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El tema “Familia-Matrimonio” comprende:
a) Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
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b) Dictados extraídos de los «Cuadernos 1943/50»

 

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a) Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
«El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)
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1-37-202 (1-63-216).- La Sagrada Familia.
* “¡Cuánto deberían las familias aprender de estos perfectos Esposos que se amaron como ningunos otros lo hicieran!”.- ■ Dice Jesús: “Te he confortado, alma mía, con una visión de mi niñez (1), feliz dentro de su pobreza por haber estado rodeada del afecto de dos santos, mayores que los cuales el mundo no tiene ninguno. ■ Se dice que José fue mi padre adoptivo. ¡Cierto es que si bien no pudo, como hombre, darme la leche que me nutrió María, sí se hizo pedazos en el trabajo para darme pan y consuelos y tuvo un corazón maternal! De él aprendí —y nunca discípulo alguno ha tenido semejante maestro— todo aquello que hace del niño un hombre; un hombre, además, que debe ganarse el pan. Si bien mi inteligencia de Hijo de Dios era perfecta, es necesario reflexionar y creer que quise observar las etapas de mi edad, sin saltar sus reglas. Por eso, humillando mi perfección intelectiva de Dios hasta el nivel de una perfección intelectiva humana, me sujeté (2) a tener como maestro a un hombre, a tener necesidad de un maestro. Y el hecho de haber aprendido con rapidez y con gusto no me quita el mérito de haberme sujetado a un hombre, como tampoco le quita a este hombre justo el de haber sido él quien llenó mi pequeña inteligencia con las nociones necesarias para la vida. Esas gratas horas pasadas al lado de José (quien, como si se tratase de un juego, me hizo capaz de trabajar), esas horas, no las olvido ni siquiera ahora que estoy en el Cielo. Y cuando miro a mi padre putativo, vuelvo a ver el pequeño huerto, el taller ahumado, y me parece ver asomarse a mi Mamá con esa sonrisa suya que llenaba de oro el lugar y nos hacía felices. ■ ¡Cuánto deberían las familias aprender de estos perfectos Esposos que se amaron como ningunos otros lo hicieran! José era la cabeza. Su autoridad familiar era clara e indiscutible; ante ella se plegaba reverente la de la Esposa y Madre de Dios; a ella se sujetaba el Hijo de Dios. Todo lo que José decidía hacerse, se aceptaba sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia. Su palabra era nuestra pequeña ley. Y no obstante esto, ¡cuánta humildad en él! Jamás abusó de su poder, jamás dictaminó algo contra razón, simplemente por ser el jefe. Su Esposa era su dulce Consejera. Y si Ella en profunda humildad se tenía por sierva de su esposo, éste sacaba, de la sabiduría de la Llena de Gracia, la luz que sirviese de guía en todos los sucesos. Y Yo crecía cual flor protegida por dos robustos árboles; en medio de dos amores que se entrelazaban entre sí para protegerme y amarme. ■ ¡No! Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentí nostalgia del Paraíso. Presentes estaban Dios Padre y el Espíritu Divino, pues María estaba llena de Ellos. Y los ángeles allí tenían su mansión, porque nada les podía alejar de esa casa. Y hasta podría decir que uno de ellos se había encarnado y era José, alma angelical liberada del peso de la carne, dedicada solo a servir a Dios y a su causa y a amarle como le aman los serafines. ¡La mirada de José!: pacífica y pura como la de una estrella que ignora las concupiscencias terrenas. Era nuestro descanso, nuestra fuerza. Muchos creen que como hombre no sufrí cuando la muerte apagó aquella mirada de santo, que velaba por nuestra casa. Como Dios, y José lo sabía bien, no me dolió su partida, porque después de un poco de tiempo de estar en el Limbo, le abriría las puertas del Cielo, pero como Hombre lloré en la casa en que ya no estaba su amorosa presencia. Lloré por el amigo muerto ¿y no iba a llorar por este santo mío, sobre cuyo pecho dormí de pequeño y que durante tantos años me amó?”.
* La familia: no hay teoría ni progreso que pueda destruir esta verdad sin provocar un desastre… Padres del siglo XX, vuestros hijos son de todos menos de vosotros”.-Jesús: “Finalmente, quiero hacer notar a los padres de familia cómo sin contar con una erudición pedagógica especial José supo hacer de Mí un buen obrero. Apenas llegado Yo a la edad en que podía manejar las herramientas, sin dejar que me entregase al ocio, me encaminó al trabajo, y se sirvió sobre todo de mi amor por María para estimularme al trabajo: hacer objetos que necesitaba la Mamá. Y de este modo se inculcaba el debido respeto que todo hijo debería tener hacia su madre, y sobre esta respetuosa y amorosa palanca se apoyaba la enseñanza del futuro carpintero. ■ ¿Dónde están ahora las familias en que a los pequeños se les haga amar el trabajo como medio de realizar algo grato a los padres? Los hijos, actualmente, son los déspotas de la casa. Se desarrollan duros, indiferentes, malcriados para con sus padres, a quienes los tienen por criados, como si fueran sus esclavos; no los aman, y de ellos reciben a su vez poco amor. En efecto, al mismo tiempo que hacéis de vuestros hijos unos abusivos e iracundos déspotas, os separáis de ellos con una falta de presencia vergonzosa. Padres del siglo veinte, vuestros hijos son de todos, menos de vosotros: son de la nodriza, de la profesora, del colegio, si sois ricos; de los compañeros, de la calle, de la escuela, si sois pobres. Pero no son vuestros. Vosotras, madres, los engendráis y basta; vosotros, padres, hacéis lo mismo. Y, sin embargo, un hijo no es solo carne; es inteligencia, corazón, alma. Tened en cuenta que nadie, mejor que un padre o una madre, tiene el deber y derecho de formar esta inteligencia, este corazón, esta alma. ■ La familia existe y debe existir. No hay teoría o progreso alguno que pueda válidamente destruir esta verdad sin provocar un desastre. Un hogar desmoronado solo puede dar futuros hombres y futuras mujeres cada vez más depravados, causa a su vez de calamidades crecientes. Y en verdad os digo que sería preferible que no os casarais más, que no engendrarais más sobre esta Tierra, en lugar de tener estas familias menos unidas que una tribu de monos, estas familias que no son escuela de virtud, de trabajo, de amor, de religión, sino un caos en que cada uno vive para sí, autónomamente, como engranajes desengranados que al final terminan por hacerse pedazos. Seguid, seguid destruyendo. Ya estáis viendo y sufriendo los frutos de este mal vuestro con el que habéis despedazado vuestra vida social. Seguid, seguid si queréis. Pero luego no os lamentéis de que esta Tierra se convierta cada vez más en un infierno, en una cueva de monstruos que devoran familias y naciones. ¿Así lo queréis? Pues sea así”. (Escrito el 21 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : “Visión de mi niñez”, relatada en los primeros episodios de esta Obra, en el tema “Jesús Niño”.   2  Nota  : Para comprender esta idea cfr. Mc 13,32; Rom. 8,3; Fil. 2,7-8; Gal. 3,13.
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 (<Jesús se encuentra en una modesta casa de una bella ciudad marítima —Sicaminón— de la región fenicia>)
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2-104-145 (2-70-635).- Aava reconciliada con su marido.- La cuestión del repudio.
* El tímido Andrés, ante las palabras socarronas de su hermano Pedro, recibe palabras de elogio del Maestro: “Pedro, tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido”.- ■ Vuelve Andrés, que parece que había salido a algún encargo porque trae en sus manos unos panes. Se pone colorado al acercarse. Debe ser para él un suplicio el concentrar sobre él la atención, y más que hablar bisbisea entre dientes: “Maestro… ¿podrías venir conmigo? Hay… un poco de bien que se puede hacer. Tú eres el único que lo puede”. Jesús se levanta sin preguntar siquiera de qué se trata. Pedro le pregunta: “¿A dónde le llevas? Está muy cansado. Es hora de cenar. Le pueden esperar también mañana. Andrés: “No… es una cosa que hay que hacer enseguida. Es…”. Pedro: “Habla gacela espantada. ¿Pero vosotros creéis que un hombre hecho y derecho debe ser así? ¡Parece un pez enmarañado en la red!”. Andrés se pone todavía más colorado. Jesús, atrayéndole hacia Sí, le defiende: “A Mí me gusta así. Déjale. Tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido. Sale a la tierra como hilo de agua, pero quien se acerca a él queda curado. Vamos, Andrés”. ■ Pedro contesta: “Voy también yo. Quiero ver a dónde te lleva”. Andrés suplica: “No, Maestro. Yo y Tú solos. Si hay gente, no se puede… Es cosa de corazones…” Pedro: “¿Qué pasa?” ¿Ahora te dedicas a hacer de paraninfo?”. Andrés no responde a su hermano. Dice a Jesús. “Un hombre quiere repudiar a su esposa y… yo he intervenido, pero no sé hacerlo. Si hablas Tú… te saldrá bien, porque el hombre no es malo; es… es… él te lo dirá”. Jesús sale con Andrés sin decir anda más. Pedro permanece un poco en duda. Luego dice: “Yo también voy; quiero al menos ver a dónde van”. Y sale, a pesar de que los otros le digan que no lo haga. Andrés va a torcer por una callecita de aspecto popular. Pedro le sigue detrás. Se mete por una placita llena de comadres. Y Pedro detrás. Entra en un portal que da a un amplio patio circundado de casitas bajas y pobres —digo portal porque no hay un arco, pero la puerta no existe—.Y Pedro detrás. Jesús entra en una de estas casitas con Andrés. ■ Pedro se aposta fuera. Una mujer le ve y le pregunta: “¿Eres familia de Aava? ¿Y esos dos también? ¿Habéis venido a llevárosla?”. Pedro: “¡Cállate, cotorra! No me deben ver”. ¡Hacer callar a una mujer! Es una cosa difícil. Pedro le lanza una mirada que la fulmina, pero entonces ella va a hablar con otras comadres. El pobre Pedro, en un momento, se encuentra rodeado por un círculo de mujeres, chicos y hombres, que sólo por imponerse silencio unos a otros hacen un rumor que denuncia su presencia. Pedro se consume interiormente, se enfada… pero no sirve de nada.
* Frente a la cláusula de Moisés para el repudio: “La estéril es la maldición de Dios y el hombre tiene derecho y deber de darle libelo de divorcio”, Jesús recuerda la Ley inicial: “No cometerás adulterio”.- ■Del interior de la casa se oye la voz llena, hermosa, serena de Jesús, junto a la voz rota de una mujer y junto a la de un hombre, cerrada, dura. Jesús pregunta: “Si ha sido siempre buena esposa, ¿por qué repudiarla? ¿Alguna vez te ha faltado?”. Gime la mujer: “No, Maestro, ¡te lo juro! Le he querido como a la pupila de mis ojos”. Y el hombre, breve y duro, dice: “No, no me ha faltado nada más que en ser estéril; y yo quiero hijos. No quiero la maldición de Dios so­bre mi nombre” (1). Jesús: “Tu mujer no tiene la culpa de serlo”. Esposa: “Me echa la culpa, a mí y a los míos, como si hubiera sido una traición…”. Jesús: “Mujer, sé sincera. ¿Sabías que eras estéril?”. Esposa: “No. Era y soy en todo como todas. El médico lo ha dicho tam­bién. Pero no logro tener hijos”. Jesús: “¿Ves cómo no te ha engañado? Ella también sufre por ello. Responde también tú sinceramente: si ella fuese madre, ¿la repudiarí­as?”. Esposo: “No. Lo juro. No tengo motivo para ello. Sucede que el rabino me lo ha dicho, como también me lo ha dicho el escriba: «La estéril es la maldición de Dios en casa y tú tienes el derecho y el deber de darle libelo de divorcio y no contrariar tu virilidad privándola de hijos». Yo hago lo que la Ley dice”. Jesús: “No. Escucha. La Ley dice: «No cometas adulterio» y tú estás pa­ra cometerlo. El mandamiento inicial es éste y ninguna otra cosa. ■ Y si, por la dureza de vuestros corazones, Moisés concedió el divorcio, fue para impedir uniones ilícitas y concubinatos odiosos a Dios. Luego, progresivamente, vuestro vicio trabajó sobre la cláusula de Moi­sés recabando las malvadas cadenas y las homicidas piedras que son las condiciones actuales de la mujer, víctima siempre de vuestro despotismo, de vuestro capricho, de vuestra sordera y ceguera de afectos. Yo te lo digo: No te es lícito hacer lo que pretendes. Tu acto ofende a Dios. ¿Repudió acaso Abraham a Sara? ¿Y Jacob a Raquel? ¿Y Elcana a Ana? ¿Y Manué a su esposa? ¿Conoces al Bautista? ¿Sí? Pues bien, no fue estéril su madre hasta la vejez y después dio a luz al santo de Dios, así como también la esposa de Manué dio a luz a Sansón, y Ana de Elcana a Samuel, y Raquel a José, y Sara a Isaac? ■ Dios premia la continencia del esposo, su piedad hacia la estéril, su fidelidad al desposorio, y es un premio celebrado por los siglos, así como también da sonrisa al llanto de las estériles que ya no lo son ni se encuentran humilladas, sino que se hallan gloriosas en la alegría de ser madres. No te es lícito ofender el amor de esta mujer. Sé justo y honesto. Dios te premiará con creces tu mérito”. Esposo: “Maestro, sólo Tú hablas así… yo no sabía. Había preguntado a los doctores y me habían dicho: «Hazlo». Pero no me dijeron ni una palabra respecto a que Dios premie con dones un acto bueno. Esta­mos en sus manos… y nos cierran los ojos y el corazón con mano de hierro. No soy malo, Maestro. No te enojes conmigo”. Jesús: “No te rechazo. Me produces más compasión que esta pobre mujer que está llorando, porque su dolor acabará cuando termine su vi­da; el tuyo comenzará entonces, y para toda la eternidad. Piénsalo”. Esposo: “No, no comenzará. No lo quiero. ¿Me juras por el Dios de Abraham que cuanto dices es verdad?”. Jesús: “Yo soy Verdad y Ciencia. Quien cree en Mí tendrá en Él justicia, sabiduría, amor y paz”. Esposo: “Te quiero creer. Sí. Te quiero creer. No sé… siento en ti algo que no hay en los demás. Ahora voy al sacerdote y le digo: «Ya no la repu­dio. Me quedo con ella, y sólo le pido a Dios que me ayude a sentir me­nos el dolor de no tener hijos». Aava, no llores. Le diremos al Maestro que vuelva otra vez para mantenerme calmado y bueno, y tú… sigue queriéndome”. La mujer llora con más fuerza, por el contraste entre el dolor de antes y la alegría actual. Jesús, por el contrario, sonríe.
* Plegaria de Jesús para la bendición y la santificación de dos esposos.- Jesús dice a la esposa: “No llores. Mírame. Mírame, mujer”. Ella levanta la cabeza. Mira su rostro luminoso con su rostro lagrimoso. Y le dice al esposo: “Hombre, ven aquí. Ponte de rodillas junto a tu esposa. Ahora yo os bendigo y santifico vuestra unión. Escuchad: «Señor Dios de nuestros padres, que hiciste a Adán del barro y le diste a Eva como com­o compañera para que poblasen de hombres la tierra educándolos en tu santo temor, desciende con tu bendición y tu misericordia, abre y fecunda las entrañas que el Enemigo tenía cerradas para conducir a un doble pecado de adulterio y de desesperación. Ten piedad de estos dos hijos, Padre santo, Creador supremo. Hazlos felices y santos. Ella, fecunda como una vid; él, protector como el olmo que la sujeta. Desciende, ¡oh Vida!, a dar vida. Desciende, ¡oh Fuego!, a calentar. Desciende, ¡oh Poderoso!, a obrar. ¡Desciende! Haz que para la fiesta de Gracias por las fecundas mieses del próximo año te ofrezcan su vivo manípulo, su primogénito, hijo consagrado a Ti, Eterno, que bendices a los que en Ti esperan»”. Jesús ha orado con voz de trueno, con las manos tendidas sobre las dos cabezas inclinadas. ■ La gente no se contiene más y se arremolina en torno; Pedro en primera línea. Jesús dice: “Levantaos. Tened fe y sed santos”. Los dos reconciliados suplican: “¡No te vayas, Maestro!”. Jesús: “No puedo quedarme. Volveré. Bastantes veces”. La multitud grita: “No te vayas, no te vayas. Háblanos también a nosotros”. Mas Jesús bendice pero no se detiene. Promete sólo volver pronto.
* Pedro pregunta: “¿Podrías hacer esto con todos los esposos?”.- ■ Jesús, seguido por una pequeña multitud, se dirige hacia su casa hospitalaria. Jesús pregunta a Pedro por el camino: “Hombre curioso, ¿qué debería hacer contigo?”. Pedro: “Lo que quieras, pero, ahora ya… yo he estado allí…”. Entran en la casa, despiden a la gente, que comenta las palabras que han oído, y se ponen a cenar. Pedro se siente todavía curioso. “Maestro, ¿pero realmente tendrán un hijo?”. Jesús: “¿Me has visto alguna vez prometer cosas que no se cumplan? ¿Crees que Yo me permito usar la confianza en el Padre para mentir y provocar desilusiones?”. Pedro: “No… pero… ¿podrías hacer esto con todos los esposos?”. Jesús: “Podría. Pero lo hago sólo donde veo que un hijo puede significar un impulso hacia la santificación. Donde significaría obstáculo, no lo hago”. Pedro se rasca la cabeza y calla. (Escrito el 11 de Febrero de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Gén. 30,22-24; Dt. 28,15-19; 1 Sam. 1,4-8; 2 Sam. 6,20-23; Os. 9,10-14.
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(<Jesús y sus discípulos se encuentran en «Aguas Claras»[1]>)
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2-122-260 (2-89-758).- Discurso en «Aguas Claras»: «Honra a tu padre y a tu madre» (2).
* “Hay que aprender ya desde la tierna edad, el respeto hacia la familia, que es el más pequeño y a la vez el más grande organismo del mundo”.- ■ Regresan Bartolomé y Mateo con los bautizados. Jesús empieza a hablar. “La paz sea con vosotros. He pensado hablaros de Dios por la mañana, puesto que ahora venís aquí ya desde por la mañana y os es más cómodo partir al mediodía. He pensado también alojar a los peregrinos que no puedan regresar a sus casas antes de que anochezca. Soy también peregrino Yo y no poseo sino lo mínimamente indispensable que me dio la piedad de un amigo. Juan (Bautista) todavía tiene menos que Yo. Pero a Juan van personas sanas o simplemente poco enfermas, tullidos, ciegos, mudos; no moribundos o personas febriles, como vienen a Mí. Van a él por bautismo de penitencia; a Mí venís también para curación de cuerpos. La Ley dice: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Pienso y digo: ¿Cómo mostraría mi amor a mis hermanos, si cerrase mi corazón a sus necesidades, incluso físicas? Y concluyo: les daré a ellos lo que me ha sido dado. Extendiendo la mano hacia los ricos, pediré pan para los pobres; desprendiéndome de mi propio lecho, acogeré en él al cansado y al que sufre. Todos somos hermanos. El amor no se prueba con palabras sino con hechos. El que cierra su corazón a sus semejantes, tiene corazón de Caín. El que no tiene amor es un rebelde al mandamiento de Dios. Todos somos hermanos. ■ Y sin embargo, Yo sé y vosotros sabéis, que incluso dentro de las familias —allí donde igual sangre corre, y con la sangre y la carne, la fraternidad que nos viene de Adán— hay odios y rencores. Los hermanos están contra los hermanos, los hijos contra los padres, los esposos, enemigos el uno del otro. Pero, para no ser siempre hermanos malvados, y esposos adúlteros algún día, es menester aprender ya desde la tierna edad, el respeto hacia la familia, que es el más pequeño y a la vez el más grande organismo del mundo: el más pequeño respecto al organismo de una ciudad, de una región, de una nación, de un continente; pero el mayor porque es el más antiguo, porque lo puso Dios cuando aún el concepto de patria, de país, no existía, viviendo sin embargo ya y siendo activo el núcleo familiar, fuente de la raza humana y de las distintas razas, pequeño reino en donde el hombre es rey, la mujer reina y los hijos súbditos. ¿Puede acaso un reino dividido, en que sus habitantes entre sí son enemigos, perdurar? No lo puede, y en verdad una familia no dura si no hay obediencia, respeto, economía, buena voluntad, diligencia y amor”.
* El deber de los hijos.- “El Decálogo dice: «Honra a tu padre y madre». Se dijo: «Honra a tu padre y tu madre si quieres vivir largo tiempo sobre la Tierra» y Yo añado: «Y eternamente en el Cielo»”.- ■ Jesús prosigue: “«Honra a tu padre y madre» dice del Decálogo. ¿Cómo se honran? ¿Por qué se deben honrar? Se honran con verdadera obediencia, con verdadero amor, con confidente respeto, con temor reverencial que no excluye la confianza, como tampoco deja que nuestros mayores nos traten como si fuéramos seres inferiores. Se les debe honrar porque después de Dios, son los que dan la vida y proveen a todas las necesidades materiales de la misma; los primeros maestros, los primeros amigos del recién nacido. Se dice: «Dios te bendiga» y «Gracias» a quien nos recoge un objeto caído o nos da un pedazo de pan. Pues entonces, ¿no vamos a decir con amor, «que Dios te bendiga», y «Gracias», a quienes se matan trabajando por darnos de comer, o tejiendo nuestros vestidos y manteniéndolos limpios, a quienes se levantan para ver cómo dormimos y que no descansan hasta vernos sanos, o nos hacen de su seno lecho cuando estamos dolorosamente cansados? Son nuestros maestros. Al maestro se le teme y se le respeta. Mas éste nos toma cuando ya sabemos lo indispensable para sostenernos y nutrirnos y decir lo esencial, y nos deja cuando la más ardua enseñanza de la vida, o sea, «el vivir», aún se nos debe enseñar: y son el padre y la madre quienes nos preparan: para la escuela primero, para la vida después. Son nuestros amigos. Pero ¿qué amigo puede ser más amigo que el padre? Y ¿qué amiga más amiga que la madre? ¿Podéis temer de ellos? ¿Podéis decir: «Me traicionó él o ella»? ■ Bueno, pues ved cómo ese joven necio y esa muchacha aún más necia se buscan amigos entre los extraños, y cierran su corazón a su padre y madre, y corrompen su mente y su corazón con contactos al menos imprudentes, si es que no son incluso culpables, motivo de lágrimas que vierten el padre y la madre, que hienden, como gotas de plomo fundido, el corazón de los padres. Pero Yo os digo que estas lágrimas no caen en el polvo y en el olvido. Dios las recoge y las cuenta. El martirio de un padre despreciado recibirá premio del Señor. Así como tampoco será olvidada la acción de un hijo que somete a suplicio a su padre o a su madre, aunque éstos, llevados de su amor que sufre, supliquen piedad de Dios para su hijo culpable. ■ «Honra a tu padre y tu madre si quieres vivir largo tiempo sobre la Tierra» se dijo y Yo añado: «Y eternamente en el Cielo». ¡Demasiado poco castigo sería el vivir poco aquí por haber faltado a los padres! El más allá no es un cuento, y en el más allá habrá premio o castigo, según hayamos vivido. Quien falta a un padre o a una madre falta a Dios, porque Dios ha ordenado amarlos, y quien no les ama, peca; pierde, por tanto, así, más que la vida material, la verdadera vida de que os he hablado: va al encuentro de la muerte, mejor dicho, tiene ya en sí la muerte pues que tiene el alma en desgracia de su Señor. Tiene en sí el crimen, porque hiere el amor más santo después del de Dios; tiene en sí los gérmenes de los futuros adúlteros, porque siendo el hijo malo, llegará a ser un pérfido esposo; tiene en sí los estímulos de la perversión social, porque siendo hijo malo se convierte en un futuro ladrón, en el cruel y violento asesino, en el duro usurero, en el libertino seductor, en el desvergonzado cínico, en el repugnante traidor de su patria, de los amigos, de los hijos, de la esposa, de todos. ¿Y podéis acaso tener estima y confianza del que ha sido capaz de traicionar el amor de una madre y burlarse de las canas de un padre?”.
* El deber de los padres.- El deber de los hijos se corresponde con un parejo deber de los padres: Sed ejemplo y consuelo de los hijos”.-Jesús: “Oíd algo más: el deber de los hijos se corresponde con un parejo deber de los padres. ¡Maldición al hijo culpable… mas también para el padre culpable! Haced de modo que los hijos no os puedan criticar ni imitaros en el mal. Haceos amar por haber dado amor con justicia y misericordia. Dios es misericordioso. Los padres, que después de Dios ocupan el segundo lugar, sean misericordiosos. Sed ejemplo y consuelo de los hijos. Sed paz y guía. Sed el primer amor de vuestros hijos. Una madre es siempre la primera imagen de la esposa que querríamos. Un padre, para las hijas jóvenes, tiene el rostro que sueñan para el esposo. Haced que, sobre todo, los hijos e hijas elijan con mano inteligente sus respectivos consortes pensando en la madre y el padre y deseando en el consorte lo que hay en el padre y en la madre: una virtud sincera. ■ Si tuviese que hablar hasta agotar el tema, no serían suficientes el día y la noche. Por ello, en atención a vosotros, voy a terminar. Lo demás, que os diga el Espíritu Eterno. Yo arrojo la semilla y luego paso. La semilla en los buenos echará raíces y dará espigas. Idos. La paz sea con vosotros”. (Escrito el 3 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : Región de «Aguas Claras». Debido a las amenazas del Sanedrín, Jesús, con sus discípulos, había optado por alejarse de Jerusalén y se había establecido en una casa de Lázaro de Betania, situada en «Aguas Claras», en una región entre Efraín y el río Jordán, donde antes había evangelizado y bautizado Juan el Bautista. Aquí se dedican a evangelizar y bautizar Cfr. Personajes (lugares) de la Obra magna: «Aguas Claras».   2   Nota   : Cfr. Éx. 20,12.
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2-128-295 (2-95-796).- Discurso en «Aguas Claras»: “No desearás la mujer de tu prójimo” (1).
* Un joven adúltero, contagiado de lepra, obtiene curación de Jesús movido por las lagrimas de una madre y bajo juramento del adúltero de no más pecar.- ■ Jesús se abre paso entre tanta gente que parece un pueblo pequeño que le llama desde todas partes. Uno le muestra sus heridas, otro le enumera sus desgracias, un tercero se limita a decir: “Ten piedad de mí”. Hay también quien le presenta su pequeñuelo para que le bendiga. El día sereno y sin viento ha atraído mucha, mucha gente. Jesús ha llegado casi a su puesto, cuando, del sendero, que lleva al río, llega un lamento: “Hijo de David piedad para este infeliz”. Jesús se vuelve en esa dirección, como también la gente y los discípulos; pero unos tupidos matorrales de bojes esconde al que ha hecho la súplica. Jesús: “¿Quién eres? Sal afuera”. El hombre grita: “No puedo. Estoy contaminado. Debo ir donde el sacerdote para que sea yo borrado del mundo. He pecado y la lepra me ha brotado en el cuerpo. ¡Espero en Ti!”. La multitud se solivianta: “¡Un leproso! ¡Un leproso! ¡Anatema! ¡Lapidémoslo!”. Jesús hace un gesto que impone silencio y hace que nadie se mueva. “Es uno que no está más contaminado que quien está en pecado. A los ojos de Dios es mucho más inmundo el pecador impenitente que el leproso arrepentido. Quien es capaz de creer venga conmigo”. ■ Además de los discípulos, algunos curiosos siguen a Jesús. Los demás, alargan sus cuellos, pero se quedan donde están. Jesús va hasta más allá de la casa y del sendero, hacia los matorrales de bojes. Luego se detiene y ordena: “¡Déjate ver!”. Sale fuera un muchacho todavía casi adolescente, de cara hermosa en la que despuntan bigote y barba tenues, con una mirada aún llena de vida. Tiene los ojos enrojecidos por el llanto. Un gran grito de entre un grupo de mujeres enteramente tapadas —ya lloraban en el patio de la casa al pasar Jesús, y su llanto había aumentado cuando la multitud las había amenazado—, le saluda: “Hijo mío”… Y la mujer cae sin fuerzas en los brazos de otra, que  no sé si es pariente o amiga. Jesús, solo, sigue avanzando hacia el infeliz: “Eres muy joven. ¿Cómo es que estás leproso?”. El joven baja los ojos, enrojece, balbucea y no se atreve a más. Jesús repite la pregunta. El joven dice algo más claro, pero no logro captar sus palabras: “… mi padre… fui… y pecamos… no solo yo…”. ■  Jesús: “Allí está tu madre que está esperando con lágrimas. En el Cielo está Dios, que sabe lo sucedido, aquí estoy Yo, que también lo sé, pero necesito tu humillación para tener piedad. Habla”. La madre suplica: “Habla, hijo. Ten piedad de las entrañas que te llevaron”, y gime arrastrándose hasta Jesús, y de rodillas, inconscientemente ha cogido la orla del vestido de Jesús con una mano y extiende la otra hacia su hijo y al hacerlo enseña una pobre cara bañada de lágrimas.  Jesús le pone la mano sobre la cabeza y vuelve a decir: “Habla”. Joven: “Soy el primogénito y ayudo a mi padre en los negocios. Él me mandaba  a Jericó muchas veces para hablar con sus clientes y… y uno… uno tenía una esposa bella y joven… Me… me gustó. Fui más allá de donde debía… Le gusté… Nos deseamos y pecamos en ausencia del marido… No sé cómo sucedió, porque ella estaba sana. Sí. No solo yo estaba sano y la quise… también ella estaba sana y me quiso. No sé si… si además de a mí amó antes a otros y se había contagiado. Sí sé que muy pronto ella se marchitó y ahora está en los sepulcros muriendo en vida… Y yo… y yo… ¡Mamá!, tú lo has visto, es poca cosa, pero dicen que es lepra… y… moriré de lepra. ¿Cuándo? ¡Se acabó la vida, la casa… y tú, mamá!… ¡Oh, mamá, te veo y no puedo besarte!… Hoy vienen a descoserme los vestidos y a arrojarme de mi casa… del pueblo…  Es peor que si hubiera muerto; ni siquiera tendré el llanto de mi madre sobre mi cadáver…”.  El joven llora. La madre está tan estremecida por los llantos que parece una planta zarandeada por el vendabal. La gente hace diversos comentarios. Jesús está triste. Habla: “¿Y cuando pecabas no pensabas en tu madre? ¿Eras tan necio que no te acordabas que tenías una madre en la Tierra y un Dios en el Cielo? ¿Y si no hubiese aparecido la lepra, habrías caído en la cuenta de que ofendías a Dios y al prójimo? ¿Qué hiciste de tu alma? ¿Qué de tu juventud?”. ■ Joven: “Fui tentado…”. Jesús: “¿Eres acaso un niño, para no saber que aquel fruto era maldito? ¡Merecerías morir sin piedad!”. Joven: “¡Oh! Piedad. Tú solo puedes…”. Jesús: “No Yo, Dios, y si juras aquí no pecar más”. Joven: “Lo juro. Lo juro. Sálvame, Señor. Me quedan pocas horas para oír la sentencia. ¡Mamá… mamá… ayúdame con tus lágrimas!… ¡Oh, madre mía!”. La mujer no tiene ya ni voz. Se abraza fuertemente a las piernas de Jesús, levanta su cara con los ojos agrandados por el dolor, una cara en que está pintada la tragedia de alguien que se ahoga y que sabe que es el último sostén que le mantiene y puede salvarlo. ■ Jesús la  mira. Compasivo le sonríe: “Levántate, madre. Tu hijo está curado. Pero por ti. No por él”. La mujer todavía no cree; le parece que, así, a distancia, no puede haber sido curado, y hace señales, entre sus continuos sollozos, de que no. Jesús: “Hombre. Quítate la túnica del pecho. Ahí tenías la mancha. Para que tu madre se consuele”.  El joven se quita el vestido, y queda desnudo a los ojos de todos. No tiene más que una piel perfecta y lisa de un joven robusto.  Jesús: “Mira, madre” y se inclina a levantarla del suelo. Este movimiento sirve también para contenerla cuando su amor de madre y el hecho de ver el milagro la hubiese lanzado contra su hijo sin esperar a que estuviese purificado. Sintiéndose imposibilitada para ir a donde su amor materno la impulsa, se abandona sobre el pecho de Jesús a quien besa en un verdadero delirio de alegría. Llora, ríe, besa, bendice… y Jesús compasivo la acaricia. Luego dice al joven: “Ve al sacerdote, y acuérdate que Dios te ha sanado por causa de tu madre y para que seas justo en el porvenir. Vete”. El joven se va después de haber alabado al Señor. A distancia, le siguen su madre y las mujeres que la habían acompañado. La multitud prorrumpe en gritos de hosanna.
* No desearás la mujer de tu prójimo, no cometerás adulterio.- ■ Jesús regresa a su lugar y dice: “También él había olvidado que existe Dios que quiere honestidad en las costumbres. Había olvidado que está prohibido hacerse dioses que no son Dios. Había olvidado santificar el sábado como he enseñado. Había olvidado el respeto amoroso hacia su madre. Había olvidado que no se debe fornicar, ni robar, ni ser falso, ni desear la esposa del prójimo, ni matarse uno a sí mismo y a la propia alma, ni cometer adulterio. Todo había olvidado. Ved cómo fue castigado. «No desearás la esposa del prójimo» se une con «No cometerás adulterio», porque el deseo precede siempre a la acción. El hombre es demasiado débil como para poder desear sin llegar después a consumar su deseo. Y lo que es del todo triste es que el hombre no sepa hacer lo mismo respecto a los deseos justos. Se desea el mal y luego se cumple; se desea el bien, para luego detenerse, aunque no se retroceda. Lo que dije a él, os lo digo a todos vosotros, porque el pecado de deseo está tan difundido como las malas hierbas, que por sí solas se propagan: ¿Sois niños para no saber que esa tentación es venenosa y que hay que huir de ella?  ■ «Fui tentado». La vieja excusa (2). Pues bien, así como es un viejo ejemplo, también debería el hombre acordarse de sus consecuencias, y debería saber decir: «No». Nuestra historia no carece de ejemplos de castos que permanecieron tales, no obstante las seducciones del sexo opuesto y las amenazas de hombres crueles. ¿Es la tentación un mal? No lo es. Es la obra del maligno. Y se cambia en gloria para quien la vence. ■ El marido que va a otros amores es un asesino de su mujer, de sus hijos, de sí mismo. El que entra a la casa de otro para cometer adulterio es un ladrón y de los más viles. Se parece al cuco, se aprovecha del nido de los demás sin aportar nada. El que traiciona la buena fe del amigo es un falsario, porque muestra una amistad que realmente no tiene. El que obre así, se deshonra a sí mismo y a sus padres. ¿Podrá tener de este modo a Dios consigo? ■ Hice un milagro por esa pobre madre. Pero me da tanto asco la lujuria, que me siento nauseado. Vosotros gritasteis por miedo y asco de la lepra; Yo, con mi alma, he gritado a causa del asco por la lujuria. Todas las miserias me rodean y para todas soy el Salvador. Pero prefiero tocar un muerto, a un justo que esté ya descompuesto en su carne que fue honesta, mas en paz ya su espíritu, antes que acercarme al que huele a lujuria. Soy el Salvador, pero soy inocente. Que lo recuerden todos los que vienen a Mí o hablan de Mí, proyectando en mi personalidad lo que en ellos fermenta. Comprendo que vosotros querríais de Mí algo distinto, pero no puedo. La ruina de una juventud, apenas formada y destruida por la libídine, me ha turbado más que si hubiese tocado la Muerte. Vayamos a los enfermos; no pudiendo, por la náusea que me ahoga, ser la Palabra, seré la salud de quien en Mí espera. La paz sea con vosotros”. ■ De hecho, Jesús está pálido, y su rostro denota dolor. No vuelve a sonreír sino cuando se inclina sobre los niños enfermos y sobre los enfermos en camillas. Entonces vuelve a ser Él. Sobre todo cuando, al introducir su dedo en la boca de un mudo de unos diez años de edad, le hace decir: “Jesús” y luego: “Mamá”. La gente se marcha muy lentamente. (Escrito el 12 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Ex. 20,17; Dt. 5,18.     2  Nota  : Cfr. Gén. 3,9-13.
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(<Jesús, en la casa de Susana, acaba de curar a distancia [Ju. 4,46-54] al hijo de un funcionario del rey Herodes>)
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2-151-408 (3-11-43).- “Para elegir a las mujeres que no son libres, debo pedir el consentimiento a los padres y a los maridos. ¿Tú lo aceptas? No por ello morirá su amor de esposa; al contrario, subirá al grado más alto, o sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu”.
* La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión. Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión que me está cerrado”. ■ El marido de Susana pregunta: “¿Está curado de verdad ese muchacho?”. Jesús: “¿Y puedes pensar tú que Yo mienta?”. Marido: “No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá”. Jesús: “Para mi espíritu no hay barreras ni distancias”. Marido: “¡Oh, mi Señor, entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda transforma mi llanto en sonrisa: ¡cúrame a Susana!”. Jesús: “¿Qué me das a cambio?”. Marido: “La suma de dinero que quieras”. Jesús: “No ensucio lo santo con la sangre de Mamona (2). Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará”. Marido: “Yo mismo me ofrezco, si lo deseas”. Jesús: “¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?”. Marido: “Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros; creo que para obtener lo que pido, no pueda sacrificar cosa mayor…”. Jesús: “Vivísimo es tu amor hacia tu mujer. Pero si la devolviera a la vida, para tenerla Yo para siempre como discípula, ¿qué dirías?”. Marido: “Que… que estás en tu derecho, y que… que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio” (3). Jesús: “Bien has dicho. ■ Oídme esto todos: la hora de mi sacrificio se acer­ca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la desembocadura. Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión. Mi Madre y María de Alfeo vendrán con­migo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman, o que no me amarán jamás. Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión que me está cerrado. He venido a redimir también a la mujer; y, en los siglos venideros,  en mi tiempo, las mujeres, similares a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios”.
* Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí; ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo”.-Jesús: “Yo he elegido a mis discípulos, pero para elegir a las mujeres que no son libres, debo pedir el consentimiento a los padres y a los maridos. ¿Tú lo aceptas?”. Marido: “Señor, amo a Susana. Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí; ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo de Dios. No te puedo dispu­tar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia. Me basta con que —te lo ruego— obres el milagro de sanarla a ella en su carne, y a mí en mis apetitos…”. ■ Jesús: “Susana está curada. Vendrá dentro de pocas horas a anunciarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso. No le digas nada de cuanto ahora he dicho. Verás cómo su alma viene espontáneamente a Mí, co­mo la llama tiende a subir hacia arriba. Pero no por ello morirá su amor de esposa; antes al contrario, subirá al grado más alto, o sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu”. Marido: “Susana te pertenece, Señor. Debía morir, y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Y, una vez muerta, la habría perdido verdaderamente, aquí en la Tierra. Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus senderos. Dios me la dio y Dios me la quita. ¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!”. (Escrito el 1 de Mayo de 1945).
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1  Nota  :  Susana es la novia de las “bodas de Caná” donde Jesús convirtió el agua en vino (Ju. 2,1-12).   2  Nota  :  Mammón significa “dinero” adquirido injustamente. Por esta razón, se le compara e iguala con el demonio. Cfr. Mt. 6,24; Lc. 16,9-13.   3  Nota  : Cfr. Gén. 22,1-18.
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(<Jesús, rodeado de la muchedumbre,  con sus discípulos,  sigue instruyendo con el llamado así: Sermón de la Montaña>)
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3-174-109 (3-34-200).- La llegada inoportuna de María Magdalena (1), provocativa, a la Montaña de las Bienaventuranzas.- No solo el acto, también el deseo es adulterio.
* Cuatro petimetres acicalados, traen como en triunfo, entre sus manos entrelazadas, a la manera de asiento, a una María Magdalena, seductora.- ■ Jesús dice: “Mira y escribe. Es un Evangelio de la Misericordia  que doy a todos y en especial para las mujeres que se reconozcan en la pecadora, y las invito a seguirla en su redención”.
■ Veo que Jesús está en pie, subido a una voluminosa piedra. Está hablando a una gran multitud. El lugar es montañoso. Una colina solitaria entre dos valles. La cumbre de la colina tiene forma de yugo, o, más exactamente, forma de joroba de camello; de modo que a pocos metros de la cima tiene un anfiteatro natural donde la voz retumba clara como en una sala de conciertos muy bien construida. La colina es toda florida. Debe ser el final de la primavera. Las mieses de las llanuras tienden a tomar su color de oro y estarán listas para la siega. Al norte, un monte alto resplandece al sol con su cresta cubierta de nieve. Inmediatamente más abajo, al este, el Mar de Galilea, parece un espejo quebrado en fragmentos (cada uno de ellos un zafiro encendido por el sol). Deslumbra en su parpadear azul y oro, y no se refleja en su superficie sino alguna que otra nubecilla que surca el purísimo cielo, o la sombra fugaz de alguna barca de vela. Más allá del lago de Genesaret hay un alejarse de llanuras que, debido a una ligera neblina al ras del suelo (quizás vaporación de rocío pues deben ser todavía las primeras horas de la mañana, dado que la hierba del monte tiene todavía algún que otro diamante de rocío posado entre sus tallitos) parecen continuar el lago aunque con tonalidades casi de ópalo, veteado de verde; y más lejos todavía una cadena montañosa de perfil muy caprichoso, que hace pensar en un dibujo de nubes en el sereno cielo. ■ La gente está sentada, quién sobre la hierba, quién sobre piedras gruesas; otros están de pie. No están todos los apóstoles. Veo a Pedro, a Juan y a Santiago. Oigo que llaman a otros dos, a Natanael y a Felipe. Luego hay otro que no es del grupo. Tal vez será nuevo, le llaman Simón (2). Los otros no están, a menos que sea que no los veo entre la masa de la gente. El discurso hace tiempo que ya empezó. Comprendo que es el discurso de la Montaña. Las Bienaventuranzas han sido ya dichas. Estoy para decir que el discurso toca a su fin porque dice Jesús: “Haced esto y tendréis un gran premio, porque el Padre que está en los Cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el ciento por uno. Por lo que digo…”. ■ Hay un gran movimiento entre la multitud que está junto al sendero que sube a la meseta. Los que están más cerca de Jesús vuelven la cabeza. La atención se desvía hacia otro objeto. Jesús deja de hablar y vuelve la mirada en esa dirección. Serio y hermoso con su vestido azul oscuro. Los brazos sobre el pecho. El sol besa su cabeza con sus primeros rayos que han sobrepasado el pico oriental de la colina. Se oye la voz iracunda de un hombre: “Haceos a un lado, plebeyos, dejad pasar a la belleza que llega”… Avanzan cuatro petimetres todo acicalados, de los cuales uno ciertamente es romano. Trae la toga romana. Traen como en triunfo entre sus manos entrelazadas, a la manera de asiento, a María de Magdala que todavía es una gran pecadora. Despide sonrisas con su muy hermosa boca, echando hacia atrás la cabeza de cabellera de oro, toda rizos y trenzas sujetos con preciosas horquillas y con una lámina de oro con perlas que le ciñe la parte alta de la frente a modo de diadema. De ésta cuelgan leves rizos que ocultan los espléndidos ojos, que, por un artificio bien hecho, los hacen aún más grandes y seductores. La corona en forma de diadema queda oculta detrás de las orejas, bajo la masa de trenzas que pesa sobre el cuello blanquísimo y totalmente descubierto. Es más… lo descubierto es mucho más que el cuello. Las espaldas están descubiertas hasta los omóplatos y el pecho mucho más. Dos cadenillas de oro sujetan el vestido a los hombros. No tiene mangas. Todo está cubierto, por decirlo así, por un velo cuyo único objetivo es el de proteger la piel contra los rayos del sol. El vestido es muy ligero, de forma que la mujer, echándose —como hace—, zalamera, sobre  uno u otro de sus adoradores, es como si se echase sobre ellos desnuda. Me parece que el romano es el preferido porque preferentemente se dirigen a él risitas y miradas y es quien más fácilmente recibe su cabeza sobre el hombro. El romano dice: “Y así estará contenta la diosa. Roma ha servido de cabalgadura a la nueva Venus, y ahí está el Apolo que has querido ver. Sedúcele pues… pero déjanos a nosotros unas migajas de tus cariños”. ■ María es todo risa. Con un movimiento ágil y atrevido salta al suelo, descubriendo sus pequeños pies, calzados con sandalias blancas con hebillas de oro, y un buen trozo de pantorrilla. Su vestido es amplísimo, de lana ligera como un velo, y blanquísima, sujeto a la cintura, muy abajo, a la altura de las caderas, por un cinturón cuajado de bullones sueltos de oro. La mujer está ahí, en pie, como una flor impura, que ha florecido como por encanto en la verde llanura poblado de muchos lirios y narcisos silvestres. Está más hermosa que nunca. Su boca, pequeña y de púrpura, parece un clavel florecido entre la dentadura perfecta. Su cara y cuerpo podrían satisfacer al pintor o al escultor más exigente, tanto por el color como por las formas. Con abundante pecho y caderas bien proporcionadas. La cintura es flexible de modo natural, delgada en relación a las caderas y al pecho. Parece una diosa como ha dicho el romano, una diosa esculpida en mármol de tinte ligeramente rosado. La leve tela cubre las caderas para luego pender por delante en un  montón de pliegues. Todo ha sido estudiado para agradar.
.  ● “La impureza corrompe lo que es de Dios, el alma”.- Imprecación contra los que corrompen el alma de los niños: “sería mejor que murieran abrasados por un rayo”. Imprecación contra los ricos (3) que “gozáis la vida y nada más: probaréis una pobreza atroz sin fin”.- ■ Jesús la mira fijamente, y ella sostiene su mirada con descaro mientras sonríe y se retuerce con el cosquilleo que el romano le hace en las espaldas y en los senos, que trae descubiertos, con una ramita de lirio silvestre que ha cogido de entre la hierba. María con desdén fingido, levanta el velo y dice: “Respeta mi candor”, lo que hace estallar a los cuatro en una clamorosa risotada. Jesús continúa mirándola. Apenas se pierde el rumor de las risotadas, cuando Él, como si la aparición de la mujer hubiese reavivado las llamas a su discurso que parecía ir ya muriendo, vuelve a empezar y ya no la mira más a ella, sino a los que estaban escuchando, que parecen sentirse molestos y escandalizados con lo que acaba de suceder. ■ Jesús dice: “Dije que uno debe ser fiel a la Ley, humilde, misericordioso, amar no solo a los hermanos por sangre, sino también al que por haber nacido, como vosotros, de hombre, es hermano vuestro. Os dije que el perdón es más útil que el rencor, que la compasión es mejor que la intransigencia. Mas ahora, os digo que no se debe condenar si no está uno exento del pecado, por el que se quiere condenar. No hagáis como los escribas y fariseos que son severos con todos, menos consigo mismos. Llaman impuro a lo externo, que solo puede contaminar lo externo, y luego acogen en lo más profundo de su corazón la impureza. Dios no está en los impuros, porque la impureza corrompe lo que es propiedad de Dios: el alma, y sobre todo el alma de los niños que son ángeles desparramados sobre la tierra. ¡Ay de aquellos que les arrancan sus alas con crueldad de bestias endemoniadas y doblegan estas flores del Cielo en el fango, haciéndoles conocer el sabor de la materia! ¡Ay de ellos!… ¡Sería mejor que murieran abrasados por un rayo antes que cometer tal pecado! ¡Ay de vosotros ricos y de vosotros que os gozáis la vida y nada más, porque precisamente entre vosotros fermenta la más grande impureza,  a la que sirven de lecho y almohada el ocio y el dinero. Ahora estáis saciados. Hasta la garganta os llega la comida de las concupiscencias y os ahoga. Pero tendréis hambre para siempre. Un hambre terrible, insaciable y sin ablandamiento. Sois ahora ricos. Cuánto bien podríais hacer con vuestras riquezas, y cuánto mal os hacéis a vosotros y a los demás. Probaréis una pobreza atroz en un día que no tendrá fin. Ahora reís. Creéis ser los triunfadores, pero vuestras lágrimas llenarán los lagos del Gehena, y  no cesarán”.
.    ● ¿Y el adulterio? No solo el acto, también el deseo es adulterio. Ninguna razón justifica la fornicación. Ninguna.Jesús: “¿En dónde anida el adulterio? ¿En dónde la corrupción de las muchachas? ¿Quién tiene dos o tres lechos de libertinaje, además del propio de esposo, y en ellos arroja su dinero y el vigor de un cuerpo que Dios le dio sano para que trabajase por su familia y no lo mezclase en sucias uniones que lo ponen más abajo del nivel de una bestia inmunda? Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio» (4). Pues yo os digo que quien mire a una mujer con concupiscencia, o quien vaya a un hombre con deseo, aun sólo con esto, ha cometido ya adulterio en su corazón. Ninguna razón justifica la fornicación. Ninguna. Ni el abandono, ni el repudio del marido. Ni la compasión hacia la repudiada. Tenéis sólo un alma: que no mienta, una vez que se ha unido a otra por pacto de fidelidad; pues, de ser así, ese hermoso cuerpo a través del cual pecáis irá con vosotros, almas impuras, a las llamas que no tendrán fin. Mutiladlo más bien, antes que matarlo eternamente condenándolo. Vosotros los ricos, sentinas de gusanos de vicio, sed de nuevo hombres, para que el Cielo no sienta repulsa de vosotros…”.
* María, seductora e irónica al principio, muestra al final del discurso una cara hosca de rabia. Comprende que Jesús, aunque no la mire, le está hablando a ella.- ■ María, que al principio ha estado escuchando con una expresión que era todo un cuadro de seducción e ironía, con risitas de burla de vez en cuando, en llegando el discurso a su final, muestra una cara hosca de rabia. Comprende que Jesús le está hablando a ella, aunque no la mire. Cada vez más su ira sube de punto y se rebela. Al fin no resiste. Despechada se envuelve en su velo, y seguida de las miradas de la multitud que la escarnecen, y de la voz de Jesús que la sigue, echa a correr cuesta abajo dejando, entre los cardos y entre los rosales silvestres que están a la orilla del camino, trozos de vestido; y va riéndose, rabiosa y burlona. No veo más. Pero Jesús me dice: “Todavía continuarás viendo”. (Escrito el 12 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Magdalena.- Personajes de la Obra magna: Lázaro y Familia.   2  Nota  : “Tal vez será nuevo, le llaman Simón”.- Téngase en cuenta que este episodio fue redactado al principio de la Obra, cuando María Valtorta aún no conocía a todos los apóstoles. El apóstol, al que le llaman Simón, es Simón Zelote.
Las fechas.- Como queda ya advertido, algunas veces las fechas muestran que el orden de la redacción de los episodios o capítulos narrados en la Obra magna no sigue siempre un orden cronológico. Para mayor explicación, Cfr. María Valtorta y la Obra  6.1: Las fechas.    3  Nota  : Cfr. Lc. 6,24-26.  4  Nota  : Cfr. Éx. 20,14; Deut. 5,18.
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 (<Es continuación del episodio anterior>)
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3-174-116 (3-34-207).- El adulterio y el deseo de consumarlo (1).- El repudio y libelo de divorcio (2).
* El adulterio y el deseo de consumarlo. ■ Jesús reanuda su discurso: “Habéis oído que se dijo en la antigüedad: «No cometerás adulterio» (3). Quien de entre vosotros me ha oído en otros lugares, sabe que muchas veces he hablado de este pecado. Pues bien, fijaos, para Mí se trata de un pecado que no toca sólo a una persona sino a dos y tres. Me explicaré. El adúltero peca respecto a sí mismo, peca respecto a su cómplice, peca al llevar a su mujer al pecado, o al marido traicionado, el cual o la cual,  pueden a su vez llegar a la desesperación o al crimen. Esto por lo que se refiere al pecado consumado. Pero añado algo más. Digo: «No solo el pecado consumado, sino el deseo de consumarlo es ya pecado». ¿Qué es el adulterio? Es desear con ansias a aquel que no es nuestro, o a aquella que no es nuestra. Se empieza a pecar con el deseo, se continúa con la seducción, se obtiene con la persuasión y se termina con el acto. ¿Cómo se empieza? Generalmente con una mirada impura. Esto se enlaza con lo que antes decía. El ojo impuro ve lo que está escondido a los puros;  por el ojo entra la sed a la garganta, el hambre en el cuerpo, la fiebre en la sangre: sed, hambre, fiebres carnales.  El delirio empieza. Si el otro, a quien se mira, es una persona honesta, entonces el que arde en deseos no tiene más que revolcarse sobre sus carbones ardientes, o bien calumniar por venganza. Si la persona a quien se mira es deshonesta, entonces corresponde a la mirada, y así empieza el descenso hacia el pecado. Por esto, digo: «Quien ha mirado a una mujer con concupiscencia, ya cometió adulterio con ella, porque su pensamiento ha hecho el acto de su deseo». ■ Antes que esto, oid: si tu ojo derecho te es causa de escándalo, sácatelo y arrójalo lejos de ti. Te es mejor estar sin un ojo que hundirte en las tinieblas profundas para siempre. Y si tu mano derecha ha pecado, córtatela, y tírala lejos. Te es mejor estar sin un miembro que ir todo entero al Infierno. Es verdad que está escrito que los deformes no pueden servir en el Templo (4). Pero después de esta vida, los deformes por nacimiento, que hayan sido santos, o los deformes por causa de la virtud, serán más hermosos que los ángeles y servirán a Dios, amándole en la alegría del Cielo”.
* El repudio, el libelo de divorcio.-Jesús: “También se dijo: «Quienquiera que  repudie a su propia mujer, le dará el libelo de divorcio» (5). Pues bien, esto debe ser reprobado. No viene de Dios. Dios dijo a Adán: «Esta es la compañera que te he hecho. Creced y multiplicaos sobre la Tierra. Llenadla y sujetadla a vosotros». Adán, con una inteligencia superior porque el pecado todavía no oscurecía su razón, que había salido perfecta de Dios, exclamó: «He aquí finalmente al hueso de mis huesos y la carne de mi carne. Será llamada varona, o sea otro yo, porque fue sacada  del hombre. Por esto el hombre dejará a su padre y madre, y los dos formarán un solo ser» (6). Y en medio de un soberbio esplendor de luces, la Eterna Luz aprobó con una sonrisa las palabras de Adán, que se convirtieron en la primera Ley que no puede abolirse. Pero si por la dureza cada vez mayor del hombre, el legislador humano tuviera que introducir una nueva ley; el hecho de que, por la volubilidad cada vez mayor del hombre, tuviera que poner un freno y decir: «Pero si la has repudiado, no la puedes volver a tomarla»;  ello no cancela la ley primera, genuina ley, que nació en el Paraíso terrenal y que Dios aprobó. Os digo: «Quienquiera que repudie a su propia mujer, fuera del caso de fornicación comprobada, la expone al adulterio». Porque de hecho, ¿qué hará en el 90 por ciento de los casos la mujer repudiada? Se casará de nuevo. ¿Y las consecuencias? Oh, cuánto se podría hablar sobre esto. ¿No sabéis que podéis provocar incestos involuntarios con este sistema? Cuántas lágrimas derramadas por la lujuria. Sí. Por lujuria. No merece otro nombre. Sed francos. ■ Todo se puede superar cuando el espíritu es recto, mas todo se presta a excusa para satisfacer los sentidos cuando el corazón es lujurioso. Si se ama santamente, todo se supera: frigidez femenina, torpeza de la mujer, incapacidad relativa para los quehaceres, lengua criticona, amor al lujo, incluso las enfermedades, e incluso el carácter irascible. Pero, dado que después de un tiempo ya no se ama como los primeros días, lo que es más que posible se ve imposible, y se pone en la calle a una pobre mujer, abocada  a la perdición. Comete adulterio quien la rechaza. Comete quien se casa con ella después del repudio. Solo la muerte rompe el matrimonio. Acordaos de ello. Y si hicisteis una elección infeliz, soportad la consecuencia como una cruz, siendo dos infelices, pero santos, y sin hacer más infelices a los hijos, que son inocentes y que sufren estas situaciones desventuradas. ■ El amor de los hijos os debería hacer pensar seriamente cien y cien veces aun en el caso de que muera uno de los dos. ¡Oh, si supieseis contentaros con aquél que habéis tenido y al que Dios ha dicho: «Basta»! ¡Oh, si supieseis, vosotros viudos, vosotras viudas, ver en la muerte no una mengua sino una elevación a mayor perfección como procreadores! Ser padre o madre —además de lo que ya se es— en lugar de la madre o padre muertos. Ser dos almas en una. Recoger el amor hacia los hijos del labio frío del cónyuge agonizante y decirle: «Vete en paz, sin temor por los que trajiste al mundo. Continuaré amándolos por ti y por mí. Los amaré dos veces. Seré padre y madre. La desgracia de ser huérfano no pesará sobre ellos, ni sentirán los innatos celos de los hijos de cónyuges unidos en segundas nupcias respecto a aquel, o a aquella, que ocupa el sagrado lugar de la madre, o del padre, que Dios llamó a otra morada». ■ Hijos, mi discurso va a declinar, como está para declinar el día que se pone, con el sol, hacia occidente. De este encuentro en el monte, quiero que recordéis mis palabras. Grabadlas en vuestros corazones. Leedlas frecuentemente. Sean un guía perenne. Sobre todo sed buenos con los débiles. No juzguéis para no ser juzgados. Acordaos de que podría llegar el momento en que Dios os recordase: «Así juzgaste. Por tanto, sabías que estaba mal hecho. Cometiste entonces pecado teniendo conciencia de lo que hacías. Paga ahora tu pena»”. (Escrito el 29 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt.5,27-30.   2  Nota  : Cfr. Mt. 5,31-32.    3  Nota  : Cfr. Éx. 20,14; Deut. 5,18.    4  Nota  : Cfr  Lev. 21,16-23.   5  Nota  : Repudio y libelo de divorcio. Cfr. Deut. 24,1-4.   6  Nota  : Cfr. Gén. 2,2-25.
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(<Sucede el día de los endemoniados y los cerdos de Gerasa [Mt. 8,28-34]. Los apóstoles, al pasar junto a una manada de cerdos, habían mostrado repugnancia hacia los cerdos y también hacia sus cuidadores. En estos momentos pasan por unos acantilados>)
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3-186-180 (3-47-277).- Razón sobrenatural y natural en el consumo de alimentos clasificados como impuros.
* La razón sobrenatural: “enseñar al pueblo elegido a saber vivir teniendo presente su elección y la dignidad de hombre incluso en una acción tan común como es comer”.- ■ Muchos exclaman: “¡Lugares para bandidos! ¡Qué escarpaduras!”. Juan, todavía impresionado por la captura del Bautista, dice: “Sí. Pero creedme, hay más bandidos al otro lado”. Su hermano concluye: “En el otro lado hay bandidos también entre los que llevan el nombre de justos”. Jesús toma la palabra: “Y, sin embargo, nos acercamos a ellos sin asco, mientras que aquí torcisteis la boca cuando habéis tenido que pasar cerca de unos animales”. Apóstoles: “Son impuros” (1). Jesús: “Mucho más lo es el pecador. Estos son animales hechos así y no se les puede culpar por ello. El hombre, sin embargo, es responsable de ser impuro por el pecado”. ■  Felipe pregunta: “Pero entonces, ¿por qué nos han sido clasificados como impuros?”. Jesús: “Una vez lo insinué ya. En ello hay una razón sobrenatural y natural. La razón sobrenatural es para enseñar al pueblo elegido a saber vivir teniendo presente su elección y la dignidad de hombre incluso en una acción tan común como es comer. El hombre salvaje come de todo, le basta con llenarse el estómago. El hombre pagano, aunque no es salvaje, igualmente come de todo, sin pensar que comer exageradamente fomenta vicios e inclinaciones que rebajan al ser humano. Es más, los paganos persiguen este frenesí de placer que para ellos es casi una religión. Los más instruidos de entre vosotros habéis oído hablar de sus fiestas obscenas, en honor de sus dioses, que degeneran en una lujuriosa orgía. El hijo del pueblo de Dios debe saber contenerse, y, con la obediencia y prudencia, perfeccionarse a sí mismo, teniendo presentes su origen y su fin: Dios y el Cielo”.
* La razón natural: “no estimular la sangre con alimentos que conducen a ardores indignos del hombre, al cual no se le  niega el amor carnal”.- ■ Prosigue Jesús: “La razón natural es el no estimular la sangre con alimentos que conducen a ardores indignos del hombre, al cual no se le niega el amor carnal, pero debe templarlo siempre con la frescura del alma orientada al Cielo; hacer, por tanto, «amor»  —no sensualidad—  de ese sentimiento que une al hombre a su compañera, en quien debe ver la congénere y no la hembra.  Los pobres animales, sin embargo, no son culpables de ser cerdos, ni de los efectos que su carne pueden a la larga producir en la sangre; y menos culpa todavía tienen los hombres que cuidan de los cerdos. Si son honestos, ¿qué diferencia habrá, en la otra vida, entre ellos y el escriba que está concentrado en sus libros, y que, por desgracia, no aprende en ellos la bondad? En verdad os digo que veremos a cuidadores de cerdos entre los justos, y a escribas entre los injustos”. (Escrito el 11 de Junio de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Gén. 7,1-5; Lev. 11; Deut. 14,3-21.
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(<Jesús con sus apóstoles ha llegado a Jerusalén para la celebración de la Pascua. Se hospeda, como de costumbre, en el Campo de los Galileos, en el Getsemaní>)
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3-196-233 (3-57-331).- El amor paterno o materno es amor de 2ª potencia (1).- Adán y Eva, hermanos y esposos.
* “Mi Madre, siendo criatura perfecta, tenía la maternidad (amor de 2ª potencia) en su sangre y en su espíritu. La mujer, hecha para ser madre, comete aberración al hacerse sorda a este sentimiento”.- ■ La mayor parte de la mañana del sábado se ocupa en dar descanso a los cuerpos fatigados, en arreglar los vestidos llenos de polvo y arrugados del camino. En las grandes cisternas del Getsemaní, llenas de agua de lluvia, y en el Cedrón —que es una verdadera sinfonía entre sus cantos, lleno de espuma, rebosante con las aguas de los últimos días— hay tanta agua que es una verdadera incitación. Los peregrinos, uno después del otro, sin hacer demasiado caso de que hace fresco, bajan a meterse al agua; luego se ponen vestidos nuevos, de los pies a la cabeza, y, con los cabellos todavía tiesos, van a sacar agua de las cisternas y las vierten en piletas grandes donde tienen la ropa, separada por colores… La comitiva apostólica se dispersa por el olivar que es muy hermoso en este día de Abril. Las lluvias de los días anteriores parecen haber llenado de plata los olivos y haberlos sembrado de flores, pues sus hojas resplandecen al sol y muchísimas florecillas están a los pies de los olivares. Los pájaros cantan y vuelan por todas partes. La ciudad se abre allá, hacia el oeste del observador. No se ve el hormiguero de gente dentro de ella, pero se ven las caravanas que se dirigen a la Puerta de los Peces —y hacia otras puertas cuyo nombre ignoro— de la parte oriental. La ciudad traga a esta multitud como si fuera un animal hambriento. ■ Jesús está paseando y mira a Yabés (2) que juega con Juan y con los más jóvenes. También Iscariote, al que ya se le pasó el mal humor de ayer, está alegre y juega. Los más viejos miran y sonríen. Bartolomé pregunta a Jesús: “¿Qué cosa dirá tu Madre de este pequeñín?”. Tomás dice: “Yo digo que dirá: «Está muy delgaducho»”. Pedro responde: “¡No! Dirá: «¡Pobre niño!»”. Felipe objeta: “No, lo que te dirá es: «Estoy contenta de que le quieras»”. Zelote dice: “La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablará. Le estrechará contra su corazón”. Apóstoles: “Y Tú, Maestro ¿qué crees que dirá?”. Jesús: “Hará lo que decís, pero lo pensará y lo dirá sólo en su corazón; al besarle no dirá sino: «¡Que seas bendito!» y le cuidará como si fuese un pajarito caído del nido. ■ Escuchad. Un día me habló de cuando era pequeñita. Todavía no tenía tres años, pues aún no estaba en el Templo, y ya se le rompía el corazón de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en el molino, todo su aceite, todo su perfume. Y llevada de un delirio de amor, decía a su mamá que quería ser virgen para agradar más al Salvador, pero que querría ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su mamá no la entendía y no sabía decirle cómo se puede lograr ser «pura» y «pecadora» al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarito que había salvado del peligro que corría en el borde de una fuente: le contó la parábola del pajarito, diciéndole que Dios la había salvado anticipadamente y que, por eso, debía bendecirle por doble motivo. Y la pequeña Virgen de Dios, María la gran Virgen, ejercitó su primera maternidad espiritual con aquel pajarito caído del nido, y le echó a volar cuando fue grande; ese pajarillo ya no dejó jamás el huerto de Nazaret, consolando con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y Joaquín cuando María fue al Templo. Murió poco antes de que Ana entregase su alma: había terminado su misión. Mi Madre había hecho voto de virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer está hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia”.
* Amor de 1ª, 2ª y 3ª potencia.- ■ También los otros se ha acercado poco a poco. Judas Tadeo pregunta: “¿Qué cosa quieres decir, Maestro, con amor de segunda potencia?”. Jesús: “Hermano mío, hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, el segundo es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre y una madre, que son santos, no solo dan comida y caricias al cuerpo del hijo, sino también nutren y aman su mente y su alma. Y tan verdad es lo que estoy diciendo que quien se consagra a los niños —aunque solo fuera para educarles— termina por amarles como si fuesen su propia carne”. Juan de Endor (3) dice: “Yo amaba mucho a mis discípulos”. Jesús: “He comprendido que debiste ser un buen maestro al ver cómo tratas a Yabés”. El hombre de Endor se inclina y besa la mano de Jesús sin decir nada. ■ Zelote dice: “Continúa, te lo ruego, tu clasificación de amores”. Jesús: “Existe el amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es —me refiero también en este caso a los sanos y santos amores— mitad espiritual y mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre además de esposa. Estos son los tres amores más elevados”.
* Adán y Eva eran hermanos y esposos y al amarse se miraban con ojos inocentes… El amor como es ahora, el actual generador de hijos, no existía entonces. La malicia no existía y, porque va con ella, tampoco el hambre carnal”.- ■ Iscariote pegunta: “Y ¿el amor del prójimo? ¿No te has equivocado? ¿O es que te has olvidado de él?”. Los otros le miran estupefactos… e irritados por la observación que ha hecho. Jesús tranquilamente responde: “No, Judas. Pero mira. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no hay necesidad de explicar para persuadir de este amor. Él es El que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada, que se hace participante del Todo (4) por el alma infundida por el Eterno —sin ella el hombre sería uno de tantos animales que viven en la tierra o en el agua o en el aire—) debe adorarle por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación ni destrucción por los siglos de los siglos. El amor del hombre, especialmente el de la mujer, a sus hijos, tiene indicación de mandato en las palabras que Dios dijo a Adán y Eva, después de que los bendijo, al ver que era «bueno» lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de la creación. Le dijo: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra». ■ Comprendo tu tácita objeción y te respondo de este modo: Antes de la Culpa todo estaba regulado y basado en el amor; este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: «creced y multiplicaos». «Amad, por lo tanto, después de Mí, a vuestros hijos». El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto —porque va con ella— tampoco existía la abominable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre; naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos —o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis—, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, que eran hermanos —porque habían nacido de un Padre común y único— y, sin embargo, eran esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía el amor de padre hacia su compañera «hueso de sus huesos y carne de su carne» (como un hijo lo es para su padre). La mujer conocía la alegría de ser hija —por tanto, protegida por un amor muy elevado—, porque sentía tener en sí algo de aquel gallardo hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos jardines del Edén. ■ Después, en el orden de los mandamientos dados por Dios con una sonrisa a sus queridos hijos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera —y, en ella, de todas las mujeres—, decreta (el decreto del pensamiento de Dios que se reflejaba en el terso espejo del alma de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): «El hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne». De no haber existido los tres pilares de estos amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que, en su gran parte, es defectuoso. Si no hubiesen existido amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Está claro?”. Iscariote: “Sí, Maestro. No había reflexionado”. ■ Jesús: “De hecho, es difícil remontarse hasta las fuentes. El hombre por desgracia durante siglos y milenios ha estado sumido en el fango y las fuentes están en las cimas, muy alto. Además la primera de las fuentes viene de una inmensa altura: Dios… No obstante, yo os tomo de la mano y os conduzco a las fuentes; sé dónde están…”.
* “Hay amor de 4ª,5ª y 6ª potencia. No hay otros amores. Los otros son apetitos, hambres”. Zelote y el hombre de Endor preguntan al mismo tiempo: “¿Y los otros amores?”. Jesús: “El primero de la segunda serie es el del prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después, el amor al trabajo”. Preguntan: “¿Y basta?”. Jesús: “Basta”. Iscariote exclama: “Pero ¡hay muchos otros amores!”. Jesús: “No. Hay otras hambres o apetitos, pero no amores; son: «desamores»; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por lo tanto, amores, porque son negaciones, y la negación es odio”. (Escrito el 21 de Junio de 1945).
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1  Nota  : En este episodio la escritora describe y distingue seis amores según la voluntad de Dios y, por esto, dignos de ser llamados: amor de primera fuerza, hacia Dios; de segunda, éstos de los padres hacia sus propios hijos y viciversa; de tercera, el del esposo hacia su propia esposa y viciversa; de cuarta, hacia el prójimo; de quinta, hacia la ciencia; de sexta, hacia el trabajo.   2  Nota  : El niño Yabés les acompaña a Jerusalén.  Adoptado más tarde por el apóstol Pedro,  tomará por nombre Marziam. Cfr. Personajes de la Obra magna: Marziam.   3  Nota  : Juan de Endor o Félix. Cfr.  Personajes dela  Obra magna: Juan de Endor.   4  Nota  : “El hombre, la Nada, se hace participante del Todo porque el Eterno le infundió el alma”: Si el alma permanece en gracia, por lo tanto deificada, no por identidad de sustancia, sino por elevación al orden sobrenatural.
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(<Jesús se encuentra en la ciudad de Tiberíades, acompañado de los apóstoles y de las mujeres, entre ellas María de Magdala. Naturalmente, el paso del grupo suscita curiosidad intensa, incluso morbosa al reconocer entre el grupo a María Magdalena, la antigua pecadora, a quien dirigen risotadas y burlas>)

4-242-76 (4-105-630).- Jesús habla sobre la Verdad al romano Crispo, epicúreo, —viejo compañero de festines de María Magdalena— el único de Tiberíades dispuesto a escucharle: “La clave para comprender cualquier cosa está en Dios porque la Verdad es Dios”.
* La mente cobra fuerzas en la Verdad”.- ■ Solo un viejo romano dice: “Respetad a una mujer. Es libre de hacer lo que quiera. Yo la defiendo”. Un joven le increpa: “¡El demagogo! ¡Oídlo!”, y le pregunta: “¿Te hizo mal el vino anoche?”. Otro le responde: “No. Tiene hipocondría porque le duele la espalda”. Y otro: “Vete con el Nazareno para que te la rasque”. El anciano responde: “Voy para que me rasque el fango que he cogido al contacto de vosotros”. Varios, en son de burla, acercándose a su alrededor: “¡Oh, Crispo, a los setenta años te has corrompido!”. ■ Mas el hombre al que han llamado Crispo no se preocupa de que se burlen de él y se echa a andar detrás de la Magdalena, la cual llega donde el Maestro, que se ha puesto a la sombra de un edificio bellísimo dispuesto en forma de exedra en dos lados de la plaza. ■ Y Jesús ya está batallando con un escriba que le está recriminando el hecho de su presencia en Tiberíades, y… con esa compañía. Jesús le responde: “¿Y tú? ¿por qué estás aquí? Esto respecto al hecho de estar en Tiberíades. Te digo, además, que en Tiberíades también hay almas a las que salvar, y más que en otros lugares”. Escriba: “No se las puede salvar: son gentiles, paganos, pecadores”. Jesús: “He venido para los pecadores. Para dar a conocer al Dios verda­dero. A todos. También para ti he venido”. Escriba: “No necesito maestros ni redentores: soy puro y docto”. Jesús: “¡Si al menos lo fueras como para conocer tu estado!”. Escriba: “Y Tú de saber cuánto te dañas con la compañía de una meretriz”. Jesús: “Te perdono. También en su nombre. Ella, humilde, anula su pe­cado; tú, por tu soberbia, doblas tus culpas”. Escriba: “No tengo culpas”. Jesús: “Tienes la culpa capital. No tienes amor”. El escriba dice: “¡Raca!” y se vuelve. Magdalena dice: “¡Por mi culpa, Maestro!”. Y, al ver la palidez de María Virgen, gime: “Perdóname. Hago que insulten a tu Hijo. Me retiraré…”. Jesús: “No. Tú te quedas donde estás. Lo quiero” y lo dice con voz in­cisiva y con un centelleo tal en los ojos, un no sé qué dominio en toda su persona, que le transforma en algo que infunde temor. Y luego más suavemente: “Tu te quedas donde estás, y si alguno no te sopor­ta a su lado será él, sólo él, quien se marchará”. ■ Jesús reanuda el paso en dirección a la parte occidental de la ciudad. El romano Crispo lo llama: “¡Maestro!”. Jesús se vuelve. Crispo: “Te llaman Maestro y también te llamo así. Tenía deseos de oírte hablar. Soy medio filósofo y medio epicúreo. Pero tal vez podrías hacer de mí, un hombre honesto”. Jesús le mira fijamente y le dice: “Dejo esta ciudad en que reina lo más bajo de los instintos humanos, y donde el escarnio manda”. Y vuelve a caminar. El hombre le sigue, sudoroso, anhelante porque el paso de Jesús es rápido, y él es grueso y entrado en años, además del peso de los vicios… ■ Tiberíades termina en las huertas de sus suburbios. Más allá está el camino polvoriento que conduce a Caná, entre huertos de árboles frutales por un lado y, por el otro lado, una serie de prados y campos agostados por el verano. Jesús se adentra en uno de los huertos. Se detiene bajo la sombra de los tupidos árboles. Llegan las mujeres y luego el jadeante roma­no, que realmente ya no puede más. Se pone un poco separado; no habla, pero mira. Jesús dice: “Mientras descansamos comemos. Allí hay un pozo y al lado un campesino. Id a pedirle agua”. Van Juan y Judas Tadeo. Vuelven con una jarra que gotea agua; seguidos del campesino, el cual ofrece unos espléndidos higos. “Que Dios te lo compense en salud y en cosecha”. Campesino: “Dios te proteja. ¿Eres el Maestro, verdad?”. Jesús: “Lo soy”. Campesino: “¿Vas a hablar aquí?”. Jesús: “No hay quien lo desee”. El romano Crispo grita: “Yo, Maestro. Más que el agua, que tan buena es para quien tie­ne sed”. Jesús: “¿Tienes sed?”. Crispo: “Mucha. He venido detrás de Ti desde la ciudad”. Jesús: “No faltan en Tiberíades fuentes de agua fresca”. Crispo: “No me entiendas mal, Maestro, o no aparentes no comprenderme. He venido siguiéndote para oírte hablar”. ■ Jesús: “¿Y por qué?”. Crispo: “No sé ni por qué ni cómo. Ha sido viéndola a ella (y señala a la Magdalena). No sé. Algo me ha dicho: «Ese hombre te dirá lo que to­davía no sabes». Y he venido”. Jesús: “Dad a este hombre agua e higos. Que conforte su cuerpo”. Crispo: “¿Y la mente?”. Jesús: “La mente cobra fuerzas en la Verdad”. Crispo: “Por esto te he seguido. He buscado la Verdad en todas partes. He encontrado la corrupción. Incluso en las mejores doctrinas hay siempre algo que no es bueno. Me he rebajado hasta acabar siendo un hombre nauseado y nauseabundo, sin más futuro que la hora que vivo”. Jesús le mira fijamente mientras come el pan y los higos que le han traído los apóstoles. Pronto termina la comida.
.    ● Para encontrar la Verdad es necesario unir el intelecto con el amor y mirar las cosas no sólo con ojos sabios sino también con ojos buenos, porque la bondad vale más que la sabiduría”.- ¿Amar quiere decir gozar de una carne y para la carne?. ■ Jesús, permaneciendo sentado, empieza a hablar, como si estuviera exponiendo una sencilla lección a sus apóstoles. El campesino también se queda cerca. “Muchos son los que se pasan la vida buscando la Verdad sin lle­gar a encontrarla. Parecen dementes que quieren ver teniendo una coraza de bronce que les tapa los ojos, y buscan con aspavientos es­pasmódicos, tan convulsamente, que se alejan cada vez más de la Verdad, o la tapan arrojando encima de ella cosas que su propia búsqueda necia remueve y hace que se caigan. Y es claro que así suceda, porque buscan donde la Verdad no puede estar. Para encontrar la Verdad es necesario unir el intelecto con el amor y mirar las cosas no sólo con ojos sabios sino también con ojos buenos, porque la bondad vale más que la sabiduría. ■ El que ama siempre encuentra una huella que conduce a la Verdad. Amar no quiere decir gozar de una carne y para la carne. Eso no es amor. Es sensualidad. Amor es el afecto de corazón a corazón, de parte superior a parte superior, por el que en la compañera no se ve la esclava sino la generadora de los hijos, sólo eso, o sea, la mitad que forma con el hombre un todo que es capaz de crear una vida, va­rias vidas; o sea, la compañera que es madre, hermana, hija del hombre, que es más débil que un recién nacido o más fuerte que un león, según los casos, y que, como madre, hermana, hija, debe ser amada con respeto confidencial y protector. Lo que no es cuanto Yo digo no es amor, es vicio. No conduce hacia arriba sino hacia abajo, no a la Luz sino a las Tinieblas, no a las estrellas sino al fango. Amar a la mujer para saber amar al prójimo, amar al prójimo para saber amar a Dios. ■ He aquí la vía de la Verdad. La verdad está aquí, hombres que la buscáis. La Verdad es Dios. La clave para comprender cualquier cosa está aquí. Doctrina sin defecto sólo la de Dios. ¿Cómo podrá el hom­bre dar respuesta a sus porqués, si no tiene a Dios que le responda? ¿Quién podrá descubrir los misterios de la creación —aun sólo y simplemente éstos— sino el Hacedor supremo que la ha hecho? ¿Cómo comprender el prodigio vivo que es el hombre, ser en que se fusiona la perfección animal con aquella perfección inmortal que es el alma? Sí, dioses somos si tenemos viva en nosotros el alma, es decir, libre de aquellas culpas que envilecerían incluso al animal y que, no obs­tante, el hombre hace y se gloría de ello. ■ A vosotros, buscadores de la Verdad, os digo las palabras de Job: «Pregunta a los jumentos y te instruirán, a las aves y te lo indicarán. Habla a la tierra y ella te responderá, a los peces y te lo darán a saber» (1). Sí, la tierra, esta tierra que verdea esta tierra florida, esta fruta que va creciendo en los árboles, estas aves que procrean, estas corrientes de viento que distribuyen las nubes, este sol que no yerra su alba desde hace siglos y milenios… todo habla de Dios todo da explicación de Dios, todo descubre y revela a Dios. Si la ciencia no se apoya en Dios se convierte en error, y no eleva; antes bien, degrada. El sa­ber no es corrupción si es religión. Quien tiene su saber en Dios no cae porque conoce su dignidad, porque cree en su futuro eterno. Mas es necesario buscar al Dios real, no fantasías, que no son dioses sino sólo delirios de hombres envueltos en las vendas de la ignorancia espiritual, por lo cual no hay traza de sabiduría en sus religiones ni de verdad en la fe de sus divinidades”.
.    ● “Basta la buena voluntad de encontrar la Verdad, y antes o después la Verdad se dejará encontrar. Pero, una vez hallada, ¡ay de quien no la siga! imitando a los obstinados de Israel”.-Jesús: “Toda edad del hombre es buena para venir a la sabiduría. Es más, siguiendo con Job, se lee: «Al atardecer te nacerá como una luz meridiana y cuando te creas acabado, surgirás como la estrella de la mañana. Te verás lleno de confianza por la esperanza que te aguarda» (2). Basta la buena voluntad de encontrar la Verdad, y antes o después la Verdad se dejará encontrar. Pero, una vez hallada, ¡ay de quien no la siga! imitando a los obstinados de Israel, los cuales, teniendo ya en su mano el hilo conductor para encontrar a Dios —todas las cosas que de Mí afirma el Libro— no quieren rendirse a la Verdad, y la odian, y amontonan sobre sus inteligencias y corazones los escombros del odio y de las fórmulas, y no saben que la tierra, a causa del excesivo peso, se abrirá bajo su paso —que se cree victorioso cuando en realidad no es más que el paso de un esclavo de los formulismos, del ren­cor, de los egoísmos— y se los tragará y caerán al lugar de los culpa­bles conscientes de un paganismo que es más culpable que el que al­gunos pueblos se han dado a sí mismos para tener una religión con que conducirse. Yo, de la misma forma que no rechazo al hijo de Israel que se arrepiente, no rechazo tampoco a estos idólatras que creen en aque­llo que les fue propuesto para que lo creyeran, y que, dentro, en su interior, gimen: «¡Dadnos la Verdad!». He dicho”.
* “Gracias, María. Fue un bien el conocerte. A tu viejo compañero de festines le has dado el tesoro que buscaba. Si llego a donde tú ya estás, será gracias a ti. Adiós”.- Jesús: “Ahora descansemos en esta hierba, si este hombre lo permite. Al atardecer iremos a Caná”. Crispo: “Señor, te dejo. Esta misma noche me iré de Tiberíades, pues no quiero profanar la ciencia que me has dado. Dejo esta tierra. Me re­tiraré con mi siervo a las costas de Lucania. Tengo allá una casa. Mucho es lo que me has dado. Comprendo que más no puedes darle al viejo epicúreo. Pero con lo que me has dado ya tengo como para re­construir un pensamiento. Y… pide a tu Dios por el viejo Crispo, el único de Tiberíades que te escuchó. Ruega porque antes del desfila­dero de Libitina pueda volver a escucharte, y, con la capacidad que espero poder crear en mí sobre la base de tus palabras, comprender­te mejor y comprender mejor la Verdad. Adiós, Maestro”. Y hace un saludo a la romana. ■ Pero luego, al pasar junto a las mujeres, que están sentadas un poco aparte, se inclina ante María de Magdala y le dice: “Gracias, María. Fue un bien el conocerte. A tu viejo compañero de festines le has dado el tesoro que buscaba. Si llego a donde tú ya estás, será gracias a ti. Adiós”. Y se marcha. La Magdalena se cruza las manos sobre su corazón con expresión asombrada y radiante. Luego, de rodillas, se arrastra hasta donde Jesús. “¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¿Entonces es verdad que puedo conducir a otros al Bien? ¡Oh, mi Señor! ¡Esto es demasiada bondad!”. Y, curvándose hasta meter su rostro en la hierba, besa los pies de Jesús y los humedece de nuevo con el llanto —ahora de agradecimiento— de un gran amor que experimenta ella, la mujer de Magdala. (Escrito el 3 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Job. 12,7-8.   2  Nota  : Cfr. Job. 11,17-18.
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(<Jesús sigue aleccionando a Santiago de Alfeo después de bajar del Carmelo en donde Jesús le había mostrado el porvenir de la futura Iglesia>)
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4-259-197 (5-122-759).- “Sacramento de las nupcias: dona a los esposos todas las ayudas necesarias para vivir según las leyes y los deseos de Dios”.
* Esposos: ministros de un rito, el procreativo, y sacerdotes de una pequeña iglesia, la familia.- ■ Santiago le dice: “Te comprendo poco, pero lo que comprendo me llena de reverencia hacia el carácter sacerdotal que recibirán tus sacerdotes. Si no te he entendido mal, tendremos contigo muchos puntos en común: predicación, absolución, milagro, o sea, tres sacramentos”. Jesús: “No, Santiago. Predicación y milagros no son sacramentos. Los sacramentos serán más. Siete como el santo candelabro del Templo y los dones de Espíritu de Amor. En realidad los sacramentos son dones y son llamas, que se dan al hombre para que arda ante el Señor por los siglos de los siglos. ■ Habrá también un sacramento para que el hombre contraiga nupcias: se alude a él en el símbolo de las nupcias santas de Sara, hija de Ragüel, que fue liberada del demonio (1). Este sacramento dará a los esposos todas las ayudas para que vivan santamente según las leyes y los deseos de Dios. El marido y la mujer también serán ministros de un rito: el procreativo; y también son sacerdotes de una pequeña iglesia: la familia. Deben, pues, ser consagrados para procrear con la bendición de Dios y formar una descendencia en la que se bendiga el Nombre Santísimo de Dios”. (Escrito el 21 de Agosto de 1945).
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1   Nota   : Cfr. Tob.3,7-25; 9-10
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(<Jesús está en las llanuras de Corozaín, entre el lago Genesaret y el de Merón. Está hablando de las obras de Misericordia. En estos momentos de la de “visitar a los presos”>)
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4-275-312 (5-139-884).- “¿Y qué son las madres que conciben y no dan a luz?… La justicia humana tiene un ojo tuerto y el otro medio nublado”.
* “Pensad que si fueran castigados todos los homicidios y robos del hombre, no pocos hombres y mujeres morirían en las cárceles”.- ■ Dice Jesús: “¿Creéis que en las cárceles están solo los delincuentes? La justicia humana tiene un ojo tuerto y el otro medio nublado por perturbaciones visuales, y es así que ve camellos donde hay nubes o confunde una serpiente con una rama florecida. Juzga mal. Y todavía peor porque frecuentemente el que la dirige forma a propósito nubes de humo para que la justicia vea peor aún… No juzgando nunca, sed compasivos para con los presos. Pensad siempre que, si fueran castigados todos los homicidios y robos del hombre, pocos hombres y mujeres no morirían en las cárceles o en los patíbulos. Esas madres que conciben y luego no quieren traer a luz el propio fruto, ¿cómo habrán de llamarse? ¡No hagamos juegos de palabras! Digámoslas claramente su nombre: «Asesinas». ¿Los hombres que roban reputaciones y puestos, cómo los llamaremos? Pues sencillamente como lo que son: «Ladrones». ¿Esos hombres y esas mujeres que, por ser adúlteros o maltratadores familiares para con los suyos, impulsan a éstos al homicidio o al suicidio —y lo mismo los grandes de la tierra que llevan a la desesperación a sus subordinados, y con la desesperación a la violencia—, ¿qué nombre se merecen? Éste: «Homicidas». ¿Y entonces? ¿No huye ninguno? Ya veis que se vive sin darle mayor importancia a la cosa en medio de estos presidiarios escapados de la justicia, que llenan las casas y las ciudades, que nos pasan rozando por las calles y duermen en las mismas posadas con nosotros y con nosotros comparten la mesa. ¿Y quién está libre de pecado? Si el dedo de Dios escribiera en la pared de la sala en que celebran su festín los pensamientos de los hombres —en la frente—, las acusadoras palabras de lo que fuisteis, sois o seréis, pocas frentes llevarían escrita, con letras de luz, la palabra «inocente». Las otras frentes, con letras verdes como la envidia, o negras como la traición, o rojas como el delito, llevarían las palabras: «adúlteros», «asesinas», «ladrones», «homicidas». ■ Sed pues, sin soberbia, misericordiosos para con los hermanos menos afortunados, humanamente, que están en las cárceles expiando lo que vosotros no expiáis por la misma culpa: saldrá beneficiada vuestra humildad”. (Escrito el 8 de Septiembre de 1945).
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4-277-328 (5-141-900).- Amor y corrección entre hermanos de sangre y de amor: “Si tu hermano peca contra ti…” (1).- Conducta de unas hermanas para con un hermano causante de la ruina de la familia.
* ¿Quién es el prójimo?.- ■ Jesús no está donde estuvo en la última visión, sino en un vasto jardín que llega hasta el lago… No está mirando a lo mismo que yo. Mira a los pobres enfermos a los que da salud; mira a los viejos mendigos, a los que da dinero; mira a los niños que les ofrecen sus madres para que los bendiga; y mira compasivamente a unas mujeres, hermanas, que le están refiriendo la conducta de su único hermano —causa de la muerte de su madre, por congoja, y de la ruina de ellas mismas—; le ruegan estas pobres mujeres que les dé un consejo y ruegue por ellas. “Verdaderamente oraré por vosotras. Le pediré a Dios que os dé paz y que vuestro hermano se convierta y se acuerde de vosotras, devolviéndoos lo que es justo y, sobre todo, volviendo a amaros. Porque si esto hace, hará todo lo demás. ¿Pero le queréis, o bien le guardáis rencor?, ¿le perdonáis de corazón o bien hay en las lágrimas resentimiento? Porque tampoco él se siente feliz; menos que vosotras; y, no obstante sus riquezas, es más pobre que vosotras, y tiene necesidad de que se le compadezca. No tiene ningún otro amor, y se encuentra sin el amor de Dios. ¿Os dais cuenta cuán infeliz es? Con la muerte —como primero vuestra madre— cerraréis con júbilo esta vida triste que os ha provocado; él, sin embargo, no: es más, de los falsos placeres de ahora pasaría a un tormento eterno y atroz. Venid conmigo. Hablándoos a vosotras voy a hablar a todos”. Y Jesús se dirige al medio de un prado con matas de flores en cuyo centro antes debió de haber estado una estatua; ahora queda solo el pedestal, rodeado con un seto no alto de mirto y rositas. ■ Jesús se pone de espaldas a este seto y hace señal de que va a hablar. Todos se callan y se le acercan. “La paz sea con vosotros. Escuchad. Está dicho: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». ¿Y quién es el prójimo? Todo el género humano tomado en general. Luego, más en particular, todos los de la misma nación; luego, más en particular todavía todos los de la misma ciudad; y luego, restringiendo aún más, todos los parientes; al fin, último círculo de esta corona de amor ceñida cual pétalos de rosa en torno al corazón de la flor, el amor a los hermanos de sangre, que son los primeros prójimos. El centro del corazón de la flor de amor es Dios: el amor a Dios es el primero que hay que tener. Alrededor de este centro, el amor a los padres, que es el segundo que hay que tener, porque realmente el padre y la madre son pequeños «Dios» de la tierra, al crearnos y cooperar con Dios en nuestra creación, además de cuidarnos con amor incansable. Alrededor de este ovario resplandeciente de pistilos, que exhala perfumes de los más selectos amores, se disponen estrechamente ceñidos los círculos de los diversos amores (2). El primer círculo es el del amor a los hermanos nacidos del mismo seno y de la misma sangre de que también nosotros nacimos”.
* “¿Cómo se debe amar al propio hermano? Al hermano por padre y madre, hay que amarle como hermano por Dios, Padre universal. Además se debe amar más el espíritu que la carne del hermano”.- Jesús: “Pero, ¿cómo se debe amar al propio hermano? ¿Tan sólo porque su carne y sangre son iguales que las nuestras? Esto también lo saben hacer los pajaritos que se encuentran en el mismo nido. Ellos, efectivamente, lo único que tienen en común es el haber nacido de una misma nidada y el sentir en común en su lengua el sabor de la saliva materna y paterna. Nosotros los hombres valemos más que los pájaros. Tenemos más que carne y sangre. Tenemos al Padre, además de nuestro padre y madre. Tenemos el alma y tenemos a Dios, Padre de todos. Así pues, hay que saber amar al hermano como hermano por el padre y madre que nos han engendrado, y como hermano por Dios, que es Padre universal. Hay que amarle, por tanto, además de carnalmente, espiritualmente; amarle no sólo por la carne y la sangre, sino por el espíritu que tenemos en común; amar más el espíritu que la carne de nuestro hermano, porque el espíritu es más que la carne, porque el Padre Dios es más que el padre hombre, porque el valor del espíritu es mayor que el de la carne, porque nuestro hermano sería mucho más infeliz si perdiese al Padre Dios que si perdiese al padre hombre. El ser huérfano de padre es algo atroz, pero no es sino una orfandad a medias. Se resiente de ella sólo lo que es terreno: nuestra necesidad de ayuda y caricias. El espíritu, si sabe creer, no queda lesionado por la muerte del padre. Es más, el espíritu del hijo, para seguir al justo hasta el lugar en que se encuentra, asciende como atraído por una fuerza del amor. Y en verdad os digo que ello es amor, amor a Dios y al padre que ha ascendido con su espíritu a un lugar de sabiduría. Asciende a estos lugares donde Dios está más cercano, y obra con más rectitud, porque no le falta lo que es la verdadera ayuda (que son las oraciones de su padre, que ahora sabe amar cumplidamente); ni el freno que le viene de la certeza de que su padre ahora ve las obras de su hijo mejor que en vida, y también del deseo de poderse reunirse con él mediante una vida santa. ■ Por esta razón hay que preocuparse más del espíritu que del cuerpo del hermano. Sería un pobre amor el que tendiese solo a lo que perece, pero descuidando lo que no perece y que, habiéndolo descuidado, puede perder la alegría eterna. Demasiados son los que se afanan por cosas inútiles, se afanan por cosas de relativo mérito, y pierden de vista lo que es verdaderamente necesario. Las buenas hermanas, los buenos hermanos no deben preocuparse solamente de tener en orden la ropa, preparada la comida, o de ayudar a sus hermanos con el trabajo; deben poner atención a los espíritus de sus hermanos y oír sus voces, ver sus defectos, y, con amorosa paciencia, trabajar para darles un espíritu sano y santo, si en esas voces y en esos defectos ven un peligro para su vida eterna; y deben —si recibieron ofensa del hermano— empeñarse en perdonar, y en hacer que Dios le perdone mediante su retorno al amor, sin el cual Dios no perdona”.
* “Os doy una nueva ley sobre las relaciones con el hermano ofensor, hermano de sangre o de amor —porque, cuando uno recibe una ofensa, las muestras de antipatía, desapego e indiferencia ya son odio: simplemente porque no son amor— : «Si tu hermano peca contra ti….»”.Jesús: “Está escrito en el Levítico (3): «No odiarás a tu hermano en tu corazón sino repréndele públicamente para que no te cargues de pecados por su causa». Pero, del no odiar al amar hay todavía un abismo. Os puede parecer que la antipatía, el desapego y la indiferencia no son pecado por el hecho de no ser odio. No. Yo vengo a dar nuevas luces al amor, y, por tanto, necesariamente al odio; porque lo que clarifica al primero en todos sus detalles sabe clarificar en todos sus detalles al segundo; la misma elevación del primero a altas esferas produce como consecuencia un alejamiento mayor del segundo, pues cuanto más se eleva el primero el segundo parece hundirse en un fondo cada vez más profundo. Mi doctrina es perfección, finura de sentimiento y de juicio, verdad sin metáforas ni perífrasis; y os digo que la antipatía, el desapego y la indiferencia son ya odio: simplemente porque no son amor. ¿Podéis dar otro nombre a la antipatía, o al hecho de alejarse de un ser, o a la indiferencia? Quien ama siente simpatía por el amado; así que, si siente antipatía por él, es que ya no le ama. Quien ama sigue cerca del amado con su espíritu, aunque materialmente la vida le haya alejado de él; por esto, cuando alguien se separa de otro con el espíritu, es porque ya no le ama. Quien ama jamás siente indiferencia hacia el amado; antes al contrario, todas sus cosas le interesan; así pues, si uno siente indiferencia por una persona, es señal de que ya no le ama. Como veis, estos tres afectos son ramificaciones de una sola planta: de la del odio. ■ Veamos, ¿qué sucede cuando nos ofende alguien a quien amamos? En el noventa por ciento, si no viene odio, viene antipatía, desapego o indiferencia. No. No os comportéis así. No metáis el hielo en vuestro corazón con estas tres formas de odio. Amad. Y me preguntaréis: «¿Cómo podremos hacerlo?». Os respondo: «De la misma forma que puede Dios, que ama también a quien le ofende; es un amor doloroso, pero siempre bueno». Decís: «¿Y cómo haremos?». Pues bien, os doy una nueva ley sobre las relaciones con el hermano ofensor: «Si tu hermano te ofende, no le humilles reprendiéndole delante de los demás; antes bien, alarga tu amor hasta cubrir la culpa del hermano ante los ojos del mundo»; tendrás gran mérito ante los ojos de Dios, si por amor niegas anticipadamente a tu orgullo toda satisfacción. Oh, ¡cómo le gusta al hombre que se sepa que fue ofendido y que le causó un gran dolor por ello! No va al rey, a pedir dádiva de oro, sino que cual mendigo sin juicio, va donde otros insensatos y pordioseros como él a pedirle unos puñados de ceniza y basura, y sorbos de veneno ardiente: esto da el mundo al ofendido que se va quejándose y mendigando consuelos. Dios, el Rey, da oro puro a quien ofendido, y sin rencor, va a llorar solo a sus pies su dolor y a pedirle a Él, que es Amor y Sabiduría, consuelo de amor y enseñanza por lo que sucedió. Por esto si queréis consuelo id a Dios y obrad con amor. ■ Yo os digo, corrigiendo la ley antigua: «Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas. Si te escucha, habrás ganado de nuevo a tu hermano, y muchas bendiciones de Dios. Pero si tu hermano no te hace caso y, obstinado en su culpa, te rechaza, entonces, para que no se diga que asientes a su pecado o que no te importa el bien del espíritu de tu hermano, toma contigo a dos o tres testigos serios, buenos, dignos de confianza y vuelve con ellos donde tu hermano y repite en su presencia tus observaciones, a fin de que los testigos puedan dar fe de que hiciste cuanto estaba en tu mano para corregir con santidad a tu hermano. Porque éste es el deber de un buen hermano, dado que ese pecado contra ti, cometido por él, lesiona su alma, y tú debes preocuparte de su alma. Si no da resultado esto tampoco, ponlo en conocimiento de la sinagoga, para que le llame al orden en nombre de Dios. Si ni siquiera con esto se corrige sino que rechaza a la sinagoga o al Templo de la misma forma que te rechazó a ti, considérale publicano y gentil». Haced esto con los hermanos de sangre y con los hermanos de amor, pues hasta con vuestro prójimo más lejano debéis obrar con santidad, y sin codicia ni intransigencia ni odio”.
* Reconcíliate con tu hermano antes de ir a los jueces, porque la justicia humana es imperfecta siempre”.-Jesús: “Y cuando haya causas por las que sea necesario ir ante los jueces, y estés yendo ya con tu adversario, Yo te digo, ¡oh, hombre, que muchas veces te ves metido en males mayores por culpa tuya!, te digo que hagas todo lo posible de tu parte, mientras vas de camino, por reconciliarte con él, tengas razón o no; porque la justicia humana es imperfecta siempre y generalmente el astuto logra burlarla, de forma que podría pasar por inocente el culpable y tú, inocente, podrías pasar por culpable. Entonces te sucedería que no sólo no te reconocerían tu derecho, sino que incluso perderías la causa, y que pasarías, de inocente, a la situación de culpable de difamación, con lo cual el juez te entregaría al brazo de la justicia, y no te soltarían hasta que hubieses pagado hasta el último centavo. Ten espíritu conciliador. ¿Con ello sufre tu orgullo? Muy bien. ¿Tu bolsa se mengua? Mucho mejor. Basta con que crezca tu santidad. No tengáis nostalgia por el oro, no seáis ávidos de alabanzas. Procuraos la alabanza que viene de Dios, procuraos una rica bolsa en el Cielo. ■ Y orad por los que os ofenden, para que se enmienden; si ello sucede, serán ellos mismos quienes os restituirán honores y bienes; si no lo hacen, Dios proveerá. Idos. Es hora de la comida. Que se queden sólo los pordioseros para que se sienten a la mesa apostólica. La paz sea con vosotros”. (Escrito el 16 de Septiembre 1945).
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1  Nota  : Cfr.  Mt.  18,15-17.   2  Nota  : La escritora describió y  distinguió en el  episodio 3-196-233 seis amores según la voluntad de Dios y por esto dignos de ser llamados: amor de primera fuerza, hacia Dios; de segunda, amor de los padres hacia sus hijos y viceversa; de tercera, el del esposo hacia su propia esposa y viceversa; de cuarta: hacia el prójimo; de quinta: hacia la ciencia; de sexta, hacia el trabajo.   Nota  : Cfr. Lev. 19,15-18.
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5-357-383 (6-47-289).- Los fariseos y la cuestión del divorcio y del repudio (1).- Los eunucos.
* Los dos formarán una sola carne, un solo cuerpo. Y lo que Dios ha unido, porque ha visto que era una cosa buena, el hombre no separe”.- ■ La plaza de Gadara ha de ser un lugar de comercio. No es un mercado propiamente dicho pero poco le falta, porque está rodeada de tiendas y bodegas. La gente viene a ellas. Y por eso hay mucha gente en la plaza. Alguien conoce a Jesús y pronto un círculo de personas rodea al «Nazareno». Es un círculo en que se encuentra toda clase de rangos sociales y de nacionalidades. Algunos se han acercado por respeto, otros por curiosidad. Jesús hace señal como de que va ha hablar. Un romano, que sale de una bodega, dice: “¡Oigámosle!”. Un compañero le replica: “¿No nos tocará oír alguna lamentación?”. Le responde: “No lo creas, Constancio. Es menos indigesto que cualquiera de nuestros acostumbrados retóricos”. ■ Jesús empieza a hablar: “¡A quien me escucha, la paz! Está dicho en el libro de Esdras (2), en su plegaria: «¿Y qué diremos ahora, ¡oh Dios nuestro!, después de las cosas que han sucedido? ¿Qué, si hemos abandonado los mandamientos que nos diste a conocer por medio de tus siervos…?»”. ■ Un puñado de fariseos, que se abre paso entre la gente, grita: “Detente, Tú que estás hablando. El tema te lo vamos a dar nosotros”. Y casi al mismo tiempo, vuelve a aparecer la unidad armada y se detiene en el ángulo más cercano. Los fariseos, que están ya frente a Jesús: “¿Eres Tú el Galileo? ¿Eres Jesús de Nazaret?” Jesús: “Sí”. Fariseos: “¡Sea alabado Dios, porque te hemos encontrado!”. La verdad es que tienen unas caras de tanta mala uva, que no se ve que estén alegres por el encuentro. El de mayor edad dice: “Hace muchos días que te hemos venido siguiendo. Siempre llegamos después de que has partido”. Jesús: “¿Por qué me seguíais?”. Fariseos: “Porque eres el Maestro y queremos que nos enseñes en un punto oscuro de la Ley”. Jesús: “No existen puntos oscuros en la Ley de Dios”. Fariseos: “En ella, no. Pero… en fin… pero la Ley ha sufrido «añadiduras» como Tú dices… en fin… ¡que la han hecho oscura!”. Jesús: “A lo más, se tratará de penumbras. Basta con dirigir la mente a Dios para que desaparezcan aun éstas”. Fariseos: “No todos lo saben hacer. Nosotros, por ejemplo, nos encontramos en la penumbra. ¡Tú eres el Rabí, así que ayúdanos!”. Jesús: “¿Qué queréis saber?”. ■ Fariseos: “Queríamos saber si le es lícito al hombre repudiar por cualquier motivo a su propia mujer. Es una cosa que sucede con frecuencia, y, cada vez que ocurre, da mucho que hablar. Se dirigen a nosotros para saber si es lícito, y nosotros, según el caso, damos la respuesta”. Jesús: “Aprobando lo sucedido en el noventa por ciento de los casos. Y el diez por ciento restante, que no aprobáis, pertenece a la categoría de los pobres o de vuestros enemigos”. Fariseos: “¿Cómo lo sabes?”. Jesús: “Porque esto es lo que sucede en todas las cosas humanas. Y agrego a la categoría la tercera clase: la que —si fuera lícito el divorcio— crearía un derecho más para hacerlo, por ser la de los verdaderos casos vergonzosos: como una lepra incurable, o una condena perpetua, o enfermedades que no conviene mencionar…”. Fariseos: “Entonces según Tú no es licito el divorcio”. Jesús: “Ni para Mí, ni para el Altísimo, ni para ninguno de corazón recto. ¿No habéis leído que el Creador, en el principio de los días, creó al hombre y a la mujer? Y los creó varón y hembra; y no tenía necesidad de hacerlo, porque, si hubiera querido, habría podido, para el rey de la creación, hecho a imagen y semejanza suya, crear otro modo de procreación, y hubiera sido igualmente bueno, bueno aun siendo distinto de todos los otros naturales. Dijo: «Así, por eso el varón dejará a su padre y madre y se unirá a su mujer, y los dos formarán una sola carne» (3). Así pues Dios los unió en una sola unidad. No son, por tanto, «dos» sino «una» sola carne, un solo cuerpo. Lo que Dios ha unido porque ha visto que es «cosa buena», el hombre no lo separe, porque si esto sucediera, sería ya una cosa no buena”.
* Moisés os dio el libelo de repudio para evitar desórdenes más graves. Solo en el caso de… podéis despedirla… pero no porque esté cansado de ella”.-Fariseos: “Pero entonces ¿por qué Moisés dijo: «Si el hombre ha tomado consigo mujer, pero la mujer no ha hallado gracia ante sus ojos por algún defecto desagradable, él escribirá un libelo de repudio, se lo entregará en mano y la despedirá de su casa»?”(4). Jesús: “Lo dijo por la dureza de vuestro corazón. Para evitar de este modo desórdenes más graves. Esta es la razón por la que os permitió repudiar a vuestras mujeres, pero no fue así en el principio, porque la mujer vale más que un animal, el cual sigue el capricho del amo o de las libres circunstancias naturales, y va a este o a aquel macho, pero es un ser que no tiene alma, y solo sirve para la reproducción. Vuestras mujeres tienen alma como la tenéis vosotros, y no es justo que la pisoteéis sin compasión alguna. Porque si bien la condena dice a Eva «Estarás sujeta a la autoridad del marido y él te dominará» (5) esto debe realizarse según justicia y no con abuso de poder, que daña los derechos del alma que es libre y digna de que se le respete. ■ Vosotros, con el repudio, que no os es lícito, ofendéis al alma de vuestra compañera, a la carne gemela que se ha unido a la vuestra, a ese todo que es la mujer con quien os casasteis exigiendo su honestidad, mientras que vosotros ¡perjuros! vais a ella deshonestos, y tal vez hasta corrompidos, y seguís corrompidos, y aprovecháis todas las ocasiones para herirla, y dar mayor campo a vuestra insaciable lujuria que os quema. ¡Sois unos prostituidores de vuestras mujeres! ■ Por ningún motivo podéis separaros de vuestra mujer que está unida a vosotros según la Ley y la Bendición. Solo en el caso que la gracia os toque, y comprendáis que la mujer no es una propiedad sino un alma, y que, por tanto, tiene iguales derechos que vosotros de ser reconocida parte del hombre y no su objeto de placer; y sólo en el caso de que vuestro corazón sea tan duro que no la podáis elevarla a esposa, después de haber gozado de ella como si fuera una prostituta, solo en el caso de anular este escándalo de dos que conviven sin que Dios bendiga la unión, podéis despedirla. Porque entonces vuestra vida no es una unión matrimonial, sino fornicación, y frecuentemente sin el honor de unos hijos, porque, o son abortados forzando la naturaleza o repudiados como una vergüenza. ■ Y en ningún otro caso es lícito. En ningún otro. Porque si tenéis hijos ilegítimos de vuestra concubina, tenéis el deber de poner término al escándalo casándoos con ella, si sois libres. No me refiero al caso del adulterio consumado contra la esposa que lo ignora. Si es así, son benditas las piedras de lapidación y las llamas del Scheol (6). ■ Y para el que repudia a su esposa legítima, porque está cansado de ella, y toma a otra, hay solo una sentencia: ése es adúltero. E igualmente adúltero es quien toma a la repudiada, porque, si el hombre se ha arrogado el derecho de separar lo que Dios unió, la unión matrimonial continúa ante los ojos de Dios, y maldito es aquel que se casa con otra mujer sin ser viudo. Y maldito es aquel que toma otra vez a su mujer primera después de haberla despedido por repudio y haberla abandonado a merced de los azares de la vida, que la obligaron a casarse para tener un pedazo de pan, si queda viuda del segundo marido. Porque aunque viuda, fue adúltera por culpa vuestra, y vosotros haríais doble su adulterio ¿Habéis comprendido, fariseos, que me tentáis?”. Ni pío dicen. Con la cabeza gacha se van por donde vinieron.
* Tres clases de eunucos. Opción para los casados: eunucos voluntarios.- ■ Un romano dice: “¡Es severo este hombre! ¡Si fuera a Roma vería que allí fermenta un fango más hediondo!”. También algunos de Gadara protestan: “¡Es cosa dura ser hombres, si hay que ser castos de esa forma!…”. Y algunos levantando la voz: “¡Si tal es la condición del hombre respecto de la mujer, es mejor no casarse!”. Y también los apóstoles repiten este último razonamiento, mientras toman de nuevo el camino que lleva hacia los campos, tras haber dejado a los de Gadara. Judas lo dice con sarcasmo. Lo dice Santiago de Zebedeo con respeto y madurez. Jesús responde al uno y al otro. “No todos comprenden esto, ni lo comprenden bien. De hecho, algunos prefieren no casarse para dar rienda a sus vicios; otros, para evitar la posibilidad de pecar, siendo maridos no buenos. Solo algunos, a quienes les es concedido, comprenden la hermosura de abstenerse de la sensualidad e incluso de una honesta hambre de mujer. Son los más santos, los más libres, los seres más angelicales que haya sobre la tierra. Me refiero a los que se han hecho eunucos por el Reino de Dios. ■ Hay hombres que nacen así. A otros los hacen eunucos. Los primeros son personas deformes que deben suscitar compasión; los segundos… son resultado de abusos que deben desaparecer. Mas está esa tercera categoría, la de eunucos voluntarios, los cuales, sin emplear la violencia para consigo —por lo tanto con doble mérito—, siguen el reclamo de Dios y viven como ángeles para que el altar solitario de la tierra tenga todavía flores e inciensos para el Señor. Éstos niegan a la parte inferior satisfacciones, para crecer en la parte superior, de forma que ésta florezca, en el Cielo, en los jardines más cercanos al trono del Rey. En verdad os digo que no son personas mutiladas, sino seres dotados de aquello de lo que falta a la mayor parte de los hombres. No pueden ser objeto de burla, sino más bien de profundo respeto. Comprenda esto quien debe y respete, si puede”. ■ Los apóstoles casados hablan entre sí en voz baja. Jesús pregunta: “¿Qué os pasa?”. Bartolomé habla en nombre de los demás: “¿Y nosotros? Nosotros no sabíamos tales cosas y nos casamos. Pero nos gustaría ser como dices…”. Jesús: “Nadie ha dicho que no lo podáis ser. Vivid continentes, viendo en vuestra mujer a vuestra hermana, y tendréis un gran mérito ante los ojos de Dios”. (Escrito el 1 de Diciembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 19,3-12; Mc. 10,2-12.   2  Nota  : Cfr. 1 Esd. 9,5-15.   3  Nota  : Cfr. Gén. 1,26-28; 2,18-25.   Nota  : Cfr. Deut. 24,1-4.   5  Nota  : Cfr. Gén. 3,16.   6  Nota  : Cfr. Deut. 22,22-27.
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(<Jesús se encuentra en las laderas de un monte dirigiendo la palabra a una multitud congregada. También hay un grupo de esenios. Uno de ellos arremete contra los fariseos que están “embadurnados de animalidad” a pesar de sus vestidos y de llamarse “los apartados”. Jesús apoya las palabras del esenio pues en verdad las vestiduras de los fariseos no corresponden a su santidad. Y termina con una llamada al arrepentimiento>)
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6-381-140 (7-71-473).- Reprensión a los fariseos (1).- La Ley y los profetas (2).- Divorcio-Adulterio (3)
* Reprensión a los fariseos.- ■ Jesús dice: “Arrepentíos. Venid al amor y a la paz. Dejad que el amor de Dios pueda derramarse sobre vosotros. Consolad este amor que sufre por vuestra resistencia, por vuestro miedo, por vuestros titubeos. Os lo ruego en nombre del Padre mío y vuestro. Venid a la Vida y a la Verdad, y conseguiréis la vida eterna”. Un hombre de la muchedumbre grita: “Yo soy rico y pecador. ¿Qué debo hacer para ir?”. Jesús: “Renuncia a todo por amor a Dios y por amor a tu alma”. Los fariseos murmuran y satirizan a Jesús como “vendedor de cosas ilusorias y de herejías”, como “pecador que pasa por santo”, y le advierten que los herejes son siempre herejes, y que eso son los esenios. Dicen que las conversiones repentinas no son sino exaltacio­nes momentáneas y que el impuro seguirá siéndolo siempre, el la­drón ladrón, el homicida homicida, para terminar diciendo que sólo ellos, que viven en santidad perfecta, tienen el derecho al Cielo y a predicar a los demás. ■ Jesús dice: “El día había empezado feliz. Una siembra de santidad caía en los corazo­nes. Mi amor, nutrido por el beso de Dios, daba a las semillas vida. El Hijo del hombre se sentía feliz de santificar… Vosotros me amar­gáis el día. Pero no importa. Yo os digo —y si no soy dulce la culpa es vuestra—, Yo os digo que sois de esos que se muestran justos, o tratan de hacerlo, a los ojos de los hombres, pero que no lo son. Dios conoce vuestros corazones. Lo que es grande a los ojos de los hom­bres es abominable ante la inmensidad y perfección de Dios”.
* “La Ley severa y los profetas amenazadores que me han anunciado, llegan hasta Juan. De Juan en adelante viene el Reino de Dios, el Reino del amor. Y digo a los humildes: «Entrad en él. Es para vosotros». Todos los que tienen buena voluntad se esfuerzan en entrar. Pero para los que no quieren golpearse el pecho y decir «He pecado», no habrá Reino. ¿Decís que cambio la Ley? No. No mintáis. Devuelvo a la Ley su primitiva forma, que vosotros habéis alterado. Porque es una Ley que durará cuanto dure la Tierra, y antes desaparecerán el cielo y la tie­rra  que una de sus palabras”.-  Jesús: “Voso­tros citáis la Ley antigua. ¿Por qué, entonces, no la vivís? Modificáis para ventaja vuestra la Ley, cargándola con pesos que os producen una ventaja. ¿Por qué, entonces, no dejáis que Yo la modifique en fa­vor de estos pequeños, quitándole todas las fórmulas y sutilezas car­gosas, inútiles, de los preceptos que habéis establecido vosotros, ta­les y tantos que la Ley esencial desaparece bajo ellos y muere ahoga­da? Yo siento compasión de estas turbas, de estas almas que buscan respiro en la Religión y encuentran un nudo corredizo; que buscan el amor y encuentran el terror… ■  No. ¡Venid, pequeños de Israel! ¡La Ley es amor! ¡Dios es amor! Esto digo a los que vosotros atemorizáis. La Ley severa y los profetas amenazadores que me han anunciado sin lograr mantener distancia­do el pecado, a pesar de los gritos de su profetismo angustioso, lle­gan hasta Juan. De Juan en adelante viene el Reino de Dios, el Reino del amor. Y digo a los humildes: «Entrad en él. Es para vosotros». Todos los que tienen buena voluntad se esfuerzan en entrar. Pero, para los que no quieren agachar la cabeza,  golpearse el pecho, decir: «He pecado», no habrá Reino. Está escrito: «Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz» (4).  ■ Esta tierra vio el prodigio de Eliseo, que hizo dulces las aguas amargas echando en ellas la sal (5). ¿Y Yo no echo la sal de la Sabiduría en vuestros corazones? ¿Y entonces por qué sois inferiores al agua y no cambiáis vuestro espíritu? Añadid a vuestras fórmulas mi sal y tendrán un nuevo sabor, porque devolverán a la Ley su fuerza primitiva. En vosotros, los más necesitados, antes que en ningún otro. ¿Decís que cambio la Ley? No. No mintáis. Devuelvo a la Ley su primitiva forma, que vosotros habéis alterado. Porque es una Ley que durará cuanto dure la Tierra, y antes desaparecerán el cielo y la tie­rra que una de sus palabras, uno de sus consejos, pase. Y si la cambiáis, por satisfacer vuestro gusto, y entráis en sutilezas buscando escapatorias a vuestras culpas, sabed que ello de nada os sirve. ¡De nada te sirve, Samuel! ¡De nada, Isaías!
* Divorcio-Adulterio. Jesús: “Perma­nentemente está escrito: «No cometas adulterio» (6). Yo completo: «Quien despide a su esposa para tomar otra es adúltero, y quien se casa con una mujer repudiada por su marido es adúltero, porque solo la muerte puede dividir lo que Dios ha unido». Pero las palabras duras son para los pecadores impenitentes. Los que han pecado, pero se afligen por haberlo hecho, sepan, crean que Dios es Bondad, y se acerquen a Aquel que ab­suelve, perdona y admite a la Vida. Salid de aquí con esta certeza. Esparcidla en los corazones. Predicad la misericordia que os da la paz bendiciéndoos en el nombre del Señor”. (Escrito el 10 de Febrero de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 16,14-15.   2  Nota  : Cfr. Lc. 16,16-17.   3  Nota  : Cfr. Lc. 16,18-18.  4  Nota  : Cfr. Deut. 10,12-22.  5  Nota  : Cfr. 2 Rey. 2,19-22.  6  Nota  : Cfr. Ex. 20,14; Deut. 5,21.
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(<Jesús y los apóstoles están en el vado de Jericó y Betabara predicando. La casita de Salomón (1), junto al vado, les va a servir de alojamiento. En esta casucha se encuentran ahora, limpiándola y preparándola para establecerse allí unos días>)
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6-384-159 (7-74-492).- Encuentro con el anciano Ananías abandonado por su nuera, viuda.- La conducta de Jesús con el anciano conmueve a Pedro.
* Las lágrimas de un anciano… son tristes, aun cuando las arranque la alegría.- ■ Entran Santiago, Juan, Andrés y Tomás cargados de cañas. Pero Tomás trae también casi arrastrando a un pobre viejecillo, que es todo harapos y con los ojos blancos por las cataratas. “Maestro, estaba buscando raíces en la orilla y por poco se cae al agua. Se ha quedado solo desde hace unos meses, porque el hijo que le mantenía ha muerto; su nuera ha regresado a su casa y él… vive como puede. ¿Verdad, padre?”. El anciano, mientras le giran los ojos velados, dice: “Sí, sí. ¿Dónde está el Señor?”. Tomás: “Está aquí. ¿Ves a aquel vestido blanco? Es Él”. Jesús se acerca y le toma de la mano. “Estás solo. ¡Pobre padre! ¿No nos ves?”. Anciano: “No. Mientras tuve la vista hacía cestos, nasas y redes. Pero ahora… Veo más bien con los dedos que con los ojos. Cuando busco las hierbas me equivoco, y algunas veces como hierbas que me hacen mal al estómago”. Jesús: “Pero en el pueblo…”. Anciano: “¡Oh! Todos son pobres y cargados de hijos. Yo soy viejo… Si se muere un borrico… duele. ¡Pero se muere un viejo!… ¿Qué es un viejo? ¿Qué soy yo? Mi nuera todo me quitó. Si me hubiera llevado consigo, como si fuera una oveja vieja, para que tuviera de cerca a los nietecitos…”. Llora recargado sobre el pecho de Jesús, que le tiene entre sus brazos, le acaricia. Jesús: “¿No tienes casa?”. Anciano: “La vendí”. Jesús: “¿Y cómo vives?”. Anciano: “Como las bestias. Los primeros días me ayudaba la gente, pero luego se cansó…”. Mateo observa: “Salomón está degenerando entonces, porque él es generoso”. Felipe dice: “Sí, es generoso pero con nosotros. ¿Por qué no le ha dado la casa a este anciano?”. Anciano: “Porque, cuando pasó por aquí la última vez, tenía yo todavía mi casa. Salomón es bueno. Hace tiempo que los del pueblo le llaman «loco», y ya no hacen lo que él había enseñado que había que hacer”. ■ Jesús: “¿Estarías a gusto aquí conmigo?”. Anciano: “Sí. ¡Ya no echaría de menos a mis nietos!”. Jesús: “¿Aunque sigas siendo pobre y ciego, te contentarías con servirme para ser feliz?”. Anciano: “¡Sí!”. Es un «sí» tembloroso pero claro… Jesús: “Está bien, padre. Escucha. Tú no puedes caminar como Yo. No puedo quedarme aquí, pero podemos querernos y hacernos mutuamente el bien”. Anciano: “Tú sí me lo puedes hacer. Pero yo… ¿qué puede hacer el viejo Ananías?”. Jesús: “Guardarme la casa y el huerto para que cuando regrese todo esté bien. ¿Te gusta?”. Ananías: “¡Sí! Pero soy ciego… La casa… me acostumbraré a sus paredes. Pero el huerto… ¿cómo puedo cuidar de él, si no distingo las hierbas? ¡Oh, qué hermoso sería servirte, Señor! Terminar así la vida…”. El anciano se lleva las manos al pecho soñando en algo imposible. Jesús sonriente se inclina, y le besa sobre los empañados ojos… Ananías no sale de asombro: “Pero… empiezo a ver… ¡Veo!… ¡Oh!…”. Vacila de alegría, y si Jesús no le sujetara caería de la emoción. Pedro, lleno de emoción, exclama: “¡Claro… la alegría”. Tomás explica: “¡Y también el hambre!… Nos ha dicho que hace días que vive solo a base de raíces, sin aceite ni sal…”. Pedro: “Por eso le trajimos aquí. Para darle de comer”. Todos dicen compadecidos: “¡Pobre viejo!”. ■ El anciano cae en la cuenta de lo que ha pasado. Llora. Llora. Las lágrimas de un anciano… son tristes, aun cuando las arranque la alegría. En voz baja susurra: “¡Ahora sí puedo servirte, bendito! ¡Mil veces bendito seas!”. Y quiere besar los pies de Jesús. Jesús: “No, padre. Ahora vamos adentro y comeremos. Luego te daremos un vestido. Tú estarás entre hijos y nosotros tendremos un padre que nos dará su bienvenida cada vez que volvamos, y su bendición cada vez que salgamos. Iremos a buscar dos palomas para que tengas quien te acompañe. Buscaremos semillas para el huerto y las sembrarás en la tierra, así como sembrarás en los corazones de esta gente la fe en Mí”. Ananías: “Enseñaré la caridad. ¡No tienen!”. Jesús: “También. Pero sé dulce…”. Ananías: “Lo seré. Ni una palabra dura dije a mi nuera cuando me abandonaba. Comprendí y perdoné”. Jesús: “Te lo leí en el corazón, por eso te he amado. Ven, ven conmigo…” y entra llevando de la mano al anciano.
* Una lección de Jesús que a Pedro le llega más al corazón que no cuando majestuoso lanza rayos.- ■ Pedro los ve caminar y se seca una lágrima con el dorso de la mano antes de continuar el trabajo. Andrés: “¿Lloras, hermano?”. Pedro no responde. Andrés de nuevo: “¿Por qué lloras, hermano?”. Pedro: “Ocúpate de tus legumbres. Si lloro es porque… bueno, yo sé por qué”. Varios dicen: “Dínoslo también a nosotros. ¡Vamos, sé bueno!”. Pedro: “Es porque… porque me llegan más al corazón estas cosas, tan… tan… bueno este tipo de lecciones, que no cuando imponente y majestuoso lanza rayos”. Iscariote exclama: “¡Es entonces cuando se descubre en Él al Rey!”. Bartolomé hace notar: “Y en esto se ve al Santo. Pedro tiene razón”. Las opiniones son diversas: “Pero para reinar tiene que ser fuerte”. “Para redimir santo”. “Para las almas, sí. Pero para Israel…”. “Israel no será jamás Israel si las almas no se santifican”. Los síes y los noes se entrecruzan. Cada uno se mantiene en su parecer. El anciano sale con una jarra en la mano. Va a traer agua de la fuente. Está tan feliz que no parece el de antes. Andrés pregunta: “Anciano padre, escucha ¿según tú, de qué tiene necesidad Israel para ser grande, de un rey o de un santo?”. Ananías: “De Dios tiene necesidad. De este Dios que allí está orando y meditando. ¡Ah, hijos, sed buenos, vosotros quienes le seguís! ¡Sed buenos, buenos! ¡Qué favor tan grande os ha hecho el Señor! ¡Qué gracia!” y se va agitando sus brazos hacia el cielo y diciendo: “¡Qué gracia! ¡Qué gracia!”. (Escrito el 16 de Febrero de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Salomón, el barquero.
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(<Es continuación del episodio anterior>)
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6-385-162 (7-75-495).- “¡Bienaventurados los que aman y honran a los ancianos!”.
* Todos los ancianos justos son un padre y una bendición para el lugar que los hospeda y para quien los socorre”.- ■ El grupo sale de la casita. El anciano se les ha unido vestido con la túnica de algún apóstol de pequeña estatura. Jesús empieza a decir: “Si quieres quedarte, padre…”. Pero el anciano le interrumpe: “¡No, no! ¡También voy yo! ¡Oh, déjame que vaya! ¡Ayer comí! ¡Dormí esta noche y en cama! No tengo ninguna pena en el corazón. Me siento tan fuerte como un joven…”. Jesús: “Entonces, ven. Estarás conmigo, con Bartolomé y con mi hermano Judas (1). Vosotros, de dos en dos, esparcíos como se os dijo. Antes de la siesta estad todos aquí. Idos y la paz sea con vosotros”. Se separan. Unos van en dirección del río, otros hacia los campos. Jesús es el último en partir. Atraviesa lentamente el pueblo, y no pasa desapercibido a los pescadores que regresan del río o que van a él, ni a las diligentes amas de casa que se han levantado con el alba para lavar la ropa, para limpiar sus pequeñas huertas o para hacer el pan. Pero ninguno dice nada. ■ Solo un muchachillo que lleva siete ovejas al río, pregunta al anciano: “¿A dónde vas, Ananías? ¿Te vas de aquí?”. Ananías: “Voy con el Rabí. Pero vuelvo con Él. Soy su siervo”. Le dice Jesús con aspecto solemne: “No. Eres mi padre. Todos los ancianos justos son un padre y una bendición para el lugar que los hospeda y para quien los socorre. ¡Bienaventurados los que aman y honran a los ancianos!”. El muchachillo le mira atemorizado, y luego: “Yo… siempre le daba un poco de mi pan…” como para decir: “No me regañes que no lo merezco”. Ananías: “Miguel fue siempre bueno conmigo. Era amigo de mis nietos… y siguió siendo mío. Tampoco su madre es mala. Me ayudaría. Pero tiene once hijos y viven todos con la pesca…”.
* “Dios ayudará siempre a quien como puede auxilia a un pobre. Muchas veces decir «no puedo»: es una mentira. Siempre hay medios: un bocado que sobra, una manta deshilachada, un vestido arrinconado…”.- ■ Algunas mujeres se acercan curiosas y escuchan. Jesús dice: “Dios ayudará siempre a quien como puede auxilia al pobre. Y siempre hay medios de hacerlo. Muchas veces decir «no puedo» es una mentira. Cuando se quiere, se encuentra siempre un bocado de sobra, una manta deshilachada, un vestido que se ha arrinconado porque no se le usa más. El Cielo recompensa. Dios te devolverá, Miguel, los pedazos de pan que le diste”. Y acaricia al muchacho. Se va. Las mujeres se quedan cabizbajas donde estaban. Luego preguntan al muchacho el cual les cuenta lo que sabe. El miedo se apodera de las avaras mujeres que no quisieron ayudar al anciano. ■ Entretanto, Jesús ha llegado a la altura de la última casa y ahora se dirige hacia la bifurcación, que desde el camino principal se desvía hacia el pueblecito. Desde aquí se ve que por el camino principal pasan caravanas que van a Decápolis o a la Perea. Jesús: “Vamos allá y predicamos. ¿Quieres hacerlo también tú, padre?”. Ananías: “No soy capaz. ¿Qué debo decir?”. Jesús: “Sí que sabes. Tu alma conoce la sabiduría del perdón, de ser fiel a Dios y la resignación aun en las horas del dolor. Sabes que Dios socorre a quien espera en Él. Ve y dilo a los peregrinos”. Ananías: “¡Ah, esto sí!”. Jesús: “Judas, ve con él. Yo me quedo con Bartolomé en la bifurcación”. Y así es: en llegando allí, se pone a la sombra de un grupo de plátanos frondosos, y espera paciente. (Escrito el 16 de Febrero de 1946).
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1  Nota  : “Con mi hermano Judas”. Realmente Judas es el primo de Jesús. En el mundo arameo, el arameo es la lengua que habla Jesús, los primos eran «hermanos». José, esposo de la Virgen María, es el hermano de Alfeo, que estaba casado con María de Cleofás —María de Alfeo—. De este matrimonio de Alfeo y María de Cleofás son los cuatro hijos: Santiago y Judas Tadeo —ambos apóstoles de Jesús—, José y Simón, que son llamados «hermanos» tanto en esta Obra como en los Evangelios. Siendo, por tanto, primos de Jesús. Cfr. Personajes de la Obra magna: «Hermanos de Jesús».
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(<El Anciano sanedrista Juan ha llegado a la casa de José de Arimatea, y, por la urgencia que requería su caso, ha llegado antes de terminar el sábado, es decir, antes del crepúsculo, aun a sabiendas de que estaba violando la ley del sábado. Quiere que su amigo José interceda ante el Maestro, pues su mujer Ana, —una mujer que nunca sale de casa, que prefiere el campo a la ciudad, humilde y discreta, amorosa con el esposo y los niños— le ha manifestado su determinación de abandonarle. Busca al Maestro porque, según Juan, “el Rabí perfecto, solo Él, puede reconstruir su casa y darle de nuevo a Ana”>)
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6-409-302 (7-98-616).- Juan el Anciano, un escriba sanedrista, a causa de su forma de vida conyugal y los celos, ¡los celos!, ve peligrar el futuro de su matrimonio.
* “¿Cómo pides absolu­ción por violar el sábado y no la pides por faltar al amor, torturar a una inocente, de llevarla a la desesperación y al umbral del pecado al alma de tu esposa?”.- ■ El Anciano Juan dice: “José, amigo, déjame estar aquí esperándole”. José: “El Maestro está aquí. Partirá después de la puesta del sol. Voy a llamarle”, y José sale… Pocos minutos de espera y la cortina se separa nuevamente para dejar paso a Jesús… Juan se pone de pie y se inclina con respetuoso saludo. Jesús le dice: “La paz a ti, Juan. ¿Por qué motivo me buscas?”. Sanedrista Juan: “Para que me ayudes a ver… y para que me salves. Soy muy infe­liz. He pecado contra Dios y contra mi carne gemela. Y de pecado en pecado he llegado a violar la ley del sábado. Absuélveme, Maestro”. Jesús: “¡La ley del sábado! ¡Grande, santa ley! ¡Lejos de Mí el pensa­miento de considerarla pequeña y superada! Pero ¿por qué la ante­pones al primero de los mandamientos? ¿Y cómo es que pides absolu­ción por haber violado el sábado y no la pides por haber faltado al amor y torturado a una inocente, y haber llevado a la desesperación y al umbral del pecado al alma de tu esposa? ¡Por esto debes angus­tiarte más que por todas las otras cosas! Por haberla calumniado…”. ■ Sanedrista Juan: “Señor, sólo con José, hace poco, he hablado de ella. Con ningún otro, créelo. Tenía tan adentro y escondido mi dolor, que ni siquiera José, buen amigo mío, había caído en la cuenta de ello y se ha quedado sorprendido. Ahora él te lo ha dicho, para poder ayudarme. El justo José no se lo dirá a ninguna otra persona”. Jesús: “Conmigo no ha hablado. Me ha dicho solamente que me buscabas”. Sanedrista Juan: “¿Y entonces cómo lo sabes?”. Jesús: “¿Cómo lo sé? Como sabe Dios los secretos de los corazones. ¿Quieres que te diga el estado del tuyo?”… José hace ademán de retirarse discretamente. Pero es el propio Juan el que le detiene diciendo: “¡Quédate! ¡Tú eres amigo mío! Puedes ayudarme ante el Rabí, tú, que me acompañaste cuando me casé…”, y José vuelve a ponerse junto a los dos. ■ Jesús: “¿Quieres que te lo diga? ¿Quieres que te ayude a conocerte? ¡No temas! No tengo mano cruel. Sé descubrir las heridas. No las hago sangrarlas para curarlas. Sé comprender y compadecerme. Y sé curar; con la condición de que haya voluntad de ser curado. Tú tienes este deseo. Tanto que me has buscado. Siéntate aquí, a mi lado, entre Mí y José. Él fue el paraninfo en tu boda terrena, Yo quisiera ser el paraninfo en tu boda espiritual… ¡Oh, cuánto lo quisiera!… ¡Así!”.
* Si Dios ha hecho bien uniendo al hombre y a la mujer, siendo una carne sola, un cuerpo solo ¿por qué tú, un convencido de ello, no amas a tu cuerpo? ¿Por qué odias hasta hacer que brote una gangrena entre uno y otro miembro?”.- ■ Jesús prosigue: “Y ahora escúchame bien. Y responde con sinceridad a todo. ¿Tú qué piensas: hizo Dios bien o mal al unir al hombre y a la mujer? ¿Fue un acto bueno o un acto malo?”. Sanedrista Juan: “Bueno, Señor. Como todas las cosas hechas por Dios”. Jesús: “Has respondido bien. Ahora dime: si el acto era bueno, ¿cuáles debían ser sus consecuencias?”. Sanedrista Juan: “Igualmente buenas, Señor. Y fueron buenas, a pesar de que Satanás entrara a destruirlas, porque Adán siempre encontró confortación en Eva y Eva en Adán. Es más, fue aún más sensible esta confortación cuando solos, desterrados por la Tierra, fueron ayuda el uno para el otro. Y fueron buenas las consecuencias materiales, o sea, los hijos, por los cuales se propagó el hombre, y a través de los cuales brilló el poder y la bondad de Dios”. ■ Jesús: “¿Por qué? ¿Cuál poder y cuál bondad?”. Sanedrista Juan: “Hombre, pues… la que ha sido desarrollada en favor de los hombres. Si miramos hacia atrás… sí… hay justos castigos, pero hay también, y más numerosos, actos de bondad… Bondad infinita es el Pacto establecido con Abraham y repetido luego a Jacob, y así hasta… hasta el día de hoy. Y repetido por bocas sin mentira: los profetas… hasta Juan…”. José interrumpe: “Y por la boca del Rabí, Juan”. Sanedrista Juan: “No es boca de profeta… No es boca de Maestro… Es… algo más”. Jesús sonríe, aunque casi imperceptiblemente, ante la tenue… profesión de fe del Anciano, que no es capaz de decir: “Es boca divina”, pero que ya lo piensa. ■ Jesús dice: “Entonces Dios ha hecho bien uniendo al hombre y a la mujer. Está escrito. ¿Pero cómo quiso que fueran el hombre y la mujer?”. Sanedrista Juan: “Una carne sola, un cuerpo solo”. Jesús: “Bien. ¿Entonces puede el cuerpo odiarse a sí mismo?”. “No”. “¿Puede un miembro odiar al otro miembro?”. “No”. “¿Puede un miembro separase del otro miembro?”. “No. Sólo una gangrena o una lepra o una desgracia pueden separar un miembro del resto del cuerpo”. Jesús: “Muy bien. ¿Entonces solamente una cosa muy dolorosa o perversa puede separar lo que la voluntad de Dios quiso que fuese «una unidad única»?”. Sanedrista Juan: “Así es, Maestro”. ■ Jesús: “¿Entonces por qué tú, convencido como estás de estas cosas, no amas a tu cuerpo? ¿Por qué lo odias hasta hacer que brote una gangrena entre uno y el otro miembro, por lo cual, el miembro más débil, se separa y te deja solo?”. Juan agacha la cabeza y guarda silencio mientras manosea las franjas de la túnica..
* Satanás ha entrado en ti con un amor desordenado (es odio) hacia tu mujer, ha trabajado en tu sensualidad para hacerte pecar. En tu mujer no has visto solo la buena compañera, la madre de tus hijos sino el objeto de placer. Y esto ha alterado tu visión. De aquí arrancan tus celos, tus sospechas, tus calumnias. ¡Los celos!…”.-Jesús: “Yo te digo el porqué. Porque Satanás ha entrado, a turbar, entre ti y tu mujer. Es más, ha entrado en ti con un amor desordenado ha­cia tu mujer. El amor, cuando es desordenado se transforma en odio, Juan. Satanás ha trabajado en tu sensualidad de varón para conse­guir hacerte pecar. Porque ahí ha empezado tu pecado. A partir de un desorden que ha sido causa de nuevos y cada vez mayores desor­denes. En tu mujer no has visto solamente la buena compañera y la madre de tus hijos, sino también el objeto de placer. Y esto te ha puesto pupilas como las del buey, que ve todo alterado. Has visto co­mo tú veías. Así has visto a tu mujer. Como la consideraste como objeto de placer para ti, así la has juzgado lo mismo para los demás. De aquí arrancan tus febriles celos, tu miedo infundado, tu orgullo pecaminoso que ha hecho de ella una miedosa, una encarcelada, una torturada, una calumniada. ■ ¿Qué importa si no la pegas, si públicamente no la injurias? ¡Tu sospecha es un palo! ¡Tu duda es una calumnia! La calumnias al pensar que es capaz de llegar a traicionarte. ¿Qué importa si la tratas como crees que debe ser tratada, como su rango te impone? En lo íntimo de tu casa es para ti menos que una esclava, por tu bestial lujuria, que la humilla hasta el no poder más, y que ha sido soportada siempre por ella en silencio y con docilidad esperando que te persuadiría, te calmaría, te haría bueno, y lo cual no ha servido sino para aumentar tu exasperación, hasta el punto de que has hecho de tu casa un infierno donde rugen los demonios de la lujuria y de los celos. ■ ¡Los celos! ¿Qué habrá más calumniador, para una esposa, que los celos? ¿Y cuál puede ser el verdadero estado de un corazón celoso? Debes creer que donde los celos se anidan —¡y tan estúpidos e irracionales, infundados, ofensivos y obstinados!— no hay ni amor al prójimo ni amor a Dios. Lo que hay es egoísmo. ¡Por esto debes angustiarte, no por haber violado unos cuantos minutos del sába­do! Y para ser perdonado debes reparar el mal que has provocado…”. Sanedrista Juan: “Pero Ana se quiere marchar ya… Ven a convencerla Tú… Sólo Tú puedes, oyéndola hablar, juzgar si verdaderamente es inocente y…”. Jesús: “¡¡Juan!! ¿Quieres sanar y no quieres creer en lo que digo?”. Sanedrista Juan: “Tienes razón, Señor. Cámbiame el corazón. Es verdad. No tengo motivo de fundada sospecha. Pero la quiero mucho… con lujuria, es verdad… Has visto bien… Y todo es oscuridad para mí…”. Jesús: “Entra en la luz. Sal de la maraña ardiente de una sensualidad tan feroz. Al principio te costará… Pero mucho más te costaría per­der a una buena esposa y peor sería ganarte el Infierno y pagar con él por tu pecado de falta de amor, calumnia y adulterio, y por el de ella, porque te recuerdo, lo he dicho ya, que quien empuja a una mujer al divorcio se pone a sí mismo y la po­ne a ella en el camino del adulterio”.
* “¡Oh! ¡desdichado! ¡Cuánto bien, cuánta paz has destruido con tu fiebre! ¡Cuánto mal crea el desorden de los sentidos, el desorden en el cariño!”.- Jesús: “Si sabes resistir durante un mes, al menos durante un mes, al demonio que te oprime, te prometo que termi­nará la pesadilla. ¿Me lo prometes?”. Sanedrista Juan: “¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! Quisiera… Pero es un fuego… apágamelo Tú. Tú que eres poderoso…”. El Anciano Juan ha caído de rodillas delan­te de Jesús y llora con la cabeza en las manos apoyadas en el suelo. Jesús: “Te lo adormeceré. Te lo frenaré. Pondré frenos y límites a este demonio… Pero tú has pecado mucho, Juan, y tienes que traba­jar por ti mismo para que te levantes. Los que Yo he convertido han venido a Mí con la plena voluntad de hacerse nuevos, de verse libres… Habían dado ya, con sus solas fuerzas, los primeros pasos de su reden­ción. Así Mateo y María de Lázaro y otros. ■ Tú has venido aquí sólo para saber si tu esposa Ana era culpable y para que te ayudase a no perder la fuente en que se sacia tu placer. Yo pongo barreras al poder de tu demo­nio, no durante un mes, sino durante tres. Durante este tiempo me­dita y elévate. Proponte llevar una nueva vida de marido. Una vida de hombre dotado de alma. Y no la vida de un animal, que has llevado hasta ahora. Y, que sepas, fortalecido por la oración y la meditación, por la Paz que te doy durante tres meses, luchar y conquistarte la Vida eterna y reconquistarte el amor de tu esposa y la paz de tu casa. Vete”. ■ Sanedrista Juan: “Pero qué le voy a decir a Ana. Quizás me la encontraré ya preparada para marcharse… ¿Qué palabras, después de tantos años de… ofensas, para convencerla de que la amo y de que no quiero perderla? Ven Tú…”. Jesús: “No puedo. Pero, ¡es tan simple!… Sé humilde. Llámala aparte y confiesa tu tormento. Dile que has venido a verme porque quieres ser perdonado por Dios. Y dile que te perdone, porque el perdón de Dios descenderá sobre ti, si ella lo pide por ti, y es la primera en perdonarte… ■ ¡Oh! ¡desdichado! ¡Cuánto bien, cuánta paz has destruido con tu fiebre! ¡Cuánto mal crea el desorden de los sentidos, el desorden en el cariño! ¡Ánimo, levántate! Y vete tranquilo. ¿Pero no comprendes que ella, siendo buena y fiel a ti, está más angustiada que tú por el pensamiento de abandonarte y no espera más que una palabra tuya para decirte: «Todo te perdono»? Ánimo, muévete. El ocaso ha llegado. No cometes, pues, pecado por volver a tu casa… y tu Salvador te absuelve del que cometiste por venir a verle. Vete en paz. Y no peques más”. Sanedrista Juan: “¡Oh! ¡Maestro! Maestro… ¡No merezco estas palabras!… Maestro… yo… quisiera amarte de ahora en adelante…”. Jesús: “Sí, sí, ve. No te demores. ■ Y recuerda esta hora en aquella otra hora en que Yo, el Inocente, sea calumniado” Sanedrista Juan: “¿Qué quieres decir?”. Jesús: “Nada. Ve. Adiós”. Y Jesús se retira, dejando a los dos miembros del Sanedrín conmovidos y, enardecidos en elogios, juzgándole verdaderamente santo y sabio como sólo Dios puede serlo. (Escrito 2 de Abril 1946).
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7-451-110 (8-143-110).- Discurso cerca de Ippo sobre los deberes de los cónyuges y de los hijos.
* El hombre es cabeza: “rey-juez-justo”.- El matrimonio es unión destinada a la elevación y consuelo del hombre y de la mujer, además de a la procreación.- ■ Es una mañana, una fresca mañana, cuando se espera que Jesús salga de una casa del arrabal del lago para iniciar su predicación. Yo creo que durante esa noche han dormido poco los vecinos de esa localidad, emocionados como estaban por los milagros ocurridos, por el gozo de tener al Mesías entre ellos, por el deseo de no perder ni un minuto de su presencia. Tardaron en irse a dormir, por haber precedido la hora del sueño con muchas conversaciones, dentro de las casas, para repasar los acontecimientos, para examinar si el espíritu de cada uno en particular estaba dotado de aquella fe, esperanza y caridad, resistentes contra todo hecho desgraciado, que el Maestro alabó y calificó como un medio seguro para obtener gracia de parte de Dios en esta vida y en la otra; pero temen que el Maestro vaya a irse al rayar el alba y no estar presentes cuando partiera: así que las casas pronto se han abierto para poner en la calle a sus moradores, los cuales, asombrados de verse numerosos, de ver que están ahí muchos, que están todos movidos por los mismos pensamientos, se dicen: “Verdaderamente es la primera vez que un único pensamiento mueve nuestros corazones y los une” y llevados de una nueva amistad, llena de bondad, de fraternidad, se dirigen a la casa donde se hospeda Jesús y la rodean, sin hacer ruido, sin impacientarse, sin dar muestra de fastidio. Todos están decididos a seguir al Maestro tan pronto salga a la calle… ■ Y Jesús se asoma al dintel de la casa donde se hospedó, y sonríe levantando sus brazos para bendecir a la gente que le están esperando. “La paz sea con vosotros. ¿Me esperabais? ¿Temíais que me fuese sin despedirme de vosotros? Jamás falto a mis promesas. Hoy me quedo aquí, para predicaros la Buena Nueva, para bendecir vuestras casas, los huertos, las barcas, a fin de que todas las familias se santifiquen y también el trabajo. Pero, recordad que mi bendición, para que sea fructífera, necesita de buena voluntad. Y vosotros sabéis en qué consiste esta buena voluntad que debe ser el alma de la familia para que sea santa la casa. ■ El hombre, en la casa, debe ser cabeza pero no déspota, ni respecto a la esposa, ni respecto a los hijos, ni respecto a los siervos; y al mismo tiempo debe ser el rey, el auténtico rey en el sentido bíblico de la palabra. ¿Recordáis el octavo capítulo del primer libro de los reyes? Los ancianos de Israel se reunieron en Rama, donde residía Samuel y le dijeron: «Mira: tú has envejecido y tus hijos no siguen tu camino. Constituye sobre nosotros, para que nos juzgue, a un rey, como tienen todas las naciones» (1). «Rey», pues, quiere decir «juez». Y debería ser juez justo, para no hacer de los súbditos personas infelices, en este tiempo, con guerras, abusos, impuestos injustos; ni en la eternidad, con un reino que sea solo molicie y vicio. ¡Ay de aquellos reyes que faltan a su cargo, que cierran sus oídos a los clamores de sus súbditos, que cierran sus ojos ante las necesidades de la nación, que se hacen cómplices del dolor del pueblo, llevando a cabo alianzas injustas con tal de reforzar su poder con la ayuda de sus aliados! Pero también ¡ay de aquellos padres de familia que faltan a su deber, que son sordos y ciegos ante las necesidades y los defectos de los miembros de su familia, que son causa de escándalo o dolor para ésta, que descienden a celebrar pactos de nupcias indignas con tal aliarse con familias ricas y poderosas, sin reflexionar que el matrimonio es una unión destinada a la elevación y consuelo del hombre y de la mujer, además de la procreación; es deber, es ministerio, no es comercio, no es dolor, no es humillación de uno u otro cónyuge. Es amor y no odio. ■ Justo ha de ser, pues, el que es cabeza, sin excesiva dureza o exigencias, sin excesivas condescendencias ni debilidades. Pero si tuvieseis que escoger entre uno y otro exceso, escoged más bien el segundo. Porque por éste, al menos, sí, Dios os podrá decir: «¿Por qué fuiste tan bueno?», pero sin condenaros, dado que el exceso de bondad ya castiga al hombre con los abusos que los demás se permiten respecto al bueno; mientras que siempre os reprocharía la dureza, porque es falta contra el amor al prójimo más próximo”.
* La mujer sea justa, y dé al hombre obediencia y respeto, consuelo y ayuda. Sumisión no degradación. La mujer en sus entregas amorosas puede elevar al marido”.- Madre-hijos.- ■ Jesús: “Y justa ha de ser la mujer en casa con respecto a su esposo, a sus hijos y a sus siervos. Al esposo le dé obediencia y respeto, ayuda y consuelo. ● Obediencia no hasta el punto de que ésta se convierta en consentimiento al pecado. Sumisión de la esposa no degradación. Recordad, esposas, que el primero que os juzga después de Dios, por ciertas culpables condescendencias, es vuestro mismo marido que os arrastra a ellas. No siempre son deseos de amor, sino también pruebas respecto a vuestra virtud. Aunque en ese momento no lo piense, puede llegar un día en que vuestro esposo os diga: «Mi mujer es muy sensual» y de ahí le vaya a nacer sospechas sobre vuestra fidelidad marital. ● Sed castas en el matrimonio. Haced que vuestra castidad imponga a vuestro esposo esa moderación que se tiene ante las cosas puras, y os trate con consideración, como a personas iguales que él, no como a esclavas o concubinas pagadas para ser solo «placer», y echadas afuera después, cuando ya no agradan más. La mujer virtuosa, —Yo diría: la esposa que incluso consumado el matrimonio conserva ese «algo», que es virginal, en sus acciones, en sus palabras, en sus entregas amorosas— puede llevar a su marido a una elevación de sentimientos; siendo así que el esposo se despoja de la lujuria y se hace verdaderamente una única cosa con su esposa, a la que trata con el respeto con que uno trata a una parte de sí mismo; y es justo que así sea. Porque la mujer «es hueso de sus huesos y carne de su carne» y nadie maltrata a sus propios huesos ni a su carne, sino que, al contrario, los ama; de forma que el esposo y la esposa, como los dos primeros esposos, se miren y no se vean en su desnudez sexual, sino que se amen por el espíritu, sin humillaciones vergonzosas. ● Que la esposa sea paciente, materna con su marido. Que le considere como al primero de sus hijos, porque la mujer es siempre madre y el hombre siempre tiene necesidad de una madre que sea paciente, prudente, cariñosa, comprensiva. Feliz la mujer que sabe ser compañera de su esposo y al mismo tiempo madre para sostenerle e hija para dejarse guiar. ● Que la mujer sea laboriosa. El trabajo, al mismo tiempo que impide el fantasear, ayuda a la honestidad, además de ayudar a tener más dinero. ● Que no atormente a su marido con celos tontos que no conducen a nada. ¿Es el marido una persona honesta? Los celos vanos, moviéndole a apartarse de casa, le ponen en peligro de caer entre las redes de una meretriz. ¿No es honesto ni fiel? No serán los berrinches de la celosa los que le curarán, sino, más bien, una conducta seria, sin caras de malhumor ni desaires, una conducta digna y amorosa, logran que el marido reflexione y se corrija. ● Sabed volver a conquistar a vuestro marido con vuestra virtud, cuando alguna pasión le haya alejado de vosotras, como en la juventud le conquistasteis con vuestra belleza. ● Y para sacar fuerzas ante esta obligación vuestra, y poder resistir el dolor que os podría hacer injustas, amad y considerad a vuestros hijos como vuestro bien. Una mujer tiene todo en sus hijos: la alegría, la corona real para las horas felices, en que realmente es reina de la casa y del marido, y el bálsamo para las horas de dolor en que una traición, u otras experiencias penosas de la vida conyugal, flagelan su frente y, sobre todo, su corazón, con las espinas que se clavan en él. ¿Os veis tan oprimidas como para desear volver a vuestra familia, divorciándoos, o buscar compensación en un falso amigo que, fingiendo piedad hacia el corazón de la traicionada, en realidad su apetito está en la hembra? ¡No, mujeres, no! Esos hijos, esos hijos inocentes, que han perdido ya la calma, en medio de un ambiente doméstico prematuramente triste, donde no hay justicia, tienen derecho a su madre, a su padre, al consuelo de una casa en que, aun habiendo fenecido un amor, el otro permanezca atento velando por ellos. Esos ojos suyos inocentes os miran, os estudian y comprenden más de lo que pensáis, y plasman sus corazoncitos según lo que ven y comprenden. Nunca deis motivo de escándalo a vuestros inocentes pequeñuelos, sino refugiaos en ellos como en un baluarte de lirios diamantinos contra las debilidades de la carne y las asechanzas de las serpientes. ● Y que la mujer sea madre, esa madre justa que es al mismo tiempo hermana, que es amiga al mismo tiempo que hermana de sus hijos e hijas, y que es ejemplo, sobre todo y en todo. Que vele por sus hijos e hijas, que los corrija amorosamente, que los sostenga, que los haga reflexionar, y todo sin hacer preferencias; porque todos son hijos de igual pareja, y si es verdad que es muy natural que a los buenos se les quiera más, por la alegría que proporcionan, también es un deber que sean amados, aunque con amor bañado en dolor, los hijos no buenos, recordando que el hombre no debe ser más severo que Dios, quien ama no solo a los buenos, sino también a los no buenos, y los ama para tratar de hacerlos buenos, para tratar de darles manera y tiempo de hacerse buenos, y soporta hasta que muere el hombre, reservándose el ser justo Juez cuando el hombre no puede ya rectificar”.
* ¿Los malvados tienen más alegrías que los buenos?.-Jesús: “Y permitidme, llegado a este punto, que diga una cosa que no pertenece a lo que os estoy hablando, pero que es útil que lo tengáis presente. Muchas veces, pero muchas, se oye decir que los malvados tienen más alegrías que los buenos y que esto no es justo. Ante todo os digo: «No juzguéis las apariencias y lo que no conocéis». Las apariencias frecuentemente engañan y el juicio de Dios no se conoce en esta Tierra. Conoceréis en la otra parte, y veréis que el bienestar transitorio del malo fue concedido como un medio para conducirle al Bien y como descuento de ese poco bien que hasta el más malvado puede hacer. ■ Pero si veis las cosas a la luz de la otra vida, veréis que más breve que el tallo de hierba nacido en la arena de un arroyuelo que el estío seca, es el tiempo de alegría del pecador; mientras un solo instante de gloria en el Cielo es, por la alegría que comunica al espíritu que la posee, más inmensamente grande que la vida de triunfos que jamás haya habido. No envidiéis pues, la prosperidad del malvado, sino tratad con buena voluntad, de llegar a poseer el tesoro eterno del hombre justo”.
* “Hijos, someteos a vuestros padres, la 1ª escuela donde se aprende a ser buenos es la familia”.-Jesús: “Y volviendo a lo que deben ser los miembros de una familia y los que viven en una casa para que en ella permanezca fructuosa mi bendición, os digo, hijos, que os sometáis a vuestros padres; que seáis respetuosos, obedientes, para poder serlo también con el Señor, vuestro Dios. Porque si no aprendéis a obedecer las órdenes sencillas de vuestros padres, a quienes veis, ¿cómo podréis obedecer los mandamientos de Dios, que se os dicen en su nombre, pero que ni veis ni oís? Y si no aprendéis a creer que quien ama, como un padre y una madre aman, no pueden sino mandar más que cosas buenas, ¿cómo podréis creer que sean buenas las cosas que se os dice que Dios las ordenó? Dios ama. Es un Padre ¿lo sabéis? Pero precisamente porque os ama y os quiere consigo, ¡oh queridos niños!, quiere que seáis buenos. ■ Y la primera escuela donde aprenderéis a serlo es la familia. En ella aprendéis a amar y a obedecer y allí empieza para vosotros el camino que lleva al Cielo. Sed, pues, buenos, respetuosos, dóciles. Amad a vuestro padre que os corrige, porque lo hace por vuestro bien; y a vuestra madre, aun cuando os impida acciones que su experiencia juzga no buenas. Honradlos, no haciendo que se avergüencen de vuestras malas acciones. El orgullo no es cosa buena, pero hay un santo orgullo, el de poder decir: «No he causado dolor ni a mi padre ni a mi padre». Esto que os proporciona alegría mientras viven, os pone paz ante la herida que recibís cuando mueren; mientras que, por el contrario, las lágrimas que un hijo hace derramar a sus padres hienden, como plomo fundido, el corazón de ese hijo malo; y por mucho que se esfuerce para suavizar esa herida, la herida duele, y duele más aún cuando la muerte de uno de los padres no da tiempo al hijo reparar el mal hecho… ¡Oh, hijos, sed buenos siempre, si deseáis que Dios os ame!”.
* Patrones y criados.-Jesús: “En fin, es santa la casa en que, por la justicia de sus dueños, se hacen también justos los siervos y peones. Recuerden los patrones que un mal comportamiento irrita y termina con el siervo; y, el siervo, recuerde que una mala conducta disgusta a su patrón. Cada uno permanezca en su lugar, pero con un vínculo de amor al prójimo para quitar las divisiones que existen entre criados y patrones. Y entonces la casa bendecida por Mí, conservará mi bendición y Dios estará en ella. ■ De igual modo conservará la bendición —por tanto, protección— los huertos, las barcas como los instrumentos de trabajo y pesca, cuando, santamente activos en los días lícitos y santamente dedicados al culto de Dios en los sagrados sábados, viváis vuestra vida de pescadores y hortelanos, sin robar en las ventas ni en las medidas, sin maldecir el trabajo, y sin hacerle tan rey de vuestra vida, que lo antepongáis a Dios; porque, si el trabajo os proporciona ganancias, Dios os da su Cielo. Vamos ahora a bendecir casas, barcas, remos, huertos y azadones…”. ■ Y bendecidos, Jesús se pone en marcha, seguido por la gente del arrabal y por otra gente que ha venido de las ciudades cercanas, a donde, quizás durante la noche, han ido algunos de este arrabal a llevar la noticia de que el Salvador se encuentra en esta ribera. (Escrito el 27 de Junio de 1946).
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1  Nota  : Del primer Libro de los Reyes, según la Vulgata. La cita exacta y completa, según la neovulgata vigente, es 1 Samuel 8,4-5.
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(<Entre la comitiva de Jesús, se encuentra Sara, la mujer de Afeq [1], la viuda que pidió a Jesús, en los suburbios del lago, que le dejase el pequeño Alfeo —a quien Jesús había recogido—, cuya madre no le quiere. Viene desde Ippo y se ha metido entre las discípulas, como si fuera una de ellas, y ha simpatizado tanto, que la consideran como una del grupo. La comitiva pasa ahora por las posesiones de la viuda. E insiste nuevamente a Jesús para que pueda adoptar al niño Alfeo porque piensa que todas sus posesiones se perderán al no tener descendiente que las herede>)

 7-456-156 (8-148-154).- “Madre es la que se preocupa, sobre todo, de lo que no muere nunca”.
* “El desapego de las riquezas es escalera para poseer las riquezas eternas”.- ■ Jesús le dice: “¿Y entonces? ¿Por qué te acongojas por lo que vas a dejar?”. Mujer: “Pero quisiera que un heredero continuase…”. Jesús: “A gozar de las riquezas terrenas y así encontrar un impedimento para llegar a ser perfecto, mientras que el desapego de las riquezas es escalera para poseer las eternas riquezas. ¿Comprendes, Sara? El mayor obstáculo para que logres tener a este pequeñín no es su madre, que tiene derechos sobre su hijo, sino tu corazón. Él es un inocente, un pequeñín digno de compasión, pero siempre un inocente que por sus mismos sufrimientos es amado por el Señor. Pero si tú lo hicieras avaro, ambicioso, y tal vez vicioso con las riquezas que tienes, ¿no le quitarías el amor que Dios le tiene? ¿Y podría, Yo, que cuido de estos inocentes, ser un atolondrado maestro que, sin reflexionar, permitiera que un inocente, discípulo suyo, se extraviara? ■ Primero piensa en ti misma, despójate de tu modo humano de pensar aún demasiado vivo, libera tu justicia de esta costra de humanidad que te oprime, y entonces merecerás poder ser madre. Porque no es madre solo la que engendra o la que ama a un hijo adoptivo y le cuida y atiende en sus necesidades naturales. La madre de Alfeo también engendró a éste. Pero ella no es madre porque no tiene cuidado ni de su cuerpo ni de su espíritu. Madre es la que se preocupa, sobre todo, de lo que no muere nunca, o sea, del espíritu, y no tan solo de lo que muere, o sea, la materia. Y créeme, mujer, que quien ame el espíritu, amará también el cuerpo, porque su amor será un amor balanceado, y por lo tanto justo”. Sara: “Comprendo que he perdido el hijo…”. Jesús: “Nadie ha dicho eso. Que tu deseo te empuje hacia la santidad y Dios te escuchará. Siempre habrá huérfanos en el mundo”. (Escrito el 13 de Julio de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Sara de Afeq.
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7-470-267 (8-164-261).- Lección sobre los deberes entre suegra y nuera.
* La eterna razón verdadera de los prejuicios de las suegras: los celos.- ■Jesús continúa caminando entre los montes de Giscala, algunas veces solo, otras acompañado de uno u otro discípulo o apóstol suyo que se ha adelantado hasta Él. Se para una vez a acariciar a los niños de un pastor que juegan cerca del ganado, y acepta la leche que el pastor, —que lo ha reconocido como el Rabí, descrito por otros que le han visto— le da, diciendo “para Ti y para los tuyos”. ■ Otra vez escucha a una ancianita que, no sabiendo quién es Él, le cuenta sus penas de familia, penas que le da una nuera que es una mujer caprichosa e irrespetuosa. Aunque Jesús se muestre compasivo con la viejecita, la exhorta a ser paciente y a convencer con la bondad para obtener la bondad: “Debes ser para ella madre, aunque no sea tu hija. Dime la verdad: si en vez de ser nuera, fuera tu hija, ¿te parecerían sus defectos tan enormes?”. La viejecilla piensa… y luego responde: “No… Una hija es una hija siempre…”. Jesús: “¿Y si una hija tuya te dijese que en casa de su esposo la madre de él la maltrata, ¿qué dirías?”. Viejecilla: “Que es mala. Porque debería enseñar bondadosamente las costumbres de la casa —cada casa tiene las suyas— sobre todo si la esposa es joven. Le diría que debería acordarse de cuando ella llevaba casada poco tiempo, y de la satisfacción que le daba el amor de su suegra, si tuvo la suerte de que ésta fuera buena, y de lo que había sufrido si se había encontrado con una suegra mala. Y que no hiciera sufrir lo que no había sufrido, o no hacer sufrir porque sabe lo que es sufrir. ¡Yo, está claro que defendería a mi hija!”. Jesús: “¿Cuántos años tiene tu nuera?”. Viejecilla: “Dieciocho, Rabí. Hace tres años que se casó con Santiago”. Jesús: “Muy joven. ¿Es fiel al marido?”. Viejecilla: “Sí. Siempre en casa y es toda amor por él, por el pequeño Leví y por su pequeñita Ana, que tiene el mismo nombre mío. Nació en la Pascua… ¡Es muy bella!…”. Jesús: “¿Quién quiso que se llamase Ana?”. Viejecilla: “María. Leví se llamaba el suegro y Santiago le ha puesto Leví al primogénito; así que María, cuando dio luz a la niña, dijo: «A ésta se le dará el nombre de nuestra madre»”. Jesús: “¿Y no te parece que esto sea amor y respeto?”. La viejecilla piensa… Jesús insiste: “Ella es honesta, siempre en casa, es amorosa tanto como mujer que como madre, deseosa de darte alegrías… Pudo haber puesto a su hija el nombre de su madre, y sin embargo le puso el tuyo… honra tu casa con su conducta…”. Viejecilla: “Sí. No es como esa sinvergüenza de Jesabel”. ■ Jesús: “¿Y entonces? ¿Por qué te lamentas y tú misma te afliges? ¿No te parece que quieres tener dos medidas al juzgar a tu nuera de manera distinta de como juzgarías a una hija?”. Viejecilla: “Es que… es que… ella me ha arrebatado el amor de mi hijo. Antes él era todo para mí, ahora la ama más que a mí…”. ■ La eterna razón verdadera de los prejuicios de las suegras brota finalmente del corazón de la viejecilla con lágrimas en los ojos. Jesús: “¿No te da nada tu hijo? ¿Te desatiende desde que se casó?…”. Viejecilla: “No. No puedo decir eso, pero sí que ahora es todo de su mujer…” y el llanto es más fuerte.
* El dicho profético de Adán. ■ Jesús sonríe serenamente, compasivo hacia la celosa madre. Y, bueno como siempre, no la reprende. Compadece sus sufrimientos y trata de curarlos. Apoya su mano en el hombro de la anciana, como para guiarla porque las lágrimas no la dejan ver, o tal vez para hacerle sentir con el contacto un gran amor, para consolarla y curarla. Le dice: “Madre, ¿y no es acaso bueno que sea así? Tu marido lo hizo contigo, y su madre no le perdió del todo como dices y piensas… le tuvo menos para sí, porque tu esposo repartía su amor entre su madre y tú. Y el padre de tu marido, a su vez, dejó de ser todo de su madre, para amar a la madre de sus hijos. ■ Y así de generación en generación, llegando hasta Eva, la primera madre que vio a sus hijos compartir con sus esposas el amor que antes era exclusivo de ella y de Adán. ¿Pero no dice el Génesis: «He aquí que finalmente el hueso de mis huesos y la carne de mi carne… El hombre por ella abandonará padre y madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne?» (1). Replicarás: «Fueron palabras de hombre». Sí, pero ¿de qué hombre? Era inocente y estaba en gracia, por lo tanto reflejaba, absolutamente, la Sabiduría que le había creado, y conocía las verdades de la Sabiduría. Por la Gracia e inocencia poseía en modo completo también los otros dones de Dios. Con los sentidos sujetos a la razón tenía una inteligencia clara y no ofuscada con los vapores de la concupiscencia. Por la ciencia proporcionada a su estado, decía palabras llenas de verdad. Profeta fue. ■ Tú sabes que profeta quiere decir «aquel que habla en nombre de otro» (2). Y los verdaderos profetas hablan siempre de cosas relativas al espíritu y al futuro, aunque parezcan relacionadas con el tiempo presente y con la carne —y es que en los pecados de la carne y en los hechos del tiempo presente están los gérmenes de los futuros castigos, o los hechos del futuro tienen su raíz en un acontecimiento antiguo (por ejemplo, la venida del Salvador toma origen en la Culpa de Adán, y los castigos de Israel, predichos por los profetas, tienen su germen en la conducta de Israel)—; así es que quien mueve sus labios para hablar de cosas del espíritu no puede sino ser el Espíritu Eterno que todo lo ve en un eterno presente. Y el Espíritu Eterno habla en los santos, porque no puede habitar en los pecadores. Adán era santo, esto es, existía en él la justicia completa, como también todas las virtudes, porque Dios había infundido en él la plenitud de sus dones. Ahora para llegar a la justicia, y a la posesión de las virtudes, el hombre debe trabajar mucho, porque el incentivo al mal existe en él. En Adán no existían tales incentivos. La Gracia lo hacía un poco inferior a Dios, su Creador, por esto de sus labios brotaban palabra de un sabio. Así pues son verdaderas estas palabras: «El hombre dejará a padre y madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne»”.
* La Ley del Sinaí no borró el dicho profético de Adán.- Jesús: “Tan absoluto y verdadero es esto, que el Buen Dios, para consuelo de las madres y los padres, puso luego en la Ley el cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y tu madre». Mandamiento que no termina cuando el hombre se casa, sino que sigue. Primero, instintivamente, los buenos honraban a sus padres aun después de haberse separado de ellos para formar una nueva familia. A partir de Moisés es una obligación de la Ley, y esto para mitigar los dolores de los padres a quienes muchas veces olvidaban sus hijos después del matrimonio. Pero la Ley no borró el dicho profético de Adán: «El hombre dejará por la mujer a padre y madre». Fueron palabras que dijo un justo y esas palabras siguen viviendo. Reflejaban el pensamiento de Dios, y el pensamiento de Dios es inmutable porque es perfecto. ■ Tú, madre, debes pues aceptar sin egoísmos, que tu hijo ame a su mujer. Y también serás santa. Por otra parte, cualquier sacrificio tiene ya su recompensa acá en la Tierra. ¿No te sientes dichosa con besar a los hijos de tu hijo? ¿Y no te es placentera la noche cuando te entregas al sueño sabiendo que tienes a una hija cercana, en lugar de las que ya no tienes en casa?…”. Viejecilla: “¿Cómo sabes que mis hijas, todas mayores que mi hijo, están casadas y viven lejos?… ¿Eres acaso también profeta? Rabí lo eres, y eso lo demuestran los flecos de tu vestido, y aunque no los tuvieras, lo declaran tus palabras, pues hablas como un doctor. ¿Eres acaso amigo de Gamaliel? (3). Aquí estuvo anteayer. Ahora no sé… venía con él muchos rabinos y muchos de sus discípulos predilectos. Tal vez llegas tarde”. Jesús: “Conozco a Gamaliel. Pero no voy a donde está. Ni siquiera entro en Giscala”. ■ Viejecilla: “¿Pero quién eres? Ciertamente un rabí. Hablas todavía mejor que Gamaliel”. Jesús: “Entonces haz lo que te dije, y tendrás paz en ti. Adiós, madre. Yo sigo mi camino. Tú entra a la ciudad”. Viejecilla: “¿Me llamas madre? Los otros rabinos no son tan humildes para con una mujer pobre… La que te llevó en el vientre debe ser más santa que Judit si te dio ese dulce corazón para con todas las criaturas”. Jesús: “Santa lo es en realidad”. Viejecilla: “Dime su nombre”. Jesús: “María”. Viejecilla: “¿Y el tuyo?”. “Jesús”. El estupor ha dejado pasmada a la ancianita: “¡Jesús!”. La noticia la paraliza y la deja clavada en donde la ha oído. Jesús: “Adiós, mujer. La paz sea contigo”. Y Jesús va raudo, casi corriendo, antes de que ella vuelva en sí de su admiración. Los apóstoles le siguen con igual paso en medio de revoloteos de túnicas, seguidos en vano por los gritos de la mujer que suplica: “¡Deteneos! ¡Jesús Rabí, detente! Quiero decirte una cosa…”. ■ Aminoran el paso cuando la espesura del bosque nuevamente los ha escondido, y no se ve más el camino que lleva a Giscala. Bartolomé dice: “¡Qué hermoso has hablado a la mujer!”. Santiago de Alfeo observa: “¡Una lección de doctor! Lo malo es que solo estaba ella…”. Pedro exclama: “Quiero grabarme esas palabras…”. Tomás dice: “La mujer comprendió, o medio comprendió, después que oyó tu nombre. Ahora va a divulgarlo por la ciudad…”. Iscariote dice en voz baja: “Con tal de que no provoque a las avispas y nos las eche encima”. Andrés, optimista, dice: “¡Estamos lejos…! Entre estos bosques no se dejan rastros, y nada nos molestará”. Jesús dice a todos: “¡Aunque nos molestaran!… He reconstruido la paz en una familia…”. Pedro dice: “¡Pero cómo son! Todas las suegras son iguales”. Santiago de Alfeo le dice: “No. Hemos conocido algunas buenas. ¿Te acuerdas de la suegra de Yerusa de Doco? ¿Y qué dices de la suegra de Dorca de Cesarea de Filipo?”. Pedro consiente: “Claro que sí, Santiago… Hay una que otra buena…”. Pero ciertamente piensa que la suya es un tormento. Jesús indica: “Detengámonos a comer. Luego descansaremos para llegar al pueblo del valle para pernoctar allí”. Y se detienen en una verde y pequeña hondonada. (Escrito el 7 de Agosto de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Gén. 2,23-24.   2  Nota  : Cfr. 2 Sam. 23,2; Is. 51,16; 59,21; Jer. 1,9.   3  Nota  : Gamaliel, uno de los grandes rabíes de Israel. Cfr. Personajes de la Obra magna: Gamaliel.
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7-473-290 (8-167-283).- La pureza de la fe de una madre de Sidón, fiel y sujeta al marido, obtiene la curación de su hijo, que había nacido con los ojos secos.
* “Si es verdad que Tú eres el Esperado… si tu Padre ha hecho los mundos ¿no podrías hacer Tú dos pupilas a mi hijo?… Sé que vienes del Padre, el Señor Altísimo”.- ■ Veo a Jesús saliendo de una sinagoga, rodeado de los apóstoles y de gente. Comprendo que es una sinagoga porque por la puerta abierta de par en par veo el mismo mobiliario que vi en la de Nazaret, en una de las visiones preparadoras de la Pasión. La sinagoga está en la plaza central del pueblo… En la plaza, una serie de enfermos esperan a Jesús. Pero no veo en éstos ningún milagro. Él pasa, se inclina hacia ellos, los bendice y consuela, pero no les cura, al menos por el momento. Hay también mujeres con niños, y hombres de todas las edades. Parece que el Salvador los conoce, porque los saluda por el nombre y ellos se arremolinan en torno a Él con familiaridad. Jesús acaricia a los niños, agachándose amoroso hacia ellos. ■ En un ángulo de la plaza hay una mujer con un niño o niña (todos se visten con una túnica igual con colores claros). No parece del lugar. Me atrevo a decir que sea de condición social más elevada que las demás. Su vestidura es más trabajada, con galones y pliegues; no es la simple túnica de las aldeanas, que lleva como único adorno un cordón en la cintura, además del diseño del vestido. Esta mujer tiene por el contrario vestiduras más complicadas que, sin ser una exquisitez como las de Magdalena, tienen ya mucha galanura. En la cabeza lleva un velo ligero, mucho más que el que llevan las otras, que no es más que una tela de lino sutil, mientras que éste es de lana fina. Lo trae prendido a la mitad de su cabeza, con gracia, y deja ver y entrever cabellos castaños, bien peinados, con trenzas sencillas pero muy bien hechas, mejor que las de las otras mujeres, que llevan trenzas recogidas en un moño en la nuca o dando vuelta a la cabeza. Cubre sus espaldas un verdadero y buen manto, o sea, una pieza de tela circular, que no sé si está cosida o es continua, que en el cuello tiene un galón que remata con un cierre de plata. La tela del manto cae amplia hasta el tobillo en hermosos pliegues. ■ La mujer trae de la mano a un niño o niña que ya dije. Un hermoso niño de unos siete años. Es robusto, pero nada vivaz. Está muy quieto, con la cabeza baja, asido a la mano de su mamá, sin poner atención a lo que sucede. La mujer mira, pero no se atreve a acercarse al grupo que está alrededor de Jesús. Parece indecisa debatiéndose entre el deseo de ir, y el temor de abrirse paso para acercarse. Pero luego piensa en hacer algo con qué llamar la atención de Jesús. Ve que Él ha tomado entre sus brazos a un niño, coloradote y risueño, que una madre le ha ofrecido. Y ve que, mientras habla con un viejecillo, aprieta contra su pecho al niño, meciéndole. Entonces la mujer se inclina hacia su hijo y le dice algo. El niño levanta su cabeza y veo una carita triste con los ojos cerrados. Es ciego. Dice: “¡Piedad de mí, Jesús”. Su vocecita atraviesa el aire de la plaza y llega con su lamento hasta el grupo. ■ Jesús se vuelve y mira. Se mueve inmediatamente con una solicitud amorosa. Ni siquiera entrega a su madre al niño que tiene en brazos. Va, alto y guapísimo, hacia el pobre cieguito, que tras su grito ha vuelto a bajar la cabeza, al que inútilmente su madre dice que vuelva a gritar. Jesús está enfrente de la mujer. La mira; también ella a Él. Luego, tímidamente, baja su mirada. Jesús la ayuda. Ha devuelto, a la mujer que se lo había ofrecido, el niño que llevaba en brazos. Jesús: “Mujer, ¿es éste tu hijo?”. Mujer: “Sí, Maestro, es mi primogénito”. Jesús acaricia la cabecita —agachada— del niño. Jesús parece no haber visto la ceguera del pequeño. Pero creo que lo hace a propósito para dar pie a la madre para que le haga la petición. Jesús: “El Altísimo ha bendecido, pues, tu casa con una prole numerosa y el primero fue un varoncito, consagrado al Señor”. Mujer: “Tengo solo un varón, éste; y otras tres niñas. Y no tendré más…” un sollozo. Jesús: “¿Por qué lloras, mujer?”. Mujer: “Porque mi niño está ciego, Maestro”. Jesús: “¿Y tú querrías que él viese? ¿Puedes creer?”. Mujer: “Creo, Maestro. Me dijeron que has abierto ojos que estaban cerrados. Pero mi hijo nació con los ojos secos. Mírale, Jesús. Bajo sus párpados no hay nada…”. Jesús levanta hacia Sí esta carita prematuramente seria y mira levantado con el pulgar los párpados. Todo está vacío. Vuelve a hablar, teniendo levantada con una mano la carita hacia Sí: “¿Por qué viniste, entonces, mujer?”. Mujer: “Porque… sé que para mi niño es más difícil… pero si es verdad que Tú eres el Esperado, puedes hacerlo. Tu Padre ha hecho los mundos… ¿No podrías hacer dos pupilas a mi hijito?”. Jesús: “¿Crees Tú que vengo Yo del Padre, el Señor Altísimo?”. Mujer: “Creo esto y que Tú todo lo puedes”. Jesús la mira como para valuar cuánta fe hay en ella y de qué pureza sea esta fe. Sonríe.
* “Dile a Daniel, tu esposo… porque Dios es fiel a sus promesas y ha jurado que quien cree en Él verá toda clase de prodigios. Que sea fiel ahora al juramento que te hizo y que no cometa pecado de adulterio”.- ■ Luego dice Jesús: “Niño, ven conmigo” y le lleva de la mano a un murete de aproximadamente medio metro de altura, y le pone encima. El murete se alza desde el camino hacia una casa: una especie de parapeto para proteger a ésta del camino, que tuerce en ese punto. Cuando el niño está bien seguro encima de ese parapeto, Jesús se pone majestuoso, imponente. La multitud se apiña en torno a Él, al niño y a la madre temblorosa de emoción. Miro a Jesús de lado, de perfil. Envuelto en su manto de azul oscuro, sobre un vestido un poco más claro. Su rostro trasluce sus sentimientos, parece hasta más alto y más robusto, como siempre cuando va a realizar un milagro. Y esta vez es una de las que me parece más imponente. Coloca sus manos abiertas sobre la cabeza del niño, pero apoyando los dos pulgares en las órbitas vacías. Levanta su cabeza y ora intensamente, pero sin mover los labios. Ciertamente un coloquio con su Padre. Luego dice: “¡Ve! ¡Lo quiero! ¡Y alaba al Señor!”, y a la mujer: “Sea premiada tu fe. Aquí tienes al hijo que será tu honra y tu tranquilidad. Muéstrasele a tu marido. Él volverá a tu amor y nuevos días felices conocerá tu hogar”. ■ La mujer —que ha lanzado un grito agudísimo de alegría al ver que, quitados los pulgares divinos de las órbitas vacías, en las órbitas vacías dos ojos lindísimos de color azul oscuro, como los del Maestro, la miran, fijamente, asombrados y felices bajo el flequillo de sus cabellos negros— lanza otro grito, y, a pesar de tener a su hijo apretado contra su corazón, se arrodilla a los pies de Jesús diciendo: “¿También sabes esto? ¡Ah, eres verdaderamente el Hijo de Dios!” y le besa su vestido y sandalias. Luego se levanta con la cara transportada de alegría y dice: “Oíd todos. Vengo de las lejanas tierras de Sidón. Vine porque otra madre me habló del Rabí de Nazaret. Mi marido que es judío y mercader, tiene en aquella ciudad sus negocios de comercio con Roma. Rico es y también fiel a la Ley. Dejó de amarme después de haberle dado un varoncito desventurado, le parí tres mujeres y luego me quedé estéril. Se alejó de su casa y yo, sin haber sido repudiada, estaba en las mismas condiciones de una repudiada, y sabía que quería deshacerse de mí para que otra mujer le diese un heredero capaz de proseguir sus negocios y gozar de las riquezas paternas. Antes de partir fui a ver a mi esposo y le dije: «Espera, señor. Espera hasta que regrese. Si vuelvo con mi hijo todavía ciego, repúdiame, de otro modo no mates mi corazón, y no niegues un padre a tus hijos». Y él me juró diciendo: «Por la gloria del Señor, mujer, te juro que si me traes a mi hijo sano —no sé cómo podrás hacerlo, porque tu vientre no supo darle ojos— volveré a ti como en los días del primer amor». El Maestro no podía saber nada de mi dolor como esposa, y sin embargo me ha consolado aun en esto. Gloria a Dios y a Ti, Maestro y Rey”. La mujer nuevamente está de rodillas y llora de alegría. ■ Jesús: “Vete. Dile a Daniel, tu marido, que el que creó los mundos, ha regalado dos estrellas claras por pupilas al pequeño, consagrado al Señor. Porque Dios es fiel a sus promesas y ha jurado que quien cree en Él verá toda clase de prodigios. Que sea fiel ahora al juramento que te hizo y que no cometa pecado de adulterio. Di esto a Daniel. Vete. Que seas feliz. Te bendigo a ti, a este pequeño y a tus seres queridos”. La multitud se deshace en alabanzas y congratulaciones, y Jesús entra en una casa cercana como para descansar. La visión cesa de este modo. Le aseguro que me ha impresionado profundamente. (Escrito el 17 de Agosto de 1944).
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(<El proceder de la mujer de Sidón servirá a Jesús para dar una lección para las familias en este episodio>)
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7-473-293 (8-168-285).- “La lección para las familias en la curación del niño ciego está: en la fe, humildad y, no obstante, fidelidad al consorte, siendo esposa fiel y sujeta al marido como quiere Dios y enseña la Escritura”.
* “La fe de una esposa sumisa y fiel produce doble milagro porque Dios da siempre más de lo que pedís”.- ■ Dice Jesús: “Dios, para los que tienen fe en Él, supera siempre las peticiones de sus hijos y les da todavía más de lo pedido. Cree esto. Creedlo todos vosotros. A la mujer de Sidón que había venido a Mí con dos espadas clavadas en lo secreto de su corazón y se atreve solo a decirme el nombre de una de ellas —revelar ciertas íntimas desdichas es más penoso que decir: «Estoy enfermo»—, le doy también este segundo milagro. Habrá parecido a los ojos del mundo, y parecerá todavía, que es mucho más fácil rehacer la concordia entre dos esposos separados por un motivo que ya está superado, y además, felizmente, que dar dos pupilas a dos ojos que nacieron sin ellas. Pero no es así. Hacer dos pupilas es una cosa sencillísima para el Señor y Creador, así como devolver a un cadáver el soplo de la vida. Al Padre de la Vida y de la Muerte, al Dueño de todo cuanto hay en lo creado, no le falta ciertamente el soplo vital para infundirlo de nuevo en los muertos, ni dos gotas de humor para dos órbitas secas. Le basta querer para poder. Porque ello depende solo de Él. Pero cuando se trata de la concordia entre los hombres, se requiere la «voluntad» de ellos unida al deseo de Dios, que no hace violencia sino raramente a la libertad humana (1). Como regla general nos deja libres para hacer como queramos. Aquella mujer, que vivía en un país de idólatras y creía como su esposo en el Dios de sus padres, mereció la benignidad de Dios. Luego, empujando su fe más allá de los límites humanos, venciendo las dudas y las contradicciones de la mayoría de los judíos creyentes —lo demostró al decir a su esposo: «espera hasta que regrese», segura de que volvería con su hijo curado— fue digna de alcanzar doble milagro. Merece también este difícil milagro de abrir los ojos del espíritu de su esposo, ojos que se habían secado para ver el amor y el dolor de su esposa, y le echaban la culpa a ella de algo que no es culpa”.
“Es la compañera fiel y sujeta al marido como quiere Dios y enseña la Escritura”.- Jesús: “Quiero también que las esposas consideren la humildad respetuosa de la mujer de Sidón. «Fui a ver a mi esposo y le dije: ‘Espera, señor’». Tenía ella razón, porque culpar a una mujer de que un hijo suyo nazca con algún defecto es estupidez y crueldad. Su amor ha experimentado ya un fuerte golpe al ver a su desdichada criatura. Doblemente la razón está de su parte, porque su marido la había marginado desde que había sabido que era estéril, y además tiene noticia de sus intenciones de divorcio, y, a pesar de ello, continúa siendo esposa, o sea, la compañera fiel y sujeta al marido, como Dios quiere que sea y la Escritura enseña (2). No hay rebelión, ni sed de venganza o intención de encontrar a otro hombre para no ser la «mujer sola». «Si vuelvo con mi hijo todavía ciego, repúdiame. Pero, si sí, no mates mi corazón ni niegues un padre a tus hijos». ¿No te parece oír hablar a Sara y las antiguas hebreas? (3). ¡Qué distinto es, oh mujeres, vuestro lenguaje actual! Pero también qué distinto es lo que alcanzáis de Dios y de vuestro esposo. Y las familias se destruyen cada vez más. ■ Al realizar el milagro, como siempre, tuve que poner una señal que lo hiciese más irrefutable. Tenía que persuadir a un mundo cerrado en las barreras de un modo de pensar de siglos y guiado por una secta que era enemiga mía. Se ve, pues, la necesidad de hacer brillar claramente mi poder sobrenatural. Pero la enseñanza de la visión no está aquí. Está en la fe, humildad y, no obstante, fidelidad al consorte, en la elección del camino adecuado —oh esposas y madres, que encontráis espinas donde creíais encontrar rosas— para ver nacer en las espinas que os hirieron nuevas ramas florecidas”.
* Dios creó el matrimonio para que el hombre y la mujer no fueran solos y se amasen formado una sola carne… Mujeres, sed en verdad compañeras, no simples huéspedes de su casa o extrañas”.- ■ Jesús: “Volveos al Señor Dios vuestro que creó el matrimonio, para que el hombre y la mujer no fuesen solos y se amasen formando una carne sola e indisoluble, y que os dio el sacramento para que sobre vuestras nupcias descienda su bendición, y por mis méritos tengáis cuanto es necesario en vuestra vida de casados y progenitores. Para poder volveros a Él confiadamente, sed honestas, buenas, respetuosas, fieles, verdaderas compañeras de vuestro esposo, no simples huéspedes de su casa, o peor todavía, extrañas, que una casualidad reúne bajo un techo, como dos que coinciden por casualidad en una posada de peregrinos. Muchas veces sucede esto. ¿Peca el marido? Hace mal. Pero esto no justifica la conducta de muchas esposas. Y todavía menos la justifica cuando a un buen compañero no sabéis corresponder con bien el bien y con amor el amor. ■ Y ni siquiera tengo intención de referirme al caso común y corriente de vuestras infidelidades carnales en que os parecéis a las mujeres de la calle con el agravante de que pecáis hipócritamente y ensuciáis el altar de la familia a cuyo alrededor están las almas angelicales de vuestros inocentes hijos; sino que me refiero a vuestra infidelidad moral al pacto de amor que jurasteis delante de mi altar. Pues bien, Yo dije: «El que mira a una mujer con malos deseos, comete adulterio en su corazón»; Yo dije«El que despide a su mujer con el libelo de divorcio la expone al adulterio». ■ Pero ahora, ahora que muchas mujeres son extrañas a su marido, Yo digo: «Las que no aman con su alma, con su mente, con su cuerpo a su compañero, le empujan al adulterio, y si a éste le pediré cuentas de su pecado, no menos pediré a la que si no cometió, fue su causa». Es menester saber comprender la Ley de Dios en toda su extensión y profundidad y hay que saber vivirla en toda la realidad. Quédate en paz. Esto no te toca a ti. Ten tu corazón fijo en Mí”. (Escrito el 17 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 14,23; Hech. 26,12-18.   2  Nota  : Cfr. Gén. 2,18-25.   3  Nota  : Cfr. Gén. 17,15-21; 18,9-15; 21,1-7; Rom. 4,18-22; Hebr. 11,11-12; Jud. 8-16.
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(<La romana Valeria [1], acompañada de su hijita, ha llegado a Nobe, a la casa donde Jesús y sus discípulos están alojados>)
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8-531-224 (9-228-650).- Doctrina de Jesús sobre el matrimonio y divorcio en su conversación con la romana Valeria.- El valor de la fe en otras religiones.
* Valeria consuela a Jesús con unas flores que su hijita le ofrece. Le comunica además que “el parecer de Claudia, que piensa que Tú no puedes hacer mal, pesa mucho sobre Pilatos”. ■ Un golpe en la puerta. Andrés que es el que más cerca está, va a abrir; y sale, cerrando la puerta detrás de sí. Vuelve y dice: “Maestro, hay una mujer. Quiere verte. Trae a una niña consigo. Debe ser de alta posición social, aun cuando su vestido es modesto. No está enferma. Tampoco la niña, según creo. Pero no puedo afirmarlo bien porque trae un grueso velo. La niña trae hermosas flores en sus bracitos”. Pedro, de mal genio, grita: “Dile que se vaya. ¡Estamos diciendo que debe descansar y tú no le dejas ni siquiera terminar de comer!”. Andrés: “Se lo he dicho pero respondió que no dará ninguna molestia al Maestro y que a Él seguro que le dará alegría verla”. Pedro insiste: “Entonces dile que vuelva mañana, a la hora de todos. Ahora el Maestro va a descansar”. Jesús: “Andrés, acompáñala a la habitación de arriba. Voy enseguida”. Pedro: “¡Vaya! ¡Ya lo preveía! ¡Así se cuida! ¡Todo lo contrario de lo que estábamos diciendo!”. Pedro está enojado. Jesús se levanta y, antes de salir, pasa por detrás de Pedro, le pone las manos sobre la espalda, se inclina un poco a besar sus cabellos diciéndole: “¡Bueno, Simón! El que me ama alivia mi cansancio más que el reposo de la cama”. Pedro: “¿Y qué sabes si ésta es una de las que te aman?”. Jesús: “¡Simón! ¡La intranquilidad te empuja a decir palabras de las que ya te has arrepentido, porque las sientes necias. ¡Tranquilo, tranquilo! Una mujer que viene con una criatura inocente, que me trae flores, no puede ser sino una que me ama y que intuye mi necesidad de encontrar un poco de amor y pureza en medio de tanto odio e inmundicia”. Y sale, y sube por la escalera que lleva a la terraza, mientras Andrés, terminado su encargo, vuelve a entrar en la cocina. ■ La mujer está en la habitación de arriba. Alta, delgada bajo el pesado manto gris, velada la cara con una tela de biso de color marfil que le baja desde la ceñida capucha hasta la cara. La niña, que apenas llegará a los tres años, viene vestida de blanca lana con un manto acampanado con capuchita también blanca. Pero la pequeña capucha se ha deslizado mucho hacia atrás sobre sus cabellos de color rubio-castaño, porque la pequeña mira a la mujer levantando su carita que sobresale de entre las flores que tiene entre sus bracitos. Bellas flores que solo pueden encontrarse en estas regiones en el invierno: rosas encarnadas y flores blancas cuyo nombre ignoro. No soy muy experta en floricultura. Apenas Jesús aparece en la terraza, una niña, que apenas llegará a tres años, empujada por la mujer, corre a su encuentro: “¡Ave, Domine Jesu!”. Jesús inclina su alto cuerpo hacia la pequeña, y, poniéndole una mano sobre sus cabellos, le contesta: “La paz sea contigo”, luego se endereza otra vez y sigue a la pequeñuela que con su sonrisita de pajarito vuelve a donde la mujer, la cual ha hecho una profunda reverencia y se ha hecho a un lado de la puerta para que pase el Maestro. Jesús la saluda con una inclinación de cabeza, y entra en la habitación. ■ Se sienta en uno de los primeros bancos que encuentra, sin decir nada. Tiene la majestad de rey. Sentado sobre el banco de madera sin respaldo, parece estar sentado en un trono, tanta es la dignidad que irradia. No trae el manto, tan solo su vestido de lana de azul muy oscura, sin adornos, ni flecos. Un poco descolorido en la espalda donde la lluvia, el sol, el polvo y el sudor lo han desteñido. Es pobre, pero limpio. Parece como si fuera de púrpura, por la majestad de quien lo viste. Mantiene su cuerpo erguido, sus manos sobre las rodillas con las palmas abiertas. Sus pies desnudos, apoyados en el desnudo suelo de viejas baldosas. Como fondo una pared desnuda y apenas blanqueada con cal. Suspendido detrás de su cabeza, no baldaquino ni paño precioso, sino una criba o cedazo para la harina y una soga de la que penden manojos de ajos y cebollas. Pero aparece más majestuoso que si tuviese un suelo precioso bajo sus pies, a sus espaldas una pared dorada y un velo de púrpura adornado con joyas encima de su cabeza. Espera. Su majestuosidad paraliza a la mujer invadida por una admiración respetuosa. También la niña se calla y se queda inmóvil junto a la mujer, un poco, tal vez, asustada. Pero Jesús sonríe, le dice: “Aquí me tenéis. No tengáis miedo”. Todo temor desaparece. La mujer dice algo a los oídos a la niña, que camina seguida de la mujer hacia las rodillas de Jesús y le pone un racimo de flores. “Las rosas de Faustina a su Salvador”. Lo dice lentamente como quien no conoce bien una lengua que no es la suya. ■ Entretanto, la mujer se ha arrodillado detrás de la niña, echándose atrás el velo. Es Valeria, la madre de la pequeña, que saluda a Jesús en su lengua: “¡Salve, Maestro!”. Jesús: “Que Dios llegue a ti. ¿Cómo es que has venido? ¡Y sola!”, y, mientras, acaricia a la pequeñuela que no tiene ya miedo, y no contenta con haber puesto flores sobres las rodillas de Jesús, busca con sus manitas en el perfumado manojo para elegir las que, según ella, son más hermosas, y se las ofrece diciendo: “¡Tómalas! Son tuyas”, y toma ya una rosa ya una flor de largas hojas blancas y perfumadas, las levanta hasta el rostro de Jesús, que las acepta y luego va depositando de nuevo en el montón perfumado. ■ Entretanto, Valeria habla: “Estuve en Tiberíades porque mi hija estuvo un poco enferma y nuestro médico lo aconsejó…”. Una pausa larga. Cambia de color, después, como de prisa, dice: “Sufría terriblemente en el corazón y deseaba verte, porque para este sufrimiento mío hay solo un médico que eres Tú, Maestro, que para todo tienes palabras acertadas… Por esto he venido. Por el egoísmo de ser consolada, y también para saber lo que debo hacer para… sí, para agradecerte a Ti y a tu Dios que me habéis concedido tener a esta hijita mía… Sabemos muchas cosas, Maestro. Los informes de los hechos de la Colonia, hasta de los más mínimos, se depositan todos los días en la mesa de trabajo de Poncio Pilatos, que toma visión de los hechos. Pero, para tomar las decisiones que se requieran, oye mucho el parecer de Claudia… Muchos informes hablan de Ti y de los hebreos que agitan el país, haciendo de Ti al mismo tiempo una enseña nacional de rebeldía y una causa de odio civil. Claudia está en lo cierto cuando le dice que si en Palestina hay alguien que no le haría mal alguno, eres Tú. Y Pilatos día tras día la escucha… Hasta ahora quien impone es Claudia. Pero si mañana otra fuerza dominase a Pilatos… Lo supe y por esto pensé que mi pequeñita te daría consuelo…”. Jesús: “Tienes un corazón bondadoso y lleno de luz. Que Dios te ilumine y vele ahora y siempre por esta hijita tuya…”.
* “¿Que la mujer viva sujeta a su marido, humilde, fiel y casta? Sí. Él, el hombre, es la cabeza de la familia. Pero cabeza no quiere decir déspota. Cabeza no quiere decir caprichoso patrón al que le es lícito tener a su antojo no solo el cuerpo, sino también la parte mejor de su esposa. «Donde tú, Cayo, allí yo, Caya» decís. Pobres mujeres de un lugar donde el libertinaje está hasta en las fábulas de vuestros dioses.- Valeria: “Gracias, Señor. Tengo necesidad de Dios…”. Lágrimas resbalan por los ojos de Valeria. Jesús: “Es verdad. Tienes necesidad de Él. En Él encontrarás todo consuelo y además el guía para juzgar acertadamente, para perdonar, amar otra vez y sobre todo para educar a esta niña a fin de que tenga la vida dichosa de quienes son hijos del Dios verdadero. ■ Ya ves que este Dios al que tú no conocías, del que tal vez te burlaste, como de su Ley, este Dios que es tan distinto de vuestros dioses y de vuestras leyes y religiones, este Dios al que ciertamente habéis ofendido con una vida en que la virtud no era respetada en muchas cosas, leves todavía, si quieres, pero camino para más graves heridas contra la virtud y más graves ofensas a la Divinidad, que te ha creado a ti también, este Dios te ha amado mucho. Valiéndose de un dolor que sentías con toda la fuerza de madre, de mujer que no conoce la vida futura e ignora lo que significa la separación temporal de su hijo, te trajo a Mí. Tanto te amó que te llevó a Cesarea cuando en tu dolor agonizabas al ver que el cuerpo de tu hija iba enfriándose en medio de su agonía. Tanto te amó, que te la ha devuelto para que tuvieses siempre ante tus ojos la bondad y el poder del Dios verdadero, y tuvieses un freno contra las costumbres licenciosas paganas, y un consuelo en todos los dolores de mujer casada. Te ha amado tanto que, por medio de otro dolor, ha reforzado en ti la voluntad de venir al Camino, a la Verdad, a la Vida, y de quedarte ahí con tu hijita para que al menos ella, ya desde su infancia, tenga aquello que es consuelo y paz, salud y luz en los tristes días que caminará por la Tierra, y posea estas cosas como preservación de todo lo que a ti te hace sufrir, en tu parte mejor y en la afectiva: la primera, instintivamente buena y que no soporta el fango en que está obligada a vivir; la segunda, desordenada en su bondad. ■ Porque en tus afectos, mujer, eres una pagana. No es culpa tuya, sino del siglo en que vives, del gentilismo en que te creaste. Solo el que vive en la verdadera religión sabe dar a sus afectos el valor, medida y manifestaciones apropiadas. Tú, que no conocías la vida eterna, amabas desordenadamente a tu hijita, y al verla morir, te rebelabas con todas tus fuerzas, y enloquecías con su muerte próxima. Como alguien que viera a un loco apoderarse de su ser más querido, y le viera tenerle suspendido sobre un abismo de cuyo fondo nunca se podría salir, y que si cayera ya no podría tener ni siquiera el cadáver frío para darle el último beso de su amor, así veías a tu Faustina ya suspendida en el abismo de la nada… ¡Pobre mamá, que no habría recuperado jamás a su hija! Jamás, ni con el espíritu ni con la carne. Sería la nada. La nada inexorable, que es la muerte para los que no creen en la vida espiritual. Tú, esposa pagana, amorosa, fiel, has amado en tu esposo a tu dios terrenal, compañero de placeres, a tu hermoso dios que se proponía a tu adoración rebajando tu dignidad de igual al nivel de esclava. ¿Que la mujer viva sujeta a su marido, humilde, fiel y casta? Sí. Él, el hombre, es la cabeza de la familia. Pero cabeza no quiere decir déspota. Cabeza no quiere decir caprichoso patrón al que le es lícito tener a su antojo no solo el cuerpo, sino también la parte mejor de su esposa (2). «Donde tú, Cayo, allí yo, Caya» decís. Pobres mujeres de un lugar donde el libertinaje está hasta en las fábulas de vuestros dioses. Las que de vosotras que no sois ni impúdicas ni licenciosas, ¿cómo podéis estar donde están vuestros maridos? Es inevitable que la que no es una licenciosa ni una corrompida se canse con asco y experimente un dolor verdaderamente atroz, como de fibras que se desgarran, una gran turbación, un venirse abajo todo el culto hacia el marido contemplado siempre como un dios, cuando descubre que aquél a quien adoraba como a una deidad, es un mísero ser dominado por el instinto brutal, licencioso, adúltero, disipado, indiferente, burlador de los sentimientos y de la dignidad de su esposa. No llores. Todo lo sé, sin necesidad de los informes de los centuriones. No llores, mujer. ■ Aprende más bien a amar, ordenadamente, a tu esposo”. Valeria: “Ya no puedo amarle. Ya no lo merece. Le desprecio. No me rebajaré a mí misma imitándole, pero ya no puedo amarle. Todo ha acabado entre nosotros. He dejado que se fuera… sin tratar de detenerle… En el fondo he sentido agradecimiento a él por última vez, por el hecho de marcharse… No volveré a buscarle. Por otra parte, ¿acaso fue alguna vez compañero mío? Al caerse la venda de mi adoración por él, ahora puedo recordar y juzgar sus acciones. ¿Estaba acaso al lado de mi corazón, cuando lloraba yo, teniendo que seguirle hasta aquí, dejando a mi madre, que moría de dolor, y a mi patria, recién casada y próxima a dar a luz? Él se burlaba con sus amigos de mis lágrimas, de mis náuseas, advirtiéndome solo de que no le fuese a ensuciar el vestido. ¿Acaso estuvo a mi lado cuando me moría de nostalgia por mi patria? No. Afuera, con sus amigos, en banquetes donde mi estado no me permitía ir… ¿Estuvo alguna vez inclinado sobre la cuna de mi recién nacida? Se echó a reír cuando le mostraron a su hijita, y dijo: «Estoy tentado a echarla al suelo. No me eché el yugo matrimonial para tener hijas». Ni siquiera se presentó a la purificación, llamándola una inútil pantomima. Y como la pequeña lloraba, dijo al salir: «Ponle por nombre Libitina, y que esté consagrada a la diosa». Cuando Fausta agonizaba, ¿acaso compartió conmigo mis angustias? ¿Dónde estuvo la noche que precedió a tu venida? En casa de Valeriano, en un banquete. Pero le amaba yo; era mi dios, como dijiste. Todo en él me parecía bueno, acertado. Me concedía amarle… era la más sumisa esclava de sus caprichos. ¿Sabes por qué me ha rechazado?”. Jesús: “Lo sé. Porque en tu cuerpo surgió el alma, y dejaste de ser hembra para ser la esposa”.
* El deber de la mujer buena es hacer a su consorte bueno. Mientras no se divorcie de ti tú eres su mujer aún según vuestra ley. Y, como tal, tienes la obligación de quedarte en tu lugar como esposa. Tu lugar es el de ser segundo respecto a tu marido en la casa”.- ■ Valeria: “Estás en lo cierto. He querido hacer de mi hogar un hogar virtuoso… y él ha encontrado la manera de ser trasladado a Antioquía, al lado del Cónsul, imponiéndome no seguirle, y consigo se ha llevado a las esclavas favoritas. ¡Oh, no iré detrás de él! Tengo a mi hija. Tengo todo”. Jesús: “No. No tienes todo. Tienes una parte, una parte pequeña del Todo, lo necesario para ser virtuosa. El Todo es Dios. Tu hija no debe ser para ti causa de injusticia para con el Todo; sino al contrario, de justicia. Por ella y con ella tienes el deber de ser virtuosa”. Valeria: “Vine a consolarte y eres Tú el que me consuelas. Vine también a preguntarte cómo educarla para que sea digna de su Salvador. Había pensado en hacerme prosélita vuestra y en que ella también lo fuese”. ■ Jesús: “¿Y tu marido?”. Valeria: “¡Oh, todo ha acabado entre nosotros!”. Jesús: “No. Todo empieza. Eres siempre su mujer. El deber de la mujer buena es hacer a su consorte bueno”. Valeria: “Dice que quiere divorciarse. Y lo hará. Por esto…”. Jesús: “Y lo hará. Pero todavía no lo ha hecho. Y mientras no lo haga, tú eres su mujer aún según vuestra ley. Y, como tal, tienes la obligación de quedarte en tu lugar como esposa. Tu lugar es el de ser segundo respecto a tu marido en la casa, al lado de tu hija, ante los ojos de los criados y del mundo. Tú dices: él fue quien dio el mal ejemplo. Es verdad. Pero eso no te exime a ti de dar tu ejemplo de virtud. Él se marchó. Es verdad. Tú, junto a tu hija y tus siervos, toma su lugar”.
* Cuando Roma era menos corrompida sus mujeres eran castas, virtuosas… que, a los ojos de la justicia eterna y verdadera, no era en vano pues el bien es siempre bien, la religión tiene siempre el valor de religión si el que la practica está convencido de la verdad”.-Jesús: “No todo es censurable en vuestras costumbres. Cuando Roma estaba menos corrompida, sus mujeres eran castas, trabajadoras y servían a las divinidades con vida virtuosa y fiel. Aunque su mísera condición de paganas las hiciera servir a falsos dioses, la intención era buena. Entregaban su virtud al Ideal de su religión, a la necesidad de un respeto a una religión, a una Divinidad cuyo nombre les era desconocido, pero cuya existencia sentían, como sentían que era mayor que el licencioso Olimpo y que las envilecidas deidades que, según las leyendas mitológicas, lo poblaban. Vuestro Olimpo no existe, vuestros dioses tampoco. Pero vuestras antiguas virtudes eran fruto de la convicción sincera de tener que ser virtuosos para ser mirados por los dioses con amor; eran fruto de ese deber que sentían para con las divinidades que adorabais. ■ A los ojos del mundo, sobre todo de nuestro mundo judío, no habéis dejado de ser unos necios al honrar a quien no existe. Pero a los ojos de la justicia eterna y verdadera, a los del Dios Altísimo, Único y Omnipotente Creador de todos los seres, esas virtudes, ese respeto, esas obligaciones y deberes no eran en vano. El bien es siempre bien, la fe tiene siempre valor de fe, la religión tiene siempre valor de religión si el que los sigue y practica y posee está convencido de estar en la verdad. Te exhorto a que imites a vuestras antiguas mujeres castas, trabajadoras y fieles, quedándote en tu lugar, columna y luz en tu casa y de tu casa. No creas que los siervos dejarán de respetarte por haberte quedado sola. Hasta ahora te han servido por miedo, y alguna vez con un celado sentido de odio y rebelión. De hoy en adelante te servirán de corazón. Los infelices aman a sus iguales. Tus esclavos saben lo que es el dolor. Tu alegría fue en otros tiempos para ellos un aguijón amargo. Tus penas, al despojarte del frío resplandor de patrona —en el sentido odioso de esta palabra— te revestirán de una luz amorosa de piedad. Te amarán, Valeria. Te amará Dios, te amará tu hija, te amarán tus siervos”.
* Aun en el caso de que no fueras la esposa sino la divorciada, la separación legal no destruye el deber de ser fiel al juramento de esposaEl divorcio mosaico permitido para evitar pecados atroces, concede a la mujer una libertad muy mísera…”.-Jesús: “Y, aun en el caso de que ya no fueses la esposa, sino la divorciada, recuerda (Jesús se pone de pie) que la separación legal no destruye el deber de la mujer de ser fiel a su juramento de esposa. Tú quisieras entrar en nuestra religión. Uno de sus divinos preceptos es que la mujer es carne de la carne de su esposo y que nada, ni nadie, puede separar lo que Dios ha hecho una sola carne (3). También entre nosotros existe el divorcio. Ha venido como mal fruto de la lujuria humana, del Pecado de Origen, de la corrupción de los hombres. Pero no ha venido espontáneamente de Dios (4). Dios no cambia su palabra. Dios había dicho al inspirar a Adán, todavía inocente y por tanto que hablaba con una inteligencia no ofuscada por la culpa, que los esposos, una vez unidos, deben ser una sola carne. La carne no se separa de la otra parte sino por la muerte o enfermedad. ■ El divorcio mosaico, permitido para evitar pecados atroces, concede a la mujer solamente una libertad muy mísera. La divorciada es siempre un ser inferior en el concepto de los hombres, bien permanezca divorciada, bien pase a segundas nupcias. Pero ante el juicio de Dios, es una infeliz, si pasa a estar divorciada por una mala voluntad del marido y se queda como divorciada; mas, si está divorciada por torpes culpas propias y se casa de nuevo, es sólo una pecadora, una adúltera”.
* El divorcio es una prostitución legalizada, que pone al hombre y a la mujer en condiciones de cometer pecados de lujuria”.-Jesús: “Pero tú, al querer entrar en nuestra religión, lo haces por seguirme. Así pues Yo, Verbo de Dios, al haber llegado el tiempo de la religión perfecta, te digo lo que he dicho a muchos: no es lícito al hombre separar lo que Dios ha unido y es siempre adúltero aquél, o aquella, que, teniendo en vida a su cónyuge, pasa a nuevas nupcias. El divorcio es una prostitución legalizada, que pone al hombre y a la mujer en condiciones de cometer pecados de lujuria. La mujer divorciada difícilmente vive como viuda —y viuda fiel— de un vivo. El hombre divorciado jamás permanece fiel a su primer matrimonio. Tanto el uno como la otra, al pasar a otras uniones, descienden del nivel de hombres al de animales, a los cuales les está permitido cambiar de hembra a cada moción de su apetito”.
* El divorcio, fornicación legal, es criminal para la prole… En caso de muerte del cónyuge sería mejor encerrarse en la castidad.- Jesús: “La fornicación legal, peligrosa para la familia y para la patria, es criminal para la prole. Los hijos de los divorciados juzgarán a sus padres. ¡Severo es el juicio de los hijos! Por lo menos uno de sus padres recibe la condenación. Y los hijos quedan —por el egoísmo de los padres— condenados a una vida afectiva mutilada. Y si, además, a las consecuencias familiares del divorcio, que priva del padre o de la madre a los inocentes hijos, se añade el hecho del nuevo matrimonio del cónyuge al que han sido confiados los hijos, a la suerte desgraciada de una vida afectiva mutilada por la carencia de un miembro se une la otra mutilación: la de la pérdida, más o menos total, del afecto del otro miembro, dividido, o completamente absorbido por el nuevo amor y por los hijos que nacen de la nueva unión. ■ Hablar de nupcias, de matrimonio, en el caso de una nueva unión de un divorciado o divorciada, es profanar el significado y la cosa que es el matrimonio. Sola la muerte de uno de los cónyuges y la subsiguiente viudez del otro puede justificar las segundas nupcias. Lo que no quita que Yo juzgue que sería mejor inclinar la cabeza ante el veredicto, siempre justo, de quien regula los destinos de los hombres, y encerrarse en una castidad cuando la muerte haya puesto fin al estado matrimonial, dedicándose completamente a los hijos y amando al cónyuge pasado a la otra vida en sus hijos: un amor despojado de todo lo que puede ser material, un amor santo y verdadero. ¡Pobres hijos! Saborear después de la muerte o la destrucción del hogar, la dureza de un padrastro o la de una madrastra, y ¡la angustia de ver compartidas las caricias con otros hijos que no son hermanos!”.
*  El matrimonio en mi religión ya no será un contrato civil, un  contrato natural y moral entre dos de distinto sexo sino será un indisoluble vínculo soldado y santificado por el poder santificador de mi Sacramento. Rito sagrado. Se extenderá al alma de los cónyuges. Por tanto, se convertirá también en un contrato espiritual, Vuestro rito «Cayo-Caya», en mi rito, se perpetúa en el más allá, pues el deber de amar dura aún después de la muerte. Por eso digo que quisiera castidad en los viudos .-Jesús: “No. En mi religión no existirá el divorcio. Y aquél que estipule divorcio civil para contraer nueva unión será adúltero y pecador. La ley humana no podrá modificar mi decreto. El matrimonio en mi religión ya no será un contrato civil, una promesa moral, que se hace ante la presencia de testigos y que éstos sancionan. Será, antes bien, un indisoluble vínculo corroborado, soldado y santificado por el poder santificador que Yo le daré, convertido en Sacramento. Para que comprendas: rito sagrado. Poder o fuerza que ayudará a practicar santamente todos los deberes matrimoniales, pero que será también sentencia de indisolubilidad del vínculo. ■ Hasta ahora, el matrimonio ha sido un mutuo contrato natural y moral entre dos de distinto sexo. Cuando llegue mi ley, el matrimonio se extenderá al alma de los cónyuges (5). Por tanto, se convertirá también en un contrato espiritual, sancionado por Dios a través de sus ministros. Ahora bien, tú sabes que nada es superior a Dios. Por esto, lo que Él haya unido, nunca autoridad alguna, ley o capricho humanos podrán desunir. Vuestro rito de «donde tú, Cayo, allí yo, Caya» se perpetúa en el más allá en el nuestro, en mi rito, porque la muerte no es final, sino separación temporal del esposo de su esposa, y el deber de amar dura aún después de la muerte. Por esto digo que quisiera castidad en los viudos. Pero el hombre no sabe ser casto. Y también por esto digo que los cónyuges tienen el deber recíproco de mejorarse el uno al otro. No muevas la cabeza. Así es este deber, y hay que cumplir con el deber, si hay verdadera voluntad de seguirme”. ■ Valeria: “Te muestras duro hoy, Maestro”. Jesús: “No. Soy Maestro y tengo frente Mí a una criatura que puede crecer en la vida de la Gracia. Si no fueras lo que eres, te impondría menos. Pero tú tienes un buen temple, y el sufrimiento purifica y templa cada vez más tu metal. Un día te acordarás de Mí y me bendecirás de haberme portado como lo hago”. Valeria: “Mi marido no volverá atrás…”. Jesús: “Pero tú irás adelante, llevando de la mano a la inocente y caminarás por el sendero de la justicia. Sin odio, sin venganza; pero también sin esperanzas inútiles ni añoranzas por lo que se ha perdido”. Valeria: “¡Sabes que lo tengo perdido!”. Jesús: “Lo sé. Pero no tú: es él el que te ha perdido a ti. No te merecía”.
No puedo hacer otra cosa sino prepararte a que lleves la corona de espinas de las esposas abandonadas… Vive en la Tierra con tus afectos en Dios. En el amor de Dios encontrarás todo freno contra el mal. En el amor al prójimo tendrás ayuda contra el abatimiento de la soledad…”.-Jesús: “Escucha ahora… Es algo duro. Sí. Me has traído rosas y la inocente sonrisa de tu hijita para consolarme… Yo… no puedo hacer otra cosa sino prepararte a que lleves la corona de espinas de las esposas abandonadas… Pero reflexiona. Si pudiese retroceder el tiempo y llevarte nuevamente a aquella mañana en que Faustina agonizaba, y tu corazón fuera puesto en la condición de elegir entre tu hija y tu marido, debiendo perder con seguridad a uno de los dos ¿a quién habrías elegido?”. Valeria reflexiona, pálida pero sufriendo con fortaleza, después de las pocas lágrimas derramadas al principio del diálogo… Luego se inclina sobre la pequeñuela, que se ha sentado en el suelo y se divierte poniendo florecillas blancas todo alrededor de los pies de Jesús, la toma, la abraza y grita: “Escogería a ésta, porque a ella puedo darle mi corazón y educarla como he aprendido que se debe vivir. ¡Mi hija! Y no separarnos ni en la otra vida. ¡Yo siempre su madre; ella siempre mi hija!” la cubre de besos, y la pequeñita la abraza a su cuello, toda amor, toda sonrisas. ■ “Dime, Maestro que enseñas a vivir como héroes, ¿cómo educarla para que las dos estemos en tu Reino? ¿Qué palabras debo decirle, qué conducta?…”. Jesús: “No son necesarias palabras ni conducta especial. Sé perfecta para que ella refleje tu perfección. Ama a Dios y al prójimo para que ella aprenda a amar. Vive en la Tierra con tus afectos en Dios. Ella te imitará. Por ahora, así. Más tarde, mi Padre que os ha amado de modo especial, proveerá a vuestras necesidades espirituales y seréis sabias en la fe que traerá mi Nombre. Esto es lo que hay que hacer. En el amor de Dios encontrarás todo freno contra el mal. En el amor al prójimo tendrás ayuda contra el abatimiento de la soledad. Y enseña a perdonar. A ti misma… y a tu hija. ¿Comprendes lo que quiero decir?”. ■ Valeria: “Comprendo… Es justo… Maestro, me voy. Bendice a una pobre mujer… que es más pobre que una mendiga que tiene un fiel marido…”. Jesús: “¿En dónde vives ahora? ¿En Jerusalén?”. Valeria: “No. En Béter. Juana (6), que es muy buena, me ha mandado a su castillo… Arriba sufría demasiado… Estaré en Béter hasta que Juana vaya a Jerusalén, que será muy pronto. Va a bajar a Judea con tu Madre y las otras discípulas cuando empiece la primavera. Después estaré con ella por un poco de tiempo. Luego vendrán las otras e iré con ellas. Para ese entonces el tiempo habrá curado ya la herida”. Jesús: “El tiempo. Pero sobre todo Dios y la sonrisa de tu hijita. Adiós, Valeria. Que el Dios verdadero que buscas con buen corazón, te consuele y te proteja”. ■ Jesús pone la mano sobre la cabeza de la pequeñuela bendiciéndola. Se acerca a la puerta cerrada y pregunta: “¿Viniste sola?”. Valeria: “No. Con una liberta. Mi carro me espera en el bosque a la entrada del pueblo. ¿Nos volveremos a ver, Maestro?”. Jesús: “Para la Dedicación estaré en Jerusalén, en el Templo”. Valeria: “Iré allá, Maestro. Tengo necesidad de tus palabras en mi nueva vida…”. Jesús: “Vete tranquila. Dios no deja de ayudar a quien lo busca”. Valeria: “Lo creo… ¡Oh, qué triste es nuestro mundo pagano!”. Jesús: “La tristeza está donde no está la verdadera vida en Dios. También en Israel se llora… Y es porque ya no se vive en la Ley de Dios. Hasta pronto. La paz sea contigo”. (Escrito el 15 de Noviembre de 1946).
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1  Nota  : En esta Obra se habla extensamente de unas matronas romanas que se relacionaron con Jesús. Entre ellas está Claudia, esposa de Pilatos y sobre todo Valeria. Juana de Cusa, la esposa de Cusa, mayordomo de Herodes, fue la que introdujo a Jesús en el círculo de las matronas romanas. ■ La romana Valeria se encontró con Jesús por primera vez en Cesárea Marítima. Su hijita Fausta, desahuciada ya por los médicos, se estaba muriendo de difteria mortal. Jesús, conducido a la casa de Valeria por unos romanos curó a la niña metiendo el dedo índice mojado con saliva por la boquita anhelante y sacándolo envuelto en medio de un montón de membranas purulentas. La niña empezó a respirar tranquila en ese momento. Desde ese día, Valeria fue absorbiendo las enseñanzas del Maestro llegando poco a poco a sentir tedio de la vida pagana de su pueblo y repugnancia por los banquetes que generalmente terminaban en orgías en que también su esposo tomaba parte. Cfr. Personajes de la Obra magna: Romanos/as: Valeria. Claudia.
2  Nota  : Matrimonio en el A.T. y en el N.T.  Cfr. Apéndice: al final de este tema de “Familia”.
3 Nota  : Cfr. Gén. 2,18-25.   4  Nota  : Cfr. Deut. 24,1-4.  5  Nota  : “En mi ley el contrato se extiende al alma de los cónyuges”. Idea teológicamente exacta, profunda doctrinalmente, literariamente clara, en la que muy poco se piensa. El matrimonio cristiano no solo considera los cuerpos sino también las almas, el espíritu: tiene por objeto, según las miras de Dios y de la Iglesia, unir bajo todos los puntos de vista (espiritual, psíquico, físico) al hombre y a la mujer. La mujer, pues, no está solo sometida al hombre, sino es un solo ser con su marido. Este es el ideal y el programa cristiano, altísimo, pero que puede realizarlo quien —bajo la fuerza del Amor divino que santifica, vigoriza, y de su propia e indomable industria— lo quiera realizar.   6  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Juana de Cusa.
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(<Jesús, que se encuentra con el apóstol Juan en la gruta de Belén, va a aleccionar a un Juan lleno de escrúpulos>)
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8-539-305 (9-236-728).- “Muchos no saben distinguir hechos naturales y culpas y se crean escrúpulos y no hace sino obedecer a leyes naturales buenas: como la ley de cohabitar y procrear”.
* “Juan, hay que saber aplicar las órdenes con rectitud y buen sentido, sabiendo comprender el espíritu de la orden, no sola­mente las palabras que la forman”.- ■ Dice Jesús: “Vuelve aquí, Juan, al lado de tu Maestro, y escucha la lección. Hay que saber aplicar las órdenes con rectitud y buen sentido, sabiendo comprender el espíritu de la orden, no sola­mente las palabras que la forman… Muchos no saben distinguir entre tentación y culpa consumada. La primera es una prueba que alcanza méritos y no quita gracia. La segunda es caída que quita mérito y gracia. Otros no saben distinguir entre hechos naturales y culpas, y se crean escrúpulos de haber pecado, cuando —y éste es tu caso— no han hecho sino obedecer a leyes naturales buenas. Llamo claramente «buenas» a las leyes naturales, que son distintas de los instintos desenfrenados. Porque no todo lo que ahora se llama «ley natural» realmente lo es y es buena. Buenas eran todas las leyes relacionadas a la naturaleza humana y que Dios había dado a Adán y a Eva: la necesidad del alimento, del descanso, de la bebida. Después con el pecado, han entrado en escena —y se han mezclado con las leyes naturales, contaminando con su inmoderación (intemperancia) aquello que era bueno— los instintos animales, el desorden, todo tipo de sensualidad. Y Satanás, tentando, ha mantenido vivo el fuego, el fomes de los vicios. Ahora puedes ver que, si no es pecado ceder a la necesidad de descanso y de alimento, sí lo son la crápula, la embria­guez, el ocio prolongado. ■ Tampoco es pecado la necesidad de cohabitar y procrear; es más, Dios mandó hacerlo para poblar la Tierra de hombres. Pero ya no es buena la unión carnal sólo para la satisfacción de la carne. ¿Estás convencido también de esto?”. Juan: “Sí, Maestro”. (Escrito el 14 de Diciembre de 1946).
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10-635-326 (11-21-788).- Jesús Resucitado, en un monte cercano a Nazaret, repite nuevamente su enseñanza sobre el matrimonio a apóstoles y discípulos reunidos en torno a Él.
* Sacramentos.- ■ Dice Jesús:Estad atentos lo mejor que podáis, pues os diré cosas importantes: no las entenderéis todas, ni todas bien. Pero Aquél que vendrá después de Mí, os las hará comprender. Escuchadme, pues. Nadie está más convencido que vosotros que el hombre sin la ayuda de Dios, dado su estado debilísimo a causa del pecado, fácilmente puede pecar. Sería Yo un redentor imprudente si, después de haberos dado tanto para redimiros, no diese también los medios para conservaros dentro de los frutos de mi sacrificio. Sabéis que la razón de vuestra inclinación al pecado viene de la Culpa, que, al privar de la Gracia a los hombres, los despoja de su fortaleza, que proviene de la unión con la Gracia”.
* En la religión mosaica es un contrato natural. En la nueva religión, acto sagrado e indisoluble, elévese a contrato espiritual.- Jesús: “El matrimonio en la religión mosaica es un contrato. En la nueva religión cristiana es un acto sagrado e indisoluble sobre el que bajará la gracia del Señor que hará de los cónyuges dos ministros suyos en la propagación de la especie humana. Tratad desde los primeros momentos de aconsejar al cónyuge que viene de la nueva religión que convierta a su compañero o compañero, que todavía no es creyente, para evitar dolorosas separaciones en el modo de pensar, y por lo tanto de paz, que hemos visto aun entre nosotros. Pero cuando se trata de creyentes en el Señor, por ningún motivo se separe lo que Dios ha unido. Cuando se trate de una cristiana casada con un gentil, aconsejo que cargue su cruz con paciencia, dulzura y fortaleza, decidida aun a morir por su fe, pero sin abandonar a su esposo con quien se unió con pleno conocimiento. Este es mi consejo para una vida más perfecta en el estado matrimonial, mientras no sea posible —lo será con la difusión del cristianismo— tener matrimonios entre fieles. Entonces sagrado e indisoluble será el vínculo, y santo del amor (1). ■ Sería un mal si por la dureza de los corazones sucediera en la nueva religión lo que sucedió en la antigua: el permiso de repudio y disolución para evitar escándalos que provocó la voluptuosidad del hombre (2). En verdad os digo que cada uno debe llevar la cruz en todos los estados, y también en el matrimonial. Y también os digo que ninguna presión debe doblar vuestra autoridad al proclamar: «No es lícito» a quien quiere contraer otra vez el matrimonio, antes de que uno de los cónyuges haya muerto. ■ Os digo que es mejor que una parte corrompida se separe —ella sola o seguida por otros— antes que concederle, por tenerla en el cuerpo de la Iglesia, algo que sea contrario a la santidad del matrimonio, escandalizando a los humildes y siendo causa de que se formen opiniones desfavorables a la entereza sacerdotal como si hubiera sido influenciada por la riqueza o el poder. El matrimonio es un acto grave y santo y para demostrarlo asistí a las bodas y realicé el primer milagro (3). Pero, ¡ay!, si degeneran sólo en libídine y capricho. ■ El matrimonio, contrato natural entre hombre y mujer, que se eleve desde ahora en adelante a contrato espiritual por el cual de dos que se amen, juren servir al Señor en un amor recíproco, ofrecido a Él en señal de obediencia a su mandato de procreación para dar hijos al Señor” (4). (Escrito el 22 de Abril de 1947).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 5,27-32; 19,1-9; Mc. 10,1-12; Lc. 16,18; 1 Cor. 7; Rom. 7,1-3.   2  Nota  : Cfr. Deut. 24,1-4.   3  Nota  : Cfr. Ju. 2,1-12.   4  Nota  : Los 2 elementos del matrimonio: La escritora afirma, pues los 2 elementos del matrimonio: el amor mutuo entre los dos cónyuges y la procreación. Cfr. para ilustración Con. Ecum Vaticano II Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” acerca de la Iglesia en el mundo contemporáneo, parte II, cap. In. 47-52.
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.                        b) Dictados extraídos de los «Cuadernos de 1943/1950»
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43-171.- María Valtorta, que no puede honrar a su madre (1) como mujer, es exhortada a que la ame con amor espiritual que, aunque difícil, es amor de perfección, usado por el mismo Jesús para salvar a los poseídos del mal.
* “Los padres olvidan que son depositarios y custodios de un prodigio de Dios Creador. Cada hijo es un talento confiado por el Señor”.-Dice Jesús: “Escucha, María. ¿Conoces la parábola de aquel padre que tiene dos hijos de los que uno dice: «Sí, padre mío», y después nada hace; y el otro dice: «No, padre mío» y hace después lo que su padre le pide? No quiero aquí hacerte meditar sobre los deberes de los hijos y sobre la excelencia de la obediencia. No. Digo tan solo que tal vez aquel padre no era un modelo de padres. Prueba de ello, que los hijos no le amaban: el uno miente y el otro responde con una negativa que supera después con esfuerzo sobrenatural. No todos los hijos son perfectos, como tampoco es verdad que todos los padres lo sean. Dice el mandamiento: «Honra al padre y a la madre». Y el que quebranta, peca y será castigado por la Justicia divina. Mas la Justicia no sería tal si no emplease idéntica medida con quien no honra a sus hijos. Honrar, en el lenguaje antiguo, quiere decir: tratar con la consideración reverencial debida a su persona. Ahora bien, si es un deber honrar a quienes nos dieron la vida y atendieron a nuestras necesidades en la infancia y en la niñez, no es menos cierto que también se debe, por parte de los padres, honrar a los hijos que Dios les concedió tener, confiándoselos a aquellos que los puedan educar santamente. ■ Con harta frecuencia olvidan los padres y las madres que son depositarios y custodios de un prodigio de Dios Creador. Porque toda nueva existencia es un prodigio del Creador. Con frecuencia dejan de pensar los padres en que, dentro de aquella carne engendrada por la carne y la sangre humanas, se oculta un alma creada por Dios que ha de crecer conforme a una doctrina de espíritu y de verdad para ser devuelta a Dios dignamente. Cada hijo es un talento confiado por el Señor a un siervo suyo. Mas, ¡ay de aquel siervo que no lo hace fructificar, lo deja baldío desentendiéndose de él, o, lo que es todavía peor, lo deshace y corrompe! Si Dios, al que no se preocupa por enriquecer el talento vivo del buen Dios, le reclamará con voz severa por qué, conminándole con prolongado castigo, al que destruye y mata el alma de un hijo, Dios, dueño y juez de cuanto existe, conminará eterna pena con inexorable veredicto pues es un progenitor homicida, homicida de la parte más preciosa del hijo: su alma. Va todo esto en un plano general. Paso al ámbito particular”.
* “Amor espiritual para tu madre. El otro, en este caso es inútil… Los padres y madres que pecan contra sus hijos, necesitan, en orden a la vida eterna, de ayuda y perdón de sus hijos”.- Jesús: “¿Sabes tú, María, cómo debes tú amar a tu madre para que puedas seguir amándola? Con un amor exclusivamente espiritual. El otro… es inútil. Ella no lo ve ni lo comprende ni lo siente. Y lo que es más: lo desprecia haciéndote sangrar en tu humanidad. Por eso te digo: ámala espiritualmente tan sólo. Ámala, pues, y preocúpate de su pobre alma. No te digo más porque eres hija y no quiero que, por encima de eso, se menoscabe el honor de tu madre. Yo soy Dios y Juez. Lo podría hacer. Mas no lo quiero hacer contigo. Aun cuando un padre falte, debe ser respetado por ser «padre». ■ Ama su pobre alma pues tiene gran necesidad de tu caridad de hija. Los padres y las madres que pecan contra sus hijos, necesitan, en orden a la vida eterna, de la ayuda y del perdón de sus hijos para que se les aligere la pena. Recapacita mucho sobre cuanto te digo sin que Yo tenga que añadir más. Si te paras a considerarla como mujer, no la puedes honrar. Convengo contigo en esto. Pero considera que es un alma, hija de Dios, y muy, muy, muy rudimentaria. Tu caridad de hija debe emplearse en reparar sus deficiencias y has de enriquecerla tú para que no se presente excesivamente pobre ante Dios Juez. Te compadeces de los enfermos y amas a los niños. Mas ¿qué niñez espiritual es más niñez que la de tu madre? Y ¿qué enfermedad espiritual es más enfermedad que la de tu madre? Toma, pues, en brazos su espíritu oscuro y pesado y elévalo hacia la Luz”.
* A muchos, excepto a los poseídos completamente (Judas-Anás-Caifás), salvé con amor espiritual”.-Jesús: “Amor difícil es el espiritual. Lo sé. Mas es amor de perfección. Es el amor que Yo tuve para tantos mientras fui mortal. Yo sabía quién me habría de traicionar. Sabía quién habría de renegar de Mí. Sabía quién habría de huir en la hora tremenda. Nada se me ocultaba. Y, sin embargo, llevé a cabo prodigios inmensurables de amor espiritual —pues mi Carne y mi Sangre se estremecían de repulsión cuando sentían junto a sí a los cobardes, a los renegados y, sobre todo, al traidor— para intentar salvar sus espíritus. ■ A muchos de ellos logré salvar así. Sólo los poseídos completamente por el demonio, completamente digo, fueron impermeables a mi ablución de amor espiritual. Los demás, poseídos de una sola pasión, fueron salvados antes o después de mi Muerte. Judas, Caifás, Anás y algún otro, no, porque los siete príncipes de los demonios los tenían amarrados con siete maromas, y cohortes de demonios estaban en ellos para completar la labor que hizo de ellos las perlas del Infierno. Ama tú así. Con ello cumplirás con tu deber y te mostrarás ante Mí como verdadera discípula. En cuanto a ella, deja para Mí el oficio de Juez. Vete en paz, alma querida, y no peques”.

* María Valtorta habla del carácter violento de su madre para con ella.- ¡Qué deseos sentía de palabras y de caricias…! Porque si hubiese de tener que mirar a la parte humana… tendría que escapar a la cima del Mont Blanc. Este fragmento último me lo ha dictado a las 7 de la mañana y a las 11 he estado a punto de ir al Creador, pues hasta tal punto se desencadenó la injusta y cruel violencia de mi madre. ¿No le decía ayer a usted (2) que se encuentra en un período de ferocidad? No le exageré. Ahora que me ha puesto mala —es ya la tarde y aún tengo el corazón agitado, según el dictamen médico he estado expuesta a la muerte y la he sentido— está contenta. (Escrito el 10 de Julio de 1943).
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1  Nota  : Iside Fioravanzi fue muy adusta con María Valtorta, su única hija.   2  Nota  : Se refiere al P. Migliorini, su Padre espiritual.
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43-366.- Dios no repudia el matrimonio. Tan es así que Yo hice de él un Sacramento. El mundo se desquicia en ruinas porque antes se desquiciaron las familias. Repasad las historia: siempre aparece la lujuria en su triple combinación”.
* “Yo, viendo vuestra dureza de corazón, sustituí el precepto de Moisés por el Sacramento con el fin de proporcionar ayuda a vuestra alma de cónyuges”.-Dice Jesús: “El que te hable de esta materia a ti, que eres núbil, puede causarte estupor. Mas tú no eres sino la «portavoz» y por eso debes sujetarte a transmitir lo que sea. Lo que ahora digo sirve para los demás. Sirva para corregir más de un error arraigadísimo cada vez más en el mundo. El mundo se divide en dos grandes categorías. La primera, que es vastísima, es la de los sin escrúpulos de ningún género así humanos como espirituales. La segunda es la de los timoratos y los cicateramente timoratos. Me dirijo a la primera gran categoría y a la segunda clase de la segunda categoría. ■ Dios no reprueba el matrimonio. Tan es así que Yo hice de él un Sacramento. Y no hablo aquí del matrimonio como sacramento, sino del matrimonio como unión, cual Dios Creador lo hizo creando varón y mujer para que se uniesen formando una sola carne que, una vez unida, ninguna fuerza humana puede ni debe separar. Yo, viendo vuestra dureza de corazón cada vez mayor, cambié el precepto de Moisés sustituyéndolo por el Sacramento con el fin de proporcionar ayuda a vuestra alma de cónyuges contra vuestra carnalidad de animales y un freno contra vuestra ilícita facilidad de repudiar lo que primero elegisteis para pasar a nuevas uniones ilícitas con daño de vuestras almas y de las almas de vuestras criaturas”.
* La virtud del Sacramento, si fueseis verdaderos cristianos, debería obrar en vosotros haciéndoos una sola alma que se ama en una sola carne”.-Jesús: “Yerra, tanto el que se escandaliza de una ley puesta por Dios para perpetuar el milagro de la creación —y generalmente no son éstos los más castos sino los más hipócritas, porque los castos no ven en la unión más que la santidad del fin, mientras que los otros piensan en la materialidad del acto— como el que con ligereza culpable cree poder saltar impunemente por encima de mi prohibición de pasar a nuevos amores cuando el primero no quedó disuelto por la muerte. ■ Adúltero y maldito es aquel que, por capricho carnal o desenfreno moral, rompe una unión antes querida. Y si él o ella dicen que el cónyuge les resulta pesado y repugnante, Yo digo que Dios dotó al hombre de discernimiento e inteligencia para que usase de ellos más en casos de tan grave importancia como es el de la formación de una nueva familia. Y aún digo más: que si en un principio se erró por ligereza o por cálculo, es preciso después soportar las consecuencias para no ocasionar mayores desgracias que recaen especialmente sobre el cónyuge más bueno y sobre inocentes forzados a sufrir más de lo que la vida comporta. Digo por último que la virtud del sacramento, si fueseis cristianos verdaderos, y no bastardos como lo sois, debería obrar en vosotros, cónyuges, haciendo de vosotros una sola alma que se ama en una sola carne y no dos fieras que se odian atadas a una misma cadena. Adultero y maldito es aquel que, con ficción obscena, tiene dos o más vidas conyugales y, con fiebre del pecado en la sangre y el olor del vicio en sus labios mendaces, vuelve junto a su cónyuge y sus inocentes. Nada hay que justifique vuestro adulterio. Nada. Ni el abandono o enfermedad del cónyuge y mucho menos su carácter más o menos antipático. Las más de las veces es vuestra condición lujuriosa la que os hace antipático a vuestro compañero o compañera. Os empeñáis en verle así para justificar ante vosotros mismos vuestro vergonzoso comportamiento que la conciencia os reprocha. ■ Dije, y no me desdigo, que es adúltero, no solo el que consuma el adulterio, mas también el que en su corazón desea consumarlo al mirar con hambre de sentidos a la mujer o al hombre que no es suyo. Dije, y no me desdigo, que es adúltero aquel que, con su modo de comportarse, pone en trance de ser, a su vez, adúltero al otro cónyuge. Dos veces adúltero, responderá de su propia alma perdida y de la que arrastró a la perdición con su indiferencia, su desdén, su villanía y su infidelidad. A todos ellos alcanzará la maldición de Dios. Y no creáis que sea un modo de decir”.
* Familias desquiciadas, ruina del mundo.- La lujuria es la causa de la ruina: extingue la luz del espíritu y mata la Gracia. Sin Luz y sin Gracia: igual a animales.- Jesús: “El mundo se desquicia en ruinas porque antes se desquiciaron las familias. Al río de sangre que os anega, le agrietaron sus diques vuestros vicios individuales que impulsaron a los rectores más o menos elevados —desde Jefes de Estado a jefes de pequeños pueblecitos— a ser ladrones y violentos a fin de conseguir dinero y honores para sus liviandades. Repasad la historia del mundo: está llena de ejemplos. Siempre aparece la lujuria en la triple combinación (1) que provoca la trama de vuestras ruinas. Estados enteros destruidos, naciones arrancadas del seno de la Iglesia, desavenencias seculares entre razas producidas con escándalo y tormento por el ansia de carne de sus regidores. Y es lógico que así sea. ■ La lujuria extingue la luz del espíritu y mata la Gracia. Y sin Gracia y sin Luz en nada os diferenciáis de los brutos, realizando así actos de ellos. Si os place hacedlo pues así; pero recordad, viciosos, que profanáis con vuestra vida de pecado los hogares y los corazones de vuestros hijos, que Yo lo veo, lo recuerdo y os espero. En la mirada de vuestro Dios que amaba a los niños y creó para ellos la familia, veréis una luz que quisierais no haberla visto y que os fulminará” (2). (Escrito el 25 de Septiembre de 1943).
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1  Nota  : Afecta a la parte física,  moral y  espiritual.   2  Nota  : Añade a lápiz María Valtorta: “S. Marcos, cap. 16, vrs. 5-16.
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43-428.- Orfandad de María Valtorta y alegato sobre los hijos sin madre.
* “¡Hay tantos hijos sin madre, bien porque ésta no les ama o porque les rechazó! Sé de las lágrimas y rebeldías de estas mis pobres criaturas. La justicia no será severa con ellas”.- ■ Dice Jesús: “…También tú, pobre María, te encuentras sobre la cruz. Y tu cruz, ya habitual, se ha hecho ahora más dura y áspera con el dolor presente que te consume carne y sangre y te oprime hasta el punto de triturar todo tu ser. Ahora bien, al dolor de la partida de tu madre se añade el nuevo dolor de cómo se ha separado de ti sin dirigirte una sola palabra. Tienes un nudo de lágrimas en el corazón por tu insatisfecha hambre de caricias que te acompañó a lo largo de toda tu vida de huérfana. Entrégame este sacrificio también. ¡Hay tantos hijos sin madre, bien porque ésta no les ama o porque les rechazó…! ¿Crees acaso que los hijos de la culpa, cuando salen de las nieblas de la infancia y comienzan a pensar, no sufren por esta su condición? La caridad humana les proporciona pan y techo, ¡oh!, no mucho más y, con frecuencia, menos de lo que se da a un cachorro extraviado o a un animal abandonado. Mas si el cachorro y el animal se sienten felices solo con tener comida, refugio y una caricia no así los hijos de mujer, de esa mujer que los repudió por representar para ella el testimonio de su pecado. Estos tienen una mentalidad superior a la del cachorro y del animal, tienen un alma que sufre y que puede, en su sufrimiento de bastardos dispersados fuera del nido donde nacieron, lanzados fuera del nido, hacerles llegar a ser injustos y malvados. Injustos contra Mí y malvados contra los hombres y contra sus semejantes que los engendraron para condenarlos a un destino de vergüenza. ■ Tan solo Yo que soy Aquel a quien no se le escapa una lágrima humana ni se le pasa inadvertida la necesidad del pájaro que tiene hambre, solo Yo sé de las lágrimas y de las rebeldías de estas pobres criaturas que no gozaron ni de aquel mínimo de familia siquiera que lo constituye el recuerdo de unos padres que murieron. Y sus lágrimas las recoge mi Amor y sus rebeldías las disculpa mi Misericordia. La Justicia no es severa con estos pobres hijos engendrados para el llanto y la vergüenza sino que va a juzgar con rostro airado a quienes para tal suerte los engendraron. ■ Mas no es de esto de lo que te quiero hablar. Para esto únicamente te pido tu sufrimiento de hija que no ha conocido el consuelo del adiós materno. Tú me tienes a Mí como pocos. No saben verme ni sentirme pues, de otro modo, estaría con todos como contigo. Dame tu dolor de hija para que éstos sientan que tienen un Padre, que no son bastardos, que hay quien les ama, y les ama cual padre alguno de la tierra puede y sabe amar. Hay que saber aplicar el propio dolor personal al consuelo de los dolores de los demás. Y tú que sabes de las amarguras de ciertas situaciones, de la desolación del corazón y, a la vez, del consuelo que solo de Dios viene, sufre con buena voluntad para contrarrestar ésta que es una de las más amargas, desoladas y peligrosas desesperaciones”. (Escrito el 16 de Octubre de 1943).
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43-452.- Amor de padres e hijos (4º Mandamiento).- Educación-Formación-Perfección.
* “Amad a aquellos que, por haberos engendrado, son vuestros segundos creadores. ¡Sublime dignidad la del padre y la de la madre, santo Episcopado que consagra un nuevo siervo para Dios, un ciudadano del Cielo”.- ■ Dice Jesús: “Y, tras el amor para quien os creó, está el amor hacia el que os engendró y hacia el que es vuestro hermano. Si Dios es Caridad, ¿cómo podéis decir que estáis en Dios cuando nada hacéis por asemejaros a Él en la caridad? Y ¿podéis decir que sois semejantes por amarle a Él tan solo no amando a los demás que fueron creados por Él? Cierto que Dios debe ser amado sobre todos; pero nadie puede decir que ama a Dios si rehusa amar a los que Dios ama. Amad, pues, en primer término a aquellos que, por haberos engendrado, son los segundos creadores de vuestro ser sobre la tierra. El Creador supremo es el Señor Dios que forma vuestras almas y, dueño como es de la Vida y de la Muerte, permite vuestra arribada a la vida. Mas, son creadores segundos aquellos que, de dos carnes y de dos sangres, hacen una nueva carne, un nuevo hijo de Dios, un nuevo futuro habitante del Cielo, ya que para el Cielo fuisteis creados y para el Cielo vivís en la tierra. ■ ¡Dignidad sublime la del padre y la de la madre! Santo Episcopado, digo con palabra osada pero verdadera, que consagra un nuevo siervo para Dios con el crisma del amor conyugal, lo lava con el llanto de la madre, lo viste con el trabajo del padre, lo hace portador de la Luz al infundir el conocimiento de Dios en las mentes infantiles y el amor de Dios en aquellos corazones inocentes. En verdad os digo que, por el solo hecho de haber creado un nuevo Adán, son los padres un poco inferiores a Dios. Mas cuando, después, los padres del nuevo Adán saben hacer un nuevo pequeño Cristo, entonces su dignidad es apenas inferior en un grado a la del Eterno. ■ Amad pues a vuestro padre y a vuestra madre, esta doble manifestación de Dios a la que el amor conyugal transformó en «unidad», con un amor inferior tan sólo al que debéis al Señor Dios vuestro. Amadles por cuanto su dignidad y sus obras son para vosotros las más parecidas a las de Dios. Los padres son vuestros creadores terrenos y, como a tales, debéis venerarlos en todo. Y vosotros, padres, amad a vuestra prole. Recordad que a todo deber le corresponde un derecho y que si los hijos tienen el deber de reconocer en vosotros la más alta dignidad después de la de Dios, y tributaros por ello el amor más grande después del de Dios, vosotros tenéis el deber de ser perfectos a fin de que no mermen el buen concepto y el amor de los hijos a vosotros. Recordad que engendrar una carne es mucho; pero nada al mismo tiempo. También los animales engendran una carne y muchas veces cuidan de ella mejor que vosotros. Mas lo que vosotros engendráis es un ciudadano del Cielo. De esto es de lo que debéis preocupar”.
* Las tres categorías (padres, sacerdotes, maestros) corresponden a los «formadores» del espíritu. No basta «formación» sino «perfección». Modelarlos conforme a un modelo perfecto.- Jesús: “No apaguéis la luz en las almas de vuestros hijos ni permitáis que la perla de su alma adquiera tendencias al fango, no sea que de tal tendencia les lleve a sumergirse en él. Dad amor santo a vuestros hijos y no vanos cuidados de su belleza física ni de su cultura humana. Es la belleza de su alma, la educación de su espíritu las que debéis procurarles. ■ La vida de los padres es muchas veces sacrificio, al igual que la de los sacerdotes y la de los maestros conscientes de su misión. Estas tres categorías corresponden a los «formadores» del espíritu o la psiquis si así lo preferís. Y dado que el espíritu se relaciona con la carne en la proporción de 1000 a 1, considerad qué perfección habrán de alcanzar los padres, maestros y sacerdotes si de verdad han de ser lo que deben. Digo «perfección». No basta «formación». Deben formar a otros; mas para formarlos sin deformidad han de modelarlos conforme a un modelo perfecto. Y ¿cómo han de poder llegar a ser ellos perfectos si no se modelan conforme al Perfecto por excelencia que es Dios? Y ¿qué es lo que al hombre puede capacitarle para modelarse según Dios? El amor; siempre el amor. Sois hierro tosco e informe. El amor es el horno que os purifica y derrite haciéndoos flúidos para colaros a través de las venas sobrenaturales en el molde de Dios. Sólo cuando estéis formados vosotros conforme a la perfección de Dios, seréis los «formadores» de los demás”.
* Hijos, sean quienes fueren vuestros padres, Yo os digo: «No los juzguéis, sino más bien amadles, perdonadles y obedecedles en todo cuanto no sea contrario a mi Ley»”.-Jesús: “Muchas veces son los hijos una réplica de la quiebra espiritual de sus padres y así por los hijos se advierte lo que llegaron a ser sus padres. A veces de padres santos nacen hijos depravados, pero esto viene a ser excepción. Generalmente uno de los padres no suele ser santo, y, como os resulta más copiar lo malo que lo bueno, el hijo copia al menos bueno. E igualmente es cierto que de padres malos nace a veces un hijo santo. Pero también aquí es difícil que en los padres ambos sean malos. Y así, por ley de compensación, el más bueno de los dos es bueno por dos y, con oraciones, lágrimas y palabras realiza solo cuanto deberían hacer los dos formando al hijo para el Cielo. De todos formas, hijos, sean quienes fueren vuestros padres, Yo os digo: «No los juzguéis, sino más bien amadles, perdonadles y obedecedles en todo cuanto no sea contrario a mi Ley». ■ Queda para vosotros el mérito de la obediencia, del amor y del perdón, de ese vuestro perdón de hijos, María, que acelera el perdón de Dios hacia vuestros padres y tanto más lo acelera cuanto el perdón es más completo. ■ La responsabilidad de vuestros padres y el justo juicio de los mismos, tanto en lo que atañe a vosotros como a Dios, queda en manos de Este que es Juez único”. (Escrito el 21 de octubre 1943).
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43-504.- “¿Cómo venís a mis altares, fornicadores, adúlteras?”.- Los invertidos en los sentidos.
* “El hombre debe saber no fornicar. Si le estimula la carne con el grito de la sangre, escogerse una esposa sin esperar a ser viejo”.-Dice Jesús: “A mis altares, ¡oh falsos cristianos! que de cristianos tenéis tan solo las apariencias pero que no sois tales en vuestro interior, vienen muchos que no son lo que debieran ser. Y esto es perjudicial para el hombre que debe saber no fornicar, y, si le estimula la carne con el grito de la sangre, escogerse una esposa sin esperar a ser viejo y entregar a ésta un cuerpo incontaminado. Y esto en justicia ya que lo mismo quiere él de ella y también por caridad puesto que los contagios no siempre se producen sin peligro antes, junto con el cuerpo que se envilece y el alma que se corrompe, está la enfermedad que con tanta frecuencia hace de vosotros unos leprosos que transmitís esa lepra a la compañera y a los inocentes”.
* La más fea mancha que puede mancillar a una mujer: será juzgada como ladrona y adúltera.-Jesús: “Doble mal supone para la mujer presentarse a Dios, ante su altar, mediante juramento hecho a un hombre con la más fea mancha que puede mancillar a una mujer. Mintiendo a Dios, al hombre compañero suyo y al mundo, usurpan una bendición, una protección y una consideración de las que no es digna. Mas la bendición descendida sobre ella se cambia en castigo por cuanto a Dios no se le engaña. Ladrona y adúltera, será juzgada conforme a esas culpas suyas. Ladrona, porque defrauda de su derecho al compañero y le roba una confianza de la que no es digna; y a Dios una bendición de la que es menos digna aún; priva de una madre y de sus derechos a los pre-nacidos y su alma muerta no exhala ni un gemido al recordar a los anulados antes de despuntar la aurora de la vida o a los abandonados, cual cachorros errantes, por las márgenes de la vida. Adúltera, porque «la que mira a un hombre con deseo comete ya adulterio», y ella consumó el adulterio al no saber domar el deseo de su carne saciando con él, por el contrario, su hambre depravada”.
* Invertidos en los sentidos.- Jesús: “Sois invertidos en los sentidos. Nunca como ahora, cual fruto heredado de siglos de vicio, se halla difundida esta particularidad que os hace inferiores a los brutos. Lejos de combatirla, por ser unos depravados, os complacéis en ella y la explotáis en provecho de vuestros bolsillos. Causáis repugnancia a los mismos demonios. Y nada digo por respeto a mi portavoz. Esto es lo que os proporciona la idolatría del sentido y del poder que vosotros ahora con tanto ahínco practicáis y a la que os entregáis sin pensar que por ella y por sus frutos seréis castigados por Aquel que lo ve”. (Escrito el 5 de Noviembre de 1943).
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44-48.- María y José, matrimonio perfecto.
* Condición principal para vuestro matrimonio: pedir a Dios un compañero acomodado a vuestro carácter y posición y justo a los ojos de Dios”.- ■ Dice María Virgen: “Era deseo ardiente de mi espíritu permanecer virgen en el Templo por toda la vida para alabar al Señor y pedir que fuese concedido el Emmanuel a quienes, desde siglos, aguardaban su venida de Gracia. Por eso, cuando el Sumo Sacerdote me dio a conocer su voluntad de darme en matrimonio, experimenté interiormente mi primera turbación, siendo la segunda cuando el anuncio del Ángel. Tuve un momento de incertidumbre y de abatimiento porque, María, parecíame que el Señor rechazase mi ofrecimiento de virginidad por no encontrarlo digno de su Perfección. Me examiné a mí misma para ver en qué hubiera podido desagradar a mi Señor, puesto que, naturalmente, no pasaba por mi pensamiento ni la más leve sombra de que fuese injusta la divina Justicia. ■ Y así, en el humilde examen de mí misma encontré la respuesta y la paz. Con su luminosa voz de amor me dijo el Espíritu que esta voluntad sacerdotal, acorde con la de Dios, no suponía retroceso alguno a los ojos de Dios antes progreso en los grados del espíritu y que, al ser voluntad del Señor, su sola aceptación con pronta obediencia me habría de reportar bendiciones y méritos y una más intensa unión con mi Santo Señor Dios. Así que, con alegre obediencia, dije a Dios a través de su sacerdote: «Heme aquí, Señor, dispuesta a hacer tu voluntad y no la mía». Las palabras de mi Hijo (1) florecieron, pues, muchos años antes en los labios y en el corazón de su Madre. A cambio de mi obediencia, tan solo pedí a Dios que concediese a su Sierva un esposo tal que no emplease violencia turbadora ni desprecio burlón contra mi virginidad consagrada al Señor, antes fuese un compañero respetuoso y santo para el que el temor y el amor de Dios iluminaran a su corazón para comprender el alma de su Esposa. Nada más pedí. Belleza, juventud, posición social, bienes, fueron para mí cosa sin importancia que no merecieron ser objeto del más fugaz pensamiento mío. Busqué la «santidad» en mi futuro esposo no cuidándome de más. ■ Condición principal, y a menudo olvidada en vuestros matrimonios de hoy día, es ésta de dirigirse a Dios pidiéndole recibáis de su mano el compañero que se acomode a vuestro carácter, a vuestra posición y, sobre todo, el compañero justo a sus ojos. Nada le pedís a Dios en hora tan decisiva de la vida de la mujer, ni mirando para nada a vuestro espíritu ni al del compañero. Os basta con que sea guapo, rico, joven e influyente en el mundo. Todo lo demás no cuenta nada en el momento de la elección. Mas, por desgracia, los inconvenientes surgen después de las nupcias y, así, muchos matrimonios resultan una desilusión que viene a mitigarse únicamente cuando la esposa es mujer de sentimientos cristianos. Y si estos llegan a faltar también en ella, el matrimonio viene entonces a ser un desastre del que son víctimas expiatorias los inocentes, terminando muchas veces en un doble adulterio. Ponéis en peligro vuestra alma y con frecuencia le causáis la muerte por tener en cuenta en las nupcias tan solo los fines humanos sin acudir al Padre de los Cielos en hora tan solemne”.
* Su edad, doble más adulta que la mía, habíale dejado la limpieza de la mirada de un niño porque el mal no pudo penetrar en su corazón saturado de Dios”.-María Virgen: “Tan pronto como vi a José, toda mi natural ansiedad desapareció como tormenta que se desintegra con la aparición del arco iris. Me bastó fijarme en sus ojos para leer en ellos su rectitud, su fidelidad, su pureza y su bondad. Su edad, el doble más adulta que la mía, habíale dejado la tersura de la mirada de un niño porque, si bien el Mal, al vivir en el mundo, había producido perturbación en torno suyo, mas no pudo penetrar en su corazón, saturado como estaba de amor de Dios. ¡Con cuánta confianza puse mi mano en la suya al reconocer que en él había encontrado un padre amoroso, un esposo fiel y un compañero casto que habría de ser lo que el olivo y la higuera que dan sombra a la pequeña casa, a la que defienden de los vientos y del calor proporcionando refrigerio y placer con su dulzura y nutrimento! ■ ¡Dulce esposo mío que nunca, nunca me defraudó! Que, porque realmente me amaba, creyó en mí aun teniendo todas las apariencias en contra; que, por no apenarme, me ocultó sus llantos; que no tuvo para mí sino sonrisas y ayudas; que me guió como si fuera su primera hija putativa, teniéndome de la mano para hacerme sentir que estaba a mi lado con su amor, evitándome los tropiezos, anticipándose a cuanto necesitaba, paciente, silencioso y casto, casto como pueda ser un ángel. ¡Oh, sí! Sea bendito el Señor por ello. Yo, a quien destinó el Eterno para ser la Reina de sus ángeles, tuve, ya desde la Tierra, dos ángeles a mi servicio: mi ángel custodio cuya invisible presencia sentía aletear de continuo junto a Mí con destellos de luz y perfume celestial y mi angelical consorte cuya carne, no ensombrecida por deseo alguno de sangre, vivía al lado de la mía al modo como dos lirios se abren en un mismo bancal, perfumándose el uno al otro y floreciendo para el Señor, estimulándose mutuamente con el ejemplo a subir cada vez más arriba hacia Dios y a difundir con más intensidad su perfume en fuerza de la caridad de Dios y del compañero, pero sin unir jamás sus bocas floridas en un beso que manche de polen la seda angelical de su vestido de pureza. ¡Santo y bendito José mío! No acaba mi corazón de dar gracias al Señor por habérmelo dado por esposo, concediéndole así a su Sierva un Padre Santo que fuese una viva defensa de su virginidad al salir del Templo, y así el hálito del mundo se quebrase en José sin que estrépito o hedor alguno de humana torpeza penetrase a donde la eterna Virgen continuaba en sus alabanzas al Señor igual que si hubiera continuado adscrita al servicio del altar tras el Santo de los santos, allí donde resplandecía la gloria del Dios Eterno”. (Escrito el 11 de Enero de 1944).
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1  Nota : Cfr. Mt. 26,39-44;  Mc. 14,35-36;  Lc. 22,41-42: («Padre, si es posible, aparta de Mí este Cáliz. Sin embargo, no se haga mi voluntad sino la tuya»)
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44-213.- “¿Qué sociedad puede resultar de pueblos cuya primera forma de sociedad: la familia, es un algo árido, muerto, partido?”.
* Ejemplos de imperfecciones sin aparente importancia (hacer un poco la corte a aquella señora, emancipaciones, hacer del matrimonio algo utilitario para satisfacer necesidades y caprichos pero no la misión de procreación y crianza) que nos llevan a hacernos adúlteros y asesinos.- ■ Dice Jesús: “Hay pecados de naciones enteras cuyos ciudadanos han olvidado y sustituido a Dios por otros infinitos dioses que van: de un «hombre» de entre ellos a una idea, de una idea a un cúmulo de costumbres morales, o más bien, amorales, de las que no hay ni una que Dios no repruebe. ¿Qué ha sucedido en consecuencia? Igual que lo que resulta de un derrumbamiento de arena. Hay lugares en la Tierra en los que, por una particular composición, se van acumulando en aquel determinado lugar, lenta pero ininterrumpidamente, arenas transportadas por los vientos. Son precisos siglos; mas llega un momento en que la acumulación es tal que aquel repliegue de tierra no lo puede soportar y la sacude de sí provocando catástrofes que engullen pueblos y ciudades enteras. ■ ¿Qué hay de malo en hacer un poco la corte a aquella señora y en ella el dejarse hacer? Es quitar un poco de monotonía a la vida. Después volveremos a ser, como antes, simples amigos. Son cosas sin consecuencia alguna. No hay que ser puritanos. Pues bien, sois adúlteros e hipócritas y lo sois a los ojos de vuestros hijos que os parece que no ven, pero que lo ven todo, y a los que escandalizáis dándoles pie para que os juzguen. ■ ¿Qué mal hay en emanciparse de los padres, del marido, en independizarse y hacer la propia vida como a uno le plazca? ¿Qué tiene que ver hacer del matrimonio un algo utilitario que nos permita contar con una enfermera y una sirvienta en la mujer o con un recurso en el marido para satisfacer nuestras necesidades y caprichos pero no la misión de procreación y crianza? Está bien que no vengan los hijos o que vengan en corto número. Suponen cruces, gastos, son motivos de disgustos entre los parientes A. y B. y entre los mismos hijos que les precedieron. Ningún hijo más fuera de aquel uno o dos que no se sabe cómo pudieron nacer. Y, una vez nacidos, nada basta para ellos: nodriza, niñera, institutriz, colegio… Así habláis vosotros. ■ Sois asesinos o hipócritas. Suprimís vidas o almas. Porque, tened entendido: por bueno que sea un colegio y perfecta una institutriz, no lo es menos la madre, el padre y la familia. Esos hijos, que han sido de todos mucho más que vuestros, ¿cómo os van a poder amar con ese amor grande que sigue estando unido a vuestro interior como si tuviese echadas raíces en vosotros? ¿Cómo van a poder congeniar esos hijos con vosotros si sois para ellos extraños y viciversa? ¿Qué sociedad puede resultar de pueblos cuya primera forma de sociedad: la familia, es un algo árido, muerto y partido? Resultará una anarquía en la que cada uno piensa en sí cuando no en dañar a los demás. Y el dinero que os ahorráis negando el nacimiento a un hijo, ¿qué pensáis sea en vuestra cartera? Carcoma que roe vuestro caudal porque lo que no gastáis para un hijo lo gastáis aumentando tres veces más en diversiones, lujos inútiles y nocivos. Y ¿para qué os casasteis entonces, si no queréis tener hijos? ¿A qué reducís vuestro tálamo? El respeto hacia mi «portavoz» me obliga a silenciar la respuesta. Dáosla vosotros, ¡indignos! ¡Son tantas las pequeñas cosas si las comparáis con los delitos de los grandes pecadores…! Más, con todo, provocan la avalancha, esa avalancha que os anega”. (Escrito el 26 de Febrero de 1944).
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(<Es un comentario de Jesús sobre el martirio de Perpetua y Felicidad y de los compañeros de éstas, relatado en el tema “Fe”>).

44-236.- Consideraciones sobre el martirio de Perpetua, de Felicidad y de sus compañeros.
* Ellas dan la vida por amarme y llevar a los demás a ese amor y guiarlos hacia mi Reino”.- ■ Dice Jesús: “Este es el martirio de mi mártir Perpetua, de su compañera Felicidad y de los compañeros de éstas. Rea de ser cristiana cuando aún era catecúmena, pero ¡qué intrépida en su amor por Mí! Al martirio de la carne hubo de añadir el del corazón y, lo mismo que ella, Felicidad. Si sabían amar a sus verdugos ¿cómo no habían de saber amar a sus hijos?  Eran jóvenes y felices con el amor de sus respectivos esposos, padres e hijos. Mas Dios debe ser amado sobre toda otra cosa y ellas le amaban así. Sus entrañas se desgarraron al separarse de sus niños; pero la Fe no muere. Ellas creen en la otra vida que es permanente y saben que pertenece a quien se mantuvo fiel y vivió conforme a la Ley de Dios. ■ Ley dentro de la ley es el amor: hacia el Señor Dios y hacia el prójimo. ¿Qué más grande amor que dar la vida por aquellos a quienes se ama, como la dio el Salvador por la Humanidad a la que Él amaba? Ellas dan la vida por amarme y llevar a los demás a ese amor, poseyendo así la Vida terna. Ellas quieren que sus hijos, sus padres, esposos, hermanos y todos aquellos a quienes aman con amor de carne o de espíritu, —entre los que se hallan los verdugos, puesto que Yo dije: «Amad a los que os persiguen» (1)—  tengan la Vida de mi Reino. Y para guiarlos hacia este mi Reino, trazan con su sangre una señal esplendente y llamativa que va de la Tierra al Cielo. Sufrir, morir, ¿qué supone? Un fugaz instante; mientras que la vida eterna permanece. Nada supone ese instante de dolor frente al futuro de gozo que les aguarda. Las fieras, las espadas, ¿qué son? ¡Benditas sean ellas que dan la vida!”.
*El verdadero cristiano presta siempre virginidad de espíritu, manteniendo esta hermosa pureza, aunque el matrimonio haya roto ese sello”.-Jesús: “Su única preocupación: —puesto que quien es santo lo es en todo— conservar el pudor. En aquel momento no se cuidan de sus heridas sino de sus vestidos descompuestos. Porque, aunque no sean vírgenes, son siempre pudorosas. ■ El verdadero cristiano presta siempre virginidad de espíritu, manteniendo esta hermosa pureza aun cuando el matrimonio y la prole hayan roto ese sello que hace ángeles de las vírgenes. El cuerpo humano, purificado por el Bautismo, es templo del Espíritu de Dios. No ha de ser, por tanto, violado con desvergonzadas modas y costumbres. De la mujer, sobre todo de la mujer que no se respeta a sí misma, no puede derivar sino una prole viciosa y una sociedad corrompida de la que Dios se retira y en la que Satanás ara y siembra sus abrojos que os llevan a la desesperación”. (Escrito el 1 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 5,43-44; Lc,  6,27.
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44-279.- “Somos hijos de santos y no podemos unirnos como los gentiles”.- La dignidad del hombre y de la mujer que se hacen padres es la que sigue a la de Dios.- Dios no es un carcelero opresor sino un Padre que se alegra con los goces honestos”.
* Te enseñaré quiénes son aquellos sobre los que tiene poder el demonio”.-Dice Jesús: “Este dictado de hoy viene a ser corolario del de ayer (1). Las familias, que, lejos de ser familias, son el origen de graves disensiones en el núcleo de la célula familiar que, al irradiarse, destruyen las relaciones nacionales y con éstas la paz del mundo, son esas familias en las que no domina Dios sino el sentido y el interés, no se elevan hacia lo que es santo antes, cual hierba malsana nacida en el fango, rastrean siempre por tierra. Le dice el ángel a Tobías: «Te enseñaré quiénes son aquellos sobre los que tiene poder el demonio» (2). ■ ¡Oh cuántos son, ciertamente, los cónyuges que, desde el primer momento de su unión, se encuentran bajo el poder del demonio! y ¡cuántos aun antes de ser cónyuges! Porque, desde el momento en que se deciden a tomar un compañero o una compañera, no lo hacen con un fin recto sino con cálculos fraudulentos en los que dominan el egoísmo y la sensualidad. Nada más sano ni más santo que dos que se aman honestamente y se unen para perpetuar la raza humana y proveer de almas al Cielo”.
* La castidad debe ser el único medio de controlar la prole.- Jesús: “La dignidad del hombre y de la mujer que se hacen padres es la que sigue a la de Dios. Ni siquiera la dignidad real se asemeja a ésta, porque el rey, por sabio que sea, se limita a administrar súbditos. En cambio ellos, los padres, atraen sobre sí la mirada de Dios y arrebatan a aquella mirada una nueva alma que encierran en el envoltorio de la carne nacida de ellos. Me atrevería a decir que, en aquel momento, tienen como súbdito suyo a Dios, porque Dios, ante el amor recto que se une para dar a la Tierra y al Cielo un nuevo ciudadano, crea inmediatamente una nueva alma. ¡Si pensaseis en este poder de los padres al que Dios, de inmediato, presta su beneplácito! Los ángeles no pueden tanto, si bien ellos, lo mismo que Dios, están prontos a dar su conformidad al acto de los esposos fecundos y a hacerse custodios de las nuevas criaturas. ■ Con todo, son muchos los que, como dice el Arcángel Rafael, abrazan el estado conyugal dispuestos a apartar a Dios de sí y de su mente y a entregarse a la libídine. Y sobre éstos es sobre los que tiene poder el demonio (3). ¿Qué diferencia existe entre el lecho del pecado y el lecho de dos cónyuges que no se oponen al goce sino a la prole? No hagamos malabarismos de palabras ni de racionamientos mendaces. La diferencia es bien poca. Porque, si por motivos de enfermedad o de imperfección es aconsejable o necesario no tener hijos, es preciso entonces saber ser continentes y privarse de aquellas satisfacciones estériles que no son sino complacencia de la sensualidad. Y si, por el contrario, nada hay que se oponga a la procreación, ¿por qué hacéis de una ley natural y sobrenatural un acto inmoral desviándolo de su fin?”.
* El ángel le enseña a Tobías que, haciendo preceder al acto la oración, éste resulta santo, bendito y fecundo en prole y goces verdaderos”.-Jesús: “Cuando un motivo honesto cualquiera os aconseje no acrecentar el número de hijos, sabed vivir como esposos castos y no como monas lujuriosas. ¿Cómo queréis que el ángel de Dios vele vuestra casa cuando hacéis de ella un antro de pecado? ¿Cómo queréis que Dios os proteja si le obligáis a desviar su mirada de vuestro nido contaminado? ¡Oh miseria de familias que se forman sin preparación sobrenatural, familias de las que se destierra, a priori, la búsqueda de la Verdad y en las que, incluso, se ridiculiza la Verdad que enseña el ser y la razón del Matrimonio! ¡Familias míseras que se forman sin pensamiento alguno elevado, aguijoneadas tan solo por un apetito sensual y unas miras financieras! ¡Cuántos cónyuges que, tras la inevitable costumbre de la ceremonia religiosa —costumbre he dicho y lo repito, porque para la mayoría no es más que una costumbre y no una aspiración del alma a tener a Dios consigo, en ese momento— no tienen ni un solo pensamiento para Dios, haciendo del Sacramento que no termina con la ceremonia sino que se inicia entonces y dura lo que la vida de los cónyuges, algo conforme a mi pensamiento —lo mismo que la profesión monacal no dura lo que la ceremonia religiosa sino que dura cuanto la vida del religioso o de la religiosa— y hacen del Sacramento un festín y del festín un desahogo de la bestialidad! ■ El ángel le enseña a Tobías que, haciendo preceder al acto la oración, éste resulta santo, bendito y fecundo en prole y goces verdaderos. Esto es lo que hay que hacer: ir al matrimonio movidos por el deseo de descendencia, pues tal es el fin de la unión humana, ya que cualquier otro fin es culpa que deshonra al hombre como ser racional, portador del espíritu que es templo de Dios que se aparta indignado, y tener presente a Dios en todo momento”.
* Dios no es un Carcelero opresor sino un buen Padre que se alegra con los goces honestos”.-Jesús: “Dios no es un carcelero opresor sino un buen Padre que se alegra con los goces honestos de sus hijos y que a sus abrazos santos responde con bendiciones celestiales y con su asentimiento, de lo que es prueba la creación de un alma nueva. Mas ¿quién comprenderá esta página? Como si hablara la lengua de un planeta desconocido la leeréis vosotros sin apreciar su sabor santo. Os parecerá paja triturada cuando es doctrina celestial. Vosotros, los sabios de ahora, os reiréis de ella sin saber que de vuestra estulticia se ríe Satanás que, merced a vuestra incontinencia y a vuestra bestialidad, ha logrado trocar en cadena para vosotros lo que hizo Dios para vuestro bien: el matrimonio como unión humana y como Sacramento. ■ Os repito, para que las recordéis y os sirvan de norma —si es que aún lo podéis hacer por un resto de dignidad humana que sobreviva en vosotros— las palabras de Tobías a su mujer: «Nosotros somos hijos de santos y no podemos unirnos como los gentiles que no conocen a Dios» (4). Que ellas sean norma vuestra. Y por más que hubierais nacido en donde la santidad se encontraba ya muerta, el Bautismo siempre habrá hecho de vosotros hijos de Dios, del Santo de los santos y por ello, siempre podréis decir que sois hijos de santos: del Santo y regularos según esto. Tendréis entonces «una descendencia en la que se bendecirá el nombre del Señor» y se vivirá en su Ley. Y cuando los hijos viven en la Ley divina, los que gozan con ella son los padres puesto que enseña la virtud, el respeto y el amor, y los primeros en gozar, después de Dios, son los afortunados padres, los cónyuges santos que supieron hacer de su misión un rito perpetuo y no un vicio afrentoso”. (5) y (6). (Escrito el 2 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : “El dictado de ayer”, se refiere al episodio 1-37-202 del 21-Marzo-44 de la Obra sobre la “La sagrada Familia”, que se relata al principio de este tema de la familia.   2  Nota  : Cfr. Tob. 6,16.   3  Nota  : Cfr. Tob. 6,16-22; 8,4-10 y 15-17 (vulgata).    Nota  : Cfr. Tob. 4,12.
5  Nota  : Comentario de la Biblia latinoamericana respecto a este texto de Tobías. El ángel enseña a Tobías cómo lograr las bendiciones de Dios sobre los comienzos de su matrimonio: Por supuesto que no hay ningún pecado en las relaciones conyugales, sin embargo, Tobías debe rechazar la tentación de buscar su propio placer para alcanzar una unión hecha de amor y de entrega. El ángel dice a Tobías que deben unirse «con el deseo de tener hijos». Pero sabemos que también la unión conyugal fue ordenada por Dios como un medio para expresarse el amor mutuo.
6  Nota  : Doctrina sobre el Matrimonio en el Catecismo de la Iglesia Católica:
a) Finalidad del Matrimonio: —1660: La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza fue ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos. —1654: Sin embargo, los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena en sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.
b) Castidad en el noviazgo: —2350: Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad.
c) Ofensa a la castidad: —2353: La fornicación es unión carnal entre hombre y mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos….
d) El amor de los esposos: —2360: La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. —2361: Como dice la «Familiaris Consortio» 11: “La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan el uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. La persona humana se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con que el hombre y la mujer se comprometen totalmente hasta la muerte”: Tobías 8,4-9: Tobías se levantó del lecho y dijo a Sara: “Levántate, hermana y oremos y pidamos a Nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos salve”. Ella se levantó y empezaron a suplicar y a pedir el poder quedar a salvo. Comenzó él diciendo: “¡Bendito seas tú, Dios de nuestro padres… tú creaste a Adán, y para él creaste a Eva, su mujer, para sostén y ayuda, y para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tú mismo dijiste: «No es bueno que el hombre se halle solo; hagámosle una ayuda semejante a él». Yo no tomo a esta hermana mía con deseo impuro, mas con recta intención. Ten piedad de mí y de ella y podamos llegar juntos a nuestra ancianidad”. Y dijeron a coro: “Amén, amén”. Y se acostaron para pasar la noche. 2362: Los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos y, realizados de modo verdaderamente humana, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud. La sexualidad es fuente de alegría y de agrado.—2363: Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones de los cónyuges o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los cónyuges. —2370: La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundados en la auto-observación y el recurso a los períodos infecundos (Humanae vitae,12) son conforme a los criterios objetivos de la moralidad. Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica. Por el contrario, es intrínsicamente mala “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación (Humanae vitae, 14). Dice la «Familiaris Consortio» 32: “Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anti-conceptismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no solo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal”. Esta diferencia antropológica y moral entre la anticoncepción y el recurso a los ritmos periódicos “implica… dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí”.
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44-467.- “Único motivo posible de separación matrimonial, mirado, no desde mi punto de vista sino del vuestro, sería un punto de vista natural, y no sobrenatural”.
* En verdad os digo que si los esposos acertasen a vivir aislados dentro del cerco de su mutuo afecto y del amor a sus hijos, el 90% de las separaciones no se producirían, puesto que los mismos motivos de incompatibilidad que se aducen para obtener una separación entre cónyuges se dan en toda convivencia: entre padres e hijos, entre parientes…”.-Dice Jesús: “Ahora bien, llega por fin el momento en el que la mujer deja la casa paterna, y entra en la del esposo para ser «una sola carne con él» conforme al mandato antiguo (1), y, para siempre, según mi nuevo mandato que dice: «Lo que Dios unió no puede, por motivo alguno, separarlo el hombre»”. Porque separar equivale a incitar al adulterio y el pecado de adulterio lo comete no sólo el que peca materialmente sino también el que produce las causas del pecado poniendo a una criatura en trance de pecar. Y vaya esto, no solo para los maridos que abandonan a sus mujeres y para las mujeres que se separan de sus maridos sino también para los padres de unos y otras que, con perversa intención y egoísmo, meten cizaña entre dos cónyuges; o para esos mendaces amigos de casa que, con embustes o, simplemente, azuzando tal vez su mal humor que, de no hacerlo, desaparecería, forjan fantasmas entre los esposos capaces de hacer insoportable la convivencia. En verdad os digo que si los esposos acertasen a vivir aislados dentro del cerco de su mutuo afecto y del amor a sus hijos, el 90% de las separaciones no se producirían, puesto que los mismos motivos de incompatibilidad que se aducen para obtener una separación entre cónyuges se dan en toda convivencia: entre padres e hijos, entre parientes, entre hermanos y hasta entre amigos que se hayan juntado, no dándoles tanta importancia como para llegar a una ruptura. Y ésta, en cambio, que es una unión indisoluble en cualquier evento, la rompéis con la mayor facilidad. Jamás deberíais ser infieles, jamás. Ahora bien, el único motivo posible de separación, mirado, no desde mi punto de vista sino del vuestro, sería un punto de vista natural, ya que el sobrenatural viene a decir: «Si uno de los dos faltó, el otro tiene doble deber de ser fiel a fin de no privar a la prole del afecto y respeto debidos». Afecto de los padres hacia la prole y de ésta hacia los padres. Y aquel o aquellos que, no sabiendo perdonar, alejan al culpable quedando solo, difícilmente después sabe el culpable continuar solo y pasa, a su vez, a amores ilícitos cuyas consecuencias se vierten sobre el inmediato presente de los hijos y sobre la moralidad futura. Por eso digo Yo: «No es lícito al hombre, por motivo alguno, no es lícito al cristiano separar lo que un Sacramento unió en el nombre de Cristo»”.
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1  Nota  : Cfr. Gén. 2,24.

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Matrimonio en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento.- En lo que se refiera al matrimonio, ha parecido mejor reunir todo lo que se enseña en ambos Testamentos:
.  A) A.T. : Gén. 1,26-31 (la creación divina, dignidad, bendición, misión, poder de hombre y mujer); 2,7 (formación divina del hombre); 2,18-25 (Objeto, formación divina de la mujer, institución divina del matrimonio aún por boca de Adán inocente, inspirado por Dios); 3 (pecado de los primeros padres, castigo divino del hombre y de la mujer); 8,15-9,1 (bendición renovada y nueva proclamación del matrimonio); 11-25 (ejemplo de Sara, mujer de Abraham); 24-29 (Rebeca, mujer de Isaac); 29-35 (Raquel, mujer de Jacob); 41-46 (Aseneth, mujer de José); Ex. 2-4 y 18 (Séfora, mujer de Moisés); Deut. 24,1-4 (repudio mosaico); Jue. 4-5 (Débora de Apidoth, profetisa); 1 Sam. 1-2 (Ana, mujer el Elcana, profetisa); 2 Rey 22,14 (Olda, mujer de Selum, profetisa); Tob. 3-12 (Sara, mujer de Tobías); Jdt. 8-16 (Judit, mujer de Manaés); Est.2-16.
.  B) N.T. : Lc. 1 (Zacarías e Isabel); Mt. 1-2; Lc. 1-2 (José y María Virgen); Mt. 5,31-32; 19,1-11; Mc. 10.1-12; Lc. 16,18 (Indisolubilidad del matrimonio, puesto a la luz de su primitivo origen divino; abolición del repudio mosaico); Ju. 2,1-12 (presencia de Jesús que consagra las nupcias y las bendice aun materialmente); Rom. 7,1-13 (Indisolubilidad del matrimonio hasta la muerte); 1 Cor. 7 (matrimonio, celibato, virginidad, viudez); 11,2-16 (sujeción del hombre a Cristo, de la mujer al hombre); Ef. 5,21-33 (conforme al modelo de Cristo y de la Iglesia, como de cabeza a cuerpo o a miembros, sujeción de la esposa al esposo y amor mutuo); Col. 3,18-19 (sujeción de la mujer al hombre y amor mutuo); 1 Tim. 5,1-16 (viudas: escoger a las de edad para que cooperen al apostolado, invitar a las jóvenes a que vuelvan a casarse); 1 Pe. 3,1-7 (santidad de las esposas, sumisión y apostolado para con los maridos; comprensión y respeto de éstos para con ellas).
.    C) Acerca de lo que se refiere a la unión del esposo y de la esposa en cuanto es y debe ser la imagen de las relaciones de Dios para con el linaje humano, de Cristo para con la Iglesia, cfr. Cant., Os, Ef. 5,21-33.

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