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Desde: Nacimiento de la Virgen-María
Hasta: La Anunciación: Concepción de Cristo.- Nacimiento de Juan el Bautista

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El tema “Niño Jesús”, 1ª parte, comprende:
Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
«El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)
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“Cuando Dios empezó a crear ya me poseía” (Prov. 8,22)

1-1-2 (1-1-3).- Pensamiento introductor: Dios quiso un seno sin mancha.
* La Stma. Trinidad descendió con sus perfecciones, cerró su Infinito en pequeño espacio”. ■ Jesús me ordena: “Coge un cuaderno completamente nuevo. Copia en la primera hoja el dictado del día 16 de agosto. En este libro se hablará de Ella”. Obedezco y copio.
■ Dice Jesús: “Hoy escribe esto sólo. La pureza tiene un valor tal, que un seno de criatura pudo contener al Incontenible, porque poseía la máxima pureza posible en una criatura de Dios. La Stma. Trinidad descendió con sus perfecciones, habitó con sus Tres Personas, cerró su Infinito en pequeño espacio —no por ello se hizo menor, porque el amor de la Virgen y la voluntad de Dios dilataron este espacio hasta hacer de él un Cielo— y se manifestó con sus características: –el Padre, siendo Creador nuevamente de la Criatura como en el sexto día, y con ello tenía una «hija» verdadera, digna, a su perfecta seme­janza. La impronta de Dios estaba estampada en María tan nítida­mente, que sólo en el Primogénito del Padre era superior. María pue­de ser llamada la «segundogénita» del Padre, porque, por perfección dada y sabida conservar, y por dignidad de Esposa y Madre de Dios y de Reina del Cielo, viene segunda después del Hijo del Padre y segunda en su eterno Pensamiento, que ab aeterno en Ella se complació; –el Hijo, siendo también para Ella «el Hijo» y enseñándole, por un misterio de gracia, su verdad y sabiduría cuando aún era sólo un Embrión que crecía en su seno;el Espíritu Santo, apareciendo entre los hombres por un anticipa­do Pentecostés, por un prolongado Pentecostés, Amor en «Aquella que amó», Consuelo para los hombres por el Fruto de su seno, Santificación  por la maternidad del Santo. ■ Dios, para manifestarse a los hombres en la forma nueva y completa que abre la era de la Redención, no eligió como trono suyo un astro del Cielo, ni el palacio de un poderoso. No quiso tampoco las alas de los ángeles que le sirviesen como base para su pie. Quiso un seno sin mancha alguna. Eva también había sido creada sin mancha. Mas, espontáneamente, quiso corromperse. María, que vivió en un mundo corrompido —Eva estaba, por el contrario, en un mundo puro— no quiso manchar su candor ni siquiera con un pensamiento vuelto hacia el pecado. Supo Ella que el pecado existe y vio de él sus distintas y horribles manifestaciones, las vio todas, incluso la más horrenda: la del deicidio. Pero las conoció para expiarlas y para ser, eternamente, Aquella que tiene piedad de los pecadores y ruega por su redención. ■ Este pensamiento será introducción a otras santas cosas que da­ré para consuelo tuyo y de muchos”.  (Escrito el 22 de Agosto de 1944).
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1-2-3 (1-2-4).- Joaquín y Ana hacen una promesa al Señor.
* Joaquín y Ana con profundo e intacto amor tras muchos años de vínculo conyugal.- ■ Veo un interior de una casa. Sentada a un telar hay una mujer ya de cierta edad. Viéndola con su pelo ahora entrecano, antes cier­tamente negro, y su rostro sin arrugas pero lleno de esa seriedad que viene con los años, yo diría que puede tener de cincuenta a cin­cuenta y cinco años, no más… Es fuerte, mas no obesa. Bien proporcionada. A juzgar por su estatura, estando sentada, creo que es alta. Me parece que está tejiendo una cortina o una alfombra. Las lanzaderas se mueven rápidamente sobre el tejido que es de color café oscuro. En lo que ya está terminado se ve un cierto entrecruce de grecas y flores en que el color verde, el amarillo, el rojo y el azul oscuro se entrelazan y se funden co­mo en un mosaico. La mujer lleva un vestido sencillísimo y muy os­curo: un morado-rojo que parece copiado de la flor llamada «pensamiento». ■ Oye llamar a la puerta y se levanta. Es alta realmente. Abre. Una mujer le dice: “Ana, ¿me dejas tu ánfora? Te la llenaré”. La mujer trae consigo a un pequeñín de cinco años, que se agarra inmediatamente al vestido de Ana. Ésta le acaricia mientras se diri­ge hacia otra habitación, de donde vuelve con una bonita ánfora de cobre. Se la da a la mujer diciendo: “Tú siempre eres buena con la vieja Ana. Dios te lo pague, en éste y en los otros hijos que tienes y que tendrás. ¡Dichosa tú!”. Ana suspira. La mujer la mira y no sabe qué decir ante ese suspiro. Para apar­tar la pena, que se ve que existe, dice: “Te dejo a Alfeo, si no te causa molestias; así podré ir más deprisa y llenarte muchos cántaros”. ■  Alfeo está muy contento de quedarse, y se ve el porqué una vez que se ha ido la madre: Ana le coge en brazos y le lleva al huerto, le aúpa hasta una pérgola de uva de color oro como el topacio y dice: “Come, come, que es buena”, y le besa en la carita embadurnada del zumo de las uvas que está desgranando ávidamente. Luego, cuando el niño, mirándola con dos ojazos de un gris azul oscuro todo abier­tos, dice: “¿Y ahora qué me das?”, se echa a reír con ganas, y, al punto, parece más joven, borrados los años por la bonita dentadura y el gozo que viste su rostro. Y ríe y juega, metiendo su cabeza entre las rodillas y diciendo: “¿Qué me das si te doy… si te doy?… ¡Adivi­na!”. Y el niño, dando palmadas con sus manecitas, todo sonriente, dice: “¡Besos, te doy besos, Ana guapa, Ana buena, Ana mamá!…”. Ana, al sentirse llamar «Ana mamá», emite un grito de afecto ju­biloso y abraza estrechamente al pequeñuelo, diciendo: “¡Oh, tesoro! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!”. Y por cada «amor» un beso va a posarse so­bre las mejillitas rosadas. Luego van a una alacena y de un plato bajan tortitas de miel. Ana: “Las he hecho para ti, hermosura de la pobre Ana, para ti que me quieres. Dime, ¿cuánto me quieres?”. Y el niño, pensando en la cosa que más le ha impresionado, dice: “Como al Templo del Señor”. Ana le da más besos: en los ojitos avispados, en la boquita roja. Y el niño se restriega contra ella como un gatito. La madre va y viene con un jarro colmo y ríe sin decir nada. Les deja con sus efusiones de afecto. ■ Entra del huerto un hombre anciano, un poco más bajo que Ana, de tupida cabellera completamente cana, rostro claro, barba cortada en cuadrado, dos ojos azules como turquesas, entre pestañas de un castaño casi rubio. Está vestido de un marrón oscuro. Ana no le ve porque da la espalda a la puerta. El hombre se acerca a ella por detrás diciendo: “¿Y a mí nada?”. Ana se vuelve y dice: “¡Oh Joaquín! ¿Has terminado tu trabajo?”. Mientras tanto el pe­queño Alfeo ha corrido a sus rodillas diciendo: “También a ti, tam­bién a ti”, y cuando el anciano se agacha y le besa, el niño se le ciñe estrechamente al cuello despeinándole la barba con las manecitas y los besos. También Joaquín trae su regalo: saca de detrás la mano izquierda y presenta una manzana tan hermosa que parece de cerámica, y, sonriendo, al niño que tiende ávidamente sus manecitas le dice: “Es­pera, que te la parto en trozos. Así no puedes. Es más grande que tú”, y con un pequeño cuchillo que tiene en el cinturón (un cuchillo de podador) parte la manzana en rodajas, que divide a su vez en otras más delgadas; y parece como si estuviera dando de comer en la boca a un pajarillo que no ha dejado todavía el nido, por el gran cuidado con que mete los trozos de manzana en esa boquita que muele incesantemente. Ana: “¡Te has fijado qué ojos, Joaquín! ¿No parecen dos porcioncitas del Mar de Galilea cuando el viento de la tarde empuja un velo de nubes bajo el cielo?”. Ana ha hablado teniendo apoyada una mano en el hombro de su marido y apoyándose a su vez ligeramente en ella: gesto éste que revela un profundo amor de esposa, un amor intacto tras muchos años de vínculo conyugal. Joaquín la mira con amor, y asiente diciendo: “¡Bellísimos! ¿Y esos ricitos? ¿No tienen el color de la mies secada por el sol? Mira, en su interior hay mezcla de oro y cobre”.
* El milagro puede producirse, especialmente cuando se le ama y nos amamos”.- “Hagamos un voto: suyo será el hijo, si nos lo concede”.-Ana: “¡Ah, si hubiéramos tenido un hijo, lo habría querido así, con estos ojos y este pelo!…”. Ana se ha curvado, es más, se ha arrodillado, y, con un fuerte suspiro, besa esos dos ojazos azul-grises. También suspira Joaquín, y, queriéndola consolar, le pone la mano sobre el pelo rizado y canoso, y le dice: “Todavía hay que esperar. Dios todo lo puede. Mientras se vive, el milagro puede producirse, especialmente cuando se le ama y cuando nos amamos”. Joaquín recalca mucho estas últimas palabras. Mas Ana guarda silencio, descorazonada, con la cabeza agachada, para que no se vean dos lágrimas que están deslizándose y que advierte sólo el pequeño Alfeo, el cual, asombrado y apenado de que su gran amiga llore como hace él alguna vez, levanta la manita y enjuga su llanto. Joaquín: “¡No llores, Ana! Somos felices de todas formas. Yo por lo menos lo soy, porque te tengo a ti”. Ana: “Yo también por ti. Pero no te he dado un hijo… Pienso que he desagradado al Señor porque ha hecho infecundas mis entrañas…”. Joaquín: “¡Oh, esposa mía! ¿En qué crees tú, santa, que has podido desagradarle? Mira, vamos una vez más al Templo y por esto, no sólo por los Tabernáculos, hacemos una larga oración… Quizás te suceda como a Sara… o como a Ana de Elcana (1). Esperaron mucho y se creían repro­badas por ser estériles, y, sin embargo, en el Cielo de Dios, estaba madurando para ellas un hijo santo. Sonríe, esposa mía. Tu llanto significa para mí más dolor que el no tener prole… Llevaremos a Alfeo con nosotros. Le diremos que rece. Él es inocente… Dios tomará juntas nuestra oración y la suya y se mostrará propicio”. Ana: “Sí. Hagamos un voto al Señor. Suyo será el hijo; si es que nos lo concede… ¡Oh, sentirme llamar «mamá»!”. Y Alfeo, espectador asombrado e inocente, dice: “¡Yo te llamo «mamá»!”. Ana: «Sí, tesoro amado… pero tú ya tienes mamá, y yo… yo no tengo niño…”. La visión cesa aquí.
* Me doy cuenta de que se ha abierto el ciclo del nacimiento de María. Y me alegro mucho por ello, porque lo deseaba grandemente. Supongo que también usted (2) se alegrará de ello. Antes de empezar a escribir he oído a la Mamá decirme: “Hija, escribe, pues, acerca de mí. Toda pena tuya será consolada”. Y, mientras decía esto, me ponía la mano sobre la cabeza acariciándo­me delicadamente. Luego ha venido la visión. Pero al principio, o sea, hasta que no oí llamar por el nombre a la mujer de cincuenta años, no comprendí que me encontraba ante la madre de la Mamá. Y, por tanto, ante la gracia del nacimiento de la  Virgen. (Escrito el 22 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. 1 Sam. 1 y 2,11.   2  Nota  : Padre Migliorini, su director espiritual.
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1-3-7 (1-3-8) .- En la fiesta de los Tabernáculos.- Un sueño de Ana.
* Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor. Yo sigo pensando que te sucederá como a Ana de Elcana”.- Antes de proseguir hago una observación. La casa no me ha parecido la de Nazaret, bien conocida. Al menos la habitación es muy distinta. Con respecto al huerto-jardín, debo decir que es también más amplio; además, se ven los campos, no muchos, pero… los hay. Después, ya casada María, sólo está el huerto (amplio, eso sí, pero sólo huerto). Y esta habitación que he visto no la he observado nunca en las otras visiones. No sé si pensar que por motivos de dinero los padres de María se hubieran deshecho de parte de su patrimonio, o si María, dejado el Templo, pasó a otra ca­sa, que quizás le había dado José. No recuerdo si en las pasadas vi­siones y lecciones recibí alguna vez alusión segura a que la casa de Nazaret fuera la casa nativa. Empiezo a ver y escribo:
■  Fuera de los muros de Jerusalén, en las colinas, entre los olivos, hay gran multitud de gente. Parece un enorme mercado, pero no hay ni casetas ni puestos de venta ni voces de charlatanes y vendedores ni juegos. Hay muchas tiendas hechas de lana basta, sin duda impermeables extendidas sobre estacas hincadas en el suelo. Atados a las estacas hay ramas verdes, como decoración y como medio para dar frescor. Otras, sin embargo, están hechas solo de ramas hincadas en el suelo y atadas así ▲; éstas crean como pequeñas galerías verdes.  Bajo todas ellas, gente de las más distintas edades y condiciones y un rumor de conversación tranquilo e íntimo en que sólo desentona algún chillido de niño… Me doy cuenta de que es el mes de octubre porque una gruesa voz de hombre lo dice: “¡Este octubre es extraordinario como ha habido pocos!”. ■ Aparece en la escena Ana. Viene de una de las hogueras con al­gunas cosas en las manos y colocadas sobre el pan, que es ancho y plano, como una torta de las nuestras, y que hace de bandeja. Trae pegado a las faldas a Alfeo, que canturrea con su vocecita aguda. Joaquín está a la entrada de su pequeña tienda (toda de ra­majes). Habla con un hombre de unos treinta años, al que saluda Alfeo desde lejos con un gritito diciendo: «Papá». Cuando Joaquín ve venir a Ana se da prisa en encender la lámpara… Ana: “Te he hecho esperar, Joaquín. Me ha entretenido una mujer po­bre, madre de seis hijos varones, ¡fíjate! Y dentro de poco va a tener otro hijo”. Joaquín suspira.  El padre de Alfeo llama a su hijo, pero éste responde: “Yo me quedo con Ana. Así la ayudo”. Todos se echan a reír. Ana dice: “Déjale. No molesta. Todavía no le obliga la Ley. Aquí o allí… no es más que un pajarito que come”, y se sienta con el niño en el regazo; le da un pedazo de torta y —creo— pescado asado. Veo que hace algo antes de dárselo. Quizás le ha quitado la espina. Antes ha servido a su marido. La última que come es ella. ■ La noche está cada vez más poblada de estrellas y las luces son cada vez más numerosas en el campamento. Luego muchas luces se van poco a poco apagando: son los primeros que han cenado, que ahora se echan a dormir. Va disminuyendo también lentamente el rumor de la gente. No se oyen ya voces de niños. Sólo resuena la vo­cecita de algún lactante buscando la leche de su mamá. La noche ex­hala su brisa sobre las cosas y las personas, y borra penas y recuer­dos, esperanzas y rencores. Bueno, quizás estos dos sobrevivan, aun cuando hayan quedado atenuados, durante el sueño, en los sueños. Ana está meciendo a Alfeo, que empieza a dormirse en sus brazos. ■ Entonces cuenta a su marido el sueño que ha tenido: “Esta noche he soñado que el próximo año voy a venir a la Ciudad Santa para dos fiestas en vez de para una sola. Una será el ofrecimiento de mi hijo al Templo… ¡Oh! ¡Joaquín!…”. Joaquín: “Espéralo, espéralo, Ana. ¿No has oído alguna palabra? ¿El Señor no te ha susurrado al corazón nada?”. Ana: “Nada. Un sueño sólo…”. Joaquín: “Mañana es el último día de oración. Ya se han efectuado todas las ofrendas. No obstante, las renovaremos solemnemente mañana. Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor. Yo sigo pensando que te sucederá como a Ana de Elcana”. Ana: “Dios lo quiera… ¡Si hubiera, ahora mismo, alguien que me dijera: «Vete en paz. El Dios de Israel te ha concedido la gracia que pides»!…”. Joaquín: “Si ha de venir la gracia, tu niño te lo dirá cuando lo sientas vivir en tu seno. Será voz de un inocente y, por tanto, voz de Dios”. ■ Ahora el campamento calla en la oscuridad de la noche.  Ana lle­va a Alfeo a la tienda contigua y le pone sobre la yacija de heno junto a sus hermanitos, que ya están dormidos. Luego se echa al lado de Joaquín. Su lamparita también se apaga —una de las últimas estrellitas de la tierra—. Quedan, más hermosas, las estrellas del firma­mento, velando a todos los durmientes.  (Escrito el 23 de Agosto de 1944).
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1-4-10 (1-4- 11 ).- Joaquín y Ana poseían la Sabiduría.- «Yo la he amado y bus­cado desde mi juventud y procuré tomarla por esposa».
* A Joaquín y Ana pueden aplicarse:  «Por la Sabiduría  adquiriré gloria… obtendré inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí».- ■ Dice Jesús: “Los justos son siempre sabios, porque, siendo como son amigos de Dios, viven en su compañía y reciben instrucción de Él, de Él que es Infinita Sabiduría.  Mis abuelos eran justos; poseían, por tanto, la sabiduría. Podían decir con verdad cuanto dice la Escritura cantando las alabanzas de la Sabiduría en el libro que lleva su nombre: «Yo la he amado y bus­cado desde mi juventud y procuré tomarla por esposa» (1). Ana de Aarón era la mujer fuerte de la que habla nuestro Abuelo (2). Y Joaquín, de la estirpe del rey David, no había buscado tanto belleza y riqueza cuanto virtud. Ana poseía una gran virtud. Todas las virtudes unidas como ramo fragante de flores para ser una única, bellísima cosa, que era la Virtud, una virtud real, digna de es­tar delante del trono de Dios.  Joaquín, por tanto, había tomado por esposa dos veces a la sabiduría «amándola más que a cualquier otra mujer»: la sabiduría de Dios contenida dentro del corazón de la mujer justa. Ana de Aarón no había tratado sino de unir su vida a la de un hombre recto, con la  seguridad de que en la rectitud se halla la alegría de las familias. ■ Y, para ser el emblema de la «mujer fuerte», no le faltaba sino la corona de los hijos, gloria de la mujer casada, justificación del vínculo matrimonial, de que habla Salomón (3); como también a su felicidad sólo le faltaban estos hijos, flores del árbol que se ha hecho uno con el árbol cercano obteniendo copiosidad de nuevos frutos en los que las dos bondades se funden en una, pues de su esposo nunca había recibido ningún motivo de infelicidad. ■ Ella, que se acercaba ya a la vejez, mujer de Joaquín desde hacía varios lustros, seguía siendo para éste «la esposa de su juventud, su alegría, la cierva amadísima, la hermosa gacela» (4), cuyas caricias tenían siempre el fresco encanto de la primera noche nupcial y envolvían dulcemente su amor, manteniéndolo fresco como flor que el rocío baña  y ardiente como fuego que siempre una mano alimenta. Por  tanto, dentro de su aflicción, propia de quien no tiene hijos, recípro­camente se decían «palabras de consuelo en las preocupaciones y fatigas» (5). ■ Y la Sabiduría eterna, llegada la hora, después de haberlos instruido en la vida, los iluminó con sueños que veían, para llegar a la suma gloria que les vendrá porque de ellos nacería María Santísima, mi Madre. Si su humildad no pensó en esto, su corazón sí se estremeció esperanzado ante el primer tañido de la promesa de Dios. Ya de hecho hay certeza en las palabras de Joaquín: «Espéralo, espéralo… Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor».  Soñaban un hijo, tuvieron a la Madre de Dios. ■ Las palabras del libro de la Sabiduría parecen escritas para ellos: «Por ella adquiriré gloria ante el pueblo… por ella obtendré la inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí» (6). Pero, para obtener todo esto, tuvieron que hacerse reyes de una virtud veraz y duradera no lesionada por suceso algu­no. Virtud de fe. Virtud de caridad. Virtud de esperanza. Virtud de castidad. ■ ¡Oh, la castidad de los esposos! Ellos la vivieron —pues no hace falta ser vírgenes para ser castos—. Los tálamos castos tienen por custodios a los ángeles, y de tales tálamos provienen hijos bue­nos que de la virtud de sus padres hacen norma para su vida. Mas ahora ¿dónde están? Ahora no se desean hijos, pero no se desea tampoco la castidad. Por lo cual Yo digo que se profana el amor  y  se profana el tálamo”. (Escrito el  23 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr.  Sab.  8,2.   2  Nota  : Cfr.  Prov.  31,10-31.   3  Nota  : Cfr.  Prov.   17,6.   4  Nota  : Cfr.  Prov.  5,18-19.   5  Nota  : Cfr.  1 Sam.  1,8.   6  Nota  : Cfr. Sap.  8,13.
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1-4-11 (1-5-12 ).- Ana, con un cántico, anuncia que es madre.
* La llamaremos María. Estrella de nuestro mar, perla, felicidad, el nombre de la primera gran mujer de Israel”.- ■ Veo de nuevo la casa de Joaquín y Ana. Nada ha cambiado en su interior, si se exceptúan las muchas ramas florecidas, colocadas aquí y allá en jarrones (sin duda provienen de la podadura de los árboles del huerto, que están todos en flor: una gama de colores que varía desde el blanco hasta el rojo típico de ciertos corales). También es distinto el trabajo que está realizando Ana. En un telar más pequeño, teje lindas telas de lino, y canta ritmando el movimiento del pie con la voz. Canta y sonríe… ¿A quién? A sí misma a algo que ve en su interior. El canto, lento pero alegre —que he escrito aparte para seguirle, porque lo repite una y otra vez, como gozándose en él, y cada vez con más fuerza y seguridad, como la persona que ha descubierto un ritmo en su corazón y primero lo susurra calladamente, y luego, segura, va más rápida y alta de tono— dice (y lo transcribo porque, dentro de su sencillez, es muy dulce):

“¡Gloria al Señor omnipotente que ha amado a los hijos de David! ¡Gloria al Señor!
Su suprema bondad desde el Cielo me ha visitado.
El árbol viejo ha echado nueva rama y yo soy bienaventurada.
La esperanza por la Fiesta de las Luces echó semilla;
y ahora la fragancia de Nisán la ve germinar.
Mi cuerpo, como el almendro en primavera, se cubre de flores.
Él siente, por las noches, que lleva consigo el fruto.
En la rama hay una rosa, hay una manzana dulcísima.
Hay una estrella brillante, un pequeñín inocente.
Está la alegría de la casa, del esposo y de la esposa.
Sea alabado Dios, mi Señor, que piedad tuvo de mí.
Me lo dijo su luz: «Una estrella vendrá a ti».
¡Gloria, gloria! Tuyo será este fruto del árbol,
el primero y el último, santo y puro como don recibido del Señor.
Tuyo será. ¡Que por él venga alegría y paz a la tierra!
¡Vuela, lanzadera! El hilo es para la tela del ser que nacerá.
¡Nace! A Dios llegue gozoso el canto de mi corazón”.
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■ Entra Joaquín en el momento en que ella iba a repetir por cuar­ta vez su canto. “¿Estás contenta, Ana? Pareces un ave en primavera. ¿Qué canción es ésta? A nadie se la he oído nunca. ¿De dónde la sacaste?”. Ana: “De mi corazón, Joaquín”. Ana se ha levantado y ahora se dirige hacia su esposo, toda sonriente. Parece más joven y más guapa. Joaquín, su marido, dice: “No sabía que fueras poetisa”, y la mira con visi­ble admiración. No parecen dos esposos ya mayores. En su mirada hay una ternura de jóvenes cónyuges. “Desde el huerto te he oído cantar y he venido a ver. Hacía años que no oía tu voz de tórtola enamorada. ¿Quieres repetirme esa canción?”. Ana: “Te la cantaría aunque no me la pidieras. Los hijos de Israel han puesto siempre en el canto los gritos más auténticos de sus esperanzas, alegrías y dolores. Yo he encomendado al canto que me anuncie y te anuncie una gran alegría. Sí, también a mí, porque es una cosa tan grande que, a pesar de que yo ya esté segura de ella, me parece aún no verdadera…”. ■ Y empieza a entonar de nuevo la canción. Pero cuando llega al punto: “En la rama hay una rosa, hay una manzana dulcísima, hay una estrella…”, su bien entonada voz de contralto primero se oye trémula y luego se rompe; se echa a llorar de alegría, mira a Joaquín y, levantando los brazos, grita: “¡Soy madre, amado mío!”, y se refugia sobre el corazón de Joaquín, entre los brazos que él ha tendido para volver a cerrarlos en torno a ella, su esposa dichosa.  Es el más casto y feliz abrazo que he visto desde que estoy en este mundo. Casto y ardiente, dentro de su castidad. Un dulce reproche se oye entre los cabellos blanco-negros de Ana: “¿Y no me lo decías?”. Ana: “Porque quería estar segura. Siendo vieja como soy… verme ma­dre… No podía creer que fuera verdad… y no quería darte la más amarga de las desilusiones.  Desde finales de diciembre siento que algo se mueve en lo más profundo de mis entrañas, y que producen, como digo, una nueva rama. Mas ahora en esa rama el fruto es seguro… ¿Ves? Esa tela ya es para el que ha de venir”. Joaquín: “¿No es el lino que compraste en Jerusalén en octubre?”. Ana: “Sí. Lo he hilado durante la espera… y con esperanza. ■ Tenía esperanza por lo que sucedió el último día mientras oraba en el Templo —lo más que puede una mujer en la Casa de Dios— y ya era tarde… recuerdo que decía estas palabras: «Un poco más, todavía un poco más». ¡No quería separarme de allí sin haber recibido gracia! Pues bien, descendiendo ya las sombras, desde el interior del lugar sagrado al que yo miraba, como extática, para arrancar al Dios oculto su favor, vi que salía una luz, una chispa de luz bellísima. Era blanca como la luna y sin embargo encerraba en sí todas las luces de todas las perlas y joyas que hay en la tierra. Parecía como si una de las estrellas pre­ciosas del Velo —las que están colocadas bajo los pies de los querubines—, se separase y se revistiese del resplandor de una luz sobrenatural… parecía como si desde el otro lado del Velo sagrado, desde la Gloria misma, hubiera salido una llama de fuego y viniera veloz hacia mí, y que al cortar el aire cantara con voz celeste diciendo: «Recibe lo que has pe­dido». Por eso canto: «Una estrella a ti vendrá». ¿Y qué hijo será éste, nuestro, que se manifiesta como luz de una estrella en el Templo y que dice «existo» en la Fiesta de las Luces? ¿Será que has tenido razón al pensar en mí como una nueva Ana de Elcana?(1) ■ ¿Cómo la llamaremos a esta criatura nuestra que, dulce como la canción del arroyo, siento que me habla en el seno con su corazoncito, latiendo, latiendo, como el de una tortolita que se tiene entre los huecos de las manos?”. Joaquín: “Si es varón, le llamaremos Samuel; si es niña, Estrella, la palabra que ha detenido tu canto para darme esta alegría de saber que soy padre, la forma que ha tomado para manifestarse entre las sagradas sombras del Templo”. Ana: “Estrella. Nuestra Estrella, porque… no lo sé, pero creo que es una niña. Pienso que unas caricias tan delicadas no pueden provenir sino de una dulcísima hija. Porque no la llevo yo, no me causa ninguna molestia; es ella la que me lleva por un sendero azul y florido, como si ángeles santos me sostuvieran y la tierra estuviera ya lejana… Siempre he oído decir a las mujeres que el concebir y el llevar al hijo en el seno supone dolor, pero yo no lo siento. Me siento fuerte, joven, fres­ca; más que cuando te entregué mi virginidad en la lejana juventud. ■ Hija de Dios —porque es más de Dios que nuestra, siendo así que nacerá de un tronco seco— que no causa ninguna molestia a su madre; sólo le trae paz y bendición: los frutos de Dios, su verdadero Padre”. Joaquín: “Entonces la llamaremos María. Estrella de nuestro mar, perla, felicidad, el nombre de la primera gran mujer de Israel (2). Pero ésta jamás será infiel a su Señor y solo para Él cantará porque a Él ha sido consagrada: como hostia antes de nacer”. Ana: “Sí, a Él está ofrecida. Sea niño o niña nuestra criatura, se la da­remos al Señor, después de tres años de júbilo con ella. Nosotros se­remos también hostias, con ella, para la gloria de Dios”. ■ No veo ni oigo nada más. (Escrito el 24 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. 1 Sam. 1,9ss.   2  Nota  : Cfr. Éx. 15,20-21.
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1-4-14 (1-6-16).- “La Inmaculada jamás se vio privada del pensamiento de Dios”.
* “¡Oh, el alma creada para ser alma de la Madre de Dios!…  Cuan­do, del latido del Trino Amor, surgió esta chispa vital, se alegraron los ángeles, pues luz más viva nunca había visto el Paraí­so”.- ■ Dice Jesús: “La Sabiduría, tras haberlos iluminado con los sueños de la no­che, descendió; Ella, que es «emanación de la potencia de Dios, genuino efluvio de la gloria del Omnipotente» (1), y se hizo Palabra para la estéril. Quien ya veía cercano su tiempo de redimir, Yo, el Cristo, nieto de Ana, casi cincuenta años después, mediante la Palabra, obraría milagros en las estériles y en las enfermas, en las obsesas, en las desoladas; los obraría en todas las miserias de la tierra. Pero, entretanto, por la alegría de tener una Madre, he aquí que susurro una arcana palabra en las sombras del Templo que encerraba las esperanzas de Israel, del Templo, cuya vida tenía ya los días contados, porque el nuevo y verdadero Templo, no ya portador de esperanzas para un pueblo, sino certeza de Paraíso para todos los pueblos de la tierra y por todos los siglos de los siglos hasta el fin del mundo, estaba para venir a la tierra. Esta Palabra obra el milagro de hacer fecundo lo que era infecundo, y de darme una Madre, la cual no sólo fue de lo mejor, como era de esperarse naciendo de dos santos, y no tuvo sólo un alma buena, como muchos también la tienen, y continuo crecimiento de esta bondad con el poder de su buena voluntad, ni solo un cuerpo inmaculado… Tuvo —caso único entre las criaturas— espíritu inmaculado. ■ Tú has visto la generación continua de las almas por Dios. Piensa ahora cuál debió ser la belleza de esta alma que el Padre había soñado antes de que el tiempo fuera, de esta alma que constituía las delicias de la Trinidad, Trinidad que ardientemente deseaba ador­narla con sus dones para donársela a sí misma. ¡Oh, Todo Santa que Dios creó para Sí, y luego para salud de los hombres! Portadora del Salvador, tú fuiste la primera en haber sido salvada; vivo Paraíso, con tu sonrisa comenzaste a santificar la tierra. ¡Oh, el alma creada para ser alma de la Madre de Dios!… Cuan­do, del latido del Trino Amor, surgió esta chispa llena de vida, se regocijaron los ángeles, pues luz más viva nunca había visto el Paraí­so. Como pétalo de empírea rosa, pétalo inmaterial y preciado, gema y llama, aliento de Dios que descendía a animar a un cuerpo de for­ma muy distinta que a las otras almas, con un fuego tan poderoso que la Culpa no pudo contaminarla, Ella atravesó los espacios y se encerró en un seno santo.  La tierra tenía su Flor y aún no lo sabía. La verdadera, única Flor que florece eterna: azucena y rosa, violeta y jazmín, helianto y ciclamino juntos, y con ellas todas las flores de la tierra fusionadas en una Flor sola, María, en la cual toda virtud y gracia se unen. En abril, la tierra de Palestina parecía un enorme jardín. Fragancias y colores deleitaban el corazón de los hombres. Sin embargo, aún era desconocida la más bella Rosa. ■ Ya florecía para Dios en el secreto del claustro materno, porque mi Madre amó desde que fue concebida (2), mas sólo cuando la vid da su sangre para hacer vino, y el olor de los mostos, dulce y penetrante, llena las eras y el olfato, Ella sonrió, primero a Dios y luego al mundo, diciendo con una sonrisa envuelta completamente en su inocencia: «Mirad: la Vid que os va a dar el Racimo para ser exprimido en la prensa para ser Medicina eterna para vuestro mal, está ya entre vosotros». He dicho que María amó desde que fue concebida. ¿Qué es lo que da al espíritu luz y conocimiento? La Gracia (3). ¿Qué es lo que quita la Gracia? El pecado original y el pecado mortal. María, la Sin Mancha, nunca se vio privada del recuerdo de Dios, de su cercanía, de su amor, de su luz, de su sabiduría. Por eso, Ella pudo comprender y amar cuando no era más que una carne que se formaba en torno a una alma inmaculada que continuaba amando”.
* Piensa cómo el hecho de llevar en el seno a una criatura sin la Mancha, que priva de Dios, le da a la madre una inteligencia superior, y la hace profetisa”.-Jesús: “Más adelante te daré a contemplar mentalmente la profundidad de la virginidad en María. Te producirá un vértigo celeste semejante a cuando te di a considerar nuestra eternidad. Entretanto, piensa cómo el hecho de llevar en las entrañas a una criatura exenta de la Mancha, que priva de Dios, le da a la madre —que, no obstante, la concibió en modo natural, humano— una inteligencia superior, y la hace profeta, la profetisa de su hija, a la que llama «Hija de Dios». Y piensa qué hubiera sucedido si de los Primeros Padres inocentes hu­bieran nacido hijos inocentes, como Dios quería. ■ Éste, ¡oh, hombres que decís que vais hacia el «superhombre», y que de hecho con vuestros vicios estáis yendo únicamente hacia el super-demonio!, éste habría sido el medio que conduciría al «superhombre»: saber estar libres de toda contaminación de Satanás, para dejarle a Dios la administración de la vida, del conocimiento, del bien; y no desear más de cuanto Dios os hubiera dado, que era poco menos que infinito, para poder engendrar, siempre en una continua evolución hacia lo perfecto, hijos que fueran hombres en el cuerpo y, en el espí­ritu, hijos de la Inteligencia, es decir, triunfadores, es decir, fuertes, es decir, gigantes contra Satanás, que habría mordido el polvo mu­chos miles de siglos antes de la hora en que lo haga, y con él todo su mal”. (Escrito el 24 de agosto de 1944).
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1  Nota  :  Cfr.  Sab.  7,25.   2  Nota  : La gracia es amor,  sabiduría,  es todo. Y María, que todo lo tuvo, amó desde el momento en que tuvo su alma.  Nota  : Adán y Eva desde el momento en que fueron creados, fueron capaces de amar —por conocer sus perfecciones (pues las conocían)—, a Dios. La Gracia y los otros dones recibidos junto con la vida, los hacía capaces de ello. María, la llena de gracia en su alma, amó con su espíritu purísimo, desde el momento en que la poseyó, adelantándose al tiempo en que —con todo su ser, dotada con todos los dones divinos que se le dieron con plenitud y sobreabundancia en vista de su futura misión y perfección— amó con toda su mente, con todo su corazón, con todas su fuerzas. Esta fuerza de amor no debe extrañar a nadie si se medita en el Evangelio de Lucas  (c. 1,15 y 44) donde se dice que el Bautista —encerrado en el seno materno, pero presantificado, esto es, limpio de la culpa original, y por tanto convertido en ser sumamente inteligente, esto es, proporcionado a la condición de una criatura elevada al orden sobrenatural— reconoció, se alegró, amó, adoró a su Señor encerrado en el seno de María, confirmando las palabras que el Arcángel Gabriel había dicho a Zacarías: “Juan… será lleno del Espíritu Santo desde el seno materno”.
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1-5-16 (1-7-19).- Nacimiento de la Virgen Maria.
*  Ana exclama: “Desde que tengo en mí esta alegría pacífica, hay un cántico en mi corazón: el del anciano Tobit. Me parece como compuesto para esta hora”.- ■ Veo a Ana saliendo al huerto-jardín. Va apoyándose en el brazo de una pariente (se ve porque se parecen). Está muy gruesa y parece cansada, quizás también porque hace bochorno, un bochorno muy parecido al que a mí me hace sentirme abatida… Lentamente, Ana, bajo la sombra del emparrado, donde abejas de oro zumban ávidas del azúcar de los dorados granos de las uvas, se dirige hacia Joaquín, el cual, cuando la ve, se apresura a ir a su en­cuentro. Joaquín: “¿Has llegado hasta aquí?”. Ana: “La casa está caliente como un horno”. Joaquín: “Y te hace sufrir”. Ana: “Es mi único sufrimiento en este último período mío de embarazo. Es el sufrimiento de todos, de hombres y de animales. No te expongas mucho al sol, Joaquín”. Joaquín: “El agua que hace tanto que esperamos, y que hace tres días que parece realmente cercana, no ha llegado todavía. Las tierras arden. Menos mal que nosotros tenemos el manantial cercano, y muy rico en agua. He abierto los canales. Poco alivio para estas plantas cuyas hojas ya languidecen cubiertas de polvo. No obstante, supone ese mínimo que las mantiene en vida. ¡Si lloviera!…”. Joaquín, con el ansia de todos los agricultores, escudriña el cielo, mientras Ana, cansada, se da aire con un abanico (parece hecho con una hoja seca de palma entrelazada por hilos multicolores que la mantienen rígida).  ■ La pariente dice: “Allí, al otro lado del Gran Hermón, están formándose nubes que avanzan  velozmente. Viento del norte. Bajará la temperatura y dará agua”. Joaquín, desalentado: “Hace tres días que se levanta y luego cesa cuando sale la luna. Sucederá lo mismo esta vez”. Ana: “Vamos a casa. Aquí tampoco se respira; además, creo que conviene volver…”. ■ Ana ahora parece de tez todavía más de color de olivo debido a que se le ha puesto al improviso pálida la cara. Joaquín: “¿Sientes dolor?”. Ana: “No. Siento la misma gran paz que experimenté en el Templo cuando se me otorgó la gracia, y que luego volví a sentir otra vez al saber que era madre. Es como un éxtasis. Es un dulce dormir del cuerpo, mientras el espíritu se alegra y se llena de una paz desconocida a los mortales. Yo te he amado, Joaquín, y, cuando entré en tu casa y me dije: «Soy esposa de un justo», sentí paz, como todas las otras veces que tu amor estaba pronto a socorrer en todas las necesidades a tu Ana. Pero esta paz es distinta. Creo que es una paz como la que debió invadir, como aceite que se extiende y suaviza, el espíritu de Jacob, nuestro padre, después de su sueño de ángeles (1). O semejante, más bien, a la gozosa paz de los Tobías tras habérseles manifestado Rafael (2). Si me sumerjo en ella, al saborearla, crece cada vez más. Es como si yo ascendiera por los es­pacios azules del cielo… y, no sé por qué, pero, desde que tengo en mí esta alegría pacífica, hay un cántico en mi corazón: el del anciano Tobit (3). Me parece como si hubiera sido compuesto para esta hora… para esta alegría… para la tierra de Israel que es su destinataria… para Jerusalén, pecadora, mas ahora perdonada… bueno… no os riáis de los delirios de una madre… pero, cuando digo: «Da gracias al Señor por tus bienes y bendice al Dios de los siglos porque reedifica en ti su Tabernáculo», yo pienso que aquel que reedificará en Jerusalén el Tabernáculo del Dios verdadero, será éste que está para nacer… y pienso también que, cuando el cántico dice: «Brillarás con una luz espléndida, todos los pueblos de la tierra se postrarán ante ti, las naciones irán a ti llevando dones, adorarán en ti al Señor y considerarán santa tu tierra, porque dentro de ti invocarán el Gran Nombre. Serás feliz en tus hijos porque todos serán bendecidos y se reunirán ante el Señor. ¡Bienaventurados aquellos que te aman y se alegran de tu paz!…», cuando dice esto, pienso que es profecía no ya de la Ciudad Santa, sino del destino de mi criatura, y la primera que se alegra de su paz soy yo, su madre feliz…”. ■ El rostro de Ana, al decir estas palabras, cambia de color.  Se pone colorado como una granada y palidece como un limón, y viceversa. Dulces lágrimas le descienden por las mejillas, y no se da cuenta, y son­ríe a causa de su alegría. Y va yendo hacia casa entre su esposo y su pariente, que escuchan conmovidos en silencio.
*  Hablan de la tormenta y, sin ocultarse el sol, del prodigio de la luna (llena y resplandeciente), de la estrella (reluce como enorme diamante), del enorme arco iris.- ■ Se apresuran, porque las nubes, impulsadas por un viento alto, galopan y aumentan en el cielo mientras la llanura se oscurece y ti­rita por efectos de la tormenta que se está acercando. Llegando al umbral de la puerta, un primer relámpago lívido surca el cielo. El ruido del primer trueno se asemeja al retumbar de un enorme bombo que viene a unirse al golpeteo de las primeras gotas sobre las abrasadas hojas. Entran todos. Ana se retira. Joaquín, que se queda en la puerta con los peones que se le han juntado, habla de esta agua tan esperada, bendición para la sedienta tierra. Pero la alegría se transforma en temor, porque viene una tormenta violentísima con rayos y nubes cargadas de granizo. “Si rompe la nube, la uva y las aceitunas que­darán trituradas como por rueda de molino. ¡Pobres de nosotros!”. ■ Joaquín tiene además otro motivo de angustia: su esposa, a la que le ha llegado la hora de dar a luz al hijo. La pariente le dice que Ana no sufre en absoluto. Él está, de todas formas, muy inquieto, y, cada vez que la pariente u otras mujeres (entre las cuales la madre de Alfeo) salen de la habitación de Ana para luego volver con agua caliente, barreños y paños secados a la lumbre, que, jovial, brilla en el hogar central en una espaciosa cocina, él va y pregunta, y no le calman las explicaciones tranquilizadoras de las mujeres. También le preocupa la ausencia de gritos por parte de Ana. Dice: “Yo soy hombre. Nunca he visto dar a luz. Pero recuerdo haber oído decir que la ausencia de dolores es fatal…”. Declina el día antes de tiempo por la furia de la tormenta, que es violentísima. Agua torrencial, viento, rayos… de todo, menos el gra­nizo, que ha ido a caer a otro lugar. Uno de los peones, sintiendo esta violencia, dice: “Parece como si Satanás hubiera salido de la Gehena con sus demonios. ¡Mira qué nubes tan negras! ¡Mira qué exhalación de azufre hay en el ambiente, y silbidos y voces de lamento y maldición! Si es él, ¡está enfurecido esta noche!”.  El otro peón se echa a reír y dice: “Se le habrá escapado una importante presa, o quizás Miguel de nuevo le habrá lanzado el rayo de Dios, y tendrá cuernos y cola cortados y quemados”. ■ Pasa corriendo una mujer y grita: “¡Joaquín! ¡Va a nacer de un momento a otro! ¡Todo ha ido rápido y bien!”. Y desaparece con una pequeña ánfora en las manos. Se produce un último rayo; tan violento, que lanza contra las paredes a los tres hombres. En la parte delantera de la casa, en el suelo del huerto, queda como recuerdo un agujero negro que despide humo. Luego,de repente, cesa la tormenta. De detrás de la puerta de Ana viene un gritito  (parece el lamento de una tortolita en su primer arrullo). Mientras, un enorme arco iris extiende su faja semicircular por toda la amplitud del cielo. Surge, o por lo menos lo parece, de la cima del Hermón (la cual, besada por un filo de sol, parece de alabastro de un blanco-rosa delicadísimo), se eleva hasta el más hermoso cielo de septiembre y, atravesando espacios limpios de toda impureza, sobrepasa las colinas de Galilea y la llanura  que aparece entre dos higueras, que está al sur, y luego otro monte, y parece posar su punta extrema en el extremo horizonte, donde una cordillera de montañas detiene la vista. “¡Qué cosa más insólita!”. “¡Mirad, mirad!”. “Parece como si reuniera en un círculo a toda la tierra de Israel, y… ya… ¡fijaos!, ya hay una estrella y el sol no se ha puesto todavía. ¡Qué estrella! ¡Reluce como un enorme diamante!…”. “¡Y la luna, allí, ya llena y aún faltaban tres días para que lo fuera! ¡Fijaos cómo resplandece!”. Las mujeres irrumpen, alborozadas, con un pedazo de carne color rosa en­vuelto en blancos lienzos. ■ ¡Es María, la Mamá! Una María pequeñita, que podría dormir entre los brazos de un niño; una María que al máximo tiene la longitud de un brazo, una cabecita de marfil teñido de rosa tenue, y unos labiecillos de carmín que ya no lloran sino que instintivamente quieren mamar (tan pequeñitos, que no se ve cómo van a poder coger un pezón), y una naricita diminuta entre dos mejillitas redondas. Cuando la estimulan para hacerle abrir sus ojitos y los abre: se ven dos pedacitos de cielo, dos puntitos inocentes y azules que miran, y no ven, entre hermosas pestañas de un rubio tan tenue que es casi rosa. También el vello de su cabeza re­dondita tiene una veladura entre rosada y rubia como ciertas mieles casi blancas… ■ Ella, la Pura y Casta, an­te los ojos de tantos, Ella, que jamás volverá a ser vista desnuda por hombre alguno, la Toda Virgen, la Santa e Inmaculada. Tapad, ta­pad a este Capullo de lirio que nunca se abrirá en la tierra, y que dará, más hermosa aún que Ella, su Flor, sin dejar de ser capu­llo. Sólo en el Cielo el Lirio del Trino Señor abrirá todos sus pé­talos. Porque allí arriba no existe vestigio de culpa que pudiera involuntariamente profanar ese candor. Porque allí arriba, ante la mirada de todo el Empíreo, dará acogida al Trino Dios — Padre, Hijo, Esposo— que, ahora oculto en un corazón sin mancha, vendrá a Ella dentro de pocos años. ■ Vedla nuevamente entre los lienzos y en los brazos de su padre terreno, al que asemeja. No ahora, que es un bosquejo de ser huma­no. Digo que le asemeja una vez hecha mujer. De la madre no refleja nada; del padre, el color de la piel y de los ojos, y, sin duda, también del pelo, que, si ahora son blancos, de joven eran ciertamente rubios a juzgar por las cejas. Del padre son las facciones —más perfectas y delicadas en Ella por ser mujer, ¡y qué Mujer!—; también del padre es la sonrisa y la mirada y el modo de moverse y la estatura. Pensando en Jesús como lo veo, considero que ha sido Ana la que ha dado su estatura a su Nieto, así como el color marfil más cargado de la piel; mientras que María no tiene esa presencia de Ana (que es como una Palma alta y flexible), sino la finura del padre. ■ También las mujeres, mientras entran con Joaquín donde la madre feliz para devolverle a su hijita, hablan de la tormenta y del prodigio de la luna, de la estrella, del enorme arco iris. Ana sonríe ante un pensamiento propio y dice: “Es la estrella. Su signo está en el cielo. ¡María, arco de paz! ¡María, estrella mía! ¡María, luna pura! ¡María, perla nuestra!”.  Preguntan: “¿María la llamas?”. Ana: “Sí. María, estrella y perla y luz y paz…”. Advierten: “Pero también quiere decir amargura… ¿No tienes miedo de pronosticarle alguna desventura?”. Ana: “Dios está con Ella. Es suya desde antes de que existiera. Él la conducirá por sus vías y toda amargura se transformará en miel del paraíso. Ahora eres de tu mamá… todavía un poco, antes de ser toda de Dios…”. Y la visión termina en el primer sueño de Ana madre y de María recién nacida. (Escrito el 26 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Gén. 28,12.   2  Nota  : Cfr. Tob. 12.   3  Nota  : Cfr. Tob. 13,13-15.
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1-5-22 (1-8-25).- La Virginidad de María en el eterno pensamiento del Padre.
* En el primer verso de los Proverbios, se habla de Ella: de la Virgen, Madre de la Sabiduría, que soy Yo que te hablo”.- ■ Dice Jesús: “Levántate y apresúrate, pequeña amiga. Tengo ardiente deseo de llevarte conmigo al azul paradisíaco de la contemplación de la Virginidad de María. Saldrás de él con el alma fresca como si tú también hubieras sido creada recientemente por el Padre, una pequeña Eva en su estado de virginidad; saldrás con el espíritu lleno de luz, porque te sumergirás en la contemplación de la obra maestra de Dios; saldrás toda empapada de amor porque habrás comprendido cómo sabe amar Dios. ■ Hablar de la concepción de María, de la Sin Mancha, quiere decir sumergirse en la luz, en el amor, en la belleza.  Lee las glorias de Ella en el libro de mi Abuelo: «Dios me tuvo consigo al principio de sus obras, desde el principio, antes de la creación. Desde la eternidad fui erigida, al principio, antes de que la tierra fuera hecha; aún no existían los abismos, y yo había sido concebida. Aún no manaba agua de los manantiales, aún no se elevaban con su pesada mole los montes, aún las colinas no servían de collar al sol… y yo ya había nacido. Dios no había hecho todavía la tierra ni los ríos ni las columnas del mundo, y yo ya existía. Cuando preparaba los cielos, yo estaba presente; cuando con ley inmutable encerró el abismo bajo la bóveda, cuando fijó arriba la bóveda celeste, y colgó de ella las fuentes de las aguas, cuando daba leyes al mar de no sobrepasar sus fronteras y a las aguas daba sus órdenes para que no pasasen de sus bordes, cuando echaba los fundamentos de la tierra, yo estaba con Él ordenando todas las cosas. Llena de alegría gozaba ante Él siempre, gozaba del universo…» (1). Las habéis aplicado a la Sabiduría pero hablan de Ella: la hermosa Madre, la santa Madre, la Virgen Madre de la Sabiduría, que soy Yo, que te estoy hablando. ■ He querido que escribieses como encabezamiento del libro que habla de Ella, el primer verso de este cántico, para que fuera conocido y sabido por todos el consuelo y la alegría de Dios; la razón de la constante, perfecta, íntima alegría de este Dios Uno y Trino, que os sostiene y ama y que del hombre ha recibido tantos motivos de tristeza; la razón por la que perpetuó la raza humana, aun cuando ésta, en la primera prueba a que se le sometió, había merecido la destrucción; la razón del perdón que habéis alcanzado”.
  La Mente Suprema —que conoce lo que era, es y será— sabía que el hombre se mataría a la Gracia y así se privaría del Cielo. ¿Por qué le creó, entonces?.-Jesús: “Tener a María que le amara… ¡Oh, bien merecía crear al hombre, dejarle vivir y decretar perdonarle, para tener a la Virgen Hermosa, a la Virgen Santa, a la Virgen Inmaculada, a la Virgen siempre amorosa, a la Hija Amada, a la Madre purísima, a la Esposa Amante! Mucho os concedió el Señor y más os habría dado, con tal de poseer  a María, la Criatura de sus complacencias, el Sol de su sol y Flor de su jardín. Y mucho os sigue dando por Ella, a ruego de Ella, para alegría de Ella, porque su alegría se vierte en la alegría de Dios y la aumenta con sus destellos de luz la gran luz del Paraíso; y cada destello es una gracia dada al universo, a la raza humana, a los mismos bienaventurados, que responden con un grito de aleluya a cada milagro que sale de Dios, creado por el Dios Trino para ver la hermosísima sonrisa de alegría de la Virgen. ■ Dios quiso poner un rey en ese universo que había creado de la nada. Un rey que, por naturaleza material, fuese el primero entre todas las criaturas creadas con materia y dotadas de materia. Un rey que, por naturaleza espiritual, fuese poco menos que divino, unido con la Gracia, como lo fue en sus primeros inocentes días. Pero la Mente Suprema, que conoce la totalidad de los hechos más lejanos en el tiempo, la Mente cuya vista ve incesantemente todo cuanto era, es y será, y que, mientras contempla el pasado y observa el presente, hunde su mirada en el extremo futuro, no ignorando cómo será el morir del último hombre, sin confusión ni discontinuidad, esa Mente no ignoró nunca que ese rey, creado para ser semidivino a su lado en el Cielo, heredero del Padre, cuando llegara en edad adulta a su Reino después de haber vivido en la casa de su madre —la tierra con la que fue hecho—, durante su niñez de párvulo del Eterno en su jornada sobre la tierra, cometería hacía sí mismo el delito de matarse para la Gracia y el latrocinio de privarse del Cielo. ● ¿Por qué le creó entonces? Es natural que muchos se hagan esta pregunta. ¿Habríais preferido no existir? ¿No vale acaso la pena vivir esta vida incluso por sí misma, a pesar de ser tan pobre y desnuda, y que la habéis hecho más dura con vuestra maldad, para conocer y admirar la infinita Belleza que la mano de Dios ha sembrado en el universo? ● ¿Para quién, si no, habría hecho estos astros y planetas que cual saetas y flechas vuelan por la bóveda del firmamento, o van —y parecen lentos—, majestuosos con su paso veloz de bólidos, regalándoos luces y estaciones, y dándoos, eternos, inmutables aunque siempre mutables, a leer en el cielo una nueva página, cada noche, cada mes, cada año, como queriendo deciros: «Olvidaos de la cárcel, abandonad vuestras huellas llenas de lados oscuros, sucios, llenos de mentira, de blasfemia, corruptores, y elevaos, al menos con la mirada, a la ilimitada libertad del firmamento; procuraos una reserva de luz que llevéis a vuestra cárcel llena de oscuridad; leed la palabra que escribimos en nuestro himno sideral, más armonioso que el que se arranca de los órganos de vuestras catedrales, la palabra que escribimos mientras arrojamos nuestra luz, palabra que escribimos amando, porque siempre tenemos presente a Aquel que nos dio la alegría de existir y le amamos por habernos dado este existir, este resplandecer, este movernos, este ser libres y bellos en medio de este cielo delicado allende el cual vemos aún un cielo más sublime, el Paraíso; a Aquel cuyo precepto de amor en su segunda parte cumplimos al amaros a vosotros, nuestro prójimo universal, al amaros al daros guía y luz, calor y belleza. Leed la palabra que os decimos, la palabra a la que ajustamos nuestro canto, nuestro resplandecer, nuestro reír: Dios»? ● ¿Para quién habría creado ese firmamento azul: para el cielo, espejo de lo infinito; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas; palabra, también, que, con rumores de roce de seda, con sonrisas de muchachas felices, con suspiros de ancianos que recuerdan y lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: «Dios»? ● ¿Para quién habría creado todas las innumerables familias de los animales, que son flores que cantan al volar, que son siervos que trabajan, que corren, que os alimentan, que os recrean a vosotros, los reyes? ● ¿Para quién habría hecho las innumerables familias de plantas y de las flores, que parecen mariposas, que parecen joyas e inmóviles avecillas, de frutos, que parecen collares de oro y piedras preciosas o cofres de gemas? Son alfombra para vuestros pies, protección para vuestras cabezas, recreo, beneficio, alegría para la mente, para los miembros del cuerpo, para la vista y el olfato. ● ¿Para quién, si no, habría creado los minerales, que se esconden en las entrañas de la tierra, y las sales disueltas en manantiales de álgidas aguas o de agua hirviendo: los azufres, los yodos, los bromos?… ciertamente, para que los gozara uno que no fuera Dios, sino hijo de Dios. Uno: el hombre. ■ La alegría de Dios no necesitaba de nada. Él se basta a Sí mismo. No tiene sino contemplarse para ser feliz, para alimentarse, vivir y descansar. Todo lo creado no ha aumentado ni un átomo su infinidad de alegría, de belleza, de vida, de potencia. He aquí que todo lo ha hecho para la criatura a la que ha querido poner como rey de la obra de sus manos: para el hombre. Aunque solo fuera para ver una obra divina de tal magnitud y por manifestarle reconocimiento a Dios, que os la otorga, merecería la pena vivir. Y debéis sentir gratitud por el hecho de vivir. Gratitud que deberíais de haber tenido aunque no hubierais sido redimidos sino al final de los siglos, porque, a pesar de que hayáis sido, en los Primeros, y seáis de una manera particular prevaricadores, soberbios, lujuriosos, homicidas, Dios os concede todavía gozar de lo bello del universo, de lo bueno del universo y os trata como si fueseis personas buenas, hijos buenos a los cuales todo se enseña y todo se concede para hacerles más suave y sana la vida. Cuanto sabéis, lo sabéis por la luz de Dios. Cuanto descubrís, lo descubrís porque Dios os lo señala en el Bien. Los otros descubrimientos y conocimientos que llevan la señal del mal proceden del Mal supremo: Satanás”.
* La Bondad infinita, que sabía que el hombre sería ladrón y homicida de sí mismo, ya antes de que existiera la Culpa, pensó en el medio de anularla”.-Jesús: “La Mente suprema, que nada ignora, antes de que el hombre existiese, sabía que el hombre sería ladrón y homicida de sí mismo. Pero, dado que la Bondad eterna no tiene límites en su bondad, antes que la Culpa fuera, pensó en el medio para anular la Culpa. El medio: Yo, el Verbo; el instrumento para hacer del medio un instrumento operante: María. Y la Virgen fue creada en el pensamiento sublime de Dios. ■ Todas las  cosas fueron creadas para Mí, Hijo predilecto del Padre. Yo-Rey, debería haber tenido bajo mis pies de Rey divino alfombras y joyas como palacio alguno jamás tuviera, y cantos y voces, y tantos siervos y ministros en torno a Mí como soberano alguno jamás tuviera, y flores y joyas, y todo lo sublime, lo grandioso, lo fino, lo delicado que es posible extraer del pensamiento de todo un Dios.  Mas Yo debía ser Hombre además de Dios. Hombre para salvar al hombre, para llevarlo al Cielo muchos siglos antes de la hora. Porque el hombre, en quien habita el espíritu, es la obra maestra de Dios, y para ella fue hecha el Cielo. Para ser Hombre tenía necesidad de una Madre. Para ser Dios tenía necesidad de que el Padre fuese Dios.  He aquí que entonces Dios se crea a su Esposa y le dice: «Ven conmigo. A mi lado ve cuánto hago para el Hijo nuestro. Mira y regocíjate, eterna Virgen, Doncella eterna, y tu risa llene este empíreo y dé a los ángeles la nota inicial y al Paraíso le enseñe la armonía celeste. Yo te miro, y te veo como serás, ¡oh, Mujer Inmaculada que ahora eres sólo espíritu: el espíritu en que Yo me deleito! ■ Yo te miro y doy al mar y al firmamento el azul de tus ojos; el color de tus cabellos al trigo santo; el candor a los lirios; el color rosa como tu epidermis de seda, a la rosa; de tus dientes pequeñitos copio las perlas; hago las dulces fresas mirando tu boca; a los ruiseñores les pongo en la garganta tus notas y a las tórtolas tu llanto. Leyendo tus futuros pensamientos, oyendo los latidos de tu corazón, tengo el motivo guía para crear. Ven, Alegría mía, junta los mundos para entretenimiento tuyo mientras tanto eres mi luz que vibra en mi pensamiento, los mundos creados por tu sonrisa forman guirnaldas de estrellas y collares de astros, pon tus gentiles pies sobre la luna, envuélvete con la brillante faja de la Vía Láctea. Son para ti las estrellas y los planetas. Ven y goza viendo las flores que le servirán a tu Niño como juego y de almohada al Hijo de tu vientre. Ven y ve crear las ovejas y los corderos, las águilas y las palomas. Estate a mi lado mientras hago las cuencas de los mares y de los ríos, y levanto las montañas y las pinto de nieve y de bosques; mientras siembro los cereales y los árboles y las vides, y hago el olivo para ti, Pacífica mía, y la vid para ti, Sarmiento mío, que llevarás el Racimo eucarístico. Corre, vuela, alégrate, Bella mía, y que todo el universo, que de hora en hora voy creando, aprenda de ti a amarme, Amorosa, y que tu risa le haga más bello, Madre de mi Hijo, Reina de mi Paraíso, Amor de tu Dios». ■ Y, viendo a quien es el Error y mirando a la Sin error, dice: «Ven a Mí, tú que me quitas la amargura de la desobediencia humana, de la fornicación humana con Satanás y de la humana ingratitud. Contigo me tomaré la revancha contra Satanás. Contigo me vengaré de Satanás»”.
* Al hombre y a la mujer, corrompidos por Satanás, Dios quiso oponer al Hombre nacido de una Mujer suprasublimada por Dios mismo hasta el punto de poder concebir sin haber conocido varón. ¡La venganza de Dios!…”.-Jesús: “Dios, el Padre Creador, había creado al hombre y a la mujer con una ley de amor tan perfecta, que vosotros ni siquiera podéis comprender sus perfecciones; vuestra mente se pierde pensando cómo se habría engendrado la especie, si el hombre no la hubiera alcanzado con la enseñanza de Satanás. Observad a las plantas en sus frutos y en sus semillas. ¿Obtienen la semilla o el fruto mediante la fornicación, mediante una fecundación por cada cien aparejamientos?  No. De la flor masculina sale el polen y, guiado por un complejo de leyes metereológicas y magnéticas, va hacia el ovario de la flor femenina. El ovario se abre y lo recibe y lo produce; no —como hacéis vosotros, para tener al día siguiente la misma sensación— se ensucia y luego lo rechaza. Produce, y no florece hasta la nueva estación, y cuando florece es para reproducirse. Observad a los animales. A todos. ¿Habéis visto alguna vez a un animal macho y a uno hembra ir el uno hacia el otro para darse un abrazo estéril y para tener una comunicación lasciva? No. Desde cerca o desde lejos, volando, arrastrándose, saltando o corriendo, van, llegada la hora, al rito fecundativo, y no se separan de él para gozar tan sólo, sino que van más allá de éste, van a las consecuencias serias y santas de la prole, única finalidad que debería hacer que el hombre, semidios por el origen de la gracia que Yo le di completa, aceptase la animalidad del acto, necesario desde que descendisteis un grado hacia los brutos. Vosotros no hacéis como las plantas y los animales. Vosotros habéis tenido como maestro a Satanás, le habéis querido y le queréis como maestro. Y las obras que hacéis son dignas del maestro que habéis elegido. ■ Mas si hubieseis sido fieles a Dios, habríais tenido la alegría de los hijos, de un modo santo, sin dolor, sin uniros en cópulas obscenas, ignoradas incluso por las bestias, las bestias que no tienen alma inteligente ni espiritual. Al hombre y a la mujer, corrompidos por Satanás, Dios quiso oponer al Hombre nacido de una Mujer, suprasublimada por Dios mismo hasta el punto de poder concebir sin haber conocido varón: Flor que engendra una Flor sin necesidad de semilla; solo por el contacto de un Beso del Sol en el cáliz inviolado del Lirio-María. ■ ¡La venganza de Dios!… Ruge, Satanás, mientras Ella nace. ¡Esta Pequeñita te ha vencido! Antes de que fueses el Rebelde, el Tortuoso, el Corruptor, eras ya el Vencido, y Ella es tu Vencedora. Miles de ejércitos en orden de batalla nada pueden contra tu poder, caen las armas de los hombres al dar contra tus escamas, ¡oh, Perenne Satán!, y no hay viento capaz de dispersar el hedor de tu aliento. Y sin embargo, el calcañar de este piececito de recién nacida, tan de color rosa que parece el interior de una camelia rosada, tan ligera y suave que comparada con él la seda es áspera, tan pequeño que podría caber en el cáliz de un tulipán y hacerse un zapatito con su pétalo, he aquí que te pisotea sin temor, te arroja a tu caverna. Y su vagido te pone en fuga, a ti que no tienes miedo de los ejércitos; y su aliento libera al mundo de tu hedor. Estás vencido. Su nombre, su mirada, su pureza son lanza, rayo, losa que te traspasan, que te encierran en tu cueva del Infierno, ¡oh Maldito, que le has arrebatado a Dios la alegría de ser Padre de todos los hombres creados por Él! ■ Se demuestra ahora que inútilmente has corrompido a los que habían sido creados inocentes, conduciéndoles a conocer y a concebir por caminos sinuosos de lujuria, quitándole a Dios, en su criatura, de ser Él quien distribuyera magnánimante los hijos según reglas que, si hubieran sido respetadas, habrían mantenido en la tierra un equilibrio entre los sexos y las razas que hubiera evitado guerras entre los pueblos y desgracias entre las familias. Si hubieran obedecido, hubieran conocido también el amor. Es más, solo obedeciendo lo habrían conocido y lo habrían poseído. Una posesión llena y tranquila de esta emanación de Dios, que de lo sobrenatural desciende hacia lo inferior, para que el cuerpo también se goce santamente en ella, el cuerpo que está unido al espíritu y que ha sido creado por el Mismo que creó el alma. ■ ¿Ahora, ¡oh, hombres!, vuestro amor, vuestros amores, qué son? O libídine revestida de amor o miedo incurable de perder el amor del cónyuge por libídine suya y de otros. Desde que la lujuria está en el mundo, ya nunca estáis seguros de poseer el corazón del esposo o de la esposa; y tembláis y lloráis enloquecéis de celos, algunas veces asesináis para vengar una traición; otras veces os dejáis llevar de la desesperación, otras perdéis la voluntad y otras la razón. Esto es lo que has hecho, Satanás, a los hijos de Dios. Estos, a quienes corrompiste, habrían conocido la dicha de tener hijos sin padecer dolor, la dicha de haber nacido sin miedo a la muerte. Pero ahora una Mujer te ha vencido. De ahora en adelante quien la ame volverá a ser de Dios, superando las tentaciones para poder gozar de su pureza inmaculada. De ahora en adelante, no pudiendo concebir sin dolor, las madres la tendrán a Ella como guía y consuelo. De ahora en adelante será guía para las esposas y madre para los moribundos, para los que dulce será morir sobre ese pecho que es un escudo contra ti, Maldito, y contra el juicio de Dios. ■ María (2), pequeña voz, has visto el nacimiento del Hijo de la Virgen y el nacimiento de la Virgen al Cielo. Por tanto, has visto que los sin culpa: desconocen la pena de dar a luz y la pena de morir. Y, si a la superinocente Madre de Dios se le dieron todos los dones celestiales más perfectos, igualmente, a todas las que en los Primeros Padres hubieran permanecido inocentes e hijas de Dios, se les hubiera concedido engendrar sin los dolores del parto, (como era justo por haber sabido unirse y concebir sin lujuria) y el morir sin angustia. ■ La sublime venganza de Dios contra Satanás ha consistido en llevar la perfección de la criatura amada a una superperfección, que anulase, al menos en Una, cualquier vestigio de humanidad, susceptible de recibir el veneno de Satanás, y así el Hijo vendría no de un casto abrazo de hombre sino de un abrazo divino que, en el éxtasis de fuego, arrebola el espíritu”.
* La Virginidad de la Virgen.-Jesús: “¡La Virginidad de la Virgen! Ven. ¡Medita en esta profunda virginidad que, al contemplarla, produce vértigos de abismo! ¿Qué es, comparada con ella, la pobre virginidad forzada de una mujer a la que ningún hombre la toma por esposa? Nada. ¿Y la virginidad de la mujer que quiere ser virgen  para pertenecer a Dios, pero sabe serlo en el cuerpo y no en el espíritu, en el que permite entrar muchos pensamientos de otro tipo, y acaricia y acepta caricias de pensamientos humanos? Empieza a ser una sombra de virginidad. Pero bien poco todavía. ¿Qué es la virginidad de una religiosa de clausura que vive solo para Dios? Mucho. Pero nunca es  perfecta virginidad comparada con la de mi Madre. ■ Hasta en el más santo ha habido siempre un enlace: el de origen, entre el espíritu y la Culpa, esa unión que sólo el Bautismo borra. La borra, sí, pero —como sucede con la mujer cuyo marido ha muerto—, no devuelve la virginidad  total como era la de los Primeros Padres antes del pecado. Queda una cicatriz, y duele, haciéndose así presente en la memoria, cicatriz que puede siempre en cualquier momento traducirse de nuevo en una llaga, como ciertas enfermedades agudizadas periódicamente por sus virus. En la Virgen no existe esta cicatriz, esta señal de un enlace con la Culpa. Su alma aparece bella e intacta como cuando el Padre la pensó reuniendo en Ella todos las gracias. Es la Virgen. Es la Única. Es la Perfecta. Es la Absoluta. Pensada así. Engendrada así. Que ha permanecido así. Coronada así. Eternamente así. Es la Virgen. Es el abismo de la intangibilidad, de la pureza, de la gracia que se pierde en el Abismo del que brotó, es decir, en Dios, Intangibilidad, Pureza, Gracia perfectísimas. ■ Así se ha vengado el Dios Uno y Trino: Él ha alzado contra la profanación de las criaturas esta Estrella de perfección; contra la curiosidad malsana, esta Mujer reservada que solo se siente satisfecha amando a Dios; contra la ciencia del mal, esta Sublime Nesciente. Ignorante no solo en lo que toca al amor degradado, o al amor que Dios había dado a los cónyuges, sino más todavía: en Ella se trata de Ignorancia de la concupiscencia, herencia del Pecado. En ella solo se da la gélida e incandescente sabiduría del amor divino. Fuego que es corazón de hielo para la carne, para que sea un espejo transparente en el altar en que un Dios se desposa con una Virgen, y no por ello se rebaja, porque su perfección envuelve a Aquella que, como conviene a una esposa, es solo inferior en un grado al Esposo, sujeta a Él porque es Mujer, pero, como Él, sin mancha”. (Escrito el 27 Agosto 1944).
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1  Nota  : Cfr. Prov. 8,22-31.   2  Nota  : María Valtorta.
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1-6-30 (1-9-34).- Purificación de Ana.
* Joaquín y Ana —con la Niña en brazos—, acompañados de Zacarías e Isabel van al Templo, para la ceremonia de la Purificación, ataviados con sus vestidos de fiesta.- ■ Veo a Joaquín y a Ana, junto a Zacarías y a Isabel, saliendo de una casa de Jerusalén de amigos o familiares. Se dirigen hacia Templo para la ceremonia de la Purificación. Ana lleva en brazos a la Niña, envuelta toda en fajos, toda envuelta en un amplio tejido de lana ligera, pero que debe ser suave caliente. ¡Con cuánto cuidado y amor lleva a su criaturita! De vez en cuando levanta el borde del fino y caliente tejido para ver si María respira a gusto, y luego vuelve a taparla para protegerla del aire helador de un día sereno pero frío, de pleno invierno. ■ Isabel lleva unos paquetes en las manos. Joaquín lleva de una cuerda a dos corderos blanquísimos bien cebados, ya más carneros que corderos. Zacarías no lleva nada. ¡Qué apuesto con ese vestido de lino que un grueso manto de lana, también blanca, deja entrever! Es un Zacarías mucho más joven que el que se veía en el nacimiento del Bautista, entonces ya en plena edad adulta. Isabel es una mujer madura, pero todavía de apariencia fresca; cada vez que Ana mira a la Niña, se curva extasiada hacia esa carita dormida. También Isabel está guapísima con su vestido de un azul tendente al morado, oscuro y con el velo que le cubre la cabeza y cae sobre los hombros y sobre el manto, que es más oscuro que el vestido. ■ ¿Y Joaquín y Ana? ¡Ah…, solemnes con sus vestidos de fiesta! Contrariamente a lo normal, él no lleva la túnica marrón oscura, sino un largo vestido de un rojo oscurísimo (hoy diríamos: rojo S. José). Las orlas de su manto son bonitas y muy nuevas. En la cabeza lleva también una especie de velo rectangular, ceñido con una cinta de cuero. Todo nuevo y fino. Ana… ¡oh!, hoy no viste de oscuro. Lleva un vestido de un amarillo muy tenue, casi color marfil viejo, ceñido en la cintura, cuello y muñecas, con una gruesa cinta que parece de plata y oro. Su cabeza está cubierta por un velo ligerísimo y como adamascado, sujeto a la frente con un aro sutil, valioso. En el cuello lleva un collar de filigrana; en las muñecas, pulseras. Parece una reina, incluso por la dignidad con que lleva el vestido, y especialmente el manto, amarillo tenue, orlado con una greca en bordadura muy bonita, también amarilla.
* Por eso precisamente le doy lo que más quiero. Esta flor mía”. ■ Dice Isabel: “Me pareces como en el día de tu boda. Entonces yo era poco más que una niña. Todavía me acuerdo de lo guapa y dichosa que se te veía”. Ana: “Pues más feliz me siento ahora… Y he querido ponerme el mismo vestido para este rito. Lo había conservado siempre para esto… aunque ya, para esto, no tenía esperanzas de ponérmelo”. Isabel: “El Señor te ha amado mucho…”, y lo dice suspirando. Ana: “Por eso precisamente le doy lo que más quiero. Esta flor mía”. Isabel: “¿Y vas a tener fuerzas para arrancártela de tu seno cuando lle­gue el momento?”. Ana:  “Sí, porque recordaré que no la tenía y que Dios me la dio. En to­do caso me sentiré más feliz que entonces. Y, sabiendo que está en el Templo, me diré: «Está orando ante el Tabernáculo, está rezando al Dios de Israel, y también por su madre». Ello me dará paz. Y más paz todavía al decir: «Ella es toda suya. Cuando estos dos felices an­cianos, que la recibieron del Cielo, ya no estén en este mundo, Él, el Eterno, seguirá siendo su Padre». Créeme, tengo la firme convicción de que esta pequeñuela no es nuestra. Yo ya no podía hacer nada… Él la puso en mi seno como don divino para enjugar mi llanto y con­fortar nuestras esperanzas y oraciones. Por tanto, es suya. Nosotros somos los encargados, felices encargados, de cuidarla… ¡y que por ello sea bendito!”.
* Ceremonia de la purificación.-  ■ Llegan a los muros del Templo. Dice Zacarías: “Mientras vais a la Puerta de Nicanor, yo voy a advertir al sacer­dote. Luego os alcanzo”,  y desaparece tras un arco que introduce en un amplio patio circundado de pórticos. La comitiva continúa adentrándose por las sucesivas terrazas (porque —no sé si lo he dicho alguna vez— el recinto del Templo no es una superficie plana, sino que sube escalonadamente en niveles cada vez más altos; a cada uno de ellos se accede mediante escalina­tas, y en todos hay patios y pórticos y portones labradísimos, de már­mol, bronce y oro). ■ Antes de llegar al lugar establecido, se paran para desenvolver las cosas que traen, o sea, tortas —me parece— muy untadas, an­chas y finas, harina blanca, dos palomas en una jaulita de mimbre y unas monedas grandes de plata, unas patacas (1) tan pesadas que era una suerte que en aquella época no hubiera bolsillos, porque los habrían roto. Ahí está la bonita Puerta de Nicanor; es por entero un bordado en pesado bronce laminado de plata. Ya está allí Zacarías, al lado de un sacerdote que está todo pomposo con su vestido de lino. Asperjan a Ana con agua lustral —supongo— y luego le indican que se dirija hacia el ara del sacrificio. Ya no lleva a la Niña en bra­zos. La ha tomado en brazos Isabel, que se ha quedado a este lado de la Puerta. Joaquín, sin embargo, entra siguiendo a su mujer, y llevando tras sí un desgraciado cordero que va balando. Y yo… hago como para la purificación de María: cierro los ojos para no ver ningún tipo de degüello. Ana ya está purificada.
* Ofrecimiento de María.- Ana de Fanuel, presente.- ■ Zacarías dice en voz baja unas palabras a su compañero de ministerio, el cual, sonriendo, da señales de asentimiento y luego se acerca al grupo, rehecho de nuevo, y, congratulándose con la madre y el padre por su gozo y por su fidelidad a las promesas, recibe el segundo cordero, la harina y las tortas. Sacerdote: “Entonces ¿esta hija está consagrada al Señor? Que su bendición  os acompañe a Ella y a vosotros. Mirad, ahí viene Ana. Va a ser una de sus maestras. Ana de Fanuel, de la tribu de Aser. Ven, mujer. Esta pequeñuela ha sido ofrecida al Templo como hostia de alabanza. Tú serás para ella maestra. A tu amparo crecerá santa”. Ana de Fanuel, ya completamente encanecida, hace mimos a la Niña, que ya se ha despertado y que observa toda esa blancura con esos inocentes y atónitos ojos suyos, y todo ese oro que el sol enciende. ■ La ceremonia debe haber terminado. No he visto ningún rito especial para el ofrecimiento de María. Quizás era suficiente con decírselo al sacerdote, y sobre todo a Dios, en el lugar santo.
* “Dentro de tres años estarás allí, Azucena mía”.- ■ Dice Ana: “Querría dar mi ofrenda al Templo e ir al lugar en que el año pasado vi la luz”. Ana de Fanuel va con ellos. No entran en el Templo propiamente dicho. Es natural que, siendo mujeres y tratándose de una niña, no vayan ni siquiera a donde fue María para ofrecer a su Hijo. Pero, eso sí, desde muy cerquita de la puerta, que está abierta de par en par miran hacia el semioscuro interior del que vienen dulces cantos de niñas y en el que brillan ricas lámparas, que expanden luz de oro sobre dos cuadros de flores de cabecitas veladas de blanco, dos verdaderos cuadros de azucenas. “Dentro de tres años estarás ahí, Azucena mía” le promete Ana a María, que mira como embelesada hacia el interior y sonríe al oír el lento canto. ■ Dice Ana de Fanuel: “Parece como si entendiera. ¡Es una niña muy bonita! La querré como si fuera fruto de mis entrañas. Te prometo, madre. Si la edad me lo concede”. Dice Zacarías: “Te lo concederá, mujer. La recibirás entre las niñas consagradas. Yo también estaré presente. Quiero estar ese día para decirle que pida por nosotros desde el primer momento…”, y mira a su mujer, la cual, habiendo comprendido, suspira. ■ La ceremonia ha concluido. Ana de Fanuel se retira. Mientras los otros, hablando entre sí, salen del Templo. Oigo a Joaquín que dice: “¡No sólo dos, y los mejores, sino que ha­bría dado todos mis corderos por este gozo y para alabar a Dios!”. No veo nada más. (Escrito el  28 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Moneda pesada, de cuño muy antiguo (N. T.).
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1-6-33 (1-10-37).- “La voz del Hombre dice: «Venid a Mí si sabéis ser niños», y al de­cirlo piensa en su Madre”.
* “Su mirada… sus ojos… Son los ojos  puros, tranquilos, de los que son puros, santos, enamorados de Dios”.-  Dice Jesús: “Salomón pone en boca de la Sabiduría estas palabras: «Quien sea niño venga a mí» (1). Y verdaderamente, desde la roca, desde los muros de su ciudad, la eterna Sabiduría le decía a la eterna Niña: «Ven a mí». Se consumía por tenerla. Pasado un tiempo, el Hijo de la Doncella purísima dirá: «Dejad que los niños vengan a Mí, porque el Reino de los Cielos es de ellos, y quien no se haga como ellos no ten­drá parte en mi Reino» (2). Las voces se buscan recíprocamente y, mientras la voz proveniente del Cielo grita a la pequeñuela María: «Ven a mí», la voz del Hombre dice: «Venid a Mí si sabéis ser niños», y al de­cirlo piensa en su Madre. Os doy el modelo en mi Madre. Ella es la perfecta Niña con corazón de paloma sencillo y puro, Aquélla a quien ni los años ni el contacto con el mundo convierten en algo corrompido, tortuoso o mentiroso. Porque Ella no lo quiere. Venid a Mí mirando a María. ■ Tú, que la ves, dime: ¿su mirada de infante es muy distinta de la que viste al pie de la Cruz; o en el júbilo de Pentecostés; o en la hora en que los párpados cubrieron sus ojos de gacela para el último sueño? No. Aquí se trata de la mirada incierta y atónita del infante; luego se tratará de esa mirada atónita y púdica de la Virgen de la Anun­ciación (3), o beata como la de la Madre de Belén, o adoradora, como la de mi primera, sublime Discípula; luego será la mirada desgarradora de la Torturada del Gólgota, o radiante, como la de la Resurrección y Pentecostés; luego será esa mirada velada: la del extático sueño de la última visión. ■ Pero, bien se abran sus ojos por primera vez, ya se cie­rren, cansados, con la última luz, habiendo visto tanto gozo y tanto ho­rror, sus ojos  son serenos, puros, sosegados cual trocito de hermoso cielo que res­plandecen siempre igual bajo su frente. Ira, mentira, sober­bia, lujuria, odio, curiosidad, no los ensucian jamás con sus fumosas nubes. Son los ojos que miran a Dios con amor, ya lloren, ya rían, y que por amor a Dios acarician y perdonan, y todo lo soportan; el amor a su Dios los ha hecho inmunes a los asaltos del Mal, que muchas veces se sirve del ojo para penetrar en el corazón. Son los ojos puros, tranquilos, de los que son puros, santos, enamorados de Dios. ■ Ya lo dije: «Los ojos son  la luz de tu cuerpo. Si tus ojos son puros, todo tu cuerpo estará iluminado; mas si los tiene sucios, toda tu persona estará en las tinieblas» (4). Los santos han tenido estos ojos, que son luz para el alma y salvación para la carne, porque, como María, du­rante toda su vida sólo han mirado a Dios; o, más aún, se acordaron de Dios. ■ Ya te explicaré, pequeña voz, el sentido de estas palabras mías”. (Escrito el 28 de Agosto de 1944).
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1  Nota  :  Cfr.  Prov.  9,4.   2  Nota  :  Cfr.  Mc.  10,14-15.   3  Nota  :  Virgen  de la Anunciación de Florencia.   4  Nota  :  Cfr. Mt. 6,22-23.
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1-7-34 (1-11-39).- María niña con Ana y Joaquín. “¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las dice?”.
* No sé quién me dice estas cosas. Es como si las hubiera sabido siempre”.- ■ Sigo viendo todavía a Ana. Desde ayer por la tarde la veo así: sentada donde empieza el sombrío emparrado; dedicada a un trabajo de costura. Está vestida de un solo color gris arena; es un vestido muy sencillo y suelto, quizás por el mucho calor que parece que hace. En el otro extremo del emparrado se ve a los peones segando heno; heno que no debe ser de mayo. Efectivamente, la uva ya está detrás coloreándose de oro, y un grueso manzano muestra entre sus oscuras hojas sus frutos, que están tomando un color de lúcida cera amarilla y roja; y además en el campo de trigo no se ven sino rastrojos sobre los que ondean ligeras las llamitas de las amapolas y se yerguen fuertes y serenas, las flores de lis, radiadas como una estrella, azules como el cielo de oriente. ■ Del emparrado sombrío sale caminando una María pequeñita, que, no obstante, es ya ágil e independiente. Su breve paso es seguro y sus sandalitas blancas no tropiezan en los cantos. Se nota ya su dulce caminar, cual de paloma, y está toda blan­ca, como una palomita, con su vestidito de lino que le llega a los tobillos, amplio, fruncido en torno al cuello con un cordoncito de color celeste, y con unas manguitas cortas que dejan ver los antebrazos re­gordetes. Con sus cabellos de cera y rubios de color de miel, no muy rizados pero sí formando suaves ondas, con sus ojos de cielo y su dulce carita tenuemente sonro­sada y sonriente, parece un pequeño ángel. El vientecillo que le entra por las anchas mangas y le hincha por detrás el vestidito de lino contribuye también a darle aspecto de un pequeño ángel cuando despliega las alas para el vuelo. Lleva en sus manitas amapolas y lirios y otras florecillas que crecen entre los trigos y cuyo nombre desconozco. Se dirige hacia su madre. Cuando está ya cerca, inicia contenta una breve carrera hacia ella, y va, como una tortolita, a detener su vuelo contra las rodillas maternas, abiertas un poco para recibirla. Ana ha dejado a un lado su labor para que Ella no se pinche, y ha extendido los brazos para estrecharla. “¡Mamá! ¡Mamá!”. La tortolita blanca está toda en el nido de las rodillas maternas, apoyando sus piececitos sobre la hierba corta, y la carita en el regazo materno. Solo se ve el oro pálido de sus cabellos sobre el delgado cuello que Ana besa amorosamente. ■ Luego la tortolita levanta su pequeña cabeza y entrega sus florecillas: todas para su mamá. Y de cada flor cuenta una historia creada por Ella. Ésta, tan azul y tan grande, es una estrella que ha caído del cielo para traerle a su mamá el beso del Señor. Mira. Bésala aquí, aquí, que te trae saludos de Él. Y esta otra, de color azul más pálido, como los ojos de papá, lleva escrito en las hojas que el Señor quiere mucho a su papá porque es bueno. Y esta tan pequeñita, la única encontrada de ese tipo (una «nunca me olvides»), es la que el Señor ha hecho para decirle a María que la quiere. Y estas rojas, ¿sabe su mamá qué son? Son trozos de la vestidura del rey David, empapados de sangre de los enemigos de Israel, y es­parcidos por los campos de batalla y de victoria. Proceden de los pedazos de la tela real hecha jirones en la lucha por el Señor (1). En cambio, ésta, perfumada y hermosa, como si estuviera hecha de seda purísima que contempla el firmamento, ha nacido allí, cerca del manantial —se la ha cortado papá de entre las espinas—, está hecha con el vestido que llevaba el rey Salomón cuando, él —¡oh, cuántos, cuántos antes!— muchos años antes, él, majestuoso con su vestidura blanca, caminó entre la multitud de Israel ante el Arca y ante el Tabernáculo, y se llenó de júbilo por la nube que había vuelto a rodearla con su gloria, y cantó un cántico y una oración preñados de gozo (2). La boquita de María termina así: “Yo quiero ser siempre como esta flor, y, como el rey sabio, quiero cantar toda la vida cánticos y oraciones ante el Tabernáculo”. Ana: “¡Tesoro mío! ¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las dice? ¿Tu padre?”. María: “No. No sé quién es. Es como si las hubiera sabido siempre. Pero quizás me las dice alguien, alguien a quien no veo. Quizás uno de los ángeles que Dios envía a hablarles a los hombres buenos”.
* Dime, si rezase mucho, día y noche, siendo sola de Dios con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?”.-María: “Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?…”. Ana: “¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?”. María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel. Luego elige: “Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que se promete el Mesías” (3). Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor. Cuando Ana termina, pregunta: “¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?”. Ana: “Treinta años aproximadamente, querida mía”. María: “¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo… Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?”. Ana: “No lo sé, querida mía. El Profeta dice: «Setenta semanas». Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan bueno —se apresura a añadir Ana, al ver que por las pestañas de oro de su niña se asoman unas lágrimas— que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, Él te escuchará”. La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada ha­cia la madre, y unos ojitos radiantes hacen brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgan­do de los tallitos delicadísimos del musgo de los Alpes. ■ María: “Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto”. Ana: “Pero, ¿sabes lo que quiere decir eso?”. María: “Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios. Quiere decir no tener ningún pensamiento más que en el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios, oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para se­guirle velozmente, corazón y vida para dárselos a Él”. Ana: “¡Bendita tú! Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿sabes?; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las tortolitas. Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral: se le puede amar, besar; y oír que le digan a una: «mamá»”. María: “No importa. Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel. La Virgen que debe ser Madre suya, como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo… Yo seré compañera suya… y sierva suya. ¡Oh, sí! Si pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla. Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!… ¡¡Servir al Mesías!!”. ■ María está poseída de este pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo. Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un poco inclinada hacia adelante, y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo vi (4). ■ Y sigue diciendo: “¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, ¿me permitirá servirle?”. Ana: “No lo dudes. ¿No dice el rey Salomón: «sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas, y sin número las doncellas»? (5). En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor”. María: “¡Oh! Ves, pues, que debo ser virgen. Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad por encima de todas las cosas. Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa vir­ginidad que me hará un poco similar a su amada Madre… Esto es lo que quiero…”.
* Querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. ¿Pero cómo pue­de salvarme si no me pierdo, si no soy pecadora?”.- Joaquín aclara la duda de su hija con el ejemplo del gorrión salvado anticipadamente.- María: “Querría también ser pecadora, muy pecadora, si no temiera ofender al Señor… Dime, mamá, ¿puede una ser pecadora por amor a Dios?”. Ana: “Pero, ¿qué dices, tesoro? No entiendo”. María: “Quiero decir: pecar para poder ser amada por Dios hecho Salva­dor. Se salva a quien está perdido, ¿no es verdad? Yo querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. Para esto que­rría pecar, pero no cometer un pecado que le disgustase. ¿Cómo pue­de salvarme si no me pierdo?”. Ana está atónita. No sabe ya qué decir. ■ Viene en su ayuda Joaquín, el cual, caminando sobre la hierba, se ha ido acercando sin hacer ruido, por detrás del seto de sarmientos bajos. Joaquín dice: “Te ha salvado antes porque sabe que le amas y quieres amarle solo a Él. Por ello tú ya estás redimida y puedes ser virgen como quieres”. María: “¿De veras, papito?”, y se abraza a sus rodillas y le mira con esos ojitos, muy semejantes a los paternos, y dichosos por esta esperanza que su padre le da. Joaquín: “Es verdad, amorcito mío. Mira, yo te traía este pequeño gorrión que en su primer vuelo había ido a posarse junto a la fuente. Habría podido dejarlo, pero sus débiles alas no tenían fuerza para elevarlo en nuevo vuelo, ni sus patitas de seda para sostenerle sobre musgosas piedras, que resbalaban. Se habría caído en la fuente. No he esperado a que esto sucediera. Lo he cogido y ahora te lo regalo.  Haz lo que quieras con él. El hecho es que ha sido salvado antes de caer en el peligro. Lo mismo ha hecho Dios contigo. Ahora, dime, María: ¿he amado más al gorrión salvándolo antes, o lo habría amado más salvándolo después?”. MaríaAhora lo has amado, porque no has permitido que se hiciera daño con el agua helada”. Joaquín: “Y Dios te ha amado más, porque te ha salvado antes de que pecaras”. María: “Pues entonces yo le amaré completamente, completamente. Gorrioncito bonito, yo soy como tú. El Señor nos ha amado de la misma manera, salvándonos… Ahora voy a criarte y luego te dejaré suelto. Tú cantarás en el bosque y yo en el Templo las alabanzas del Señor, y diremos: «Envía a tu Prometido, envíaselo a quien espera». ■ ¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a llevar al Templo?”. Joaquín: “Pronto, perla mía. Pero, ¿no te duele dejar a tu padre?”. María: “¡Mucho! Pero tú vendrás… y, además, si no doliese, ¿qué sacrifi­cio sería?”. Joaquín: “¿Y te vas a acordar de nosotros?”. María: “Siempre. Después de la oración por el Emmanuel rezaré por vo­sotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida… hasta el día en que Él sea Salvador. Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo”. La visión me cesa con María estrechada en el lazo de los brazos de su padre… (Escrito el 20 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr.   2 Sam.  5-8.   2  Nota  : Cfr. 1  Rey.  8.   3  Nota  : Cfr.  Dan.  9.   4  Nota  : “Parece  una infantil  reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo vi”.  Pudiera tratarse no de la visión que la autora había tenido acerca de la Anunciación, sino del conocido fresco que está en la Basílica de la Santísima Virgen de la Anunciación en Florencia.  5  Nota  : Cfr. Cánt. 6,7.
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1-7-38 (1-12-43).- “¿No habrá el Hijo puesto en los labios de su Madre su Sabiduría?”.
* Si a un profeta, para transmitir la palabra de Dios, le fue purificada la boca, ¿no habrá el Amor sublimado el habla de María, portadora de la Palabra, para que solo y siempre hablase como criatura celestial desvinculada de la edad?”.- ■ Dice Jesús: “Llegan ya a mis oídos los comentarios de los doctores de los tiquismiquis: «¿Cómo puede hablar así una niña que no ha cumplido aún tres años? Es una exageración». Pero no piensan que ellos, alterando mi infancia con actos propios de adultos, dan de Mí una imagen monstruosa. La inteligencia no llega a todos de la misma manera y al mismo tiempo. La Iglesia ha establecido los seis años como la edad de responsabilidad de las acciones, porque esa es la edad en que incluso un niño retrasado puede distinguir, rudimentariamente al menos, el bien y el mal. Pero hay niños que mucho antes son capaces de discernir, entender y querer, con una razón ya suficientemente desarrollada. Que las pequeñas Imelde Lambertini, Rosa de Viterbo, Nellie Organ, Nennolina os proporcionen una base para creer —¡oh, doctores difíciles!— que mi Madre podía pensar y hablar así. Solo he considerado cuatro nombres al azar entre los millares de niños santos que, después de haber razonado como adultos en la tierra durante más o menos años,  han venido a poblar mi Paraíso. ■ ¿Qué es la razón? Un don de Dios. Él, por tanto, puede darla con la medida que quiera, a quien quiera y cuando quiera. Es, además, una de las cosas que más os asemejan a Dios, Espíritu inteligente y que razona. La razón y la inteligencia fueron gracias otorgadas por Dios en el Paraíso Terrenal. ¡Y qué vivas estaban cuando la Gracia moraba, aún intacta y operante, en el espíritu de los dos Primeros! En el libro de Jesús Bar Sirac está escrito: «Toda sabiduría viene del Señor Dios y con Él ha estado siempre, incluso antes de los siglos» (1). ¿Qué sabiduría, pues, habrían tenido los hombres si hubiesen conservado su filiación con Dios? Vuestras lagunas de inteligencia son el fruto natural de haber ve­nido a menos en la Gracia y en la honestidad. Perdiendo la Gracia, habéis alejado de vosotros, durante siglos, la Sabiduría. Cual estre­lla fugaz que se oculta tras nebulosidades de kilómetros, la Sabidu­ría no ha seguido llegándoos con sus netos destellos, sino sólo a tra­vés de neblinas que cada vez más os oprimían a causa de vuestras preva­ricaciones. ■ Luego ha venido el Mesías y os ha vuelto a dar la Gracia, don su­premo del amor de Dios. Pero ¿sabéis custodiar limpia y pura esta joya? No. Cuando no la rompéis con pecados voluntarios, la ensuciáis con continuas culpas menores, con debilidades, o gravi­tando hacia el vicio (y ello, a pesar de no significar una verdadera unión con el vicio de siete formas, debilita la luz de la Gracia y su actividad). Luego, además, siglos y siglos de corrupciones —que deletéreas, repercuten en lo físico y en la mente— han ido debilitando la magnífica luz de la inteligencia que Dios había dado a los Primeros. ■ Pero María era no sólo la Pura, la nueva Eva recreada para alegría de Dios, era la Super-Eva,  era la Obra Maestra del Altísimo, era la Llena de Gracia, era la Madre del Verbo en la mente de Dios. «Fuente de la Sabiduría» dice Jesús Bar Sirac «es el Verbo» (2). ¿Y el Hijo no habrá puesto su sabiduría en los labios de su Madre?  Si a un Profeta que debía decir las palabras que el Verbo, la Sabiduría, le confiaba para transmitírselas a los hombres, le fue purificada la boca con carbones encendidos (3), ¿no habrá limpiado y sublimado el Amor la facultad de hablar a María, esa Esposa niña, que debía llevar en sí la Palabra, a fin de que no hablase primero como niña y luego como mujer adulta, sino solo y siempre como una criatura celestial unida a la gran luz y sabiduría de Dios?  ■ El milagro no está en el hecho de que María —como luego Yo— mostrara en edad infantil una inteligencia superior. El milagro está  en el hecho de contener a la Inteligencia infinita —que en Ella moraba— dentro de los diques convenientes y apropiados para no asombrar a las multitudes y despertar la atención satánica. En otra ocasión seguiré hablando de esto, que está en relación con ese «recordarse» que los santos tienen de Dios”. (Escrito el 29 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Ecclo. 1,1.   2  Nota  : Cfr. Ecclo. 1,5.   3  Nota  : Cfr. Is. 6,6-7.
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1-8-40 (1-13-45).- María, recibida en el Templo.
*  Zacarías e Isabel comprenden la dolorosa ofrenda de Joaquín y Ana  que “vuelven a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos”.- ■ Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén. Los que pasan se paran a mirar a la bonita Niña vestida toda de blanco y con un velo ligerísimo que, por sus dibujos, de ramas y flores, más opacos que el tenue fondo, creo que es el mis­mo que tenía Ana el día de su Purificación. Lo único es que, mien­tras que a Ana no le sobrepasaba la cintura, a María, siendo pequeñita, le baja casi hasta el suelo, envolviéndola en una nubecita ligera y lúcida de singular gracia. El rubio de sus cabellos sueltos sobre los hombros, mejor: sobre su fina nuca, se transparenta a través del sutilísimo fondo, en las par­tes del velo no bordado. El velo está sujeto a la frente con una cin­ta de un azul palidísimo que tiene —obviamente hecho por su ma­má— unas pequeñas azucenas bordadas en plata. El vestido —como he dicho, blanquísimo— le llega hasta abajo, y los piececitos, con sus pequeñas sandalias blancas, apenas se muestran al caminar. Las manitas parecen dos pétalos de magnolia saliendo de la larga manga. Aparte del color azul de la cinta, no se ve ningún otro punto de color. Todo es blanco. María parece vestida de nieve. ■ Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación. Ana, en cam­bio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza, es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran llorar, y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto. Éste protege, por una parte, de los que pasan; también, de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están enrojecidos y opacos por las lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo). Camina muy curvado, bajo su velo que le sirve de turbante, que le cubre los lados del rostro. Joaquín está muy envejecido. Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva de la mano. El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace unos veinte años más de lo que en realidad es; su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho cansancio y la mucha tristeza; la boca tiembla ligeramente entre las dos arrugas —tan marcadas hoy— de los lados de la nariz. Los dos tratan de ocultar el llanto. Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta estatura, los ve de abajo arriba, y levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre. Ellos se esfuerzan en sonreírle con su temblo­rosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe. Deben pensar: “Sí. Otra vez me­nos que veremos esta sonrisa”. ■ Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino. Todo es ocasión para detenerse… Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!… Y éste está ya para acabarse. En efecto, allí, en la parte alta de este último tramo en su­bida, están los muros que circundan el Templo. Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María. “¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo!” dice una voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles. Isabel estaba esperando. Ahora se le acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y al ver que Ana llora, le dice: “Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías”. Entran todos en una habitación baja y oscura en que de lámpara sirve una hoguera. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar. Ana explica entre lágrimas: “No  creas que estoy arrepentida, o que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor… Lo que pasa es que el corazón… ¡oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos!… Si lo sintieras…”. Isabel: “Lo comprendo, Ana mía… Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su mamá, ¿verdad?”. María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez, y Ana cierra entre sus manos esa carita y la besa, la besa… no se sacia de besarla. Entra Zacarías y saluda diciendo: “A los justos la paz del Señor”. Joaquín dice: “Sí. Pide paz para nosotros porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro Padre Abraham mientras subía el monte (1); y nosotros no encontraremos ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos hacerlo, porque somos fieles a Dios. Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios, y no te seamos motivo de escándalo”. Zacarías: “Jamás. Es más, vuestro dolor, que sabe no traspasar lo lícito que os llevaría a la infidelidad, es para mí una enseñanza de cómo amar al Altísimo. ■ ¡Ánimo! Ana, la profetisa, cuidará con esmero esta flor de David y Aarón. En este momento es la única azucena que David tiene de estirpe santa en el Templo, y cual perla regia será cuidada. A pesar de que los tiempos hayan entrado ya en la recta final y de que las madres de esta estirpe deberían preocuparse de consagrar sus hijas al Templo —puesto que de una virgen de David vendrá el Mesías—, no obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos. Demasiado pocas en el Templo; y de esta estirpe regia ninguna, después de que, hace ya tres años, Sara de Eliseo salió desposada. Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero… bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas vírgenes de David ante el Sagrado Velo. Y… ¿quién sabe?…”. Zacarías se detiene en estas palabras y… mira pensativo a María. Luego sigue diciendo: “También yo cuidaré de Ella. Soy sacerdote y dentro tengo mi influencia. Haré uso de ella para este ángel. Además, Isabel vendrá a menudo a verla…”. Isabel: “¡Oh, claro! Tengo mucha necesidad de Dios y vendré a decírselo a esta Niña para que a su vez se lo diga al Eterno”. ■ Ana ya está más animada. Isabel, buscando confortarla aún más, pregunta: “¿No es éste tu velo de cuando te casaste?, ¿o has tejido otro con nuevo lino?”. Ana: “Es aquél. Lo consagro con Ella al Señor. Ya no tengo ojos para hilar… Además, por impuestos y adversidades, las posibilidades económicas han disminuido mucho… No podía hacer gastos mayores. Sólo me he preocupado de que tuviera un ajuar considerable para el tiempo que transcurra en la Casa de Dios y para después… porque creo que no viviré para vestirla para su boda… Pero quiero que sea la mano de su madre, aunque esté ya fría e inmóvil, la que la prepare para la boda y la que le haya tejido la ropa y el vestido de novia”. Isabel: “¡Oh!, ¿por qué tienes que pensar así?”. Ana: “Soy vieja, prima. Jamás me he sentido tan vieja como ahora bajo el peso de este dolor. Las últimas fuerzas de mi vida se las he dado a esta flor, para llevarla en el seno, alimentarla, y ahora…y  ahora… en estos momentos, me consume el dolor de perderla, y acaba con mis fuerzas”. Isabel: “No digas eso. Queda Joaquín”. Ana: “Tienes razón. Trataré de vivir con mi marido”. Joaquín ha hecho como que no ha oído, atento como está a lo que le dice Zacarías; pero sí que ha oído, y suspira fuertemente, y sus ojos brillan de llanto.
*  La ofrenda, la Niña María, recibida en el Templo por el Sumo Sacerdote entre un cortejo de levitas, vírgenes, maestras.- ■ Zacarías dice: “Estamos entre tercia y sexta. Creo que sería conveniente ponernos en marcha”. Todos se levantan para ponerse los mantos y comenzar a salir. Pero María se adelanta y se arrodilla en el umbral de la puerta con los brazos extendidos, un pequeño querubín suplicante: “¡Padre, madre, vuestra bendición!”. No llora la fuerte pequeña; pero los labiecitos sí tiemblan, y la voz, entrecortada por un interno sollozo, se parece más que nunca al temblo­roso gemido de una tortolita. Su carita está más pálida y sus ojos tienen esa mirada de resignada angustia que —más fuerte, hasta el punto de llegar a no poderse mirar sin que produzca un profundo sufri­miento— veré en el Calvario y ante el Sepulcro. Sus padres la bendicen y la besan. Una, dos, diez veces. No se sa­cian de besarla… Isabel llora en silencio. Zacarías, aunque quiera no dar muestras de ello, está también conmovido. Salen. María entre su padre y su madre, como antes; delante, Zacarías y su mujer… ■ Ahora van dentro del recinto del Templo. Zacarías dice: “Voy a ver al Sumo Sacerdote. Vosotros subid hasta la Gran Terraza”. Atraviesan tres atrios y tres patios superpuestos… Ya están al pie del ancho cubo de mármol coronado de oro. Cada una de las cúpulas, convexas como una media naranja enorme, resplandece bajo el sol que, ahora en su cenit, cae a plomada, ahora que es aproximadamente mediodía, en el amplio patio que rodea a la gran edificación, y llena el vasto espacio abierto y la amplia escalinata que conduce al Templo. Solo el pórtico que hay frente a la escalinata, a lo largo de la fachada, está en sombra, y la puerta, altísima, de bronce y oro, con tanta luz, aparece aún más oscura y solemne.  Por el intenso sol, María parece aún más estar hecha de nieve. Ahí está, al pie de la escalinata, entre sus padres. ¡Cómo debe latirles el corazón a los tres! Isabel está al lado de Ana, pero un poco retrasada, como medio paso. Un sonido de trompetas argentinas y la puerta gira sobre los goznes, los cuales, al moverse sobre las esferas de bronce, parecen producir sonido de cítara. Se ve el interior, con sus lámparas en el  fondo. ■ Un cortejo viene desde allí hacia el exterior. Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces. Ya han llegado al umbral; delante, el que debe ser el Sumo Sacerdote: un anciano solemne, vestido de lino finísimo, cubierto con túnica más corta, también de lino, y sobre ésta una especie de casulla —recuerda en parte a la casulla y en parte a la vestidura de los diáconos— multicolor: púrpura y oro, violáceo y blanco se mezclan en ella y brillan como joyas al sol; y dos piedras preciosas resplandecen encima de los hombros más vivamente aún (quizás son hebillas con un engaste precioso); al pecho lleva una ancha placa resplandeciente de joyas sujeta con una cadena de oro; y colgantes adornos lucen en la parte de abajo de la túnica corta, y oro en la frente sobre la prenda que cubre su cabeza (una prenda que me recuerda a la de los sacerdotes ortodoxos, con su mitra en forma de cúpula en vez de en punta como la mitra católica). El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más espléndido. Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el sombrío pórtico. A la izquierda hay un grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas. ■ El Sumo Sacerdote mira a la Pequeña y sonríe. ¡Debe parecerle bien pequeñita al pie de esa escalinata digna de un templo egipcio! Levanta los brazos al cielo para pronunciar una oración. Todos bajan la cabeza como anonadados ante la majestad sacerdotal en comunión con la Majestad eterna. Luego… una señal a María, y Ella se separa de su madre y de su padre y sube, sube como hechizada. Y sonríe, sonríe a la zona del Templo que está en penumbra, al lugar en que pende el Velo Santo… Ha llegado ya a lo alto de la escalinata, a los pies del Sumo Sacerdote, que le impone las manos sobre la cabeza. La víctima ha sido aceptada. ¿Alguna vez había tenido el Templo una hostia más pura? Luego se vuelve y, pasando la mano por el hombro de la Corderita sin mancha, como para conducirla al altar, la lleva a la puerta del Templo y, antes de hacerla pasar pregunta: “María de David, ¿conoces tu voto?”. Ante el “sí” argentino que le responde, él grita: “Entra, entonces. Camina en mi presencia y sé perfecta”. Y María entra y desaparece en la sombra, y el cortejo de las vírgenes y de las maestras, y luego de los levitas, la ocultan cada vez más, la separan… Ya no se la ve… La puerta vuelve, girando sobre sus armoniosos goznes. Una abertura cada vez más estrecha, permite todavía ver al cortejo, que se va adentrando hacia el Santo. Ahora es sólo una rendija. Ahora ya nada. Cerrada. ■ En medio de los sonoros goznes se oye un sollozo de los dos ancianos y un grito único: “¡María! ¡Hija!”; y luego dos gemidos invocándose mutuamente: “¡Ana, Joaquín!”. Luego, como final: “Glorifiquemos al Señor, que la recibe en su Casa y la conduce por su camino”.  Todo termina de este modo. (Escrito el 30 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Gén. 22,1-14.
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1-8-45 (1-14-51).- No sabía que era la Llena de Sabiduría.
* María había merecido que la «Sabiduría la preparase de antemano y se le mostrara» porque «desde el principio de su día había estado a su puerta…» «Luego, cuando el Señor lo quiera, Ella será llena del Espíritu de Inteligencia» y comprenderá su sublime misión”.- ■ Dice Jesús: “El Sumo Sacerdote había dicho: «Camina en mi presencia y sé perfecta». El sumo Sacerdote no sabía que estaba hablándole a la Mujer que, en perfección, es solo inferior a Dios. Mas hablaba en nombre de Dios y, por tanto, su recomendación era sagrada. Siempre sagrada, pero especialmente a la Llena de Sabiduría. María había merecido que la «Sabiduría la preparase de antemano y se le mostrara», porque «desde el prin­cipio de su día Ella había estado a su puerta y, deseando instruirse, por amor, quiso ser pura para conseguir el amor perfecto y merecer tenerla como maestra» (1). ■ En su humildad, no sabía que la poseía antes de nacer y que la unión con la Sabiduría no era sino un continuar los divinos latidos del Paraíso. No podía imaginar esto. Y cuando, en el silencio del co­razón, Dios le decía palabras sublimes, Ella, humildemente, pensaba que fueran pensamientos de orgullo, y elevando a Dios un corazón inocente suplicaba: «¡Piedad de tu sierva, Señor!». ■ En verdad, la verdadera Sabia, la eterna Virgen, tuvo un solo pensamiento desde el principio de su vida: «Dirigir a Dios su corazón desde los albores de la vida y estar atenta a lo que quisiera el Señor, orando al Altísimo», pidiendo perdón por la debilidad de su corazón, como su humildad le sugería creer, sin saber que estaba anticipando sus peticiones de perdón por los pecadores, que haría más tarde al pie de la Cruz junto con su Hijo moribundo. ■ «Luego, cuando el gran Señor lo quiera, Ella será llena del Espíritu de Inteligencia» (2) y comprenderá entonces su sublime misión. Por ahora no es más que una pequeñina que, en la paz sagrada del Templo, une, «reanuda» cada vez de forma más estrecha, sus coloquios, sus afectos, sus recuerdos, con Dios.  Esto es para todos”.
* Pequeña María, sé perfecta en el amor, perfecta en la generosidad, perfecta en el sufrir. Mira una vez más a la Madre”.-Jesús: “Pero, para ti, pequeña María, ¿no tiene ninguna cosa particular que decir tu Maestro? «Camina en mi presencia, sé por tanto perfecta». Modifico ligeramente la sagrada frase y te la doy por orden. Perfecta en el amor, perfecta en la generosidad, perfecta en el sufrir. Mira una vez más a la Madre. Y medita en eso que tantos ignoran, o quieren ignorar, porque el dolor es materia demasiado ingrata para su paladar y para su espíritu. El dolor. María lo tuvo desde las primeras horas de la vida. Ser  perfecta como Ella era, era poseer también una perfecta sensibilidad. Por eso, el sacrificio debía serle más agudo; mas, por eso mismo, más meritorio. Quien posee pureza posee amor, quien posee amor posee sabiduría, quien posee sabiduría posee generosidad y heroísmo, porque sabe el por qué se sacrifica. ¡Arriba tu espíritu, aunque la cruz te doble, te rompa, te mate! Dios está contigo”. (Escrito el 30 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Prov. 8,17-34.   2  Nota  : Cfr. Ecclo. 39,8.
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1-9-46 (1-15-52).- La muerte de Joaquín y Ana fue dulce después de una vida de fidelidad a Dios en las pruebas.
*  La Sabiduría, que toma bajo su protección a los que la buscan, los guía, los prueba y les descubre sus arcanos.- ■ Dice Jesús: “Como un rápido crepúsculo de invierno en que un viento helado acumula nubes en el cielo, la vida de mis abuelos conoció rápida la noche, una vez que su Sol se había quedado fijo resplandeciendo ante la sagrada Cortina del Templo. Pero, ¿acaso no fue dicho: «La Sabiduría da vida a sus hijos, toma bajo su protección a los que la buscan… Quien la ama, ama la vida, y quien está atenta a ella, gozará de su paz. Quien la posee, tendrá por herencia la vida… Quien la sirve, obedecerá al Santo, y a quien la ama, Dios lo ama mucho… Si cree en ella, la tendrá como herencia, que se transmitirá a sus descendientes porque lo acom­paña en la prueba. En primer lugar le elige, luego enviará sobre él temores, miedos y pruebas, le atormentará con el flagelo de su disciplina, hasta haberle probado en sus pensamientos y poder fiarse de él. Mas luego le dará tranquilidad, volverá a él por recto camino y le hará feliz. Le descubrirá sus arcanos, pondrá en él tesoros de ciencia y de inteligencia en la justicia»? (1). Sí, todo esto fue dicho. Los libros sapienciales son aplicables a todos los hombres, que en ellos tienen un espejo para sus comportamientos y una guía. Mas dichosos aquellos que puedan ser reconocidos como amantes espirituales de la Sabiduría. Yo me rodeé de sabios entre mis familiares. Ana, Joaquín, José, Zacarías y, más aún, Isabel y luego el Bautista, ¿no son, acaso, verdaderos sabios? Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la Sabiduría había hecho morada. ■ Desde la juventud hasta la tumba, la Sabiduría había inspirado a mis abuelos la manera de vivir de forma grata a Dios; y, como una tienda de campaña que protege de la violencia de los elementos, los había protegido del peligro de pecar. El santo temor de Dios es base del árbol de la sabiduría, que, apoyada en él, se desarrolla impetuoso con todas sus ramas hacia lo alto para alcanzar con su copa el amor tranquilo en su paz, el amor pacífico en su seguridad, el amor seguro en su fidelidad, el amor fiel en su intensidad, el amor total, generoso, activo de los santos. «Quien la ama, ama la vida y recibirá en herencia la Vida» dice el Eclesiástico (2). Pues bien, esto se ajusta a lo que dije: «Aquel que pierda la vi­da por amor mío, la salvará» (3). Porque no se habla de la pobre vida de esta tierra, sino de la eterna; no de las alegrías de una hora, sino de las inmortales. Joaquín y Ana la amaron en ese sentido. Y ella estuvo con ellos en las pruebas. ■ ¡Cuántas pruebas, vosotros, que, pensando que no sois completamente malvados, querríais no tener que llorar ni sufrir nunca! ¡Cuántas pruebas sufrieron estos dos justos que merecieron tener por hija a María! La persecución política que los desterró de la tierra de David, y los hizo muy pobres. La tristeza de ver caer en la nada los años sin que una flor les dijese: «Yo continuaré después de vosotros». Y luego la congoja por haberla tenido a una edad en que ciertamente no la iban a ver hacerse mujer. Y, más tarde, el tener que arrancarse de su corazón esta flor para depositarla sobre el altar de Dios. Y el vivir en un silencio más oprimente aún que el primero, ahora que se habían acostumbrado al cantar de su tortolita, al rumor de sus pasitos, a las sonrisas, a los besos de su criatura; y esperar en el recuerdo la hora de Dios. Y más, más todavía: enfermedades, calamidades por los cambios del tiempo, abusos de los poderosos… muchos golpes de ariete contra el débil castillo de su modesta prosperidad. Y no acaba aquí todo: el dolor de esa criatura lejana, que se quedaba sola y pobre, y que, a pesar de todas las atenciones y todos los sacrificios, no tendría sino una poca cosa de los bienes paternos. ¿Y cómo podía encontrarlos, si durante muchos años quedaban incultos, cerrados, en espera de Ella? Temores, miedos, pruebas y tentaciones. Y fidelidad, fidelidad, fidelidad, siempre para con Dios. La tentación más fuerte: no privarse del consuelo de tener a su hija cuando su vida ya declinaba. Pero, los hijos son de Dios antes que de los padres. Todos los hijos pueden decir lo que Yo le dije a mi Madre: «¿No sabes que debo ocuparme de los intereses del Padre de los Cielos?» (4). ■ Y todas las madres y todos los padres deben aprender la actitud a guardar en estos casos, mirando a María y a José en el Templo, a Ana y a Joaquín en la casa de Nazaret, cada vez más vacía y triste, aunque, no obstante, en ella una cosa no disminuyese nunca sino que, al contrario, crecía cada vez más: la santidad de dos corazones, la santidad de una unión matrimonial”.
* “Así fue la muerte de mis abuelos”.- «¿Por qué no debieron sufrir, ella al dar a luz, y ambos al morir,  puesto que eran hijos de Adán?».-Jesús: “¿Qué luz le queda a Joaquín, enfermo; qué luz le queda a su adorada esposa en las largas y silenciosas tardes propias de ancianos que se sienten morir? Los vestiditos, las primeras sandalitas, los pobres juguetitos de su criatura lejana, y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos. Y, con éstos, una paz que proviene del poder decir: «Sufro, pero he cumplido mi deber de amor hacia Dios». Pues bien, he aquí que se produce una alegría sobrehumana que brilla con luz celestial, no conocida por los hijos de este mundo, y que no se oscurece por el hecho de que un grave párpado descienda sobre dos ojos que mueren, sino que en la postrera hora brilla más, e ilumina verdades que habían estado dentro durante toda la vida, encerradas como mariposas en su capullo, que daban señales de estar dentro de ellos sólo por unos suaves movimientos de ligeros destellos, mientras que ahora abren sus alas de sol mostrando las palabras que las embellecen. Y la vida se apaga en el conocimiento de un futuro feliz para ellos y para su estirpe, y con una bendición en sus labios para su Dios. Así fue la muerte de mis abuelos, como era justo que fuera porque su vida había sido santa. ■ Por la santidad merecieron ser los primeros guardianes de la Amada de Dios, y, sólo cuando un Sol más grande se mostró en su ocaso mortal, ellos intuyeron la gracia que Dios les había concedido. Por la santidad que tuvieron, Ana no padeció los dolores de una parturienta, sino que gozó de un éxtasis de quien llevó a la Sin Culpa. Ambos no sufrieron la angustia de la agonía, sino la languidez que se apaga, como dulcemente se apaga una estrella cuando el sol sale con la aurora. Y, si bien no experimentaron el consuelo de tenerme como Encarnada Sabiduría, como me tuvo José, Yo, no obstante, estaba allí, invisible Presencia que decía sublimes palabras, inclinado hacia su almohada para adormecerlos en la paz, en espera del triunfo. ■ Habrá quien diga: «¿Por qué no debieron sufrir, ella al dar a luz, y ambos al morir,  puesto que eran hijos de Adán?». A lo primero respondo: «Si el Bautista, hijo de Adán y concebido con la culpa de origen, fue santificado de antemano (5) en el seno de su madre porque Yo le visité, ¿ninguna gracia va a haber recibido la madre santa de la Santa sin Mancha, de la Preservada por Dios que llevó consigo a Dios en su espíritu casi divino y en el corazón embrional, y que no se separó nunca de Él desde que fue pensada. por el Padre, desde que fue concebida en un seno, hasta que retornó a poseer a Dios plenamente en el Cielo para una eternidad gloriosa?». A lo segundo respondo: «La recta conciencia proporciona una muerte serena y las oraciones de los santos os obtienen tal muerte». Joaquín y Ana siempre conservaron una conciencia recta, y ésta se alzaba cual tranquilo panorama y los guió hasta el Cielo; y tenían a la Santa en oración por ellos, sus padres lejanos, ante el Tabernáculo de Dios. Dios, Bien supremo, era antes que ellos, pero Ella amaba a sus padres, como querían la ley y el sentimiento, con un amor sobrenaturalmente perfecto”. (Escrito el 31 de Agosto de 1944).
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1  Nota  :  Cfr.  Ecclo.  4,12-21.   2  Nota  :  Cfr.  Ecclo.  4,13-14.   3  Nota  :  Cfr.  Mt.  16,25.    4  Nota  :  Cfr. Lc. 2,49.   5  Nota  :  Cfr. Lc. 1,39-45.
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1-10-49 (1-16-55).- “Tú deberías ser la Madre de Dios”.
* Cántico de María.- ■ Hasta ayer por la tarde, viernes, no se me ha iluminado la mente para ver. Y he visto solamente esto. He visto a una María muy joven, una María de como mucho doce años, cuyo rostro no presenta ya esas redondeces propias de la infancia, sino que presenta los futuros contornos de la mujer con el perfil ovalado que ya se va alargando. Por lo que respecta al pelo, ya no es aquel que caía suelto sobre el cuello con sus ligeros rizos, sino que está recogido en dos gruesas trenzas de un oro palidísimo —de lo claro que es el pelo, parece como si es­tuviera mezclado con plata— que siguiendo los hombros bajan has­ta las caderas. El rostro aparece más pensativo, más maduro, aun­que siga siendo el rostro de una niña, de una hermosa y pura niña, que, toda vestida de blanco, cose en una habitación muy pequeña y también toda blanca, por cuya ventana abierta de par en par se ve el edificio imponente del Templo, y toda la bajada de las escalinatas de los patios, de los pórticos, y, al otro lado de la muralla, la ciudad con sus calles y casas y jardines, y, al fondo, la cima protuberante y verde del Monte de los Olivos. Cose y canta en voz baja. No sé si se trata de un canto sacro. Dice:

“Como una estrella dentro de transparente agua
me resplandece una luz en el fondo del corazón.
Desde la infancia, de mí no se separa
Y dulcemente me guía con amor.
En lo más hondo del corazón hay un canto.
¿De dónde venir podrá?
¡Oh, hombre, tú lo ignoras!
De donde el Santo su mansión tiene.
Yo miro mi brillante estrella
y no quiero otra cosa que no sea ella,
aunque fuera la más dulce y estimada,
porque esta dulce luz es toda mía.
Me trajiste de lo profundo de los  Cielos, Estrella,
al interior de un seno de madre.
Ahora vives en mí; pero más allá de los velos
te  contemplo rostro grandioso del Padre.
¿Cuándo a tu sierva darás el honor
de ser humilde esclava del Salvador?
Manda, del Cielo mándanos al Mesías.
Acepta, Padre Santo, la ofrenda de María”.
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* Estoy entre vosotras, mis maestras y compañeras, pero un círculo de fuego me aísla de vosotras. Dentro de ese círculo, Dios y yo. Os veo a través del Fuego de Dios y así os amo, no según la carne”.- ■ María calla, sonríe y suspira, y luego se pone de rodillas en oración. Su carita es toda una luz. Elevada hacia el azul terso de un bonito cielo de otoño, parece como si aspirase toda su luminosidad y la irradiara. O, más exactamente, parece como si de su interior un escondido sol irradiase sus luces y encendiera la nieve apenas de color rosa de la piel de María y se vertiera, llegando a las cosas y al sol que resplandece sobre la tierra, bendiciendo y prometiendo abundancia de bienes. ■ Estando María a punto de ponerse en pie después de su amorosa oración, permaneciendo en su rostro una luminosidad de éxtasis, entra la anciana Ana de Fanuel y se detiene atónita, o, por lo menos, admirada de la actitud y del aspecto de María. La llama: “María”, y la Niña se vuelve con una sonrisa, distinta pero como siempre muy bonita, y saluda diciendo: “Ana, paz a ti”. ■ Ana de Fanuel: “¿Estabas orando? ¿No te es suficiente nunca la oración?”. María: “La oración me sería suficiente. Pero yo hablo con Dios. Ana, tú no puedes saber qué cercano a mí le siento; más que cercano, en el corazón. Dios me perdone tal soberbia. Es que yo no me siento sola. ¿Ves? Allí, en aquella casa de oro y de nieve, detrás de la doble Cortina, está el Santo de los Santos, y jamás ojo alguno, aparte del ojo del Sumo Sacerdote, puede detenerse en el Propiciatorio, sobre el que descansa la gloria del Señor. Mas yo no tengo necesidad de mirar con toda el alma reverente a ese doble Velo bordado, que se mueve al sentirse tocado por las ondas de los cantos de las vírgenes y de los levitas y que huele a preciosos inciensos, como para perforar su cohesión y ver así la luz irradiada por el Pacto. ¡Pero sí que miro! No temas que no mire con ojos reverentes como lo hace cualquier israelita. No temas que el orgullo me ciegue y que me haga pensar esto que ahora te digo. Yo miro, y no hay ningún humilde siervo en el pueblo de Dios que mire más humildemente la Casa de su Señor que como yo la miro, convencida como estoy de ser la más pequeña de todos. Pero, ¿qué es lo que veo? Un velo. ¿En qué pienso al otro lado del Velo? En un Tabernáculo. ¿Qué hay en él? Mas si miro a mi corazón, he aquí que veo a Dios que brilla en su gloria de amor y decirme: «Te amo», y yo le digo: «Te amo», y me deshago y me deleito a cada uno de los latidos de mi corazón en este beso recíproco. Estoy entre vosotras, mis queridas maestras y compañeras, pero un círculo de fuego me aísla de vosotras. Dentro de ese círculo, Dios y yo. Y os veo a través del Fuego de Dios y así os amo… mas no puedo amaros según la carne como los mortales, como jamás podré amar a na­die según la carne, sino sólo a Éste que me ama, y según el espíritu. Conozco mi destino. ■ La Ley secular de Israel quiere de toda niña una esposa y de toda esposa una madre (1).  Pero yo, pese a que obedezco  a la Ley, obedezco a la Voz que me dice: «Yo te quiero para Mí», y permane­ceré siempre virgen. ¿Cómo podré hacerlo? Esta dulce, invisible Pre­sencia que está conmigo me ayudará, porque ella desea eso. Yo no te­mo. Ya no tengo ni padre ni madre… y sólo el Eterno sabe cómo en ese dolor se quemó cuanto yo tenía de humano. Se consumió con dolor atroz. Ahora sólo tengo a Dios. A Él, por tanto, le presto obediencia ciegamente… Lo habría hecho incluso contra el padre y la madre, porque la Voz me enseña que quien quiere seguirla debe pasar por encima del padre y de la madre, que son cual amorosas guardias de ronda en tor­no a los muros del corazón filial, al que quieren conducir a la alegría según sus caminos… y no saben que hay otros caminos de infinita alegría. Yo les habría dejado los vestidos y el manto, con tal de seguir la Voz que me dice: «¡Ven, amada mía, esposa mía!». Les habría dejado todo; y las perlas de las lágrimas —porque habría llorado por tener que desobedecer—, y los rubíes de mi sangre —que hasta a la muerte habría desafiado por seguir la Voz que me llama— les habrían dicho que hay algo más grande que el amor de un padre y una madre, y más dulce: la Voz de Dios. Pero ahora su voluntad me ha dejado libre incluso de este lazo de piedad filial. ¡Bueno! Ya de por sí no hubiera sido un lazo. Eran dos justos, y Dios, ciertamente, hablaba en ellos como me habla a mí. Habrían seguido por el camino de la justicia y de la verdad”.
* Acelero con mi sacrificio la venida del Mesías… Pronto será cambiada la Ley… Al Nacido de Dios y de una Virgen, no le puede gustar sino: la Pureza”.- ■ María prosigue: “Cuando pienso en mis padres, pienso que están en la quietud de la espera entre los Patriarcas, y acelero con mi sacrificio la venida del Mesías para abrirles las puertas del Cielo. En la tierra me encuentro y yo misma me gobierno, o sea, es Dios quien gobierna a su pobre sierva dándome sus órdenes y las cumplo, porque cumplirlas es mi alegría. Cuando llegue la hora, le diré a mi esposo mi secreto… y él lo aceptará”. Ana de Fanuel: “Pero, María… ¿con qué palabras le vas a persuadir? Tendrás en contra el amor de un hombre, la Ley y la vida”. María: “Tendré conmigo a Dios… Dios abrirá a la luz el corazón de mi esposo… la vida perderá sus estímulos del sentido y se convertirá en una flor pura que tendrá como perfume la caridad. ■ La Ley… Ana, no digas que blasfemo. Yo creo que la Ley está a punto de ser cambiada. Pensarás: «¿quién puede cambiarla, si es divina?». Sólo quien la puede cambiar: Dios. El tiempo está más próximo de lo que pensáis, yo os lo aseguro. Leyendo a Daniel (2), he recibido una gran luz que me venía del centro del corazón y me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras. Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos. ¿Será cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del sol, sino el de la luna, y por ello os digo: «Cercana está la hora que oirá llorar al Nacido de una Virgen». ¡Oh, yo quisiera que esta Luz que me ama me dijese —pues muchas cosas me dice— dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo! (3). Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a Ella y decirle: «Permite a tu sierva y a la sierva de los siervos del Mesías vivir ba­jo tu techo. Haré girar la rueda del molino y la prensa; tómame como esclava en el molino; como pastora de tu rebaño; o para lavar los pañales a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos… donde tú quieras, pero acógeme. ¡Que yo le pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!». Y, si no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar… y, quizás, un día recibiría de Él un pedazo de un pan… ¡Oh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan! Lo tendría como un saquito de perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Mesías, y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento…”. ■ Ana de Fanuel: “¡Tú deberías ser la Madre del Mesías, tú que le amas de esa forma! ¿Por eso es por lo que quieres permanecer virgen?”. María: “¡Oh, no! Yo soy miseria y polvo. No me atrevo a levantar mi mirada hacia la Gloria. Por eso es por lo que prefiero mirar dentro de mi corazón más que mirar al doble Velo, tras el cual sé que está la invisible Presencia de Yeová. Allí está el Dios terrible del Sinaí. Aquí, dentro de mí, veo al Padre nuestro, veo un amoroso Rostro que me sonríe y me bendice, porque soy pequeñita como un pajarillo que el viento sujeta sin sentir su peso, y débil como tallito de muguete silvestre que sólo sabe florecer y perfumar, y no opone más resistencia al viento que la de su perfumada y pura dulzura. ¡Dios, mi viento de amor! ■ No, no es por eso, sino porque al Nacido de Dios y de una Virgen, al Santo del Santísimo no le puede gustar sino lo que en el Cielo ha elegido como Madre y lo que en la tierra le habla del Padre celestial: la Pureza. Si la Ley reflexionase en esto, si los rabíes, que la han multiplicado con todas las sutilezas de su enseñanza, volviendo la mente a horizontes más altos, se sumergieran en lo sobrenatural, dejando de lado lo humano y la ganancia que pretenden buscar anhelosos, olvidando el Fin supremo, deberían sobre todo, volver su enseñanza a la Pureza, para que el Rey de Israel, cuando venga, la encuentre. Con el olivo del Pacífico, con las palmas del Triunfador, esparcid lirios y más lirios… ■ ¡Cuánta Sangre tendrá que derramar para redimirnos el Salvador! ¡Cuánta! De los miles de heridas que Isaías vio en el Hombre de do­lores (4), cae, cual rocío de un recipiente poroso, una lluvia de Sangre. ¡Que no caiga donde hay profanación y blasfemia esta San­gre divina, sino en copas de fragante pureza que la acojan y recojan, para luego esparcirla sobre los enfermos del espíritu, sobre los lepro­sos del alma, sobre los muertos para con Dios! ¡Dad lirios, lirios dad para rociar, con la cándida vestidura de los pétalos puros, los sudo­res y las lágrimas del Mesías! ¡Dad lirios, lirios dad para calmar el ardor de su fiebre de Mártir! ¡Oh, ¿dónde estará ese Lirio que te lleva dentro; dónde, el que te quitará la fiebre de la sed que padeces; dón­de, el que tomará el color rojo de tu Sangre y morirá por el dolor de verte morir; dónde el que llorará ante tu Cuerpo desangrado?! ¡Oh,  Mesías, Mesías, Ansia mía!…”. María queda en silencio, llorando y abatida. ■ Ana está un rato en silencio. Luego, con su voz blanca de anciana conmovida, dice: “¿Tienes algo más que enseñarme, María?”.  María se estremece. Debe haber creído, en su humildad, que su maestra le haya reprendido y dice: “¡Perdón! Tú eres maestra, yo soy una pobre nada. Es que esta Voz me sube del corazón. Yo la tengo bien vigilada para no hablar; pero, cual río que por el ímpetu de la ola rompe las presas, ahora me ha tomado y se ha desbordado. No tengas en cuenta mis palabras y castiga mi presunción. Las arcanas palabras deberían estar en el arca secreta del corazón al que Dios en su bondad favorece. Lo sé. Pero tan dulce es esta invisible Presencia, que me embriaga… ¡Ana, perdona a tu pequeña sierva!”. Ana la estrecha contra sí, y su cara arrugada tiembla y brilla de llanto. Las lágrimas resbalan entre las arrugas como agua por terreno accidentado. No obstante, la anciana maestra no suscita risa, sino que, al contrario, su llanto promueve el más grande respeto. María está entre sus brazos, su carita contra el pecho de la anciana maestra, y todo termina así. (Escrito el 2 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  : Por ejemplo: Gén.  1,28; Núm. 36,6-10;  Tob.  8,9; 1 Tim. 5,14.   2  Nota  :  Cfr.  Dan.  9,24.   3  Nota  : Aunque María estaba llena  de Gracia y sabiduría y era consciente de muchísimos privilegios, Dios, sin embargo, por motivos que ignoramos, le había dejado oculto su designio de hacerla Madre de su Hijo y no puede comprender a qué maternidad ha sido llamada. A nadie debe extrañar esta ignorancia de María acerca de su destino de ser Madre de Jesús. Dios que por singular privilegio le había concedido una sabiduría proporcionada a su estado de Inmaculada y predestinada a ser Madre del Verbo Encarnado, por motivos que ignoramos, quiso que María ignorase algunas cosas hasta el momento en que debía saberlas.   Nota  :  Cfr. Is. 53,5.
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1-10-54 (1-17-60).- “María, la Llena de Gracia, volvía a ver cuanto su (alma) espíritu había visto en Dios… Su espíritu estaba en el Cielo, su parte moral y su carne en la tierra…”.
* “Participaba con Dios, si bien a un nivel inferior, de una de las propiedades de Dios: la de recordar, ver, prever por el atributo de la inteligencia no lesionada por la Culpa, y por tanto, poderosa y perfecta”.- ■ Dice Jesús: “María tenía el recuerdo de Dios. Soñaba con Dios. Creía soñar. No hacía sino ver de nuevo cuanto su espíritu había visto en el fulgor del Cielo de Dios, en el instante fulmíneo en que fue creada para ser unida a la carne concebida en la tierra. Participaba con Dios, si bien a un nivel bien inferior, por exigencia de justicia, de una de las propiedades de Dios: la de recordar, ver y prever por el atributo de la inteligencia no lesionada por la Culpa, y por tanto, poderosa y perfecta. ■ El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Una de estas semejanzas está en la posibilidad de que el espíritu puede recordar, ver y prever. Esto explica la facultad de leer el futuro, facultad que viene, muchas veces y directamente, por voluntad divina, otras veces por el recuerdo, que se levanta, como sol matinal, iluminando un determinado punto del horizonte de los siglos, precedentemente visto desde el seno de Dios. Son misterios demasiado profundos para que los podáis comprender plenamente. Eso sí, reflexionad. ¿Esa Inteligencia suprema, ese Pensamiento que lo sabe todo, esa Vista que lo ve todo, que os crea con un movimiento de su voluntad y con el hálito de su amor infinito, haciéndoos hijos suyos por el origen e hijos suyos por el destino, podrá daros algo que sea distinto de Él? Os la da en proporción infinitesimal (1) porque la criatura no podría contener al Creador; mas esa parte es, en su infinitesimalidad, completa y perfecta. ■ ¡Cuán grande el tesoro de inteligencia que dio Dios al hombre, a Adán! La culpa la ha disminuido, pero mi Sacrificio la reintegra, y os abre los fulgores de la Inteligencia, sus ríos, su ciencia. ¡Oh sublimidad de la mente humana unida a Dios por la Gracia, copartícipe de la capacidad de Dios de conocer!… De la mente humana unida a Dios por la Gracia. No hay otro modo; que lo tengan presente los que curiosamente quieren conocer los secretos ultrahumanos, o sea, que están más allá del alcance humano. Todo conocimiento que no viene de un alma en gracia —y no está en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley de Dios, cuyos preceptos son muy claros— solo puede venir de Satanás, y difícilmente corresponde a verdad por lo que se refiere a cuestiones humanas, y nunca responde a verdad, por lo que respecta a lo sobrehumano, porque el Demonio es padre de la mentira y a quien arrastra consigo le lleva por el sendero de la mentira. No existe ningún otro método para conocer la verdad, sino el que viene de Dios. Y Dios habla y dice o hace recordar, del mismo modo como un padre a un hijo le hace recordar la casa paterna y dice: «¿Te acuerdas cuando conmigo hacías esto, veías aquello, oías aquello otro? ¿Te acuerdas cuando yo te despedía con un beso? ¿Te acuerdas cuando me viste por primera vez, cuando viste mi radiante rostro reflejado en tu alma virgen, instantes antes creada y aún exenta —acababas de salir de Mí— de la tara que después te menguó? ¿Te acuerdas de cuando comprendiste en un latido de amor lo que es el Amor y cuál es el misterio de nuestro Ser y Proceder?». Y cuando la capacidad limitada del hombre en gracia no llega a comprender, entonces el Espíritu de ciencia habla y enseña. ■ Pero para poseer al Espíritu es menester la Gracia. Para poseer la Verdad y la Ciencia es necesaria la Gracia. Y para tener consigo al Padre es necesaria la Gracia, Tabernáculo en que las Tres Personas hacen morada, Propiciatorio sobre el que se posa el Eterno y habla, no desde dentro de la nube, sino descubriendo su Rostro al hijo fiel. Los santos tienen el recuerdo de Dios, de las palabras oídas en la Mente Creadora y resucitadas por la Bondad de nuevo en su corazón para elevarlos como águilas en la contemplación de la Verdad, en el conocimiento del Tiempo”.
* María, mirando en su interior, descubría las palabras de Ciencia y recordaba, como todos los santos. Si no recordaba todo, se debía a que Dios deja lagunas”.-Jesús: “María era la Llena de Gracia. Toda la Gracia Una y Trina estaba en Ella. Toda la Gracia Una y Trina la preparaba como Esposa para la boda, como Tálamo para la Prole, como Divina para su Maternidad y su misión. Ella es la que cierra el ciclo de las profetisas del Antiguo Testamento y abre el de los «portavoces de Dios» en el Nuevo Testamento. ■ Verdadera Arca de la Palabra de Dios, mirando en su interior eternamente inviolado, descubría, trazadas por el dedo de Dios sobre su corazón inmaculado, las palabras de Ciencia eterna, y recordaba, como todos los santos, haberlas oído antes cuando Dios la creó con su espíritu inmortal, Dios creador de todo cuanto tiene vida. Y, si no recordaba todo, de su futura misión, se debía a que en toda perfección humana Dios deja algunas lagunas, por ley de una divina prudencia que es bondad y mérito para y hacia la criatura humana. María, la segunda Eva, tuvo que conquistarse su parte de mérito de ser la Madre del Mesías; con una fiel, buena voluntad. Esto quiso también Dios en su Mesías para hacerle Redentor. El espíritu de María estaba en el Cielo. Su parte moral y su carne estaban en la tierra, y tenían que pisotear tierra y carne para llegar hasta el espíritu y unirlo al Espíritu en un abrazo fecundo”. (Escrito el 2 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  :  “Os la da en parte  infinitesimal”. Esta y semejantes  expresiones, que aparecen en el presente capítulo, deben entenderse no en sentido panteístico —pues se habla de “Creador” y “criatura”, de “Padre” e “hijos”—  sino en el que usan los místicos, y en el restringido de los teólogos, de “participación de Dios”.
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1-11-56 (1-18-63).- María confía su voto (ofrenda) al Sumo Sacerdote.
* María, debes seguir la Ley. Eres ya una mujer. Y toda mujer israelita debe casarse para ofrecer su hijo varón al Señor”.- ■ María sigue estando en el Templo, y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes. Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia porque se siente el olor del incienso por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que sin duda es de otoño avanzado, porque el cielo ya muy sosegado, como lo está en un octubre, se arquea sobre los jardines de Jerusalén, en los que el color ama­rillo ocre de las hojas, que pronto caerán, forma manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos. ■ El cándido grupo de las vírgenes atraviesa el patio posterior, sube la escalinata, pasa un portal, entra en otro patio menos bello, cuadrado y que no tiene más que una entrada. Será el patio en el que están las pequeñas habitaciones de las vírgenes empleadas en el Templo, porque cada jovencilla se dirige a su estancia como una palomita a su nido, y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas que se disper­sa después de haber estado agrupada. Muchas, mejor dicho, todas ha­blan entre sí, antes de separarse, en voz baja pero alegre. María guarda silencio. Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitación, que está en un ángulo a la derecha. ■ Se llega a María una maestra, entrada en años, pero no tanto como Ana de Fanuel. “María, el Sumo Sacerdote te llama”. María la mira un poco sorprendida, pero no le hace ninguna pregunta. Tan sólo responde: “Voy inmediatamente”. No sé si la amplia sala en que entra pertenece a la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo. Veo que es amplia, bien arreglada, y que en ella, además del Sumo Sacerdote, majestuoso con sus vestiduras, están Zacarías y Ana de Fanuel. María hace una profunda inclinación en la entrada, y no entra hasta que el Sumo Sacerdote le dice: “Adelante, María. No tengas miedo”. Ella se yergue y avanza lentamente, no por desgana, sino por algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer. Ana le sonríe para animarla y Zacarías la saluda con: “La paz sea contigo, prima”. El Pontífice la mira atentamente, y luego dice a Zacarías: “¡Có­mo se ve que es de la estirpe de David y Aarón! Hija, conozco tu carácter y tu bondad. Sé que diariamente has crecido en ciencia y gracia a los ojos de Dios y de los hombres. Sé que la voz de Dios murmura en tu corazón sus más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Ta­bernáculo desde que estás aquí. Quisiera que tu perfume conti­nuase subiendo con el incienso de cada día. ■ Pero la Ley dice otra cosa. Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y toda mujer israelita debe casarse para poder ofrecer su hijo varón al Señor. Tendrás que seguir el precepto de la Ley. No tengas miedo. No te sonrojes. No olvido tu realeza. De hecho la Ley ya te protege al ordenar que todo varón debe tomar por esposa a una de su estirpe (1);  pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu sangre real. ¿No conoces a alguien de tu estirpe, María, que pueda ser tu es­poso?”. María levanta su rostro, completamente rojo de pudor. En sus pupilas brilla una lágrima. Con voz temblorosa responde: “A na­die”. Zacarías dice: “No puede conocer a nadie porque entró cuando era muy pe­queña, y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas de nuevo la palma real”. El Sumo Sacerdote dice:  “Entonces le dejaremos a Dios que elija”. Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y le llegan hasta la trémula boca.
* Dios te dará un esposo y será un santo porque has puesto tu confianza en Dios. Tú le dirás el voto que tienes hecho”.- ■ María dirige una mirada suplicante a su maestra. Ana de Fanuel la socorre diciendo: “María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para salvación de Israel. Era solo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto”. El Sumo Sacerdote dice: “Se debe a esto entonces tu llanto. No es por resistencia a la Ley”. Virgen: “Es por esto… no por otro motivo. Yo te obedezco, Sacerdote de Dios”. Sumo Sacerdote: “Esto me confirma lo que siempre me dijeron de ti. ¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?”. Virgen: “Yo creo que desde siempre. Antes de venir a este Templo ya me había entregado al Señor”. Sumo Sacerdote: “Pero, ¿no eres tú la Niña que vino hace unos 12 inviernos a pedirme entrar?”. Virgen: “Sí”. Sumo Sacerdote: “Y ¿cómo entonces, puedes decir que ya te habías prometido a Dios?”. ■ Virgen: “Si miro hacia atrás, me veo ya consagrada al Señor… No re­cuerdo la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi ma­dre y a decir a mi padre: «Yo soy tu hija»… Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios. Tal vez fue con el primer beso que di, con la primera palabra que pronuncié, con el primer paso… Sí, eso es, creo que mi primer re­cuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro que di… Mi casa… Mi casa tenía un jardín lleno de flores… tenía un huerto y campos… y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que brotaba de una roca excavada en forma de gruta… estaba llena de musgos de largos tallos que pendían por todas partes asemejando cascadas verdes, y parecía como si llorasen, porque sus hojitas, cual un pre­cioso bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba co­mo una campanita diminuta. Y también cantaba el manantial. Y había pájaros en los olivos y en los manzanos que estaban al borde del manantial, y palomas blancas venían a bañarse en sus aguas claras… Ya no me acordaba de todo esto, porque había puesto todo mi corazón en Dios y, fuera del recuerdo de mi padre y madre, a quienes siempre he amado, todas las demás cosas de la Tierra habían desaparecido de mi corazón… Pero tú me has hecho volver a recordarlas… ■ Debo buscar el momento en que  me entregué a Dios… y vuelven a la mente las cosas de los primeros años. Me gustaba esa gruta, porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pajarillos, y que me decía: «Ven, amada mía». Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras, porque en ellas veía la señal de mi Señor y me extasiaba al decirme a mí misma: «Mira cuán grande es tu Dios, alma mía. El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para los vientos, ha hecho estas hojitas que se doblegan bajo el peso de un mosquito para que tus ojos se alegren y para que tu pie no se hiera». Me gustaba aquel silencio de cosas puras: la ligera brisa, la plateada agua, la limpieza de las montañas… me gustaba esa paz que había en la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, y luego cargados de frutos… Y, no sé… me parecía que la Voz descendía y me decía, justamente a mí: «Ven tú, hermoso olivo; ven tú, dulce manzana; ven tú, fuente sellada; ven, paloma mía»… Dulce era el amor de mi padre y de mi madre… dulce era su voz cuando me llamaban… ¡Ah, pero ésta, ésta…! ¡Oh!, yo me imagino que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que se hizo culpable; y no comprendo cómo pudo haberle gustado más el silbido de la ser­piente que esta amorosa Voz, cómo pudo desear otro conocimiento que no fuese Dios… Aún con sabor a leche materna en mis labios, pero en el corazón ebrio de la miel celestial, yo dije entonces: «Sí, voy. Soy tuya. Y mi cuerpo no conocerá otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi corazón no tiene otro amor»… ■ Y al decir esto me parecía estar repitiendo palabras ya dichas precedentemente y estar cumpliendo una ceremonia que ya había sido cumplida; y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había adaptado a su luz y mi capacidad de amar se había madurado entre sus brazos. ¿Cuándo?… No lo sé. Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre le he teni­do, y que Él siempre me ha poseído y que yo existo porque Él me ha querido para alegría de su Espíritu y del mío… Ahora obedezco, Sacerdote. Pero, dime qué debo hacer. No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía”. Sumo Sacerdote: “Dios te dará el esposo, y será un santo porque pones tu con­fianza en Dios. Le dirás el voto que tienes hecho”. Virgen: “¿Y aceptará?”. Sumo Sacerdote: “Así lo espero. Ruega, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Vete ahora. Que Dios siempre te acompañe”. María se retira con Ana. Zacarías se queda con el Sumo Sacerdote. La visión termina de este modo. (Escrito el 3 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Núm. 36,6-10.
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1-12-60 (1-19-67).- José señalado para esposo de la Virgen.
* El Señor ha hablado. Un rayo de su gloria ha descendido y como sol de primavera ha dado vida a una rama seca, y ésta ha florecido.- ■ Veo una rica sala, con un suelo bonito, cortinas, alfombras y muebles taraceados. Probablemente forma parte del Templo todavía, porque hay sacerdotes, entre los que está Zacarías, y muchos hombres de las más variadas edades, o sea, de los veinte a cincuenta años aproximadamente. Están hablando unos con otros, bajo pero animadamente. Se les ve inquietos por algo que desconozco. Todos traen vestidos de fiesta, nuevos, o al menos, recién lavados, como si fuesen a asistir a una fiesta. Muchos se han quitado el paño con que cubren la cabeza, otros todavía lo tienen puesto, sobre todo los más avanzados en años, mientras los jóvenes muestran sus cabezas descubiertas: unas de color rubio oscuro, otras de color muy negro, otras de un color cobrizo. Las cabelleras son generalmente cortas, pero hay algunas largas, que llegan hasta los hombros. Se ve que no se conocen todos entre sí, porque se miran con curiosidad; pero sí parecen que tengan un punto afín, porque un solo pensamiento los persi­gue. ■ En un ángulo veo a José. Habla con un anciano robusto. José tiene unos treinta años. Es un hombre bien presentado con cabellos cortos, más bien, encrespados, de color castaño mora, lo mismo que la barba; de bigotes que realzan un bien formado mentón, y que suben hacia unas mejillas moreno-rojizas, pero no de color olivo como en los otros hombres de color moreno. Tiene ojos oscuros, amables, profundos, muy serios, diría yo que un poco tristes. Sin embargo, cuando sonríe,  como ahora lo hace, se ven alegres y hasta un poco juveniles. Su vestido es de color marrón claro muy sencillo, pero bien arreglado. ■ Entra un grupo de jóvenes levitas. Se colocan entre la puerta y una mesa larga y estrecha, que está cerca de la pared en cuyo centro se encuentra la puerta, la cual queda abierta de par en par; solo una cortina tensa, que pende hasta unos veinte centímetros del suelo, sigue cubriendo el vano. La curiosidad aumenta; y más aún cuando una mano separa la cortina para dejar paso a un levita que lleva en brazos un haz de ramas secas sobre la cual ha sido depositada delicadamente una rama en flor, una ligera espuma de pétalos blancos, que apenas muestran un color rosado que irradia desde el centro, atenuándose cada vez, hasta el extremo de los delicados pétalos. El levita deposita el haz de ramas sobre la mesa con mucho cuidado para no ajar esa rama en flor en medio de tantas secas. ■ Un ruido recorre la sala. Todos alargan sus cuellos. Todos tratan de mirar. Zacarías, con los sacerdotes, también trata de ver, estando como está cerca de la mesa, pero no ve nada. José en su ángulo, apenas dirige su mirada al haz de ramas y cuando su interlocu­tor le dice algo, hace señal de que no, como si dijese: “imposi­ble”  y sonríe. Se oye el sonido de la trompeta desde el otro lado de la cortina. Todos se callan y se ponen en perfecto orden con la cara hacia la puerta, ahora enteramente abierta, dado que a la cortina la han hecho correr. Rodeado de otros ancianos entra el Sumo Pontífice. Todos se inclinan profun­damente. El Pontífice se dirige a la mesa y, en pie, comienza a hablar: “Oídme, vosotros de la estirpe de David, que os habéis reunido por orden mía. El Señor ha hablado ¡sea bendito! Un rayo de su gloria ha descendido y como sol de primavera ha dado vida a una rama seca, y ésta ha florecido milagrosamente, mientras que nin­guna otra rama ha florecido hoy, hoy el último día de las Encenias; mientras que todavía no se ha disuelto la nieve que cayó sobre las alturas de Judá y es la única blancura que haya entre Sión y Betania. Dios ha hablado, haciéndose padre y tutor de la Virgen de David, quien no tiene como tutor a nadie más que a Él. Doncella santa, gloria del templo y de su estirpe, ha merecido que Dios ha­blase para conocer el nombre del esposo que el Eterno quiere darle. ¡Muy justo debe ser para haber sido elegido por el Señor para cuidar de la Virgen a quien Él ama tanto! Esta es la razón por la que nuestro dolor de perderla se calma, y cesa toda preocupación acerca de su destino como esposa. Y a aquel que ha sido señalado por Dios le confiamos, completamente seguros, la Virgen sobre la que está la bendición de Dios y la nuestra. El nombre del esposo es José de Jacob betlemita, de la tribu de David, carpintero en Nazaret de Galilea. José, ven acá. El Sumo Sacerdote te lo ordena”. ■ Un gran murmullo. Cabezas que se vuelven, ojos y manos que hacen señas, expresiones de caras llenas de desilusión y expresiones de alivio. Alguno, sobre todo entre los de más edad, debe haberse sentido contento de no haber tenido tal suerte.  José muy colorado, visiblemente turbado, avanza. Ya está ante la mesa, frente al Pontífice, a quien saluda reverentemente. Pontífice: “Acercaos todos y ved el nombre escrito sobre la rama. Coja cada uno su rama, para que esté seguro de que no hay engaño”. Todos obedecen. Miran la rama que con delicadeza tiene el Sumo Sacerdote; cada uno coge la suya: unos la rompen, otros la guardan. Todos miran a José: hay quien mira y calla, otros le felicitan. El anciano, con quien antes estaba hablando, dice: “Te lo había dicho, José. ¡Quien menos se siente seguro, es el que vence la partida!”. Todos han pasado. ■ El Sumo Sacerdote da a José su rama en flor, le pone luego sobre el hombro la mano y dice: “No es rica, y lo sabes, la esposa que Dios te entrega. Pero toda clase de virtudes hay en Ella. Procura hacerte siempre más digno de Ella. No hay flor en Israel más bella y pura que tu esposa. Salid ahora todos. Quédate, José; y tú, Zacarías, pariente de Ella, trae a la prometida”. Salen todos, menos el Sumo Sacerdote y José. Vuelven a correr la cortina de la entrada, cubriendo así la puerta. José está todo humilde junto al majestuoso Sacerdote. Una pausa silenciosa.
*  Cuando José dice: “Soy nazareo”, el rostro de María se llena de luz y toma valor para decir: “También yo soy toda de Dios”.- ■ Luego el Sumo Sacerdote dice a José: “María tiene que manifestarte un voto que ha hecho. Ayúdala en su timidez. Sé bueno con Ella que es tan buena”. José: “Pondré lo que soy a su servicio y nada me pesará si se trata de Ella. Puedes estar seguro”. María entra con Zacarías y Ana de Fanuel. El Pontífice dice: “Ven, María. Éste es el esposo que Dios te ha destinado. Es José de Nazaret. Volverás, pues, a tu ciudad. Ahora os dejo. Dios os dé su bendición. El Señor os guarde y bendiga, os muestre su rostro y tenga misericordia de vosotros siempre. Vuel­va a vosotros su rostro y os dé la paz”. Zacarías sale acompañando al Pontífice. Ana felicita al prometido y luego también sale. ■ Los dos prometidos se quedan uno enfrente del otro. María, toda colorada, está con la cabeza inclinada. José, también ruborizado, la observa buscando las primeras palabras que decir. Las encuentra al fin y una sonrisa ilumina su cara.  Dice: “Te saludo, María. Te vi cuando eras una niña de pocos días… Yo era amigo de tu padre y tengo un sobrino de mi hermano Alfeo que era muy amigo de tu madre, su pequeño amigo, pues ahora no tiene más que dieciocho años, y, cuando todavía no habías nacido, siendo solo un niño, ya alegraba las tristezas de tu madre, que le quería mucho. Tú no nos conoces porque viniste aquí siendo muy pequeñita. Pero en Nazaret todos te quieren y piensan en ti y hablan de la pequeña María, hija de Joaquín, cuyo nacimiento fue un milagro del Señor que hizo hacer florecer a una estéril. Yo recuerdo la tarde en que naciste… Todos la recordamos por el prodigio de un gran aguacero que salvó los campos, y de una violenta tormenta durante la cual los rayos no destruyeron ni siquiera un solo tallito de brezo silvestre, tormenta que terminó con un arco iris de dimensiones y belleza no vistas nunca más. Y luego… ¿quién no se acuerda de la alegría de Joaquín? Te llevaba por todas par­tes mostrándote a sus vecinos… Considerándote una flor que hubiera venido del cielo, te admiraba, y quería que todos te admirasen. ¡Un feliz y anciano padre que murió hablando de su María tan bella y buena, y que decía palabras llenas de gracia y sabiduría! ¡Tenía razón al admirarte y al decir que no había otra más bella que tú! ¿Y qué decir de tu madre? Con sus canciones llenaba toda su casa y parecía una alondra en primavera cuando te llevaba en su vientre y más tarde, en sus brazos. Yo hice tu cuna, una cunita con dibujos de rosas, porque tu madre así la quiso. Tal vez todavía esté en tu casa… Yo soy viejo, María. Cuan­do naciste, empezaba a hacer mis primeros trabajos. Ya trabaja­ba ¡Quién me lo hubiera dicho que ibas a ser mi esposa! En­terré a tu padre, y le lloré con un corazón sincero porque fue para mí un buen maestro durante la vida”. María levanta poco a poco su rostro, sintiéndose cada vez más segura al oír cómo le hablaba José, y cuando oye lo de la cuna sonríe levemente, y cuando José le dice lo de su padre le extiende una mano y dice: “Gracias, José”. Un «gracias» tímido y delicado. José toma entre sus cortas y fuertes manos de carpintero la manita de jazmín y la acaricia con un afecto que pretende inspirar cada vez más tranquilidad. Tal vez espera que hable algo más, pero María nuevamente se queda callada. ■ Entonces él continúa: “Tu casa, lo sabes, está íntegra, excepto la parte que fue derribada por orden consular, pa­ra hacer del sendero una vía por la que pasasen los carros de Roma. Pero las parcelas de cultivo, las que te han quedado —porque ya sabes… la enfermedad de tu padre acabó con muchos de tus bienes— están un poco abandonadas. Hace tres primaveras que los árboles y las vides están sin que alguien los cuide. La tierra sin cultivar y, por tanto, dura. Pero los árboles que te vieron de pequeñita, están allí todavía, y si me lo permites me ocuparé inmediatamente de ellos”.  Virgen: “Gracias, José. Pero tú tienes tus trabajos…”. José: “Trabajaré en tu huerto en las primeras horas del día, y en las últimas de la tarde. Ahora los días son más largos cada vez. Para la primavera quiero que todo esté en orden para alegría tuya. Mira, ésta es una rama de almendro que está frente a la casa. Quise traerte ésta… —se puede entrar por cualquier parte por el seto destruido, pero ahora te haré de nuevo sólido y fuerte—, quise traerte ésta pensando  que si yo hubiera sido el elegido —no me lo esperaba porque soy consagrado nazareo (1) y he obedecido porque se trataba de una orden del Sacerdote, no por deseos de casamiento—, pensando, te decía, que el tener una flor de tu jardín, te habría alegrado. Aquí la tienes, María. Con ella te entrego mi corazón,que, como ella, hasta ahora ha florecido para el Señor, y que ahora florece para ti, esposa mía”. ■ María coge la rama. Está conmovida. Mira a José con un rostro siempre más seguro y más radiante. Se siente segura de él. Cuando él dice: “Soy nazareo”, su rostro se llena de luz y toma valor para decir: “También yo soy toda de Dios, José. No sé si el Sumo Sacerdote te lo ha dicho…”. José: “Me ha dicho solo que tú eres buena y pura y que tienes que decirme un voto tuyo, y que fuese bueno para contigo. Habla, María. Tu José quiere hacerte feliz en todo lo que desees. No te amo con la carne. ¡Te amo con mi espíritu, santa doncella que Dios me entrega! Debes ver en mí un padre y un hermano, además de un esposo. Confíate a mí como con un padre, abandónate en mí como con un hermano”. Virgen: “Ya desde la infancia me consagré al Señor. Sé que esto no se hace en Israel, pero yo oía una Voz que me pedía mi virginidad en sacri­ficio de amor para que venga el Mesías. ¡Hace mucho tiempo que Israel le espera!… ¡No es demasiado el renunciar por esta causa a la alegría de ser madre!”. José la mira fijamente como si quisiese leer su corazón. Después coge las dos manitas que tiene todavía la ramita florecida, y dice: “Pues yo también uniré mi sacrificio al tuyo y amaremos tanto al Eterno con nuestra castidad, que Él enviará lo más pronto a la tierra al Salvador, permitiéndonos ver su luz resplandecer en el mundo. Ven, María. Vamos ante su Casa y juremos amarnos como lo hacen los ángeles entre sí”.
* La Virgen desea vivir sola en su casa de Nazaret.- ■ José prosigue: “Después yo iré a Nazaret a prepararlo todo para ti, en tu casa, si quieres ir a ella, o en otra parte si así lo deseas”. Virgen: “En mi casa… Había allí una gruta en el fondo. ¿Está todavía?”. José: “Está, pero ya no es tuya… Yo, de todas formas, te haré otra gruta donde te encontrarás fresca y tranquila en las horas de más calor. La haré lo más parecida posible. Y dime: ¿quién quieres que esté contigo?”. Virgen: “Nadie. No tengo miedo. La madre de Alfeo, que siempre venía a verme, me hará compañía un poco durante el día, y por la noche prefiero estar sola. Ningún mal puede sucederme”. José: “Bueno, y ahora estoy yo… ■ ¿Cuándo debo venir a recogerte?”. Virgen: “Cuando tú quieras, José”. José: “Pues entonces vendré cuando la casa esté arreglada. No tocaré nada. Quiero que la encuentres como tu madre la dejó, pero quiero que esté llena de luz y limpia para recibirte sin tristeza. Ven, María. Vamos a decirle al Altísimo que le bendecimos”. No veo otra cosa más. Pero me queda, eso sí, en el corazón la sensa­ción de tranquilidad que María experimenta… (Escrito el 4 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Núm. 6.
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1-13-65 (1-20-72).- Esponsales de la Virgen y José.
* Los arreos de una novia, heredera de la estirpe de David.- ■ ¡Qué hermosa se ve María con sus vestidos de novia, entre sus amigas y maestras, todas jubilosas! También está Isabel. El vestido es de lino blanquísimo, tan suave y fino que parece ser de seda preciosa. Ciñe su grácil cintura un cinturón trabajado a buril en oro y plata, hecho todo de medallones unidos entre sí con cadenillas —cada medallón es una filigrana de líneas de oro en medio de la pesada plata bruñida por el tiempo— y, quizás porque es demasiado largo para Ella, que todavía es una delicada jovencita, le pende por delante con los tres últimos medallones, cayendo entre los pliegues del vestido amplísimo, que lo arrastra un poco, porque es largo. En sus pies lleva sandalias de piel blanquísima con hebillas de plata. El vestido está sujeto al cuello con una cadenilla de aran­delas de oro y de filigrana de plata, que reproducen el mismo motivo del cinturón. La cadenita pasa a través de los ojales del ancho escote, acortándolo, por tanto, en pliegues que hacen como un pequeño adorno. El cuello de María, como si fuera de una garza, se yergue en medio de aquella blancura, y parece mucho más blanco y mucho más grácil que el tallo de un lirio, pero más colorado por la emoción que  la envuelve. Tiene un rostro de «hostia» purísima. El pelo no le pende sobre los hombros. Está graciosamente dispuesto en nudo de trenzas. Preciosas orquillas de plata bruñida, con filigranas en la parte superior, sujetan las trenzas. El velo de su madre apoya sobre ellas y desciende, formando lindos pliegues, por debajo del estrecho aro que lleva ajustado a la frente blanquísima; desciende hasta las caderas, porque María no tiene la altura de su madre y el velo le llega más abajo de ellas, mientras que a Ana le llegaba solo a la cintura. No lleva anillos en las manos; en las muñecas, unas pulseras. Pero estas muñecas son tan delgadas, que las pesadas pulseras de su madre apoyan sobre el dorso de las manos y quizás, si sacudiera las manos, se caerían al suelo. ■ Las compañeras la miran una y otra vez y con maravilla. Con sus preguntas y con sus frases de admiración crean una festiva algarabía “¿Eran de tu madre?”. “¿Son muy antiguos ¿no?”. “¡Sara! ¡Y qué hermoso es ese cinturón!”. “¡Susana! ¿Y ese velo? ¡Mira qué finura! ¡Fíjate estos lirios tejidos en el velo!”. “Déjame ver las pulseras, María. ¿Eran de tu madre?”. Virgen: “Las llevó ella. Pero fueron de la madre de mi padre Joaquín”. Exclama una: “¡Oh, mira! Tienen el sello de Salomón entretejido con delga­dísimas ramitas de palma y olivo, y en medio de ellas hay lirios y rosas. ¡Oh! ¿quién habrá realizado esta labor tan perfecta y tan delicada?”. La Virgen explica: “Pertenecen a la casa de David. Hace ya siglos que las llevan las mujeres de esta estirpe cuando se van a casar, y van pasando a las herederas”. Una le dice: “¡Ah, ya! Tú eres la heredera…”. Otra le pregunta: “¿Te han traído todo de Nazaret?”. Virgen: “No. Cuando murió mi madre, mi prima se llevó todo el ajuar a su casa para guardarlo mejor. Ahora me lo ha traído”. Las compañeras insisten: “¿Dónde está? Enséñanoslo a tus amigas”. María no sabe qué hacer… Quisiera ser amable, pero no querría remover todas las cosas, que están ordenadas en tres pesados baúles. Vienen en su ayuda las maestras. “El novio está para llegar. No hay tiempo para ver. Déjenla en paz, que la cansáis. Id a prepararos”.  La algarabía se va un poco enojada. María puede así gozar en paz de la compañía de sus maestras, las cuales le dirigen palabras de alabanza y bendición.  ■ Isabel también se ha acercado, y, dado que María, emocionada, llora porque Ana de Fanuel la llama “hija” y la besa con un afecto verdaderamente maternal, le dice: “María, tu madre no está presente, pero está. Su espíritu está a tu alrededor, y, mira, las cosas que llevas te traen de nuevo su caricia. En ellas encuentras aún el sabor de sus besos. Un día ya lejano, el día en que viniste al Templo, me dijo: «Le he preparado los vestidos y el ajuar para cuando se case, porque quiero ser siempre yo la que le haya tejido el lino y le haya hecho los vestidos, para no estar ausente en el día más alegre de su vida». ¿ Y sabes? En sus últimos días, cuando yo la asistía y la cuidaba, ella quería cada tar­de acariciar tus primeros vestidos y este que ahora llevas, y decía: «Aquí siento el olor de jazmines de mi hijita, y aquí quiero que Ella sienta el beso de su mamá». ¡Cuántos besos dio a este velo que cae sobre tu frente! ¡Más besos que hilos tiene!… Y cuando uses estas telas que tejió, piensa que más que la estambre los ha hecho el amor de tu madre. Y estas joyas… Tu padre, en momentos dolorosos, te los guardó para ti, para que te embellecieran, como corresponde a una princesa descendiente de David, en este momento”.
* Pongo a tus pies mi castidad absoluta, para ser digno de estar a tu lado, Virgen de Dios, «esposa mía, jardín cerrado, fuente sellada»”.- ■ Isabel añade: “Alégrate, Ma­ría. No estás huérfana, porque los tuyos están contigo, y quien va a ser tu marido es tan perfecto, que es para ti padre y madre…”. Virgen: “¡Es verdad! No me puedo quejar nada de él. En menos de dos meses ha venido dos veces, y hoy viene por tercera vez, desa­fiando lluvia y ventarrones, para que le dé mis órdenes… ¡Fi­gúrate! ¡Ordenes! ¡Yo que soy una pobre mujer y mucho más joven que él! Y no ha negado nada. Es más, ni siquiera espera a que yo pida. Parece como si un ángel le indicase lo que deseo, y me lo dice él an­tes de que yo hable. La última vez me dijo: «María, pienso que preferirías estar en tu casa paterna. Dado que eres la hija here­dera, puedes hacerlo, si te parece. Yo iré a tu casa. Solamente para no dejar de observar las ceremonias, durante una semana irás a vi­vir a la casa de Alfeo, mi hermano. María te quiere mucho. Y de su casa saldrá la tarde de las nupcias el cortejo que te llevará a casa». ¿No es acaso amable por su parte? No le importa ni siquiera el dar pie a la gente para decir que él no tiene una casa que me guste… A mí me hubiera gustado en todo caso, por estar él, que es tan bueno, en ella. Pero sin duda prefiero la mía… por los recuerdos que me trae. ¡Oh, José es bueno!”. ■ Ana de Fanuel: “¿Y qué dijo de tu voto? Todavía no me has dicho nada”. Virgen: “No se opuso. Al revés. Cuando supo las razones, añadió: «Uniré mi sacrificio al tuyo»”. Ana de Fanuel exclama: “¡Es un joven santo!”. ■ El «joven santo» entra en este momento acompañado de Zaca­rías.  Realmente es un galán. Su vestido resplandece al brillo del oro. Parece un soberano oriental. Bolsa y puñal penden de un espléndido cinturón: aquella de marroquí bordado en oro; el puñal, en una vaina con guarniciones bordadas de oro. En la cabeza trae su turbante, esto es, la típica faja de tela como la llevan todavía algunos pueblos de África, los be­duinos, por ejemplo; lo sujeta un precioso cordón, de oro, delgado, en el que están enlazados unos ramitos de mirto. Viste majestuosamente un manto completamente nuevo, con muchas franjas. José irradia alegría. ■ Entre sus manos tiene un ramillete de mirto en flor. Dice: “La paz sea contigo, querida mía. La paz sea con todos vosotros”. Recibido el saludo de respuesta, agrega: “Vi lo contenta que te pusiste el día en que te di una rama de tu huerto y pensé traerte este mirto que corté cerca de la gruta que tanto quieres. Quería traerte rosas que empiezan a florecer enfrente de tu casa; pero las rosas no duran varios días de viaje… Habría llegado trayendo sólo espinas, y yo a ti, amada mía, te quiero o­frecer sólo rosas, y quiero sembrar tu camino de flores delicadas y llenas de perfume, para que sobre ellas pongas tus pies y no encuentren ni suciedad, ni asperezas”. Virgen: “¡Cuánto te lo agradezco! ¿Cómo has logrado que llegara tan fresco?”. José: “He atado a la silla un recipiente y he metido dentro estas ramas con las flores todavía en capullo. Durante el camino han florecido. Aquí las tienes, María. Que tu frente se adorne de su pureza, símbolo de la mujer prometida; aunque nunca igualará a la pureza que llevas en el corazón”. Isabel y las maestras hacen de las flores una guirnalda y se la ponen a María, intercalando rosas blancas que toman de un jarrón que hay sobre una arca. María hace ademán de coger su amplio y blanco manto, para colocárselo prendido a los hombros. Pero su novio se le adelanta y la ayuda a sostenérselo con dos hebillas de plata, en los hombros. Las maestras arreglan los pliegues con mucho cuidado y primor. ■ Todo está preparado. Mientras esperan a no sé qué, José dice (lo dice apartándose un poco con María): “En estos días he pensado en tu voto. Ya te dije que era yo del mismo parecer. Pero, cuanto más pienso en ello, más comprendo que no es suficiente el nazireato temporal, aunque se vaya renovando. Te he comprendido, María. Todavía no soy digno de la palabra de la Luz, pero un murmullo de ellas comienza a llegarme, y ello me pone en condiciones de leer tu secreto, por lo menos en sus puntos más sobresalientes. Soy un pobre ignorante, María. Soy un obrero humilde. Ni sé de letras ni soy rico, pero pongo a tus pies mi tesoro, y para siempre. ¡Mi castidad absoluta, para ser digno de estar a tu lado, Virgen de Dios, «esposa mía, jardín cerrado, fuente sellada (1) en la que nadie otro puede beber!» como dice nuestro Antepasado que tal vez escribió su Cantar al verte… Yo seré el jardinero de este vergel de perfumes en el que se encuentran las frutas más preciosas, y de donde brota un manantial de aguas frescas: que son tu dulzu­ra, ¡oh amada mía! que con tu candor te has ganado mi corazón, tú la más bella. ¡Oh, tú, más bella que una aurora, tú eres mi sol que brilla y que ilumina mi corazón; oh, tú toda amor para con tu Dios y para con el mundo al que quieres dar el Salvador con tu sacrificio como mujer! ¡Ven, amada mía!”.
* El Sumo Sacerdote bendice la unión, se hacen promesas recíprocas (prometido-esposo/prometida-esposa) y se redacta el contrato de matrimonio.- ■ Y José coge delicadamente su mano para llevarla hacia la puerta. To­dos los demás los siguen. Afuera se le unen sus alegres compañe­ras, vestidas todas de blanco y con velo. Caminan por patios y portales, entre la gente que observa, hasta un lugar que no es el Templo, pero parece ser una sala dedicada al culto, porque hay lámparas y rollos de pergamino como en las sinagogas. Los novios se dirigen hasta un alto atril, como púlpito, y esperan. Los demás se ponen detrás de ellos en una fila ordena­da. Otros sacerdotes y curiosos se quedan en el fondo de la sala. Solemnemente entra el Sumo Sacerdote. Rumor entre los curiosos: “¿Es ése el que los va a casar?”. Le contestan: “Sí, porque es de casta real y sacerdotal. La novia es Flor de David y Aarón, una virgen del Templo. El novio es de la tribu de Da­vid”. ■ El Pontífice pone la mano derecha de la novia en la del novio y solemnemente los bendice: “El Dios de Abraham, Isaac, Jacob esté con vosotros. Que Él os una y se cumpla en vosotros su bendición, dándoos su paz y una numerosa descendencia junto con una vida larga y muerte dichosa en el seno de Abraham”. Luego se va, como había entrado. Se hacen las promesas recíprocas. María es la prometida-esposa de José (2). Todos salen, y siempre en ordenada fila, van a una sala donde se redacta el contrato de matrimonio, donde se dice que María, hija heredera de Joaquín y Ana de Aarón, da como dote a su prometido-esposo su casa y bienes anejos y su ajuar personal así como cualquier otro bien heredado de su padre. Todo ha terminado. ■ Los esposos salen al patio y de allí pasan a otros, van hacia la salida, que está cerca de la parte reservada a las mujeres dedicadas al Templo. Un carro cómodo y grande espera. Va provisto de una gran cortina para proteger del sol. En él ya están colocados los pesados arcones de María. Despedidas, besos, lágrimas, bendiciones, consejos, recomen­daciones. Después sube María con Isabel y se mete en el interior del carro; en la parte de delante se sientan José y Zacarías que se han quitado los mantos de ceremonia y se han puesto unos de color oscuro. El ca­rro se pone en marcha, al trote pesado de un caballo negruzco. Los muros del Tem­plo van quedando lejos, luego los de la ciudad.  Ya se ve el campo, nuevo, fresco, lleno de flores bajo los primeros rayos de la primavera, con los trigos ya alzados un buen palmo del suelo, que parecen esmeraldas transformadas en hojitas que ondean al contacto de una brisa lige­ra con sabor a flores de durazno y de manzana, con sabor a tréboles en flor y a mentas silvestres.  María llora en voz baja, bajo su velo, y, de vez en cuando corre un poco la cortina y mira una vez más al Templo que está allá lejos, a la ciudad que se queda atrás. La visión termina de este modo. (Escrito el 5 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Cant. 4,12.   2  Nota  :  “Matrimonio en Israel”. En los tiempos también de la Virgen,  en Israel el matrimonio constaba de dos fases: 1ª.- El noviazgo. La ceremonia del noviazgo era el paso formal para el matrimonio y se hacía de este modo:  los novios se daban la mano derecha y recibían la bendición sacerdotal; se redactaba una escritura o contrato jurídico por el que se conferían al novio todos los derechos sobre la novia; el novio era llamado «esposo» y la novia «esposa». El novio-esposo no podía faltar a su palabra, sino con el repudio que concedía la Ley mosaica en determinadas circunstancias; la novia-esposa no podía disponer de sí misma. Sin embargo, durante esta primera fase, los novios-esposos generalmente se quedaban en sus casas propias.  2ª.- La ceremonia de las bodas, que no era otra cosa más que la formalidad solemne del contrato suscrito. A partir de este momento los esposos empezaban a vivir juntamente. Un solemne cortejo iba a traerse a la novia de su casa para conducirla a la del novio, que la introducía en su habitación. Según esta Obra, María no fue a vivir en casa de José, sino que éste en la de María, esto es, en el lugar consagrado por la Anunciación y por el Misterio de la Encarnación. A este propósito Cfr. por ej. Gén. 1,28; 24; Tob. 7; Is. 61,10; Mt. 25,1-11; Ju. 3,29.
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1-13-70 (1-21-77).-  José fue instruido por la Sabiduría para ser custodio del misterio.
* José, no por cultura humana, sino por instrucción sobrenatural, sabe leer en el libro sellado de la Virgen Sin Mancha”.- ■ Dice Jesús: “¿Qué dice el libro de la Sabiduría al cantar sus alabanzas?: «En la sabiduría está presente, efectivamente, el espíritu de inteligencia, que es santo, único, múltiple, sutil». Y continúa enumerando sus dotes, para terminar con estas palabras: «…que todo lo puede, todo lo prevé; que comprende a todos los espíritus, inteligente, puro, sutil. La sabiduría penetra con su pureza, es vapor de la virtud de Dios… por ello en ella no hay nada impuro… imagen de la bondad de Dios. Aun cuando es única, lo puede todo; inmutable como es, da vida nueva a todas las cosas, se comunica a las almas santas; forma a los amigos de Dios y a los profetas» (1). ■ Ya has visto cómo José, no por cultura humana, sino por instrucción sobrenatural, sabe leer en el libro sellado de la Virgen Sin Mancha; y cómo percibe las verdades proféticas, con ese su «ver» un misterio sobrehumano, donde los demás veían únicamente una gran virtud. Impregnado de esta sabiduría, que es vapor de la virtud de Dios y emanación cierta del Omnipotente, se conduce con espíritu seguro por el mar de este misterio de gracia que es María, se armoniza con Ella en espirituales coloquios —en que se hablan, más que los labios, los dos espíritus en el sagrado silencio de las almas— cuyas voces oye Dios, voces que perciben también los que le son gratos, porque le son siervos fieles y están llenos de Él. ■ La  sabiduría del Justo, que aumenta por la unión con la Toda Gracia y por la cercanía a Ella, le prepara a penetrar en los secretos más profundos de Dios y a poderlos defender y proteger de asechanzas humanas y demoníacas. Y contemporáneamente le va renovando. Del justo le hace un santo; del santo, el custodio de la Esposa y del Hijo de  Dios. Sin levantar el sello de Dios, él, el casto, que ahora lleva su castidad a heroísmo angélico, puede leer la palabra de fuego escrita sobre el diamante virginal por el dedo de Dios, y en él lee aquello que su prudencia no dice, y que es mucho más grande que lo que leyó Moisés en las tablas de piedra (2). Y a fin de que ningún ojo profano alcance este misterio, él se pone, como sello sobre el sello, como arcángel de fuego, a la entrada del Paraíso, dentro del cual el Eterno encuentra sus delicias «paseando al fresco del atardecer» (3). y hablando con Aquella que es su amor, que es un bosque de lirios en flor, aura perfumada de aromas, viento suave de frescura matutina, hermosa estrella, delicia de Dios. ■ La nueva Eva está allí, en su presencia. No es hueso de sus huesos ni carne de su carne; sí, compañera de su vida, Arca viva de Dios. Él la recibe para tutelarla, y a Dios debe restituírsela, pura como la ha recibido. «Esposa de Dios» estaba escrito en ese libro místico de páginas purísimas… Y cuando la sospecha, sibilante, en la hora de la prue­ba, le sugirió su tormento, él, como hombre y como siervo de Dios, su­frió, como ninguno, por causa del temido sacrilegio. Pero ésta fue una prueba posterior. Ahora, en este tiempo de gracia, él ve y se pone a sí mismo al servicio más auténtico de Dios. Luego vendrá la tempestad de la prueba, como para todos los santos, para ser probados y venir así a ser ayudantes de  Dios”.
* En verdad os digo que fue el primero de los corredentores, y que grande es, por tanto, ante los ojos de Dios”.- Jesús: “¿Qué se lee en el Levítico? «Di a Aarón, tu hermano, que no entre a cualquier hora en el santuario que está detrás del velo, ante el Propiciatorio que cubre al Arca,  para no morir —pues Yo me apareceré en una nubecilla  sobre el oráculo—, si no hace antes estas cosas: ofrecerá un novillo por el pecado y un carnero como holocausto; llevará la túnica de lino y con calzones de lino cubrirá su desnudez» (4). Y verdaderamente José entra, cuando Dios quiere y cuanto Dios permite, en el santuario de Dios; y traspasa el velo que oculta el Arca sobre la cual está suspendido el Espíritu de Dios; y se ofrece a sí mismo  y ofrecerá al Cordero, holocausto por el pecado del mundo, expiación de tal pecado. Y esto lo hace, vestido de lino, mortificados los miembros viriles para abolir su sensualidad, la cual, una vez, al inicio de los tiempos, triunfó, lesionando el derecho de Dios sobre el hombre; mas ahora el Hijo, la Madre y el padre putativo la pisotearán para restituir a los hombres a la Gracia y devolverle a Dios su derecho sobre el hombre. Esto lo hace con su castidad perfecta. ■ ¿No estuvo José en el Gólgota? ¿Os parece que no está en el número de los corredentores? En verdad os digo que fue el primero de ellos, y que grande es, por tanto, ante los ojos de Dios. Grande por el sacrificio, la paciencia, la constancia y la fe. ¿Qué fe será mayor que ésta, que creyó sin haber visto los milagros del Mesías? Sea alabado mi padre putativo ejemplo para vosotros que en vosotros más falta: pureza, fidelidad y perfecto amor. Gloria al magnífico lector del Libro sellado, que fue instruido por la Sabiduría para saber comprender los misterios de la Gracia y que fue elegido para tutelar la Salvación del mundo contra las insidias de todos los enemigos”. (Escrito el 5 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  :  Cfr.  Sab.  7,22-27.   2  Nota  :  Cfr.  Éx.  24,12;  Deut.  4,13; 5,22;  9, 9-17; 10,1-5.   3  Nota  :  Cfr.  Gén.  3,8.   4  Nota  :  Cfr. Lev. 16,2-4.
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1-14-72 (1-22-80 ).- Los novios-esposos llegan a Nazaret acompañados de Isabel y Zacarías.
* Bienvenida de los nazaretanos y de los parientes. La casa de María.- ■ Un carro avanza por la calzada, el carro que lleva a José y a María y a los primos de Ella; el viaje está tocando a su fin.  María mira con los ojos ansiosos de quien quiere conocer, o mejor, re­conocer, aquello que ya un día vio, pero que no lo recuerda, y sonríe cuando una sombra de recuerdo vuelve y se posa, como una luz, en esta o aquella cosa, en este o aquel punto. Isabel la ayuda a recordar y, también Zacarías y José, señalando esta o aquella cumbre, esta o aquella casa. Casas, sí. Porque Nazaret, extendida sobre la ondula­ción de su colina, ya está a la vista. Vista la ciudad por la parte donde se oculta el sol, mues­tra, con pinceladas de rosa, el color blanco de sus casitas, anchas y bajas, culminadas por una terraza. Algunas de ellas, al darlas el sol de lleno, parecen, de lo rojas que se han puesto las fachadas, estar al lado de un fuego. Y el sol enciende también el agua de las acequias y de los bajos pozos, que no tienen casi brocal, de donde suben, chirrian­do, los cubos para la casa o los odres para la huerta. ■ Niños y mujeres se acercan al borde del camino, queriendo ver el interior del carro, y saludan a José, que es muy conocido en el lugar. Pero luego se muestran titubeantes y tímidos ante las otras tres personas. Sin embargo, dentro ya de la pequeña ciudad, no hay titubeos ni temor. Mucha, mucha gente de todas las edades está a la entrada del pueblo bajo un rústico arco hecho con flores y ramas, y nada más que el carro aparece por detrás del recodo de la última casa de campo, que está colocada oblicuamente, se produce un griterío de voces agudas y un agitarse de ramas y flores. Son las mujeres, las chiquillas y los niños de Nazaret que saludan a la novia. Los hom­bres, más contenidos, están detrás de este seto agitado y vociferante, y saludan con gravedad. ■ María, ahora que la cortina ha sido quitada, dejando al descubierto el carro —lo habían hecho ya antes de llegar al pueblo porque el sol ya no molestaba, y para permitirle a María el ver bien su tierra natal— aparece en su belleza de flor. Blanca y rubia como un ángel, sonríe con bondad a los niños, que le echan flores y besos, a las jóvenes de su edad, que la llaman por el nombre, a las mujeres casadas, a las madres, a las ancianas, que la bendicen con sus voces cantadoras. Inclina su cabeza ante los hombres, y especialmente ante uno de ellos, que quizás es el rabino o la personalidad principal del pueblo. El carro prosigue por la calle principal a paso lento, seguido de la muchedumbre por un buen trecho, muchedumbre para la que esta llegada es un acontecimiento. ■ José, señalando con el látigo una casita que está justo en la base de una ondulación de la colina, dice: “Ésa es tu casa, María”. La casa tiene en la parte de atrás un hermoso y amplio huerto, exuberante, que termina en un pequeño olivar. Más allá, la consabida cerca de espino albar y cactus señala el límite de la propiedad. Las tierras, que fueron de Joaquín, están al otro lado… Zacarías dice: “Te ha quedado poco, ¿ves? La enfermedad de tu padre fue larga y económicamente cara. Y caros fueron también los gastos para reparar el daño que hizo Roma. ¿Lo ves? La calle le ha cortado a la casa sus tres principales habitaciones. Se ha quedado más pequeña. Para ampliarla sin gastos excesivos, se cogió una parte del monte que forma una gruta; Joaquín tenía en ese lugar las provi­siones y Ana sus telares. Haz con esto lo que creas más oportuno”. Virgen: “¡Que sea poco no importa! Siempre me será suficiente. Me pon­dré a trabajar…”. José: “No, María. Yo seré quien trabaje. Tú sólo tejerás y coserás las cosas de la casa. Soy joven y fuerte, y soy tu esposo. No me atormentes viéndote trabajar”. Virgen: “Haré como tú quieras”. José: “Sí, en esto yo quiero. Para todas las demás cosas tu deseo es ley, pero en esto no”. ■ Ya han llegado. El carro se detiene. Dos mujeres y dos hombres, respectivamente, de unos cuarenta a cincuenta años, están a la puerta, y muchos niños y jovencitos están con ellos. El hombre más anciano dice: “Dios te dé paz, María”. Una de las mujeres se acerca a María, la abraza y la besa. José dice: “Es mi hermano Alfeo, y María, su mujer, y éstos son sus hijos. Han venido expresamente para recibirte y felicitarte y decirte que su casa es tuya, si así lo deseas”. María de Alfeo dice:  “Sí, ven, María,  si te resulta penoso vivir sola. El campo es bonito en primavera y nuestra casa está en medio de campos floridos. Tú serás su más hermosa flor”. Virgen: “Gracias, María. Yo iría con mucho gusto, y alguna vez iré; iré, sin duda, para la boda… Pero, tengo muchas ganas de ver mi casa, de volverla a ver.  La dejé siendo muy pequeña y la recuerdo… Ahora vuelvo a ella… y me parece volver a encontrar a mi madre que murió, a mi amado padre, oír nuevamente el eco de las palabras de ellos… y el aroma de su último respiro. Siento como si ya no fuera huérfana, porque me abrazan de nuevo estas paredes. Compréndeme, María”. Aparece un poco el llanto en la voz de María, y también en sus pestañas. María de Alfeo responde: “Querida mía, como tú quieras. Quiero que me sientas hermana y amiga y un poco madre incluso, porque soy mucho más mayor que tú”. La otra mujer, que se ha acercado entretanto, dice: “María, quie­ro saludarte. Soy Lía, la amiga de tu madre. Te vi nacer. Éste es Alfeo, sobrino de Alfeo y muy amigo de tu madre. Lo que hice por tu madre, si quieres, lo haré por ti. Mira, mi casa es la que está más cerca de la tuya y tus parcelas de terreno son ahora nuestras. Pero, si quieres venir hazlo cuando te apetezca, en cualquier momento. Abrimos un paso en el cercado y así estaremos juntas, sin dejar de estar cada una en su casa. Éste es mi marido”.  Virgen: “Os doy las gracias a todos y por todo; por todo el amor que ha­béis tenido a los míos, y por todo el amor que me tenéis a mí. Que Dios todopoderoso os bendiga por ello”. ■ Descargan los pesados baúles y los meten en la casa. Entran. Reconozco ahora que es la casita de Nazaret, como será luego, durante la vida de Jesús. José  toma de la mano  —un gesto habitual en él— a María, y entra así. Pero en el umbral de la puerta le dice: “Ahora, aquí, en el umbral de esta puerta, quiero de ti una promesa: que cualquier cosa que te suceda, o cualquier cosa que necesites, tu único amigo, la única persona en quien pienses solicitar ayuda, sea yo, y que, bajo ningún motivo, debas sufrir sola ninguna pena. Yo estoy a tu entera disposición, y para mí será una satisfacción hacerte feliz el camino, y, dado que la felicidad no siempre está en nuestra mano, al menos, hacértelo  tranquilo y seguro”. Virgen: “Te lo prometo, José”. ■ La siguiente cosa es abrir puertas y ventanas… El último sol entra curioso. María se ha quitado el manto y el velo. Menos las flores de mirto, todavía va vestida como en los esponsales. Sale al huerto, que presenta un aspecto exuberante. Mira, sonríe, y, todavía de la mano de José, da un paseo. Se la ve como quien volviera a tomar posesión de un lugar perdido. José le muestra el resultado de sus trabajos: “Mira, aquí he cavado para recoger el agua de la lluvia, porque estas cepas están siempre sedientas. A este olivo le he vuelto a cortar las ramas más viejas para darle vigor; y he plantado estos manzanos, porque dos estaban muertos; y luego, allí he plantado unas higueras. Cuando crezcan resguardarán a la casa del sol excesivo y de las miradas curiosas. El emparrado es el mismo que había; lo único que he hecho ha sido cambiar los palos que estaban deteriorados, y también una labor de poda. Espero que dé mucha uva. Y aquí, mira” y la lleva, orgulloso, hacia el terreno en pendiente que resguarda la casa por detrás y que es límite del huerto por el lado de tramontana, “y aquí he excavado una pequeña gruta, y la he reforzado, y, cuando agarren estas plantas, será casi igual que la que tenías. Falta el manantial… pero, espero hacer llegar aquí desde el manantial un regatillo. Pienso trabajar durante las largas tardes de verano cuando venga a verte…”.
* La fecha de la boda.- ■ Alfeo dice: “¿Cómo es eso? ¿No vais a celebrar la boda este verano?”. José: “No. María quiere tejer los paños de lana, que es lo único que le falta a su ajuar. Y a mí eso me satisface. María es tan joven, que el esperar un año o más no es nada. Entretanto se ambienta a la casa…”. Alfeo: “¡Bueno! Tú siempre has sido un poco distinto de los demás, y lo sigues siendo. No sé quién pudiera no tener prisa en tener por esposa a una flor como María, ¡y tú metes meses por medio!…”. José responde con una sonrisa sutil: “Alegría muy esperada, alegría más intensamente gustada”. El hermano se encoge de hombros y dice: “¿Y entonces?, según tus planes, ¿cuándo vas a pensar en la boda?”. José: “Cuando María cumpla dieciséis años. Después de la fiesta de los Tabernáculos. ¡Dulces serán las tardes de invierno para los recién casados!…”. Y sigue sonriendo mirando a María: una sonrisa que conlleva un pacto secreto y delicado; de una castidad fraterna consoladora. ■ Luego continúa caminando y explicando: “Ésta es la habitación grande que da al monte. Si te parece bien, cuando venga instalaré en ella mi taller. Está unida, pero no forma parte de la casa. Así no molestaré con los ruidos, o creando otros trastornos. No obstante, si no quieres que sea así…”. Virgen: “No, José; así está muy bien”. Vuelven a entrar en la casa. Encienden las lámparas. José dice: “María está cansada. Dejémosla tranquila con sus primos”. Saludos de todos los que se marchan… José se queda todavía unos minutos y habla con Zacarías en voz baja. José le dice a la Virgen: “Tu primo te deja a Isabel durante un poco. ¿Contenta? Yo sí, porque te ayudará a… ser una perfecta ama de casa; con ella podrás colocar como quieras tus cosas y tu ajuar, y yo vendré todas las tardes a ayudarte; con ella podrás conseguir lana y todo lo que necesites y yo me encargaré de los gastos. Acuérdate de que has prometido que recurrirías a mí para todo. Adiós, María. Duerme el primer sueño de señora en esta casa tuya, y que el ángel de Dios esté siempre contigo”. Virgen: “Adiós, José. Queda también tú bajo las del ángel de Dios. Gracias, José, por todo. En la medida en que pueda, te pagaré por tu amor, con el mío”. José saluda a los primos y sale. Y con él cesa la visión. (Escrito el 6 de Septiembre de 1944).
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1-15-77 (———–).-  Como conclusión del Pre-Evangelio.
*Siguiéndote a ti, víctima, muchísimas víctimas han surgido. Tengo gran necesidad de salvar a la Tierra, de volver a comprarla; las monedas sois vosotras, las víctimas”.- ■ Dice Jesús: “El ciclo ha terminado. Y con él, tan dulce y delicado como ha si­do, tu Jesús te ha mantenido, sin movimientos bruscos, al margen de la agitación de estos días. Como a niño envuelto en blandos paños de lana y depositado sobre mullidos almohadones, a ti te han envuel­to estas beatas visiones, para que no sintieras, con el consiguiente terror, la crueldad de los hombres que se odian en vez de amarse. No serías capaz ya de soportar ciertas cosas, y no quiero que mueras por causa de ello: Yo cuido a mi «portavoz». ■ Está para desaparecer del mundo ya la causa de todas las desesperaciones que han torturado a las víctimas. Por tanto, María, también cesa para ti el tiempo de este tremendo sufrimiento por demasiadas causas tan en contraposición con tu modo de sentir. No terminará tu sufrir: eres víctima; pero, parte de él, ésta, cesa. ■ Después llegará el día en que Yo te diga, como a María de Magdala moribunda: «Descansa. Ahora es tiempo de descanso para ti. Dame tus espinas. Ahora es tiempo de rosas. Descansa y espera. Te bendigo, mujer bendita». Esto es lo que te decía —y era una promesa y tú no la entendiste— cuando llegaba el tiempo en que habías de ser sumergida, revolcada, en espinas, encadenada, colmada de espinas hasta en los más hondos recovecos de tu ser… Esto es lo que ahora te repito, con una alegría como sólo el Amor puede experimentar —y Yo soy el Amor— cuando puede hacer cesar un dolor en su dilecto amado. Esto es lo que te digo ahora, ahora que ese tiempo de sacrificio cesa. Y Yo, que Sé, por el mundo que no sabe, por Italia, por Viareggio, por esta pequeña población, a donde tú me has portado —medita el sentido de estas palabras—, Yo te expreso mi agradecimiento, como corresponde a las víctimas por su sacrificio. ■ Cuando te mostré a Cecilia (1), virgen-esposa, te dije que ella se había echado mis perfumes, y con ellos atrajo a su marido, a su cuñado, a sus domésticos, a sus familiares, a sus amigos. Tú has hecho —no lo sabes, pero te lo digo Yo, Yo que conozco las cosas— el papel de Cecilia en medio de este mundo enloquecido. Te has saturado de Mí, de mi palabra, has llevado mis deseos a las personas, y las mejores han comprendido, y siguiéndote a ti, que eres víctima, muchísimas otras víctimas han surgido. Si tu patria, y los lugares que tú más quieres, no han sido completamente destruidos, ha sido porque muchas hostias han sido sacrificadas a raíz de tu ejemplo y de tu ministerio. Gracias, mujer bendita. Continúa así. Tengo gran necesidad de salvar a la Tierra, de volver a comprar la Tierra; las monedas sois vosotras, las víctimas. ■ La Sabiduría que ha instruido a los santos, y que te instruye a ti con un magisterio directo, te eleve cada vez más en la comprensión de la Ciencia de vida y en practicarla. Levanta tú también tu peque­ña tienda ante la casa del Señor. Te digo más aún: hinca las estacas que sostienen tu misma morada en la morada de la Sabiduría y mo­ra en ella sin jamás dejarla. Descansarás así, protegida por el Señor, que te ama, como ave entre ramas florecidas, y Él será tu amparo ante cualquier tipo de intemperie espiritual y estarás en la luz de la gloria de Dios de donde descenderán para ti palabras de paz y ver­dad. Puedes ir en paz. Te bendigo, mujer bendita”.
* Ámame cada vez más. Te he conducido conmigo al secreto de mis primeros años. Ahora ya sabes todo acerca de Mamá”.- ■ Inmediatamente después dice María Stma.: “A María el regalo de Mamá por su fiesta. Una cadena de regalos. Y si hay alguna espina entre ellos, no te quejes al Señor, que te ha amado como a bien pocos ama. Te dije al principio: «Escribe acerca de mí. De todo lo que sufras recibirás consuelo». ¿Ves como ha sido verdad? Te estaba reservado este regalo para este tiempo de agitación, porque no sólo cuidamos el espíritu, sino que sabemos también cuidar la materia, que no es reina, sino sierva útil al espíritu en el cumplimiento de su misión. ■ Sé agradecida al Altísimo, que, incluso en el sentido afectuosamente humano, es verdaderamente Padre tuyo, que te acuna con éxtasis suaves para ocultarte lo que te asustaría. Ámame cada vez más. Te he conducido conmigo al secreto de mis primeros años. Ahora ya sabes todo acerca de Mamá. Ámame como hija y como hermana en el destino victimal. Y ama a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, con perfección de amor. La bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu pasa por mis manos; recibe el perfume de mi materno amor hacia ti, a ti desciende y en ti se deposita. Sé sobrenaturalmente beata”. (Escrito el 6 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  :  Sta. Cecilia.  Se habla de ella en  los «Cuadernos de 1944»,  dictado 44-541 relatado en el tema “Pureza-Castidad”.
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1-16-79 (1-23-85).- La Anunciación (1). El Espíritu santo desciende sobre María.
* María, de unos 15 años, en su habitación de la casa de Nazaret.- ■ Esto es lo que veo. María es una muchacha muy joven: por su rostro parece tener 15 años. Está en una pequeña habitación rectangular. Una habitación de jovencita. Contra una de las dos paredes más largas, está la cama. Es una cama baja sin barrotes, cubierta con gruesas esteras o tapetes. Se podría decir que éstos están extendidos sobre una tabla o sobre un entramado de cañas, porque están bien estirados y sin arrugas como sucede en nuestras camas. Contra la otra pared hay un estante con una lámpara de aceite, unos rollos de pergamino, una exquisita labor de costura, que parece un bordado. A uno de los lados del estante, junto a la puerta que está abierta y que da al huerto, pero que no se ve porque hay una cortina que el viento mueve ligeramente, está sentada la Virgen en un banco. Está tejiendo un lino blanquísimo y delicado como la seda. Sus manitas,  poco menos blancas que el lino, trabajan rápidamente con el huso. Su rostro juvenil, tan hermoso, está levemente inclinado, y ligeramente sonriente, como si acariciase o fuese en pos de algún dulce pensamiento. Un silencio profundo reina en la casita y en el huerto. Y mucha paz, tanto en la cara de María, como en el ambiente que la rodea. Paz y orden. Todo está bien arreglado. La habitación, humilde por su apariencia y por sus muebles, casi desnuda como una celda, tiene un aire austero y majestuoso, debido a su gran limpieza y a la cuidadosa colocación de la cobertura del lecho, de los rollos, de la lámpara y del pequeño jarrón de cobre que está junto a la lámpara, y en el que hay un haz de ramitas en flor, ramitas de melocotonero y de peral, por lo que creo; lo que sí está claro es que son de árboles frutales, de un blanco ligeramente rosado. ■ María se pone a cantar en voz baja. Luego alza un poco más la voz. Una voz que vibra dentro de la habitación y en la que se percibe la palabra  «Yehové» de lo que colijo que se trata de algún cántico sagrado, tal vez sea un salmo. Puede ser que María se acuerde de los cánticos del Templo. Debe tratarse de algún dulce recuerdo, porque pone sobre el pecho las manos que sostienen el huso y el hilo, levanta su cabeza para apoyarla contra la pared. Su rostro está encendido de un hermoso fuego. Sus ojos buscando algo, algún dulce recuerdo, brillan por un golpe de lágrimas, que no los rebosa pero sí los agranda. Y, con todo, estos ojos despiden sonrisa, sonríen ante ese pensamiento que ven y que los abstrae de lo sensible. El rostro de María, que se ha levantado de entre el blanco tejido, rostro rosado, circundado por las trenzas, que lleva recogidas como una corona en torno a la cabeza,  parece una hermosa flor. El canto pasa a ser oración: “Señor Dios altísimo, no tardes en enviar a tu Siervo para que traiga la paz a la tierra. Acelera el tiempo propicio y suscita a la virgen pura y fecunda para que venga a este fin. Concédeme que muera después de haber visto tu Luz y tu Justicia sobre la tierra y de haber sabido que la Redención se ha cumplido. ¡Oh Padre Santo, manda a la tierra a Aquel que los profetas esperaron! Manda a tu sierva el Redentor. Que cuando llegue mi última hora, se me abra tu mansión, porque sus puertas las ha abierto ya tu Mesías y las ha abierto a todos los que han esperado en Ti. Ven, ven, ¡oh Espíritu del Señor! Ven a nosotros que te esperamos. Ven, ¡Príncipe de la paz!…”.  María queda como absorta…
* El Arcángel.- ■ La cortina se mueve más fuerte, como si alguien detrás de ella soplase con algo o moviese para correrla. Una luz blanca de perla fundida en plata pura hace más claras las paredes de color ligeramente amarillo, más vivo el color de las cosas, más espiritual el rostro de María que mira a lo alto. En medio de la luz se prosterna el Arcángel. La cortina no ha sido descorrida; es más, no se mueve ya, inmóvil, pegada a las jambas, separando, como una pared, el interior del exterior. ■ El Arcángel es natural que tome un aspecto humano; pero es un aspecto muy distinto del humano. ¿Qué clase de cuerpo tiene esa figura bellísima y radiante? ¿Con qué sustancia Dios la hizo material para hacerla sensible a los ojos de la Virgen? Sólo Dios puede poseer estas sustancias y usarlas de un modo perfecto. Tiene cara, tiene cuerpo, tiene ojos, boca, cabellos y manos como nosotros, pero no son de la materia opaca nuestra. Son de una luz que ha tomado color de carne, forma de ojos, brillo de la cabellera, hermosura de labios, una luz que se mueve y sonríe, que mira y habla.
*  Fiat.-El Arcángel dice a la María: “¡Dios te guarde, María, llena de Gracia!”. La voz es una dulce armonía como de perlas arrojadas sobre un metal precioso. María se estremece y baja los ojos. Y se estremece mucho más cuando ve la radiante figura postrada, casi a un metro de distancia de Ella, y que con las manos cruzadas sobre el pecho la mira con una veneración sin igual. María se pone de pie y se pega a la pared. Palidece y se ruboriza alternativamente. Su rostro manifiesta sorpresa y susto. Se aprieta inconscientemente las manos sobre su pecho escondiéndolas bajo las largas mangas, se inclina como para esconder lo más posible su cuerpo. Un acto delicado de pudor. “No, no temas. ¡El Señor está contigo! ¡Bendita tú entre todas las mujeres!”. Pero María sigue temblando de miedo. ¿De dónde habrá venido este ser extraordinario? ¿Es un mensajero de Dios o del Engañador? El Arcángel repite: “¡No tengas miedo, María! Yo soy Gabriel, el Ángel de Dios. Mi Señor me ha mandado a ti. No tengas miedo porque el Señor te quiere. ■ Concebirás ahora y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre «Jesús». Será grande, será llamado Hijo del Altísimo, y verdaderamente lo será. El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará para siempre en la casa de Jacob, y su Reino no se acabará jamás. Comprende, ¡oh santa Virgen! a quien ama el Señor, Hija bendita suya, llamada a ser Madre de su Hijo, comprende qué Hijo vas a engendrar”. Virgen: “¿Cómo puede suceder eso si no conozco hombre? ¿Acaso el Señor Dios no acepta más el ofrecimiento de su sierva y no quiere que sea virgen por amor a Él?”. El Arcángel le dice: “¡María! serás madre no por obra de varón. Eres la Virgen eterna, la Santa de Dios. El Espíritu descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por esto, el que nacerá de ti, será llamado Santo e Hijo de Dios. Todo lo puede nuestro Señor Dios. ■ Isabel, la estéril, en su vejez ha concebido un hijo que será el profeta de tu Hijo, el que le preparará su camino. El Señor la ha librado de su oprobio, y su recuerdo permanecerá en el pueblo unido a tu nombre, como el nombre de su hijo al de tu Hijo Santo, y esto, hasta el fin de los siglos. Los pueblos os llamarán bienaventuradas, por la Gracia del Señor que llegó a vosotras, y sobre todo a ti, María, por la Gracia que llegó a ellos por medio de ti. Isabel se encuentra ya en su sexto mes de haber concebido, y su peso, paradójicamente, le da alegría, y mucho más la regocijará cuando conozca el motivo de tu alegría. Nada es imposible a Dios, María, la llena de Gracia. ¿Qué debo contestar a mi Señor? No te llenen de confusión las ideas que en ti se levantan. Él cuidará de tus intereses si pones en Él tu confianza. ¡El mundo, el Cielo, el Eterno esperan tu respuesta!”. María cruza sus manos sobre su pecho, se inclina profundamente, dice: “Aquí está la esclava de Dios. Haga de mí lo que Él dice”.
* La concepción.- ■ El Ángel brilla de alegría. En profunda adoración se inclina, porque no cabe duda que ve que el Espíritu de Dios desciende sobre la Virgen inclinada al dar su respuesta afirmativa; después desaparece sin mover la cortina, pero la deja sabedora del misterio divino. (Escrito el 8 de  Marzo de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 1,26-38; Mt. 1,18-18.
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1-18-90 (1-27-99).- María anuncia a José la maternidad de Isabel.
* Breve pincelada de una jornada vespertina de María en su casa de Nazaret.- ■ Veo la casita de Nazaret, y María dentro, jovencita, como cuando el ángel de Dios se le apareció. El solo hecho de ver, ya me llena el alma del perfume virginal de esa casa. Del perfume angélico del que todavía está impregnado el aire. Del perfume divino que se ha concentrado en María para hacer de Ella una Madre y que de Ella ahora se difunde. Es tarde. Las sombras empiezan a invadir el lugar donde antes brillaba la luz del cielo. María de rodillas, cerca de su cama, ruega con los brazos cruzados sobre su pecho y con su rostro muy inclinado hacia la tierra. Todavía está vestida como cuando la Anunciación. Todo está como entonces. Las flores en el jarrón, el ajuar en el mismo orden. Tan sólo la rueca y el huso están en un rincón con el resto del estambre. ■ María termina de orar. Se pone de pie con el rostro encendido como por una llama. La boca sonríe pero el llanto brilla en su mirada azul. Toma la lámpara de aceite y la enciende con el pedernal. Mira que todo esté ordenado en su pequeña habitación. Compone la manta del lecho que se había arrugado un poco. Pone agua en el jarrón de la ramita florecida y lo saca de la habitación, al fresco de la noche. Entra nuevamente. Toma el bordado que estaba doblado sobre el anaquel, y la lámpara encendida, y, cerrando la puerta, sale. Da unos pasos por el huertecillo bordeando la casa, luego entra en la habitación donde vi que Jesús se despidió de María (1). La reconozco, a pesar de que falten ahora algunos muebles que entonces tenía. María se va a otra pequeña habitación cercana a ésta, llevando consigo la lámpara, y yo me quedo, me quedo con la sola compañía de su labor depositada en la esquina de la mesa. Oigo ir y venir el paso leve de María; le oigo agitar el agua, como quien estuviera lavando. Luego, romper unas ramitas. Comprendo que se trata de leña rota por el sonido que hace. Oigo que enciende el fuego. Vuelve. Sale al jardincito. Vuelve a entrar con unas manzanas y verduras. Deja las manzanas en la mesa, en una bandeja que parece de bronce bruñido. Vuelve a la cocina (está claro que allí está la cocina). Ahora la llama del horno se proyecta alegre desde la puerta abierta hasta aquí dentro, representando una danza de sombras sobre las paredes. Pasa un poco de tiempo. María vuelve con un pequeño pan de color moreno y un tazón de leche caliente. Se sienta y moja pedazos de pan en ella. Se los come despacio. Luego, dejando mitad del tazón de leche,  entra de nuevo en la cocina y vuelve con las  verduras, les echa un poco de aceite y se las come con el pan. Para la sed, bebe la leche. Luego se come una manzana. Una cena de niña. María piensa mientras come y sonríe ante un íntimo pensamiento, algo que le llena su corazón. Levanta sus ojos. Mira las paredes y parece como si con ellas hablase de algún secreto. De vez en cuando, sin embargo, se pone seria, casi triste, pero luego le torna la sonrisa.
.  Llega José.  Se oye que tocan a la puerta. María se levanta a abrir. Entra José. Se saludan. Luego José se sienta sobre un banquillo enfrente a María, al otro lado de la mesa. José es un bello hombre en su edad madura. Tendrá unos treinta y cinco años a lo más. Sus cabellos castaño-oscuros y su barba también castaño-oscura le adornan la cara en la que hay dos dulces ojos de un castaño casi negro. Su frente es ancha y lisa. Su nariz delgada, levemente arqueada; sus mejillas más bien llenas, de un color moreno aceitunado, incluso colorado en los pómulos. No es muy alto, pero sí robusto y bien proporcionado. Antes de sentarse se quita el manto, que es de forma circular (el primero que veo de esta forma), y se lleva sujeto al cuello con una especie de gancho o cosa semejante, y tiene capucha. Es de color marrón claro y parece hecho de una tela impermeable de lana. Parece un manto de montañés, propio para defenderse de las inclemencias del tiempo. ■ También antes de sentarse, le ha ofrecido a María dos huevos y un racimo de uvas un poco arrugadas pero bien conservadas. Y sonríe diciendo: “Me las trajeron de Caná. Los huevos me los dio el centurión por un trabajo que le hice a un carro suyo —se había roto una rueda y el que trabaja para ellos estaba enfermo…—. Son frescos. Los tomó de su gallinero. Bébetelos. Te vendrán bien”. Virgen: “Mañana, José. Acabo de comer”. José: “Pero cómete las uvas. Están buenas. Dulces como la miel. Las traje despacio para no estropearlas. Cómetelas. Tengo todavía más. Te las traeré mañana en una cesta. Esta noche no podía porque vengo directamente de la casa del centurión”. Virgen: “Entonces, no has cenado todavía”. José: “No. Pero no importa”. María se levanta inmediatamente y va a la cocina. Vuelve con un tarro de leche, aceitunas y queso. Dice: “No tengo otra cosa. Bébete un huevo”. José no quiere. Los huevos son para María. Come con gusto el pan y el queso y bebe leche todavía tibia. Acepta una manzana. ■ La cena ha terminado. María toma su bordado, después de haber limpiado la mesa con la ayuda de José que se ha quedado en la cocina incluso cuando Ella vuelve aquí. Le oigo mover las cosas poniendo todo en su sitio. Atiza de nuevo el fuego, porque la noche está fresca. Cuando vuelve, María le da las gracias. ■ Se ponen a hablar. José le cuenta cómo pasó el día. Le habla de sus sobrinos. Se interesa por el trabajo de María y por sus flores. Le promete traerle unas flores muy hermosas que el centurión le ha prometido. “Son flores que nosotros no tenemos. Las trajeron de Roma. Me prometió que, apenas hayan germinado, me dará las plantas. Cuando la luna sea propicia, te las planto aquí. Tienen colores bonitos y despiden un perfume muy grato. Las vi en el verano pasado, porque sólo en verano florecen. Te perfumarán toda la casa. Los árboles los pondré más tarde cuando la luna sea favorable. Es ése el momento”. María sonríe y le da las gracias. Silencio. José mira la cabeza rubia de María inclinada sobre su tejido. Una mirada de amor angelical. No cabe duda que si un ángel fuese capaz de amar a una mujer, la miraría así.
 María comunica a José el embarazo de su prima y su deseo de ir a Hebrón.- ■ María, como quien hubiese tomado una decisión, pone sobre sus rodillas el hilado y dice: “José, también tengo yo algo que decirte. Casi nunca recibo nada, porque bien sabes qué retirada vivo. Pero hoy he recibido una noticia, y es que nuestra parienta Isabel, mujer de Zacarías, va a tener pronto un hijo…”. José abre enormemente los ojos y pregunta: “¿A esa edad?”. María responde sonriente: “¡A esa edad! Todo lo puede el Señor. Ahora ha querido proporcionar a nuestra pariente esta alegría”. José: “¿Cómo lo sabes? ¿Estás segura de la noticia?”. Virgen: “Vino un mensajero; y es uno que no puede mentir. Yo quisiera ir a casa de Isabel para servirla y decirle que me congratulo con ella. Si tú me lo permites…”. José: “María tú eres la señora y yo tu siervo. Todo lo que hagas está bien hecho ¿Cuándo quieres partir?”. Virgen: “Lo más pronto posible. Estaré ausente algunos meses”. José: “Yo contaré los días esperándote. Ve tranquila. Cuidaré de la casa y del huertecillo. Cuando vuelvas encontrarás tus flores tan hermosas como si tú misma las hubieres cuidado. ■ Sólo… espera. Debo ir antes de la Pascua a Jerusalén para comprar algunas cosas para mi trabajo; si esperas algunos días te acompañaré hasta Jerusalén; no más lejos, porque debo volver lo más pronto posible; pero hasta allí podemos ir juntos. Me sentiré más tranquilo si sé que no vas sola por el camino. Me haces saber cuándo regresas, y así saldré a tu encuentro”. Virgen: “Eres bueno, José. El Señor te pague con bendiciones y aleje de ti todo dolor. Siempre le pido esto”. ■ Los dos castos esposos se sonríen delicadamente. El silencio reina por un poco de tiempo, después José se levanta, se pone el manto, y la capucha en la cabeza, se despide de María que también se ha levantado y sale. María le mira salir con un suspiro de aflicción. Levanta los ojos al cielo. Ciertamente que está orando. Cierra la puerta cuidadosamente. Dobla el bordado. Va a la cocina. Apaga, mejor dicho, tapa el fuego. Mira que todo esté en su lugar. Toma la lámpara y sale, cerrando la puerta. Defiende con su mano la llamita que tiembla al viento frío de la noche. Entra en su habitación y vuelve a orar. La visión ha terminado.  (Escrito el 25 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : Las fechas muestran  que el orden de la redacción  de los episodios o capítulos narrados en la Obra magna  «El Evangelio como me ha sido revelado» («El hombre-Dios»), no sigue siempre un orden cronológico. Ello se verifica con frecuencia en el ciclo inicial de la Vida oculta y en los ciclos finales de la Pasión y Glorificación, mientras que se da escasamente en el amplio ciclo central de los tres años de Vida pública, y en el ciclo sucesivo de la Preparación de la Pasión. La razón da el mismo Jesús a María Valtorta: “Podríamos haber dado todo junto, pero la Providencia juzgó que así estaba bien… Pero no solo la Providencia, alma mía, sino también hay en ello una razón de bondad. En efecto, ¿cómo te hubieran sido posible, en el actual estado de postración en que te hallas, ver u oír ciertas visiones o ciertos dictados? Te habrían lesionado en tal modo que te habrían incapacitado para tu misión de «portavoz». Por eso, los hemos dado antes, evitando así quebrarte el corazón con palabras y visiones demasiado acordes con tu sufrir, que te habrían agudizado hasta portarlo al espasmo”. ■ Sin embargo, a pesar de la ocasional discontinuidad en la redacción y, sobre todo, a pesar de la falta de esquemas preparatorios —mentales o escritos— la Obra magna presenta desde el principio hasta el final una estructura perfectamente orgánica.
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1-18-94  (1-28-103).- María confía a Dios la justificación de su maternidad.
* “Déjame a Mí la tarea de justificarte ante tu esposo.- ■ Dice la Virgen María: “Querida hija, cuando, terminado el éxtasis que me había llenado de inefable alegría, y regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento, punzante como espina de rosas, que me hirió el corazón todavía envuelto en las rosas del Amor divino, desposado conmigo unos instantes antes, fue el pensar en José. Yo le amaba. Era mi santo y providente custodio. Desde el momento en que la voluntad de Dios, por medio de la palabra de su sacerdote, quiso que fuera esposa de José, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo. Junto a él había sentido que mi soledad de huérfana desaparecía. No extrañaba más mi permanencia en el Templo. Era tan bueno como mi padre a quien había yo perdido. Cerca de José me sentía tan segura, como junto al Sacerdote. Toda duda había desaparecido. Y tan segura estaba que había comprendido que nada tenía que temer de José. Más segura que un niño en los bazos de su mamá, así estaba mi virginidad confiada a José. ■ Y ahora ¿cómo darle la noticia de que era yo Madre? Buscaba las palabras para darle la noticia y no podía de ninguna manera justificar mi maternidad sin decir: «El Señor me ha amado entre todas las mujeres y a mí su sierva me ha hecho Madre». No podía engañarle, ocultándole mi estado. Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba, me había dicho: «Guarda silencio. Déjame a Mí la tarea de justificarte ante tu esposo». ¿Cuándo? ¿Cómo? No se lo pregunté. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva. Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sostenido, protegido, guiado hasta aquí. Lo haría una vez más”.
* Todo se encuentra al confiar en Dios y Dios da todo a quien confía en Él; se da a Sí mismo”.-Virgen: “Hija mía, ¡cuán hermosa y consoladora es la fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone en sus brazos como en una cuna. Nos conduce como una barca al luminoso puerto del bien, nos conforta el corazón, nos consuela, nos nutre, nos da descanso y alegría, nos da luz y guía. Todo se encuentra al confiar en Dios y Dios da todo a quien confía en Él: se da a Sí mismo. ■ Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura. Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en mí. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como lo era, siempre una nada, aunque era la Tan Amada que era la Sin Mancha. Pero ahora tenía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh qué alegría! Ser una sola cosa con Dios. No por gloria mía, sino para amarle, con una total unión, y así poder decirle: «Tú, Tú que estás en mí, ayúdame a hacer todas las cosas con tu divina perfección». Si Él no me hubiera dicho: «¡Calla!», quizás habría osado, poniendo mi rostro en tierra, decirle a José: «El Espíritu ha penetrado a mí, y en mí está la Semilla de Dios». Él me habría creído, porque me quería y además porque, como todos los que nunca mienten, no podía creer que otro mintiera. Sí, con tal de no causarle ningún dolor en el futuro, yo habría vencido mi renuncia a alabarme. Pero obedecí al divino mandato. ■ A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi suerte de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar y para daros una norma de vida en momentos análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que os da mala imagen de vosotros a quien os ama. ■ Confiad en Dios completamente vuestros cuidados, vuestros intereses. Haceos merecedores, con una vida santa, de la protección de Dios y seguid seguros adelante. Aun cuando todo el mundo se os opusiese, Él os defenderá ante quien os ama y hará brillar la verdad. Descansa, ahora, hija, y procura ser siempre más mi hija”. (Escrito el 25 de Marzo de 1944).
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1-19-95 (1-29-105).- María y José, en el camino hacia Jerusalén.
* Atención solícita de José.-Asisto al  momento de la partida a casa de Isabel. José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises: uno para él y el otro para Ella. Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla: una de ellas agrandada, por un arnés, que solo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes), sobre el cual José sujeta una pequeña arca de madera: un baúl, diríamos ahora, que le trajo a María, para que pueda colocar en ella sus vestidos sin peligro de que el agua los moje. Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, porque así no tiene que emplear un envoltorio que Ella había preparado antes. ■ Cierran la puerta y se ponen en camino. Está apenas despuntando el día, porque veo la roja aurora aparecer en el oriente. Nazaret está todavía durmiendo. Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, que lleva a sus ovejas trotando, una detrás de la otra, unidas la una a la otra, balando. Los corderillos son los que balan más que todos por el ansia de querer mamar; pero sus madres apresuran el paso para llegar a donde esté la hierba y los invitan a trotar con balidos más fuertes. María, mira y sonríe. Se ha detenido para dejar pasar el rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animales que pasan rozando al borriquillo. Cuando llega el pastor, con un corderito recién nacido en sus brazos, y se detiene a saludarla, María sonríe acariciando el morrito rosado del corderito, que bala como un desesperado, y dice: “Busca a su madre. Ésa es la madre, está aquí. No te abandona, no, pequeñín”. Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se alza para lamer en el morrito a su recién nacido. El rebaño pasa como rumor de agua en el bosque y detrás de sí deja el polvo que han levantado con sus pezuñas, y el eco de ellas en el camino. ■ José y María vuelven a emprender el camino.  José trae su manto grande. María viene envuelta en una especie de chal de rayas porque la mañana está muy fresca. Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan poco. José piensa en sus negocios y María sigue en sus pensamientos, y recogida en sí, sonríe ante éstos, y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea. De cuando en cuando mira a José, y un velo de tristeza le nubla su cara; luego le vuelve la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente, que poco habla pero si lo hace es para preguntarle si va cómoda o si necesita algo. ■ Ahora por el camino se ve gente, sobre todo en las cercanías de algún pueblo o dentro de él. Pero ninguno de los dos hace mucho caso de las personas que encuentran. Van sobre dos borriquillos que van llenando el aire con el ruido de sus cascabeles. Se paran una sola vez, en la sombra de un pequeño bosque, para comer un poco de pan y aceitunas y beber de un arroyo que sale de una caverna. También se detienen otra vez y es para defenderse de un violento aguacero que de improviso los sorprende. Se meten debajo de un gran peñasco que sobresale. José quiere que María se ponga el manto de lana impermeable y María cede a la insistencia amorosa de su esposo, y para asegurarle que está bien protegida, se pone sobre la cabeza y sobre los hombros una pequeña manta gris que cubría la albardilla. Tal vez es la manta del borriquillo. Ahora María, enmarcada su cara con la capucha y cubierta por entero con el manto color café que lleva sujeto al cuello, parece un frailecillo  El aguacero amaina, aunque se convierte en una lluvia persistente y fina. Los dos reanudan la marcha por el camino lleno de barro. De todas formas, es primavera, y, después de un poco de tiempo, el sol lo seca un poco y hace más cómoda la marcha. Ahora los dos borriquillos trotan de mejor gana por el camino.  No veo otra cosa más y así cesa la visión. (Escrito el 27 de Marzo de 1944).
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1-20-97 (1-30-107 ).- María sale de Jerusalén a Hebrón.
* María con el rostro iluminado y dichoso por la emoción interior.-Estamos en Jerusalén. Reconozco muy bien la ciudad con sus calles y puertas. Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse al Templo. Reconozco la cuadra donde José dejó el borriquillo el día de la Presentación en el Templo. También ahora deja aquí los asnos, después de haberles dado de comer, y con María va a adorar al Señor. Salen. María y José van a una casa de personas conocidas por lo que parece. Allí reparan las fuerzas. ■ María descansa hasta que José regresa con un viejecillo. “Este hombre va por el mismo camino que tú. Para llegar a la casa de tu parienta irás sola. Confía en él, que le conozco”. Vuelven a subirse sobre los borriquillos. José acompaña a María hasta la puerta de la ciudad (no por la que entraron sino por otra) y allí se despiden… María sigue sola con el viejecillo, que habla por todo lo que José no hablaba y que pregunta miles de cosas. María responde cortésmente. Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baulillo (hasta entonces lo había llevado siempre José en su burrito), y ya no lleva puesto el manto; tampoco lleva su toquilla, la cual está doblada ahora encima del baúl. Se ve muy bella con su vestido azul oscuro y con el velo blanco que la defiende del sol. ■ ¡Qué hermosa se ve! El viejecillo debe ser un poco sordo, porque María, para hacerse oír, levanta la voz, Ella que está acostumbrada a hablar en voz baja. El viejecillo se ha cansado de hacer preguntas y de querer saber esto y aquello. Dormita sobre la silla, dejándose guiar del borrico que conoce muy bien el camino. María aprovecha de este descanso para recogerse en sus pensamientos y para orar. Debe ser una oración que Ella va cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y dichoso por la emoción interior.  No veo más”. (Escrito el 28 de Marzo de 1944).
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1-21-101 (1-32-109).- Llegada de María a Hebrón y su encuentro con Isabel.- Magníficat (1).
* Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria, desde que la voz de María no suena entre estos muros.-Me encuentro en un lugar montañoso. Los montes no son altos, pero tampoco se puede decir que sean simples colinas. Tienen más bien la apariencia de montañas, como se ven en nuestros Apeninos de la Toscana y la Umbría. La vegetación es espesa y bonita. Hay mucha agua fresca, que mantiene verdes los pastos y fértiles los huertos, casi todos plantados de manzanos, higueras y vides. Debe ser la estación de primavera porque los racimos están ya un poco crecidos; los manzanos, que han acabado de florecer, han hecho brotar sus frutitas que son unas bolitas verdes, y encima de las ramas de las higueras han aparecido los primeros frutos, todavía en estado embrional, pero ya bien definidos. Y los prados son una verdadera alfombra suave y de muchos colores, en que pacen o descansan las ovejas: manchas blancas sobre el fondo de esmeralda de la hierba. ■ María sube con su burrito por un camino bastante bueno y que debe ser el camino principal. Sube, porque efectivamente, el pueblo, bien trazado, está más en alto. El que habla dentro de mí me dice: “Este lugar es Hebrón”. Ud. (2) me había dicho que se trataba de lugares montañosos. Yo no sé qué decir. A mí se me indica con ese nombre. No sé si será “Hebrón” toda la zona o solo el pueblo. Yo oigo esto, y esto es lo que digo. ■ María entra en el pueblo. Atardece. Algunas mujeres de pie en el umbral de sus puertas ven la llegada de la forastera y conversan entre sí. La siguen con los ojos y no quedan en paz sino hasta que ven que se detiene ante una de las mejores casas, situada en medio del pueblo y que tiene delante un huerto-jardín y detrás y alrededor un huerto de árboles frutales bien cuidado, que se extiende luego dando lugar a un vasto prado que sube y baja según las sinuosidades del monte, para terminar en un bosque de altos árboles, tras el cual no sé qué hay más. Todo está rodeado de una hilera de moras y rosas silvestres. No lo distingo bien, porque como Ud. sabe muy bien, tanto la flor como el ramaje de estos arbustos espinosos son muy semejantes, y mientras no aparece el fruto es fácil engañarse. En la parte delantera de la casa, es decir, por el lado paralelo al pueblo, la propiedad está cercada por una pequeña valla blanca, a lo largo de cuya parte alta hay ramas de verdaderos rosales, aunque ya llenas de capullos. En el centro se ve un cancel cerrado de hierro. Se comprende que la casa sea de un principal del pueblo o de personas acomodadas, porque todo en ella dice que si no son realmente ricas, pasan la vida con holgura. ■ María se baja del asno y se acerca al cancel. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Trata de hacerse oír. Una mujercita (la más curiosa de todas, que la ha seguido) le señala algo que sirve de campanilla. Son dos pedazos de hierro colocados en una especie de yugo, los cuales moviendo el yugo con una gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong. María tira del cordón, pero con tanta suavidad que el sonido es un leve ritintín, y nadie lo oye. Entonces la mujer, que es una viejecilla toda nariz y de estatura pequeña con una lengua que vale por diez, toma el cordón y tira, tira y tira de él. Es un ruido que puede despertar a un muerto. “Así se hace, mujer. De otro modo cómo nos iban a oír. Ten en cuenta que Isabel ya está vieja y viejo Zacarías. Y éste ahora, además de mudo, está sordo. ¿Sabes? Los siervos también ya son viejos. ¿Nunca habías venido? ¿Conoces a Zacarías? ¿Has…?”. ■ Aparece un siervo viejo que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Tal vez es el jardinero o el agricultor porque lleva en la mano un pequeño rastrillo y una podadera atada a la cintura. Abre. María entra dando las gracias a la viejecilla, y dejándola sin respuesta ¡Qué desilusión para su curiosidad! Apenas adentro, María dice: “Soy María hija de Joaquín y de Ana de Nazaret. Prima de vuestros patrones”. El viejecillo se inclina y saluda, luego da una voz: “¡Sara, Sara!”. Vuelve a abrir el cancel para coger el borriquillo, que se había quedado fuera porque María, para librarse de la preguntona mujer, se había colado muy rápida, y el jardinero, tan rápido como Ella, había cerrado el cancel delante de las narices de la chismosa. Pasa el asno y, mientras lo hace, dice: “¡Ah…, gran dicha y gran desgracia hay en este hogar! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril y ¡el Altísimo sea alabado! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya seis meses o siete meses. Se hace entender por señas o escribiendo. ¿Lo sabías? ■ ¡La patrona en medio de esta alegría y de este dolor te ha echado mucho de menos! Siempre habla de ti con Sara y dice: «¡Si estuviese aquí mi María! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, hubiera dicho a Zacarías que la trajese. Pero el Señor quiso que se casase con José de Nazaret. Sólo Ella puede darme el consuelo en esta aflicción y ayuda para pedir a Dios, porque Ella es muy buena. En el Templo todos la echan de menos. La fiesta pasada, cuando fui con Zacarías por última vez a Jerusalén a dar gracias a Dios porque me concedió un hijo, sus maestras me dijeron: ‘Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria, desde que la voz de María no suena ya entre estos muros’». ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer está un poco sorda. Pero ven, ven, que te llevo yo”.
* “¡Bendita tú, entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! Mira, al oír tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como señal de alegría, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha revelado una altísima verdad a mi corazón”.- Magníficat.- ■ En vez de Sara, aparece,  en la parte alta de una  escalera adosada a la casa, una mujer ya muy entrada en años, llena de arrugas y con el pelo completamente canoso, aunque sus pestañas y cejas todavía están negras. El color de su cara es moreno. Contrasta en modo extraño, con su edad avanzada, su estado, ya muy patente, a pesar del amplio y suelto vestido que trae. Mira, protegiéndose los ojos de la luz con la mano.  Reconoce a María. Levanta sus brazos al cielo con un “¡oh!” lleno de asombro y de gozo, baja lo más rápido que puede, al encuentro de María. Y María —cuyos movimientos son siempre moderados— esta vez se echa a correr, ligera como un cervatillo, llega a los pies de la escalera al mismo tiempo que Isabel, y María recibe sobre su corazón con una viva alegría a su prima, que al verla,  llora de alegría. ■ Por unos instantes continúan abrazadas. Después Isabel se separa con un “¡Ah!” mezcla de dolor, mezcla de alegría, y se pone las manos sobre su seno abultado. Baja la cabeza, palideciendo y sonrojándose alternativamente. María y el siervo extienden los brazos para sostenerla, porque vacila como si se sintiese mal. Pero Isabel, después de haber estado como un minuto recogida en sí, levanta una cara tan llena de luz, que parece rejuvenecida, mira a María sonriendo con una veneración como si estuviera viendo un ángel, e inclinándose profundamente, dice: “¡Bendita tú, entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! (dice estas frases bien separadas) ¿Cómo he merecido que venga a mí, sierva tuya, la Madre de mi Señor? Mira,  al oír tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como señal de alegría, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha revelado una altísima verdad a mi corazón. Dichosa Tú porque creíste que Dios puede hacer lo que la mente humana cree que no es posible. Bienaventurada tú, porque por tu fe harás que el Señor cumpla las cosas que te prometió y las que predijo a los profetas para este tiempo. Bienaventurada tú, porque has traído la Santidad a este hijo mío que siento saltar de júbilo en mi vientre, como un cabritillo alegre porque se siente liberado del peso de la Culpa, llamado a ser el que vaya delante, santificado antes de la Redención por el Santo que en ti crece”. ■ María, con dos lágrimas como perlas, que le bajan de sus risueños ojos hasta la boca sonriente, el rostro alzado hacia el cielo, levantados también los brazos, en la misma actitud que luego tantas veces tendrá Jesús, exclama: “Mi alma engrandece a su Señor” y continúa el cántico como lo conocemos. Al final del verso: “Ha socorrido a Israel su siervo etc…”, junta sus manos sobre su pecho, y se inclina profundamente hacia la tierra, adorando a Dios.
*  A  Zacarías no se le concedió conocer ni la condición ni el estado de María.- ■ El siervo, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería hablar con María, se había retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de majestuoso aspecto, de barba y cabellos enteramente blancos, el cual, con grandes gestos y sonidos guturales saluda desde lejos a María. “Zacarías está llegando” dice Isabel, tocando en el hombro a la Virgen, que absorta está orando. “Mi Zacarías está mudo. Dios le castigó por no haber creído. Luego te lo contaré. Ahora espero que Dios le perdone porque has venido, tú, la llena de Gracia”. ■ María se levanta y va al encuentro de Zacarías. Se inclina hasta el suelo ante él. Le besa la orla de su blanca vestidura que le cubre hasta los pies. Es un vestido amplio y está sujeto a la cintura por una faja ancha bordada. Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos se van con Isabel. Entran en una habitación amplia y ordenada. Dice a María que se siente. Le hacen servir una taza de leche apenas ordeñada —todavía se ve la espuma— y unos panecillos. Isabel da órdenes a la sierva, que se presenta con las manos todavía llenas de harina y con los cabellos todavía más blancos de cuanto en realidad lo son, por la harina que tiene. Tal vez estaba haciendo el pan. Da órdenes también a su siervo, al que oigo llamar Samuel, para que lleve el baulillo de María a una habitación que le indica. Todas las obligaciones de la dueña de casa para con su huésped. ■Entretanto, María responde a las preguntas que Zacarías le hace escribiendo con un estilo sobre una tablilla encerada. Por las respuestas comprendo que le pregunta por José y cómo se siente con él ahora que está casada. Comprendo igualmente que a Zacarías no se le conceden luces sobrenaturales acerca del estado de María y de su condición de Madre del Mesías. Es Isabel, quien, acercándose a su marido y poniéndole con cariño una mano en el hombro, le dice: “María también es Madre. Alégrate de su felicidad”. No añade más. Mira a María; y María la mira, pero no la invita a decir nada más, por lo cual, guarda silencio. (Escrito el 1 de Abril de 1944).
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1  Nota  :  Cfr. Lc. 1,39-55.   2  Nota  :  Padre Migliorini, su director espiritual.
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1-22-105 (1-33-113).- Las jornadas en Hebrón. María revela el nombre de su Hijo a Isabel.
*  Ni María ni Isabel, ésta desde el abrazo de María, sienten la pesantez de sus estados.- Parece que es por la mañana. Veo a María cosiendo, sentada en la sala de la planta baja. Isabel va y viene ocupándose en los quehaceres de la casa. Cada vez que entra, se acerca a depositar una caricia en la cabeza rubia de María, más rubia aún ahora por el contraste con las paredes, más bien oscuras, y bajo los rayos del luminoso sol que entran por la puerta abierta que da al jardín. Isabel se inclina a mirar la labor de María —es el bordado que tenía en Nazaret— y alaba su belleza. La Virgen dice: “Tengo también hilo para tejer”. Isabel: “¿Para tu Niño?”. Virgen: “No. Lo tenía ya cuando todavía no pensaba…”. María no añade más. Pero comprendo: “…cuando todavía no pensaba que sería Madre de Dios”. Isabel: “Pero ahora lo emplearás en Él. ¡Es hermoso! ¡Fino! A los niños, sabes, hay que ponerles telas muy delicadas”. Virgen: “Lo sé”. Isabel: “Yo había comenzado… tarde, porque quería estar segura de que no se trataba de algún engaño del Maligno; a pesar de que… sentía en mí una tal alegría, que, no, no podía proceder de Satanás. Luego… he sufrido mucho. Soy vieja, María, para encontrarme en este estado. He sufrido mucho. Tú no sufres…”. Virgen: “No. Nunca había estado mejor que ahora”. Isabel: “¡Oh, lo comprendo! Tú… en ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya, y por esto no estás sujeta a los sufrimientos de Eva. El Fruto concebido en tu seno es Santo”. Virgen: “Me parece como si tuviera un ala en el corazón y no un peso. Me parece como si tuviera todas las flores, y todos los pajaritos que cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol… ¡Oh soy feliz!”. ■ Isabel: “¡Bendita eres! También yo, desde que te vi, he dejado de sentir peso, cansancio y dolor. Me siento nueva, joven, liberada de las miserias de mi carne de mujer. Mi niño, después que se movió al oír tu voz, está quieto con su alegría. Me parece como si le tuviera dentro de una cuna viva y que le viese dormir satisfecho y feliz, respirar como un pajarito bajo el ala de su madre… Ahora me voy a poner manos a la obra. No sentiré ya el peso. Veo poco, pero…”. Virgen: “No te preocupes, Isabel,  me encargo yo de hilar y tejer para ti y para tu niño. Soy rápida y veo muy bien”. Isabel: “Pero tú debes pensar en el tuyo…”. Virgen: “¡Oh, tengo tiempo!… Primero me preocupo por ti que estás próxima a tener tu pequeñín, y luego pensaré en mi Jesús”. ■ Cuando María dice este nombre, cuán dulce es su voz, cuán expresivo su rostro, cómo se le asoma una lágrima de felicidad en sus pupilas, y cómo la sonrisa aparece al mirar el cielo luminoso y azul. En verdad que es algo imposible de describir. Parece como si el éxtasis la arrebatara por un solo decir: “Jesús”. Isabel dice: “¡Qué hermoso nombre! ¡El Nombre del Hijo de Dios, nuestro Salvador!”.
* “¿Qué habrá de hacer mi Hijo para salvar al mundo? Isaías ¿de qué elevación habla?”.- ■ La Virgen exclama: “¡Oh, Isabel!”, y se pone triste. Toma las manos de su prima que las tenía cruzadas sobre el vientre abultado: “Dime, tú que, cuando llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo ignora. Dime, ¿qué tendrá que hacer mi Hijo para salvar al mundo? Los profetas… ¡Oh, los profetas que hablan del Salvador! Isaías… ¿recuerdas a Isaías?. «Él es el hombre de los dolores. Con sus llagas fuimos curados. Fue cubierto de heridas y golpes por nuestros crímenes… El Señor quiso agotar sobre Él todos los padecimientos… Después de su sentencia fue puesto en alto…». ¿De qué elevación habla? Le llaman Cordero y yo pienso… yo pienso en el cordero pascual, en el cordero de Moisés, y relaciono esto con la serpiente que Moisés levantó sobre una cruz. ¡Isabel… Isabel…! ¿Qué harán de mi Hijo? ¿Qué cosa deberá padecer para salvar al mundo?”. María llora. ■ Isabel la consuela. “No llores, María. Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios pensará en Él, y en ti que eres su Madre. Y si muchos serán crueles con Él, otros muchos le amarán. ¡Muchos!… por los siglos de los siglos. El mundo contemplará a tu Hijo y, junto con Él, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la creación. Piensa en esto, María. Rey por haber rescatado toda la creación; como tal será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado”.
* “Mi hijo precederá al tuyo, según palabras del ángel a Zacarías. Se llamará Juan”.- ■ Isabel prosigue: “Mi hijo precederá al tuyo y le amará. Se lo dijo el ángel a Zacarías. Él me lo escribió… ¡Ah! ¡Qué dolor ver mudo a mi Zacarías! Pero espero que cuando el niño nazca su padre se vea libre del castigo. Ruega tú por él, que eres la Sede de la Potencia de Dios y la Causa de la alegría del mundo. Yo, para obtener esto, como puedo ofrezco al Señor esta criatura mía, porque es suya, pues Él se la ha prestado a su sierva para darle la alegría de ser llamada «madre» y es el testimonio de cuanto Dios ha hecho en mí. Quiero que se llame «Juan». ¿No es acaso una gracia, mi hijo? ¿Y no es Dios quien me la concedió?”. Virgen: “Y Dios te hará ese favor, estoy segura. Yo rogaré… contigo”. Isabel dice llorando: “¡Sufro tanto viéndole mudo!… Cuando escribe, porque no puede hablarme, es como si mares y montes estuvieran entre mí y mi Zacarías. Después de tantos años en que me decía palabras dulces, ahora no hay más que silencio en su boca. Sobre todo ahora en que sería tan bonito hablar de lo que va a suceder. Me abstengo hasta de hablar para no ver que él se esfuerza con gestos para responderme. ¡Lo que he llorado! ¡Cuánto deseé que hubieras venido! Los del pueblo miran, chismean, critican. El mundo es así. Cuando se padece un dolor o se tiene una alegría, se tiene necesidad de alguien capaz de comprender, no de criticar. Ahora es como si toda la vida fuera mejor. Siento la alegría en mí desde que estás conmigo; siento que mi prueba pronto quedará superada y que pronto mi dicha será completa. Será así ¿no es verdad? A todo me he resignado. ¡Si Dios perdonase a mi esposo! ¡Poderle oír nuevamente orar! ■ María la acaricia y la consuela, y le propone, para distraerla, salir un poco al jardín bañado de sol. Se van a un emparrado bien cuidado, cerca de una torrecita rústica, en la que hay palomas que hacen sus nidos. María echa comida a las palomas, porque se le han echado encima con gran ruido. Sus revoloteos forman en torno a Ella círculos iridiscentes. Se le posan sobre la cabeza, hombros, brazos, manos, alargando sus picos rosados para arrebatarle los granitos de las manos, picoteando graciosamente los róseos labios de la Virgen, y los dientes, que le brillan con el sol. María saca de una bolsita el dorado trigo, y ríe de buena gana ante este apetito. Isabel dice: “¡Cómo te quieren! Pocos días hace que estás con nosotros y te quieren más que a mí, que siempre las he cuidado”. ■ El paseo continúa hasta llegar a un recinto cerrado en el fondo del huerto, donde hay una veintena de cabras con sus cabritos. La Virgen pregunta a un pastorcillo a quien se le acerca: “¿Has regresado del pasto?”. Pastorcillo: “Sí, porque mi padre me dijo: «Vete a casa, porque dentro de poco va a llover, y hay algunas ovejas próximas a parir. Procura de que tengan hierba seca y cama de paja preparada».  Es el que viene allí”. Y señala hacia más allá del bosque, de donde se oye venir un trémulo balar. María acaricia un cabrito que se restriega en ella, rubio como un niño. Y Ella e Isabel beben la leche recién ordeñada que el pastorcillo les ofrece. Llegan las ovejas guiadas por un pastor hirsuto como un oso. Debe ser bueno porque trae sobre sus espaldas una oveja que bala de dolor. La pone en el suelo con cuidado. Dice: “Está para dar a luz un corderito. No podía caminar sino con dificultad. Me la he echado sobre los hombros. Tuve que correr para llegar a tiempo”. Y el pastorcillo lleva a la oveja, que va cojeando a causa de los dolores, al redil. María se ha sentado sobre una piedra y juguetea con los cabritos y corderitos, ofreciendo flores de trébol a sus trompitas sonrosadas. Un cabrito blanco y negro le pone las pezuñas sobre la espalda y le huele los cabellos. “No es pan” dice María sonriente. “Mañana te traeré un pedazo. Ahora pórtate bien, bien”. Isabel, ya tranquilizada, se ríe. (Escrito el 2 de Abril de 1944).
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1-22-109 (1-34-117).- María habla de su Niño.
*  María arde en deseos de ser madre. “¿Mi Niño cómo será?”.-Veo que María está tejiendo rápida, muy rápida, bajo el emparrado, donde las uvas crecen. Debe haber pasado ya un poco de tiempo, porque las manzanas comienzan a pintarse de rojo y las abejas revolotean por los higos ya maduros. Isabel está verdaderamente gruesa y camina muy despacio. María la mira atenta y amorosamente. También María, cuando se levanta para recoger el huso que se le ha caído un poco lejos, parece más redonda en sus caderas, y la expresión de su rostro ha cambiado. Es más madura. Antes era la de una niña, ahora la de una mujer. Las mujeres entran en casa porque se acerca la noche. En la habitación se encienden las lámparas. María teje, entre tanto se prepara la cena. Isabel, señalando el telar, pregunta: “¿No te cansa nunca?”. Virgen: “No. Te lo aseguro”. Isabel: “A mí este calor me mata. No he vuelto a tener dolores, pero ahora el peso es demasiado para mis pobres riñones”. Virgen: “Ten valor. Pronto estarás libre. Y ¡qué feliz te sentirás! ■ Yo ardo en deseos de ser madre. ¡Mi Niño! ¡Mi Jesús! ¿Cómo será?”. Isabel: “Hermoso, como tú, María”. Virgen: “¡Oh, no! ¡Más hermoso! Él es Dios. Yo su sierva. Pero quería decir: ¿será rubio o moreno? ¿Tendrá los ojos como el cielo sereno o como los de los ciervos de la montaña? Me lo figuro más bello que un querubín, con los cabellos rizados y color de oro, con los ojos del color de nuestro mar de Galilea cuando las estrellas empiezan a asomarse en el horizonte del firmamento, una boquita roja como el corte de una granada que acaba de abrirse para madurar al sol; sus mejillas, mira, de color rosa como el de esta pálida rosa; dos manitas que, de lo pequeñitas y lindas que serán, cabrían en la corola de un lirio; dos piececitos que podrían caberme en la palma de la mano, más delicados y lisos que un pétalo de flor. Mira, yo pongo, en la idea que me he hecho de Él, todas las bellezas que me sugiere la tierra. Ya oigo su voz. Cuando llore será —porque llorará por hambre o por sueño mi Hijito, y será siempre un gran dolor para su Mamá, que no podrá, ¡oh! no podrá oírle llorar sin sentirse traspasar el corazón—, cuando llore, su voz será como ese balido que ahora oímos, de corderito de pocas horas que busca la mama de su madre y el calor de la lana materna para dormir. En la risa, en esa risa que llenará de cielo mi corazón, enamorado de mi Criatura —puedo estar enamorada de Él, porque es mi Dios, y amarle con amor de enamorada no es contravenir a mi consagrada virginidad— en la risa, su voz será como ese alegre arrullo de paloma, contenta por haber comido, satisfecho de estar en su nido. Pienso en él dando sus primeros pasos… un pajarillo saltando en medio de un huerto florido. El huerto será el corazón de su Mamá, que estará bajo sus piececitos de rosa con todo su amor para que no tropiece con algo que le pueda producir dolor. ¡Cuánto amaré a mi Hijito! ¡Mi Hijo! ¡También José le amará!”.
* Dios ocultó mi maternidad divina a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, que a vuestra edad pudieseis tener un hijo”.-Isabel: “¡Se lo deberás decir a José!”. María cambia un poco de color y suspira: “Tendré que decírselo… Yo habría querido que el Cielo se lo dijese, porque para mí es muy difícil…”. Isabel: “¿Quieres que se lo diga yo? Le mandamos decir que venga para la circuncisión de Juan…”. Virgen: “No. Mira, he dejado en manos de Dios el decírselo, y el decirle que su destino dichoso es el de ser nutricio del Hijo de Dios. Él lo hará. El Espíritu me dijo aquella noche: «Guarda silencio. Déjame a Mí la tarea de justificarte». Y lo hará. Dios nunca miente. Es una prueba grande, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno —aparte de ti, a quien el Espíritu te lo ha revelado—, debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva”. Isabel: “No se lo he dicho a Zacarías que se llenaría de júbilo. Él cree que eres madre según el modo natural”. Virgen: “Sí, lo sé. Y así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no reveló a Zacarías mi maternidad divina. Podría haberlo hecho, si Dios hubiera querido, porque Dios sabía que se acercaba el tiempo de que se encarnase su Verbo en mí. Pero le ocultó esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, que a vuestra edad pudieseis tener un hijo. Me he adaptado a la voluntad de Dios, y, ya ves, tú escuchaste el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se le caiga la pared de su incredulidad ante el poder de Dios, estará separado de las luces sobrenaturales”. Isabel suspira. Y calla. ■ Entra Zacarías.  Presenta unos rollos a María. Es la hora de la plegaria antes de la cena. María reza en voz alta en lugar de Zacarías. Luego se sientan a la mesa. Isabel, mirando a su marido mudo, dice: “Cuando no estés más ya con nosotros, ¡cómo te echaremos de menos el no tener quien rece en lugar de nosotros!”. Virgen: “Entonces rezarás tú, Zacarías”. Él menea su cabeza y escribe: “No podré nunca volver a rezar en representación de otros. Me he hecho indigno desde que dudé de  Dios”. Virgen: “Zacarías, tú orarás. Dios perdona”. El viejo se enjuga una lágrima y suspira. ■ Después de la cena María vuelve al telar. Isabel dice: “Basta. Te estás cansando mucho”. Virgen: “El tiempo está cerca, Isabel. Quiero hacerle a tu pequeñín un juego digno del predecesor del Rey de la estirpe de David”. Zacarías escribe: “¿De quién nacerá Él? ¿Y dónde?”. La Virgen contesta: “Donde los profetas predijeron y de quien el Eterno escoja. Todo lo que hace nuestro Altísimo Señor está bien hecho”. Zacarías escribe: “¡Luego en Belén! En Judea. Mujer, le iremos a venerar. También tú irás con José a Belén”.  Y María, inclinando su cabeza sobre el telar: “Iré”. La visión cesa de este modo. (Escrito el 2 de Abril de 1944).
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1-22-111 (1-35-119).- “Isabel, mujer de fe intrépida y de confiado abandono a la voluntad de Dios, mereció conocer el misterio. La prudencia me impidió revelar a Zacarías la verdad”.
* “Dios santificó mi recta intención de ayudar al matrimonio santificando el fruto del vientre de Isabel y anulando sus sufrimientos”.- ■ Dice la Virgen María: El primer acto de caridad para con el prójimo ha de ejercitarse con el prójimo. No veas en esto un juego de palabras. La caridad se tiene hacia Dios y hacia el prójimo. En la caridad hacia el prójimo está comprendida también la caridad hacia nosotros mismos. Pero, si nos amamos más que a los demás, ya no somos caritativos. Somos egoístas. Incluso en las cosas lícitas debemos ser tan santos, que demos siempre prioridad a las necesidades de nuestro prójimo. ■ Estad seguros, hijos, de que Dios completa la deficiencia de los generosos, viene al encuentro de los generosos, con medios de su poder y bondad.  Esta seguridad me impulsó a ir a Hebrón para socorrer a mi parienta en el estado en que se encontraba. Pues bien, este detalle mío de ayuda humana, Dios, que siempre da sin medida como Él hace, le dio un inesperado regalo de ayuda sobrenatural. Yo fui a ayudar al matrimonio, a aportar una ayuda material; Dios santificó mi recta intención haciendo, de la misma manera, santificar el fruto del vientre de Isabel, y anulando, por medio de esta santificación —por la cual el Bautista fue presantificado— los sufrimientos físicos de Isabel que había concebido a una edad inusitada”.
* “El Espíritu le habló a través de ese vuelco de su hijo en su vientre”.- Virgen: “Isabel, mujer de fe intrépida y de confiado abandono a la voluntad de Dios, se hizo digna de comprender el misterio que estaba encerrado en mí. El Espíritu le habló a través de ese vuelco de su hijo en su vientre. El Bautista pronunció su primer discurso de Anunciador del Verbo a través de los velos y paredes de venas y de carne que le separaban de su santa madre, y que a la vez la unían a ella. No oculté mi condición de Madre del Señor a esta mujer, que era digna de saberlo, y a quien la Luz se había manifestado. Ocultarla habría sido negarle a Dios la alabanza que era justo darle, el sentimiento de alabanza que llevaba en mí y que, no pudiendo manifestar a nadie, lo manifestaba a la hierba, a las flores, a las estrellas, al sol, a las canoros pájaros, a las mansas ovejas, al agua parlanchina y a la luz de oro que me besaba bajando del cielo. Pero, orar dos juntos es más dulce que decir uno solo su oración. ■ Yo hubiera querido que todo el mundo hubiera sabido mi destino; no por mí, sino porque todos se hubieran unido a mí para alabar a mi Señor. La prudencia me impidió revelar a Zacarías la verdad. Habría significado ir más allá de la obra de Dios, y, si bien era cierto que yo era su Esposa y Madre, seguía siendo siempre su Sierva y no debía —por el hecho de que me había amado más allá de toda medida— tratar de sustituirle y de no observar su palabra. Isabel, que era una santa, lo comprendió y guardó el secreto, porque quien es santo es siempre humilde y sumiso”.
* El don de Dios nos debe hacer siempre mejores. Cuanto más recibimos más debemos dar. El recibir más es señal de que Dios está con nosotros y en nosotros… Cuando Dios nos destina, María, a ser víctimas por su honor, ¡oh, qué dulce es ser trituradas en el molino, como el trigo, para hacer de nuestro dolor el pan que consolide a lo débiles y los haga capaces de obtener el cielo!”.-Virgen: “El don de Dios nos debe siempre hacer mejores. Cuanto más recibimos de Él, más debemos dar, porque cuanto más recibimos, más es señal de que Él está en nosotros y con nosotros, y cuanto más está en nosotros y con nosotros,  más debemos esforzarnos en alcanzar su perfección. Ello explica por qué yo, posponiendo mi labor, trabajé para Isabel. No me da miedo no tener tiempo. Dios es dueño del tiempo y provee a las necesidades de quien en Él espera, incluso en las cosas comunes y corrientes. El egoísmo no acelera: retarda; la caridad no retarda: acelera. Tenlo presente. ■ ¡Cuánta paz hay en la casa de Isabel! Si no hubiera venido a mi mente el recuerdo de José y el pensamiento, sí, el pensamiento, ese pensamiento de que mi Niño era el Redentor del mundo, hubiera sido feliz. Pero la cruz extendía ya su sombra sobre mi vida, y como un eco fúnebre me parecía oír las voces de los Profetas… Yo me llamaba María. La amargura siempre se mezclaba con las dulzuras que Dios vertía en mi corazón, amargura que fue cada vez más en aumento, hasta la muerte de mi Hijo. Y, no obstante, cuando Dios nos destina, María, a ser víctimas por su honor, ¡oh, qué dulce es ser trituradas en el molino, como el trigo, para hacer de nuestro dolor el pan que consolide a los débiles y los haga capaces de obtener el Cielo! Ya es suficiente. Estás cansada y te sientes feliz. Descansa con mi bendición”. (Escrito el 3 de Abril de 1944).
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1-23-114 (1-36-122).- El nacimiento de Juan el Bautista (1).
“Los tesoros de Dios se abren a quien cree en Él y en su bondad sin límites”.- ■ María e Isabel conversan. Isabel dice: “María, tengo fe. Pero, si yo muriese… no le dejes a Zacarías inmediatamente. Sé que piensas en tu casa, pero, quédate un poco, para ayudarle a mi marido en los primeros días de su dolor”. Virgen: “Me quedaré, para congratularme con tu alegría y con la de él. Me iré cuando te sientas con fuerzas y aliviada. Estate tranquila, Isabel. Todo saldrá bien. En tu casa no faltará nada mientras dure tu dolor. A Zacarías le atenderá la más amorosa sierva, y tus flores y tus palomas recibirán el cuidado que les dabas, y a unas y a otras las encontrarás avivadas y bonitas para recibirte cálidamente a ti, su patrona, cuando vuelvas. Regresemos a casa ahora, porque veo que estás más pálida…”. Isabel: “Sí, me parece que tengo otra vez dolores. Tal vez ha llegado la hora. María ruega por mí”. Virgen: “Te ayudaré con mis oraciones hasta que tu trance se transforme en gozo”. ■ Y las dos mujeres entran despacio a la casa. Isabel va a sus habitaciones. María, hábil y previsora, da órdenes y prepara todo cuanto puede ser necesario. Consuela a Zacarías que está preocupadísimo. En la casa que está en vela esta noche y donde se oyen voces extrañas de mujeres que fueron llamadas para ayudar, María permanece vigilante como un faro en una noche de tempestad. Toda la casa gira alrededor de María, que, dulce y sonriente, provee a todo; y ora. Cuando no se le llama para algo se retira a la oración. Está en la habitación donde suelen reunirse para las comidas y el trabajo. Con Ella está Zacarías, que, preocupado pasea. Han rezado juntos. María continúa orando. Y ahora que el viejo, cansado, se ha sentado en un sillón cerca de la mesa, y somnoliento se queda, Ella ora todavía. Ora con más intensidad, de rodillas, con los brazos en alto, cuando los gritos de la parturienta son más agudos. Sara entra y la llama con señas. María sale descalza al jardín. Dice Sara: “La patrona la llama”. Virgen: “Voy”, y va por el lado externo de la casa, sube la escalera… parece un ángel blanco que vague en una noche quieta y llena de estrellas. ■ Entra a donde está Isabel, que exclama: “¡Oh, María! ¡Cuánto dolor! No puedo más, María. ¡Cuánto dolor se debe soportar para ser madre!”. María la acaricia con amor y la besa. “¡María, María! ¡Déjame que ponga las manos sobre tu vientre!”. María coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su vientre ya algo abultado y las mantiene apretadas con sus manitas lisas y gráciles. Y ahora, que están las dos solas, María habla en tono suave y dice: “Aquí está Jesús, oyéndote y viéndote. Confía, Isabel. Su corazón santo palpita más fuerte porque Él interviene ahora en tu favor. Lo siento palpitar como si lo tuviese en las manos. Comprendo las palabras que me dice mi Niño con su palpitar. Ahora me está diciendo: «Di a la mujer que no tenga miedo. Un poco más de dolor, y luego, cuando despunte el sol, en medio de las rosas que esperan ese rayo matutino para abrirse, su casa tendrá la rosa más bella, y será Juan, mi Precursor»”. Isabel apoya también su cara en el vientre de María y llora silenciosamente. María está un tiempo así, porque parece que el dolor de Isabel se calma. Dice a todos que estén tranquilos. Se queda de pie, blanca y bella en medio de la tenue luz de una lámpara de aceite, como un ángel cerca de alguien que sufre. Ora. Veo que mueve sus labios, pero aunque no los viera moverse, comprendería que ora por la expresión extática de su rostro. El tiempo pasa. El dolor vuelve a apoderarse de Isabel. ■ María la besa nuevamente y se retira. Rápida baja en medio de la luz de la luna y corre a ver si Zacarías todavía sigue durmiendo. Sí, todavía duerme pero en su sueño gime. María siente compasión de él. Vuelve a orar. Y cuando Zacarías se despierta, atolondrado, María le toma de la mano y le da ánimos. “Cuando llegue el alba, dentro de poco, el niño habrá nacido. Todo saldrá bien”. Zacarías menea tristemente la cabeza, señala su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede. María se da cuenta de ello y dice: “El Señor hará que tu alegría sea perfecta. Pon en él toda tu confianza. Espera con todo tu corazón. Ama con toda tu alma. El Altísimo te escuchará, más de lo que pudieras esperar. Él quiere esta fe tuya, total, como una purificación de tu desconfianza pasada. Di en tu corazón conmigo: «Creo». Dilo a cada palpitar de él. Los tesoros de Dios se abren a quien cree en Él y en su bondad sin límites”.  ■ La luz empieza a penetrar por la puerta entornada. María la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra mojada de rocío. Se siente un fuerte olor a tierra húmeda, a hierba verde, y se oyen los primeros trinos de los pájaros que se llaman de rama en rama. Zacarías y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela y la luz del alba les pone aún más pálidos. María se pone de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera atenta a ver si oye algo. Nada ha pasado. María va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber a Zacarías. Luego va a las palomas, regresa y entra en la misma habitación. Tal vez es la cocina. Inspecciona todo. Se le ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños. Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín mientras María le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, porque los gritos de la parturienta son más agudos. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo;  llora el pobre viejo. María se levanta y le coge de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de aquel hombre desolado y sobre él derrama sus consuelos. ■ Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pinta de colores el aire matinal. Estando así, llega a sus oídos el feliz anuncio: “¡Ya nació! ¡Ya nació! ¡Es un varoncito! ¡Oh, padre feliz! Un varoncito como una rosa, hermoso como un sol, fuerte y sano como su madre. Alégrate padre a quien el Señor bendijo, para que le ofrezcas en su Templo un hijo. ¡Gloria a Dios que concedió un heredero a esta casa! ¡Bendición a ti y al hijo que nació! Pueda su descendencia perpetuar tu nombre por los siglos de los siglos, durante todas las generaciones, y siempre sea fiel a la alianza del Eterno Señor”. ■ María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que le bendiga. Zacarías no va donde está Isabel; coge al niño que chilla con todos sus pulmoncitos. Pero no va donde está su mujer. María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre que va tras Ella, se percata de este hecho. “Mujer” dice a Isabel “tu niño se calló tan pronto la tomó Ella. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!”.  María coloca al niñito junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris, y le dice en voz baja: “La rosa ha nacido y tú vives. Zacarías está dichoso”. Isabel pregunta: “¿Habla?”. Virgen: “Todavía no. Pero confía en el Señor. Descansa ahora. Yo estoy contigo”. (Escrito el 3 de Abril de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 1,57-58.
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1-23-118 (1-37-126).- “Toda pena se aplaca para quien apoya su cabeza sobre mi pecho de Madre”.
* “Solo yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial, quedé libre de dar a luz con dolor. La tristeza y el dolor son frutos de la Culpa. Yo que era la Inculpable tuve que conocer también el dolor y la tristeza porque era la Corredentora”.-Dice la Virgen María: “Si mi presencia había santificado al Bautista, no canceló a Isabel la condena proveniente de Eva: “Darás a luz a tus hijos con dolor”. Solo yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial, quedé libre de dar a luz con dolor. La tristeza y el dolor son frutos de la Culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer también el dolor y la tristeza, porque era Corredentora. Pero no experimenté el dolor de dar a luz. No. Este sufrimiento no lo experimenté. Y, no obstante, créeme, hija, no hubo ni habrá un dolor de parturienta semejante al mío de Mártir de una Maternidad espiritual cumplida en el más duro lecho: el de mi cruz, al pie del patíbulo del Hijo que se me moría. ¿Y qué madre hay que se vea obligada a dar a luz de esa manera? ¿Qué madre hay que se vea obligada a mezclar el suplicio del desgarro de las entrañas, que se rompen al estertor de su Hijo agonizante, con el suplicio de sentírsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror del deber de decir: «Os amo. Venid a Mí que soy vuestra Madre» a los verdugos de ese Hijo nacido del más sublime amor que jamás el Cielo haya visto, del amor de Dios con una Virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz que se hicieron Carne y que del vientre de una mujer hicieron el Tabernáculo de Dios? Dijo Isabel: «¡Cuánto dolor para ser madre!». Mucho. Pero nada con respecto al mío”.
* Yo soy la eterna Portadora de Jesús… La bienaventuranza del Cielo no me borra el recuerdo de mis hijos que sufren en la Tierra. Todo el Cielo ruega porque el Cielo ama”.-Virgen: “También dijo: «¡Déjame poner mis manos sobre tu seno!» ¡Oh!, si en vuestros sufrimientos me pidieseis siempre esto. Yo soy la eterna Portadora de Jesús. Está en mi seno, como lo viste el año pasado, cual Hostia en la Custodia. Quien viene a mí, le encuentra. Quien se apoya en mí, le toca. Quien se vuelve a mí, habla con Él. Yo soy su vestido. Él es mi alma. Mucho más unido ahora que no cuando estuvo dentro de mí durante nueve meses. A quien viene a mí y apoya su cabeza sobre mi regazo todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece y fluye toda clase de gracias. Yo ruego por vosotros. Recordadlo. ■ La bienaventuranza de estar en el Cielo, viva en los rayos de luz de Dios, no me borra el recuerdo de mis hijos que sufren en la Tierra. Todo el Cielo ruega, porque el Cielo ama. El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Aunque no fuese más que yo, sería, la mía, una plegaria suficiente en favor de las necesidades de quien espera en Dios. Porque nunca ceso de rogar por todos vosotros; santos y malvados, para dar a los santos la alegría y a los malvados el arrepentimiento que salva. Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero a los pies de la cruz para repartiros gracias”. (Escrito el 3 de Abril de 1944).
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1-24-119 (1-38-128).- Circuncisión de Juan el Bautista (1). Zacarías llega a conocer también el misterio que encierra María de Nazaret.
* Zacarías acaba de escribir en la tablilla: “Su nombre es Juan” y recobra el habla. “Ahora creo y la Luz brilla en mí. Está entre vosotros y vosotros no la veis. Su destino es el de no ser vista porque el corazón de los hombres está lleno de otras cosas y no quiere moverse”.- ■ Veo ambiente de fiesta en la casa. Es el día de la circuncisión. María se ha preocupado de que todo esté bien y en orden. Las habitaciones resplandecen de luz.  Lucen por todas partes las más hermosas telas, los más bellos utensilios. María se mueve ágil entre los grupos, hermosa con su blanca vestidura. Hay mucha gente. Isabel, a quien respetan como a una matrona, goza contenta de su fiesta. El niño descansa sobre sus rodillas, saciado ya de leche. ■ Llega la hora de la circuncisión. Unos hombres dicen: “Le llamaremos Zacarías. Tú estás ya anciano. Es bueno que tu nombre se dé al niño”. Isabel exclama: “¡No! Su nombre es Juan. Su nombre debe dar testimonio del poder de Dios”. Insisten: “Pero jamás ha habido un Juan en vuestra parentela”. Isabel: “No importa. Él debe llamarse Juan”. Se dirigen a Zacarías: “¿Tú qué dices, Zacarías? Tú quieres que se le dé tu nombre ¿o no es así?”. Zacarías dice que no, con la cabeza. Toma la tablilla y escribe: “Su nombre es Juan” ■ y apenas acaba de escribir, cuando con su voz continúa: “porque Dios nos ha hecho objeto de un gran favor a mí, su padre, y a su madre, como también a este nuevo siervo suyo, el cual empleará su vida en aras de la gloria del Señor. En los siglos, y a los ojos de Dios será llamado grande, porque pasará convirtiendo los corazones al Altísimo Señor. El ángel lo dijo y no le creí. Pero ahora creo y la Luz brilla en mí.  La Luz está entre vosotros y vosotros no la veis. Su destino es el de no ser vista, porque el corazón de los hombres está lleno de otras cosas y no quiere moverse. Pero mi hijo la verá y hablará de la Luz y hará que a Ella se vuelvan los corazones de los justos de Israel. Bienaventurados los que creyeran en Ella y creyeran siempre en la Palabra del Señor. ■ «Y seas bendito, Señor eterno, Dios de Israel que has visitado y redimido a tu pueblo y nos has dado un poderoso Salvador en la casa de David tu siervo. Prometiste por boca de los santos Profetas desde tiempos muy remotos que nos librarías de nuestros enemigos y de las manos de los que nos odian, para mostrar tu misericordia para con nuestros padres y para mostrar que te acuerdas de tu santa alianza. Este es el juramento que diste a Abraham, nuestro padre: concedernos que, sin temor, al estar libres de las manos de nuestros enemigos, te sirvamos santa y justamente ante tu presencia por toda la vida»”. Y así continúa hasta el final. ■ Los presentes se quedan estupefactos tanto del nombre como del milagro, como de las palabras de Zacarías. Isabel, que a la primera palabra de Zacarías tuvo un grito de júbilo, llora ahora, sosteniéndose abrazada a María que la acaricia contenta.
* “Yo te veo a ti y veo tu dichoso destino. Adoro en ti al Dios de Jacob, tú mi primer Templo”.- ■ No veo la circuncisión. Veo solo que llevan a otra parte al recién nacido para la circuncisión. Cuando le vuelven a traer, el pequeño Juan da terribles chillidos. Ni siquiera la leche de mamá le calma. Patalea como un potro. Pero María le toma en sus brazos y le acuna y él se calla y se queda tranquilo. Sara dice: “Pero ved. ¡No se calla sino cuando Ella le toma en brazos!”. ■ La gente se despide poco a poco. En la habitación se quedan María con el niño en brazos e Isabel que está dichosa. Entra Zacarías, cierra la puerta. Mira a María con lágrimas en los ojos. Quiere hablar, pero se calla. Se adelanta. Se arrodilla ante María. Le dice: “Bendice al pobre siervo del Señor. Bendícele porque puedes hacerlo, tú que le llevas en tu seno. La palabra de Dios vino a mí cuando reconocí mi error y creí en todo lo que se me había dicho. Yo te veo a ti y veo tu dichoso destino. Adoro en ti al Dios de Jacob. Tú, mi primer Templo, donde el sacerdote, que regresa, puede nuevamente orar al Eterno. Bendita tú, que mereciste obtener la gracia para el mundo y le traes al Salvador. Perdona a tu siervo si al principio no vio tu majestad. Con tu venida nos has traído todas las gracias. Dondequiera que vayas, ¡oh Llena de Gracia!, Dios obra sus prodigios y santas son las paredes donde entras, santas se hacen las orejas que oyen tu voz y santos los cuerpos que tocas. Santos los corazones porque dispensas gracias, Madre del Altísimo, Virgen profetizada, y esperada para dar al pueblo de Dios el Salvador”.
* “Si ser Madre del Hijo de Dios es un destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser un destino de atroz sufrimiento”.- ■ María sonríe, sonrojada de humildad. Habla: “Sea alabado el Señor. Él solo lo sea. Todas las gracias vienen de Él, no de mí. Él te las ha dado porque le amas; sigue en el camino de la perfección, en los años que te quedan, para merecer su Reino que mi Hijo abrirá a los Patriarcas, a los Profetas, a los justos del Señor. Y tú, ahora que puedes orar ante el Santo, ruega por la sierva del Altísimo; que, si ser Madre del Hijo de Dios es destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser un destino de un atroz sufrimiento. Ruega por mí, que hora tras hora siento crecer mi peso de dolor, y durante toda una vida tendré que llevarlo; no lo veo en sus detalles particulares, pero sí siento que será un peso mayor que si sobre estos hombros míos de mujer se posase el mundo y tuviera que ofrecérselo al Cielo. Yo, yo sola, ¡una pobre mujer! ¡Mi Niño! ¡Mi Hijo! Ahora no llora el tuyo porque le arrullo. ¿Pero podré arrullar al mío para calmarle el dolor?… Ruega por mí, sacerdote de Dios. Mi corazón tiembla como flor en medio de la tempestad. Miro a los hombres y los amo. Pero veo que detrás de sus caras se deja ver el Enemigo y que los hace enemigos de Dios, de mi Hijo Jesús”. La visión termina con la palidez de María y esas lágrimas suyas que hacen brillar sus pupilas. (Escrito el 4 de Abril de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 1,59-79.
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1-24-121 (1-39-130).- María, Fuente de la Gracia para quien acoge la Luz. Canto a la amistad de Dios.
* “Orad con las palabras de mi Hijo… Jesús, en sus agonías, oró para enseñaros a orar”.- ■ Dice la Virgen María: A quien reconoce su error, se arrepiente de él y lo confiesa humildemente, Dios le perdona; no solo le perdona sino que le recompensa. ¡Qué bueno es mi Señor con quien es humilde y sincero, con quien cree en Él y a Él se abandona! Desescombrad vuestro corazón de todo lo que le traba y le hace perezoso. Disponedle para que acoja a la Luz, que es, cual faro en las tinieblas, guía y santo consuelo. ■ ¡Amistad de Dios, bienaventuranza de sus fieles, riqueza no igualada por nada, quien te posee no está jamás sólo ni siente la amargura de la desesperación! No anulas el dolor, santa amistad, porque el dolor fue el destino de un Dios encarnado, y puede ser destino del hombre; eso sí, le haces dulce en su amargura, y añades una luz y unas caricias que, cual celestes toques, ayudan con la cruz.  Y cuando la Bondad divina os dé alguna gracia, usad el bien recibido para dar gloria a Dios. No seáis como esos insensatos, que de una cosa buena se hacen un arma dañosa, o como los pródigos que transforman sus riquezas en miseria. ■ Me proporcionáis muchos dolores, ¡oh hijos! Detrás de vuestras caras veo asomarse el Enemigo, el que ataca a mi Jesús. ¡Demasiado dolor! Querría ser para todos la Fuente de la Gracia. Pero muchos de vosotros no la deseáis. Pedís «gracias» pero con el alma que no tiene  la Gracia. ¿Y cómo puede ésta socorreros si sois enemigos? El grande misterio del Viernes Santo se acerca. Todo lo recuerda en los templos. Pero hay que celebrarlo y recordarlo en vuestros corazones, golpearse el pecho como los que bajaban del Gólgota y decir: «Éste es realmente el Hijo de Dios, el Salvador» y decir: «Jesús, sálvanos por tu Nombre» y decir: «Padre: perdónanos».Y decir también: «Señor, yo no soy digno. Pero si tú me perdonas y vienes a mí, mi alma será curada y yo no quiero más pecar, para no volverme a enfermar y odiarte». ■ Orad, hijos, con las palabras de mi Hijo. Decid al Padre por vuestros enemigos: «Padre, perdónales». Llamad al Padre que se ha retirado, enojado por vuestros errores: «Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado? Soy pecador. Pero si me abandonas, pereceré. Vuelve, Padre santo, para que yo me salve». Poned en manos de Dios vuestro eterno bien, vuestro espíritu, porque es el único que puede conservarlo ileso del demonio: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Si humildemente, si amorosamente entregáis vuestro corazón a Dios, le conducirá como un padre guía a su pequeñuelo, y no permitirá que cosa alguna le haga mal. ■ Jesús en sus agonías oró para enseñaros a orar. Os lo recuerdo en estos días de Pasión. Tú, María, tú que ves mi gloria de Madre y con ella te extasías, piensa y recuerda que tuve a Dios a través de un dolor siempre creciente. Bajó juntamente con el Germen de Dios y cual gigante árbol creció hasta tocar el Cielo con la copa y el Infierno con sus raíces, cuando pusieron en mis rodillas los despojos mortales de la Carne de mi carne, y vi y conté las llagas y toqué su Corazón desgarrado para beber el dolor hasta la última gota”. (Escrito el 4 de Abril de 1944).
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1-25-122 (1-40-132).- Presentación del Bautista y purificación de Isabel en el Templo.- Partida de María con José que se percata del estado de María.
* La gente curiosa, presente en la ceremonia, presiente un misterio al ver la edad de Isabel.- ■ Zacarías, Isabel, María (ésta con el pequeño Juan en brazos) y Samuel (con un cordero y una cesta con la paloma) están bajando de un cómodo carro, al que viene atado el burrito de María. Se apean delante del mesón de costumbre, que debe ser la parada de todos los peregrinos que vienen al Templo, para dejar sus cabalgaduras. María llama al hombrecillo, que es el dueño, y le pregunta si algún nazareno ha llegado el día anterior o en las primeras horas de la mañana. “Nadie, mujer” responde el viejecillo. María se queda sorprendida, pero no pregunta más. Dice a Samuel que le busque un puesto al burro. Luego se junta con Zacarías e Isabel, y les refiere el retardo de José: “Algo le habrá detenido. Pero sin duda que hoy vendrá”. ■ Toma al niño que había entregado a Isabel y se dirigen al Templo. Los hombres que están de guardia le reciben a Zacarías con honores, y los otros sacerdotes le saludan y felicitan. Zacarías, hoy, con sus vestiduras sacerdotales y la alegría de ser padre, está majestuoso. Parece un patriarca. Me imagino que se parece a Abraham cuando iba a ofrecer a Isaac al Señor (1). Veo la ceremonia de la presentación del nuevo israelita y la de la purificación de la madre. Es todavía más pomposa que la de María, porque los sacerdotes hacen mucha fiesta por el hijo de un sacerdote. Acuden en masa y se apresuran a rodear al grupito de mujeres y del recién nacido. ■ También otras personas se han acercado curiosas y oigo sus comentarios. Como María lleva al niño en sus brazos mientras se dirigen al lugar de costumbre, la gente cree que es la madre. Pero una mujer dice: “No puede ser. ¿No veis que está en cinta? El niño no tiene más que unos cuantos días y Ella ya está abultada”. Dice otro: “Ya… pero solo puede ser Ella la madre. La otra es vieja. Será una parienta. No puede ser madre a esa edad”. Dice la mujer: “Sigámoslos y veremos quién tiene razón”. ■ Bien grande viene a ser el asombro cuando ven que la que cumple el rito de la purificación es Isabel, que ofrece su corderito balante para el holocausto y su paloma por el pecado. “La madre es aquella. ¿Viste?”. “¡No!”. “¡Sí!”. La gente incrédula sigue haciendo comentarios, y tanto, que el grupo de los sacerdotes presentes al rito, se ve obligado a emitir un “¡Chsss!” imperativo. La gente se calla por unos momentos, pero susurra mucho más fuerte cuando Isabel, radiante, orgullosa, toma a su niño, entra en el Templo para presentárselo al Señor. “En realidad es ella”. “La madre es la que ofrece”. “¿Qué milagro será este?”. “¿Qué será ese niño que Dios concedió en edad tan tarde a esa mujer?”. “¿De qué será señal?”. Uno que llega jadeante dice: “¿No lo sabéis? Es el hijo del sacerdote Zacarías de la estirpe de Aarón, el que se quedó mudo cuando ofrecía el incienso en el Santuario”. “¡Misterio, misterio! ¡Y ahora de nuevo habla! El nacimiento de su hijo desató su lengua”. “¿Qué espíritu será el que le habló y le dejó inútil la lengua para acostumbrarle a guardar silencio sobre los secretos de Dios?”. “¡Misterio! ¿Qué verdad sabrá Zacarías?”. “¿No será que su hijo es el Mesías esperado por Israel?”. “Nació en Judea, no en Belén, ni de una virgen. No puede ser el Mesías”.  “¿Entonces, ¿quién será?”. La respuesta se queda en los silencios de Dios y la gente con su curiosidad.  La ceremonia ha terminado. Los sacerdotes están ahora de fiesta. Lo mismo que la madre y el pequeñito. La única a quien menos se dirigen las miradas es a María; es más, hasta se le esquiva con un cierto desprecio al ver su estado (2). ■ Terminan las felicitaciones. Todos vuelven a emprender el regreso. María regresa al mesón para ver si ha llegado José. No ha llegado. María se queda desilusionada y pensativa. Isabel y Zacarías se preocupan por Ella. “Podemos quedarnos hasta las 12, pero después tenemos que partir para llegar a casa antes de la primera vigilia… es todavía demasiado pequeño para estar más  tiempo de noche”. Y María con calma pero triste: “Me quedaré en un patio del Templo. Iré a la casa de mis maestras. No sé. Haré cualquier cosa”. Zacarías interviene con una idea que se acepta como buena solución: “Vamos a la casa de los parientes de Zebedeo. José, sin duda,  te buscará allí y si él no fuera allí, te será fácil encontrar quien te acompañe a Galilea, porque en esa casa hay siempre un continuo ir y venir de pescadores de Genesaret”. Toman el borriquillo y van a la casa de los parientes del Zebedeo, que no son otros más que aquellos en cuya casa se detuvieron José y María hace unos cuatro meses. Las horas pasan deprisa y José no aparece. María domina su contrariedad acunando al pequeñín; pero se la ve preocupada. Como para esconder su estado, no se ha quitado nunca el manto, a pesar de que el calor intenso les hace sudar a todos.
* José observa el estado de María pero no dice nada.- ■ Finalmente fuertes toques a la puerta anuncian a José. El rostro de María se serena y resplandece. José la saluda, porque Ella es la primera en salirle al paso y Ella a su vez le ha saludado con reverencia. “La bendición de Dios está sobre ti, María”.  “Y sobre ti, José. ¡Alabado sea el Señor que viniste! Mira, Zacarías e Isabel estaban a punto de partir, para llegar a su casa antes de que fuera de noche”. José: “Tu mensaje llegó a Nazaret cuando estaba yo en Caná para unos trabajos. Lo supe anteayer por la tarde. Me puse en marcha enseguida. Pero, aunque caminé sin detenerme, he llegado tarde, porque mi borriquillo había perdido una herradura. Perdóname”. Virgen: “Perdona tú, por haber estado tanto tiempo lejos de Nazaret. La verdad es que se sentían tan felices con tenerme con ellos, que pensé darles hasta ahora esta satisfacción”. José: “Hiciste bien, Mujer. ¿Dónde está el niño?”. Entran en la habitación, donde Isabel en esos momentos está dando de mamar a Juan, antes de partir. José felicita a los padres por la fortaleza del niño, que ha sido separado del pecho para mostrárselo a José, y que chilla y patalea como si le despellejasen. Todos ríen de sus protestas. También se ríen los parientes de Zebedeo, que han acudido trayendo fruta fresca y leche y pan para todos y una palangana grande de pescado, y se unen a la conversación. ■ María habla muy poco. Está tranquila y silenciosa, sentada en su rinconcito, con las manos sobre sus rodillas bajo el manto. Aun cuando bebe su taza de leche y se come un racimo de uvas doradas con un poco de pan, habla poco y se mueve poco. Mira a José apenada y escrutadora al mismo tiempo. También él la mira. Después de algunos minutos, inclinándose sobre su hombro, le pregunta: “¿Estás cansada o te duele algo? Estás pálida y triste”. Virgen: “Siento separarme del pequeño Juan. Le quiero mucho. Apenas nacido, le estreché contra mi corazón…”. José no pregunta más. ■ La hora de partida de Zacarías ha llegado. El carro se detiene en la puerta, todos van a ella. Las dos primas se abrazan con cariño. María besa y vuelve a besar al pequeñín antes de devolvérselo a su madre, que está sentada ya en el carro. Luego se despide de Zacarías y le pide la bendición. Al arrodillarse ante el sacerdote, el manto se le desliza de los hombros y bajo la luz intensa de un sol de estío se le ven las formas. No sé si José las haya notado en ese momento, pues estaba despidiéndose de Isabel. El carro parte. ■ José con María entran de nuevo en casa. Ella vuelve a ocupar su rincón semioscuro. José le dice: “Si no te importa viajar de noche, me gustaría que partiéramos al ponerse el sol. El calor, durante el día, es fuerte; la noche, por el contrario, estará fresca y serena. Lo digo por ti. A mí no me molesta nada el estar bajo el sol. Pero tú…”. Virgen: “Como quieras, José. También yo creo conveniente caminar de noche”. José dice:  “La casa está toda en orden. También el huertecito. ¡Verás qué hermosas flores! Vas a llegar a tiempo cuando empiezan a florecer. El manzano, la higuera, la vid están cargados de frutos como nunca lo han estado, y he tenido que poner puntales al granado, que está cargadísimo de frutos, maduros ya como nunca se ven en esta época. Y luego, el olivo… Tendrá aceite en abundancia. Ha echado tantas flores, que parece un milagro, y no se ha perdido ninguna flor. Todas son ya pequeñas aceitunas. Cuando estén maduras, el árbol parecerá estar cargado de negras perlas. En Nazaret no hay huerto más bello que el tuyo. Hasta tus familiares se han admirado. Alfeo dice que eso es un prodigio”. Virgen: “Tus cuidados lo hicieron”. José: “¡Oh no! Yo soy un pobre hombre. ¿Qué he hecho yo realmente? Cuidar un poco los árboles, echar un poco de agua a las flores… ¿Sabes? Te he hecho una fuente en el fondo del huerto, cerca de la gruta, y construí un estanque. Así no tendrás que salir para tener agua. La he traído de ese manantial que está más arriba del olivar de Matías. Es limpia y suficiente. Te he hecho llegar un pequeño regato. He construido un canalillo bien tapado y ahora el agua llega cantando como un arpa. Me dolía el que tuvieses que ir hasta la fuente del pueblo y volver cargada con los cántaros llenos de agua”. Virgen: “Gracias José. ¡Eres bueno!”. Los dos esposos guardan silencio ahora, como cansados. José cabecea de sueño. María ora. ■ Llega la tarde. Los hospedadores insisten en que antes de que se pongan en camino, coman otra vez. José de hecho toma pan y pescado. María solo fruta y leche. Luego inicia la marcha. Suben sobre sus borriquillos. José ha puesto en el suyo, como antes lo hizo, el baulillo de María, y antes de que ella suba, mira que la albardilla esté bien segura. Veo que José observa a María cuando sube a la albardilla, pero no dice ni una palabra. El viaje empieza cuando las primeras estrellas comienzan a latir en el firmamento. Se apresuran, quizás,  para llegar a las puertas de la ciudad antes de que las cierren. Cuando salen de Jerusalén y toman el camino principal que va a Galilea, las estrellas pululan ya en el cielo sereno y el campo duerme envuelto en el silencio. Tan sólo se oye cantar al ruiseñor, como también se oye el caminar de los dos borriquillos por el camino quemado del estío (3). (Escrito el 5 y 6 de Abril de 1944).
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1  Nota  :  Cfr.  Gén.  22,1-18.   2  Nota  :  Cfr.  Lev.  12,2.   Nota  :  Sobre la  permanencia de la Virgen María en la casa de Isabel, parece que la Escritora afirme que estuvo 80 días: 40 antes del nacimiento del Bautista y 40 después (Nota del traductor) .
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1-25-127 (1-41-137).- El Calvario de José.
* Si José hubiera sido menos santo, Dios no le hubiera concedido sus luces”.- ■ Dice la Virgen María: “También mi José tuvo su pasión (1), que  empezó en Jerusalén cuando notó mi estado. Y duró varios días, tanto para él como para mí. No fue, espiritualmente, poco dolorosa. Y tan solo porque mi esposo era un justo, se mantuvo dentro de una forma tan digna y tan silenciosa, que ha pasado los siglos siendo poco notada. ¡Oh nuestra primera pasión! ¿Quién puede describir su íntima y silenciosa intensidad, y mi dolor al constatar que aún no me había llegado del Cielo la ayuda que esperaba, de revelarle a José el Misterio? Comprendí que lo ignoraba al verle tan respetuoso conmigo como de costumbre. Si él hubiera sabido que llevaba en mi seno al Verbo de Dios, hubiera adorado al Verbo encerrado en mi seno con actos solo dignos de Dios. Sí, José habría realizado esos actos, y yo no habría rehusado recibirlos, no por mí, sino por Aquél que llevaba en mí, de la misma forma que el Arca de la alianza llevaba las piedras de la Ley y los vasos del maná. ■ ¿Quién podrá describir mi batalla contra el desánimo que trataba de vencerme para persuadirme que había esperado en vano en el Señor?  ¡Oh, pienso que fue la rabia de Satanás! Sentí que la duda se levantaba tras de mis espaldas y sentí cómo ésta alargaba sus zarpas heladas para aprisionar mi corazón y detener su oración. La dudatan peligrosa y letal al corazón. Letal porque es el primer microbio de la enfermedad mortal que lleva por nombre «desesperación» contra la que se debe de reaccionar con todas las fuerzas, para que el alma no se pierda, ni se pierda a Dios. ■ ¿Quién podrá escribir con exactitud el dolor de José, sus pensamientos, la agitación de su alma? Como pequeña barca en medio de la borrasca, se encontró en el centro de una vorágine de ideas contrarias, en un torbellino de reflexiones, la una más punzante y más dolorosa que las otras. Era un hombre aparentemente traicionado por su mujer. Veía que se derrumbaban juntos su buen nombre y la estima que el mundo tenía por él; por causa de Ella se veía ya señalado con el dedo y compadecido por su pueblo Nazaret. Veía que su cariño, la estima que tenía por mí se desbarataban ante la evidencia del hecho. ■ En este punto su santidad brilla más alta que la mía. De ello doy testimonio con afecto de esposa, porque quiero que améis a mi José, a este hombre sabio y prudente, a este hombre paciente y bueno, el cual no está desligado del misterio de la Redención, antes bien, muy unido a él, porque por este misterio sufrió hasta lo indecible, salvándoos al Salvador con su sacrificio y su santidad. Si hubiera sido menos santo, hubiera obrado humanamente, denunciándome como adúltera para que fuese lapidada y pereciera conmigo el hijo de mi pecado. Si hubiera sido menos santo, Dios no le habría concedido sus luces como guías en semejante prueba. Pero José era un santo. Su espíritu puro vivía en Dios, y tenía una caridad grande y fuerte, y por la caridad os salvó al Salvador, tanto cuando no me acusó ante los ancianos, como cuando, dejando todo obedientemente, salvó a Jesús en Egipto. ■ Aunque breves en número, los tres días de la pasión de José fueron de tremenda intensidad; como también la mía, esta primera pasión mía. En efecto, yo comprendía su sufrimiento, y no podía aliviarle en modo alguno por obediencia a la orden de Dios que me había dicho: «¡Guarda silencio!». Y cuando llegamos a Nazaret y vi marcharse, después de una lacónica despedida, cabizbajo y como envejecido en poco tiempo, y volver a verme por la tarde como solía hacerlo, os aseguro, hijos, que mi corazón lloró lágrimas de sangre. Encerrada en mi casa, sola, en la casa donde todo me recordaba a José, unido a mí con una castidad intachable, tuve que resistir el abatimiento y las insinuaciones de Satanás, y esperar, esperar, esperar. Orar, orar, orar. Y perdonar, perdonar, perdonar la sospecha de José, su movimiento interior de justa agitación. ■ Hijos: es menester esperar, orar, perdonar para obtener que Dios intervenga en nuestro favor. También vosotros vivís vuestra pasión, que la habéis merecido por vuestras culpas. Os enseño a vencerla y a transformarla en alegría. Esperad sin medida. Orad confiadamente. Perdonad para ser perdonados. El perdón de Dios será la paz que deseáis”. (Escrito el 5 y 6 de Abril de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 1,18-25.
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1-26-129 (1-42-139).- José (desvelado ya el misterio por el ángel) pide perdón a María y toma las medidas necesarias para celebrar la ceremonia del matrimonio en la semana que entra.
*  María dice: “Si no lo hubiera sido de manera perfecta, no habría merecido concebir al Esperado”.- Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión y me dice que la escriba en este libro. La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.
 ■ Así, veo el huertecillo de Nazaret. María está tejiendo bajo la sombra de un manzano cargadísimo de frutas que ya empiezan a tomar color rojo, y que parecen, por su aspecto rosado  y redondo, mejillas de niño.  María, sin embargo, no tiene ese color. El que tenía en Hebrón ha desaparecido. Su rostro tiene el color de marfil,  solo los labios forman una curva de un pálido coral. Bajo los párpados semicerrados se ven dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado. No veo los ojos, porque Ella está más bien con la cabeza agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, porque la oigo suspirar como quien tuviera una pena en el corazón. Está toda vestida de blanco, de un lino blanco, porque hace mucho calor, no obstante que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana. Tiene la cabeza descubierta, y el sol, que juguetea con las ramas del manzano que mece un levísimo viento, y que pasa con sus rayos de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, le forma en su cabeza rubia círculos de luz, y sus cabellos parecen cobrar el color de oro antiguo. De la casa no sale ningún ruido, como tampoco de los lugares cercanos. Tan sólo se siente el murmullo del hilo de agua que cae en un pilón en el fondo del huerto. ■ María se estremece al oír un golpe dado en la entrada de la casa. Deja la rueca y el huso y se levanta par ir a abrir. Aun cuando su vestido es amplio y lo lleva suelto, no logra esconder completamente la redondez de su vientre. Se encuentra de frente con José. María palidece, hasta incluso en sus labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está. María mira con ojos que escrutan tristemente; José con ojos que parecen suplicar. No dicen nada. Se miran solo. Luego María: “¿A esta hora, José? ¿Tienes necesidad de algo? ¿Quieres decirme algo? Ven”. José entra y cierra la puerta. No ha dicho ni una palabra todavía. Virgen: “Habla José. ¿En qué te puedo servir?”. José: “En que me perdones”, y se curva como si quisiera arrodillarse, pero María, siempre reservada al tocarle, le agarra por los hombros y se lo impide. El color aparece y desaparece del rostro de María, instantes completamente rojo, instantes de color de nieve como antes. “¿Mi perdón?  No tengo nada que perdonarte, José. No tengo sino que darte gracias por todo lo que hiciste aquí cuando estuve ausente, y por el amor que me das”. José la mira. ■ Dos gruesos lagrimones, que se asoman en lo interior de sus profundos ojos, llegan al borde, como si fuesen un vaso, y luego ruedan sobre sus mejillas y barba. “Perdón, María. Desconfié de ti. Ahora lo sé (1). No soy digno de tener un  tesoro tan grande. ¡Falté a la caridad! Te acusé en mi corazón. Te acusé injustamente porque no te pregunté la verdad. Falté a la ley de Dios, porque no te amé como me habría yo amado a mí mismo…”. Virgen: “¡Oh, no, en nada has faltado!”. José: “Sí, María. Si yo hubiera sido acusado de un delito semejante, me habría defendido. Tú… No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar mis decisiones sin preguntarte primero. Falté al haber sospechado de ti. Aun una sola sospecha es ofensa, María. Quien sospecha, no conoce. No te he conocido como debía. Pero por el dolor que he sufrido… tres días de suplicio, perdóname, María”. Virgen: “No tengo nada que perdonarte. Más bien: soy yo quien te pido me perdones por el dolor que te causé”. José: “¡Oh, dolor sí que fue! ¡Cuánto dolor! Mira: hoy mismo me dijeron que en las sienes he encanecido, y que tengo arrugas en la cara. Estos días han significado para mí más de 10 años de vida. ■  ¿Por qué, María has sido tan humilde en callar, en no decir a tu esposo tu gloria, y permitir que sospechase de ti?”. José no está arrodillado, pero está tan curvado que es como si lo estuviese y María le pone su manita en la cabeza, y sonríe. Parece como si le absolviera. Dice: “Si no lo hubiera sido de manera perfecta, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que destruyó al hombre. Obedecí pues… Dios me pidió esta obediencia… Mucho me costó… por ti, por el dolor que sufrías… Pero no tenía más que obedecer. Soy la Esclava de Dios y los esclavos no discuten las órdenes que se les dan. Las ejecutan, José, aun cuando hagan llorar sangre”. María llora silenciosamente, mientras dice esto, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo. ■ Levanta entonces la cabeza —es la primera vez que le veo hacer esto— toma la manita de María entre sus manos morenas y robustas y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que parecen botoncitos de durazno que se asoman por el cerco de las manos de José, que le dice: “Ahora habrá que tomar todas las medidas necesarias para que…”. José no agrega más;  pero mira el cuerpo de María, y Ella se pone coloradísima, y se sienta de golpe, para apartar sus formas de la mirada que la observa. “Hay que hacerlo cuanto antes. Vendré aquí… Cumpliremos con la ceremonia del matrimonio… La semana que entra… ¿Está bien?”.  Virgen: “Todo lo que haces, José, está bien. Eres el jefe de la casa, yo tu sierva”. José: “No. Yo soy tu siervo. Soy el siervo bienaventurado de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta noche avisaré a mis familiares. Y luego… cuando esté aquí, trabajaremos para su recibimiento… ■ ¡Oh! ¿Cómo podré recibir en mi casa a Dios? ¿En mis brazos a Dios? Me moriré de alegría… ¡Jamás me atreveré a tocarle!”. Virgen: “Lo podrás como yo también por la gracia de Dios”. José: “Pero tú eres tú. Yo soy un pobre hombre, ¡el último de los hijos de Dios!…”. Virgen: “Jesús viene por nosotros los pobres, para hacernos ricos en Dios. Viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos serlo. Alégrate, José. La estirpe de David tiene al Rey esperado y nuestra casa se hace más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y nosotros compartiremos con Dios el secreto de la paz que más tarde los hombres conocerán. Crecerá entre nosotros y nuestros brazos servirán de cuna al Redentor que crecerá, y nuestras fatigas le darán un pedazo de pan… ¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamarnos: «¡padre y Madre!» ¡Oh!…”. María llora de alegría. Un llanto dichoso. Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María, que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida habitación. La visión termina. (Escrito el  31 de Mayo de 1944).
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1  Nota  : Cfr.  Mt. 1,19-21. “He aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José Hijo de David, no temas recibir en tu casa a María tu Esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un Hijo, a quien le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados
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1-26-131 (1-43-142).- Fe, caridad y humildad, condiciones esenciales, para recibir a Dios.
* “Dejad al Señor el cuidado de llamaros siervos… Si yo no hubiese sido humilde hasta el extremo límite, no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia humana, se aniquilaba a Sí mismo, hasta la humillación de ser hombre”.- ■ Dice la Virgen María: “Que nadie interprete erróneamente mi palidez. No se debía a que temiese a los hombres. Humanamente hablando me hubieran lapidado. Esto no lo temía. Sufría porque José sufría. No me causaba ningún temor el hecho de que me fuese a acusar. Solamente me desagradaba que pudiese, insistiendo en su acusación, faltar a la caridad. Cuando le vi, la sangre se me fue del corazón por este motivo. Era el momento en que un justo habría podido ofender a la Justicia ofendiendo a la caridad. Y que un justo faltase, él, que nunca faltaba, me hubiera proporcionado un inmenso dolor. Si yo no hubiese sido humilde hasta el extremo límite, como le dije a José, no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia humana, se aniquilaba a Sí mismo, hasta la humillación de ser hombre. ■ Te mostré esta escena que ninguno de los evangelios refiere, porque quiero llamar la atención, frecuentemente equivocada, de los hombres acerca de las condiciones esenciales para agradar a Dios y ser dignos de que venga al corazón. Fe. José creyó ciegamente en las palabras del mensajero celestial. No pedía otra cosa sino creer, porque estaba convencido sinceramente de que Dios es bueno y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, engañado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor. No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, solo con dolor podía pensar que otro no lo fuera. Él vivía la Ley y la Ley dice: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo, pensándole imperfecto? Caridad: absoluta. Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar. Perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable. Humildad: tan absoluta como la caridad. Saber reconocer que se faltó aun con el simple pensamiento, y no tener el orgullo, que es más nocivo que la culpa cometida, de no querer decir: «He cometido error». Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién es el que puede decir: «Jamás cometo errores»? ■ Y todavía es más difícil esa humildad, la de saber guardar el secreto de las maravillas de Dios realizadas en nosotros, cuando no hay necesidad de proclamarlas para alabarle, para no humillar a nuestro prójimo que no ha recibido de Dios tales dones especiales. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se revelará en su siervo! Isabel me «vio» como era yo cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que realmente yo era, cuando llegó la hora de saberlo. Dejad al Señor el cuidado de proclamaros sus siervos. Tiene Él una amorosa prisa, porque cualquiera que es llamado a una misión particular es una nueva gloria que se añade a la suya infinita, porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios le quería: una perfección inferior que refleja a su Autor. Quedaos en la penumbra y en el silencio, vosotros amados de la Gracia, para poder escuchar las únicas palabras que son de «vida», para poder merecer tener sobre vosotros y en vosotros al Sol que eternamente brilla. ■ «¡Oh Dios que eres Luz beatísima! Que eres la gloria de tus siervos, brilla sobre ellos para que se regocijen en su humildad, alabándote a Ti solo, que destruyes a los soberbios y elevas hasta los resplandores de tu Reino a los humildes que te aman»”. (Escrito el 31 de Mayo de 1944).

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