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El tema “Mujer” comprende:
a) Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
.         «El Evangelio como me ha sido revelado»
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b) Dictado extraído de los «Cuadernos 1943/50»

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a) Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
«El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)

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(<Jesús acaba de predicar en el mercado de Cafarnaúm y, con sus discípulos, se dirige a la casa de Pedro. Cuando está cerca de la casa, le comunican que le está esperando en ella su tía, María de Alfeo. Despide a sus discípulos y entra a la casa>)
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2-95-92 (2-60-577).- Sacerdocio místico femenino, para María de Alfeo (1).
* Sacerdocio místico femenino, muy necesario ante el altar de la Gran Víctima y ante muchos paganos que se doblegarán ante su santo heroísmo”.- ■ “¿Donde está la mamá, mujer?” pregunta Jesús a la mujer de Pedro. “En la terraza, Maestro. Allí hay sombra y está fresco. Sube también Tú. Allí será mejor que en otra parte de la casa”. Jesús sube por la pequeña escalera. ■ En un ángulo, bajo la tupida pérgola de vid, sentada en un pequeño banco colocado junto al pretil, vestida toda de oscuro, cubierto el rostro por el velo, está María de Alfeo. Llora bajo, calladamente. Jesús la llama: “¡María! ¡Mi querida tía!”. Ella levanta su pobre cara angustiada y extiende sus manos: “¡Jesús! ¡Traigo un gran dolor en el corazón!”. Jesús está cerca de ella. La fuerza a permanecer sentada, pero Él sigue de pie con su manto todavía echado en el hombro. Pone una mano en el hombro de su tía, la otra entre las manos de ella, y le dice: “¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras tanto?”. María de Alfeo: “¡Oh Jesús! Escapé de casa diciendo que voy a Caná a buscar vino y huevos para el enfermo. Está en casa tu Madre que cuida como Ella sabe hacerlo y estoy tranquila. Pero en realidad vine aquí. He corrido durante dos noches para llegar aquí lo más pronto. Y no puedo más… pero el cansancio no importa. ¡Es el dolor de corazón lo que me hace mal!… Mi Alfeo… Mis hijos… ¿Pero por qué entre los de una misma sangre hay tanta diferencia y por qué esta diferencia es como las dos piedras de un molino para triturar el corazón de una madre? ¿Están contigo Judas y Santiago? ¿Sí? Entonces ya lo sabías… ¡Jesús! ¿Por qué mi Alfeo no comprende? ¿Por qué muere, por qué quiere morir así? ¿Y Simón y José? ¿Por qué están contra Ti y no contigo como los otros dos hermanos Judas y Santiago?”. Jesús: “No llores, María. No les tengo rencor. Se lo dije también a Judas. Los entiendo y siento compasión. Si es por esto por lo que lloras, no llores más”. María de Alfeo: “Lloro, sí, porque te ofenden y luego… porque no quiero que mi esposo muera como enemigo tuyo. Dios no le perdonará… y  yo… no le tendré por siempre en la otra vida…”. María está realmente angustiada y gruesas lágrimas caen sobre su mano izquierda que Jesús ha soltado, la besa de cuando en cuando, y levanta su pobre cabeza destrozada. Jesús la dice: “No, no digas así. Perdono. Y si perdono Yo…”. María de Alfeo: “¡Oh! ven, Jesús. Ven a salvarle el alma y el cuerpo. Ve… ■ Dicen también para acusarte que has quitado dos hijos a un padre que muere, y lo van diciendo por Nazaret, ¿comprendes? Y añaden: «Por todas partes hace milagros, pero en su casa, no puede hacerlos» y se ponen contra mí porque te defiendo diciendo: «¿Qué puede hacer si prácticamente le habéis echado con vuestros reproches; qué puede hacer si no creéis?»”. Jesús: “Es así como has dicho: «Si no creéis». ¿Cómo puedo actuar donde no se cree?”. María de Alfeo: “¡Oh!, Tú puedes todo. ¡Creo por todos! Haz un milagro… por tu pobre tía…“. ■ Jesús: “No puedo”. Jesús al decir esto se le ve apenadísimo. En pie, erguido, apretando contra su pecho la cabeza de María que sigue llorando, parece como si confesase a la naturaleza serena su impotencia, como si la tomara por testigo de su pena de no poder por decreto eterno. La mujer llora más fuerte. Jesús le dice: “Escucha, María, sé buena. Yo te juro que si pudiese y, si conviniese hacerlo, lo haría. Obtendría del Padre esta gracia, por ti, por mi Madre, por Judas, por Santiago y también, sí, también por Alfeo, José, Simón. Pero… no puedo. Un gran dolor oprime tu corazón y no puedes entender la justicia de este no poder mío. Te la puedo decir, pero no la comprenderías. Cuando llegó la hora del tránsito de mi padre, y tú sabes si era justo y si mi Madre le amaba… no le devolví a la vida. No es razonable que la familia en que vive un santo, esté libre de las desventuras inevitables de la vida. Si así fuera, Yo debería ser eterno sobre la Tierra, y sin embargo pronto moriré, y María, mi santa Madre no podrá arrebatarme a la muerte. No Puedo. ■ Lo que puedo hacer, y lo haré, es esto —Jesús se  ha sentado y ha puesto la cabeza de su tía sobre el hombro—, esto: prometerte, por este dolor tuyo, la paz a tu Alfeo, asegurarte que no serás separada de él en la otra vida, darte mi palabra de que nuestra familia estará reunida en el Cielo, toda junta en la eternidad, y que, mientras Yo viva, y también después, infundiré siempre a mi querida tía tanta paz, tanta fuerza, hasta hacer de ella un apóstol para otras tantas pobres mujeres, a las que tú, como mujer, te podrás fácilmente acercarte. Serás mi amiga amada en este tiempo de la evangelización. La muerte de Alfeo, no llores, te libera de los deberes conyugales y te eleva a los más sublimes de un místico sacerdocio femenino, muy necesario ante el altar de la Gran Víctima y ante muchos paganos que doblegarán más su corazón ante el santo heroísmo de las mujeres discípulas, que ante el de los discípulos. Tu nombre será, querida tía, como una llama en el Cielo cristiano… no llores más. Ve en paz. Fuerte, resignada y santa. Mi Madre… ha sido viuda antes que tú… te consolará y como sabe Ella. Ven. No quiero que vayas sola. Pedro te acompañará con la barca hasta el Jordán y de allí a Nazaret en un borriquillo. Cálmate”. María de Alfeo: “Bendíceme, Jesús. Dame fuerzas, Tú”. Jesús: “Sí, te bendigo y te beso, tía”. Y la besa tiernamente, y la retiene por un tiempo contra su pecho hasta que ve que se ha serenado. (Escrito el 2 de Febrero de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Personajes de la Obra magnaAlfeo y familia.
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(<Jesús, en la casa de Susana, acaba de curar a distancia [Ju. 4,46-54] al hijo de un funcionario del rey Herodes>)
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2-151-408 (3-11-43).- “La mujeres, en mi tiempo, similares a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios”.
* La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión. Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión que me está cerrado”. ■ El marido de Susana pregunta: “¿Está curado de verdad ese muchacho?”. Jesús: “¿Y puedes pensar tú que Yo mienta?”. Marido: “No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá”. Jesús: “Para mi espíritu no hay barreras ni distancias”. Marido: “¡Oh, mi Señor, entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda transforma mi llanto en sonrisa: ¡cúrame a Susana!”. Jesús: “¿Qué me das a cambio?”. Marido: “La suma de dinero que quieras”. Jesús: “No ensucio lo santo con la sangre de Mamona (2). Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará”. Marido: “Yo mismo me ofrezco, si lo deseas”. Jesús: “¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?”. Marido: “Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros; creo que para obtener lo que pido, no pueda sacrificar cosa mayor…”. Jesús: “Vivísimo es tu amor hacia tu mujer. Pero si la devolviera a la vida, para tenerla Yo para siempre como discípula, ¿qué dirías?”. Marido: “Que… que estás en tu derecho, y que… que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio” (3). Jesús: “Bien has dicho. ■ Oídme esto todos: la hora de mi sacrificio se acer­ca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la desembocadura. Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión. Mi Madre y María de Alfeo vendrán con­migo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman, o que no me amarán jamás. Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión que me está cerrado. He venido a redimir también a la mujer; y, en los siglos venideros,  en mi tiempo, las mujeres, similares a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios”.
* “Para elegir a las mujeres que no son libres, debo pedir el consentimiento a los padres y a los maridos. ¿Tú lo aceptas? No por ello morirá su amor de esposa; al contrario, subirá al grado más alto, o sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu”.- Jesús: “Yo he elegido a mis discípulos, pero para elegir a las mujeres que no son libres, debo pedir el consentimiento a los padres y a los maridos. ¿Tú lo aceptas?”. Marido: “Señor, amo a Susana. Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí; ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo de Dios. No te puedo dispu­tar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia. Me basta con que —te lo ruego— obres el milagro de sanarla a ella en su carne, y a mí en mis apetitos…”. ■ Jesús: “Susana está curada. Vendrá dentro de pocas horas a anunciarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso. No le digas nada de cuanto ahora he dicho. Verás cómo su alma viene espontáneamente a Mí, co­mo la llama tiende a subir hacia arriba. Pero no por ello morirá su amor de esposa; antes al contrario, subirá al grado más alto, o sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu”. Marido: “Susana te pertenece, Señor. Debía morir, y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Y, una vez muerta, la habría perdido verdaderamente, aquí en la Tierra. Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus senderos. Dios me la dio y Dios me la quita. ¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!”. (Escrito el 1 de Mayo de 1945).
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1  Nota  :  Susana es la novia de las  “bodas de Caná”  donde Jesús convirtió  el agua en vino (Ju. 2,1-12).   2  Nota  :  Mammón significa “dinero” adquirido  injustamente. Por esta razón se le compara e iguala con el demonio. Cfr. Mt. 6,24; Lc. 16,9-13.   3  Nota  : Cfr. Gén. 22,1-18.
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2-152-410 (3-12-45).- María de Salomé (1) es recibida como discípula.
* “Zebedeo, esposo mío, a ti te amo como antes, pero a Él le amo con algo que aun siendo todavía María, ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino algo más”.- ■ Jesús está en la casa de Santiago y de Juan; lo capto por lo que dicen los presentes. Acompañan a Jesús, además de estos dos apóstoles, Pedro y Andrés, Simón Zelote, el Iscariote y Mateo. No veo a los demás. Santiago y Juan están felices. Van y vienen, de su madre a Jesús y viciversa, como mariposas que no saben cuál flor elegir de dos igualmente apreciadas. María Salomé acaricia a sus hijos, feliz, mientras Jesús sonríe. La comida debe de haberse terminado porque sobre la mesa se ven todavía los platos; con todo, ambos se esfuerzan en hacer comer a Jesús uvas blancas que su madre tenía guardadas, y que deben ser dulces como la miel. ¡Qué no darían a Jesús! ■ Pero Salomé quiere ir más allá de las uvas y de las caricias, en dar y recibir. Y, pasado un rato en que ha estado pensativa mirando a Jesús, y a Zebedeo, se decide. Se va al Maestro que está sentado con las espaldas apoyadas contra la mesa, y se arrodilla delante de Él. Jesús le pregunta: “¿Qué quieres, mujer?”. Salomé: “Maestro, Tú has decidido que tu Madre y la madre de Santiago y Judas vayan contigo. También va contigo Susana, y seguro que también irá Juana, la famosa mujer de Cusa (2). Todas las mujeres que te veneran irán contigo. Quisiera estar también con ellas. Tómame, Jesús. Te serviré con amor”. Jesús: “Está todavía Zebedeo a quien tienes que cuidar. ¿Ya no le quieres?”. Salomé: “¡Que si le quiero! Pero te quiero más a Ti. Oh, no quiero decir que te quiera como hombre. Tengo ya sesenta años, y hace ya casi cuarenta que soy esposa, y jamás he mirado a hombre alguno aparte de mi marido. Ahora que soy vieja, no voy a perder la cabeza. No quiero decir tampoco que por ser vieja muera mi amor hacia mi Zebedeo. Pero Tú… Yo no sé hablar. Soy una pobre mujer. Hablo como sé. Quiero decir que a Zebedeo le quiero con todo lo que yo era antes;  a Ti te quiero con  todo lo que Tú has sabido introducir en mí con tus palabras y con las que me han referido Santiago y Juan. Y es algo completamente distinto… pero muy hermoso”. Jesús: “Jamás será tan hermoso como el amor de un esposo sin igual”. Salomé: “¡Oh, no, lo es mucho más!… ¡Oh, no lo tomes a mal, Zebedeo! Te amo todavía con todo mi ser, pero a Él le amo con algo que aun siendo todavía María ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino que es algo más… Oh, no sé cómo  expresarme”. Jesús sonríe a la mujer que no quiere ofender a su marido, pero que no puede guardar en silencio, su grande y nuevo amor. Zebedeo también sonríe, con gravedad, a su mujer, se acerca a ella, la cual, todavía de rodillas, gira sobre sí misma alternativamente hacia su esposo y hacia Jesús. Jesús“¿Pero sabes, María, que deberás dejar tu casa? La casa que tanto amas… tus colmenas, las más famosas de tu pueblo… y que tendrás que dejar ese telar en que has hecho tanta tela y tanta lana para tus seres queridos… ¿Y tus nietecitos? (3), ¿cómo podrás vivir sin ellos?”. Salomé: “¡Pero, Señor mío! ¿Qué cosa quieres que signifiquen las paredes, las palomas, las flores, la vid, las colmenas, el telar, todas estas cosas agradables, queridas, pero que son tan pequeñas respecto de Ti y de amarte a Ti? Los nietecitos… sí, me dolerá no poderlos tener dormidos sobre mis rodillas ni oír que me llamen… ¡Pero Tú eres más que ellos! ¡Oh! ciertamente eres más que las cosas que me has nombrado. Y si todas en conjunto, por mi debilidad, me parecieren más dignas de amar que el servirte y seguirte, yo, con las lágrimas en los ojos, prescindiría de ellas, para seguirte con la sonrisa en mi corazón. ■ Acéptame, Maestro. Decídselo, vosotros, Juan y Santiago… y también tú, esposo mío. Sed buenos, ayudadme todos”. Jesús: “Está bien. Vendrás también con las otras mujeres. He querido que pensases bien sobre el pasado y el presente, sobre lo que dejas y lo que tomas. Ven, Salomé, ya eres apta para entrar en mi familia”. Salomé: “¡Oh, apta! Pero si soy menos de lo que es un niño. Tú me perdonarás mis errores y me tendrás de la mano. Tú… porque siendo como soy una mujer sin educación, voy a sentir mucha vergüenza ante tu Mamá y ante Juana y ante todos, excepto ante Ti, porque Tú eres el Bueno y  todo lo comprendes, de todo te compadeces, y todo lo perdonas”. (Escrito el 2 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Zebedeo y familia.   2  Nota  : Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Juana de Cusa.   3  Nota  : En una copia mecanografiada, María Valtorta corrige “nietecitos”, y pone en su lugar “los hijos de tus hijas”, dando a entender que Juan y Santiago de Zebedeo tenían hermanas, como puede constatarse también en otras partes de la Obra.
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2-153-412 (3-13-47).- Ha sonado la hora de la rehabilitación de la mujer.
* “En mi Iglesia habrá un gran florecimiento de vírgenes, de esposas, de madres santas”.- ■ “¿Qué te pasa, Pedro? Me parece que estás de mal humor” pregunta Jesús que camina por un pequeño sendero del campo bajo las ramas de almendros en flor que anuncian que el tiempo inclemente ha acabado. Pedro: “Pienso, Maestro”. Jesús: “Que estás pensando lo veo. Pero tu cara me dice que no piensas en algo alegre”. Pedro: “Tú que sabes todo lo nuestro, lo sabes”. Jesús: “Claro, lo sé ya. También Dios Padre conoce las necesidades del hombre, pero quiere que haya en el hombre la confianza que exponga las propias necesidades y que pida ayuda. Te puedo asegurar que no tienes razón en estarte atormentando”. Pedro: “¿Entonces tú no quieres mucho a mi mujer? ¿No es verdad?”. Jesús: “Claro que la quiero, Pedro. ¿Por qué no debía quererla? Mi Padre tiene en el Cielo muchas moradas, como muchas son en la tierra las misiones del hombre. Y todas son benditas si se llevan a cabo santamente. ¿Podría yo decir que las mujeres que no siguen a las Marías y a Susana, Dios no las va a ver con buenos ojos?”. Bartolomé dice: “¡No, eso no! Mi mujer también cree en el Maestro, pero no sigue el ejemplo de las otras”. Felipe dice: “Ni tampoco la mía, ni mis hijas; no dejan la casa, pero siempre están dispuestas a abrir las puertas al huésped, como hicieron ayer”. Iscariote dice: “Creo que lo mismo hará mi madre. No puede dejarlo todo… está sola”. Pedro: “¡Es verdad, es verdad!  Estaba yo muy triste porque me parecía que la mía fuese tan… tan poco… ¡Oh, no sé explicarme!”. Jesús: “No la critiques, Pedro. Es una buena mujer”. ■  Andrés: “Es muy tímida. Su madre las hizo plegarse a todas, hijas y nueras, como a ramitas tiernas”. Pedro: “¡Pero después de haber estado conmigo tantos años, debía haber cambiado!”. Andrés: “¡Ay, hermano! No es que tú seas muy dulce, ¿sabes? A un tímido le haces el efecto de una pesada viga entre las piernas. Mi cuñada es muy buena;  y se ve por el solo hecho de que siempre ha soportado con paciencia el mal carácter de su madre, y tus arbitrariedades”. Todos se echan a reír por la conclusión tan franca de Andrés y por la cara de sorpresa, que pone Pedro al oír que le llama arbitrario. ■ También Jesús ríe de buena gana. Luego dice: “Las mujeres fieles que no se sienten con fuerzas de dejar su casa para seguirme, igualmente me sirven quedándose en ella. Si todas hubiesen querido venir conmigo, habría tenido que ordenar a algunas de ellas que se quedasen. Pero ahora que las mujeres se van a agregar a nosotros, debo preocuparme también de ellas. No sería ni decente ni prudente que las mujeres se vieran sin morada yendo de un lado para otro. Nosotros podemos echarnos a descansar en cualquier parte. La mujer tiene otras necesidades y necesita un cobijo. Nosotros podemos quedarnos en un solo cuarto. Ellas no podrían estar entre nosotros, tanto por respeto como por prudencia respecto a su constitución más delicada. No se debe jamás tentar a la Providencia ni la naturaleza más allá de sus límites. Voy a hacer ahora de cada casa amiga, donde hay una mujer vuestra, un cobijo para las hermanas, hermanas de vuestras mujeres: de tu casa, Pedro; de la tuya, Felipe; de la tuya, Bartolomé; y de la tuya, Judas. No podemos imponer a las mujeres el incansable caminar que vamos a llevar nosotros. Las dejaremos en el lugar de encuentro del que partiremos cada mañana para volver por la noche, y allí nos esperarán. Las instruiremos durante las horas de descanso. El mundo no podrá murmurar respecto a si algunas infelices criaturas vengan a Mí, y tampoco se me impedirá el poderlas escuchar. Las madres y las mujeres casadas que nos sigan, nos protegerán, tanto a ellas como a nosotros, de la maledicencia del mundo. Como veis,  estoy haciendo un viaje rápido para saludar a los amigos que tengo o sé que los tendré. Pero no lo hago por Mí, sino por los discípulos más débiles: ellas, con su debilidad sostendrán nuestras fuerzas y las harán útiles para tantas almas”. ■ Pedro: “Has dicho que ahora vamos a Cesarea. ¿Allí quién está?”. Jesús: “En todas partes hay criaturas que esperan al Dios verdadero. Ya la primavera manda sus primeros anuncios de presencia con el florear rosado de los almendros. Los días de escarcha han terminado. Dentro de poco tendré establecidos los lugares de tránsito y de alojamiento para las discípulas; entonces volveremos a ponernos en camino, esparciendo la palabra de Dios sin la preocupación por las hermanas, sin miedo a la calumnia. Su paciencia y dulzura os servirán de lección. También para la mujer está ya sonando la hora de rehabilitación. En mi Iglesia habrá un gran florecimiento de vírgenes, de esposas, de madres santas”. (Escrito el 3 de Mayo de 1945).
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2-157-432 (3-17-68).- Instrucciones a las discípulas en Nazaret.- La tarea que debe llevar a cabo la mujer discípula.
* En la Religión cerrada de Israel y en el Tiempo de la Ira, todo el deshonor recaía sobre la mujer, origen del pecado: estaba confinada en el Templo a cantos e instrucción de las vírgenes. En la Religión universal de Cristo y en el tiempo del perdón todo esto cambia. Toda la Gracia se ha reunido en una sola Mujer y Ella la ha dado a luz al mundo para redención de éste. Por tal razón la mujer ya no es desdén de Dios sino la ayuda de Dios: pueden llegar a ser discípulas del Señor, incluso como sacerdotes menores, coadjutoras de los sacerdotes.- ■ Jesús está todavía en Nazaret, en su casa. Mejor dicho, está en su antiguo taller de carpintero. Con Él están los doce apóstoles y María, María madre de Santiago y Judas, Salomé, Susana y, cosa nueva, Marta (1); una Marta muy afligida con claras señales de lágrimas bajo los ojos. Una Marta desacoplada en este ambiente, tímida al verse sola ante otras personas, y, sobre todo, ante la Madre del Señor. María trata de que hable con las demás, y quitarle ese aire de desacomodo que ve que padece; pero sus caricias más bien parecen no llegar al corazón de la pobre Marta. Rubor y gruesas lágrimas se alternan por sus mejillas bajo ese velo, muy caído, que tiene puesto. Entran Juan con  Santiago de Alfeo. Juan dice: “No estaba Juana, Señor. Se fue con su marido a visitar a una amiga. Así dijeron los siervos”. Santiago de Alfeo concluye: “Lo sentirá mucho, sin duda; de todas formas, ya recibirá tus instrucciones y te verá”. Jesús: “Está bien. No es el grupo de discípulas exactamente como lo había pensado. De todas formas, ya veis que en lugar de Juana ausente, está presente Marta, hija de Teófilo, hermana de Lázaro. Los discípulos saben quién es Marta. Mi Madre también. Tú, María, y tú, Salomé, quizás también, ya sabéis por vuestros hijos quién es Marta, no tanto como una mujer según los criterios de este mundo cuanto como criatura ante los ojos de Dios. Tú, Marta, por tu parte, ya conoces a estas mujeres, que te consideran hermana y que te van a querer mucho. Hermana e hija. Tú tienes mucha necesidad de esto, buena Marta, para tener también consolación humana de afectos buenos que Dios no solo no condena, sino que los ha puesto en el hombre como apoyo del trabajo que la vida supone. Y Dios te trajo justo en la hora por mí elegida para poner las bases, diría  mejor, el esquema según el cual vais a bordar vuestra perfección de discípulas. ■ Discípulo quiere decir: el que sigue las reglas del Maestro, de su doctrina. Por esto, en sentido amplio, serán llamados discípulos todos aquellos que ahora y en el transcurso de los siglos sigan mi doctrina. Y, para no dar muchos nombres diciendo «discípulos de Jesús según la enseñanza de Pedro o de Andrés, de Santiago o de Juan, de Simón o Felipe, de Judas o de Bartolomé o de Tomás y Mateo», se utilizará un solo nombre, que los reunirá bajo un único signo: «cristianos» (2). Pero entre el gran número de los que sean seguidores de mi doctrina ya he elegido a los primeros, y luego a los segundos, y así se hará en los siglos futuros en memoria mía. De la misma forma que en el Templo, y todavía antes, desde Moisés, hubo un pontífice, hubo sacerdotes, levitas, encargados de diversos servicios, oficios y puestos, cantores etc., de igual modo en mi Templo nuevo, que será tan grande y duradero como la Tierra, habrá grandes y pequeños, todos necesarios, todos amados por Mí, y ■ además mujeres, esa categoría nueva que Israel siempre ha despreciado, confinándola a los cantos virginales en el Templo o a la instrucción de las vírgenes en el Templo y nada más. No discutáis acerca de si ello era justo o no; en la Religión cerrada de Israel y en el Tiempo de la Ira, esto era justo. Todo el deshonor recaía sobre la mujer, origen del pecado. En la Religión universal de Cristo y en el Tiempo del Perdón todo esto cambia. Toda la Gracia se ha reunido en una sola Mujer y Ella la ha dado a luz al mundo para redención de éste. Por tal razón, la mujer ya no representa, ya no es el desdén de Dios, sino la ayuda de Dios. Por la Mujer, la amada del Señor, todas las mujeres pueden llegar a ser discípulas del Señor, no solo como la masa sino incluso como sacerdotes menores, coadjutoras de los sacerdotes, a los cuales les pueden dar mucha ayuda, respecto a ellos mismos y respecto a los fieles y a los que no lo son, respecto a aquellos que no serán conducidos a Dios tanto por el rugido de la palabra santa sino más bien por la sonrisa santa de una discípula mía”.
*  Seguirme no es suficiente. Existe el mundo. Grande es su iniquidad. En él está presente de forma especial el pecado de más claro signo satánico: el odio. Y quien odia ve el mal aun en las cosas más santas. A pesar del odio, de cualquier tortura de incomprensión, burla, injuria, mi discípula sabrá continuar sonriendo, señalando con la mano el Cielo, su meta, a la que queréis conducir a los demás, conducirlos, por esa caridad de mujer, que es maternal aun en las jovencitas.-Jesús: “Vosotras habéis pedido seguirme, como me siguen los hombres. Ahora bien, solo seguirme, escucharme o fatigaros es demasiado poco para lo que quiero de vosotras: os santificaríais, lo cual es cosa grande, pero no me es suficiente. Soy el Hijo del Absoluto y de mis predilectos quiero lo absoluto. Quiero todo, porque todo lo he dado. Además, no solo Yo existo, también existe el mundo, esta cosa terrible que es el mundo. Debería ser grande en santidad: una santidad ilimitada de la multitud de los hijos de Dios en número y en magnitud. Por el contrario, es grande en su iniquidad. Su compleja perversidad es realmente ilimitada, en  el número de manifestaciones y en la magnitud del vicio. Todos los pecados están asentados en el mundo, el cual, en vez de ser multitud de hijos de Dios, lo es de multitud de hijos de Satanás. En el mundo está presente de forma especial el pecado de más claro signo de filiación satánica: el odio. El mundo odia, y quien odia ve —y quiere hacérselo ver también a quien no ve— el mal aun en las cosas más santas. Si preguntaseis al mundo por qué he venido, no os respondería: «Para hacer el bien y redimir», sino que os diría: «Para corromper y usurpar». Si preguntaseis al mundo qué piensa de vosotros que me seguís, no os contestaría: «Le seguís para santificaros y dar consuelo al Maestro con santidad y pureza» sino que: «Le seguís porque os ha seducido». Así es el mundo. ■ Os digo también esto para que midáis todo antes de mostraros al mundo como discípulas elegidas, las fundadoras de las otras discípulas, cooperadoras de los siervos del Señor. Tomad vuestro corazón en las manos, ese vuestro corazón sensible de mujer, y decidle que vosotras, y él con vosotras, habréis de soportar desprecios y calumnias; que os escupirán y pisotearán; que todo esto lo recibiréis del mundo, del desdén, de la mentira, de la crueldad del mundo. Preguntadle si se siente capaz de afrontar todas las heridas sin dar un grito de indignación, sin maldecir a los que os hieren. Preguntadle si se siente capaz de afrontar el martirio de la calumnia sin llegar a odiar a los calumniadores y a la causa por la que se os calumnia. Preguntadle si, después de que se le haga beber y cubrirse con el rencor del mundo, sabrá siempre producir miel; si al sufrir cualquier tortura de incomprensión, de burla, de injuria, sabrá continuar sonriendo, señalando con la mano el Cielo, su meta, a la que queréis conducir a los demás, conducirlos por esa caridad de mujer, que es maternal aun en las jovencitas, que es maternal incluso para con los ancianos que podrían ser vuestros abuelos, pero que son niños espirituales apenas nacidos e incapaces de comprender y conducirse por el camino, por la vida, por la verdad y sabiduría que he venido a dar con el ofrecimiento de Mí mismo: Camino, Vida, Verdad, Sabiduría divina. Os amaré lo mismo aunque me dijeseis: «No tengo fuerzas, Señor, de desafiar a todo el mundo por Ti»”.
Aceptaré la inmolación de una virgen, primera virgen mía, que ha manifestado su deseo de completar su transformación —de joven a ángel— en el secreto de su casa. En las horas de amargura, causadas por lo que el mundo es, evocaré a esta dulce criatura y bendeciré al Padre, que me enjuga con estas flores de amor y pureza las lágrimas y sudores de Maestro de un mundo que no me quiere”.-Jesús: “Ayer una jovencita (3) me pidió que la inmole, antes de que suene la hora de sus nupcias eternas, porque siente que me ama como se debe amar a Dios, o sea, con todo su ser, hasta la perfección completa de su entrega. Y lo haré. Le oculté la hora para que su alma no tiemble de miedo; o, más que el alma, la carne. Su muerte será semejante a aquella flor que un atardecer cierra su corola esperando volverla abrir el día siguiente, pero que no la vuelve a abrir porque el beso de la noche le ha aspirado su vida. Además, lo haré, conforme a su deseo, de forma que su sueño de muerte preceda en pocos días al mío; para no hacer esperar en el Limbo a esta primera virgen mía; para encontrarla enseguida en cuento muera Yo. ¡No lloréis! Soy el Redentor… Fijaos cómo esta jovencilla santa, que no se limitó al hosanna inmediatamente que recibió el milagro, sino que, cumplido éste, como moneda que puede producir intereses, ha sabido trabajarlo, pasando de la gratitud humana a la sobrenatural, de un deseo terreno al ultraterreno, mostrando poseer una madurez de espíritu superior a la de casi todos —digo, «casi» porque entre vosotros que me estáis escuchando hay niveles de perfección iguales e incluso superiores—; fijaos, digo, cómo ella, una joven, no me ha pedido seguirme, antes bien, ha manifestado su deseo de completar su transformación —de joven a ángel— en el secreto de su casa. ■ Bueno, pues, yo siento tanto amor por ella, que en las horas de amargura, causadas por lo que el mundo es, evocaré a esta dulce criatura y bendeciré al Padre, que me enjuga con estas flores de amor y pureza las lágrimas y sudores de Maestro de un mundo que no me quiere”.
* Jesús señala la tarea de la mujer discípula.-Jesús: “Bien, pues —si tenéis el valor de permanecer cual discípulas elegidas—, he aquí que os señalo la tarea que debéis llevar a cabo para justificar vuestra elección y presencia ante Mí y ante los santos del Señor. Mucho podéis hacer en ayuda de vuestros semejantes y de los ministros del Señor. Ya hace algunos meses lo insinué a María de Alfeo. ¡Cuánta necesidad de la mujer ante el altar de Cristo! ● Una mujer puede —mucho más y mejor que el hombre— tratar las infinitas miserias del mundo, que luego pasarán al hombre para su completa curación. Se os abrirán muchos corazones, especialmente los femeninos, a vosotras, mujeres discípulas; las acogeréis como a amados hijos extraviados que regresan a la casa paterna y que no se atreven a enfrentarse a su padre; seréis las que confortaréis al culpable y aplacaréis al que condena. Muchos vendrán a vosotras en busca de Dios: los acogeréis como a fatigados peregrinos diciéndoles: «Aquí es la casa del Señor. Él vendrá enseguida», y, entre tanto, los rodearéis de vuestro amor; si no llego Yo, llegará un sacerdote mío. ● La mujer sabe amar, está hecha para el amor. Ella envileció, sí, el amor convirtiéndolo en hambre de los sentidos, pero, en el fondo de su carne, atrapado vive aún el verdadero amor, la perla preciosa de su alma: el amor que no sabe del fango acre de los sentidos, el amor hecho de alas y perfumes angelicales, de llama pura, de recuerdos de Dios y de su procedencia de Dios, de recuerdos de que es obra creada por Él. La mujer es la obra maestra de la bondad junto a la obra maestra de la creación, que es el hombre: «Que tenga ahora Adán una compañera para que no se sienta solo» (4). La mujer no debe abandonar a Adán. Aprovechad, pues, esta facultad de amar. Amad con ella al Cristo y, por Él, al prójimo. Sed todo caridad para con los culpables arrepentidos; decidles que no tengan miedo de Dios. ¿Cómo no habríais de saber hacer esto, vosotras, que sois madres o hermanas? ¡Cuántas veces vuestros pequeñuelos, vuestros hermanitos, estuvieron enfermos y necesitaron del médico! Y tenían miedo. Pero vosotras, con caricias y palabras de amor,  le quitasteis el miedo; y ellos, con su manita en la vuestra, recibieron vuestros cuidados, perdido ya el terror que tenían. Los culpables son vuestros hermanos e hijos enfermos que tienen miedo de la mano del médico y de su diagnóstico… No, no ha de ser así; vosotras que sabéis lo bueno que es Dios decid que Dios es bueno y que no hay que tenerle miedo. A pesar de que en tono firme y tajante, dirá: «No volverás a hacer esto jamás», no arrojará de su presencia a aquel que consumó el hecho y enfermó, sino que le asistirá para sanarle. ● Sed madres y hermanas con los santos, que también tienen necesidad de amor. Ellos se fatigarán y se consumirán en la evangelización. No podrán terminar con todo lo que tienen que hacer. Ayudadles vosotras discreta y diligentemente. La mujer sabe trabajar, en la casa, sirviendo a las mesas, con los lechos, en los telares y en todo aquello que es necesario para la vida diaria. El futuro de la Iglesia será un continuo dirigirse de los peregrinos a los lugares de Dios; sed vosotras sus pías hospederas, asumiéndoos los trabajos más humildes para dejar libres a los ministros de Dios para continuar la obra del Maestro. ● Y vendrán tiempos difíciles, llenos de sangre, de heroicidad. Los cristianos —incluso los santos— vivirán horas de terror, de debilidad. El hombre no es nunca muy fuerte en el sufrimiento; en cambio, la mujer supera al hombre en esta verdadera heroicidad del saber sufrir: enseñad esta cualidad al hombre, sosteniéndole en las horas de temor, de abatimiento, de llanto, de cansancio, de sangre. En nuestra historia tenemos ejemplos de mujeres grandiosas que supieron realizar actos de audacia libertadora. Tenemos a Judit, Yael. De todas formas —debéis creerlo— ninguna es mayor, por ahora, que la madre ocho veces mártir (siete en sus hijos y una en sí misma) del tiempo de los Macabeos (5). Pero ha de venir otra, a la que seguirán muchas mujeres heroicas del dolor y en el dolor, las mujeres, consuelo de mártires, mártires también ellas, ángeles de los perseguidos; mujeres que, cual mudas sacerdotisas, predicarán a Dios con su modo de vivir y que, sin más consagración que la recibida del Dios-Amor, serán, oh, serán personas verdaderamente consagradas y dignas de serlo. Estos son, a grandes rasgos, vuestros principales deberes”.
* “Vosotras, discípulas amadas, seguid el ejemplo de mi Maestra y de Santiago y Judas, y de todos los que quieran formarse en la gracia y sabiduría. Seguid su palabra: es mi voz,  pero mucho más dulce; nada que añadir a ella, porque es la palabra de la Madre de la Sabiduría”.-Jesús: “No tendré mucho tiempo para dedicaros a vosotras en particular, pero os formaréis oyéndome, y lo conseguiréis mejor bajo la guía perfecta de mi Madre. Ayer esta mano materna —y Jesús toma en la suya la mano de María— ha conducido a Mí la jovencilla de que os he hablado, la cual me dijo que el solo hecho de haberla escuchado y de haber estado a su lado unas pocas horas le había servido para madurar el fruto de la gracia recibida, llevándolo a la perfección. No es la primera vez que mi Madre trabaja por su Hijo, el Cristo. Tú y tú, primos míos además de discípulos míos, sabéis qué cosa sea María formando almas para Dios y lo podéis decir a quienes —hombres o mujeres—  sientan el temor de no haber sido preparados por Mí para la misión, o de una insuficiente preparación, cuando Yo ya no esté más entre vosotros. Ella, mi Madre, estará con vosotros ahora y cuando Yo no esté; y después, una vez que me haya marchado definitivamente, Ella os queda, y con Ella queda la Sabiduría con todas sus virtudes. Seguid desde ahora en adelante todos sus consejos. ■ Ayer noche, ya solos, estando Yo sentado al lado de mi Madre, como cuando era pequeño, con mi cabeza apoyada sobre ese hombro suyo tan suave y tan fuerte, me dijo —habíamos hablado de la jovencita que se había puesto en camino en las primeras horas de la tarde llevándose en su corazón virginal un sol más brillante que el que brilla en el firmamento: su secreto santo—, me dijo: «¡Qué dulce es ser la Madre del Redentor!». Sí, qué dulce es cuando la criatura que se acerca al Redentor es ya una criatura de Dios, una criatura en que la única mancha es la Mancha de Origen —la cual no puede ser lavada sino por Mí—  y todas las otras pequeñas manchas de imperfección humana han sido lavadas por el amor. Sí, dulce Madre mía, Tú que guías las almas a tu Hijo, Estrella santa de orientación, Madre suave de los santos, piadosa Criadora de los más pequeños, saludable Cura de los enfermos; sí, pero no siempre vendrán a ti estas criaturas que buscan la santidad, sino lepras, horrores, hediondeces, nido de serpientes enroscadas junto a cosas inmundas, que se arrastrarán hasta tus pies, oh Reina del género humano, para gritarte: «¡Piedad! ¡Socórrenos! ¡Llévanos a tu Hijo!». Entonces habrás de poner esta mano tuya de candor sobre las llagas, inclinarte con tu mirada de paloma paradisíaca sobre las deformidades infernales, aspirar el hedor del pecado, y no huir; antes al contrario, acoger en tu corazón a estos mutilados a causa de Satanás, a estos abortos, a esta podredumbre humana, y lavarlos con tu llanto, y traerlos a Mí… Entonces me dirás: «¡Qué difícil es ser la Madre del Redentor!». Mas tú lo harás, porque eres la Madre… ■ Yo beso y bendigo estas manos tuyas de las que vendrán a Mí tantas criaturas, y cada una será una gloria mía; aunque, antes que mía, Madre santa, será una gloria tuya. Vosotras, discípulas amadas, seguid el ejemplo de mi Maestra y de Santiago y Judas, y de todos los que quieran formarse en la gracia y sabiduría. Seguid su palabra: es mi voz,  pero mucho más dulce; nada que añadir a ella, porque es la palabra de la Madre de la Sabiduría”.
* Y vosotros, amigos míos, aprended de las mujeres la humildad y la constancia”.-  ■ Jesús: “Y vosotros, amigos míos, aprended de las mujeres la humildad y la constancia. Venced la soberbia masculina. No despreciéis a las mujeres discípulas, antes bien moderad vuestra fuerza, y hasta diría, vuestra dureza e intransigencia al contacto de la dulzura de las mujeres. Y sobre todo aprended de ellas a amar, a creer y sufrir por el Señor, porque en verdad os digo que ellas, las débiles serán las más fuertes en la fe, amor y audacia, en el sacrificio por el Maestro, al que aman con todo su ser, sin pedir ni pretender nada, contentas solo con amar para darme consuelo y alegría. Id ahora a vuestras casas o a las casas en que estáis alojados. Yo me quedo con mi Madre. Dios sea con vosotros”.
* Marta, para convertir un desierto (María Magdalena) lleno de víboras en un bosque paradisíaco, se requiere tiempo”.- ■ Todas se van menos Marta a la que Jesús le dice: “Quédate, tú, Marta. Hablé ya con tu siervo. Hoy no hospeda Betania, sino la pequeña casa de Jesús. Ven. Comerás al lado de María y dormirás en la habitación cercana a la suya. El espíritu de José, nuestro consuelo, te confortará mientras descansas, y mañana regresarás a Betania más fuerte y llena de confianza, a preparar también allá mujeres discípulas, en espera de la otra (6), que tú y Yo amamos más. No dudes, Marta. Nunca prometo en vano. Ahora bien, para convertir un desierto lleno de víboras en un bosque paradisíaco, se requiere tiempo… Mi primer trabajo no se ve. Parece como si nada hubiese sucedido. Y, sin embargo, la semilla está ya depositada; todas las semillas. Y luego vendrá la lluvia del llanto a abrir las semillas… y los buenos árboles crecerán… ¡Ven!… ¡No llores más!”. (Escrito el 7 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Marta, la hermana de María Magdalena y Lázaro.  Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Lázaro y familia.   2  Nota  : Cristo mismo  anuncia aquí  (se utilizará un solo nombre… “cristianos”) ese nombre que será dado a los discípulos por primera vez en Antioquía (Hechos 11,26), y también en otros lugares, como 4-280-341, relatado en el tema “Amor-Caridad” (a los creyentes se les llamará “cristianos”) y en 5-362-426, relatado en el tema “Palabra de Dios” (todos los que lleven el nombre de “cristiano”). Igualmente deberán entenderse como predicción todas las demás ocasiones en que el nombre de cristianos (o también el de católicos, como en 7-444-64 relatado  en el tema “Alma”) aparezca en la presente Obra.   3  Nota  :  Se trata de Analía. Cfr.  Personajes de la Obra magna Analía.   4  Nota  : Cfr.  Gén.  2,18-24.    5  Nota  : Cfr.  2  Mac.  7,1-41.   6  Nota  : Se trata de la hermana de Marta:  María Magdalena.
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(<Jesús con los apóstoles y las mujeres van hacia la ciudad de Dora. Santiago de Alfeo, que va entre su madre y Susana, cuenta que Jesús le ha prometido subir los dos solos al Carmelo, y que le recordó las palabras y la oración de Elías en el Carmelo: “De los Profetas del Señor he quedado yo solo”. María de Alfeo está emocionada pero la emoción no mata su curiosidad ni la preocupación. ¿No habrá querido decir que van a encarcelar a su hijo Judas, o… quizás matarle?… Porque si solo queda Santiago es señal de que los otros, incluso Judas…>)
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4-253-158 (4-116-717).- La predicción de Jesús sobre Santiago aflige a María de Alfeo. Jesús y la Virgen María tratan de consolarla hablando del valor redentor de su dolor de madre y desvelando el sentido de la maternidad espiritualizada.
* María, un día te prometí que aquel dolor te alcanzaría de Dios grandes gracias, para ti, para tu Alfeo, para tus hijos y no te mentí: Alfeo murió invocándome y ahora este dolor obtendrá que José y Simón imiten a tu Alfeo”.- ■ María de Alfeo deja al improviso donde están a Santiago y a Su­sana y, ligera como una jovencilla, vuelve hacia atrás corriendo, sin hacer caso a la pregunta que le dirige Judas Tadeo. Llega, como si alguien la estuviera persiguiendo, al grupo de Jesús. “Jesús mío, …estaba hablando con mi hijo… de lo que le dijiste… del Carmelo… de Elías… de los profetas… Dijiste… que Santiago se quedará solo… ¿Qué será de Judas, entonces? ¡Es mi hijo, sabes!” dice toda jadeante por la congoja y por la carrera realizada. Jesús: “Lo sé, María; como también sé que te sientes feliz de que sea mi apóstol. Date cuenta de que tú tienes todos los derechos como madre y Yo los tengo como Maestro y Señor”. María de Alfeo: “¡Es verdad… es verdad… pero Judas es mi hijito!…” y, vislumbrando un momento futuro, se echa a llorar con ganas. Jesús: “¡Oh, son lágrimas muy mal empleadas! Pero todo se le comprende a un corazón de madre. Ven aquí, María. No llores. Ya te consolé otra vez. En aquel momento te prometí que aquel dolor te alcanzaría de Dios grandes gracias, para ti, para tu Alfeo, para tus hijos…”. Jesús ha pasado su brazo por encima de los hombros de su tía y la ha juntado estrechamente a Sí… Ahora ordena a los que iban con Él: “Vosotros id adelante…”. ■ Luego, ya sólo con María Cleofás, sigue di­ciendo: “Y no mentí. Alfeo murió invocándome, y por eso, toda deu­da suya hacia Dios quedó cancelada. María, tu dolor obtuvo esta con­versión para con el Pariente que antes Alfeo no había comprendido, para con el Mesías a quien antes no había querido reconocer; ahora, este dolor tuyo obtendrá que el vacilante Simón y el reacio José imiten a tu Alfeo”. María de Alfeo: “Sí, pero… ¿Qué vas a hacer con Judas, con mi Judas?”. Jesús: “Le amaré más aún de cuanto le amo ahora”. María de Alfeo: “No, no. Hay un presagio amenazador en esas palabras. ¡Oh, Je­sús! ¡Oh, Jesús!…”.
* Hacer la voluntad de Dios a través el destino de nuestros hijos es el martirio redentor de nosotras las madres. ¡Tu oración de ahora para que tu Judas llegue a una edad longeva, cómo te pesaría, cuando, en un Reino de Verdad y Amor, veas todo a través de las lu­ces de Dios y a través de tu maternidad espiritualizada!”.- ■ María Virgen vuelve hacia atrás porque, ante ese dolor cuya naturaleza todavía desconoce, quiere consolar también a su cuñada. En cuanto sabe de qué dolor se trata —porque su cuñada, al verla a su lado, llora aún más fuerte y se lo dice— se pone más pálida que la misma luna. María de Alfeo gime: “Dile tú que no, que no… la muerte para mi Judas…”. María Virgen, aún más pálida, le dice: “¿Podría pedir esto para ti, si ni siquiera para mi Hijo pido que sea salvado de la muerte? Ma­ría, di conmigo: «Hágase tu voluntad, Padre, en el Cielo, en la Tierra y en el corazón de las madres». Hacer la voluntad de Dios a través del destino de nuestros hijos es el martirio redentor de nosotras las madres… ■ Además… nadie ha confirmado que vayan a matarle a Judas, o matarle antes de que tú mueras. ¡Tu oración de ahora para que llegue a una edad longeva, cómo te pesaría entonces, cuando, en un Reino de Verdad y Amor, veas todas las cosas a través de las lu­ces de Dios y a través de tu maternidad espiritualizada! Entonces —estoy seguro de ello—, como bienaventurada y como madre, que­rrías que Judas fuera semejante a mi Jesús en su destino de reden­tor, y anhelarías vivamente tenerle pronto contigo, de nuevo, para siempre. Porque el tormento de las madres es verse separadas de sus hijos: un tormento tan grande, que creo que perdurará, como an­sia de amor (1), incluso en el Cielo que nos acogerá”. ■ El llanto de María —tan fuerte y en medio del silencio de un primer barrunto de alba— ha hecho que todos vuelvan atrás para saber lo que pasa, con lo cual han oído las palabras de María Virgen y la emoción se extiende: llora María de Magdala (2) susurrando: “Y. yo le he procurado ese tormento a mi madre ya desde esta Tierra”; llora Marta diciendo: “La separación de los hijos y la madre significa dolor recíproco”; en los ojos de Pedro no falta un lagrimón. Por su parte el Zelote dice a Bartolomé: “¡Qué palabras de sabiduría para explicar lo que será la maternidad de una bienaventurada!”; “¡Y cómo –le responde Natanael– valorará las cosas una madre bienaventurada: a través de las luces de Dios y de la maternidad espiritualizada…! Se queda uno sin respiración, como ante un luminoso misterio”. Judas Iscariote dice a Andrés: “La maternidad, expresada en esos térmi­nos, se despoja de toda pesantez del sentido y se hace todo alas, digámoslo así. Da la impresión de estar viendo ya a nuestras madres transformadas en una inimaginable belleza”. Juan dice a su hermano: “Es verdad. La nuestra, Santiago, nos amará así. ¿Te imaginas lo perfecto que será entonces su amor?”, y es el único en que se dibuja una luz de sonrisa. ¡Tan­to le emociona gozosamente la idea de que su madre llegue a amar en modo perfecto! (Escrito el 14 de Agosto de 1945)
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1  Nota  : “Tormento… como ansia de amor”.- Esta expresión  no es inexacta,  porque ese tormento materno no perdura en el Cielo como tortura sino como amor.   2  Nota   : María de Magdala, Magdalena,  convertida ya,  viaja también entre las discípulas.
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(<Felipe y Dina, un matrimonio que vive cerca de Nazaret, acaban de ser padres de una nueva niña, la tercera. El padre está enojado porque no hay más que niñas en su matrimonio; incluso, algunos momentos parecía que quería repudiar de su mujer y de su hija. Jesús, que ha pasado por la casa de Felipe y Dina, ha intervenido haciéndole recapacitar sobre su insensato proceder  e invitándole a aceptar con alegría la situación>)
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4-262-220 (5-125-785).- Texto del Levítico sobre la impureza de la mujer (“Moisés la considera impura”) y la respuesta de Jesús.- Función de la mujer en la Iglesia.
* “Dios, a través de Moisés, dio unos preceptos a un pueblo moral y espiritualmente deforme, por su contacto con los idólatras, para que los pecados por los que fue sepultada la tierra e incendiadas Sodoma y Gomorra no se repitiesen”.- ■ Más tarde, apenas ha empezado el largo atardecer, Jesús y los suyos parten de la casa en que estuvieron hospedados. María, con las mujeres, prosigue junto con su Hijo por un sendero que se abre paso entre los olivares de las colinas. Van hablando, como es natural, de los hechos de ese día. Pedro dice: “¡Qué loco es ese Felipe! ¡A punto de repudiar a su mujer y a su hija, si no te hubieras metido a hacerle razonar!”. Tomás dice: “Esperemos que le dure el arrepentimiento de ahora y que no le dé enseguida de nuevo la locada de despreciar a las mujeres. Viendo bien las cosas, si el mundo va adelante, es por las mujeres”, y muchos se echan a reír por su ocurrencia. Bartolomé interviene: “Cierto. Es verdad. Pero su condición impura es mayor que la nuestra y…”. Tomás le interrumpe: “¡Venga ya, hombre! ¡Si nos referimos a impureza!… Tampoco nosotros somos unos angelitos. Mira, me gustaría saber si después de la Redención seguirá siendo así para la mujer. Nos enseñan a honrar a nuestra madre, a tener el máximo respeto para con nuestras hermanas, o las hijas, o las tías, las nueras, las cuñadas… y luego… ¡anatemas a diestro y siniestro! En el Templo, no; acercarte a ellas muchas veces, no… ¿Que pecó Eva? De acuerdo. También pecó Adán. Dios castigó a Eva muy severamente. ¿No es suficiente?”. Bartolomé: “¡Pero hombre, Toma, si hasta Moisés la considera impura!” (1). Tomás: “Y Moisés, si no hubiera sido por las mujeres, se hubiera ahogado… Mira, escúchame un momento por favor, Bartolmai, mira, te recuerdo, a pesar de no ser yo docto como tú sino un orfebre, que Moisés cita las impurezas físicas de la mujer, para que la respetemos, no para condenarla”. ■ La discusión se incrementa. Jesús, que va adelante, precisamente con las mujeres y con Juan e Iscariote, se detiene, se vuelve y dice: “Dios tenía ante Sí un pueblo moral y espiritualmente deforme, contaminado por su contacto con idólatras. Quería convertirlo en un pueblo fuerte tanto en lo físico como en lo espiritual. Dio como preceptos unas normas saludables para la fortaleza física y para la honestidad de las costumbres. No podía hacer otra cosa para frenar la concupiscencia de los hombres, para que los pecados por los que fue sepultada la tierra e incendiadas Sodoma y Gomorra no se repitiesen” (2).
* Las mujeres no serán sacerdotes como los hombres pero pertenecerán a la clase sacerdotal, cooperando con ellos al bien de las almas”.- Jesús: “Pero en los siglos por venir, la mujer redimida no vivirá esta opresión con que vive ahora. Seguirán existiendo las prohibiciones dictadas por la prudencia física, pero los obstáculos que encuentra para acercarse al Señor quedarán eliminados. Yo ya los comienzo a eliminar para preparar a las primeras sacerdotisas de la era que está por venir”. Bartolomé, casi a punto de desvanecerse, pregunta: “¿¡Pero habrá mujeres sacerdotes!?”. Jesús: “No me entendáis mal. No serán sacerdotes como los hombres, no consagrarán y no administrarán los dones de Dios, los que por ahora ignoráis; pero sí pertenecerán lo mismo a la clase sacerdotal, cooperando con los sacerdotes de muchas maneras para el bien de las almas”. Bartolomé, incrédulo, pregunta: “¿Predicarán?”. Jesús: “Como ya predica mi Madre”. Mateo pregunta: “¿Harán peregrinajes apostólicos?”. Jesús: “Sí. Llevarán muy lejos la Fe, y debo decirlo, con mayor heroísmo que los hombres”.
* “La mujer, por su facultad afectiva más fuerte, tiene más predisposición que los hombres a conversar con Dios. Los hombres serán los gigantes de la doctrina; las mujeres sostendrán con oración y penitencia a los gigantes y al mundo. Por esto, harán milagros casi siempre invisibles”.-Iscariote, riendo, pregunta: “¿Harán milagros?”. Jesús: “Alguna también hará milagros. Pero no os apoyéis en el milagro como en algo esencial. Ellas, las mujeres santas, harán también muchos milagros de conversión de pecadores con sus oraciones”. ■ Natanael refunfuña: “¡Uhm… las mujeres rezar hasta el punto de hacer milagros!”. Jesús: “No seas cerrado como escriba, Bartolomé. Según tú ¿qué cosa es la oración?”. Bartolomé: “El volverse a Dios con fórmulas que sabemos”. Jesús: “Eso es y algo más. La oración es la conversación del corazón con Dios, y debería ser el estado habitual del hombre. La mujer, por su vida más retirada que la nuestra y por su facultad afectiva más fuerte que la nuestra, tiene más predisposición que nosotros para esta conversación con Dios. En la oración encuentra consuelo a sus dolores, alivio a sus fatigas —que no son tan solo las del hogar y las del procrear, sino también la de soportarnos a nosotros los hombres—, encuentra aquello que enjuga sus lágrimas y devuelve la sonrisa a su corazón. Porque la mujer sabe hablar con Dios, y sabrá hacerlo mejor todavía en la era que está por venir. Los hombres serán los gigantes de la doctrina; las mujeres serán siempre las que con su oración, sostendrán a los gigantes y también al mundo, porque, efectivamente por sus oraciones y penitencias se evitarán muchas desventuras. Por esto harán milagros, casi siempre invisibles, conocidos sólo por Dios, pero no por eso irreales”.
 El milagro.- ■ Tadeo pregunta: “Tú también hiciste hoy un milagro invisible, cierto y real. ¿No es verdad, Maestro?”. Jesús: “Sí, hermano”. Felipe observa: “Era mejor que hubiera sido visible”. Jesús: “¿Querías que transformara a la niña en un niño? El milagro en realidad es una alteración de las cosas fijadas, por tanto es un desorden benéfico, que Dios concede, para complacer la oración del hombre y mostrarle así que le ama, o bien para persuadir de que Él existe. Mas teniendo en cuenta que Dios es orden, no viola de modo exagerado el orden. La niña nació mujer y mujer queda”. La Virgen dice con un suspiro: “¡Esta mañana me sentía tan afligida!”. Susana pregunta: “¿Por qué? La niña despreciada por su padre no era tuya”. Y añade: “Cuando veo alguna desgracia en un niño, me digo: «¡Menos mal que no tengo hijos!»”. La Virgen responde dulcemente: “¡No digas eso, Susana! ¡Eso no es caridad! También yo podría decirlo porque mi única Maternidad trascendió las leyes naturales. Pero no lo digo, porque pienso: «Si Dios no hubiera querido que fuera virgen, quizás esa semilla habría caído en Mí y sería yo la madre de ese infeliz», y por esto, tengo compasión de todos… Pues digo: «podía haber sido mi hijo» y, como madre, habría querido que todos hubiesen sido sanos, buenos, amados y atractivos, pues no otra cosa desean las madres para sus hijos”. Jesús la mira con unos ojos tan radiantes, que parece vestirla de luz. ■ Iscariote dice en voz baja: “Por este motivo tienes compasión de mí…”. Virgen: “De todos. Aunque se tratara del asesino de mi Hijo, pues pienso que sería el más necesitado de perdón… y de amor, porque, sin duda, todo el mundo le odiaría”. Pedro dice: “Mujer, tendrías que empeñarte mucho en defenderle para darle tiempo de convertirse… Yo sería el primero en quitarle de en medio…”. (Escrito el 24 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Cfr. en cierto sentido:  Lev.12; 15,19-30.   2  Nota  :  Cfr. Gén.  6,5-7, 24; 19,1-29.
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(<Jesús ha dejado Betania y acompañado de apóstoles y mujeres discípulas va recorriendo las regiones que se encuentran al otro lado del Jordán: Ramot, Gerasa, Bozra…>)
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4-290-411(5-154-988).- Los apóstoles no comprenden la compañía de las mujeres en sus viajes.
* El fruto lo verás a su tiempo”.- ■ Mateo dice en voz baja: “Quién hubiera dicho que estas mujeres fuesen a dormir sobre la paja, lejos de sus casas”. Magdalena replica: “¡Nunca he dormido mejor!”. Marta asegura lo mismo.  Pedro se pone al lado de su compañero: “Mateo tiene razón. Yo me pregunto sin poder encontrar explicación, por qué el Maestro os trajo aquí”. Magdalena: “Porque somos discípulas”. Pedro: “Entonces si fuese a donde hay leones, ¿iríais?”. Magdalena: “Claro, Simón Pedro. ¡Es una dicha dar unos pasos con Él, estar cerca de Él!”. Pedro: “Hablando de pasos, la verdad es que son muchos; y para mujeres no acostumbradas a esto…”. Las mujeres protestan tanto que Pedro no tiene más que encogerse de hombros y callarse. ■ Santiago de Alfeo, alzando la cabeza, ve una sonrisa tan luminosa en el rostro de Jesús que le pregunta: “¿Nos puedes decir la verdadera razón de este viaje en el que vienen mujeres… y del que, comparado con la fatiga, se ve tan poco fruto?”. Jesús: “¿Puedes ver el fruto de la semilla que acaba de sembrarse en los campos por los que atravesamos?”. Santiago de Alfeo: “No. Lo veré en primavera”. Jesús: “También Yo te lo digo: “Lo verás a su tiempo…”. Los apóstoles no contradicen.  (Escrito el 29 de Septiembre de 1945).
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5-307-54 (5-173-1079).-  Controversia en la casa de Nazaret: prejuicios contra la mujer.
* “El día de mañana te tocará ver otras cosas muy distintas, hermano. Ni siquiera intento convencerte de tu error. Chocaría contra una mentalidad que has heredado de siglos, mentalidad de ideas, prejuicios equivocados acerca de la mujer”. ■ El telar está parado porque María y Síntica están cosiendo vestidos que trajo Zelote. Doblan y ponen encima de la mesa, en montones ordenados por colores, los pedazos de vestidos ya cortados. Cada cierto tiempo las mujeres toman un trozo de tela para hilvanarlo sobre la mesa. Los hombres permanecen en el rincón donde está el inactivo telar, cerca, pero no interesados en el trabajo de las mujeres. Están también los dos apóstoles Judas y Santiago de Alfeo, los cuales, por su parte, observan con curiosidad cómo trabajan las mujeres pero sin hacerles pregunta alguna. Los dos primos de Jesús están hablando de sus hermanos, sobre todo de Simón que los acompañó hasta la puerta donde vive Jesús y luego se fue “porque tiene un hijo que está enfermo” dice Santiago de Alfeo, para suavizar la cosa y disculpar a su hermano. Judas Tadeo es más duro. Dice: “Precisamente por esto debía haber venido. Me parece que él también se ha vuelto idiota, como todos los nazarenos, si se excluyen Alfeo y los dos discípulos que ahora quién sabe dónde están. ■ Se ve que Nazaret no tiene de bueno nada más, y que ha arrojado todo lo bueno que tenía, como si fuese algo dañino para ella…”. Jesús: “No hables así. No te envenenes el corazón. No es culpa…”. Tadeo: “Entonces ¿de quién es?”. Jesús: “De muchas circunstancias… No indagues. No toda Nazaret es una ciudad enemiga. Los niños…”. Tadeo: “Porque son niños”. Jesús: “Las mujeres…”. Tadeo: “Porque son mujeres. Pero ni los niños ni las mujeres son quienes consolidarán tu Reino”. Jesús: “¿Por qué no, Judas? Estás equivocado. Los niños de hoy serán exactamente los discípulos de mañana. Los que propagarán el Reino por toda la Tierra. Las mujeres… ¿Por qué no lo podrán hacer?”. Tadeo: “Ciertamente, no podrás hacer de las mujeres apóstoles; al máximo, serán discípulas, como Tú has dicho, que servirán de ayuda a los apóstoles”. Jesús: “El día de mañana te tocará ver otras cosas muy distintas, hermano. Ni siquiera intento convencerte de tu error.  Chocaría contra una mentalidad que has heredado de siglos, mentalidad de ideas, prejuicios equivocados acerca de la mujer. Tan solo te pido que mires, que tengas en cuenta las diferencias que observas entre las discípulas y los discípulos y que veas bien, sin pasión alguna, cómo responden ellas a mis enseñanzas. Verás cómo, empezando por tu mamá, que se podría decir que ha sido la primera de las discípulas en el orden del tiempo y por su heroísmo —y lo sigue siendo, haciendo frente con valentía a toda una ciudad que se burla de ella por serme fiel; resistiendo contra las voces de su sangre que no le ahorra reproches por serme fiel—, verás cómo las discípulas son mejores que vosotros”. Tadeo: “Lo reconozco, es verdad. Pero en Nazaret ¿dónde están también las mujeres  discípulas? Las hijas de Alfeo, las madres de Ismael y Aser y sus hermanas. Y para de contar. Demasiado poco. Querría no volver a Nazaret para no ver todo esto”. La Virgen que interviene en la charla, dice: “¡Pobrecilla tu madre! Le darías un gran dolor”. Santiago de Alfeo: “Es verdad. Tiene muchas esperanzas de lograr reconciliar a nuestros hermanos con Jesús y con nosotros. Me imagino que no desea otra cosa más. Pero, ciertamente, no es estando lejos como lo conseguiremos. Hasta ahora te he hecho caso en estar como aislado; pero, desde mañana, quiero salir y acercarme a unos y otros… Porque, si vamos a tener que evangelizar incluso a los gentiles, ¿no vamos a evangelizar también nuestra ciudad? Me niego a creer que toda Nazaret sea mala, que no se la puede convertir”. Judas Tadeo no responde, pero se le ve que está visiblemente inquieto. (Escrito el 19 de Octubre de 1945).
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(<El siguiente episodio tiene lugar después de la curación de un endemoniado en la Decápolis. Los apóstoles se sorprenden de que el espíritu inmundo hiciera tanta resistencia para salir del poseso>)
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6-420-375 (7-111-690).- La vocación de la mujer al amor: “La mujer tiene una sola meta en lo que desea: el amor. Perfectas en el sentimiento, son siempre extremas en la acción: ángeles, si quieren ser de Dios, demonios, si quieren ser de Satanás”.
* El espíritu inmundo era un espíritu completo: con los 7 vicios. De ahí, su resistencia”.- Pedro pregunta: “¿Por qué, Maestro, el espíritu inmundo hizo tanta resistencia?”. Jesús: “Porque era un espíritu completo”. Pedro: “¿Qué quieres decir con eso?”. Jesús: “Escuchadme. Hay quien se entrega a Satanás abriendo una puerta a un vicio capital. Pero hay quien se entrega abriendo a dos, quién a tres, quién a siete. Cuando alguien abre su corazón a los siete vicios, entonces entra en él un espíritu completo. Entra Satanás, el Príncipe negro”. Pedro: “Pero ese hombre, todavía joven, ¿cómo podía estar poseído por Satanás?”. ■ Jesús: “¡Oh, amigos! ¿Sabéis por qué caminos llega Satanás? Son tres en general sus caminos trillados, uno nunca falla. Tres: los sentidos (carnalidad), el dinero, la soberbia de inteligencia. El de los sentidos es el que nunca falla. Es el mensajero de las otras concupiscencias y pasa sembrando su veneno y todo lo hace ver de color de rosa. Por eso os digo: «Sed dueños de vuestro cuerpo». Que sea este dominio el comienzo de cualquier otro dominio, de la misma forma que esta esclavitud es el comienzo de cualquier otra. El esclavo de la lujuria se convierte en ladrón, estafador, cruel, homicida, con tal de servir a su deseo. La misma sed de poder tiene parentesco con la carne. ¿No os parece? Así es. Meditad y veréis que no me equivoco. Por la carne entró Satanás en el hombre, y, feliz si puede hacerlo, si por la carne puede entrar de nuevo, él, uno y séptuplo, con la proliferación de sus legiones de demonios menores”.
* “¿Por qué, Maestro, vemos que muchas mujeres están atrapadas por este demonio?” (de la lujuria). “La mujer no es igual al hombre ni en su formación ni en su reacción a la culpa original. La mujer es sensible, y mucho más porque está destinada a engendrar. Satanás sabía que existía esta perfección. Y ha entrado en esta perfección, y ahí mordió y ahí dejó su veneno”.- ■ Iscariote pregunta: “Tú dijiste que María Magdalena tuvo siete demonios, y no cabe duda que eran demonios de lujuria. Y con todo la libraste muy fácilmente”. Jesús: “Sí, Judas, es verdad”. Iscariote: “¿Y entonces?”. Jesús: “Luego concluyes que lo que Yo digo no sirve. No amigo. La mujer quería ya verse libre del que le dominaba. Quería. La voluntad es todo”. ■ Mateo pregunta: “¿Por qué, Maestro, vemos que muchas mujeres están atrapadas por el demonio, y, se puede decir, por este demonio?”. Jesús: “Mira Mateo. La mujer no es igual al hombre ni en su formación ni en sus reacciones a la culpa original. El hombre tiene otras metas en lo que desea, sea un deseo mejor o peor. La mujer tiene una sola meta en lo que desea: el amor. El hombre, en cambio, está formado de otro modo. La mujer es sensible, y mucho más porque está destinada a engendrar. Sabes bien que toda perfección produce un aumento de sensibilidad. Un oído perfecto oye lo que escapa a otro menos perfecto, y goza menos. Dígase lo mismo de la vista, del gusto, del olfato. La mujer debía haber sido la dulzura de Dios en la Tierra; debía haber sido el amor, la encarnación de este fuego que mueve a Aquel que es; la manifestación, la testigo de este amor. Dios, por eso, la había dotado de un espíritu extraordinariamente sensible, para que, madre un día, supiera y pudiera, a sus hijos, abrirles los ojos del corazón al amor hacia Dios y hacia sus semejantes, de la misma forma que el hombre habría abierto los ojos de la mente a sus hijos para la inteligencia y la acción. Piensa en la orden que Dios se dio a Sí mismo: «Hagámosle a Adán una compañera». Dios que es Bondad, no podía, no podía sino querer hacer una buena compañera a Adán. Quien es bueno ama. La compañera de Adán debía, por tanto, ser capaz de amar para acabar de hacer feliz a Adán en su estadía en el Paraíso terrenal. Debía ser tan capaz de amar, que fuera segunda, colaboradora y sustituta de Dios en amar al hombre, su criatura, de forma que, incluso en las horas en que la Divinidad no se revelaba a su criatura con su voz de amor, el hombre no se sintiera infeliz por falta de amor. ■ Satanás sabía que existía esta perfección. Muchas cosas sabe Satanás. Él es el que habla por boca de los adivinos, diciendo mentiras entremezcladas con verdades. Y si dice estas verdades, que él odia porque es Mentira, lo hace sólo  y tenedlo en cuenta vosotros y quienes os sigan— para seduciros con la quimera de que no es la Tiniebla la que habla sino la Luz. Satanás, astuto, tortuoso y cruel, se ha arrastrado y ha entrado en esta perfección, y ahí mordió y ahí dejó su veneno. La perfección de la mujer en el amar se hizo así instrumento de Satanás para dominar a la mujer y al hombre, y así propagar el mal…”. Juan pregunta: “¿Entonces nuestras madres?”. Jesús: “Juan, ¿tienes miedo de ellas? No todas las mujeres son instrumento de Satanás. ■ Perfectas en el sentimiento, son siempre extremas en la acción: ángeles, si quieren ser de Dios, demonios, si quieren ser de Satanás. Las mujeres santas, y entre ellas, tu madre, quieren ser de Dios y son ángeles”.
“¿No fue excesivo el castigo a la mujer?”.- “No juzguéis jamás las obras de Dios. Y esto como primera condición. Pensad, más bien, que, como por la mujer entró el Mal en el mundo, por la Mujer es justo que entre el Bien en el mundo”.- ■ Tomás pegunta: “Maestro, ¿no te parece que fue injusto el castigo que recibió la mujer? También el hombre pecó”. Juan le contesta: “¿Y qué vamos a decir del premio entonces? Está escrito (1) que por la Mujer el Bien volverá al mundo y Satanás será vencido”. Jesús: “No juzguéis jamás las obras de Dios. Y esto como primera condición. Pensad, más bien, que, como por la mujer entró el Mal en el mundo, por la Mujer es justo que entre el Bien en el mundo. Hay que borrar la página que escribió Satanás. Y lo hará el llanto de una Mujer. Y como Satanás gritará por toda la eternidad sus voces, ved que la voz de una Mujer cantará para siempre a fin de acallar esas voces”. Tomás: “¿Cuándo?”. Jesús: “En verdad os digo que su voz ha bajado ya del Cielo donde por la eternidad cantaba su aleluya”. Tomás: “¿Será más grande que Judit?”. Jesús: “Más grande que cualquier mujer”. Tomás: “¿Qué hará?”. Jesús: “Vencerá a Eva en su triple pecado. Obediencia absoluta. Pureza absoluta. Humildad absoluta. Sobre esta base se erguirá, reina y triunfante…”. Tomás: “¿Pero no es tu Madre la más grande porque te engendró?”. Jesús: “Grande es el que hace la voluntad de Dios. Por esta razón María es grande. Todos sus otros méritos le vienen de Dios. Pero eso es suyo y por eso es bendita”.  (Escrito  20  Septiembre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Gén. 3,15.
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(<Jesús con sus discípulos y discípulas está en Nobe, en la casa del anciano Juan. ■ Para todos los personajes de este episodio Cfr. Personajes de la Obra magna>)
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8-511-81 (9-208-513).- La mujer está sujeta al hombre.
* Si está sujeta al hombre, como es justicia, si ha sido castigada más por el pecado de Eva, si su misión está destinada a desarrollarse entre velos y penumbras, no por ello es menos fuerte y capaz que los hombres”.- ■ Jesús con sus discípulos y discípulas está en Nobe, en la casa del anciano Juan.  Está el viejo Juan cerca del fuego y Elisa ajetreada en preparar los alimentos. Ella se vuelve con una sonrisa maternal para mirar a Jesús cuando entra, y se apresura a echar en un tazón grande el trigo o cebada cocido en leche, como  lo he visto hacer a María de Alfeo en Nazaret. Elisa: “Mira. Me acordé de que María de Cleofás me había dicho que te gustaba. Había estado guardando la mejor miel para hacer esto y darle también a Marziam… Siento que el niño no esté aquí…”. Jesús: “Está en casa de Nique con Isaac, porque mañana al amanecer salen, y ella aprovecha el carro hasta Jericó para llevar a cabo la misión que ya sabes…”. Iscariote pregunta con interés. “¿Qué misión, Maestro?”. Jesús: “Una misión muy femenina. Criar a un niño. Solo que el niño no necesita leche, sino fe, porque es pequeño en el espíritu. Pero la mujer es siempre madre, y sabe hacer estas cosas. ¡Y una vez que ella ha comprendido esto!… Vale cuanto el hombre. El hombre tiene fuerzas… Pero mucho más fuerza tienen las caricias maternales”. Elisa, acariciándole con su mirada, le dice: “¡Qué bueno eres con nosotras, Maestro!”. Jesús: “Digo solo la verdad, Elisa. Nosotros de Israel, y no solo nosotros, estamos acostumbrados a ver a la mujer como si fuera un ser inferior, a pensar en ella así. Y no es así. Si está sujeta al hombre, como es justicia, si ha sido castigada más por el pecado de Eva (1), si su misión está destinada a desarrollarse entre velos y penumbras, sin gestos ni gritos llamativos, si todo en ella sucede como cubierto bajo un gran velo, no por ello es menos fuerte y menos capaz que los hombres. Incluso, sin traer a la memoria a las grandes mujeres de Israel, os aseguro que hay mucha fuerza en el corazón de la mujer. En el corazón. Como para nosotros, varones, en la mente”.
* De la misma manera que Yo para todos los hombres, así una Mujer obtendrá en modo especial para las mujeres gracia y redención. «Tú tratarás de morderle el calcañar». No se tratará más que de un intento, porque la Mujer tendrá, y tiene en sí, aquello que vence al Adversario. Las mujeres cobrarán fuerzas en Ella”.- Jesús: “Os aseguro también que está para cambiar la posición de la mujer respecto a las tradiciones, como respecto a muchas otras cosas. Y ello será justo, porque de la misma manera que Yo para todos los hombres, así, una Mujer obtendrá en modo especial para las mujeres gracia y redención” (2). Iscariote pregunta riéndose: “¿Una mujer? ¿Y, según Tú, cómo va a redimir una mujer?”. Jesús: “En verdad te digo que Ella ya está redimiendo. ¿Sabes lo que es redimir?”. Iscariote: “¡Que si lo sé! Es librar del pecado”. Jesús: “Así es. Pero librar del pecado no serviría de mucho porque el Adversario es eterno y volvería a poner asechanzas. Se oyó una voz en el paraíso terrenal, era la voz de Dios que decía: «Pondré enemistad entre ti y la Mujer… Tú tratarás de morderle el calcañar, porque Ella te aplastará la cabeza» (3). No se tratará más que de un intento, porque la Mujer tendrá, y tiene en sí, aquello que vence al Adversario. Y por tanto, redime desde que existe. Una redención ya presente, aunque oculta; pero pronto se dejará ver a los ojos del mundo y las mujeres cobrarán fuerzas en Ella” (4). Iscariote: “Que Tú redimas… está bien. Pero que una mujer lo pueda… no lo acepto, Maestro”. ■ Jesús: “¿No recuerdas a Tobías? ¿No recuerdas su cántico?” (5). Iscariote: “Sí, pero habla de Jerusalén”. Jesús: “¿Tiene, acaso, ya Jerusalén un Tabernáculo en que esté Dios? ¿Puede Dios presenciar desde su gloria los pecados que se cometen dentro de las murallas del Templo? Era necesario otro Tabernáculo, y que fuese santo, y que fuese estrella que condujera al Altísimo a los extraviados. Y esto se realiza en la Corredentora que por los siglos de los siglos se alegrará con ser la Madre de los redimidos. «Brillarás con una luz resplandeciente. Todos los pueblos de la tierra se postrarán ante ti. Las naciones desde lejos vendrán a ti trayéndote dones y en ti adorarán al Señor… Invocarán tu gran nombre… Los que no escuchen estarán entre los maldecidos, y benditos aquellos que se adhieran a ti… Serás dichosa en tus hijos porque ellos serán los benditos reunidos con el Señor» (6). El verdadero cántico de la Corredentora. Y ya en el Cielo lo cantan los ángeles, que la ven… La nueva y celestial Jerusalén tiene principio en Ella. ¡Oh, es verdad! El mundo lo ignora. Lo ignoran los rabinos ofuscados de Israel…”. Jesús se sumerge en sus pensamientos. ■ Iscariote pregunta a Felipe que está a su lado: “¿Pero de quién está hablando?”. Antes de que Felipe pueda responder, Elisa, que está poniendo en la mesa queso y aceitunas negras, dice con cierto tono de dureza: “Habla de su Madre. ¿No lo comprendes?”. Iscariote: “No había sabido nunca que los profetas la hubieran señalado como a mártir… Hablan solo del Redentor y…”. Elisa: “¿Y piensas que solo se puede ser mártir en el cuerpo? ¿No sabes que esto no es nada para una madre cuando ve morir a su hijo? ¿Tu inteligencia —no me refiero a tu corazón en el que no sé qué haya— tu inteligencia, de la que te glorías, no te ha ensañado que una madre se sujetaría mil veces a la tortura y a la muerte con tal de no oír un suspiro de su hijo? Oye, tú eres un hombre que sabes mucho. Yo no sé otra cosa más que ser mujer y madre. Pero te aseguro que eres más ignorante que yo, porque no conoces ni siquiera el corazón de tu madre…”. Iscariote: “¡Me ofendes!”. Elisa: “No. Soy vieja y te aconsejo. Haz que tu corazón sea inteligente y te evitará lágrimas y castigos. Procura hacerlo”. ■ Los apóstoles sobre todo Judas de Alfeo, Santiago de Zebedeo, Bartolomé y Zelote, se cruzan miradas furtivas y bajan la cabeza para ocultar la sonrisilla que despunta en sus labios por las palabras francas de Elisa dichas a Judas que se cree perfecto. Jesús, que continúa sumergido en sus pensamientos no oye nada. Elisa se vuelve a Anastásica y le dice: “Vente. Mientras comen, vamos a preparar otras dos camas porque tres no bastan”. Y salen. Pedro grita: “¡Elisa no dejaréis la vuestra, ¿no?! No está bien. Yo y Juan podemos dormir sobre las tablas. Estamos acostumbrados”. Elisa: “No. Simón. Hay esteras. Las vamos a poner sobre los bancos” y se va con Anastásica. Los apóstoles, cansados y con el calorcito de la cocina, casi están cabeceando. Jesús, apoyados el codo en la mesa y la cabeza en la mano, piensa. (Escrito el 11 de Octubre de 1946).
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1  Nota  : “Si está sujeta  al hombre, como es justicia, si fue más castigada por el pecado de Eva…”. Cfr. Gén. 3,16  (“Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos. Con dolor darás a luz hijos, necesitarás de tu marido, y él te dominará”);  Eclesiástico 25,33 (“Por la mujer comenzó el pecado y por causa de ella morimos todos”); 1 Tim. 2,11-14 (“La mujer debe ser sosegada y escuchar las instrucciones con atenta sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que quiera mandar a su marido, sino que se quede tranquila. Porque Adán fue formado primero y después Eva. No fue Adán el que se dejó engañar sino la mujer, que, engañada, llegó a desobedecer. Sin embargo, la maternidad la salvará con tal de que lleve una vida ordenada y santa, en la fe y en el amor”); 1 Cor. 11,2-16 (sujeción del hombre a Cristo, de la mujer al hombre); Ef. 5,21-33 (conforme al modelo de Cristo y de la Iglesia, como de cabeza a cuerpo o a miembros, sujeción de la esposa al esposo y amor mutuo); Col. 3,18-19 (sujeción de la mujer al hombre y amor mutuo); 1 Pe. 3,1-7 (obediencia de las mujeres al marido: de esta forma, con su ejemplo, al verlas castas y serias en su conducta, ganarán a aquellos  que se resisten a la predicación).   2  Nota  : “Obtendrá  gracia y redención”: no por propio mérito exclusivo, sino porque, como se leerá luego, tiene en sí aquello que vence al Adversario, es decir, tiene en sí a Jesús-Redentor, como un Tabernáculo en el que está Dios. El tabernáculo representa bien la imagen de la Madre que contiene al Hijo, de quien viene a ser —y esta vez por propio mérito exclusivo— socia hasta el punto de ser llamada Corredentora y Madre de los redimidos.   3  Nota  : “La Mujer  te aplastará la cabeza”.- Cfr. Gén. 3,15.   4  Nota  : “Las mujeres  recobrarán fuerza en la Mujer”.- Gén. 3,14-15 (“Pondré enemistad entre ti y la Mujer … entre tu descendencia y la suya… Tú tratarás de morderle el calcañar porque Ella te aplastará la cabeza”); Ap. 12,1-2 (“Apareció en el Cielo una señal grandiosa: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo los pies y en su cabeza una corona de 12 estrellas. Está embarazada y grita de dolor, porque llegó su tiempo de dar a luz”).   5  Nota  : Es el Cántico de Tobías. Su Cántico, que está en Tob. 13, y cuya parte citada empieza en el versículo 13: “Brillarás con luz resplandeciente…. Pueblos numerosos se postrarán ante ti… Tu nombre será glorioso para siempre…  Serás dichosa  en tus hijos…”.   6  Nota  : Nota anterior.
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(<Esta despedida tiene lugar en la casa de Lázaro en Betania en la víspera del sábado anterior a la entrada en Jerusalén, el Domingo de Ramos. Lázaro acaba de comunicar a Jesús que han venido las mujeres y las ha pasado a la sala blanca>)
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9-583-223 (10-44-296).- Despedida a las discípulas.
* “Juana, los diamantes se forman con lentitud. Se necesitan si­glos de fuego sepultado. No desanimarse. Volver a empezar, esperando en el Señor. A menudo lo que la primera vez parece un fracaso se transforma en triunfo la segunda”.- ■ El charloteo de las mujeres llena la bonita sala blanca, una de las destinadas para los banquetes, de blancas paredes y blanco techo, blancas cortinas gruesas, blancas tapicerías que cubren los asientos, blancas láminas de mica o de alabastro, usadas como cristales de ventanales y para las lámparas. Una quincena de mujeres hablando no es cosa de poco. ■ Pero en cuanto Jesús aparece en el umbral de la puerta, corriendo la pesada cortina, se hace un silencio absoluto. Todas se levantan y se inclinan con el máximo respeto. “Paz a todas vosotras” dice Jesús con una dulce sonrisa… Ningún rastro de la recién terminada borrasca de dolor (1) se ve en su cara, que aparece serena, luminosa, pacífica, como si ninguna cosa penosa hu­biera ocurrido o estuviera para ocurrir con pleno conocimiento suyo. Juana de Cusa dice: “Paz a Ti, Maestro. Hemos venido. Me enviaste el recado de que viniera con todas las mujeres que estaban conmigo. Te he obedecido. Conmigo estaba Elisa. La tengo conmigo en estos días. Y conmigo es­taba ésta, que dice que es seguidora tuya. Había venido buscándote porque no se ignora que yo soy tu feliz discípula. Y también está con­migo Valeria (2), en mi casa desde que estoy en mi palacio. Con Valeria estaba Plautina, que había ido a visitarla. Con ellas estaba ésta. Va­leria te hablará de ella. Después vino Analía, a la que habían infor­mado de tu deseo; y esta jovencita que creo que es pariente suya. Nos hemos organizado para venir. Y no nos hemos olvidado de Nique. ¡Es tan bonito sentirse hermanas en la misma fe en Ti… y esperar que también las que ahora están al nivel de un amor natural por el Ma­estro asciendan más, como ha hecho Valeria!”, y  lo dice, mirando de soslayo a Plautina, que… se ha quedado en el amor natural… Jesús: “Los diamantes se forman con lentitud, Juana. Se necesitan si­glos de fuego sepultado… Nunca hay que tener prisa… ni desanimarse nunca, Juana…”. Juana: “¿Y cuando un diamante se vuelve… ceniza?”. Jesús: “Señal es de que aún no era diamante perfecto. Se necesita más paciencia y más fuego. Volver a empezar, esperando en el Señor. A menudo lo que la primera vez parece un fracaso se transforma en triunfo la segunda”.
* Firmeza en la fe de María Magdalena ante sus compañeras, israelitas y romanas. Concluye: “El fango ha conocido a la Estrella. Él es el que es”. Jesús le dice: “Álza­la como una estrella en las horas de borrasca, para que los corazones claven en ella su mirada y sepan esperar”.-María Magdalena, con su voz de órgano, desde el fondo de la sala dice:  “O la tercera o la cuarta, e incluso más. Yo he sido un fracaso muchas veces, ¡Pero, al final, has triunfado, Rabboni!”. Su hermana Marta dice: “María se alegra cada vez que puede humillarse recordando el pasado…”, y lo dice suspirando pues querría que ese pasado quedara borrado del recuerdo de todos los corazones. Magdalena: “¡Verdaderamente, hermana, es así! Me alegro de recordar el pasado. Pero no para abatirme, como dices, sino para subir más, impul­sada por el recuerdo del mal cometido y por el agradecimiento hacia Aquel que me ha salvado. Y también para que quien duda de sí mismo o de algún ser querido, pueda hallar nuevo aliento y llegar a esa fe que mi Maestro dice que sería capaz de mover las montañas”. Juana, que tan mansa y tímida es y que aún más lo parece si se la compara con la Magdalena, suspira: “Y tú la posees. ¡Dichosa tú! Tú no conoces el miedo…”. Magdalena: “No lo conozco. Nunca ha existido jamás en mi naturaleza humana, y ahora, desde que soy propiedad de mi Salvador, ya no lo conozco ni siquiera en mi alma. Todo ha servido para aumentar mi fe. ¿Pue­de, acaso, una mujer que ha resucitado como yo y que ha visto resuci­tar a su hermano dudar ya de algo? No. Nada me hará ya dudar”. ■ Plautina dice: “Mientras Dios está contigo, o sea, mientras está contigo el Rabí… Pero Él está diciendo que pronto nos dejará. ¿Qué será entonces nuestra fe? Quiero decir vuestra fe, porque yo todavía no he logrado salir más allá de los límites humanos…”. Magdalena: “Su presencia material o su material ausencia no afectarán a mi fe. No temeré. Esto no es soberbia, es conocimiento de mí misma. Aunque las amenazas del Sanedrín se hicieran realidad… No, yo no temeré…”. Plautina insiste: “¿Pero qué puedes temer? ¿Que el Justo no sea justo? Este te­mor tampoco yo lo tendré. Creemos en Él como en muchos sabios cuya sabi­duría gustamos; yo añadiría: de muchos sabios de los que nos nutrimos con la vida de su pensamiento, aun siglos después de haber desapa­recido ellos. Pero si tú…”. Magdalena: “No temeré ni siquiera por su muerte. La Vida no puede morir. Ha resucitado Lázaro, que era… un pobre ser humano…”. Plautina: “No por sí ha resucitado, sino porque el Maestro ha llamado su es­píritu del mundo de ultratumba. Obra que sólo el Maestro puede ha­cer. ¿Pero quién llamará al espíritu del Maestro, si le matan a Él?”. Magdalena: “¿Que quién? Pues Él. O sea, Dios. Dios se ha hecho a Sí mismo, Dios por Sí mismo puede resucitarse”. Plautina: “Dios… sí… en vuestra fe, Dios se ha hecho a Sí mismo. Ya de por sí admitir esto es difícil para nosotros, que pensamos que los dioses vienen los unos de los otros por amores divinos”. María magdalena la interrumpe impetuosa: “Por torpes, irreales amores, debes decir”. Plautina dice en tono conciliador: “Como quieras…”. Y está para terminar la frase pero María de Magdala se anticipa otra vez y dice: “Pero el Hombre —esto es lo que quieres decir— no puede resucitar­se por sí mismo. Pero Él, de la misma forma que por Sí mismo se ha hecho Hombre, porque nada le es imposible al Santo de los santos, pues por Sí mismo se dará la orden de resucitar. Tú no puedes com­prender (3). No conoces las figuras de nuestra historia de Israel. Él y sus prodigios están en esas figuras. Y todo se cumplirá como está es­crito. ■ Yo creo con antelación, Señor. Todo lo creo. Que Tú eres el Hijo de Dios y el Hijo de la Virgen, que eres el Cordero de salvación, que eres el Mesías santísimo, que eres el Libertador y Rey universal, que tu Reino no tendrá fin ni límites, y, en fin, que la muerte no prevale­cerá contra Ti, porque la vida y la muerte han sido creadas por Dios y le están sujetas como todas las cosas. Yo creo. Y, si el dolor de verte desconocido y vejado será grande, mayor será mi fe en tu Ser eterno. Yo creo. Creo en todo lo que de Ti está escrito, en todo lo que Tú dices. ■ Supe creer también respecto a Lázaro, la única que supo obedecer y creer, la única que supo reaccionar contra aquellos hombres y contra aquellas cosas que querían persuadirme de que no creyera. Sólo en el extremo, cercana al final de la prueba, sentí desconcierto… Pero la prueba duraba ya mucho… y ya no pensaba que ni siquiera Tú, Ma­estro bendito, pudieras acercarte al gulal después de cuatro días de muerto… Ahora… ya no dudaría en creer ni aunque, en vez de días, hubiera de abrirse un sepulcro para restituir su presa después de meses de tenerla en su vientre. ¡Oh, mi Señor! ¡Sé quién eres! ¡El fango ha co­nocido a la Estrella!” (4). María se ha acurrucado a sus pies, en el suelo de mármol, ya sin vehemencia: mansa, adoradora con la expresión de su rostro, que tiene alzado hacia Jesús. ■ Jesús pregunta: “¿Quién soy?”. Magdalena: “El que es (5). Esto eres. Lo otro, la exterioridad humana, es el re­vestimiento, el necesario revestimiento que vela tu esplendor y san­tidad, para que tu santidad pudiera venir a nosotros y salvarnos. Pe­ro Tú eres Dios, mi Dios”. Y se echa al suelo, a besar los pies de Cristo, y parece como si no pudiera despegar los labios de los dedos que sobresalen por debajo de la larga túnica de lino. Jesús: “Álzate, María. Mantén siempre con firmeza esta fe tuya. Y álza­la como una estrella en las horas de borrasca, para que los corazones claven en ella su mirada y sepan esperar; al menos eso…”.
* “Os he llamado a vosotras, flor de Israel y del nuevo Reino y, a vosotras flor de la gentilidad. El amor tiene un único lenguaje: hacer lo que el amado enseña y hacerlo para darle honor y alegría”.- ■ Jesús se vuelve luego a todas y dice: “Os he llamado porque en los días que están por venir poco podremos ver­nos, y con poca calma. El mundo estará alrededor de nosotros, y los secretos de los corazones tienen un pudor más grande que el de los cuerpos. Hoy, no soy el Maestro, sino el Amigo. No todas vosotras tenéis esperanzas y temores que comunicarme, pero todas teníais deseos de verme una vez más. Y os he llamado, a voso­tras, flor de Israel y del nuevo Reino, a vosotras, flor de la gentilidad que abandonan las sombras para entrar en la Vida. Grabad esto en el corazón para los días que están por venir: que el honor que prestáis al perseguido Rey de Israel, al Inocente acusado, al Maestro no escu­chado, mitigue mi dolor. ■ Os pido que estéis muy unidas, vosotras las de Israel, vosotras que habéis venido a Israel, vosotras que venís hacia Israel; que las unas ayuden a las otras, que las de espíritu más fuerte ayuden a las más débiles, que las más sabias ayuden a las que saben poco o nada y sólo tienen el deseo de nuevos conocimientos, para que su deseo humano, con el cuidado de las hermanas más adelantadas, se trans­forme en deseo de llegar a la Verdad sobrenatural. ■ Sed compasivas las unas para con las otras. Las que han sido for­madas en la justicia por la Ley divina durante tantos años, sean compasivas con aquellas a las que la gentilidad hace… distintas. No se cambia de un día para otro el hábito moral, si no es en casos excepcionales en que interviene un poder divino para producir un cambio ayudando a una voluntad muy buena. Que no os asombre el ver, en las que vienen de otras religiones, que no avanzan, y, algunas veces, que retroceden a los viejos caminos. Tened presente el comportamien­to del propio Israel respecto a Mí, y no pretendáis de las gentiles la docilidad y la virtud que Israel no ha sabido ni ha querido usar conmigo. ■ Sentíos hermanas las unas de las otras. Hermanas a las que el destino en este último período de mi vida mortal ha congregado en torno a Mí… ¡No lloréis!… El destino os ha congregado tomándoos de distin­tos lugares, por tanto, hermanas con idiomas y costumbres distintos que hacen un poco difícil el comprenderse humanamente. Pero, en verdad, el amor tiene un único lenguaje, que es éste: hacer lo que el amado enseña, y hacerlo para darle honor y alegría. En esto podéis entenderos todas. Y que las que más comprenden ayuden a las otras a comprender. ■  Luego… en el futuro, en un futuro más o menos lejano, en cir­cunstancias diversas, os separaréis de nuevo y os diseminaréis por las regiones de la Tierra: algunas volviendo a las comarcas en que nacieron, otras yendo a un exilio que no pesará, porque las que lo su­fran habrán llegado ya a una perfección de verdad que les hará com­prender que no es el ser conducidos acá o allá lo que constituye el exilio de la verdadera Patria, porque la verdadera Patria es el Cielo. Porque el que está en la verdad está en Dios y tiene a Dios en sí; por tanto, está ya en el Reino de Dios. Y el Reino de Dios no conoce fron­teras; ni sale de ese Reino quien, por ejemplo, sea lle­vado de Jerusalén a Iberia o a Panonia o a Galia o a Iliria. Siempre estaréis en el Reino si permanecéis siempre en Jesús, o si venís a Jesús. ■ Yo he venido a congregar a todas las ovejas: las del rebaño pater­no; las de otros; también las que carecen de pastor y son agrestes (más que agrestes: salvajes), y están hundidas en tinieblas tan obs­curas que no les permiten ver ni una iota, no sólo de ley divina, sino tampoco de ley moral. Personas desconocidas que esperan pasar a ser conocidas en la hora que Dios destina para ello y que luego en­trarán a formar parte del rebaño de Cristo. ¿Cuándo? ¡Oh, años o si­glos, respecto al Eterno, son iguales! Pero vosotras seréis las antici­padoras de las que irán, con los Pastores futuros, a recoger en el amor cristiano, ovejas y corderos salvajes para conducirlos a los pas­tos divinos. Que vuestro primer campo de prueba sean estos lugares. ■ La pequeña golondrina que alza sus alitas para volar no se lanza inmediatamente a la gran aventura. Intenta el primer vuelo des­de el alero del tejado hasta la vid que da sombra a la terraza. Luego vuelve al nido, y de nuevo se lanza, esta vez a la terraza de al lado, y vuelve. Y luego más lejos… hasta que siente que se hace fuerte el nervio del ala y segura su orientación; entonces juega con los vientos y los espacios, y va y viene chillando, persiguiendo a los insectos, pa­sando al ras de las aguas, remontándose hacia el sol, hasta que, en el momento exacto, abre segura las alas para el largo vuelo por las zonas más calientes y ricas de nuevo alimento, y no teme cruzar los mares, ella que es tan pequeña, un punto de acero bruñido perdido entre las dos inmensidades azules del mar y del cielo, un punto que va, sin miedo, mientras que antes temía el leve vuelo desde el alero hasta el sarmiento frondoso; un cuerpo musculoso, perfecto, que hiende el aire como una flecha y no se sabe si es el aire el que trans­porta con amor a este pequeño rey del aire, o es él, el pequeño rey del aire, el que con amor surca sus dominios. ¿Quién piensa, al ver su vuelo seguro, que aprovecha vientos y densidades de la atmósfera para ir más veloz; quién piensa en su primer, desmañado, vuelo, he­cho de aletazos descompuestos, lleno de miedo? Para vosotras será lo mismo. Y que así sea. Para vosotras y para todas las almas que os imiten. Uno no adquiere una habilidad al im­proviso. Ni desánimos por las primeras derrotas ni soberbia por las primeras victorias: las primeras derrotas sirven para hacer mejor las cosas otra vez, las primeras victorias sirven como acicate para hacer las cosas aún mejor en el futuro y para convencerse de que Dios a una buena voluntad la ayuda”.
.   ● Estad siempre sujetas a los Pastores. Y ahora y siempre sed hijas para mi Madre. Amaos y amadme en María. No erraréis nunca porque Ella es el Árbol de la Vida, el Arca viva de Dios, la Forma de Dios”.-Jesús: “Estad siempre sujetas a los Pastores en lo que es la obediencia a sus consejos y disposiciones; sed para ellos siempre hermanas en lo que es la ayuda en la misión y el apoyo en sus fatigas. Decid esto también a las que hoy no están aquí. Decídselo a las que vendrán en el futuro. ■ Y ahora y siempre sed como hijas para mi Madre. Ella os guiará en todo. Puede guiar a las jóvenes, a las viudas, a las casadas, a las madres, pues Ella ha conocido todas las consecuencias de todos los estados por experiencia propia, además de por sabiduría sobrenatu­ral. Amaos y amadme en María. No erraréis nunca, porque Ella es el Árbol de la Vida, el Arca viva de Dios, la Forma de Dios (6), en quien la Sabiduría se hizo una Sede y la Gracia se hizo Carne. ■ Y ahora que he hablado en general, ahora que os he visto, deseo escuchar a mis discípulas y a las que son la esperanza de las futuras discípulas. Podéis marcharos. Yo me quedo aquí. Aquellas de voso­tras que tengan que hablar conmigo que vengan. Porque no volvere­mos a tener un momento de íntima paz como éste”. ■ Las mujeres hablan entre sí. Elisa sale con María y María Cleo­fás. María de Lázaro escucha a Plautina, que quiere convencerla de que haga algo; pero parece que María no quiere, porque hace claros gestos de negativa con la cabeza y luego se marcha dejando plantada a su interlocutora, y, pasando, toma consigo a su hermana y a Susa­na, y dice: “Nosotras tendremos tiempo de hablar con Él. Dejemos con Jesús a éstas, que tienen que marcharse”. (Escrito el 22 de Marzo de 1947)
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1  Nota  : Se refiere al último intento,  fallido intento,  de Jesús para salvar a Judas Iscariote.   2  Nota  : Valeria, Plautina.- Cfr.  Personajes de la Obra magna:  Romanos/as.   3  Nota  : Alusión  a los prodigios  realizados por Moisés. Cfr. entre otros: Ex., Núm., sobre Elías (1 Rey. 17-22), Eliseo (2 Rey. 2-13).   4  Nota  : “Estrella”, esto es Jesús. Cfr. Núm. 24,17; 2 Pe.1,19; Ap.2,28; 22,16.   5  Nota  : “El que es”.-  Cfr. Ex. 3,13-15; Is. 42,8.   6  Nota  :  Forma de Dios es  una expresión que María Valtorta corrige, en una copia mecanografiada, como forma de Dios y forma para Dios, y que explica con la siguiente nota: “Forma de Dios” porque el Creador, que la había predestinado a ser la Madre de Dios, de la misma ma­nera que le había dado un alma preservada, por singular privilegio, de la Culpa Origi­nal, también le había dado un cuerpo cabalmente perfecto, para que María fuera real­mente hecha a imagen y semejanza espiritual de Dios y corporal del Hijo de Dios hecho Hombre, el más hermoso de entre los hijos de los hombres. “Forma para Dios” porque el Verbo se modeló en su seno tomando de su Madre (la única que le aportó un cuerpo y, por tanto, la única que le transmitió la semejanza con el generador —en este caso: con la generadora—) la forma humana. Ella fue, pues, “forma” para la segunda Persona, que se encarnaba para hacerse Hombre.
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(<Es el miércoles de la semana de la Pasión en los jardines de Herodes donde todos se han reunido, incluso las mujeres. En estos momentos, mientras los apóstoles descansan tendidos bajo los árboles, Jesús manifiesta su deseo de ir donde las mujeres>)
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9-596-358 (10-15-426).- “La gracia y el perdón comienza a descender sobre la mujer con esta mi bendición”.
* Vosotras, mis fieles discípulas, no os sentaréis a mi lado, sobre los doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel, pero formaréis el hosanna junto con los ángeles formando coro en honor de mi Madre”.- ■ La Virgen le dice: “No te muevas. Voy a llamarlas yo. Todos los discípulos duermen…”. Jesús: “Les dejaremos que duerman. Por la noche duermen poco porque les instruyo en la paz del Getsemaní”. María sale, y regresa con las mujeres que pisan muy delicadamente. Le saludan con profunda expresión de respeto, familiar solo en María de Cleofás. Marta saca de una bolsa grande una jarra que rezuma, mientras María Magdalena saca, de un recipiente, también poroso, fruta fresca, traída de Betania; lo pone sobre la mesa, al lado de lo que ha preparado su hermana, o sea, de una paloma asada al fuego, sabrosa, y ruega a Jesús que la coma, diciendo: “Come. Esto da fuerzas. Yo misma la preparé”. Juana ha traído por su parte, vinagre rosado. Dice: “Refresca mucho en estos días calurosos. Mi esposo lo bebe cuando se cansa en sus largos viajes”. María Salomé, María Cleofás, Susana, Elisa, se excusan: “Nosotras no trajimos nada”. Y, a su vez, Nique y Valeria dicen: “Tampoco nosotras. No sabíamos que íbamos a venir”. Jesús: “Me habéis entregado todo vuestro corazón. Y es suficiente. Todavía me daréis más…”. Jesús come. Pero, sobre todo, bebe el agua fresca con miel que Marta le da de la jarra porosa, y fruta. Las discípulas no hablan mucho. Le miran comer. En sus ojos se refleja el amor y la congoja. ■ De pronto Elisa se pone a llorar y se justifica diciendo: “No me explico, pero siento el corazón cargado de tristeza…”. Valeria dice: “Todas sentimos lo mismo, hasta Claudia en su palacio…”. Salomé, en voz baja: “Yo quisiera que fuese ya Pentecostés”. Magdalena dice: “Yo, sin embargo, quisiera que no corriese el tiempo”. Jesús le replica: “Serías una egoísta”. Magdalena: “¿Por qué Rabonni?”. Jesús: “Porque querrías para ti sola la alegría de tu redención. Son millares y millones de seres los que esperan esta hora; o los que por esta hora serán redimidos”. Magdalena: “Es verdad. No había pensado en ello…”, y baja la cabeza mordiéndose los labios para que no se vean las lágrimas de sus ojos y el temblor de sus labios. Se controla inmediatamente. Dice: “Si vienes mañana, podrás ponerte otra vez el vestido que me has encargado. Es un vestido limpio y digno de la cena pascual”. Jesús: “Iré… ■ ¿no tenéis nada que decirme? Estáis mudas y afligidas. ¿Ya no soy Jesús?…” y con una sonrisa les incita a que dejen el silencio. Exclama María de Alfeo: “¡Oh, eres el mismo! ¡Pero en estos días has estado tan majestuoso que ya no puedo verte como al pequeñín que cargué en mis brazos!”. Salomé dice: “Y yo como al Rabí sencillo que entraba en mi cocina en busca de Juan y Santiago”. Magdalena dice con fuerza: “Yo siempre te he conocido así: ¡Rey de mi alma!”. Juana, dulce, cariñosa: “También yo, siempre te he visto como divino, desde aquel sueño en que,  estando ya para morir, te vi que me llamabas a la Vida”. Elisa, que se ha calmado, suspira: “Todo nos has dado, Señor. ¡Todo!”. Jesús: “Todo me habéis dado”. Todas replican: “¡Muy poco!”. Jesús: “No termina el dar, después de este momento. Cesará solo cuando estéis conmigo en mi Reino. Vosotras, mis fieles discípulas, no os sentaréis a mi lado, sobre los doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel, pero cantaréis el hosanna junto con los ángeles formando coro en honor de mi Madre. Y, entonces como ahora, mi corazón encontrará su alegría al contemplaros”. Susana dice: “Yo soy joven. Me falta mucho tiempo para que suba a tu Reino. ¡Feliz Analía!”. Elisa exclama: “Yo ya estoy vieja y me alegro de serlo. Espero pronto la muerte”. María de Cleofás suspira: “Yo tengo hijos… ¡Quisiera servir a estos siervos de Dios!”. Magdalena: “¡No te vayas a olvidar de nosotras, Señor!”, y lo pide con ansia contenida, diría yo: con un grito de su alma, pero en voz baja para no despertar a los que están descansando tendidos bajo los árboles. ■ Jesús: “No me olvidaré de vosotras. Vendré. Tú, Juana, sabes que puedo venir aun cuando esté muy lejos… Vosotras lo tenéis que creer. Os dejaré una cosa… un misterio (1) que me tendrá en vosotras y vosotras en Mí hasta que nos hayamos reunido en el Reino de Dios. Ahora podéis iros. Diréis que os he dicho poco, y que no valía la pena haberos hecho venir. Pero deseaba tener, junto a Mí, corazones que me han amado sin cálculo alguno. Por Mí, por Mí: Jesús; no por el futuro, soñado rey de Israel. Idos; y sed benditas una vez más. También las otras que no están aquí, pero que piensan con amor en Mí… Os bendigo a todas… a todas. La gracia empieza ya a descender, la gracia y el perdón sobre la mujer con esta bendición mía. Podéis iros…”. (Escrito el 2 de Abril de 1947).
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1  Nota  : Alusión  al Misterio eucarístico,  cuyos efectos admirables  para el tiempo y para la eternidad se describen.
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(<La Maternidad de la Virgen ejercida desde el mismo Viernes Santo.- ■ Según esta Obra, una vez muerto Jesús, la Virgen, Madre y Compañera de Jesús, se sintió inmediata y profundamente “Madre de la Iglesia”, y como tal se comportó. “La Iglesia ha sido herida y dispersa”, dirá Ella misma, “pero aun cuando no hubiese nadie, aquí estoy yo”. ■ Así, desde la misma noche del Viernes Santo, empezó a ejercer esta Maternidad congregando a toda la grey dispersa, sosteniendo la fe de todos. La misma noche del Viernes Santo, Nique, la Verónica del Calvario, llegó a la casa del Cenáculo, donde la Virgen residirá por un tiempo, y entregó a Ella el lienzo en el que, en la subida al Calvario, al enjugar la cara sudorosa de Jesús, quedó milagrosamente impreso el Rostro divino. ■ Al día siguiente, Sábado Santo, llega también a la casa del Cenáculo Juana de Cusa>)
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10-614-148 (11-34-632).- “Es siempre la mujer la verdadera generadora”.
* “Nosotras engendraremos la nueva Fe”.- ■ Y viene Juana de Cusa con Jonatás, su siervo. El llanto ha destrozado su cara. Apenas ve a la Virgen dice: “¡Me salvó! ¡Me salvó y Él está muerto! ¡Ahora me arrepiento de que me hubiese salvado!”.Y la Virgen Dolorosa debe consolar a esta mujer, curada pero envuelta en una sensibilidad enfermiza. La consuela, la anima diciéndole: “No le hubieras conocido ni amado, ni habrías podido servirle ahora. ¡Falta mucho que hacer en el futuro! Y deberemos hacer porque, lo ves… Nosotras somos las que hemos quedado, los varones han escapado. Es siempre la mujer la verdadera generadora. En el Bien. En el Mal. Nosotras generaremos la nueva Fe. De esta Fe, depositada en nosotras por el Dios-Esposo, estamos llenas; y la generaremos para la Tierra, para el bien del mundo. ¡Mira cuán bello es! ¡Cómo sonríe y suplica este nuestro santo trabajo! (1) Juana, tú sabes que te amo. No llores más”. Juana: “¡Pero Él está muerto! Sí, ahí asemeja todavía a un vivo, pero ahora ya no está vivo. ¿Qué cosa es el mundo sin Él?”. Virgen: “Volverá. Vete. Ora. Espera. Cuanto más creas, tanto más pronto resucitará. El creer en esto, es mi fuerza… Y solo yo, Dios y Satanás sabemos cuántos ataques ha sufrido mi fe en su Resurrección”. ■ También Juana se va, grácil y encorvada como un lirio demasiado bañado en agua. Y cuando ella sale, la Virgen vuelve a su tortura. “¡A todos! ¡A todos debo dar fuerza! ¿Y a mí quién me la da?”. Y llora acariciando la Faz del lienzo, pues ahora se ha sentado junto al arca sobre la que está extendido el Sudario.  (Escrito el 30 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : La Santa Faz.
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.                   b)   Dictado extraído de los «Cuadernos de 1943/1950»
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Primer viernes de este mes
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44-406.- Visión y mensaje de Jesús a Sta. Margarita María de Alacoque: “Di al mundo que Yo quiero que mi Corazón sea amado”.
* Sufrimiento físico y vacío doloroso (ausencia del Padre Migliorini) de María Valtorta.- ■ Ayer no recibí dictado alguno en particular. Me limité a sufrir hasta el punto de creerme en agonía. El sufrimiento físico comenzó —de forma violenta se entiende, pues llevaba 24 horas con él, si bien para mí que sé aguantar mucho, aún resultaba soportable— la tarde del miércoles, yendo en aumento a ritmo continuo hasta hacerse insoportable. Pensé en una perforación peritoneal, pues tanto era el dolor que me producía el peritoneo, causándome todas las molestias propias de una peritonitis aguda. Sufrí hasta perder el sentido, no sabiendo decir sino: «¡Señor, esto por mis pobres hermanos desesperados!». Aún era el miércoles. Ayer, como continuase sufriendo, ofrecí toda esta congoja por los idólatras. No tenía sino eso que ofrecer careciendo de fuerzas para más, habiéndome costado una verdadera fatiga poder cumplir con mis penitencias de costumbre. Después quedé desfallecida sintiendo únicamente el tormento de la carne. Mas no me importaba ya que mi alma se hallaba en paz. ■ En las horas lentas de la siesta vino el sacerdote de aquí. Me encontró con un rostro agónico e intentó consolarme, pues en el fondo, es bueno aunque con una «bondad» útil solo para María criatura, no para María alma. Siento el vacío doloroso del que me dirige (1), por más que diga él de que «nada hace». Yo, en cambio, digo que él es el aire de mi alma a la que le falta ese aire lo mismo que la brisa marina a mis pulmones. Y, no obstante contar con infinitas bondades de Jesús, esta ayuda es la que me falta teniendo que sufrir por ello.
* “Mira, este es mi Corazón que tanto ha amado a los hombres, deseando ser amado de ellos: pero que no lo es aun cuando en este amor estaría la salvación del género humano”.- ■ Ayer anoche quise hacer la Hora de adoración nocturna; pero me fue imposible. No podía leer ni pensar. En tales circunstancias Jesús me hizo… adorar concediéndome una visión apropiada.
■ Trataré de describir el lugar, cosa difícil para mí que en esto de arquitectura valgo menos que cero y jamás puse los pies en un monasterio de clausura. Creo encontrarme en la iglesia interior de un monasterio de estrecha clausura. Veo un arco muy elevado y espacioso que presta luz a la iglesia exterior. Eso de que presta luz es un modo de decir puesto que el hueco compuesto por el arco viene a quedar aún más impenetrable por una cortina de paño rojo oscuro que baja desde lo alto hasta un metro y medio poco más o menos del suelo, o sea, hasta el punto en que se eleva un muro para sostener el enrejado. En el centro de dicho enrejado hay un a modo de ventana, o sea, un trozo de enrejado movible que gira como una puerta sobre sus pernios. Esta no tiene cortina roja dejando ver por entre la malla del enrejado el tabernáculo que está en la iglesia exterior. Así las monjas pueden adorar y supongo que recibir la Sagrada Comunión estando de rodillas en el banco que viene a hacer de barandilla delante de la pequeña ventana y que se levanta sobre una tarima de tres peldaños para acomodarlo a la altura de la ventana. De la iglesia exterior nada se ve fuera del tabernáculo. Así están hechos sin duda los coros de los monasterios. Hay poca luz. De las ventanas altas y angostas se filtra una luz crepuscular, dándome a entender que debe ser la tarde o el alba porque hay muy poca claridad. El coro —lo llamo así por más que no sé si me expreso bien— se encuentra vacío. Allí están únicamente los asientos de las monjas y el banco delante del enrejado junto al que una lámpara de aceite pone una diminuta estrella de luz tenue. ■ En esto entra una monja alta y acusadamente enjuta pues, no obstante la amplitud del hábito monacal, su cuerpo aparece delgado en extremo. Va a arrodillarse a los bancos. Se levanta el velo que tenía echado sobre el rostro y veo así que lo tiene juvenil, no bellísimo sino agraciado, palidísimo y dulce. Sus ojos claros —a mi parecer de un color castaño-verdoso— se iluminan dulcemente cuando los eleva para mirar al tabernáculo y se entreabre su fina boca en una suave sonrisa. Su rostro forma un óvalo alargado enmarcado por la toca poco más blanca que él. El negro velo desciende sobre el vestido, negro igualmente, de modo que en la figura arrodillada no aparecen de tono claro sino el rostro agraciado, las manos alargadas y bien modeladas, unidas en oración y una cruz de plata que le brilla sobre el pecho por debajo de la larga toca. Ora fervorosamente con los ojos clavados en el tabernáculo. ■ Y aquí viene todo lo bello de la visión. El enrejado, todo él brilla cual si tras la cortina se hubiese encendido un foco muy potente. La lámpara que antes parecía una estrella por su esplendor, viene ahora a quedar anulada en la luz que va venciendo y haciéndose cada vez más blanca, de un blanco argénteo muy vivo y tan intensa que los ojos no ven sino a ella. El enrejado desaparece en ese esplendor muy vivo en el que aparece Jesús erguido, de pie, sonriente y muy bello con el vestido blanco y su manto rojo. “¡Margarita!”, le llama Jesús para hacer volver en sí a la monja que quedó extática mirándole. La llama por tres veces, cada vez más dulcemente sonriendo con mayor intensidad y se adelanta caminando, elevado del suelo sobre la alfombra de luz que está bajo sus pies. “Soy, Jesús, al que amas. No temas”. Margarita María le mira feliz y entre lágrimas, le dice: “Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Por qué te me apareces?”. Jesús le dice: “Margarita, soy Jesús que te ama y quiero que me hagas amar”. Margarita: “¿Cómo lo podré, Señor?”. Jesús: “Mira, todo lo podrás porque lo que has de ver te prestará fortaleza y voz para sacudir al mundo y traerlo a Mí. Mira, este es mi Corazón que tanto ha amado a los hombres, deseando ser amado de ellos: pero que no lo es aun cuando en este amor estaría la salvación del género humano. ■ Margarita, di al mundo que Yo quiero que mi Corazón sea amado. ¡Tengo sed! Dame de beber. ¡Tengo hambre! Dame de comer. ¡Sufro! Consuélame. Esta misión será tu gozo y tu dolor. Te pido que no la rehuyas. Ven, ven a Mí. Acércate a Mí. Besa mi Corazón y ya nada te arredrará…”. ■ Margarita María envuelta en la gran Luz que hace que su rostro aparezca aún más blanco, se levanta y se dirige extática hacia Jesús postrándose a sus plantas. Mas Él la levanta y, teniéndola apoyada con la izquierda, se abre el vestido por el pecho y, cual si con el vestido se abriera también la carne, aparece su Corazón divino, vivo y palpitante, entre torrentes de luz que inundan el pobre coro y hacen que el cuerpo de la discípula amada resplandezca como un cuerpo ya espiritualizado. Jesús atrae hacia Sí a su amada y con amorosa violencia la eleva hasta hacer que los ojos de la misma estén a la altura de su Corazón que lo estrecha contra ella sosteniendo al mismo tiempo a la extática que por la fuerza del gozo se desplomaría; y cuando se desprende de ella, sigue sosteniéndola con cuidado dulcísimo hasta depositarla en el suelo —puesto que Margarita había marchado por la estela de luz hasta llegar a Jesús no dejándola hasta verla segura en su puesto. ■ Y entonces le dice: “Volveré para comunicarte mis quereres. Ámame cada vez más y vete en paz”. La luz, que va apagándose por momentos hasta desaparecer del todo, lo absorbe como una nube y en el coro, a la sazón vacío, brilla tan solo la estrellita tenue de la lámpara. Esto es todo lo que he visto. Y Jesús me dice: “Has hecho la adoración del Jueves, vigilia del primer viernes. ¿Qué mejor adoración quieres?”. Sonríe y me deja. (Escrito el 2 de Junio de 1944).
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1  Nota  : Padre Migliorini. Su director espiritual.
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44-412.- “De entre las «voces» que hablan de mi Corazón son más las santas que los santos porque la mujer tiene más exquisitez en el amor”.
* Visión de Jesús con su Corazón radiante rodeado de muchísimos santos. Hay cantidad de hombres; pero en primer término y más radiantes hay tres santas nimbadas con una luz especial.- ■  En la noche de este primer viernes se me ofrece con más amplitud y belleza la visión de Jesús con su Corazón radiante rodeado de muchos, muchísimos santos. Hay cantidad de hombres; pero en primer término y más radiantes que todas las demás figuras, hay tres santas nimbadas con una luz especial. Ahora bien, en esta visión, aun cuando comprendo que se trata de cuerpos espiritualizados, se me muestran éstos con la indumentaria que llevaron en la tierra, al igual que me ocurre en las visiones de la vida de Nuestro Señor. Entre los hombres reconozco a S. Juan Apóstol que está casi a la espalda de Jesús al que mira sonriente. Y después veo a un franciscano que no es Francisco y no sé quién es. Mas las que me llaman a la atención son esas tres santas que aparecen en primer término. Una es Margarita María a la que reconozco perfectamente. Otra es una pequeña y bella monjita vestida toda de blanco. Únicamente es negro su velo. Tiene el rostro inteligentísimo y radiante de gozo sobrenatural. Y la tercera es una capuchina magra y austera, de mirar serio y bondadoso, como de quien ha sufrido y llorado mucho. Es la de más edad de las tres. A la sazón no llora si bien me mira con gran piedad. ■ Jesús me las indica diciendo: “Son mis heraldos, las que no guardaron para sí el amor vivísimo que profesaban a mi Corazón divino sino que lo difundieron por el mundo, a costa de toda clase de fatigas y de dolores.  Ésta es la primera en el orden del tiempo. Es la primera voz que habló de la confianza en mi Corazón. El mundo era todo él una hoguera de ferocidad humana y de restricciones religiosas cuando Gertrudis (1) dijo al mundo: «Ama y espera. Jesús nos da la seguridad de nuestra reconciliación con el Padre. Así lo viene a decir su Corazón traspasado. Trabajemos por su gloria. Cumplamos su voluntad para darle satisfacción y Él llevará a cabo en nosotros los milagros de su misericordia». Ella había entendido las palabras que brotan de esta Herida mía.  A la otra ya la conoces. La viste ayer anoche (2). La tercera es Verónica, clarisa capuchina (3), la «voz» que decía en Italia lo que Margarita en Francia. Ambas vencieron al filosofismo, enemigo de la Verdad, mucho más que lo hiciera la Iglesia con sus condenas, mediante la fuerza de su amor que predicaba la verdad de cuanto ellas habían oído y visto. Por ello se vieron atormentadas por los hombres y, de entre estos ciegos, ¡por cuántos que «estaban obligados a ver!». Mas ellas, mis mensajeras, mis «voces», para esto habían sido puestas y esto es lo que hicieron, ya que hacer mi voluntad era su gozo”.
* “¡Oh, dichosos de vosotros que entendéis el amor que os tengo y que le hacéis saber este amor al mundo para persuadirle a que me ame!”.-  ■ Jesús: “De entre las «voces» que hablan de mi Corazón son más las santas que los santos porque la mujer tiene más exquisitez en el amor. Juan, ser angélico, se cuenta entre los santos, si bien tuvo corazón de muchacha en cuerpo de héroe. Él fue el primero que comprendió mi Corazón. Ahora bien, todos los santos son frutos de mi Corazón, del amor a mi Corazón. Aun aquellos que, al parecer, fueron destinados a ser apóstoles de otras devociones, en realidad son frutos de mi Corazón y del amor al mismo. ■ El que no ama no se santifica. Es el corazón el que ama y ¿qué es lo que en el amado se ama? Su corazón. Como lo primero que en el seno de una madre se forma es el corazón de su criatura, así también en aquellos que son los portadores de Dios en el mundo lo primero que en su corazón se forma es el Corazón de su Señor. Y así, cuando Éste palpita en vuestro seno, es que Jesús nació ya en vosotros y os habla, os acaricia y os lleva al Padre y al Espíritu, puesto que donde está Uno, no falta ninguno de los otros Dos. Sois, por tanto, vosotros un Cielo en el que se operan las maravillas de Dios y del que se traslucen y salen palabras que son luces y palabras del Dios que habita en vosotros. ¡Oh, dichosos vosotros que entendéis el amor que os tengo y que le hacéis saber este amor al mundo para persuadirle a que me ame! ■ Te he mostrado esta familia de santos cuya única pasión fue mi Corazón, a fin de que tú llegues a ser una hermanita suya. Que el Corazón de tu Jesús y su Cruz sean las metas de tu amor. Ahora bien, el Corazón de Jesús fue abierto sobre la cruz, obteniendo así con el máximo oprobio el más seguro refugio, para haceros comprender que cuanto más uno acepta ser vilipendiado por hacer la voluntad del Eterno, más viene a ser para sus hermanos salud y bendición. Por más que el corazón se parta por el dolor que los hombres proporcionan a mis heraldos, no tiembles ni se arredren estos amados míos, pues Yo estoy con ellos y aquí, en esta Herida se encuentra el nido de mis palomas amorosas, heridas por los gavilanes crueles a las que Yo llamo y les digo: «Ven, venid, palomas mías, a reposar al lado del que os ama. Venid al nido que os tengo preparado en el que os enjugaré el llanto, curaré vuestras heridas, os alimentaré con el fruto del Árbol de la Vida, apagaré vuestra sed en el río de Agua Viva, que brota al pie de mi trono, llevaréis en la frente mi Nombre y sobre vuestro corazón la señal del mío y reinaré eternamente porque con vuestro amor conquistasteis el Amor»”. (Escrito el 2 de Junio de 1944).
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1  Nota  :  Santa Gertrudis de Helfta, llamada “la grande”, apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (1256-1301 poco más o menos).   2  Nota  : Santa Margarita María de Alacoque, mensajera y apóstol del Sagrado Corazón  (1647-1690). “La viste ayer anoche”: en el dictado 44-406.  3  Nota  : Santa Verónica Juliani,  una clarisa capuchina  (1660-1727).

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