pueblo que me rodea a fin de que crea que Tú me has enviado». Fe segura, reconocimiento pronto. Reconocimiento anticipado, o mejor, prueba de una fe segura. En Lázaro, en­cerrado en el sepulcro y alejado por tanto de Mí, salvando la distancia, las vendas y la podredumbre, sobreviene la efu­sión vital de Dios y retorna la vida. ● Abran también el Libro por el III de los Reyes, capítu­lo 17 (5). ¿Cómo devuelve Elías la vida al hijo de la viuda de Sarepta? Tendiéndose por tres veces sobre el niño muerto y gritando a Dios. Mas también espirando al muerto el espíri­tu que la plegaria dirigida a Dios habíale hecho potente con potencia vital. Elías, profeta, es decir, siervo de Dios, pero no Dios ni tampoco Hijo de Dios, ha de repetir por tres ve­ces la plegaria y la infusión. Ahora bien, es siempre aliento que, infunde, aliento espiritual. ● ¿Y no dice acaso el Libro: «No queráis ser semejantes a los animales cuya vida está en las narices?»(6). Indicando con ello que la Vida no está en la respiración sino en lo profundo, en un punto secreto, pero del que se expande por todo el cuerpo y del que puede difundirse mediante latidos que pueden subir al Cielo: caridad dirigida a Dios; y derra­marse sobre la tierra: caridad para con el prójimo. Por eso es: esencia efusa e infundida por Dios que se nutre del ali­mento de Dios”.
*  Otra frase que podría chocar a los escribas de hoy día —aquella frase sobre la gloria, por Él reclamada y otorgada— Jesús la justifica hablando de su última plegaria referida por el evangelista Juan. Plegaria que descubre horizontes y tesoros de salud porque enseña las tres virtudes teologales y las cuatro cardinales. ■ “Y en relación con la otra frase: «Yo, no sólo pedí para vosotros mi misma gloria sino que os la di desde lue­go…» (7) que, sin duda, les chocará, tomen el Evangelio y lo abran por donde aparece mi oración última antes de la Pasión (8). Sería provechoso que nutrieran a diario su espíri­tu con ella y la diesen en pan troceado a la grey de los «pe­queños» que les confié. ■ ¡Menos libros y librotes, escribas del siglo 200! sino esta, esta, esta oración cuyas palabras abren horizontes, fuen­tes y tesoros de salud porque os enseñan amor, fe, esperan­za, fortaleza, justicia, prudencia y templanza. Y si no descu­bren estas virtudes en ella, difícilmente aceptarán mi lección que se las muestra. ● Es el amor la nota fundamental de toda mi oración. La fe, cuando Yo pido para los hombres los dones ce­lestiales. La esperanza, cuando hablo de aquellos que aún no son pero que se santificarán, ya que el Padre los santificará aun después de que Yo no esté evangelizando entre los hombres. ● La fortaleza, al entonar Yo esta mi oración que pare­ce un himno de triunfo en la hora en que sé que está a pun­to lo que es tortura para la carne y aparente fracaso de toda esperanza, fe y amor de parte de Dios y de parte de los hombres, lo mismo que en Dios y que en los hombres. ● La justicia, cuando Yo pido que «sean una sola cosa con el Padre y conmigo» aquellos que no son hijos de perdi­ción al no haber querido seguir a Satanás. No, no perece aquel que no quiere perecer. No perece. Y al que no quiere perecer le está reservada la amistad y la unión con Dios, pues el Padre y Yo somos justos y juzgamos con justicia te­niendo presente la debilidad del hombre y las circunstancias que aumentan esta debilidad. ● En mi oración pongo también la prudencia, pues no digo: «Ellos son santificados por Mí no habiendo necesidad de más ya que estoy seguro de ellos». No, sino que digo: «Santifícalos en la caridad». Os ruego que esta santificación sea inexhausta para contrarrestar la inexhausta y deletérea acción de la naturaleza incitada por Satanás. ● Y, por último, está la templanza al no osar decir: «Me sacrifico totalmente y lo quiero totalmente para los hombres». Lo querría; mas no sería justo porque muchos no merecen salvación por su maridaje con Satanás. Y así Yo pi­do con templanza por aquellos que se santificarán por haber creído y vivido conforme a la Palabra que el Padre me con­fió para que se la diese. A estos tales les doy la gloria que el Padre me dió. «Y la gloria que Tú me diste se la he dado a ellos para que sean una misma cosa con Nosotros»” (Juan cap. 27 v. 2) (9).
* María Valtorta, «la pequeña voz de Jesús», rebautizada con el nombre de «Juan», “sabe escucharme y comprenderme porque me ama. Aquí radica su fuerza. Me ama y por eso os supera a vosotros, doctos… pero sin amor”.- ■ “Esta es la frase de mi pequeño Juan que a ellos parecerá herejía. No. Yo le protejo, me lo estrecho al corazón y pongo dentro del cerco de mis brazos a este «pequeño» que sabe escucharme y comprenderme porque me ama. Aquí radica su fuerza. Me ama y por eso os supera a vosotros, doctos, que lo sois de la única manera que lo podéis ser: con una sola ala para vuestra ciencia, pues la otra os falta al no tener ar­diente y total caridad, ya que sois doctos pero sin amor. Esta mi pequeña «voz» que es como la de un pajarillo que está con las alas tensas dispuesto a seguir en su vuelo al águila porque querría ir tras ella para oír su canto y repe­tirlo a sus compañeros, merece —porque el águila real no oprime a los pajarillos pequeños antes hácelos sus amigos hasta en la cautividad— merece que la poderosa corriente formada por el vuelo real arrastre su pequeñez, incapaz de elevaciones, hasta alturas paradisíacas y que, bajo la protec­ción de sus potentes alas, la defienda de los milanos y falco­netes dejándola nutrirse sobre la roca solitaria con los peda­citos de pan que ella le desmiga. ■ Porque el águila le ama. ¡Cuánto le ama a esta pequeña voz! Por eso le ha pues­to por sobrenombre «Juan» porque, además del Águila divina, sea también a defenderla el águila apostólica y así aprenda su canto del nuestro, tenga paz al abrigo de nuestra fortaleza, calor por el Sol al que la llevamos y alimento por lo que le damos. Yo la defiendo. Yo y también Juan. Y cuando el pajarillo ya no tenga voz y enmudezca tras su postrer profesión de amor, cuando sus diminutas alas se retraigan sobre su corazón que tanto palpitó de amor y se cierren sus ojos, no por saciedad de mirar al Sol, su Sol (10), sino porque su ardor le habrá consumido, nosotros lo tomaremos y llevaremos con nosotros más allá del límite que separa lo humano de lo sobrehumano posándolo en el regazo de María, a los pies del trono de Dios para que, vol­viendo a abrir alas, boca y ojos, vuele, cante y vea. Vuele hacia el Sol-Dios, cante al Sol-Dios y vea al Sol-Dios”.
*  La Hora Santa fue dictada para muchos pero está dedicada a los que la deseaban: P. Migliorini, Paula, Marta.- ■ “Esto para quienes «la odian sin razón» como me odia­ron a Mí. Por el contrario, para los que me aman digo que les hago el regalo de la Hora Santa (11). La dicté para muchos, pero la dedico a los que la deseaban y al P. Migliorini. No la dedico a «mi» pequeña voz. Ella es adoradora perpetua y tiene a su Maestro que, a todas horas, le sugiere las adora­ciones teniéndola Corazón con corazón. La dedico al Padre M. que es el pequeño padre de esta pequeña voz y cuyo Padre es Dios. A Paula de la que quiero que ahora y siempre piense y sienta que tiene un Padre y una Madre en el Cielo y esté tranquila porque la fe en un amor verdadero —y ninguno más verdadero que el nuestro— ­proporciona tranquilidad. A Marta, porque también ella tiene necesidad de pensar que no se encuentra sola. Y pensarlo, incluso, cuando la «pequeña voz» esté lejos de ella pero inte­resándose por ella aún más que ahora en mi seno. Os bendigo a todos”.
* María Valtorta ha sentido la suave sensación del abrazo protector de Jesús.- ■ Cuando Jesús decía: “Yo protejo a mi pequeño Juan; lo estrecho contra mi Corazón, lo pongo dentro del cerco de mis brazos”, sentí cómo Jesús me cogía de los hombros con su mano derecha sobre mi hombro derecho y su mano izquierda sobre mi hombro izquierdo. Me atraía hacia Sí de esta forma: estando a mi espalda y hablándome por entre los cabellos para dictar el resto del dictado. Sentía el aliento de Jesús en lo alto de mi cabeza y sus largos cabellos cosqui­llearme la sien. ¡Qué hermoso es estar así bajo el manto de Jesús y contra su Corazón! Sentía, no veía a Jesús. Tan sólo le vi exclusivamente para mí el 7 de Junio. (Escrito el 15 de Junio de 1944).
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1  Nota  : Véase la nota Nº 2 del dictado precedente.   2  Nota  : Cfr. Génesis 2,7.   3  Nota  : Cfr. Mateo 9,25; Marcos 5,41; Lucas 7,14; 8,54.   4  Nota  : Cfr. Juan 11,1-44.   5  Nota  : La cita exacta, de acuerdo con la nomenclatura entonces en uso, corresponde al Iº de los Reyes 17,17-24.   6  Nota  : Probable alusión al Eclesiastés 3,21.   7  Nota  : Véase la nota Nº 4 del dictado precedente.   8  Nota  : Cfr. Juan 17.   9  Nota  : La cita en paréntesis que parece añadida posteriormente por María Valtorta, está equivocada en lo referente al capítulo que de debe ser 17 en lugar de 27.   10  Nota  : Recordemos que María Valtorta, en los años de aislamiento psíquico que precedieron a su muerte cuando, una vez perdida la capacidad de dialogar, permanecía en su lecho de enferma sin escribir ni trabajar, solía exclamar: «¡Qué sol hay allí!».   11  Nota  : Dictada el día anterior y ahora dedicada a personas bien conocidas y mencionadas repetidas veces: Padre Migliorini, Paula Belfanti y Marta Diciotti.
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44-571.- La oración es la respiración del alma.
* Pureza física y pureza de corazón. ■ Dice Jesús: “El amor, la misericordia, la oración, la mortificación y el deseo de poseer los dones de Dios y la santidad, sentimientos dignos sin duda de alabanza, pueden mancillarse con impurezas que los maleen haciendo que no sean aceptos a Dios. ■ La pureza de corazón no consiste en poseer un corazón encerrado en un cuerpo virgen ni en un cordial deseo de permanecer tal. La pureza de corazón es algo tan delicado que la pureza física viene a ser nada en su parangón. Muro sólido es ésta contra el que rebotan, sin lesionar de importancia, las tentativas de Satanás. Basta con que uno no quiera ni llegue a violarse a sí mismo. La otra, en cambio, es telaraña de plata a la que el ala de un moscón la puede romper. El ala de un moscón, esto es, la irreflexión del espíritu que deja de estar de continuo sobre sí con atención. Entonces resulta facilísimo el que las cosas más santas se manchen con herrumbres humanas descomponiéndose o, al menos, sufra deterioro la bondad de su esencia”.
“Dios la puso en el corazón del hombre como una necesidad de respirar… La oración es la que mantiene vivo el espíritu teniéndole siempre en presencia de Dios”.- Jesús: “¡La oración! ¡Oh, qué cosa tan buena es la oración! Dios la puso en el corazón del hombre como una necesidad de respirar. ¿Acaso no es la respiración del alma? Sin respiración cesa hasta el movimiento de la sangre y el cuerpo muere. La oración es la que mantiene vivo el espíritu teniéndolo siempre en la presencia de Dios. Dos que se ven no pueden olvidarse, ¿no es cierto? Pues bien, la oración es colocarse ante Dios con el ropaje de hijo y decirle: «Heme aquí. Sé que Tú eres mi Padre y por eso vengo a tu lado. ¿Con quién hablar en la seguridad de ser escuchado sino con Aquel que me enseñó la Palabra, su Palabra?». ■ Ahora bien, la oración, como las demás cosas, debe ser pura y no hecha por interés humano. De mil millones de plegarias que a diario se hacen sobre la tierra, 999 millones se hacen para pedir dichas humanas, dinero, salud y, a las veces, hasta llegan a pedir la muerte para librarse de quien resulta odioso, o un mal para un semejante vuestro que, por fas o por nefas, tiene la culpa de no haceros gracia. ¿Puede acaso Dios proporcionar un mal para dar gusto a uno que odia? Sólo un millón de plegarias son las que se hacen para pedir auxilios sobrenaturales que os permitan subir a aquella perfección que vosotros queréis alcanzar para agradar a Dios que os quiere santos y unidos a Él. ■ Este millón de plegarias suben humildes y gratas diciendo: «Padre, ayúdame a santificarme. Mi debilidad necesita de Ti para ser fuerte. Padre, Yo quiero amarte con perfección y no lo sé. Enséñame a hacerlo Tú que eres Amor. Padre, sé muy bien y recuerdo cuánto me tienes dado; sin Ti sería un miserable, no sólo por el cuerpo sino mucho más por el espíritu. Gracias, Padre, por todo. Te digo: ‘Todavía, que no me falten todavía tus beneficios’, y esto no por sed de bienestar humano. Si te digo «todavía», no es por la carne sino por mi espíritu al que quiero conseguir la Patria eterna. ¡Oh Padre santo!, tu criatura suspira por tu seno. Sosténme en el camino para que no me desvíe por otros y así pueda llegar a Ti, mi Reposo y mi Gozo»”. (Escrito el 26 de Julio de 1944).
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47-368.- Prov. 25: “Comer miel en demasía no es bueno ni la búsqueda de gloria y más gloria”.
* Plegaria al Señor por una lección sobre la frase de los Proverbios cap. 25, v. 27: “Quien escruta la majestad se verá oprimido por su gloria:- ■ Señor, te doy gracias por haber escogido mi nada y te ruego me mantengas en mi simplicidad de niño ignorante para que siempre pueda recordar tu Majestad y contemplarla sin que, por querer hacerme escrutador de su poder, no resulte oprimido por tu Majestad, tan buena y paciente con los pequeños y tan severa con los soberbios que se quieren sobreponer y escudriñarte por encima de lo que Tú quieres. Padre Santo, mantenme en tu Luz para que yo comprenda lo que Tú quieres; pero, sobre todo, hazme ciego y estulto antes de permitir que llegue a ser uno de esos escrutadores de tu poder a los que Tú tanto aborreces. (Escrito el 13 de Junio de 1947).
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46-75.- «El Padre Nuestro»: oración perfecta.
* “«El Padre nuestro» enseña a orar”.- ■ Azarías dice: “Esta Misa, alma mía, es propiamente para ti. Para ti en la hora presente para iluminar tu corazón con los rayos de la esperanza, de la confidente esperanza en el Señor tu Padre, tu Hermano y tu Esposo. Mira, da comienzo con las palabras de tu plegaria interior: «Escucha, Señor, la voz de mi plegaria; a Ti te habla mi corazón». Sí, verdaderamente tu corazón habla al Señor tu Dios, y con palabras que no se pronuncian por necesidades terrenas, por alivios físicos ni por cosa alguna de la que los hombres acostumbran a dirigirse al Altísimo pidiéndole cosas del todo terrenas. No es pecado pedirlas. ■ Jesucristo, Señor Santísimo, enseñó a los hombres a pedir el pan de cada día. Mas, si acertaseis a meditarla, veríais que esta petición, de una necesidad totalmente humana, la pone a seguido de estas tres sublimes peticiones: que al Nombre Santísimo de Dios se le tributen los honores debidos al mismo; que venga su Reino; y que se haga su Voluntad así en la tierra como en el Cielo. La oración, perfecta al ser enseñada por el Verbo, tras haber planeado en las alturas, desciende cual golondrina de la luz amorosa, en raudo vuelo, a suplicar: «danos hoy nuestro pan de cada día»; mas he aquí que, de pronto, torna a subir de la necesidad animal del alimento a la necesidad espiritual del alma y vuela, aligerada de nuevo por el deseo de perdón de la criatura, «como nosotros perdonamos sus débitos a nuestros deudores», pidiendo ser perdonada y, después de haber desarrollado un ciclo de oración perfecta, termina posándose nuevamente a los pies de Aquel a quien, adorándole, llamó al principio «Padre», pidiéndole lo que un Padre amoroso puede hacer: defender a sus hijos de la tentación. ■ Esta oración enseña al hombre, sin laguna ni defecto alguno, cómo, por qué, y para qué se debe orar. Mas, generalmente, el hombre no hace sino pedir por la acuciante necesidad material. ¡Y si tan solo fuese por la necesidad de pan…! Mas, ¡cuántas necias, cuando no ofensivas peticiones desgranan las afanosas plegarias de los hombres! Uno que tan solo ruegue por cosas espirituales y por la gloria de Dios y el bien de sus hermanos, viene a ser como una estrella encendida en el gris uniforme de la Humanidad. Así es como ve el Cielo a estos orantes solitarios y su súplica resuena con voz de oro entre la cantinela de las desentonadas, roncas y pobres súplicas del 90 por 100 de las criaturas. Verdaderamente, si por un instante el Perfecto accediese a las demandas de la imperfección, esto es, de la Humanidad que ama voluntariamente la imperfección; si se hubiera de dar cumplimiento a cuanto habría de entrañar pecado —porque rara vez los hombres se abstienen de suplicar porque se vean secundados sus instintos y saciados sus deseos viciosos— o si tal vez no se llegara hasta el pecado, siempre sería un envilecimiento de la criatura que olvidándose de que tiene un alma, se ocupa y preocupa tan solo de dar satisfacción a su cuerpo”.
* Grados de perfección en la oración.-Azarías: “Mas, bienaventurados aquellos que saben pedir por su espíritu y por las cosas espirituales. Y más bienaventurados aún quienes ni cosas santas saben pedir sino que se limitan a decir: «Tú que sabes qué es lo mejor para mí, dame lo mejor». Y, bienaventurados en sumo grado son aquellos que llegando hasta a olvidarse de sí mismos y de pedir a Dios que les dé lo mejor, se limitan a formularle esta petición: «Te ruego que se cumpla lo que es de tu gloria y sirve para la santificación de los hermanos». Entonces es cuando el que ora se eleva hasta la oración perfecta, hasta aquella que, olvidando los propios martirios, suplica por los demás. ■ La súplica de Jesús Santísimo sobre la cruz sobrepujó en elevación a la obediencia del Getsemaní. Fue más elevada por ser de perfecta caridad: «¡Padre, perdónales!». Cuando dices: «Padre, no por mí sino por el bien del que tantos hermanos pueden estar necesitados y para que este bien contribuya al aumento de tu gloria», entonces es cuando llegas a la perfección en la oración, perfección por la que la criatura de tal manera se adhiere a su Dios que llega a fundirse con Él y a compartir sus mismos deseos que son: el bien, la santificación y la gloria de los hombres para glorificar al Señor. Esta es la voz de tu plegaria. Así habla tu corazón a Dios y Dios por esto te ama como hija muy querida”.
* “La vida de un alma amante debe ser desde la Tierra lo que ha de ser en el Cielo: un mirar fijamente de continuo a la Divinidad… ¡Qué gozo poder estar prendida la mirada en la Divinidad! Esta es, María, la bienaventuranza del Cielo”.-Azarías: “«Busqué tu Faz y la hallaré». ¡Esto! ¡Así es! Y no imitar a aquellos que, tras haber buscado la Faz de Dios en la hora de la necesidad, ya no la buscan, una vez obtenida la gracia, como tampoco a aquellos que, no habiendo recibido la gracia, dejan de buscar la Faz de Dios, cual si Él fuese un enemigo invisible a sus ojos. ■ No. La vida de un alma amante debe ser desde la Tierra lo que ha de ser en el Cielo: un mirar fijamente de continuo a la Divinidad para adorarla, honrarla, amarla, gozarse en Ella y captar sus palabras de luz, como hacemos nosotros, los ángeles. Y ¿en la necesidad? Levantar la mirada espiritual a Dios. ¿En la satisfacción por la gracia obtenida? Levantar la mirada espiritual a Dios. ¿En el gozo? Levantar la mirada espiritual a Dios. ¿En el dolor? Levantar la mirad espiritual a Dios. ¿En los abandonos? Levantar la mirada espiritual a Dios: para recibir ayuda, para darle gracias, para hacerle partícipe de vuestro gozo, para que se compadezca de vuestro dolor y para no estar solos. ■ ¡Qué gozo poder estar prendida la mirada en la Divinidad! Esta es, María, la bienaventuranza del Cielo”. (Escrito el 2 de Junio de 1946).
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1   Nota   : Azarías, según María Valtorta, es un Ángel, su Ángel de la Guarda, Autor de este “Libro de Azarías”. Es quien se lo habría dictado.
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Lección del domingo de Pentecostés
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46-83.- Ejemplo de lo que es la oración verdadera: “Imagínate una mujer que porta en el seno a su hijo”.
* “María mereció el matrimonio divino pues su belleza era de justicia y los apóstoles merecieron el Crisma Pentecostal por su obediencia, oración y humildad transformándose de hombres en «voces»”.- Dice Azarías: “Te he dicho antes que María era bella y amada porque su belleza era de justicia por voluntad propia además de por voluntad de Dios, habiendo sido por ello merecedora del matrimonio divino. Y también te he dicho que los apóstoles merecieron el Crisma Pentecostal por su obediencia y por su oración preparatoria para el acontecimiento. Las almas, si han de ser merecedoras del Amor, han de apetecerlo con voluntad propia y, con obediencia y oración incansables, mantenerse dignas de Él. Si así no lo hacen, vana resultará en ellas la bajada del Espíritu Santo porque, al bajar, no podrá hacer su morada en ellas y volverá a subir rápidamente al Cielo dejando aridez, hielo, tinieblas y silencio donde podría haber habido fecundidad, calor, luz y lecciones divinas. Mas si esto es así para todos los fieles, para los instrumentos lo es mucho más. Los Apóstoles, de hombres, fueron transformados en voces de Dios por obra del Paráclito y con la propia preparación en obediencia y oración. ■ Los llamados a una especial misión —y toda llamada es prueba, que no elección segura e inmutable— son transformados en «voces» por obra del Amor y por la propia preparación en obediencia y oración. No apliquéis otros nombres que no sean estos dos a las «hados» que alcanzan a ser instrumentos. Es su obediencia, su conversación con Dios, su obediencia a los mandatos de Dios lo que les hace ser lo que son. Y no deis otro nombre que el de desobediencia y orgullo a las caídas de aquellos que aparentaban ser justos pero que de tales tan solo tenían el barniz exterior. Nunca cesaré, alma mía, aún a costa de parecerte reiterativo, de exhortarte a esas virtudes —necesarias a todos, mas de un modo absolutamente indispensable y en medida plena, para quienes son elegidos a una vía extraordinaria— que son: una perfecta obediencia y una perfecta humildad, de espíritu de unión con Dios, o sea, oración vivida y no ya un murmullo maquinal de oraciones a determinadas horas”.
* Muchos son los doctos pero pocos los justos pues a la sabiduría no asocian la justicia. Saben quién es Dios pero no quieren bajar este conocimiento del cerebro al corazón y cambiar de humanos a espirituales”.-Azarías: “El otro día, en un último amaestramiento, te expliqué cómo aún aquello que tu mente no comprende, porque no posee nociones de teología, opera en ti espirituales transformaciones porque el alma, sin saberlo tu propio entendimiento que no la puede seguir por carecer de conocimientos teológicos, absorbe el jugo de las lecciones recibidas y te nutres de ellas. Deja, pues, que, como tú dices, tu cerebro no perciba sino el sonido exterior e incomprensible de tan profundas lecciones. Es ésta una parte de ti, la mejor, la que de igual manera y verdaderamente se nutre de ellas. Y eso tiene un mayor valor que si tú, con tu inteligencia, estuvieses capacitada para analizar y entender cada una de las palabras; pero entonces este análisis vendría a ser un frío estudio de la mente y no pan y fuego del espíritu. ■ Muchos son los sabios mas pocos los que a la sabiduría le asocian la justicia. Y esto ¿por qué? Porque saben quién es Dios pero no quieren hacer que baje este conocimiento del cerebro al corazón, al espíritu, y así doctos pero no justos ni se cambian de criaturas humanas a espirituales. Son grandes en orgullo mas no en obediencia. Atrevidos en juzgar pero mezquinos en amar. Muchas son las palabras que fluyen de sus labios, mas éstas bajan en lugar de subir porque son palabras y no flechas de amor lanzadas hacia el Cielo”.
* Ejemplo de oración verdadera: imagínate una mujer que porta en el seno a su hijo. A cada latido del corazón de la madre corresponde otro del corazón del hijo, ya que es una misma sangre la que circula por sus venas”.- Azarías: “La oración… ¡oh!, te quiero traer un ejemplo de lo que es la oración verdadera. Imagínate una mujer que porta en el seno a su hijo. El corazón del que está por nacer no es uno con el de la madre; distantes, separados ambos por órganos y membranas, diríase que son independientes. Con todo, a cada latido del corazón de la madre corresponde otro del corazón del hijo, ya que es una misma sangre la que circula por sus venas. Así pues, esto mismo acontece en la oración cuando ésta es «oración» de verdad. Es un acompasar los propios latidos de amor de la criatura con los latidos de amor de su Dios, cual si una misma sangre de amor imprimiera el movimiento a los dos corazones distantes sincronizándolos en sus latidos. ■ Mas si el niño nace, toma entonces una pulsación independiente porque, a la sazón, se halla separado de la madre, fuera de ella. Así, cuando el creyente se separa y sale de Dios, sus latidos ya no están sincronizados con los de Dios. El niño sale por ley natural que es buena. El creyente, en cambio, sale por elección voluntaria que no es buena. Nunca salgas tú del seno amoroso del Amor”. (Escrito el 9 de Junio de 1946).

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