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-El Decálogo

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El tema de “Dios-Reino de Dios”, 1ª parte, comprende:
Episodios y dictados extraídos de la Obra magna
«El Evangelio como me ha sido revelado»
(«El Hombre-Dios»)
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(<Jesús se encuentra en Betsaida en la terraza de la casa de Pedro. Acaba de elegir otros dos discípulos: Felipe y Bartolomé. Están presentes también los discípulos: Pedro, Andrés, Santiago Zebedeo, su hermano Juan; además de otra mucha gente>)
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1-50-279 (1-12-305).- Discurso sobre el Decálogo.- El Sábado es del Señor.
* En el Deuteronomio está dicho todo lo que debe hacerse. Seguid el Decálogo que se resume en dos preceptos principales. El amor sea la escalera para subir al Cielo”.- ■ La visión continúa en la terraza que está llena de gente; otras personas están en el huerto de Pedro. Jesús habla: “Paz a los hombres de buena voluntad. Paz y bendición a sus casas, a sus mujeres y a sus hijos. La gracia y la luz de Dios reine en ellos y en los corazones con quienes viven. Deseabais oírme. La Palabra habla. Habla con alegría a los honrados, habla con dolor a los que no lo son; habla con amor a los puros, habla con piedad a los pecadores. No se niega. Ha venido para derramarse como un río que riega tierras sedientas a las que lleva el consuelo del agua y abono con el limo. Vosotros queréis saber qué cosas son necesarias para ser discípulos de la Palabra de Dios, del Mesías, del Verbo del Padre, que viene a reunir a Israel para que de nuevo oiga las palabras del Decálogo santo e inmutable y se santifique por medio de ellas, para que esté limpio, en la medida que el hombre puede hacerlo de por sí, para la hora de la Redención y del Reino. Mirad. Yo digo a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los leprosos, a los paralíticos, a los muertos: «Levantaos, curaos, resucitad, caminad; ábranse en vosotros los ríos de la luz, de la palabra, del sonido, para que podáis ver, oír, hablar de Mí». Pero más que a los cuerpos estas palabras las digo a sus almas. ■ Hombres de buena voluntad, venid a Mí sin temor alguno. Si el alma está herida, Yo la curaré. Si enferma, Yo la sanaré; si muerta, Yo la resucitaré. Quiero tan solo vuestra buena voluntad. ¿Es cosa difícil lo que pido?… ¡No! ¡No os impongo los cientos y cientos de preceptos de los rabíes! Os digo: Seguid el Decálogo. La Ley es inmutable. Muchos siglos han pasado desde la hora en que bella, pura, fresca, como una criatura recién nacida, como una rosa que ha despuntado sobre el tallo, fue dada. Es sencilla, sin doblez, dulce para el que le siga. En el correr de los siglos, los pecados y las inclinaciones de los hombres la han complicado con leyes y más leyes pequeñas, con pesos y restricciones, con demasiadas cláusulas molestas. Hay que volver a la Ley como el Altísimo la dio. Pero os ruego por vuestro propio bien, que la recibáis con corazón sincero como los verdaderos israelitas de aquel tiempo. Vosotros murmuráis —más en vuestro corazón que con los labios— que la culpa está en los de arriba, más que en vosotros, gente humilde. Lo sé. En el Deuteronomio está dicho todo lo que debe hacerse, y no era necesario más. Pero no juzguéis a quien actuó no para sí, sino para los demás. Vosotros haced lo que Dios dice. ■ Sobre todo esforzaos en ser perfectos en los dos preceptos principales. Si amáis a Dios con todo vuestro ser, no pecaréis, porque el pecado es dolor que se da a Dios. Quien ama no quiere dar dolor al amado. Si amáis al prójimo, como a vosotros mismos, seréis hijos respetuosos para con vuestros padres, esposos fieles para con las esposas y hombres honrados en los negocios, sin violencia para con enemigos, sin mentira al dar testimonio, sin envidia para quien posee, sin impulso de lujuria para con la mujer de otro. No queriendo hacer a los otros lo que no querríais que se os hiciera a vosotros, no robaréis, no mataréis, no calumniaréis, no entraréis como los cucos en el nido de los demás. ■ Pero incluso os digo: «Id más adelante en la perfección de los dos preceptos de amor: amad también a vuestros enemigos». ¡Oh, si sabéis amar como Él, cómo os amará el Altísimo, que ama al hombre —transformado en enemigo suyo por la Culpa Original y por los pecados individuales— hasta el punto de enviarle el Redentor, el Cordero que es su Hijo, Yo, quien os está hablando, el Mesías, prometido para redimiros de toda culpa. Amad. El amor sea para vosotros escalera por la cual, hechos ángeles, subáis (como Jacob la vio), hasta el Cielo, oyendo al Padre decir a todos y a cada uno: «Yo seré tu Protector dondequiera que vayas, y te traeré de nuevo a este lugar: al Cielo, al Reino Eterno» (1). La paz con vosotros”. La gente acepta conmovida las palabras y se retira poco a poco.
* El sábado es del Señor.- El sábado y los fariseos.- ■ Se quedan Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé. Pedro: “¿Te vas mañana, Maestro?”. Jesús: “Mañana al amanecer si a ti no te desagrada”. Pedro: “Desagradarme el que te vayas, sí, pero la hora, no; es incluso propicia”. Jesús: “¿Vas a ir a pescar?”. Pedro: “Esta noche cuando salga la luna”. Jesús: “Hiciste bien en no pescar durante la pasada noche, Simón Pedro. Todavía no terminaba el sábado. Nehemías (2), en su reforma, quiso que en Judá fuese respetado el sábado. Pero ahora mucha gente lleva cargas, transporta vino y fruta y compra pescado y corderos. Tenéis seis días para esto. El sábado es del Señor. Solo podéis hacer una cosa en sábado: hacer bien al prójimo. Pero no se debe hacer por lucro sino por ayuda. Quien por lucro viola el sábado, no puede esperar otra cosa más que castigo de parte de Dios. ¿Gana algo?: lo perderá con creces en los seis días que faltan. ¿No gana nada?: en vano se esforzó el cuerpo, no concediéndole ese reposo que la Inteligencia determinó para él, airándose el alma por haber trabajado inútilmente, llegando incluso a proferir imprecaciones. En cambio el día de Dios debe transcurrirse con el corazón unido a Dios en una dulce plegaria de amor. Es necesario ser fieles en todo”. Pedro: “Pero… los escribas y doctores que son tan duros con nosotros… no trabajan en sábado y ni siquiera dan un pan al prójimo para no cansarse al darlo… pero sí hacen usura aun en sábado. Porque la usura no es trabajo… ¿puede hacerse en sábado?”. Jesús: “¡No, jamás! Ni durante el sábado, ni durante los otros días. Quien presta abusivamente, es deshonesto y cruel”. Pedro: “Entonces… los escribas y fariseos…”. Jesús: “¡Simón! No juzgues. Tú no lo hagas”. Pedro: “Tengo ojos para ver…”. Jesús: “¿Solo hay que ver el mal, Simón?”. Pedro: “No, Maestro”. Jesús: “Entonces, ¿por qué mirar tan solo el mal?”. Pedro: “Tienes razón, Maestro”. (Escrito el 15 de Octubre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Gén. 28,10-17.   2  Nota  : Cfr. 2 Esd. 13,15-21.
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(<Jesús, acompañado de varios discípulos, entre ellos, Simón Zelote y Judas Iscariote, ha visitado a Jonás [1], uno de los pastores de Belén, que, junto con otros campesinos y en medio de la mayor miseria, trabaja en los campos de la llanura de Esdrelón al servicio de un fariseo avaro y sin entrañas llamado Doras [2]. Después de consolarle, Jesús ha emprendido el viaje de regreso. En estos momentos Jesús está hablando a solas con Simón Zelote>)
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2-89-58 (2-54-541).- Debemos tener esta señal de Dios en común con Él: la santa misericordia.- ¿Qué es Dios?
* “Deseo quitar el hambre pero no como desea Judas. Si Dios proveyese a todo, haría un hurto a sus amigos: les privaría de la facultad de ser misericordiosos y de obedecer con esto el mandato de Dios”.- ■ Jesús le dice: “¡Oh, cómo me angustia ver sufrir a los buenos! Mi condición de pobre y despreciado por el mundo no me causa angustia sino por esto. Judas, si me oyese, diría: «Pero ¿no eres Tú el Verbo de Dios? Ordena, y las piedras se convertirán en oro y pan para los menesterosos». Repetiría la insidia de Satanás (3). Bien deseo Yo quitar las hambres, pero no como quisiera Judas. Todavía estáis demasiado poco formados como para comprender la profundidad de lo que digo. Pero a ti te lo digo: si Dios proveyese a todo, haría un hurto a sus amigos; les privaría de la facultad de ser misericordiosos, y de obedecer con esto, al mandamiento del amor. Mis amigos deben tener esta señal de Dios en común con Él: la santa misericordia, que se manifiesta en obras y en palabras. Y las desgracias ajenas proporcionan a mis amigos la manera de ejercitarla. ¿Has comprendido mi pensamiento?”. Zelote: “Es profundo. Lo medito. Me humillo al comprender lo obtuso que soy y lo grande que es Dios, el cual quiere que tengamos la totalidad de sus atributos más dulces, para llamarnos hijos suyos. Dios se me revela en su perfección múltiple por cada una de las luces que Tú derramas en mi corazón. Día tras día, como quien camina por un lugar desconocido, aumento mi conocimiento de esta inmensa Cosa que es la Perfección, que quiere llamarnos «hijos», y me parece estar subiendo como un águila, o sumergiéndome como un pez, en dos profundidades sin confín como son el cielo y el mar, y subo cada vez más, y me sumerjo cada vez más, sin tocar nunca el límite”.
* ¿Qué es Dios? Cuando uno, por voluntad propia, haya logrado comprenderle y merecerle, tendrá a Dios con completa posesión.- ■ Y Zelote pregunta: “¿Pero entonces, ¿qué es Dios?”. Jesús: “Dios es la inalcanzable Perfección, Dios es la completa Belleza, Dios es la infinita Potencia, Dios es la incomprensible Esencia, Dios es la insuperable Bondad, Dios es la indestructible Compasión, Dios es la inconmensurable Sabiduría, Dios es el Amor hecho Dios. ¡Es el Amor! ¡Es el Amor! Dices que cuanto más conoces a Dios en su perfección, más te parece ascender o sumergirte en dos profundidades sin confín, de azul sin sombras… ■ Cuando comprendas qué es el Amor hecho Dios, ya no subirás, ya no te sumergirás en ese azul sino en un remolino incandescente de llamas, y serás aspirado hacia una beatitud que te será muerte y vida. Tendrás a Dios, con completa posesión, cuando, por tu voluntad, hayas logrado comprenderle y merecerle. Entonces quedarás fijo en su perfección”. Zelote: “¡Señor!”… Simón se siente aniquilado. Se hace silencio. Llegan al camino. Jesús se detiene a esperar a los otros. (Escrito el 27 de Enero de 1945).
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1  Nota  : Jonás. Cfr. Personajes de la Obra magna:  Pastores de Belén.   2  Nota  : Cfr. Personajes de  la Obra magna:  Doras.   3  Nota  : Cfr. Mt. 4,3; Lc. 4,3.
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(<Jesús se encuentra en una casa de Galilea, donde se ha comenzado el alegre trabajo de la vendimia. Está acompañado de su Madre, apóstoles, dueños y peones de la casa. A todos ellos dirige su palabra>)

2-108-166 (2-75-657).- “Muchas, demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os di sólo éstas: «Amad a Dios. Amad al prójimo»”.
* Os fue dicho: «Teme al Señor tu Dios», en tiempo de la ira divina. Pero cuando la paz haya sido establecida entre Dios y el hombre a través del Redentor, entonces el amor debe suceder al temor, y sólo amor debe dársele a Dios, con ale­gría, porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra”.- ■ Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de las espaldas de María; parece como si es­tuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto, mientras con la derecha gesticula sosegadamente. “Me han dicho: «Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre». Heme aquí. En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo tra­bajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto: la primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones. Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se realizan teniendo presente en el espíritu al eterno Dios. ¿Puede acaso pecar uno que diga: «Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones»? No. No puede. Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le refrena al hombre de pecar más que cualquier amenaza humana. ■ ¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad. Os fue dicho: «Teme al Señor tu Dios». Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor, se apareció a sus espíritus justos. Y ciertamente es verdad que en tiempo de la ira divina la aparición de lo sobrenatural debió hacer temblar los corazones. ¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya del Paraíso? Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de un ángel, para permitir al ojo humano poder mirarle sin que se le queme la pupila y la mente. ¿Qué será entonces ver a Dios? Pero esto es así mientras dura la ira. Cuando ésta queda substi­tuida por la paz y el Dios de Israel dice: «He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío, y soy Yo, aun no siendo Yo, sino mi Pala­bra que se hace Carne para ser Redención», entonces el amor debe suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con ale­gría, porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra; la paz ha lle­gado entre Dios y el hombre”.
.   ● El Vástago de la estirpe de Jesé,  el anunciado por los Profetas,  ha venido. Él es Racimo opimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres, Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él”.-Jesús: “Cuando los primeros vientos de la pri­mavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe te­mer aún, dado que el temporal y los insectos pueden tenderle al fruto muchos peligros, mas cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha. El Vástago de la estirpe de Jesé, habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está en­tre vosotros. Él es Racimo opimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres. Él es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él. Pero, ¡ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado, y tres veces desdichados aquellos que después de haberse nutrido con Él lo hayan rechazado o mezclado en su interior con los alimentos de Satanás!”.
.    ● “La primera condición para obtener la bendición de Dios:  honestidad de propósitos”.-Jesús: “Y así vuelvo al primer concepto. La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las obras del hombre, es la honestidad de propósitos… Honesto es el que dice: «Sigo la Ley, no para obtener de ella ala­banza por parte de los hombres, sino por fidelidad a Dios». Honesto es aquel que dice: «Sigo a Cristo, no por los milagros que hace, sino por los consejos que me da de vida eterna». Honesto es quien dice: «Trabajo, no por ávido lucro, sino porque también el trabajo ha sido puesto por Dios como medio de santificación por su valor formativo, que preserva y que eleva; trabajo para poder ayudar a mi prójimo; trabajo para poder hacer resplandecer los prodigios de Dios, que de un granito minúsculo hace una espiga, de una semilla de uva hace una gran parra, de la semilla de un fruto hace un árbol, y de mí, hombre, un pobre nada, sacado de la nada por voluntad suya, hace un ayudante suyo en la obra infatigable de perpetuar las mieses, vides, árboles frutales, como en la de poblar la Tierra de hombres». ■ Hay personas que trabajan como bestias de carga, pero sin otra religión aparte de la de aumentar sus riquezas. ¿Que muere de aprietos y cansancio delante de él el compañero que ha sido menos favorecido por la suerte? ¿Que se mueren de hambre los hijos de este misera­ble? ¿Y qué le importa al ávido acumulador de riquezas? ■ Hay otros todavía más duros, que no trabajan pero obligan a trabajar, y atesoran con el sudor ajeno. Y hay otros que despilfarran lo que avaramente arrebatan al esfuerzo ajeno. En verdad, en éstos el trabajo no es honesto. Y no digáis: «Y a pesar de todo Dios le protege». No, no los protege. Hoy gozarán de una hora de triunfo, pero no pasará mucho tiempo sin que los alcance la severidad divina, que, en el tiempo o en la eternidad, les recordará este precepto: «Yo soy el Señor tu Dios, ámame sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo». ¡Oh, entonces, verdaderamente, si esas palabras resuenan eternamente, serán más tremendas que los rayos del Sinaí!”.
.    “Dios da el ciento por uno a quien le ama”.-Jesús: “Muchas,  demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os di sólo éstas: «Amad a Dios. Amad al prójimo». Ellas son como el trabajo que en primavera se hace alrededor de la viña y que la hace fecunda. El amor a Dios y al prójimo es como rastrillo que limpia el suelo de las hierbas nocivas del egoísmo y de las malas pasiones; es como hazadón que excava un círculo en torno a la planta para que quede aislada del contagio de hierbas parásitas y se nutra de frescas aguas de riego; es como podadera que elimina lo superfluo para que se acumule la energía y la encauce hacia donde dará fruto; es lazo que amarra y sostiene al robusto palo; es, finalmente, sol que madura los frutos de la buena voluntad haciendo de ellos frutos de vida eterna. ■ Exultáis ahora porque el año ha sido bueno, ricas las mieses y óptima la vendimia. Pero en verdad os digo que este júbilo vuestro es menos que un diminuto granito de arena en relación con el júbilo sin medida que será vuestro cuando el eterno Padre os diga: «Venid, fecundos sarmientos míos injertados en la verdadera Vid. Vosotros os prestasteis a toda operación, aunque fuera penosa, con tal de dar abundante fruto, y ahora venís a Mí cargados de los zumos dulces del amor por Mí y por el prójimo. Floreced en mis jardines durante toda la eternidad». ■ Tended a este eterno goce. Perseguid con fidelidad este bien. Agradecidos, bendecid al Eterno, que os ayuda a alcanzarlo. Bendecidle por la gracia de su Palabra, bendecidle por la gracia de la buena cosecha. Amad con gratitud al Señor y no tengáis miedo. Dios da el ciento por uno a quien le ama”.
* La bendición de Jesús.- ■ Jesús habría terminado, pero todos gritan: “¡Bendícenos! ¡Danos tu bendición!”. Jesús se levanta, extiende los brazos y dice “Que el Señor os bendiga y guarde, os muestre su faz y tenga piedad de vosotros. Que el Señor vuelva hacia vosotros su rostro y os dé su paz. Que el nombre del Señor esté en vuestros corazones, en vuestras casas y en vuestros campos”. (Escrito el 14 de Febrero de 1945).
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2-119-235 (2-86-730).- Discursos en «Aguas Claras» (1). «Yo soy el Señor Dios tuyo» (2). “Ni siquiera que hubiera matado a Dios, debe temer el arrepentido”.
* “Lo que Dios perdona, perdonan todos, incluso los muertos”.- ■ Hoy, en «Aguas Claras», hay por lo menos el doble de gente de ayer. Hay también personas que no parecen campesinas. Algunas han venido en burro y toman comida bajo el cobertizo. Han amarrado allí sus animales en espera del Maestro. El día es frío pero sereno. La gente charla entre sí y los más eruditos explican quién es y por qué el Maestro habla desde este lugar… “porque ni en Belén ni en Jerusalén puede predicar”. Responde otro: “¡Sí!, ¿cómo puedes pensar que los escribas y fariseos deseen sus palabras? Esos son víboras y hienas, como los llama el Bautista”. Dice uno: “Yo querría que me curase. ¿Ves? Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible en venir en burro hasta aquí. Le busqué en Sión, pero ya no estaba”. Dice otro: “Le amenazaron de muerte…”. Enfermo: “¡Perros!”. El otro asiente: “Sí”, y le pregunta: “¿De dónde vienes?”. Enfermo: “De Lida”. El otro queda sorprendido: “¡Mucho camino!”. Dice un tercero: “Yo… yo quisiera decirle un error mío… Se lo dije al Bautista… me escapé… con tantos reproches que me dijo. Pienso que no puedo ser perdonado…”. Le preguntan: “¿Qué has hecho?”. Responde: “Mucho mal. Se lo diré a Él. ¿Qué pensáis? ¿Me maldecirá?”. Un anciano de aspecto grave le dice: “No te maldecirá. Le he oído hablar en Betsaida. Estaba yo por casualidad allí. ¡Qué palabras! Y hablaba de una pecadora. ¡Ah! Habría yo querido ser ella para merecer su perdón…”. ■ Gritan varios: “Mírenlo que ahí viene”. El hombre que se siente culpable trata de huir diciendo: “¡Misericordia! ¡Me avergüenzo!”. Jesús que le ve, le dice: “¿A dónde huyes, hijo mío? ¿Tienes tanta negrura en el corazón como para odiar la Luz y huir de ella? ¿Has pecado tanto como para tener miedo de mi perdón? Pero ¿qué pecado pudiste haber cometido? ¡Ni siquiera que hubieras matado a Dios, deberías de tener miedo, si hubiese en ti verdadero arrepentimiento! ¡No llores! Más bien: ven que lloremos juntos”. Jesús que había levantado su mano y detenido al que iba a huir, lo tiene ahora estrechado contra Sí, y luego se dirige a los que le estaban esperando y dice: “Un momento, para aliviar este corazón y luego regreso”. Y se va más allá de la casa, rozando, al volver la esquina, a la mujer velada (3), que está en el lugar acostumbrado. Da unos pasos y se detiene: “¿Qué hiciste, hijo?”. El hombre cae de rodillas. Es un hombre como de cincuenta años. Una cara quemada por muchas pasiones y consumida por un tormento secreto. Extiende sus brazos y grita: “Para gozarme con las mujeres toda la herencia paterna, maté a mi madre y a mi hermano… No he tenido jamás paz… Mi comida: ¡sangre!… mi sueño: ¡pesadilla!… Mi placer… ¡Ah! en el pecho de las mujeres, en sus gritos de lujuria, sentía el frío de mi madre muerta y la asfixia de mi hermano envenenado. Malditas mujeres del placer que sois áspides, medusas, murenas insaciables, ruina, ruina… ¡ruina mía!”. Jesús: “¡No maldigas! ¡Yo no te maldigo!”. Hombre: “¿No me maldices?”. ■ Jesús: “¡No! ¡Lloro y tomo sobre Mí tu pecado!… ¡Qué pesado es! Me quiebra los miembros, pero aún así lo abrazo estrechamente para anularle por ti… y a ti te doy el perdón. ¡Sí, te perdono tu gran pecado!”. Extiende sus manos sobre la cabeza del hombre que solloza y dice estas palabras de oración: “Padre, también por él mi Sangre será derramada. Pero ahora mira el llanto y la plegaria. Padre, perdona porque él se ha arrepentido. Tu Hijo, en cuyas manos se ha confiado todo juicio, ¡así lo quiere!…”. Por algunos minutos sigue en esta actitud, luego se inclina, levanta al hombre y le dice: “La culpa se te ha perdonado. Está en ti ahora el expiar, con una vida de penitencia, cuanto queda de tu delito”. El hombre no puede creer: “¿Me ha perdonado Dios?… ¿Y mi madre?… ¿Y mi hermano?”. Jesús: “Lo que Dios perdona, lo perdonan todos. Vete y no peques más”. El hombre llora aún con más intensidad y le besa la mano. ■ Jesús le deja que siga llorando. Regresa a la casa. La mujer velada hace un movimiento como de salirle al encuentro, pero luego baja la cabeza y ni se mueve. Jesús pasa por delante de ella sin mirarla.
* Dios se manifestó en el Sinaí con su potencia y antes de hablar ordenó que nadie subiera. Pues era tiempo de justicia y prueba. Ahora ya no es así. El Justo ha venido a consumar toda justicia y la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida.- ■ Nuevamente en su lugar, habla: “Un alma ha vuelto al Señor. Sea bendita su omnipotencia que arranca de las garras del demonio las almas que son criaturas suyas y las lleva otra vez camino del Cielo. ■ ¿Por qué el alma se había perdido? Porque había perdido de vista la Ley. Está escrito en el Libro (4) que el Señor se manifestó en la cima del Sinaí con su terrible potencia, para, valiéndose también de ella, decir: «Yo soy Dios. Esta es mi voluntad. Y estos son los rayos que tengo preparados para los que fueren rebeldes a la voluntad de Dios». Y antes de hablar, ordenó que ninguno del pueblo subiera para contemplar a Aquel «que Es», y que incluso los sacerdotes se purificasen antes de acercarse al límite de Dios, para no ser heridos. La razón de esto fue porque era tiempo de justicia y de prueba. Los Cielos estaban cerrados como con una losa que cubría el misterio del Cielo y el desdén de Dios, y sólo las saetas de la justicia alcanzaban, provenientes de los Cielos, a los hijos culpables. Pero ahora ya no es así. Ahora el Justo ha venido a consumar toda justicia y ha llegado el tiempo en que sin fulgores y sin límites, la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida”.
.  ● «Yo soy el Señor Dios tuyo».- En todo instante: todo está ante la presencia de Dios.- Jesús: “La primera palabra del Padre y Señor es ésta: «Yo soy el Señor Dios tuyo». En todo instante del día la voz de Dios pronuncia esta palabra y su dedo la escribe. ¿Dónde? Por todas partes. Todo lo dice continuamente: desde la hierba a la estrella, desde el agua al fuego, desde la lana al alimento, desde la riqueza a la pobreza. Todo dice: «Yo soy el Señor. Por Mí tienes esto. ¡Un pensamiento mío te lo da, otro te lo quita, y no hay fuerza de ejércitos ni de defensas que te puedan preservar de mi voluntad!». Grita en la voz del viento, canta en el parlotear del agua, perfuma en la fragancia de la flor, se clava sobre las cúspides de las montañas, y susurra, habla, llama, grita en las conciencias: «Yo soy el Señor Dios Tuyo». No os olvidéis nunca de ello. No cerréis los ojos, los oídos; no estranguléis la conciencia para no oír esta palabra. Es inútil, ella es; y llegará el momento en que en la pared de la sala del banquete, o en la agitada ola del mar tempestuoso; o en el labio del niño que ríe, o en la palidez del anciano que se muere, en la fragante rosa, o en el fétido sepulcro, será escrita por el dedo de fuego de Dios. Es inútil, llega el momento en que en medio de las embriagueces del vino y del placer, en medio del ajetreo de los negocios, durante el reposo de la noche, en un solitario paseo, ella levanta su voz y dice: «Yo soy el Señor Dios tuyo», y no esta carne que ávido besas, y no este alimento que, glotón, engulles, y no este oro que, avaro, acumulas, y no este lecho sobre el que eres un ocioso; y de nada sirve el silencio, o el estar solo, o durmiendo, para hacerla callar. «Yo soy el Señor Dios tuyo», el Compañero que no te abandona, el Huésped que no puedes echar. ¿Eres bueno? He aquí que el Huésped y compañero es el Amigo bueno. ¿Eres perverso y culpable? He aquí que el huésped y compañero es el Rey airado y no concede tregua. Y no deja, no deja, no deja… ■ Sólo a los condenados les es concedido el separarse de Dios. Pero la separación es el tormento insaciable y eterno”.
.    ● Yo soy el Señor… que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud.- ¡De qué Egipto!.-Jesús: «Yo soy el Señor Dios tuyo» y añade «que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud». ¡Oh!, con qué verdad, ahora, lo dice. ¡De qué Egipto, de qué Egipto te saca para llevar a la tierra prometida, que no es este lugar sino el Cielo, el Reino eterno del Señor en donde no habrá hambre ni sed, ni frío ni muerte, sino que todo destilará alegría y paz, y de paz y alegría se verá saciado todo espíritu! Os saca ahora de la verdadera esclavitud. He aquí el Libertador. Yo soy. Vengo a romper vuestras cadenas. Cualquier dominador humano puede conocer la muerte, y por su muerte quedar libres los pueblos esclavos. Pero Satanás no muere. Es eterno. Y es él el dominador que os ha puesto grilletes para arrastraros hacia donde él desea. El Pecado está en vosotros y el Pecado es la cadena con que Satanás os tiene cogidos. Yo vengo a romper esa cadena. En nombre del Padre vengo, y por deseo mío. He aquí que, por tanto, se cumple la no comprendida promesa: «Te saqué de Egipto y de la esclavitud». ■ Ahora esto tiene espiritualmente cumplimiento. El Señor Dios vuestro os saca de la tierra del ídolo que sedujo a vuestros Primeros Padres, os arranca de la esclavitud de la Culpa, os reviste de Gracia, os admite en su Reino. En verdad os digo que quienes vengan a Mí, podrán oír al Altísimo decir en su corazón con dulzura de paterna voz: «Yo soy el Señor Dios tuyo, y te traigo hacia Mí, libre y feliz». Venid. Volved al Señor corazón y rostro, plegaria y voluntad. Ha llegado la hora de la Gracia”. Ya ha terminado Jesús.
* Jesús cura al hombre de la pierna con gangrena después de bautizarle como hace Juan.- ■ Pasa bendiciendo y acariciando a una anciana y a una niña morena que es toda una sonrisa. El enfermo de gangrena pide: “Cúrame, Maestro, ¡sufro tanto!”. Jesús: “Primero el alma, primero el alma. Haz penitencia”. Enfermo: “Dame el bautismo como Juan. No puedo ir a él. Estoy enfermo”. Jesús: “Ven”. Jesús baja al río que está más allá de dos grandes campos y del bosque que lo esconde. Se quita las sandalias y también el hombre que se ha arrastrado con sus muletas. Bajan al río y Jesús, haciendo copa con sus dos manos juntas, echa el agua sobre la cabeza del hombre que está metido hasta las rodillas. Jesús, mientras vuelve a subir por el sendero, le ordena: “¡Quítate las vendas!”. El hombre obedece. La pierna está curada. La multitud da un grito de estupor. Gritan muchos: “¡También yo!”. “¡También yo!”. “¡Yo también quiero el bautismo dado por Ti!”. Jesús, que ya está a medio camino, se vuelve: “Mañana. Ahora marchaos y sed buenos. La paz sea con vosotros”.
* El alma se purifica con el bautismo pero también el llanto es agua”.- ■ Jesús vuelve a la casa, a la oscura cocina no obstante sean todavía las primeras horas del atardecer. Los discípulos se le arremolinan a su alrededor. Pedro pregunta: “¿Qué tenía el hombre que llevaste detrás de la casa?”. Jesús: “Necesidad de purificación”. Pedro: “No ha vuelto, de todas formas, y no estaba siquiera entre los que pedían el bautismo”. Jesús: “Se fue a donde se le envió. A expiar, Pedro. No en una cárcel sino con la penitencia por todo el resto de su vida”. Pedro pregunta: “¿Entonces no se purifica con el agua?”. Jesús: “También el llanto es agua”. Pedro: “Esto es verdad. Ahora que has hecho milagros, ¡quien sabe cuántos vendrán!… Hoy eran más del doble…”. ■ Jesús: “Así es. Si Yo tuviera que hacer todo, no podría. Vosotros bautizaréis. Primero uno cada vez, después seréis dos, tres, muchos. Y Yo predicaré y curaré a los enfermos y pecadores”. Pedro: “¿Nosotros, bautizar? ¡Oh! ¡Yo no soy digno! ¡Quítame esa misión, Señor! ¡Tengo necesidad de ser bautizado!”. Pedro se ha arrodillado y suplica. Jesús se inclina y le dice: “Tú vas a ser el primero en bautizar. Desde mañana”. Pedro: “¡No, Señor! ¿Cómo voy a hacerlo si estoy más negro que una chimenea?”. ■ Jesús sonríe de la sinceridad humilde del apóstol arrodillado junto a sus rodillas, sobre las que tiene puestas sus gruesas manos de pescador. Le besa en la frente, en el límite de su cabello entrecano que, áspero, se riza: “Mira, te bautizo con un beso. ¿Estás contento?”. Pedro: “¡Cometería inmediatamente otro pecado para recibir otro beso!”. Jesús: “Esto no. No hay que burlarse de Dios abusando de sus dones”. Iscariote dice: “Y ¿a mí no me das un beso? También yo tengo alguno que otro pecado”. Jesús le mira atentamente. Su mirar, muy mutable, pasa de la luz de la alegría, que le hacía claro mientras hablaba con Pedro, a una oscura severidad, y yo diría que cansada, y dice: “Sí… también a ti. Ven. No soy injusto con nadie. Sé bueno, Judas. ¡Si quisieses…! Eres joven. Toda una vida para ascender siempre hasta la perfección de la santidad…” y le besa. Jesús: “Ahora tú, Simón Zelote, amigo mío. Y tú, Mateo, mi victoria. Y tú, sabio Bartolomé. Y tú, Felipe fiel. Y tú, Tomás, el de la pronta voluntad. Ven, Andrés, el del silencio activo. Y tú, Santiago, el del primer encuentro. Y ahora tú, alegría de tu Maestro. Y tú, Judas, compañero de infancia y de juventud. Y tú, Santiago que me recuerda al Justo (5) en sus facciones y en su corazón. ¡Ea! Todos, todos. Recordad que mi amor es grande, pero es necesaria también vuestra buena voluntad. Daréis un paso adelante en la vida de discípulos míos desde mañana. Y pensad que cada paso adelante es una honra y una obligación”. (Escrito el 27 de Febrero de 1945).
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1  Nota  : Personajes (lugares) de la Obra magna:  «Aguas Claras».   2  Nota  : Cfr.  Éx. 20,2;  Dt. 5,6.   3  Nota  : Mujer  Velada.- Personajes de la Obra magna: Aglae.   Nota  : Cfr. Éx.  19 y 20.   5  Nota  : Entiéndase: San José, cuyo sobrino es Santiago.
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2-120-243 (2-87-739).- Discurso en «Aguas Claras». «No te harás dioses en mi presencia»; «¡Yo soy el Dios fuerte y celoso!»; «Hago misericordia hasta la milésima generación de aquellos que me aman y observan mis mandamientos» (1).
*  Jesús recita las palabras del Éxodo en el salón lleno de gente.- Dice Jesús: “Está escrito: «No te harás dioses en mi presencia. No te harás ninguna escultura ni representación de lo que está arriba en el cielo o abajo en la tierra o en las aguas o bajo la tierra. No adorarás tales cosas, ni les darás culto. Yo soy el Señor tu Dios, fuerte y celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian, y hago misericordia hasta la milésima generación de aquellos que me aman y observan mis mandamientos»”. ■ La voz de Jesús retumba en el salón lleno de gente, porque llueve y todos han ido allí a refugiarse. En primera línea están cuatro enfermos, esto es, un ciego a quien ha conducido una mujer, un niño todo lleno de granos, una mujer amarillenta de ictericia o de malaria y uno a quien han llevado en camilla. Jesús habla, apoyado sobre el pesebre vacío. Juan y los dos primos, junto con Mateo y Felipe están cerca de Él, mientras que Judas con Pedro, Bartolomé y Andrés están a la salida y regulan la entrada de los que todavía están llegando; por su parte Tomás y Simón andan entre la gente haciendo callar a los niños, recogiendo los óbolos, escuchando las peticiones.
.    ● «No te harás dioses  en mi presencia».- Jesús: “«No te harás dioses  en mi presencia». Habéis oído cómo Dios está en todas partes con su mirada y con su voz. Verdaderamente siempre estamos ante su presencia. Cerrados dentro de una estancia o entre el público en el Templo, estamos igualmente ante su presencia. Ya seamos bienhechores ocultos que hasta al que ayudamos le ocultamos nuestra cara, ya seamos asesinos que asaltan y asesinan bárbaramente al viajero en un paso solitario, estamos igualmente en su presencia. En su presencia está el Rey en medio de su corte, el soldado en el campo de batalla, el levita en el Templo, el sabio inclinado sobre sus libros, el campesino en el surco, el mercader en su banco, la madre inclinada hacia la cuna, la recién casada en su habitación nupcial, la virgen en el secreto de la casa paterna, el niño pequeño estudiando en la escuela, el anciano cuando se echa para morir. Todos están ante su presencia y, todas las acciones del hombre, igualmente en su presencia. ■ ¡Todas las acciones del hombre! ¡Tremenda palabra, pero, al mismo tiempo, consoladora!: tremenda si las acciones son pecaminosas, consoladora si santas. Saber que Dios ve: freno para obrar mal; ayuda para obrar bien. «Dios ve que me comporto bien. Yo que Él no olvida lo que ve. Yo creo que Él premia las buenas acciones. Por tanto, estoy seguro de obtener este premio, y en esta seguridad descanso. Ella me dará una vida serena y muerte plácida, porque, ya en vida, ya en muerte, mi alma se verá consolada por el rayo de la luz de la amistad de Dios». De este modo reflexiona el que obra bien. Pero, el que obra mal, ¿por qué no piensa que entre las acciones prohibidas están los cultos idolátricos? ¿Por qué él no dice: «Dios ve que mientras finjo un culto santo adoro a un dios o dioses falsos a los que he erigido un altar, secreto ante los ojos de los hombres, pero que Dios conoce»? ■ ¿Qué dioses, diréis, si ni siquiera en el Templo hay una figura de Dios? ¿Qué rostro tienen estos dioses, si al verdadero Dios nos es imposible darle un rostro? Sí, imposible darle un rostro, porque el Perfecto y el Purísimo no puede ser dignamente representado por el hombre. Solo el espíritu vislumbra su incorpórea y sublime belleza, y oye su voz, gusta de sus caricias cuando Él se derrama sobre un santo suyo merecedor de estos contactos divinos. Mas el ojo, el oído, la mano del hombre no pueden ni ver ni oír, ni representar con el sonido en la cítara, o con el martillo y el cincel en el mármol, lo que es el Señor. ¡Oh, felicidad sin fin cuando, vosotros, espíritus de los justos, veáis a Dios! La primera mirada será la aurora de la beatitud que por los siglos de los siglos será compañera vuestra. ■ Y, sin embargo, lo que no pudimos hacer por un verdadero Dios, el hombre lo hace por sus dioses falsos. Y así uno erige un altar a una mujer; el otro al oro; el otro, al poder; el otro, a la ciencia; el otro, a los triunfos militares; uno adora al hombre que está en el poder, semejante a él por naturaleza, superior solo en fuerza o en dinero; otro se adora a sí mismo diciendo: «No hay otro igual a mí». He aquí los dioses de quienes pertenecen al pueblo de Dios. No os asombréis de los paganos que adoran animales, reptiles, astros.¡Cuántos reptiles! ¡Cuántos animales! ¡Cuántos astros apagados adoráis en vuestros corazones! Los labios pronuncian palabras mentirosas, para adular, para poseer, para corromper. Y ¿no son estas las plegarias de los idólatras secretos? Los corazones fomentan pensamientos de venganza, de contrabando, de prostitución. ¿Y no son, acaso, éstas las oraciones de los secretos idólatras? Los corazones nutren pensamientos de venganza, de tráficos ilícitos, de prostitución. ¿Y no son, acaso, éstos los cultos a los dioses inmundos del placer, de la avaricia, del mal? Está escrito: «No adorarás nada que no sea tu Dios verdadero, Único, Eterno»”.
.    ● «Yo soy el Dios fuerte y celoso».-JesúsY está escrito: «¡Yo soy  el Dios fuerte y celoso!». Fuerte: Ninguna otra fuerza es más fuerte que la de Dios. El hombre es libre de obrar, Satanás es libre de tentar. Pero cuando Dios dice: «¡Basta!», el hombre no puede ya continuar haciendo mal, ni Satanás tentando. Repelido y arrojado éste a su infierno, abatido aquel por el abuso de hacer el mal, porque éste tiene un límite, más allá del cual Dios no permite que se vaya. Celoso: ¿De qué cosa? ¿Con qué celos? ¿Los mezquinos celos de los hombrecillos? ¡No! Los santos celos de Dios respecto a sus hijos. Los justos celos. Los amores celosos. Os creó. Os ama. Os desea para Sí. Sabe lo que os hace daño. Conoce lo que puede separaros de Él. Es celoso de lo que se interpone entre el Padre y los hijos y los desvía del único amor que es salvación y paz: Dios. Comprended estos sublimes celos; no mezquinos, ni crueles, ni carceleros, sino amor infinito, bondad infinita; libertad sin límites, celos que se ofrecen a la criatura finita para absorberla en la eternidad para Sí y en Sí, y hacerla copartícipe de su infinitud. ■ Un Padre bueno no quiere gozar solo sus riquezas, sino que quiere que sus hijos las disfruten con él —en el fondo las ha acumulado más para sus hijos que para sí—. Pues así Dios; pero llevando en este amor y deseo la perfección que reside en toda acción suya”.
.    ● “«Hago misericordia hasta la milésima generación para los que me aman  y observan mis mandamientos»… Devolved a Dios su morada que no está en los templos de piedra sino en el corazón de los hombres”.-Jesús: “No desilusionéis al Señor. Hay promesa suya de castigar a los culpables y a los hijos de los hijos de los culpables; y Dios no miente en sus promesas. Pero no perdáis valor, ¡oh hijos del hombre y de Dios! Oíd la otra promesa y alegraos: «Hago misericordia hasta la milésima generación de aquellos que me aman y observan mis mandamientos». Hasta la milésima generación de los buenos, y hasta la milésima debilidad de los pobres hijos del hombre, que caen no por malicia sino por irreflexibilidad y por las trampas tendidas por Satanás. Aún más: Yo os digo que Él os abre sus brazos, si, con el corazón contrito y la cara lavada por el llanto, decís: «¡Padre!, he pecado. Lo sé, me humillo por ello y a Ti confieso mi pecado, perdóname. Tú perdón será mi fuerza para volver a ‘vivir’ la verdadera vida». No temáis. Antes de que vosotros pecarais por debilidad, Él sabía que pecaríais. Pero su corazón se cierra solo cuando persistís en el pecado, porque queréis pecar, haciendo de un pecado en concreto, o de muchos pecados, vuestros dioses de horror. Destruid todo ídolo, haced sitio al Dios verdadero; Él bajará con su gloria a consagrar vuestro corazón, cuando se vea Él solo en vosotros. ■ Devolvedle a Dios su morada, que no está en los templos de piedra, sino en el corazón de los hombres. Lavad el dintel de su puerta, liberad su interior de todo inútil o culpable dispositivo. Dios solo. Solo Él. ¡Él es todo! Y en nada es inferior al Paraíso el corazón de un hombre en que Dios habite, el corazón de un hombre que cante su amor al Huésped divino. Haced de cada corazón un Cielo. Empezad a vivir con el Excelso. En vuestro eterno mañana, ese vivir con Él se perfeccionará en poder y alegría, mas aquí tendrá ya tal entidad, que dejará atrás el terrible estupor de Abraham, Jacob y Moisés. Porque no será ya, en efecto, el encuentro incisivo como rayo, y aterrorizador, con el Poderoso, sino el estar con el Padre y el Amigo que desciende para deciros: «Mi alegría es estar entre los hijos de los hombres. Tú me haces feliz. Gracias»”. ■ El grupo, que supera el centenar de personas, tarda en salir de su estado de encantamiento. Hay quien se da cuenta de que está llorando o sonriendo por la misma esperanza de gozo. Finalmente parece que despiertan, emiten un murmullo, un fuerte suspiro y terminan gritando como sintiéndose liberados: “¡Bendito Tú! ¡Tú nos abres los caminos de la paz!”. Jesús sonríe y responde: “La paz estará en vosotros, si desde hoy seguís el bien”.
* Numerosas curaciones.- ■ Luego se dirige a los enfermos y pasa la mano sobre el niño enfermo, sobre el ciego y sobre la mujer amarillenta: se inclina sobre el paralítico y dice: “¡Quiero!”. El hombre le mira y luego grita: “¡Ha vuelto el calor a mi cuerpo muerto!”, y se pone en pie así, tal y como está, hasta que le echan encima la manta de la yacija. La madre, por su parte, levanta a su hijo, ya sin grano alguno, y el ciego abre sus ojos y parpadea al primer contacto con la luz; y unas mujeres gritan: “Dina ya no está amarilla como la retama de la montaña”. El alboroto llega a su colmo. Hay quien grita, quien bendice, quien empuja para ver, quien trata de salir para ir al pueblo a decirlo. Jesús se ve oprimido por todas partes. Pedro, viendo que casi le aplastan, grita: “¡Muchachos! ¡Que le asfixian al Maestro! Venga, a abrir el paso” y con una buena dosis de codazos y hasta puntapiés en las espinillas, los doce logran abrirse paso, librar a Jesús y llevarlo fuera. Pedro dice: “Mañana yo tendré cuidado. Tú en la puerta y los demás en el fondo. ■ ¿Te hicieron mal? Parecían locos. ¡Qué modales!”. Jesús: “No me hicieron daño. Déjalos. Estaban felices… y Yo con ellos. Id con el que pide bautismo. Yo entro en casa. Tú, Judas, con Simón, darás el óbolo a los pobres. Todo. Tenemos mucho, y no es justo que lo tengan los apóstoles del Señor. Vete, Pedro, vete. No temas hacer demasiado. Yo te justifico ante el Padre porque Yo soy quien te lo mando. Adiós, amigos”. Jesús cansado y sudado, se encierra en la casa, mientras cada uno los discípulos cumple su deber con los peregrinos. (Escrito el 28 de Febrero de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Éx. 20,3-6.
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2-121-251 (2-88-749).- Discurso en «Aguas Claras». «No invocar en vano mi Nombre» (1).
* ¿Se invoca en vano solo cuando se le blasfema?
.    ● “También cuando uno le nombra sin ser digno de Dios. ¿Puede un hijo decir: «Amo y honro a mi padre» si luego hace todo lo contrario de lo que el padre desea de él?… También en Israel hay una tendencia: la de encontrar muchos pecados en las cosas externas, y el no querer encontrarlos donde existen realmente, en las cosas interiores. Tiene también Israel una soberbia necia, una inhumana y no espiritual costumbre: la de estimar por blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos”.- ■ Jesús, ya en su puesto, comienza a hablar. “La paz sea con vosotros y con la paz os venga luz y santidad. Se dijo: «No proferirás en vano mi Nombre». ¿Cuándo se le nombra en vano? ¿Solo cuando se le blasfema? ¡No! También cuando uno le nombra sin ser digno de Dios. ¿Puede un hijo decir: «Amo y honro a mi padre» si luego hace todo lo contrario de lo que el padre desea de él? No es diciendo: «Padre, Padre» como se le ama. No es diciendo: «Dios, Dios» como se ama al Señor. En Israel, que —como ayer expliqué— tiene tantos ídolos en el secreto de los corazones, existe también una hipócrita alabanza a Dios, una alabanza que no queda corroborada por las obras de quienes la hacen. También hay en Israel una tendencia: la de encontrar muchos pecados en las cosas externas, y el no querer encontrarlos donde existen realmente, en las cosas interiores. ■ Tiene también Israel una soberbia necia, una inhumana y no espiritual costumbre: la de estimar por blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos, llegando a prohibirles a los gentiles el acercarse al Dios verdadero porque se considera sacrilegio. Esto se ha hecho hasta el presente. De hoy en adelante no se hará así. El Dios de Israel es el mismo Dios que creó a todos los hombres. ¿Por qué impedir que los seres creados sientan la atracción de su Creador? ¿Creéis que los paganos no sienten algo en el fondo del corazón, una insatisfacción que grita, que se agita, que busca?; ¿a quién?, ¿qué?: al Dios desconocido. Y ¿pensáis que si un pagano busca por sí mismo el altar del Dios desconocido, ese altar incorpóreo que es el alma en donde siempre hay un recuerdo de su Creador, el alma que trata de ser poseída por la gloria de Dios (como lo fue el Tabernáculo erigido por Moisés según la orden recibida), y que llora hasta no quedar poseída, pensáis que Dios rechaza su búsqueda como si de una profanación se tratase? ¿Y creéis que es pecado ese acto, suscitado por un sincero deseo del alma que, despertada por llamadas celestiales, dice «voy» al Dios que le está diciendo «ven», mientras que por el contrario sería santidad el culto corrompido de un Israel que ofrece al Templo lo que le sobra tras haber gozado, y entra a la presencia de Dios y le nombra —al Purísimo— con alma y cuerpo que no son sino toda una gusanera de culpas? ¡No! En verdad os digo que es en ese israelita, que con alma impura pronuncia en vano el nombre de Dios, donde se da la perfección del sacrilegio. ■ Es pronunciarlo en vano cuando —y estúpidos no sois— cuando, por el estado de vuestra alma sabéis que lo pronunciáis inútilmente. ¡Oh, verdaderamente veo el rostro indignado de Dios, volviéndose hacia otra parte con desagrado, cuando un hipócrita le llama, cuando le nombra un impenitente! Me da miedo, incluso a Mí que no merezco ese enojo divino”.
.   ● “Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí: «En vano» es cuando decir «Dios» no supone una transformación en bien; y, entonces, es pecado. «En vano» no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día, cada acción vuestra honesta, cada necesidad, cada tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor: «¡Ven Dios mío!»”.- Jesús: “En más de un corazón leo este pensamiento: «¡Pero entonces, aparte de los niños, nadie podrá invocar a Dios, dado que en todas partes en el hombre hay impureza y pecado!». No. No digáis eso. Son los pecadores los que deben invocar ese Nombre. Deben invocarlo los que se sienten estrangulados por Satanás, y quieren librarse del pecado y del Seductor. Quieren. He aquí lo que transforma el sacrilegio en rito. Querer curarse. Llamar al Poderoso para ser perdonados y para ser curados. Invocarle para poner en fuga al Seductor. ■ Está escrito en el Génesis (2) que la Serpiente tentó a Eva en el momento en que el Señor no paseaba por el Edén. Si Dios hubiese estado en el Edén Satanás no habría podido estar allí. Si Eva hubiese invocado a Dios, Satanás habría huido. Tened en el corazón siempre este pensamiento. Y con sinceridad llamad al Señor. Ese Nombre es salvación Muchos de vosotros queréis bajar a purificaros. Pero purificaros primero el corazón incesantemente, escribiendo en él, con el amor, la palabra «Dios». No con mentirosas oraciones rutinarias, sino con el corazón, con el pensamiento, con los actos, con todo vuestro ser, pronunciad ese Nombre: Dios. Pronunciadlo para no estar solos, pronunciadlo para ser sostenidos, pronunciadlo para ser perdonados. ■ Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí: «En vano» es cuando decir «Dios» no supone una transformación en bien; y, entonces, es pecado. «En vano» no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día, cada acción vuestra honesta, cada necesidad, cada tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor: «¡Ven Dios mío!». Entonces, en verdad, no pecáis nombrando el Nombre Santo de Dios. Marchad. La paz sea con vosotros”. (Escrito el 1 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Ex. 20,7.   2  Nota  : Cfr.  Gén. 3,1-8.
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(<En «Aguas Claras», Jesús, rodeado de mucha gente entre la que se encuentra el sinagogo de «Aguas Claras», está terminando su discurso sobre el mandamiento «No matarás». Va a referirse ahora directamente al cruel fariseo Doras, oculto detrás de la gente>)
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2-126-287 (2-93-787).- «No es lícito herir a Dios». Jesús-Dios es intransigente con el impenitente fariseo Doras que cae fulminado.
*Nada los convierte. El bien no cabe donde todo está lleno de mal”.- ■ Dice Jesús: “Y todavía añado: el patrón que da una paliza a un siervo, pero con la astucia de que no se le muera entre sus manos, es doblemente culpable. El siervo no es dinero del patrón, es un alma de su Dios. Sea para siempre maldito ese patrón que trata a su siervo peor que al buey”. Jesús parece como lanzar rayos y truenos. Todos le miran espantados, porque antes hablaba con calma. “¡Maldito sea! La Nueva Ley abroga esta dureza contra el esclavo, todavía justa cuando en el pueblo de Israel no había hipócritas que se fingían santos y agudizaban su ingenio solo para sacar el máximo provecho y eludir la Ley de Dios. Pero ahora —rebosando Israel de estos seres viperinos, que hacen de su capricho cosa lícita porque son ellos, los miserables poderosos, a quienes Dios mira con odio y náusea—, al presente Yo digo: ya no es así. Caen los esclavos en sus surcos y ante las piedras de molino. Caen, con los huesos quebrantados, visibles los nervios, a causa de los azotes. Los acusan de delitos que no existieron para poderlos golpear, para justificar su propio sadismo satánico. Hasta el milagro se usa como acusación para tener el derecho a golpearlos. Ni el poder, ni la santidad del esclavo convierten su alma retorcida. No se les puede convertir. El bien no cabe donde todo está lleno de mal. ■ Dios ve y dice: «¡Basta!». Demasiados son los Caínes que matan a los Abeles. Y ¿qué os pensáis, inmundos sepulcros blanqueados por fuera, por fuera cubiertos con palabras de la Ley mientras que por dentro se pasea el rey Satanás y pulula el satanismo más astuto, qué os pensáis?, ¿que es solo Abel hijo de Adán?, ¿que Dios mira benigno solo a los que no son esclavos de hombre mientras rechaza el único ofrecimiento que puede elevarle el esclavo, el de su honradez envuelta en llanto? ¡No! En verdad os digo que cada justo es un Abel, aun cuando esté cargado de cadenas, aun cuando muera entre los terrones del campo o sangrando por los azotes; y que son Caínes todos los injustos que le dan a Dios por orgullo, no por verdadero culto, lo que está manchado por su pecado y manchado por su sangre. ¡Vosotros que profanáis el milagro. Profanadores del hombre, asesinos, sacrílegos! ¡Fuera! ¡Idos de mi presencia! ¡Basta! Yo os digo: Basta. Y os lo puedo decir porque soy la Palabra divina que traduce el Pensamiento divino. ¡Idos!”. ■ Jesús de pie, erguido, sobre la rústica tribuna causa miedo, impone temor. Su brazo derecho extendido señalando a la puerta de salida; sus ojos, dos fuegos azules: parecen fulminar a los pecadores presentes. La niñita que estaba a sus pies se pone a llorar y corre a su madre. Los discípulos se miran espantados y tratan de descubrir contra quién es la invectiva. La gente también se vuelve con los ojos interrogativos. ■ Finalmente el secreto se descubre. En el fondo, fuera de la puerta, semiescondido detrás de un grupo de campesinos altos, se deja ver Doras. Está ahora más flaco, amarillo, arrugado, todo él nariz y mentón. Trae consigo a un siervo que lo ayuda a moverse porque parece que haya sufrido un accidente. Y ¿quién podía verle allí entre la gente en medio del patio?… Se atreve a hablar en su voz ronca: “¿Te refieres a mí? ¿Por qué lo dices?”. Jesús: “Por ti. Sal de mi casa”. Doras: “Me voy. Pero dentro de poco ajustaremos cuentas. No lo dudes”. Jesús: “¿Pronto? Al punto. El Dios del Sinaí, te lo dije, te está esperando”. Doras: “También tú, hombre maléfico, que a mí me has acarreado las enfermedades y a mis tierras los animales dañinos. Nos volveremos a ver, para gozo mío”. Jesús: “Sí. Y no querrás volverme a ver. Porque Yo te voy a juzgar”. Doras, gesticula, trata de gritar: “¡Ah! ¡Ah! Mald…”. Y cae al suelo. Grita el siervo: “¡Ha muerto! ¡Ha muerto el patrón! ■ ¡Que seas bendito, Tú, Mesías nuestro vengador!”. Jesús: “No Yo. Dios, el Señor Eterno. Que ninguno se contamine: que solo el siervo se ocupe de su patrón. Y trata bien su cuerpo. Todos vosotros, sus siervos, sed buenos. No os regocijéis de alegría, con resentimiento, por el caído, para que no merezcáis condena. Que Dios y el justo Jonás sean siempre vuestros amigos, y Yo con ellos. ¡Adiós!”. ■ Pedro pregunta: “Pero… ¿ha muerto por tu querer?”. Jesús: “No, sino que el Padre entró en Mí… es un misterio que no puedes entender. Acuérdate de que no es lícito herir a Dios. Él, sin concurso ajeno, se toma venganza”. Pedro: “¿No podrías entonces decir a tu Padre que haga morir a todos los que te odian?”. Jesús: “¡Cállate! Tú no sabes de qué espíritu eres. Yo soy Misericordia y no venganza”. El viejo sinagogo se acerca: “Maestro, has resuelto todas mis preguntas y hay luz en mí. Que seas bendito. Ven a mi sinagoga. No rehúses a un pobre viejo tu palabra”. Jesús: “Iré. Vete en paz. Que el Señor sea contigo”. Mientras la multitud se va poco a poco, todo termina. (Escrito el 10 de Marzo de 1945).
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(< La muerte de Doras, como ejemplo, en este discurso de «Aguas Claras»>)

2-127-293 (2-94-794).- «No tentarás a tu Señor, tu Dios» (1).
* ¿Cuándo se tienta a Dios?.- ■ La gente es muchísima. “La paz sea con vosotros” dice Jesús. Está sonriente como pocas veces. La gente cuchichea y le señala con gestos. Hay mucha curiosidad. “«No tentarás al Señor Dios tuyo», está escrito. Se olvida frecuentemente este precepto. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios cuando se obra imprudentemente contra las reglas de la Ley, que es santa y perfecta y en su parte espiritual —la principal— se ocupa y se preocupa, también, del cuerpo que Dios ha creado. Uno tienta a Dios, cuando, habiendo sido perdonados por Él, se vuelve a pecar. Uno tienta a Dios cuando, habiendo recibido de Él un beneficio que pretendía ser un bien para sí, algo que le moviera hacia Dios, lo convierte en un daño. De Dios nadie puede burlarse. Muchas veces sucede esto. ■ Ayer visteis qué castigo espera a los que se burlan de Dios. El Eterno Dios, que es todo piedad con quien se arrepiente, es por el contrario todo severidad con el impenitente que por ningún motivo se cambia a sí mismo. Vosotros venís a Mí para oír la palabra de Dios. Venís para recibir algún milagro. Venís para ser perdonados. Y el Padre os da la palabra, milagro y perdón. Y Yo no extraño el Cielo, porque os puedo proporcionar milagros y perdón y puedo haceros conocer a Dios. Ese hombre cayó ayer fulminado, como Nabad y Abiu (2), por el fuego de la divina indignación. ■ De todas formas, absteneos de juzgarle. Que lo que ha sucedido, que ha sido un nuevo milagro, solamente os haga meditar de cómo hay que actuar para tener a Dios como amigo. Él quería el agua de la penitencia, pero sin espíritu sobrenatural; la quería por espíritu humano: como una práctica mágica que le curase la enfermedad y le librase de la ruina. El cuerpo y las cosechas: éstos eran sus fines. No la pobre alma, que para él no tenía ella valor; lo valioso para él era la vida y el dinero. Yo digo: donde está tu tesoro allí está tu corazón y donde está el corazón estará el tesoro. Él tenía en el corazón la sed de vivir y de tener mucho dinero. ¿Cómo obtenerlo? De cualquier modo. Aun con el crimen. Pues bien, pedir así el bautismo ¿no era burlarse de Dios y tentarle?”.
* El llanto del arrepentimiento sincero debía haber sido su agua lustral”.-Jesús: “Habría bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado para proporcionarle una santa muerte y también lo justo en la Tierra. Pero él era impenitente. No habiendo amado a ningún otro fuera de sí mismo, llegó a no amarse a sí mismo. Porque el odio mata también el amor animal y egoísta del hombre. El llanto del arrepentimiento sincero debía ser su agua lustral. Y también así sea para todos vosotros que me escucháis. Porque no hay nadie sin pecado. Y por eso todos tenéis necesidad de esta agua, que, exprimida por el mismo corazón, desciende y lava, purifica lo que está profanado, levanta al caído, da fuerzas a quien estaba sin ellas por la culpa. ■ Ese hombre se preocupaba solo de la miseria de la tierra. Pero una miseria única debe poner pensativo al hombre. Y es la eterna miseria de perder a Dios. Aquel hombre no faltaba de hacer las ofrendas rituales, mas no sabía ofrecer a Dios un sacrificio espiritual, o sea, alejarse del pecado, hacer penitencia, pedir con los hechos el perdón. Una ofrenda hipócrita de riquezas mal adquiridas es como invitarle a Dios a que se haga cómplice de las malas acciones del hombre. Pero ¿puede suceder esto? ¿No es burlarse de Dios el pretenderlo? Dios arroja de su presencia a quien dice: «He aquí mi sacrificio» pero arde en deseos de continuar su pecado. ¿Sirve de algo el ayuno corporal cuando el alma no ayuna del pecado?”.
* La vida y la muerte son maestras para vivir bien y morir bien y conquistar la vida que no tiene muerte”.-Jesús: “Que la muerte de este hombre, que ha acontecido aquí, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para gozar del aprecio de Dios. Ahora en su rico palacio sus familiares y las plañideras hacen duelo sobre el cadáver que dentro de poco será llevado al sepulcro. ¡Oh! ¡Verdadero duelo y verdadero cadáver! No es más que un cadáver. No es otra cosa que un duelo sin esperanzas. Porque ya muerta el alma estará separada para siempre de aquellos que amó por parentela y afinidad de ideas. Aun cuando un mismo lugar los una eternamente, el odio que allí reina los dividirá. Es así que entonces la muerte es «verdadera» separación. ■ Sería mejor que el hombre, en lugar de llorar por los demás, llorase por su alma, si la tiene muerta. Y con ese llanto de contrición y de corazón humilde devolver al alma la vida con el perdón de Dios. Idos. Sin odios ni comentarios. Sin otra cosa que humildad. Como Yo que, no con odio sino por justicia he hablado de él. La vida y la muerte son maestras para vivir bien y morir bien y para conquistar la vida que no tiene muerte. La paz sea siempre con vosotros”. (Escrito el 11 de Marzo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Deut. 6,14-25.   2  Nota  : Cfr.  Lev. 10, 1-7.
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2-132-316 (2-99-820).- En «Aguas Claras», discurso de conclusión: El Decálogo (las 10 columnas del templo del alma) es afirmado como la base del edificio inmutable de la perfección. Paráfrasis de los salmos 50: “De Profundis” y 129: “Miserere”.
* El Decálogo, el arrepentimiento, el nuevo altar con el Dios verdadero, la voluntad de no pecar más: explicados a través de un episodio del Libro de los Macabeos “porque cada palabra de la historia de Israel, pueblo elegido, tiene un valor espiritual”.- ■ Dice Jesús: “Hijos míos en el Señor, la fiesta de la Purificación (1) está ya a las puertas, y a ella Yo, Luz del Mundo, os envío preparados con lo mínimo necesario para que la celebréis bien, la primera lámpara de la fiesta, que podrá daros llama para todas las otras; porque sería muy necio quien pretendiese encender muchas lámparas no teniendo cómo encender la primera; y mucho más necio sería quien pretendiese iniciar su santificación partiendo de las cosas más difíciles, relegando lo que es la base del edificio inmutable de la perfección: el Decálogo. ■ Se lee en los Macabeos (2) que Judas con los suyos, después que capturó con la ayuda del Señor el Templo y la Ciudad, destruyó los altares dedicados a los dioses extranjeros, así como los edificios de culto, y purificó el Templo. Después levantó otro altar, y con un pedernal prendió fuego y ofreció sacrificios, quemó el incienso, puso las lámparas y los panes de la proposición y luego, postrados todos por tierra suplicaron al Señor que no permitiera que volvieran a pecar, o si, por debilidad, cayeran de nuevo en el pecado, los tratara con divina misericordia. Sucedía esto el 25 del mes de Kisléu. Reflexionemos y apliquémonos nosotros mismos lo referido, porque cada palabra de la historia de Israel, pues que es el Pueblo elegido, tiene un significado espiritual. La vida es siempre una enseñanza. La vida de Israel es enseñanza no sólo para los días en que se vive sobre la tierra, sino para la conquista de los días eternos.
.   «Destruyeron los altares y los templillos paganos». He aquí la primera operación. Es la que os indiqué al nombraros a los dioses individuales que sustituyen al Dios verdadero: las idolatrías de los sentidos, del oro, orgullo; los vicios capitales que llevan a la profanación y muerte del alma y del cuerpo y al castigo de Dios. No os he oprimido con innumerables fórmulas que oprimen hoy por hoy a los fieles, y sirven de obstáculo a la verdadera Ley, que está oprimida, escondida con montones y montones de prohibiciones que son todas externas, que con su peso conducen al fiel a que pierda de vista la voz recta, clara y santa del Señor que dice: «No blasfemarás. No cometerás idolatría. No profanarás las fiestas. No faltarás al respeto a los padres. No matarás. No cometerás acciones impuras. No hurtarás. No mentirás. No envidiarás las cosas de los demás. No desearás la mujer ajena». Diez «noes», ni uno más. Y son las diez columnas del templo del alma. Arriba, en lo alto, resplandece el oro del precepto santo: «Ama a tu Dios, ama a tu prójimo»: es el remate de la cúpula del templo, es la protección de los fundamentos, es la gloria del constructor. Sin amor uno no podría obedecer a las diez reglas y las columnas caerían —todas o alguna—, y el templo caería en ruina total o parcialmente; en todo caso, sufriría ruinas y no sería apto para recoger al Santísimo. ■ Haced lo que os digo: aplastad las tres concupiscencias. Dad un nombre claro a vuestro vicio, como claro es Dios en deciros: «No hagas esto, no hagas aquello». Es inútil entrar en sutilezas a cerca de las formas. Quien tiene un amor más fuerte que el que da a Dios, cualquiera que fuera este amor, es un idólatra. Quien invoca a Dios, llamándose su siervo y luego le desobedece, es un rebelde. Quien por avaricia trabaja en sábado es un profanador, un desconfiado y un presuntuoso. Quien se niega a ayudar a sus padres aduciendo pretextos, aunque diga que se trata de obras dadas a Dios, está contra Dios, que ha puesto a los padres y a las madres como figuras o retratos suyos sobre la tierra. Quien mata es siempre asesino. Quien comete actos lujuriosos es un impuro. Quien roba es siempre un ladrón. Quien miente es siempre una persona vil. Quien desea lo que no es suyo es un codicioso que padece la más abominable de las hambres. Quien profana un tálamo es siempre un inmundo. Es así. ■ Y os recuerdo que después que se erigió el becerro de oro, vino la ira del Señor (3); después de la idolatría de Salomón, el cisma que debilitó y dividió a Israel (4); después del helenismo aceptado, y más bien que esto, introducido por los judíos indignos bajo Antíoco Epífanes, vinieron nuestras actuales desventuras de espíritu, fortuna y nacionalidad (5). Os recuerdo que Nadab y Abiú, siervos falsos de Dios (6) fueron heridos por Yeové. Os recuerdo que no era santo el maná del sábado (7). Os recuerdo a Cam y a Absalón. Os recuerdo el pecado de David contra Urías (8) y el de Absalón contra Amnón. Os recuerdo el fin de Absalón y de Amnón. (9). Os recuerdo la suerte de Heliodoro que era un ladrón (10), de Simón y de Menelao (11). Os recuerdo el fin vergonzoso de los dos regidores embusteros que habían testificado mentirosamente en contra de Susana (12). Y podría continuar sin encontrar fin a los ejemplos. Pero volvamos a los Macabeos.
.  «Y purificaron el Templo». No basta decir: «Destruyo». Es necesario decir: «Purifico». Os he dicho cómo se purifica el hombre: con arrepentimiento humilde y sincero. No hay pecado que Dios no pueda perdonar, si el pecador está realmente arrepentido. Tened fe en su bondad divina. Si lograseis entender lo que significa esta Bondad, aun cuando hubieseis cometido todos los pecados del mundo, no huiríais de Dios; todo lo contrario, correríais a sus pies porque solo el Bueno por excelencia puede perdonar lo que el hombre no lo puede.
.   «Y erigieron otro altar». ¡Oh! No tratéis de engañar al Señor. No seáis falsos en vuestra conducta. No mezcléis a Dios con Mammón. Tendréis un altar vacío: el de Dios. Porque es inútil levantar un altar nuevo si quedan los restos del otro. O Dios o el ídolo. Escoged.
«Y prendieron fuego con piedra y yesca». Piedra significa la firme voluntad de ser de Dios. La yesca es el deseo de cancelar del Corazón de Dios, durante el resto de la vida, hasta el recuerdo de vuestro pecado. He aquí que entonces se hace surgir el fuego: que es el amor. Porque el hijo que trata de consolar a su padre ofendido, con una vida honrada, ¿qué otra cosa hace sino amar a su padre, para que éste, contento le ame a él que en otro tiempo fue la causa de sus lágrimas y ahora de su alegría? ■ Cuando hayáis llegado a este punto, podréis ofrecer sacrificios, prender el incienso, encender las luces y poner los panes: los sacrificios serán agradables a Dios, así como las plegarias; el altar estará verdaderamente iluminado y enriquecido con el alimento de vuestra ofrenda diaria. Podréis orar de este modo: «Sé nuestro protector», porque Él será vuestro amigo”.
* Ya hay un altar en medio de vosotros: el nuevo Altar”.-Jesús: “Sin embargo, su misericordia no ha esperado a que le pidieseis piedad. Se ha adelantado a vuestro deseo. Os ha mandado la Misericordia para deciros: «Esperad. Os digo: Dios perdona. Venid al Señor». Ya hay un altar en medio de vosotros: el nuevo Altar. Su nombre: Jesús. De Él fluyen ríos de luz y de perdón; como aceite se extienden, medican y dan fuerzas. Creed en la palabra que procede de Él. Llorad conmigo vuestros pecados. A la manera como el levita dirige el coro, así también Yo dirijo vuestras voces hasta Dios, y no será rechazado vuestro gemido si va unido a mi Voz. ■ Me aniquilo con vosotros, Hermano de los hombres en la carne, Hijo del Padre en el espíritu, y digo por vosotros, con vosotros: «Desde este profundo abismo, donde Yo-humanidad he caído, clamo a Ti Señor. Escucha la voz de quien se mira y suspira y no cierres tus oídos a mis palabras. Verme me supone un horror, ¡oh Señor! ¡Soy un horror incluso para mis ojos! ¡Qué seré para los Tuyos! No mires mis culpas ¡oh Señor!, porque si lo haces no podré resistir ante tu presencia; usa, por el contrario, conmigo tu misericordia. Tú lo dijiste: ‘Yo soy Misericordia’. Y yo creo en tu palabra. Mi alma herida y abatida, confía en Ti, en tu promesa, y desde el amanecer hasta la noche, desde la juventud hasta la vejez esperaré en Ti» (13). ■ David, culpable de homicidio y de adulterio, reprobado por Dios, obtiene el perdón, después que clamó al Señor: «Ten piedad de mí, no por consideración a mí, sino por honor de tu misericordia, que es infinita; cancela por ella mi pecado. No hay agua que pueda lavar mi corazón sino la que se toma de las aguas profundas de tu santa bondad. Lávame con ella de la iniquidad mía y purifícame de mi inmundicia. No niego haber pecado. Aún más confieso mi delito; cual testigo acusador, que me echa en cara, mi culpa siempre está ante mí. Ofendí al hombre en el prójimo y en mí mismo, pero sobre todo me duele haber pecado contra Ti. Y esto sea para decirte que reconozco que eres justo en tus palabras y que temo tu juicio que triunfa sobre toda potencia humana. Pero considera, ¡oh eterno! que nací en culpa, y que pecadora fue quien me concibió, y que Tú tanto me has amado que has llegado a revelarme tu sabiduría, a dármela por maestra para comprender los misterios de tus sublimes verdades. Y si has hecho tanto ¿debo temerte? ¡No! No tengo miedo. Rocíame con la amargura del dolor y seré purificado. Lávame con el llanto y seré como la nieve de las montañas. Haz que oiga tu voz y tu humillado siervo se regocijará, porque tu voz es su gozo y alegría, aun cuando reprenda. Vuelve tu rostro a mis pecados. Tu mirada borrará mis iniquidades. El corazón que me diste lo profanó Satanás y mi flaqueza humana. Fórmame un corazón nuevo que sea puro y destruye cuanto hay de corrupción en las entrañas de tu siervo para que reine sólo en él un espíritu recto. Pero no me arrojes de tu presencia, ni me quites tu amistad, porque solo la salud que procede de Ti es gozo de mi alma, y tu espíritu soberano es consuelo para el que se humilla. Haz que me convierta en uno de los que vaya diciendo entre los hombres: ‘Ved qué bueno es el Señor. Caminad por sus senderos y os sentiréis benditos como yo me siento, yo, aborto del hombre, pero que ahora vuelvo a ser hijo de Dios por la gracia que en mí vuelve a nacer’. Y los impíos se convertirán a Ti. La carne y la sangre se rebelan y rugen dentro de mí. Líbrame de ellas, ¡oh Señor!, salvación de mi alma, y cantaré tus alabanzas. Estaba yo en la ignorancia, mas ahora he comprendido; no es el sacrificio de carneros lo que Tú quieres, sino el holocausto de un corazón contrito. Un corazón contrito y humillado, te es más agradable que los carneros y los machos cabríos, porque Tú para Ti nos has creado, y quieres que nos acordemos de ello y te devolvamos lo que es tuyo. Sé benigno para conmigo por tu gran bondad y edifica de nuevo mi y tu Jerusalén: que no es otra cosa que un corazón purificado y perdonado sobre el que se pueda ofrecer el sacrificio, la oblación y el holocausto por el pecado como acción de gracias y como alabanza. Y que cada nuevo día mío sea una hostia de santidad consumada sobre tu altar para que ascienda junto al olor de mi amor hasta Ti»” (14).
Ha llegado el año de la gracia, no lloréis, os visto de fiesta para presentaros ante el Señor”.- ■ Jesús:¡Venid! Vayamos al Señor, Yo delante y vosotros detrás. Vayamos a las aguas de salud, vayamos a los pastos santos, vayamos a las tierras de Dios. Olvidad el pasado. Sonreíd al futuro. No penséis en el fango, sino levantad vuestra mirada a las estrellas. No digáis «Soy tiniebla». Decid: «Dios es Luz». He venido a anunciaros la paz, a anunciar a los mansos la Buena Nueva (15), a curar a quienes tienen el corazón quebrantado por muchas cosas, a pregonar la libertad de todos los esclavos, entre los que primero se cuentan son los de Mamón, la libertad a los prisioneros de la concupiscencia. Yo os digo: Ha llegado el año de la gracia. Vosotros que os sentís tristes no lloréis con la tristeza de quien se siente pecador; no derraméis lágrimas, lejanos del Reino de Dios. Yo sustituyo la ceniza por el oro, las lágrimas por el óleo. ■ Os visto de fiesta para presentaros ante el Señor y decir: «He aquí las ovejas que me enviaste a buscar (16). Las he ido a ver y las he juntado, las conté, busqué a las dispersas y te las he traído sacándolas de nubarrones y de tinieblas. Las he tomado de entre todos los pueblos, las he recogido de todas las regiones para conducirlas a la Tierra que no es más tierra y que Tú has preparado para ellas, ¡oh Padre santo!, para llevarlas hasta las cimas paradisíacas de tus hermosos montes, donde todo es luz y belleza, a lo largo de los arroyos de las celestiales bienaventuranzas, donde se sacian de Ti los espíritus que Tú amas. ■ He ido a buscar también a las heridas, curé a las que tenían alguna fractura, y di fuerzas a las débiles, no descuidé ni una sola; a la que estaba más desgarrada de los voraces lobos de los sentidos me la puse sobre los hombros, como un yugo de amor, y te la deposito a tus pies, Padre benigno y santo, porque ella no puede seguir caminando; no conoce tus palabras, es una pobre alma perseguida por los remordimientos y los hombres, es un espíritu doliente, un espíritu que tiembla, es como una ola empujada y rechazada por el oleaje del mar contra el litoral; viene con el deseo, la rechaza el conocimiento que tiene de sí misma… Ábrele tu seno, Padre, que eres todo amor, para que en él encuentre paz esta criatura extraviada. Dile: ‘¡Ven!’. Dile: ‘¡Eres mía!’. Tuvo un sinnúmero de dueños, pero ahora tiene náuseas y miedo de ello. Dice: ‘Todo patrón es un asqueroso esbirro’. Haz que pueda decir: ‘¡Este Rey mío me ha dado el gozo de ser prendida, una presa!’. No sabe qué cosa sea el amor. Pero si Tú la acoges comprenderá qué cosa es este amor celestial, que es el amor de nupcias entre Dios y el espíritu humano, y, como un pajarito liberado de la jaula de los hombres crueles, subirá, subirá cada vez más arriba hasta Ti, hasta el Cielo, hasta el gozo, hasta la gloria, cantando: ‘He encontrado a Aquel que Yo buscaba. Mi corazón no tiene otro deseo. ¡En Ti reposo y me alegro, Señor eterno, por los siglos de los siglos bienaventurada!’». Idos. Con nuevo espíritu celebrad la fiesta de la Purificación. Y la Luz de Dios se encienda en vuestro corazón”. ■ Jesús al final de su discurso ha estado arrebatador. Su rostro era luminoso con ojos que resplandecían. Una sonrisa y una melodía de dulzura inimaginables. La gente como extática no se mueve y solo lo hace cuando repite: “Idos, la paz sea con vosotros”. Los peregrinos se retiran hablando entre sí. (Escrito el 17 de Marzo de 1945).
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1  Nota : Cfr. Anotaciones  n. 2: Las fiestas de Israel Las Encenias o fiesta de las Luces o de la Purificación del Templo o de la Dedicación del Templo.   2  Nota  : Cfr. 1 Mac. 4,36-52.   3  Nota  : Cfr.  Éx.  32.   4  Nota  : Cfr. 1 Rey. 11-13.   5  Nota  : Cfr. 1 Mac 1;  2 Mac.  4-7.  6  Nota  : Cfr. 1  Paral.   24,1-2.   7  Nota  : Cfr. Núm.  11,7-9.   8  Nota  : Cfr. 2  Sam.  11,1-12,23.   9  Nota  : Cfr. 2  Sam.  13,1-38.   10  Nota  : Cfr.  2 Mac.  3,1-34.   11  Nota  : Cfr. 2  Mac.  4-5; 13,1-8.   12  Nota  : Cfr.  Dan.  13.   13  Nota  : Paráfrasis del Salmo  50.  14   Nota  : Paráfrasis del  Salmo 129.   15  Nota  : Cfr.  Is.  61,1-3.   16  Nota  : Cfr. Ez. 34,11-16.

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(<Jesús y Simón Zelote, en Betania, están hablando sobre el proceso en la conversión de María Magdalena>)
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2-136-345 (2-103-851).- “Así como en el cielo hay estrellas y planetas con vida y esplendor mas no todos son luminosos y grandes en igual medida, así será también en mi Cielo”.
*  ¡En el Cielo ninguno será ma­yor que el renacido en su espíritu! Sólo la Inocencia absoluta es ma­yor.- ■ Dice Jesús: “Pero no quiero una resurrección forzada en los corazones. A la muerte la forzaré y me devolverá sus presas, porque Yo soy el Señor de la muerte y de la vida. Pero en los espíritus, que no son materia la que, sin hálito, carece de vida, sino que son inmortales esencias capaces de renacer por voluntad propia, Yo no fuerzo la resurrección. Hago la primera llamada y la primera ayuda. Hago como quien abriera un sepulcro en que alguien hubiera sido enterrado semivivo, donde moriría si permaneciera largo tiempo, en esas tinieblas asfixiantes; dejo entrar aire y luz… luego, espero. Si el espíritu tiene deseos de salir, sale; si no lo desea, sus tinieblas aumentan y queda hundido. Pero, si sale… ¡Oh, si sale… en verdad te digo que ninguno será ma­yor que el renacido en su espíritu! Sólo la Inocencia absoluta es ma­yor que este muerto que vuelve a vivir en virtud del propio amor y para alegría de Dios… ¡Son mis mayores triunfos! ■ Observa el cielo, Simón. ¿Ves que tiene estrellas y planetas, más o menos grandes? Todos poseen vida y esplendor por Dios, que los ha creado, y por el sol que los ilumina, mas no todos son luminosos y grandes en igual medida. Así será también en mi Cielo: todos los redimidos tendrán vida por Mí y esplendor por mi luz, mas no todos se­rán luminosos y grandes en igual medida. Unos serán simple polvo de astros, como el que forma la Vía Láctea: serán aquellos, innumerables, que habrán recibido del Mesías, o, mejor dicho, habrán aspirado, sólo ese mínimo indispensable para no ser réprobos, y sólo por la infinita misericordia de Dios, después de un largo purgatorio, irán al Cielo. Otros, que serán más resplandecientes y bellos, estarán más formados: los justos que hayan unido su voluntad (nota que digo «voluntad» no «buena voluntad») a la del Mesías, y hayan prestado obediencia, para no condenarse, a mis palabras. Luego, estarán los planetas, las buenas voluntades, y… ¡qué brillantísimos!: son los enamorados hasta muerte por el amor, los penitentes por amor, los que obran por amor, los inmaculados por amor; brillarán con un resplandor diamantino inigualable o cual piedras preciosas de diversos colores: lucirán rojos como rubí o de color violeta como la amatista o amarillos como el topacio o blancos como las perlas. ■ Y habrá algunos entre estos planetas —y serán mis glorias de Redentor— que tendrán en sí destellos de rubí y de amatista y de topacio y de perla, porque serán todo por amor. Fueron héroes hasta llegar a perdonarse a sí mismos el no haber sabido amar antes, penitentes hasta satu­rarse de expiación como Ester antes de presentarse a Asuero se sa­turó de perfumes, incansables para hacer en el poco tiempo que les restaba, cuanto no hicieron durante los años que per­dieron en el pecado, puros hasta la heroicidad para olvidarse —no sólo en el alma y en el pensamiento, sino también en las propias en­trañas— de que existe el sentido. Serán aquellos que atraerán hacia sí, por su multiforme resplandor, los ojos de los creyentes, de los puros, de los penitentes, de los mártires, de los héroes, de los ascetas, de los pecadores, y, para cada una de estas categorías, su resplandor tendrá una palabra, una respuesta, una llamada, una seguridad…”. (Escrito el 22 de Marzo de 1945)
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2-153-412 (3-13-47).- Las moradas del Padre en el Cielo.
* “Mi Padre tiene en el Cielo muchas moradas, como muchas son en la tierra las misiones del hombre”.-  ■ “¿Qué te pasa, Pedro? Me parece que estás de mal humor” pregunta Jesús que camina por un pequeño sendero del campo bajo las ramas de almendros en flor que anuncian que el tiempo inclemente ha acabado. Pedro: “Pienso, Maestro”. Jesús: “Que estás pensando lo veo. Pero tu cara me dice que no piensas en algo alegre”. Pedro: “Tú que sabes todo lo nuestro, lo sabes”. Jesús: “Claro, lo sé ya. También Dios Padre conoce las necesidades del hombre, pero quiere que haya en el hombre la confianza que exponga las propias necesidades y que pida ayuda. Te puedo asegurar que no tienes razón en estarte atormentando”. Pedro: “¿Entonces tú no quieres mucho a mi mujer? ¿No es verdad?”. Jesús: “Claro que la quiero, Pedro. ¿Por qué no debía quererla? Mi Padre tiene en el Cielo muchas moradas, como muchas son en la tierra las misiones del hombre. Y todas son benditas si se llevan a cabo santamente. ¿Podría yo decir que las mujeres que no siguen a las Marías y a Susana, Dios no las va a ver con buenos ojos?”. Bartolomé dice: “¡No, eso no! Mi mujer también cree en el Maestro, pero no sigue el ejemplo de las otras”. Felipe dice: “Ni tampoco la mía, ni mis hijas; no dejan la casa, pero siempre están dispuestas a abrir las puertas al huésped, como hicieron ayer”. Iscariote dice: “Creo que lo mismo hará mi madre. No puede dejarlo todo… está sola”. Pedro: “¡Es verdad, es verdad!  Estaba yo muy triste porque me parecía que la mía fuese tan… tan poco… ¡Oh, no sé explicarme!”. Jesús: “No la critiques, Pedro. Es una buena mujer”.  (Escrito el 3 de Mayo de 1945).
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3-170-67 (3-30-154).- Discurso de la montaña: La ley del Sinaí y las Bienaventuranzas (1).
Quien hace suya la verdadera alma de la Ley del Sinaí, hace suyo el Cielo”.-Jesús está hablando a los apóstoles, designando a cada uno un lugar para dirigir y vigilar a la gente que desde las primeras horas de la mañana comienza a subir con enfermos apoyados en los brazos o traídos en andas, o bien en muletas…. El aire es claro y un poco fresco, pero el sol pronto lo templa. La gente se sienta sobre peñascos o piedras que hay esparcidos por el vallecillo que separa las dos cimas. Otros esperan que el sol seque la hierba para sentarse en el suelo. Hay mucha gente de todos los lugares de Palestina y de todas las condiciones. Los apóstoles se pierden entre la multitud; pero, cual abejas que van y vienen de los prados a la colmena, cada cierto tiempo vienen al Maestro para comunicar alguna cosa, para preguntarle, o por la satisfacción de estar cerca de Él. ■ Jesús sube un poco más alto que el prado, que es el fondo del valle, y empieza a hablar. “Muchos, durante este año de predicación, me han planteado esta cuestión: «Pero Tú que te dices ser el Hijo de Dios, explícanos lo que es el Cielo, lo que es el Reino y lo que es Dios, porque no tenemos ideas claras. Sabemos que hay Cielo con Dios y con los ángeles. Pero nadie ha venido a decirnos cómo es, pues está cerrado aun a los justos». Me han preguntado también qué es el Reino y qué es Dios. Yo me he esforzado en explicároslo, no porque me resultara difícil explicarme, sino porque es difícil, por un conjunto de factores, haceros aceptar una verdad que, por lo que se refiere al Reino, choca contra todo un edificio de ideas acumuladas durante siglos, una verdad que, por lo que se refiere a Dios se topa con la sublimidad de su Naturaleza. Otros me dijeron: «De acuerdo, esto es el Reino y esto es Dios. Pero ¿cómo se conquistan?». También en este punto he tratado de explicaros sin cansarme, cuál es la verdadera alma de la Ley del Sinaí; quien hace suya esa alma hace suyo el Cielo. ■ Pero, para explicaros la Ley del Sinaí, es necesario hacer llegar a vuestros oídos el potente trueno del Legislador y de su Profeta, los cuales, si bien es cierto que prometen bendiciones a los que la observen, amenazan, amenazadores, duras penas y maldiciones a los que no la obedecen. La aparición del Sinaí fue terrible (2); su carácter terrible se refleja en toda la Ley, halla eco en los siglos, se refleja en todas las almas. Pero Dios no solo es Legislador, es también Padre, y Padre de una inmensa Bondad. Quizás —y sin quizás— vuestras almas, debilitadas por el pecado de Origen, por las pasiones, los pecados, y los muchos egoísmos vuestros y ajenos —los ajenos irritan vuestra alma, los propios la cierran— no pueden elevarse a contemplar las infinitas perfecciones de Dios (y menos que todas la bondad, porque ésta es la virtud que, con el amor, es menos propiedad de los mortales). ¡La bondad, oh qué dulce es ser buenos, no tener odios, ni envidias, ni soberbia; tener ojos que solo miren animados por el amor, y manos que se extiendan con un gesto de amor, y labios que no digan sino palabras de amor, un corazón —un corazón sobre todo— que, lleno solo de amor, haga que los ojos y las manos y los labios se esfuercen en actos de amor!”.
* Dones naturales, morales y sobrenaturales. Gracia santificante.-Jesús: “Los más doctos entre vosotros saben con qué dones había Dios enriquecido a Adán, y en él a sus descendientes (3) Aun los menos instruidos de entre los hijos de Israel saben que en nosotros hay un alma. Solo los pobres paganos ignoran la existencia de este huésped regio, este soplo vital, esta luz celestial que santifica y vivifica nuestro cuerpo. Ahora bien, los más doctos saben qué dones habían sido dados al hombre, a su alma. No fue menos espléndido con el espíritu que con el cuerpo y la sangre de la criatura creada por Él con un poco de barro y su aliento. De la misma forma que otorgó los dones naturales de belleza e integridad, inteligencia y voluntad, de capacidad de ser amado y de amar, así también otorgó los dones morales con sujeción de los sentidos a la razón, siendo así que en la libertad y dominio de sí y de la propia voluntad, con que Dios había favorecido a Adán, no se introducía la maligna tiranía de los sentidos y pasiones: libre era el amarse y el desear y el gozar rectamente, en justicia, sin eso que os hace esclavos al sentir el aguijón del veneno que Satanás esparció y que se extravasa, que os esclaviza sacándoos del cauce limpio para llevaros a cenagosos campos, a pantanos putrefactos, donde fermentan las fiebres de los sentidos carnales y morales; pues habéis de saber que es sensualidad incluso la concupiscencia del pensamiento. Recibieron también dones sobrenaturales, o sea, la Gracia santificante, el destino superior, la visión de Dios. ■ La Gracia santificante es la vida del alma, es esa cosa espiritualísima depositada en la espiritual alma nuestra. Nos hace hijos de Dios porque nos preserva de la muerte del pecado y quien no está muerto «vive» en la casa del Padre, o sea, el Paraíso; en mi Reino, es decir, el Cielo. ¿Qué es esta Gracia que santifica, que da Vida y Reino? ¡Oh, no empleéis muchas palabras… la Gracia es amor! Por esto, la Gracia es Dios. Es Dios quien, al admirarse a Sí mismo en la criatura creada perfecta, se ama, se contempla, se desea, se da a Sí mismo lo que es suyo para multiplicar esta riqueza suya, para gozarse de esta multiplicación, para amarse con cuantos son otros como Él mismo (4). ¡Oh hijos, no despojéis a Dios de este derecho suyo, no le robéis esta riqueza suya, no defraudéis este deseo de Dios! Pensad que Él obra por amor. Aunque vosotros no existieseis, Él sería en cualquier caso el Infinito, su poder no se vería disminuido; mas Él, a pesar de ser completo en su medida infinita, inconmensurable, quiere, no para Sí y en Sí —no podría porque ya es el Infinito— sino para la Creación, criatura suya, aumentar el amor en proporción de todas las criaturas contenidas en ella; y es así que os da la Gracia: el Amor, para que vosotros, en vosotros, lo llevéis a la perfección de los santos, y vertáis este tesoro —sacado del tesoro que Dios os ha otorgado con su Gracia, y aumentado con todas vuestras obras santas, con toda vuestra vida heroica de santos— en el Océano infinito donde Dios está: en el Cielo. ■ ¡Divinos, divinos pozos del Amor! Eso sois vosotros, y no conocerá la muerte vuestro ser, porque sois eternos como Dios, siendo así que sois dioses (5); vosotros seréis, y no se pondrá término a vuestro ser, porque sois inmortales como los espíritus santos que os han supernutrido, volviendo a vosotros enriquecidos con los propios méritos: vivís y nutrís, vivís y enriquecéis, vivís y formáis esa cosa santísima que es la Comunión de los espíritus, desde Dios, Espíritu perfectísimo, hasta el niño recién nacido que por vez primera mama del seno materno. No me critiquéis en vuestro corazón, ¡vosotros doctos! No digáis: «Está fuera de sí, habla como un desquiciado, como un mentiroso, cuando dice que la Gracia está en nosotros, siendo así que por la Culpa estamos privados de ella; miente al decir que ya somos uno con Dios». Sí, la culpa existe, como también existe separación. Pero, ante el poder del Redentor, la Culpa, separación cruel que vino a introducirse entre el Padre y los hijos, caerá como columna sacudida por el nuevo Sansón (6); ya la he aferrado, ya la remuevo violentamente, ya vacila, ya Satanás tiembla de ira, y de impotencia, al no poder nada contra mi poder, al sentirse arrebatar tantas presas y hacérsele más difícil arrastrar al hombre al pecado. En efecto, una vez que os haya llevado a mi Padre a través de Mí, una vez que, al empaparos mi Sangre y mi dolor, hayáis quedado purificados y fortalecidos, la Gracia renacerá en vosotros, se despertará de nuevo, recuperará su poder, y seréis vencedores… si queréis. ■ Dios no fuerza vuestro pensamiento y ni tampoco os fuerza a santificaros. Sois libres. Lo que hace es daros de nuevo la fuerza, devolviendo la libertad respecto al dominio de Satanás. Os toca a vosotros ahora el colocaros otra vez el yugo infernal o ponerle alas angelicales a vuestra alma. Yo, vuestro hermano, os guiaré y nutriré con el alimento inmortal”.
* “¿Cómo se conquista el Cielo por un camino más dulce que el del Sinaí?”.-Jesús: “Decís: «¿Cómo se conquista a Dios y su Reino por un camino más dulce que no el severo del Sinaí?». No hay otro camino; ése es; mirémoslo, no obstante, no a través del color de la amenaza, sino a través el amor. No digamos: «¡Ay de mí, si no hago esto!», esperando temblorosos ante la posibilidad de pecar, esperando no ser capaces de no pecar; digamos, por el contrario: «¡Bienaventurado de mí si hago esto!», y, con el empuje de la alegría sobrenatural, gozosos, lancémonos hacia estas bienaventuranzas que nacen al observar la Ley, como nacen las corolas de las rosas de entre un montón de espinas. Digamos:
1.- «Bienaventurado de mí seré si soy pobre de espíritu, porque entonces el Reino de los Cielos será mío».
2.- «Bienaventurado de mí si soy manso porque heredaré la Tierra».
3.- «Bienaventurado de mí si soy capaz de llorar sin rebelarme porque seré consolado».
4.- «Bienaventurado de mí si tengo hambre y sed de justicia, más que de pan y de vino para saciar la carne: la Justicia me saciará».
5.- «Bienaventurado de mí si soy misericordioso, porque se usará conmigo misericordia divina».
6.- «Bienaventurado de mí si soy puro de corazón, porque Dios se inclinará sobre mi corazón, y le veré».
7.- «Bienaventurado de mí si tengo espíritu de paz, porque Dios me llamará hijo suyo, porque en la paz está el amor, y Dios es Amor amante de quien se asemeja a Él».
8.- «Bienaventurado de mí si soy perseguido por ser fiel a la justicia, porque Dios, mi Padre, me dará el Reino de los Cielos para compensarme de las persecuciones terrenas».
9.- «Bienaventurado de mí si, por saber ser hijo tuyo, oh Dios, me ultrajan y acusan con mentira. Ello no me hará sentir desolado, sino alegre, porque esto me pone al nivel de tus mejores siervos, al nivel de los profetas, perseguidos por el mismo motivo; con ellos compartiré —lo creo firmemente— la misma recompensa grande, eterna, en ese Cielo que ya es mío». Contemplemos así el camino de la salvación, a través de la alegría de los santos”. (Escrito el 24 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt.  5,1-12;  Lc. 6,20-23.   2  Nota  : Cfr. Éx. 19,24;  Dt. 4,41-6,25.   3  Nota  : Cfr. Gén. 1,26-2,25; 5,1-2;  Job. 33,4; Sal. 8,5-9; Eccle. 12,7; Sab. 2,23; 9,2-3; 10,1-2; Eccli. 17,1-14.  4  Nota  : Justamente,  S. Tomás de Aquino dice que Dios no habría podido haber hecho cosas más grandes que las tres que hizo: La Encarnación de su Hijo, la Maternidad de la Virgen, y la “Deificación” del alma humana.  5  Nota  : Cfr. Sal.  81,6; 2 Pedro 1,4; Romanos 8,16. Lo anterior como lo que sigue debe leerse detenidamente. El sentido general, bajo la luz de textos bíblicos, es: “Dios es Amor, y mediante la divina gracia nos hace partícipes de su naturaleza, esto es, de su eterno amor: eterno amor que debemos conservar como un pozo, para aumentarlo con el amor nuestro, así como se aumentan las riquezas por medio de los negocios.   6  Nota  : Cfr. Jue. 16, 22-31.
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3-171-77 (3-31-165).- Discurso de la montaña: los consejos evangélicos que perfeccionan la Ley: “No he venido a abolir la Ley sino a perfeccionarla (1). Se dijo: «Amarás a tu amigo y odiarás tu enemigo» (2). Se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Parábola de la medida (3). Fue escrito: «No mataréis»” (4).
* “¿Podría Yo desmentir afirmaciones mías? (La Ley del Sinaí). No, no podría hacerlo. Lo que sí puedo —porque todo lo puedo— es completar la Ley, hacerla divinamente completa con los consejos evangélicos. Hacerla reina”.- ■ Sigue el discurso de la Montaña. El lugar y la hora son los mismos, pero ha aumentado el número de personas. Retirado en un ángulo, junto a un sendero, como si qui­siese oír sin suscitar repugnancias en la multitud, hay un romano. Le distingo por la túnica corta y el manto, que es distinto… Jesús se dirige lentamente hacia su puesto y reanuda su discurso. “De lo que os dije ayer no debéis concluir que haya venido a abo­lir la Ley. No. Lo único que pretendía era —puesto que soy el Hom­bre y comprendo las debilidades del hombre— animaros a seguir la Ley, para lo cual orientaba vuestra mirada espiritual hacia el Abis­mo luminoso, en vez de hacia el abismo negro; porque si el miedo a un castigo puede contener algunas veces, la certeza de un premio impulsa mucho más. Por tanto, consigue más la confianza que el miedo, y quiero que la tengáis en plenitud: una confianza segura, para que podáis hacer siempre el bien y conquistar el premio santísimo del Cielo. ■ No modifico ni siquiera una tilde de la Ley. ¿Quién la dio entre los rayos del Sinaí?: el Altísimo. ¿Quién es el Altísimo?: el Dios uno y trino. ¿De dónde la ha tomado?: de su Pensamiento. ¿Cómo la ha dado?: con su Palabra. ¿Por qué la ha dado?: por su Amor. Ved, pues, que la Trinidad estaba presente. Y el Verbo, obediente como siempre al Pensamiento y al Amor, habló por el Pensamiento y el Amor. ¿Podría Yo desmentir afirmaciones mías? No, no podría hacerlo. Lo que sí puedo —porque todo lo puedo— es completar la Ley, hacerla divinamente completa; no como los hombres, que durante siglos en vez de completa la hicieron indescifrable, imposible de cumplir, amontonando leyes y preceptos hasta la saciedad, sacados de su pensamiento, según sus conveniencias, y echando encima de la santísima Ley dada por Dios todo ese montón de escombros, ahogándola, enterrándola, haciéndola estéril. ¿Puede, acaso, un ár­bol sobrevivir sumergido continuamente por aludes, escombros o inundaciones? No; el árbol muere. La Ley ha muerto en muchos co­razones, ahogada bajo los aludes de demasiadas estructuras sobrepuestas: pues bien, he venido a quitar esas sobreestructuras. ■ Una vez desenterrada, resucitada, la Ley ya no será una ordenanza sino que la haré reina. Las reinas promulgan las leyes. Las leyes son obra de las reinas, pero no están por encima de las reinas. Pues bien, hago de la Ley la soberana: la completo, la corono, ciño su cabeza con la guirnalda de los consejos evangélicos”.
* La Ley antes era orden, lo necesario; ahora más: es la perfección. Quien se desposa con ella será rey porque habrá alcanzado «lo perfecto» pues ha sido no solo obediente sino héroe, o sea, santo. Santo es aquel a quien el amor y el deseo obstaculizan el ver cualquier otra cosa que no sea Dios”.-Jesús: “La Ley antes era el orden ahora es más que el or­den; antes era lo necesario, ahora es más que lo necesario: es la perfección. Quien se desposa con ella —tal y como os la ofrezco— al instante viene a ser rey, porque en ese momento habrá alcanzado lo «perfecto», porque no sólo ha sido obediente sino que ha sido un héroe, o sea, santo (siendo la santidad la suma de las virtudes lleva­das al más alto vértice que una criatura puede alcanzar, heroica­mente amadas y servidas con completo desapego de todo lo que sea apetencia o reflexión humana hacia cualesquiera cosas). Podría decir que el santo es aquel a quien el amor y el deseo le obstaculizan el ver cualquier otra cosa que no sea Dios; sin distraer­se con la visión de cosas inferiores, tiene las pupilas del corazón fijas en el Esplendor santísimo que Dios es, y en Él ve —puesto que todo está en Dios— a sus hermanos, inquietos y con manos implorantes. Sin separar sus ojos de Dios, el santo se prodiga en favor de sus her­manos suplicantes. Contra la carne, las riquezas y las comodidades, enarbola su ideal: servir. ¿Es un ser pobre o con taras el santo? No. Ha llegado a la posesión de la sabiduría y riqueza verdaderas, por tanto, a la posesión de todo. Y no siente cansancio, porque, si bien es cierto que produce continuamente, también lo es que continuamente está siendo alimentado. En efecto, cierto es que comprende el dolor del mundo, mas cierto es también que se alimenta de las alegrías del Cielo. De Dios se nutre, en Dios se alegra. Es la criatura que ha com­prendido el sentido de la vida. ■ Como podéis ver, ni cambio ni mutilo la Ley, ni la corrompo con la superposición de fermentadoras teorías humanas; antes al contrario, la completo. La Ley es lo que es, y tal seguirá siendo hasta el último día y no cambiará ni una palabra, ni se abolirá ningún precepto; antes al contrario, se ciñe de la corona de lo perfecto. Para obtener la salud, basta aceptarla como fue dada; pero, para obtener inmediata unidad con Dios, es necesario vivirla como Yo la aconsejo”.
*  La Ley para las almas comunes, “para que no se diga que al buscar lo perfecto hago que se olvide lo necesario. Por eso digo: Quien viole uno de estos mandamientos, el más pequeño, será tenido como el más pequeño en el Reino de los Cielos. Guardaos de falsos profetas y de doctores que enseñan el error”.- Jesús: “Ahora bien, dado que los héroes son la excepción, voy a hablar para las almas comunes, para la generalidad de las almas para que no se diga que al buscar lo perfecto hago que se olvide lo necesa­rio. De cuanto digo, tened bien presente esto: quien se permita violar uno de estos mandamientos —aunque sea el más pequeño— será considerado como el más pequeño en el Reino de los Cielos; y quien induzca a otros a violarlos será considerado como el más pequeño por él y por aquel a quien indujo a la violación. Por el contrario, quien con la vida y las obras —más aún que con sus palabras— haya persuadido a otros a obedecer será grande en el Reino de los Cielos, y su grandeza aumentará en razón de cada uno de los que hayan sido conducidos por él a obedecer y a santificarse así. ■ Sé que lo que voy a decir amargará a muchos, pero no puedo mentir, a pesar de que esto que voy a decir me va a crear enemigos. En verdad os digo que, si vuestra justicia no se renueva, separán­dose completamente de la pobre justicia —injustamente definida justicia—, que os han enseñado los escribas y fariseos; que, si no sois mucho más justos, verdaderamente, que los escribas y fariseos —que creen serlo a fuerza de aumentar las fórmulas, pero sin cambiar substan­cialmente los espíritus—, no entraréis en el Reino de los Cielos. ■ Guardaos de los falsos profetas y de los doctores que enseñan el error. Vienen a vosotros con apariencia de corderos, siendo en reali­dad lobos rapaces; vienen con apariencia de santidad, cuando en rea­lidad viven zahiriendo a Dios; dicen que aman la verdad, y se apacientan de embustes: estudiadlos antes de seguirlos. El hombre tiene lengua para hablar, ojos para mirar, manos para señalar; pero tiene otra cosa que manifiesta de forma más fiel su verdadero ser: sus actos. ¿Qué sentido le veis a dos manos unidas en actitud de oración, si luego ese hombre es un ladrón o un fornica­dor?; ¿y a dos ojos que, queriendo parecer profundos, se mueven ágiles en todas las direcciones cuando, terminada la hora de la comedia, saben clavarse lujuriosos en la mujer u homicidas en el enemigo? ¿Qué sentido le veis a una lengua que sabe musitar con falsedad la canción de alabanzas y seducir con sus frases melosas, si luego, a vuestras espaldas, os calumnia y es capaz de perjurar con tal de haceros pasar como gente despreciable? ¿Qué es la lengua que pronuncia largas oraciones hipócritas, si luego, sin demora, mata la estima del prójimo o engaña su buena fe? ¡Es una cosa asquerosa… como asquerosos son los ojos y manos engañadores! Sin embargo, los actos del hombre, los verdaderos actos, es decir, el modo de comportarse en familia, en los tratos comerciales, o para con el prójimo y los siervos, manifiestan esto: «Éste es un siervo del Señor». Porque las acciones santas son fruto de una verdadera religión. ■ Un árbol bueno no da frutos malos, un árbol malo no da frutos buenos. ¿Podrán, acaso, daros uva sabrosa estos zarzales?, ¿y aquellos cardos, más mortificadores aún, pueden, acaso, daros blandos higos? No. En verdad, pocas y agrias moras recogeréis de los primeros y de las flores de los cardos no saldrán sino incomibles frutos, flores que ya, a pesar de ser todavía flores, tienen espinas. Un hombre no justo podrá infundir respeto con su aspecto, pero sólo con su aspecto; de la misma forma, ese esponjoso cardo parece un mechón de delgados hilos plateados decorados de diamantes por el rocío, pero, si lo tocáis sin daros cuenta, veis que no es un plumón sino un conjunto de espinas, que hieren al hombre, perjudiciales para las ovejas, por lo cual los pastores los arrancan de sus pastos y echan al fuego encendido por la noche, para que se consuma para que ni siquiera las semillas puedan salvarse. Justa y previsora medida. ■ No os digo: «Matad a los falsos profetas y a los fieles hipócritas», sino que os di­go: «Dejad este menester a Dios»; pero sí que os digo: «Poned aten­ción, apartaos de ellos, para que sus jugos no os envenenen»”.
* Cómo se debe amar al prójimo.
.    ● Se dijo: «Amarás a tu amigo y  odiarás a tu enemigo»”.-Jesús: “Te expliqué ayer cómo se debe amar a Dios; ahora te voy a explicar cómo se debe amar al prójimo. En otro tiempo se dijo: «Amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo». No. No será así. Esto era bueno para los tiempos en que el hombre no gozaba del consuelo de la sonrisa de Dios. Pero ahora han llegado tiempos nuevos, los tiempos en que Dios tanto ama al hombre que le envía a su Hijo para redimirle. Ahora habla el Verbo, y esto es ya la Gracia que se derrama; después el Verbo consumará el sacrificio de paz y de redención, con lo que la Gracia no solo se derramará, sino que será otorgada a todo espíritu que crea en el Mesías. Por esto, es necesario elevar el amor del prójimo a la perfección que unifica amigo y enemigo. ¿Os calumnian? Amad y perdonad. ¿Os maltratan? Amad y presentad la otra mejilla a quien os abofetea, pensando que es mejor que la ira se descargue sobre vosotros, que la sabéis soportar, que no sobre otro, que se vengaría de la afrenta. ¿Os roban? No penséis: «Este semejante mío es un avariento». Pensad, más bien, caritativamente: «Este pobre hermano mío tiene necesidad» y dadle también la túnica si ya es que os quitó el manto: así le pondréis en la imposibilidad de cometer un doble robo, porque no tendrá necesidad de robarle a otro la túnica. ■ Decís: «Pero esto podría ser un vicio y no una necesidad». Pues bien, aún así, dadlo: Dios os recompensará y el inicuo pagará su pecado. De todas formas, muchas veces —y esto recuerda lo que dije ayer sobre la mansedumbre—, viéndose tratado así, desaparece del corazón del pecador su vicio, y repara el hurto devolviendo lo que había robado, y así se redime. Sed generosos con quienes, más honrados, en vez de robaros aquello de que tienen necesidad, os lo piden. ■ Si los ricos fuesen realmente pobres de espíritu, como enseñé ayer, no existirían las penosas desigualdades sociales, causa de tantas desgracias humanas y sobrehumanas. Pensad siempre: «Si me encontrase en la necesidad, ¿qué efecto me causaría que se negasen a ayudarme?» y según responda vuestro «yo», obrad así. Haced con los demás lo que quisierais que con vosotros hicieran, no hagáis a los demás lo que no quisierais que se os hiciera a vosotros” (5).
.    ● “Se dijo: «Ojo por Ojo y  diente por diente»”.- Parábola de la medida.-Jesús: “El antiguo dicho «ojo por ojo y diente por diente», que no está en los diez mandamientos, sino que fue puesto porque el hombre, privado de la Gracia, es una fiera tan feroz que no puede comprender sino la venganza, queda anulado con este otro dicho: «Ama a quien te odia, ruega por quien te persigue, disculpa a quien te calumnia, bendice a quien te maldice, haz el bien a quien te hace daño, sé pacífico con el pendenciero, condescendiente con el que te desagrada, socorre de buena gana a quien recurre a ti y no te aproveches de él; no critiques, no juzgues». Vosotros no conocéis los entresijos de las acciones humanas. ■ En cualquier tipo de ayuda que prestéis, sed generosos, misericordiosos. Cuanto más deis, más se os dará. Dios pondrá en las manos de quien fue generoso una medida colmada y compacta; no solo dará lo equivalente a cuanto hayáis dado, sino que sobreabundará. Proponeos amar y de haceros amar. Los pleitos cuestan más que un arreglo amigable; la amabilidad es como miel: su sabor permanece largo tiempo en la lengua. ■ ¡Amad! Amad a amigos y enemigos para que seáis semejantes a vuestro Padre que hace llover sobre buenos y malos y hace bajar su sol sobre justos e injustos, reservándose —para cuando los buenos, cual escogidas espigas, hayan sido entresacados de las gavillas de la mies— dar sol y rocío eternos, y fuego y granizo infernales. ■ No basta amar a los que os aman, y de los que esperáis una compensación. Esto no puede considerarse meritorio. En efecto, es incluso motivo de alegría; los hombres naturalmente honrados lo saben hacer y lo hacen también los publicanos y los paganos. Pero vosotros debéis amar a semejanza de Dios y por respeto a Dios, que es el Creador también de vuestros enemigos o de los que os son menos simpáticos. Quiero en vosotros la perfección del amor. Por tanto, os digo: «Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre que está en los Cielos»”.
.   ● Fue escrito: «No mataréis»,  os digo: «No os airéis»”.- Jesús: “Tan grande es el precepto del amor al prójimo, que no os digo ya lo que fue escrito: «No mataréis» —los hombres condenarán al asesino—, sino que digo: «No os airéis», porque pende sobre vosotros un juicio más alto, que tiene en cuenta también aun las acciones que no se ven. Quien insulte a su hermano será condenado por el Sanedrín, pero quien le trate como a un loco, perjudicándole por tanto, será condenado por Dios. ■ Es inútil llevar ofrendas al altar si primero no se han ofrendado en lo íntimo del corazón los propios rencores por amor a Dios, y si no se ha cumplido el rito santísimo del perdón. Por esto, si, cuando estás a punto de ofrecer un sacrificio a Dios, te acuerdas de que has faltado contra tu hermano, o de que le guardas rencor por una culpa con la que te ofendió, deja tu ofrenda ante el altar, inmola primero tu amor propio reconciliándote con tu hermano, y ve después al altar. Solo entonces será santo tu sacrificio. ■ Llegar a un acuerdo es siempre el mejor de los negocios. El juicio del hombre es precario, y quien, obstinadamente, lo desafía puede perder la causa: tendrá que pagar a su adversario hasta el último céntimo o consumirse en la cárcel. Levantad la mirada a Dios en todas las cosas. Preguntaos si tenéis derecho a hacer lo que Dios no hace con vosotros, pues Dios no es inflexible ni terco como lo sois vosotros: ¡hay de vosotros, si fuera así!; ni uno siquiera se salvaría. Que esta reflexión promueva en vosotros sentimientos de mansedumbre, humildad, piedad. Y entonces no os faltará de parte de Dios, en esta Tierra y en el más allá, la recompensa. ■ Aquí, delante de Mí, hay uno que me odia y que no se atreve a decir: «¡Cúrame!», porque sabe que conozco sus pensamientos. Pues bien, a pesar de todo, digo: «Hágase lo que tú deseas, y que, de la misma forma que caen de tus ojos las escamas, que caigan de tu corazón el rencor y las tinieblas». Idos con mi paz…”. La gente desfila poco a poco, tal vez en espera del grito “milagro” que no se oye. También los apóstoles y los discípulos más antiguos, que se quedan en la montaña preguntan: “¿Quién era? ¿No se ha curado?” y preguntan una y otra vez al Maestro que, de pie, con los brazos cruzados ve bajar a la gente. Jesús no responde al principio, luego dice: “Los ojos están curados. El alma no. No puede porque está llena de odio”. Insisten: “Pero ¿quién es? ¿Acaso el romano?”. Jesús: “No, un desgraciado”. Pedro pregunta: “Entonces ¿para qué le curaste?”. Jesús: “¿Debería mandar rayos contra todos los que se parecen a él?”. Pedro: “Señor, sé que no quieres que responda «sí», y por tanto no lo digo… pero lo pienso… y es lo mismo…”. Jesús: “Es lo mismo, Simón de Jonás. Pero sabe que, si así fuera… ¡Oh, cuántos corazones llenos de escamas de odio hay en mi alrededor! Ven. Vamos hasta la punta de la cima, a mirar desde lo alto nuestro hermoso mar de Galilea. Yo y tú solos”. (Escrito el 25 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 5, 17-20;  Mt. 7,15-20;  Lc. 6,43-44.   2  Nota  : Cfr.  Lc. 6,27-36;  Mt. 5,43-48: «Amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo». La primera parte de la sentencia se encuentra formulada en la Ley (Lev. 19,18), pero la segunda, «odiarás a tu enemigo», no se halla en ningún escrito bíblico ni rabínico. Aquí Cristo cita lo que leyeron en las lecturas y oyeron en las explicaciones sinagogales. ■ Con sentido de síntesis ambiental, en el «Manual de disciplina» de Qumrán, doctrina de los esenios (secta ascética judía) se lee “Amar a todos los hijos de la luz… y aborrecer a todos los hijos de la tinieblas”. Así también, tras el estudio de la literatura rabínica, hay quien resume sus conclusiones: “La sinagoga, en tiempos de Jesús, entendía la noción del prójimo en un sentido estricto: solo el israelita es el prójimo; los otros, es decir, los no israelitas, no encajaban bajo este concepto. Y así admiten que estas palabras de Cristo “debían ser en aquélla época una máxima popular, a la que los israelitas acomodaban, en general, su actitud con respecto al amigo y al enemigo”.   3  Nota  : Cfr. Mt.  5,38-42;  Mc. 4,24; Lc. 6,38-38; Éx. 21,22-25; Lev. 24,17-22; Deut. 19,21.   4  Nota  : Cfr. Mt.  5,21-26;  Ex. 20,13.   5   Nota  : Cfr. Mt. 7,12-12.
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3-172-87 (3-32-176).- “Cada alma es una virgen prometida al Eterno Amador”.
* “Esta tierra es el tiempo del noviazgo con Dios. La hora de la muerte la hora de la boda. Por ahora, cuando queráis hablar con el Padre, vuestro Prometido, entrad sobre todo en la paz de vuestra estancia interior, y hablad al Rey”.-Dice Jesús: “Haceos un corazón humilde y puro, amoroso, confiado, sincero; amad a Dios con amor púdico, como una virgen ama a su espeso. En verdad os digo que cada alma es una virgen prometida al Eterno Amador, a nuestro Señor Dios; esta tierra es el tiempo del noviazgo, en que el ángel custodio dado a cada hombre es el paraninfo (1); y todas las horas de la vida y sus vicisitudes son otras tantas doncellas que preparan el ajuar nupcial; la hora de la muerte es la hora de la boda; es entonces cuando viene el conocimiento, el abrazo, la fusión, es entonces cuando vestida ya de esposa, el alma puede levantar el velo de su rostro y echarse en brazos de su Dios con todas sus fuerzas, sin que por amar así a su Esposo pueda inducir a otros al escándalo. ■ Mas por ahora, ¡oh, almas sacrificadas aún en el vínculo del noviazgo con Dios!, cuando queráis hablar con vuestro Prometido, entrad en la paz de vuestra habitación, y sobre todo en la paz de vuestra estancia interior, y hablad al Rey de los ángeles; hablad a vuestro Padre en el secreto de vuestro corazón y de vuestra estancia interior; dejad afuera cuanto es el mundo: la manía de que le vean y la de edificar; los escrúpulos de las largas oraciones sobresaturadas de palabras, pero monótonas, tibias, mortecinas en cuanto al amor. ¡Por favor, liberaos de las medidas cuando oréis!”. (Escrito el 26 de Mayo de 1945).
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1  Nota  : “Paraninfo”:  en la antigua Grecia,  joven amigo del novio que, antes de la celebración del matrimonio, iba a buscar a la novia a la casa de sus padres.
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3-180-142 (3-40-235).- La “inhabitación de Dios” en palabras de Simón Zelote y Simón Pedro, que son aprobadas por Jesús.
* Pedro dice: Él, confío en Él, nos dará la fuerza para resistir la prueba: los hombres, por ser nosotros testigos odiosos, nos perseguirán y atacarán la Verdad pero perecerán como los constructores de la Torre de Babel”.- ■ Estamos de nuevo en la cocina de la casa de Pedro. La cena debe haber sido abundante, como se deduce de los platos con los restos de pescado y carne, de quesos, de diversos tipos de frutas secas o semisecas, de bollos de miel, amontonados sobre una especie de credencia que recuerda un poco a nuestros aparadores usados en regiones toscanas en que se amasa y conserva el pan; y de las jarras y copas que están todavía encima de la mesa. ■ La mujer de Pedro debe haber hecho milagros para contentar a su marido, y debe haber estado trabajando todo la jornada. Ahora, cansada pero contenta, está en su rinconcillo mientras escucha lo que dice su marido y los demás; está mirando a su Simón, que para ella debe ser un gran hombre, aunque un poco exigente; cuando le oye hablar con palabras nuevas, con esa boca que antes no hablaba sino de barcas, redes, pescado y dinero, parpadea incluso, como deslumbrada por una luz demasiado intensa. Pedro esta noche, sea por la alegría de tener a su mesa a Jesús, sea por la alegría de la abundante comida consumida, está verdaderamente inspirado: se re­vela en él el futuro Pedro predicando a las muchedumbres. No sé qué observación de uno de los compañeros ha originado la respuesta salomónica de Pedro: “Les sucederá como a los constructo­res de la torre de Babel: su misma soberbia provocará el derrumbe de sus teorías y morirán aplastados”. Andrés objeta a su hermano: “Pero Dios es Misericordia. Impedirá que se derrumben para darles tiempo de arrepentirse”. Pedro: “¡Que te crees tú eso! En la cúspide de su soberbia pondrán calumnias y persecuciones. Ya lo veo venir. Nos perseguirán, por testigos odiosos, para disgregamos. Y, como atacarán la Verdad con engaño, Dios los castigará, y perecerán”. Tomás pregunta: “¿Tendremos la fuerza suficiente para resistir?”. Pedro: “Por mí mismo no la tendría, pero confío en Él”, y lo dice señalando al Maestro, el cual está escuchando y guarda silencio, con la cabeza un poco inclinada como para tener escondida la expresión de su rostro. Mateo dice: “Yo pienso que Dios no nos dará pruebas superiores a nuestras fuerzas”. Santiago de Alfeo concluye: “O que, cuando menos, aumentará las fuerzas en proporción a las pruebas”.
* Dice Zelote: “A medida que me fui abriendo paso —a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres—, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva: la certeza de que no estaba yo solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal”.- ■ Simón Zelote dice: “Él ya lo está haciendo. Yo era rico y poderoso. Si Dios no me hubiera querido conservar para un fin suyo, yo habría perecido en la dispersión cuando estaba leproso y me perseguían. Me habría terminado conmigo mismo… Y, sin embargo, en medio de mi derrumbe completo en que me encontraba, recibí de lo alto una riqueza nueva que nunca antes había poseído, la riqueza de la persuasión de que: «Dios existe». Antes… Dios… Sí… era yo un creyente, era un fiel israelita… pero mi fe era de formalismos. Y me parecía que el premio a esta fe fue­ra siempre inferior a mis virtudes. Me permitía discutir con Dios porque creía yo ser todavía algo sobre la tierra. Simón Pedro tiene razón. Yo también estaba construyendo una torre de Babel con las autoalabanzas y las satisfacciones de que yo era algo. Cuando todo se me derrumbó y quedé, como un gusano, aplastado por el peso de toda esta inutilidad humana, entonces no discutí más con Dios, para pasar a hacerlo conmigo mismo, con mi loco yo-mismo, y acabé de demolerlo. Y, a medida que lo hacía, abriendo paso a lo que yo creo que es el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva (1): la certeza de que no estaba yo solo y de que Dios velaba por el hombre vencido por el hombre y por el mal”. ■ J. Iscariote dice un poco severo: “¿Para ti qué es Dios; esto que has dicho: «el Dios inmanente en nuestro ser de terrestres»? ¿Qué quieres decir con eso? No te com­prendo, y además me parece una herejía. A Dios le conocemos a tra­vés de la Ley y los Profetas, y no hay otro Dios”. Zelote: “Si aquí estuviera Juan, te lo diría mejor que yo. De todas formas, te lo diré como sé. Es verdad que a Dios le conocemos a través de la Ley y los Profetas. Pero, ¿en qué le conocemos?, ¿cómo?”. Judas de Alfeo interviene inmediatamente: “Poco y mal. Los Profetas que nos le describieron… le conocían; pero nosotros tenemos de Él una idea confusa filtrada a través de todo un montón de estorbos acumulados por las sectas…”. J. Iscariote, indignado y agresivo: “¿Sectas? ¿Qué palabras son ésas? Nosotros no tenemos sectas. Nosotros somos los hijos de la Ley… todos”. Judas Tadeo rebate: “Los hijos de las leyes. No de la Ley. Hay una pequeña diferencia. Del singular al plural. Pero en realidad ello significa que ya no somos hijos de lo que Dios nos ha dado sino de lo que nosotros hemos creado”. Iscariote dice: “Las leyes han nacido de la Ley”. Judas Tadeo replica: “También las enfermedades nacen de nuestro cuerpo, y no me vas a decir ahora que son cosa buena”. J. Iscariote, al no poder replicar a esta observación de Judas de Alfeo, trata de llevar de nuevo la cuestión al punto de par­tida: “Bueno, dejadme saber lo que es el Dios inmanente de Simón Ze­lote”. ■ Simón Zelote dice: “Nuestros sentidos necesitan siempre de una base para captar una idea. Cada uno de nosotros —me refiero a no­sotros que creemos— cree, claro está, por la virtud de la fe, en el Altísimo, Señor y Creador, eterno Dios que está en el Cielo. Pero todos los seres tienen necesidad de algo más que de esta fe desnuda, virgen, incorpórea, que es adecuada y suficiente para los ángeles, que ven y aman a Dios espiritualmente, compartiendo con Él la naturaleza espiritual y teniendo la capacidad de ver a Dios. Nosotros tenemos necesidad de crearnos una «figura» de Dios, figura que se obtiene de las cualidades esenciales que atribuimos a Dios para dar un nombre a su perfección absoluta, infinita. Cuanto más se concentra el alma, tanto más logra llegar a una precisión en el conocimien­to de Dios. Pues bien, esto es lo que yo llamo: el Dios inmanente. No soy un filósofo. Quizás haya aplicado mal la palabra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que para mí el Dios inmanente es el hecho de sentir, de percibir, a Dios en nuestro espíritu; sentirle y percibirle no ya como una idea abstracta sino como real presencia que da forta­leza y paz nuevas, desconocidas”.
* Pedro corrobora las palabras de Zelote: “Dios es seguridad”… y explica la diferencia entre sentir a Dios por fe o sentir por inmanencia.- ■ J. Iscariote pregunta un poco irónico: “De acuerdo. Pero, en definitiva, ¿cómo lo sentías? ¿Qué diferencia hay entre sentir por fe y sentir por inmanencia?”. Pedro interviene: “Dios es seguridad, muchacho. Cuando le sientes como dice Simón, con esa palabra cuyo espíritu comprendo aunque no la entienda como tal palabra, a la letra, —y, créeme, nuestro mal consiste en entender sólo la letra y no el espíritu de las palabras de Dios—, quiere decir que llegas a captar no sólo el concepto de la majestad terrible, sino de la paternidad dulcísima de Dios; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te juzgara y condenara injustamente, Uno sólo, Él, el Eterno, que te es Padre, no te juzga sino que te absuelve y te consuela; quiere decir que sientes que, aunque todo el mundo te odiase, sentirías en ti la presencia de un amor más grande que todo el mundo; quiere decir que, segregado de los demás, arrojado en una cárcel o en un desierto, sentirías siempre que Uno te habla y te dice: «Sé santo para ser como tu Padre»; quiere decir que por el amor verdadero a este Padre Dios —al que por fin uno llega a sentir tal— se acepta, se obra, se toma o se deja, sin medidas humanas, pensando sólo en devolver amor por amor, en copiar lo más posible a Dios en las propias acciones”. J. Iscariote sentencia: “¡Eres un soberbio! ¡Copiar a Dios! No te es concedido”. Pedro replica: “No es soberbia. El amor lleva a la obediencia. Copiar a Dios me parece también una forma de obediencia porque Dios dice que nos ha hecho a su imagen y semejanza”. Iscariote: “Nos ha hecho. Nosotros no debemos ir más arriba”. Pedro: “¡Mira chico, eres un desdichado si piensas así! Olvidas que caímos y que Dios nos quiere volver a elevar a lo que éramos”.
* Dice Jesús: “Pedro y Zelote han hablado bien, y añado: la perfección de Adán era susceptible de aumento mediante el amor que le hubiera conducido a una imagen más exacta de su Creador. Por eso os digo: “Sed perfectos como perfecto es el Padre”.- ■ Jesús toma la palabra: “Más todavía, Pedro, Judas, y vosotros todos, más todavía. La perfección de Adán era susceptible de aumen­to mediante el amor que le habría conducido a una imagen progresivamente más exacta de su Creador. Adán, sin la mancha del pecado, habría sido un tersísimo espejo de Dios. Por esto digo: «Sed perfectos como perfecto es el Padre que está en los Cielos». Como el Padre, por tanto, como Dios. Pedro ha hablado muy bien, y Simón también. Os ruego que recordéis las palabras de ambos y que las apliquéis a vuestras almas”. ■ Falta poco para que la mujer de Pedro se desmaye de la alegría de sentir alabar de este modo a su marido. Llora en su velo, serena y dichosa. Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apoplético. (Escrito el 7 de Junio de 1945).
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1  Nota  : “Y, a medida que lo hacía,  abriendo paso a lo que creo  que es el Dios  inmanente en nuestro ser de terrestres, obtenía una fuerza, una riqueza, nueva”.
.  Y de este modo creó en sí el vacío que Dios pudo llenar con sus luces. Cayó la “fe de los formalismos” y se levantó la verdadera fe, la que es tan poderosa que ilumina a los verdaderos creyentes. Todas las obras de la Creación son un verdadero testimonio del Creador, la inteligencia humana adquiere una fuerza sobrehumana, capaz de “oír” hablar a Dios sus palabras santísimas, de ver a Dios obrar sus santísimas acciones en nosotros y todo lo que nos rodea. Verdadera fe que es la participación de Dios Omnipresente y Omnipotente.
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(<.Jesús acaba de curar a un joven judío, que estaba ya agonizando, herido por una puñalada en el corazón asestada por un romano. El hecho ha ocurrido en la Magdala de los ricos, en la casa de María Magdalena, en la que ella recibía a sus amantes. En estos momentos, Jesús se dirige a la Magdala de los pescadores y de los pobres.>)
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3-184-167 (3-44-262).- Parábola de la semilla: el trabajo de Dios en los corazones para instaurar en ellos su Reino (1). Aplicada a María Magdalena. Parábola del grano de mostaza. (2).
* Magdalena, y las que son como ella, tiene una cruz muy dura.- No hay que envidiar las apariencias.- ■ Hace poco que debió haber sucedido el milagro, porque los apóstoles hablan de él. Los de la ciudad que también lo comentan, señalan con el dedo al Maestro que, erguido y grave, se pone en marcha hacia la periferia de la ciudad, donde viven los pobres. Se detiene en una casucha de la que sale un niño dando saltos y detrás de él su madre. Jesús: “Mujer, ¿me permites entrar en tu huerto y estar un poco hasta que baje el sol?”. Mujer: “Entra, Señor. También a la cocina si quieres. Te traeré agua y alguna otra cosa”. Jesús: “No trajines, me basta con estar tranquilo en este huerto”. Pero la mujer se empeña en ofrecer agua con no sé qué diluido, y se mueve por la huerta, de acá para allá, como deseosa de hablar pero sin atreverse. Se pone a ver sus verduras, aunque solo aparentemente porque en realidad está pendiente del Maestro. Pero la molesta el niño, que, con sus gritos —cuando coge una mariposa u otro insecto—,  le impide oír lo que Jesús dice; se pone nerviosa y le…suelta un cachete al niño, el cual… grita ahora mucho más fuerte. Jesús —que a la pregunta de Simón Zelote: “¿Piensas que María se habrá conmovido?” estaba respondiendo: “Más de lo que parece…”— se vuelve y llama al niño, el cual corre a acabar de llorar en las rodillas de Jesús. La mujer llama a su hijo: “¡Benjamín! Ven aquí. No molestes”. Pero Jesús dice: “Déjale, déjale. Se portará bien y te dejará en paz”. Luego dice al niño: “No llores. No te hizo daño la mamá. Solo te ha hecho obedecer. ¿Por qué gritabas si ella quería silencio? Quizás es que se siente mal, y tus gritos la ponen nerviosa”.  El niño, rápido, rápido, con esa insuperable franqueza infantil que desespera a los mayores, dice: “No, no se siente mal. Quería oír lo que Tú estabas diciendo. Me lo dijo. Y yo, que quería venir contigo, hacía ruido a propósito para que Tú me mirases”. Todos se ríen de buena gana y la mujer se pone colorada. ■ Jesús: “No te pongas colorada, mujer. Ven aquí. ¿Me querías oír hablar? ¿Por qué?”. Mujer: “Porque eres el Mesías. Con el milagro que has hecho no puedes ser sino el Mesías… y quería oírte. Casi nunca salgo de Magdala porque tengo un marido difícil y cinco hijos. El más pequeño tiene cuatro meses… y Tú aquí no vienes nunca”. Jesús:  “He venido a tu casa. Míralo”. Mujer: “Por esto quería oírte”. Jesús: “¿En dónde está tu marido?”. Mujer: “En el mar, Señor. Si no se pesca, no se come. No tengo más que este huertecillo. ¿Crees que pueda alcanzar para siete personas? Y con todo Zaqueo querría que así fuese…”. Jesús: “Ten paciencia, mujer. Todos tienen su cruz…”. Mujer: “¡No, no! Las desvergonzadas no hacen más que gozar. Viste lo que hacen ellas. Gozan y hacen sufrir. No se destrozan los riñones con tener hijos y con trabajar. No tienen ampollas de la pala, ni se desuellan con la lavada de ropa. Hermosas y frescas que están. Para ellas no existe la sentencia contra Eva; más bien ellas son nuestra condena, porque los hombres… Ya me entiendes”. Jesús: “Te entiendo. Pero ten en cuenta que también ellas tienen una cruz muy dura. La más dura: la que no se ve: la de la condena de su conciencia, la de la burla del mundo; la de su propia sangre que las rechaza; la de la maldición de Dios. No son felices, créemelo. No destrozan los riñones en engendrar ni en trabajar, no se hacen llagas en las manos con el trabajo. Pero da lo mismo, se sienten destrozadas y con vergüenza. Su corazón es una llaga completa. No envidies su apariencia, su lozanía, su fingida serenidad. Tras ese velo, lo que hay es una desolación de muerte y que no permite paz. No tengas envidia de su sueño, tú, que eres una madre honrada que sueñas con tus inocentes… ellas no tienen más que pesadillas sobre su almohada. Y al día siguiente, en el día que se encuentren agonizantes o sean viejas, no tendrán más que remordimiento y pavor…”. Mujer: “Es verdad, perdóname… ¿Me permites que me esté aquí?”. Jesús: “Quédate. Contaremos una hermosa parábola a Benjamín. Los que no son niños, que la apliquen a sí mismos y a María de Magdala”.
* Parábola de la semilla, que habla del trabajo de Dios para fundar su Reino, aplicada a pecadores y a Magdalena.-Jesús: “Escuchad: Dudáis acerca de la conversión de María de Magdala al Bien. No se ve señal alguna en ella que indique este cambio. Desvergonzada e impúdica, consciente de su posición y poder, tuvo la osadía de desafiar a la gente y de ir hasta el umbral de la casa donde lloran por su culpa. Al reproche de Pedro respondió con una risotada. A mi mirada que la invita, con una soberbia de desprecio. Algunos de vosotros habréis deseado, quién por amor a Lázaro, quién por amor a Mí, que le hubiera hablado directa y largamente, y que la hubiera subyugado con mi poder, mostrando mi fuerza de Mesías Salvador. No. No es necesario. Lo dije hace meses también por otra pecadora. Las almas deben hacerse por sí mismas. Yo paso, arrojo la semilla; ésta trabaja secretamente. Se respeta al alma en este trabajo suyo. Si la primera semilla no sirve, se siembra otra, otra… y sólo deja uno de hacerlo cuando hay pruebas seguras de que es inútil sembrar. Se ruega. La oración es como el rocío, que mantiene los terrones flojos y buenos y nutridos con lo que la semilla puede germinar. ¿No haces así tú, mujer, con tus hortalizas? ■ Escuchad ahora la parábola que os habla de lo que Dios trabaja en los corazones para fundar su Reino. Cada corazón es un reino pequeño de Dios en la tierra. Después de la muerte, todos estos pequeños reinos, se juntarán y formarán un solo Reino de los Cielos, inmenso, santo, eterno. El sembrador divino crea el Reino de Dios en los corazones. Viene a su posesión —el  hombre es de Dios, por eso cada hombre inicialmente es suyo— y esparce su semilla. Luego pasa a otras posesiones, a otros corazones. Los días pasan y con ellos las noches. Los días aportan sol y lluvias (en este caso rayos de amor divino y efusión de la Sabiduría divina que habla al espíritu). Las noches estrelladas y en silencio sosegado (en nuestro caso destellos de Dios que reclaman nuestra atención y silencio para el espíritu, para que se recoja el alma y medite). La semilla durante esta sucesión de providencias inadvertidas y poderosas, se hincha, se parte en dos, echa raíces y arroja afuera las primeras hojitas, crece. Todo esto sin que el hombre la ayude. La tierra, espontáneamente, produce de la semilla el tierno tallo, luego se robustece el tallo para sostener a la espiga naciente, luego la espiga se eleva, se hincha, se dora, se hace dura, perfecta espiga. Una vez madura, vuelve el sembrador y la siega; no podría ganar más en perfección y por ello es cortada. ■ Mi palabra realiza esta misma operación en los corazones; me refiero a los que aceptan a la semilla. Pero el trabajo es lento. Es menester no deteriorarlo con las prisas. ¡Cuánto cuesta a la semilla pequeña abrirse; y cuánto, echar raíces en la tierra! Pues también le es fatigoso, al corazón duro e indomable, este proceso: debe abrirse, dejarse buscar, acoger cosas nuevas, y alimentarlas con esfuerzo, aparecer distinto al estar revestido de cosas humildes y útiles y no ya de la atractiva, pomposa e inútil exuberante floración que antes le revestía; debe conformarse con trabajar humildemente, sin atraer hacia sí la admiración, para beneficio de la Idea divina; debe esforzarse con todos los medios por crecer y dar espiga; debe ponerse incandescente de amor para convertirse en grano. Y, una vez superados los respetos humanos verdaderamente muy penosos, después de haber trabajado y haber sufrido y haber tomado afecto a la nueva vestidura, entonces debe despojarse de ella con cruel tajo. Dar todo para tener todo. Quedarse sin nada para ser revestido en el Cielo con la estola de los santos. La vida del pecador que llega a ser santo, es la batalla más larga heroica, gloriosa. Os lo aseguro. Por lo que os he dicho podéis comprender que es justo que me comporte así con María. ■ ¿Me porté de manera diversa contigo, Mateo?”. Mateo: “No, señor mío”. Jesús: “Y dime la verdad: qué te movió más ¿mi paciencia o las sátiras de los fariseos?”. Mateo: “Tu paciencia. Tanto, que estoy aquí. Los fariseos, con sus desprecios y sus anatemas, me hacían desdeñoso, y, por desprecio, hacía más mal aún de cuanto hasta entonces había hecho. Pasa eso: uno se endurece más cuando, estando en pecado, se siente tratado como pecador; pero cuando, en lugar de un insulto, recibimos una caricia, primero quedamos asombrados, después vienen las lágrimas… y, cuando éstas llegan, las costras de pecados se abren y caen… Entonces queda uno desnudo ante la Bondad y se le pide, con el corazón, que se digne revestirnos de Sí misma”. Jesús: “Dijiste bien, Mateo”.
* Apóstoles, excepto Iscariote (que le causa miedo), pasan el examen del niño Benjamín.-  ■ Jesús luego se dirige al niño: “Benjamín, ¿te gusta la historia? ¿Sí? Muy bien. Pero, ¿dónde está tu mamá?”. Santiago de Alfeo responde: “Al final de la parábola ha salido y se ha ido corriendo por aquella calle”. Tomás dice: “Habrá ido al mar, por ver si ya viene su esposo”. El niño, que confiadamente está apoyado en las rodillas de Jesús, dice: “No. Fue a casa de su mamá, a traer a mis hermanos. Mi mamá los lleva allá para poder trabajar”. Bartolomé observa: “¡Y tú estás aquí, hombre! Debes ser una buena viborita para que te tenga solo”. Benjamín:  “Yo soy el mayor, y la ayudo…”. Bartolomé: “A ganarse el paraíso. ¡Pobre mujer! ¿Cuántos años tienes?”. Benjamín dice con orgullo: “Dentro de tres años seré hijo de la Ley”. Tadeo le pregunta: “¿Sabes leer?”. Benjamín: “Sí… pero voy despacio porque… el maestro me echa casi todos los días afuera…”. Bartolomé dice: “¡Ya lo había dicho yo!”. Benjamín: “Pero lo hago así porque el maestro es viejo y feo y dice siempre las mismas cosas que le hacen dormirse a uno. Si fuese como Él (y señala a Jesús) estaría contento. ¿Pegas Tú, si uno se duerme o juega?”. Jesús responde: “Yo no pego a ninguno. Digo a mis discípulos: «Estad atentos por vuestro bien y por amor mío»”. Benjamín: “¡Eso, así sí! Por amor, sí; no por miedo”. Jesús: “Pero si te portas bien, el maestro te va a querer”. Benjamín: “¿Tú quieres solo al que es bueno? Hace poco dijiste que habías tenido paciencia con éste, que no era bueno…” la lógica infantil es asediadora. Jesús: “Soy bueno con todos. Pero a quien se hace bueno, le quiero muchísimo y con él soy bueno, muy bueno”.  El niño piensa…  levanta la cabeza y pregunta a Mateo: “¿Cómo hiciste para ser bueno?”. Mateo: “Le he querido a Él”. ■ El niño se queda pensando otro poco, mira a los doce y dice a Jesús: “¿Todos estos son buenos?”. Jesús: “Claro que lo son”. Benjamín: “¿Estás seguro? Algunas veces yo hago como que soy bueno, pero es cuando quiero hacer una pillada mayor”. Todos se ríen a carcajadas. También el pilluelo. Ríe Jesús que le estrecha al corazón y le besa. El niño, que se ha hecho ya amigo de todos y quiere jugar, dice: “Ahora te digo yo quién es bueno” y empieza su selección. Mira a todos y va derecho a Santiago y a Andrés que están juntos y dice: “Tú y tú. Venid aquí”. Después escoge a los dos Santiagos, y los junta con ellos. Luego a Tadeo. Queda muy pensativo ante Zelote y Bartolomé y dice: “Sois viejos, pero sois buenos” y los pone con los demás. Mira atentamente a Pedro, que bajo el examen a que se le somete, no deja de hacerle burlas con los ojos. También dice que es bueno. Igual suerte corren Mateo y Felipe. A Tomás le dice: “Tú te ríes demasiado. Yo estoy en serio. ¿No sabes que mi maestro dice que quien siempre ríe se equivoca luego en la prueba?”. Pero al final de cuentas también Tomás pasa, con pocos votos, pero pasa el examen. El niño regresa a Jesús. ■ Iscariote le dice: “Eh, precioso, también yo estoy. No soy una planta. Soy joven y hermoso. ¿Por qué no me sometes al examen?”. Benjamín: “Porque no me gustas. Mi mamá dice que cuando una cosa no gusta, no se toca; se deja sobre la mesa, para que se la coman las personas a quienes les guste. Y también dice que si a uno le ofrecen una cosa que no le gusta, uno no debe decir: «No me gusta» sino: «Gracias. No tengo hambre». Yo no tengo hambre de ti”. Iscariote: “¿Pero cómo? Mira, si dices que soy muy bueno, te doy esta moneda”. Benjamín: “¿Para qué la quiero? ¿Qué puedo comprar con una mentira? Mi mamá dice que el dinero obtenido con engaño, se convierte en paja. Un día, engañé a mi abuela para que me diese un dracma para comprarme hogazas con miel y por la noche se habían convertido en paja. Las puse en aquel agujero, allí, debajo de la puerta, para cogerlo a la mañana siguiente y encontré solo un manojo de paja”. Iscariote: “¿Por qué no crees que sea yo bueno? ¿Qué tengo? ¿Qué tengo? ¿Torcido el pie? ¿Soy feo?”. Benjamín: “No, pero me das miedo”. Iscariote, acercándose, pregunta: “¿De qué cosa?”. Benjamín: “No lo sé. Déjame. No me toques o te araño”. Iscariote: “¡Qué intratable! Está loco”. De Judas sale una risa forzada. Benjamín: “No estoy loco. Tú eres malo” y el niño se refugia en el regazo de Jesús, que le acaricia sin decir nada. Los apóstoles ríen de buena gana con lo que acaba de pasar a Iscariote.
* No penséis que las obras para conseguir el Reino de los Cielos son obras vistosas, sino acciones continuas, normales, pero realizadas con un fin sobrenatural de amor. El amor es la simiente del árbol… Lo compararé con un minúsculo grano de mostaza”.- ■ En esos momentos la mujer regresa con una docena de personas, y luego llegan otras más. Son como unas cincuenta. Todas, personas pobres. La mujer suplica: “¿Les dirías alguna palabra? Por lo menos algo. Ésta es la madre de mi marido, éstos son mis hijos. Este hombre es mi marido. Una palabra, Señor”. Jesús: “Para darte gracias por tu hospitalidad, les hablaré”. La mujer, requerida por un niño de pecho, entra en casa; luego se sienta en el umbral de la puerta y le da el pecho. “Escuchad. Encima de mis rodillas tengo a un niño que ha hablado muy sabiamente. Ha dicho: «Todas las cosas obtenidas con engaño se vuelven paja». Su madre le ha enseñado esta verdad. No es fábula, es una verdad eterna. Lo que se hace sin honestidad jamás sale bien, porque la mentira, en palabras, acciones o religión, es siempre signo de alianza con Satanás, maestro de embustes. No penséis que las obras apropiadas para conseguir el Reino de los Cielos son obras fragorosamente vistosas; son acciones continuas, normales, pero realizadas con un fin sobrenatural de amor. El amor es la simiente del árbol que, naciendo en vosotros, crece hasta el Cie­lo, y a su sombra nacen todas las demás virtudes. Lo compararé con un minúsculo grano de mostaza. ¡Qué pequeño es! ¡Una de las más pequeñas semillas esparcidas por el hombre! Y, no obstante, ved que cuando llega a su madurez, es fuerte y frondosa, da muchos frutos, no ya el cien por ciento, sino el ciento por uno. La más pequeña, pero la que trabaja más diligentemente. ¡Cuántas utilidades os proporciona! ■ Así es el amor. Si recogéis en vuestro pecho una pequeña semilla de amor por vuestro santísimo Dios y por vuestro prójimo, y actuáis guiados por el amor, no faltaréis contra ningún precepto del Decálo­go; no mentiréis a Dios con una falsa religión (de prácticas y no de espíritu), ni al prójimo con conducta de hijos ingratos, de esposos adúlteros —o solamente demasiado exigentes—, de ladrones en las transacciones, de embusteros en la vida, de violentos hacia vuestros enemigos. Fijaos cómo, en esta hora de calor, cuántos son los pajari­llos que se refugian en el follaje de este huerto. Dentro de poco, ese surco plantado de mostaza —que ahora es todavía pequeña— se ve­rá henchido de trinos de pájaros. Todas las aves vendrán a refugiarse, a la sombra de estos árboles tan tupidos y cómodos, entre su ramaje que sirve de escalera y de red para subir y no caer. Así es el amor, base del Reino de Dios. Amad y seréis amados. Amad y seréis compasivos. Amad y no se­réis crueles exigiendo más de lo lícito de quien está a vosotros subor­dinado. Amor y sinceridad para obtener la paz y la gloria del Cielo. Si no, todas vuestras acciones realizadas mintiendo al amor y a la verdad se os transformarán en paja para vuestro lecho infernal. ■ No os digo nada más. Únicamente esto: tened presente el gran precepto del amor y sed fieles a Dios Verdad y a la verdad en cada una de vuestras palabras, acciones y sentimientos, porque la verdad es hija de Dios. Se trata de una continua obra de perfeccionamiento de vosotros mismos, de la misma forma que la semilla crece continuamente hasta alcanzar su madurez; es una obra silenciosa, humilde, paciente. Tened por seguro que Dios ve vuestras luchas y os premia más por un egoísmo vencido, por una grosería que no dijisteis, por no imponer una exigencia, que no si, armados, en la batalla, matarais a vuestro enemigo. ■  Ese Reino de los Cielos que poseeréis, si vivís como justos, está construido con las pequeñas cosas de cada día:  con la bondad, la morigeración, la paciencia; contentándose con lo que uno tiene; con la mutua compasión; con el amor, sobre todo con el amor. Tratad de ser buenos. Vivid en paz los unos con los otros. No murmuréis. No juzguéis. Dios estará entonces con vosotros. Os doy mi paz  y también mi bendición y agradecimiento de la fe que tenéis en Mí”. ■ Tras estas palabras, Jesús se vuelve a la mujer y dice: “Que Dios te bendiga especialmente a ti, porque eres una santa esposa y madre. Persevera en la virtud. Adiós, Benjamín; ama cada vez más la verdad y obedece a tu madre. Descienda sobre ti y tus hermanitos la bendición. Y sobre ti, madre”. (Escrito el 10 de Junio de 1945)
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1  Nota  : Cfr. Mc. 4,26-29.   2  Nota  : Cfr. Mt. 13,31-32; Mc. 4,30-32; Lc. 13,18-19.
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(<Jesús y los suyos vienen de la llanura de Esdrelón donde están los dominios del fariseo Doras. Jesús ha tomado en adopción aquí al niño Yabés (1), huérfano de padre y madre por deseo expreso del abuelo del niño. Ahora, con el niño en la comitiva, se dirigen hacia Jerusalén. Jesús va hablando con el niño>).
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3-194-226 (3-55-323).- La revelación al pequeño Yabés durante el camino de Siquem a Berot.
* “¿Cómo se llama Dios? ¿Cómo es Dios? ¿Qué dice de Mí el Libro?”.- ■ Jesús dice: “¡Bueno! ¡Bien! Ahora prosigamos hacia la Ciudad Santa, donde llegaremos mañana por la tarde”. Y luego pregunta al niño: “¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo puedes decir? ¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?”. Yabés: “No. No sería lo mismo, porque mañana es la Parasceve (2). Después del ocaso solo se puede caminar 6 estadios; más no se puede, porque ya ha empezado el sábado con su correspondiente reposo”. Jesús: “Luego, ¿debemos estar sin hacer nada los sábados?”. Yabés: “No. Se reza al Altísimo Señor”. Jesús: “¿Cómo se llama?”. Yabés: “Adonái. Pero los santos pueden pronunciar su Nombre”. Jesús: “También los niños buenos. Dilo, si lo sabes”. Yabés: “Gchyavé” (el niño así pronuncia: una Gch muy dulce que casi es una Lli, y con una “a” muy larga). Jesús: “¿Y por qué se reza al Altísimo Señor el sábado?”. Yabés: “Porque Él se lo ordenó a Moisés cuando le dio las tablas de la Ley”. Jesús: “Ah, ¿sí? Y ¿qué ordenó?”. Yabés: “Ordenó santificar el sábado. «Trabajarás durante seis días, pero descansarás el séptimo y descansarás porque es lo que hice Yo después de la creación»”. Jesús: “¿Cómo? ¿Descansó el Señor? ¿Se había cansado por haber creado? ¿Y realmente creó Él? ¿Cómo lo sabes? Yo sé que Dios nunca se cansa”. Yabés: “No se había cansado, porque Dios no camina ni mueve los brazos. Pero lo hizo para enseñar a Adán y enseñarnos a nosotros, y para que tuviéramos un día en el que no pensásemos en otra cosa sino en Él. Y Él creó todo; seguro. Lo dice el Libro del Señor”. ■ Jesús: “¿Pero Él escribió el Libro?”. Yabés: “No, pero es la Verdad, y hay que prestarle fe para no ir con el demonio”. Jesús: “Me dijiste que Dios no camina ni mueve los brazos. ¿Entonces, cómo creó? ¿Cómo es? ¿Es una estatua?”. Yabés: “No es un ídolo. Es Dios; y Dios es… Dios es… déjame pensar y acordarme cómo me decía mi mamá y, mejor que ella, ese hombre que iba en tu nombre a visitar a los pobres de Esdrelón… Mi mamá decía, para hacerme entender a Dios: «Dios es como mi amor por ti, no tiene cuerpo, y, sin embargo, existe». Y ese pequeño hombre, con una sonrisa dulce, decía: «Dios es un Espíritu Eterno, Uno y Trino y la Segunda Persona ha tomado carne por amor a nosotros, por nosotros que somos pobres, y su nombre»… ¡Oh, Señor mío! Pero… ahora me doy cuenta… ¡eres Tú!”. El niño, lleno de estupor, se echa en tierra y adora a Jesús. Todos acuden, creyendo que se ha caído; pero Jesús hace un gesto de silencio llevándose el dedo a los labios, y dice: “Levántate, Yabés. Los niños no deben tener miedo de Mí”. El niño levanta la cabeza, con veneración profunda, y mira a Jesús con otros ojos, casi de miedo. ■ Jesús sonríe y le tiende la mano diciendo: “Eres un sabio, pequeño israelita. Continuemos el examen entre nosotros. Ahora que me has reconocido, ¿sabes si se habla de Mí en el Libro?”. Yabés: “¡Oh, sí, Señor! Desde el principio hasta ahora. Todo habla de Ti. Tú eres el Salvador prometido. Ahora entiendo por qué abrirás las puertas del Limbo. ¡Oh, Señor! ¿Y me quieres mucho?”. Jesús: “Sí, Yabés”. Yabés: “No. No me llames más Yabés. Dame un nombre que quiera decir que me amas, que me has salvado…”. Jesús: “Escogeré el nombre junto con mi Madre. ¿Te parece bien?”. Yabés: “Pero que quiera decir exactamente eso. Me llamaré así desde el día en que me convierta en hijo de la Ley”. Jesús: “Desde aquel día así te llamarás”. ■ Se ha pasado Betel. Se detienen a comer en un valle pequeño, fresco y abundante en aguas. Yabés ha quedado medio aturdido con la revelación, y come en silencio. Con respeto profundo acepta cualquier pedazo de pan que le ofrece Jesús. Pero poco a poco vuelve a su antiguo modo de ser, sobre todo después de haber jugado con Juan, mientras los demás descansan en la verde hierba; luego vuelve donde Jesús, junto con Juan que es todo sonrisa, y tienen una pequeña tertulia de tres personas. ■ Jesús: “Al final no me has dicho quién habla de Mí en el Libro”. Yabés: “Los Profetas, Señor; y antes todavía. Habla de Ti el Libro desde que fue arrojado Adán del paraíso. Y luego cuando Jacob y cuando Abraham y cuando Moisés… ¡Oh! Me decía mi padre, que había ido a visitar a Juan —no a éste, sino al otro Juan, al del Jordán—, que él, el gran Profeta, te llamaba el Cordero… Ahora comprendo, sí, el cordero de Moisés… ¡Tú eres la Pascua!”. Juan le provoca: “Pero, ¿qué Profeta es el que profetizó mejor de Él?”. Yabés: “Isaías y Daniel. Pero… a mí me gusta más Daniel, ahora que te amo como a mi padre. ¿Puedo decir que te quiero como he querido a mi padre? ¿De veras? Pues si es así, yo prefiero a Daniel”. Jesús: “¿Por qué, si quien habla mucho del Mesías es Isaías?”. Yabés: “Sí, pero habla de los dolores del Mesías. Sin embargo, Daniel habla del ángel hermoso y de tu venida. Es verdad que también Daniel dice que el Mesías será inmolado, pero yo creo que el Cordero será inmolado de un solo golpe, no como dicen Isaías y David. Yo lloraba siempre al oírlos, así que mi madre no volvió a leérmelos”. ■ Casi llora también en este momento, mientras acaricia una mano de Jesús, que le dice: “Por ahora no pienses en eso. Escucha, ¿sabes los mandamientos?”. Yabés: “Sí, Señor. Creo saberlos. Me los repetía a mí mismo en el bosque para no olvidarlos y para oír la palabra de mi madre y de mi padre. Pero ahora ya no lloro (realmente hay un centelleo en sus pupilas), porque ahora te tengo a Ti”. Juan sonríe y abraza a Jesús sonriendo: “¡Son mis mismas palabras! Todos los niños de corazón hablan igual”. Jesús: “Sí, porque sus palabras proceden de una única sabiduría”. (Escrito el 25 de Junio de 1945).
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1  Nota  : Yabés. Personajes de la Obra magna: Marziam. 2  Nota  : Cfr. Anotaciones  n. 3: Sábado, Parasceve.
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(<Aglae [1], la mujer velada, ha llegado a Betania donde en estos momentos se encuentra Jesús. Ella, ha recorrido un largo camino de conversión después de aquel encuentro con Jesús en Hebrón. Ese día comenzó su subida. Ahora totalmente regenerada, llega donde Jesús, a través de la Madre a la que ha recurrido previamente, para llorar ante Jesús su vida de pecado y poder recibir el perdón>)
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3-200-265 (3-61-364).- “El deseo de Dios siempre precede al de la criatura pues Él es perfectísimo”.
* Dios es abismo de misericordia, incomprensible para la mente humana, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu”.- ■ Aglae se quita la alforja que trae sobre las espaldas. Se arrodilla a los pies de Jesús en medio de un gran llanto. Se dobla hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados. Jesús dice: “No llores así. Ya no es momento de llanto. Debiste haber llorado cuando no querías a Dios, no ahora que le amas y te ama”. Pero Aglae continúa llorando… Jesús: “¿No crees que sea así?”. En medio de los sollozos sale la voz: “Le amo, es verdad, como sé, como puedo… pero aún cuando sé y creo que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar que tenga yo su amor. He pecado mucho… Tal vez, un día lo tendré… Todavía me falta mucho que llorar… por ahora estoy sola en mi amor. Estoy sola. No es soledad sin esperanzas de los años pasados. Es una soledad llena del deseo de Dios, por esto de esperanza… pero es tan triste, tan triste…”. ■ Jesús: “Aglae, ¡qué mal conoces al Señor! Este deseo que tienes de Él, es prueba de que corresponde a tu amor, que es tu amigo, que te llama, que te invita, que te quiere. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de la criatura, porque ese deseo lo ha encendido el Creador y Señor de todas las cosas en el corazón. Lo ha encendido Él porque con amor privilegiado ama al alma que le busca. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura, porque Él es perfectísimo y por esto su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura”. Aglae: “Pero ¿cómo puede Dios amar mi fango?”. ■ Jesús: “No trates de entender con tu inteligencia. Es un abismo de misericordia, incomprensible para la mente humana. Pero lo que no se puede comprender con la razón, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguro en el misterio que es Dios y en el misterio de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra porque Dios lo quiere”. Aglae: “¡Oh Salvador mío! ¿De veras he sido perdonada? ¿Soy amada yo? ¿Lo debo creer?”. Jesús: “¿Te he dicho mentira alguna vez?”. Aglae: “Oh, no, Señor. Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado como tu nombre significa. Me has buscado a mí, alma perdida. Has devuelto la vida a mi alma, que estaba muerta. Me dijiste que si te buscaba, te encontraría. Y es verdad. Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas. Y es verdad. Todo, todo lo que dijiste a la pobre Aglae, desde aquella mañana de Junio, hasta lo de «Aguas Claras»…”. Jesús: “Entonces debes creer lo que te acabo de decir”. Aglae: “Sí, creo, creo. Pero Tú dime: «Yo te perdono»”. Jesús: “Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús”. (Escrito el 25 Junio de 1945).
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1   Nota   : Cfr. Personajes de la Obra magna: Aglae.
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(<Jesús y sus discípulos se encuentran en tierras filisteas>)
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3-217-383 (4-79-486).- Las espigas arrancadas un sábado.- Encuentro con fariseos.- Quiero misericordia, no castigo. Jesús, Señor también del sábado (1).
* Cumplo mi misión. Enseño a amar a Dios y repito el Decálogo porque está muy olvidado, y se apli­ca peor… He sido enviado a evangelizar y salvar”.- ■ El lugar es todavía el mismo, pero el sol se muestra menos implacable porque se encamina al ocaso. Jesús dice: “Tenemos que andar hasta aquella casa”. Van hacia la casa. Llegan. Piden pan y posibilidad de descanso. Pero el guarda los rechaza con dureza. Los discípulos, hambrientos y cansados, dicen con enfado: “¡Raza de filisteos! ¡Víboras! ¡Son todos iguales! Han nacido de ese tronco y dan frutos envenenados. ¡Que recibáis lo mismo que dais!”. Jesús exhorta: “¿Por qué faltáis a la caridad? El tiempo del talión ya ha quedado atrás. Caminemos. Todavía no ha oscurecido y no os estáis muriendo de hambre. Un poco de sacrificio, para que estas almas lleguen a sentir hambre de Mí”. ■ Pero los discípulos —creo que más por despecho que por hambre verdaderamente insoportable— entran en todo el medio de una de las parcelas cultivadas y se dan a coger espigas, las desgranan en las palmas de las manos y se ponen a comerse los granos. Pedro grita: “Están buenos, Maestro. ¿Tú no coges espigas? Además tienen doble sabor… Me comería todo el campo”. Los otros, que van caminando entre las espigas y comien­do con gusto, dicen: “¡Tienes razón! ¡Así se arrepentirían de no habernos dado ni un pan!”. Jesús va solo por el camino polvoriento. Unos cinco o seis metros más atrás le siguen Simón Zelote y Bartolomé, pero van hablando entre sí. ■ Otra encrucijada de caminos: un camino secundario que atravie­sa el camino de primer orden. Parados en ese punto, hay un grupo de ceñudos fariseos, que, sin duda, vuelven de haber asistido a las funciones del sábado en el pueblo ancho y achatado que se ve en el fondo de este camino secundario. El grupo da la impresión de ser como una fiera que agazapada espera en su madriguera. Jesús los ve, los mira manso y sonriente, y los saluda: “Paz a vo­sotros”. En vez de la respuesta al saludo, uno de los fariseos, arrogante­mente, pregunta: “¿Quién eres?”. Contesta: “Jesús de Nazaret”. Uno de ellos a los otros, dice: “¿Veis como es Él?”. Entretanto, Natanael y Simón se han acercado al Maestro. Los demás, caminando por los surcos, están viniendo hacia el camino; to­davía vienen masticando y tienen en las manos granos de trigo. El primer fariseo que ha hablado —quizás el más represen­tativo—, vuelve a dirigirse a Jesús que se había detenido esperando escuchar el resto de lo que quieren decirle: “¡Ah!, ¿entonces eres el famoso Jesús de Nazaret?; ¿y cómo es que estás por aquí?”. Jesús: “Porque también aquí hay almas que salvar”. Fariseo: “Para eso nos bastamos nosotros; sabemos salvar las nuestras y las de nuestros súbditos”. Jesús: “Si es así, hacéis bien. Pero Yo he sido enviado para evangelizar y salvar”. Fariseo: “¡Enviado! ¡Enviado! ¿Y quién nos lo prueba? ¡Tus obras no!”. Jesús: “¿Por qué dices eso? ¿No te preocupa tu vida?”. Fariseo: “¡Ah! ¡Ya! Tú eres ese que administra la muerte a quienes no te adoran. De forma que quieres matar a toda la clase sacerdotal, ¿no?, y a la de los fariseos, y a la de los escribas, y a muchas otras, porque ni te adoran ni te adorarán nunca; nunca, ¿comprendes? Nunca te adoraremos nosotros, los elegidos de Israel, ni te amaremos”. Jesús: “No os fuerzo a amarme; os digo: «Adorad a Dios» porque…”. Fariseo: “O sea, a Ti, porque Tú eres Dios, ¿no es así? Pero se da el caso de que nosotros no somos ni los piojosos campesinos galileos ni esos estúpi­dos de Judá que te siguen olvidando a nuestros rabíes…”. Jesús: “No te inquietes, hombre. Yo no pido nada. Cumplo mi misión. Enseño a amar a Dios y repito el Decálogo porque está muy olvidado, y se apli­ca peor. Lo que quiero ofrecer es la Vida, la eterna; no le deseo a na­die la muerte corporal, y menos todavía la espiritual. La vida sobre la que te preguntaba si no te preocupaba perderla era la de tu alma, porque amo tu alma a pesar de que ella no me ame, y me apena el ver que la estás matando al ofender al Señor despreciando a su Mesías”. ■ Tanto se agita el fariseo que parece víctima de una convulsión: se descompone sus vestiduras, se arranca las cintas, se quita el turbante y se alborota los pelos, y grita: “¡Oíd! ¡Oíd! ¡Esto se me dice a mí, a Jonatás de Uziel, descendiente directo de Simón el Justo, a mí!… ¡Ofender yo al Señor! ¡No sé quién me frena para que no te maldiga, pero…”. Jesús: “Es el miedo. Hazlo, si quieres, que no quedarás por ello reducido a cenizas. A su debido tiempo, sí; entonces me invocarás, pero entre tú y Yo habrá, entonces, un arroyo rojo: mi Sangre”.
* ¿No habéis leído nunca cómo David, en Nobe, cogió los panes de la Proposición para alimento suyo y de sus compañeros?.- ■ Jonatás de Uziel: “Bien, pero, mientras, Tú, que te dices santo, permites ciertas cosas… Tú, que te dices Maestro, no instruyes primero a tus apósto­les… ¡Míralos, ahí, detrás de Ti!… ¡Ahí están, todavía con el instru­mento de su pecado entre sus manos! ¿Ves? Han cogido espigas, y es sábado; han cogido espigas que no son suyas: han violado el sábado y han robado”. Pedro responde: “Teníamos hambre. En el pueblo al que llegamos ayer por la tar­de, hemos pedido alojamiento y comida. Hemos sido rechazados. La única que nos dio algo, parte de su pan y un puñado de aceitunas, fue una viejecita; que Dios se lo pague, multiplicado por cien, pues ha dado todo lo que tenía, pidiendo sólo una bendición. Luego cami­namos durante una milla y nos detuvimos, como establece la ley, y bebimos agua de un río. Después de la puesta de sol, fuimos a aquella casa… Nos rechazaron también. Como puedes ver, en nosotros ha habido la voluntad de obedecer a la Ley”. Jonatás de Uziel: “Pero no lo habéis hecho. No es lícito, en sábado, hacer obra ma­nual; nunca es lícito coger lo que es de otros. Estamos escandalizados yo y mis amigos”. ■ Jesús: “Pues Yo no lo estoy. ¿No habéis leído nunca cómo David, en Nobe, cogió los panes de la Proposición para alimento suyo y de sus compañeros? Los panes sagrados eran de Dios, estaban en la casa de Dios, reservados, por orden eterna, a los sacerdotes. En efecto, está escrito: «Serán de Aarón y de sus hijos, que los comerán en lugar santo porque son cosa santísima». Y, sin embargo, David los cogió para sí y sus compañeros, porque tenía hambre. Entonces, si el santo rey en­tró en la casa de Dios y comió los panes de la Proposición en sábado, y ello no le fue imputado como pecado, pues siguió siendo grato a Dios después de ello, ¿cómo dices tú que somos pecadores por coger en el suelo de Dios las espigas que por su voluntad han crecido y ma­durado, las espigas que pertenecen incluso a las aves, las que tú nie­gas para alimento de los hombres, que son hijos del Padre?”. Jonatás de Uziel: “Esos panes los pidieron, no los cogieron sin pedirlos, lo cual cambia la situación; y, además, no es verdad que Dios no imputara a David este pecado, porque le castigó con mucha severidad”. Judas Tadeo contesta: “Pero no por eso, sino por la lujuria, por el censo, no por…”. Jonatás de Uziel: “¡Basta! No es lícito y no es lícito. No tenéis derecho a hacerlo y no lo haréis”.
* Quiero misericordia, no castigo. Y sa­bed que el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado; sabed que el Hijo del hombre es también señor del sábado”.- ■ Jonatás de Uziel termina: “Marchaos. No queremos teneros en nuestras tierras. No os necesitamos. No sabemos qué hacer con vosotros”. Jesús, impidiendo a lo suyos seguir replicando, dice: “Nos iremos”. Jonatás de Uziel: “Y para siempre, no lo olvides; que Jonatás de Uziel no vuelva a encontrarse contigo. ¡Fuera!”. Jesús: “Sí. Me voy. No obstante, nos volveremos a ver. Será Jonatás el que me querrá ver para repetir la condena y para librar para siem­pre al mundo de Mí. Pero entonces será el Cielo el que te dirá: «No te es lícito hacerlo», y ese «no te es lícito» lo oirás en tu corazón, como un rugido de trompeta, durante toda la vida, y después de la vida. De la misma forma que en sábado los sacerdotes del Templo violan el repo­so sabático sin cometer por ello pecado, nosotros, siervos del Señor, podemos, dado que el hombre nos niega el amor, tomar del Padre santísimo el amor y el auxilio, sin cometer pecado por ello. ■ Aquí hay Uno que es mucho mayor que el Templo y puede coger lo que quiera de la creación, porque Dios ha puesto todo como escabel de la Pala­bra. Así que Yo tomo y doy: tomo y doy las espigas del Padre, depositadas en la inmensa mesa que es la Tierra, así como tomo y doy la palabra. Tomo y doy: a los buenos y a los malos; porque soy Miseri­cordia. Pero vosotros no sabéis qué es la Misericordia. Si supierais qué quiere decir que soy Misericordia, comprenderíais que no quiero sino misericordia. Si supierais qué es la Misericordia, no condenarí­ais a los inocentes. Pero no lo sabéis. Ni siquiera sabéis que no os condeno. No sabéis que os perdonaré, o, más bien, que pediré al Padre que os perdone. ■ Quiero misericordia, no castigo. No, no sabéis, no queréis saber; y éste es un pecado mayor que el que me imputáis a Mí, mayor que el que decís que han cometido estos inocentes. Y sa­bed que el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado; sabed que el Hijo del hombre es también señor del sábado: Adiós…”. Se vuelve a los discípulos: “Venid. Vamos a buscar un lecho entre las arenas, que ya están cercanas. Las estrellas serán nuestras compañeras; nos procurará alivio el rocío. Dios, que mandó el maná para Israel, proveerá a nutrirnos también a nosotros, que somos pobres y le somos fieles”. ■ Y Jesús deja plantado al grupo de rencorosos y se marcha con los suyos mientras declina la tarde con las primeras sombras violetas… Por fin, encuentran una mata de higos picos, en cuya parte más alta, erizada de palas espinosas, están los frutos, que ya empiezan a madurar. Pero… todo es bueno para quien tiene hambre, y, pinchán­dose, cogen los más maduros y caminan hasta el punto en que los cam­pos terminan en dunas arenosas. En la lejanía se oye el rumor del mar. Jesús dice: “Nos paramos aquí. La arena es blanda y está caliente. Mañana entraremos en Ascalón”… Y todos caen, derrengados, al pie de una alta duna. (Escrito el 13 de Julio de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 12,1-8; Mc. 2,23-28; Lc. 6,1-5.
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(<Jesús se encuentra en el camino que va del lago Merón hacia Galilea. Hace mucho calor y, con todo, mucha gente, que se halla ahora a la sombra de unos árboles, ha venido detrás de los tres grupos de apóstoles que han predicado por la campiña>)
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4-237-50 (4-100-602).- Parábola del tesoro escondido en el campo y el Reino de los Cielos (1).
* Ahora os voy a ofrecer otras luces para que os enamoréis, cada vez más, de este Reino de valor inconmensu­rable que os espera”.- ■ Y se acerca a los que, diseminados bajo los árboles, miran en di­rección a Él con ansia de oírle. “Paz a todos vosotros que, salvando distancias y soportando el in­tenso sol, habéis venido a oír la Buena Nueva. En verdad os digo que estáis empezando a entender realmente lo que es el Reino de Dios y también cuán valioso es poseerlo y cuán di­choso pertenecer a él. De forma que para vosotros no es fatiga lo que para otros es, porque el espíritu impe­ra en vosotros y dice a la carne: «Regocíjate si te oprimo, porque lo hago por tu bienaventuranza. Cuando te reúnas conmigo, después de la resurrección final, me amarás por todo cuanto te pisoteé y verás en mí a tu segundo salvador». ¿No habla así vuestro espíritu? ¡Sí, sí que habla así! Al presente, basáis vuestras acciones en la enseñanza de mis lejanas parábolas, pero ahora os voy a ofrecer otras luces para que os enamoréis, cada vez más, de este Reino de valor inconmensu­rable que os espera. ■ Escuchad: Un hombre, que había ido a un campo por casualidad a buscar mantillo para llevarlo a su huerta, al excavar fatigosamen­te en la tierra dura, después de cierta profundidad, se encuentra un filón de metal precioso. ¿Qué hace entonces aquel hombre? Vuelve a tapar con tierra lo que ha encontrado. No le importa tener que trabajar más, porque el descubrimiento compensa la fatiga. Luego va a su ca­sa, empieza a juntar todos sus bienes en dinero y en objetos, y estos últimos los vende para sacar mucho dinero. Cuando logra juntar todo, se presenta al dueño del campo y le dice: «Me gusta tu campo. ¿Cuánto quieres por vendérmelo?». «No, no lo vendo» responde el otro. Mas el hombre ofrece sumas cada vez más fuertes, exageradas en relación al valor del campo, y termina convenciéndole al dueño que piensa: «¡Este hombre es un loco! Bien, pues, dado que está loco, aprovecho. Tomo la suma que me ofrece. No es un logro inmoderado porque es él quien me la quiere dar. Con el dinero me compraré al menos otros tres campos, y de mayor calidad». Y vende, convencido de ha­ber cerrado un espléndido trato. Sin embargo, es el otro el que cierra un espléndido trato, porque se priva de objetos que puede robar el ladrón o que puede perder o que se consumirán, pero se procura un tesoro que, por ser verdadero, natural, es inagotable. Merece, por tanto, el haber sacrificado todo lo que tenía por esta compra; se queda durante algo de tiempo sólo con la propiedad del campo, pero en realidad posee para siempre el tesoro que allí se esconde. ■ Vosotros habéis entendido esto y hacéis como el hombre de la parábola. Dejáis las efímeras riquezas para poseer el Reino de los Cie­los. Se las vendéis a los necios del mundo; se las cedéis y aceptáis ser objeto de burla a los ojos del mundo, que juzga estúpido vuestro modo de actuar. Ac­tuad así, siempre así, y vuestro Padre que está en los Cielos, jubilo­so, un día os dará vuestro lugar en el Reino. Volved a vuestras casas antes de que llegue el sábado. En el día del Señor, pensad en la parábola del tesoro del Reino celeste. La paz sea con vosotros”. La gente se dispersa, lentamente, por los caminos y senderos de la campiña. (Escrito el 29 de Julio de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 13,44-44.
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(<Camino del Carmelo, la comitiva de Jesús, compuesta por apóstoles, discípulos, discípulas y su Madre, se encuentra en casa de unos viñadores, antiguos discípulos de Juan el Bautista, y ahora en espera del Mesías>)
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4-256-179 (4-119-739).- Parábola sobre la virtud de la esperanza que sujeta la fe y la caridad.
* Un anciano, que vive la esperanza de ver a Dios, dice: no creer y no cumplir lo que Dios ha dicho es una gran desventura. Si abandonas la Ley, serás un ciego en la tierra y en la otra vida. No ve­rás jamás a Dios… ni reconocerás al Mesías. Serás de aquellos de que habla Isaías: «tendrás ojos pero no le verás»”.- ■ Sentado a la sombra de un cobertizo que sostiene una higuera gigantesca, está un viejo con su bastoncito entre las ma­nos. Ni siquiera alza la cabeza, como si no tuviera interés por nada. Jesús va donde el anciano. “Dios te bendiga, padre”. El anciano, alzando la cabeza en dirección hacia la voz, responde: “Quienquiera que seas, que Dios te pague tu bendición”. Jesús pregunta con dulzura: “Dura condición la tuya, ¿verdad?”, y hace señal de no decir quién es el que habla. Anciano: “Viene de Dios, después de tantos bienes como me ha dado durante mi larga vida. De la misma forma que he tomado de Dios el bien, debo recibir la desventura de la vista. A fin de cuentas, no es eterna. Sobre el seno de Abraham concluirá”. Jesús: “Es como dices. Peor sería si estuviera ciega el alma”. Anciano: “Siempre he tratado de tenerla con vista”. Jesús: “¿Cómo lo has hecho?”. Anciano: “Eres joven, tú que me estás hablando; tu voz lo dice. ¡No serás como esos jóvenes de ahora, que están todos ciegos porque viven sin religión, ¿no?! Considera que no creer y no cumplir lo que Dios ha dicho es una gran desventura. Te lo dice un viejo, muchacho. Si abandonas la Ley, serás un ciego aquí en la tierra y en la otra vida. No verás jamás a Dios. Porque llegará un día en que el Mesías Redentor nos abrirá las puertas de Dios. Yo soy demasiado viejo para poder ver este día en este mundo. Pero lo veré desde el seno de Abraham. Por eso no me quejo de nada, porque espero con estas sombras expiar lo que de ingrato a Dios puedo haber cometido, y merecerle en la vida eterna. Pero tú eres joven. Sé fiel, hijo, de forma que puedas ver al Mesías. Porque el tiempo está próximo. El Bautista lo ha dicho. Tú le verás. Pero si tienes el alma ciega, serás como aquellos de que habla Isaías: tendrás ojos pero no verás” (1). ■ Jesús, mientras le pone una mano en la cabeza blanca, pregunta: “¿Querrías verle, padre?”. Anciano: “Querría verle. Sí. Pero prefiero irme de este mundo sin verle, ¡porque si le viese y mis hijos no le reconociesen! Yo poseo todavía la antigua fe y me basta. Ellos… ¡el mundo de ahora!…”. Jesús: “Padre, ve pues al Mesías, y tu atardecer se vea coro­nado de alegría”. Y Jesús desliza su mano desde los blancos cabellos, por la frente, hasta el barbado mentón del anciano, como si fuera una caricia; y se agacha para ponerse a la altura del rostro del anciano. Anciano: “¡Oh, Altísimo Señor! ¡Veo!…Veo… ¿Quién eres, con ese rostro desconocido y, no obstante, familiar, como si te hubiera visto an­tes?… Pero… ¡qué estúpido soy! ¡Tú, que me has devuelto la vista, eres el Mesías bendito! ¡Oh!”. El anciano llora sobre las manos de Jesús —las ha cogido con las suyas— y las llena de besos y lágrimas. Toda la familia está alborotada. Jesús libera una mano y acaricia otra vez al anciano mientras di­ce: “Sí, soy Yo. Ven, para que además de mi cara conozcas mi pala­bra”. Y se dirige hacia una escalera que conduce a una terraza umbría cubierta toda de sombra de una tupida parra. Todos le siguen.
* “La esperanza, la gran virtud, es como el brazo transversal del suave yugo que sujeta la fe y la caridad. Patíbulo de la humanidad como el palo transversal de la cruz. Trono de salvación como apoyo de la serpiente que, alzada en el desierto, curaba al pueblo. Si la esperanza ha sido colocada en medio, entre la fe y la caridad, es porque sin la esperanza no puede haber fe y muere la caridad…”.- ■ Dice Jesús: “Había prometido a mis discípulos que hablaría de la esperanza y que la explicaría con una parábola. Pues bien, aquí tenéis la Parábola: este anciano israelita. El Padre de los Cielos me proporciona el objeto de nuestro tema, para enseñaros a todos la gran virtud que, como los brazos de un yugo, sujeta la fe y la caridad. Suave yugo. Patíbulo de la humanidad como el brazo transversal de la cruz. Trono de la salvación como apoyo de la serpiente que, alzada en el desierto, curaba al pueblo. Patíbulo de la humanidad. Puente del alma para alzar el vuelo hacia la Luz. Si ha sido colocada en medio, entre la indispensable fe y la perfectísima caridad, es porque sin la esperanza no puede haber fe y sin esperanza muere la caridad. ■ Fe presupone esperanza segura. ¿Cómo se puede creer que se llegará a Dios si no se espera en su bondad? ¿Cómo mantenerse a flote en la vida si no se espera en una eternidad? ¿Cómo se podrá perseverar en la justicia si no nos anima la esperanza de que Dios ve todas nuestras buenas acciones y nos premiará por ellas? De la misma forma, ¿cómo hacer vivir la caridad si no hay esperanza en nosotros? La esperanza precede a la caridad y la prepara. Porque un hombre tiene necesidad de esperar para poder amar. Los desesperados ya no aman. Ésta es la escalera, hecha de peldaños y barandilla: la fe, los peldaños; la esperanza la barandilla; arriba está la caridad y a ella se sube me­diante las otras dos. El hombre espera para creer, cree para amar. ■ Este hombre ha sabido esperar. Nació como un niño cualquiera de Israel. Fue creciendo con las mismas enseñanzas que los demás. Llegó a hijo de la Ley, como todos los demás. Se hizo un hombre. Se casó. Fue padre. Envejeció. Siempre esperando en las promesas hechas a los patriarcas y repetidas por los profetas. En la ancianidad las sombras han velado sus pupilas, mas no su corazón, donde la esperanza ha estado siempre encendida; la esperanza de ver a Dios. Ver a Dios en la otra vida. Y, dentro de la esperanza de la visión eterna, otra esperanza, más íntima y entrañable: «ver al Mesí­as». Y me ha dicho, sin saber quién era el joven que le hablaba: «Si abandonas la Ley, serás un ciego en la tierra y en el Cielo. Ni ve­rás a Dios ni reconocerás al Mesías». Ha hablado sabiamente”.
* El divino yugo, dado al hombre para hacer de él obediencia y mérito, la celestial cruz que Dios ha dado al hombre como exorcismo contra la serpiente del Mal, para obtener salvación de ella, han perdido su brazo transversal que sujetaba la fe y la caridad; y las tinieblas han bajado a los corazones”.-Jesús: “Al presente, en Israel, hay muchos ciegos. Ya no tienen esperanza porque la rebelión a la Ley la ha matado en su interior; rebelión es, en efecto, aunque esté encubierta por vestiduras sagradas, siempre que no hay aceptación íntegra de la palabra de Dios. Digo «de Dios»; no se trata de una aceptación de los aditamentos puestos por el hom­bre, que, por ser demasiados, y todos humanos, no son atendidos por los mismos que los pusieron, mientras que las demás personas los cumplen de forma mecánica, de mala gana, con fatiga y sin fruto alguno. Ya no tienen esperanza; antes bien, se burlan de las verdades eternas. No tienen ya, por tanto, ni fe ni caridad. El divino yugo, que Dios ha dado al hombre para que haga de él obediencia y mérito, la celestial cruz que Dios ha dado al hombre como exorcismo contra las serpientes del Mal, para obtener salvación de ella, han perdido su brazo transversal, el que sujetaba la blanca llama y la llama roja: la fe y la caridad; y las tinieblas han bajado a los corazones. ■ Este anciano me ha dicho: «Gran desventura es no creer y no hacer lo que Dios ha indicado». Es verdad. Os lo confirmo. Es peor que la ceguera material, la cual incluso puede ser curada para dar al justo la alegría de ver de nuevo el sol, los prados y los frutos de la tierra, el rostro de los hijos y nietos, y, sobre todo, lo que era la esperanza de su esperanza: «Ver al Mesías del Señor». Quisiera que una virtud semejante latiera en el corazón de todo Israel, especialmente en el de los más instruidos en la Ley. No basta haber vivido en el Templo o haber pertenecido a él, no basta saber de memoria las palabras del Libro; es necesario saber hacerlas vida de nuestra vida mediante las tres virtudes divinas. Tenéis un ejemplo: donde estas virtudes viven todo es suave, incluso la desventura; porque el yugo de Dios es siempre ligero, pesa sobre el cuerpo, pero no debilita el espíritu. ■ Id en paz, vosotros que os quedáis aquí, en esta casa de buenos israelitas; ve en paz, anciano padre; tienes certeza del amor de Dios a ti; termina tu justa jornada depositando tu sabiduría en el cora­zón de los pequeñuelos que llevan tu misma sangre. No puedo que­darme aquí más tiempo, pero queda mi bendición entre estas paredes ricas en gracias como los racimos de esta vid”. Jesús querría marcharse ya, pero se ve obligado a detenerse al menos para poder conocer a esta tribu de todas las edades y para re­cibir cuanto le quieren dar… tanto que las alforjas de viaje acaban panzudas como odres. Luego puede reanudar el camino, por un atajo que va entre plantas de vid, indicado por los viñadores, los cuales no le dejan sino cuando llegan a la vía de primer orden, visible ya un pueblecillo, donde Jesús con los suyos podrán pasar la noche. (Escrito el 18 de Agosto de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Is. 6,9.
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(<Jesús acaba de dejar Corozaín y ha llegado a Cafarnaúm acompañado de Mannaén y del niño José, hijo mayor de una mujer de Corozaín, recientemente enviudada. En la casa de la viuda, Jesús, llevado por un acto de caridad, ha ido concluyendo los trabajos de carpintería, que había dejado inconclusos el fallecido esposo. Ahora Jesús está hablando con sus apóstoles que le preguntan dónde ha estado>)
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4-268-262 (5-131-829).- Lección sobre la caridad con la parábola de la nuez y conclusión de la parábola de la esperanza.
* Aplicaos la parábola: Nuestro cuerpo es el hueso duro; donde está cerrada la pulpa, el alma; dentro de ella, el germen que Yo he depositado, formado de muchos elementos, el principal: la caridad, que hace de palanca para abrir el hueso y librar al espíritu de las ataduras de la materia y restablecer la unión con Dios, que es Caridad”.- ■ Dice Jesús: “Bien, pues he ido a Corozaín para predicar la caridad en la prác­tica”. Bastantes de los presentes preguntan: “¿La caridad en la práctica? ¿Qué quieres decir?”. Jesús: “En Corozaín hay una viuda con cinco hijos y una anciana enfer­ma. El marido murió de repente estando trabajando en el banco de carpintero, y ha dejado tras sí miseria y unos trabajos inacabados. Corozaín no ha sabido encontrar una migaja de piedad para con esta familia desdichada. He ido a terminar los trabajos y…”. Se produce una gritería: quién pregunta, quién protesta, quién regaña a Mateo por haberlo consentido, quién manifiesta ad­miración, quién critica; y, por desgracia, quienes protestan o critican son la mayoría. Jesús deja que la borrasca se calme de la misma forma que se ha formado y, por toda respuesta, dice: “Voy a volver pasado mañana, y así hasta que termine. Mi esperanza es que al menos vosotros comprendáis. ■ Corozaín es un hueso de fruta compacto y sin semilla. Sed al menos vosotros huesos con semilla. Tú, muchacho, dame esa nuez que te ha dado Simón; escucha tú también. ¿Veis esta nuez? Cojo esta nuez porque no tengo a mano otros frutos. Pero, para entender la parábola, imaginaos los huesos de piñón o de palma, o los más duros, por ejemplo, los de las aceitunas. Son envolturas cerradas, sin fisuras, durísimas, compactas por todas partes. Parecen mágicos cofres que sólo con violencia se pueden abrir. Pues bien, a pesar de todo, si se echa uno de estos huesos al suelo, simplemente arrojado, y una persona, pasando por encima, lo incrusta en la tierra, aunque sea mínimamente, de forma que quede recogido en el suelo, ¿qué sucede? Pues que el cofre se abre y echa raíces y hojas. ¿Cómo se produce esto por sí solo? Nosotros, para conseguir abrirlos, tenemos que golpear mucho con el martillo; sin embargo, sin golpes, el hueso se abre por sí solo. ¿Será que es una semilla mágica? No. Tiene dentro la pulpa, ¡cosa bien débil respecto a la sólida cáscara! Pues bien, todavía más: la pulpa nutre una cosa aún más pequeña: el germen. Éste es la palanca que abre, y produce árbol con hojas y raíces. Haced la prueba de enterrar huesos de fruta y luego esperad. Veréis cómo algunos nacen y otros no. Extraed de la tierra los que no han nacido. Abridlos con el martillo. Veréis cómo son semillas vacías. No es, pues, la humedad del suelo ni el calor los que hacen abrir el hueso, sino la pulpa y algo más: la fuerza de la pulpa, el germen, que, hinchándose, hace palanca y abre. ■ Ésta es la parábola. Mas apliquémosla a nosotros. ¿Qué he hecho que no estuviera bien? ¿Nos hemos entendido to­davía tan poco, que no se comprende que la hipocresía es pecado y que la palabra, si no está corroborada por la acción, es viento? ¿Qué os he dicho siempre?: «Amaos los unos a los otros. El amor es el pre­cepto y secreto de la gloria». ¿Y Yo, que predico, no iba a tener caridad; iba a daros el ejemplo de un maestro mentiroso? ¡No, jamás. Amigos míos! Nuestro cuerpo es el hueso duro; en el hueso duro está cerrada la pulpa, el alma; dentro de ella, el germen que Yo he depositado y que está formado de muchos elementos, el principal de los cuales es la caridad. Es la caridad la que hace de palanca para abrir el hueso y librar al espíritu de las ligaduras de la materia y restablece su unión con Dios, que es Caridad. La caridad no se hace sólo de palabras o de dinero. La caridad se hace con la caridad. Y no os parezca un juego de palabras. Yo no tenía dinero. Las palabras, para este caso, no eran suficientes. Aquí había siete personas al borde del hambre y la angustia. La desesperación ya lanzaba sus negras garras para hacer presa y asfixiar. El mundo se apartaba, duro y egoísta, ante esta desventura; daba muestras de no haber comprendido las palabras del Maestro. El Maestro ha evangelizado con las obras. Yo tenía la capacidad y libertad para hacerlo, y tenía el deber de amar por el mundo entero a estos míseros a quienes el mundo desprecia. He hecho todo esto. ■ ¿Podéis todavía criticarme? ¿O debo ser Yo quien os critique, en presencia de un discípulo que no se acobardó de meterse entre el serrín y las virutas con la condición de no abandonar al Maestro, y que —estoy persuadido— se habrá convencido más de Mí viéndome trabajar la madera que si me hubiera visto sentado en un trono; y en presencia de un niño que ha tenido experiencia de Mí por lo que Yo soy, a pesar de su ignorancia, a pesar del infortunio que le oprime, a pesar de su absoluta virginidad de conocimiento del Mesías cual en realidad es? ¿No decís nada? No os limitéis a sentiros humillados ahora que alzo la voz para enderezar ideas erróneas. Lo hago por amor. Debéis, además, meter dentro de vosotros ese germen que santifica y abre el hueso. Si no, siempre seréis unos seres inútiles. Debéis estar dispuestos a hacer lo que Yo he hecho. ■ Por amor al prójimo, por llevar a Dios un alma, ningún trabajo os debe pesar. El trabajo, sea cual fuere, no es nunca humillante; humillantes son las acciones bajas, las falsedades, las acusaciones mentirosas, la crueldad, los abusos, la usura, las calumnias, la lujuria. Estas cosas son las que envilecen al hombre, aunque, a pesar de ello, se lleven a cabo sin sentir vergüenza (me refiero también a quienes quieren considerarse perfectos pero que se han escandalizado al verme trabajar con la sierra y el martillo). ¡Oh, el martillo!: ¡Cuán noble será si se usa para meter clavos en una madera y hacer un objeto que sirva para dar de comer a unos huerfanitos!, ¡cuán distinta será la condición del martillo, modesta herramienta, si lo usan mis manos, y además con fin santo; cuánto querrán tenerlo todos aquellos que ahora manifestarían a gritos su escándalo por causa de él! ¡Oh, hombre, criatura que deberías ser luz y verdad, cuánto eres tinieblas y mentira! ¡Vosotros, al menos vosotros, entended lo que es el bien, lo que es la caridad, lo que es la obediencia! En verdad os digo que grande es el número de los fariseos, y que no faltan entre los que me rodean”. Apóstoles: “¡No, Maestro, no digas eso! ¡Si no queremos ciertas cosas es porque te amamos!…”.
* ¿Os acordáis de cuando os dije que la esperanza es como el brazo transversal del dulce yugo que sujeta la fe y la caridad, y que era patíbulo de la humanidad y trono de la salvación?”.-Jesús: “Es porque aún no habéis comprendido nada. Os he hablado de la fe y de la esperanza; creía que no harían falta nuevas palabras para hablaros de la caridad, pues tanto fluye de Mí que deberíais estar satu­rados de ella. Pero veo que la conocéis sólo de nombre. Desconocéis su naturaleza y su forma. La conocéis como a la luna. ¿Os acordáis de cuando os dije que la esperanza es como el brazo transversal del dulce yugo que sujeta la fe y la caridad, y que era patíbulo de la humanidad y trono de la salvación? ¿Sí? Pero no com­prendisteis el significado de mis palabras. ¿Por qué, entonces, no me habéis pedido aclaración? Bien, ahora os la doy. ■ Es yugo porque obliga al hombre a tener baja su necia soberbia bajo el peso de las verdades eternas. Es patíbulo de esta soberbia. El hombre que espera en Dios, su Señor, y se ve obligado a humillar su orgullo, que querría proclamarse «dios», y a reconocer que él no es nada y Dios todo; que él no puede nada y Dios todo; que él-hombre es polvo que pasa, mientras que Dios es eternidad que eleva el polvo a un grado superior y le da un premio de eternidad. El hombre se clava en su cruz santa para alcanzar la Vida. Le clavan a la cruz las llamas de la fe y la caridad, mas al Cielo le eleva la esperanza, que entre ambas está. ■ Recordad esta lección: si falta la caridad, le falta la luz al trono; el cuerpo, desclavado de un lado, pende hacia el fango y deja de ver el Cielo; anula así los efectos salvíficos de la esperanza, y acaba haciendo estéril incluso a la fe, porque si uno se separa de una de las tres virtudes teologales languidece y cae en mortal hielo. No rechacéis a Dios, ni siquiera en las cosas más pequeñas; negar ayuda al prójimo por pagano orgullo es rechazar a Dios”. (Escrito el 1 de Septiembre de 1945)
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(<Jesús está en el Templo de Jerusalén. Acaba de referir la parábola de los talentos (relatado en tema “Sacerdotes”, episodio 4-281-347) y termina: “Las sorpresas del señor son infinitas, porque infinitas son las reacciones del hombre. Veréis a gentiles, que alcanzan la vida eterna, y a samaritanos que poseerán el Cielo, y veréis a israelitas puros y a seguidores míos perder el Cielo y la vida eterna”>)
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4-281-353 (5-145-927).- El mayor precepto.- Parábola del buen samaritano (1).
* El mayor precepto.- ■ Jesús calla, y, como queriendo evitar toda discusión, se dirige en dirección de los muros del Templo. Pero un doctor de la Ley, que se había sentado a escucharle seriamente bajo el pórtico, se levanta y se le pone delante para preguntarle: “Maestro ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna? Respondiste a los otros, respóndeme a mí también”. Jesús: “¿Por qué quieres tentarme? ¿Por qué quieres mentir? ¿Esperas que Yo diga una cosa disconforme con la Ley por el hecho de que añado a la Ley conceptos luminosos y perfectos? ¿Qué cosa está escrita en la Ley? ¡Responde! ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Doctor: “«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Jesús: “Bien respondiste. Haz eso y obtendrás la vida eterna”.
* Parábola del buen samaritano.- Doctor de la ley: “¿Y quién es mi prójimo? El mundo está lleno de gente buena y mala, conocida y desconocida, amiga y enemiga de Israel. ¿Cuál es mi prójimo?”. Jesús: “Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó cayó en manos de ladrones, los cuales le hirieron cruelmente, le despojaron de todo lo que llevaba, incluso de sus vestidos, y le dejaron más muerto que vivo en el borde del camino. Por ese mismo lugar pasó un sacerdote que había terminado su turno en el Templo. ¡Todavía llevaba los perfumes del incienso del Santo! ¡Debería haber llevado también el alma perfumada de bondad sobrenatural y de amor, pues que había estado en la casa de Dios, casi en contacto con el Altísimo! Este sacerdote tenía prisa de volver a su casa. Miró, pues, hacia el herido pero no se detuvo. Pasó ligero de largo, y dejó al desgraciado en el borde.  Luego pasó un levita. ¿Contaminarse él que debía servir en el Templo? ¡De ninguna manera! Se recogió los vestidos para que no se fuese a ensuciar de sangre, echó una mirada fugitiva al que gemía bañado en su sangre y apresuró su paso hacia Jerusalén, hacia el Templo. El tercero que pasó, viniendo de Samaria, en dirección al vado, fue un samaritano. Vio la sangre, se detuvo, descubrió la presencia del herido en medio del crepúsculo que caía; bajó de su asno, se acercó al herido, le robusteció con un sorbo de buen vino, desgarró su manto para hacerse vendas, lavó y ungió las heridas, primero con vinagre y luego con aceite, se las vendó con amor; luego cargó al herido sobre su jumento, guió con cautela a la bestia, al mismo tiempo que consolaba al herido, con buenas palabras, sin preocuparse del cansancio, sin enfado por el hecho de que el herido fuera de nacionalidad judía. Llegado a la ciudad, le condujo a un albergue, le cuidó toda la noche. Al alba, viéndole mejorado, le dejó en manos del hospedero a quien pagó de antemano unos denarios y le dijo: «Ten cuidado de él como si se tratara de mí mismo. A mi regreso te pagaré cuanto hubieses gastado de más, y con medida generosa, si haces bien las cosas». Y se marchó. ■ Doctor de la ley, respóndeme: ¿Cuál de estos tres fue «prójimo» para con el que cayó en manos de ladrones? ¿Acaso el sacerdote? ¿Acaso el levita? ¿O mejor el samaritano que no preguntó quién era el herido, ni por qué estaba herido, ni si hacía mal en socorrerle perdiendo tiempo y dinero y arriesgándose a ser acusado de haberle herido él?”. El doctor de la ley responde: “Fue «prójimo» éste, porque tuvo misericordia”. Jesús: “Haz también tú lo mismo y amarás al prójimo y a Dios en el prójimo y de este modo merecerás la vida eterna”. Y ninguno se atrevía a preguntar más. Jesús aprovecha de ello para reunirse con las mujeres que estaban a su espera cerca del muro e irse con ellas de nuevo a la ciudad. (Escrito el 20 de Septiembre de 1945).
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1  Nota  : El mayor precepto. Cfr. Lc. 10,25-28; Parábola del buen samaritano. Cfr. Lc. 10,29-37.
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4-288-394 (5-152-970).- En Gerasa. “¿De qué modo se funda el Reino de Dios?: con los 10 mandamientos. Es necesario velar. Quien no está conmigo… Quien no cultiva lo que Yo siembro… Quien conmigo no recoge…” (1). Alabanza a la Madre de Jesús. “Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican” (2).
* “Existe una sociedad más grande, ilimitada: la de los espíritus. Idea del Creador Dios era que todas las almas de los hombres se reuniesen en un solo lugar: el Cielo, formando así el Reino de los Cielos”.- ■ Jesús observa. Y la gente de Gerasa le mira. Jesús se los conquista diciendo: “Esta ciudad es muy hermosa. Hacedla también hermosa en la justicia y la santidad. Dios os ha dado las colinas, el arroyo, la verde llanura. Roma os ayuda ahora a construiros casas y edificios bellos. Pero depende solamente de vosotros el dar a vuestra ciudad el nombre de ciudad santa y justa. La ciudad es como la hacen sus habitantes. Porque la ciudad es una parte de la sociedad encerrada dentro de sus murallas, pero quien en realidad hace la ciudad son los ciudadanos. La ciudad no peca por sí misma. No puede pecar el riachuelo, el puente ni las casas ni las torres; son materia, no alma. Pero sí pueden pecar los que viven dentro de las murallas de la ciudad, en las casas, en las tiendas, los que pasan sobre el puente, los que se bañan en el arroyo. Se dice, de una ciudad dividida y sanguinaria, que es «una ciudad pésima». Pero está mal dicho. No es la ciudad, los que son pésimos son los ciudadanos. Los individuos, que forman, uniéndose, una cosa múltiple, pero al mismo tiempo una cosa individual, que se llama «ciudad». ■ Ahora bien, escuchad. Si en una ciudad diez mil habitantes son buenos y solo mil no lo son, ¿podría decirse que esa ciudad es mala? No se podrá decir. De igual modo: si en una ciudad de diez mil habitantes hay muchos partidos y cada uno de ellos trata de beneficiar al propio, ¿se puede seguir diciendo que esa ciudad está unida? No se puede decir. ¿Y creéis que esa ciudad será próspera? No lo será. Vosotros, ciudadanos de Gerasa, estáis ahora todos unidos con el propósito de hacer de vuestra ciudad una cosa grande. Y lo lograréis, porque todos deseáis lo mismo y cada uno trata de superar al otro en conseguir este fin. Pero si mañana entre vosotros surgieran diversos partidos y uno dijera: «No, mejor es extenderse hacia el Occidente», y otro partido: «De ninguna manera. Nos iremos hacia el Norte, donde está la llanura», y un tercero: «Ni hacia aquí ni hacia allá. Todos queremos quedarnos concentrados junto al arroyo», ¿qué sucedería? Pues que todos los trabajos iniciados se detendrían; quienes prestan el dinero lo retirarían; quienes tienen intenciones de establecerse aquí se irían a otra ciudad donde hubiese más concordia; y lo que hasta ahora se había hecho, expuesto a las inclemencias del tiempo sin estar ultimado por causa de las diatribas de los ciudadanos, se derrumbaría. ¿Es así o no? Decís que es así, y es como decís. Por tanto, es necesaria la concordia entre los ciudadanos para construir el bien de la ciudad y, como consecuencia, de los propios ciudadanos, porque en la sociedad el bien de ella redunda en bienestar de quienes la componen. ■ Ahora bien, no sólo existe la sociedad cual vosotros la pensáis, la sociedad compuesta por ciudadanos, o por los miembros de la misma patria, o por la pequeña y amada sociedad que forma la familia. Existe una sociedad más grande, ilimitada: la de los espíritus. Todos nosotros, que vivimos, tenemos un alma. Esta alma no muere con el cuerpo, sino que a la muerte del cuerpo sigue viviendo, eternamente. Idea del Creador Dios, que ha dado el alma al hombre, era que todas las almas de los hombres se reuniesen en un solo lugar: el Cielo, formando así el Reino de los Cielos, cuyo monarca es Dios y cuyos súbditos bienaventurados serían los hombres tras una vida santa y una plácida dormición. Satanás vino a dividir y a crear desorden, a destruir y a afligir a Dios y a los espíritus. E introdujo en el corazón el pecado y, con el pecado, trajo la muerte al cuerpo al final de la existencia, con la esperanza de dar muerte también a los espíritus. La muerte de los espíritus es la condenación, que es un seguir existiendo, sí, pero con una existencia privada de aquello que es vida verdadera y júbilo eterno: de la visión beatífica de Dios y de su eterna posesión en las luces eternas. Y la Humanidad se dividió en sus voluntades, como una ciudad dividida en partidos contrarios. Actuando así, encontró su ruina”.
* Si curo enfermos, arrojo demonios (no se dan milagros sin tener a Dios por amigo), si anuncio y propongo como meta el Reino, si claramente Dios está conmigo: señal de que el Reino de Dios está ya entre vosotros y es la hora de su fundación. ¿Cómo se funda? Con el regreso a Ley: 10 preceptos, santos y fáciles, que aun el hombre salvaje pero moralmente bueno siente que debe darse a sí mismo”.-Jesús: “En otro sitio ya lo he dicho a quien me acusaba de expulsar los demonios con la ayuda de Belcebú: «Todo reino dividido en sí mismo irá a la ruina». De hecho, si Satanás se echara a sí mismo de un lugar, él y su reino tenebroso se aniquilarán. Yo, por el amor que Dios tiene hacia la Humanidad que ha creado, he venido a recordar que solo un Reino es santo: el del Cielo. Y he venido a predicarlo, para que los mejores acudan a él. Yo quisiera que todos lo hicieran, aun los peores, convirtiéndose, liberándose del demonio, que claramente los tiene esclavizados, ora de forma evidente en el caso de las posesiones que además de ser espirituales son corporales, ora secretamente en el caso de las posesiones solo espirituales. Por ello voy curando a los enfermos, arrojando demonios de los cuerpos poseídos, convirtiendo a los pecadores, perdonando en el nombre del Señor, instruyendo para el Reino, obrando milagros para convenceros de mi poder y de que Dios está conmigo. Porque no se pueden obrar milagros sin tener a Dios por amigo. Por tanto, si arrojo a los demonios con el dedo de Dios, si curo a los enfermos, si limpio a los leprosos, convierto a los pecadores, si anuncio el Reino y lo propongo como meta en nombre de Dios e instruyo para el Reino, si la condescendencia, clara e indiscutible, de Dios está conmigo —y sólo los enemigos desleales pueden decir lo contrario—, señal es de que el Reino de Dios está ya entre vosotros y debe ser constituido porque ésta es la hora de su fundación. ■ ¿De qué modo se funda el Reino de Dios en el mundo y en los corazones? Con el regreso a la ley mosaica o, si se ignora, con su conocimiento exacto; y, sobre todo, con la aplicación total de la Ley en uno mismo, en cada uno de los hechos y momentos de la vida. ¿Cuál esa es esta Ley? ¿Es algo tan severo que no pueda practicarse? No. Es una serie de diez preceptos santos y fáciles, cuales incluso el hombre moralmente bueno, verdaderamente bueno, siente que debe darse a sí mismo, aunque sea uno que viva sepultado en las selvas más impenetrables del África. La Ley dice: «Yo soy el Señor Dios tuyo, y no hay otro Dios fuera de Mí. No invoques el nombre de Dios inútilmente. Respeta el sábado según el precepto de Dios y las necesidades de la criatura. Honra tu padre y a tu madre si quieres vivir muchos años y recibir bienes en la tierra y en el cielo. No mates. No robes. No cometas adulterio. No digas falsos testimonios contra tu prójimo. No desees la mujer del otro. No envidies las cosas de otro». ● ¿Quién es el hombre de buen corazón, aun cuando sea salvaje, que, al recorrer con su mirada cuanto le rodea, no se diga a sí mismo: «Todo esto no se ha podido formar por sí solo; por tanto, existe Uno, más poderoso que la naturaleza y que el propio hombre, que lo ha hecho»? Y adora a este Ser Poderoso, cuyo Nombre santísimo ignora o no ignora, pero que siente que existe. Y experimenta tanta reverencia por Él que, al pronunciar el nombre que le ha dado o que le enseñaron a decir para nombrarle, tiembla de reverencia, y siente que ora con el solo hecho de nombrarle con reverencia. Pues, efectivamente, es ya oración pronunciar el nombre de Dios con la intención de adorarle o de darle a conocer a la gente que no le conoce. ● Igualmente, por el simple hecho de prudencia moral, todo hombre siente el deber de dar descanso a su cuerpo, para que resista mientras dura la vida. Con mucha mayor razón, el hombre que no desconoce al Dios de Israel, al Creador y Señor del universo, siente que debe consagrarle este descanso de su cuerpo, para que no se semeje al borrico, que, cansado, descansa sobre el estrato de paja masticando hierba con sus fuertes dientes ● También la sangre grita amor hacia aquellos de que procede. Lo vemos, por ejemplo, en ese borriquito que alegre va al encuentro de su madre que regresa de los mercados. Estaba jugando en la manada, la ha visto; se acuerda de que ella la había amamantado y que lo había acariciado con amor y defendido y que cuando tuvo frío, le había calentado. ¿Lo veis? Con la ternilla le frota el cuello; bota de alegría; restriega sus ancas contra las de su madre. Amar a los padres es un deber y un placer. No hay animal que no ame a quien le engendró. ¿Y entonces? ¿Será el hombre más bajo que el gusano que vive en el lodo? ● El hombre moralmente bueno no mata. La violencia le produce repulsa. Sabe que no es lícito quitar la vida a nadie, que sólo el Señor que la dio tiene el derecho de quitarla. Y ese hombre huye del homicidio. ● Igualmente el hombre moralmente bueno no se aprovecha de las cosas de los demás. Prefiere el pan que come con conciencia tranquila junto al manantial de aguas claras, que no el más exquisito manjar que es fruto de un robo. Prefiere dormir en el suelo con la cabeza reclinada sobre una piedra y con las estrellas por amigas, que le envían paz y consuelo a su conciencia honrada, que tener un sueño de pesadillas en un lecho que fue robado. ● Y, si es moralmente sano, no desea otras mujeres no suyas; no entra, ensuciando con vileza, en el lecho ajeno. En la mujer de su amigo ve una hermana y no tiene para con ella miradas ni deseos distintos de los que tienen con una hermana. ● El hombre de corazón recto, aunque solo sea naturalmente recto, sin otro conocimiento del Bien que el que le viene de su recta conciencia, jamás da testimonio de lo que no es verdadero, pareciéndole ello lo mismo que un homicidio o un robo… y efectivamente es así. Como es honesto su corazón, honestos son sus labios, y, como su corazón y sus labios, honestas son sus miradas, por lo cual no pone su apetito en la mujer de otro. Ni siquiera apetece, porque siente que apetecer es el primer estímulo para pecar. ● Y no envidia. Porque es bueno. Está conforme con su suerte. ■ ¿Os parece que estos mandamientos son tan exigentes que no se pueden practicar? No os engañéis. Sé que los pondréis en práctica, y si así lo hacéis, echaréis los fundamentos del Reino de Dios en vosotros y en vuestra ciudad. Y un día volveréis a encontraros alegres con los seres que amasteis y que como vosotros conquistaron el Reino eterno en los gozos sin fin del Cielo”.
* Todas las pasiones del hombre deben querer lo mismo: la santidad. Para ello, hay que velar sin desistir nunca porque si viene uno más fuerte que él… Pero si el hombre vive en Dios, mediante la fidelidad a la Ley, Dios está con él. La unión con Dios, conmigo, es el arma que ningún fuerte puede vencer; por eso, quien no está conmigo…”.-Jesús: “Pero en nuestro propio interior están las pasiones cual ciudadanos dentro del recinto de las murallas de la ciudad. Es necesario que todas las pasiones del hombre quieran lo mismo: la santidad. Si no, sería inútil que una parte tienda al Cielo, si otra descuida la vigilancia de las puertas y deja que entre el Seductor, o si neutraliza las acciones de una parte de los espirituales habitantes con disputas y pereza, haciendo así perecer la ciudad interior, abandonándola al reinado de ortigas, malas hierbas, plantas venenosas, serpientes, ratones y chacales y búhos, es decir, de las malas pasiones y de los ángeles de Satanás. Hay que velar sin desistir nunca, como centinelas colocados sobre las murallas, para impedir que el Maligno entre allí donde queremos construir el Reino de Dios. En verdad os digo que el fuerte, mientras vigila armado el patio de su casa, todo lo que hay en ella está seguro. Pero si viene uno más fuerte que él, o si deja la puerta sin guardia, este más fuerte le vence, le desarma; y él, privado de las armas en que confiaba, se desmoraliza y se rinde; y el fuerte, haciéndole prisionero, se apodera de todo. ■ Pero si el hombre vive en Dios, mediante fidelidad a la Ley y a la justicia santamente practicada, Dios está con él y nada malo le puede suceder. La unión con Dios es el arma que ningún fuerte puede vencer. La unión conmigo es seguridad de victoria y botín de virtudes eternas, por las cuales eternamente será ofrecido un lugar en el Reino de Dios. Pero, quien se separa de Mí o se hace mi enemigo, rechaza, como consecuencia, las armas y la seguridad de mi palabra. Quien rechaza al Verbo rechaza a Dios. Quien rechaza a Dios, llama a Satanás. Quien llama a Satanás, destruye todo lo que tenía para conquistar el Reino. Por esto, quien no está conmigo, está contra Mí, quien no cultiva lo que Yo siembro recoge lo que siembra el enemigo, quien conmigo no recoge desparrama, y pobre y desnudo se presentará ante el Juez supremo, que le mandará con su amo, con el amo al que se vendió prefiriendo a Belzebú antes que a Cristo. Ciudadanos de Gerasa: construid en vosotros y en vuestra ciudad el Reino de Dios”.
* Al oír la nueva bienaventuranza, o sea, la gloria de María: “Dichoso el vientre…”, Jesús dice: “Más bien bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la practican”.- ■ Una fuerte voz de mujer se oye, cual canto de alondra, por encima del rumor de la admirada multitud, cantando la nueva bienaventuranza, o sea, la gloria de María: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». Jesús se vuelve hacia la mujer que ha alabado a su Madre por admiración hacia el Hijo. Sonríe, porque la alabanza tributada a su Madre le es dulce. Pero luego dice: «Más dichosos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Haz esto tú, mujer». ■ Luego bendice y se dirige hacia la campiña seguido por los apóstoles que le preguntan: “¿Por qué dijiste esas palabras?”. Jesús: “Porque en verdad os digo que en el Cielo no se mide con las medidas de la tierra. Mi misma Madre será bienaventurada no tan solo por su alma inmaculada, sino por haber escuchado la palabra de Dios y haberla puesto en práctica al obedecer. El «que el alma de María sea sin mancha» es un prodigio del Creador; a Él, pues, sea dada la gloria por ello. Pero el «hágase en mí según tu palabra» es prodigio de mi Madre; por esto, pues, es grande su mérito. Tan grande que solo por esa capacidad suya de escuchar a Dios, que hablaba por boca de Gabriel, y por su voluntad de poner en práctica la palabra de Dios, sin pararse a pensar en las dificultades y dolores inmediatos y futuros que de su adhesión le vendrían, ha venido al mundo el Salvador. Veis, pues, que Ella es mi bienaventurada Madre no solo porque me engendró y amamantó sino también porque escuchó la palabra de Dios y la puso en práctica al obedecer. ■ Pero ahora regresemos a casa. Mi Madre sabía que iba a estar afuera poco tiempo, y, si ve que tardo, se podría preocupar. Nos encontramos en una ciudad semipagana; aunque, en verdad, es mejor que otras. De todas formas, vamos”. (Escrito el 27 de Septiembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 11,21-23.   2  Nota  : Cfr. Lc. 11,27-28.
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(<Episodio de la visión de los huerfanitos María y Matías>)

5-298-12 (5-162-1031).- “El Padre da nido y alimento a los desvalidos que saben permanecer «hijos inocentes y amorosos»”.- Jacob, hombre de corazón de piedra.
* “Has comprendido la verdad. Procura ser siempre misericordioso y obtendrás misericordia”.- Vuelvo a mirar el lago de Merón en un día gris y lluvioso… Lodo y nubes. Silencio y neblina. El horizonte desaparece entre la niebla. Las cadenas del Hermón están sepultadas bajo montones de nubes. Pero desde este lugar —que es una meseta cercana al pequeño lago todo gris y amarillento por el lodo de tantos riachuelos y por el cielo de noviembre lleno de nubes— se ve bien este pequeño lago alimentado por el Alto Jordán que se ensancha después para ir a desembocar en el gran lago de Genesaret. Cae la tarde, cada vez más triste y lluviosa, mientras Jesús va caminando por el sendero que corta el Jordán después del lago Merón para tomar una vereda que lleva a una casa… (Escrito el 8 de Octubre de 1945).

(Jesús dice: “Aquí pondréis la visión de María y Matías huérfanos, que tuvo lugar el 20 de Agosto de 1944”)

■ Otra dulce visión de Jesús y dos niños. Digo esto porque veo a Jesús, que pasa por una vereda abierta entre dos campos sembrados recientemente, porque la tierra está todavía suelta y obscura, como cuando acaba de sembrarse, y que se detiene a acariciar a dos pequeñuelos: a un niño que tendrá unos cuatro años y a una niña de unos ocho o nueve años. Deben ser muy pobres porque sus vestiditos están descoloridos y rotos y su carita llena de tristeza y sufrimiento. Jesús no les pregunta nada. Se limita a mirarlos fijamente mientras los acaricia. Luego reanuda ligero su paso hacia una casa que está en el fondo de la vereda. Es una casa labriega pero de buen aspecto, con una escalera externa que sube del suelo a la terraza, en que hay una parra, que ahora está sin racimos ni hojas: solamente queda alguna que otra última hoja ya muy amarilla, que pende y se mueve con el viento húmedo de un día negruzco de octubre. En el murete de la casa hay palomas que giran esperando el agua que el cielo gris y lleno de nubes promete. Jesús, seguido por los suyos, empuja la rústica cancela y entra en un patio —nosotros diríamos una era—, donde hay un pozo y, en un rincón, también un horno (supongo que sea eso aquél cuchitril de paredes más oscuras por el humo que incluso ahora sale y que el viento empuja hacia la tierra). ■ Al ruido de los pasos, una mujer se asoma a la puerta del cuchitril. Al ver a Jesús, le saluda con alegría y corre a avisar al dueño de la casa. Un hombre más bien anciano, y grueso, sale a la puerta de la casa y va enseguida hacia Jesús: “Gran honor, Maestro, verte” le dice por saludo. Jesús le saluda con: “La paz sea contigo” y añade: “Está anocheciendo y la lluvia está cerca. Te pido un refugio y un pan para Mí y para mis discípulos”. El anciano le dice: “Entra, Maestro. Mi casa es tuya. La sierva está preparando el pan. Estoy muy contento de ofrecértelo con el queso hecho de la leche de mis ovejas y con los frutos de mis huertos. Entra, entra, que el viento está húmedo y frío…” y, con mucha cortesía, sujeta la puerta abierta y hace una reverencia cuando pasa Jesús. Pero inmediatamente cambia de tono al dirigirse a alguien que ha visto, y enojado dice: “¿Todavía estás aquí? Lárgate. No hay nada para ti. Lárgate. ¿Entendiste? Aquí no hay lugar para los vagabundos…” y entre dientes refunfuña: “y tal vez hasta ladrones como tú”. Una vocecilla llorosa responde: “Piedad, señor. Un pan al menos para mi hermanito. Tenemos hambre…”. ■ Jesús, que había entrado en la cocina, alegrada e iluminada con un vivo fuego, sale a la puerta. Tiene ya su rostro cambiado. Enérgico y triste, pregunta, no al dueño de la casa sino en general —como si se lo preguntase a la era silenciosa, a la higuera sin hojas, al oscuro pozo—: “¿Quién tiene hambre?”. La niña responde: “Yo, Señor, yo y mi hermano. Un pan solo y nos vamos”. Jesús está ya afuera, en medio del aire cada vez más oscuro por el atardecer y por la lluvia que se aproxima. Dice a la niña: “Acércate”. Niña: “Tengo miedo, Señor”. Jesús: “Ven aquí, te lo mando. ¡No tengas miedo de Mí!”. De detrás de la esquina de la casa sale la pobre niña. A los jirones de su vestido viene agarrándose su hermanito. Se adelantan temblando de miedo. Miran a Jesús con temor, con terror al dueño de la casa que abre ojos amenazadores mientras dice: “Son unos vagabundos, Maestro, y ladrones. Hace poco encontré a esta niña que raspaba la prensa de las aceitunas. Está claro que quería entrar a robar. ¡A saber de dónde vendrán! No son del lugar”. Jesús parece como si no le escuchara. Mira detenidamente a la niña de carita demacrada y de trenzas despeinadas, dos coletitas a los lados de ambas orejas, atadas al extremo con una cintita de trapo viejo. El rostro de Jesús refleja dulzura al ver a la pobrecita niña. Se le nota que está triste, pero sonríe para animar a la niña: “¿Es verdad que querías robar? Di la verdad”. Niña: “No, Señor. Pedí un poco de pan porque tengo hambre. No me lo dieron. Vi allí un pedazo, estaba tirado en la tierra, junto a la prensa, quise ir a cogerlo. Tengo hambre, Señor. Ayer me dieron un solo pan y fue para mí y Matías… ¿Por qué no nos han metido en la tumba con nuestra mamá?”. La niña llora sin consuelo y su hermanito la imita. Jesús la consuela: “No llores”, y la acaricia y la trae hacia Sí. Jesús: “Dime, ¿de dónde eres?”. Niña: “De la llanura de Esdrelón”. Jesús: “¿Y viniste hasta aquí?”. Niña: “Sí, Señor”. Jesús: “¿Hace mucho tiempo que murió tu madre? ¿No tienes padre?”. Niña: “Mi padre murió por el sol en el tiempo de la cosecha del trigo; mi mamá murió la pasada luna… ella y el niño que iba a nacer murieron…” el llanto es mayor. Jesús: “¿No tienes ningún familiar?”. Niña: “¡Venimos de muy lejos! No éramos pobres… Luego mi padre tuvo que ponerse al servicio de un patrón. Ahora ha muerto y mi mamá con él”. Jesús: “¿Quién era el patrón?”. Niña: “¡El fariseo Ismael!”. Jesús: “¡El fariseo Ismael!… (no puede traducirse ni decirse el modo cómo Jesús repite este nombre) ¿Saliste de allí porque quisiste o te echó él?”. Niña: “Me echó, Señor. Dijo: «¡A la calle los perros hambrientos!»”. ■ Jesús, dirigiéndose ahora al anciano: “Y tú, Jacob, ¿por qué no has dado un pan a estos niños; un pan, un poco de leche y un puñado de heno como cama para su cansancio?”. Jacob: “Pero… Maestro… el pan apenas alcanza para mí… y la leche es poca… y meterlos en casa… Éstos son como animales vagabundos. Si se les pone buena cara luego ya no se van…”. Jesús: “¿Y te falta lugar y alimento para estos infelices? ¿Puedes decirlo con la mano en el pecho, Jacob? La cosecha de tus trigales, la abundancia del vino, de aceite, y de las frutas, todo lo que te ha hecho famoso este año, ¿por qué te vinieron? ¿No te habrás olvidado ya, ¿no? El año pasado el granizo destruyó tus posesiones y estabas preocupado por tu vida… Vine y te pedí un pedazo de pan… Me habías oído hablar cierto día y me creíste… Llevado de tu dolor me abriste el corazón y tu casa. Me diste un pan y refugio. ¿Qué te dije al salir a la mañana siguiente? «Jacob, has comprendido la Verdad. Procura ser siempre misericordioso y obtendrás misericordia. Por el pan que has dado al Hijo del hombre, estos campos te darán abundantes mieses, tus olivos estarán llenos como llena está la playa de arena, y tus árboles frutales doblarán sus ramas hasta el suelo por su peso». Lo has tenido, y eres el más rico de la región este año. ¿Y niegas un pan a dos niños?…”. Jacob: “Pero Tú eras el Rabí…”. Jesús: “Precisamente porque lo era podía hacer de las piedras pan; éstos, no. Ahora te digo: verás un nuevo milagro, y te producirá aflicción, gran aflicción… Y cuando lo veas, golpéate el pecho diciendo: «Me lo merecí»”. ■ Jesús se vuelve a los niños: “No lloréis. Id a ese árbol y coged las frutas”. La niña objeta: “Pero si no tiene hojas, Señor”. Jesús: “Ve”. La niña va y regresa con manzanas frescas y bonitas en su faldita. Jesús: “Comed y venid conmigo” y dirigiéndose a los apóstoles: “Vamos a llevar a estos dos pequeñuelos a Juana de Cusa (1). Ella se acuerda siempre de los beneficios recibidos y tiene misericordia por amor de quien tuvo misericordia para con ella. Vámonos”.
* Me ama quien ama. Cuando me ames como he enseñado, el Señor volverá”.- ■ El anciano, sin saber qué hacer y apenado, trata de obtener perdón: “Ya es de noche, Maestro. Puede llover de un momento a otro. Vuelve a entrar en mi casa. Mira que la sierva acaba de sacar el pan del horno… También te daré para ellos”. Jesús: “No es necesario. No me lo das por amor sino por miedo del castigo que te dije”. Jacob: “¿Entonces no es éste —y señala las manzanas que los dos niños hambrientos se están comiendo con avidez, cogidas antes del árbol vacío— no es éste, entonces, el milagro?”. Jesús: “No”, y se muestra severísimo. Jacob: “¡Oh, Señor, Señor, ten piedad de mí! ¡Lo he comprendido! Me quieres castigar en las mieses. ¡Piedad, Señor!”. Jesús: “No todos los que me llaman: «Señor» podrán tenerme a su lado, porque no con palabras sino con acciones se da prueba del amor y del respeto. Se te compadecerá como antes”. ■ Jacob: “Yo te amo, Señor”. Jesús: “No es verdad. Me ama quien ama, porque así he enseñado. Tú solo te amas a ti mismo. Cuando me ames como he enseñado, el Señor volverá. Ahora me voy. Mi razón de estar aquí es por hacer el bien, consolar a los afligidos, secar las lágrimas de los huérfanos. Como una gallina extiende sus alas para proteger sus polluelos indefensos, así extiendo mi poder sobre los que sufren y son atormentados. Venid, niños. Pronto tendréis casa y pan. Adiós, Jacob”. Y, no contento con marcharse, indica que tomen en brazos a la niña fatigada. Es Andrés quien la toma y la cubre con su manto. Jesús toma al niño; y se van, por el sendero oscuro, con su carga de piedad que no llora más.
* El Padre al igual que a los pájaros, da nido y sustento también a los desvalidos que saben ser «hijos inocentes y amorosos»”.- ■ Dice Pedro: “¡Maestro! ¡Qué gran suerte para éstos el que hubieses llegado en este momento! ¡Pero para Jacob!… ¿Qué le vas a hacer, Maestro?”. Jesús: “Justicia. No conocerá el hambre porque tiene repletos sus graneros por mucho tiempo, pero sí la tristeza al ver que sus espigas no tendrán grano y que sus olivares y manzanares no tendrán más que hojas. Estos inocentes, no de Mí, sino del Padre, han recibido pan y casa; porque mi Padre es también Padre de los huérfanos; sí, Él, que da el nido y el alimento a los pájaros de los bosques. Éstos pueden decir, y con ellos todos los desvalidos, los desvalidos que saben permanecer «hijos inocentes y amorosos», que Dios ha depositado en sus pequeñas manos el pan y que, con su mano paternal, los lleva a una casa hospitalaria”. La visión termina así. Y me quedo sumergida en gran sosiego. (Escrito el 20 de Agosto de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Personajes de la Obra magna: Juana de Cusa.
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5-298-17 (5-163-1035).- Enseñanza de la visión de los dos huerfanitos: “Yo soy el «Señor» con justicia. El que cierra su corazón al hermano lo cierra a Dios, y Dios a él”.
* “Inútil la frecuencia de los sacramentos si falta la caridad. Quedan convertidos en fórmulas e incluso en sacrilegios”.-Dice Jesús: “Esto es para ti, alma que lloras, al mirar las cruces del pasado y los nubarrones que están por venir. El Padre tendrá siempre un pan que ponga en tus manos y un nido en que se recoja la tórtola que gime. Para todos sea la siguiente enseñanza: de que Yo soy el «Señor» con justicia. No se me engaña y no se me adula con mentirosos halagos. El que cierra su corazón a su hermano lo cierra a Dios, y Dios a él. ■ El primero de los mandamientos es: Amor y amor. Quien no ama, y se profesa cristiano, miente. Es inútil la frecuencia de los sacramentos y los ritos, inútil la oración, si falta la caridad. Quedan convertidos en fórmulas, e incluso en sacrilegios. ¿Cómo podéis acercaros al Pan eterno y saciar vuestra hambre con Él, después de haber negado un pan a un hambriento? ¿Vale más, acaso, vuestro pan que el mío? ¿Es más santo? ¡Hipócritas! Yo me doy a vuestra miseria sin cálculos, y vosotros, que sois miseria, no tenéis piedad de miserias que ante los ojos de Dios no son odiosas como las vuestras: porque aquellas son desgracias, mientras que las vuestras son pecado. Muchas veces me decís: «Señor, Señor» para que me muestre benigno con vuestros intereses. Pero no lo decís por amor al prójimo y no hacéis nada por el prójimo en nombre del Señor. Mirad: colectiva como individualmente, ¿qué os ha dado esa mentirosa religión, falta de verdadera caridad? El abandono de Dios. El Señor regresará cuando sepáis amar como enseñé. ■ Pero a vosotros, pequeño rebaño formado por los que sufren siendo buenos, os digo: «Nunca estáis huérfanos, ni jamás estáis abandonados. No existiría Dios, antes que faltarles la Providencia a sus hijos. Tended la mano: el Padre os da todo como ‘padre’, o sea, con un amor que no humilla. Secaos las lágrimas. Yo os tomo y os llevo porque siento piedad de vuestro abatimiento». La criatura más amada de la creación es el hombre. ¿Vais a poner en duda que el Padre tendrá más compasión con el hombre fiel que con los pájaros?, ¿con el hombre fiel, Él, que es magnánimo incluso con el pecador, y le da tiempo y modo de llegar a Él? ¡Oh, si el mundo comprendiese lo que es Dios! Quédate en paz, María. Te quiero como a los huerfanitos que viste y mucho más. Quédate en paz. Estoy contigo”. (Escrito el 20 de Agosto de 1944).
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5-299-22 (5-165-1044).- Los huérfanos María y Matías confiados, para su tutela, a Juana de Cusa.
* “Yo, Mendigo de amor, extiendo ante vosotros mi mano, para estos huérfanos sin casa”.- ■ De entre el rumor de las distintas voces y el lamento de los huerfanitos, se alza la dulce voz de Jesús: “No lloréis. Vuestra ma­má os ha traído a Mí, y está aquí con nosotros mientras os llevo a una mamá que no tiene hijos. Se alegrará de tener dos niños buenos en vez del suyo, que ahora está donde vuestra mamá. Porque tam­bién ella ha llorado, ¿sabéis? Como a vosotros se os ha muerto vues­tra mamá, a ella se le murió su hijito…”. Dice María: “¡Entonces nosotros vamos con ella y su hijo irá con nuestra ma­má!”.  Jesús: “Exactamente así. Y seréis todos felices”. Los apóstoles preguntan: ”¿Cómo es esta mujer? ¿Qué hace? ¿Es una labriega? ¿Tiene un buen amo?”. Los niños se interesan. Responde Jesús: “No es campesina. Pero tiene un jardín lleno de rosas y es buena como un ángel. Su marido también es bueno. Él también os querrá”. Mateo, un poco incrédulo, pregunta: “¿Tú crees, Maestro?”. Jesús: “Estoy seguro. Y vosotros también os convenceréis de ello. Hace tiempo Cusa quería a Marziam para hacer de él un noble”. Pedro grita: “¡Ah, eso de ninguna manera!”. Jesús: “Marziam será un noble de Cristo. Sólo esto, Simón. ¡Tranqui­lo!”. ■ El lago se pone de nuevo de color ceniza. Se frunce al levantarse un poco de viento. La vela se tensa, la barca avanza vibrando. Pero los niños están tan embelesados con la idea de su nueva mamá, que no sienten miedo. Pasa Magdala con sus casas blancas entre la verdura de los campos. Pasa la campiña entre Magdala y Tiberíades. Se ven las prime­ras casas de Tiberíades. Pedro pregunta: “¿A dónde vamos, Maestro?”. Jesús: “Al embarcadero de Cusa”. Pedro vira y da indicaciones al trabajador. La vela cae, mientras la barca orienta su proa hacia el embarcadero para adentrarse luego en él, hasta detenerse junto al pequeño espigón, seguido por la otra. Están paradas las dos, una detrás de otra, como ánades cansadas. Bajan todos. Juan se adelanta corriendo para dar una voz a los jardineros. Los niños, acobardados, se arriman a Jesús, y la pequeña María, emitiendo un suspiro, tirando del vestido de Jesús, pregunta: “¿Pero es buena de verdad?”. Juan vuelve: “Maestro, un siervo está abriendo la cancela. Juana ya está levantada”. Jesús: “Bien. Esperad todos aquí. Voy a adelantarme”. ■ Y Jesús se encamina solo. Los otros le ven ir adelante y hacen comentarios más o menos favorables de lo que intenta hacer Jesús. No faltan dudas ni críticas. Desde el lugar donde están, solo ven que acude Cusa al encuentro de Jesús, se inclina profundamente en el umbral de la cancela, y se adentra en el jardín a la izquierda de Jesús. Luego no se ve nada más. Pero yo sí veo. Veo a Jesús andando despacio al lado de Cusa, que muestra toda su alegría de recibirle en su casa: “Mi Juana se pondrá muy contenta. Yo también lo estoy. Está cada vez mejor. Me ha hablado del viaje. ¡Qué éxitos, mi Señor!”. Jesús: “¿No te ha causado pesar?”. Cusa: “Juana es feliz. Yo me siento feliz de verla feliz a ella. Podía no tenerla ya desde hace meses, Señor”. Jesús: “Podía haber sido así… Y Yo te la di de nuevo. Tienes que saber ser agradecido con Dios”. Cusa le mira turbado… y luego en voz baja: “¿Es un reproche, Señor?”. Jesús: “No. Un consejo. Sé bueno, Cusa”. Cusa: “Maestro, sirvo a Herodes…”. Jesús: “Lo sé. Pero tu alma no está sometida a nadie, aparte de Dios, si lo quieres”. Cusa: “Es verdad, Señor. Me enmendaré. Algunas veces se apodera de mí el respeto humano…”. Jesús: “¿Lo habrías tenido el año pasado, cuando querías salvar a Juana?”. Cusa: “¡No! A costa de perder cualquier honor, me habría dirigido a quien hubiera pensado que la podía salvar”. Jesús: “Haz lo mismo por tu alma. Es más valiosa aún que Juana. ■ Ahí viene ella”. Viene a su encuentro corriendo por el paseo. Ellos aceleran el paso. “¡Maestro mío! No esperaba volver a verte tan pronto. ¿Qué bondad tuya te conduce a tu discípula?”. Jesús: “Una necesidad, Juana”. Los dos esposos dicen a la vez: “¿Una necesidad? ¿Cuál? Habla, que, si podemos, te ayudamos”. Jesús explica: “Ayer tarde he encontrado en un camino desierto a dos niños… una niñita y un pequeñuelo… Descalzos, andrajosos, hambrientos… solos… y he visto a un hombre de corazón de lobo que los arrojaba de su presencia como si fueran lobos. Estaban medio muertos de hambre… A ese hombre le procuré el bienestar el año pasado y ahora ha negado un pan a dos huérfanos. Huérfanos… por los caminos de este mundo cruel. Ese hombre recibirá su castigo. ¿Queréis vosotros mi bendición? Yo, Mendigo de amor, extiendo ante vosotros mi mano, para estos huérfanos sin casa, sin vestidos, sin pan, sin amor. ¿Queréis ayudarme?”. Cusa dice impetuoso: “¡Pero, Maestro, ¿lo pides?! ¡Di lo que quieres; cuanto quieras; di todo!…”. Juana no habla, pero, con las manos juntas en su pecho, una lágrima en sus largas pestañas, una sonrisa de anhelo en sus rojos labios, espera… y habla más que si hablara. Jesús la mira y sonríe: “Quisiera que esos niños tuvieran una madre, un padre, una casa. Y que la madre se llamara Juana…”. ■ No tiene tiempo de terminar, porque el grito de Juana es como el de uno que hubiera sido liberado de una prisión, mientras se postra a besar los pies de su Señor. Jesús pregunta a Cusa: “¿Y tú, Cusa, qué dices? ¿Acoges en mi nombre a estos mis amados?, ¿a estos que para mi corazón son mucha más estimables que joyas preciosas?”. Cusa: “Maestro, ¿dónde están? Llévame a ellos. Por mi honor te juro que desde el momento en que deposite mi mano sobre su cabeza inocente, los querré en tu nombre como un verdadero padre”. Jesús: “Venid, entonces. Sabía que no venía en vano. Venid. Son campesinos, están asustados, pero son buenos. ■ Fiaos de Mí, que veo los corazones y el futuro. Darán paz y unión a vuestra unión, no tanto ahora cuanto en el futuro. En su amor os identificaréis de nuevo. Sus inocentes abrazos serán la mejor argamasa para vuestra casa de esposos. Y el Cielo se os mostrará benigno, siempre misericordioso por esta caridad que hacéis. Están afuera, en la cancela. Venimos de Betsaida…”. ■ Juana no escucha más. Se adelanta, corriendo, cautiva del frenesí de acariciar niños. Y lo hace: cae de rodillas, para estrechar contra su pecho a los dos huerfanitos, y besa sus mejillas macilentas, mientras ellos miran atónitos a esta hermosa señora de ricos vestidos. Miran también a Cusa, que los acaricia y coge en brazos a Matías, Miran también el espléndido jardín, y a los siervos, que están acudiendo al lugar… Y miran a la casa que abre sus salas llenas de riquezas a Jesús y a sus apóstoles. Y miran a Ester que los cubre de besos. El mundo de los sueños se ha abierto ante estos pequeños desvalidos… Jesús observa y sonríe. (Escrito el 11 de Octubre de 1945)
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(<Jesús y sus apóstoles se encuentran en Naím en la casa del joven Daniel, a quien Jesús había resucitado —[Lc. 7,11-16]—. La madre de Daniel ha preparado un banquete. Jesús y las personas importantes se han purificado y han entrado en la sala del banquete junto con el joven resucitado, mientras los apóstoles, con otros hombres de Naím menos influyentes, se encuentran en la habitación de enfrente. Fariseos y escribas que, previamente habían llenado de preguntas a los de Naím para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel ahora, en el banquete, se dirigen a Jesús para preguntarle si antes había sabido de la enfermedad de Daniel; también quieren conocer, por boca del mismo Daniel, su experiencia de muerte>)
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5-300-30 (5-166-1052).- Mandatos de Dios y enseñanzas o tradiciones de los hombres (1).
* ¿Por qué tus discípulos no guardan las tradiciones?.- ■ Los fariseos preguntan: “¿Pero entonces por qué éste no recuerda nada, mientras que los espíritus invocados saben decir qué hay en el más allá?”. Jesús: “Porque esta alma santificada por la penitencia de una primera muerte habla la verdad, entre tanto que lo que dicen los nigromantes no es verdad”. Fariseos: “Pero Samuel…” (2). Jesús: “Pero Samuel fue por mandato de Dios, no por mandato de la adivina, a comunicar al perjuro rey Saúl la sentencia del Señor cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla”. ■ Un fariseo arrogante pregunta: “¿Y entonces, por qué tus discípulos lo hacen?” (3), y pregunta alzando el tono porque se ha sentido tocado en la herida, y llama la atención de los apóstoles, que están en la habitación de enfrente, separados por un pasillo de poco más de un metro de ancho y sin separación de puertas o cortinas gruesas. Sintiendo que es algo que los atañe, se levantan y van al pasillo sin hacer ruido, y se ponen a escuchar. Jesús: “¿En qué quebrantan mis discípulos los mandamientos? Explícate. Si tu acusación es verdadera, les advertiré que no vuelvan a obrar contra la Ley”. Fariseo: “Yo sé en qué, y como yo muchos otros. Pero descúbrelo Tú por Ti mismo, Tú, que resucitas a los muertos y te dices más que profeta. Nosotros no te lo vamos a decir. Además, tie­nes ojos para ver también muchas otras cosas hechas por tus discípulos, hechas cuando no deben hacerlas o no hechas cuando se debían hacerlas. Y Tú no le das importancia a esto”. Jesús: “¿Queréis indicarme algunas de estas cosas?”. ■ Fariseo: “¿Por qué tus discípulos no guardan las tradiciones de los antepasa­dos? Hoy les hemos observado. ¡Hoy también! ¡No hace más de una hora! ¡Han entrado a la sala para comer y antes no se han purifica­do las manos!” (Si los fariseos hubieran dicho: “y antes han degollado a unos cuantos de la ciudad” no habrían expresado un tono tan profundamente lleno de horror). Jesús: “Sí, los habéis observado. Hay muchas cosas que deben verse. Cosas hermosas y buenas, cosas que mueven a uno a bendecir al Señor por habernos dado la vida para que pudiéramos verlas, y por haberlas creado o consentido. Y ésas nos las veis. Y, como vosotros, otros muchos. Y la verdad es que perdéis el tiempo y la paz yendo detrás de las cosas no buenas. Parecéis chacales, o mejor dicho, hienas que corren tras la estela de una pestilencia y no se cuidan de las ondas de perfumes que traen en sus alas los vientos desde jardines llenos de aromas. A las hienas no les gustan los lirios ni las rosas, jazmines ni alcanfores, cinamomos ni cla­veles. A ellas les desagradan los perfumes. Pero el hedor de un cuerpo en putrefacción en el fondo de un barranco, o en un camino, sepultado bajo zarzales a donde le ha arrojado un asesino, o lanzado a una playa desierta por la tempestad, cadáver hinchado, morado, a punto de reventar, horrendo, ¡ah, ese hedor es perfume agradable para las hienas! Olisquean el aire de la tarde, que arrastra consigo todos los olores que el sol ha desprendido de las cosas que ha calentado, y perciben este hedor; y, una vez descubierto, una vez captada su dirección, empiezan a correr, con el hocico alzado, los dientes descu­biertos, derechas al lugar de la podredumbre. Y, ya sea cadáver de hombre o de cuadrúpedo, o de culebra quebrantada por el campesino o garduña que el ama de casa aplastó, basta con que sea un cadáver… les gusta, sí, les gusta, les gusta. Y en ese hedor repelente hunden sus zarpas, se banquetean, y se relamen el hocico… ■ ¿Que los hombres día tras día se santifican? ¡Eso no les interesa! Pero basta con que uno haga algo mal, basta con que algunos descuiden no ya un precepto divino sino una práctica humana —llamadla tradición, precepto o como queráis… al fin y al cabo una cosa humana—, basta eso para ir allí y acusar; aunque se trate sola­mente de una sospecha… cuando menos para darse la satisfacción de ver que la sospecha era una realidad”.
* “¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra? ¡No me diréis ahora que una tradición es más que un mandamiento!”.- ■ Jesús continúa: “Pues bien, responded ahora vosotros, vosotros que habéis venido aquí no por amor, sino con maligna intención, responded: ¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra? ¡No me diréis ahora que una tradición es más que un mandamiento! Pues bien, Dios dijo: «Honra a tu padre y a tu madre», y también: «Quien maldi­jere a su padre o a su madre será reo de muerte» (4). Pero vosotros decís al contrario: «Aquel que haya dicho a su padre y a su madre: ‘Esto que debías recibir de mí es korbán’ (5) y, por lo tanto, no está obligado a usarlo a favor de su padre o de su madre». Por tanto, con vuestra tradición, habéis anulado el mandamiento de Dios. ¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo: «Este pue­blo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí; por esto, en vano me honran enseñando doctrinas y preceptos de hombre» (6). ■ Estáis atentos a las tradiciones de los hombres, al lavado de jarras y copas, de platos y manos, y otras cosas semejantes; pero, eso sí, descuidáis los preceptos de Dios. Os escandalizáis porque uno no se lave las manos; pero, eso sí, justificáis la ingratitud y la avaricia de un hijo a quien habéis ofrecido una escapatoria: la de la ofrenda sacrificial, para que no dé pan a quien le engendró y ahora necesita ayuda, siendo así que él tiene la obligación de honrarle porque es padre suyo. Alteráis y violáis la pa­labra de Dios por obedecer palabras que vosotros creasteis y que las elevasteis a precepto. Así, os proclamáis más justos que Dios. Os arrogáis el derecho de legisladores, siendo así que sólo Dios es Legislador de su pueblo. Vosotros…”, y continuaría; pero el grupo de sus enemigos abandona la sala bajo la granizada de acusaciones. Al salir chocan con los apóstoles y con todas las otras personas que estaban en la casa, invitados o gente venida a ayudar a la dueña de la casa, los cuales, atraídos por el tono de la voz de Jesús, se habían agrupado en el pasillo.
* Lo que sale del hombre es lo que contamina no lo que entra”.- ■ Jesús, que se había puesto de pie, se sienta de nuevo, e indica a todos los presentes que entren donde está Él. Les dice: “Comprended esta verdad. No hay nada fuera del hombre que entrando en él le pueda contaminarle. Lo que sale del hombre es lo que contamina. Quien tenga oídos para oír que oiga, y use la razón para comprender y la voluntad para obrar. Y ahora salgamos. Vosotros de Naím perseverad en el bien y esté siempre con vosotros mi paz”. (Escrito el 12 de octubre de 1945).
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1   Nota  : Cfr. Mt. 15,1-9;  15,10-11;  Mc. 7,1-13; 7,14-16.   2  Nota  : En 1 Samuel 28: se narra cómo el rey Saúl fue a Endor a la cueva de la maga a fin de que ésta evocara a Samuel y éste le prestara ayuda.   3  Nota  : Esta pregunta maliciosa del fariseo se basa en el  hecho de que Jesús y los apóstoles habían visitado esa gruta, hecho que Jesús mismo les había dado a conocer a los fariseos cuando éstos preguntaron a Jesús si estaba al corriente de la enfermedad de Daniel. Jesús les había contestado: “Venía de Endor (hacia Naím) por mera casualidad, porque había querido complacer a Judas Iscariote que quería ver la gruta de la maga”. Mas esta explicación no había convencido al fariseo. Y, con su pregunta, insinúa otros propósitos en la visita: como que Jesús habría explicado a sus apóstoles en esa cueva algunos sortilegios y así iniciarles en la brujería o estratagemas para adquirir poderes milagrosos.   4  Nota  : Cfr. Ex. 20,12; 21,17;  Lev. 20,9;  Deut. 5,16.   5  Nota  : “Korbán”,  significa “oferta sagrada”.   6  Nota  : Cfr. Is. 29,13.
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5-301-34 (5-167-1057).- Explicación de la parábola: “No es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del corazón del hombre” (1).
* “Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo, lo desnaturalizan, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado”.- ■Bartolomé observa: “Pero, ¿sabes, Maestro, que esos fariseos, cuando han oído tus palabras, se han marchado escandalizados? Al salir se han chocado conmigo y lo decían… Has estado muy tajante”. Y Jesús replica: “Pero muy verdadero. Si se tienen que decir es­tas cosas, es culpa de ellos, no mía. Es más, decirlas es un acto de ca­ridad por mi parte. Toda planta que no haya plantado mi Padre ce­leste debe ser arrancada; y plantas no plantadas por Él es el improductivo matorral de parásitas hierbas, sofocantes, espinosas, que aho­gan la semilla de la Verdad santa. Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo, lo desnaturalizan, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado. Para las almas ho­nestas, es caridad hacerlo. Respecto a ésos, a los protervos obstinados, cerrados a cualquier acción y consejo del Amor, dejadlos; que los sigan los que por corazón y por tendencias son semejantes a ellos. Son ciegos que guían a otros ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, por fuerza caerán los dos en un hoyo. Dejadlos que se nutran de esas cosas contaminadas a las que dan el nombre de «pureza»; ya no pueden contaminarlos más porque lo único que hacen es adaptarse a la raíz de que han brotado”. ■ Simón Zelote, pensativo, pregunta: “¿Esto que dices ahora empalma con cuanto dijiste en casa de Daniel, ¿no es verdad? Que no es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del hombre”. Jesús dice escuetamente: “Sí”.
* Explicación de la parábola.- ■ Pedro, después de un silencio, porque la seriedad de Jesús conge­la hasta el carácter más alegre, solicita: “Maestro, yo —y no sólo yo— no he comprendido bien la parábola. Explícanosla un poco. ¿Cómo es que lo que entra no contamina y lo que sale contamina? Yo, si tomo una jarra limpia y meto en ella agua sucia, la ensucio. Por tanto, lo que entra en la jarra ensucia. Pero si de una jarra llena de agua pura arrojo agua al suelo, no ensucio la jarra, porque de la jarra sale agua pura. ¿Y entonces?”. Jesús le dice: “Nosotros no somos jarras, Simón. No somos jarras, amigos. ¡Y en el hombre no todo es puro! ¿Todavía no podéis comprender? Reflexionad sobre el caso que esgrimían con­tra vosotros los fariseos. Vosotros, decían, os contaminabais porque llevabais alimento a vuestra boca con manos polvorientas, suda­das… bueno, sin lavar. Pero, ¿esa comida a dónde iba? De la boca al estómago, de éste al vientre, del vientre a la cloaca. ¿Podrá, pues, portar impureza a todo el cuerpo, y a lo que en él está contenido, pa­sando sólo por el canal a ello destinado, cumpliendo su oficio de nu­trir a la carne, sólo a ella, para terminar, como conviene, en una clo­aca? ¡No es esto lo que contamina al hombre! Lo que contamina al hombre es lo que es suyo, únicamente suyo, aquello que su yo ha en­gendrado y dado a la luz. ■ O sea, aquello que tiene en el corazón y del corazón sube a los labios y a la cabeza y corrompe el pensamiento y la palabra y contamina a todo el hombre. Del corazón vienen los ma­los pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias. Del corazón vienen avaricias, lujurias, soberbias, envidias, iras, apetitos inmodestos, ocios pecaminosos. Del corazón viene el fermento de las distintas accio­nes; si el corazón es malo, malas serán éstas como el corazón. Todas las acciones: desde los actos de idolatría a las murmuraciones insin­ceras… Todas estas cosas malas que van del interior hacia afuera contaminan al hombre, no el comer sin lavarse las manos. ■ La ciencia de Dios no es cosa del suelo, lodo para ser pisado por todo pie; es algo sublime, que habita en las regiones de las estrellas, de donde des­ciende con rayos de luz para informar de sí a los justos. No queráis, vosotros al menos, arrancarla de los cielos para envilecerla en el fan­go… Id a descansar ahora. Yo salgo para orar”. (Escrito el 13 de Octubre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 15,12-20; Mc. 7,17-23; Lc. 6,39-39.
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(<Jesús con seis de sus apóstoles, en los confines fenicios, van recorriendo el camino que va de Fenicia a Tolemaida. Se ha detenido junto a un puente, en una bifurcación, en la que hay una casa con un taller de herrador, donde se están forjando herraduras para un caballo y dos asnos. Los apóstoles comentan cómo por estas tierras hay muchos soldados romanos, como el herrador, que se han quedado y viven aquí, y que se dan los matrimonios mixtos de Israelitas con personas de otras religiones. Unas uniones abyectas, según los apóstoles. Sin una fe, sin una patria verdadera>)
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5-327-173 (6-15-90).- Palabras de Jesús sobre la igualdad de los pueblos. Parábola de la levadura y el Reino de los Cielos (1).
* “En el futuro no se darán estas separaciones de personas y de naciones porque las almas estarán unidas en una sola Patria: la mía”.- ■ Jesús, que hasta ahora ha estado en silencio, dice: “Sí, son los hijos los que sufren. ¡Pero, hay que ver también las mujeres hebreas, unidas en matrimonio así!… Por ellas mismas y por sus hijos… Me dan pena. Nadie les habla de Dios. Mas no será así en el futuro. Entonces no permanecerán estas separaciones de personas y de naciones, porque las almas estarán unidas en una sola Patria: la mía”. Juan exclama: “¡Pero entonces habrán muerto!…”. Jesús: “No. Se habrán acogido a mi Nombre. No serán ya romanos o libios, griegos o pónticos, iberos o galos, egipcios o hebreos, sino almas de Cristo. Y ¡ay de aquellos que quieran hacer distinción entre las almas —todas igualmente amadas por Mí y por las cuales he sufrido y sufriré de igual modo— según sus patrias terrenas! Quien así lo hiciere demostraría que no ha comprendido la Caridad, que es universal”. Los apóstoles sienten la velada corrección y agachan la cabeza y guardan silencio…
* “Toda alma, descarriada o culpable, aunque sea motivo de dolor para el Padre Dios, sigue siendo una alma creada por Él”.- ■ El fragor del hierro batido en el yunque ha callado; ya amainan los golpes en la última pezuña del asno. Jesús aprovecha para alzar la voz y ser oído por la gente. Parece como si continuara hablando a sus apóstoles, en realidad habla a los transeúntes, y quizás también a los habitantes de la casa, mujeres ciertamente, porque se oyen gritos femeninos. ■ Dice Jesús: “Aunque parezca que no exista, siempre hay en los hombres un parentesco: el de proceder de un único Creador. Porque, aunque lue­go estos hijos de un único Padre se hayan separado, no por ello ha cambiado el vínculo de origen, de la misma forma que no cambia la sangre de un hijo cuando repudia la casa paterna. Después de que el delito le hiciera fugitivo por el vasto mundo, siguió circulando la san­gre de Adán por las venas de Caín; y, por las venas de los hijos naci­dos después del dolor de Eva, que lloraba a su hijo asesinado, circu­laba la misma sangre que hervía en las del lejano Caín. Lo mismo, y con mayor razón, existe esta igualdad entre los hijos del Creador. ¿Descarriados? ¿Exiliados? ¿Apóstatas? ¿Culpables? ¿Que hablan lenguas o profesan una religión distinta? ¿Contaminados por haberse casado con paganos? Pe­ro su alma procede de Uno solo, y es siempre esa alma, aunque esté lacerada, descarriada, exiliada, contaminada… Aunque sea motivo de dolor para el Padre Dios, sigue siendo una alma creada por Él”.
* Los hijos buenos deben tratar de consolar el dolor del bonísimo Padre conduciendo de nuevo a Él a los hijos, que son su dolor. Ésta es la nueva Ley, santa y grata al Señor: que los seguidores del Redentor rediman”.- Jesús: “Los hijos buenos de un Padre bonísimo deben tener sentimientos buenos. Buenos hacia su Padre, buenos hacia sus hermanos, al mar­gen de lo que éstos hayan venido a ser, porque son hijos del Mismo. Buenos hacia su Padre, tratando de consolar su dolor conduciendo de nuevo a Él a los hijos, que son su dolor o porque son pecadores o por­que son apóstatas o porque son paganos. Buenos hacia ellos, porque tienen esa alma que procede del Padre cerrada en un cuerpo culpa­ble, o manchada, u obnubilada por una religión errada, pero sigue siendo alma del Señor e igual que la nuestra. Recordad, vosotros los de Israel, que no hay ninguno —aunque fuera el idólatra más lejano de Dios con su idolátrica religión, o el más pagano de los paganos, o el más ateo de los hombres—, no hay ninguno que esté absolutamente privado de una huella de su origen. Recordad, vosotros los que habéis errado separándoos de la justa religión, al casaros con alguien que según nuestra religión no era permitido, recordad que, aunque os parezca que todo lo que era Israel ha muerto en vosotros ahogado por el amor a un hombre de distinta fe y raza, muerto no está. Hay uno que vive todavía, y es Israel. ■ Y tenéis la obligación de soplar en este fuego que se está muriendo, de­béis alimentar la chispa que subsiste por voluntad de Dios, para hacerla crecer por encima del amor carnal. Éste cesa con la muerte. Pero vuestra alma no cesa con la muerte. Recordadlo. Y vosotros, vosotros, quienesquiera que seáis, que veis y muchas veces os causa horror el ver esos matrimonios mixtos de una hija de Israel con un hombre de distinta raza y fe, recordad que tenéis la obligación, el deber, de ayudar caritativamente a esa hermana extraviada a volver a los caminos del Padre. Ésta es la nueva Ley, santa y grata al Señor: que los seguidores del Redentor rediman dondequiera haya necesidad de redención, pa­ra que Dios sonría al ver las almas que regresan a la Casa paterna, y para que no quede convertido en estéril o demasiado escaso el sacrificio del Redentor”.
* Sed vosotros los primeros en dar una pequeña parte de vuestra levadura para que sea añadida a la poca que hay en el hermano”.-Jesús: “Para hacer fermentar mucha harina, la mujer de casa toma un poco de levadura que hizo la semana anterior ¡Todos ven que es una poca cosa para tanta masa! La echa dentro de la harina y la protege contra cualquier cosa. Haced vosotros lo mismo, que sois verdaderos seguidores del Bien; haced vosotros lo mismo, criaturas que os habéis alejado del Padre y de su Reino. Sed vosotros los primeros en dar una pequeña parte de vuestra levadura para que sea añadida a la poca que hay en el hermano; él la unirá a la molécula de justicia que en él subsiste. ■ Defendedla de los vientos contrarios del Malo, conservadla dentro del calor tibio de la caridad, según sea ésta pequeña o grande. Y cerrad bien las paredes de la casa, de la correligión, en torno al alma extraviada, para que se sienta amada todavía por Israel, todavía hija de Sión y hermana vuestra, para que en toda buena voluntad exista el fermento de venir al Reino de los Cielos”. (Escrito el 11 de Noviembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 13,33-33; Lc. 13,20-21.
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(<Jesús y sus apóstoles han llegado a la región de Meguiddó en dirección a la casa del fariseo Ismael ben Fabi atendiendo a la invitación hecha por éste a través de J. Iscariote>)
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5-335-225 (6-23-138).- Jesús en la casa de la familia de un hidrópico, donde se ama a Dios y a su Ley.- Noticias del fariseo Ismael ben Fabi: “cruel, avaro y no se ama sino a sí mismo”.
* La mujer del hidrópico pide la curación de su marido: “Te he buscado yo tres veces en Naím y en Caná… y ahora está él buscándote por Cesarea de Filipo”.- ■ “El camino es éste. Pero… ¿la casa?… no se sabe, porque está en el interior… Quizás allí, donde aquella mata de olivos…”. “No. Debe estar más allí al final, donde aquellos árboles grandes sin hojas…”. “Debería haber un camino para carros….”. En definitiva no saben nada con precisión. No se ven personas ni por la vía ni por los campos. Van sin rumbo definido, hacia delante, buscando el camino. ■ Encuentran una pequeña casita de pobres, con dos o tres terrenitos alrededor. Una niña saca agua de un pozo. “Paz a ti, niña” dice Jesús mientras se detiene en el borde de la cerca, que tiene una abertura para quien va o viene. Niña: “Paz a ti. ¿Qué quieres?”. Jesús: “Una información. ¿Dónde está la casa de Ismael el fariseo?”. Niña: “Vas mal por aquí, Señor. Tienes que volver a la bifurcación y to­mar el camino que va hacia donde se pone el sol. Pero tienes que an­dar mucho, mucho, porque tienes que volver allí, a la bifurcación, y luego andar y andar. ¿Has comido? Hace frío y se siente más con el estómago vacío. Entra, si quieres. Somos pobres. Pero Tú tampoco eres rico. Te puedes adaptar. Ven”. Y llama con voz aguda: “¡Mamá!”. ■ Se asoma a la puerta una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años. Su cara es honesta, aunque un poco triste. Lleva en brazos a un niño de unos tres años, medio desnudo. “Entra. El fuego está encendido. Voy a darte leche y pan”. Jesús: “No vengo sólo. Tengo conmigo a estos amigos”. Mujer: “Que entren todos y que la bendición de Dios descienda sobre los peregrinos mis huéspedes”. Entran en una cocina baja y obscura alegrada por un fuego vivo. Se sientan acá o allá en rústicos bancos. Mujer: “Ahora os preparo… Es pronto… No he puesto en orden nada todavía… Perdonad”. “¿Vives sola?”. Es Jesús el que habla. Mujer: “Tengo marido e hijos. Siete. Los dos mayores están todavía en el mercado de Naím. Tienen que ir ellos porque mi marido está enfer­mo. ¡Qué pena!… Las niñas me ayudan. Este es el más pequeño. Pero tengo otro muy poco mayor que él”. El pequeñuelo, ya vestido con su tuniquita, corre descalzo hacia Jesús y le mira con curiosidad. Jesús le sonríe. Ya son amigos. El niño pregunta con confianza: “¿Quién eres?” “Soy Jesús”. La mujer se vuelve y le mira atentamente. Se ha quedado ahí, con un pan en las manos, entre el hogar y la mesa. Abre la boca para hablar, pero calla. El niño continúa: “¿A dónde vas?”. Jesús: “Voy por los caminos del mundo”. Niño: “¿Para qué?”. Jesús: “Para bendecir a los niños buenos y a sus casas, donde hay fideli­dad a la Ley”. ■ La mujer hace otra vez un gesto. Luego hace una seña a Judas Iscariote, que es el que está más cerca de ella. Judas se inclina hacia la mujer, y ésta pregunta: “¿Pero quién es tu amigo?”. Y Judas, todo presumido (parece como si el Mesías fuera tal por su mérito y bondad): “Es el Rabí de Galilea, Jesús de Nazaret. ¿No lo sabes mujer?”. Mujer: “¡Esta vía queda apartada y yo tengo muchas penas!… Pero… ¿podría hablarle?”. Iscariote dice con entono: “Puedes”. Me parece como una persona importante del mundo concediendo audiencia… Jesús sigue hablando con el niño, que le pregunta si tiene tam­bién Él niños. ■ Mientras la niña vista antes y otra más mayorcita traen leche y los tazones, la mujer se acerca a Jesús. Un momento de pausa y luego un grito ahogado: “¡Jesús, piedad de mi marido!”. Jesús se levanta. La domina con su estatura, pero la mira con tanta bondad, que ella recobra la seguridad. “¿Qué quieres que haga?”. Mujer: “Está muy enfermo. Hinchado como un odre. No puede ya agacharse y trabajar. No puede descansar porque se ahoga, y se agita… Y nuestros hijos son todavía pequeñitos…”. Jesús: “¿Quieres que le cure? ¿Pero, por qué lo quieres de Mí?”. Mujer: “Porque Tú eres Tú. No te conocía, pero había oído hablar de Ti. La fortuna te ha conducido a mi casa después de haberte buscado yo tres veces en Naím y en Caná. Dos veces estaba también mi marido. Ir en carro le hace sufrir mucho, y, no obstante, te buscaba… Está también fuera ahora, con su hermano… Nos habían comunicado que el Rabí, dejada Tiberíades, iba hacia Cesarea de Filipo. Ha ido allí a esperarte…”.
  Jesús conoce la crueldad y avaricia del fariseo Ismael que desprecia a los pobres.-Jesús: “No he ido a Cesarea. Voy a casa del fariseo Ismael y luego hacia el Jordán…”. Mujer: “¡¿Tú, que eres bueno, donde Ismael?!”. Jesús: “Sí. ¿Por qué?”. Mujer: “Porque… porque… Señor, sé que dices que no hay que juzgar, que hay que perdonar y que tenemos que amarnos. No te había visto nunca. Pero he tratado de saber de Ti lo más que podía, y rogaba al Eterno poderte escuchar al menos una vez. No quiero hacer nada que te desagrade… Pero, ¿cómo se puede no juzgar a Ismael, y amarle? No tengo nada que ver con él, y por eso nada que perdonarle. Nos sacudimos de nosotros las injurias que nos lanza al ver nuestra pobreza, y lo hacemos así como se quita uno el barro y el polvo que nos echa cuando pasa rápi­do con sus carruajes. Pero amarle y no juzgarle es demasiado difícil… ¡Es muy malo!”. Jesús: “¿Es muy malo? ¿Con quién?”. Mujer: “Con todos. Oprime a sus siervos, presta dinero con usura, y con crueldad lo exige. No ama sino a sí mismo. Es el más cruel de la comarca. No lo merece que vayas a su casa, Señor”. Jesús: “Lo sé. Dices la verdad”. Mujer: “¿Y Tú vas allí?”. Jesús: “Me ha invitado”. Mujer: “Desconfía, Señor. No lo habrá hecho por amor. No te puede amar. Y Tú… no le puedes amar”. Jesús: “Yo amo también a los pecadores, mujer. He venido para salvar a quien está perdido…”. Mujer: “Pero a éste no le salvarás. ¡Oh, perdón por haber juzgado! Tú eres sabio… Todo lo que haces está bien hecho. Perdona esta lengua mía ignorante, y no me castigues”. Jesús: “No te castigo. Pero no lo vuelvas a hacer. Ama a los malvados también. No por su maldad, sino porque con el amor es como se ob­tiene para ellos la misericordia que convierte. Tú eres buena y tienes deseos de serlo más todavía. Amas la Verdad, y la Verdad que te está hablando te dice que te ama porque eres compasiva para con el huésped y el peregrino, según la Ley, y así has educado a tus hijos. Dios será tu recompensa”.
* Que venga tu marido a casa de Ismael. Le curaré. Necesito que sea sábado para decirle a Ismael algo al respecto… Paz perenne en esta casa en que se ama a Dios y a su Ley, se res­peta el vínculo matrimonial, se educa santamente a la prole… y se busca la Verdad”.- ■ Jesús prosigue: “Yo tengo que ir a casa de Ismael, que me ha invitado para presentarme a muchos amigos suyos que me quieren conocer. No puedo esperar más a tu marido, que, has de saber, viene ya de regreso. Pero, dile que sufra todavía un poco y que venga cuanto antes a casa de Ismael. Ven tú también. Le curaré”. La mujer, que se ha echado de rodillas a los pies de Jesús, exclama: “¡Oh, Señor!…”, y le mira con sonrisa y llanto. Luego dice: “¡Pero hoy es sábado!…”. Jesús: “Lo sé. Necesito que sea sábado para decirle a Ismael algo al res­pecto. Todo lo que Yo hago lo hago con una finalidad clara y sin error. Sabedlo todos, también vosotros, amigos míos que tenéis miedo y querríais que siguiese una conducta según las conveniencias humanas para no recibir, de lo contrario, daño. Os guía el amor. Lo sé. Pero tenéis que saber amar mejor a quien amáis. No posponiendo nunca el inte­rés divino al interés de vuestro amado. Mujer, voy y te espero allí. La paz sea perenne en esta casa en que se ama a Dios y a su Ley, se res­peta el vínculo matrimonial, se educa santamente a la prole, se ama al prójimo y se busca la Verdad. Adiós”. Jesús pone la mano en la cabeza de la mujer y de las dos niñas y luego se agacha para besar a los niños más pequeños, y sale. ■ Ahora un solecillo de invierno templa el aire crudo. Un muchacho de unos quince años espera con una carreta vieja, destartalada. Dice la mujer: “Sólo tengo esto, Señor. Pero, en todo caso, llegarás antes y con más comodidad”. Jesús: “No, mujer. Conserva fresco tu caballo para venir a casa de Isma­el. Indícame sólo el camino más corto”. El muchacho se pone a su lado y, por campos y prados, llegan a una ondulación del terreno, más allá de la cual se ve una depresión de algunas hectáreas, bien cultivada, en cuyo centro hay una hermosa casa ancha y baja, rodeada por un jardín bien cultivado. Dice el muchacho: “La casa es aquélla, Señor. Si no te hago más falta, vuelvo a casa para ayudar a mi madre”. Jesús: “Vete, y sé siempre un hijo bueno. Dios está contigo”. (Escrito el 11 de Septiembre de 1944).
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5-335-228 (6-23-141).- En casa del fariseo Ismael ben Fabi.- Hidrópico curado en sábado (1).- Invitación a la modestia (2).- Sobre la elección de los invitados (3).- La parábola de los invitados a una boda, que se excusan (4).
* “Para muchos: «amigo» quiere decir «conocido» o «cómplice» o «siervo». Para Mí quiere decir: «fiel a la Palabra del Padre»”.- ■ Jesús entra en la suntuosa casa de Ismael. Muchos siervos corren a su encuentro. Otros van a avisar al patrón, quien sale a recibirle con profundas inclinaciones. “¡Bienvenido a mi casa, Maestro!”. Jesús: “La paz sea contigo, Ismael ben Fabi. Has querido verme y he venido. ¿Para qué me quieres?”. Ismael: “Para ser honrado con tu presencia y para presentarte a amigos míos. Quiero que también lo sean tuyos. De la misma forma que deseo de que Tú seas amigo mío”. Jesús: “Yo soy amigo de todos, Ismael”. Ismael: “Lo sé. ¡Pero, ya sabes!… Conviene tener amistades en las altas esferas. Y la mía y la de mis amigos son de ésas. Tú —perdona si te lo digo— pasas por alto demasiado a quienes te pueden apoyar…”. Jesús: “¿Y tú eres de ésos? ¿Por qué?”. Ismael: “Yo soy de ésos. ¿Que por qué? Porque te admiro y quiero tenerte como amigo”. Jesús: “¡Amigo! ¿Pero sabes, Ismael, el significado que doy Yo a esta palabra? Para muchos «amigo» quiere decir «conocido»; para otros «cómplice»; para otros «siervo». Para Mí quiere decir: «fiel a la Palabra del Padre». Quien no es tal, no puede ser mi amigo, ni Yo suyo”. Ismael: “Precisamente porque quiero ser fiel”.
* “¡Mi Reino!… Este Reino no es humano. Se llega a él por el camino arduo del sacrificio, por la dulce escalera del amor y perdón. Las victorias contra nosotros nos darán este Reino”.Ismael: “Quiero tu amistad, Maestro. ¿No lo crees? Mira. Allí viene Eleazar. Pregúntale cómo te he defendido ante los Ancianos. Eleazar, te saludo. Ven, que el Rabí quiere preguntarte una cosa”. Muchos saludos y recíprocas miradas indagadoras. Ismael: “Repite, Eleazar, lo que dije del Maestro la última vez que estuvimos reunidos”. Eleazar: “¡Oh, fue un verdadero elogio! ¡Una defensa apasionada! Ismael habló de Ti tanto (como el Profeta más grande que haya venido al pueblo de Israel), Maestro, que me vinieron ganas de escucharte. Recuerdo que dijo que nadie hablaba más profundamente que Tú, que nadie atraía tanto como Tú, y que, si como sabes hablar supieras manejar la espada, no habría un rey más grande que Tú en Israel”. ■ Jesús: “¡Mi Reino!… Este Reino no es humano, Eleazar”. Eleazar: “¿Pero el Rey de Israel?”. Jesús: “Que vuestras inteligencias se abran para comprender el sentido de las palabras arcanas. Vendrá el Reino del Rey de reyes. Pero no en la medida humana. Vendrá no respecto a lo perecedero, sino respecto a lo que es eterno. Se llega a él no por el camino tapizado de triunfos, ni sobre la alfombra teñida en sangre enemiga, sino por el arduo camino del sacrificio, por la dulce escalera del perdón y del amor. Las victorias contra nosotros mismos nos darán este Reino. Y quiera Dios que la mayor parte de Israel pueda comprenderme. ¡Pero no será así! Vosotros pensáis lo que no es. En mi mano habrá un cetro puesto por el pueblo de Israel. Un cetro real, eterno. Ningún rey podrá arrebatárselo a mi Reino. Pero muchos de Israel no podrán verlo sin estremecerse de horror, porque para ellos tendrá un nombre terrible”. ■ Eleazar: “¿No nos crees capaces de seguirte?”. Jesús: “Si quisierais, podríais. Pero no queréis. ¿Y por qué no queréis? Sois ya ancianos. La edad debería haceros comprender y ser y justos. Los jóvenes… podrán errar y luego arrepentirse. ¡Pero vosotros! La muerte está muy cerca de los ancianos. Eleazar, tú no estás envuelto tanto en las teorías de muchos amigos tuyos. Abre tu corazón a la Luz…”.
* “No cambiaré ni una jota a la Ley. Es más, he venido para devolverle su integridad, como cuando fue dada a Moisés”.- ■ Regresa Ismael con otros cinco pomposos fariseos. Dice: “Entrad, pues, adentro”. Atraviesan el atrio, rico de tapices y sillas. Entran en una habitación a donde traen ánforas y palanganas para las abluciones. Luego pasan a la sala de banquete, ricamente adornada. Y dice: “Jesús se sienta a mi lado, entre yo y Eleazar”. Y Jesús, que había permanecido en el fondo de la sala, junto a los discípulos, un poco arredrados y olvidados, tiene que sentarse en el lugar de honor. ■ Empieza el banquete con numerosos servicios de carne y pescado frito. Pasan una y otra vez vinos, y, según me parece, jarabes, o por lo menos agua con miel. Todos tratan de hacer hablar a Jesús. Uno, un anciano, con voz temblorosa pregunta: “Maestro, ¿es verdad lo que se dice, que quieres modificar la Ley?”. Jesús: “No cambiaré ni una jota a la Ley. Es más, (y Jesús recalca las palabras) he venido realmente para devolverle su integridad, como cuando le fue dada a Moisés”. Anciano: “¿Quieres dar a entender que ha sido modificada?”. Jesús: “De ninguna manera. Ha sufrido la suerte de todas las cosas excelsas que han sido puestas en manos del hombre, nada más”. Anciano: “¿Qué quieres decir? Habla claro”. Jesús: “Quiero decir que el hombre, por la antigua soberbia, o por instigación de la triple concupiscencia, quiso retocar la palabra clara, e hizo de ella una cosa opresiva para los fieles; mientras que para los que la retocaron no es más que un cúmulo de frases que… bueno, que es para los demás”. Unos y otros, exclaman: “¡Pero, Maestro! Nuestros rabinos…”. “¡Esto es una acusación!”. “¡No hagas que perdamos el deseo de ayudarte!”. “¡Ah, ya! Tienen razón cuando te llaman rebelde”. Ismael: “¡Silencio! Jesús es mi invitado. Que hable libremente”. ■ Jesús: “Nuestros rabinos iniciaron su esfuerzo con la santa finalidad de hacer más fácil la aplicación de la Ley. El mismo Dios dio comienzo a esta escuela cuando a los diez mandamientos añadió explicaciones más detalladas. Y esto para que el hombre no tuviese la excusa de no haber sabido comprender. Es, pues, una obra santa la de los maestros que desmenuzan para los pequeñuelos de Dios el pan que Dios ha dado al espíritu: santa si persigue un fin recto. Pero no siempre fue así. Y ahora menos que nunca. ¿Pero por qué me queréis hacer hablar, vosotros que os sentís ofendidos si os enumero las culpas de los poderosos?”. Fariseo: “¡Culpas! ¡Culpas! ¿No tenemos nosotros más que culpas?”. Jesús: “¡Yo quisiera que tuvieseis solo méritos!”. Fariseo: “Pero no los tenemos: eso es lo que piensas, y tus ojos lo están diciendo”.
* “No pienso reinar a la manera que vosotros pensáis. Ni mendigo amistades. Quiero amor. Amor santo y honesto que va de Mí a los que amo, y que se demuestre practicando con los pobres lo que predico que se use: misericordia”.- ■ El fariseo prosigue: “Jesús, con la crítica no se consigue hacer amigos a los poderosos. Tú no reinarás. Tú no conoces el arte de reinar”. Jesús: “No pido reinar a la manera que vosotros pensáis. Ni mendigo amistades. Quiero amor. Pero un amor honesto y santo. Un amor que vaya de Mí a aquellos a quienes amo, y que se demuestre practicando con los pobres lo que predico que se use: misericordia”. Uno dice: “Yo, desde que te oí hablar, no he prestado dinero a usura”. Jesús: “Y Dios te recompensará”. Otro dice: “El Señor me es testigo de que no he vuelto a castigar al siervo que merecía azotes, desde que me contaron una parábola tuya”. Y añade otro: “¿Y yo? ¡He dejado más de diez almudes de cebada en mis campos para los pobres!”. Los fariseos se alaban excelsamente. Ismael no ha dicho nada. Jesús pregunta: “¿Y tú Ismael?”. Ismael: “¡Oh, ¿yo?! Yo siempre he usado misericordia. No tengo más que seguir obrando como hasta ahora lo he hecho”. Jesús: “¡Felicidades! Si es realmente así, eres el hombre que no tiene remordimientos”. Ismael: “Es verdad. ¡No los tengo!”. Jesús le mira con esos ojos de zafiro. ■ Eleazar con el codo pega a Jesús: “Maestro, escúchame. Tengo un caso especial que someter a tu consideración. No hace mucho compré una propiedad de un hombre desdichado; este hombre se ha echado a perder por una mujer. Él me vendió la propiedad, pero sin decirme que en ella había una sierva anciana, su nodriza, ya ciega y medio chiflada. El vendedor no la quiere. Yo… tampoco la quería. Pero, echarla a la calle… ¿Qué harías Tú, Maestro?”. Jesús: “¿Qué harías tú, si tuvieras que dar a otro el consejo?”. Eleazar: “Diría: «Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te lleve a la ruina»”. Jesús: “¿Y por qué hablarías así?”. Eleazar: “Bueno, pues… porque creo que yo obraría así y querría que hicieran eso conmigo”. Jesús: “Estás muy cerca de la justicia, Eleazar. Haz como aconsejarías y el Dios de Jacob estará siempre contigo”. Eleazar: “¡Gracias, Maestro!”. ■ Los otros murmuran entre sí. Y Jesús les dice: “¿Qué tenéis que criticar? ¿No he dicho la verdad? ¿Y éste? ¿No ha hablado rectamente? Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has practicado la misericordia”. Ismael: “Maestro, aconsejas bien, pero… ¡si se obrase siempre de este modo!… Sería uno víctima de los demás…”. Jesús: “Entonces según tú, es mejor que los demás sean nuestras víctimas, ¿no?”. Ismael: “No quiero decir esto. Pero hay casos…”. Jesús: “La ley ordena que se tenga misericordia”. Ismael: “Sí, hacia el hermano pobre, hacia el extranjero, el peregrino, la viuda y el huérfano. Pero esta vieja que ha venido a parar a la propiedad de Eleazar no es ni su hermana, ni peregrina, ni extranjera, ni huérfana o viuda. Para él no es nada; ni más ni menos que un viejo objeto del ajuar —no suyo—, olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño. Por esta razón Eleazar podría echarla sin escrúpulos de ninguna clase. A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya, sino de su verdadero amo…”. Jesús: “…el cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo; de forma que también está exento de obligaciones. Así que, si la anciana muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?”. Ismael: “Así es, Maestro. Es la suerte de los que… ya no sirven para nada. Enfermos, viejos, inútiles, están condenados a la miseria, a la mendicidad. Y la muerte es lo mejor para ellos… Esto sucede desde que el mundo es mundo y así seguirá sucediendo”.
* Hidrópico curado. Hay que observar la Ley, siempre, cuando el observarla no va contra el mandamiento más grande que el sabático.- ■ De pronto se oye: “¡Jesús, ten de mi lástima!”. Es un lamento que se cuela por las ventanas trancadas, porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas. Tal vez por el frío. Jesús: “¿Quién me llama?”. Ismael: “Algún importuno. Mandaré que le echen afuera. O algún mendigo. Haré que le den un pan”. Se oye de nuevo el lamento: “Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!”. Ismael: “Ya decía yo. Un importuno. Castigaré a los siervos por haberle permitido pasar”. Ismael se pone en pie. Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él, y todo el cuello y la cabeza más alto, le hace sentar poniéndole la mano sobre el hombro y ordenándole: “Quédate ahí, Ismael. Quiero ver a éste que me busca. Dejad que entre”. Entra un hombre con cabellos todavía negros. Tendrá unos cuarenta años. Pero está hinchado como una bota y amarillo como limón; con los labios morados en la boca jadeante. Lo acompaña su mujer, la mujer que anteriormente había hospedado a Jesús. El hombre avanza fatigosamente por la enfermedad y por el temor. ¡Se ve tan mal mirado!… Pero ya Jesús ha dejado su sitio y se ha acercado al infeliz. Luego le ha tomado de la mano y le ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío entre las mesas que hay entre las mesas, colocadas en forma de U, justo debajo de la lámpara. ■ Jesús: “¿Para qué me quieres?”. Enfermo: “Maestro… tanto que te he buscado… tanto tiempo hace… No quiero otra cosa más que la salud… por mis hijos y por mi mujer… ¡Tú puedes todo!… Mira a qué estoy reducido”. Jesús: “¿Y crees que puedo Yo curarte?”. Enfermo: “¡Vaya si lo creo!… Cada paso que doy me causa dolor… cada movimiento brusco… y, con todo, he caminado kilómetros para buscarte… y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca… ¡Sí creo que puedes! Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya, porque todo lo que es de Ti es santo, ¡oh Santo de Dios!”. El pobrecito resopla como un fuelle por el esfuerzo que ha hecho al hablar. La mujer mira a su marido y a Jesús, y llora. Jesús los mira y sonríe. Luego se vuelve y pregunta: “Tú, anciano escriba, (se dirige al viejo tembloroso que fue el primero en hablar) respóndeme: ¿me es lícito curar en sábado?”. El escriba contesta sin dudar: “En sábado no es lícito hacer obra alguna”. Jesús: “¿Ni siquiera salvar a alguien de la desesperación? No es un trabajo manual”. Escriba: “El sábado está consagrado al Señor”. Jesús: “¿Qué mejor obra puede haber que hacer que un hijo de Dios diga al Padre: «Te amo y te alabo porque me has curado»?”. Escriba: “Debe hacerlo aunque sea infeliz”. ■ Jesús: “Cananías ¿sabes que en este momento tu bosque más bello está ardiendo y que toda la ladera del Hermón resplandece en medio de purpúreas llamas?”. El viejo salta como si lo hubiese mordido un áspid: “Maestro, ¿dices la verdad o estás bromeando?”. Jesús: “Digo la verdad. Lo veo y lo sé”. Cananías: “¡Oh desgraciado de mí! ¡Mi mejor bosque! ¡Millares de siclos en ceniza! ¡Maldición! ¡Malditos los perros que le pusieron fuego! ¡Que ardan sus entrañas como mi bosque!”. El viejo está desesperado. Jesús: “¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas! ¿Por qué no alabas al Señor en esta desventura? Este hombre pierde no árboles, que renacen, sino la vida y el pan de sus hijos, y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das. Así pues, escriba ¿no me es lícito curar a este en sábado?”. Cananías: “¡Malditos seáis, Tú y él y el sábado! Tengo otras cosas más graves en que pensar…” y dando un empujón a Jesús que le había puesto una mano en el brazo, sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz de vejete, ordenando que le traigan su carro. ■ Jesús, clavando su mirada en los demás, pregunta: “¿Y ahora? Contestad ahora vosotros. ¿Es lícito o no?”. Ninguna respuesta. Eleazar baja la cabeza. Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos, sobrecogido por el hielo que reina en la sala. Jesús dice: “Hablaré Yo pues”. Imponente es su voz, su presencia, como cada vez que va a hacer un milagro. “Voy a hablar Yo. Hablo: hombre, sea como crees. Estás curado. Alaba al Eterno. ¡Vete en paz!”. El hombre se queda desorientado. Tal vez pensaba que iba a volverse de golpe esbelto, como tiempos atrás. Y le da la impresión de no haber sido curado. Pero… a saber lo que siente… Da un grito de alegría, y se echa a los pies de Jesús y se los besa. Jesús: “¡Vete! Sé siempre bueno. ¡Adiós!”. Sale el hombre seguido de su mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.
.    ● No observar la Ley y decirse amigo de Jesús: son incompatibles. Duro reproche a Ismael por los dos huerfanitos abandonados y recogidos por Jesús (y dados en adopción a Juana de Cusa) .- ■ Dice Ismael: “Pero, Maestro… ¡en mi casa!… ¡en día de sábado!…”. Jesús: “¿No lo apruebas? Lo sé, y por eso he venido. ¿Eres tú un amigo? ¡No! Eres enemigo mío. No eres sincero ni para conmigo ni para con Dios”. Ismael: “¿Ahora me vas a ofender?”. Jesús: “No. Digo la verdad. Dijiste que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana porque no es de su propiedad. Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad. Eran hijos de dos de tus siervos fieles tuyos, que murieron trabajando para ti, uno con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga que tenía que soportar por servirte, como la exigías para no despedirla. La dijiste: «Contraté a dos personas para el campo, y para tenerte exijo que hagas el trabajo tuyo y el del muerto». Y ella trabajó y murió con un hijo en el vientre. Y para ella no hubo la piedad que se tiene con la bestia encinta. ¿Dónde están ahora esos dos niños?”. Ismael: “No lo sé… desaparecieron un día”. Jesús: “¡No mientas ahora! Basta con haber sido cruel. No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados, a pesar de su total carencia de obras serviles. ¿Dónde están esos niños?”. Ismael: “No lo sé. No sé en verdad. ¡Créemelo!”. Jesús: “Yo lo sé. Los encontré una noche fría, lluviosa, oscura de noviembre. Los encontré muertos de hambre, temblando de frío, cerca de una casa, como a dos perritos en busca de un pedazo de pan… Maldecidos y arrojados por quien tenía menos entrañas que un perro verdadero. Porque un perro habría tenido compasión de esos dos huerfanitos. Y ni tú ni aquel hombre (5) la tuvisteis. ¿Ya no te servían sus padres, verdad? ¡Habían muerto! Los muertos solo lloran, en sus sepulcros, oyendo los sollozos de sus infelices hijos de que los demás no se ocupan. Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios y dicen: «¡Señor, vénganos porque el mundo aplasta cuando no le es posible seguir explotando!». ¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad? Apenas si la niña podía servirte para recoger las espigas… Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían a su padre y a su madre. Podían haber muerto de hambre y de frío como dos perros en un camino de carros. Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta. Porque el hambre arrastra al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba? ■ Hace poco citaste la Ley para apoyo de tus teorías. ¿Es que acaso la Ley no dice: «No haréis daño a la viuda y al huérfano. Porque si lo hacéis y elevan su voz a Mí, escucharé su grito, y mi furor se desencadenará, y os exterminaré con la espada, y vuestras mujeres quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos»? (6). ¿No dice así la Ley? ¿Entonces por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás? ¿Entonces por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo? ¿Quieres ser amigo mío? ¿Y entonces por qué haces lo contrario de lo que digo? Uno de vosotros, va corriendo a más no poder, arrancándose los cabellos, por la destrucción de su bosque. ¡Pero no se los arranca ante la ruina de su corazón! ¿Y tú a qué esperas para hacerlo? ¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte puso en alto? Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿por qué no tratáis de serlo en todo? Me odiáis porque os descubro las llagas. Soy el médico de vuestros corazones. ¿Puede un médico curar si no descubre la llaga y la limpia? ¿No sabéis que muchos —y esa mujer que ha salido es uno de ellos— merecen, a pesar de su pobre apariencia, el primer lugar en el banquete de Dios? No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale. Dios os ve desde lo alto de su trono. Y os juzga. ¡A cuántos mejores que vosotros está viendo!”.
* Invitación a la modestia: No escoger primeros puestos ni en la vida (banquetes) ni en vuestro desposorio secreto con Dios. Él escoge.- Sobre la elección de los invitadosno invitar a ricos, a parientes… sino a pobres… .-Jesús prosigue: “Por tanto, escuchad. Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas escoged siempre el último lugar. Recibiréis doble honor cuando el dueño os diga: «Amigo, acércate». Honor de méritos, honra de humildad. Mientras… ¡triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia y oír que le dicen: «Vete allá, al final, que aquí hay uno más digno que tú!». Y haced lo mismo en el desposorio secreto de vuestro espíritu con Dios. Quien se humilla será ensalzado, y quien se ensalza será humillado. Ismael, no me odies porque te curo. Yo no te odio. Vine a curarte. Estás más enfermo que aquel hombre. Me invitaste para honrarte a ti mismo y satisfacer a tus amigos. Invitas frecuentemente, pero es por soberbia y gusto. No lo hagas. ■ No invites a ricos, a parientes, a amigos. Abre, más bien, la casa, abre tu corazón, a los pobres, a los mendigos, a los lisiados, cojos, huérfanos, viudas. No te darán en cambio más que bendiciones. Pero Dios las transformará para ti en gracias. ■ Y al fin… ¡oh, al final, qué suerte tan feliz espera a todos los misericordiosos a quienes Dios recompensará en la resurrección de los muertos! ¡Ay de los que buscan solo una esperanza de ganancia, y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil! ¡Ay de ellos! Tomaré en mis manos la venganza de los abandonados”. Ismael: “Maestro… yo… yo quiero complacerte. Tomaré a esos niños”. Jesús: “No”. Ismael: ¿Por qué?”. Jesús: “¡Ismael!…”. Ismael baja la cabeza. Quiere aparentar humildad. Pero es una víbora a quien se le ha exprimido el veneno y si no muerde es porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…
* Parábola de los invitados a una boda, que se excusan.- “El puesto en la gran Cena es para esos humildes, grandes en su amor, que todo lo superan por Mí”.- ■ Eleazar trata de hacer la paz diciendo: “Bienaventurados los que toman parte en el banquete con Dios, en su espíritu y en el Reino eterno. Pero créeme, Maestro, a veces es la vida que supone un obstáculo. Los cargos… las ocupaciones…”. ■ Jesús dice en este lugar la parábola del banquete y concluye: “Los cargos… Las ocupaciones has dicho. Es verdad. Pero por esto al principio del banquete te dije que mi Reino se conquista con victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla. El puesto en la gran Cena está reservado para estos humildes de corazón que saben ser grandes con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera por venir a Mí. ■ Basta una hora para cambiar un corazón. Si ese corazón quiere. Y basta una palabra. Yo os he dicho muchas. Y miro… en un corazón está naciendo una planta santa. En los otros espinas para Mí, y dentro de las espinas hay serpientes y escorpiones. No importa. Yo continúo por mi camino recto. Quien me ame que me siga. Yo paso llamando. Los que sean rectos vengan a Mí. Paso instruyendo. Los que buscan la justicia que se acerquen a la Fuente. Respecto a los otros… respecto a los otros los juzgará el Padre eterno. Ismael te agradezco todo. No me odies. Medita. Recuerda que fui severo por amor, no por odio. Paz a esta casa y a sus moradores. Paz a todos si la merecéis”. (Escrito el 11 de Septiembre de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Lc.  14,1-6.  La curación del hidrópico.   2  Nota  : Cfr. Lc. 14,7-11. Es una invitación a la modestia.   3  Nota  : Cfr. Lc. 14,12-14.  Sobre la elección de los invitados.   4  Nota  : Cfr. Lc. 14,15-24.  La parábola de los invitados a la boda,  que se excusan.   5  Nota  : Se trata del campesino Jacob. Cfr. Episodio 5-298-12.   6  Nota  : Cfr. Éx. 22,22-24.
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(<En el camino de Sefet, junto al punto convenido, todos los apóstoles se han reunido con Jesús. Siguiendo un turno, todos refieren sus impresiones sobre los lugares evangelizados. Incluso hicieron milagros, excepto Judas Iscariote, que, avergonzado, lo confiesa. De todas formas, algunos lugares han sido reacios a la Buena Nueva>)
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5-338-249 (6-26-162).- Parábola del buen labrador y la higuera sin frutos (1).- Iscariote manifiesta a Jesús: “Por tu culpa no tengo más poder”.- Judas, con cara de odio y miedo, blasfema.
* La parábola y su conclusión: la higuera no dio fruto y fue cortada. Pero el labrador no tuvo ninguna culpa.- ■ Tomás dice: “Son tan pocos los que creen en Ti en Corozaín, que… yo no me ocuparía más de ese lugar. Tú lo has dicho: «Es imposible de labrar»”. Jesús: “Una cosa es la resina y otra los corazones. Algo permanecerá, como semilla hundida bajo muchas glebas muy compactas. Tardará en nacer, pero, al final, nacerá. Lo mismo Corozaín. Un día nacerá lo que he sembrado. No hay que desmoralizarse ante las primeras derrotas. ■ Oíd esta parábola. Podría ser titulada: «La parábola del buen labrador». Un hombre rico tenía una viña grande y hermosa. En ella había también higueras de diversas calidades. Un siervo suyo cuidaba la viña. Era un experto viñador y podador, que cumplía con su deber con amor a su patrón y a las plantas. Todos los años, el rico, cuando era la estación, iba a su viña para ver cómo maduraban los frutos y comer de ellos con sus propias manos. Un día se dirigió a una higuera que era de una calidad óptima. No había otro árbol igual en su viña. También aquella vez, como en los dos años anteriores, la vio cargada de hojas pero sin fruto. Llamó al viñador y le dijo: «Hace tres años que vengo buscando frutos en esta higuera y no encuentro sino hojas. Es claro que el árbol no ha terminado de dar frutos. Córtalo, pues. Es inútil que siga ocupando lugar y ocupando tu tiempo, para después no dar nada. ¡Córtalo! ¡Échalo al fuego!, arranca todas sus raíces, y en el lugar suyo planta un árbol nuevo. Dentro de algunos años dará fruto». El viñador, que era paciente y amaba el árbol, respondió: «Tienes razón. Pero déjame un año más. No lo cortaré. Es más, con mayor cuidado aún, le cavaré el suelo a su alrededor, lo abonaré, y lo podaré. ¡Quién sabe, a lo mejor da todavía fruto! Si después de esta prueba no da fruto, cumpliré con tu deseo y lo cortaré».  Corozaín es la higuera que no da frutos. Yo soy el buen Labrador. El rico impaciente sois vosotros. Dejad actuar al buen Labrador”. ■  Zelote dice: “Está bien. Pero tu parábola no ha concluido. ¿Dio la higuera al año siguiente frutos?”. Jesús: “No dio fruto y fue cortada. Pero el labrador no tuvo ninguna culpa en que se hubiera cortado un árbol que todavía era joven y robusto, porque había hecho todo su deber. Igualmente Yo quiero que no se me culpe de nada porque se ponga el hacha al tronco y se corte de mi viña a aquellas plantas estériles y venenosas, nidos de sierpes, parásitos que destruyen o hacen daño a los condiscípulos; o bien que entran sin haber sido llamados, reptando con sus malignas raíces para proliferar en mi viña, rebeldes a todo injerto, venidos solo para espiar, menoscabar y hacer estéril mi campo. Cortaré a estos tales cuando todo haya sido intentado para convertirlos. Por ahora, antes de levantar el hacha, alzo las tijeras y el cuchillo del podador; corto ramas e injerto… ¡Oh, será un trabajo duro, tanto para Mí, que lo hago, como para los que lo sufran. Pero hay que hacerlo. Para que se pueda decir en el Cielo: «Él ha cumplido todo. Pero ellos, cuanto más los ha podado, cuanto más ha injertado o removido la tierra de alrededor o abonado, con sudor y lágrimas, fatiga y sangre, ellos se han hecho cada vez más estériles y malos…». Bueno, hemos llegado al pueblo. Id todos adelante y pedid alojamiento, menos Judas de Keriot que se queda conmigo”.
*  Judas culpa a Jesús de haberle quitado el poder de hacer milagros y le manifiesta la atracción, repugnancia y miedo que siente hacia Él.- “Judas, en ti vive el rencor como si Dios fuese el culpable”. Horrible blasfemia de Judas.- ■ Se quedan solos y en la sombra del atardecer caminan juntos, sumidos en el mayor silencio. Finalmente, como si hablara consigo mismo, dice Jesús: “Y sin embargo, aunque se haya caído en desgracia de Dios, por haber infringido su Ley, siempre podemos volver a ser lo que éramos antes, renunciando al pecado…”.  Judas no hace comentario. Continúa Jesús: “Y si hemos comprendido que no podemos seguir recibiendo de Dios el poder, porque Dios no está donde está Satanás, con facilidad se puede solucionar, prefiriendo lo que Dios concede a lo que quiere nuestra soberbia”. Judas no habla. Jesús —y están ya cerca de las primeras casas del pueblo— como si continuara hablando consigo mismo, dice: “Y pensar que he sufrido áspera penitencia para que él vuelva en sí y regrese al Padre suyo…”. Judas tiene un sobresalto, levanta la cabeza, le mira… pero no dice nada. También Jesús le mira… luego pregunta: “Judas ¿a quién estoy hablando?”. Iscariote:  “A mí, Maestro. Por tu culpa no tengo más poder. Me lo has quitado para aumentar el de Juan, el de Simón, el de Santiago, el de todos. ¡No me amas, en una palabra! Terminaré por no amarte y por maldecir la hora en que te amé, arruinándome ante los ojos del mundo por causa de un rey imbécil que se deja supeditar incluso por la plebe. No esperaba esto de Ti”. Jesús: “Ni tampoco Yo de ti. Pero no te he engañado. Nunca te he forzado. ■ ¿Por qué te has quedado a mi lado?”. Iscariote: “Porque te amo. No puedo ya separarme de Ti. Me atraes y me causas repugnancia. Te necesito como necesito el aire para respirar y… me causas miedo. ¡Ay, soy un maldito! ¡Estoy condenado! ¿Por qué no me arrojas el demonio, Tú que puedes?”. La cara  de Judas está amarilla, descompuesta, enloquecida, pintada de miedo, de odio… Se parece muy remotamente a la cara que tendrá el viernes santo. El rostro de Jesús se parece al que tendrá después de la flagelación, que, sentado en el patio del Pretorio sobre la cubeta boca abajo, miraba con una compasión amorosa a los que se burlaban de Él. Dice y parece como si escapara un sollozo de su voz: “Porque no hay arrepentimiento en ti, sino que vive en ti el rencor contra Dios, como si Él fuera el culpable de tu pecado”. Judas entre dientes pronuncia una horrible blasfemia… ■ Los discípulos dicen: “Maestro, hemos encontrado alojo. Cinco en un lugar, tres en otro, dos en otro y uno y uno en otros dos. No hubo otro medio mejor”. Jesús dice: “Está bien. Yo voy con Judas de Keriot”. Iscariote: “No. Prefiero estar solo. No me siento bien. No te dejaría descansar”. Jesús: “Como quieras… Entonces iré con Bartolomé. Vosotros haced lo que mejor os plazca. Entre tanto vayamos a donde hay más sitio para poder cenar juntos”. (Escrito el 22 de Noviembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Lc. 13,6-9.
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5-352-339 (6-40-246).- Los apóstoles discuten su primacía.- Parábola del pastor y las ovejas para el pequeño Benjamín (1).- La suerte del cordero fiel.- “En el amor está la fuerza para ser grandes y en la obediencia por amor la fuerza para entrar en el Reino”.
* Discusión entre apóstoles acerca de los propios méritos.- ■ Veo a Jesús que camina por un camino, seguido y rodeado de apóstoles y discípulos. El lago de Galilea luce allá, a los lejos, tranquilo, azul, bajo un hermoso sol primaveral, u otoñal, porque ciertamente el sol no es tan fuerte como el del verano. Pero me inclinaría a pensar que es primavera, porque el ambiente es fresco, sin esos tonos que se ven en el otoño. Parece que, como ya es tarde, Jesús se esté retirando a la casa que le hospeda; parece que se dirige, por tanto, al pueblo que se ve ya aparecer. Jesús, como hace frecuentemente, va unos cuantos pasos delante de los discípulos; dos o tres, no más: lo suficiente como para poder aislarse en sus pensamientos, necesitado de silencio después de un día de evangelización. Camina absorto, llevando en la mano derecha una ramita verde, con la que pega ligeramente las hierbas de la vera del camino. ■ Por el contrario, los discípulos, detrás de Él van hablando animadamente. Traen a colación los sucesos del día y nos les pesa hablar de los defectos de los demás y de sus malas acciones. Todos, más o menos, critican el hecho de que los de la recaudación de los tributos del Templo hayan querido que Jesús les pagara. Pedro, siempre exaltado, dice que para él es un sacrilegio, porque el Mesías no está obligado a pagar el tributo: “Y no es justo. Y si lo que pasa es que no creen que es el Mesías, pues entonces es un sacrilegio”. Jesús se vuelve un momento y dice: “¡Simón, Simón, habrá muchos que dudarán de Mí! ¡Aun entre los que creen que su fe es segura, que jamás caerá! No juzgues a tus hermanos, Simón. Júzgate primero a ti mismo”. Judas, con una sonrisa irónica dice al humillado Pedro, que ha bajado la cabeza: “Ésta es para ti. Por ser el más anciano, quieres hacerla siempre de maestro. ¿Quién ha dicho que a uno le juzguen los méritos por la edad? Entre nosotros hay quien es superior a ti en el saber y en influencias sociales”. ■ Se enciende una discusión acerca de los propios méritos: quién se jacta de ser uno de los primeros discípulos, quién dice que por seguir a Jesús dejó un puesto de importancia, y quién sostiene que nadie como él tiene tantos derechos como él porque nadie se ha convertido tanto a sí mismo como él al pasar de publicano a discípulo. La discusión se alarga, y, si no temiera ofender a los apóstoles, diría que se ha convertido en una verdadera riña. Jesús sigue en su meditación y parece no oír nada. Llegan a las primeras casas del pueblo, que sé que es Cafarnaúm. Jesús continúa y los otros detrás discutiendo todavía. ■ Un niño pequeño, de unos siete u ocho años, viene tras de Jesús corriendo y dando brincos. Adelanta al grupo vocinglero de los apóstoles. Es un hermoso niño de cabellos castaño-oscuros, enrizados, cortos. Tiene dos ojitos negros, inteligentes clavados en su carita morena. Llama con firmeza al Maestro como si le conociese bien. Pregunta: “Jesús, ¿me permites que vaya contigo hasta tu casa?”. Jesús, sonriendo, le pregunta: “¿Lo sabe tu mamá?”. Niño: “Lo sabe”. Jesús, aunque sigue sonriendo, mira con una mirada penetrante: “¿De veras?”. Niño: “¡Sí, Jesús! ¡De veras!”. Jesús: “Entonces, ven”. El niño salta de alegría. Toma la mano izquierda que Jesús le tiende. ¡Con qué cariño el niño pone su manita morena en la larga mano del Señor! ¡Quisiera tener igual dicha!
* Parábola del pastor que compra ovejas y corderos abandonados por pastores poco buenos para llevarlas a su reino. Todas le abandonan. Solo un cordero no se separó jamás porque a cada balido decía al pastor: te amo. Cuando llegaron a las puertas de su reino quedaban dos: el pastor y el cordero fiel.- ■ El niño que no deja de saltar de gusto y le mira con una carita llena de regocijo, dice: “Cuéntame una bonita parábola, Jesús”. También Jesús le mira con una alegre sonrisa que le entreabre la boca sombreada por el bigote y por la barba rubio-roja, que el sol enciende como si fuera de oro; los ojos de zafiro-oscuro le ríen de alegría mientras mira al niño y le pregunta: “¿Para qué quieres la parábola? No es un juego”. Niño: “Es más bonita que un juego. Cuando me voy a dormir pienso en ella y la sueño y al día siguiente la recuerdo, y me la repito para mis adentros para ser bueno. Me hace ser bueno”. Jesús: “¿La recuerdas?”. Niño: “Sí. ¿Quieres que te diga todas las que me has dicho?”. Jesús: “Eres bueno, Benjamín, más que los hombres, que olvidan. Como premio te diré una parábola”. Benjamín deja de saltar. Camina serio, como si fuera un adulto. No pierde ni una palabra, sin preocuparse por dónde camina. ■ “Un buen pastor, habiendo venido a saber que en cierto lugar había muchas ovejas abandonadas por pastores poco buenos, y que corrían peligro por los caminos malos en pastos nocivos, y que se acercaban cada vez más a precipicios, llegó a ese lugar, y, sacrificando todo lo que poseía, compró esas ovejas y corderos. Quería llevarlos a su reino, porque ese pastor era también rey, como lo han sido muchos reyes en Israel. En su reino, esas ovejas y esos corderos encontrarían buenos pastos, agua fresca, pura, caminos seguros y refugios invulnerables contra ladrones y lobos feroces. Por eso, el pastor reunió a sus ovejas y corderos y les dijo: «He venido a salvaros, a llevaros donde no sufriréis más, donde no conoceréis peligros ni dolor. Amadme, seguidme porque Yo os amo mucho, y por teneros me he sacrificado en todos los modos. Pero, si me amáis, mi sacrificio no me pesará. Seguidme. Vamos». El pastor, delante, las ovejas detrás, tomaron el camino que conducía el reino de la alegría. ■ A cada paso el pastor se volvía para ver si le seguían; para exhortar a las cansadas, dar fuerzas a las desanimadas, socorrer a las enfermas, acariciar a los corderos (2). ¡Cuánto las amaba! Les daba su pan y su sal, y era el primero en probar el agua de las fuentes, para saber si era sana y la bendecía para hacerla santa. Pero, ¿vas a creerlo, Benjamín?, las ovejas, pasado un tiempo, empezaron a cansarse. Primero una, luego dos, luego diez, luego cien, se quedaron atrás masticando las hierbas hasta llenarse y no poder caminar; luego se echaron, cansadas y tiradas en el polvo, en el fango. Otras se asomaban a precipicios, pese a que el pastor les dijera: «¡No lo hagáis!»; y algunas, dado que él se ponía donde había mayor peligro para impedirles que vayan a esos sitios, llegaron a embestirle y trataron de despeñarle más de una vez. De este modo, muchas terminaron sus vidas en los precipicios y murieron miserablemente. Otras se pelearon entre sí con toda su furia y se mataron unas a otras. Solo un cordero no se separó jamás. Corría, balando, y con su balido decía al buen pastor: «Te amo». Corría detrás de él y cuando llegaron a las puertas de su reino, solo quedaban ellos dos: el pastor y el corderito fiel. Entonces el pastor no dijo: «entra», sino dijo: «ven» y le tomó en brazos, le estrechó contra su pecho y le llevó adentro; luego le presentó ante sus súbditos, diciéndoles: «Mirad, éste me ha amado. Quiero que esté eternamente conmigo. Vosotros amadle, porque es el predilecto de mi corazón». ■ La parábola ha terminado, Benjamín. ¿Me puedes decir quién era el buen pastor?”. Benjamín: “Tú, Jesús”. Jesús: “¿Y quién el corderito?”. Benjamín: “Soy yo, Jesús”. Jesús: “Pero Yo ahora me voy a marchar y tú te olvidarás de Mí”. Benjamín: “No, Jesús. No te olvidaré, porque te amo”. Jesús: “El amor se te acabará cuando ya no me veas más”. Benjamín: “Me repetiré en el corazón las palabras que me has dicho y será como si estuvieras presente. Te voy a querer y a obedecer así. ¿Y Tú, Jesús, dime: te acordarás de Benjamín?”. Jesús: “Siempre”. Benjamín: “¿Cómo lo harás para acordarte?”. Jesús: “Me repetiré a mí mismo que me has prometido amarme y obedecerme, y así me acordaré de ti”. Benjamín: “¿Y me darás tu Reino?”. Jesús: “Si eres bueno, sí”. Benjamín: “Seré bueno”. Jesús: “¿Cómo lo lograrás? La vida es larga”. Benjamín: “Pero también tus palabras son muy buenas. Si me las repito y luego hago lo que tus palabras me dicen que hay que hacer, me conservaré bueno toda la vida. Y lo haré porque te amo. Cuando se ama, no cuesta ser bueno. A mí no me cuesta obedecer a mamá, porque la quiero mucho. Y no me costará obedecerte, porque te amo mucho”. Jesús se detiene y mira a esta carita encendida por el amor más que por el sol. La alegría de Jesús es tan viva que parece que otro sol se ha encendido en su alma e irradia sus resplandores a través de sus pupilas. Se inclina y besa en la frente al niño.
* Este niño está más en la verdad que vosotros que habláis de méritos y puestos. Su inocencia le da la llave de abrir las puertas de mi Reino: el amor y la obediencia”.- ■ Jesús se ha detenido ante una casa modesta con un pozo delante. Después Jesús va a sentarse junto al pozo y allí se juntan sus discípulos que todavía siguen midiendo sus respectivas prerrogativas. Jesús les mira. Luego les convoca: “Acercaos a mi alrededor y escuchad la última enseñanza del día, vosotros que os hacéis roncos celebrando vuestros méritos y pensando que conseguiréis un puesto según la medida de ellos ¿Veis ese niño? Está en la verdad más que vosotros. Su inocencia le da la llave de abrir las puertas de mi Reino. Ha comprendido en medio de su sencillez infantil, que en el amor está la fuerza para llegar a ser grandes, y en la obediencia realizada por amor la fuerza para entrar en mi Reino. ■ Sed sencillos, humildes, amorosos no solo para conmigo, sino entre vosotros mismos. Obedeced mis palabras, todas, aun éstas, si queréis llegar a donde entrarán estos inocentes. Aprended de los pequeños. El Padre les revela la verdad, como no lo hace con los sabios”. Jesús ha hablado teniendo contra sus rodillas, de pie, a Benjamín, y tiene apoyadas en los hombros del niño sus manos. El rostro de Jesús es majestuoso. Está serio; no enojado, pero sí serio. Verdaderamente como Maestro. El último rayo de sol le acaricia su rubia cabellera. La visión termina aquí, dejándome llena de dulzura en medio de mis dolores. (Escrito el 7 de Marzo de 1944).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 18,1-2;  18,11-14 ;  Lc. 9,46-47.   2  Nota  : Hermosa figura del  buen Pastor divino,  como lo describieron los profetas. Cfr. Jer. 23,1-6; Ez. 34; Zac. 11, 4-17; 13,7-9.
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(<Continúa la visión anterior>)
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5-352-343 (6-40-249).- Lección sobre quién es el más grande en el Reino de los Cielos. Los pequeñuelos y el escándalo. “Si vuestro pie, mano, ojo es causa de escándalo…” (1).
* “Tenéis una obsesión: ser el primero en el Reino de los Cielos; una curiosidad: saber quién será el primero. Un peligro: el deseo de oírse responder: «Tú eres el primero en el Reino de los Cielos»”.- ■ Así pues, los discípulos no han podido entrar en la casa. Es natural. Por el número y por el respeto. Nunca lo hacen, si no es por invitación del Maestro a todos o algunos en particular. Observo siempre un gran respeto, una gran discreción, a pesar de la afabilidad del Maestro y la ya duradera familiaridad con Él. Incluso Isaac (2), (del que podría decir que es el primero del número de los discípulos), no se permite jamás la libertad de acercarse a Jesús si una sonrisa, al menos una sonrisa del Maestro, no le llama. ■ Los discípulos se han esparcido por la ribera del lago a comprar pescado para la cena, pan y todo lo necesario. Vuelve Santiago de Zebedeo y llama al Maestro, que está sentado en la terraza con Juan, que se ha puesto a sus pies… Jesús se levanta y se asoma por el guardalado. Santiago dice: “¡Cuánto pescado, Maestro! Mi padre dice que seas bendito por haber venido. Mira, esto es para nosotros”. Y enseña un cesto de pescados, que parecen de plata. Jesús: “Dios le pague su generosidad. Preparadlos. Después de la cena iremos a la orilla con los discípulos”. Y así lo hacen. La noche pone negro el lago, en espera de la luna, que se levanta ahora tarde. Más que vérsele, se le oye rebotar contra las piedras de la orilla. Solo las bellísimas estrellas del oriente juguetean en las aguas tranquilas. Se sientan alrededor de una barca que han puesto boca abajo, y sobre la que se ha sentado Jesús. Apenas si logran iluminar las caras los pequeños faroles de las barcas que han traído al centro del círculo. Una lámpara puesta a los pies de Jesús ilumina completamente su rostro. Así todos pueden verle. ■Al principio es una conversación sencilla, familiar. Pero poco a poco Jesús le da un giro y adquiere el tono de una lección. Es más, lo dice claramente: “Escuchad. Dentro de poco nos vamos a separar y quiero adoctrinaros para que os forméis mejor. Hoy os he oído disputar, y no siempre con caridad. A los mayores de entre vosotros les he dado ya la lección. Pero quiero dárosla a vosotros también. No les vendrá tampoco mal a éstos, mayores que vosotros, oírla repetir. El pequeño Benjamín no está aquí apoyado contra mis rodillas. Está durmiendo en su camita soñando sus sueños inocentes. Tal vez su cándida alma está aquí entre nosotros. Imaginaos que él, o cualquier otro niño, estuviera aquí para ejemplo vuestro. ■ Vosotros, en vuestro corazón, tenéis todos una obsesión que os preocupa, una curiosidad, un peligro. La obsesión: ser el primero en el Reino de los Cielos. La curiosidad: saber quién será el primero. Y, en fin, el peligro: el deseo, siempre humano, de oírse responder: «Tú eres el primero en el Reino de los Cielos», o bien de los compañeros con un sentido de aprobación, o bien y sobre todo del Maestro, que sabéis que conoce la verdad y el porvenir. ¿No es así? Las preguntas tiemblan en vuestros labios y viven en el fondo del corazón. El Maestro, mirando a vuestro bien, quiere satisfacer esta curiosidad, aun cuando a Él no le agrade ceder a la curiosidad humana. Vuestro Maestro no es un charlatán al que se le consulta por dos céntimos en medio del bullicio de un mercado; no tiene el espíritu pitónico que le procura dinero con el oficio de adivino, para satisfacer las restringidas mentes del hombre, que quiere conocer el futuro «para saberse guiar». El hombre no se puede guiar por sí solo. Dios le guía, ¡si el hombre tiene fe en Él! De nada sirve el conocer, o creer que se conoce el futuro, si luego no se tienen los medios para la realización de ese futuro profetizado. Solo hay un medio: la oración al Padre y Señor para que por su misericordia nos ayude. En verdad os digo que la oración confiada puede transformar un castigo en bendición. Pero quien recurre a los hombres para intentar, como hombre y con los medios de los hombres, desviar el futuro no sabe orar, o sabe orar muy mal. Yo, esta vez, dado que esta curiosidad puede daros una buena enseñanza, le doy la respuesta, aunque aborrezco las preguntas dictadas por la curiosidad e irrespetuosas”.
* “¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos? Aquél que es el más pequeño entre los hombres (el humilde, confiado, que sabe construirse de nuevo un alma de niño)… Haceos como los niños si queréis entrar en mi Reino. Amad a los niños como al ejemplo angélico que todavía podéis tener…”.-Jesús: “Vosotros habéis hecho la pregunta:«¿Quién de entre nosotros es el mayor en el Reino de los Cielos?». No quiero hablar sobre el término «entre nosotros»; quiero que lo que voy a decir sea para todos, presentes y futuros, y respondo: «El mayor en el Reino de los Cielos es el más pequeño entre los hombres». O sea, aquél que es considerado «mínimo» por los hombres. El sencillo, el humilde, el que no desconfía, el inexperto. Por tanto, el niño, o aquel que sabe construirse de nuevo un alma de niño. No es la ciencia ni el poder ni la riqueza o la actividad (aunque sea buena) lo que os harán «el mayor» en el Reino bienaventurado, sino el ser como los pequeñuelos, en benevolencia, humildad, sencillez, fe. ■ Observad cómo me aman los niños. ¡Imitadlos!; cómo creen en Mí. ¡Imitadlos! Cómo ponen en práctica mis enseñanzas. ¡Imitadlos!; cómo no se ensoberbecen de lo que hacen. ¡Imitadlos, pues!; cómo no experimentan rivalidades contra Mí o contra los compañeros. ¡Imitadlos! En verdad os digo que si no cambiáis de manera de pensar, obrar y amar, reconstruyéndola según el modelo de los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Ellos saben, lo mismo que vosotros, lo esencial de mi doctrina. ¡Pero con qué diferencia practican lo que Yo enseño! Vosotros, a cada acto bueno que realizáis, pregonáis: «Lo he hecho yo»; el niño me dice: «Jesús, me he acordado hoy de Ti, y por Ti he obedecido, amado, no he peleado… y estoy contento porque Tú, lo sé, sabes cuándo soy bueno y te pones contento por ello». Observad también a los niños, cuando cometen alguna falta. Con qué humildad me confiesan: «Hoy he sido malo. Lo siento porque te he causado dolor». No buscan disculpas. Saben que Yo sé las cosas. Creen. Sienten dolor por mi dolor. ■ ¡Oh, amados de mi corazón, niños, en los cuales no hay soberbia, doblez, lujuria! Os digo: haceos como los niños si queréis entrar en mi Reino. Amad a los niños como al ejemplo angélico que todavía podéis tener. Porque como ángeles deberíais ser. Podríais decir para disculparos: «No vemos a los ángeles». Pero Dios os da a los niños por modelos, y los tenéis en medio de vosotros. Y si veis a un niño abandonado material y moralmente y que está en peligro de perecer, acogedle en mi Nombre, porque son los muy amados de Dios. Quien acoge a un niño en mi Nombre me acoge a Mí mismo, porque Yo estoy en el alma de los niños, que es inocente. Y quien me recibe a Mí, recibe a Aquel que me ha enviado, es decir, al Señor Altísimo.
* Guardaos de escandalizarlos. Sus ojos ven a Dios…”.-Jesús: “Y guardaos de escandalizar a uno de estos pequeños, cuyo ojo ve a Dios. No se debe dar jamás escándalo a nadie. Pero ¡ay!, ¡tres veces ay de aquel que desflore su candor inocente! Dejadlos ángeles, lo más que podáis. ¡Demasiado repugnante es el mundo y la carne para el alma que viene del Cielo! Y el niño, por su inocencia, es todavía todo alma. Tened respeto hacia el alma del niño, y a su propio cuerpo, como lo tenéis para con un lugar sagrado. También el niño es sagrado porque tiene a Dios dentro de sí. En cada cuerpo está el templo del Espíritu; pero el templo del niño es el más sagrado y profundo, está más allá del doble Velo sagrado. No mováis tan siquiera las cortinas de la sublime ignorancia de la concupiscencia con el viento de vuestras pasiones. ■ Y querría un niño en cada familia, en medio de cada grupo de personas, para que fuera freno de las pasiones de los hombres. El niño santifica, da fuerzas, frescura, con el solo rayo de sus ojos sin malicia. Pero ¡ay de aquellos que arrebatan santidad al niño con su manera de actuar escandalosa! ¡Ay de aquellos que con sus licencias hacen maliciosos a los niños! ¡Ay de aquellos que con sus palabras e ironías hieren la fe que tienen en Mí los niños! ¡Sería mejor que a todos éstos se les atara al cuello una piedra de molino y se les arrojara al mar para que se ahogaran junto con su escándalo! ¡Ay del mundo por los escándalos que da a los inocentes! Porque, si es inevitable que sucedan escándalos, ¡ay del hombre que los provoca!”.
* Si vuestra mano, pie, ojo… os escandalizan, es mejor cortarlos. Es mejor que entréis mancos, cojos o ciegos en la Vida que… No despreciéis ni escandalicéis a los pequeños. Valen más que vosotros porque sus ángeles ven siempre a Dios que les dice las verdades que deben revelar a los niños y a los que son como niños”.-Jesús: “Nadie tiene derecho de hacer violencia a su cuerpo ni a su vida, porque vida y cuerpo nos vienen de Dios y solamente Él tiene derecho a tomar o partes o el todo. Pero Yo os digo que si vuestra mano os escandaliza es mejor que os la cortéis, que si vuestro pie os conduce a dar escándalo, es mejor que lo cortéis. Es mejor para vosotros que entréis mancos o cojos en la Vida, que ser arrojados al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si no basta haber cortado un pie o una mano, haced que se os corten también la otra mano o el otro pie, para no escandalizar más y para tener tiempo de arrepentiros antes de ser arrojados a donde el fuego no se apaga, y cual gusano roe eternamente. Y, si es vuestro ojo el que es motivo de escándalo, sacáoslo: es mejor estar tuerto que estar en el Infierno con los dos: con un solo ojo, o incluso sin ojos, llegados al Cielo veríais la Luz, mientras con los dos ojos escandalosos solo tinieblas y horror veríais en el Infierno. Recordad todo esto. No despreciéis a los pequeños, ni los escandalicéis u os burléis de ellos. Valen más que vosotros porque sus ángeles ven siempre a Dios, que les dice las verdades que deben revelar a los niños y a los que tienen el corazón de niño. ■ Y vosotros como niños amaos los unos a los otros. Sin disputas, sin orgullo. Mantened la paz entre vosotros. Tened espíritu de paz con todos. Sed hermanos en el Nombre del Señor y no enemigos. No hay, no debe haber enemigos para los discípulos de Jesús. El único Enemigo es Satanás. De él sed acérrimos enemigos, bajando a la batalla contra él y contra los pecados que conducen a Satanás a los corazones. Nos os canséis de combatir el Mal, cualquiera que sea la forma que tomare”. (Escrito el 6 de Diciembre de 1945).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 18,3-5;  18,6-9;  18,10-10;  Mc. 9,33-37; 9, 42-48; Lc. 9,48-48; 17,1-2. 2  Nota  : Cfr.  Personajes de la  Obra  magna: Pastores de Belén. Isaac.
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5-352-348 (6-41-255).- El niño Benjamín fue fiel hasta la muerte.- La ciencia del amor para conquistar el Reino.
* “Lo que hace conquistar el Reino de los Cielos no es ser —ricos, doctos, audaces humanamente—, sino el serlo con la ciencia del amor, que hace a uno docto, rico, audaz sobrenaturalmente”.- ■ Jesús dice luego a sus apóstoles: “Lo que dije a mi pequeño discípulo, lo digo también a vosotros. El Reino es de los corderos fieles que me aman y me siguen sin perderse en lisonjas. Me aman hasta el final. Y os digo también a vosotros lo que dije a mis discípulos: «Aprended de los pequeños». Lo que hace conquistar el Reino de los Cielos no es el hecho de ser ricos, doctos, audaces. No es el serlo humanamente, sino el serlo con la ciencia del amor, que hace a uno docto, rico, audaz sobrenaturalmente: ¡Cuánto ilumina el amor para comprender la Verdad!, ¡cuán rico le hace a uno para adquirirla, cuán audaz para conquistarla!, ¡qué confianza inspira, qué seguridad! Haced lo que el pequeño Benjamín, mi florecita que me perfumó mi corazón aquella tarde y cubrió el olor de la humanidad que fermentaba en los discípulos; que le cantó una melodía angélica y cubrió el rumor de las disputas humanas. ■ ¿Quieres saber lo que pasó después a Benjamín? Siguió siendo el pequeño cordero del Mesías, y, muerto ya su Gran Pastor, porque había regresado al Cielo, se hizo discípulo del que más se me parecía, y de la mano de éste recibió el Bautismo y el nombre de Esteban, como el del primer mártir mío. Fue fiel hasta la muerte, y con él sus padres, a los que llevó a la fe atraídos por el ejemplo de su pequeño apóstol de la familia. ¿No es conocido? Son muchos los desconocidos de los hombres que son conocidos por Mí en mi Reino. Y esto les hace felices. La fama del mundo no añade ni un rayo de luz a la aureola de los bienaventurados”. (Escrito el 7 de Marzo de 1944).
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(<Jesús está en Betania, con sus apóstoles en círculo en torno a Él. Casi a sus pies está Lázaro en su litera. Su discurso, dirigido a aquellos que no quieren aceptar su Luz, acaba de ser rebatido por unos miembros del Sanedrín presentes en el lugar>)
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6-378-121 (7-68-456).- “El Reino de los Cielos es precisamente de estos niños inocentes” (1).
* “No impidáis nunca a los niños venir a Mí”.- ■ Y Jesús se inclina a acariciar a unos niños que poco a poco se han ido acercando a Él dejando a sus padres; algunas madres también se acercan, y lle­van a Jesús a los que todavía andan inseguramente o a los lactantes. Dicen las madres: “Bendice a nuestras criaturas, Tú, bendito, para que sean aman­tes de la Luz”. Y Jesús impone las manos bendiciendo. ■ Ello origina todo un mo­vimiento en la multitud. Todos los que tienen niños quieren la mis­ma bendición, y empujan y gritan para abrirse paso. Los apóstoles, en parte porque están nerviosos por las habituales conductas de los escribas y fariseos, en parte por compasión hacia Lázaro, en peligro de ser arrollado por la oleada de padres que conducen a los peque­ñuelos a la divina bendición, se inquietan, y llaman la atención a unos o a otros gritando, y rechazan a unos o a otros, especialmente a los niños pequeños que han llegado allí solos. Pero Jesús, dulce, amoroso, dice: “¡No, no! ¡No hagáis eso! No im­pidáis nunca a los niños venir a Mí, ni les impidáis a los padres tra­érmelos. El Reino es precisamente de estos inocentes. Ellos serán inocentes del gran Delito, y crecerán en mi Fe. Dejad, pues, que los consagre a ella. Los traen a Mí sus ángeles”. Jesús está ahora en medio de un grupo de niños mirándole arrobados, un grupo de caritas alzadas, con sus ojos inocentes, con sus boquitas sonrientes. (Escrito el 6 de febrero de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 19,13-15; Mc. 10,13-16; Lc. 18,15-17.
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(<Jesús se encuentra en las laderas de un monte dirigiendo la palabra a una multitud congregada. También hay un grupo de esenios. Uno de ellos arremete contra los fariseos que están “embadurnados de animalidad” a pesar de sus vestidos y de llamarse “los apartados”. Jesús apoya las palabras del esenio pues en verdad las vestiduras de los fariseos no corresponden a su santidad. Y termina con una llamada al arrepentimiento>)
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6-381-140 (7-71-473).- Reprensión a los fariseos (1).- La Ley y los profetas (2).- Divorcio-Adulterio (3)
* Reprensión a los fariseos.- ■ Jesús dice: “Arrepentíos. Venid al amor y a la paz. Dejad que el amor de Dios pueda derramarse sobre vosotros. Consolad este amor que sufre por vuestra resistencia, por vuestro miedo, por vuestros titubeos. Os lo ruego en nombre del Padre mío y vuestro. Venid a la Vida y a la Verdad, y conseguiréis la vida eterna”. Un hombre de la muchedumbre grita: “Yo soy rico y pecador. ¿Qué debo hacer para ir?”. Jesús: “Renuncia a todo por amor a Dios y por amor a tu alma”. Los fariseos murmuran y satirizan a Jesús como “vendedor de cosas ilusorias y de herejías”, como “pecador que pasa por santo”, y le advierten que los herejes son siempre herejes, y que eso son los esenios. Dicen que las conversiones repentinas no son sino exaltacio­nes momentáneas y que el impuro seguirá siéndolo siempre, el la­drón ladrón, el homicida homicida, para terminar diciendo que sólo ellos, que viven en santidad perfecta, tienen el derecho al Cielo y a predicar a los demás. ■ Jesús dice: “El día había empezado feliz. Una siembra de santidad caía en los corazo­nes. Mi amor, nutrido por el beso de Dios, daba a las semillas vida. El Hijo del hombre se sentía feliz de santificar… Vosotros me amar­gáis el día. Pero no importa. Yo os digo —y si no soy dulce la culpa es vuestra—, Yo os digo que sois de esos que se muestran justos, o tratan de hacerlo, a los ojos de los hombres, pero que no lo son. Dios conoce vuestros corazones. Lo que es grande a los ojos de los hom­bres es abominable ante la inmensidad y perfección de Dios”.
* “La Ley severa y los profetas amenazadores que me han anunciado, llegan hasta Juan. De Juan en adelante viene el Reino de Dios, el Reino del amor. Y digo a los humildes: «Entrad en él. Es para vosotros». Todos los que tienen buena voluntad se esfuerzan en entrar. Pero para los que no quieren golpearse el pecho y decir «He pecado», no habrá Reino. ¿Decís que cambio la Ley? No. No mintáis. Devuelvo a la Ley su primitiva forma, que vosotros habéis alterado. Porque es una Ley que durará cuanto dure la Tierra, y antes desaparecerán el cielo y la tie­rra que una de sus palabras”.-Jesús: “Voso­tros citáis la Ley antigua. ¿Por qué, entonces, no la vivís? Modificáis para ventaja vuestra la Ley, cargándola con pesos que os producen una ventaja. ¿Por qué, entonces, no dejáis que Yo la modifique en fa­vor de estos pequeños, quitándole todas las fórmulas y sutilezas car­gosas, inútiles, de los preceptos que habéis establecido vosotros, ta­les y tantos que la Ley esencial desaparece bajo ellos y muere ahoga­da? Yo siento compasión de estas turbas, de estas almas que buscan respiro en la Religión y encuentran un nudo corredizo; que buscan el amor y encuentran el terror… ■ No. ¡Venid, pequeños de Israel! ¡La Ley es amor! ¡Dios es amor! Esto digo a los que vosotros atemorizáis. La Ley severa y los profetas amenazadores que me han anunciado sin lograr mantener distancia­do el pecado, a pesar de los gritos de su profetismo angustioso, lle­gan hasta Juan. De Juan en adelante viene el Reino de Dios, el Reino del amor. Y digo a los humildes: «Entrad en él. Es para vosotros». Todos los que tienen buena voluntad se esfuerzan en entrar. Pero, para los que no quieren agachar la cabeza, golpearse el pecho, decir: «He pecado», no habrá Reino. Está escrito: «Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz» (4). ■ Esta tierra vio el prodigio de Eliseo, que hizo dulces las aguas amargas echando en ellas la sal (5). ¿Y Yo no echo la sal de la Sabiduría en vuestros corazones? ¿Y entonces por qué sois inferiores al agua y no cambiáis vuestro espíritu? Añadid a vuestras fórmulas mi sal y tendrán un nuevo sabor, porque devolverán a la Ley su fuerza primitiva. En vosotros, los más necesitados, antes que en ningún otro. ¿Decís que cambio la Ley? No. No mintáis. Devuelvo a la Ley su primitiva forma, que vosotros habéis alterado. Porque es una Ley que durará cuanto dure la Tierra, y antes desaparecerán el cielo y la tie­rra que una de sus palabras, uno de sus consejos, pase. Y si la cambiáis, por satisfacer vuestro gusto, y entráis en sutilezas buscando escapatorias a vuestras culpas, sabed que ello de nada os sirve. ¡De nada te sirve, Samuel! ¡De nada, Isaías!
* Divorcio-Adulterio. Jesús: “Perma­nentemente está escrito: «No cometas adulterio» (6). Yo completo: «Quien despide a su esposa para tomar otra es adúltero, y quien se casa con una mujer repudiada por su marido es adúltero, porque solo la muerte puede dividir lo que Dios ha unido». Pero las palabras duras son para los pecadores impenitentes. Los que han pecado, pero se afligen por haberlo hecho, sepan, crean que Dios es Bondad, y se acerquen a Aquel que ab­suelve, perdona y admite a la Vida. Salid de aquí con esta certeza. Esparcidla en los corazones. Predicad la misericordia que os da la paz bendiciéndoos en el nombre del Señor”. (Escrito el 10 de Febrero de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Lc.  16,14-15.   2  Nota  : Cfr. Lc. 16,16-17.   3  Nota  : Cfr.  Lc. 16,18-18.  4  Nota  : Cfr. Deut.  10,12-22.   5  Nota  : Cfr. 2  Rey. 2,19-22.  6  Nota  : Cfr. Ex. 20,14; Deut. 5,21.
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(<Jesús se encuentra en Yutta. Está rodeado de niños>)
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6-396-222 (———-).- “No derramo mi amor y mi poder de Dios sobre nadie con tanta alegría como sobre estos inocentes que os doy como modelo para entrar en el Reino de los Cielos”.- María Valtorta experimenta el contacto de la mano de Jesús.
* Jesús, rodeado de un enjambre de niños, arregla sus juguetes y cura a los enfermizos.- ■ Jesús está rodeado de una nidada de niños. Tiene niños delante, a los lados, detrás; entre las piernas. No puede moverse. Pero ríe en medio de esta barrera agitada y también un poco reñidora. Todos querrían el primer puesto y los amitos de casa no tienen intención de cederlo, cosa que da la manera a Jesús de ser maestro una vez más: “No hay que ser egoístas ni siquiera en el bien. Sé que me queréis, y me alegro por ello. Yo también os quiero, pero os querré más si ahora dejáis a los otros venir a Mí. Un poco para cada uno. Como buenos hermanos. Sois todos hermanos e iguales ante los ojos de Dios y ante los ojos míos. Todos iguales. Es más, los que son obedientes y amoro­sos para con sus compañeros son los más amados por Mí y por Dios”. ■ El enjambre, para mostrar que… es obediente y amoroso, se aleja de golpe. Son todos buenos (!). Jesús ríe. Pero luego vuelve otra vez el enjambre inocente; vuelve a despecho de las mamás, que no querrían tanta extralimitación imperti­nente, y a despecho, sobre todo, de los discípulos. Judas Iscariote es el más intransigente, Juan el menos (se ha sentado en la hierba y ríe él también, rodeado de niños). Pero Judas pone ojos amenazadores y gruñe. También Pedro se queja. Pero los niños, apiñados en torno a Jesús, no hacen caso. Miran desafiantes a los rezongadores y sólo el respeto a Jesús los contiene de hacer alguna mueca contra los dos. Se sienten protegidos por Je­sús, que ha abierto los brazos y ha arrimado hacia Sí a la mayor can­tidad de niños que ha podido: un ramo de flores vivas. ■ Hay algunos niños que enseñan a Jesús unos juguetes… rotos. Y Jesús, con un trocito de rama, pone de nuevo el eje a las ruedas de un carrito, y arregla (con una cuerdecita y el refuerzo de un palo) la pierna a un caballito de madera que le enseña un niño morenito. Hay unos pastorcitos que, dejado un momento el rebaño en el cami­no —ya cae la tarde—, se acercan a Jesús, que los acaricia y bendi­ce. Uno le trae una corderita herida, y Jesús, que no quiere que el patrón regañe a su pequeño amigo, detiene la sangre de la corderita y la devuelve. ■ Entra una mamá y se abre paso. Lleva en brazos a un niño céreo, enfermo. Está muy enfermo. Totalmente sin fuerzas sobre el pe­cho de su madre. Jesús, que ya ha tocado a otros niños enfermizos que le habían presentado las madres, abre los brazos y toma en sus piernas al casi muertecito. La madre implora llorando. Jesús la escucha y la mira. Luego mira a la pobre criaturita flaca y pálida. La acaricia y la besa, y la acuna un poco porque llora. El ni­ño, o niña —no distingo lo que es, porque tiene el pelito largo hasta las orejas— abre los ojos y mira a Jesús con una triste sonrisa. Je­sús le habla en voz baja. No entiendo lo que dice, porque lo dice susurrando. El enfermito sonríe otra vez. Jesús se lo devuelve a su mamá que está llorando, y la mira fija­mente con sus ojos dominadores: “Mujer, ten fe. Mañana por la ma­ñana, tu niño jugará junto con éstos. Ve en paz”. Y traza una señal de bendición en la carita de cera.
* Maestro, ¿qué hay en tu mano, que todo se arregla, o se cura, o cambia de aspecto, cuando uno la toca?”.- ■ Y aquí, ¡oh, Padre! Y aquí tengo la impresión de acercarme a mi Jesús y decirle: “Maestro, ¿qué hay en tu mano, que todo se arregla, o se cura, o cambia de aspecto, cuando uno la toca?”. Una pregunta muy tonta, verdaderamente. Pero a ella mi Jesús responde con divina bondad: “Nada, hija, aparte del fluido de mi inmenso amor. Mira mi mano, obsérvala”. Y me ofrece la derecha. La tomo con veneración, con la punta de los dedos, por la punta de los dedos. No me atrevo a más, mientras el corazón me late muy fuerte. No he tocado nunca a Jesús. Él me ha tocado, pero yo no me había atrevido nunca. Ahora le toco. Siento el leve calor de sus de­dos. Siento su epidermis lisa, las uñas muy largas (no salientes, sino largas de forma en la última falange). Veo los largos dedos delgados, la palma marcadamente cóncava; noto que el metacarpo es mucho más corto que los dedos; observo, en donde empieza la muñeca, el re­camo de las venas. Jesús me deja su mano benignamente. Ahora se ha puesto de pie y yo estoy de rodillas. Por eso no veo su cara, pero siento que sonríe, porque su voz porta la sonrisa: “Como puedes ver, alma amada, no hay nada. Mis años de traba­jo me han proporcionado la habilidad de arreglar los juguetes de los niños, y uso esta habilidad mía porque sirve también para atraer ha­cia Mí a las criaturas que prefiero: los niños. Mi humanidad, que se acuerda de haber sido obrera, obra en esto. Mi divinidad obra en es­to otro de curar a los niños enfermos, de la misma forma que curo los juguetes enfermos y los corderitos. No tengo nada aparte de mi amor y mi poder de Dios. Y no lo derramo sobre nadie con tanta alegría co­mo sobre estos inocentes que os doy como modelo para entrar en el Reino de los Cielos. En su compañía, Yo descanso. Son sencillos y francos. Y Yo, que soy el Traicionado (1), y siento horror de quien trai­ciona, hallo paz junto a estos que no saben traicionar; y Yo, que seré Aquel de quien tantos desconfiarán, hallo alegría junto a estos que no saben desconfiar. Y Yo, que seré abandonado por quienes, con re­flexión de adulto, piensen en ponerse a salvo en horas de borrasca, hallo consuelo junto a estos que creen en Mí sin pensar si su fe pue­de acarrearles un bien o un mal; creen porque me aman. Sé tú también una niña. Como una de éstas, y tuyo será el Reinos de los Cielos, que se abre con el empuje impaciente de Jesús, que arde en deseos de tener a su lado a aquellos a quienes más ha amado porque le han amado más. Puedes ir en paz ahora. Te acaricio como a uno de estos pequeñuelos para hacerte feliz. Ve en paz”. ■ Observe que la visión ha venido mientras, con el sinsabor de una respuesta desconsiderada —que no es la primera de hoy— lloraba desconsolada y desolada y llena de nostalgia y sinsabor por las cosas que constato del corazón de otros. La visión me ha tranquilizado des­de que empezó, y luego me ha dado alegría. Y, cuando luego he podi­do experimentar la alegría de sentir los dedos de Jesús, he sentido la dulzura del éxtasis sobrepujando todas las amarguras. Miro mi mano (2), que escribe y conserva la sensación de haber toca­do la mano de Jesús, y me parece santa como una cosa que ha tocado una reliquia. ¡Bendito sea mi Jesús! (Escrito el 7 de Febrero de 1944).
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1  Nota  : Y Yo el Traicionado… A pie de página, en el autógrafo,  María Valtorta señala: aquí, la intuición interna me hace comprender que Jesús dice “soy”, y más adelante “seré”, porque la traición de Judas se incubaba ya desde el principio, y Cristo lo sabía.   2  Nota  : Mi mano que escribe,  es decir,  la mano derecha, en el momento de la muerte de la escritora permanecerá cándida y hermosa; no así la izquierda, que estaba amoratada.
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(<Jesús ha llegado a los campos de Nicodemo, donde los campesinos están entregados a las faenas del campo. Se ha encontrado con una mujer viuda, que junto con otras viudas, niños, ancianos esperan en las lindes de los campos las espigas que se van dejando fuera de las gavillas, para ellos, “por orden de Nicodemo”. La mujer conversa con Jesús, cuya identidad ella desconoce>)
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6-407-289 (7-96-606).- Parábola de los dos hijos (1).- “Los pobres, los pecadores, los publicanos y las prostitutas precederán a muchos «maestros, poderosos, santos» de Israel en el Reino de los Cielos”.
* La mujer habla con Jesús sobre el odio de los de arriba: el Sanedrín, y sobre el amor de los de abajo: el pueblo, para con el Mesías Jesús, cuyo Reino esperan.- ■ Dice la mujer: “Dime: ¿eres verdadero amigo de Nicodemo y de José, o eres uno del Sanedrín, uno de los falsos amigos que harían daño a dos hombres buenos si tuvieran la certeza de que son amigos del Ga­lileo?”. Jesús: “Tranquilízate. Soy verdadero amigo de estos dos hombres bue­nos. ¡Pero tú sabes muchas cosas, mujer. ¿Cómo las sabes?”. Mujer: “¡Todos las sabemos! Arriba está el odio, abajo está el amor. Porque, aunque no conozcamos al Mesías, le amamos; nosotros, los abandonados de todos, amados sólo por Él, que enseña a amarnos. Y tememos por Él… ¡Son tan pérfidos los judíos, los fariseos, los escribas y los sacer­dotes!… ¡Oh, te estoy escandalizando!… Perdona. Es lengua de mu­jer y no sabe callar… Pero es porque todo el dolor nos viene de ellos, de los poderosos que nos oprimen sin piedad y nos obligan a ayunos no prescritos por la Ley, sino impuestos por la necesidad de encon­trar denarios para pagar todos los diezmos que ellos, los ricos, han cargado sobre los pobres… Y es porque toda la esperanza está en el reino de este Rabí que, si es tan bueno ahora que le persiguen, ¡có­mo será cuando pueda ser rey!”. ■ Jesús: “Su Reino no es de este mundo, mujer. No tendrá ni palacios ni soldados. No impondrá leyes humanas. No distribuirá denarios, pero enseñará a los mejores a hacerlo. Y los pobres encontrarán no dos o diez o cien amigos entre los ricos, sino que todos los que creen en el Maestro unirán sus bienes para ayudar a los hermanos sin bienes. Porque de ahora en adelante no se llamará «prójimo» al semejante a uno mismo, sino «hermano», en nombre del Señor”. La mujer está admirada y exclama: “¡Oh!…”. Sueña ya esta era del amor. Acaricia a sus niños, sonríe, luego levanta la cabeza y dice: “¿Entoncesme aseguras que no he perjudicado a Nicodemo… hablando contigo? Me ha venido tan espontáneo… ¡Son tan dulces tus ojos!… ¡Es tan sereno tu aspecto!… No sé… Me siento segura como si estuviera al lado de un ángel de Dios… Por eso he hablado…”. Jesús: “No has perjudicado. Puedes estar segura. Es más, has dicho de mi amigo una gran alabanza, por la que Yo le alabaré y le apreciaré más todavía…”.

(Más tarde, con la llegada de Nicodemo, la mujer descubre la verdadera personalidad de su interlocutor, Jesús, que pide a Nicodemo congregar a todos los campesinos porque quiere dirigirles la palabra)

* Parábola de los dos hijos.- ■ Luego Jesús habla: “La paz sea con vosotros. Os voy a proponer, a todos vosotros que estáis alrededor de Mí, una parábola. Y que cada uno saque la enseñanza que más le convenga. Oíd. Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y dijo: «Hijo mío ven a trabajar hoy en la viña de tu padre». ¡Era una gran honra que le daba el padre! Consideraba que su hijo era capaz de trabajar en donde, hasta ese momento, el padre había trabajado. Señal era de que veía en su hijo buena voluntad, constancia, capacidad, experiencia y amor hacia su padre. Pero el hijo, un poco disipado por cosas del mundo, temeroso de que se le viese vestido como un siervo —Satanás usa estos miramientos para alejar del Bien—, y de que se burlasen de él, y quizás incluso de que los enemigos de su padre tomasen la venganza en él, venganza que contra el padre no se atrevían pero que tendrían menos consideraciones con su hijo, res­pondió: «No voy. No tengo ganas». El padre fue entonces al otro hijo y le dijo lo mismo que había dicho al primero; y el segundo hijo respon­dió en seguida: «Sí, padre. Voy inmediatamente». ■ ¿Pero qué sucedió? Pues que el primer hijo, siendo de ánimo rec­to, después de un primer momento de debilidad en la tentación y de rebelión, arrepentido de haber disgustado a su padre, fue a la viña sin decir nada y estuvo trabajando todo el día hasta la noche; luego volvió satisfecho a su casa, con la paz en el cora­zón por el deber cumplido. El segundo, al revés, mentiroso y débil, salió de casa, sí, pero no fue a la viña sino que se fue a vagabundear por el pueblo y a buscar amigos influyentes, de los cuales esperaba obtener alguna ventaja. Y decía en su corazón: «Mi padre es viejo y no sale de casa. Le diré que le he obedecido y se lo cree­rá…». Al llegar la noche también él regresó a casa, con su aspecto cansado de la ociosidad, con los vestidos arrugados, y sin tener el valor seguro de saludar a su padre, que le observaba fijamente y le comparaba con el primero, que había vuelto cansado, sucio, despeinado, pero jovial y sincero en su mirada, humilde, que, sin querer jactarse del deber cumplido, quería decir al padre: «Te amo. Te amo de verdad. Tanto que, para complacerte, he vencido la tentación». El padre comprendió bien las cosas. Al abrazar a su hijo cansado, le dijo: «¡Bendito tú, porque has comprendido el amor!»”.
* “Les precederán. Y será justo. Porque vino Juan y gran parte de Israel, parte que a sí misma se llama «docta y santa», no le creyó. Mientras que publicanos y meretrices le creyeron. He venido Yo y los doctos y santos no me creen. Sin embargo, los pobres, los ignorantes y los pecadores creen en Mí”. Jesús: “Efectivamente, ¿qué os parece? ¿Cuál de los dos había amado? Sin duda decís: «El que había hecho la voluntad de su padre». ¿Y quién había hecho? ¿El primero o el segundo hijo?”. La gente responde con unanimidad: “El primero”. Jesús: “El primero. Sí. También en Israel, y vosotros os quejáis de ello, no son los que dicen: «¡Señor! ¡Señor!», dándose golpes de pecho sin tener en su corazón el verdadero arrepentimiento de sus pecados —tanto es así, que cada vez se hacen más duros de corazón—, no son los que hacen ostentación de prácticas religiosas para que los llamen santos, y luego, privadamente, se comportan sin caridad ni justicia, no son éstos, que se rebelan en verdad contra la voluntad de Dios que me envía y la impugnan como si fuera voluntad de Satanás —y esto no será perdonado—, no son éstos los que son santos a los ojos de Dios; sino que lo son los que, reconociendo que Dios todo lo que hace lo hace bien, acogen al Enviado de Dios y escuchan su palabra para saber hacer mejor, cada vez mejor, lo que el Padre quiere; son éstos los que son santos y amados para el Altísimo. En verdad os digo: los ignorantes, los pobres, los publicanos, las meretrices precederán a muchos de los que son llamados «maestros», «poderosos», «santos», y entrarán en el Reino de Dios. Y será justo. Porque vino Juan a Israel para guiarle por los cami­nos de la Justicia, y gran parte de Israel no le creyó, esta gran parte que a sí misma se llama «docta y santa», mientras que los publicanos y las meretrices le creyeron. Y he venido Yo, y los doctos y santos no me creen, y, sin embargo, creen en Mí los pobres, los ignorantes, los pe­cadores. Y he hecho milagros, y ni siquiera se ha creído en ellos, y tampoco viene arrepentimiento de no creer en Mí; al contrario, se de­sata el odio contra Mí y contra los que me aman. ■ Pues bien, digo: «Benditos los que saben creer en Mí y hacer esta voluntad del Señor en que hay salud eterna». Aumentad vuestra fe y sed constantes. Poseeréis el Cielo, porque habréis sabido amar la Verdad. Podéis marcharos. Dios esté siempre con vosotros”. Los bendice y se despide de ellos. Luego, al lado de Nicodemo, se dirige hacia la casa del discípulo para estar en ella mientras el sol abrasa. (Escrito el 29 de Marzo de 1946).
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1  Nota  : Cfr. Mt. 21,28-32.
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(<Jesús con los apóstoles, en la fiesta del Pentecostés, ha llegado al Templo. Uno de los guardias del Templo le conmina a salir del Templo. En medio de la confusión aparece el fariseo Elquías seguido de otros semejante a él y de algunos doctores de la Ley>)
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6-413-327 (7-102-642).- “Mi Reino, siendo espiritual, tiene por súbditos a los espíritus”.
* Yo tengo, por mi eterna naturaleza, la Palabra que traduce el divino Pensamiento, y doy la Palabra; pues el Amor me mueve a este don de dar a conocer el Pensamiento del Altísimo, que es mi Padre”.- ■ Le dice Elquías: “¿Entonces es que prevés para nosotros aflicciones y oprobios, es­pada, peste y hambre?”. Jesús: “Eso y más”. Elquías: “¿Más todavía? ¿Y qué es? ¿Es que ya no nos ama Dios?”. Jesús: “Os ama tanto, que ha cumplido la promesa”. Elquías: “¿Tú? ¿Porque Tú eres la promesa?”. Jesús: “Lo soy”. Elquías: “¿Y entonces cuándo vas a fundar tu Reino?”. Jesús: “Ya están echados los cimientos”. Elquías: “¿Dónde? ¿Dónde?”. Jesús: “En el corazón de los buenos”. Elquías: “¡Pero eso no es un reino! ¡Es una enseñanza!”. Jesús: “Mi Reino, siendo espiritual, tiene por súbditos a los espíritus. Y los espíritus no tienen necesidad de palacios, casas, guardias, muros, sino de conocer la Palabra de Dios y ponerla en práctica: lo que se es­tá produciendo en los buenos”. ■ Elquías: “¿Tú puedes decir esta Palabra? ¿Quién te autoriza?”. Jesús: “La propiedad”. Elquías: “¿Qué propiedad?”. Jesús: “La propiedad de la Palabra. Doy lo que soy. Uno que tiene vida puede dar la vida. Uno que tiene dinero puede dar dinero. Yo tengo, por mi eterna naturaleza, la Palabra que traduce el divino Pensa­miento, y doy la Palabra; pues el Amor me mueve a este don de dar a conocer el Pensamiento del Altísimo, que es mi Padre”. Elquías: “¡Cuidado con lo que dices! ¡Es un modo audaz de hablar! ¡Podría perjudicarte!”. Jesús: “Más me perjudicaría mentir, porque sería desnaturalizar mi Naturaleza y renegar de Aquel de quien procedo”. ■ Elquías: “¿Entonces eres Dios, el Verbo de Dios?”. Jesús: “Lo soy”. Elquías: “¿Y lo dices así? ¿En presencia de tantos testigos que podrían denunciarte?”. Jesús. “La Verdad no miente. La Verdad no hace cálculos. La Verdad es heroica”. Elquías: “¿Y esto es una verdad?”. Jesús: “La Verdad es el que os habla. Porque el Verbo de Dios traduce el Pensamiento de Dios, y Dios es Verdad”. (Escrito el 9 de Abril de 1946).
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 7-436-19 (8-128-22).- En el huerto de Nazaret: “Recordad esta verdad cuando evangelicéis: «Las almas necesitan no tener miedo para ir a Dios con toda confianza»”.
*  Dios es siempre bueno. Incluso, cuando quitó la vida a los hijos de los egipcios crueles o cuando la matanza de los niños inocentes, Dios tuvo piedad de ellos. Cuando el tiempo ya no exista, se comprenderá, una y mil veces, que fueron afortunados.- ■ Y el sábado continúa, propiamente en el sábado. En la espléndi­da mañana, no pesado aún el aire por el calor, es agradable estar sentados, reunidos fraternal y pacíficamente debajo de la pérgola lle­na de sombra, o donde el manzano que está al lado de la higuera y del almendro proyecta, con éstos, manchas de sombra, prolongando la de la pérgola en que madura la uva. Es bonito ir y venir paseando por los senderos que hay entre los cuadros, yendo de la colmena has­ta el palomar, desde éste hasta la pequeña gruta, y luego, pasando detrás las mujeres —María, María Cleofás, la nuera de ésta: Salo­mé de Simón, Áurea (1)—, ir hacia los pocos olivos que desde el pro­montorio se alargan hacia el huerto quieto. Y esto es lo que hacen Jesús y los suyos, María y las otras mujeres. Y Jesús adoctrina in­cluso sin querer. Y María adoctrina incluso sin querer. Y los discípu­los del primero y las discípulas de la segunda están atentos a las pa­labras de los dos Maestros. ■ Áurea, sentada en su taburetito habitual a los pies de María, casi acuclillada, está con las manos entrelazadas alrededor de las rodi­llas, la cara levantada, con los ojos abiertos completamente y fijos en el rostro de María: parece una niña escuchando una fábula. Pero no es una fábula, es una hermosa verdad. María cuenta las antiguas historias de Israel a la pequeña paganita de ayer, y las otras, aunque conozcan las historias patrias, escuchan también con atención. Por­que es muy dulce oír fluir de esos labios la historia de Raquel, la de la hija de Jefté, la de Ana de Elcaná. ■ Judas de Alfeo se acerca lentamente y escucha sonriendo. Está detrás de María, que, por tanto, no le ve. Pero la mirada sonriente de María Cleofás a su Judas advierte a María de que alguno está detrás de Ella, y se vuelve: “¡Oh, Judas! ¿Has dejado a Jesús por escuchar­me a mí, una pobre mujer?”. Tadeo: “Sí. Te dejé a ti para ir con Jesús, porque la primera maestra mía fuiste tú, pero me es dulce alguna vez dejarle a Él para venir contigo, a hacerme niño como cuando era un escolar tuyo. Continúa, te lo ruego…”. Virgen: “Áurea quiere su premio todos los sábados. El premio es narrarle aquello que más impresión le haya causado de nuestra Historia, que yo se la voy explicando un poco cada día mientras trabajamos”. También los otros se han acercado… Judas Tadeo dice: “¿Y qué te gusta, niña?”. Áurea: “Muchas cosas; todo, podría decir… Pero, mucho mucho, Raquel, y Ana de Elcaná, luego Rut… y luego… ¡ah!, es muy bonito Tobit y Tobías con el Ángel, y luego la esposa que ora para ser liberada…”. Tadeo: “¿Y Moisés no?”. Áurea: “Me da miedo… Demasiado grande… Y en los profetas me gusta Daniel defendiendo a Susana”. Mira a su alrededor y susurra: “…también a mí me ha defendido mi Daniel” y mira a Jesús. Tadeo: “¡Pero también son bonitos los libros de Moisés!”. Áurea: “Sí. Donde enseñan a no hacer las cosas que son feas. Y también donde hablan de aquella estrella que nacerá de Jacob (2). Yo ahora sé su nombre. Antes no sabía nada. Y mi fortuna es mayor que la de aquel profeta, porque yo la veo, y además de cerca. Ella me ha dicho todo, así que sé también yo” termina con un cierto aire triunfal. ■ Tadeo: “¿Y la Pascua no te gusta?”. Áurea: “Sí… pero… también los hijos de los demás tienen mamá. ¿Por qué matarlos? Yo entre el Dios que salva y el que mata, prefiero al primero…”. Santiago dice: “Tienes razón… María, ¿no le has contado todavía nada de su Nacimiento?”, y señala al Señor que escucha y calla. Virgen: “Todavía no. Quiero que conozca bien el pasado, antes del pre­sente; para comprender este presente, que tiene su razón de ser en el pasado. Cuando lo conozca, verá que el Dios que le produce miedo, el Dios del Sinaí, es un Dios de amor severo, pero en todo caso amor”. Áurea: “¡Oh, Madre, cuéntamelo ahora, que me costará menos esfuerzo com­prender el pasado cuando sepa el presente, que, por lo que yo sé de él, es muy bonito y hace amar a Dios sin miedo! ¡Yo necesito no tener miedo!”. Jesús: “La niña tiene razón. Recordad siempre todos esta verdad cuan­do evangelicéis. Las almas necesitan no tener miedo para ir a Dios con toda confianza. Es lo que Yo me esfuerzo en hacer, y más aún cuando, o por ignorancia o por culpas, están sujetos a temer mucho a Dios. Pero Dios, incluso el Dios que castigó a los egipcios y que te produce miedo, Áurea, es siempre bueno. Mira: cuando quitó la vida a los hijos de los egipcios crueles, tuvo piedad con ellos, los cuales, no creciendo, no se hicieron pecadores como sus padres, y dio tiempo de arrepentirse a sus padres del mal cometido. Así pues, fue una severa bondad. Hay que saber distinguir la verdadera bondad de lo que es sólo debilidad de educación. Cuando Yo era un pequeño infante, fue­ron asesinados muchos pequeñuelos en el pecho mismo de sus madres. Y el mundo gritó de horror. Pero, cuando el Tiempo ya no exista ni para los individuos ni para la Humanidad entera, comprenderéis, una y mil veces, que fueron afortunados, benditos en Israel, en la Is­rael de los tiempos de Cristo, aquellos que, por haber sido extermi­nados en la infancia, fueron preservados del mayor de los pecados, el de ser cómplices de la muerte del Salvador”. (Escrito el 14 de Mayo de 1946).
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1  Nota  : Personajes de la Obra magna: Áurea Gala.   2  Nota  : Cfr. Núm. 24,15-19.

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